Catadora de mares en un crucero por el Caribe

La primera vez que me subí a una lancha tenía pocos meses y mis papás dicen que no paré de llorar durante los cuarenta minutos de viaje. Suponían que me molestaba el ruido del motor, porque cuando lo apagaban me quedaba sonriendo tranquila mientras el agua nos mecía. Pasé los fines de semana de mi infancia y adolescencia en una casa frente al río, en el Delta del Paraná, a una hora de Buenos Aires. Ahí aprendí a remar en kayak y canoa, usé una tabla de bodyboard para barrenar las olas marrones de las lanchas colectivas, me animé a nadar sin poder ver lo que había debajo del agua, tomé algunas clases de esquí acuático, aprendí los nudos marineros más fáciles, practiqué saltos acrobáticos desde el muelle, sentí cómo un pescado se me prendía de la rodilla y hasta tuve de mascota a un pato. Pero nunca fui una chica de río. Cuando conocí el mar supe que, de todas las aguas que hay en el mundo, la del océano era mi preferida.

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Con mi papá nadando en el río, a pocos metros del Paraná

Crecí queriendo ser catadora de mares. Mientras durante el año escolar me conformaba con nadar en la pileta cerrada de mi barrio, esperaba ansiosa las siguientes vacaciones en la playa. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina de mar, pero mis papás siempre me llevaron de viaje al mar y yo nunca quise que me llevaran a otro lado. Conocí el mar frío y marrón de la costa argentina y el caliente y turquesa de las zonas tropicales, el mar tipo sopa de ciertas islas caribeñas y las olas energéticas de algunas playas uruguayas. Aún hoy, a mis 31, no sé qué mar gana la pulseada: el estático y transparente o el azul y oleado. Me cuentan que cada vez que íbamos a la playa yo agarraba mi botecito inflable, me sacaba la bikini y entraba al mar desnuda “para que no se me mojara la ropa”. No creo que haya sido un exhibicionismo temprano porque apenas entré en la adolescencia empecé a taparme con todo lo que encontraba, me parece que era un razonamiento típico de la infancia: la ropa de baño no me deja sentir el mar en todo el cuerpo, así que mejor me la saco. Siempre me sentí más en mi hábitat en el agua que sobre la tierra, y si me hubiesen dado la oportunidad de convertirme en sirenita y desaparecer para siempre en el fondo del océano hubiese aceptado. Supongo que fue en esta época cuando se me metió en la cabeza la idea de que algún día viviría frente al mar. Un Inception que empezó a plantarse hace más de 25 años.

Con mi prima Ceci y mi súper tabla en Punta del Diablo, Uruguay.

Con mi prima Ceci y mi tabla de chica mala en Punta del Diablo, Uruguay.

A los 15, cuando me preguntaron si quería fiesta o viaje, elegí viaje sin dudarlo. Fue una decisión muy fácil en una edad llena de decisiones difíciles. Empaqué mis cosas —ya ni recuerdo qué equipaje llevé— y viajé a Disney y a las Bahamas con un grupo de 500 —o mil, tampoco lo recuerdo ya— quinceañeras argentinas. Esa fue la primera vez que me subí a un crucero. Dieciséis años después, las imágenes que se me vienen a la mente son la alfombra mullida que tenía el barco, el ascensor —¡un ascensor que navega!—, el teléfono satelital por el que llamaba a mi casa, el fax que podíamos usar para mandar esa versión primitiva del email, los camarotes sin ventanas y un marinero de ojos celestes, del que todas estábamos enamoradas y que aparece más veces en las fotos que cualquier vista caribeña. Del resto casi no me acuerdo: sé que hubo una fiesta en la cubierta, ¿fuegos artificiales?, una parada en Bahamas, quemaduras de sol, peleas con desconocidas, una que dijo haber besado al marinero de ojos claros.

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

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Entre los 16 y los 31 seguí teniendo mis contactos esporádicos con el mar. A los 22 crucé de Colombia a Panamá en velero con tormenta eléctrica, tuve que agarrar el timón bajo la lluvia porque el polaco que había quedado a cargo no podía parar de vomitar, me quedé dormida mientras el velero subía y bajaba por olas que parecían montañas y pensé que no volvería a despertarme. Al otro día vimos delfines y entendí que si voy a morir en algún viaje, prefiero que sea sobre el agua y no en el aire. Me subí a otro velero en Rosario, tomé un ferry para ir a Uruguay, hice un recorrido fallido por la bahía de Halong en Vietnam, navegué a las islas Karimunjawa en Indonesia, crucé por agua a Marruecos. No volví a subirme a un crucero hasta Islandia, cuando Lau y yo intentamos irnos de polizonas hasta Groenlandia en un transatlántico que estaba amarrado en el pueblo. Una señora nos vio y nos invitó a bajarnos antes de poder cumplir nuestro plan delirante de hablar con el capitán y convencerlo de que nos lleve. Durante mis viajes metí los pies y nadé en mares y océanos de todas partes del mundo y finalmente me quedé a vivir frente al Atlántico, en Biarritz, con un francés que me explicó que él también necesita el mar para ser feliz. En esa época empecé a obsesionarme con la idea de volver a Argentina en un barco de carga y aprovechar esas tres semanas de desconexión para escribir el inicio de un libro en altamar.

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En Japón, a menos de dos semanas de haber empezado el viaje con L, me llegó una invitación de Pullmatur, una empresa española de cruceros, para hacer un viaje de prensa de seis días por el Caribe en el Monarch, uno de sus buques insignia. Lo primero que pensé fue: es muy lejos, voy a tener doble jet-lag y no sé si podré superarlo. Mi cuerpo iba a quedarse rebotando entre husos horarios, confundido entre tanto vuelo de una parte del mundo a la otra, sobre todo porque hacía pocos días habíamos viajado de Nueva York a Tokio y todavía no me había terminado de recuperar de los mareos y el insomnio del cambio horario. Por otro lado en mi cabeza había un minion que ya se había puesto la bikini y el collar de flores y estaba haciendo el hula-hula con un cartel que decía free daikiris. Cuando Lau me dijo que a ella también la habían invitado acepté. El transatlántico groenlandés no sabe lo que se perdió.

El barco que sería nuestro hogar por seis días

El barco que sería nuestro hogar por seis días

Después de 24 horas de aviones y aeropuertos, un piloto que amagó con aterrizar y volvió a despegar porque la pista no estaba libre, un azafato que me contó chismes de avión, familias que lloraban frente a migraciones de México porque estaban por perder su conexión y un sábado vivido dos veces al estilo día de la marmota, llegué a Panamá City y me reencontré con Lau después de casi un año sin vernos. Mi cabeza ya no sabía dónde estaba pero el cuerpo me decía que el mar Caribe estaba ahí nomás. A las catadoras de mares se le erizan los pelos como a un gato cuando sienten la sal en el aire. Embarcamos la mañana siguiente en Colón y formamos clan con Maru Mutti y Adri Herrera, blogueras de viaje también. Así, en un barco-ciudad de 14 pisos, nacieron las #chicasdecrucero.

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

La vista desde la ventana de mi camarote

La vista desde la ventana de mi camarote

Mi camarote

Mi camarote

Si no escribiera en mi cuaderno todos los días no sé si podría diferenciar esos seis días de navegación en bloques de 24 horas. Subirme al crucero fue entrar a un micromundo flotante donde el tiempo se medía de otras maneras: las primeras horas en que el barco se movía y nos preguntábamos si era normal que el ascensor oscilara hacia los costados tipo péndulo, el simulacro del segundo día donde nos enseñaron qué hacer en caso de emergencia, las piñas coladas y caipiroskas de maracuyá peligrosamente disponibles a toda hora, la pileta vacía a la mañana y repleta al mediodía, el buffet en horario pico de desayuno y mis intentos veloces por servirme omelette antes de que se terminara la bandeja, una chica gritando como cacatúa en el pasillo, nosotras cuatro haciendo journaling con mi cartuchera llena de washi tapes contrabandeadas desde Japón, los pececitos voladores que se veían al atardecer, la ventana del camarote que me recordaba que siempre estábamos en movimiento, irme a dormir y despertarme en otra parte del mapa del mar.

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro "Especies de espacios" de Georges Perec)

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro “Especies de espacios” de Georges Perec)

 

La pileta

La pileta

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

Un búho misterioso

Un búho misterioso

Sillón con vista a Aruba

Sillón con vista a Aruba

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Gané al Scrabble

Gané al Scrabble

Los quiebres en el fluir cotidiano del crucero lo marcaron las paradas que hizo el barco durante su recorrido. En este caso hubo dos: en Cartagena de Indias el día 2 y en Aruba el día 4. Volver a Cartagena me hizo acordar al 2008, cuando pasé diez días en Getsemaní, uno de sus barrios, esperando a que saliera algún velero hacia Panamá. Cartagena de Indias fue la ciudad donde festejé, sola, mis primeros cinco meses de viajera y fue, también, uno de los primeros lugares que me puse como meta (“llegar a Cartagena y llegar a México”). Aprovechamos el día libre para caminar por el centro histórico, Lau se comió una arepa con queso, caminamos por la muralla, nos sentamos en sillas en la vereda en Getsemaní y cruzamos pocas palabras con mochileros que estaban a mitad de su viaje por América Latina y que, en otro momento, podríamos haber sido nosotras. A la tarde volvimos a embarcar y junto con nosotras subieron 1500 personas —en su gran mayoría familias— que iniciaban su crucero en Colombia. A un barco así no se va en busca de soledad.

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

El Casco Histórico

El Casco Histórico

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Nosotras

Nosotras

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En la muralla

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

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En el puerto había flamencos

En el puerto había flamencos

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

El jet-lag hizo que me despertara todos los días a las 6 —y que cayera muerta a las 9 de la noche— y pude aprovechar esas mañanas vacías para escribir y mirar el mar. El día 4 me desperté y desde mi cama se veía el centro de Aruba, una construcción que parecía una calesita y un mar turquesa que debería tener su propio color Pantone. Recorrimos los pocos kilómetros de la isla en jeep y vimos sus paisajes volcánicos y de cactus. Aruba es parte del Reino de los Países Bajos junto con Curaçao, Sint Maarten y los Países Bajos y está a 25 kilómetros al noroeste de Venezuela. Se habla papiamento, una lengua creole que proviene del español, portugués, neerlandés, inglés, francés y lenguas africanas. Llegamos un día después de que hubiese pasado el huracán Matthew y, según los locales, ese mar turquesa cristalino que veíamos a la distancia estaba turbio y no tenía su belleza de siempre. Mis antiparras no sirvieron porque, en efecto, no se veía nada, pero las cuatro flotamos felices en el Caribe y volvimos a embarcar con el pelo lleno de sal. Esas horas en Aruba me dejaron con ganas de más.

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El centro de Aruba, mezcla de latino y holandés

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La playa en la que nos bañamos

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Es cierto: lunes en Cartagena y miércoles en Aruba no es mi idea de slow travel ni me da mucho tiempo para conocer un lugar, pero la gracia del crucero, para mí, estuvo en navegar y no en frenar. Seis días viviendo sobre el agua, desayunando con vista al mar, escribiendo con vista al mar, charlando con vista al mar, viendo atardeceres sobre el mar. Ahí está mi slow travel, en hacer este trayecto en barco en vez de solucionarlo en pocas horas de avión. El anteúltimo día nos llevaron a conocer la cabina de mando y fue como entrar al backstage del gigante. Botones, radares, un teléfono rojo, mapas, compases y la bitácora de navegación. Cómo contener ese otro sueño de ser capitana. Desembarcamos en Colón y nos fuimos en auto a Ciudad de Panamá, donde aprovechamos el día para caminar por el Casco Viejo —está muy distinto a como lo recordaba—, comimos ceviche, contamos edificios y fuimos al aeropuerto desde el que cada una volvió al lugar del mundo en el que estaba antes de este paréntesis caribeño. Me pregunto en qué puerto me espera el próximo barco (o en qué orilla el próximo mar).

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La cabina de mando

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Ciudad de Panamá

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Arte callejero en el centro histórico de Panamá

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Me pareció que está todo mucho más restaurado y cuidado que en el 2008.

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Yo sí, y pueden seguirme xD

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Estos chicos me pidieron que les sacara una foto

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Creo que es la misma persona que no tiene Instagram

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Super Mario!

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El viaje en crucero fue cortesía de Pullmantur España.

[box type=”star”]Info útil para irse de crucero:

* Qué incluye un crucero. Pullmantur tiene cruceros por Europa, África, el Caribe y transatlánticos. La duración y costo depende de cada paquete, pero en general al comprar tu pasaje tenés incluido el camarote, la comida y las excursiones de todo el viaje, así como el vuelo hasta el puerto de salida (desde España). Hay cosas que se pagan aparte, como algunos tragos, snacks y bebidas o el wifi (sí, hay wifi, es satelital, un poco lento y caro, pero si necesitás trabajar, responder mails o estar comunicado, sirve).

* Cómo elegir un crucero: yo me inclino por los que duran más días y tienen menos paradas, pero porque me gusta navegar y disfruto estando sobre el crucero en sí. Tené en cuenta que las paradas en las ciudades son cortas, en general de algunas horas o medio día, y no te va a dar el tiempo para recorrer mucho, sino más bien para tener un pantallazo del lugar.

* Para tener en cuenta: cruzar de Europa al Caribe (o al revés) en transatlántico puede ser más barato que hacer el mismo cruce en avión. Además, el viaje dura al menos dos semanas, hace varias paradas e incluye todas las comidas. Eso sí, esta ruta tiene fechas más específicas que el resto de los cruceros. Yo tengo muchas ganas de hacer uno.

* Qué llevar: la ropa que necesites según el clima, abrigo (aunque sea verano, hay mucho aire acondicionado), algún vestido más arreglado (por si hay fiesta en el barco), protector solar, gorro, libros… Dentro del crucero hay algunas tiendas para hacer compras pero suelen ser más free shop que otra cosa. También te conviene llevar dólares o euros en efectivo para usar en las ciudades en las que bajes. [/box]

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De mi infancia en el río salió un cuento, “El pato de la infancia”, que hoy forma parte de la colección “Ríos”, una serie de doce relatos ilustrados y deplegables publicados por la Editorial Furiosa de Rosario, Argentina. Además, tuve la suerte de que mi lo cuento lo ilustrara María Luque. La colección completa se consigue en la tienda de la editorial.

La otra Cartagena

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Viernes, 23 h. Situación en un bar cualquiera de Madrid. Estoy de tapas con amigos y llega gente nueva a la mesa. Dos besos por cabeza y el diálogo de siempre:

—Hola, un gusto: Aniko.
—¿Aniko has dicho?
—Sí.
—¿Es japonés?
—No, es húngaro.
—Bueno, como no lo recordaré, por hoy serás Haiku.

Haiku Villalba, no está mal. Hasta suena poético.

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Esto de tener un nombre raro es, para mí, lo más normal del mundo. Estoy acostumbrada, desde que tuve que empezar a presentarme, a que me pregunten: ¿cómo? ¿es el nombre o el apellido? ¿Nicole? ¿A-qué? ¿es tu pseudónimo? ¿es japonés, no? Me bautizaron Yoko, Ana, Anika, AniLko, Niko, Nikita, Nicole, Añiko (en casos extremos de problemas de vocalización) y cosas por el estilo. Mucha gente asume que Aniko es mi nombre artístico (pensarán que en realidad me llamo Marta), a otros les parece tan complicado que optan por decirme Anita (o Haiku). Nunca jamás un chico pudo adivinar mi nombre en un boliche (no sé si en otros países pasa ni si este chamuyo se sigue usando, pero en Argentina —o al menos en Buenos Aires, por donde yo salía— siempre había alguno que aparecía a las tres de la mañana en medio de la pista —o del bar—, me miraba y decía, haciendo de cuenta que me conocía: “¡Juanita!”. A lo que yo le respondía: “Te apuesto lo que quieras a que no adivinás mi nombre”. Y podía estar tres horas que no lo adivinaba). Cuando me fui a Asia me pasó al revés: para los asiáticos, mi nombre era normal y facilísimo, aunque después de un rato ellos también me preguntaban: “But it’s Japanese, right?”. No.

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Nuestro nombre es una de las tantas palabras que nos definen y, como muchas cosas en esta vida, algo esencial de nuestra persona que se nos da al nacer y que no elegimos (por lo menos no en ciertas culturas). Y los nombres, aunque no queramos, generan asociaciones mentales y expectativas en los demás. Un ejemplo: me contrataron en mi primer trabajo gracias a “mi nombre japonés”. Mi jefe sabía que yo no era japonesa (me había entrevistado y había comprobado que no tenía los ojos rasgados ni nada que se pareciera a una facción asiática), mis futuras compañeras de redacción le habían recordado que yo no era japonesa y que mi nombre era húngaro, pero él quiso que hubiera una japonesa en el staff, y ahí quedé yo. La haiku de la revista.

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Y esto de imaginarse cosas en torno a una palabra no pasa solo con los nombres de las personas, sino también (y quizá mucho más) con los nombres de los lugares. “Ay, qué lindo sería ir a Micronesia, tan exótico”, pienso. Y seguro que el día que llegue a Micronesia veré que sí, que es exótico (porque queda lejos y se habla otro idioma) pero que en realidad ahí la gente es bastante parecida a nosotros y también tiene su rutina; y en algún momento del viaje, un micronés me dirá: “Ay, qué lindo sería ir a Buenos Aires (pronunciado, quizá, Boenos Airuesh, o no), tan exótico” y ahí me daré cuenta de que lo que suena distinto, para el que nunca lo escuchó, siempre suena exótico. Y será como ver la situación frente a un espejo: yoqueríavenirparaacáporquemesonabaexótico-vosquerésirparaalláporquetesuenaexótico pero los dos sabemos que nuestros respectivos países son normalitos (dentro de lo que uno considera normal).

Cuando dije, en Madrid, que venía para Murcia, los españoles pusieron cara de nada. Muchos me dijeron: “¿A Murcia? No tengo idea de qué hay en Murcia, pero ya me contarás”. No es como decir “me voy a Barcelona” o “me voy a París”: no podés terminar de decir BarcelParís que ya todo el mundo te mira con cara de ay Paricelona y se acuerda de todas las cosas que vivió allá o sueña con todas las cosas que le gustaría vivir allá. Los que ya estuvieron llenan el nombre con sus historias, y los que nunca fueron lo llenan con sus expectativas, y así las ciudades se convierten en contenedores vacíos repletos de cosas que le pasaron a todas las personas que estuvieron o que desean haber estado por ahí. Y la misma ciudad se convierte en mil lugares distintos.

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La segunda foto es de Cartagena de Indias (Colombia). La primera es de Cartagena (España).

Toda mi vida soñé con viajar a Cartagena de Indias (la de Colombia, que en mi mente era la única) y hasta hace poco nunca se me había ocurrido pensar que había otra Cartagena que no era de Indias y que también existía desde hacía varios siglos. Para mí, Cartagena era una ciudad del caribe colombiano que me llamaba a gritos. De la española, ni noticias. Durante mi primer viaje por América Latina uno de mis grandes objetivos era llegar a Cartagena (la de Colombia), caminar por esas calles caribes, sentarme a leer Cien años de soledad y encontrarme de casualidad con Gabriel García Márquez (sí, claro). Llegué y festejé mis primeros cinco meses de viajera ahí, en la que se convirtió en una de mis ciudades preferidas e inolvidables (la recuerdo como si hubiese estado ayer, cosa que no me pasa con todos los lugares). Y ahora (de casualidad) hago el no-festejo de mis cuatro meses de este viaje largo en Cartagena (la de España) mientras leo Vivir para contarla (las memorias de García Márquez) y camino con él por sus calles (porque son suyas) de Cartagena de Indias, de Barranquilla, de Aracataca y de Bogotá. Y leyéndolo entiendo que una misma ciudad es distinta para cada persona que la habita, la visita o la imagina: la Cartagena de Indias de García Márquez nunca será mi Cartagena ni tampoco la de ninguna otra persona. Cada uno convierte los lugares donde vive esta vida en sus escenarios personales de dramas, comedias e historias. Por eso visitar “la Cartagena de García Márquez” o “la Praga de Kafka” es casi como buscar algo que ya no existe.

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Estas dos fotos son de la Cartagena colombiana.

Mientras leo acerca de Cartagena  me entero de que esta —la de España— fue fundada como Qart Hadasht en el 227 a.C. por el cartaginés (de Cartago, la actual Túnez) Asdrúbal el Bello (esa es otra cosa que me llama la atención: ¿por qué los personajes históricos tienen esos nombres como “el grande”, “el valiente” o “el bello”? ¿Quién se los puso? ¿Sus mamás? ¿Tan bello era? Yo quiero ser recordada como Aniko la Miope). Durante la época del imperio romano (abro paréntesis otra vez: en esta Cartagena al parecer cavás un pozo y sale algo romano), la llamaron Carthago Nova (la nueva Cartago), y durante el dominio bizantino Carthago Spartaria. Hoy le quedó Cartagena (el mismo nombre que luego le darían a una de las colonias más importantes de América), y me pregunto: si las ciudades cambian de nombre, ¿por qué nosotros no lo hacemos? Nuestros padres (o fundadores, si somos ciudades) nos bautizan pensando en lo que quieren que seamos, pero después resulta que somos otra cosa y nos sentimos más “Ciudad de la furia” que “Buenos Aires”, por ejemplo. Entonces estaría bueno ir rebautizándonos a medida que vivimos cambios importantes en nuestra vida (ya sé, no sería tan fácil localizarnos en Facebook, pero bueno, tal vez sea mejor incluso). “¿Aniko?”, “No, eso era antes, ahora díganme Matilde la Veleta”.

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Algunas imágenes de la Cartagena española

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El teatro romano, descubierto hace pocos años en el centro histórico de Cartagena.

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Edificio modernista

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La peluquería del barrio

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El puerto

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El bar donde el tiempo pasa al revés

Durante los tres días que pasé en Cartagena me quedé en casa de Ana, una lectora cartaginesa que me llevó a caminar y a conocer el centro histórico de la ciudad. Mientras visitábamos el antiguo teatro romano (descubierto hace pocos años), nos preguntamos cómo sería la ciudad en aquel entonces (hace miles de años). ¿Cómo serían las casas? ¿Qué asociaciones mentales generaría el nombre de la ciudad? ¿Se imaginarían que unos siglos después le pondrían el mismo nombre a otra? Y yo pensé: se llaman igual pero son dos mundos distintos, y me acordé del calor pesado del Caribe, de las palenqueras vendiendo frutas, de las chicas caminando descalzas, de las hordas de turistas amotinados entre las murallas de la ciudad vieja, de los autos fuera de lugar entre las calles adoquinadas y los balconcitos de colores de otra época. Esta Cartagena me pareció más silenciosa y tranquila que la otra (y con los lugares cerrados por horario de siesta, algo muy español que había olvidado), pero reconozco que sigo enamorada del ambiente caribeño de la de Indias.

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Esta foto no es muy buena, pero es de las imágenes que más recuerdo cuando pienso en Cartagena de Indias.

El día antes de irme, la hermana de Ana nos invitó a comer a su casa y me presentó a sus dos hijas de la India (de 7 y 9 años). Lo primero que me preguntaron fue si ya había ido a su país. No, pero lo tengo muy pendiente. La mamá me contó que la más grande también quiere ser viajera, y le preguntó a la más chica: “¿Y tú también serás viajera o te quedarás para siempre en Cartagena?”. Su respuesta (genial) fue: “¿Para qué quedarme aquí donde ya lo he visto todo?”. Fueron adoptadas con 4 y 6 años, son hermanas biológicas y las dos mantienen sus nombres indios. Y eso me da que pensar: cambiarles el nombre hubiese sido como sacarles parte de la identidad. Entonces tal vez habría que hacerlos acumulativos: ir sumando nombres (o palabras que nos definan) al que ya tenemos, como gente que se agrega a una fila pero sin echar al de adelante. Y así, quizá, uno podría empezar a entender por todo lo que pasó una persona (o un lugar) hasta ser lo que es hoy.

*

AnikoJaponesaLaMiopeHaikuMatildeVeletaHakunaMatata se despide por hoy con un haiku muy trucho (que seguro no respeta las reglas de los haikus serios, pero para que se den una idea de lo que es un haiku japonés):

haiku

[box border=”full”]Autostop 2.0

Como estoy viajando sola y no me animo a hacer dedo sin compañía, empecé a usar una de las webs de Carpooling más conocidas de España: BlaBlaCar. Vine de Madrid a Cartagena (unas 4 hs) por 22 euros (en bus cuesta como 37 euros y en tren más aún). Cuando pregunté en facebook si alguien lo había usado recibí un montón de respuestas positivas, así que quería contarles que lo probé y me fue muy bien. Creo que es una muy buena opción para viajar barato y conocer gente. [/box]  

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