Modo barco: fin de semana slow en Uruguay

Salir de Buenos Aires es más difícil que ganar una carrera de Supermatch. La ciudad nos pone muchos obstáculos: la calle de abajo cortada, la 9 de Julio con piquetes en ambos extremos, ningún colectivo nos deja bien, voy cargada de libros y de abrigo y me cuesta caminar, el taxista toma el peor camino y tiene que retomar para evitar otra manifestación, el frío polar se adelantó al invierno y me dan ganas de quedarme en casa. Antes de salir tuve que hacer veinte cosas mundanas pero indispensables como empacar, bañarme, comer, responder mails, imprimir los pasajes, sacar la basura. Pero llegamos a la terminal de Buquebus y apenas me subo al barco me cambia el humor. Es automático. Ir a Uruguay siempre me pone contenta.

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El viaje a Montevideo dura dos horas y pico y durante ese tiempo pongo el celular en modo avión y la cabeza en modo barco. Me gusta no tener internet por un rato, me encanta sentir cómo me desplazo por el río. Abro la mesita de mi asiento, saco tijera y plasticola y hago un collage en uno de los tres cuadernos que traje. Dónde quedó la viajera minimalista, creo que la perdí en alguna papelería francesa cuando acepté que lo mío son los cuadernos y empecé a documentar mi vida en varios a la vez. Ahora, además de la computadora, en la mochila llevo cuadernos, journals, una cartuchera, microfibras, lápices, regla, resaltadores, libros. Me resulta muy fácil escribir en mis cuadernos, lo hago todos los días, lleno varias páginas, pero me cuesta bastante escribir acá. Últimamente también me cuesta viajar, viajar en el sentido de movilizarme, de tener que tomar un colectivo que me dejará en una estación donde tomaré otro colectivo o barco o avión que me dejará en otra estación desde la que tomaré otro colectivo para por fin llegar a donde voy. Sigo pensando que el camino es lo más lindo del viaje, pero a veces la teletransportación me tienta.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

No pasaron ni quince minutos desde que salimos del puerto y L ya se durmió. Qué facilidad que tiene. Capaz es momento de contar que nos casamos. Digo, que L y yo estamos casados, desde diciembre del año pasado, y ahora soy señora, o madame, y tengo marido. De a poco me voy acostumbrando a esa palabra. Cada viaje que hacemos decimos que es nuestra falsa luna de miel. Esta es la segunda, Perú fue la primera, aunque nunca nos propusimos irnos de luna de miel porque nuestra relación ya empezó de viaje. Lo dejo a L durmiendo, me voy a dar una vuelta por el barco y entro al Free Shop, solo para mirar. La gente compra como si fuese un supermercado: chocolate de tamaños descomunales, perfumes con nombres de famosos, mermelada francesa, sal marina. De repente el techo vibra, el barco aceleró y las botellas de Bailey’s, Absolut y Johnny Walker tiemblan y se golpean entre ellas. Creo que nunca estuve en un Free Shop que se moviera y diera saltitos. A una señora la están maquillando con una base blanca, en el área de tecnología un japonés inspecciona la caja de un drone, alguien convierte los precios a pesos en voz alta, paso por la zona de mochilas, las miro con ganas, sigo de largo, me acerco a la parte infantil y veo un set de 50 marcadores, todos de colores distintos. Me voy con el set de 50 marcadores. Otro elemento para mi mochila de escriviviente.

Miren cuántos colores!

Miren cuántos colores!

Vuelvo al asiento, L sigue durmiendo, me pongo a pintar algunos dibujitos que hice hace tiempo, estoy en un largo proceso de aprender a dibujar y colorear. Son las cuatro de la tarde pero siento que son las siete. El río está un poco picado, me cuesta escribir a mano. Miro por la ventana y pienso en todos mis viajes en barco, en los que hice de chica, en lancha, cada vez que íbamos al Tigre, en cómo el ruido del motor me hacía llorar, pienso en las lanchas colectivas del Delta, en el ferry que tomé con Belu en Costa Rica, en el barco de carga al que no pude subirme. Estando en Francia se me metió en la cabeza la idea de volver a Argentina en un carguero pero no lo conseguí y me quedaron las ganas.

Llegamos a Montevideo y mientras el ferry amarra se hace de noche y yo me pongo más contenta que antes. Le digo a L que la gente en Uruguay es muy amable, que ya va a ver, y cada vez que tenemos una situación de amabilidad lo miro con cara de loca, viste qué amables que son. Salimos del puerto y el cuidador del estacionamiento nos dice que cortemos camino entre los autos, una mujer nos abre el molinete para salir del puerto y hace chistes, le pido indicaciones a un hombre para ir a la peatonal a tomar el colectivo y me dice que es ahí nomás, a pocas cuadras, pero que esa zona, la del puerto, donde estamos, es muy peligrosa, que salgamos cuanto antes, y pienso que no debe ser tan terrible pero igual el miedo se instala. Qué fácil que es sentir miedo (siempre me sale escribir “mierdo”), basta con que alguien diga la palabra “peligro” para que todo el cuerpo se me ponga en alerta y la temperatura interna me baje unos grados. Mientras esperamos veo cómo todos los negocios van bajando las persianas, uno después de otro, como fichas de dominó, y la calle queda vacía. Cada dos o tres minutos suena la alarma medio ronca de un estacionamiento del que entra o sale un auto. Llega el colectivo.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

En algunos colectivos de Montevideo hay cobrador, además del conductor, y justo nos toca uno con un cobrador risueño al que me dan ganas de abrazar. En realidad creo que quiero abrazar a Uruguay, en general, que siempre me desacelera la cabeza y me pone en modo relax. Llegamos a lo de Fede y Lau, la pareja que nos va a alojar por tres noches, y me enamoro de su casa. Es antigua, la restauraron ellos, tiene dos salas donde cada uno da clases, ella de pilates y él de guitarra y canto. Ahora mi nueva moda es enamorarme de las casas, sobre todo de las que tienen el espacio de trabajo integrado, como si viajara solo para hacer un relevamiento de casas por el mundo. Les cuento a nuestros anfitriones que vine a Uruguay a presentar mi segundo libro. Hablamos de viajes, Fede me dice que les gusta viajar pero poco, que después de un tiempo extraña su casa, “tenemos muchas rutinas que no podemos hacer en todas partes, como el estiramiento, la vocalización”. Me doy cuenta de que yo también tengo rutinas que solo puedo hacer en mi casa, como completar mis ochocientos journals diarios o quedarme leyendo en el sillón al lado de mi biblioteca.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

A la mañana siguiente salgo a caminar. Voy de Pocitos a Ciudad Vieja y vuelvo a sentir que caminar es mi manera de meditar, que estoy en modo barco, dejándome llevar por la corriente, tratando de descubrir qué quiero en esta etapa de mi vida, qué busco en cada viaje y en cada ciudad, en modo barco barrilete. La ciudad está tranquila y otoñal, hace menos frío que en Buenos Aires y eso me alegra, no me convierto en marmota como la última vez que vine. Mientras camino grabo mi fluir de pensamientos en el teléfono, como si me mandara audios de whatsapp a mí misma. Digo, por ejemplo: “Veo cosas relacionadas con el agua, como un mural con dibujos de anclas y barcos, y me acuerdo de que ya estuve acá, en una llamada, la primera vez que vine a Montevideo, me acuerdo de esta escalera (…)”. En una pared encuentro a Wally. Está ahí, enorme, chocando manos con el mago. Lo miro. Grabo: “Cada cual busca a su Wally en cada ciudad a la que va o en la vida que vive. ¿Qué pasa cuando encontrás a Wally? Das vuelta la página y lo buscás otra vez, en la siguiente, y así hasta terminar el libro. Y cuando se termina el libro pasás a Buscando a Wally 2 hasta terminar la colección. Pero qué pasa si en vez de Wally querés buscar a Willy y no sabés cómo está vestido ni qué color de gorro o cara tiene. ¿Cómo sabés que lo encontraste?

Wally.

Wally.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Esquina otoñal.

Esquina otoñal.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Mural.

Mural.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Esa tarde presento “El síndrome de París” en La Madriguera, un café de Carrasco. Llega el momento de las preguntas y una chica me dice: “En tus viajes hablás mucho de los detalles, mostrás el día a día de los lugares, ¿siempre supiste que querías escribir acerca de los viajes cotidianos?“. No, y me encantó la definición. Cuando empecé solo sabía que quería escribir de viajes, después me fui dando cuenta de que dentro de eso hay subgéneros y muchas opciones y al final el tema, lo cotidiano, me encontró a mí.

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Ropa colgada.

Ropa colgada.

El día antes de volver a Buenos Aires nos vamos a Colonia. Justo es 1 de mayo, el feriado más feriado, y hay poca frecuencia de colectivos. Llegamos cuando el sol ya está bajando.

—Quiero que veamos el atardecer frente al río, Colonia tiene uno de los mejores atardeceres que vi, no sabés —le digo a L.

Nos instalamos a orillas del río con comida y abrigo.

—Mirá, allá está Buenos Aires, entre el barco y la isla, ¿ves?

Muy a lo lejos veo las siluetas casi fantasmas de los edificios de Puerto Madero y me da un poco de impresión. Nunca vi Buenos Aires desde esta perspectiva.

—¿Cómo te imaginás nuestro futuro? —le pregunto a L.

—En Japón, en Hawai, en Francia, yendo a lugares con mar, sol, olas…

—Pero con una base. Necesito una casa. Estuve muchos años dando vueltas sin tener un espacio propio, no sé si lo puedo volver a hacer.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires (en la foto me parece que no se distingue).

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Oscurece.

Oscurece.

El cielo se nubla y nunca vemos el atardecer. Al día siguiente el barco nos deja en Buenos Aires a las 12 del mediodía. Me parece tan raro y a la vez tan lindo y distinto llegar a Buenos Aires en barco. Mientras caminamos hasta la parada del colectivo, L me dice que Uruguay le gustó mucho y que está contento de volver a Buenos Aires. Hace menos frío que hace unos días, el colectivo va casi vacío y nos lleva por San Telmo. Caminamos una cuadra, las bicisendas están llenas de hojas amarillas, el verdulero de la esquina está en su puesto, la librería está abierta, los alumnos entran a la facultad. Entramos a casa y el aire está calentito. Abro las ventanas, se nota que no hubo nadie por unos días.

[box type=”star”]Gracias a todos los que me ayudaron a presentar el libro en Montevideo:

  • A Buquebus por llevarnos directo a Montevideo en “Francisco” y hacer posible la idea de presentar mi libro en Uruguay.
  • A La Madriguera Café por darme un espacio lindísimo para presentar mi libro y encontrarme con los lectores. A Felipe, un lector, por haber sido el puente entre ellos y yo.
  • A Cari Fossati, periodista uruguaya y autora del blog Hills to Heels, por hacer de presentadora y ayudarme a contar mi libro a través de sus preguntas.
  • A Lore y Cari, por el paseíto del día siguiente. A Pablo, por los ñoquis y el reencuentro. A todos los lectores montevideanos que me ayudaron pasándome información por mail. Y a todos los que fueron a La Madriguera. ¡Gracias! Espero volver pronto.[/box]

BIS. Si trabajara en un noticiero daría noticias como estas:

Otoño en Portugal

Veranos en Brasil

Como muchas familias argentinas, durante mi infancia y mi adolescencia pasé incontables veranos en Brasil. No recuerdo dónde fue que vi el mar por primera vez, pero en mi imaginación, ese mar que me cautivó desde muy chica (y que me generó ese incurable deseo de vivir frente a él) fue el mar brasilero. Durante aquellos veranos descubrí mi pasión por el agua, me creí sirena y comencé a sospechar que en otra vida había sido hija de un marinero o parte de la civilización perdida de la Atlántida. En Brasil aprendí a hablar portuñol y me enamoré del sonido de palabras como frango, morango, abacaxi, presunto, praia, suco, gostoso y “fuchiboli”. Escuché Axé Bahía y tuve las canciones bom xi bom xi bom bom bom y sigurucha amarucha sigurucha-cha-cha-cha-cha sonando en mi cabeza durante meses (sin saber muy bien de qué iban).

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que viajé a ese país vecino, tan gigante, tan distinto y tan cercano. Fui con mi familia y con amigos; a veces en avión, otras veces en auto. Conocimos Recife, Natal, Fortaleza, Maceió, Florianópolis, Porto Seguro. En uno de aquellos veranos de preadolescencia conocí a dos hermanos gemelos de San Pablo y estuve convencida durante años de que los brasileros eran los hombres más lindos y encantadores del mundo. Años después también aprendí que algunos podían ser bastante mentirosos. En aquella época viajaba, literalmente, “de vacaciones”: todavía no concebía que pudiera existir otro tipo de viaje. Y para mí ir a Brasil era lo más normal del mundo: estaba cerca, tenía playa y se llenaba de argentinos. Era tan normal, supongo, como para un europeo ir a las playas de Croacia o para un japonés ir al exotismo de Bali. Brasil formó parte inseparable de la mayoría de los veranos de mi vida.

[singlepic id=6299 w=625 h= float=center] No tengo fotos de Brasil acá en esta computadora, así que pongo una foto del mar que representa a todos los mares y mi amor por ellos…

Primavera en Macau

La segunda vez que viajé a Macau estaba empezando la primavera. Después de un larguísimo verano en el Sudeste Asiático y un corto pero intenso invierno en China, encontrarme con un Macau que estaba floreciendo fue como volver a nacer. Muchos no podían entender qué le veía a Macau, esa península al sur de China que para mucha gente no es más que un gran complejo de casinos donde la única actividad posible es apostar (no por nada la llaman “Las Vegas de Asia”). Pero mi vuelta no tenía nada que ver con los casinos: había decidido volver a Macau porque me había quedado encantada con su arquitectura colonial, con sus callecitas, con sus carteles en portugués, con sus colores pasteles. Volvía para visitar a mis amigos, para redescubrir su centro histórico, para comerme una egg tart más. Volvía porque me parecía que una ex colonia portuguesa, en manos de China desde 1999, no era algo que se viera todos los días.

Esa fue la vez que decidí que si me quedaba a vivir en Asia, quería establecerme en Macau. Para mí Macau tenía (y aún tiene) todo: historia, arquitectura, gastronomía fusión, tranquilidad, buen clima y un barco que me dejaba en Hong Kong en menos de una hora. En esa visita a Macau conocí por primera vez a un portugués. Todavía me acuerdo. Era de noche, yo estaba buscando el restaurante donde me esperaba gente de Couchsurfing y, como estaba medio perdida, le pedí indicaciones a un chico que también caminaba por ahí. Me respondió en portugués y me sentí feliz de poder entablar una conversación usando dos idiomas. Estaba trabajando en Macau y también era Couchsurfer. Unos días después caminé con Journey, mi amiga china, por las calles vacías de Coloane (una aldea de pescadores en el otro extremo de la península) y me sentí como en un pueblito de Bahía al que jamás había ido. Y cuando encontré el Patio de la Eterna Felicidad, pensé: “Ya está, yo me quedo acá”.

 [singlepic id=6296 w=625 h= float=center] Todas estas fotografías las saqué en mis dos viajes a Macau (2010 y 2011)

[singlepic id=6294 w=625 h= float=center] Macau es famosa por sus casinos (que generan más ingresos por año que los de Las Vegas)

[singlepic id=6295 w=625 h= float=center] Y si bien las apuestas y el juego son parte de su “atractivo”, Macau es mucho más que eso

[singlepic id=6291 w=625 h= float=center] Tiene un centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad

[singlepic id=6292 h=625 float=center] Tiene farolitos, teatros, balconcitos y construcciones típicas portuguesas

[singlepic id=6297 h=625 float=center] Tiene iglesias y colores pasteles

[singlepic id=6287 h=625 float=center] También tiene templos chinos

[singlepic id=6293 h=625 float=center] y chinos (¡claro!)

[singlepic id=6289 w=625 h= float=center] Inscripciones en portugués (aunque ningún habitante de Macau parecía hablar el idioma)

[singlepic id=6298 w=625 h= float=center] Y un patio donde todo es posible.

Invierno en El Jadida y en Colonia

Mi último invierno duró demasiado. Durante casi un año esta estación me persiguió sin piedad por tres continentes. Una partecita de ese invierno la viví en El Jadida, una ciudad marroquí ubicada en la costa atlántica. Después de casi un mes y medio de viaje, era la primera vez que me iba sola por el país. Y elegí visitar El Jadida por una sola razón: porque había sido colonia portuguesa y aún conservaba los restos de aquella época. Me quedé dos días y no me crucé ni con un extranjero. Caminé por la antigua medina portuguesa —sola, porque todo parecía estar vacío— y descubrí, o al menos creí descubrir, la fusión árabe-portuguesa de la ciudad: paredes de colores pasteles recortadas por puertas de forma árabe, farolitos y carteles en portugués, mujeres con su vestimenta musulmana, hombres con djellaba, gatos por todas partes y chicos jugando en las calles.

A mi regreso a Argentina me fui a visitar un lugar que jamás pierde su encanto: Colonia del Sacramento, en Uruguay. Fui abrigada, hacía mucho frío y se me congelaban los pies. Caminé por las calles empedradas y en cada uno de los espejos y charcos vi reflejado mi viaje anterior a esa misma ciudad. Colonia le pertenece a Uruguay hace mucho tiempo (al igual que El Jadida le pertenece a Marruecos, Macau a China y Brasil a sí mismo), pero la huella de Portugal no desapareció, sino que es un aspecto esencial de la personalidad de cada ex colonia. Viajé a cada uno de estos lugares en una estación distinta de mi vida y conocerlos fue conocer, también, a ese país que los fundó, los conquistó y/o los gobernó durante algún momento de su historia. A través de ellos me fui acercando, sin darme cuenta, a Portugal.

  [singlepic id=6285 w=625 h= float=center] La antigua ciudad portuguesa en El Jadida, Marruecos

[singlepic id=6280 w=625 h= float=center] Puertas de estilo árabe

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[singlepic id=6284 h=625 float=center] Hombres con djellaba

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[singlepic id=6281 w=625 h= float=center] Y una antigua cisterna portuguesa, la atracción principal del lugar.

[singlepic id=6276 w=625 h= float=center] Después le tocó el turno a Colonia, en Uruguay

[singlepic id=6275 w=625 h= float=center] Una de las ciudades más románticas y encantadoras…

[singlepic id=6279 w=625 h= float=center] Con casitas antiguas

[singlepic id=6277 w=625 h= float=center] Y los mejores atardeceres que vi en mi vida.

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Otoño en Portugal

Siempre sentí atracción por Portugal, supongo que por varios motivos. No es tan visitado como el resto de Europa (por lo menos los viajes “tradicionales” no incluyen a Portugal en su ruta). Allá en Argentina no se sabe tanto de Portugal como de, por ejemplo, Italia, España o Francia. Muchos españoles, incluso, me confesaron que dieron la vuelta al mundo pero todavía no visitaron su país vecino (no puedo decir nada porque me pasa lo mismo con Chile y juro que muero por ir). Todo lo que sabía de Portugal lo aprendí a través de mis viajes a sus colonias o de alguna que otra película o libro. De sus grandes escritores sólo leí a Saramago (tengo una deuda pendiente con Pessoa). Lisboa es una ciudad de la que estoy enamorada sin haberla conocido (se me hace que es una de las ciudades más nostálgicas y fascinantes de Europa). Desde que empecé este blog, mi contacto más directo con Portugal era Sofía, una lectora con la que nos escribíamos en nuestros respectivos idiomas (y aún así lográbamos entendernos). Estuve a punto de viajar a Portugal en Semana Santa de este año, cuando estaba en Barcelona, pero desistí porque no tenía mucho tiempo (me faltaban pocos días para volver a Buenos Aires y no quería que mi visita fuese un viaje relámpago). Cuando una amiga me dijo que Portugal era como el Uruguay de Europa, morí de amor y supe que esta vez tenía que venir. Y por suerte Laura, escritora y viajera, mi compañera en este viaje (que supuestamente iba a ser a España), aceptó cambiar de ruta.

Y así, sin haberlo planeado, el otoño me encontró en Portugal. Y ya siento que lo poquito que vi de este país es tal como lo imaginaba: maravilhoso.

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[singlepic id=6300 h=625 float=center] Primeras imágenes de Coimbra, donde el otoño portugués nos recibió con lluvia

[singlepic id=6301 h=625 float=center] Cafecito típico

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[singlepic id=6303 w=625 h= float=center] Primeros fotocharcos (un día de lluvia muy bien aprovechado)

[singlepic id=6305 w=625 h= float=center] Otoño en Portugal

habitación 214 (momentos destacados del Sheraton blogtrip a Colonia)

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Significado del As de Oro según la interné (esa mujer a la que le creemos todo lo que dice):

“A grandes rasgos significa Ventura, Triunfo, Poder, Riqueza, Alegría. Según la leyenda esta carta anunció a Napoleón su futura gloria. Aparece como la más positiva de la baraja. Es una carta tan buena que algunos cartománticos ya dan por finalizada la sesión si sale. Vaticina el éxito total, la realización plena de todos los objetivos del consultante. Representa un excitante nuevo destino”.

(Este fue el resultado de poner en Google “significado as de oro” y entrar a la primera página de tarot de la lista. Es decir: dudosa veracidad, pero vale).

Bueno, resulta que el jueves pasado cuando salí de madrugada para tomarme el barco a Colonia (Uruguay) me encontré un ejemplar del As de Oro (baraja española) tirado en la calle a menos de dos cuadras de mi casa. Los que me leen hace un tiempo sabrán que me dedico a juntar naipes en distintas ciudades del mundo y que, cada vez que encuentro uno, algo bueno me pasa (como por ejemplo: esto). Hacía mucho que no encontraba uno y la verdad es que en Buenos Aires mi Naipe Mode se desactiva por completo, así que fue una sorpresa y una alegría verlo ahí esperándome (boca arriba, porque al parecer el significado de la carta es totalmente distinto si esta aparece boca abajo). Las cartas nunca mienten… (?)

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Como les conté el día que fundé el grupo de autoayuda virtual Viajeros Anónimos, tenía planeado irme a Uruguay hacía más de un mes para hacer un Road Tripping Uruguay de bloggers autogestionado. Pero en el medio pasaron muchas cosas y el viaje autogestionado se convirtió en un blogtrip con todas las letras: un viaje para bloggers (uno de los primeros que se realiza en Argentina) organizado por el Sheraton Colonia Golf & Spa Resort (con roaming cubierto por Claro Argentina, asistencia al viajero de assist-med y viaje en barco cortesía de Buquebus). Además, a los tres twitteros originales se le sumaron más bloggers, dospuntoceros y magos como los chicos de Magia en el Camino (Dino y Aldana), Walter Duer y Lucila Runnacles.

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[singlepic id=5421 w=800 float=center] Soy el señor Aniko, un empresario japonés 

Estos fueron los momentos cumbre (para mí) del Sheraton blogtrip Colonia que duró dos días y una noche.

* Desayuno improvisado on the boat

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Bien lo dijo (o mejor dicho lo twitteó) @marioalza: “@viajandoporahi (osea yo) sabe de desayunos improvisados en viajes”. Y no soy la única. Cualquiera que viaje low cost sabe de desayunos improvisados, de esos que se toman sentados con las piernas cruzadas, entre mochilas, sobre el pasto, en un escalón, en la vereda, en la entrada de alguna casa o, como nos tocó a nosotros, en el piso alfombrado del barco. Qué bien nos vino ese cafecito y esas medialunas a las 9 am, cuando ya hacía varias horas que estábamos levantados. Qué lindo es improvisar y sentarse en ronda con otros viajeros, qué lindo es sentir que la charla es tan interesante que el viaje de ida se pasa volando. El barco iba repleto: cualquier finde largo es una buena excusa para huir a Colonia, ese mundo empedrado, faroleado (¿se dirá así?) y silencioso tan cerca y tan lejos de Buenos Aires. Y nosotros no sólo estábamos entre los suertudos que se escapaban a Colonia, sino que tuvimos la suerte extra de poder quedarnos una noche en el Sheraton.

[singlepic id=5433 w=800 float=center] El Sheraton visto desde la cancha de golf

* Faaah!

Me gusta ver cuál es la expresión que usa la gente cuando está sorprendida. La clásica es “uaaaaaauuuu” o “uouuu”, pero a mí me salió decir FAH. Cuando puse la tarjeta en el picaporte y abrí la puerta de la habitación 214, entré y me dije a mí misma: Faaaah! Nadie me escuchó porque estaba sola, pero lo dije varias veces. Entré cual nena y me puse a revisar todo: abrí las puertas de los placares, miré lo que había adentro del frigobar, prendí la tele e hice zapping, abrí las cortinas, miré de cerca los frasquitos de shampú, saqué fotos del baño, me miré en todos los espejos. Casi me pongo a saltar sobre la cama pero me contuve. Lo que más me gustó de la 214: la vista al campo de golf (obvio) y el escritorio preparado para usar la compu (no soy la única que trabaja mientras viaja).

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[singlepic id=5443 w=800 float=center] La vista desde mi ventana…

Laura y Virginia (del Sheraton, quienes nos acompañaron al viaje) nos hicieron un recorrido por el hotel: entramos a los distintos tipos de cuartos (el “faaah” inicial se iba acrecentando a medida que aumentaba el tamaño de la habitación), conocimos el gimnasio y el spa, pasamos por los restaurantes y hasta hicimos una parada en el Sheratoons (el área pensada para los más chicos, en la cual TODOS nos quedamos un largo rato). Lo que más nos llamó la atención del Sheraton de Colonia es que, a simple vista, “no parece un Sheraton”. Estamos acostumbrados a ver este hotel en versión edificio en pleno centro de las ciudades más grandes del mundo. En Colonia es distinto: está a 7 km del centro histórico, es un edificio bajo, tiene mucho marrón y madera, tiene una enorme zona verde… Está integrado con el destino. Es como una casa de campo de lujo, pero sin que falte la calidez de la chimenea y el fueguito.

[singlepic id=5411 w=800 float=center] El área Sheratoons

[singlepic id=5428 w=800 float=center] El campo de golf

[singlepic id=5435 w=800 float=center] La pileta exterior

[singlepic id=5413 w=800 float=center] El área de spa

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* ¡A la pelotita!

Top 1 de momentos cumbres: bloggers de viaje jugando al golf. Corrección: bloggers de viaje intentando jugar al golf. Nos pusimos en fila y fuimos aprendiendo de a poco: cómo agarrar el palo correctamente, cómo realizar el swing, cómo pegarle a la pelotita blanca. Visto de lejos, creo que parecíamos la versión latina de Happy Gilmore (no me digan que no vieron esa peli…). A mí me encantó, aunque no emboqué una (lo máximo que logré fue pegarle con la pelotita dos veces casi seguidas al cartel que decía “No tirar del césped” y que claramente no estaba puesto ahí para que uno le pegara sino para pedirnos que no tiráramos el césped). Fue una gran manera de liberar tensiones, aunque después quedé agotada. El tiempo pasa volando cuando uno juega al golf.

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[singlepic id=5431 w=800 float=center] Lo blanco es el cartelito al que golpeé varias veces

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* Gastronómicas: Dame otro chivito / No tomo mate (pero ojalá lo hiciera) / Viva la grapamiel en invierno

Un viaje sin probar la comida local no es un viaje de verdad. La gastronomía es, para mí, un rasgo cultural fundamental del destino en cuestión, así que al viajar hay que olvidarse de las mañas y probar toda la comida autóctona que se pueda. Esa es mi premisa (y por eso suelo volver de cada viaje con varios kilos de más). En Uruguay hay varios imperdibles y, si bien son los obvios, por algo son tan famoso: el chivito, el mate y (mi más reciente descubrimiento) la grapamiel.

[singlepic id=5414 w=800 float=center] El chivito

El chivito es un sandwich de lomo (bien fino) con lechuga, tomate, jamón, queso y huevo frito. Lo del huevo frito, en mi opinión, es fundamental, porque lo divertido del chivito es que lo agarrás y chorrea huevo frito por todos lados. Además se acompaña con papas fritas o ensalada y es obligatorio comerlo con la mano (se disfruta más). Delicioso.

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Si yo tomara mate podría explicarles cuáles son las diferencias entre el mate argentino y el mate uruguayo. Pero como no tomo, no puedo. No puedo hablar de cosas que no experimenté. Sí puedo decirles que acá la preparación del mate es mucho más meticulosa y dedicada que en Argentina. Puedo decirles también que entre los 3 millones de uruguayos consumen 32 millones de kilos de yerba y toman 400 millones de litros de mate al año. Y puedo afirmar (porque lo veo todo el tiempo) que van todos con el termo abajo del brazo (incluso al shopping). Es una imagen que me encanta.

Y la grapamiel es eso mismo: grapa con miel. Ideal para este invierno frío.

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[singlepic id=5436 w=800 float=center] La cena…

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[singlepic id=5439 w=800 float=center] Y el postre

* Magia en el blogtrip

Tuvimos la tarde libre y cada cual se dedicó a lo suyo: algunos probaron el spa, otros el gimnasio, creo que algunos durmieron la siesta y otras se dedicaron a parlotear (ejem). El día terminó con cena y show de magia by Dino. Todavía sigo pensando cómo hizo para hacer aparecer pelotitas en mi mano cerrada (no me lo digan, si lo saben no me lo digaaaaan!). Finalmente me fui a dormir tras un día agotador, largo y lleno de cosas nuevas. La cama me abrazó, literalmente. Al día siguiente salimos en bici por el casco histórico de Colonia, pero eso queda para el próximo capítulo.

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[singlepic id=5447 w=800 float=center] Así de bien se duerme

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[box border=”full”]Agradecimientos:
Al Sheraton Colonia Golf & Spa Resort por la invitación y la organización del blogtrip.
A assist-med por acompañarnos con su servicio de asistencia al viajero.
A Claro Argentina por darnos el servicio de roaming y permitirnos estar constantemente conectados.
A Buquebus por llevarnos de Buenos Aires a Colonia.
Y a todos los bloggers y gente del Sheraton por la buena onda! [/box]

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