Bali parte IV: esos pequeños detalles

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Si bien Bali no es mi isla preferida de Indonesia (que igualmente todavía no sé cuál es, porque me quedan unas 16.995 por conocer), tiene algunos detalles que me gustaron a pesar de tanto turismo y money-money.

* Barriletes (cometas)

Lo primero que noté al llegar a la isla fue que el cielo estaba cubierto de barriletes de todo tipo: con forma de pájaro, con forma de barco, con forma de barrilete “común”.

Dando vueltas en moto por la isla vimos a los chicos (y adultos) que remontaban esos barriletes desde las playas y terrazas de arroz, compitiendo para ver quién lo hacía llegar más alto y quién se mantenía más tiempo en el cielo.

No sé qué es, pero para mí los barriletes tienen cierto encanto y connotación de niñez, de inocencia. Son un entretenimiento sano en el que no se necesita más que viento para divertirse.

Cuando volvimos a Yogyakarta, noté que acá también hay muchísimos barriletes en el cielo. Y cuando pregunté, me respondieron: “Es temporada de barriletes”. Será porque ahora hay más viento, pero eso de la temporada de barriletes me sonó muy simpático.

* En moto por terrazas de arroz

Como comenté en el post anterior, en Bali el transporte local no está muy organizado y es poco accesible para los extranjeros. Una opción es alquilar un auto (o hacer tours con un grupo de gente en combis) y otra opción, que en mi opinión es la mejor, es alquilar una moto y recorrer el lugar libremente.

Así que eso hicimos, alquilamos una moto por tres días y anduvimos por caminos de tierra entre terrazas de arroz y árboles. No hay nada más lindo que sentir el viento en la cara y tener esa sensación de libertad que dan las motos. Y la verdad es que Bali tiene unos paisajes que vale la pena ver “en vivo” más que a través de la ventana.

* Ceremonias callejeras

Mientras íbamos en la moto por algún camino sin nombre, nos cruzamos con varias ceremonias callejeras. Sin turistas, sin guías, sin cámaras ni filmadoras (más que la mía). Como esta, por ejemplo, con esa música balinesa tan característica que se escucha a toda hora saliendo de los templos de la isla.


Muchos miraban o saludaban a la cámara, ya que yo era la única espectadora de aquella procesión. Y estas son las cosas que me gustan, encontrarme con ceremonias auténticas en medio de la nada.

* Los chicos

Si bien la experiencia en el templo Besakih me puso de muy mal humor (ver post anterior para saber de qué hablo), hubo un grupo de personitas que salvaron la tarde: estos chicos.

Apenas me vieron sacando fotos se acercaron corriendo y posaron riéndose como locos, sin pedirme nada a cambio más que ser fotografiados. Y como ellos hubo muchos más.

Si hay algo que comprobé en este viaje es que la alegría e inocencia de los chicos es algo universal, no importa de qué país vengan ni qué idioma hablen, siempre están dispuestos a jugar. Es con ellos con quienes me resulta más fácil comunicarme.

* Esas frases célebres

Si hiciera un audio compilado con las frases célebres escuchadas en Bali, la lista quedaría así:

– Miss? Taxi! Where you go? Taxi miss! Transport for you? Taxi!! (dicha por los taxistas cada vez que divisan a un extranjero a 100 metros de distancia o menos. Algunos, incluso, utilizan auxiliares visuales y muestran un cartel donde dice, en inglés, “You need taxi? PLEASE?”)

– Yeeeeeeees? What you waaant? (dicho por las mujeres cada vez que un extranjero entra a su negocio). Si uno comete el error de hacer contacto visual con alguna de las prendas de ropa o souvenirs, las mujeres cambiarán el “Yeeees?” por “for you lady, good price, you take it?”.

– Luki-Luki Lediii (traducción: “look look lady”, dicho por las balinesas que atienden el mercado de Ubud como una invitación “a entrar a su negocio, mirar y comprar”).

– Esta frase me mató, más que nada porque un grupo de mujeres se la dijo a Aji (que también es indonesio): “Hellooo boy… Can you speak indonesian?”, a lo que él respondió, en indonesio, “¡soy indonesio!”. Me reí media hora. Un montón de balineses le hablaron en inglés pensando que era extranjero. Escuché, también, a muchos balineses hablando en alemán, en chino, en francés y en japonés. Al parecer muchos aprenden japonés en el colegio y otros aprenden idiomas informalmente para poder venderle a los turistas.

Acá pongo una foto comodín de un lindo templo al lado del mar :)

* Magda y Manca

Magda es una polaca que se mudó a Bali hace poco más de un año. La conocí en marzo del año pasado, en una reunión de Couchsurfing en Kuala Lumpur, y fue ella quien me alojó la primera vez que fui a Bali. Quedamos en contacto y volvimos a encontrarnos en varias ciudades del Sudeste Asiático, así que ir a Bali también fue una excusa para visitarla. Nos alojó en su casa junto a otros couchsurfers y a su gata, Manca.

Y como siempre me pasa lo mismo, saqué fotos de Manca y no de mi amiga. Es que Manca era una gata especial, una de las más locas que conocí: para que se den una idea, no nos dejó en paz durante los días que estuvimos ahí, se colgó varias veces de mi brazo, derribó libros y bibliotecas, se subió al techo y maulló durante horas porque no sabía cómo bajarse y hasta le mordió la cola a Aji mientras dormía (?). Qué atrevida.

* El kecak

Vi el kecak (pronunciado ke-cha y también llamado “Canto del mono Ramayana”) por primera vez en la película Baraka (muy recomendada) y me impresionó muchísimo. Este es el fragmento de la película y de verdad que vale la pena:

httpv://www.youtube.com/watch?v=nAUoa9pmokA

Así que en Bali decidí ver este espectáculo, por más turístico que fuera (los kecak que son accesibles al público se cobran). Pagamos 75.000 rupias cada uno (8 dólares, precio fijo) y juro que no me arrepiento, fue uno de los “espectáculos” (no sé cómo llamarlo, porque si bien es una práctica tradicional, en el fondo fue un espectáculo) más conmovedores que vi. Por lo menos a mí me gustó muchísimo y se me puso la piel de gallina al escuchar a todos estos hombres haciendo música solamente con la repetición del cak-cak-cak (“chak-chak-chak”).

El kecak nació como una danza ritual que hacía entrar a los 150 hombres en trance y se utilizaba para realizar exorcismos; luego se convirtió en un drama musical que narra la batalla del príncipe Rama contra el rey Ravana. Les recomiendo que si van a Bali no dejen de verlo, a mí me pareció emocionante por ser una expresión tan… humana.

* Las ofrendas

Y por último, esas ofrendas que andan desparramadas por toda la isla son irresistibles por sus colores y sus formas. Cada mañana, los balineses ofrecen flores, arroz, comida e incienso a los dioses y espíritus para pedirles protección contra los demonios (no olvidar que en Bali la religión tiene un fuerte componente animista). Durante toda la mañana se puede ver a las mujeres dejando ofrendas en las entradas de sus casas y negocios y rezando.

Y cada tarde, las mujeres fabrican nuevas ofrendas con hojas y flores para dejar en las veredas la mañana siguiente. Estos cuadraditos de colores no duran más de un día. Muchas ofrendas mueren bajo las motos, otras son aplastadas por los peatones, otras caen al río o quedan en la basura. Su belleza —así como su existencia— es efímera.

Y al día siguiente, el rito se repite de manera incansable: las ofrendas son dejadas en las puertas y veredas para luego ser destruidas al final del día.

Bali parte III: una segunda oportunidad

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Decidí darle otra oportunidad a Bali.

La primera vez que fui, hace un año, no me gustó demasiado. No quiero ser injusta: la isla es un lugar de enorme belleza natural, es excepcional por su historia, su cultura, sus ritos y sus tradiciones. Imaginen una islita de las 17 mil que conforman el archipiélago de Indonesia donde se practica una religión única en el mundo (el Hinduismo balinés), donde las ofrendas de colores inundan las veredas, donde las terrazas de arroz cubren de verde y amarillo las montañas, donde hay playas de arena blanca y mar transparente. Para muchos es la definición del Paraíso…

…pero para mí tiene un gran “problema” (o una gran responsabilidad) : es uno de los destinos turísticos más populares del mundo y eso, quiérase o no, influye en la forma en que los balineses se relacionan con los visitantes.

Como conté en la parte 1 de esta historia, hace un año, en Bali no importa si sos “turista cinco estrellas” o “viajero low cost”, a los ojos de los balineses, por el solo hecho de ser extranjero y haber llegado hasta ahí, sos alguien que tiene mucho dinero y está dispuesto a gastar lo que sea. Por eso ningún restaurante local (no me refiero a los turísticos, sino a los warung de comida local) tiene precios en los menúes, por eso los taxis tienen los precios recontrainflados, por eso incluso los bemos (el transporte local y más barato de la isla) triplican sus tarifas cuando el que se sube es extranjero.

Esta vez, a diferencia de la anterior, viajé a Bali con Aji, mi novio (indonesio, aunque de Java, pero por ende “no turista” o “menos turista” que el resto), pensando que la situación iba a ser distinta. No es lo mismo ser bule (extranjera) y viajar sola que ser bule y viajar con novio local. Nos fuimos en colectivo desde Yogyakarta, un viaje de 22 horas por el que pagamos 200.000 rupias (23 dólares) y que incluía comida, cruce en barco de Java a Bali y miradas curiosas de todos nuestros compañeros de colectivo. Me resulta entre incómodo y gracioso sentir cómo nos miran, mientras se preguntan cuál será nuestra relación (al parecer no es tan común ver a una bule con un indonesio en Java y una vez, incluso, le preguntaron a Aji si era mi guía turístico).Juro que no quiero quejarme, pero hubo varias cosas que opacaron un poco bastante el viaje, especialmente la experiencia en el templo Besakih, el más importante de la isla. Así que esta es mi catársis. Tal vez le sirva a quien esté por viajar para no caer en las mismas trampas que caímos nosotros.

* Sobre los medios de transporte

Llegamos a Ubung, una de las terminales de Denpasar (capital de Bali) y fuimos en busca de algún medio de transporte para ir a Ubud, el pueblo donde vive mi amiga Magda, una polaca que vendió su departamento de Varsovia y se instaló en Indonesia, quien nos iba a alojar. Sí, Ubud, el mismo pueblo de Comer, Rezar, Amar.

Uno de los mayores problemas que sufrimos en Bali, como mochileros que quieren gastar poco y viajar como la gente local, fue la falta de transporte organizado y la dificultad de acceder al transporte local. Para aquellos que estén dispuestos a gastar, hay taxis a toda hora, acosando cual tigres entre la maleza: la frase “Miss, Mister, taxi? Where you go? Taxi!” quedará resonando en sus cabezas como parte de la banda sonora de la isla; pero a mí no me parece justo pagar 100.000 rupias (10 dólares) por un viaje de 20 km que a los balineses les cuesta 5000 (ni un dólar). Viajar desde Denpasar hasta Ubud cuesta 10 dólares en taxi (y no hay manera de que aflojen con el precio), nosotros nos tomamos dos bemos y, tras negociar bastante, terminamos pagando 25.000 rupias cada uno (3 dólares) y tardamos el triple de tiempo. Además de que no hay transporte directo entre un lugar y otro, es muy difícil regatear con los balineses. La separación que hay entre locales y extranjeros se siente y mucho.

El día siguiente decidimos alquilar una moto e ir a recorrer la isla por nuestra cuenta. Una sabia decisión. Aji me pidió que “me escondiera” mientras él preguntaba los precios ya que si lo veían conmigo inmediatamente iban a triplicar la suma (algo que tuvimos que repetir antes de entrar a cada restaurante, mercado o bemo). Pero, curiosamente, a los balineses no les gusta alquilarle motos a indonesios que viajan “solos” por miedo a que se las roben, así que tuve que hacer una aparición triunfal y mostrar mi cara de extranjera para que el dueño de la moto se quedara más tranquilo (algo ridículo, porque en todo caso yo también puedo ser una ladrona de motos en potencia, por más extranjera que sea) (igual no lo soy eh, aclaro). Pagamos 35.000 rupias por día (4 dólares, lo cual me parece un buen precio) y recorrimos la isla con total libertad (usando el GPS de mi celular para no perdernos).

* Pagá por rezar y no te olvides de alquilar un sarong (sobre la mala experiencia en Pura Besakih)

Una tarde decidimos visitar Tanah Lot, un templo donde podés ver el atardecer frente al mar… junto con otros dos mil turistas. Hace tiempo que no veía un lugar tan repleto de gente y la verdad es que me sentí un poco agobiada. Vimos una larguísima fila de gente y pensamos que estaban esperando turno para entrar al templo (después nos enteramos que no se puede entrar a Tanah Lot), pero no: estaban esperando su turno para “rezar” (tras pagar “una donación obligatoria” previamente).

Al día siguiente viajamos una hora y media en la moto para conocer Pura Besakih, el “Templo Madre” de Bali, el más importante y sagrado para los balineses. Pero una experiencia que debería haber sido placentera nos terminó poniendo de muy mal humor (especialmente a mí). Esto fue lo que pasó (y, por lo que leí después en muchísimos blogs, no fuimos los primeros que caímos, aunque por suerte nos salió barato).

Cuando llegamos nos cobraron la entrada oficial: él, 10.000 rp (un dólar, por ser “local”), yo 15.000 rp (un dólar y medio por ser extranjera) y 5000 rp (50 centavos) por el estacionamiento. Hasta ahí bien. Fuimos en busca del estacionamiento y vimos a un grupo de balineses que nos hacía señas para que frenáramos, así que supusimos que teníamos que dejar la moto ahí. Desde ya les digo que NO: si ven a estos hombres haciéndoles señas, parados al lado de tres o cuatro motos (las de otros tres o cuatro salames que cayeron como nosotros), sigan de largo, ya que el verdadero estacionamiento está más arriba.

Lo primero que nos dijeron estos hombres es que no podíamos entrar solos al templo y que teníamos que contratar a uno de ellos de guía por 50.000 rupias (5 dólares). Mi amiga Magda, que vive en Bali hace tiempo, está de novia con un balinés y pasó por la misma experiencia, me aseguró que NO se necesita guía para entrar a Besakih, así que les dijimos que no. Pero siguieron presionando, no de manera amable, y me enojé: “¡No queremos guía! Mi amiga es balinesa y me dijo que NO necesitamos guía”. A lo que uno me respondió, con muy mal tono, que entonces solamente podíamos ir hasta la puerta y teníamos terminantemente prohibido entrar al templo. Enseguida, otro de estos hombres nos ató un pseudo-sarong (pareo para entrar a los templos, aunque este era un pedazo de mantel o cortina más que un sarong de verdad) a cada uno en la cintura (a pesar de que llevábamos pantalones largos, ya que la función de este sarong es tapar las piernas) y nos cobró 10.000 rupias por cabeza por el alquiler (si bien un dólar parece poco, en Indonesia 10.000 rupias para alquilar un sarong es una barbaridad). Después vimos a muchísimas personas que entraron sin sarong sin problemas, así que también caímos en la trampa. Consejo: llévense un sarong propio o digan que tienen uno guardado en la mochila, pero no alquilen nada. Y según leí en otro blog, el alquiler de sarong está incluido en la entrada oficial.

Cuando llegamos a la base del templo, tras una caminata de 15 minutos, aparecieron más balineses que nos quisieron obligar nuevamente a contratar un guía “porque había una ceremonia adentro y no podíamos ir solos”. (Aclaración: estos hombres NO son guías oficiales, los guías oficiales se pueden solicitar en la oficina donde se paga la entrada y el precio que cobran es entre 20.000 y 40.000 rp, y hay otros, incluso, que no cobran nada). Dijimos que no y subimos la escalera principal, cuando llegamos a las rejas, un balinés nos cerró el paso y nos dijo, otra vez, que si no pagábamos no entrábamos. Nos pidió 50.000 rupias por persona (5 dólares cada uno) para hacer de guía. Un abuso total de poder. Yo estaba enojadísima y le respondí, en indonesio (para que viera que no soy “nueva”), que como mucho le íbamos a pagar 10.000 cada uno y ahí medio que se asustó (según Aji, que escuchó la conversación, le dijo al amigo “Uy, esta chica vive acá y sabe”). Le pagamos 10.000 porque no nos quedó otra (el tipo no se movía de la puerta) y en vez de hacer de guía (como hacían todos los demás) nos acompañó diez pasos adentro y se fue, enojado porque no le habíamos dado más plata.

Es una pena que un templo tan lindo y “sagrado” esté tan corrompido por estos hombres. Consejo: si van a Besakih niéguense a pagar un guía ya que NO es necesario ni obligatorio. Leí de gente que llegó a pagar 50 DÓLARES (!) por el guía y 20 dólares por el sarong. Sean firmes y NIÉGUENSE, no sigamos fomentando a esta gente.

* Souvenirs y money-money

Para cerrar mi catársis balinesa, dos cosas más.

Una, apenas nos bajamos del bus en Denpasar, un taxista me vio y me dijo “money money money!”, a lo que yo me reí sarcásticamente con una expresión de “¡Ah no!”. El tipo enseguida me dijo “pagi pagi!” (que significa “mañana” o “buen día” en indonesio) como para demostrar que me había querido decir “morning, morning!”. Ambiguo. Lo dejo ahí.

Muy cerca de este cartel (“she give money” escrito de manera rústica) había una mujer que pedía plata por enseñarte a rezar Bali-style

Y dos, el mercado de Ubud está repleto de remeras, sarongs, vestidos, esculturas, pinturas y souvenirs típicos de Bali. Los precios, nuevamente, fluctuan según la cara y de la manera más extraña: una mujer, después de verme con Aji y charlar un rato, me pidió 125.000 rupias (¡casi 15 dólares!) por un pantalón pescador y, unos puestos después, un hombre me pidió (sin que yo le preguntara) 15.000 rupias (un dólar cincuenta) por el mismo pantalón. Increíble.

Mientras caminaba por el mercado pensé en cómo el turismo generó esa necesidad de comprar el souvenir para poder decir “yo estuve ahí”, especialmente en destinos Best-Seller como Bali. ¿Acaso la experiencia es más creíble si uno tiene un objeto que mostrar? ¿Acaso es imprescindible llevarse a casa una estatua de Buda o una remera de I Love Bali para tener un “mejor” recuerdo del viaje? A mi me alcanza con las fotos, con las personas y con los momentos vividos. Hace tiempo decidí no comprar más souvenirs.

***

En la parte IV y final de mi relato por Bali, hablaré de todos esos pequeños detalles que hacen que una visita a Bali valga la pena, a pesar de todo. Por suerte encontré varios, así que esta serie de posts tendrá final feliz.

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