El día que trabajé de extra en una película en el Sahara marroquí

Como dije alguna vez, al vivir viajando pasan dos cosas: una, cada día es una sorpresa, y dos, no hay dos días que sean iguales. Ya les conté acerca del día que conocí y entrevisté a Steve McCurry (el fotógrafo de la Niña Afgana) en Buenos Airesdel día que me invitaron a un casamiento chino en una aldea en las afueras de Lijiang y del día que me robaron la cámara y la computadora en un tren en Indonesia y me devolvieron todo. Hoy quiero contarles acerca del curioso día en que participé de extra en una película francesa-estadounidense que se estaba rodando en Merzouga, sobre las dunas de Erg Chebbi, en el Sahara marroquí.

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 [singlepic id=4144 w=625 h= float=center] Cámaras y equipos en el desierto

Hay un cliché que asegura que todo pasa por algo, y cada vez me convenzo más de que tiene razón. Si miro hacia atrás, la cadena de causas y efectos que conforma nuestras vidas (la de todos los seres humanos) no hace más que sorprenderme. En este caso, todo empezó cuando nos bajamos del bus en Rissani y nos interceptó un tal Hamid en la estación. Estábamos buscando transporte para ir al pueblito de Merzouga, a 35 km de la ciudad, y este Hamid —uno de tantos— agarró nuestras mochilas, nos metió en su 4×4 y nos dijo que él iba a llevarnos a un buen hostel por un buen precio. En pocas palabras: decretó que nos íbamos con él.

Después de media hora de viaje por una ruta de tierra bastante polvorienta, llegamos a un hotelito ubicado en ningún pueblo. El lugar, llamado Soleil Bleu, estaba entremedio de los pueblitos de Hassi Labiad y Merzouga. Tras algunas negociaciones decidimos quedarnos ahí: el lugar era tranquilo, se veían las dunas de Erg Chebbi (uno de los dos “erg” o dunas saharianas que tiene Marruecos) de fondo y teníamos desayuno y cena incluidas. Había un solo problema: el lugar no tenía wifi (algo de lo que, lamentablemente, no puedo prescindir). Mustapha, el encargado del hotel, nos dijo que podíamos ir a usar el wifi gratis a un hotel cinco estrellas que estaba a siete minutos de caminata de ahí: el Kasbah Tombouctou. Así que casi todos los días, Andi y yo caminamos hasta aquella mansión, pusimos cara de húespedes y nos instalamos en el restaurante del Tombouctou a usar internet.

 [singlepic id=4156 w=625 h= float=center] La entrada al Tombouctou, el único hotel cinco estrellas de la zona

Nos dimos cuenta de que en el Tombuctou estaban pasando dos cosas: había un rally (estaba lleno de motociclistas) y estaban filmando una película (estaba lleno de camiones con equipos de rodaje). Una de esas tardes, Andi (quien seguramente contará esta historia con lujo de detalles en su blog) fue al baño y se cruzó con un desconocido que tenía cara de ser de producción y le preguntó si había algún trabajo para nosotros en la película. Él ya se veía de tiracables o barrendero, pero unas horas después le dieron un nombre y una respuesta: Badr (nuestro nuevo contacto) le dijo que estaban buscando extras de aspecto europeo para participar en un día de filmación. Unos días después nos reunimos, Badr nos sacó una foto a cada uno y quince minutos después nos dijo que estábamos contratados.

 [singlepic id=4157 h=625 float=center] Todo empezó acá, gracias a un cruce casual en el toilette del hotel

 [singlepic id=4135 w=625 h= float=center] Andi y yo, futuros extras en la peli!

 [singlepic id=4139 w=625 h= float=center] Prueba de vestuario

 [singlepic id=4158 h=625 float=center] Nuestros atuendos

 [singlepic id=4160 w=625 float=center] Andi y la vestuarista, una francesa-marroquí muy buena onda

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La prueba de vestuario fue al día siguiente y la filmación fue el viernes 2 de marzo. Badr nos pidió que estuviéramos en el Tombouctou a las 6.15 de la mañana (ni un minuto más tarde) para empezar la jornada de filmación, así que nos despertamos a eso de las 5 am (nos habíamos mudado de pueblo a Hassi Labiad, así que tuvimos que caminar casi media hora en la oscuridad para llegar al Tombuctou ya que a esa hora no pasa un taxi ni de casualidad). Desayunamos (con buffet cinco estrellas) y fuimos a ponernos los atuendos. Yo: un vestido color camel atado a la cintura “con una cuerda de dromedario” (según acotó un extra marroquí), mis anteojos de sol (que a la vestuarista le encantaron porque combinaba con el vestido, con mi pelo y con el desierto y me daban un look monocromo poco cool pero apropiado para  la ocasión) y ojotas (poco glamour en los pies, no me dieron zapatos). Andi: borcegos, pantalón verde, musculosa blanca varios talles más chica y una campera que por suerte se tuvo que dejar puesta. De ahí pasamos a maquillaje donde me pintaron los labios y a peluquería donde un estilista francés me dio un look “de época” en menos de tres segundos mientras me decía que tenía un pelo divino (ay, gracias).

[singlepic id=4152 w=625 float=center] El estilista, preocupado por los rulos.

 [singlepic id=4161 w=625 float=center] Mi look de espaldas

 [singlepic id=4145 w=625 h= float=center] Mi look de frente

En total éramos siete extras “europeos” (dos chicas alemanas, un francés, una francesa-marroquí, una escocesa y nosotros dos) y otros tantos extras marroquíes (algunos vestidos de mozos, otros de recepcionistas y otros de camelleros). La peli, por si se lo estaban preguntando, se llama Intersection y es del director David Marconi. Lo único que sé es que trata de una pareja estadounidense que viaja de luna de miel a Merzouga (Marruecos) y sobrevive a un accidente de auto en medio del desierto. A partir de ahí la trama se convierte en un thriller de suspenso con complots de asesinato de por medio.

[singlepic id=4142 w=625 float=center] Extras descansando

[singlepic id=4146 h=625 float=center] Extra marroquí que hacía de camellero (fue el que me dijo que el cinturón de mi vestido parecía una soga de dromedario)

[singlepic id=4147 w=625 h= float=center] El de la derecha (marroquí) le hacía de doble al actor principal, pero no salía en la peli sino que lo usaban para preparar las cámaras y la iluminación (no sé cómo se le dice a ese trabajo)

[singlepic id=4148 w=625 h= float=center] Dos extras marroquíes que hacían de mozos

[singlepic id=4149 w=625 h= float=center] Las dos extras alemanas que hacían de huéspedes en el hotel

El rodaje de la primera escena —la llegada de los protagonistas al desierto en helicóptero— empezó a eso de las 8 de la mañana. Jaimie Alexander (la actriz, que trabajó también en Thor) y Frank Grillo (el actor, quien también trabajó en Prison Break) tuvieron que repetir la escena unas veinte veces (tantas, que todos los que estábamos ahí nos aprendimos el diálogo de memoria). En los cortes, Jamie, muy simpática, nos vino a charlar (éramos los únicos que hablábamos inglés, ya que todos los de producción eran franceses). Me contó que iban a quedarse filmando en Marruecos hasta abril, que trabajaban todos los días menos los domingos y que estaban bastante agotados. “¿Qué les parece esta experiencia? Bastante aburrida, ¿no? Las filmaciones son así: hay que repetir las escenas ochenta veces hasta que salgan bien, y después, todo es esperar. No hay tanto glamour como parece…”, comentó.

[singlepic id=4137 w=625 h= float=center] La primera escena: la pareja llega al hotel en helicóptero (foto: Andi)

[singlepic id=4136 w=625 h= float=center] Extras a la espera…

[singlepic id=4150 w=625 h= float=center] ídem

Finalmente, después de nervios, ansiedad y espera, nos tocó el turno a los extras. Escena 1, toma 2: los protagonistas entran al hotel después de bajar del helicóptero. Nosotros teníamos que hacer de cuenta que éramos huéspedes que estábamos alojados en el mismo hotel, así que nuestra función era actuar con naturalidad mientras ellos entraban, como para darle un poco de vida al lugar y que no pareciera un hotel fantasma. Los productores nos fueron repartiendo en grupitos: Andi y una de las alemanas tuvieron que sentarse en una mesita al lado de la pileta, medio de fondo; la escocesa y la francesa se acostaron en dos reposeras, más lejos aún; el francés y la otra alemana se sentaron en una mesa del lado izquierdo de la entrada (por donde pasarían caminando los protagonistas) y yo quedé sola. Un productor me agarró y me dijo que yo iba a tener que pasar caminando frente a los protagonistas: es decir, cuando ellos entraban caminando hacia la puerta principal del hotel, yo tenía que salir de un costado (más específicamente, de atrás de una planta), pasar por delante de ellos (cruzarme en su camino), mirar el horizonte con cara de relajada y seguir mi camino. Me dijo, además, que no le prestara atención a los protagonistas, que yo solamente caminara como si fuese una mujer rica que estaba de vacaciones ahí. Por como estaban dispuestas las cámaras, los protagonistas iban a ser filmados de espaldas entrando al hotel y yo tendría que caminar directo hacia las cámaras. Imaginen mis nervios.

[singlepic id=4151 h=625 float=center] Esto fue más tarde, cuando cambiaron las cámaras de lugar para otra escena. Pero imaginen tener que caminar de frente a tanta parafernalia hollywoodense.

Repetimos la toma unas 12 veces. Yo creo que en la primera salí con cara de susto. Cada vez que decían acción, yo sabía que tenía que salir de atrás de la planta (mi escondite) y empezar a caminar hacia las cámaras cuando los protagonistas pisaban determinada baldosa. Así que ahí iba yo, con una cartera colgada del hombro, un libro en la mano, anteojos de sol e indiferencia total hacia la pareja protagonista. La primera vez que hice la caminata escuché un “hello there” pero no le di importancia, ya que pensé que el protagonista estaba saludando a uno de los mozos. La segunda vez que repetimos la toma volví a escuchar el “hello!” y yo, nada, ni mú, mirada al horizonte. La tercera vez me di cuenta de que cada vez que me cruzaba con los protagonistas, el hombre me saludaba. Quedé tan descolocada que frené un poquito, le respondí con un “hey!” (?) y seguí caminando, riéndome y pensando que seguramente les había cagado la escena con mi saludo desubicado. O sea: el actor principal interactuó espontáneamente con la extra (yo) y la extra (yo) no supo qué demonios hacer. Cuando gritaron “corte” me acerqué corriendo al productor y le dije: “¡El protagonista me habló, no sé qué hacer!” y él me dijo que la próxima solamente le sonriera con cara de “yeah yeah, fuck off” (literalmente me dijo eso) y siguiera mi camino. Así que en las tomas siguientes, cada vez que el protagonista me saludó, yo sonreí (pero sin cara de fuck off) y él me gritó de lejos “We just got married!”.

[singlepic id=4154 w=625 h= float=center] Foto con Jaimie, la actriz principal, muy simpática y charlatana. Le conté que escribía un blog de viajes y le encantó, me dijo que cualquier cosa que necesitara le pidiera, así que le pedí una foto bien cholula.

Al mediodía hicimos un corte para almorzar y volvimos. Mientras charlaba con la actriz principal, apareció el director (David) y ella, toda emocionada, le contó que yo estaba viajando por el mundo hacía varios años. David, si querés hacer una película de mi vida te lo permito (?). Al rato el director dijo que me quería usar de extra otra vez (solamente a mí, en principio), pero que tenía que cambiarme de ropa para que pareciera otra persona, así que la vestuarista me vistió de ejecutiva de veraneo. Finalmente no participé en la escena. Una lástima, ya me veía rumbo al Camino de la Fama de los Extras y a punto de pedir un aumento de sueldo. La filmación terminó a las 4 de la tarde.

[singlepic id=4153 h=625 float=center] Este fue mi atuendo de ejecutiva veraneando de incógnito en el desierto

Fue un día largo, cansador y divertido. Yo me lo tomé como un juego, porque si me ponía a pensar que estaba siendo filmada (aunque haya sido de manera fugaz) para una película de Hollywood, me iba a agarrar pÁniko escénico. Igualmente me muero de vergüenza pero sé que me voy a reír muchísimo cuando me vea de fondo en el cine, caminando cual señora elegante en un hotel de lujo en el desierto, con un vestido con soga de dromedario y ojotas Hawaianas. Y además, después de haber vivido esta experiencia, voy a empezar a mirar a los extras de las películas con mucho más cariño y me voy a preguntar cómo es su vida (probablemente muchos de ellos no son actores profesionales, como yo) y cómo fue que llegaron a participar en ese rodaje. En nuestro caso, todo fue gracias a un tal Hamid, un marroquí que apareció en la estación de buses en el momento justo. ¡Gracias Hamid!

El día que conocí a Steve McCurry

Quiero compartir algo que me pasó hace ya más de un año, en Buenos Aires, unas semanas antes de emprender mi loco viaje por Asia.

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Como dije en algún otro post, cuando uno viaja da lo mismo que sea lunes, jueves o domingo, ya que los días dejan de tener una etiqueta y pasan a ser “El Día Que”: “el día que nadé en lava volcánica”, “el día que me tiré en parapente” o “el día que conocí a John Lennon” (tres días que nunca pasaron en mi vida, aclaro).

Pero lo que no dije es que cuando uno está inmerso en la rutina, esos días también existen y son los que nos hacen salir de la vida cotidiana: son esos “momentos” en los que nos damos cuenta de que estar vivo en este tiempo y en este lugar es lo mejor que nos podría haber pasado.

Bueno, resulta que un día cualquiera mi editora me encargó entrevistar a Steve McCurry porque estaba segura de que aquel fotógrafo estadounidense y yo “nos íbamos a llevar bien”. Tal vez debería escribir STEVE McCURRY así con mayúsculas, porque este hombre no es solamente un fotógrafo, es una eminencia de la imagen, uno de los mejores retratistas del mundo, en mi humilde opinión.

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¿Se acuerdan de la mirada de la Chica Afgana, no? Fue la tapa más famosa de la National Geographic y una de las imágenes más reconocidas del mundo, un ícono del siglo XX.

Bueno, esa la sacó Steve.

Steve (me tomo el atrevimiento de llamarlo Steve) estuvo en Buenos Aires para inaugurar la muestra que hizo en el Centro Cultural Borges y, el día anterior, dio una conferencia de prensa para varios medios argentinos. Ahí fui yo.

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Imagínense mis nervios.

Cuando la conferencia de prensa (“ordenada”) terminó, empezó el caos. Más de 30 periodistas se le abalanzaron para entrevistarlo en privado y sacarle mil y una fotos.

— Estiv, Estiv!! Plis, a picture with the chica afgana.

— Estiv! Only two questions, two more questions!

— Estiv, look here, una foto con tu cámara, plis.

Yo decidí ser paciente y no acosarlo cual mujer desesperada. Pensé: en algún momento el resto de los periodistas se va a ir y ahí aprovecharé para hacerle la entrevista con tranquilidad.

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Entre varios se lo llevaron afuera de Galerías Pacífico —tras el pedido de “una foto al aire libre, Estiv”— y le sacaron todo tipo de fotos: mirando hacia el vacío, con la cámara acá, con la cámara allá, de frente, de espaldas, con la mano levantada, con el pie apoyado. Y él, tan tranquilo, se dejó fotografiar. Qué ironía. Qué habría pensado el fotógrafo al ser fotografiado… Seguramente por dentro se reía de todos.

Cuando terminaron de sacarle fotos, el hombre quedó solo. Solo. Por primera vez en cuatro horas lo dejaron solo. Era mi oportunidad. Caminé hacia adentro del Shopping (el Centro Cultural Borges está ubicado dentro del Shopping Galerías Pacífico) con él y mientras subíamos por la escalera le charlé de ser humano a ser humano (o de loca a genio al que trata como ser humano).

—Hi Steve. ¿Todavía tenés energía como para una entrevista más? [todo en inglés]

—Of course!

—¿Es tu primera vez en Argentina?

—Sí.

—¿Y cuál es tu próximo destino?

—El sábado me voy a la India.

Y ahí, en pocos microsegundos, pensé… será muy ridículo si… qué hago… le digo o no le digo le digo o no le digo le digo no le… ya fue, le digo.

—¡Qué bueno! Yo me voy de viaje a Asia dentro de un mes y probablemente me quede un año por allá.

Por primera vez durante nuestra conversación me miró a la cara y me sonrió. Le encantó lo que dije. [Nota: cuando este hombre empezó su carrera como fotógrafo freelance, a los veintipico de años, se fue a la India con el plan de estar “un tiempito” allá y se terminó quedando meses y meses, y la mayor parte de su carrera como fotógrafo la hizo en Asia].

—Really???

—Sí, yo escribo e intento sacar fotos [no puedo dármela de fotógrafa con un tipo tan groso] y quiero vivir de esto.

—Wow, impressive.

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Llegamos nuevamente a la sala del Borges —vacía— y me pidió que lo esperara mientras iba al baño. Me quedé ahí parada, nerviosísima, pensando lo peor: ¿Y si se le ocurre escaparse por la ventana del baño para no tener que seguir lidiando con la prensa? Recemos para que el baño no tenga salida al exterior. Volvió a los cinco minutos y me invitó a sentarnos dentro de la sala de exposición, entre medio de todas sus fotos.

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Saqué el grabador y empecé con las preguntas.

—Empezaste estudiando cine… ¿qué te hizo elegir la fotografía como profesión?

—Bueno…

Me dió una breve explicación que ni siquiera llegó a terminar y se interrumpió a sí mismo: BUT TELL ME ABOUT YOUR TRIP. ¿Cuándo te vas? ¿Por dónde vas a estar? ¿Vas sola? ¿Viajas por placer? ¿Cuál es tu plan?

No podía creerlo. Steve McCurry me entrevistó a mí.

Le conté un poco sobre mi vida: que en el 2008 viajé a Latinoamérica por nueve meses, que la escritura, que las fotos, que mi atracción por Asia, que mi pasión por viajar.

Me pidió mi contacto.

Y en ese momento ni lo pensé y saqué una caja llena de fotos de mi bolsito.

El día anterior había impreso unas 50 fotos que había sacado en mi viaje por América latina y las había convertido en “tarjetas personales” (les escribí a mano mis datos de contacto en el dorso, bien rústica la cosa). Las llevé a la conferencia de prensa “PARA VER QUÉ ONDA”, pero confieso que si él no me pedía mi contacto jamás iba a animarme a mostrarle estas fotos así de la nada. Así que cuando me pidió mi contacto saqué el fajo de fotos y le dije que eligiera una (arriesgándome a que el tipo ni le diera importancia al asunto y agarrara la primera para quedar bien). Pero no sólo eligió una sino que miró todas, tranquilamente, e hizo una preselección de cinco que le habían gustado hasta que eligió su preferida.

No sé qué habrá sido de esa foto, si todavía la tiene, si la perdió entremedio de tantas otras que le deben haber dado, si se acuerda de mí, si no se acuerda.

No me importa.

Aquel día sentí que estaba yendo por el camino correcto, que tenía que seguir con esto de viajar, escribir y sacar fotos por más loco e irrealizable que le pareciera al resto del mundo. Porque hubo muchas personas que empezaron así, cumpliendo un sueño (o sueñito) que al resto del mundo le parecía loco e irrealizable y terminaron haciendo grandes cosas. Y si tuve la suerte de que la vida (o mi editora) me hiciera conocer a una persona como él, fue por algo. Estas cosas no pasan porque sí.

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***

Esta es la entrevista que salió publicada un tiempo después en la revista Clase Ejecutiva de El Cronista Comercial.

El día que me invitaron a un casamiento chino

Cuando uno viaja, da lo mismo que sea “lunes”, “miércoles” o “domingo”. Cuando uno viaja los días dejan de ser una etiqueta y un número y pasan a ser “el día que me perdí en China y tuve encuentros inesperados”, “el día que me robaron la cámara y la computadora y me devolvieron todo”, “el día que conocí a mi compañera de viajes en Tailandia”, “el día que probé la comida india por primera vez y me enamoré de su gastronomía”, “el (triste) día que me rechazaron la visa para ir a la India”, “el día que…”.

En un viaje no importa qué día de la semana es, sino que importa el contenido, los hechos vividos en esas 24 horas. Así que cuando, aún estando en China, mi amiga Tippi me dijo que estábamos invitadas a un casamiento en una de las aldeas en las afueras de Lijiang (ciudad histórica de la provincia de Yunnan, China), dije que sí inmediatamente y pensé: quiero tener “el día que me invitaron a un casamiento chino” entre mi colección de días viajeros.

Confieso que por un ratito pensé “pero… ¿qué me voy a poner?”, aunque cinco minutos después esa pregunta quedó eclipsada por “¿cómo será un casamiento chino?”. Y ojo que no iba a ser cualquier casamiento, sino el casamiento de dos personas pertenecientes a uno de los tantos grupos minoritarios de China. Acostumbrada a los casamientos argentinos, también me pregunté  ¿qué música pasarán? ¿cómo estarán vestidos? ¿será muy formal? ¿habrá carnaval carioca-chino? :)

El gran día fue jueves. El novio de Tippi se fue temprano para filmar el casamiento que había empezado a eso de las 9 de la mañana. Nosotras teníamos planeado ir a la tarde, pero él nos llamó por teléfono y nos dijo que nos apuráramos porque nos íbamos a quedar sin comida. Así que nos fuimos a la aldea, a 15/20 minutos de la ciudad de Lijiang, después del mediodía. Yo me puse una pollera larga con estampado de la India que me había comprado en Malasia, pero estábamos las dos bastante informales.

Cuando llegamos a la aldea, lo primero que vimos fue a un grupo de mujeres sentadas afuera de un quiosquito jugando a las cartas con un mazo que jamás vi en mi vida. Nos invitaron a sentarnos con ellas y una le dijo a Tippi que me quería presentar a su hijo para que me quedara a vivir en la aldea. Yo tenía unas ganas de llevarme una de esas cartas, sola una, de souvenir…

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Caminamos un poco y reconocimos cuál era la casa donde se festejaba el casamiento porque vimos el auto de la novia estacionado en la puerta (una rara mezcla entre tradiciones occidentales y casamiento oriental) y muchísimos autos desparramados en el camino de tierra.

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Entramos sin permiso como quien entra a su propia casa y lo primero que vi fue gente comiendo desaforada y hablando a los gritos. Tippi me explicó que estábamos en la casa de los padres de la novia, ya que la primera parte del casamiento se celebraba ahí y la segunda parte sería en la casa de los padres del novio, donde ambos (marido y mujer) vivirían de ahí en más.

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En ese casamiento vi mujeres vestidas con su ropa minoritaria, algunos hombres de jean, unos pocos de traje, muchísimos platos de comida circulando entre las mesas, semillas de girasol desparramadas por el piso, mazos de cartas olvidados en un rincón, vasitos de plástico pisados, mujeres cocinando al aire libre, mujeres lavando los platos en la puerta de la casa.

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Y por fin, a los novios:

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El vestido blanco fue una sorpresa inesperada, yo pensé que ella iba a estar vestida con la ropa tradicional y no con el vestido occidental, aunque en la segunda parte del casamiento (en la casa de los padres de él), se puso un vestido rojo tradicional chino.

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Las mujeres nos invitaron a sentarnos y nos sirvieron montones de comida. Me señalaron que probara todo y que comiera hasta reventar. Y así como la comida llegó de golpe, se fue. Después de haber almorzado a más no poder, era momento de trasladarnos a la casa del novio.

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Aunque primero las amigas y los amigos de la novia cumplieron con el ritual: ella se metió en su cuarto con todas sus amigas y cerró la puerta, unos minutos más tarde, los hombres golpearon haciendo muchísimo ruido, abrieron y sacaron a la novia. Con eso simbolizaron el pasaje de vivir en la casa de sus padres a irse a vivir con su flamante marido en otra casa.

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Así que después de eso nos fuimos todos en auto a la aldea del marido, a unos 15 minutos de distancia, y llegamos otra vez a una casa de familia llena de mesas.

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Mientras la gente iba llegando, Tippi y yo subimos a la terraza y nos quedamos mirando hipnotizadas un partido de mahjong, el dominó chino en el que se apuesta hasta lo que no se tiene. Las reglas son bastante simples, pero lo importante es pensar rápido.

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Y después, aunque eran las 4 de la tarde: ¡a comer otra vez!

Nos sentamos en una mesa llena de nenes muy simpáticos e hicimos lo mismo que todos los invitados: seguir comiendo.

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El momento surrealista fue cuando una mujer pasó ofreciendo un plato de cigarrillos, una muestra de qué fumadores fanáticos son los chinos.

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Dos mini-personajes destacados:

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Esta nena, la encargada de llevarle la cola del vestido a la novia, que me mostró muchísimas veces, con orgullo, su ropa tradicional.

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Y este nene, con la sonrisa más grande y la risa más pegajosa de todo el casamiento.

Como verán, en esta celebración no hubo DJ, no hubo lista para entrar ni lista de regalos, no hubo vestidos carísimos, no hubo maquillaje ni peluquería (excluyendo a la novia, por supuesto), no hubo fotógrafos profesionales, no hubo mesas asignadas, no hubo mesa de postres (¡ufa!), no hubo video, no hubo vals, no hubo discursos, no hubo carnaval carioca, no hubo barra libre (aunque bastante cerveza), no hubo trencito. Y sin embargo el resultado fue el mismo: dos personas se casaron.

La única ausencia que noté fue la música.

Y cuando le pregunté a Tippi si en un casamiento chino era normal poner música y bailar me dijo que no. En un casamiento chino, lo normal es realizar una sola actividad: comer.

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