Escribir un libro (3): Qué leo mientras escribo

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

Sé que estoy silenciosa. Es que estoy leyendo mucho. No puedo pasar un segundo sin tener una página —o una pantalla— escrita frente a los ojos. Viajar en colectivo me parece el mejor programa del mundo —especialmente si hay tráfico y embotellamiento y va bien lento— porque me permite tomarme esa media hora, cuarenta minutos o dos horas para leer un libro sin interrupciones (excepto la vez que decidí no leer y me puse a escribir lo que me pasaba por la cabeza). Me encanta usar cualquier tiempo de espera para leer. Lo peor de esto (que es una adicción, lo acepto) es que no puedo leer un solo libro a la vez: yo leo varios. Tiene mucho que ver con mi manera de ser: yo soy de esas que abren treinta (a veces más) pestañas en el Chrome y tiene la mente enfocada en treinta cosas distintas. Multitasking le dicen. A mí me sale bárbaro. Por eso con los libros soy igual: no leo uno y después otro, sino que leo varios a la vez, voy mechando, leo un cuento por acá, un poema por allá, un artículo en un blog, tres capítulos de una novela y después confundo libros, me olvido quién escribió qué y todo se me mezcla. Pero me encanta.

 

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En estos meses, mientras escribía mi libro, leí mucho. Retomé ese hábito incontrolable de leer todo lo que tuviese cerca. La mayoría de estos libros me encontraron a mí (más que yo a ellos), así que comparto algunos títulos con ustedes, por si les interesa (son varios y hay de todo un poco).

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– El camino del artista (Julia Cameron). Este no es un libro que se lee sino que se transita. Es un curso de creatividad, un libro que ayuda a entrar en contacto con nuestros deseos (o sueños, o capacidades, o talentos) y ponerlos en práctica. Lo empecé hace varias semanas pero voy de a poco. Lo que más me gusta (aunque no todos los días lo hago) es la propuesta de las morning pages (o “páginas matutinas”): escribir, todas las mañanas, tres páginas de fluir de conciencia. Sin pensar, sólo escribir. Les aseguro que salen cosas muy interesantes. Gracias Nati por recomendarme este libro.

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– Mientras escribo (Stephen King). Empecé a leer a Stephen King cuando tenía doce o trece años. Me devoraba sus novelas. Con el tiempo lo abandoné y, después de unos diez años sin leerlo, me encontré con uno de sus libros en el momento justo. Me leí casi todo On writing (en inglés) de un tirón, en el avión de ida a Sudáfrica. Lo leí en la pantalla y no pude subrayar nada, pero me acuerdo que sentí varias cosas: una, que Stephen King lo escribió con un lenguaje muy cercano (tan cercano que sentí que me estaba contando su vida mientras tomábamos un café), dos, que esa cercanía me ayudó a verlo como una persona con miedos, dudas, aciertos y fracasos como cualquier otra, y tres, que todo eso me hizo sentirme acompañada en el oficio de escribir. Un libro para tener siempre por ahí, cerquita.

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– APE (Author, Publisher, Entrepreneur): How to publish a book (Guy Kawasaki y Shawn Welch). Una obra de referencia para cualquiera que esté pensando en escribir un libro y en autoeditarselo. Kawasaki y Welch explican cómo ser tu propio autor, editor y emprendedor y cómo auto-publicar tu libro. El libro toca temas como por qué sí y por qué no escribir un libro, la industria editorial tradicional versus el self-publishing (publicación independiente), ventajas y desventajas de publicar de manera independiente, la revolución de los ebooks, etapas de escritura, errores comunes, canales de distribución, entre muchos otros. Muy útil para quienes, como yo, empiezan a meterse en el mundo de la publicación autogestionada. Gracias Andres por la recomendación.

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– If you want to write: A book about Art, Independence and Spirit (Brenda Ueland). Este es un libro al que llegué de casualidad, a través de APE (el anterior). En el capítulo dedicado a la escritura, Kawasaki dice que If you want to write (traducido al español como “Si quieres escribir”) es su obra de referencia y el libro que siempre lee antes de empezar a escribir, así que me intrigó y lo compré en ebook. Brenda Ueland (periodista, escritora, editora, profesora) lo escribió en 1938 y, además de hablar de escribir en sí, habla acerca de la creatividad que todos tenemos adentro. Lindo libro para darse cuenta de que todos tenemos los mismos miedos y para animarnos a escribir con sinceridad.

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– La nieta del Señor Linh (Philippe Claudel). Este es un libro que se puede leer en una tarde y que logra desarmar a cualquiera por la simpleza y la ternura con la que está escrito. Es la historia del señor Linh, un anciano que perdió todo en la guerra y que se exilia en barco con una valija y Sang Diu, su nieta de seis semanas. Ambos llegan a un país nuevo (no se sabe a cual, la historia está escrita con muy pocos datos concretos) y tienen que adaptarse a un lugar donde no conocen el idioma y no tienen a nadie. Es una historia que me hizo sonreír, llorar y sentir impotencia, todo a la vez. Gracias Lau por prestarme este libro.

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– Oliverio Girondo, Antología. No sé mucho de poesía, pero cada vez me gusta más leerla. Hace un tiempo vi una película que se llama “El lado oscuro del corazón” donde gran parte de los diálogos son poesías de Girondo, Benedetti y Juan Gelman, y después de eso me compré este libro. La parte que más me gusta es la que pertenece a su obra Espantapájaros, de 1932. Me parece que no hay mejor manera de insultar a alguien —con altura, claro está— que dedicándole el poema “Que los ruidos te perforen los dientes”.

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– La vida de Pi (Yann Martel). Descubrí a Yann Martel de casualidad, cuando me encontré con un libro suyo, abandonado, en la habitación compartida de un hostel laosiano. El libro en cuestión era “Self”. Lo leí, investigué un poco al autor (me encanta investigar la vida de los autores y de los actores) y me enteré de que había escrito una obra muy elogiada: La vida de Pi (que en el cine se estrenó como Una aventura extraordinaria). Me compré el libro en España y lo leí en la playa de Brasil. Lo devoré. Es un libro que no pude dejar hasta terminarlo. Si bien el final da vuelta la historia lo que más me gustó es que cada cual puede elegir cómo interpretarlo, al igual que cada cual puede elegir cómo relatarse su propia vida.

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– Un mundo feliz (Aldous Huxley). Este es un libro que leí tres veces, en tres momentos muy distintos de mi vida: durante el colegio secundario, en la universidad y ahora, hace unas semanas. Algo me hizo volver a él, ya no me acuerdo qué, pero le hice caso a esa voz que me decía que volviera a leerlo. Como tengo muy mala memoria, no me acordaba de mucho, así que disfruté (o más bien padecí) la historia de ese mundo distópico por tercera vez. En el capítulo 18 Bernard le pregunta a John, el salvaje: “¿Te sentó algo mal que comiste?”, a lo que John responde: “Sí, comí civilización. Y me sentó mal; me enfermó”.

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– Una geografía del tiempo (Robert Levine). Otro libro que llegó a mi vida de casualidad. Entré a una librería para comprarle un libro a una amiga y lo vi. El título me llamó la atención y el subtítulo (“o cómo cada cultura percibe el tiempo de manera un poquito diferente”) aún más. El autor habla acerca de algo que fui notando en mis viajes pero a lo que nunca supe ponerle nombre: las distintas percepciones del tiempo de cada cultura (por algo en algunos lugares se vive con más lentitud y en otros con más acelere, o en ciertas sociedades está mal visto ser impuntual y en otras es normal llegar tarde). Según él, el tiempo forma parte de un lenguaje silencioso que es muy difícil de aprender y que siempre afecta al viajero. Una de las distinciones más interesantes es la que hace entre las culturas que viven según “el tiempo del reloj” y “el tiempo de los acontecimientos” (o de la naturaleza).

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– Elogio de la lentitud: Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad (Carl Honoré). Este libro sigue la linea del anterior, aunque habla más que nada acerca de la revolución de lo slow y muestra cómo en muchos lugares del mundo la gente está desacelerando su estilo de vida y viviendo con menos velocidad. Me hizo acordar mucho a mis días en el desierto, donde el lema de la gente es: “La prisa mata”.

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– Orsai y derivados. Soy fan de la revista Orsai (y de todo lo que se formó a su alrededor) y últimamente la estoy mencionando mucho. Para los que no la conocen, Orsai es una revista creada por Hernán Casciari, escritor argentino que vive en España, y que “desafía” a la industria editorial actual y demuestra que hacer una revista de calidad, con notas largas y sin ningún tipo de publicidad e intermediarios es posible. Ya van por la número 13 y dudo que frenen. Lo malo de leer Orsai es que me genera ganas de leer más textos de todos los autores que escriben ahí, y eso hace que no tenga tiempo de tener vida social. Así que además de Orsai estuve leyendo bastante a Casciari (“El pibe que arruinaba las fotos”, “España decí alpiste” y “Charlas con mi hemisferio derecho”) y a Pedro Mairal (autor de “El gran surubí”, una novela escrita en sonetos que les recomiendo muchísimo).

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– Haruki Murakami: después del terremoto. Murakami es uno de mis escritores preferidos y su género, el realismo mágico, es uno de los que más me atrapa. Este libro lo acabo de empezar, así que todavía no puedo decir mucho. Son seis cuentos que surgieron a causa del terremoto de 1995 de Kobe (Japón) y que están escritos con ese estilo tan humano, simple y atrapante de Murakami.

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– Viajes y otros viajes (Antonio Tabucchi). Este es el último libro que me compré y otro de los que estoy leyendo en este momento. En la introducción, Tabucchi dice: “He viajado mucho (…) y lo siento como un enorme privilegio, porque posar los pies en el mismo suelo durante toda la vida puede provocar un peligroso equívoco, el de hacernos creer que esa tierra nos pertenece, como si no la tuviéramos en préstamo, al igual que todo en la vida lo tenemos en préstamo”. Es un libro que estoy leyendo con un lápiz en la mano y que no puedo parar de marcar: “El deseo de conocer nunca es bastante”, “La escritura es un viaje fuera del tiempo y del espacio”, Viajando, uno se topa sobre todo con los vivos”, “Me gustaba mucho leer el viaje en los rostros de los demás”, “Las únicas fronteras que no cambiarán nunca son las del cuerpo humano”. Un libro y un escritor que me hacen sentirme muy acompañada en mis viajes en colectivo y en mis viajes por el mundo.

Creo que, después de viajar, leer es una de las cosas más lindas del mundo.

 

[box border=”full”]Este post forma parte de la serie (bastante desordenada por cierto) “Escribir un libro”

Escribir un libro (1): mundo de papel

Escribir un libro (2): etapas y miedos

Escribir un libro (3): qué leo mientras escribo

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet lag y oh los trolls

Escribir un libro (5): dejarlo ir[/box]

Miramar y el arte olvidado

“Caminar es un arte olvidado”
(Carl Honoré, Elogio de la lentitud)

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Llegamos a la estación de Miramar a las 8 de la noche. Estábamos a unas trece cuadras de la casa de Luci y Emi, los chicos de couch que nos iban a alojar, y teníamos dos opciones para ir hasta su casa: la veloz y paga (un remis) o la lenta y gratuita (caminar). Ni Damián ni yo sabíamos qué tan seguro o peligroso podía ser caminar por Miramar de noche, pero ambos elegimos caminar. En esa ciudad de la costa bonaerense las calles tienen números correlativos en vez de nombres así que creímos que sería fácil llegar a destino. No lo fue: las diagonales nos desorientaron y nadie supo indicarnos por dónde ir. No nos importó demasiado, tardamos más pero llegamos igual. En el camino, además, Damián me fue contando una historia.

—¿Sabías que existe un pueblo donde se practican los oficios olvidados?
—¿Ah sí? ¿Qué trabajos hacen?
—Todos trabajan con las manos. Algunos se dedican a la carpintería, a la herrería, a la orfebrería, hay fabricantes de muñecos y de bicicletas, artesanos de libros, luthiers, jardineros, titiriteros… También hay arte en todos lados: dibujos en las paredes, poesía escrita en las veredas, cuentos en los techos, animalitos fabricados con arbustos…
—Qué lindo, ¿y trabajan en la calle, no?
—Sí, todos trabajan al aire libre o tienen sus talleres abiertos…
—¿Y cuál es su medio de transporte?
—El lugar es chiquito, así que van en bici o caminan…

A medida que caminábamos, perdidos, yo hacía preguntas y el relato crecía. En algún momento logramos encontrar la calle diagonal por la que teníamos que caminar y seguimos por ahí, en busca de la casa de los chicos.

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—¿Y en el pueblo hay mar?
—Sí, tienen un mar y un bosque.
—¿Y cuánta gente vive ahí?
—Hay tantas personas como oficios y hay tantos oficios como los necesarios para vivir… Muchas personas se van a vivir ahí sin saber cuál es su vocación, pero con el deseo de seguir un oficio y de vivir en paz y por eso buscan ser ayudantes y aprender. Además las personas no tienen apellido, sino que el apellido de cada uno es su profesión. Por eso las calles tampoco tienen nombre, sino que se las conoce como “la calle donde vive José Panadero”.
—Ahh… qué lindo. Me hace acordar a la parte vieja de Hanoi, en Vietnam, donde las calles tienen el nombre del oficio que se practicaba en ese lugar… ¿Y cómo se llama el pueblo?
—No tiene nombre… Si tuviese nombre perdería su magia, dejaría ser el pueblo de los oficios perdidos…
—Ah, es como la frase de Herman Hesse: Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos…

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En ese momento nos cruzamos con un vecino y le preguntamos por la intersección que buscábamos. Estábamos a dos cuadras. Caminamos un poco más y, una media hora después de haber salido de la estación, llegamos a destino. En remis hubiese sido mucho más rápido, pero jamás hubiese escuchado la historia de aquel pueblito de oficios tan entrañables.

Al día siguiente salimos a caminar otra vez. Como estábamos a pocos metros del mar, lo primero que hicimos fue acercarnos a la costa. Luci y yo nos sentamos a charlar acerca de la vida en Miramar, tan tranquila, y la vida en Buenos Aires, cada vez más acelerada. Miramar es conocida como la ciudad de los niños y de las bicicletas y es un destino muy popular en verano, especialmente para ir en familia. Yo no conocía Miramar y descubrirla a los 27 años y en otoño fue mágico. Si yo tuviese este mar tan cerca de mi casa caminaría todas las mañanas, pensé.

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Después del mediodía fuimos a la escuelita rural donde trabajaba una de las hermanas de Luci a hacer un show de burbujas para los chicos. Cuando terminamos caminamos un kilómetro por una Miramar diferente, ya no costera sino rural, con tranqueras y hombres a caballo. Esa misma tarde, Damián y yo volvimos a caminar por la ciudad, esta vez en busca de un supermercado. En el trayecto descubrimos varias cosas: un vecino que arreglaba un motor en la vereda, un gato que se nos acercó (cual perro) cuando lo llamamos por su nombre genérico (vení gato, vení), casas con decoraciones navideñas (probablemente olvidadas), bicicletas estacionadas sin atar, calles vacías y silenciosas, árboles que se movían muy suavemente con el viento, casas cerradas por la temporada, un juguete olvidado en la vereda.

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Al día siguiente nos fuimos caminando al bosque. Mientras nos metíamos entre sus árboles yo le conté a Damián acerca de los dos bosques encantados que conocí en mi vida: el de Calella (Catalunya) y el de las afueras de Skelleftea (Suecia). Ambos me parecieron mágicos por su atmósfera, por su silencio, por su luz. El de Calella se llenó de rayas naranjas que entraban por entremedio de los árboles al atardecer; el de Skelleftea estaba repleto de nieve y de magia. Y después de hacer burbujas gigantes entre sus árboles, el bosque de Miramar se convirtió en mi tercer bosque encantado. Incluso pudimos ver uno de sus ojos.

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A la mañana siguiente, jueves, decidimos emprender el regreso a Buenos Aires. Como teníamos planeado salir a dedo nos despertamos bien temprano, a eso de las 6 de la mañana, y preparamos el desayuno y la mochila con tranquilidad. Nos despedimos de los chicos, salimos de la casa y caminamos por toda la costa de la ciudad mientras el sol aparecía sobre el mar. La luz naranja y espesa, típica del amanecer, bañaba los edificios, los charcos, los árboles. Los surfers aprovechaban el mar desde temprano, las mujeres paseaban con sus amigas por la costa, todos parecían tomarse la vida con calma, incluso durante un día laboral. Fue la despedida perfecta de Miramar.

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El primero que nos levantó, pocos minutos después de empezar a hacer dedo en la salida de la ciudad, fue Maxi, un chico que nos dejó en playa Chapadmalal. Cuando nos preguntó a qué nos dedicábamos y yo le conté que escribía, me respondió, con una sonrisa en la mirada: “Escritora… qué lindo, yo también quiero ser escritor… Leo mucho, pero todavía no me animé a escribir…”. Y ahí me di cuenta de cómo todos en esta vida nos vamos encontrando y entrelazando por un rato y contándonos nuestras historias… Galeano tiene razón cuando dice que no estamos hechos de átomos sino de historias.

El segundo que nos levantó fue Lucas, un artesano viajero que nos llevó hasta la salida de Mar del Plata. Mientras íbamos en el auto, algo en él lo hizo cambiar de recorrido: “No tomo nunca este camino, pero voy a ir por la costa, miren lo lindo que está el mar”. Y era verdad, el mar de Mar del Plata estaba planchadísimo, soleado, calmo. Ir en auto por la costa fue casi como caminar por la rambla antes de despedirnos de la ciudad (y del mar mismo) por un tiempo.

[singlepic id=7196 w=625 float=center] Atrás quedaban, también, los chicos que conocimos en la escuelita de Miramar…

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En Mar del Plata estuvo difícil. Esperamos dos horas al borde de la ruta hasta que una mujer nos levantó y nos llevó por Ruta 2 a Vivoratá, a unos 30 km. Pero cuando nos bajamos de su auto, todo se sincronizó: no tuvimos que esperar ni dos minutos, enseguida nos levantó Manuel, un camionero que trabajaba llevando un cine móvil para los chicos de la provincia de Buenos Aires. Durante las casi tres horas de viaje, Manuel nos habló acerca de su vida (“a veces no veo a mi familia durante tres meses”), de su trabajo (“es lindo esto de estar viajando por toda la provincia pero llega un momento en que cansa”), de los mochileros (“cuando se paren en la ruta siempre pongan las mochilas bien visibles, porque así nosotros en dos segundos podemos ver que son viajeros y frenar para llevarlos”). Cuando nos dejó en Castelli nos indicó exactamente dónde pararnos para seguir camino y, antes de que él se fuera, ya nos había levantado Mario.

—¿Ustedes estaban haciendo dedo a la salida de Mar del Plata, no? Sí, los vi… Saben… hace años que no levantaba a nadie… Hoy no sé por qué levanté a tres.

Así empezó el tramo final a Buenos Aires. Lo que al principio fue una leve desconfianza de su parte se tornó en una charla agradable. Entrar al auto de un desconocido es como entrar a su mundo por un rato y generalmente el conductor espera algo de compañía y algunas historias a cambio. Así que cada uno fue relatando porciones de su vida y nos fuimos construyendo con palabras. Mientras tanto, afuera, el sol empezaba a bajar entre los edificios.

[singlepic id=7198 w=625 float=center] Qué lejos quedaban todas estas escenas tranquilas de Miramar…

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Entramos a la locura de Buenos Aires y Mario nos dejó en Los Incas, la estación terminal del subte linea B, en plena hora pico. Me encanta llegar a Buenos Aires por tierra, pero lo que más me gusta es no llegar directamente a mi casa sino tener que tomar algún transporte más dentro de la ciudad, ya que ir con la mochila encima me permite seguir con el modo viajero encendido y mirar Buenos Aires desde otra óptica, como si fuese de afuera. Así que apenas nos bajamos del auto y quedamos frente a un semáforo repleto de gente, le dije a Damián:

—Hagamos de cuenta que esta es la primera vez que venimos a Buenos Aires…
—Dale.
—Mirá todo esta gente, ¿a dónde irán tan apurados? Incluso los perros caminan rápido. Qué ciudad tan ruidosa… ¿Nadie se para a mirar el atardecer?

Entramos al subte, nos sumamos a la marea de gente y atravesamos la ciudad por debajo de la tierra. Cuando salimos del otro lado, ya era de noche.

Cuatro días después de volver de Miramar, decidí volver a caminar por mi ciudad. Hace meses que no caminaba por Buenos Aires. En realidad sí caminaba, pero como medio para llegar a algún lado, no como un fin en sí mismo. Y una tarde de esta semana salí de mi casa y decidí no subirme al estrés del colectivo ni al amontonamiento del subte y volver a cruzar la ciudad a pie. Hice sesenta cuadras (6 km) y las hice todas sonriendo, descubriendo cientos de detalles que, con la velocidad de los transportes, siempre me pasaban desapercibidos. A veces me olvido de que caminar es un arte y me olvido de que puedo practicarlo incluso cuando no viajo. No hay mejor manera de ver el mundo que caminando, no hay mejor manera de descubrir detalles que usando nuestros pies, no hay mejor manera de entender el ritmo y de fundirse con el fluir de un lugar que a través de nuestros pasos, no hay mejor manera de entrar en contacto con otras personas que caminando.

[singlepic id=7218 h=625 float=center] Imágenes de Buenos Aires (que saqué hace un tiempo mientras caminaba por ahí…)

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Pensé que todos estos hechos que acabo de relatar eran inconexos, hasta que anoche, volviendo en colectivo de Tigre, me encontré con las siguientes palabras en el libro que estoy leyendo (Elogio de la lentitud): “Desplazarse a pie también puede ser una experiencia meditativa, que fomenta un estado de ánimo caracterizado por la lentitud. Cuando caminamos, somos conscientes de los detalles a nuestro alrededor: los pájaros, los árboles, el cielo, las tiendas, las viviendas, el prójimo… Establecemos relaciones. (…) Caminar requiere más tiempo que cualquier otra forma de locomoción excepto reptar. En consecuencia, dilata el tiempo y prolonga la vida, que ya de por sí es demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad. Caminar hace que el mundo sea mucho más grande y, por ello, más interesante. Uno tiene tiempo para observar los detalles”.

Cuánto más feliz sería esta ciudad (y este mundo) si todos desacelerásemos nuestra mente y nos tomáramos el tiempo de volver a encontrarnos con ese arte tan fundamental y tan olvidado: el arte de caminar.

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