Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos

Es muy fácil apoyarse en las fotos. Decir Potosí es así, tomá, y poner una foto. Decir En Potosí las mujeres se visten así: foto. En Potosí las construcciones tienen estos colores y estas formas: pum, foto. La imagen siempre dice mil y un palabras, le gana a todo. Sacar fotos me hace vaga, me hace mirar menos, me hace retener los detalles por menos tiempo. Por eso apenas llegamos a Potosí decidí hacer una visita libre de fotos.

(…)

En las calles de Potosí pasan tantas cosas a la vez que no podría capturarlas en fotos: son instantes muy efímeros. La mirada de los nenes desde sus aguayos, las manitos que se escapan de ese capullo de colores, la nena vestida de mini cholita de la mano de su mamá, el bebé jugando con su hermanito en la vereda, una señora que le rocía agua a sus porotos (con mucho amor), dos chicas que levantan la tapa de un tacho y se encuentran con un montón de papas cortadas, un ciego que le toca la cola a una cholita con su bastón —por error, asumo—, la mirada de ella que se da vuelta de golpe (indignada).

Casi todas las personas que están en las veredas venden algo, sobre todo las mujeres, cada una un rubro específico: jugo, flores, frutas, porotos, pan, roscas de Navidad, queso, marshmallows (me lo dice así, en inglés), helados.

La gente camina por el medio de la calle, hay un caos silencioso y fresco. Ordenado. Me siento en la vereda de una plaza y observo. Hay unas cincuenta mujeres sentadas en fila, una al lado de la otra, en medio de la calle. No sé si es normal o no. Mi mirada porteña me sugiere que es un piquete de cholas (horas después nos confirmarían que efectivamente era una protesta). El semáforo que está encima de ellas pasa de rojo a verde pero nadie lo mira. La barrera de mujeres corta el tráfico (que tampoco hay). Están tan para la foto que no resisto y saco algunas con el celular, de lejos, sin mostrar caras.

Lo que más me gusta es su ropa: no hay dos mujeres que estén vestidas iguales. Las observo como si fuese a dibujarlas: zona por zona, detalle por detalle. Primero hago un relevamiento de gorritos (el autocorrector me pone: “un relajamiento de gorditos”): sesenta por ciento son negros y abombinados, el treinta por ciento son de varios tonos de marrón, el diez por ciento está compuesto por “otros” (con flores, con moñito, de tela, de jean). Alguien nos dijo que una vez llegó un cargamento de estos gorros por error a Bolivia y fueron furor (y los adoptaron como parte de la vestimenta). Más adelante nos enteraríamos de que se usan a causa de la colonización española.

Observo a una señora (cholita también, porque acá en Bolivia más del 60 por ciento de la población es indígena) que se quedó dormida en un banco de plaza junto a sus tres amigas que también duermen. Todas tienen sus bolsitas rayadas de colores, parece la bolsa de los mandados. Las cuatro usan pollera campana (no se ve a una cholita con pantalón): una lisa, otra a lunares, otra cuadriculada, la otra con flores. Cada una con su delantal y sus medias largas o polainas de lana. Y todas con dos trenzas negras hasta la cintura, unidas con pompones al final. Dos están tapadas hasta los ojos con sus ponchos. Una se despertó y teje. ¿Cada cuánto se harán las trenzas?

Al lado mío se sienta una señora. La miro, me mira, le sonrío, me sonríe mucho. El arte de sonreír se practica en todo el mundo. Es uno de los lenguajes universales. La señora me ve escribiendo y saca su libreta. Estamos a la sombra, el sol está fuerte. Las mujeres del piquete se van moviendo hacia la sombra, una abre un paraguas rosa, otra se cubre la cabeza con un periódico. Tal vez esa calle sea el punto de encuentro de las cholitas: como nunca vine a esta ciudad, no sé qué es normal y qué no. Lo que más me llama la atención es el silencio: el altiplano boliviano tiene pocos ruidos. Se explota un globo y una nena sale corriendo. Me asusto.

Necesito aprender todas esas palabras que aparecen implícitas en las fotos: ¿cómo se llama lo que está dentro de las polleras y les da forma de campana? ¿Cómo se llaman esos cosos del piso por los que está corriendo la nena? Me doy cuenta de cuánto nos apoyamos en la imagen. A lo lejos veo a mi doble: a primera vista parezco yo. Es rubia, gringa-looking, está sentada en un banco escribiendo en su cuaderno. Es la Aniko que sigue viajando sola por ahí. Se levanta y se va. Es peligroso cruzarse con otra versión de uno mismo. Mejor que ninguno de los dos se de cuenta y todo siga su rumbo normal.

Seguimos caminando. La ciudad es colonial, está repleta de edificios con balconcitos, entradas en arco y colores pasteles descascarados. Edificios coloniales que olvidaré. Es imposible recordar todo lo que uno ve, es imposible quedarse con el detalle de cada uno de los ejemplares: siento que me quedo con una idea de “lo colonial”, así como me quedo con una idea general de “las cholitas”.

En las calles de Potosí abundan, a saber: los dentistas, los abogados, las peluquerías, las farmacias, los oculistas, los centros de internet fotocopias anillado. Me llama la atención lo de los abogados: ¿tanto trabajo tendrán? Colores más usados en las paredes: salmón del pacífico, verde navideño, blanco agrisado, turquesa desteñido, amarillo patito. Un señor restaura el frente de una casa y la hace quedar desconectada del resto: está demasiado blanca.

Nos paramos frente a un cartel de Prohibido tocar bocina y escucho un bocinazo: es para Damián que está sacando una foto en el medio de la calle. Se lo ganó.

Un borracho llora en una esquina y se abraza a un poste. Dos policías mujeres pasan al lado y nos miran con poca simpatía. Las calles son tan angostas que cuesta hacer las curvas, los autos y los buses se suben al cordón. Trato de recordar todas las fotos que podría estar sacando, de verlas, de previsualizarlas sin capturarlas. Son momentos que no volverán. Mejor así. El cordón de la vereda es tan angosto que no me entran los pies, es un cordón talle 37. En una puerta dice, cuatro veces, Cuidado con el perro: debe ser bravo, o quizá es un Beetlejuice hecho can. Sale música romántica de un local: nos asomamos y se ve la foto de una chica con poca ropa. Es un calendario y está puesto sobre una silla, para que ella esté cómoda.

Me digo que es imposible fotografiarlo todo. No se puede, es como querer conocer todo. Me cuesta resistir pero lo hago, casi no saco fotos. Estoy cansada de mis fotos. Odio ver fotos sin seleccionar, sin criterio, y siento que las mías están así, poco pensadas. Me digo: hacé de cuenta que tenés una Polaroid y que cada imagen vale plata. Me pierdo un montón de fotos, ¿y qué? ¿Qué pierdo en realidad? Si el momento lo vi igual.

Escribo este texto mientras caminamos. Literalmente. Voy frenando en mitad de las calles, apoyo el cuaderno sobre alguna ventana o banco y tomo nota. No quiero olvidarme de nada.

[box border=”full”]Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
– Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos [/box]

Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus

No pensé que volvería tan pronto a Bolivia, pero me emociona estar de vuelta acá. Este es el país que me inspiró a viajar por ahí, así que le debo mucho.

Mientras caminamos por Uyuni no puedo parar de pensar en mi versión viajera 2007, en aquella vez que conseguí, de casualidad, un pasaje de tren para volver a la frontera con Argentina y poder llegar a tiempo al bus que me llevaba a Buenos Aires. No puedo parar de pensar en la suerte que tuve de que me tocara viajar en la clase más económica. Pienso en aquella chica que, durante la noche, me tapó con la frazada de su bebé para que no tuviera frío. La recuerdo, le agradezco mentalmente, y me siento feliz de estar otra vez en su país.

Mientras esperamos el bus que nos llevará a Potosí, una mujer nos habla.

—¿De dónde son?
—De Argentina, de Buenos Aires.
—Ahhh, yo tengo un hermano en Zárate…
—Es cerca de la Capital. ¿Y conocés?
—No, no me animo a ir sola para allá, no conozco, tengo miedo de perderme…
—No pasa nada, animáte.
—Algún día…

Mientras tanto, su bebé descansa contra su espalda, calentito en su aguayo.

Miro a nuestro alrededor. En las calles de Uyuni hay mucha vida. La primera vez que vine no me di cuenta, pero ya sé por qué me gusta tanto este país: por su cultura callejera, tan similar a la de Asia. Todo pasa en las veredas: las mujeres venden y cocinan, los chicos juegan, los hombres se reúnen. El estar constantemente afuera, además, hace que la gente esté mucho más predispuesta a charlar con extraños que en otras partes del mundo.

El bus que nos llevará a Potosí (a tres horas de acá) llega puntual. Subimos y me sorprendo: recordaba los buses de Bolivia más desvencijados. Este parece bastante nuevo. La ruta también mejoró mucho. Estoy contenta de volver a viajar en el transporte local: creo que Bolivia es un país para recorrer en sus buses donde, al igual que en sus calles, también pasa de todo.

Arrancamos y empieza el viaje: el conductor pone la cumbia. Ningún viaje en bus está completo sin su banda sonora. En esta caso, cumbia altiplánica. Enseguida me vienen los recuerdos de mis otros dos viajes por este país: las rutas de ripio (muchas veces inaccesibles por la lluvia), las mujeres que se subían a vender comida, los chicos que se subían con sus pollitos en una caja, las películas de Rambo a todo volumen, el frío de los caminos del Altiplano. la cumbia en repeat durante horas, los tapones que se hizo uno de mis amigos con bolitas de pan para poder dormir.

El bus comienza a ascender por las montañas. Vamos hacia Potosí, una de las ciudades más altas del mundo. Un nene juega en el pasillo e interpreta distintos personajes. Ahora está en modo Spiderman. Quiero reclinar mi asiento pero donde debería haber una palanquita o botón hay un agujero. El de adelante tiene el mismo problema, así que le pide al conductor que le preste algún tipo de fierro para meter en el agujerito y poder apretar el botón (que está ahí, oculto, pero muy duro para presionar con el dedo). Le pasan un tornillo muy grueso y lo logra. Se lo pido, lo intento, no puedo. El señor de adelante agarra el tornillo, gira, se arrodilla sobre su asiento, se estira por sobre el respaldo, lo pone en el huequito, hace fuerza y desde ahí me ayuda a reclinar mi asiento. Ahora sí.

Vuelvo a sentirme de viaje. Tengo los labios agrietados, la piel seca, las zapatillas cubiertas de tierra, toda la ropa sucia, tres tipos de monedas en la billetera, mapas por marcar y ganas de escribir. Vuelvo a sentirme liviana.

Avanzamos por una ruta de postal. Montañas, laguitos, casitas perdidas, las nubes bajas bien blancas y esponjosas. Busco formas y siempre encuentro animales, ¿será que la naturaleza se replica a sí misma? El conductor le toca bocina a las llamas que se cruzan en el camino, que salen corriendo y levantando polvo.

El co-conductor sale de la cabina (separada por una puerta del resto del bus), prende la tele y pone una película. Terminator. A los dos minutos se corta. Se empieza a escuchar un coro que va de tímido a desenvuelto: “¡No hay video!”, “pelíiiiiculaaa”. Uno dice: “¡Qué corta la película! Ponga una de Supermán”. “Ponga una para adultos”, le retruca otro. “Esa no la había visto”, se lamenta alguien. El televisor no vuelve a funcionar. La mejor película aparece en la ventana: el atardecer. El cielo altiplánico se pone naranja rojo intenso, los charcos de agua reflejan el color y hacen que la tierra también parezca naranja. Las casitas de adobe se pintan de dorado. El verde del pasto se hace más luminoso. Lo que más me gusta del viaje es que todos los pasajeros (somos los únicos extranjeros) miran el paisaje como si lo estuviesen viendo por primera vez: con asombro y concentración. Muchos sacan fotos. Familias enteras giran sus miradas. Uno saca la cabeza por la ventana. Cuando se hace de noche, casi todos se duermen.

Por estas cosas, para mí, vale la pena seguir viajando en los buses locales.

[box border=”full”]Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
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