Un experimento minimalista: a Malasia con mochila de mano

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Hace poco me enganché con un blog minimalista: se llama miss minimalist y está escrito por una mujer que decidió, junto a su marido, vivir una vida minimalista con la menor cantidad de objetos posible. Su filosofía es que la excesiva cantidad de “cosas” que la sociedad nos obliga a adquirir se terminan apropiando de nosotros: cuantas más cosas tenés, mayores serán tus preocupaciones (desde esa presión por “comprar el último modelo” hasta la “necesidad” de asegurar tu casa contra robos y desvelarte pensando que un día alguien puede entrar y llevarse todo).

Esta pareja decidió mudarse de Estados Unidos a Inglaterra y aprovechó la oportunidad para deshacerse de todos los objetos “innecesarios” que había acumulado tras varios años de convivencia. Llevaron a cabo una limpieza, vendieron y donaron casi todas sus pertenencias y su mudaron a Inglaterra solamente con dos bolsos de mano.

Es un blog muy inspirador para quienes quieren vivir con menos ataduras hacia lo material, con más espacio “en blanco” y más orden mental. Uno de los posts que más me gustó (y me motivó) fue el de “viajes minimalistas”: cuando viajan, ya sea por dos semanas o tres meses, no llevan más que una mochila de mano con lo indispensable.

No hay nada peor (para mí) que viajar con mucho equipaje. Ustedes dirán: todo depende del tipo de viaje que se haga. Puede ser, cada cual sabe qué necesidades tiene cuando viaja, pero para mí, que me gusta ir de un lado a otro, viajar varios meses y recorrer más de un país en un mismo viaje, no hay nada más agotador (y desmotivador) que llevar kilos de más.

Y en este último tiempo comprobé que más de 8 kilos ya es demasiado.

Si bien desde el principio intenté empacar “liviano” (abajo de los 10 kilos), con los meses el peso de mi mochila fue aumentando: regalo por acá, regalo por allá, este souvenir para no se quién, este recuerdo de tal lugar, todos estos libros que no pude evitar comprar (siempre termino con la mochila llena de libros, es de lo que más me cuesta desprenderme), guías de viaje, cuadernitos “tan lindos” que me enamoraron, remeras y zapatillas de más. Al principio lo cargué, sin pensarlo demasiado, pero con el paso de los meses me di cuenta de que el exceso de equipaje me estaba sacando las ganas de moverme de un lado a otro (cada vez que estaba por cambiar de ciudad pensaba “uff… otra vez a empacar, otra vez a caminar con la maldita mochila”). Al viajar con mochila, todo se carga en la espalda, no hay carritos, no hay servicios de valet (?), no hay taxis privados que te lleven todo al hotel (¿qué hotel?), no hay nadie que te ayude a cargar todo el peso que llevás encima.

Hace unos días tuve que dejar Indonesia porque se me vencía la visa, así que me vine a Malasia con el objetivo de concretar un experimento minimalista que venía pensando hace tiempo: viajar (ultra) liviana. Doné mucha ropa, dejé libros en Indonesia y me traje solamente la mochila de mano para un viaje de casi dos semanas. Ustedes dirán, dos semanas no es nada. Bueno, ahora piensen en esas familias/parejas que se van “una quincena” de vacaciones y se llevan dos valijas repletas per cápita. Ahí está: mochila de mano vs. valijas, mochila de mano vs. mochila grande. Ganó la mochila de mano.

Esto fue lo que me traje para mis dos semanas en Malasia

Empaqué lo necesario e indispensable: algo de ropa (da lo mismo traer tres remeras que traer cinco, en algún momento habrá que lavarlas), un mini botiquín (acá en Malasia se consigue de todo), un cuaderno y una birome, mp3, zapatillas, un par de ojotas, documentos y plata. Tengo dos pesos de los cuales no puedo desprenderme: la cámara y la computadora. Y entre ambas deben pesar alrededor de 4 kilos (incluyendo cargadores, lentes y accesorios). Si no fuese por eso, viajaría recontra liviana.

Me bajé del avión con mi mochila de mano y un bolsito donde llevo la cámara y salí del aeropuerto feliz, ya que ni siquiera tuve que ir a la cinta a esperar el equipaje. Caminé tranquila, casi sin sentir el peso de todas mis pertenencias en la espalda. La vez anterior que vine a Kuala Lumpur mi mochila estaba pesadísima y me acuerdo de cómo sufrí y maldije al calor tropical (mochila pesada + humedad NO es una buena combinación). Y me prometí a mi misma: cuando vaya a la India (o al destino que sea) quiero viajar así, con lo mínimo indispensable y solamente con mochila de mano, aunque sean varios meses de viaje.

Creo que el viajar liviano es parte de un aprendizaje y siento que de a poco logro desprenderme de más y más cosas que no necesito (y que tal vez a otros sí les son útiles).

Así que desde hoy me propongo ser una viajera minimalista.

***

Ustedes, ¿cuánto equipaje llevan cuando se van de viaje? (¡seguro que los hombres llevan mucho menos! los envidio)

¿Qué cosas no pueden dejar en casa? ¿Qué son las cosas de las que prescinden en un viaje?

Ojalá pudiese viajar sin cámara y computadora… me sacaría varios kilos de encima. Pero no puedo, para mi viajar también implica fotografiar y escribir… ¡necesito mis herramientas!

¡¿Dónde están mis ojotas?!
Mi experiencia en Ko Phanghan, la isla de la Full Moon Party

Tailandia es un país preparado para el turismo, definitivamente. Me lo dice la gente que me cruzo y me doy cuenta a pesar de llevar (“sólo” o “ya”) una semana acá. ¿Cómo hacés para comunicarte? Es la pregunta que más recibo desde tierras argentinas. No es nada difícil, les cuento, pensé que iba a ser peor. Hasta me siento decepcionada de lo fácil que es (en los lugares turísticos, claro).

En general, todos los carteles están en thai y en inglés, los menúes de los restaurantes también tienen el subtítulo en inglés (y en algunos casos la foto del plato), la mayoría de la gente sabe decir (o por lo menos entiende) “hello”, “thank you”, “how much?”. No esperan que uno les hable en su idioma, sino que directamente saludan con un sawatdee (saludo tradicional thai) y hablan en inglés (un inglés que a veces cuesta entender, pero inglés al fin).

Pero cuando uno se sale un poquito de la ruta turística, las cosas cambian.

La experiencia de ir a Chinatown en Bangkok fue divertida, ahí sí que nadie hablaba inglés… y yo que necesitaba saber cómo llegar a la estación de subte más cercana. ¿Qué hice? Me aprendí el nombre de la estación (Hua Lamphong) y me fui acercando a distintas personas que parecían ser policías, oficiales, cuidadores o algo por el estilo. Los miré con cara de perdida y les dije “Hua Lamphong?”, a lo que me indicaron con señas cómo llegar. Lo gracioso es que cada persona me iba indicando de a dos cuadras, me marcaban con el brazo que caminara derecho y que doblara a la izquierda, por ejemplo, y cuando hacía ese trayecto y no veía ni rastros de la estación de subte, le preguntaba a otra persona que nuevamente me daba una indicación de dos cuadras y así, cuatro personas después, llegué.

Pero mis aventuras en Bangkok quedaron atrás. Si bien la ciudad me fascinó, no soporté eso de transpirar más que haciendo una hora de spinning adentro de una olla a presión. Detalle interesante: hablando con una alemana, me dijo que Bangkok le gustó pero que le pareció una ciudad muy ruidosa, contaminada y sucia. ¿Bangkok? ¿La misma Bangkok que conocí yo? ¿O será que nosotros estamos tan acostumbrados al caos que cualquier ciudad medianamente ordenada nos parece de avanzada? ¿O será que ellos están tan acostumbrados al orden que cualquier ciudad medianamente ruidosa les parece incivilizada? Qué dilema… Yo creo que hay que buscar un punto medio entre ambas.

Y Bangkok es una ciudad que vale la pena conocer, se los aseguro. Probablemente tendré que volver cuando quiera volar a Myanmar, ya que a ese país sólo se puede entrar en avión (bah, por tierra también, pero es complicado). Capítulo aparte.

Como dije, me vine a la playa. Todavía no a LA Playa de Leo Di Caprio, esa será mi próxima parada… (Sí, ese lugar es REAL).

Ahora estoy en Ko Phanghan, una de las tres islas de la provincia de Suratthani, unos 600 kilómetros al sur de Bangkok.

Llegué en colectivo y ferry, unas 12 horas de viaje, de noche y sin dormir. Hay formas más cómodas de llegar, obvio: el avión, para los que pueden gastar un poco más y tienen menos tiempo, y el tren, que es más cómodo y tiene camas en lugar de butacas. Hubiese venido en tren, pero los pasajes estaban agotados hacia varios días (me avivé tarde). En estas islas hay opciones para todos: los que prefieren vacaciones en resorts cinco estrellas, van directo a Ko Samui; los que quieren sacar el certificado de buceo bien barato, eligen Ko Tao; y los que quieren gastar poco pero ir a una playa de agua turquesa y arena que parece talco, derechito a Ko Phanghan.

Ah, y hay otra razón para elegir esta isla: las famosísimas Full Moon Parties.

Tengo que confesar que por más famosísimas que sean, yo no sabía demasiado sobre estas parties hasta que llegué acá.

La cosa es así: esta fiesta existe desde 1988 y se celebra cada luna llena. La primera vez que se hizo fue para 20 o 30 personas que descubrieron que la luna llena, al parecer, se veía mejor acá que en cualquier otro lugar del mundo. Hoy en día, la isla recibe entre 20.000 y 30.000 personas por fiesta (!). Muchos llegan del continente o de las otras islas y se quedan en Ko Phanghan solamente para la fiesta y vuelven completamente borrachos en el ferry a sus respectivos paraderos. La fiesta se hace en Sunrise Beach, una de las playas de Haad Rin, uno de los pequeños pueblitos de esta isla.

Mi itinerario no coincide con la luna llena (faltan como tres semanas), así que cuento según lo que escuché, vi o leí por ahí.

Al parecer antes de que empiece la fiesta todos se pintan el cuerpo con pintura fluorescente, compran los famosos buckets (baldes) de alcohol y se van para la playa. Hay varios DJs que pasan distinto tipo de música, más que nada electrónica. Me la imagino como una gran Creamfields at paradise. Hay fiesta de la espuma, malabaristas y, al día siguiente, un gran mercado negro de ojotas y venta de remeras que dicen “Has anybody seen my shoes?”.

Un descontrol.

Obviamente los precios de los hostels y hoteles se duplican o triplican. Para los nostálgicos, se realizan también la Half Moon Party y la Black Moon Party. Lo más gracioso es que el pueblo de Haad Rin (mínimo) está lleno de puestos de tatuajes, osea: empedate, tatuate y al día siguiente olvidate de arrepentirte. La Full Moon Party queda en tu piel para siempre (y en tu ropa también, la pintura fluorescente no sale con nada). The Ko Phanghan Experience, me dice un israelí que la vivió, y me cuenta que nunca probó un Red Bull tan fuerte como el de acá (tan pero tan fuerte que en Israel prohibieron su importación).

Ahora que estamos en la época “entre-fiestas”, la isla está tranquila.

Más allá de las motitos que van y vienen por los caminos de tierra, se puede caminar, comer y dormir con serenidad.

Es impresionante la gran cantidad de israelíes que hay acá, no sé nada de estadística, pero me atrevo a decir que uno de cada cuatro es israelí (los tres restantes son alemanes, tailandeses y algún europeo random). Perdón, son muy buena onda, pero no puedo evitar recordar a Zohan cada vez que los escucho hablar en inglés. Por ahora latinoamericanos, cero.  No escuché ni una palabra de español desde que llegué, todo hellowhereareyoufrom. Tengo ganas de hablarles a todos en porteño y que nadie entienda nada.

Qué descubrí en Ko Phanghan:

  • Que la comida más rica, más barata y mejor preparada es la de los carritos callejeros. La cocinan en el momento, adelante tuyo y la cocinera es una tailandesa de verdad, no un europeo que se vino a vivir acá y puso un restaurante
  • Que la comida tailandesa es demasiado rica…
  • Que la gente duerme hasta muy tarde (mucha joda). Un día me caí de la cama a las 8 am, fui a la playa y juro que no había NADIE más que yo y una chica que corría de punta a punta con una lata de Redbull en la mano. Lo de la lata es mentira. Corría haciendo su ejercicio matutino supongo
  • Que no hay vendedores ambulantes en la playa (al menos no en ésta) como por ejemplo en Brasil (los que te venden las hamacas paraguayas), en Perú (los heladeros) o en Ecuador (los artesanos). Acá, nada. Eso me gusta de los vendedores tailandeses: que no acosan. Si entrás a su negocio, te dejan mirar tranquila sin decirte cada cinco minutos que tienen buenas ofertas para vos, que eso te queda divino, que si llevás dos te regala uno, etcétera…
  • Que eso de que esta es la playa de los hippies es una gran mentira. Creo que si vi cuatro personas que catalogan como hippies, es demasiado. Está lleno de europeos que vienen por la fiesta, a mi no me engañan
  • Que, por ahora, nuestro Caribe no tiene nada que envidiarle a las playas de Tailandia, aunque no sé si tendré que retractarme cuando llegue a las Ko Phi Phi Islands
  • Que todo el mundo viene en grupo, y yo sola… ¿Nadie tiene ganas de unas vacaciones en Tailandia? :)

Actualización con algunos precios (¡2010!): El hotelito en el que me quedo (cuarto privado con baño, ventilaitor, acceso a swimming pool) cuesta ¡8 dólares la noche! Es genial. Con respecto a mi gasto en comida, depende, si comés en los carritos de la calle pagás 1 dólar por un plato abundante. Sino, en los restaurantes, de 2.50 para arriba. ¡Super económico y muy rico!

 

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