Vietnam: final en blanco y negro

Y así, casi sin darme cuenta, estuve 25 días en Vietnam.

Empecé en Saigón, deslumbrada y con la mirada idealizadora de quien se enamora a primera vista.

Seguí hacia Mui Ne, pueblo costero en el que no hice mucho más que nadar, andar en bicicleta y morir de cansancio en las dunas.

Decidí desviarme hacia Da Lat, en las montañas, y me encontré con una ciudad de lo más extraña, con montañas rusas en medio de la naturaleza, Mickey Mouse, flamencos rosas de plástico, el  muy kitsch valle de los enamorados y una casa más que bizarra.

Pasé unas horas en Nha Trang mirando un partido de fútbol vietnamita en la playa y de ahí seguí hacia Hoi An, ciudad colonial, extremadamente fotogénica y más turística aún.

Ahí tuve mi primer encuentro con la lluvia, esa lluvia finita que no para y que te atraviesa cualquier tipo de impermeable.

En Hue, antigua capital de Vietnam, no solamente quedé pasada por agua, sino que caminé por la calle con la inundación hasta las rodillas (ríendome sola de la situación).

Finalmente llegué a Hanoi, en la otra punta, donde sufrí el caos de motos, los insultos de los vendedores y vi cómo mi amor incondicional por Vietnam comenzaba a desvanecerse.

En Halong Bay perdí mi celular, me peleé con medio país y estuve cara a cara con la policía vietnamita, pero también gané amistades y momentos memorables con mis compañeros de excursión.

Y finalmente llegué a Sapa, pueblo en las montañas, país aparte, donde volví a encontrarme con la lluvia y me sentí feliz porque una mujer me agarró de la mano cuando más lo necesitaba.

No puedo decir que Vietnam es así o asá, que es bueno o malo, que es lindo o feo.

Vietnam es, y cada persona que viaje por este país lo vivirá de una manera distinta.

Cada cual ve la realidad con sus filtros, cada cual viaja a su manera: uno viaja acorde con su forma de ser.

En mi caso, Vietnam me deslumbró, me frustró, me hizo sonreír, me hizo llorar, me atrapó, me repelió de igual manera.

Lo que puedo decir de este país, sin dudas, es que genera emociones fuertes a todo momento.

En muchas situaciones pensé, con toda la bronca del mundo: “¡¿para qué vine?! ¿qué hago acá?”, pero ahora que me quedan pocas horas en el país me doy cuenta de que no estoy arrepentida de haber pasado por lo que pasé, de haber visitado este país que siempre estuvo entre los primeros de mi lista.

Al menos puedo decir yo estuve y lo viví así, en vez de quedarme con las ganas de por vida.

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Me alegro de haber terminado el viaje en Sapa, a pesar de que el clima acá tampoco me ayudó demasiado.

Sapa y las aldeas circundantes están habitadas por los Hmong, un grupo étnico asiático que vive en las áreas montañosas de China, Laos, Vietnam y Tailandia.

Algunos Hmong estuvieron involucrados en la guerra civil de Laos (luchando contra el comunista-nacionalista Pathet Lao en esta “guerra secreta y olvidada” que fue parte de la Guerra Fría), otros fueron reclutados y entrenados por la CIA para luchar en la Guerra de Vietnam y por esto muchísimos debieron exiliarse a Estados Unidos, Francia, Canadá, Australia e incluso Argentina (¡sí! al parecer hay una pequeña comunidad de unos cuantos cientos en Argentina). Aunque a primera vista, es muy difícil imaginar que comparten este pasado.

Apenas llegué a Sapa (pueblo pequeñísimo) a las 7 de la mañana, un grupo de chicas Hmong vestidas con sus ropas típicas corrieron varios metros al lado de la combi y nos mostraron sus productos (carteritas, bolsitos, aros, pulseras) a través de la ventana.

Era muy gracioso verlas diciendo (según inferí por sus gestos): “¡La rubia es mía!”, “¡Me canto a la pareja de ingleses!”, “¡A ese chico le vendo yo!”, mientras se dividían a sus potenciales clientes.

Las mujeres Hmong están por todo el pueblo, cada mañana caminan entre una y dos horas desde sus aldeas, con sus canastos o bebés en la espalda, para ofrecer sus productos a los turistas que hacen base en Sapa. Está claro que su objetivo también es vender (como en el resto de Vietnam), pero en vez de saludarte directamente con un poco simpático “buy something”, lo primero que hacen es establecer una relación con su posible comprador.

Todas repiten las mismas preguntas.

Primera, Hello, where are you from?

Segunda, And what is your name?

Tercera, How old are you?

Cuarta (caminarán al lado tuyo por todo el pueblo hasta hacerte una a una todas las preguntas de rigor), How many days you stay in Sapa?

Quinta, You go trekking today?

Sexta, Do you have many brothers and sisters? (a las parejas les preguntan si están casados y si tienen hijos)

Séptima, You buy something from me later?

A mí me resultaron extremadamente simpáticas: estas mujeres saben cómo conquistarte y su técnica, aunque obvia, debe ser mucho más eficaz que el “Hola comprame”.

Además son tan lindas con sus ropas coloridas.

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Después de pasar un par de días descansando y sin hacer demasiado, decidí hacer un trekking “liviano” hasta las dos aldeas más cercanas.

Tengo tanta suerte que me tocó un lindísimo día de lluvia.

Oficialmente en el grupo éramos seis: nuestra guía (Hmong), una pareja alemana, una pareja española y yo. Extraoficialmente, éramos casi diez, ya que durante más de una hora, al lado nuestro caminaron varias mujeres Hmong que nos hicieron una a una el consabido cuestionario.

Una de ellas me adoptó de hija.

Me hizo todas las preguntas obligadas, pero no pudimos hablar mucho más ya que casi no entendía inglés. Me señaló a su marido (a quien nos cruzamos en el camino) y me contó que tenían cuatro hijos. Cuando nos quedamos sin tema, caminó al lado mío protegiéndome de la lluvia con su paraguas y no me abandonó jamás, si yo frenaba, ella frenaba, si yo caminaba más rápido, ella me seguía el paso.

Luego de un tiempo caminando vio que tenía frío y me agarró la mano, helada, con su mano calentita y me llevó así durante varios metros de barro y charcos de agua. Yo sabía que esta simpatía me costaría un souvenir más tarde, pero la verdad es que me pareció un gesto tan cálido y maternal que no me negué, al contrario, me hizo sentir una conexión que hace tiempo no sentía con una persona local.

Cuando frenamos para almorzar, se me acercó con sus productos y no pude decirle que no, ¿dónde se ha visto un vendedor que camine durante una hora con su futuro cliente y lo proteja de la lluvia? Así que le compré un bolsito.

Se fue y volvió con un regalito: una pulserita de hilo verde que me ató en la muñeca.

Después me sonrío, me agarró el hombro y se fue.

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Mañana salgo hacia Laos.

Las opciones eran Colectivo del Infierno vs. Ruta del Infierno: 20-30 horas en un colectivo repleto de gente, bolsas y animales a toda velocidad y sin baño, o tres días de hacer trasbordo constante de minibus a barco a colectivo a tuk-tuk a mula en medio de un paisaje que vale la pena (o la opción tres que descarté: 200 USD de avión).

La primera opción implicaba volver a Hanoi (ciudad que preferiría no pisar más) y la segunda opción la podía hacer desde Sapa sin ningún problema.

Así que opción dos será entonces.

Les escribiré en unos días para relatarles mi experiencia por la Ruta del Infierno.

Ruego que no sea tan malo como suena.

Igualmente, hoy pensé: el año pasado cuando estuve en Guatemala también me fui por una de estas “rutas de atrás” desde Cobán hasta Tikal (en vez de tomarme un colectivo hacia la capital y dar una vuelta enorme como hacían todos).

Tardé dos días, tuve que atravesar varios kilómetros de derrumbe en las montañas (porque el colectivo obviamente no podía pasar) descalza (porque era imposible caminar con las ojotas y tenía un solo par de zapatillas), con el barro hasta las rodillas y las piedras que me cortaban los pies, cargando las dos mochilas y, como si fuera poco, con dengue (me enteré al llegar a Santa Elena, el pueblo cercano a Tikal, que tenía dengue).

Así que peor que eso, no creo que sea.

Y en cuanto a Vietnam, un país no es blanco o negro, sino que está lleno de matices que lo hacen ser como es.

Así que, en este caso, el blanco y negro lo dejo para las fotos.

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[box] Información útil para visitar Sapa + descuentos para que disfrutes tu viaje

  • Cómo llegar: la mejor opción es tomar el tren nocturno a Lao Cai (pueblo anterior a Sapa) y de ahí un minibús de una hora y media a Sapa (que no cuesta más de 30.000 dong, aunque primero les pidan 100.000 dong). El viaje en tren dura alrededor de ocho horas; hay varias clases de cabinas, yo saqué el “2nd class hard sleeper” (una cabina con seis camas) y dormí como una reina. Pagué 275.000 dong o USD 13.50. También se puede venir en un tour organizado desde Hanoi: el precio de un “buen” tour de 2 días/1 noche cuesta unos USD 100 e incluye todo (tren, hotel, trekking), aunque también se consigue por menos.
  • Alojamiento: desde USD 5 por un cuarto privado con baño y wi-fi (Lotus Hotel, Royal Queen Hotel, Green Valley Hostel). De ahí para arriba, hay de todo. También se puede hacer “home-stay” en una de las villages cercanas con una familia Hmong (el grupo étnico que habita esta zona del país).
  • Comida: más cara que en el resto del país. Noodles con verduras desde 25.000-30.000 dong (de USD 1.5 para arriba), un té 15.000 dong (contra los 5000 dong o 25 centavos de dólar que se paga en el resto del país), un agua de litro y medio 10.000 dong (USD 0.50 contra los 5000 que se paga en otros lugares), pizza desde 65.000 dong (USD 3.50), pasta desde 50.000 dong (USD 2.50). Casi todos los restaurantes ofrecen el “set meal” por USD 5 y el “set breakfast” por USD 3.
  • Tours: Un day tour de trekking para visitar las aldeas cercanas cuesta entre USD 10 y 15. Hay tours de dos, tres, cuatro, cinco días con estadías en casas de familia. También se puede alquilar una moto por USD 5 el día o contratar un mototaxista por USD 10 al día para recorrer de manera independiente.[/box]

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Halong Bay tour: lo bueno, lo malo y lo feo

[box type=star] Todo esto que cuento me pasó en el 2010, es probable que la situación haya cambiado… o no. Lo que sí es cierto es que hoy en día hay mucha más información en internet y que es posible hacer las reservas por medio de operadores confiables. Si están por viajar a Halong Bay desde otra parte de Vietnam, pueden reservar un bus, tren, vuelo, barco o transfer privado por medio de Bookaway.com [/box]

 

Ahora sí, una catársis necesaria después de un tour de m.

Es largo, pero leanlo como un consejo de alguien que ya estuvo y tomen su propia decisión si piensan visitar Halong Bay.

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I. Introducción: Lo que tienen que saber de Halong Bay antes de contratar el tour

Halong Bay es una de las mecas de Vietnam: si estás en Hanoi (capital del país) o en cualquier ciudad del norte, no podés NO ir a la Bahía de Halong, lugar que fue nombrado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco. Es como ir a Misiones y no visitar las Cataratas del Iguazú, o como estar en Santa Cruz y no ir a ver el Glaciar Perito Moreno.

Halong Bay es una parada obligada.

Ahora bien, para hacer este tour existen muchas opciones y más agencias de viaje aún, algunas prestigiosas, otras buenas, otras decentes, otras impresentables. El problema es que, sacando las prestigiosas, es difícil saber cuál es cuál.

Están todas en el mismo sector de Hanoi (el tour se contrata desde ahí), son todas iguales, todas ofrecen lo mismo, todas se presentan como serias, hay por lo menos diez que comparten el mismo nombre (y no están relacionadas entre sí), todas te muestran exactamente el mismo folleto con el mismo itinerario (doy fe ya que habré visitado unas 20) y lo único que varía es el precio que te lo ponen según la cara (y si vas al día siguiente a la misma agencia te dicen otro precio).

Es un ta-te-ti en el que el resultado final será un misterio.

Hay, según mi investigación, tres tipos de tours: el “Standard” o barato, el “Deluxe” o carísimo y el intermedio.

Se puede ir a Halong Bay en el día (no lo recomiendo ya que son cuatro horas de colectivo de ida y cuatro de vuelta, lo cual deja muy poco tiempo para la navegación), dos días/una noche (creo que es suficiente) y tres días/dos noches (una noche se duerme en el barco y otra en un hotel en la isla de Cat Ba).

Yo hice el de tres días y dos noches ya que quería ir “a relajarme”.

En cuanto a precios, el Standard de 3d/2n se consigue entre 35 y 90 dólares (yo lo hice por 40), el intermedio 3d/2n entre 100 y 200 dólares y el deluxe 3d/2n arriba de los 200 dólares.

Yo no quería gastar demasiado, así que compré el de 40 USD en una agencia chiquita, sabiendo que me esperaría algo “normal” (no iba con muchas expectativas).

Pero jamás imaginé que pasaría todo lo que les voy a contar.

 

II. Lo Malo: el servicio

Empecemos por lo malo. [Recordar que todo esto corresponde al tour Standard —barato— de 3 días y 2 noches]

  • La impuntualidad
    Prometen pasar a buscarte a las 7.30 – 8 am por tu hotel.
    A las 8.30 no había ni rastros de la combi así que llamé a la agencia para recordarles que estaba esperando ahí y diez minutos más tarde me buscaron.
    No soy una persona que se moleste demasiado por eso, pero si durante tres días la actividad principal es sentarse a esperar en vez de cumplir el itinerario arreglado de antemano, se vuelve irritante.
    Llegamos al puerto a eso de las 12 del mediodía.
    Fuimos los primeros en llegar (todos los días llegan muchísimos grupos de turistas) y los últimos en subirnos al barco: nos tuvieron una hora y media sentados en el puerto sin hacer nada, sin explicación, mirando como los del tour Deluxe eran recibidos con tragos de cortesía, alfombra roja, guías sonrientes y barcos pomposos.
    Esto se repitió varias veces: nos dejaron en el medio de la nada, sin guía, esperando quién sabe qué.
  • La falta de actividades
    Si contamos el esperar como una actividad, entonces este fue el tour más completo de mi vida.
    Lo cierto es que no hicimos nada de lo que prometieron: una día entero de kayaking (?) (todo lo que hicimos fue 25 minutos la última mañana), trekking por el parque nacional donde veríamos más de 200 especies de animales (fue una caminata en subida donde no vi más que tres mariposas), visita al Monkey Beach (nunca nos llevaron).
  • El exceso de gente
    Los grupos grandes no me molestan, pero no es nada cómodo viajar 30 personas con valijas y mochilas en una combi para 24, o subirnos 40 a un barco de 20. Eso hacen.
    Como querrán ahorrar gastos, ponen a la mayor cantidad de gente que pueden en un espacio reducido.
  • Los peligros
    Durante los tres días del tour el grupo de gente va cambiando: tal vez empezás viajando con 20 personas en el mismo barco, pero cinco de esos se quedan en una isla y siguen por su cuenta, entonces suben diez más, pero tal vez hay 15 que solamente pasan una noche en la Bahía, así que finalmente el grupo definitivo se establece la última noche del tour.
    A qué viene esto, a que se entra en contacto con más personas que contrataron el mismo tour y están dispuestos a dar su versión de lo mal que la pasaron: conocí a una chica china que fue mordida por tres monos a la vez en Monkey Beach y el guía le dijo “que se limpiara las heridas con agua y listo” (obviamente se fue al hospital para vacunarse contra la rabia, pero si fuese por el guía, con una curita ya está); una chica de USA me contó que en su cuarto del barco había cucarachas y escorpiones en la cama, y en el cuarto de las chinas había un nido de ratas.
    A los guías no les importa.
    Les decís eso y se ríen.
    Así que ninguna de ellas pudo dormir en toda la noche.
    Yo tuve suerte y me tocó un cuarto muy limpio y sin bichos.
  • El incumplimiento de lo estipulado
    Las agencias de viaje prometen, prometen y prometen.
    Lo increíble es que no se cumpla NADA de lo que dicen.
    Siendo un tour barato, es esperable que las cosas no sean perfectas ni mucho menos, pero si uno paga por un servicio, tiene que recibir al menos algo parecido a lo que contrató.
    Hay que recordarle constantemente al guía (que ni se da por aludido) cuál es el itinerario para que se mueva.
  • El uso del pasaporte como arma de extorsión (suena dramático pero eso hacen).
    El guía te pide el pasaporte y se niega a devolvértelo hasta el día que termina el tour.
    ¿Por qué? En primer lugar lo necesitan para registrar a los pasajeros con la policía turística de Halong Bay, pero después de eso deberían devolverlo ya que no tienen por qué retenerlo.
    Pero no, no te lo quieren dar.
    Hablé con gente de los tours caros (me los crucé en una de las islas) y estaban muy sorprendidos ya que todos ellos tenían su pasaporte encima, nadie los obligaba a dejarlo en manos del guía.
    Pero en el tour barato te dicen: “Hacés tal cosa y no te devuelvo el pasaporte”.

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III. Lo Feo: los robos y el maltrato

El maltrato de (la gran mayoría de) los vietnamitas hacia el turista merece un capítulo aparte. Nunca me sentí así en ningún país que visité en mi vida.

Yo personalmente la pasé bastante mal porque el primer día del tour me abrieron la mochila y me robaron el celular.

Estábamos en el barco, frenamos frente a una cueva, todos los pasajeros nos bajamos (dejando las mochilas en el barco), caminamos media hora por la cueva y volvimos a subir. En esa media hora quedaron el guía, el capitán y gente local equis (vendedores ambulantes especialmente) al lado de nuestro equipaje.

Cuando volví mi celular había desaparecido.

Puede que yo tenga la culpa ya que lo dejé en el único bolsillo que no tenía candado (agradezco que mi computadora estaba con candado y mi cámara conmigo).

Cuando me acerqué al guía y le dije que alguien me había robado el celular, me respondió con muy mal tono:

NO, acá nadie roba, yo estuve mirando todo el tiempo y no vi nada.

Claro, seguro… No me dijo mínimamente (aunque mienta) “contame cómo fue, decime cómo puedo ayudarte, no te preocupes que vamos a ver si lo encontramos”, me escupió ese no rotundo con cara de asco y agregó que seguramente se me había caído del bolsillo (le mostré que mi pantalón no tenía bolsillos), que tendría que haberle avisado que dejaba un celular en la mochila (?) y después incluso me dijo que me estaba inventando un celular que en realidad nunca tuve.

Terminamos a los gritos con los diez vietnamitas colados en el barco que me miraban casi sonriendo con sorna y los pasajeros que no decían nada.

Me sentí tan pero tan mal que me fui a llorar sola a un rincón rogando que el tour pasara lo más rápido posible.

Es un celular, no me importa ya, lo que me molesta mucho es que me traten de mentirosa y me hablen de esa manera.

Le pedí al guía que me escribiera el nombre del barco y el número de matrícula ya que iba a ir a la Policía.

Me dijo “¿Querés que te pague el celular?” (obvio que con ironía y mal tono) y le dije “sí” (con ironía también) y ahí empezó a decirme la poca plata que gana por día y bla bla bla.

Al día siguiente (día 2 del tour), después de hacer noche en Cat Ba Island, la única isla habitada de Halong Bay, tuve que luchar para recuperar mi pasaporte y poder ir a hacer la denuncia a la policía.

La mujer del hotel no me lo quería devolver, mucho menos cuando le dije que lo necesitaba para ir a la policía.

Ahí me empezó a decir que yo había consumido cosas del minibar que tenía que pagar (???) (ni sabía de la existencia del minibar), le dije que no y finalmente me dio mi pasaporte con cara de asco.

Terminamos de desayunar y apareció un nuevo guía con quien tuve la siguiente discusión (va en inglés para más efecto):

— You, give me your passport now.
— No, I need it to go to the Police, I give it to you after.
— You cannot go to the Police here, Police here different, you go in Halong City.
— Oh, there’s no Police here?
— Police here different, you don’t go. Give me your passport now.
— No, I give it to you after I go to the Police.
— Ok, I will call my boss to tell him, and your tour is over, you go back to Hanoi right now.
— What? I am saying that I will give you my passport later after I go to the Police! Because someone stole from me and I need to make a report and I NEED MY PASSPORT to say who I am.
— Ok, so sign this paper saying you don’t want to give me your passport.
— What?! Do you understand what I’m saying? I take my passport, I go to the Police, and I give it to you after that.
— YOU don’t understand, because you are foreigner, you don’t understand Vietnam, you are stupid.

Ahí me parece que alguien le dijo de todo en vietnamita y el tipo me dijo: “Ok, you have five minutes to make a photocopy of your passport, GO”.

Me fui con las lágrimas que se me caían de la bronca y los vietnamitas que me crucé en la calle solamente se reían de mí.

Tres minutos después el guía me alcanzó y me dijo que al final no necesitaba mi pasaporte ni la copia ni nada y que no me echaba del tour.

Listo… Lindo día.

***

Ir a la policía fue toda una hazaña. No encontré la dirección en internet ni en la guía y NADIE en todo el pueblo quiso decirme dónde quedaba.

Les decís Policía y se ponen pálidos.

Me acompañaron en la búsqueda Juan y Mario, dos españoles que estaban viajando conmigo en el barco.

Fue entre cómico y bizarro: primero porque estábamos buscando el edificio fantasma sin saber ni dónde quedaba, segundo porque entramos a varios lugares que parecían ser comisarías para encontrarlos completamente desiertos (decíamos en chiste que se había corrido la voz en el pueblo y todos los policías se habían escondido).

Finalmente la encontramos.

Entramos y otra vez, todas las oficinas completamente desiertas, nadie adentro ni afuera.

Caminamos más hacia adentro, nos asomamos a un cuarto y vimos a dos tipos en musculosa sentados en la cama, uno haciéndole masajes en los hombros al otro, yo vi eso y salté para esconderme por miedo a ver algo que no debía ver.

A los diez minutos salió uno de los dos, vestido de uniforme, con una seriedad que daba miedo.

Le conté la situación, me escuchó con amabilidad, hizo algunas llamadas, me pidió el número de teléfono de la agencia de viajes (lo tenía en mi celular…) pero se negó a hacerme la denuncia porque el barco en el que pasó el robo “pertenece a otra jurisdicción”.

Era de esperarse.

A la noche volví a pelearme con el guía y me dijo que él ya me había pedido perdón por lo que pasó (¿¿cuándo??), que le preguntó a todo el barco si alguien había visto mi celular y que no quería escuchar más nada del asunto.

Después volvió a reclamarme el pasaporte (en el medio del mar, donde ya NO lo necesitaba), le dije sí sí pero nunca se lo di.

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IV. Lo Bueno: el paisaje y la gente con la que hice el tour

Basta de pálidas, que siempre hay cosas buenas.

El grupo de gente con el que hice este tour era tan lindo que me devolvió el buen humor e hizo que el viaje no fuera tan malo.

Juan y Mario, los dos españoles que actuaron de guardaespaldas y me acompañaron a buscar a la Policía y me ayudaron a distraerme con anécdotas de viajes.

Aida y Luis, una pareja española que vive en Edimburgo, que me cayeron tan bien y con quienes estuve charlando muchísimo la primera noche (y ojalá hubiese sido más, pero al día siguiente ya se iban).

Karen, una inglesa con la que me sentí demasiado identificada por su forma de ser y sus historias, que me contó acerca de su viaje sola por la India y China (dos países a los que quiero ir).

Un grupo de franceses que se encargó de animar la noche con música, chistes y cerveza.

Una israelita que había terminado el servicio militar y estaba viajando hace un año por Asia y su mamá que la estaba visitando por tres semanas.

La china que había sido mordida por los monos y hablaba español (qué combinación tan rara).

Y el plus: un grupo de bielorrusos de 40 años para arriba que no hablaba palabra de inglés pero se la pasó cantando canciones con la guitarra durante todo el viaje (incluso en el colectivo de vuelta) y haciendo música con lo que encontraran (palitos chinos y vasos, maderas, manos).

Lo bueno de hacer un tour tan malo es que el grupo de gente que está pasando por la misma se une cual mejores amigos en viaje de egresados.

Y el paisaje… por algo fue nombrado Patrimonio de la Humanidad.

Solamente por eso vale la pena hacer este tour.

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V. Conclusión: No hagan el tour Standard y si lo hacen, no paguen más de 40 USD

Algo que opinamos todos los que estábamos en ese barco es que el tour fue malísimo, más que nada por el trato que recibimos.

Y esto es lo que siento de Vietnam: si venís con plata, te tratan como a un rey, si venís con poca plata (mochileros), te convertís en una molestia para ellos y te maltratan.

No quieren perder el tiempo con gente que no está dispuesta a pagar mucha plata y no tienen ningún reparo en tratarte como un turista inferior.

Si todo esto no les importa, hagan el tour barato, pero no paguen más de 40 dólares por tres días/dos noches.

Es todo lo mismo: si pagás entre 35 y 90, sos parte del tour barato, así que lo mejor es perder la menor cantidad de dinero posible.

Si quieren hacerlo bien, hay dos opciones: sacar el tour de 100 USD o más en una de las agencias con nombre o hacer todo por su cuenta.

Una buena opción es sacar un day tour bien barato y al final del día en vez de volver a Hanoi quedarse en Halong Bay y seguir por su cuenta.

Yo no recomiendo para nada el tour Standard, pero si deciden hacerlo, no vayan a ninguna agencia que se haga llamar Sihn Café (la agencia original, con buena reputación, se cambió el nombre por Sihn Tourist, supongo que debido a la cantidad de réplicas que tiene).

Yo contraté el tour en el Sinh Café de la calle Ma May 49, en el Old Quarter de Hanoi. EVITEN ESA AGENCIA.

Y buena suerte, si van mentalmente preparados, no creo que les vaya peor que a mí.

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Hoi An: días amarillos y grises (especialmente grises)

La estoy escuchando ahora mismo de fondo, mientras escribo encerrada en el cuarto de un hotel de cinco dólares la noche con el ventilador al máximo para que se me sequen las zapatillas.

Ya no escucho otra cosa.

La Maldita Lluvia.

Cuatro días sin parar y dudo que afloje. Y ojo que me encanta caminar con mi paraguas transparente por Buenos Aires mientras todos corren desesperados para no mojarse.

Pero acá la estoy odiando.

En Buenos Aires lluvia significa que puedo quedarme todo el día en la cama mirando películas o leyendo sin tener que poner ninguna excusa (si resulta ser fin de semana); significa también que puedo trabajar desde mi cama (si estoy en períodos de trabajo freelance) y mirar las gotitas desde adentro con felicidad sabiendo que no tengo ninguna razón para salir a la calle.

En Vietnam lluvia significa que no puedo salir a caminar ni sacar fotos (y acá no importa si es lunes, miércoles o domingo, todos los días valen lo mismo en esta rutina del viajar), significa que todo lo que puedo hacer es “adivinar” qué día dejará de llover y decidir si me quedo un día más o no en tal lado mientras ruego que el agua deje de enlentecerme el itinerario (especialmente cuando estoy con los días contados por la visa).

La lluvia (que al parecer avanza de sur a norte del país) me alcanzó en Hoi An, pueblito colonial en el centro del país, y me siguió hasta Hue, ciudad imperial de Vietnam, 150 km al norte.

Si Hoi An ya me pareció melancólica sin lluvia, imagínense con.

El primer día caminé por el centro histórico de este pueblito con Guillermo, un argentino que conocí en el colectivo y que me hizo recordar y extrañar los asados, el dulce de leche, las medialunas, las milanesas con puré, los alfajores… y el lenguaje argentino (hace cuánto no decía un “che” en Asia).

Por eso lo de melancólica.

El resto de los días… no paró de llover y llover y llover.

Justo en el lugar más fotogénico.

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Hoi An vendría a ser (comparando burdamente) lo que Colonia del Sacramento es a Uruguay, lo que Antigua es a Guatemala, lo que Cuenca es a Ecuador: ciudad colonial, casitas bajas, mucho amarillo, mucho marrón, muchas lámparas de colores que se iluminan de noche, muchos puentecitos, callecitas, templos/iglesias, muchos barcitos, restaurantes mirando al río, vendedores ambulantes, negocios de souvenirs, mercados callejeros… y muchos muchísimos turistas: rusos (¡cuantos rusos que hay en Vietnam!), franceses (ídem), españoles, alemanes, ingleses, suizos, holandeses, estadounidenses, chinos.

Y ahí es donde Hoi An se diferencia de otras ciudades coloniales que visité: si sos turista (y acá todos los no-vietnamitas son turistas sin diferenciación), no podés hacer dos pasos sin que te ofrezcan comida, ropa a medida, “motorbike miss”, “tour mister”, “money please”.

Si un local ve que le estás sacando una foto, probablemente extienda la mano para pedirte plata a cambio.

Y esto me hace pensar que alguna vez, cuando Vietnam recién se abría al turismo, esta ciudad tan linda fue más auténtica.

Alguna vez habrá sido como Colonia quizá, donde podés caminar entre casitas sin que te acosen con ofertas, o como Antigua, donde la gente local te saluda muy cálidamente sin esperar nada a cambio, o como Cuenca donde todavía podés sentarte en la vereda sin que nadie te interrumpa para venderte lo invendible.

Por eso también lo de melancólica: porque me hizo pensar en lo que fue y sentir nostalgia por algo que jamás conocí ni voy a conocer (lo que daría por un disfraz de vietnamita para que dejen de mirarme como turista).

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Pero así es Vietnam: lleno de turistas (de los países que visité hasta ahora, acá es donde vi mayor cantidad de turistas de todas las edades, desde familias con chicos hasta parejas jubiladas), con mucha infraestructura turística (hoteles cinco estrellas, tours armados, agencias de viaje, empresas de transporte de todo tipo), pero con un trato hacia el turista que resulta un poco agobiante (el acoso).

La ruta a seguir está totalmente predeterminada: las empresas de colectivo venden lo que llaman “open ticket” para viajar de Saigón (en el sur) a Hanoi (en el norte) parando en cuatro o cinco ciudades en el medio por unos USD 30-40 (pagás este pasaje “grande” que vale como por seis pasajes y te organizás tus propios tiempos).

Pero la ruta ya está hecha: no hay muchas posibilidades de salirse del circuito, a menos que contrates un tour de esos all-inclusive para que te lleve a las áreas “remotas” del país (por remotas me refiero a no tan turísticas).

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Sin embargo Hoi An vale la pena, por más turística y llena de gente que esté, es un lugar agradable para pasar dos o tres días.

Y si justo llueve… habrá que sacar lo positivo de la situación.

La gente local no se da por aludida: la mayoría sale con sus impermeables de colores o a lunares y se sube a sus motos y bicicletas como si nada, otros improvisan techos con lonas en sus puestos de comida, muchos se quedan sentados bajo techo mirando hacia la vereda, otros barren el agua y la alejan de la entrada de su negocio: hay que seguir con la rutina.

El primer día de lluvia me quedé adentro medio deprimida y sintiéndome poco útil.

El segundo día decidí salir así que me compré un impermeable vietnamita por USD 2.50: transparente, me llega casi hasta los pies y tiene ese olor a plástico nuevo que me gusta. Subí de categoría: hasta ahora venía usando uno que había comprado en Hong Kong por un dólar y que me llegaba por arriba de las rodillas, pero ya no daba para más así que lo dejé por ahí.

Y el tercer día decidí despertarme temprano (6 am) para caminar dos horas antes de tomar el colectivo a Hue a las 8 am.

Y se me cumplió lo de que al que madruga Dios (o quien sea) lo ayuda: de 6 a 7.45 am no llovió, pude sacar fotos sin turistas de por medio y con una luz buenísima, la gente local me saludó y me hizo comentarios acerca del clima sin ofrecerme ningún tipo de servicio a cambio (se ve que tan temprano no hacen negocio) y pude capturar imágenes de la inundación.

Y todo gracias a la lluvia.

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[box type=star] Datos útiles para visitar Hoi An:

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: cuartos compartidos desde USD 4 la noche en Hop Yen Hostel (con baño afuera) o 5 dólares la noche con baño adentro. De ahí para arriba encuentran de todo.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Transporte: Nha Trang – Hoi An en colectivo (“sleeping bus” comodísimo): 12 horas, USD 10. Hoi An – Hue en colectivo: 4 horas, USD 2.50.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Comida: desde 20.000 dong (USD 1) por plato y 3000 dong el vaso de cerveza tirada. Licuados desde 10.000 dong (USD 0.50), café desde 6000 dong (USD 0.30), té desde 7000 dong (USD 0.35), omelette con baguette desde 20.000 (USD 1).

Links y descuentos para que disfrutes de tu viaje

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Mui Ne: Lazy Days

Mui Ne, cinco horas al norte de Ho Chi Minh, en la costa de Vietnam, es un pueblito en el que no hay demasiado para hacer.

Sin embargo, “todo el mundo” viene acá.

Podés nadar en el mar (no será cristalino como en Tailandia o Indonesia, pero es mar al fin).

Podés hacer kitesurfing.

Podés alquilarte una moto de agua o de tierra.

Podés comer mariscos pescados casi delante tuyo (y tan baratos…).

Podés mezclarte con la camada de alemanes, rusos, yanquis, australianos y demases que frecuentan este lugar.

Podés encontrar el alojamiento más barato del pueblo enclavado dentro de un complejo de bungalows frente al mar (5 dólares la noche en cuarto compartido, con pileta de natación, mar a pocos pasos, wi-fi y buena onda).

Podés, como yo, ser la única ridícula que se alquila una bici en vez de una moto o un jeep (porque es más barata, obvio, un dólar contra ocho, e ideal para bajar la comida) para ir a “las dunas” (un intento de desierto frente al mar), pedalear como loca los 20 km con pequeñas subidas, llegar al desierto y en vez de caminar tirarte en la arena agotada a descansar, para luego emprender el regreso a la velocidad de la luz y llegar al hostel en media hora solamente porque tenías ganas de comerte la súper ensalada de frutas que preparan al lado por un dólar.

O podés pasar un par de días sin hacer demasiado pero sintiéndote feliz porque sacaste pocas fotos pero de las que te gustan.

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Saigón: vida callejera y ciudad cosmopolita

– Miss, Miss! Cold beer for one dollar!

Escucho que me ofrece una vietnamita con desesperación mientras camino despacio por delante de su bar. ¿Creerá que con eso me va a convencer? PFF… Sigo de largo pero a ella no le importa, atrás mío se acerca un grupo de cinco chicos con toda la cara de estar buscando cerveza barata.

¿Para eso vienen a Vietnam?

Sigo caminando por Phan Ngu Lao, el famoso distrito de los mochileros de Saigón: un par de manzanas repletas de bares, restaurantes, hostels y guesthouses, lugares de internet, negocios de souvenirs, agencias de viaje, casas de masajes, tatuajes baratos, mototaxistas y gringos por doquier.

Un gran barrio turístico.

Parece que este distrito se repite en todas las grandes ciudades: la famosa Khao San Road en Bangkok, nuestra querida calle Florida en Buenos Aires, Chinatown en Kuala Lumpur y en el resto de los países asiáticos…

No sé, lo bueno de hacer Couchsurfing y quedarse en la casa de gente local en barrios no turísticos es que evitás pasar por estos lugares (no digo que sean zonas “desagradables”, pero sí algo artificiales y orientadas a una sola cosa: hacer que el turista consuma).

Saigón me deslumbró.

Literalmente, fui con la boca abierta durante cada viaje en el asiento de atrás de la moto de Kristine (la chica vietnamita que me alojó durante cuatro días en su casa).

No me esperaba una ciudad tan cosmopolita, tan llena de luz y energía, con tanto movimiento de día y de noche, tan… viva.

Saigón (o Ho Chi Minh City) desborda de vida.

Cada mañana, antes de levantarme de la cama, a eso de las 6 de la mañana, ya escuchaba los gallos cantando, la música que brotaba de las casas, el alboroto de la gente preparándose para salir.

A las 7 am Kristine y yo nos enfrentábamos al tráfico en su scooter y desde ahí podía ver a las mujeres vendiendo frutas y verduras en la vereda, a los empresarios desayunando su noodle soup en mesitas al aire libre, a la gente mayor sentada en reposeras mirando el tráfico pasar.

El tráfico en Vietnam es algo que jamás hubiera imaginado antes.

Primero, traten de imaginarse una ciudad donde hay más (muchas más) motos que autos (incluso puede ser que haya más motos que personas).

Todas las familias tienen por lo menos una; empresarios, vendedoras de frutas, chicas como Kristine, estudiantes, oficiales, todos se mezclan en el tráfico caótico de Saigón en sus scooters.

Acá no hay traffic-jam, acá todas las mañanas hay moto-jams: una pegada a la otra, esperan que cambie el semáforo para arrancar a toda velocidad.

Visto desde arriba, es un espectáculo. Visto desde adentro, da un poco de miedo: las motos avanzan como hormigas en todas las direcciones, algunas doblan cortando el tránsito que viene de frente, nadie respeta los carriles, otras giran en U mientras una tanda viene de la izquierda y otra más grande de la derecha y todos logran seguir su camino ilesos.

Siempre está el conductor que zigzaguea a toda velocidad, la chica que maneja mientras manda un mensaje de texto, la que va dormida abrazándose a la espalda del marido, los que llevan a los tres nenes (uno adelante del padre que va manejando, otro PARADO en el medio del asiento y otro atrás de todo colgado de la madre), los amigos que van charlando de moto a moto.

Y además están los miles de peatones que, al igual que yo, necesitan cruzar la calle (que en la mayoría de los casos no tienen semáforo, son doble mano y siempre tienen motos yendo y viniendo).

¿Cómo hacemos?

Seguramente estarán pensando “a correr lo más rápido posible”.

ERROR.

Acá hay una sola manera de cruzar y seguir vivo: caminar de una vereda a la otra muy muy MUY despacio.

– Vos cruzá y olvidate de las motos, ni las mires, me explica Kristine.

Si caminás despacio, pueden calcular si esquivarte por adelante o por atrás.

Así es…También sirve rezar.

Cada mañana, después de este desayuno motorizado de adrenalina, Kristine me dejaba en el centro de la ciudad, me prometía que a las seis me pasaba a buscar por ahí y seguía camino hacia su trabajo.

Yo me dedicaba a recorrer la ciudad a pie.

Así descubrí que Saigón es una gran ciudad con mucho ambiente de barrio y vida callejera.

Todos desayunan, almuerzan y cenan en mesitas sobre la vereda, hay reposeras puestas especialmente hacia la calle para mirar las motos pasar, está repleto de vendedores ambulantes de frutas y verduras, de lustrabotas, de mototaxistas.

La gente está siempre afuera, incluso los negocios no tienen puertas sino que directamente les falta la pared de adelante.

Caminando me deslumbré con la arquitectura colonial francesa de la ciudad, con los edificios altos e iluminados, con las tiendas y boutiques de grandes marcas internacionales, con los negocios chiquitos repletos de productos falsos (desde dvds y libros fotocopiados hasta todas las guías Lonely Planet a precios bajísimos), con los mercados… y con las banderas comunistas que flamean por toda la ciudad.

Porque no se olviden que el gobierno de Vietnam sigue siendo comunista.

Caminando me crucé con varios personajes.

Como un nene de unos 10 años que se me acercó corriendo en la entrada de una pagoda china (templo), me saludó, se presentó en perfecto inglés, me preguntó de dónde era, me presentó a los papás y después le agarró timidez y se fue.

Como otro nene de unos 5 años que en el mismo templo chino me persiguió gritando una frase en vietnamita, me sonrió, me saludó como loco con la mano y saltó para salir en mis fotos.

Como la mujer que me vio caminando con el mapa en la mano totalmente perdida, me frenó, me sacó el mapa, leyó el nombre del lugar que buscaba y sin decir palabra me señaló con la mano que caminara derecho y doblara a la izquierda en la primera esquina.

Como el taxista que me vio sentada en la vereda del mercado, comiendo un dragon fruit y esperando a Kristine, y me preguntó de dónde era, a dónde iba, etcétera, etcétera.

Jamás sufrí el acoso del que me habló mucha gente, excepto cuando me metí a caminar en el famoso distrito mochilero.

Pero me alejaba dos cuadras y ahí ya nadie me ofrecía productos o servicios, ahí solamente me miraban con curiosidad, me sonreían y me decían algún que otro hello.

El último día decidí hacer un tour por el río Mekong, algo así como el “Amazonas” del Sudeste Asiático, que nace en China y pasa por Burma, Tailandia, Vietnam, Laos y Camboya.

Si quieren conocer los pueblitos y ciudades del río, recomiendo no tomar ningún tour (por más barato que sea) e ir por su cuenta, porque lo que nos mostraron a nosotros no me pareció gran cosa.

Yo quería ver el mercado flotante  y cuando fuimos no había más que unos pocos barcos intercambiando frutas; quería ver las casas locales y conocer a la gente, pero nos llevaron a los negocios de souvenirs y a ver cómo se elaboraban los caramelos de coco.

El río en sí es muy lindo, transmite paz y tranquilidad, es como ir al Delta argentino pero con palmeras, frutos exóticos, más calor, barcos más coloridos y… vietnamitas.

Pero a mí, una argentina que pasó todos los fin de semanas de su infancia en el Tigre, no me sorprendió demasiado. Para quienes no están acostumbrados a la vida de río, debe ser emocionante.

Todo esto me hace pensar que cada cual ve una región, ciudad o país con ojos distintos, por eso cada experiencia de viaje siempre es diferente y totalmente personal.

Una vez leí una frase que dice que las cosas no las vemos como son, sino que las vemos como somos, y me parece que aplica perfectamente al viajar.

Y cuando observo a los turistas congregados en calles como Khao San o Phan Ngu Lao, donde lo más “local” que se consigue es la cerveza nacional, me pregunto qué experiencia se lleva cada uno a su casa, qué encontraron y qué fueron a buscar, cómo contarán la historia una vez que hayan vuelto a su país de origen.

Y ahí sí que no tengo una sola respuesta, lo único que puedo decir es que no hay que guiarse demasiado por las opiniones ajenas, ya que cada cual cuenta la experiencia desde su propia subjetividad.

Yo incluida.

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Vietnam: amor a primera vista

Lo confieso: salí de Camboya rumbo a Vietnam con una idea “poco positiva” acerca del país y de la gente.

Siempre digo que no me guío por opiniones ajenas ya que cada cual lo cuenta según cómo fue su viaje, pero muchos viajeros “respetados” (?) me dijeron que Vietnam no les había gustado nada por la actitud de la gente local, por el acoso hacia el turista, por el caos y por los robos.

Y me lo dijeron con tanta convicción que hasta me asustaron un poco (no mucho) y pensé: debe ser que a Vietnam lo amás o lo odiás.

¿Qué sentiré frente a este país que siempre quise conocer?

Mis últimos días en Camboya fueron una mezcla poco balanceada de estrés y tranquilidad.

Phnom Penh, la capital, es, para decirlo en porteño, un quilombo.

No hace falta que te bajes del colectivo ni que salgas de tu hostel: los mototaxistas y conductores de tuk-tuk te van a encontrar. Así que no corras porque no hay dónde esconderse.

– Miss Miss, you want motorbike? le decís que no al primero y aparece el segundo (que estaba frenado al lado y vio que dijiste no) y te ofrece nuevamente “motorbike” pensando que tal vez a él le vas a decir que sí porque te cayó mejor que el anterior.

Cruzás la calle (intentando que no te atropellen y caminando por la franja angostísima de vereda como si fuese un acantilado) y te persigue el conductor de tuk-tuk:

– Hello Sir! (ni siquiera lady)

– Where you want to go? Tuk-tuk?

– No, no, gracias.

Pero ser amable no sirve y tampoco entienden que quieras caminar.

– I take you miss, OK I take you later, I take you tomorrow, I take you next week!

Si los ignorás, te gritan cosas poco felices en inglés y en khmer (camboyano).

Así que cuando no pude más opté por dos vías: hablar en castellano o ser irónica en inglés.

– Miss Miss, tuk-tuk, you want? No entiendo lo que me decís, no hablo inglés. Ahí se desconciertan.

– Tuk-tuk?

– Cheap?

Y la otra, cuando estuve a punto de mandar a todo el gremio a freír arroz:

– Miss! Where are you going? Motorbike!

– Oh, ok, I need to cross the street, you take me? (Oh, sí, necesito cruzar la calle, ¿me llevarías?)

Templo en Phnom Penh

Los típicos “kioskos móviles” del Sudeste Asiático (este en Phnom Penh)

Templo en Phnom Penh

Casitas típicas de la capital de Camboya

Panadería a la calle (Phnom Penh)

No sé si Phnom Penh vale la pena, no es tan malo como suena, pero yo personalmente preferí los pueblos del interior de Camboya antes que la capital.

Igualmente tuve que quedarme tres días para tramitar la visa de Vietnam, así que aproveché para visitar las Killing Fields, el museo del genocidio, el palacio del rey y caminar un poco por ahí.

Después pasé mis últimos tres días en el país en Kampot, pueblito al sur a orillas del río, con una temperatura mucho más agradable y una paz que necesitaba.

Kampot

Chicos camboyanos que posaron para la foto

El boliche de Kampot (?)

Cosas que se ven en la ruta (Camboya)

El lunes a las 7 AM tomé el colectivo que me llevaría de Kampot a Ho Chi Minh City (ciudad más conocida como Saigón, antigua capital de Vietnam del sur y de la colonia francesa de la Cochinchina) pensando que me iba a encontrar con algo parecido a Phnom Penh (algo así como un pueblo grande que se cree ciudad) y con gente que me iba a mirar mal o con resentimiento por la guerra pensando que era yanqui.

Tuve que hacer trasbordo en Phnom Penh (no hay manera de escaparle a esta ciudad) y cuando me subí al segundo colectivo (que ya estaba repleto), miré las caras y pensé:

– Momento, acá hay algo raro, ellos no son camboyanos, tienen los ojos más achinados (sí, hay grados de achinamiento de ojos), ellos son vietnamitas.

Y así era: un grupo turístico de 35 vietnamitas de 45 años para arriba, todos cargando bolsas y bolsas de souvenirs y frutas, hablando y riéndose a lo loco cual colectivo a Bariloche en pleno viaje de egresados.

La mujer vietnamita que estaba en el primer asiento me miró y me sonrió de una forma que me dieron ganas de abrazarla y adoptarla como abuela.

Qué calidez por favor.

Vietnam 1, Viajeros Respetados O.

Me tocó el asiento del fondo, al lado del baño, de un camboyano y de un vietnamita. El camboyano ni bola, pero el vietnamita me ofreció comida, agua y hasta se bajó del colectivo para comprarme una SIM card cuando le dije que necesitaba mandar un mensaje de texto.

Vietnam 2, Viajeros Respetados O.

En el mismo viaje me puse a charlar con una mujer de Washington DC y le pregunté acerca de Vietnam.

Me habló maravillas y hasta me armó el itinerario detallado.

A todo esto mi “miedo” y desconfianza hacia Vietnam se desvanecían rápidamente.

El colectivo feliz

En algún momento del viaje el colectivo se subió a un barco y cruzamos el río.

No sé por qué “supuse” que ese cruce de río equivalía al cruce de frontera (el “staff” del colectivo ya había recolectado nuestros pasaportes y yo “supuse”, otra vez, que ellos harían los trámites correspondientes y que, por ende, ni nos enteraríamos que habíamos cambiado de país).

Entonces me puse a mirar todo con ojos de Ya llegué a Vietnam.

Mientras íbamos en el barco, nenes sin manos golpearon las ventanas del colectivo, se señalaron los muñones y rogaron plata.

Pensé que eran los hijos de los ex combatientes de la guerra.

Después, otra vez en la ruta, vi carteles escritos en khmer y pensé que como era un pueblo de frontera debía haber carteles en ambos idiomas.

Más adelante vi un monje budista y pensé que el monje también vivía Vietnam.

Y después vi… la bandera de Camboya.

Y ahí apareció una voz en mi cabeza que me dijo “pero vos tenés un pedo atravesado“.

Debe ser la falta de sueño y el calor.

Finalmente cruzamos la frontera (a pie, y cada cual hizo el trámite correspondiente antes de volver al colectivo) y ahí sí que el paisaje cambió.

O tal vez no el paisaje en sí, pero mi feeling fue distinto.

De repente vi que las calles tenían veredas anchas (y veredas de verdad, no de tierra), que las casas estaban más separadas entre sí, que la gente cenaba en la calle, que había tranquilidad.

Llegamos a Saigón a las 8 PM y quedé anonadada a primera vista.

Kristine, la couchsurfer vietnamita que me está alojando, me pasó a buscar en su moto y me llevó a su casa.

En el camino vi edificios, luces, modernidad.

¡Esto es una ciudad de verdad!

Mientras cenábamos pho, la sopa típica de Vietnam, le pregunté cuál era la actitud de la gente local frente a los extranjeros y especialmente frente a los estadounidenses.

Me dijo que no tenían resentimiento, que ellos miran hacia adelante ya que quieren crecer como país, que la gente es muy amable y todos sonríen.

Al día siguiente salimos a las 7 de la mañana de su casa, Kristine me dejó en el centro y se fue a trabajar.

Caminé durante todo el día y sentí una alegría que no pensé que iba a sentir: ya me encanta este país, me encanta la gente, todos me sonríen, los taxistas no me acosan (hasta diría que son tímidos y respetuosos, les decís que no y es no), la ciudad es muy linda.

Tiene sectores llenos de árboles que me hace acordar a San Isidro, barcitos y cafés que son muy Buenos Aires, calles más tranquilas que parecen Montevideo… y los vendedores ambulantes, mesitas y comida en la calle y el caos de motos que me recuerda que estoy en el Sudeste Asiático.

Ahora me acuerdo por qué me gusta tanto viajar.

PD: (Gracias a todos los que votaron para que viniera a Vietnam… ¡den la cara!)

Pleno centro, cerca de la catedral

La Catedral de Notre Dame

Barriendo la vereda

Kristine (izq.) y su amiga, tomando un café en Saigón

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