Llenando la incógnita: Cosas que te pueden pasar si viajás a República Checa

“Espero que hayas podido llenar un poco la incógnita que era este país para tí”, me dice Vitek mientras conduce el coche por una ruta campestre, y agrega: “Eso es lo bonito de viajar”. Me lo dice así, en castellano, y se ríe. Si bien es checo, Vitek vivió dos años en Argentina (aunque era muy pequeño y casi no tiene recuerdos) y siete años en México. Él es mi guía durante mis dos últimos días en su país, y no sólo habla perfecto español, sino que parece saber absolutamente todo acerca de República Checa.

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[singlepic id=5921 w=800 float=center] El recuerdo de México que Vitek lleva en su auto a todos lados

Apenas salimos de Praga la ruta queda rodeada de verde. Tenemos unas tres horas de viaje por delante: Český Krumlov, el pueblo que vamos a visitar, está a unos 180 km de la capital. Vamos charlando sin parar: después de una semana hablando y pensando en inglés, un respiro de castellano no viene nada mal. Soy una catarata de preguntas. ¿Quién construyó ese edificio loco?, le pregunto todavía en Praga, cuando pasamos frente a la “Casa Danzante”. Vlado Milunić, un arquitecto croata-checo, junto con Frank Gehry, un arquitecto canadiense-estadounidense. Ah, ¿y todos esos lagos que se ven en la ruta son de verdad? No, la mayoría son lagos artificiales, creados por el hombre desde el siglo 16 para poder criar carpas; como el país no tiene salida al mar y se necesitaba tener peces para comer durante la Cuaresma y la Nochebuena, se crearon miles de lagos… ¿Cuál es el destino típico de los checos para irse de vacaciones? Supongo que a un lugar con mar, ¿no? Lo más común es viajar a Croacia, a Italia, a la Costa Brava de España, a las Islas Canarias… ¿Y acá en invierno hace mucho frío? Debe ser mágico ver todo nevado… En invierno la temperatura puede bajar hasta 20 grados bajo cero, aunque generalmente se mantiene entre los −5 y los 5ºC, cuando llega a −20ºC decimos que son “las heladas del Kremlin”.

[singlepic id=5953 w=800 float=center]  Manzanas en un camión

[singlepic id=5922 w=800 float=center] El pueblito al que nos dirigimos

Voy saltando de pregunta en pregunta, cambiando de tema constantemente, dejando que una historia me lleve a la otra. Pero no puedo parar de preguntar. Por mi manera de viajar, es muy raro que visite lugares con un guía, así que aprovecho sus conocimientos a más no poder. Mientras él me cuenta cosas, yo tomo nota en mi cuaderno. Vitek me habla de Kafka y de Kundera, del Socialismo con rostro humano y la Primavera de Praga, de la separación de “Chekia” y Slovakia. Él también me hace preguntas a mí: ¿Sabes de dónde surgió el término “bohemio”? Mmmm no, ¿de dónde? Y me cuenta. En resumen: el pueblo romani (o gitano) se trasladó a Europa desde el subcontinente indio a partir del siglo 11; sus habitantes se instalaron en distintos países del continente, entre ellos el antiguo Reino de Bohemia (región histórica que hoy forma parte de la República Checa), y llegaron a Francia alrededor del siglo 15. Como se creía que habían llegado desde Bohemia, se los llamó “bohemios”, y luego el término comenzó a utilizarse en la literatura francesa del siglo 20 para referirse a aquellos artistas que tenían un modo de vida no ortodoxo, más abierto y más libre. Interesante. ¿Tu nombre es húngaro, no?, me pregunta Vitek, y yo le respondo con muchísima alegría que sí (¡por fin alguien que no me pregunta si mi nombre es japonés!). Tengo una amiga que se llama Aniko, me dice. Yo pienso, feliz: ¡cuando viaje a Hungría seré una Aniko más del montón!

[singlepic id=5940 w=800 float=center]  Cosas bizarras encontradas por ahí…

Le pido a Vitek que me recomiende escritores, pintores, músicos y directores de cine checos. Él me va dictando nombres (nombres que todavía son una incógnita para mí, hasta que poco a poco, con el tiempo, los vaya llenando de contenido): Toyen, Emil Filla, Antonin Dvorak, Bedrich Smetana, Gustav Malev, David Černý (¡a ese sí lo conozco! vi varias de sus obras en las calles de Praga), Radůza, Neočekávaný dýchánek… Me recomienda que mire películas como Babileto, Zelary, Jizda y Nuda v Bnre (si alguien las vio, escucho comentarios).

 [singlepic id=5911 h=800 float=center] Visitamos también la casa-museo-taller de Josef Seidel, un fotógrafo checo  

Durante el primero de nuestros dos días de road trip visitamos Český Krumlov, un pueblito medieval ubicado sobre el río Vltava, en el sur de Bohemia (Bohemia y Moravia son las dos regiones históricas de República Checa, y en este viaje me tocó conocer Bohemia). Como vine al país con pase de prensa tengo acceso libre a todo (¡qué lindo! ¿cuándo saldrá un Pase Oficial de Blogger que valga tanto como el de prensa tradicional?). Mientras caminamos por las calles empedradas del centro histórico (que es bastante turístico, por cierto), Vitek me sigue contando historias acerca de su país. Así me entero que el hockey sobre hielo y el canotaje son dos de los deportes más practicados, que este pueblito formó parte de la ruta de la sal y hoy es Patrimonio de la Humanidad, que las marionetas son un arte y forma de entretenimiento muy antiguo del país y que el Hombre de agua es uno de los personajes clásicos de los cuentos y leyendas checas.

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[singlepic id=5918 h=800 float=center]  Subí a esa torre…

[singlepic id=5919 w=800 float=center]  … y vi algo así

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[singlepic id=5924 w=800 float=center]   Y más tarde vimos el pueblo desde otro ángulo (y otro y otro y otro más…)

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[singlepic id=5928 w=800 float=center]  Me fui a pasear por los jardines del castillo

[singlepic id=5929 w=800 float=center]  (me recibí de paparazzi)

[singlepic id=5930 w=800 float=center]  y sentí mucha paz…

Al día siguiente nos toca ir a Kutná Hora, una ciudad de Bohemia Central fundada en el siglo 12. Allí visitamos un lugar que recordaré como uno de los más extraños y peculiares de mi viaje: el Osario de Sedlec, una capilla católica decorada con entre 40.000 y 70.000 esqueletos humanos. Tras la Peste Negra y las Guerras Husitas del siglo 14 y 15, miles de personas fueron enterradas ahí, en el cementerio de la capilla de Sedlec. A principios del siglo 15 se construyó una iglesia gótica con una capilla que funcionaría de osario (un “osario” es un lugar destinado para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas para volver a ser enterrados más adelante) y se le encargó la exhumación de los esqueletos a un monje semi-ciego. En 1870, la familia Schwarzenberg contrató a un tallador de madera para poner los huesos desenterrados en orden, y este fue el resultado.

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[singlepic id=5964 h=800 float=center]  El escudo de los Schwarzenberg…

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El road trip con Vitek (y mi viaje por República Checa) está llegando a su fin. Mientras volvemos hacia Praga nos ponemos a hablar de viajes: él me cuenta que viajó bastante por Europa y que hace poco fue a Chile para acompañar a un grupo de turistas checos. Conoce varios países, pero el que más le impactó fue Islandia por sus paisajes. Y ahí mismo me agarra otro síndrome viajero terrible: ese en el que ya estás de viaje pero te hablan de un lugar nuevo y enseguida te ponés a soñar con viajar a ese lugar. Será que los viajeros siempre estamos pensando en el próximo viaje… En algún momento del trayecto Vitek me dice lo de “llenar la incógnita” y me parece una manera muy certera de definir eso que nos pasa al viajar. Cada país nuevo y desconocido es, para mí, una incógnita que se llena solamente al viajar: puedo leer todo al respecto antes de irme, pero solamente en la ruta soy capaz de llenar un nombre de paisajes, de caras, de momentos, de comidas. Y ahí me pongo a pensar en cómo le fui dando contenido, durante poco más de una semana, a esa imagen mental (bastante vacía) que tenía de República Checa.

 [singlepic id=5944 w=800 float=center]  Durante este viaje caminé por pueblitos checos,

[singlepic id=5915 w=800 float=center]  Probé comida típica checa…

[singlepic id=5946 w=800 float=center]  … y húngara,

[singlepic id=5947 h=800 float=center]  Encontré mercados callejeros,

[singlepic id=5949 w=800 float=center]  Entré a iglesias de todos los estilos

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[singlepic id=5912 w=800 float=center]  Vi flores como estas…

[singlepic id=5983 w=800 float=center] y hasta encontré mi Lego-sueño! :)

Y algo que aprendí es que si bien hay varias figuritas repetidas a la hora de llenar incógnitas, lo cierto es que cada cual le da sentido a ese misterio que es un país nuevo a través de sus experiencias particulares (porque cada persona vive un viaje de manera distinta). Por eso creo que si viajás a República Checa te pueden pasar ciertas cosas “predecibles” o “esperables” (como cruzar el puente Carlos, ir a ver una obra de teatro negro, entrar a un castillo, comer pato al horno, cruzarte con algún lago artificial y tomar mucha cerveza), pero también pueden pasarte muchas otras cosas que probablemente no estaban en tus planes. Y eso es lo lindo de viajar.

——

Este viaje fue posible gracias a la invitación y organización de Czech Tourism. ¡Muchas gracias!

Querida Praga (Carta abierta a una ciudad)

Praga:

No te digo “Querida” —si bien está más que claro que sos una mujer con todas las letras— porque todavía no te conozco tanto como para llamarte así (aunque no creo que sea difícil quererte, viendo que emanás amor por todos los rincones). Podría llamarte “Estimada”, pero me parece demasiado formal para la pequeña relación que ya entablamos en estos poquitos días que pasamos juntas. No te digo “Adorada” porque me parece cursi, “Distinguida” es demasiado aristocrático, “Horonable” es muy gubernamental. Podría decirte “Bella” o “Encantadora”, pero por el momento te digo, simplemente, Praga. Creo que a las mujeres con nombres lindos hay que llamarlas sin apodos ni adornos, y vos, Praga, tenés uno de los nombres más lindos que escuché.

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Me hablaron muy bien de vos. Cuando conté que te venía a conocer, todos me dijeron que me ibas a encantar. Hubo consenso absoluto. ¿Cómo hacés? ¿Qué generarás en la gente para que te amen tanto? Todos los que te conocen sueñan con volver a verte…

Yo te conocí mientras soñaba despierta, después de un largo viaje en avión desde el sur del mundo. Cuando te vi por primera vez, te voy a ser sincera, me sentí un poco abrumada: demasiada belleza, demasiada gente, demasiado movimiento, demasiados estímulos para digerir a la vez. Para empezar a descubrirte te recorrí en segway, ese monopatín posmoderno que avanza, frena y retrocede obedeciendo los movimientos de nuestro cuerpo. ¿Qué sentirás cuando esas dos ruedas avanzan por tus empedrados? ¿Te hará cosquillas? ¿Te molestará? ¿Lo notarás? ¿O seguirás regia e imperturbable como siempre?

[singlepic id=5831 w=800 float=center] Lo primero que recuerdo de vos

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En tres horas te atravesé y pude ver tus esculturas raras, tu arte callejero, tu sobredosis de puentes, tus paredes pintadas, tus mensajes de amor y paz, tus castillos medievales, tus construcciones llenas de grandeza, tus fachadas góticas, barrocas y renacentistas, tus relojes, tus santos, tus cúpulas, tu río. Fue demasiada información en una sola mirada, pero pude, de a poco, empezar a asimilarte y desmenuzarte. Pude hacerte menos complicada y más cercana. Cuando, casi al final del recorrido en segway, frené en una esquina y miré una maceta con flores que colgaba de un farol me acordé que ya me había encontrado con vos en un sueño, tiempo antes de que nos viéramos en persona por primera vez. Será que estábamos destinadas a conocernos…

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Al día siguiente te vi desde lo alto, desde esa torre que te enorgullecés en proclamar “La segunda construcción más fea del mundo”. Te miré desde el piso 66 de la Torre de Televisión, acompañada por los bebés gigantes de David Černý, uno de tus tantos artistas (y amantes, seguramente). Te observé boquiabierta, hipnotizada, mientras me soplabas tu aire tibio en la cara de manera indiferente.

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Más tarde te volví a mirar de arriba, desde otro ángulo, y me cautivaste aún más. Me hiciste preguntarme si tanta belleza era posible o si eras solamente un espejismo, un escenario de algún cuento. No me lo olvido, fue en el parque Letná. Era domingo, estabas sin maquillaje y me demostraste que las mujeres más bellas son aquellas que no necesitan pintarse, como vos, porque ya brillan con luz propia.

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Si por la mañana te conocí por fuera, esa tarde viajé por tu corazón: el río Vltava. Te navegué en un barquito, pasé por debajo de uno de tus 18 puentes —el más imponente, ya sabés cuál—, entré a tus canales y saludé a los patos que hicieron de tus orillas su hogar. Ahí, en ese barco, vi fotos tuyas de joven, cuando todavía estabas en blanco y negro, y me enteré que a lo largo de tu historia sufriste: sin ir más lejos, hace diez años te inundaste… ¿Habrás tenido alguna pena que te desbordó el corazón? ¿Qué te pasó, Praga? ¿Por qué llorabas? Me hace feliz saber que sos una mujer fuerte y que una vez más sobreviviste a las adversidades de la vida.

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Y por fin, el tercer día pude hacer lo que más deseaba desde que te conocí: te caminé todo lo que me dieron los pies, recorrí un poco de tu alma. Salí con mapa porque no quería perderme nada, pero después de un rato lo guardé y dejé que vos me fueras llevando, que tus curvas me invitaran a doblar y tus arcos me invitaran a cruzarte. Y así fui explorando cada parte del rompecabezas de tu ser: empecé en Nové město, la zona de vos que llaman “Ciudad nueva”, si bien fue establecida en el siglo 14. Miré tus vidrieras en la Plaza de Wenceslao y cuando me di cuenta ya estaba en tu centro histórico, en pleno Staré město, tu zona más antigua, más admirada y probablemente más concurrida. Caminé, me perdí entre las construcciones y las callecitas empedradas. Me di cuenta, con algo de alegría, que cada vez que me salía de los recorridos sugeridos por el mapa casi no encontraba turistas, te tenía para mí sola por un ratito, éramos solamente vos y yo. Y así, caminando sin rumbo, aparecí en Josefov, el antiguo barrio judío. Crucé Karlův most, tu puente-monumento más famoso, ese por el que caminan todos los que te visitan, y llegué a Malá strana. Caminé hacia arriba para ver tu costado más vanidoso: tu castillo. Después bajé y algún momento me tomé el tranvía, no podía conocerte y no trasladarme sobre vos en tu vehículo más romántico. No sé dónde aparecí, pero por un rato estuve perdida en una zona más auténtica de vos, de esas donde los turistas ni se asoman.

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Praga, te conocí poco y, como estabas distraída, te robé muchas fotos. Aunque sé que estás muy acostumbrada a ser fotografiada… ¿No te cansás? ¿No deseás, en algún momento, que esté prohibido retratarte, aunque sea por un día?

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Y en estos pocos días saqué conclusiones, probablemente apresuradas, lo sé, porque no soy quién para definirte ni para decir quién sos, eso lo sabrás solamente vos. Pero mientras te miraba no pude evitar pensar en varias cosas.

Sos una ciudad del amor, Praga, definitivamente. Inspirás a las parejas a abrazarse y a besarse en cualquier parque y contra cualquier pared. Muchos llegan a vos solamente para sellar su amor, por eso estás llena de candados en las barandas y repleta de llaves en tu río. ¿Qué promesa le harás a los amantes, para que muchos viajen exclusivamente para casarse en tus iglesias? Sos romántica y tal vez por eso te buscan tanto, porque sos una mujer que seduce y que se deja seducir. Tu sensualidad se deja ver de noche en tus bares subterráneos, en tus conciertos de jazz, en tus vasos de absenta, en tu zona roja. Cada año, cuatro millones de extraños de todas partes del mundo duermen con vos, ¿a cuántos dejarás enamorados? Pero más importante: ¿vos de quién estarás enamorada?

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Sos arte, Praga, exudás arte por todos tus poros. Usás a tus artistas para expresar tu música, tu poesía, tus bailes, tus obras, tu literatura. ¿Te das cuenta de que en algún momento de tu vida tuviste a Kafka escribiendo en algún café? ¿Te das cuenta de que Kundera escribió historias donde sos tan protagonista como el resto de sus personajes? Fuiste, sos y serás la madre de grandes artistas, “Madre Praga”, ¿alguna vez lo habías pensado?

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Sos historia, Praga, historia viva. Tenés más de mil años y se nota. Parecés joven pero tu alma es muy antigua. Viviste muchas cosas, fuiste capital de un imperio, tuviste reyes —y por más que sus mujeres se pongan celosas, la Reina siempre fuiste vos—, fuiste testigo de guerras, fuiste el escenario de grandes hechos de la historia moderna, tuviste Primaveras y Revoluciones, te sometieron y te liberaron. Pero sobreviviste a todo, nadie logró destruirte.

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Parecés sacada de una película, Praga, ¿sos real? Yo te miro y me dejo llevar, hago de cuenta que existís y que estás enfrente mío, pero por momentos me pregunto si no serás más que un set de cine o el escenario de una obra de teatro que se está presentando hace diez siglos. Te vi desde arriba, desde abajo, desde los costados, pero sé que no te vi toda, que en el fondo sos una mujer que muestra mucho pero revela poco y que es muy difícil conocerte del todo.

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Me das insomnio. Cada noche, cuando me quiero ir a dormir, no puedo: estás en mi cabeza, me inspirás, me hacés pensar, me impulsás a prender la luz, agarrar mi cuaderno y anotar frases e ideas que se me vienen a la mente. Dejo siempre la ventana abierta, para seguir mirándote en sueños.

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Ahora sí, me despido, y esta vez sí te digo Querida Praga, ojalá que nos volvamos a encontrar cuando ambas seamos un poco más viejas. Confío en que vos me llamarás cuando sea el momento.

Aniko

[box border=”full”]Viajé a Praga gracias a la organización e invitación de CzechTourism.[/box]

Viaje onírico a Praga

Los viajes tienen una gran carga onírica. Llegar a un país nuevo se parece mucho a estar soñando —especialmente si el traslado entre un punto y otro se hace en avión—: de repente estás en un escenario desconocido, todo a tu alrededor está funcionando normalmente (“normalmente” para ese lugar) pero vos no conocés las reglas y sabés que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. En un viaje, al igual que en un sueño, todo es impredecible. Yo llegué a República Checa hace poco más de 24 horas y todavía no entiendo muy bien dónde estoy ni qué está pasando.

[singlepic id=5822 w=625 float=center] Saludos desde Praga…

Les cuento rápidamente cómo es que caí en Praga sin aviso alguno. Hace unas dos semanas me llegó un mail de Czech Tourism, la oficina de turismo de República Checa, preguntándome si estaría interesada en realizar un blogtrip (viaje de prensa para bloggers) a su país. Me puse a saltar en una pata y cuando se me fue un poco la excitación les respondí muy profesionalmente que sí, que estaba interesada en conocer su país (iba a quedar muy desesperada si les decía que conocer Europa del Este es uno de mis mayores deseos en este mundo y que estuve a punto de viajar para allá en el 2010 pero finalmente desistí porque no me daba el presupuesto y cambié el destino por Asia pero siempre me quedé con ganas de Europa del Este porque mi mamá nació allá y mis raíces están ahí y que además me encanta Milan Kundera y Kafka también aunque no leí tanto de Kafka pero de Kundera sí y quiero conocer esa ciudad-escenario que tanto menciona en sus obras… Hubiese sido mucho).

Así que armé la mochila y me fui a Ezeiza para tomarme un avión que me depositaría en Praga en la módica suma de 20 horas de viaje (incluyendo una escala en Madrid).

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Los que me conocen bien saben que tengo todo un tema con los sueños (y en este post cuando hablo de “sueños” me refiero a esas imágenes que aparecen en nuestra cabeza cuando estamos dormidos). Siempre tuve cierto fanatismo por el mundo onírico: recuerdo mis sueños de manera muy vívida (algo que no a todos les pasa, y a los que sí apuesto a que son fans de los sueños como yo…), los escribo en un cuaderno hace más de tres años, de tanto en tanto tengo sueños que considero premonitorios o “reveladores” (me anuncian o explican ciertas cosas de mi vida) y hace poco tuve mi primer sueño lúcido (en el que pude controlar todas mis acciones). Además (no sé si esto es “bueno” o “malo”) a veces confundo sueños con realidad: es decir que no sé si algo realmente ocurrió o si solamente lo soñé. Jejeje seguramente se desilusionaron y están pensando que este blog no es más que el delirio de una loca que confunde la realidad con la fantasía. Pero no. Tampoco para tanto. Generalmente lo que no sé si ocurrió o no son pequeños detalles o diálogos.

Y acá me permito poner imágenes de Yellow Submarine, film de alto contenido onírico!

Durante el primer vuelo (Buenos Aires – Madrid) casi no dormí. Como viajé durante todo el día (desde las 12 del mediodía hasta las 12 de la noche) no tuve sueño así que me la pasé leyendo (¿hay algún otro fan de la revista Orsai por acá? Me leí los últimos dos números en el vuelo). El tema es que cuando llegué a España eran las 5 de la mañana (hora local) y mi vuelo a Praga salía a las 10 y 20, así que no sólo se me había acortado la noche, sino que aunque durmiera no iba a poder completar mis ocho horas necesarias de sueño. Iba a tener que dormir en el aeropuerto sí o sí.

No sé si vieron los asientos de la sala de espera de Barajas: están en fila pero tienen apoyabrazos que los separan y que no permiten que uno se acueste y se estire como la gente. Así que decidí hacerme contorsionista: okupé una fila de cinco asientos, puse la mochila de almohada y apoyé la cabeza en el primer asiento, doblé el torso como para esquivar el primer apoyabrazos, apoyé las rodillas en el tercer asiento, pasé una pierna por encima del siguiente apoyabrazos y la otra por debajo, puse la alarma del teléfono para las 9.30, me lo puse abajo de la oreja y me dormí. A partir de ese momento ya no puedo distinguir qué fue real y qué no.

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Mientras dormía se me sentaron cinco deportistas argentinos al lado, venían de jugar al tenis. ¿Por qué se sientan justo acá? ¿No ven que solamente quedan dos asientos y ustedes son como cinco? ¿No ven todo el espacio libre que hay en el resto del aeropuerto? Me miraron. “¡Esta sí que sabe contorsionarse! Mirá, está toda enroscada en el asiento”, decían a los gritos. Yo me moví como para darles a entender que escuchaba todo. De repente desaparecieron y yo me levanté. Quise mirar la hora en el teléfono pero no podía abrir los ojos, así que empecé a caminar dormida en busca de la puerta J (desde donde salía mi vuelo), pero era demasiado tarde, había perdido el vuelo. Al rato me desperté. Nueve y media, todavía estaba a tiempo. Por las dudas me apuré y me fui a embarcar.

En el pasillo de la manga, mientras subía con el resto de los pasajeros al avión, escuché la conversación de tres españoles (perdón pero no puedo evitar escuchar conversaciones ajenas y tomar nota mental de las partes interesantes o graciosas). Uno de ellos decía algo así: “(…) esta es la quinta vez que voy a Praga. Tú sabes que nosotros comemos como bestias, bueno pues una vez fui a comprar jamón y la chica me preguntó cuántas lonjas quería y yo le dije cariño, no quiero lonjas, dámelo todo. (…) No sé decir mucho en checo excepto cariño, cerveza y buen día. (…) Ah, hola, yo ya viajé contigo en otro vuelo (—le dice a la azafata—) aunque no recuerdo en cuál porque en lo que va del año ya me tomé 68 aviones”. ¡68! ¡La mier..!

El mundo de los sueños puede ser tan real como el mundo de la vigilia…

Llegué a mi asiento (ventana) en estado zombi y me quedé dormida antes de despegar. El vuelo entre Madrid y Praga duró tres horas que para mí fueron diez minutos. Me desperté con la voz del comandante: “Les habla su comandante, nos estamos acercando al aeropuerto de Praga. Afuera hace 28 grados, es un día espectacular. No hay lluvias como anunciaron. Les deseo buen viaje y que sean muy felices”. ¿De verdad dijo “día espectacular”? ¿De verdad nos deseó que seamos muy felices? Ahí es cuando mi mente no puede distinguir. Yo creo que sí pasó.

Vi las primeras imágenes de República Checa desde la ventana: casitas de techos rojos en medio del campo. Mientras descendíamos la mujer de adelante empezó a emitir un ruido que no sé si era llanto o risa, decía algo así como “aaaaayyy mitíaaa, ayyy mitíaaa” seguido de una carcajada que fácilmente podría haber sido llanto (o viceversa). A mí me dio cierta emoción pensar en lo cerca que estoy de Hungría, de la historia de mi familia, de mis raíces. Le debo un viaje largo a Europa del Este (está entre mis prioridades, aunque no será esta vez). Y cuando bajé del avión sentí que realmente estaba dentro de un sueño, como si alguien me hubiese depositado en un escenario que solamente existe en la imaginación de un cuentista…

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Mientras iba al hotel miraba por la ventana intentando absorber todo y mi cabeza no paraba: ah mirá, tienen tranvía, qué lindo, qué romántica es una ciudad con tranvía, esas casitas qué simpáticas, hay empedrado, me gusta eso, ah esos chicos están caminando con los jeans arremangados, qué lindo volver al verano por fin, después de tantos meses, siento nostalgia del presente como en ese poema de Borges, nostalgia del momento que estoy viviendo exactamente ahora, esa sensación de que ni llegué pero ya sé que quiero volver, eso de nunca estuve acá pero ya extraño, como si hubiera caminado por estas calles en otra vida…

  [singlepic id=5827 w=625 float=center] Hasta tienen un muro dedicado a John Lennon…

En el hotel me recibió Pavel, uno de los checos de Czech Tourism que nos está acompañando en este viaje, y nos fuimos a encontrar con el resto de los bloggers para hacer un tour por Praga en segway (si no saben lo que es el segway miren la foto que está a continuación). O sea que si hasta ese momento no entendía nada, cuando me subí al segway dije ya está, tengo que aceptar que todo esto es un sueño y listo, que sea lo que tenga que ser, porque yo ya no controlo nada de lo que está pasando acá. ¡En todos los blogtrips me pasa lo mismo, che! Me quedo dormida en el avión y empiezo a imaginar cosas, como cuando me fui a Laponia…

 [singlepic id=5826 h=625 float=center]  El famoso segway, un vehículo que se mueve con el equilibrio y el impulso de nuestro propio cuerpo

 [singlepic id=5828 w=625 float=center] Con poco más de tres horas de sueño encima, ver esculturas como estas en el medio de Praga hace que mi estado de ensoñación y de confusión de la realidad con lo onírico sea aún mayor…

 [singlepic id=5824 w=625 float=center] Sí, es exactamente lo que están viendo.

Anduvimos tres horas en segway por Praga (detalles de eso en el próximo post) y yo me sentía no sólo dentro de un sueño, sino también dentro de un film donde todo el escenario era tan perfecto que parecía irreal. Y en una esquina, mientras esperábamos que pasara el tranvía, me acordé: hace más o menos un mes soñé que andaba en segway por una ciudad que parece una maqueta. Se los juro. Y yo nunca había andado en segway en mi vida.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

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