déjà vu (por las calles de Budapest)

déjà vu (del francés: ya visto) es esa sensación de que ya viviste en el pasado lo que estás viviendo en el presente (haya ocurrido o no). Algunos dicen que el déjà vu es la memoria de los sueños.

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En todas las ciudades del mundo, en general, se repite la misma historia: una persona nace, crece y pasa gran parte de su vida en ese escenario; quizá viaja por trabajo, por placer, por vocación, y después vuelve, sigue viviendo, trabaja, se enamora, tal vez se desenamora, crece más, tiene amigos, tiene hijos, tiene nietos y tiempo después muere en esa misma ciudad. Para algunos, viajar o mudarse a otra ciudad o país es normal, pero la mayoría de la gente suele quedarse en el lugar donde nació. A veces pasa, sin embargo, que una circunstancia extraordinaria irrumpe el fluir cotidiano de esa ciudad y quiebra la vida de las personas en dos: hay un desastre natural, una guerra o una dictadura, y miles (quizá millones) de personas se tienen que ir a otro lado, tienen que escaparse o exiliarse contra su voluntad, tienen que dejar una ciudad y una vida que quizá no tenían ganas de dejar y están obligados a empezar de nuevo en un lugar distinto. Esto pasa en todas partes del mundo, y esto le pasó a millones de familias húngaras durante las grandes guerras del siglo veinte.

Budapest y el Danubio

Budapest y el Danubio

Todas las fotos de este post  son de Budapest

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La primera sensación que tuve al llegar a Budapest fue que había viajado en el tiempo, como si el trayecto en auto desde Francia también me hubiese llevado un par de siglos hacia atrás. “Esta ciudad debería estar en un museo”, me dijo L. cuando vimos el tranvía amarillo y las construcciones antiguas de Buda (porque Budapest es la unión de tres ciudades: Buda, Pest y Óbuda) por primera vez. Habíamos llegado un domingo. Unos días después salí a caminar y me sentí en una Europa muy distinta de la que había conocido hasta el momento. Estaba en una ciudad majestuosa y a la vez descascarada, antigua y melancólica, imponente y un poco descuidada (una dualidad que me fascina y que, para mí, define a las ciudades más lindas). Sentía que Budapest me transmitía una tristeza sutil en suspiros mientras yo la caminaba: “Hola, sí, soy yo, Budapest… ¡pero ay, qué vida la mía!”, como si levantara los hombros, respirara y se desinflara en recuerdos. No tuve mucho tiempo libre para conocerla: enseguida me metí en la vorágine de la rutina (mis estudios de húngaro y todas las actividades complementarias del instituto) y dejé que la ciudad se convirtiera en el telón de fondo de mis actividades durante cuatro semanas.

Hay construcciones así

Hay construcciones así

y así

y así

y puentes

y puentes

castillos

castillos

y frentes descuidados (los que más me gustan)

y frentes descuidados (los que más me gustan)

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y este tipo de construcciones también

y este tipo de construcciones también

Una semana antes de terminar el curso conocí a mi familia húngara (de parte de mi abuelo materno) y nos fuimos al aeropuerto a buscar a mi mamá y a mi papá que estaban llegando de Buenos Aires después de diez meses sin vernos. La familia de mi mamá (tanto mi abuelo como mi abuela) era oriunda de Budapest: mi abuelo era arquitecto-ingeniero civil y pintor, y mi abuela cantante y actriz de teatro y de cine. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron que huir de Hungría por motivos políticos, así que se subieron al último tren de la Cruz Roja —mi abuela, embarazada de mi mamá— que partió de Budapest a Alemania poco antes de que el régimen comunista cerrara las fronteras del país. Hungría quedó del otro lado de la Cortina de Hierro, y mis abuelos dejaron ahí a sus padres, que no quisieron abandonar su tierra y murieron tiempo después sin haber podido conocer a sus nietas. Mis abuelos vivieron los tres años siguientes en distintos pueblitos de la Bavaria alemana, donde nació mi mamá y una de sus hermanas. Después cruzaron en barco a Argentina (país que los recibió como a otros millones de refugiados de guerra e inmigrantes europeos) y vivieron el resto de sus vidas en Buenos Aires. Aprendieron castellano y se adaptaron al modo de vida argentino, aunque mantuvieron las costumbres y el idioma húngaros. Si bien soñaban con volver a Hungría, nunca pudieron hacerlo.

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Cuando volvíamos del aeropuerto hacia el centro de la ciudad le dije a mi papá: “Budapest te va a encantar, no sabés qué linda que es, los puentes son impresionantes, las construcciones son muy antiguas, hay…”, y me interrumpí: “A vos ma no te digo nada porque ya conocés”. Y ahí me respondió algo que nunca jamás en mi vida me había planteado: “No Ani, yo nunca estuve en Budapest”. Al principio no le creí: “¿Cómo que no? Si viajaste a Europa en los 70, cuando viniste a conocer tu pueblito en Alemania, y también viniste a Budapest…¿no?”. Y me respondió algo que rompió todos mis esquemas: “Ani. Esta es la primera vez que vengo a Hungría”. QUÉEEEEE. Toda mi vida di por sentado que mi mamá (húngara, criada como húngara, con nombre húngaro, que habla húngaro perfecto) conocía su país, y resulta que la otra vez que vino a Europa, Hungría todavía estaba bajo el régimen comunista y ella prefirió no conocer. “O sea que estás pisando tu país por primera vez, no lo puedo creer”, le dije. Pero ella estaba en otra: leía todos los carteles en voz alta y me los traducía, y cada vez que veía algo que le gustaba decía “milyen szép!” (¡qué lindo!) con la nariz pegada a la ventana. Ahí, cuando la escuché explicando el significado de algún cartel, fue cuando tuve el primer déjà vu: pará, esto yo ya lo viví, o quizá lo soñé, pero me acuerdo. 

Mi mamá llegó el día de Szent István király y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

Mi mamá llegó el día de St. Stephen y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

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Baldazo de agua fría

Baldazo de agua fría

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Si bien durante las cuatro semanas que duró el curso me moví bastante por la ciudad, empecé a conocerla el día que me dieron el diploma de fin de curso, cuando la rutina ya no me tenía los ojos vendados. Volví a caminarla con la cabeza despejada y redescubrí lugares por los que había pasado todos los días sin mirar. Iba con mi mamá y le dije: “Fahh, mirá esa construcción qué linda, nunca caminé por acá”, y pocos metros después me di cuenta de que estaba a la vuelta de uno de los barcitos donde cené un montón de veces (fue como un déjà vu pero tardío). Cuando uno no mira, no ve. Saqué un montón de fotos de los edificios y las esquinas y decreté que Budapest es una de las ciudades más lindas y fotogénicas que conocí en mi vida, y no solo porque sea Budapest, sino porque no es perfecta ni pretende serlo, y eso es lo que más me gusta de ella. Durante nuestras caminatas descubrí que en ella (como pasa con tantas ciudades) se esconden y conviven otras: yo vi a Madrid, a París y a Buenos Aires.

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Memorial a Michael Jackson

Memorial a Michael Jackson

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

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Un día antes de irnos de Budapest me senté sola frente al Danubio, en el memorial de los zapatos (dedicado a los judíos que fueron asesinados frente al río y obligados a dejar sus zapatos en la orilla antes de ser fusilados), y me puse a pensar en mi abuelo. ¿Cómo habrá sido su vida en esta ciudad? ¿Por dónde habrá caminado? ¿Se habrá sentado acá alguna vez? ¿Qué hubiese sido de él si se quedaban durante el régimen comunista? ¿Quedará, acá, gente que lo conoció en persona? ¿Lo recordarán por sus obras? (Diseñó, entre otras cosas, el antiguo aeropuerto de la ciudad, varias iglesias y edificios, pero el régimen soviético sacó todas las placas con su nombre). Pensé en todas las cosas que pasaron en esta ciudad (las tomas, las guerras, los bombardeos, la destrucción, los enfrentamientos, la revolución) y entendí un poco el por qué de esa tristeza que me transmitió el primer día. También entendí, después de conocerla más, el por qué de la nostalgia de los húngaros exiliados por su tierra. Budapest es tan linda que duele.

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Y durante esas horas que pasé frente al Danubio pensé que la vida, al final, consiste en dónde pasás tu tiempo y cómo. Al final todo se reduce a eso. Nacemos, recibimos un cuerpo, aprendemos un idioma y con él una manera de entender y ordenar la realidad que nos rodea, tenemos una cultura y una nacionalidad que nos moldea. Hacemos cosas, tenemos historias, pasamos por situaciones difíciles y agradables. Y en este tablero algunos necesitamos el movimiento para ser felices y otros son obligados a moverse y no quieren. Hay quienes nacen en el lugar que sienten correcto y otros en el que consideran equivocado. Y hay miles, millones, que viven con nostalgia del lugar que tuvieron que abandonar: su ciudad, el lugar donde crecieron, su país. Y esa, sospecho, debe ser una de las tristezas más difíciles que nos toca soportar.

[box border=”full”]Les recomiendo el libro “La mujer justa” de Sándor Márai (escritor húngaro). Una misma historia contada por sus tres protagonistas, una reflexión profundísima y excelente acerca del amor, la soledad, la muerte y los mandatos sociales. Y está situada en Budapest.[/box]

El fluir de la ruta (a 27 horas de Budapest)

El auto avanza, abro la ventana para que entre aire. Es verano en Europa y en ciertas partes de la ruta hace mucho calor. No sé hace cuánto estamos manejando, cuatro horas quizá, sumadas a otras seis que hicimos antes de ayer y a otras cinco que hicimos hace unos días y a otras tantas que todavía nos faltan para llegar a Budapest. Vamos por rutas alternativas, le pedimos al GPS que evite los peajes así que nos lleva por entremedio de pueblos, a orillas de algún río, al borde del bosque. Tomamos el camino más largo. Estamos en algún lugar del centro de Francia: esta es como la pampa francesa, no hay nada, me dice L. La radio me habla en francés, entiendo menos de un quinto pero más que la primera vez que vine a Francia. Escucho la pronunciación, esa erre imposible (“practicala haciendo gárgaras”, me diría V. días después), esas letras que están pero no se pronuncian. Cuando llegamos a Alsace, la región fronteriza con Alemania, L. me dice: esto es un microclima, llueve un montón, y enseguida se larga a llover con desesperación, en diagonal, como si alguien hubiese apretado el botón de Activar lluvia desenfrenada para impresionar a los visitantes. Descansamos unos días ahí, festejamos mi cumple y seguimos camino.

Ahora estamos en Alemania y acá no hay límite de velocidad: si te pinta podés ir a 200, como algunos que nos pasan por al lado y desaparecen en pocos segundos. Nosotros vamos tranquilos. Yo miro por la ventana, cuento casitas alemanas, intento descifrar carteles, veo palabras que se repiten e intuyo sus significados. Como todavía estamos cerca de Francia, la radio mezcla estaciones en alemán con programas en francés. No tenemos manera de conectar el mp3 a los parlantes así que hago zapping de FMs. Mi dedo está automatizado para encontrar canciones, aunque los hits son los mismos desde España: well I met you in the summer as the leaves turned brown / wave after wave, slowly drifting / quiero estar contigo bailar contigo vivir contigo una noche loca / am I wrong for thinking we could be something for real / there’s an old voice in my head that’s holding me back, well tell her that I miss our little talks / this rain can last a thousand years / you and me we used to be together every day together always / I want you we can bring it on the floor you’ve never danced like this before… Las canciones del verano con algunos éxitos de los noventa. Ya me las sé todas. De a ratos charlamos, de a ratos vamos en silencio, a veces cantamos o bailamos en los asientos. La radio siempre de fondo mientras dejamos atrás kilómetros, horas y pueblos.

En algún lugar de Alemania, pasando Münich, se nos hace de noche. Frenamos en un espacio de parking con baños. ¿Acampamos acá? Dale. ¿Se podrá? Ni idea, pero no quiero dormir en el auto otra vez. Hay pasto, está oscuro y no hay nadie vigilando, así que armamos la carpa. Mi mente me tortura: sueño que nos despertamos y que el lugar está lleno de carpas y que hay un señor sentado en una mesa cobrando. Desarmemos rápido y vámonos por allá así no nos ve y no tenemos que pagar. Nos escapamos y veo un cartel que dice “Gracias por visitar El Patito”. Me despierto. Nadie viene a echarnos ni a decirnos nada (en España casi nos multan por acampar en una playa y quedé medio traumada).Seguimos camino. Hoy tenemos que estar en Budapest sí o sí porque mañana empiezo las clases de húngaro. El GPS nos sigue llevando por caminos alternativos de árboles y pueblitos, la radio nos habla en alemán.

Cruzamos a Austria sin darnos cuenta: estamos dentro del espacio Shengen y lo único que hay en las fronteras son cartelitos escondidos con el nombre del país al que acabás de entrar, pero si no lo ves ni te enterás. El de Austria nunca lo vimos, y si bien el paisaje es parecido, se nota que hay algo distinto. Una hora después prendo el GPS de mi teléfono y recién ahí me entero de que estamos en otro país (porque el del auto ni nos avisa, debería tener una función que toque una musiquita cada vez que cruzamos la frontera). Vemos el primer cartel de PRAHA – BRATISLAVA – BUDAPEST. Festejo, me emociono. Estamos cada vez más cerca. Decidí que no iba a volar a Hungría no solo porque no me gustan los aviones, sino porque ir por tierra me permite ver cómo cambian el paisaje y el idioma. Además soy de las que necesita el movimiento para meditar, mi cabeza fluye mejor cuando voy en auto, en tren o camino. En el avión no puedo, tengo un solo pensamiento que tapa al resto (secaesecaesecaenosmorimosnosmorimosnosmorimos) y que no me deja desconcentrarme. Pienso en la película A map for Saturday. Todavía no la terminé de ver, pero una de sus reflexiones me quedó muy grabada: cuando viajás mucho te das cuenta de que las diferencias entre las personas de distintas partes del mundo son cada vez más chicas, todos tenemos un día a día bastante parecido. También pienso en que un viaje no es nada sin la gente: para mí, pasar por un lugar y no conocer a quien lo habita es como mirar un documental, como ver de lejos. Es la gente la que hace nuestra experiencia.

Faltan pocos kilómetros para Hungría, estoy por pisar un país que es parte de mi identidad, estoy viajando muy de a poco a mis raíces. ¿Cuánto de lo que soy y siento tendrá que ver con mi parte húngara? Dicen que uno carga traumas, dramas y emociones de sus antepasados, trae adentro historias de familiares que quizá ni conoció, tiene el ADN marcado por experiencias de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos. ¿Cuántos sentimientos húngaros estaré cargando sin saberlo? Pienso en la reflexión que me escribió mi primo Martín después de leer mi último post. Lo cito porque me encantó:

“A pesar de que la madre es el 50%, la sangre húngara termina pesando casi mas de tres cuartos, se manifiesta más acá o mas allá de que uno quiera o sepa o tenga digamos una hungaridad conciente. Te da sensibilidad, cierta bipolaridad, te carga de morriña (en la prehistoria lejana para mi era húngara hasta Galicia) te da una especie de alegría en sordina, una misteriosa capacidad proyectiva, una energía imbatible y cierto regusto sour como el de un par de gotas de angostura en un coctel. Y al mismo tiempo cierta dosis de mala suerte, donde el delantero del destino te mete el gol en el último segundo y te gana el partido. La hungaridad te hace parte de cierta condición de hipérbole, donde es posible amar toda la vida y luego odiar toda la vida y un segundo antes de estirar la pata volver a amar como si el odio nunca hubiese pasado, y al mismo tiempo lamentarse todo ese segundo postrero por todo el tiempo perdido odiando”.

¿Cuánto de mí será hungaridad pura y dura? ¿Cuántos de mis dramas mentales quedarán explicados por las cosas que pasaron en esta tierra antes de que yo naciera? A veces siento que las personas somos experimentos, somos envases repletos de tiempo y tenemos que decidir qué hacer con todos estos días que nos dan. Siempre estamos en el presente y sin embargo no podemos parar de planear, queremos controlar el futuro y eso es imposible, pero lo seguimos intentando. La incertidumbre es el mejor y el peor invento. ¿Cómo será Hungría? No sé, como ella quiera mostrarse, como yo quiera mirarla. ¿Qué me espera ahí? No sé, lo que sea que tenga que encontrar. ¿Y después de Hungría que voy a hacer? No sé, lo que sea que tenga que hacer.

En los kilómetros finales de Austria escucho que la radio cambia de idioma. Tenía miedo de no reconocer el húngaro, de que fuera distinto al de mi mamá y mis tías, pero no, tiene una musicalidad y una suavidad inconfundibles. De golpe estamos cruzando la frontera, veinticinco horas de manejo después llegamos a Hungría. Festejo otra vez. Hace mucho calor, bajo la ventana hasta el límite, miro los campos de flores, estoy en Hungría. Todavía no lo creo. Pienso: ¿Y si hay cosas de Hungría que no me gustan? ¿Las escribo? ¿Y si mi familia se ofende? No hay país perfecto, ningún lugar es la panacea (según la definición griega, “el remedio para todo”), ¿o sí? ¿Y si Hungría es un remedio para algo que necesitaba curar? O al menos diagnosticar. Hay un accidente en la ruta así que llegamos a Budapest más tarde, aunque todavía es de día. Estoy cansada pero no puedo evitar salir a dar una vuelta. Cruzo de Buda a Pest, me apoyo contra la baranda de uno de los puentes del Danubio y miro con la boca abierta. Budapest es antigua, encantadora, bella. Todavía no la conozco, pero intuyo que nos vamos a llevar muy bien.

*

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Paisaje típico de la ruta: los árboles a los costados

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Parada en la región de Alsace (Francia)

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Con un pie casi en Alemania

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Me encanta stalkear casas rodantes

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Ya no sé ni en qué país fue esto…

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En Austria, muy cerca de Hungría

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Hicimos varios kilómetros al lado de este río

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Primeros carteles

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Ya en Hungría

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Campo de girasoles

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Budapest

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Y yo.

Proyecto Hungría

Hace varios meses que me siento un poco a la deriva. Será que los seres humanos nunca estamos contentos, o quizá no estoy hecha para ser tan veleta. Mi pensamiento es el siguiente: ya comprobé que puedo vivir viajando, ya comprobé que puedo vivir de los libros, ya que comprobé que todo es posible (si uno se lo plantea con seriedad, todo se puede), estoy haciendo lo que me gusta, estoy viajando y escribiendo y viviendo, ¿entonces qué me falta? Me faltan proyectos nuevos. Publiqué mi libro hace más de un año y desde entonces no me dediqué a algo grande como fue el proceso de escritura, edición, maquetación y promoción de Días de viaje. Y hace tiempo que siento ese vacío.

Unas semanas después de publicar el libro me relajé, dejé que siga su curso y me tomé unas vacaciones mentales. Durante el último año (contando del 29 de julio del año pasado a hoy) participé en varios proyectos pero en nada cien por ciento propio, y si bien tuve y tengo varias ideas y borradores de cosas que quiero hacer, me cuesta mucho definirme por uno y poner toda mi energía en eso. Es lo mismo que me está pasando con el viaje en sí: como todos los caminos son posibles, no sé cuál elegir (por algo publiqué lo del lado oscuro de los viajes…). Pero hace unos días me llegó la respuesta de golpe: Hungría. Tu próximo proyecto es Hungría. Era una respuesta que ya estaba ahí, pero me faltaba verla.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Para explicar qué tiene que ver Hungría conmigo tengo que hablarles un poco de mi mamá, de mi familia materna y de mí. Mi mamá es hija de húngaros y nació en un pueblo de la Bavaria alemana después de la Segunda Guerra Mundial. Su papá era arquitecto, ingeniero y pintor (uno de los más talentosos que conocí), su mamá era actriz y cantante: una familia de artistas. Cuando mi mamá tenía tres años, ella, mi tía y mis abuelos tuvieron que huir de Europa así que se subieron a un barco en el puerto de Marsella, cruzaron el océano y empezaron de cero en una ciudad argentina que los recibió junto a miles de inmigrantes. Mi mamá creció, se naturalizó argentina, estudió arquitectura, hizo una carrera de artista plástica (es pintora naif), volvió una sola vez de visita a Hungría y tuvo una hija a la que le puso de nombre Aniko (igual que ella e igual que su abuela). Esa Aniko soy yo.

Crecí escuchando a mi mamá hablar húngaro con sus hermanas, con su prima y con algunas amigas húngaras, y para mí eso siempre fue normal. El sonido del húngaro (dulce, como un poema inentendible pero reconfortante) fue uno más de los que formó parte de mi casa y de mi realidad durante los 22 años que viví con ella. El húngaro siempre me pareció un idioma imposible y, a la vez, muy maternal. Cada vez que alguien me preguntaba de qué origen era mi nombre (seguido del clásico: es japonés, ¿no?) yo decía, casi en piloto automático: eshúngaromimamáesdeallá. Durante mucho tiempo, mi paradigma mental era: soy argentina y tengo una mamá húngara. Punto. Pero la primera vez que viajé a Europa lo entendí: no es sólo que mi mamá es húngara, es que yo soy mitad argentina y mitad húngara, lo que pasa es que viví toda mi vida en uno de esos países y todavía no conozco el otro y quizá por eso lo tengo medio olvidado. Sin embargo, durante ese primer viaje a Europa no fui a Hungría. ¿Por qué? No sentía que fuera el momento: esa vez, la que me llamó fue España (país que también es parte de mis raíces, ya que la familia de mi papá es asturiana).

Mi mamá en Europa

Mi mamá, de chiquita, en su pueblo

Este año, en cambio, Hungría me empezó a llamar de a poco. Todo empezó en febrero, cuando aterricé en Madrid y recibí un mail de mi tía Eva (hermana de mi mamá) con un enlace a una beca para estudiar húngaro en Budapest durante agosto. Los requisitos: ser hija de húngaros, no haber vivido en Hungría, mandar un CV escrito a mano y explicar por qué quería aprender el idioma y para qué lo usaría. Así que agarré dos hojas A4 blancas y me puse a armar mi hoja de vida. Hacía años que no actualizaba mi currículum (mucho menos a mano) y el invierno español hizo que la letra me saliera con frío, como medio tímida. Dije la verdad: mamá húngara yo viajo tengo blog y libro quiero viajar por Hungría conocer mis raíces ser capaz de hablar con la gente leer poesía en húngaro quizá algún día escribir en el idioma de mi mamá pero ante todo conocer el país. Para sumarle al desafío, mi mamá me dijo: “Si te dan la beca me voy a Hungría a verte y viajamos juntas”. En aquel momento todo el resto pasó a segundo plano: quiero que me la den solo para que mi mamá vuelva a pisar su tierra. Varias semanas después recibí la confirmación por mail: me habían otorgado una de las diez becas para estudiar húngaro en el Balassi Institute de Budapest.

Entre febrero y junio viajé por Europa sabiendo que en agosto estaría en Budapest, pero sin creérmelo demasiado. Era algo que estaba ahí, como anotado en una agenda inexistente: Agosto 2014, cosas para hacer: ir a Hungría. Todavía faltaba. Lo bueno fue que durante todos esos meses, tener esa cita inamovible con Hungría le dio un poco de orden a mi vida: haga lo que haga, sé dónde estaré en agosto, y eso me da cierta tranquilidad mental. Y quizá Hungría se enteró de mis planes, porque en los últimos meses me empezó a buscar.

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Mi mamá

En abril de este año viajé a Londres y conocí a un primo húngaro que vivía ahí (todavía tenemos familia húngara en Europa). Nos contactamos por Facebook y después por Whatsapp y quedamos en vernos en el café donde él estaba trabajando. Por un momento pensé: seremos primos y todo lo que quieras, pero somos desconocidos, ¿y si no tenemos tema? Llegué puntual y cuando lo vi del otro lado del mostrador me sorprendió su altura y su cantidad de tatuajes. Uno no sabe cómo imaginarse a un primo húngaro que nunca vio. Cuestión que charlamos durante horas, no sé cuántas, pero muchas: de la vida, del húngaro (“I’m going to study Hungarian”, “Why?! It’s so difficult!”), de la infancia, de mi/nuestro abuelo, de la vida en Budapest, de la vida en Buenos Aires, de todo y de nada.

Unas semanas después, en París, conocí a una pareja húngara que estaba haciendo Couchsurfing en lo de un amigo. Cuando les dije que mi mamá era húngara me preguntaron Beszelsz magyarul? (¿hablás húngaro?) a lo que sólo pude responder nem (no). Pero ojalá pronto. Unos días después en Barcelona conocí, de casualidad total (o quizá gracias a un lego amarillo), a un italiano de mamá húngara. Era claro: Hungría ya estaba jugando todas sus cartas y me estaba buscando cada vez más. El acercamiento se había convertido en una cacería. Y hace unos días, para coronar, recibí un mail que me hizo darme cuenta de todo esto y me impulsó a escribir este post.

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Unas semanas atrás, uno de los chicos que me llevó en blablacar por Francia me contó acerca de Sziget, un festival de música internacional que se hace en Budapest todos los años y que dura una semana: es uno de los eventos culturales más grandes y concurridos de Europa. Cuando investigué más vi que la fecha coincidía justo con la de mi visita a Budapest: no me lo puedo perder, pensé. Así que completé el formulario para acreditarme como prensa y decidí aplicar con mi blog: no con las revistas para las que suelo escribir, sino con mi blog, que al fin y al cabo es mi medio propio y en el que quiero escribir acerca de música, de cultura y de Hungría. Dije, otra vez, la verdad: viajo y escribo tengo un blog de relatos personales pero ante todo soy hija de húngaros y estaré escribiendo acerca de mi primer viaje a Hungría y quiero hacer crónicas del festival dentro de ese marco. “Debido a la gran demanda de acreditaciones, puede que su medio no quede seleccionado”, me advirtió la página una vez que hice click en enviar solicitud. La verdad: estaba más que preparada para que me digan no gracias, será el año que viene. Dos días después recibí el mail: “¡Felicitaciones! Viajando por ahí ha sido acreditado para el Sziget Festival”. No lo podía creer. En ese momento me di cuenta: Hungría me está dando el proyecto que tanto estuve buscando. Me lo está dando en bandeja. Ella ya sabía que esto iba a ser así, pero me lo fue anunciando de a poco.

Casa

En menos de una semana voy a pisar Budapest por primera vez, voy a conocer a otras Anikos, van a pronunciar mi nombre de otra manera (no a la latina como le digo yo, sino en húngaro, que suena “óniko”), voy a ser estudiante, voy a ser cronista de rock (otro de mis sueños semifrustrados), voy a aprender otro idioma, voy a viajar con mi mamá y con mi papá por Hungría, voy a conocer el pueblo en el que nació mi mamá (y, más importante aún, la voy a acompañar en ese reencuentro), voy a tener un plan y quizá de todo eso salga un conjunto de relatos o un libro. O no. Pero por lo menos sé que durante agosto y septiembre me la voy a pasar escribiendo de cosas que me importan y que tienen mucho que ver con quien soy.

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