De Melaka a Singapur, del pueblito colonial a la ciudad supersónica

Menos mal que no le hago caso a las opiniones de la gente y sigo mi instinto, si hubiese creído a quien me aseguró que “en Melaka no hay nada para ver” me hubiese perdido de conocer una de las ciudades más interesantes de Malasia.

Si alguien me dijera que en realidad Melaka es el set de filmación de una película colonial-romántica, lo creo sin dudarlo.

Tiene un aura similar al de Colonia del Sacramento (Uruguay), de casitas bajas y antiguas, colores y luces suaves, ruinas y pedazos de historia desparramados por toda la ciudad.

De día los visitantes caminan por las placitas, iglesias, ruinas y templos; los locales cruzan los puentes en bicicleta y comen en los mercados; las mujeres chinas caminan bajo el sol protegidas bajo sus sombrillas; niños musulmanes salen del colegio y corren a comprar comida a un vendedor callejero mientras esperan el colectivo que los llevará de vuelta a su casa; los conductores de los rickshaws (transporte típico de esta ciudad: carritos-bicicleta decorados con flores) dan vueltas en busca de turistas y hacen sonar música en sus radios.

La religión está muy presente, como en toda Malasia: los católicos se reúnen en las iglesias para escuchar el sermón y cantan canciones, los musulmanes esperan el canto de la mezquita para arrodillarse a rezar mirando hacia La Meca, los taoístas prenden incienso en sus templos y dejan ofrendas de frutas y flores, los hindúes ofrecen comida y veneran a alguno de sus dioses en uno de sus tantos templos.

Mientras tanto, los extranjeros se reúnen en la fuente de la plaza principal y se sacan fotos grupales.

De noche, cuando los autos dejan de circular, las callecitas de tierra se vuelven desiertas, muchas casas cierran sus puertas y apagan todas las luces, las mesas ocupan las veredas, los restaurantes y templos prenden luces y faroles, las flores de los rickshaws se iluminan.

En algún restaurante chino, un hombre canta a karaoke un tema de Bryan Adams; al lado del río, una banda de música portuguesa-malaya ensaya su show y toca para quienes quieran sentarse a escucharlos; cerca del shopping, un festival de música metal atrae a los más jóvenes.

Y de día todo vuelve a empezar, aunque con un detalle que derrite todo tipo de clima poético: el terrible calor que aumenta a medida que me acerco al Ecuador.

No me imaginé que podía existir más humedad que en Kuala Lumpur.

Pero si uno intenta olvidarse de la transpiración y meterse en la Historia, con sólo caminar (porque Melaka es una ciudad para caminar), se pueden descubrir todas las influencias que fueron dando personalidad a este pequeño lugar al sur de Malasia.

Melaka (o Malacca) fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en su territorio se resumen siglos: fue la capital del Sultanato de Melaka y el centro más importante de los malays durante los siglos 15 y 16, luego fue colonizada por los portugueses, los holandeses y los británicos y recibió gran influencia china también.

Y lo más interesante es que esta historia es totalmente palpable: aún quedan fortificaciones portuguesas, cementerios holandeses, construcciones musulmanas, templos chinos.

Y también se ve perfectamente la mezcla de culturas que caracteriza tanto a Malasia: hay mezquitas con arquitectura china, comida portuguesa-malaya, restaurantes hindú-malayos, iglesias católicas (primera vez que veo en Malasia), iglesia metodista-tamil, templos chinos taoístas.

Melaka es mi última ciudad de Malasia, país en el que estuve unas tres semanas y al que volveré algún día.

Me da nostalgia irme y dejar atrás a todos los amigos que conocí, pero tengo que seguir viaje. 

Tan sólo cuatro horas después, llego a Singapur.

WOW.

Por si no sabían, Singapur es una ciudad-estado independiente de Malasia (a pesar de que están separados únicamente por un puente) y uno de los países más pequeños y avanzados de Asia.

El cambio es rotundo: siento que entré al país de los Supersónicos.

El edificio de inmigración parece un aeropuerto europeo, todo el equipaje pasa por rayos equis, la policía me dice que no puedo estar parada al lado de la oficina de inmigración, tengo que seguir caminando, tampoco se puede escupir ni sacar fotos o filmar. Las calles son limpias, bien iluminadas, es viernes a la noche y todos están afuera. La mayoría de los habitantes que conforman Singapur son chinos, aunque sigue existiendo la minoría de malays e hindúes al igual que en Malasia.

Tengo que tomar el MRT (subte) hasta la casa de Kuni, el japonés que me alojará en esta ciudad.

Kuni es couchsurfer, viajó a más de cien países y esta es su manera de retribuir a todas las personas que lo recibieron cuando viajaba. Ya alojó a más de 450 personas en su departamento, a veces hasta cuatro o cinco por noche (!). Tomar el subte es toda una hazaña, por lo organizado, digo.

Finalmente llego, después de hacer varias combinaciones y de pelearme con la máquina que emite los “subtepass”.

Esta es la Asia avanzada que todos imaginamos.

Más detalles, próximamente.

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Frutillas fotogénicas en Cameron Highlands

¿Qué es esto? ¿Cómo fue que pasé de estar rodeada de edificios a estar rodeada de frutillas?

Pista: no estoy en un parque temático frutal al estilo Disneiuor.

Todo empezó cuando decidí (o mejor dicho decreté) que necesitaba huir por unos días del calor (ohh el calor), la humedad y la gran cantidad de actividades y distracciones de Kuala Lumpur. Las capitales siempre me fascinan (será porque soy de una gran ciudad), pero en Kuala Lumpur me era imposible concentrarme y dedicarme a escribir: todos los días había una comida desconocida que probar, un lugar distinto que visitar, una persona nueva que conocer.

Así que decidí pasar de un extremo a otro y me vine a un pueblito recluido en medio de las montañas. Pasé de los 37 grados de temperatura a los 20 grados de “frío” de Cameron Highlands, cambié el ruido de autos por el sonido de la naturaleza, vine en busca de paz y terminé rodeada de… frutillas.

Cameron Highlands queda a cuatro horas de Kuala Lumpur (o cinco y media, si hacen como yo y sacan el pasaje más barato pensando que son re vivos y descubren que se trata de un colectivo que a mitad de camino se transforma en transporte público y para cada cinco minutos a levantar gente en cada pueblo).

Esta zona montañosa de Malasia está conformada por varios pueblitos: el más popular es Tanah Rata, de aproximadamente tres cuadras de largo. ¿Cómo sé que es el más popular? Porque hay un Starbucks en pleno “centro” (no creo que el Sr. Starbucks apueste a un lugar no turístico)… en fin.

Viajé con mi amiga Belinda (local) y su compañera de universidad, Senna, una chica de Finlandia.

Mientras Belinda temblaba de frío con los 20 grados de este lugar, Senna se sentía como en pleno verano finlandés.

Para mí el clima acá es ideal, tan lindo que me gustaría que todo el Sudeste Asiático fuera así.

Apenas llegamos se largó a llover (típico de lugar montañoso), nos bajamos del colectivo y en la terminal un señor nos ofreció un hostel interesante: cuarto privado con baño propio, 60 RM (19 dólares) por las tres. Y la oferta matadora: él nos llevaría hasta ahí en una minivan. Así que nos subimos y una cuadra y media después nos bajamos en la puerta. Volvimos a preguntar el precio y el dueño nos dijo 50 RM por las tres mientras el conductor de la combi puso cara de culpable.

JA!

¿Qué se puede hacer en Cameron Highlands?

  • Podés hacer un tour de un día y visitar las plantaciones de té, los campos de mariposas, la flor más grande del mundo, los cultivos de frutillas, los asentamientos indígenas
  • Podés hacer trekking por la selva, visitar varios tipos de bosques, ver el amanecer y el atardecer desde una montaña, encontrar distintos tipos de árboles y aves…
  • O podés no hacer nada de esto y pasarte las horas caminando por ahí y sacándole fotos a las frutillas.

El tema es así.

Hay ciertos lugares que son conocidos por “algo”: el volcán más furioso, la montaña más verde, las cataratas más prolijas, la comida más engordante, los festivales más bizarros, la música más tranquilizadora.

Y hay lugares como Cameron Highlands que son famosos por sus frutillas.

O por lo menos yo siempre recordaré este rincón de Malasia no por sus campos cultivados de frutillas de calidad, sino por su merchandising ingenioso y abrumador.

La consigna es: encontremos aquello que nos represente como lugar y llevémoslo al extremo.

Entonces si uno viene como visitante a este valle y camina por los mercados o calles principales de cualquiera de los pueblitos que lo conforman, se encontrará con: relojes con forma de frutilla, llaveros con forma de frutilla, almohadones con forma de frutilla, aritos con forma de frutilla, bolsos con estampado de frutilla, ojotas con detalles de frutilla, gorros con dibujos de frutillas, toallones con motivos de frutilla, pantuflas con peluche de frutilla.

Y tampoco sería raro que le ofrezcan: té de frutilla, licuado de frutilla, helado de frutilla, torta de frutilla, ensalada de frutilla, mousse de frutilla, frutillas secas, chocolate con frutilla, frutillas con crema, frutillas.

¿Qué puedo decir?

Mis días en Tanah Rata fueron muy relajantes… Cuando Belinda y Senna se fueron, llegó Journey, mi amiga china.

Por suerte somos bastante parecidas en cuanto a actividades que nos gusta o no hacer, y como ella tampoco tenía ganas de sumarse a ningún tour (y gastar 30 dólares), diseñamos nuestro propio trekking: caminamos de mercado en mercado y de restaurante en restaurante.

La pregunta más recurrente de estos días fue: ¿adónde vamos a comer?

Así que desayunamos un cheese naan (algo así como un panqueque con queso) y un masala tea (té indio de especias) en el local de comida india, almorzamos Fried Kuay Teow (fideos chatos fritos con pollo y verdura) en el lugar de comida china, tomamos café en un barcito, cenamos una sopa y más comida china, y así sucesivamente. Por suerte este sector de Malasia es barato: una cama en un dormitorio compartido, 3 dólares, un almuerzo abundante, 2-4 dólares, una remera que dice I love Cameron Highlands, 1.50 dólares. Kuala Lumpur es un poco más caro: una cama en un hostel, 8 dólares, un almuerzo, 3-6 dólares, una remera que dice I love KL, 5 dólares.

A pesar de que puedo quedarme hasta tres meses en Malasia, estos son mis últimos días ya que tengo que seguir camino.

Mi próxima parada será Melaka, ciudad colonial de Malasia, y después de eso, Singapur, uno de los países más avanzados del Sudeste Asiático.

Y después, Indonesia, y después, Filipinas, y después y después y después.

Mejor disfruto que todavía estoy acá y me tomo un té de frutilla mientras miro cómo llueve en este pueblito en plena montaña en algún lugar del mundo.

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte I

1. TRÁFICO (a.k.a. traffic jam)

He aquí mi primer grato encuentro con Kuala Lumpur.

Son las 12.30, estoy viajando tranquilamente en el colectivo desde la apacible isla de Penang hacia la ciudad capital del país.

A qué hora llegaremos, le pregunto al conductor.

A las 5 pm, me asegura.

Qué bien, qué puntualidad, pienso.

De repente, son las 6.30 pm y el colectivo avanza a dos por hora bajo la lluvia y cada vez que le pregunto al pasajero de adelante cuánto falta, mira su reloj, hace algunos cálculos mentales y promete: 15 minutos.

Creo que tardé más tiempo en llegar desde la entrada de KL a la terminal, que desde Penang hasta KL.

Así es: bienvenidos a Kuala Lumpur, ciudad donde, tarde o temprano, todos seremos víctimas del tráfico. Los malayos mismos lo dicen: hay dos maneras de calcular el tiempo de viaje en KL, “con traffic jam” y “sin traffic jam”. Y estos atascamientos de autos, colectivos, motos y taxis son tan comunes y están tan aceptados como algo normal dentro de la rutina diaria, que nadie se molesta en tocar bocina ni quejarse en voz alta y todos salen de sus casas por lo menos 40 minutos o una hora antes de lo previsto para llegar a tiempo.

Es así, si vas a salir con ruedas, bancate el embotellamiento.

Juro que un colectivo que me tomé estuvo parado en un ¿semáforo? durante 15 minutos y nadie dijo nada, todos siguieron mirando televisión tranquilamente (hay tv en el transporte público).

2. PROHIBIDO

Malasia es un país musulmán y como tal tiene varias restricciones… algunas bastante cómicas.

Enamorados, cuidado: nada de besarse ni demostrar cariño en público. Masca-chicles, ojo: está prohibido subir a las Torres Petronas comiendo chicle. Comunidad gay, lo lamento: nada de salir del clóset. Bebedores de cerveza, preparen sus bolsillos: el alcohol cuesta el triple por la cantidad de impuestos. Nada de portarse mal, que la Policía Moral está mirando y las multas serán jugosas.

3. ROMPERÉCORDS (o Malaysia Boleh!)

Aunque ostentan el mástil más alto del mundo, el shopping más grande de Asia y dos torres que en su momento fueron las más altas, para los malayos nada de eso es noticia.

En este país hay todo tipo de récords, probablemente más de uno nuevo cada día: la mayor cantidad de ancianos en un circo, la rana más pequeña del mundo, la mayor cantidad de cabezas lavadas con shampú en un solo día en un shopping (exactamente 1068), la subida de escalones más alta realizada de espaldas (2058 peldaños), el padrino (best man) más frecuente en los casamientos (apareció en 1069 festejos), el primer abogado ciego del mundo…

Más de 1300 hazañas documentadas en el popular Malaysian Book of Records: hechos insólitos, cómicos y bizarros que demuestran que Malaysia Boleh! (Malasia Puede).

¿Y de dónde surgió este afán de romper récords? Del antiguo primer ministro Mahatir Mohamad, quien decidió incentivar a los malayos para que se superaran día a día y convirtieran su país en una nación asiática avanzada.

Ah, y él también ostenta un récord: fue el Primer Ministro que más tiempo estuvo en el poder en Malasia (22 años).

4. LAH

Come on, lah! We’re gonna be late, lah! Hurry up, lah!

Una de las palabras más escuchadas de boca de los malayos, sin importar si son hindúes, chinos o musulmanes, es el simpático “lah” que todos repiten para enfatizar su discurso.Y, por si se lo estaban preguntando, acá todos hablan inglés, uno de los idiomas oficiales del país junto con el bahasa malayo (hay malayos que solamente hablan estos dos idiomas y no los dialectos que corresponden a su raza).

Afortunadamente para nosotros, viajeros que desconocemos el lenguaje del lugar al que vamos, acá todos entienden el inglés a la fuerza, y si no pueden hablarlo con propiedad, lo mezclan con bahasa y forman el Manglish.

Y si entrenamos el oído, terminaremos escuchando frases como bladibarsket (bloody bastard), mamak stall (restaurante hindú) y Got question? (alguna pregunta?). Ni intenten descifrar un cartel en bahasa, es completamente imposible y las palabras, aunque son simples de leer, no se parecen a ningún término que nos suene relativamente conocido: terkenal es alguien famoso, mat salleh es un extranjero, jalan es una calle y Terima kasih es gracias. Queridos lectores: Selamat sejahtera. Nama saya Aniko, Apa khabar? Saya tidak faham bahasa, selamat malam!

5. MALAYSIAN STYLE

En ciudades asiáticas caóticas como Bangkok o Kuala Lumpur, en las que es casi imposible cruzar la calle sin ser atropellado, no queda otra que aprender la técnica de los locales para realizar semejante hazaña.

Cuando llegué a Bangkok y me enfrenté a la vereda por primera vez, casi decido visitar solamente los lugares que se encontraran en el radio de la manzana de mi hostel, lo que fuera con tal de no cruzar.

Como peatona en la capital tailandesa, esta fue mi primera impresión: bien, estoy parada frente al semáforo como corresponde, esperando que cambie la luz para cruzar, como corresponde. De repente la luz cambia, uno de los cinco semáforos que funciona para alguna de las cinco esquinas que confluyen acá acaba de ponerse en rojo, lo que quiere decir que algún auto tiene que frenar obligatoriamente y dejarme el paso.

ERROR.

Algunos autos frenarán, sí, pero de la nada aparecerán (de una dirección desconocida) veinte autos a toda velocidad con prioridad para doblar (esto de tener los lados invertidos para el manejo me sigue confundiendo).

Confieso que hubo veces que llegué a estar parada diez minutos en el mismo lugar, intentando frenar el tráfico con la mirada. Pero logré cruzar: cada vez que aparecía un local dispuesto a cruzar (con suma tranquilidad, porque para ellos la hazaña no es tan grande), disimuladamente me ponía al lado y caminaba hacia la vereda de enfrente a la par. Y en Malasia aprendí a cruzar Malaysian Style: mi amiga Belinda, ciudadana de KL, me explicó que en esta ciudad nadie respeta las sendas peatonales, cada cual cruza dónde, cuándo y cómo quiere.

Eso sí, hay una regla: una vez que empezaste a cruzar la calle, jamás te arrepientas ni vuelvas hacia atrás.

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que siguen? Lee la parte II acá!

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