Y pensar que casi pierdo el avión…

Mi estadía en Indonesia ya se vence, la visa que me pegaron en el pasaporte cuando entré al país me lo ordena: “Must leave the country by June 17th“.

Tengo mi pasaje a Manila en mano. Fecha de vuelo: 00.30 horas del día 17 de junio. Ni un día más ni un día menos.

Pienso amortizar los 25 dólares que me hicieron pagar para entrar. Al parecer es más fácil salir del país y volver a entrar que lograr una extensión de la visa por otro mes de permanencia. Y aunque quiera intentarlo no puedo porque ya tengo mi pasaje de salida a Manila (el que me obligaron a comprar en el aeropuerto de Singapur…).

Nunca me pasó esto de sentir que “tengo cinco minutos para abandonar la casa”, de que puedo pasar de “turista” a “ilegal” en menos de unas horas. Todos los países a los que viajé hasta ahora (me refiero en toda mi vida) me permitieron quedarme entre 60 y 90 días, y nunca pensé que el país que me da menos tiempo es en el que me gustaría pasar mucho más…

Indonesia es un país inmenso, y cuando digo inmenso quiero decir INMENSO.

Más de diecisiete mil islas conforman el archipiélago más grande del mundo… y yo solamente tuve tiempo de recorrer tres: Java, Karimunjawa y Bali.

Me faltó ir a Sumatra y a Lombok y a las Islas Gili y a Flores y a Papua y a Komodo y y y…

Tantos lugares que me quedan pendientes para la próxima. Es el gran problema de viajar: una vez que empiezo a conocer más en profundidad a un país y su gente, quiero conocer más y más, y dejo de pensar en el viaje actual para pensar en todo lo que quiero hacer “cuando vuelva”. El mundo es tan grande que las opciones nunca se agotan y no importa cuánto tiempo pase en una ciudad, pueblo o país: nunca lograré conocerlo del todo. Puedo ver esto de manera pesimista u optimista, a veces depende del día.

Pero lo cierto es que quiero volver a Indonesia para seguir explorando, para visitar a todos los amigos que me hice, para seguir aprendiendo el idioma.

**Actualización 2017: ¡Volví acompañada! Esas cosas locas de la vida…

Otra cosa nueva para mí: el idioma. Es la primera vez que viajo por países en los que no entiendo el idioma.

Viajar por Latinoamérica siendo argentina es muy fácil: puedo interactuar con la gente, puedo entender todo lo que me dicen, puedo pedir ayuda, puedo hacer preguntas, puedo resolver cualquier situación que requiera el habla como herramienta.

Pero en Asia el desafío de la comunicación forma parte de mi rutina… y es algo que me encanta.

En Tailandia directamente me resigné, los caracteres son imposibles y la pronunciación es aún más complicada.

En Malasia y Singapur no fue necesario aprender demasiadas palabras ya que el inglés es uno de los idiomas oficiales.

Pero Indonesia es distinto… En Bali todos hablan Inggris (inglés) o al menos entienden o al menos intentan, pero si uno se escapa del circuito turístico hay que prepararse para aprender algo de bahasa (bahasa significa “idioma” en indonesio) o hacer un máster avanzado en Dígalo con mímica.

Del mes que pasé en Indonesia, solamente dormí dos noches en un hostel (en Bali) y el resto de los días los pasé en casas de familia que conocí por medio de Couchsurfing.

Lo bueno de eso es que siempre tuve “traductores” para ayudarme: le pedí a mis nuevos amigos que me escribieran los números, los saludos, las comidas, las frutas, las verduras, los colores, las expresiones más comunes y me las fui aprendiendo.

Lo divertido fue cuando me quedé sola y tuve la necesidad de comunicarme con gente local que no sabe ni decir hola.

Ejemplo 1: estoy en el colectivo viajando de una ciudad a otra, antes de arrancar el chofer se me acerca y me hace una pregunta, a lo que le respondo, con toda certeza: “Terminal” (supuse que quería saber dónde me iba a bajar). Se va satisfecho y yo me río sola.

Ejemplo 2: estoy en el colectivo y necesito saber a qué hora voy a llegar a destino. Así que me acerco al señor, lo miro fijo y le digo “Solo” (nombre de la ciudad a la que voy) y señalo mi reloj (invisible, ya que no uso), a lo que me muestra los cinco dedos de la mano. Bien, llegaré a las 5 am.

En el camino me crucé con carteles graciosos como puestos que venden “friend potatoes” (papas amistosas) o que indican “See food here” (“Vea comida acá”, cuando lo que quisieron decir era Sea Food here, o “Comida de mar acá”).

Pequeños momentos de mi viaje que me hacen reír y disfrutar tanto estar viajando sola…

Bahasa indonesio es un idioma relativamente fácil, como conté anteriormente, no tiene tiempos verbales, no tiene reglas de acentuación, no tiene géneros. A veces logro inferir algunas conversaciones, pero por más fuerza que haga no logro leer el diario ni entender lo que dicen en la tele (así que en muchos casos uso mi imaginación).

Uno de mis objetivos es aprender este idioma algún día… PERO lo mejor del caso es que acá no se habla un sólo idioma, sino que cada isla tiene su propio lenguaje, el bahasa fue creado para unificar a los 250 millones de habitantes bajo una sola lengua nacional. Así que si aprendo bahasa después tendré que estudiar “Javanese”, “Balinese”, “Papuanese”…

Y aunque en estos países el idioma puede actuar como barrera, pero una vez que eso se supera (usando un inglés básico, google translate o personas dispuestas a oficiar de traductores) me doy cuenta de que en el fondo todos hablamos de lo mismo, solamente que usamos distintas palabras para expresarnos. El tema de los idiomas me fascina.

Otra cosa que me fascina son las religiones.

Si bien no soy una persona practicante, tengo mis propias ideas sobre los grandes temas a los que las religiones intentan responder, y me interesa mucho conocer cada una de esas respuestas, más aún si es de primera mano.

Si en Argentina la religión es lo de menos, en Asia la religión es primordial: distintas creencias pueden impedir amistades y matrimonios, distintas creencias pueden indicar qué tipo de comida se debe o no se debe comer, distintas creencias pueden indicar qué tipo de ropa se puede o no se puede usar.

En Indonesia todos tienen religión, a pesar de que no es un país musulmán como se cree, sino que es un país de mayoría musulmana. Hay católicos, hindúes, budistas y más. Y me resulta imposible no aprender sobre cada religión estando acá.

En Bali presencié celebraciones hindúes, en Solo “tomé una clase” de Islam para sacarme muchas dudas de encima, en toda la isla de Java escuché el canto de la mezquita cinco veces por día y vi a los musulmanes rezar.

Pero lo que más me asombra es la cantidad de amigos que me hice en este país.

¿Cómo podía imaginarme, estando en Argentina, que iba a conocer a personas tan especiales en un lugar tan alejado?

Nosotros no sabemos mucho de ellos y ellos no saben mucho de nosotros: las palabras que más se repiten sobre Argentina son “Football”, “Maradona”, “Messi” (están quienes me sorprenden con un “Milito” o “Zanetti”) y “telenovelas” (al parecer las telenovelas argentinas tienen mucho éxito por acá). Y qué sabemos nosotros de Indonesia más que “fábricas textiles”, “confección de zapatillas”, “tsunami”, “terremotos” y “Bali”.

Y les aseguro que a excepción de Bali, no vi ni viví ninguna de esas palabras.

Lo que viví fue un mes inmersa en la cultura local, con personas que ya forman parte de mi vida.

Como Rheden, mi host de Jakarta que me introdujo al idioma, me hizo probar las mejores comidas de su ciudad, me demostró que a los indonesios les encanta posar para las fotos (a todos, casi sin excepción), me invitó a pasar unos días con los couchsurfers locales en Karimujawa.

Como Melati, la chica musulmana que conocí en Karimunjawa, que me contó las historias más divertidas de sus alumnos (es profesora de inglés en un preescolar), me demostró que a los indonesios les encaaaanta el gossip (los chismes) y me hizo ver que ciertos sentimientos son universales.

Como Sitta, la chica-sirena que adora nadar y que me curó el malestar con su masaje magico, o Susy y su marido que con tanta calidez me recibieron en su hogar en Jepara.

Como Aji  y su familia que me recibieron en Solo y me adoptaron instantáneamente como su hija bulé…

Y pensar que todo empezó cuando decidí que quería dejar mi vida en Buenos Aires para irme “Asia Hacia” sin saber demasiado sobre la zona del mundo que estaba por conocer y me fui cruzando, “de casualidad”, con cada una de estas personas.

Ahora me doy cuenta de todo lo que me hubiese perdido si no tomaba aquel vuelo a Jakarta.

Jepara con Rheden, Sitta, Jenni, Susy y su marido

Yogyakarta

Fans de la Seleccion

Sitta, Jennie, Rheden y yo en Jepara

Con Annicha, Tadzio y Cynthia en Wonosari

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Bali parte dos: la cara (que yo vi)

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

 

Las ofrendas que los balineses realizan cada mañana para pedir protección a sus dioses

Las mujeres llevan todo tipo de cosas sobre la cabeza

Estos son sólo algunos de los colores que encontré por acá

En todas las cuadras me crucé con un grupo de balineses jugando a las cartas o al ajedrez en la vereda

Vendedores tradicionales frente a cadenas internacionales

Vendedoras ambulantes en la playa… Massage miss, Sarong Miss, Pedicure Miss… Special price for you

Mis vecinos riendo mientras me pedían que les sacara fotos

Una de las actividades más comunes en Bali: trabajar en las “Rice Fields”

Todo tipo de medicinas alternativas, para el cuerpo y alma, a la venta

Vestimenta típica de los balineses

Remando entre templos

Se vende nafta en botellas de vodka premium

Bali parte uno: la máscara

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Hay que ver Avatar porque TODOS ven Avatar.

Hay que leer El Código Da Vinci porque TODOS leen El Código Da Vinci.

Hay que venir a Bali porque TODOS vienen a Bali.

Bali…

Seguramente muchos de ustedes ya está pensando, Ohh Bali, tierra mágica de hinduismo, playas coralinas y templos sagrados.

Confío en sus conocimientos de geografía, probablemente saben de qué país forma parte esta isla… ¿no?

Porque mucha gente que me crucé se refiere a Bali como “un país” y no como una pequeña porción del archipiélago más grande del mundo, también conocido como Indonesia.

Pero es un error perdonable, la culpa es de Bali por ser uno de los destinos turísticos más famosos del planeta, uno de esos lugares que perdió su status de pueblo/isla/ciudad y pasó a ser simplemente Un Lugar Que Hay Que Conocer Antes De Morir.

Bali genera expectativas, pone en funcionamiento la imaginación y los deseos: es imposible no esperar nada de Bali, es imposible no esperar algo sublime de un lugar que tiene tanta prensa. En mi caso, después de haber pasado dos semanas viajando por lugares no-turísticos de la isla de Java, después de haber vivido en casas de familia, después de haberme juntado casi únicamente con gente local, después de haber comido en los mercados por dos pesos y de haber viajado en colectivo por aún menos, llegar a Bali fue como caer en el boliche porteño top del momento.

Un estrés…

Miss miss, taxi! Miss miss, I take you, where you want to go? Special price for you!

Llegué a la terminal de Denpasar, capital de Bali, después de seis horas de viaje en barco, veinte horas de viaje en colectivo, cuarenta minutos de ferry y tres horas de colectivo más (datos cien por ciento reales, no exagero).

Apenas me bajé noté dos fenómenos económicos bastante curiosos: por un lado, una inflación galopante y, por otro, una constante e ilógica fluctuación de precios. Me explico: necesitaba ir de la terminal de Denpasar hasta Ubud, el pueblo “turístico-menos-turístico” de Bali, a menos de 20 kilómetros de distancia. ¿Saben cuánto me pidió un taxista por llevarme? 100.000 rupias (10 dólares). ¿Saben cuánto pagué por el periplo de barco-colectivo-ferry-colectivo? 200.000 rupias (20 dólares) (ahí tienen la inflación: en Bali el minuto de viaje cuesta mucho más).

Obviamente lo mandé a freír bananas (qué rico).

Cuando vio que me iba, me gritó de lejos con desesperación: “Miss miss, 60.000, 60.000 rp!” (segundo fenómeno: fluctuación ilógica de precios).

Me subí al transporte local, en el que por supuesto también me cobraron de más, aunque a una escala mucho menor, por más de que me perjuraron que estaba pagando “local price” (dos dólares) y llegué a Ubud dos horas después.

Sí, DOS HORAS para hacer 20 kilómetros.

Primero porque tuve que esperar a que la combi se llenara, segundo porque frenamos en cada esquina, tercero porque en el camino tuvimos que esquivar motos y peatones por doquier y cuarto porque tuve que hacer trasbordo a otra combi y pasar por el mismo operativo.

Pero es el precio de llegar a un lugar tan turístico: si pagás más, viajás bien, sino…

Señoras y señores, llegué a un lugar Best-Seller.

Un lugar que, además de generarme enojo me genera muchas reflexiones.

No estoy enojada con Bali, estoy enojada con Bali El Destino Turístico.

Siento que, por más que quiera, me va a ser imposible conocer esta isla a fondo, ver el lado más genuino y real de la gente y de su riquísima cultura. Porque la cultura está, Bali no es un mito, es un lugar con tradiciones milenarias y fascinantes, una isla hinduísta en medio de un país de mayoría musulmana, un lugar que desborda arte, música y rituales.

Pero me pregunto cuánto de lo que se muestra al turista es real y cuánto es solamente un espectáculo pre-armado que se repite incesantemente sin ningún tipo de significado profundo más que darle a la gente lo que vino a ver.

Quisiera atravesar la máscara de los balineses, dejar de ser vista como “un cajero automático andante” y entrar en verdadero contacto con la cultura local. Pero es muy difícil: no voy a lograrlo en estos seis días y creo que tampoco lo lograría en dos semanas, tal vez ni siquiera en un mes.

Me da bronca que el turismo prostituya tanto un lugar, que por ser turista/viajero todo cueste cinco veces más (y que no exista diferenciación entre turista y viajero), que los grandes negocios y restaurantes estén manejados por extranjeros, que respirar cueste tan caro, que el regateo sea una mentira, que los tours por “The Real Bali” sean también un espectáculo pre-armado, sólo que un poco más caros.

Pero estar en un lugar tan turístico (que justo resulta ser Bali, pero que bien podría ser Cancún o Hawai o Aspen o…), me hace pensar otra vez en que existen diferentes maneras de viajar y que si bien todas son más que respetables, yo ya sé cuál elegí y con cuál me siento más cómoda.

Se puede viajar como un verdadero turista, ir a resorts all-inclusive, comer platos típicos por cincuenta dólares y ver el lugar a través de la ventana de un colectivo, o se puede salir del circuito y viajar como un local.

Y en medio de estos dos extremos, obviamente existen los matices.

Estar acá también me ayuda a darle forma a la respuesta a una de las preguntas más recurrentes que recibo (y que me hago a mí misma): ¿Por qué viajás? ¿Qué buscás en tus viajes?

Sé lo que NO busco: no viajo en busca de fiesta, no viajo en busca de playa (solamente de vez en cuando, cuando tengo calor), no viajo en busca de deportes extremos, no viajo en busca de destinos populares, no viajo en busca de turistas.

Viajo en busca de cultura, viajo en busca de arte (de todo tipo), viajo en busca de paisajes que me atrapen, viajo en busca de lugares mágicos (subjetivamente mágicos) y viajo en busca de un contacto con personas que viven muy lejos de mi realidad cotidiana.

Viajo para ver el mundo con mis propios ojos.

Y pobre Bali, no tiene la culpa de estar tan promocionado…

Para hacer justicia, en la parte dos hablaré de Bali desde otro punto de vista, daré la otra cara de la moneda. Porque si existe un circuito turístico, eso quiere decir que también existe un “no-circuito turístico”, y aunque acá sea más difícil encontrarlo, trataré aunque sea de espiarlo por un rato.

Es que estar en Bali es como enamorarte de alguien que no te da bola: podés mirarlo todo lo que quieras, podés hablarle, podés interactuar, pero siempre habrá una pared que te impedirá conocer lo más profundo de esa otra persona.

Y lo peor es cuando sabés que debajo de la superficie hay mucho más de lo que podés ver.

Actualización: algunos años después… ¡volví a Bali! La importancia de una segunda oportunidad…

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