I ♥ Savannakhet

Voy con la ventana abierta, mirando hacia fuera y pensando que no hay momento que me guste más que éste.

Estoy viajando en colectivo de Tha Khaek a Savannaketh: es un bus local, de esos con asientos descosidos, con laosianos que me miran curiosos, y que se hacen los distraídos cuando les devuelvo la mirada, con bocinazos a las vacas que se cruzan en la ruta y sin aire acondicionado.

Por suerte.

Cómo odio el aire acondicionado.

Prefiero ir con la ventana abierta, sentir qué clima hace afuera, respirar el mismo aire que la gente local.

Como ya conté, amo viajar por tierra, me encanta ver lo que hay entremedio de dos lugares, me gusta sentir que cruzo el país, aunque sea a toda velocidad.

El bus frena.

— Savannaketh! dice el co-conductor.

— ¿Tan rápido? Me pregunto.

Soy la única extranjera que se baja (somos tres).

Es pleno mediodía y por más invierno que sea, en Laos sigue haciendo calor.

Los conductores de tuk-tuk ni se me acercan, sino que me hacen señas para que yo vaya hacia ellos (lo del relajo laosiano es muy cierto).

— Where you go? Al centro de la ciudad.

— 20.000 kip.

— No, too much.

— 20.000 kip.

No, no quiero pagar tres dólares si acabo de pagar lo mismo para viajar tres horas. Qué bronca. Cómo odio mi moneda, todo hay que multiplicarlo por cuatro.

En momentos como éste desearía haber nacido en Inglaterra, donde tienen la libra y a Los Beatles.

El conductor ni se molesta en hacerme descuento. Empiezo a caminar sola, pregunto dónde está el río Mekong, como para orientarme, y me voy, un poco de mal humor.

Me niego, me niego, me niego, me niego.

Hace mucho calor y no tengo idea a dónde voy ni a cuántas cuadras estoy del centro.

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Mientras camino pienso en eso que siento cada vez que llego a una ciudad nueva.

Mi primera impresión es que no tengo idea dónde estoy ni cuál es la lógica del lugar. Por más que tenga un mapa, todavía no sé cómo se piensa en esta ciudad, cómo se actúa, cuáles son las reglas implícitas. Seguramente los locales, que me ven medio perdida y con dos mochilas deben pensar que es muy fácil orientarse: para un lado está el río, para el otro está el centro, acá a la vuelta hay un restaurante muy bueno, mi casa queda a dos cuadras, el colegio está por allá.

La desencajada en el paisaje rutinario soy yo, que salí quién sabe de dónde, con este aspecto de no pertenecer.

Para mí en cambio todo es nuevo, todo es desconocido.

Me da cierto vértigo pensar que esta ciudad ya tiene una rutina que desconozco, que ya existe y funciona desde mucho antes de que yo llegara, y que seguirá funcionando de la misma manera cuando yo me vaya, sin que mi visita siquiera la inmute.

Lo que más impresión me da es cuando las miradas se chocan: yo, persona ajena, extraña, outsider, miro a una persona local, pieza indispensable del lugar, y por un momento nuestros mundos se fusionan. Estamos los dos acá y ahora, en el mismo lugar, realizando la misma acción, uniendo dos lugares completamente remotos uno de otro.

¿Le cambiará en algo mi mirada? ¿O seguirá inmutable como su ciudad?

Camino un kilómetro.

¿Dónde están los tuk-tuks cuando uno los necesita? Nadie sabe indicarme qué calle seguir. Le muestro mi mapa (incompleto, ya que solamente se ve el centro de la ciudad) a un hombre, le señalo una dirección y sentencio:

— Guesthouse… tuk-tuk… y con mímica le explico que quiero ir en transporte hasta ahí. Me responde:

— ¡Guesthouse tuk-tuk! y señala hacia alguna dirección.

Al parecer hay una guesthouse llamada Tuk-tuk.

No lo creo…  Salgo del restaurante y sigo caminando hacia el lado del río. Es sábado, pero en Laos pareciera que todos los días es domingo.

Pienso quién me manda a caminar a esta hora con el sol así, quién me manda a nacer en un país donde la moneda no vale, quién me manda a viajar acá, quién me manda.

Y de repente, sin advertencia, la veo, boca arriba: un diez de corazones. Mi primera reacción es mirar la carta como las miraba antes de empezar a juntarlas: ¡Ah! Ahí hay otra, algún día las levantaré del piso.

Pero enseguida me acuerdo: ¡Ya las estoy coleccionando! La agarro, feliz, feliz de no haberme tomado el tuk-tuk de 20.000 kip, feliz de haber caminado por esta calle, feliz de ser una loca que se pone feliz cuando encuentra un naipe abandonado en Asia. Ya tengo seis.

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A los cinco minutos pasa un tuk-tuk que me lleva por 10.000 kip. Bien, mitad de precio no está mal. Y creo que fue como el último vaso de agua en el desierto: lo hubiese tomado por el precio que sea.

Veo, por fin, Savannakhet.

Me enamoro.

Me enamoro perdidamente de esta ciudad colonial descascarada y venida abajo.

Me enamoro de los chicos jugando en la calle sin preocupaciones, de los hello y sabaidee de los bebés (incentivados por los padres que los sostienen en brazos y les mueven el bracito para que me saluden), de los monjes que me charlan en inglés y me preguntan si me gusta Laos, de la gente sentada frente al río mirando cómo baja el sol sobre Tailandia.

Me enamoro de esta ciudad tan poco turística y tan tan linda.

Siento como si hubiese descubierto un secreto, un lugar fuera del mapa. ¿Cómo es posible que no esté desbordada de turistas? ¿Cómo es posible que sea tan auténtica? Siento que es un lugar armado solo para mí y para mi cámara.

Alquilo una bici y salgo a dar vueltas.

Acá se ve la cultura callejera de Asia en todo su esplendor.

La gente siempre está afuera, la vereda es su espacio público, y lo que debería ser el espacio privado (las casas) también está abierto a las miradas. Las mujeres cocinan afuera, la gente come en mesitas de plástico en las esquinas, un grupo de nenas juega al supermercado (o algo así) casi en la calle, los nenes usan una cuadra como cancha de fútbol, tres nenas se suben a una bicicleta y se divierten haciendo volar un cometa, los puestitos de comida preparan sus alfombras a orillas del río.

Acá no existen las puertas principales: las casas y negocios directamente no tienen la pared de frente, sino que cierran este hueco de noche con persianas (las mismas de los ascensores antiguos en Buenos Aires).

Acá no existe ese miedo de que te roben, de que te desvalijen la casa, de que entren a tu espacio privado, de que vean tus secretos.

En esta ciudad parece no haber secretos.

Cuando alquilé la bicicleta no me pidieron absolutamente nada, ni plata ni mi pasaporte ni mi nombre, solamente me preguntaron en qué guesthouse estaba y con eso fue suficiente.

¿Existe el amor entre una persona y una ciudad? Yo creo que sí.

Pasa cuando uno menos lo espera, en el lugar menos pensando, en el momento menos predecible.

Y también creo que pasa con esos lugares de los que la gente se pregunta “¡¿pero qué le ve?!”.

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[box]Datos útiles para visitar Savannakhet:

Transporte: bus desde Tha Khaek 25.000 kip (3 horas, 3 dólares). Tuk-tuk desde la terminal hasta el centro de 10.000 a 20.000 kip (entre USD 1.20 y 3). Alquiler de bicicleta, 15-20.000 kip por día (USD 2-3).

Comida: licuados por 5000 kip, fried noodles con pollo por 15.000 kip (2 USD), desayuno completo por 18.000 kip (USD 2.50), cerveza 10.000 kip, agua de litro y medio 5000 kip.

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El encanto laosiano

Laos me gusta.

Voy de pueblo en pueblo, de ciudad y ciudad, y aunque no esté acá hace mucho, cada día me gusta un poquito más.

Será porque es un país de pocos habitantes y la tranquilidad se respira.

Será porque el acoso hacia el turista no se siente tanto (digamos que casi nada).

Será por sus pueblitos silenciosos, por las calles vacías, por las construcciones coloniales venidas abajo, por la ausencia de las bocinas, por las pocas motos.

Será por la importancia del río Mekong, por los monjes caminando en grupo por la calle o andando en bicicleta, por las mujeres que me saludan sonriendo y no intentan venderme nada, por los chicos y su alegría cuando ven a un falang caminando por un lugar poco turístico.

Será.

Laos, a pesar de ser uno de los países más “olvidados” por los viajeros que visitan esta región del mundo (muchas veces queda fuera de los itinerarios por ser subestimado como destino) es también un país con un creciente circuito turístico.

Luang Prabang (la ciudad colonial), Vang Vieng (donde se realiza el famoso tubing), Vientiane (la capital) y Si Pha Don (o “4000 islas”, en el sur sobre el Mekong) son las principales paradas dentro de este circuito.

Y como en todo circuito, hay un sistema de precios “turísticos” que, en este caso, a todos los que viajamos intentando gastar lo menos posible nos llama bastante la atención.

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Laos es uno de los países más pobres de la región y sin embargo es caro. Lo de caro entre comillas, claro. Caro para los turistas, no para los locales.

Los precios ya vienen prefijados (e inflados) y no hay mucha posibilidad de regatear como en Vietnam o Indonesia donde bajar los precios se convierte en un deporte.

Acá, si no querés pagarle tres dólares al tuk-tuk para que te lleve a la estación que queda a diez cuadras, andate caminando.

Olvidate de que te hagan descuento, ni que se molesten en perseguirte. El precio es éste y si no te gusta lo lamento.

Después de pasar tres noches en Vientiane, que, al margen, es la capital más tranquila que pisé en mi vida, decidí avanzar hacia el sur del país y elegí un pueblo de 70.000 habitantes llamado Tha Khaek como mi próximo destino.

A seis horas, con muy pocos turistas, con muy poco para hacer.

Perfecto.

Vientiane me gustó con sus cafecitos franceses, su mercado nocturno, sus puestitos de comida y sus veredas anchas y sumamente transitables. Pero me dieron ganas de ir a lugares menos concurridos.

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Cuando averigüé en los guesthouses y agencias de viaje cuánto costaba el pasaje en bus a Tha Khaek, me quedé helada: 130.000 kip (16 dólares). Es decir, más de 2.50 dólares la hora de viaje.

En todos los países del Sudeste Asiático (y de América latina) parece haber un acuerdo silencioso de cobrar un dólar por hora de viaje en bus. Es lo esperable, lo lógico, es el parámetro en el cual me baso para saber si me están cobrando lo que realmente vale.

Cuando me dijeron 16 dólares, pensé: Estoy segura que una persona local jamás pagaría 16 dólares por un viaje de seis horas.

El problema es que a veces la pereza me gana y si me ofrecen un bus con “servicio de pickup” hasta la estación por dos dólares más, lo compro.

Pero pagar 10 dólares de más solamente por ser turista, no.

Así que volví a hacer lo que hice durante todo mi viaje por Latinoamérica (gracias a esa gran puerta que se abre al hablar el mismo idioma): viajé como una persona local.

Fui una laosiana más.

O casi.

Me negué a pagarle tres dólares al tuk-tuk por un viaje que en cualquier otro país de acá costaría medio dólar y caminé unas 12 cuadras hasta la estación de transporte público. Me tomé el colectivo que iba a la terminal sur por 2000 kip (25 centavos de dólar contra los 50.000 kip o 6 dólares que te cobra un tuk tuk) y llegué justo a tiempo para tomarme el colectivo que iba hacia el sur y frenaba en Tha Khaek. El precio: 50.000 kip (6 dólares por un viaje que contratado desde mi guesthouse me hubiese costado 16).

Además, un lujo, un Flechabus cualquiera, con dos pisos, aire acondicionado y mucho espacio para las piernas (muchísimo mejor que los buses “VIP” que ofrecen a los turistas).

***

Siento cierta adrenalina cuando viajo en un transporte donde nadie habla inglés, cuando no sé dónde tengo que bajarme ni a qué hora llegaré. Me hace estar mucho más atenta y despierta. Y hasta ahora, miles de colectivos después, jamás me pasé de estación.

Será que tengo un radar que me dice es acá, bajate ya.

Durante el viaje se me acercó un laosiano de unos 70 años y me dijo varias veces “Fren? Fren?”. Pensé que quería ser mi amigo y me reí, pero al parecer me estaba preguntando si era “French”. Le dije “No, Argentinian” y me respondió “Biutiful, biutiful”.

Y cada vez que me miraba me lo repetía. Ja.

Seis horas después, salí caminando de la estación de buses de Tha Khaek sin que ningún conductor de tuk-tuk (ese transporte tan típico del Sudeste Asiático) me persiguiera, sin que ninguno siquiera se dignara a mirarme (y, hola, no es fácil pasar desapercibida cargando dos mochilas y el pelo rubio).

Algo que en Vietnam o Camboya jamás hubiese pasado.

***

Tenía el nombre del guesthouse al que quería ir, pero ningún mapa ni dirección.

Entré a un restaurante vacío, donde una mujer miraba televisión acostada en un sillón y tras un sabaidee (hola) le pregunté por el dichoso guesthouse.

Me respondió con señas: vas por esa calle y doblas a la derecha, pero el movimiento de sus brazos fue amplio, lo que me dio a entender que era una distancia demasiado larga como para ir caminando.

Sacó su celular e hizo una llamada “bla bla bla falang falang bla bla bla nombre del guesthouse” y me indicó que me sentara a esperar. Me regaló una botella de agua (no aceptó dinero a cambio) y me habló en Lao (a lo que yo no hice más que sonreír y asentir).

Al rato llegó su amiga (supongo que a la que había llamado por teléfono) con un holandés que resultaba hablar español y se ofreció a llevarme al famoso guesthouse (también sin dinero de por medio) en su moto.

La mujer incluso me invitó al cumpleaños de su hijo.

Cosas que jamás me hubiesen pasado si elegía, otra vez, la supuesta “comodidad” y me tomaba un transporte puerta a puerta.

Fotos de Tha Khaek:

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Más fotos de Vientiane:

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[box]Datos útiles para visitar Vientiane y Tha Khaek:

  • Transporte: de Vang Vieng a Vientiane entre 35.000 y 60.000 kip (de USD 4 a 8). Aproximadamente seis horas. De Vientiane a Tha Khaek en bus “VIP” 135.000 kip, en bus local 50.000 kip (USD 16 contra 6). Tuk tuk en Vientiane: desde 10.000 kip (poco más de un dólar, aunque sube según la distancia). Alquiler de bicicleta en Vientiane: desde 15.000 por día (USD 2). Alquiler de moto en Tha Khaek: 85.000 kip por día (10 dólares)
  • Alojamiento: habitación doble en Vientiane desde 60.000 kip (8 dólares), dormitorios compartidos por 25.000 kip o 50.000 kip en “Mixay Guesthouse”. Habitación simple en Tha Khaek desde 50.000 kip (7 dólares), dormitorio compartido por 25.000 kip (USD 3) en “Travel Lodge”
  • Comida: en Vientiane, desayunos desde 20.000 kip (USD 2.50), almuerzos desde 20.000 kip (USD 2.50), licuados de fruta por 7000 kip (casi un dólar). En Tha Khaek, 15.000 kip (USD 2) por un plato de Pad Thai (noodles con carne), 20.000 kip por pollo con papas
  • Cosas para hacer: en Vientiane, visitar el Buddha Park (a una hora de la ciudad), el mercado nocturno, el arco del triunfo, tomar un café o un jugo, caminar por la costanera al borde del Mekong. En Tha Khaek, salir a caminar y recibir saludos de todos los chicos y mujeres, almorzar frente al río y mirar cómo baja el sol sobre Tailandia (en la orilla de enfrente). Muchos usan Tha Khaek como punto de partida para hacer “The Loop”: un viaje en moto de cuatro días/tres noches por pueblos cercanos.

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Sobre paraísos e infiernos: Luang Prabang y Vang Vieng

No creo en las dicotomías pero a veces me encuentro con dos lugares a pocas horas de distancia que me parecen tan opuestos que me tienta la idea de describirlos como paraísos e infiernos personales.

Sin embargo, como digo siempre, lo que a mí me pareció fascinante, a otro podrá parecerle aburrido y lo que a mí me pareció decadente, a otro podrá parecerle muy divertido.

Además el infierno y el paraíso como tal no existen: nosotros le damos esas categorizaciones en nuestra mente según nuestro estado de ánimo y experiencia.

Por eso no se dejen convencer demasiado por lo que digo y, si tienen la posibilidad, experiméntenlo por su cuenta y saquen sus propias conclusiones.

I. El Paraíso (o el Infierno): Luang Prabang

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Luang Prabang es uno de esos lugares que, si bien está muy preparado para el turista, sabía que me iba a gustar.

Casitas coloniales francesas mezcladas con construcciones locales de madera, mercados al aire libre, vendedoras callejeras de frutas y verduras, atardeceres sobre el río, buffets nocturnos de comida local con platos llenos hasta desbordar, cafecitos donde sentarse a leer, librerías donde sentarse a tomar un café, tambores que suenan desde las 5 am y monjes budistas que salen descalzos de los templos a juntar las ofrendas de comida que la gente local les prepara cada mañana, gatos simpáticos y fotogénicos, calles tranquilas donde se puede caminar despacio y sin interrupciones, festivales de cine, gente feliz (o que al menos lo parece), recorridos en bicicleta, caminatas en paralelo al río Mekong, tranquilidad.

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El viaje a Luang Prabang fue rapidísimo y cómodo, todo en transportes locales.

Salí del pueblito sin mapa a las 10 am y después de un barquito, un viaje en minivan y un trayecto en tuk-tuk llegué a la ciudad antes de las 3 de la tarde.

Sin ningún tipo de guía (más que una mujer que me vio con la mochila y me dijo “cheap guesthouse that way”) encontré un hostel muy lindo y barato (me encanta cuando me pasa eso), construido en una casa antigua que en algún momento de su existencia perteneció al rey de Laos.

Me alquilé una bici y recorrí la ciudad, Patrimonio de la UNESCO por sus construcciones coloniales y su aura histórica.

Miré el atardecer sobre el río desde una montaña, caminé por el mercado nocturno (donde no compré nada pero por lo menos vi productos distintos a los que venía encontrando en el resto del Sudeste Asiático), comí hasta reventar en el buffet (tan rico), intercambié libros (terminé de leer [eafl id=”22904″ name=”Mr Nice” text=”Mr. Nice, la autobiografía de Howard Marks”], el hombre más buscado por la policía británica y lo cambié por [eafl id=”22905″ name=”Self: Yann Martel” text=”Self, de Yann Martel”], una autobiografía ficticia que por ahora me está gustando) y escribí.

Luang Prabang es uno de esos lugares donde podés hacer “de todo” (hay decenas de agencias que ofrecen tours a las cuevas, viajes en barco, avistaje de elefantes, saltos en las cascadas) o donde podés no hacer nada en especial más que caminar y respirar el ambiente.

Y para mí, que soy fanática de las ciudades coloniales, no me es necesario “hacer algo” en un lugar así: con caminar y sacar fotos me sobra.

Es una ciudad muy turística, es cierto, pero siento que es una parada obligada dentro del circuito de ciudades coloniales del Sudeste Asiático.

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En Luang Prabang por fin me decidí a coleccionar algo que me venía tentando hacía tiempo: cartas (naipes).

En todos los países asiáticos que visité siempre me llamó la atención el mismo elemento: cartas sueltas tiradas en la vereda, en medio de la calle o sobre el pasto, a veces boca arriba, a veces boca abajo, sucias, pisadas por los autos y la gente, olvidadas y abandonadas, casi siempre solas, como si alguien hubiese perdido un partido y las hubiese tirado al piso con furia para no verlas nunca más.

Me propuse juntar una por ciudad, solo una, hasta completar un mazo de cartas encontradas por el mundo.

En Luang Prabang encontré la primera: el dos de trébol.

La vi tirada al borde de la calle, como ya vi a tantas otras, pero esta vez la levanté, no sé por qué.

Fue un impulso.

La limpié y le escribí, del lado de las figuras: #1, Luang Prabang, Laos (03/12/2010).

Tal vez algún día complete mi baraja.

Tal vez nunca.

Pero mientras siga viajando, seguiré llevándome un pedacito de ciudad de cada país.

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[box]Datos útiles para visitar Luang Prabang:

•   Transporte: bus desde Nang Khiaw (norte del país) 35.000 kip (3-4 horas), tuk-tuk desde la estación de LP hasta el centro de la ciudad 10.000-15.000 kip por persona. Alquiler de bicicleta en Luang Prabang 15.000-20.000 kip por día. (1 USD equivale a 8000 kip).
•    Alojamiento: desde 30.000 kip (aprox USD 4) por una cama en un dormitorio compartido (Spicy Laos Backpackers) con wi-fi, internet, café y té; o 60.000 kip por una habitación doble.
•    Comida: buffet vegetariano nocturno 10.000 kip por persona (MUY recomendable), pollo/pescado/carne asada por 10.000 kip la porción. Licuados de fruta por 5000 kip, café por 5000 kip, botella de agua de litro y medio 5000 kip. Sandwich en la calle desde 10.000 kip.[/box]

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II. El Infierno (o el Paraíso): Vang Vieng

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Vang Vieng es uno de esos lugares que, si bien está muy preparado para el turista, sabía que no me iba a gustar.

Cuatro o cinco cuadras de negocio tras negocio tras negocio (de ropa, de souvenirs, de cosas innecesarias que sólo hacen bulto en la mochila), guesthouse tras guesthouse (no vi ni una casa local) restaurantes de pizza/pasta/sandwiches con “Special High Menu”, extranjeros borrachos y/o drogados a toda hora, tubing por el río de bar en bar, gatos de todos los colores (y no exactamente animales), dobles de Lady Gaga y Paris Hilton, muchos anteojos de colores, calzas de leopardo y cuerpos con pintura fluorescente, gritos y música electrónica, restaurantes pasando capítulos de Friends 24 horas al día y gente mirando capítulos de Friends en estado vegetativo durante 24 horas al día, mucho panqueque de banana y hamburguesas.

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El viaje desde Luang Prabang fue larguísimo (las cinco horas que prometían se convirtieron en ocho o nueve, ya ni sé), en un bus “VIP” que no tenía aire acondicionado ni ventanas, por lo cual casi muero asfixiada, y haciendo zig-zag constante por las montañas con varios casi-choques de frente.

El ambiente de este colectivo me llamó la atención: compartí el trayecto con gente que no vi en ningún otro lugar del Sudeste Asiático más que en las islas del sur de Tailandia, viajeros que llegan a Tailandia para ir a la Full Moon Party, de ahí pasan a Halong Bay (Vietnam) y por último a Vang Vieng para pasar el resto de sus vacaciones.

Cuando llegamos a Vang Vieng (viajé con un argentino, un español, una suiza y un belga) todo estaba lleno y nos quedamos en lo que debe ser el guesthouse más rústico de tu vida con el colchón más duro de tu vida.

El pueblo de Vang Vieng no vale nada: no hay cultura laosiana ni autenticidad.

Debe haber más extranjeros que gente local y la consigna parece ser emborracharse/drogarse hasta no ver.

Lookeados como para ir a una rave (fiesta electrónica) y sin ningún tipo de respeto por las costumbres locales, las mujeres caminan en bikini por la calle y los hombres sin remera, algo que no es bien visto en países tradicionales como Laos.

Pero este pueblo debe ser como el huevo y la gallina: pareciera que fue creado especial y exclusivamente para este tipo de gente.

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La principal “atracción” de Vang Vieng es el tubing: consiste en alquilar un salvavidas/gomón redondo para sentarse y bajar los 3 km del río Nam Song frenando de bar en bar.

Al llegar al punto de salida, te reciben con una bandeja llena de shots de whisky, como para entrar en calor.

La bajada al río se hace obligatoriamente desde el primer bar, donde muchos ya compran el balde de alcohol inaugural.

Durante los primeros 500 metros habrá unos 15 bares a ambos lados del río, todos te hacen señas para que frenes y bajes ahí para seguir tomando alcohol y vuelvas al río completamente borracho.

Muchos no llegan ni al tercer bar.

Para varios es lo mejor del viaje.

Yo prefiero sentarme a tomar una Beerlao (la cerveza nacional) en la terraza de un bar mirando la ciudad. El paisaje es lindo, pero después de los paisajes que vi en los pueblitos del norte, no me pareció nada especial.

Vang Vieng es una de las principales paradas dentro de lo que informalmente se conoce como el Banana Pancake Trail —una ruta turística delineada (tal vez inintencionalmente) por la Lonely Planet— uno de esos pueblos que más que ser parte de Asia son una réplica en miniatura de lo más decadente de la cultura occidental.

Estuve dos noches y huí.

Fue suficiente.

No estaba en mis planes ir a este lugar, pero pensé que tal vez estaba siendo demasiado prejuiciosa, que tenía que darle una chance, que podía ser divertido.

Y no, no hice más que corroborar lo que pensaba: me pareció lo más aburrido de Laos que vi e hice hasta ahora.

El tubing estuvo bien, pero para mí hubiese estado mejor sin bares de por medio.

Y en Vang Vieng no encontré ninguna carta, así que no me llevé nada de este pueblo.

Excepto tal vez este atardecer.

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[box]Datos útiles para visitar Vang Vieng:

•    Transporte: desde Luang Prabang hasta Vang Vieng alrededor de 100.000 kip en VIP bus (lo de VIP tiene menos de VIP que un transporte local). Alquiler de bicicleta en Vang Vieng: 20.000 kip por día. Bus de Vang Vieng a Vientiane: 50.000 kip.
•    Alojamiento: habitación doble desde 40.000 kip.
•   Comida: hamburguesas callejeras desde 25.000 kip, licuados de fruta 5000 kip, desayunos desde 25.000 kip. Platos locales por 10.000 kip.
•    Tubing: 55.000 kip por persona (precio fijo con tuk-tuk incluido hasta el punto de inicio del tubing) + un depósito de 60.000 kip que se reintegra al devolver el salvavidas. Si se devuelve después de las 6 pm hay que pagar una multa de 20.000 kip. Alquilan bolsitas impermeables por 20.000 kip para llevar la plata por el río. Cerveza por 15.000 kip y baldes desde 30.000 kip.[/box] 

Pueblito sin nombre

Existe un pueblito —llamémoslo MNN— a orillas de un río —llamémoslo RM— en un país de Asia —llamémoslo RDPL— que casi no figura en el mapa.

Este pueblito de 800 habitantes es accesible solamente por barco, no tiene calles y por ende no tiene autos, motos ni bicicletas.

Podría decirse que allí la rueda todavía no fue inventada.

Tampoco hace falta demasiado transporte ya que la calle principal (de tierra) no tiene más de 200 metros de punta a punta.

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En este pueblo no hay electricidad (excepto de 6 a 10 pm mediante un generador), mucho menos ventiladores, heladeras, agua caliente, computadoras o internet.

No hay bancos ni cajeros electrónicos.

Hay una escuela, templos budistas, restaurantes, hotelitos y casitas de madera.

Hay mujeres aplastando algas para luego freírlas y venderlas como snack.

Hay chicos juntando frutos de los árboles o jugando en medio de la calle.

Hay hombres trabajando en los cultivos o pescando.

Hay chicas lavando ropa a orillas del río.

Hay familias reunidas en una mesa a las 7 de la mañana desayunando su sopa de noodles.

En este pueblito, la rutina queda enmarcada por la luz del sol y el despertador tiene sonido de gallo.

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No tenía planeado visitar este lugar (¿cómo planear una visita a un lugar casi desconocido?), pero llegué de casualidad.

Estaba viajando en el barco (si se lo puede llamar así) desde Muang Khua (primera aldea de Laos donde pasé dos noches) hasta Nong Khiaw, a unas seis horas de distancia.

El barco iba sobrecargado, unas 25 personas en una balsa a motor que a mitad de camino se llenó de agua.

— Ya está, acá pierdo todo, acá se me arruina la cámara y la computadora.

Tras una parada emergencia en una isla (que también ofició de baño público) seguimos camino por los rápidos de este río enmarcado entre las montañas.

Unas dos horas después, el barco hizo su primera parada oficial: un pueblito ínfimo del que se asomaban algunos bungalows y árboles con lámparas de colores.

Esta no es nuestra parada pero… ¿si nos quedamos acá? Parece más lindo que el lugar al que vamos.

Fue una decisión inmediata y unánime: nos bajamos todos ahí.

Y por todos me refiero a mi grupo del Road Trip (ingleses, alemanes, suizo), una chica de Nueva Zelanda, una de Holanda, otra de Inglaterra, un estadounidense, una pareja francesa, una pareja suiza y algunos más. Los únicos que quedaron en la balsa fueron tres griegos que horas más tarde volvieron al pueblito ya que el lugar siguiente (a donde íbamos a ir originalmente) no les pareció nada especial en comparación con este lugar escondido.

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¿Qué se puede hacer en un pueblito así?

Para los que buscan actividades turísticas, no hay mucha oferta más que hacer trekking por la montaña con un guía local, visitar otras aldeas, ir de pesca.

Para quienes no quieren hacer nada, pueden hacer exactamente eso y pasar los días leyendo en una hamaca paraguaya frente al río (lo cual me recuerda muchísimo a mis fin de semanas en el Tigre, salvando las distancias).

Yo elegí caminar, comer y sacar fotos. 

Todos los días a partir de las 2 de la tarde, en tres puntos del pueblo se ofrece un buffet: “All you can eat” por 10.000 o 15.000 kip (USD 1.50 – 2). Comida vegetariana recién cocinada por una mujer del pueblo: curry de calabaza, bambú con brotes de soja, noodles con verduras, spring rolls recién hechos, arroz con salsas secretas, arvejas, frutas, postres de arroz con peanut butter. La carne se paga aparte, 10.000 kip por porción, y se puede elegir entre  pescado, pollo, pato o búfalo asado.

Nunca comí tan rico y tan bien.

Recorrí el pueblo de punta a punta en menos de 20 minutos. Todas las casas están abiertas, nadie usa trabas, toda la gente sonríe amablemente y saluda con un sabaydee seas local o extranjero.

Nadie te acosa con el comprame comprame comprame.

La mayoría casi no habla inglés pero se hace entender.

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Mientras caminaba por la (única) calle principal se me mezclaron los sentimientos: este pueblito no es virgen, recibe visitantes de otros países y eso es bueno, pero tengo la sensación de que en menos de diez años este lugar va a tener más turistas que locales y que esa autenticidad que lo hace tan mágico se va a perder entremedio de las ofertas, tours y descuentos.

Un lugar tan puro no merece prostituirse por culpa del turismo, un pueblito así debería quedar suspendido en el tiempo y el espacio, una aldea como esta debería recibir solamente los visitantes necesarios para poder seguir subsistiendo cómodamente pero sin peligro de venderse o perder su esencia.

Un pueblito como éste —llamémoslo MNN, llamémoslo como sea— jamás debería aparecer en los mapas.

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