Viajar sola

[box type=”star”]Viajar en solitario es una experiencia muy gratificante y, sin embargo, es algo que muchos no se animan a hacer por miedo. ¿Y si me pasa algo? ¿Y si me siento solo/a? ¿Y si me pierdo? ¿Y si me enfermo? ¿Y mi seguridad? Hace siete años que viajo sola —y acompañada, de a ratos, también— y hasta ahora no me había dignado a escribir un post al respecto.[/box]

Autofoto en Cadaqués, España

Autofoto en Cadaqués, España

Viajar sola siendo mujer es muy distinto a viajar solo siendo hombre. Parece obvio, y lo primero que pensarán es: claro, viajar sola es más peligroso. Los peligros existen, pero también existen a la vuelta de tu casa, y lo que muchos/as no saben —al menos quienes nunca se animaron a irse— es que viajar sola tiene un montón de ventajas y es mucho más seguro de lo que parece.

Hablaremos de los miedos, las preguntas, las ventajas, las desventajas, las experiencias y todo eso que nos pasó por habernos ido solos/as por ahí. Ojalá esto les dé un empujón y los anime a tener una de las experiencias viajeras más lindas. Empecemos entonces.

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En Perú

En Perú

Viajar sola: carta a una futura viajera

Querida A.:

Ya sé, no me digas nada: querés viajar sola pero te da miedo, ¿no? A mí también me pasó, por eso te escribo. Quiero contarte todas las cosas que viví en estos siete años, desde que tomé la decisión de empezar a viajar sola hasta hoy: qué me dijeron, qué miedos tuve, qué cosas buenas y malas me pasaron —son muchas más las buenas, no te preocupes—, qué ventajas y desventajas le veo a los viajes en solitario. Y quiero que te quedes con tres ideas:

  1. viajar sola es mucho más fácil y seguro de lo que te cuentan, no hay que tener un dios aparte ni ser una suertuda (¿siete años seguidos de buena suerte? no creo),
  2. para viajar sola no necesitás una personalidad especial
  3. y si viajás sola no vas a estar sola (a menos que quieras).

Para organizarnos mejor, voy a dividir mi relato en tres: el antes, el durante y el después del viaje. Cualquier duda que te quede, me escribís, ¿sí?

En Copacabana, Bolivia

En Copacabana, Bolivia

* Antes: los miedos

Una de las partes más difíciles de viajar sola es tomar la decisión de hacerlo. Siendo chicas, es normal que tengamos miedos, dudas e inseguridades: los clásicos ¿y si…? Es normal, también, que muchos intenten desmotivarnos: “¿Cómo que te vas a ir sola? ¿Vos no mirás los noticieros? ¿No ves lo peligroso que es el mundo? ¿Y si te pasa algo? ¿No pensás en tu seguridad? ¿No viste el caso de las turistas asesinadas? Claro, andá para que te violen. Vos estás loca”. Y ahí puede pasar que te digas es verdad, ¿cómo se me ocurre irme sola a un lugar que no conozco? Soy una inconsciente, me va a pasar de todo, y que tu sueño de recorrer el mundo quede ahí, guardado en el recuerdo por culpa de miedos ajenos. Porque, según muchos, viajar no es algo para que una chica haga sola. Y a veces nos lo terminamos creyendo.

Pero, momento: un día encontrás los relatos de chicas que viajan solas —¡hace años!— y a las que nunca les pasó nada malo —al menos nada tan terrorífico como las historias que te contaron quienes nunca se fueron—, y encima te dicen que viajar sola siendo chica es mucho más fácil y seguro de lo que pensás. Eso te genera una lucha de pensamientos: ¡Si ellas viajan solas yo también puedo! vs. Seguro que son muy suertudas o tienen una personalidad opuesta a la mía. Viajar sola no es para mí… Lo primero que quiero decirte es que no existe La Personalidad Adecuada para viajar sola (ni para viajar). No hay que ser ni muy esto ni muy lo otro: todas podemos viajar y lo lindo es que cada cual adaptará el movimiento a su modo de ser.

Si, está bien, pero vos decís eso porque hace siete años que viajás sola, entonces ya no te da miedo hacerlo. Nada que ver. En mi caso, elegí viajar sola por varios motivos: uno, porque no encontré a nadie que quisiera irse conmigo sin fecha de vuelta, y dos, porque siempre fui bastante solitaria e irme sola me pareció algo acorde a mi modo de ser. Pero cuando tomé la decisión tuve muchísimo miedo: el día antes de irme sola por primera vez lloré como si se hubiese muerto alguien y le dije a mi mamá que mejor me quedaba en casa: “Lo que dice la gente es verdad: ¡estoy loca! ¡Me va a pasar de todo! No me quiero ir”. Nunca me sentí como alguien con personalidad viajera —después decreté que eso no existe—: soy introvertida, desorientada, distraída, no me gusta el deporte aventura y puedo ser muy tímida en ciertas situaciones. Pero me fui igual porque sentía un llamado muy fuerte. Al menos tenía que intentarlo.

Y me fui por América Latina...

Y me fui por América Latina…

 

Descubrí, viajando sola, que la imagen que los medios nos muestran del mundo es muy limitada —a lo negativo, casi siempre— y está muy lejos de reflejar la vida cotidiana de la gente en otras partes del mundo. En casi todos los lugares que conocí encontré hospitalidad, sonrisas, amabilidad y seguridad —y digo “casi todos” porque también tuve situaciones de estafas o mala onda, pero fueron las menos—. Es cierto que ni yo ni nadie puede asegurarte que si te vas no va a pasarte nada, pero también puede que te quedes en tu casa y te pase lo mismo a la vuelta de tu casa. Por eso, sacate el “me va a pasar de todo” de la cabeza y pensá que sí, que te van a pasar un montón de cosas, pero lindas. Es cierto que, al ser chicas, tendremos que tomar algunos recaudos extra y pensar en nuestra seguridad —ya hablaré de eso—, pero te aseguro que viajar sola tiene un montón de ventajas que ni te imaginás. Hasta que te vas y las empezás a vivir.

Hay muchos motivos para elegir viajar sola y está bueno que conozcas el tuyo: puede que no tengas con quien ir, que no encuentres al compañero o compañera adecuado/a, o que prefieras ir sola. Pero no lo veas como una decisión irreversible: si te vas sola y no te sentís cómoda, te volvés. O, si volverte no es una opción, sabé que en los hostels está lleno de gente que viaja sola y con la que podés compartir un tramo del camino. Pero, eso sí, si tu sueño es viajar sola, date la oportunidad de probar: hacé un viaje-piloto, andate sola un fin de semana, una semana, quince días, andá a la ciudad de al lado, a un país vecino, a un pueblo cercano y fijate cómo te sentís. No hace falta que te vayas al otro lado del mundo. Y date tiempo: los viajes suelen empezar a fluir mejor unos días después de haberte ido.

Mi primer viaje sola duró dos días y fue no-planeado: estaba viajando por el norte argentino y Bolivia con un grupo de amigos y decidí separarme dos días para ir al Salar de Uyuni, lugar que ellos no tenían ganas de conocer y que a mí me tentaba muchísimo. Ese mini viaje —o viaje piloto— marcó un antes y un después. En esos dos días experimenté una libertad que nunca había sentido: no tuve que ponerme de acuerdo con nadie, fui a donde quise y conocí a mucha más gente de la que pensé que iba a conocer. Quizá si lo pensaba durante meses no lo hacía, pero la situación se dio, la aproveché y me encantó. Y tuve una situación de hospitalidad que me cambió la manera de ver las cosas: en mi libro lo cuento mejor, pero una chica boliviana me tapó con la manta de su bebé mientras yo dormía en el tren nocturno que iba por el Altiplano, y eso me hizo querer seguir viajando en busca de más gestos así. Así que si querés viajar (sola), viajá (sola).

En Argentina

En Argentina

* Durante: ventajas y desventajas de irse sola

Mi primer viaje largo sola —nueve meses por América Latina— lo empecé con una amiga: viajamos juntas por Bolivia y Perú durante un mes y medio y cuando ella se volvió a Buenos Aires yo seguí camino. Fue un buen empujón porque cuando tuve que seguir sola ya estaba en modo viaje y muy aclimatada. Por eso, esta me parece una buena opción si querés viajar sola y no te animás a empezar: andá los primeros días o semanas con alguien, entrá en confianza con el viaje y después vas a ver que te resultará mucho más fácil seguir. A mí me llevó unos días adaptarme a no tener compañera, pero eso pasa siempre y hay que tenerse paciencia. En ese viaje —y luego en Asia— descubrí que viajar sola tiene un montón de ventajas que no me imaginaba. Te cuento algunas.

[wc_box color=”secondary” text_align=”left”] Ventajas de viajar sola:

* Cada vez que viajo sola, la gente se acerca a preguntarme si necesito algo e intenta cuidarme. Esto suele pasarme más en América Latina y Asia y menos en Europa, pero es casi una constante. Solo por ser extranjera y estar sola, mucha gente me regaló comida, me invitó a sus casas, me acompañó a tomarme un medio de transporte, me ayudó a encontrar calles, me hizo regalos, me ayudó con el idioma y me trató como a una hija. Tengo un montón de madres y hermanas sustitutas por el mundo.

* Cuando viajo sola me resulta muy fácil hacer Couchsurfing o ser alojada espontáneamente por la gente local, y de esto me di cuenta gracias a un chico que también viajaba solo haciendo couch. Me dijo: “Te envidio, para ustedes las chicas es tan fácil conseguir sofá. Te dirán que sí los hombres, te dirán que sí las mujeres, te dirán que sí las familias. Todos confían en una chica. Yo, en cambio, tengo que mandar al menos veinte solicitudes para que alguien me acepte”. Supongo que esto varía de chico a chico (Antonio nos contará su versión), pero es cierto que siendo mujer estas cosas son más fáciles. También me lo dijo Steve McCurry (¡sí!) cuando lo entrevisté en Buenos Aires, poco antes de irme a Asia:
—¿Cómo hace para sacar fotos tan íntimas de la gente, para tener acceso a sus casas?
—La gente me invita. Es muy fácil, y para vos va a ser mucho más fácil porque sos mujer, ya vas a ver.

No le creí. Y tenía razón.

* Cuando viajo sola, nunca estoy sola (a menos que quiera). Al contrario, estoy tan abierta y receptiva ante el mundo que me resulta mucho más fácil conocer gente que si estoy viajando con alguien. Suelo quedarme en hostels o en casas de familia, y en ambos casos es muy fácil interactuar con otros viajeros y con la gente local. Y para esto no hay que ser súper simpática ni hablar hasta por los codos: suele ser al revés, es la gente la que se me acerca, por curiosidad, a charlar conmigo.

* Cuando viajo sola me siento libre. Cien por ciento libre de hacer lo que quiera, de elegir a dónde ir, de decidir cuánto tiempo quedarme, de rodearme de gente o pasar la tarde sola, de caminar, de leer durante horas, de escribir.

* Cuando viajo sola estoy mucho más despierta. Por un lado, porque tengo que cuidarme sola y eso ya me hace estar atenta, y por otro, porque no tengo mi enfoque puesto en otra persona —como un compañero de viajes— sino en todo lo que me rodea. Suele ser cuando más escribo, ya que absorbo todo como una esponja.

* Una de las cosas que más me gusta de viajar sola es lo fácil que me resulta entrar en contacto con las mujeres locales. Hay culturas donde los roles están muy marcados y donde, si estás viajando con un chico, las mujeres no se te acercan. Me pasó, por ejemplo, en Marruecos. Viajé casi dos meses, gran parte con mi amigo Andi, y cada vez que salí a caminar sin él, las mujeres marroquíes me sonrieron, se me acercaron para charlar y hasta me agarraron del brazo —sin pedirme permiso ni perdón— y me llevaron de paseo con ellas. Esas cosas me encantan y solo me pasan cuando estoy sola.

* Relacionado con lo anterior, al viajar sola descubrí que existe mucha solidaridad entre las mujeres de todas partes del mundo: hay como un acuerdo silencioso de cuidarnos entre nosotras. Si bien fui ayudada por familias y por hombres, siempre sentí que las ayudas más grandes las tuve de otras mujeres.

* Viajar sola me ayudó a confiar aún más en mi intuición. Chicas, tenemos un arma muy poderosa: nuestro sentido común. Y viajando aprendí a guiarme casi siempre por él: si una situación me genera una sensación mala o rara, por lo que sea, intento irme. Y, al contrario, si una situación que a simple vista puede parecer sospechosa no me da desconfianza, me quedo. Hasta ahora no me equivoqué casi nunca. Y no es un superpoder selectivo: todas lo tenemos.

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Vas a estar rodeada de mujeres...

Vas a estar rodeada de mujeres…

Esta foto es en Marruecos, con una chica marroquí que me vistió de bereber

Esta foto es en Marruecos, con una chica marroquí que me vistió de bereber

 

Siete años de viajes —sola, acompañada, en pareja, soltera, con amigas, con amigos, con familia— me mostraron que todo tiene su lado B, y que viajar sola también tiene sus desventajas. Podría decirte que no, que viajar sola es perfecto, que no pasa nada, pero sería irresponsable de mi parte no mostrarte la otra cara de la moneda. Pero, ¿sabes qué?, si bien parecen desventajas grandes, no tienen tanto protagonismo y casi siempre quedan opacadas por las ventajas. Es bueno conocerlas y saber que existen —no hay nada mejor que estar informada—, pero no dejar que te frenen. Estas son, en mi experiencia, algunas de las desventajas de viajar sola.

[wc_box color=”secondary” text_align=”left”] Desventajas de viajar sola:

* Puede que te sientas muy observada y hasta juzgada. Hay lugares del mundo donde es raro ver a una chica sin su marido o familia y eso puede generar varias cosas: que te miren con pena —me preguntaron muchas veces por qué no estaba casada y si no me sentía sola— o que los hombres saquen conclusiones erróneas y se te acerquen pensando que sos una chica fácil. En algunas partes del mundo te van a decir cosas en la calle, te van a silbar, te van a hacer propuestas al oído y se van a poner bastante pesados. Varias tácticas: decí no con firmeza, inventate un marido —ponete un anillo y tené una foto a mano— o ignoralos. Mantenete en espacios públicos y no aceptes ir con ellos a lugares donde estarás sola. Además, siempre es bueno respetar la vestimenta local: si las mujeres se cubren los hombros y las piernas hasta por debajo de las rodillas, hacé lo mismo. Ellas van a estar agradecidas y vos vas a pasar más desapercibida.

* Cuando viajo sola no me animo a hacer de todo y eso hace que me pierda de tener ciertas experiencias. Por ejemplo, si bien hice autostop bastantes veces —con amigas y amigos— todavía no me animé a hacerlo sola: sé que muchas chicas lo hacen, que casi siempre te levantan otras mujeres y que una no se va a subir a un auto que no le genere confianza, pero a mí todavía me cuesta dar el primer paso, aunque espero animarme pronto —es como cuando recién empecé a viajar y no me animaba a hacer Couchsurfing—. Cuando viajo sola no me meto en lugares desolados, no camino por una ciudad a cualquier hora —a menos que la conozca bien y me sienta segura—, no hago trekkings sola e intento no tomarme buses nocturnos —lo hice un montón de veces y supongo que lo seguiré haciendo, pero la verdad es que nunca duermo del todo relajada—.

* Hay desventajas que van más allá de que seas chica o chico: viajar en solitario suele ser un poco más caro ya que no tenés con quien compartir gastos o comida, aunque a la vez es más fácil que la gente local te aloje y con eso se compensa. También es más cansador: tomás todas las decisiones sola y tenés que cuidarte sola. Una situación para mí típica de viajar sola es cuando estoy esperando un transporte en una estación y me dan ganas de ir al baño: tengo que movilizarme con todas mis cosas y hacer todo con las dos mochilas puestas. Si te enfermás, no tenés a nadie cercano que te cuide —aunque siempre aparecen las madres y hermanas sustitutas en esos momentos— y hay días en los que, por más que estés rodeada de gente, te sentirás sola y no tendrás a nadie que te reconforte. Todo esto lo cuento mejor en El lado oscuro de los viajes.

* Una chica que viaja sola genera mucha confianza, pero a la vez hace que algunos nos vean como un blanco fácil y vulnerable. Siempre habrá gente que intentará aprovecharse de esto: algunos tratarán de robarte —como me pasó en Vietnam e Indonesia, las únicas dos veces que me robaron, ambas por distracción—, otros querrán estafarte y algunos intentarán llegar más lejos. En Indonesia me robaron la cámara y la computadora en el tren, pero ser mujer y extranjera me jugó a favor: la policía encontró al ladrón y, tras mi llanto desconsolado, me devolvió todo. Acá les cuento la historia completa: El policial más bizarro de mi vida.

* Lo que más me preocupa cuando viajo sola es mi seguridad —y subirme a un avión, odio subirme a un avión—. No ando paranoica, pero sé que al ser mujer estoy expuesta a más riesgos físicos que un hombre. Si intentan hacerme algo con violencia sé que me será más difícil huir de la situación. Sin embargo, puedo contar con los dedos de una mano las veces que sentí miedo por mi seguridad en estos siete años: fueron muy pocas, y te las cuento acá abajo para que no te generes fantasmas pensando en qué me habrá pasado. [/wc_box]

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Las veces que sentí miedo o incomodidad en un viaje: 

  1. Una noche estaba caminando por Chinatown, el barrio más turístico de Kuala Lumpur —una ciudad que me pareció muy segura las cinco veces que fui—, y me di cuenta de que un tipo me estaba siguiendo. Al principio fue sutil: yo caminaba a un puesto, y a los pocos segundos aparecía ahí y me miraba. Me metí en un negocio y me quedé adentro unos diez minutos, esperando a que se fuera, pero cuando salí estaba parado en la puerta. Caminé rápido entre los puestos y vi que él me copiaba todos los movimientos. Había mucha gente a mi alrededor pero nadie notaba la situación, me puse nerviosa, le grité algo, pero el tipo seguía, así que me fui rápido y me subí al primer taxi que pasó. Esto fue en Kuala Lumpur, pero podría haberme pasado en cualquier lugar del mundo, incluso en Buenos Aires.
  1. Crucé la frontera de Nicaragua a Honduras con mi amiga Belén, con quien viajé un mes por Centroamérica. Para llegar de una oficina de migraciones a la otra había que cruzar un descampado de varios kilómetros a pie, y como nos parecía tierra de nadie decidimos subirnos a dos bicitaxis que estaban ahí para hacer ese trayecto. Alrededor nuestro solo había hombres, y nos dijeron cosas como: “No confíen en estos taxistas, si las matan nosotros no vamos a enterrar los cuerpos” —esto debe haber sido lo peor que me dijeron en siete años—, “Vengan conmigo, soy policía”, “No vayan con él, es mentira que es policía”, y cosas así. Nos subimos a las bicitaxis y, en el camino, los conductores nos preguntaron cómo llevábamos la plata: les respondimos que ya nos volvíamos y no teníamos nada. Llegamos a destino diez minutos después, pero la situación nos dio un buen susto. ¿Podría haber pasado algo? Sí. Conclusión: algunas fronteras en América Latina son feas, más que nada porque están muy desoladas, así que si estás viajando sola, podés buscarte a un compañero o compañera para hacer el cruce más tranquila.
  1. Tuve miedo (pánico casi) una sola vez haciendo autostop, y fue por algo que tal vez fue imaginación mía, porque visto de afuera no pasó nada, solo fue una sensación de peligro. Me pasó en Islandia —el país más seguro que debo haber pisado en mi vida—, viajando a dedo con mi amiga Lau, y lo cuento mejor en este post.
  1. Esta no fue una situación de miedo sino de incomodidad. Cuando hago Couchsurfing casi siempre elijo quedarme con chicas, parejas o familias, aunque también me he quedado con chicos que viven solos porque tenían muy buenas referencias, porque eran amigos de amigos o su perfil me generaba confianza. Se sabe que muchos/as usan Couchsurfing como una web de citas —y sino, sepanlo—, pero en general es fácil darse cuenta por lo que ponen en su perfil: “me encanta cocinar y soy buen masajista”, “solo acepto mujeres”, “superficie para dormir: compartida” y cosas así. Bueno, una vez me quedé en la casa de un chico francés que usaba Couchsurfing para conocer chicas, y como no leí bien su perfil no me percaté. Si bien no pasó nada, más allá de varias insinuaciones bastante directas de su parte —como “podés dormir en mi cama”—, para mí fue muy incómodo quedarme ahí sabiendo que su hospitalidad tenía un objetivo, así que apenas pude me fui. Conclusión: lean bien los perfiles de Couch y no se queden en la casa de alguien que no les genere confianza o las haga sentir incómodas.
  1. Una vez estaba haciendo Couchsurfing en lo de una chica que vivía en las afueras de Kuala Lumpur —otra vez Kuala Lumpur, pobrecita, es una de mis ciudades preferidas—. No había transporte público directo hasta su casa: tenía que tomarme un bus desde el centro de la ciudad, bajarme en equis parada de la autopista, salir de la autopista por una escalera y caminar veinte minutos hasta su casa. Un día volví de noche y me equivoqué de parada: bajé por la escalera —incorrecta— y en vez de salir de la autopista aparecí debajo. En Buenos Aires, las zonas debajo de las autopistas no suelen ser las más lindas para perderse de noche, menos estando sola. Como era mi primera vez en la capital malaya no tenía idea si estaba en situación de peligro o no, así que me asusté. No tenía teléfono, la zona estaba muy oscura, no sabía si pasarían más buses a esa hora y no parecía haber nadie a la vista —mi cabeza me decía: ¿y si hay alguien escondido detrás de alguna columna?—. Caminé lo más rápido posible hasta una zona residencial y encontré un taxi: el conductor acababa de terminar su turno y estaba por irse con su mujer a su casa, pero le pedí que por favor me llevara y aceptó. Así, pude charlar un ratito con una familia Sikh de Malasia y llegué bien a destino. Conclusión: esto me pasó por distraída y también podría haber sido en cualquier ciudad —no saben la cantidad de veces que me tomé el colectivo para el otro lado en Buenos Aires y terminé bajándome en el garage del final del trayecto—, así que a estar atentas.
Pero la realidad es que en todos estos años tuve muchísimas más experiencias buenas que malas. Y casi nunca estuve sola.

Pero la realidad es que en todos estos años tuve muchísimas más experiencias buenas que malas. Y casi nunca estuve sola.

 

Para las situaciones que me generaron felicidad, en cambio, no me alcanzan los dedos de las manos de toda la gente que conozco para contarlas. Este blog y mi libro están dedicados a eso, y podría pasarme horas contándote historias.

Estas son algunas de las cosas más lindas que me pasaron por estar viajando sola:

* Y de repente, empieza el viaje: cuando no pude comunicarme con mi anfitriona en Penang (Malasia) y una familia indonesia me ayudó a conseguir alojamiento, me invitó a comer y hasta me dio plata —que no quise aceptar— para pagarme el hostel.

* Filipinas: iglesias y karaoke: cuando viajé sola a Filipinas, me quedé en una parroquia, me hice amiga de los curas y nos fuimos todos juntos de road-trip.

* Las chinas y yo: acerca de la conexión que sentí con las mujeres chinas y cómo me cuidaron en todos los lugares del país. Hubo tres, por ejemplo, que me adoptaron por unos días y me llevaron de viaje con ellas, aunque no logramos hablar ni una palabra —nos sacamos un montón de fotos juntas, eso sí—.

* Cuando te perdés en China (nunca sabés quién te puede encontrar): gracias a que estaba viajando sola y no entendía nada de chino, conocí a una chica y a su mamá en una estación. Me llevaron a conocer a su familia, me invitaron a comer a su casa y me dijeron, así como si nada, que formaban parte de una de las minorías étnicas de China, así que terminamos haciendo una sesión de fotos con su vestimenta tradicional. Todo mi paso por China lo pueden leer en este capítulo de mi libro (está gratis en PDF): “China sin hablar”.

* Karimunjawa trip: versión bulé: esas cosas delirantes que pueden pasarte en Indonesia por ser mujer, ser extranjera (“bulé”) y estar viajando sola.

* Montevideo sin Paula: cómo fueron mis días sola en Montevideo, mientras esperaba a que llegara mi amiga Pau.

* Final del juego: mis últimos días sola en Marruecos, después de haber viajado un mes y medio con mi amigo Andi.

* El último viaje en las combis limeñas: en el 2011 volví de Asia y me fui a Perú a ver a dos de mis mejores amigas. Como ven, viajo sola pero casi nunca estoy sola. Lo que más recuerdo de ese viaje son las combis de Lima, esos micromundos dentro de la ciudad.

* H de hospitalidad: este post es parte de mi abecedario asiático y muestra el buen recibimiento que tuve en toda Asia.

* I love Savannakhet: uno de esos lugares que fue aún más especial porque fui sola y lo tuve todo para mí.

En Marruecos

En Marruecos

*Después: las reflexiones

Viajar sola me hizo crecer de muchas maneras. Me demostró qué soy capaz de hacer y cuáles son mis límites, me ayudó a guiarme por mi instinto y a estar mucho más abierta a conocer gente, me enseñó a confiar y a desconfiar, a cuidarme sola y a ser capaz de tomar decisiones todo el tiempo. Viajar sola me dio libertad, me permitió entrar en contacto con mujeres que de otra manera no podría haber conocido, me hizo menos tímida y más agradecida.

Viajar sola me demostró, también, que el mundo es mucho más hospitalario de lo que nos cuentan y que las chicas podemos viajar solas, digan lo que nos digan. Puede que viajar sola no sea para todas, pero para saberlo hay que probar y no decir no puedo de entrada por culpa de los miedos ajenos. Si querés viajar sola, hablá con chicas que lo hagan y no te guíes solo por lo que te dicen quienes nunca salieron de su ciudad.

Si bien hice muchos viajes acompañada, viajar sola es un gran amor al que espero volver siempre. Ojalá vos también te animes.

Aniko

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[wc_box color=”primary” text_align=”left”] Libro recomendado: “Viajeras”

Además de haber publicado mi libro, soy coautora de una guía de la que me siento muy orgullosa: “Viajeras, el manual para preparar tus viajes y lanzarte a descubrir el mundo”. Está escrito por varias viajeras y pensado para chicas que quieren viajar solas o con amigas y que tienen las mismas dudas que tuvimos nosotras antes de salir: ¿A dónde voy? ¿Qué llevo? ¿Viajar sola o acompañada? ¿Cómo hago para sentirme más segura? ¿Qué países o regiones son más amigables para las mujeres? ¿Cómo armo la ruta? ¿Cómo cuido mi salud? Yo escribí la introducción, el capítulo dos (“¿Viajar sola?”) y el seis (“Seguridad durante un viaje”).

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[box type=”info”]Otros recursos: 

– Somos varias las chicas que viajamos solas y lo contamos. Les recomiendo el blog de Carmen (trajinandoporelmundo.com), el de Cristina (mipaseoporelmundo.com), el de Angie (titinroundtheworld.com) el de Magalí (caminomundos.com) y el de Patricia (dejarlotodoeirse.com)

– Guía para hacer autostop escrita por una mujer (en inglés):
http://hitchwiki.org/en/images/en/c/cb/Hitchhiking_-_Neo-nomad.pdf

– Consejos de autostop para chicas (en inglés): http://hitchwiki.org/en/Women_hitchhiking

– Hablo con más profundidad acerca de las desventajas o “incomodidades” de viajar sola en este artículo que publiqué hace poco en Matador Network.

– Para inspirarse: Mujeres viajeras de la historia (para que vean que esto de viajar sola no es ninguna novedad).

“Mujeres viajeras” es el primer post que escribí acerca de viajar sola.

– En mi libro, Días de viaje, cuento cómo empecé y qué historias viví por estar viajando sola por el mundo.

– En la entrevista que me hizo Antonio hablamos largo y tendido sobre viajar en solitario.

– Y en esta entrevista de Mochileros.tv también hablamos acerca de viajar sola[/box]

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¿Consultas, preguntas, cosas para contar? Dejen todo en los comentarios. :)

 

“Quiero viajar sola pero no me animo”
(Manual para futuras viajeras)

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Uno de los mails más frecuentes que recibo es de chicas que quieren viajar solas pero no se animan. Tienen miedo, tienen muchas preguntas, creen que no tienen “la personalidad adecuada” para viajar solas. Déjenme decirles algo que aprendí en estos poquitos años de movimiento: la personalidad adecuada no existe. Es una excusa para no empezar, una justificación para quedarte en tu casa con el sueño de algún día irte por ahí. Cada cual viaja como es, y no hay que ser súper simpática ni Miss Valentía para poder viajar sola. Hay que usar el sentido común (todas lo tenemos), la intuición y saber a qué tipo de situaciones podemos llegar a enfrentarnos. El mundo es un lugar con buena onda, aunque les digan lo contrario. Ya les dije, en otro post, que viajar siendo mujer puede ser mucho más fácil que viajar siendo hombre…

Hace unas semanas, a las chicas que me mandaban mails con esta consulta les respondía que estuvieran atentas porque en breve anunciaría algo que les iba a interesar. Y hoy, varios meses después de haber empezado a trabajar en este proyecto editorial, está listo y se los puedo presentar en sociedad: se llama “Viajeras” y es un manual práctico para mujeres que quieran irse de viaje por ahí, solas o con amigas.

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Está escrito por seis mujeres viajeras: Verónica Boned DevesaDoris Casares, Itziar Marcotegui, Almudena Sánchez Fernández, Carmen Teira y yo. Tiene información práctica y consejos útiles para cada una de las etapas del viaje: planificación, qué llevar, consejos de salud, transporte y alojamiento, qué hacer si te sentís sola, seguridad durante el viaje, cómo hacer para que la vuelta no sea tan difícil, entre otras cosas. También tiene varias anécdotas y un anexo en el que se da una idea general de lo que puede esperar una mujer que viaja a las distintas regiones del mundo. A mí me tocó escribir la introducción, el capítulo de ventajas y desventajas de viajar sola y el capítulo de seguridad, y mientras los preparaba recordaba mis experiencias.

¿Qué les puedo decir? Estoy feliz y orgullosa de haber participado en este libro y de haber colaborado con La Editorial Viajera (de mis amigos Pablo e Itziar, autores del libro “Cómo preparar un gran viaje”). Espero que este manual les de el empujoncito que les falta para animarse a viajar. Pueden leer las primeras páginas en este enlace.

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[box type=”star”]Viajeras. El manual para preparar tus viajes y lanzarte a descubrir el mundo.

Autoras: Verónica Boned Devesa, Doris Casares, Itziar Marcotegui, Almudena Sánchez Fernández, Carmen Teira, Aniko Villalba

216 páginas, B/N, en papel y en ebook

A la venta de través de la tienda de La Editorial Viajera y en librerías de España.

Presentaciones de “Viajeras” en España (2014):
– 8 de mayo en la librería De viaje (Madrid)
– 16 de mayo en el CIAJ (Barcelona) (Taller para mujeres viajeras)
– 20 de mayo: librería Desnivel (Madrid)
– 29 de mayo: librería Altaïr (Barcelona)
– 6 de junio: librería Arenas (Coruña)[/box]

Mujeres viajeras

(Dedicado a las viajeras)

No es lo mismo viajar por el mundo y ser mujer que viajar por el mundo y ser hombre. 

Las mujeres somos, ante los ojos de casi todas las sociedades, más frágiles, vulnerables e indefensas. Una mujer que viaja sola corre más riesgos que un hombre. Una mujer que viaja sola “está loca” (probablemente más que un hombre que decide tomar la misma ruta). Una mujer que viaja sola tiene que tomar muchísimos más recaudos.

Una mujer que viaja sola, ante los ojos de un hombre que viaja solo, es una afortunada. Y esto no lo invento, me lo dijeron muchos viajeros que me crucé en el camino: “Para las mujeres, todo es más fácil”. Cuando vamos solas siempre encontramos madres y familias sustitutas dispuestas a cuidarnos en cualquier rincón del mundo (me pasó), cuando vamos solas es mucho más fácil conseguir que la gente local nos aloje en sus casas (me pasó también), cuando vamos solas logramos una conexión más profunda con las mujeres del lugar aunque no hablemos el mismo idioma (me pasó, especialmente en China), cuando vamos solas y hacemos dedo lo más probable es que nos levanten mucho más rápido que a un hombre (todavía no me animé a hacer dedo sola, pero muchos me aseguraron que es así). Cuando vamos solas, somos nosotras (y nuestro instinto femenino) contra el mundo, para bien y para mal.

En una aldea minoritaria de China (la mujer que me abraza quería que me casara con su hijo y me quedara en la aldea)

Desde que empecé a escribir este blog me puse en contacto con muchos blogueros de viaje, algunos de Argentina (casi todos parejas, como los chicos de Magia en el Camino y como Juan y Laura, los Acróbatas del Camino) y muchos de España, donde esto de ser bloguero cada vez se consolida más como una profesión y se reconoce como tal. Hará un año y medio, estando en Indonesia, descubrí un blog con el que me sentí muy identificada: Trajinando por el mundo, el diario de viaje de Carmen Teira, una chica española que, al igual que yo, viaja sola y ya recorrió Sudamérica y parte de Asia. Cuando la leí sentí, por momentos, que me estaba leyendo a mí misma, y sentí también que, de alguna manera, estaba acompañada. Ya no era yo sola contra el mundo. Después de leer su blog me di cuenta de que éramos yo, Carmen y todas esas mujeres de todas partes del mundo que se animan a viajar solas por ahí.

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[singlepic id=3339 w=800 float=center] Cantabria

Hace unos días, después de varios meses y mails de por medio, conocí a Carmen en persona. Me quedé tres noches con ella y su familia en Suances (Cantabria) y nos fuimos de paseo por varios pueblitos. Nos desvirtualizamos (eso que ocurre cuando dos personas que solamente se conocen por internet, se conocen en persona) y no paramos de hablar. Y la conversación, como era de esperar, siempre derivó en los mismos temas: el blog, viajar sola, historias de couchsurfing, anécdotas, impresiones acerca de lugares que las dos conocimos, periodismo, el blog otra vez, el mercado laboral y las oportunidades, las reuniones de bloggers, los blogtrips, las historias de la gente que conocimos en el camino. Muchos ¿y a vos te pasó tal cosa?, ¿vos contarías tal otra?, ¿vos también te sentiste así o asá? Era obvio que íbamos a tener muchas cosas en común.

En el medio de tanta charla visitamos pueblos, playas, iglesias, cementerios. Cantabria me quedó en la memoria como un lugar muy verde, con casitas en las montañas, pueblitos medievales, playas desérticas (¡es invierno!) y fábricas al estilo Animals de Pink Floyd que asoman en medio de la pradera. Llovió, pero qué importa: las dos teníamos que trabajar con nuestros textos, así que no hubo mejor excusa que esa para quedarnos frente a la computadora y seguir creando mundos virtuales a través de imágenes y palabras. Total, las dos viajamos lento (y trabajamos en el camino) y sabemos que un día de lluvia es, muchas veces, nuestro mejor aliado.

[singlepic id=3323 w=800 float=center] Amigas caminando por Santillana del Mar

[singlepic id=3352 h=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3327 w=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3332 w=800 float=center] Suances

[singlepic id=3335 h=800 float=center] Suances

[singlepic id=3343 w=800 float=center] Comillas

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[singlepic id=3360 w=800 float=center] San Vicente de la Barquera

[singlepic id=3361 w=800 float=center] Santander

Las chinas y yo

Me parece que todo empezó en abril del año pasado, cuando caminaba perdida por el laberinto que es la isla Ko Phi Phi, en Tailandia, y me la crucé de casualidad: Journey, la primera amiga china que me hice en Asia. Aunque para ser sincera, todo debe haber empezado cuando tenía unos ¿siete? años y la conocí a Jenni, mi primera amiguita china del colegio. Me acuerdo que vivía en frente de mi casa y siempre me invitaba a jugar y a tomar la merienda. Su cuarto era un paraíso de Hello Kitties, cositas rosas y peluches adorables. Su hermana mayor era lo más, siempre andaba por ahí, tocando el piano o haciendo dibujos para nosotras. No sé por qué me acuerdo de ella, si después de aquel año se mudó, se cambió de colegio y nunca más la vi (ni sé si sigue en Argentina o si, tal vez, me la crucé en las calles de China y no nos reconocimos…). Momento Gente que Busca Gente: Jenni, si estás por ahí y todavía te acordás de mí, ¡mandame un mail! Juro que si estuviese en mi casa escanearía una foto de Jenni y yo y la subiría.

Lo que quiero decir es que siempre tuve buena onda con las chinas (no como mi amiga Olga que siempre se pelea con la del supermercado porque no le lleva cambio). Desde chica tuve un feeling especial con ellas, pero no lo descubrí hasta que llegué a China.

[singlepic id=2179 w=800] Journey y yo en Macau

Como decía, durante la primera semana de mi viaje, en abril de 2010, la conocí a Journey en Tailandia y viajamos juntas por Malasia y (unos meses después) Hong Kong y Macau. En este viaje conocí a mucha gente con la que pegué buena onda por un rato, pero con Journey fue distinto: nos hicimos amigas en el acto. Es viajera también, vivió en Lhasa (Tibet), se conoce gran parte del Sudeste Asiático, tiene rastas y es bajita, tan bajita que le debo sacar una cabeza y media. Y aunque muchos digan que no tiene más de 22, ella tiene 30 años. Cuando intenta “insultarme” en castellano me dice ESTÚPILA y se ríe.

Gracias a Journey conocí a mi segunda amiga china, Tippi, de quien ya hablé en posts anteriores y con quien estoy viajando ahora en Lijiang (provincia de Yunnan, en China).

[singlepic id=2182 w=800] Tippi entre flores

Una aclaración antes de seguir: Journey y Tippi son sus “English names”, la mayoría de los chinos jóvenes (hombres y mujeres) se ponen nombres en inglés y son los que dan a conocer a los extranjeros (yo jamás las llamé por sus nombres reales). En general eligen este nombre en el colegio, algunos se autonombran y otros son bautizados por profesoras o amigos. Journey recibió su nombre de una amiga, pero Tippi se bautizó a sí misma en honor a una mujer llamada Tippi que, al parecer, tenía la capacidad de hablar con los animales. Y según me contó, los nombres más comunes que se ponen las chinas son Candy, Cookie, Sugar, Sweet y algunas/os hasta se hacen llamar Wind, Leaf, Knife, Sky, Eagle, Panda, Piano, Honda (sí, el auto), Ferrari

En fin, a Tippi la conocí en Malasia y viví bastante tiempo en su casa, en dos ocasiones distintas, y nos hicimos muy buenas amigas. Ella vive en Penang y trabaja de profesora de matemática en un colegio internacional, además está en Couchsurfing y aloja a cinco o seis personas por noche en su departamento divino frente al mar. Y es un personaje. Pero pensé que como las había conocido afuera de China, eso no contaba, así que las tomé como “mis amigas viajeras que además son chinas”.

[singlepic id=2176 w=800] Haciendo pavadas con Journey en Hong Kong
[singlepic id=2180 w=800] Tippi y Buda (?)

Ser mujer y viajar sola no es lo mismo que ser hombre y viajar solo. Desde que llegué a China sentí una conexión especial con las mujeres de acá, hablen inglés o no, sean nenas, adultas o ancianas. No sé muy bien cómo describirlo, tal vez será que me ven solas y me quieren proteger, o les caigo bien, no lo sé. Y esto no es algo que me haya pasado en todos los países. Pero en China, vaya a donde vaya, si una mujer me ve, me sonríe cálidamente, una sonrisa sincera, y mueve la cabeza como diciendo hola. Especialmente en las aldeas más chiquitas: cada vez que veo una mujer a la que quiero fotografiar, le hago un gesto con la cámara como preguntándole si puedo sacarle una foto y enseguida me sonríe y posa, dura como una estatua (y después me hace gestos para que le muestre la foto y se ríe cuando se ve en la pantalla de la cámara). Nunca una mujer me dijo que no podía fotografiarla, nunca me pidieron plata por sacar una foto, nunca me pusieron mala cara. Al contrario, sospecho que les gusta, porque siempre posan “haciéndose las naturales”.

[singlepic id=2188 h=800] Esta mujer, por ejemplo, nos atendió en su restaurante en Shuanglang y cuando le pedí permiso para sacarle fotos se puso así, mirando al horizonte. Cuando vio que terminé de sacarle, volvió a la normalidad y me pidió que le mostrara.

[singlepic id=2189 h=800] Al rato, la misma mujer me vio sacándole fotos a la tortuguita que tiene (o tenía) en la pecera al lado de la cocina, se acercó, la sacó del agua, se la puso en la palma de la mano y hasta le dio un beso (¡lástima que no pude enganchar ese momento!).

[singlepic id=2183 h=800] Me crucé con esta mujer en una aldea cerca de Lijiang y cuando le pedí permiso para la foto se puso así, “haciendo que trabajaba”. Son muy vivas estas, eh.

Si estoy viajando en colectivo, siempre hay alguna mujer que me da comida, me llena de manzanas, me ofrece maní. Tal vez sea parte de la cultura, tal vez sea su amabilidad, tal vez esto me esté pasando solamente a mí… Quisiera saber qué experiencia tiene un hombre que viaja solo en China, tal vez tenga “buena onda” con los hombres y no con las mujeres. ¿Será que esta conexión será exclusiva de mujeres con mujeres? ¿O será como en la astrología, que los opuestos son los que mejor se llevan? (Recuerden que Argentina y China están en el lado exactamente opuesto del mundo).

En el tiempo que me queda acá voy a intentar profundizar, quiero saber cuál es la raíz de todo esto. Mientras tanto, les dejo fotos de algunas chinas que me fui cruzando (y el recuerdo de otras a quienes no pude sacarles fotos).

[singlepic id=2177 w=800] Esta mujer fue una de las más graciosas y personajes que encontré en Chengdú. Una tarde me senté a tomar un café en una mesita en la vereda, y en la mesa de enfrente estaba sentada esta mujer. Mientras se comía las sobras de la gente que se había ido dos minutos antes, le decía cosas en chino (en voz muy alta) a cada extranjero que pasaba, seguidas de un “OK BYE BYE TAKE CARE” y un saludo con la mano. Cuando no pasaba ningún extranjero nuevo, me miraba a mí, me sonreía y me decía cosas en chino. Yo asentía como si entendiera. Cuando terminó de comer se acercó a mi mesa, me hizo señas de que comiera, hundió los cachetes, se tocó la cara y me señaló: “comé que estás flaca”. No pude evitar estallar y ella me vio y se rió conmigo.

[singlepic id=2186 w=800] Estas son dos de las tres chicas que me adoptaron de compañera de viaje durante dos días, con el pequeño detalle de que ellas no hablaban inglés y yo no hablo mandarín. Pero nos llevamos como amigas del alma.

[singlepic id=2187 h=800] Caminando por los pueblitos de Lugu Lake con una de las tres chinas, llegamos a la casa de esta mujer Mosuo (la minoría que vive en el lago). Nos invitó a sentarnos con ella mientras trabajaba, nos dio de probar las barritas a base de maíz que producen y nos “obligó” a tomar varios vasos del alcohol local que también producen ellas. Cuando nos fuimos, me regaló una bolsita con comida.

[singlepic id=2185 h=800] Estaba sacando fotos de un templo en Lugu Lake cuando vi que esta nena posaba, a lo lejos, para mis fotos. Me acerqué y salió corriendo, muerta de risa, así que durante un rato jugamos a las escondidas: yo la buscaba atrás de una piedra y ella corría y gritaba. Muy cerca de ella había un monje al que yo me moría por sacarle una foto, pero no quería faltarle el respeto. La nena, como intuyendo esto, corrió y se sentó en la falda del monje, y los dos se quedaron sonriéndome para que les sacara todas las fotos que quisiera.

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Ayer Tippi me llevó a un casamiento tradicional en una de las aldeas en las afueras del centro histórico de Lijiang. Salimos a caminar y nos encontramos con un grupo de mujeres jugando a las cartas.

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Una me invitó a sentarme al lado de ella, y cuando vio que Tippi quería sacarme una foto, puso su brazo sobre mi hombro y posó así:

[singlepic id=2184 h=800]

Todas las mujeres que conocí en ese casamiento me sonrieron, me hablaron en su dialecto (que ni Tippi entiende) y pusieron cara de foto.

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Y, por último, la que me rogó que le sacara ochenta fotos fue esta nena, quien le llevaba la cola al vestido de la novia y estaba vestida de manera tradicional para la ocasión.

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Estadísticas de abril

Abril se termina en pocos días, así como mi primer mes de viaje por Asia. Quiero compartir algunas estadísticas y datos interesantes de estos días con ustedes.

  • Kilómetros recorridos: 16.864 (Buenos Aires – Bangkok) +  1185 (Bangkok – Kuala Lumpur) = 18.049
  • Países visitados: 2 (Tailandia y Malasia)
  • Ciudades: 3 (Bangkok, Penang, Kuala Lumpur)
  • Islas: 2 (Ko Panghan, Ko Phi Phi)
  • Kilos que aumentó mi mochila:  me atrevo a decir 800 gr – 1 kg
  • Kilos que aumenté yo: ns/nc
  • Libros leídos: 0.9
  • Cosas que perdí: mi gorra
  • Cosas que desaparecieron misteriosamente: mi par de ojotas de la puerta de un hostel
  • Cosas que compré: un pañuelo, dos vestidos, un par de anteojos retro, ojotas
  • Cosas que me regalaron: un set de cubiertos para viaje, el Qorán en miniatura, un chip de Malasia para mi celular
  • Cantidad de veces que hablé español: 3 (con un mexicano, con una argentina, con una española)
  • Días de lluvia: 2
  • Picaduras de mosquitos: pocas, casi nulas
  • Palabras nuevas que aprendí: Sawatdee (hola en thai), Apakhabar (cómo te va en Bahasa), xie xie (gracias en chino mandarín)
  • Dato inútil: los japoneses usan una toalla alrededor del cuello los días de calor y una toalla en la cabeza si llueve
  • Cantidad de veces que me cobraron de más: probablemente varias (especialmente en Tailandia)
  • Cantidad de veces que me cobraron de menos: ojalá que hayan sido muchas, incontables
  • Cantidad de veces que canté mentalmente la canción Julia de los Beatles mientras caminaba por Chulia Street: 99% de las veces
  • Sueño más raro: que me despertaba y tenía dos sanguijuelas pegadas en el tobillo
  • Interpretación de mis sueños más acertada: no vayas a la selva en época de lluvia
  • Cantidad de fotos que saqué: 1842 (sic)
  • Palabras del mes: couchsurfing, cheap, guesthouse, arshentina
  • Promedio de veces que comí arroz/fideos por día: 2
  • Descubrimiento culinario del mes: sticky rice
  • Personaje del mes: Ang Huah
  • Promedio de veces que me bañé por día: 1.5
  • Cantidad de argentinos que me crucé: 2
  • Cantidad de veces que me crucé argentinos y simulé ser de otro continente y no hablar español: 1 (el “mirá boludo” fue más fuerte que yo)
  • Cantidad de veces que me preguntaron si era francesa: 3
  • Cantidad de veces que me aseguraron que era holandesa: 2
  • Cantidad de veces que me dijeron “Argentina, football!”: un 95.6% de las veces que dije que era argentina
  • Qué aprendí este mes: a comer con palitos chinos
  • Cantidad de datos falseados en esta estadística: 1 (todavía me cuesta el tema de los palitos)
  • Descubrimiento del mes: acá todos recuerdan mi nombre porque parece… ¡JAPONÉS!

Todos los datos son 99% reales y fueron corroborados por el staff de Viajando por ahí (o sea yo). Cada mes habrá más estadísticas. Se aceptan todo tipo de sugerencias. Gracias.

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Volando por ahí: de Buenos Aires a Bangkok

Desde el avión

Llegué, dos aviones, dos días y diez husos horarios después, estoy en Bangkok, Tailandia.

Salí el sábado a las 21 de Argentina y llegué a las 14 hs del lunes 5 de Tailandia (algo así como a las 4 de la mañana del lunes de Argentina). Unas 32 horas de viaje en bruto.

Me hice la canchera y pensé que no tenía jet-lag, pero apenas caminé un rato por la ciudad tuve que volver al hostel porque me caía de sueño y sentía como si estuviese caminando sobre la cubierta de un velero en medio de una tormenta. Así que dormí 13 horas de sueño reparador y acá estoy. Hoy es martes y son casi las 9 de la mañana: les estoy hablando desde el futuro.

Pero hablemos del pasado.

El primer vuelo fue de Ezeiza a Frankfurt, 13 horas de avión que se me pasaron… quiero decir volando pero es medio obvio, ¿no?

Así que el domingo pisé Europa por primera vez (y de ahora en más, cuando me pregunten si conozco este continente diré Sí, hice escala cuando viajé a Asia…). Llegué a la tierra de Uter con unas ocho horas de espera por delante ya que el vuelo hacia Bangkok salía recién a la noche.

El aeropuerto de Frankfurt es enorme, como me dijeron, pero una vez que uno se queda cerca del lugar donde tiene que hacer la conexión, los límites se achican. Así que di un par de vueltas y me fui sentando en sectores distintos para mirar a la gente que pasaba desde varias perspectivas. En el aeropuerto de Frankfurt se realizan conexiones entre todos los continentes, así que vi gente de todas partes, ojos grandes y achinados, burkas y no burkas, y escuché todo tipo de idiomas.

“La vida es como un aeropuerto”, me dijo Mohammed, un chico marroquí-canadiense con el que charlé las últimas dos horas de espera. “Uno conoce personas, comparte momentos, y después cada cual toma su avión y sigue su camino…”. Así es… En pocos minutos charlamos de su cultura, de nuestros países, de los viajes. Sin que yo le preguntara, me dijo que no veía diferencia entre las personas, más allá de su manera de vestirse, de hablar, de comer, ya que en el fondo todos somos iguales. Hablamos de los prejuicios, de los estereotipos, de los preconceptos. Y me dijo algo que no me había puesto a pensar, pero que es muy cierto: “Cuando vuelvas de este viaje, vas a conocer perfectamente las diferencias entre tailandeses, malayos, indonesios, filipinos…”. Tendemos a englobar a todos bajo una misma denominación, pero es verdad, en algunos meses voy a conocer a cada cultura por separado.

El segundo avión salió con un poco de lluvia y frío, “típico clima de abril en Frankfurt”. Durante las diez horas de vuelo, en la pantalla se veía un mapa en el que se iba marcando el recorrido del avión: sobrevolé Ankara, Delhi y otras ciudades que espero algún día conocer por tierra y no sólo desde el cielo. Nos regalaron un conejito de chocolate a cada uno y nos repitieron los mensajes en alemán, inglés y (supongo) tailandés.

Ahora sí, estoy en Asia. De a poco voy cayendo.

El avión aterrizó de día sobre Bangkok.

El aeropuerto queda a 20 km de la ciudad, así que no pude ver mucho desde el cielo, solamente gran cantidad de ríos y muchos autos fucsias (después descubrí que son taxis).

Temperatura: 35 grados, “típico clima de abril en Bangkok”. Salí del avión y la humedad me pegó en la cara. Cuando llegué a migraciones, el tailandés que me atendió me dijo “Argentina, doctor, doctor”. Me costó entender el mensaje, pero otro argentino me dijo que tenía que ir al “centro médico” del aeropuerto para un “chequeo”. El único chequeo que hicieron fue el de mi certificado de vacunación contra la Fiebre Amarilla. Un sello y adentro. Una chica de migraciones me preguntó, con sonrisas y curiosidad, “You come alone to Thailand? You have friends in Thailand? Where are you staying?”, a lo que le respondí Yes, not yet y near Lumphini. “Ohh Lumphini, rich people”. Al parecer mi hostel está en un área muy comercial de la ciudad, así que me quedaré acá uno o dos días y tal vez me cambie de barrio, ya veré.

Dejé las cosas en el hostel (“Take a nap Hostel”) y me fui a conocer el famoso Lumphini, un parque al estilo Rosedal porteño en medio del cáos de Bangkok. Cruzar la calle sin que te atropellen es un desafío, si en Buenos Aires hay muchas motos, acá debería haber calles exclusivas para los cientos de motociclistas que andan en sus Vespas por la ciudad.

Llegué al Lumphini Park y empecé a caminar entre la gente y a sacar fotos como si nada. Tardé unos cinco minutos en darme cuenta de que todos estaban inmóviles, yo era la única que estaba caminando dentro del parque, alguien había apretado Pausa en el control remoto. Frené en el acto y escuché una música que salía de los altoparlantes: todos habían parado para escuchar la música —me atrevo a decir que era el himno nacional—. Cuando terminó, algunos hicieron una pequeña reverencia y el movimiento se reestableció, cada cual siguió su camino. Las mujeres siguieron con su clase de aerobics, los hombres continuaron su trote y los chicos reanudaron sus partidos de ¿tenis?

Ya caí: estoy en Asia.

  

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