Asia de la “A” a la “Z”: V de Veredas

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

V de Veredas

Uno de los conceptos que más cambió en mi cabeza tras mi paso por Asia fue el de las veredas y sus funciones.

Desde chica me acostumbré a concebir las veredas como un espacio para caminar. Las veredas eran, para mí, esos pocos metros de “la calle” que le correspondían exclusivamente al peatón para circular libremente. Estaba acostumbrada a los “cordones” que marcan la separación entre peatones y tráfico y a las ochavas en las esquinas. Cada vez que andaba en bici por Buenos Aires y me subía, por unos microsegundos, a alguna vereda, recibía los “saludos alegres” de los transeuntes que me decían: “¡Nena! ¡Para algo existe la calle!” (todavía no había bicisendas).

Pero cuando llegué a Asia me di cuenta de que lo que es considerado “normal” de un lado del mundo, es completamente opuesto en el otro.

En Indonesia, por ejemplo, no hay veredas. Se los juro. Termina la casa y empieza la calle. Ni siquiera hay un desnivel: las casas tienen salida al tráfico. Bueno, en realidad, algunas veredas hay, pero no se usan para caminar: se usan, más que nada, para comer. Hay muchísimos warung (carpas con mesas largas y una cocina en el interior donde la gente se junta a comer), hay carritos estacionados que venden jugos o preparan snacks en el momento y ponen sillitas alrededor para sentarse a comer, hay otros puestos de comida que directamente estiran alfombras del tamaño de un colchón para que la gente coma sentada en el piso. Como acá no existe eso de salir a caminar —ya que todo se hace en moto— tampoco hay necesidad de veredas para realizar dicha actividad. Por ende, casi no hay veredas y las pocas que hay están totalmente bloqueadas por los puestos de comida.

En Vietnam, en cambio, hay veredas de lo más lindas y anchas (tal vez se deba a su pasado colonial francés), pero tampoco se usan para caminar. En Vietnam las veredas sirven para (tomen nota): cocinar, lavar los platos, desayunar/almorzar/cenar, vender, estacionar las motos, lavar las motos, estacionar los carritos de comida, cortar el pelo, arreglar zapatos, lavar ropa, dejar los zapatos afuera de las casas y negocios, sentarse en reposeras a mirar el tráfico pasar. Ah, y para acortar camino con las motos: no sé qué es más seguro para el peatón en Vietnam, caminar por el medio de la calle o caminar por la vereda. Pareciera que la vereda, en vez de pertenecer al peatón, pertenece al dueño de cada casa o negocio, que hace con ese espacio frente a su puerta lo que él o ella disponga, y a las motos, que la pasan por encima sin pedir permiso.

En Camboya las veredas también sirven para colgar hamacas paraguayas y descansar. En Laos, son el territorio de los más chicos, que las usan como canchas de fútbol (veredas Y calles) o para jugar a lo que sea que inventen con su imaginación. En China y Singapur las veredas son sedes de partidos de ajedrez, cartas o mah jong.

En Asia las veredas son multifuncionales.

Después de tantos meses acá, ya me acostumbré a la vida callejera asiática y temo que el día que esté en Buenos Aires las veredas me parezcan… demasiado vacías.

La foto es en Saigón (o Ciudad Ho Chi Minh, antigua capital de Vietnam del Sur). Siento que la mujer me miró como diciendo ¿por qué me sacás una foto? ¿qué tiene de raro que esté cocinando acá?

Asia de la “A” a la “Z”: S de Silencio

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S de Silencio

Descubrí el valor del silencio cuando llegué a Laos.

Después de haber pasado un mes en Vietnam, uno de los países más caóticos y acelerados que pisé, Laos me pareció el paraíso de la paz y la tranquilidad.

Para empezar, es una cuestión de números: Vietnam tiene casi 90 millones de habitantes, mientras que Laos no llega a los 7 millones. Y la diferencia se siente.

También, dicen, es una cuestión de religión: Laos es un país Budista y todos los laosianos son practicantes; en Vietnam se practica el Budismo, el Taoismo y el Confucionismo, pero la mayoría de los vietnamitas se considera “no religioso”.

Tal vez haya sido una cuestión de tránsito: Vietnam es el país de las motos (y Saigón es la capital de las motos, sin dudas), ahí tenía que esquivarlas y rezar por mi vida cada vez que cruzaba la calle. En Laos, en cambio, podía dormirme una siesta tranquila en medio de una avenida; o podía sentarme al borde de la vereda y mirar a los chicos jugar al fútbol en la calle o a las nenas jugar al supermercado en la entrada de sus casas.

O puede que haya sido una cuestión de apariencia: en Vietnam, apenas me veían (“extranjera = dinero”) me ofrecían de todo y me acosaban de tal manera que muchas veces me peleé con mototaxistas y vendedores. En Laos, en cambio, la gente grande no me daba mucha bola (“sos extranjera = ah qué bueno, sigo haciendo lo mío”), pero los nenes me saludaban de lejos “Sabaidee, sabaidee!” (hola, hola!). En Vietnam conseguí mototaxi en el acto, en Laos jamás apareció un tuk-tuk cuando lo necesitaba.

Pero creo que, en realidad, fue una cuestión de gustos: en Vietnam tuve sentimientos encontrados, me encantó y lo odié a la vez, y en Laos me sentí muy bien desde el momento que llegué y volvería varias veces más.

Mucha gente que me crucé antes de ir a Vietnam me dijo: “Te vas a querer quedar a vivir”. Mucha gente que me crucé antes de ir a Laos me dijo: “Ni vayas, no hay nada para hacer”.

El silencio, entonces, es algo meramente subjetivo.

La foto la saqué en Savannakhet, mi ciudad preferida de Laos y uno de los lugares más relajados que conocí en Asia.

 

Asia de la “A” a la “Z”: L de Lluvia

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L de Lluvia

En el Sudeste Asiático, al igual que en cualquier región tropical del mundo, la lluvia es parte de la rutina cotidiana. Para empezar, el año no se divide en cuatro estaciones sino en dos épocas: la de lluvias y la de “menos lluvias” (o “sequía”).

Como viajera, la lluvia es mi peor enemiga. Quienes hayan viajado y les llovió todos los días sabrán a qué me refiero. No hay nada peor que estar en un lugar con los días contados y no poder disfrutar por culpa de la lluvia.

Y acá, cuando empieza, no para.

Mis peores encuentros cara a cara con la lluvia fueron dos: en Vietnam y en China. En un viaje tan largo, era imposible que la lluvia no me sorprendiera en algún país. Y en cada lugar me generó una emoción distinta.

En Vietnam, el mal humor. Nunca estuve tan pasada por agua como en Vietnam. Me acuerdo cuando llegué a Hue, la antigua capital imperial del país, y no pude ver casi nada porque no paró de llover JAMÁS. Y cuando no había lluvia, estaba todo tan inundado que me era imposible caminar con la mochila sin el riesgo de patinarme y bucear en alguna vereda. Lo mismo en Hoi An, en Sapa, en Hanoi: lluvia, lluvia y más lluvia a toda hora.

En China, la melancolía y la resignación. Juro que la lluvia me persiguió de una provincia a otra, y eso que China es grande eh. En Kunming, la “Ciudad de la Eterna Primavera”, no sólo llovió sino que NEVÓ. Insólito. Cuando llegué a Guilin y Yangshuo, dos de mis últimas paradas en el país, dije ya fue, un poco de agua no le hace mal a nadie, y salí a caminar igual. Pero no contaba con el frío, que combinado con la lluvia no es nada agradable.

Sin embargo hay algo de la lluvia en Asia que me gusta, y es ver cómo se las ingenia la gente local para seguir con su rutina como si nada a pesar del agua:

  • Todos los que andan en moto pelan un poncho multicolor tan grande que alcanza para cubrirlos a ellos y a la moto (y al acompañante)
  • Los vendedores ambulantes improvisan paraguas con plásticos sobre la cabeza.
  • Los puestos callejeros se protegen debajo de carpas fabricadas con bolsas o lonas y las frutas o verduras se tapan con un plástico (pero la venta sigue).
  • Los bici-taxis hacen techitos con bolsas de plástico o pilotos para proteger al pasajero.
  • Los vendedores de paraguas y ponchos hacen negocio con los turistas (si habré comprado ponchos por 50 centavos que no sirven para más de una lluvia).
  • Los peatones sacan el paraguas o el piloto (que tenían previamente preparado) de la cartera y siguen caminando como si nada.
  • Y otros, como el amigo vietnamita de la foto, se sientan a tomar una cerveza en plena inundación. Esa es la actitud.

¿A qué se parece? (o Buscando similitudes en Dalat)

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1.

– Tiene la consistencia como de un kiwi pero sin el jugo y una manzana un poco arenosa. El gusto es dulce, aunque no tan dulce como una cereza y más dulce que una sandía, pero es más bien una dulzura apagada, suave. Y tiene miles de semillitas negras que se comen pero seguro que alguna te queda trabada entre los dientes.

Intento explicarle por chat a Vero de qué se trata la Dragon Fruit, típica de estos pagos y cuasi desconocida en Argentina.

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2.

– La mejor fruta que probé se llama (en inglés, porque en castellano ni idea) mangosteem.

– ¿Qué sabor tiene? Mmmm… qué pregunta.

– Es una fruta muy fresca, tenés calor, te comés un mangosteem y te refresca, pero no es como la menta. Está a mitad de camino entre un durazno y un cítrico. Es muy dulce, pero tan dulce que casi llega a ser ácida. De afuera es violeta y muy dura, si la tirás al piso no le pasa nada, no se abolla. Para abrirla tenés que agarrarla entre las palmas de las manos como si fuese una pelota y apretar hacia adentro. La cáscara (que parece un caparazón más que una cáscara) se rompe y larga un jugo violeta que no se toma pero sirve como medicina natural y mancha mucho así que ojo con la ropa. Adentro te vas a encontrar con gajos, como una mandarina, pero blancos, sin los hilos y con una sola semilla grande. En Malasia le dicen La Reina de las Frutas y en Indonesia dicen que esta fruta (llamada manggis) nunca miente: si te fijas en la base, antes de sacarle la cáscara, vas a ver algo así como una estrella que indica con sus puntas con cuántos gajos te vas a encontrar adentro, y nunca, NUNCA, se equivoca.

Qué difícil describir una fruta desconocida.

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3.

– Sí, es como cuando fuimos en bici hasta Maderas, en Nicaragua, pero la ruta es de asfalto y no de tierra y no tiene tantas subidas y bajadas como el triatlón que tuvimos que sufrir aquella vez. Y en vez de llegar al mar, después de pedalear 20 kilómetros llegás al desierto. Además es re seguro, acá en Mui Ne no pasa nada, a lo sumo te acosarán un par de vietnamitas para “indicarte” que “estaciones” la bicicleta en el árbol que tienen delante de la puerta (obvio que te van a querer cobrar), así que ignoralos, hacete la que no entendés y dejá la bici un poco más allá, donde nadie vigila. No pasa nada, en Camboya por ejemplo la gente deja la bicicleta sin cadena en la calle y te juro que volvés a la semana y sigue ahí. Acá igualmente por las dudas la até a un árbol. Cuando volví a buscarla tenía cinco nenes alrededor, que quizás te dan un toque de desconfianza, pero nada que ver, me preguntaron de dónde era, me ayudaron a sacar la bici y creo que por poco me dan un empujón desde la rueda de atrás para salir andando más rápido.

A veces la mejor manera de describirle una experiencia a alguien que está lejos, es compararla con algún momento compartido en algún lugar del mundo, como para que resulte más familiar.

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4.

– Según dicen, es El París de Vietnam. Nunca fui a París así que no sabría decirte, lo que sí veo acá son muchas casitas al estilo villa francesa, divinas, con el techo a dos aguas, colores pasteles, mucho blanco, balconcitos, bien de montaña, de centro de esquí. Hasta tienen una Torre Eiffel (” “) y obvio que lo promocionan como un lugar idílico: Da Lat, el pueblo más romántico del país, The Honeymoon Town, el lugar preferido del emperador, el lugar de descanso de los colonialistas franceses y cosas así. No sé cuánto de romántico tiene, pero es lindo. La temperatura es bastante más fresca, yo ando con jean, buzo y a veces bufanda. No hay mucho para hacer más que caminar, visitar los mercados, tomarte una sopa o un café calentito, contratar algún guía motorizado para que te lleve a recorrer (que, a todo esto, se hacen llamar los Easy Riders… sí, como la película… son vietnamitas que tienen unas motos buenísimas y te ofrecen tours de cinco días en moto, me hubiese gustado pero es medio caro para mí, alrededor de 60-70 USD por día).

Cuántas veces habré leído eso de “es la Suiza de tal lugar”, “el París de tal otro”, “la Roma de bla bla bla”. Debe ser un buen recurso para atraer curiosos. Aunque yo diría: es un lugar que quiere parecerse a (inserte-ciudad-aquí) pero tiene personalidad propia.

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5.

– Esto sí que no me lo esperé jamás, menos en Vietnam. Primero, una montaña rusa metida en medio de los árboles. Un asiento por persona, pero separado, osea vos manejás tu propia velocidad y frenás cuando querés, no vas “atado” a un carro, sino que sos tu propia montaña rusa. Literalmente, vas dando vueltas por diez minutos entre medio de árboles y macetas con flores (algunas reales, otras de plástico), con una música afónica de parque temático de fondo. Lo mejor (o más decadente): el vietnamita que se asoma por encima de un arbusto justo en una curva, sosteniendo una cámara gigantesca, y te saca la foto para vendértela más tarde. Terminás el recorrido y llegás a una cascada, ahí te espera otro vietnamita vestido de cowboy, junto a su caballo blanco, para que te saques la foto con él.

Bizarrísimo.

Yo no sé qué están enseñan en las escuelas de turismo acá…

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6.

– Y si eso te pareció raro, esperá a llegar al Valley of Love. El nombre ya lo dice todo: kitsch a más no poder. Una especie de intento de Disneyland muy noventoso que quedó abandonado pero todavía funciona porque no deben saber qué hacer qué hacer con la calesita y los flamencos de plástico. Rarísimo. En la entrada hay una escultura de dos manos que quiere ser de Dalí, después si caminás te cruzás con jirafas, osos, Mickey Mouse, todo de plástico.

Podría ser el set perfecto de una película de terror (mala).

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7.

– Acá los locales la llaman Crazy House. Es como si la hubiese construido Gaudí y la habitara Alicia en el País de las Maravillas junto con Winnie Pooh y su pandilla. Escaleras que llevan hacia la nada, escalones que imitan troncos de árboles, huecos en las paredes con un banquito adentro, ventanas en los lugares más insólitos, cuartos temáticos (es un hotel también).

La arquitecta es hija de uno de los ex presidentes de Vietnam; al parecer estudió en Rusia y quedó impactada con los trabajos de Gaudí en España.

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8.

– Cuando las vi ahí apiladas te juro que me emocioné: ¡¡medialunas!! Long time no see! Cómo las extraño, las recuerdo a toda hora: me faltan durante el desayuno, con un café, en la casa de Belu, en lo de mi mamá… Así que fui y me compré una sin pensarlo. Me costó 4000 dong (25 centavos de dólar). Pero ¿viste cuando tomás un vaso de agua pensando que es Sprite? Te esperás algo dulce y burbujeante y la insipidez del agua te devuelve a la realidad. Bueno, yo la mordí pensando que iba a ser como las de Buenos Aires, bien dulce, suave, de esas que se te deshacen. Nada que ver. No era ni dulce ni salada (si vas a hacer medialunas, ¡decidite!), tampoco se me deshizo en la boca ni estaba calentita.

Pero no me quejo: medialunas en Asia… ¡un lujo!

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9.

– A esto lo llamo La Pose Vietnamita. Siempre están así, en todos lados, en cuclillas, charlando, esperando, vendiendo, fumando, tomando algo… Es como si estuviesen “yendo al baño”, pero no…

A veces, para describir una fruta, un lugar, una sensación, una persona, no hay nada mejor (o peor) que usar una comparación… ¿Qué haríamos sin las similitudes? Son las que nos permiten comprender lo desconocido desde nuestra realidad conocida.

 

Vietnam: amor a primera vista

Lo confieso: salí de Camboya rumbo a Vietnam con una idea “poco positiva” acerca del país y de la gente.

Siempre digo que no me guío por opiniones ajenas ya que cada cual lo cuenta según cómo fue su viaje, pero muchos viajeros “respetados” (?) me dijeron que Vietnam no les había gustado nada por la actitud de la gente local, por el acoso hacia el turista, por el caos y por los robos.

Y me lo dijeron con tanta convicción que hasta me asustaron un poco (no mucho) y pensé: debe ser que a Vietnam lo amás o lo odiás.

¿Qué sentiré frente a este país que siempre quise conocer?

Mis últimos días en Camboya fueron una mezcla poco balanceada de estrés y tranquilidad.

Phnom Penh, la capital, es, para decirlo en porteño, un quilombo.

No hace falta que te bajes del colectivo ni que salgas de tu hostel: los mototaxistas y conductores de tuk-tuk te van a encontrar. Así que no corras porque no hay dónde esconderse.

– Miss Miss, you want motorbike? le decís que no al primero y aparece el segundo (que estaba frenado al lado y vio que dijiste no) y te ofrece nuevamente “motorbike” pensando que tal vez a él le vas a decir que sí porque te cayó mejor que el anterior.

Cruzás la calle (intentando que no te atropellen y caminando por la franja angostísima de vereda como si fuese un acantilado) y te persigue el conductor de tuk-tuk:

– Hello Sir! (ni siquiera lady)

– Where you want to go? Tuk-tuk?

– No, no, gracias.

Pero ser amable no sirve y tampoco entienden que quieras caminar.

– I take you miss, OK I take you later, I take you tomorrow, I take you next week!

Si los ignorás, te gritan cosas poco felices en inglés y en khmer (camboyano).

Así que cuando no pude más opté por dos vías: hablar en castellano o ser irónica en inglés.

– Miss Miss, tuk-tuk, you want? No entiendo lo que me decís, no hablo inglés. Ahí se desconciertan.

– Tuk-tuk?

– Cheap?

Y la otra, cuando estuve a punto de mandar a todo el gremio a freír arroz:

– Miss! Where are you going? Motorbike!

– Oh, ok, I need to cross the street, you take me? (Oh, sí, necesito cruzar la calle, ¿me llevarías?)

Templo en Phnom Penh

Los típicos “kioskos móviles” del Sudeste Asiático (este en Phnom Penh)

Templo en Phnom Penh

Casitas típicas de la capital de Camboya

Panadería a la calle (Phnom Penh)

No sé si Phnom Penh vale la pena, no es tan malo como suena, pero yo personalmente preferí los pueblos del interior de Camboya antes que la capital.

Igualmente tuve que quedarme tres días para tramitar la visa de Vietnam, así que aproveché para visitar las Killing Fields, el museo del genocidio, el palacio del rey y caminar un poco por ahí.

Después pasé mis últimos tres días en el país en Kampot, pueblito al sur a orillas del río, con una temperatura mucho más agradable y una paz que necesitaba.

Kampot

Chicos camboyanos que posaron para la foto

El boliche de Kampot (?)

Cosas que se ven en la ruta (Camboya)

El lunes a las 7 AM tomé el colectivo que me llevaría de Kampot a Ho Chi Minh City (ciudad más conocida como Saigón, antigua capital de Vietnam del sur y de la colonia francesa de la Cochinchina) pensando que me iba a encontrar con algo parecido a Phnom Penh (algo así como un pueblo grande que se cree ciudad) y con gente que me iba a mirar mal o con resentimiento por la guerra pensando que era yanqui.

Tuve que hacer trasbordo en Phnom Penh (no hay manera de escaparle a esta ciudad) y cuando me subí al segundo colectivo (que ya estaba repleto), miré las caras y pensé:

– Momento, acá hay algo raro, ellos no son camboyanos, tienen los ojos más achinados (sí, hay grados de achinamiento de ojos), ellos son vietnamitas.

Y así era: un grupo turístico de 35 vietnamitas de 45 años para arriba, todos cargando bolsas y bolsas de souvenirs y frutas, hablando y riéndose a lo loco cual colectivo a Bariloche en pleno viaje de egresados.

La mujer vietnamita que estaba en el primer asiento me miró y me sonrió de una forma que me dieron ganas de abrazarla y adoptarla como abuela.

Qué calidez por favor.

Vietnam 1, Viajeros Respetados O.

Me tocó el asiento del fondo, al lado del baño, de un camboyano y de un vietnamita. El camboyano ni bola, pero el vietnamita me ofreció comida, agua y hasta se bajó del colectivo para comprarme una SIM card cuando le dije que necesitaba mandar un mensaje de texto.

Vietnam 2, Viajeros Respetados O.

En el mismo viaje me puse a charlar con una mujer de Washington DC y le pregunté acerca de Vietnam.

Me habló maravillas y hasta me armó el itinerario detallado.

A todo esto mi “miedo” y desconfianza hacia Vietnam se desvanecían rápidamente.

El colectivo feliz

En algún momento del viaje el colectivo se subió a un barco y cruzamos el río.

No sé por qué “supuse” que ese cruce de río equivalía al cruce de frontera (el “staff” del colectivo ya había recolectado nuestros pasaportes y yo “supuse”, otra vez, que ellos harían los trámites correspondientes y que, por ende, ni nos enteraríamos que habíamos cambiado de país).

Entonces me puse a mirar todo con ojos de Ya llegué a Vietnam.

Mientras íbamos en el barco, nenes sin manos golpearon las ventanas del colectivo, se señalaron los muñones y rogaron plata.

Pensé que eran los hijos de los ex combatientes de la guerra.

Después, otra vez en la ruta, vi carteles escritos en khmer y pensé que como era un pueblo de frontera debía haber carteles en ambos idiomas.

Más adelante vi un monje budista y pensé que el monje también vivía Vietnam.

Y después vi… la bandera de Camboya.

Y ahí apareció una voz en mi cabeza que me dijo “pero vos tenés un pedo atravesado“.

Debe ser la falta de sueño y el calor.

Finalmente cruzamos la frontera (a pie, y cada cual hizo el trámite correspondiente antes de volver al colectivo) y ahí sí que el paisaje cambió.

O tal vez no el paisaje en sí, pero mi feeling fue distinto.

De repente vi que las calles tenían veredas anchas (y veredas de verdad, no de tierra), que las casas estaban más separadas entre sí, que la gente cenaba en la calle, que había tranquilidad.

Llegamos a Saigón a las 8 PM y quedé anonadada a primera vista.

Kristine, la couchsurfer vietnamita que me está alojando, me pasó a buscar en su moto y me llevó a su casa.

En el camino vi edificios, luces, modernidad.

¡Esto es una ciudad de verdad!

Mientras cenábamos pho, la sopa típica de Vietnam, le pregunté cuál era la actitud de la gente local frente a los extranjeros y especialmente frente a los estadounidenses.

Me dijo que no tenían resentimiento, que ellos miran hacia adelante ya que quieren crecer como país, que la gente es muy amable y todos sonríen.

Al día siguiente salimos a las 7 de la mañana de su casa, Kristine me dejó en el centro y se fue a trabajar.

Caminé durante todo el día y sentí una alegría que no pensé que iba a sentir: ya me encanta este país, me encanta la gente, todos me sonríen, los taxistas no me acosan (hasta diría que son tímidos y respetuosos, les decís que no y es no), la ciudad es muy linda.

Tiene sectores llenos de árboles que me hace acordar a San Isidro, barcitos y cafés que son muy Buenos Aires, calles más tranquilas que parecen Montevideo… y los vendedores ambulantes, mesitas y comida en la calle y el caos de motos que me recuerda que estoy en el Sudeste Asiático.

Ahora me acuerdo por qué me gusta tanto viajar.

PD: (Gracias a todos los que votaron para que viniera a Vietnam… ¡den la cara!)

Pleno centro, cerca de la catedral

La Catedral de Notre Dame

Barriendo la vereda

Kristine (izq.) y su amiga, tomando un café en Saigón

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