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Parte 1: Con ojos de Dalí

Estoy con insomnio. Yo digo que es el café, otros me dicen que estaré pensando demasiado, otros me dicen que los argentinos, por naturaleza, nos enroscamos mucho con todo. Yo voy a hacer de cuenta que es el café y ya está. Así que ayer aproveché esta epidemia de insomnio —que quién sabe quién o qué la habrá traído— para despertarme bien temprano (algo que en esta ciudad se complica) y alejarme de Barcelona por unas horas. Me tomé el tren —cómo me gusta tomar trenes— y me fui a Figueres, un municipio de Girona (Catalunya), a 117 km de Barcelona y muy cerca de la frontera con Francia.

Los vagones iban casi vacíos, se ve que en invierno el que no tiene alguna razón para salir, no sale. Miré la pantalla con la información del viaje: mientras la velocidad del tren aumentaba, la temperatura exterior se desplomaba. 12ºC… al rato 9ºC… dos estaciones después 5ºC… una hora después 2ºC. Finalmente llegué a Figueres con la módica suma de un grado centígrado. Qué lindo el frío. Lo primero que averigüé en la estación era a qué hora salían (y volvían) los buses a Cadaqués, un pueblito de la Costa Brava que mucha gente me recomendó visitar. “El próximo sale de aquí a la 1.45 del mediodía y el último vuelve de Cadaques a las 6.15 de la tarde”. Perfecto, tenía tiempo de sobra.

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Caminé por Figueres siguiendo los carteles. Lo bueno de España —¿supongo que será así en el resto de Europa?— es que todo está perfectamente señalizado y es muy fácil llegar a los principales “atractivos” del lugar. Aunque, visto de otra manera, lo malo de España es que todo está señalizado y eso disminuye las posibilidades de (o las excusas para) interactuar con la gente local y pedirles indicaciones. Pero, de vez en cuando, yo lo hago igual. Seguí las flechas y mi instinto y llegué al lugar por el que fui a visitar Figueres: el Teatro-Museo de Salvador Dalí.

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El Museo fue construido sobre las ruinas del antiguo teatro de Figueres y es una obra en sí: Dalí convirtió el edificio en un mundo surrealista con reglas propias y creó una realidad distinta donde conviven cuadros, esculturas, instalaciones, dibujos, bocetos, objetos, murales, huevos, choclos, gallinas, mujeres, coches… Es la mente de Dalí, con todos sus recovecos, plasmada en un edificio.

Sin haberlo planeado, elegí el día ideal para visitarlo: en la entrada me encontré con un grupo de 30 niños de unos siete años con sus maestros de colegio. Si nosotros, “adultos”, nos maravillamos ante la imaginación y la inventiva de Dalí, imaginen la reacción de un niño. Ahora imaginen la reacción de 30 niños juntos. Cada vez que entraban a una sala miraban para todos lados y decían “UAAAAU” con la boca abierta mientras señalaban cada detalle emocionados. Yo intentaba seguir sus miradas para ver qué era lo que los maravillaba tanto: si un color, un objeto, un mueble, una forma, un dibujo.

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Y pensé en algo que me vengo repitiendo hace tiempo. Así es como tenemos que mirar el mundo, estemos donde estemos: como cuando éramos chicos. Con sorpresa, con admiración, con curiosidad, con imaginación. Cuando dejamos de mirar el mundo como niños damos todo por sentado, aceptamos que nuestra realidad es “lo normal”, que el mundo “es así”, y nos dejamos arrastrar por la rutina, creyendo que ese es el camino que tenemos que seguir porque “alguien” lo decidió así. Cuando somos chicos, en cambio, todo nos sorprende, cada objeto y cada lugar nuevo contiene un mundo en sí mismo, y para todo usamos el juego. ¿Dónde queda el juego cuando crecemos? ¿Por qué dejamos de jugar?

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Para visitar el Museo de Dalí hay que estar dispuesto a entregarse a sus reglas y, sobre todo, a jugar. No importa la edad, nadie nos pedirá ser menores de 12 años para divertirnos. Adentro de ese teatro, la realidad es otra. Una realidad imaginada que podría ser real, por qué no. O, más bien, una realidad que un ser humano imaginó y convirtió en algo tangible. Si está ahí es porque existe, aunque sea solamente en un rincón de un pueblo de Catalunya.

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Después de unas horas salí del Museo y caminé por Figueres en busca de comida barata. Mi bolsillo se niega a desembolsar 10 euros por un almuerzo, así que fui en busca de un bocadillo (sandwich) barato (encontré uno por 2 euros) y compré algo de fruta en un mercado callejero. A la 1.45 del mediodía tomé el bus a Cadaqués y me fui, semidormida, rumbo al Pueblo de los Gatos.

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Leé la segunda parte acá.