Relato fotográfico: una vuelta por el País Vasco

[box type=”star”]Imágenes y pensamientos de un viaje que hice por el País Vasco en junio de 2014. Si querés ver más relatos fotográficos de distintos lugares del mundo, podés hacerlo acá.[/box]

Viajé al País Vasco a fines de junio del año pasado, unos días después de que empezara el verano en Europa. Estaba en Biarritz, también en el país vasco pero del lado francés, y decidí hacer una escapada y conocer esa región de la que tanto me habían hablado.

El País Vasco o Euskadi —su nombre en euskera o vasco— es una comunidad autónoma española ubicada en la costa noreste del país, entre Cantabria y Francia. Está conformado por las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya pero, culturalmente, el País Vasco es más extenso. El término Euskal Herria significa país del euskera y se usa para referirse a la región cultural europea que comprende territorios de Francia y España y que tiene cultura vasca. Además de las tres provincias españolas, incluye a la provincia de Navarra y al Pays Basque francés —este último quedará para otro relato fotográfico—.

* Primera parada: Zumárraga

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Muchas veces elijo los destinos de mis viajes por las personas que me esperan ahí. Fui a Zumárraga a visitar a Gonzalo, un fotógrafo y bloguero de viajes vasco. Hice base en su pueblo y los días siguientes fui con él a conocer las tres ciudades más importantes de Euskadi: Bilbao, Donostia y Vitoria.

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Llegué a Zumárraga en una de las noches más especiales del año: la noche de San Juan. Es una tradición muy antigua que celebra la llegada del verano con una hoguera. Tradicionalmente, las familias se reunían en los caseríos rurales y prendían hogueras con el fin de espantar a los espíritus malos y las brujas, y pedir por una buena cosecha. Hoy, las fogatas se prenden en el centro de las plazas: se queman objetos que representen aquello que queremos olvidar o se tiran papelitos con deseos. Luego la gente salta sobre el fuego o baila alrededor de la hoguera hasta que esta se apaga. Estas fotos corresponden a las celebraciones en Urretxu, el pueblo pegado a Zumárraga.

* Segunda parada: Bilbao

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Bilbao es la capital de Vizcaya y la ciudad más grande de la región.

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—Dime qué te parece ese edificio —me dijo Gonzalo.
—Ja, no me lo esperaba. Es original —le respondí sin terminar de decidir si me gustaba o no.

No está mal.

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En el resto de Bilbao, sin embargo, encontré una arquitectura más tradicional.

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Con algunas excepciones, como el edificio que aparece al fondo del camino.

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O el Museo Guggenheim Bilbao, que imita la forma de un barco.

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Había oído hablar mucho de él. Es un museo de arte contemporáneo, fue diseñado por Frank Gehry, un arquitecto canadiense, e inaugurado en 1997. Su arquitectura es de estilo deconstructivista y, al parecer, el museo no tiene ni una superficie plana en toda su estructura.

Ese día tuve suerte: adentro había una exposición de Yoko Ono.

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En la explanada del Museo estaba Puppy, la escultura de un cachorro hecho con acero y recubierto de flores.

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Mide más de doce metros de altura y fue realizada por Jeff Koons, un artista estadounidense, en 1992.

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Y es un lindo espacio para jugar.

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Seguimos caminando y cuando cruzamos el puente nos encontramos con estos paddle-surfistas que justo pasaban por ahí. La costa marítima del País Vasco es muy reconocida por sus olas y surfistas.

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Miro la fecha de las fotos y veo que era martes. Por la cantidad de gente en las calles, hubiese pensado que era viernes a la tarde. Pero después me acuerdo de que en el País Vasco la gente siempre estaba afuera. Algunos reunidos con amigos, otros paseando, otros comiendo. Las calles siempre pobladas.

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Y otras, como ellas, charlando con vistas panorámicas.

* Tercera parada: Donostia-San Sebastián

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El primer lugar de San Sebastián al que me llevó Gonzalo fue al final de la Playa de Ondarreta: desde ahí se podía ver el Peine del Viento, uno de los íconos de la ciudad. Es un conjunto de esculturas de acero hechas por Eduardo Chillida, un escultor vasco, e incrustadas en rocas que dan al mar Cantábrico. Gonzalo me mostró que en el piso, al lado del mar, había unos agujeritos y que si ponía la mano podía sentir cómo subían el viento y las gotitas de agua.

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—La ciudad se llama Donostia, pero nosotros le decimos, cariñosamente, Donosti —me dijo Gonzalo.

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Era época de Mundial, así que en los bares estaban pasando los partidos. Ese día jugaba Nigeria-Argentina.

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Nos dedicamos a caminar por la Parte Vieja de la ciudad.

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Lo lindo de San Sebastián es que tiene el mar ahí nomás, muy integrado a la ciudad. Es una ciudad que combina mar, arquitectura, gastronomía y vida al aire libre.

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Y mires para donde mires, las vistas siempre son lindas.

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Tal vez por eso, la gente estaba sentada afuera, disfrutando del calor. Yo estoy esperando que sea primavera para ir de visita otra vez.

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Caminamos por el Paseo de la Concha, bordeando el mar. Mientras tanto, el sol iba bajando.

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Hasta las gaviotas miraban el atardecer.

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Después llegó la hora de irse de pintxos.

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Los pintxos consisten en rebanadas de pan con una porción de comida encima. A veces se sujeta con un palito o pincho, a veces no. Es similar a la tapa, aunque no es lo mismo: la tapa suele incluirse en algunos bares con la bebida, pero el pintxo se pide por separado.

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Hay pinchos fríos y calientes. Los fríos suelen estar puestos exhibidos la barra del bar para que cada uno se sirva lo que quiera. Los pinchos calientes se solicitan al mozo y son preparados en la cocina en el momento.

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Lo mejor es ir con alguien que conozca para que te lleve a probar las especialidades de cada bar. Nada mejor que ir alternando de lugar y probar algo en cada uno.

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A los pintxos más tradicionales —como tortilla de papa, pescado, pimientos, croquetas— se le suman las creaciones de los chefs de cada bar.

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No me voy a cansar de decirlo: qué bien que se come en el País Vasco.

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Estas croquetas las comimos al día siguiente, con los chicos de GoLocal San Sebastián que nos llevaron a hacer un paseo en bici por la ciudad.

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La ciudad, de día o de noche, tiene mucha vida.

* Última parada: Vitoria-Gasteiz

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Vitoria es la capital política del País Vasco: es la sede oficial del Parlamento y de las instituciones vascas. Durante el 2012, fue la Capital Verde Europea: ese premio se le da a las ciudades que mejor se ocupan de cuidar el medio ambiente y el entorno de sus habitantes.

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El casco medieval o zona antigua, me explicó Gonzalo, tiene forma de almendra: por eso se la suele llamar la almendra medieval.

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Vitoria fue, de manera sucesiva, gótica, renacentista, barroca, neoclásica y romántica. El casco viejo, sin embargo, mantiene el trazado gótico, y los nombres de las calles siguen haciendo referencia a las actividades que se practicaban en ellas: cuchillería, herrería, zapatería, entre otras.

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Una de las cosas que más me gusto de Vitoria fue la enorme cantidad de arte callejero que hay en sus paredes y construcciones.

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Murales y murales y murales…

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Y esa arquitectura gótica que tanto me gusta.

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Ese día tampoco faltó la degustación.

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Y después de compartir comida, cerveza y charlas, nos despedimos y me fui de vuelta a Biarritz.

Y ahí empezó mi viaje por el Pays Basque francés, pero esa ya es otra historia…

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Cielo de Salamanca

Salamanca

Salamanca, ciudad española, y su cielo

Al final uno se instala, dice que va a dejar de viajar por un tiempo, que mejor quedarse quieto, y pasa lo mismo: surge un viaje. Acepté solo por una razón: Sue, la prima de mi mamá, húngara-canadiense, a quien no veía hacía cuatro años, iba a estar unos días en Salamanca, España. Miré el mapa: Biarritz – Salamanca 559 km. ¿Qué son 559 km? Unos 150 más que ir de Buenos Aires a Mar del Plata, mucho menos que ir de Buenos Aires a Vancouver. Voy. Eso sí: de viaje relámpago, nada de quedarme deambulando por España, que estoy en modo no-viaje, achanchada y con pocas ganas de moverme.

Reservo un viaje por blablacar (el sistema de coches compartidos). Sale el domingo en el horario perfecto: me dejaría en Salamanca de noche. El plan es quedarme dos noches ahí, pasar muy velozmente por Madrid y volver. Tengo todo calculado. Unos días antes, el chico de blablacar me cancela: tuvo que cambiar el trayecto y va para otro lado. Ufa. El único viaje que hay sale a la mañana en vez de a la noche, lo cual arruina mis planes de ir a ver la final del campeonato mundial de surf en Hossegor, un pueblo cerca de acá. ¿Desde cuándo soy fan del surf yo? Desde nunca. Bah, sí, siempre quise hacer surf, pero al único que conozco así de nombre es a Kelly Slater, es decir que tengo conocimiento casi cero del tema. Me encapricho. Quiero ir a ver a Kelly (?). Al final lo pienso y decido mantener mi plan original. Reservo el viaje en blablacar y preparo la versión viaje relámpago de mi mochila: es decir, voy bien liviana.

Esto me espera en destino, aunque no conozco Salamanca así que no sé qué imaginarme

Esto me espera en destino, aunque no conozco Salamanca así que no sé qué imaginarme

El mensaje de A., el francés que me va a llevar hasta Salamanca, dice, entre otras cosas: “Estaremos en un grande bus verde”. No leí todo su perfil porque estaba en francés, pero al parecer son dos y están de surf-trip. Así que el domingo a la mañana camino hasta la rotonda por donde me van a pasar a buscar y cuando aparece el grande bus verde casi me muero. Es espectacular. Es un Mercedes de los años 70, reacondicionado como casa rodante: mi sueño motorizado. Uno de los chicos abre la puerta y cuando me quiero subir me empieza a ladrar un perro. ¡Hay perro y todo! Pero enseguida nos hacemos amigos y al rato se olvida de que estoy ahí.

El bus

El bus

Por dentro

Por dentro

La cocina

La cocina

La primera hora y media de viaje me la paso sacando fotos y haciendo preguntas. Los chicos de la casa rodante (o del bondi rodante, mejor) son dos: A. y J. Ambos viven ahí, J hace ocho años, y están yendo al sur de Portugal a surfear y de ahí a Marruecos a pasar el invierno. Van muy tranquilos, sin apuro. Pienso en decirles que cambié de idea y que necesito ir hasta Marruecos (pasando por Portugal, obvio) para ver cómo anda todo por allá. ¿Me llevarán? La casa tiene todo lo que un viajero necesita: camas, una cocina, una biblioteca, una mesita, un sillón, música, una letrina (¡viva la letrina!). A todo esto sumarle seis tablas de surf, dos bicicletas, una moto y un perro, no olvidar al perro.

El viaje que iba a ser de cinco horas termina siendo de diez. Vamos despacio y frenamos varias veces en la mitad, una de ellas para cocinar. Es buenísimo esto de tener cocina móvil y poder comer en cualquier parte. Charlamos. Los dos chicos estuvieron en Argentina y hablan un poquito de castellano (con acento argentino y todo). Más tarde volvemos a frenar, esta vez en un parador vacío: tiene hoteles y restaurantes, pero todo está cerrado por vacaciones. Los únicos ruidos que se escuchan son una botella de plástico que rueda por el piso con el viento y un tipo vomitando a lo lejos. Estos lugares de ruta son escenarios en sí mismos.

Empieza a bajar el sol...

Empieza a bajar el sol…

La segunda parte del viaje me la paso leyendo el libro ÁgilMente, de Estanislao Bachrach, doctor en biología molecular y experto en creatividad. El objetivo del libro es que entendamos cómo funciona nuestro cerebro para poder potenciar nuestra creatividad. Propone ejercicios bastante interesantes, como dibujar nuestro desafío creativo (que puede ser cualquier cosa, desde “escribir más libros”, en mi caso, hasta “inventar un sabor de helado nuevo” o lo que sea) y darle personalidad, encontrar relaciones entre palabras que parecen no tener nada que ver, imaginar una ruta vacía por donde van y vienen pensamientos, elegir un color al azar y buscarlo durante todo un día en las cosas, anotar las últimas diez buenas ideas que tuviste y, el que más me gustó, pensar cien ideas acerca de un tema en una hora.   

Mensajes que encontraría más tarde por Salamanca

Mensajes que encontraría más tarde por Salamanca

Vos también.

Vos también.

Poemas.

Poemas.

Así que durante un largo rato, escribo. El perro descansa en el piso: lo miro, me mira, nos miramos un largo rato, después cruza una pata sobre la otra y cierra los ojos. Empieza a bajar el sol y yo me siento en altura crucero: estar en esta ruta, en esta casa rodante, en España, leyendo, escribiendo, mirando por la ventana, es como si todo fluyera solo. Llegamos a Salamanca a las ocho de la noche, pero el cielo todavía está claro. Los chicos me dejan a unos dos kilómetros del centro, no quieren entrar con el colectivo, así que me bajo y camino contenta. Me gusta entrar a las ciudades caminando (siempre que no esté muy cargada), ver cómo va aumentando la cantidad de gente de a poco. A primera vista, Salamanca parece linda. Venir a España siempre me pone de buen humor. Esa noche, unos minutos antes de quedarme dormida, se me cruza por la cabeza la frase: “Viajar es un estado de la mente”. La escribo.

Una de las primeras imágenes que tengo de la ciudad: la Plaza Mayor.

Una de las primeras imágenes que tengo de la ciudad: la Plaza Mayor.

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Adivinanza: ¿Cómo saber que estás en España? Por la cantidad de comida que te ponen en el plato! :D

Adivinanza: ¿Cómo saber que estás en España? Por la cantidad de comida que te ponen en el plato! :D (Esos espárragos estaban tan buenos como parecen)

Los dos días siguientes me dedico a caminar por Salamanca con Sue. Ella está hace más días así que me lleva a sus rincones preferidos. La ciudad es impresionante: todos los edificios me parecen monumentales, como si estuviese caminando por un museo a gran escala. Hay mucha mezcla de estilos: barroco, románico, mudéjar, gótico, renacentista, modernista. Es que por la historia de Salamanca pasaron muchos pueblos: entre ellos, romanos, visigodos y musulmanes. Acá está, además, la universidad más antigua del país, creada en 1218. La ciudad vieja fue nombrada Patrimonio de la Humanidad en 1988 y Salamanca, toda, está muy ligada al desarrollo de la literatura española. Es una ciudad de estudiantes y de letras. A mí, lo que más me llama la atención, es su color.

Color Salamanca

Color Salamanca

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Con detalles rojos.

Con detalles rojos.

Pero en general marrón.

Pero en general marrón.

Salamanca es toda marrón (o dorada, según cómo le dé el sol). Toda. No hay otro color que domine tanto como este tono de marrón. Marrón Salamanca. Y lo que mejor le queda, pienso, es el cielo. Ese celeste intenso combina muy bien con este marrón. Creo que sin darnos cuenta, Sue y yo estamos atentas a lo que pasa en el cielo, casi minuto a minuto. Mirá esa bandada de pájaros, le muestro. Son un montón, son blancos, algunos tienen el pecho rosa y se la pasan volando en grupo. Uy, se nubló, vamos allá que hay un pedacito de sol, y nos movemos como gatos en busca del calor. Cuando se nubla y sopla el viento hace frío, pero las nubes van tan rápido que a veces el cielo parece un time-lapse. Entremos acá, que quiero ver el Cielo de Salamanca, me dice Sue.

No me digan si no combinan los colores.

No me digan si no combinan los colores.

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El cielo siempre presente

El cielo siempre presente

Y las nubes también

Y las nubes también

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Estaban preparando una muestra de fotos.

Estaban preparando una muestra de fotos.

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El Cielo de Salamanca está escondido en una de las aulas del patio de las Escuelas Menores: es una pintura, parte de un mural de fines del siglo 15, que originalmente estaba en la bóveda de la antigua biblioteca de las Escuelas Mayores. Se le atribuye al pintor español Fernando Gallegos y se descubrió a mediados del siglo 20. Para ver esta obra tenemos que quedarnos al menos cinco minutos adentro del aula, hasta que se nos adapte la vista, me adelanta Sue. Entramos a un cuarto con luz muy tenue y nos sentamos a mirar el Cielo desde abajo. De a poco va tomando claridad y empiezo a ver las formas, los dibujos, las conexiones, las palabras. Es un cielo astrológico. No dejan sacar fotos, así que intento grabármelo en la cabeza. Cuando salimos, la luz me parece fuertísima.

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Rincones y momentos de dos días en Salamanca

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Sus frentes

columnas

columnas

relieves

relieves

texturas

texturas

y personas.

y personas.

Y hasta un astronauta tallado.

Y hasta un astronauta tallado (a ver si lo encuentran).

El día que me voy de Salamanca hay un atardecer lleno de colores. En el bus rumbo a Madrid escribo una lista con cien ideas acerca del cielo, y pienso (sin pensar demasiado, en realidad, sino dejando que fluya el pensamiento), por ejemplo: 7. El cielo combina mejor con ciertas ciudades (como con el marrón de Salamanca), 33. Las cosas más impresionantes están en el cielo: la aurora boreal, el sol de medianoche, las estrellas, la luna, el sol, las nubes, la batiseñal (?). 41. Del cielo también cae nieve, 42. Pueden caer bolas de granizo, 43. Puede haber una lluvia de hamburguesas, 44. En Un cuento chino cae una vaca, 45. En las noticias caen aviones, 68. Cuando sale el sol en París, la gente está más contenta, 84. ¿Y si el cielo fuese rojo? ¿Nos alteraría?, 88. Te quiero hasta el cielo, 92. Mirar el cielo desde abajo del agua, 94. El cielo durante la guerra, 97. Ese azul intenso del cielo en Argentina. Cuando llego a Madrid ya es de noche. Me espera un viaje en metro y, menos de dos días después, un viaje de vuelta a Francia.

Altea, el pueblo que todo lo cura

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No sé quién fue la primera persona que me dijo que vaya a Altea, pero Ana (mi anfitriona en Cartagena) me lo repitió: “Tienes que ir a Altea”. Hay lugares que ya suenan lindos por el nombre, y Altea  me gustó. “No sé si has estado en Cadaqués, pero es un estilo parecido, un pueblito blanco del Mediterráneo”. Sí, estuve en Cadaqués y me encantó. “Es un lugar para quedarte dos o tres días en un hostel a tu aire”, me sugirió. Busqué hostels y no encontré. Busqué hoteles y apartamentos en Altea y me parecieron muy caros. Me dije: todos los caminos conducen a Couchsurfing, ¿para qué evitar lo inevitable? Así que busqué anfitriones y mandé algunas solicitudes sin mucha fe. Una hora después ya tenía casa en Altea. Resultó ser que Michel (uno de los chicos que me alojaría junto a Sara y Miriam, los tres estudiantes de arte) había conocido mi blog hacía poco y no podía creer la casualidad. Yo no pensé (ni me imaginé) que podía tener lectores en Altea, pero sí.

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En su mensaje, Michel me recomendó llegar al pueblo en tranvía desde Alicante. Me dijo que si bien tardaría más que en coche, las vistas del tranvía eran parte de “la preparación psicológica” para visitar Altea, “el pueblo que todo lo cura”. La propuesta me gustó. Tanto, que a pesar de que el blablacar (esta palabra en España es sinónimo de coche compartido) al que me subí en Murcia iba directo a Altea, preferí bajarme en Alicante (a mitad de camino) y hacer el trayecto en tranvía sola. No le dije nada al conductor porque seguramente iba a pensar que estaba loca. Un poco sí. Pero ¿quién no necesita curarse de algo?

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Durante dos horas, el tranvía avanzó paralelo al mar Mediterráneo (cómo me gusta este mar, junto con el Caribe son mis preferidos) y atravesó pueblitos de esos en los que quiero vivir (¿y si dejo de viajar y me instalo en una de estas casitas? Uno deja muchas cosas de lado al no establecerse), plantaciones de naranjas (pero hay tanto mundo por conocer, no puedo frenar todavía), edificios de veraneo (qué lindo sol de invierno… ¿qué pensará esa chica en su balcón?), casas blancas (qué simpáticos los abuelitos esperando el tren) y túneles con graffitis (siempre hay arte cerca de las estaciones). Fui todo el trayecto escuchando canciones de John Lennon y dejando que mi mente fluyera. Quise leer pero no pude: me era imposible despegar la nariz de la ventana.

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Cada vez estoy más convencida de que los libros nos encuentran a nosotros, y no al revés. Unos días antes, estando en Madrid, revisé la biblioteca de mis amigos (se lo hago a todas las bibliotecas) y un título me llamó la atención: Lonely Planet’s Guide to Experimental Travel (lo cito en inglés porque estaba en ese idioma y no lo encontré en castellano ni en ebook). Lo abrí. El libro me proponía conocer lugares a través de distintos juegos o experimentos (por ejemplo: caminar —con ayuda de alguien— con los ojos vendados, tomar decisiones tirando los dados, explorar una ciudad a través de canciones que hablen de ella, dejar que un perro local te lleve a pasear, tomar un transporte hasta el final de su recorrido, trazar tu nombre en un mapa y seguir esa ruta, caminar siguiendo un patrón como izquierda-derecha-izquierda-derecha, ponerte una máscara de caballo y salir como si nada, entre muchos otros) y sentí que me llegaba en el momento justo. Si bien cada lugar que visito es nuevo y distinto, a veces la manera de conocerlo (llegar – salir a caminar – sacar fotos) se me vuelve repetitiva y un poco monótona. Así que tomé nota de los experimentos que más me gustaron y me propuse ir combinándolos, de vez en cuando, con ciudades nuevas.

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Cuando llegué a Altea me olvidé del libro e hice lo de siempre: salí a caminar sin un rumbo demasiado predeterminado. No sé si fue porque era la hora de la siesta, porque es temporada baja o porque llegué yo, pero las calles del casco histórico estaban casi desiertas. Y, como me pasó cuando estuve en Cadaqués (mi pueblo de los gatos), había tanto silencio que todos los sonidos me llegaban amplificados: mis pasos, las campanadas de la iglesia, alguien sacudiendo la ropa en la ventana, gaviotas charlando a lo lejos, un nene bajando escaleras a saltos, una hoja seca contra el empedrado, el clac de mi cámara de fotos. Como parte del pueblo está construido sobre una colina, las calles no son rectas sino laberínticas y las casas están ubicadas en distintos niveles y unidas por escaleras en caracol. Así que hice lo que casi siempre termino haciendo en lugares así: caminé sin pensar, dejando que me guiara la intuición. ¿Esa escalera a dónde llevará? ¿Se podrá pasar por ahí? Me gusta esa planta. Qué buen felpudo. ¿Y por allá qué habrá? Qué lindo detalle las flores en la ventana. ¿Se verá el mar desde todos lados?

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Y no sé bien cómo fue que pasó y me cuesta un poco explicarlo, pero en algún momento de la caminata me abstraje del tiempo y del espacio (es decir, me olvidé de que era miércoles y de que estaba en Altea, Provincia de Alicante, España, Europa, Planeta Tierra) y empecé a sentir que estaba dando un paseo por mi inconsciente. Fue como si mi mente se hubiese hecho pueblo y Altea se hubiese convertido en la representación a gran escala de mi cabeza (con todos sus recovecos) y de todo lo que tengo guardado ahí. Me sentí como dentro de Inception (“El origen”, la película con Di Caprio, donde los escenarios de los sueños los fabrica un “arquitecto” y los puebla “el soñador” con imágenes de toda la gente que alguna vez se cruzó en la vida) o, tal vez, como metida en un cuadro de Dalí o Magritte. Así que, con esa sensación de estar paseando por mí misma, me puse a jugar.

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Si el pueblo representa mi mente, toda la gente que me cruzo son personas que conozco (o que por lo menos vi alguna vez) o facetas mías. Los objetos representan mis etapas o experiencias. La arquitectura y el arte, mis gustos o deseos. Vamos a ver. Ahí van M y D, hablando de los temas que siempre conversamos; mirá la cabeza de Buda en la ventana, es de mi época asiática; le dije “buenas tardes” a la señora, ella me miró con mala cara y no me respondió; “me estoy meando”, dijo una chica que pasó al lado mío, y yo un poco también; qué buena escena ese señor fumando una pipa, asomado a la ventana entremedio de flores y macetas, está ahí listo para ser fotografiado y yo no me animo a hacerlo por no molestarlo, me odio; ohpordios creo que me acaban de sacar una foto, así se debe sentir la gente a la que intento fotografiar sin que se de cuenta; estos van hablando inglés y los de allá francés, idioma que quiero aprender; esas zapatillas colgando del cable me hacen pensar en Praga y en la señal de la droga/ex-virginidad (según el país), en Big Fish y en ese pueblo raro en el que todos andan descalzos… Me senté a tomar un café en un barcito (una de mis actividades preferidas) y vi, por la ventana que tenía al lado de mi silla, que una mujer frenaba con su labrador blanco impecable. Una de las mozas salió del bar, acarició al perro y le puso una galletita con forma de corazón en el marco de mi ventana, del lado de afuera. No llegué a agarrar la cámara porque quería ver qué pasaba. El perro miró la galletita, miró a la dueña y, cuando la moza le hizo un gesto, se la comió. Me pareció una escena demasiado idílica y sacada de alguna parte muy cursi de mi cabeza.

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Mientras bajaba hacia la costa, pensé: “Este es un pueblo para venir con Maru” (mi amiga de toda la vida, una de las pocas personas con las que hablo de inconsciente a inconsciente) y ahí quise cambiar las categorías tradicionales (“pueblo de veraneo”, “pueblo mediterráneo”, “medina árabe”, “ciudad asiática”, “bla”) por mis categorías subjetivas (“pueblo para venir con Maru”, “pueblo para curarse”, “pueblo para viajar en otoño”, “pueblo para jugar”) y empecé a imaginar enciclopedias subjetivas, con opiniones de su autor (siempre tan invisible), del estilo: “este ítem no se me da la gana explicarlo”, “la leche de chufa me suena a bebida de búfalo”, “la naranja no es solo una fruta, también es mi color preferido”, “sí, Buenos Aires tiene tal cantidad de habitantes, pero para mí es treinta ciudades en una”, y así: poco dato duro y mucha anécdota. Y ahí me dije: mejor le aviso a mis lectores que mis relatos del mundo son tan subjetivos como esa falsa enciclopedia en primera persona. Yo suelo enamorarme de lugares y tener experiencias que tal vez para otros nada que ver, por eso es un peligro que se guíen demasiado por lo que escribo.

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Cuando llegué a la costa escuché uno de los mejores ruidos de mi vida (las olas arrastrándose sobre cientos de piedritas), así que me senté en un banco y me quedé un largo rato haciendo terapia de mar. Y ahí me acordé: uno de los juegos que propone el libro de viajes experimentales es el de automatic travel (viajes automáticos, parecido al concepto de escritura automática que consiste en pasar el fluir de conciencia al papel sin pensar en lo que se escribe). Dice: “Escapá de las restricciones o límites de la razón viajando automáticamente (sin pensar qué hacés ni a qué lugares vas) y fijate a dónde te lleva tu subconsciente”. Convertir el fluir de conciencia en caminata y recorrer sin pensar. Algo que suelo hacer bastante (tal vez no llevado al extremo) y que esta vez, sin proponérmelo, me generó una sensación nueva e ideas raras.

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—¿Por qué decís que Altea es el pueblo que todo lo cura?

Le pregunte a Michel una tarde que salimos a caminar. Y cuando lo dije en voz alta, me escuché.

—Perá: ¿que todo lo cura o que todo locura?

—Ja, que cura. Es que mucha gente que conozco vino acá en momentos no muy buenos de su vida, se quedó a vivir y se sanó…

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Altea proviene del griego Althaia y significa “yo curo”. Sus calles tienen nombres como Remedios, Salud y Consuelo; su clima es moderado, tiene paredes blancas que tranquilizan y el mar de fondo. Bien podría ser un gran sanatorio (lugar donde se sana). Es un pueblo de artistas: la única carrera universitaria que se dicta es Bellas Artes y gran parte de su población son estudiantes o gente que se dedica al arte. Después de pasar tres días me fui a Valencia y, mientras esperaba a Dani (mi siguiente anfitriona) en la puerta de su trabajo, me di cuenta de que por fin empecé a sentir que estoy donde tenía que estar.

Todo se alineó.

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La otra Cartagena

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Viernes, 23 h. Situación en un bar cualquiera de Madrid. Estoy de tapas con amigos y llega gente nueva a la mesa. Dos besos por cabeza y el diálogo de siempre:

—Hola, un gusto: Aniko.
—¿Aniko has dicho?
—Sí.
—¿Es japonés?
—No, es húngaro.
—Bueno, como no lo recordaré, por hoy serás Haiku.

Haiku Villalba, no está mal. Hasta suena poético.

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Esto de tener un nombre raro es, para mí, lo más normal del mundo. Estoy acostumbrada, desde que tuve que empezar a presentarme, a que me pregunten: ¿cómo? ¿es el nombre o el apellido? ¿Nicole? ¿A-qué? ¿es tu pseudónimo? ¿es japonés, no? Me bautizaron Yoko, Ana, Anika, AniLko, Niko, Nikita, Nicole, Añiko (en casos extremos de problemas de vocalización) y cosas por el estilo. Mucha gente asume que Aniko es mi nombre artístico (pensarán que en realidad me llamo Marta), a otros les parece tan complicado que optan por decirme Anita (o Haiku). Nunca jamás un chico pudo adivinar mi nombre en un boliche (no sé si en otros países pasa ni si este chamuyo se sigue usando, pero en Argentina —o al menos en Buenos Aires, por donde yo salía— siempre había alguno que aparecía a las tres de la mañana en medio de la pista —o del bar—, me miraba y decía, haciendo de cuenta que me conocía: “¡Juanita!”. A lo que yo le respondía: “Te apuesto lo que quieras a que no adivinás mi nombre”. Y podía estar tres horas que no lo adivinaba). Cuando me fui a Asia me pasó al revés: para los asiáticos, mi nombre era normal y facilísimo, aunque después de un rato ellos también me preguntaban: “But it’s Japanese, right?”. No.

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Nuestro nombre es una de las tantas palabras que nos definen y, como muchas cosas en esta vida, algo esencial de nuestra persona que se nos da al nacer y que no elegimos (por lo menos no en ciertas culturas). Y los nombres, aunque no queramos, generan asociaciones mentales y expectativas en los demás. Un ejemplo: me contrataron en mi primer trabajo gracias a “mi nombre japonés”. Mi jefe sabía que yo no era japonesa (me había entrevistado y había comprobado que no tenía los ojos rasgados ni nada que se pareciera a una facción asiática), mis futuras compañeras de redacción le habían recordado que yo no era japonesa y que mi nombre era húngaro, pero él quiso que hubiera una japonesa en el staff, y ahí quedé yo. La haiku de la revista.

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Y esto de imaginarse cosas en torno a una palabra no pasa solo con los nombres de las personas, sino también (y quizá mucho más) con los nombres de los lugares. “Ay, qué lindo sería ir a Micronesia, tan exótico”, pienso. Y seguro que el día que llegue a Micronesia veré que sí, que es exótico (porque queda lejos y se habla otro idioma) pero que en realidad ahí la gente es bastante parecida a nosotros y también tiene su rutina; y en algún momento del viaje, un micronés me dirá: “Ay, qué lindo sería ir a Buenos Aires (pronunciado, quizá, Boenos Airuesh, o no), tan exótico” y ahí me daré cuenta de que lo que suena distinto, para el que nunca lo escuchó, siempre suena exótico. Y será como ver la situación frente a un espejo: yoqueríavenirparaacáporquemesonabaexótico-vosquerésirparaalláporquetesuenaexótico pero los dos sabemos que nuestros respectivos países son normalitos (dentro de lo que uno considera normal).

Cuando dije, en Madrid, que venía para Murcia, los españoles pusieron cara de nada. Muchos me dijeron: “¿A Murcia? No tengo idea de qué hay en Murcia, pero ya me contarás”. No es como decir “me voy a Barcelona” o “me voy a París”: no podés terminar de decir BarcelParís que ya todo el mundo te mira con cara de ay Paricelona y se acuerda de todas las cosas que vivió allá o sueña con todas las cosas que le gustaría vivir allá. Los que ya estuvieron llenan el nombre con sus historias, y los que nunca fueron lo llenan con sus expectativas, y así las ciudades se convierten en contenedores vacíos repletos de cosas que le pasaron a todas las personas que estuvieron o que desean haber estado por ahí. Y la misma ciudad se convierte en mil lugares distintos.

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La segunda foto es de Cartagena de Indias (Colombia). La primera es de Cartagena (España).

Toda mi vida soñé con viajar a Cartagena de Indias (la de Colombia, que en mi mente era la única) y hasta hace poco nunca se me había ocurrido pensar que había otra Cartagena que no era de Indias y que también existía desde hacía varios siglos. Para mí, Cartagena era una ciudad del caribe colombiano que me llamaba a gritos. De la española, ni noticias. Durante mi primer viaje por América Latina uno de mis grandes objetivos era llegar a Cartagena (la de Colombia), caminar por esas calles caribes, sentarme a leer Cien años de soledad y encontrarme de casualidad con Gabriel García Márquez (sí, claro). Llegué y festejé mis primeros cinco meses de viajera ahí, en la que se convirtió en una de mis ciudades preferidas e inolvidables (la recuerdo como si hubiese estado ayer, cosa que no me pasa con todos los lugares). Y ahora (de casualidad) hago el no-festejo de mis cuatro meses de este viaje largo en Cartagena (la de España) mientras leo Vivir para contarla (las memorias de García Márquez) y camino con él por sus calles (porque son suyas) de Cartagena de Indias, de Barranquilla, de Aracataca y de Bogotá. Y leyéndolo entiendo que una misma ciudad es distinta para cada persona que la habita, la visita o la imagina: la Cartagena de Indias de García Márquez nunca será mi Cartagena ni tampoco la de ninguna otra persona. Cada uno convierte los lugares donde vive esta vida en sus escenarios personales de dramas, comedias e historias. Por eso visitar “la Cartagena de García Márquez” o “la Praga de Kafka” es casi como buscar algo que ya no existe.

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Estas dos fotos son de la Cartagena colombiana.

Mientras leo acerca de Cartagena  me entero de que esta —la de España— fue fundada como Qart Hadasht en el 227 a.C. por el cartaginés (de Cartago, la actual Túnez) Asdrúbal el Bello (esa es otra cosa que me llama la atención: ¿por qué los personajes históricos tienen esos nombres como “el grande”, “el valiente” o “el bello”? ¿Quién se los puso? ¿Sus mamás? ¿Tan bello era? Yo quiero ser recordada como Aniko la Miope). Durante la época del imperio romano (abro paréntesis otra vez: en esta Cartagena al parecer cavás un pozo y sale algo romano), la llamaron Carthago Nova (la nueva Cartago), y durante el dominio bizantino Carthago Spartaria. Hoy le quedó Cartagena (el mismo nombre que luego le darían a una de las colonias más importantes de América), y me pregunto: si las ciudades cambian de nombre, ¿por qué nosotros no lo hacemos? Nuestros padres (o fundadores, si somos ciudades) nos bautizan pensando en lo que quieren que seamos, pero después resulta que somos otra cosa y nos sentimos más “Ciudad de la furia” que “Buenos Aires”, por ejemplo. Entonces estaría bueno ir rebautizándonos a medida que vivimos cambios importantes en nuestra vida (ya sé, no sería tan fácil localizarnos en Facebook, pero bueno, tal vez sea mejor incluso). “¿Aniko?”, “No, eso era antes, ahora díganme Matilde la Veleta”.

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Algunas imágenes de la Cartagena española

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El teatro romano, descubierto hace pocos años en el centro histórico de Cartagena.

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Edificio modernista

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La peluquería del barrio

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El puerto

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El bar donde el tiempo pasa al revés

Durante los tres días que pasé en Cartagena me quedé en casa de Ana, una lectora cartaginesa que me llevó a caminar y a conocer el centro histórico de la ciudad. Mientras visitábamos el antiguo teatro romano (descubierto hace pocos años), nos preguntamos cómo sería la ciudad en aquel entonces (hace miles de años). ¿Cómo serían las casas? ¿Qué asociaciones mentales generaría el nombre de la ciudad? ¿Se imaginarían que unos siglos después le pondrían el mismo nombre a otra? Y yo pensé: se llaman igual pero son dos mundos distintos, y me acordé del calor pesado del Caribe, de las palenqueras vendiendo frutas, de las chicas caminando descalzas, de las hordas de turistas amotinados entre las murallas de la ciudad vieja, de los autos fuera de lugar entre las calles adoquinadas y los balconcitos de colores de otra época. Esta Cartagena me pareció más silenciosa y tranquila que la otra (y con los lugares cerrados por horario de siesta, algo muy español que había olvidado), pero reconozco que sigo enamorada del ambiente caribeño de la de Indias.

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Esta foto no es muy buena, pero es de las imágenes que más recuerdo cuando pienso en Cartagena de Indias.

El día antes de irme, la hermana de Ana nos invitó a comer a su casa y me presentó a sus dos hijas de la India (de 7 y 9 años). Lo primero que me preguntaron fue si ya había ido a su país. No, pero lo tengo muy pendiente. La mamá me contó que la más grande también quiere ser viajera, y le preguntó a la más chica: “¿Y tú también serás viajera o te quedarás para siempre en Cartagena?”. Su respuesta (genial) fue: “¿Para qué quedarme aquí donde ya lo he visto todo?”. Fueron adoptadas con 4 y 6 años, son hermanas biológicas y las dos mantienen sus nombres indios. Y eso me da que pensar: cambiarles el nombre hubiese sido como sacarles parte de la identidad. Entonces tal vez habría que hacerlos acumulativos: ir sumando nombres (o palabras que nos definan) al que ya tenemos, como gente que se agrega a una fila pero sin echar al de adelante. Y así, quizá, uno podría empezar a entender por todo lo que pasó una persona (o un lugar) hasta ser lo que es hoy.

*

AnikoJaponesaLaMiopeHaikuMatildeVeletaHakunaMatata se despide por hoy con un haiku muy trucho (que seguro no respeta las reglas de los haikus serios, pero para que se den una idea de lo que es un haiku japonés):

haiku

[box border=”full”]Autostop 2.0

Como estoy viajando sola y no me animo a hacer dedo sin compañía, empecé a usar una de las webs de Carpooling más conocidas de España: BlaBlaCar. Vine de Madrid a Cartagena (unas 4 hs) por 22 euros (en bus cuesta como 37 euros y en tren más aún). Cuando pregunté en facebook si alguien lo había usado recibí un montón de respuestas positivas, así que quería contarles que lo probé y me fue muy bien. Creo que es una muy buena opción para viajar barato y conocer gente. [/box]  

Como en casa

Madrid me retiene. Doce días y contando. ¿Qué escribir cuando uno está de viaje pero se siente como en casa? Tal vez de eso: la sensación de casa que encuentro en distintas partes del mundo, la certeza de que los viajeros no tenemos una casa sino varias. Muchas veces me preguntan si no extraño mi casa, mi baño, mi cama. Siempre digo que no. Lo que extraño de Buenos Aires es a mi gente, mis amigos, mi familia, mis caminatas, San Telmo, la primavera, los diálogos que se escuchan en los bondis. No mi baño, ni mi cama, ni mis sábanas, ni nada de eso. Cuando uno vive viajando pasa que muchos lugares se convierten en eso que llamamos “casa”, y la casa que dejamos atrás, en mi caso Buenos Aires, pasa a ser una casa más y no la única. Y al final es peor porque no se extraña una sola casa sino unas diez o veinte y uno queda como con el extrañamiento (¿existe?) dividido.

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España es uno de esos lugares donde me siento (demasiado) en casa. Desde la primera vez que pisé Madrid sentí que estaba llegando a un país que no conocía pero que ya me era muy familiar y cercano. Es verdad que argentinos y españoles estamos muy ligados por la historia y que nuestra cultura es similar en muchas cosas, pero esas no son las únicas razones: lo que me hace sentirme como en casa son los amigos que siempre me esperan acá, la familia que me recibe los domingos, el parecido como de realidad paralela entre Buenos Aires y Madrid, el acento argentino que se escucha bastante, el acento español que tanto me gusta, esas calles tan aptas para caminar, los personajes bizarros que siempre se renuevan (esta vez me encontré con un Spiderman panzón en la Plaza Mayor y un Bart Simpson en el Bernabéu), esas letras de Sabina que cada vez entiendo mejor.

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Madrid está lluviosa y fría, por momentos con mucho viento. Voy abrigada y, si bien no me gusta el frío (corrección: cada vez me gusta un poquito más el frío, siempre y cuando se mantenga sobre cero grados), estoy disfrutando este invierno. Cuando me bajé del avión y sentí el aire fresco me dije: pero esto no es tan terrible, pensé que el choque iba a ser peor. En el vuelo desde Lima no dormí nada: uno porque despegamos de día y no tenía sueño y dos porque cada vez que cerraba los ojos y el avión hacía un mínimo temblor me agarraba pánico y me decía secae-secae-secae-secae (confirmado que cada vez me gusta menos volar). Lo bueno fue que en la lotería de los asientos me tocó estar al lado de una mujer peruana que me charló casi todo el viaje y me ayudó a distraerme. Hablamos de la vida (¿de qué más, sino?), de sus cinco años en Buenos Aires, de sus hijos, de sus historias, de mis historias, de nuestros miedos, de nuestros hogares originales y adquiridos. Lloramos y nos reímos, y en Barajas nos despedimos con un abrazo. Con un preludio así, era claro que estaba llegando a donde tenía que estar. 

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Durante estos doce días me la pasé de reencuentro en reencuentro, no sólo con otros sino conmigo y con mis ganas de caminar. Gracias Madrid por ser tan caminable, espero que todas las ciudades europeas sean así porque necesito mi meditación diaria y quiero volver a la fotografía callejera y al arte de estar en la calle. Viajar para mí es estar (o ser) en las calles de cada lugar. Cuando camino pienso tantas cosas que un día de estos voy a prender un grabador y hablar sola durante todo el recorrido para no perder el hilo de mi conversación. Si pudiera dibujarme creo que me haría caminando y dejando atrás un sendero de palabras sueltas.

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Hace unos días me reencontré con Samy, una amiga de la facultad (que cursó conmigo un año y se cambió a Periodismo) con la que no me veía hacía 10 (D-I-E-Z) años. Cuando me lo dijo la traté de exagerada: ¡qué van a ser diez años! Pero sí, empezamos la carrera en el 2004, o sea que llegué a esa edad donde puedo decir que tal cosa me pasó hace diez o quince años y acordarme del hecho como si hubiese sido antes de ayer (cosa que a los 22 no me pasaba). Y así como hace diez años empecé a estudiar en la universidad, hace seis años que empecé en la universidad de los viajes (y sigo en preescolar). Seis años no es nada (me encanta escuchar o leer a gente que cuenta que viaja hace treinta o cincuenta años, porque espero algún día poder decir lo mismo), pero es suficiente para empezar a sentir que esta es mi vida normal, que no me veo haciendo otra cosa y que espero poder dedicarme a esto hasta el último día de mi existencia.

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(yo también)

Ayer, Samy me entrevistó. Casi al final me preguntó cuáles fueron los mejores y peores momentos de estos seis años de vida viajera y le dije que era una pregunta tan difícil como responder qué país me gustó más. Creo que es como la vida misma: los viajes (por lo menos mis viajes) tienen algunos (pocos) momentos recontra-mega-híper felices y muchos (un montón) de momentitos (por llamarlos así) felices: cuando me quedo en una casa de familia, cuando viajo en un bus local y la gente me mira con curiosidad y me sonríe, cuando alguien me ayuda en la calle, cuando estoy frente a un paisaje que me gusta, cuando me reencuentro con un amigo, cuando me hago amigos nuevos, cuando pruebo una comida rica, cuando me llevan a hacer algo bien local, cuando salgo a sacar fotos, cuando estoy en una situación en la que jamás imaginé que iba a estar, cuando un lugar me sorprende… Después me puse a pensar en los momentos feos y lo primero que me salió fue mencionar los dos robos que viví, pero enseguida me retracté y le dije que no, que los robos son feos pero lo que se van son cosas, y que lo peor para mí son que se vayan las personas, conocer a alguien, despedirme y no saber cuándo ni dónde nos volveremos a ver. Lo más duro de viajar es estar emocionalmente preparada para despedirme de personas y lugares todo el tiempo y soñar con volver  (o será que soy demasiado sensible).

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Mucha gente me escribe diciéndome que si él o ella viviera viajando como yo, su vida sería “perfecta”. Y desde ya les digo que no: no es una vida perfecta. Es un estilo de vida extraordinario y muy enriquecedor, eso seguro, y que a muchos (no a todos) puede hacer muy feliz, pero está lejos de ser perfecto. Cuando uno viaja puede despojarse de todo menos de algo: uno mismo. Nuestros problemas, emociones, tristezas, miedos, inseguridades, todo se va de viaje con nosotros. Estando de viaje también se genera una rutina y hay días de todo tipo: alegres, de mal humor, de pereza, llenos de energía, vacíos, completos, aburridos, sorprendentes. Cada día es distinto, pero uno (o por lo menos yo) no puede estar cien por ciento feliz todo el tiempo. Y sé por experiencia que no es fácil pasar por una etapa de tristeza estando lejos de casa (de la casa que sea). Por eso me hace tan bien saber que mi casa (me gusta mucho la palabra en inglés: home) es algo que existe en muchos lugares del mundo y no sólo en la ciudad donde nací. Hay una canción muy linda que dice “Home is wherever I’m with you” (mi hogar es cualquier lugar donde esté con vos) que también podría decir algo así como “Home is wherever I feel good” (mi hogar es donde me siento bien).

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Cuando uno llega a casa se da cuenta enseguida. Puede pasar en cualquier lugar del mundo y se siente de manera instantánea: es pisar la ciudad, percibir como un calorcito (interior, supongo), sonreír y ver cómo muchas cosas adentro nuestro se alinean, es como dar un suspiro de “ahhh llegué” y sentirse bien. Y, en mi caso, es llegar sabiendo que en algún momento me iré en busca de lugares nuevos (porque es imposible querer dejar de viajar) y que siempre tendré un hogar más al cual volver. Gracias Madrid, si pudiera darte un abrazo y meter ahí adentro tus calles, barrios y personas, lo haría. Pero ahora sí, dejame ir, que quiero seguir camino.

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Justo cuando terminé de escribir este post recibí un mail de mi amigo Jaume (un asturiano que se pasó cinco años viajando y a quien conocí en Laos y volví a ver hace unos días en Madrid) con el enlace a este video. Mientras lo miraba asentía con la cabeza y sonreía sola: ¡sí! ¡tal cual! ¡me pasa también! Esta chica podría ser mi doble española. Se los dejo para que lo vean y entiendan un poquito más a quienes nacimos con el síndrome del eterno viajero.


[box border=”full”] Info útil para viajar por Madrid:

  • Transporte urbano: lo mejor para ir de un lugar a otro es caminar o usar el metro (tiene estaciones por toda la ciudad y es muy eficiente). El viaje cuesta € 1,50, pero lo mejor es comprar el abono de a diez viajes (cuesta € 12,20 y se puede usar en el metro y buses). Hay un metro que va de Barajas (el aeropuerto) al centro de la ciudad.
  • Si necesitás un mapa de la ciudad podés pedir uno en cualquier sucursal del Corte Inglés (hay por todos lados).
  • Alojamiento: me quedé en casas de amigos, pero según lo que vi en internet, la cama en un dormitorio compartido de un hostel empieza en € 10.
  • Comida: los menúes más económicos (entrada, plato principal, postre y bebida) cuestan entre € 6 y 10. Hay lugares más baratos como Los 100 montaditos (tiene más de 100 tipos de sandwiches y hay un día a la semana que cuestan € 0,50) o El museo del jamón (ambos tienen varias sucursales) pero son más para picar. Otra opción son las tapas. Si tenés cocina, lo más económico es comprar en el super y cocinar. Un café te cuesta alrededor de € 1, una caña (vaso de cerveza) desde € 1, un desayuno (café + bollería) € 2, una botella de 1/2 litro de agua unos € 0,60.
  • Durante febrero, casi todas las grandes tiendas de ropa están con rebajas (en algunas hasta del 80%), así que si venís sin ropa adecuada te recomiendo que la compres acá. Un lugar con precios más baratos es el Factory, un centro de outlets en San Sebastián de los Reyes. Y para ropa deportiva o de viaje, reconozco que el Decathlon tiene de todo.
  • En Madrid hay dos librerías de viajes (con guías de todas partes del mundo, libros de fotografía y literatura): Altair y De viaje. Si les gusta leer, les recomiendo que se den una vuelta y se reserven una tarde para estar metidos ahí adentro.
  • En Madrid están tres de los museos de arte más importantes del mundo (y todos tienen días y horarios de acceso gratuito): el Reina Sofía (la entrada cuesta € 8; se entra gratis lunes, miércoles, jueves, viernes y sábados de 19 a 21 h y domingos de 15 a 19 h), el Thyssen – Bornemisza (entrada € 10; se entra gratis los lunes de 12 a 16 h) y el Museo del Prado (entrada € 14; se entra gratis de lunes a sábado de 18 a 20 h y los domingos de 17 a 19 h). 
  • Una muy buena opción para seguir viaje por España (y pagar menos que trasladándose en bus de larga distancia) es usar blablacar.es, una web de carpooling para compartir coche (y pagar los gastos entre todos). Ya les contaré cómo me va con eso. [/box]

Homenaje a los libros de papel

(Iba a escribir un post de viajes y me salió esto)

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Los libros no llegan a nuestra vida de casualidad. O, por lo menos en mi caso, un libro nunca llegó a mi vida de casualidad.

Soy amante de la literatura y de los libros. Desde que aprendí a leer no pasé un día sin estar viajando entre los renglones de algún libro. Soy de las que aprovechan cualquier “tiempo muerto” (viajes en bondi, salas de espera, filas para llegar a algún mostrador) para ponerme a leer. Soy de las que leen dos, tres, cuatro libros a la vez (no puedo esperar a terminar uno para empezar otro). Soy de las que tiene decenas de libros haciendo pacientemente la fila de espera en la mesa de luz. Y soy, por sobre todo, una romántica de los libros de papel. Sí, ya sé. Ya sé que hoy en día los libros se pueden descargar en formato digital, ya sé que así no pesan ni ocupan espacio, ya sé que tener una biblioteca virtual completa es cuestión de minutos (depende de la velocidad de nuestra conexión a internet), ya sé que son una opción mucho más ecofriendly, ya sé que viajar con un e-reader es mucho más cómodo y más liviano que cargar con varios libros. Ya sé ya sé. Pero no puedo: no puedo despedirme de los libros de papel. No puedo no volver de cada viaje con la mochila repleta de libros (preguntándome cómo es posible que mi mochila haya engordado tantos kilos…).

[singlepic id=6543 w=625 float=center] Soy capaz de viajar hasta con diez libros en la mochila! (va totalmente en contra de mi codiciado minimalismo viajero, pero no puedo evitarlo)

Si bien suelo leer algunas revistas y guías de viaje en su versión de pantalla, siento que la experiencia no es la misma. Y no hablo solamente de lo lindo que es tener un libro entre las manos, sentir la textura del papel, oler la tinta, escribirle anotaciones en los márgenes, subrayar frases, marcar la página con un doblez o con un señalador… Creo que, además de todo eso, una de las cosas que más me gusta de los libros de papel (por no decir “libros de verdad”) es ese momento en el que uno aparece, como de casualidad, en mi vida. Me encanta sentir que un libro me encontró, como si me hubiese estado esperando (o buscando) durante toda su vida… Y me encanta ilar los hechos hacia atrás y ver qué cosas tuvieron que suceder, una tras otra, para desembocar en ese libro.

Mi biblioteca está repleta de libros. Cada uno de ellos apareció en mi camino (como compra, como regalo, al azar) en un momento determinado, pero durante mucho tiempo creí que la que encontraba al libro era yo: era tan simple como ir a una librería, mirar títulos y comprar el que me llamara la atención. Yo iba hacia el libro. Cuando empecé a viajar y mi rutina se convirtió en una cadena infinita de casualidades y causalidades, me di cuenta de que en realidad ocurría al revés: era el libro el que me encontraba a mí, sin importar en qué parte del mundo estuviera. Y terminé de darme cuenta de esto el día que llegué a la casa de Cristina en Sevilla.

[singlepic id=6556 w=625 float=center] Si bien en este post no voy a hablar de Sevilla en sí, la ciudad fue fundamental como escenario de esta reflexión… 

[singlepic id=6547 h=625 float=center] Y creo que cuando uno repite lugares va encontrando nuevos significados y nuevos por qués en cada visita

[singlepic id=6549 w=625 float=center] Descubre nuevos rincones de la ciudad y de uno mismo

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Era mi segunda vez en Sevilla. La primera había sido en febrero de este año, cuando visité la ciudad con la excusa de ir a una de las tantas fiestas organizada por estudiantes de Erasmus, pocos días antes de cruzar a Marruecos. Esta vez, llegué después de haber visitado Lisboa, y mi visita a la ciudad tuve un carácter más diurno (menos fiesta, más caminatas). La vez anterior me había quedado pendiente encontrarme con Cristina, una española que también viaja y escribe, y como esta vez nuestros tiempos coincidieron, me invitó a quedarme en su casa en la Alameda de Hércules, zona de bares. Apenas entré a su casa hice lo mismo que hago (a veces discreta y a veces descaradamente) cada vez que entro por primera vez a una casa ajena: me puse a revisar la biblioteca. Según el nivel de confianza que tenga con la persona, ese escrutinio bibliotecario puede ir desde un vistazo silencioso y semidisimulado de los títulos hasta un manoteo desvergonzado de cuanto libro llame mi atención. Y si bien Cristina y yo recién nos conocíamos, sentí que tenía la suficiente buena onda como para dejarme leer algunas páginas de sus libros. Además había uno que no pude evitar agarrar: “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa.

[singlepic id=6567 w=625 float=center] Fiel al estilo Viajando por ahí, entremedio de este texto encontrarán fotos de relleno (todas de Sevilla, eso sí) :)

[singlepic id=6546 w=625 float=center] Amé al pajarito

Lo primero que me llamó la atención fue la tipografía del lomo, pero unos microsegundos después, apenas leí las primeras palabras, até cabos y recordé que hacía varios meses un amigo catalán me había mandado el primer capítulo de ese mismo libro por mail. En aquel entonces leí el capítulo en pocos minutos y me quedé con ganas de leer mucho más, pero como el libro no estaba disponible en internet ni en las librerías argentinas (o al menos eso supuse), lo dejé ahí y me olvidé. Y en ese momento, mientras releía el primer capítulo del libro, se me hizo evidente: tuve que hacer todo este camino (volver a Buenos Aires, recibir el mail de mi amigo, volver a viajar a España, volver a visitar Sevilla, coincidir con Cristina) para reencontrarme con ese libro.

“No hay nada que me atraiga más que la gente que crea mundos”, dice Albert al comienzo de su libro, y lo mismo opino. En su libro, Albert (escritor, director, actor y guionista) habla acerca de los descubrimientos personales que hizo durante los diez años que tuvo cáncer, descubrimientos que le permitieron tomarse de forma positiva todas las circunstancias que le tocó vivir. Pero más allá de esas enseñanzas, lo que más me gustó del libro fue su concepto de “los amarillos”, ya que con esa palabra definió “algo” que está presente en mi vida desde que empecé a viajar y a lo cual nunca supe qué nombre ponerle.

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[singlepic id=6560 w=625 float=center] “Mi alma” versión andaluza 

Hace casi cinco años mi vida está atravesada por los viajes y, quiera o no, tener “el viajar” de rutina hace que mi manera de relacionarme con las personas sea distinta. Siento, además, que hay ciertas cosas que me ocurren con frecuencia y que no sé qué tanto me sucederían si no estuviese viajando. Una de ellas es que viajando conocí a personas que me cambiaron la vida. Con esto no me refiero a amores ni a amigos ni a familiares; tampoco fueron personas que me hayan dado una ayuda monetaria o que me hayan facilitado algún contacto. Son personas con las que tal vez compartí un café, un trayecto del viaje, una charla, un abrazo, una confesión, un llanto, una alegría y que nunca más volví a ver. Personas que en esos minutos, horas o días me ayudaron a ponerme en contacto con una parte muy mía, a ver ciertos problemas desde otra óptica, a entender ciertas cosas y a crecer. Albert Espinosa denomina a este tipo de personas, “amarillos”:

[quote] “En el hospital encontré muchos amarillos, aunque en aquella época no sabía que lo eran. Pensaba que eran amigos, almas gemelas, personas que me ayudaban, ángeles de la guarda. No acaba de comprender por qué un desconocido que hasta hacía dos minutos no formaba parte de tu mundo, después se convertía en parte tuya, te entendía más que cualquier persona de este mundo y notabas que te ayudaba de una manera tan profunda que te sentías comprendido e identificado.”

“Amarillo es la palabra que define a esa gente que cambia tu vida (mucho o poco) y que quizá vuelvas o no vuelvas a ver”.

“Yo creo que los amarillos están en este mundo para que tú consigas saber cuáles son tus carencias, para abrirte y para que la gente se abra.”

“Esas personas dan sentido a tu vida. Armonizan tu lucha interna, te dan paz”. [/quote]

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Según Albert, el encuentro con un amarillo no es algo casual, sino algo que debía suceder. Al igual que con los libros. Cada persona y cada libro que apareció en mi vida lo hizo por algo. Y, ampliando un poco la reflexión, podría decir que cada ciudad y cada pueblo que apareció en mi camino también tuvo su razón de ser. Y cuando pienso en mis viajes como combinaciones de libros con ciudades con personas, todo toma otro sentido. “Las ciudades invisibles” (de Ítalo Calvino) apareció en mi vida en el momento justo en Montevideo, gracias a un escritor que re-apareció en mi vida también en el momento en el que yo necesitaba conversar con un escritor que tuviera años de experiencia. “Ébano” (de Ryszard Kapuściński) y la doctora Sonia también me acompañaron en un momento clave, cuando estaba sola en Guatemala con dengue y no podía parar de llorar tras darme cuenta de lo frágil de la vida. Los libros de Paul Theroux también llegaron cuando los necesitaba, ya no recuerdo en manos de quién, mientras viajaba por Asia (y Paul Theroux, quien es a la vez el escritor y una versión ficcionalizada de sí mismo, me acompañó desde sus vagones de tren y sus viajes en kayak y me hizo darme cuenta de que no estaba tan loca por querer viajar y por querer vivir de mi escritura).

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Si los libros de papel no existiesen, ¿cómo haría para seguir teniendo estos encuentros? ¿Cómo harían ellos para aparecer (de manera física y real) en mi vida? Cada libro que me llevo a casa es más que una colección de hojas escritas: es un objeto que me recuerda un lugar, un momento de mi vida, una persona, una experiencia. Por eso en mi biblioteca no guardo solamente libros, sino recuerdos de personas, dedicatorias, flores secas, señaladores, postales y momentos. Y si todavía me faltaba convencerme de que son ellos, los libros, los que me encuentran y no yo a ellos, hubo un acontecimiento que me dejó sin palabras.

[singlepic id=6561 w=625 float=center] Me dejó sin palabras como “La Seta”, ese edificio-escultura que rompe con la arquitectura tradicional de Sevilla

[singlepic id=6551 h=625 float=center] Me hizo sentir chiquita 

[singlepic id=6554 w=625 float=center] Como hombre frente a árbol de navidad

Apenas llegué de España a Buenos Aires (hace menos de una semana) sentí un enorme impulso de revisar mi biblioteca. Era algo que ya venía pensando en el avión: tengo que revisar mi biblioteca, tengo que revisar mi biblioteca. No me pregunten por qué. Llegué a casa, entré a mi cuarto, miré los títulos uno por uno y apenas lo vi lo agarré, sorprendida: pero ¿cómo? ¿cuándo me compré este libro? Sé que alguien me lo había recomendado y se ve que por eso lo compré, pero no recuerdo haberlo leído (y mucho menos comprado)… Fue él quien me había estado diciendo, quién sabe cómo, “Ani, revisá tu biblioteca”. Así que lo saqué y empecé a leerlo ahí mismo. No sé cuántos años estuvo ahí escondido, esperándome, pero era claro que había llegado el momento de leerlo. Mucha mayor fue mi sorpresa cuando me encontré con el siguiente párrafo (el libro no es de viajes):

[quote]“Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno. Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”[/quote]

Como si lo hubiese escrito yo. Intuición, pálpitos, escenario, azar. Palabras que definen este momento de mi vida.

El libro se llama “Free Play: la improvisación en el arte y en la vida” y es de Stephen Nachmanovitch. Y con su súbita e inexplicable reaparición me demostró que a veces es necesario irse al otro lado del mundo solamente para regresar y darnos cuenta de que el libro que buscábamos nos estaba esperando en nuestra propia biblioteca.

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El Regreso (balance de mi viaje por Europa)

“Life is lived forwards but understood backwards” (La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás) (Lo mismo pasa con los viajes)

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—Si hicieras un balance viajero, ¿crees que cumpliste todas tus expectativas en este último viaje?

—No podría decirte ni sí ni no, porque en este viaje me fui de Argentina sin expectativas, me dejé llevar, viví más que viajar. Como no vine buscando “algo”, no vine con una ruta ni con un plan estricto, dejé que las cosas “me pasaran”, dejé que este viaje “me encontrara”…

El que me pregunta esto es Guido, un amigo argentino al que no veía hacía por lo menos tres años. Nos reencontramos en el kilómetro cero de Madrid el jueves a la noche, 24 horas antes de que me tomara el avión de España a Argentina, y fue como si esos tres años de distancia nunca hubiesen existido. Nos encontramos tras mi viaje de cinco meses por España, por Marruecos, por Suecia y por España otra vez. Nos encontramos en el momento justo para hablar de esto (de mi regreso, del balance viajero, de mis conclusiones). Lo que él me pregunta yo ya lo venía pensando, aunque con otras palabras. Más que en mis expectativas, en los días anteriores a mi regreso me la pasé pensando en mi aprendizaje.

[singlepic id=5054 h=625 float=center] Las fotos de este post, como verán, son fotos sueltas que no tienen que ver con nada, pero que me gustan y me quedaron pendientes de subir…

Este viaje, a diferencia de todos los que hice anteriormente, fue un viaje de personas. A cada lugar de España al que viajé lo hice porque alguien me esperaba, porque alguien me había invitado, porque alguien me iba a recibir. No vi, por ejemplo, Madrid desde una torre con vista panorámica, pero compartí una charla y un café con dos bloggers de viaje. No estuve, digamos, en Ibiza, pero conocí en persona a mi familia asturiana y compartí varios días de mi vida con ellos. No conocí la Alhambra (lo lamento, sí, pero volveré), pero me reencontré con una amiga argentina a la que no veía hacía diez años. No fui a Portugal, pero cuando llegué a mi casa me esperaban dos lindísimas postales de Aveiro y Lisboa, enviadas de puño y letra por mi lectora y amiga (virtual, por ahora) portuguesa. No recorrí todo Marruecos, pero me hice amigos nómadas y sentí cómo el mar me curaba el alma.

[singlepic id=5033 w=625 float=center] La planta-pájaro (dicen que vuela cuando nadie la ve)

[singlepic id=5034 w=625 float=center] “El huevo” de la Plaza Monumental de Barcelona

[singlepic id=5049 w=625 float=center] Sombra de un farol en Girona

Ya sé, me faltó conocer muchísimo del país. Me faltó conocer todo el resto de Europa. Lo que pasa es que esta vez en vez de viajar en busca de paisajes, monumentos, arquitectura, ciudades o pueblos, me moví en busca de personas. Viajé a través de la gente. Crecí a través de la gente. Tuve más abrazos que en cualquier otro lugar del mundo. Recibí más verdades que en cualquier otro momento de mi vida. Aprendí que lo que más me llena en un viaje es conectar con la gente, hacerme amigos, conocer a cada persona que se cruza en mi camino. Aprendí, también, que lo más difícil es justamente eso, porque cada nueva amistad ya viene con fecha de despedida. Aprendí, sin embargo, a convivir con esa realidad, a aceptar que mientras siga siendo viajera siempre tendré que seguir despidiéndome de la gente que quiero. Porque no me queda otra, si quiero seguir viajando por el mundo, tengo que aprender a decir “hasta pronto” (y a confiar en que la vida nos volverá a cruzar). Aprendí, gracias a eso, a no sufrir por la separación, sino a vivir cada momento con intensidad, a disfrutar de mi relación con cada persona, dure lo que dure. Aprendí a reconocer que ninguna despedida es para siempre, y que lo bueno de viajar es que tendré amigos en todas partes del mundo, lo que hace que mi vida sea más feliz. Y aprendí, también, que no me va a dar la vida para conocer todos los rincones del mundo, que es imposible visitar todo, y que tendré que ir creando mi propia ruta, mi caminito en este planeta.

[singlepic id=5052 w=625 float=center] Juguemos

[singlepic id=5044 w=625 float=center] En el lugar que sea, hay que jugar. Saltar.

[singlepic id=5038 w=625 float=center] Soplar burbujas gigantes.

[singlepic id=5048 w=625 float=center] Sentarse en una fuente, en medio del tráfico, a charlar.

[singlepic id=5047 h=625 float=center] Hacer arte.

[singlepic id=5053 w=625 float=center] Crear mundos de colores, como el artixta :)

[singlepic id=5046 w=625 float=center] Y no perder la conexión con el otro, nunca.

El día antes de irme me reencontré con Irene, una argentina amiga de mi mamá que vive en Madrid hace más de cuarenta años, y cuando hablamos de este tema (ella también sabe de despedidas) me regaló una frase que quedará para siempre entre mis enseñanzas de cabecera: “Más vale la pena, que la nada”. Mejor vivirlo, aunque sea corto, que no animarse por miedo a sufrir después.

[singlepic id=5045 w=625 float=center] O, como dirían, “quién me quita lo bailado”.

[singlepic id=5041 w=625 float=center] Del otro lado del puente siempre habrá algo nuevo.

Y ahora, estando acá en Buenos Aires, otra vez frente a mi ventana, me doy cuenta de que no hay nada como un regreso para entender cómo fue un viaje. Si bien yo puedo ir relatando lo que vivo, pienso y siento a medida que viajo (“el minuto a minuto del blog”), la distancia que me da el retorno me permite ver todo desde otro ángulo y tener una idea más global de lo vivido. Cada vez que vuelvo entiendo cómo fue el viaje, por qué viví lo que viví, qué aprendí y en qué aspectos crecí. Además, cada vez que vuelvo logro entender aún más los regresos anteriores. De los cuatro “grandes” regresos que hice (ni que fuera una banda de rock, che), este es el más feliz. Cada regreso fue distinto, porque cada viaje, a su vez, tuvo su propia personalidad. En mi primer regreso me deprimí, en mi segundo regreso entendí que no soy inmortal (gracias al amigo dengue), en mi tercer regreso me sentí sola y lejana (ya ampliaré todo esto en otro post) y en este regreso me siento feliz, tranquila, segura. Esta vez no siento la vuelta como algo malo. Vuelvo muy bien, y eso significa que mi balance viajero es más que positivo.

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Carcelona Reloaded

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Carcelona volvió con todo. O será que yo volví con todo a Barcelona, esa ciudad por la que sentí amor a primera vista y de la que cada vez me enamoro más. Acá todo pasa tan rápido que no sé por dónde empezar a escribir, y tengo mucho para decir, creanme. Si para Madrid lo más adecuado fue hacer un post de tapeo, Barcelona se merece un cadáver exquisito, una conversación fragmentada que represente todo lo que estoy viendo, viviendo y pensando en este lugar (lean el post “Carcelona” antes de seguir y entenderán de qué hablo).

[singlepic id=4999 w=625 float=center] Así vi a Barcelona la primera vez, cuando subía por las escaleras del Metro…

[singlepic id=4985 w=625 float=center] Amo su vida en la calle

[singlepic id=4980 w=625 float=center] Su primavera

[singlepic id=4989 w=625 float=center] Su arte

[singlepic id=4991 w=625 float=center] Sus rincones

***

– Señales, casualidades, encuentros del destino, qué más da.

Yo a ese chico lo conozco, le digo a una de mis amigas mientras bailamos al ritmo de la música semi pop ochentosa en un boliche de la Plaza Real. Le quiero decir “es el chico Carcelona” (me hicieron caso y leyeron el post “Carcelona”, ¿no? Sino no van a entender demasiado…), pero sería muy largo de explicar ahí en ese contexto. Aunque podría estar equivocada, esa charla de Carcelona fue hace varios meses y duró pocos minutos, tal vez quede como una loca si voy y le pregunto. Pero quiero sacarme la duda, así que me acerco y le digo: “Creo que te conozco, una vez le pediste tabaco a un amigo mío en la rambla del Raval y me dijiste que esta ciudad se iba a convertir en mi Carcelona”. Sonríe. Sí, era él. Le cuento que esa palabra me quedó tan grabada que incluso escribí un post con este título ya que siento que define mi relación con esta ciudad. Barcelona es una ciudad “chica” (comparada con Buenos Aires por ejemplo) y no es raro cruzarse con la misma gente. Pero igual, haberme encontrado otra vez con el que me dijo lo de Carcelona es un hecho curioso, ¿no?

Esto de Carcelona podría haber quedado ahí, pero no, las señales tenían que perseguirme. Unos días después fui a visitar a un amigo y, me encontré con esto:

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Quedé petrificada. El periódico (con fecha de 2011) estaba abandonado sobre una silla. Le pregunté si me lo podía guardar y me lo llevé.

Entremedio de todo esto, un día caminando por la ciudad me encontré con una carta (naipe) en la vereda. Si me leen hace tiempo sabrán que también tengo “algo” con los naipes. En Asia los veía por todos lados, abandonados en las esquinas, de a uno, lejos de su baraja, como queriendo decirme algo. Un día, en Laos, decidí empezar a juntarlos. Debo tener unos 30, todavía no formé la baraja completa, pero estoy en camino. En cada ciudad o pueblo donde encontraba un naipe, algo bueno me pasaba. Son como los naipes del buen agüero. En China, por ejemplo, estaba perdidísima, encontré uno y me pasó esto. Lo que me di cuenta es que los naipes siempre aparecían en los lugares con más cultura callejera, en esos países donde la gente vive en la calle, come en la calle y (claro) juega a las cartas en la calle. En las ciudades más ordenadas y limpias jamás encontré nada (a excepción de Madrid). Pero el otro día apareció cuando menos lo esperaba: un ocho de trébol.

[singlepic id=5009 w=625 float=center] Hace unos días, además, entré a una tienda casi de casualidad y me encontré con esta mini geisha. No soy de comprarme estas cosas, pero la vi y me encantó. Ahora es mi nueva compañera viajera, una geisha con superpoderes.

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[singlepic id=4993 h=625 float=center] La cosa es que unos días después estaba caminando por el Raval y me crucé con una japonesa que parecía ser una geisha de verdad. Raro raro…

Esto de enamorarse de una ciudad no es tan fácil ni lindo como parece, especialmente para alguien como yo que no puede estar mucho tiempo quieta en el mismo lugar. ¿Qué hago? ¿Deshojo una margarita y le pregunto?

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Mevoymequedomevoymequedomevoymequedome…

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¿Le saco las espinas a un cactus y busco la respuesta ahí? Barcelonamequierenomequieremequierenomequieremequiere…

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¿Dónde estará la respuesta?

***

– Cada vez más blog y menos guía

Acabo de pasar frente a la Sagrada Familia. Iba a entrar (todavía no la conozco por dentro) pero cuando vi la cantidad de gente que había desistí. Una larguísima fila de personas con sombrero de visera, camisas floreadas, cámaras, medias blancas de algodón altas hasta las rodillas y guías con banderas y megáfonos (bah, lo de los megáfonos capaz que me lo imaginé, pero no me hubiese sorprendido). Ya me parecía que las calles estaban muy vacías: es que todos los turistas que no están en las ramblas están acá, frente a esta obra de arte de Gaudí. Volveré cuando haya menos gente, pensé, y me fui caminando por ahí. Mientras tanto pensaba en mi blog. ¿Tendría que darle un enfoque más turístico a los posts? ¿Hablar acerca de lo que se puede ver en cada lugar? El problema es que muchas veces yo misma no visito los “puntos turísticos” entonces tampoco puedo hablar demasiado acerca de ellos… Mi blog —que acaba de cumplir dos años, por cierto— se está volviendo cada vez más personal y no creo que haya vuelta atrás. Es que guías de viajes sobran, lo que cambia son las experiencias y eso es lo que a mí me gusta contar. Así que ya está, prefiero escribir historias y pensamientos viajeros, ya que eso es lo que nos hace diferentes, ¿no? Más que el lugar, la mirada.

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Además cada vez recibo más mails de personas que quieren viajar y no se animan, de gente que busca ser feliz y necesita un empujón para animarse a “dejar todo atrás”, de chicas que se sienten identificadas conmigo y me preguntan cosas que yo misma me pregunto todos los días… Todo esto me hace pensar que este blog va más allá de los viajes, que es un espacio en el que podemos reunirnos (aunque sea virtualmente) aquellos que amamos viajar y aquellos que amamos la vida y buscamos ser felices como sea. Así que bienvenidos. :D “Viajando por ahí: Blog de viajes, creatividad, inspiración y autoayuda” (?), “Viajando por ahí: Un blog feliz”.

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[box border=”full”]NOVEDADES: TEDxUTN (o De cómo una chica tímida va a tener que plantarse en un escenario y hablar acerca de su vida, los viajes y los sueños durante 18 minutos sin parar)

Cuando era chica era tan tímida que no me animaba a atender el teléfono de mi casa. Tampoco hablaba con extraños ni decía lo que pensaba. Todo me daba vergüenza. De a poco, muy de a poco, lo fui superando. Y cuando empecé a viajar sola, no me quedó otra. Hoy puedo decir que soy “menos tímida” que cuando era chica, aunque todavía algo de timidez creo que tengo. Hace unos años jamás me imaginé que en algún momento de mi vida iba a tener que subirme a un escenario (el espacio más temido de los tímidos) y hablar frente a un público (la actividad más temida de los tímidos) acerca de mi vida. Pero sí: el 27 de abril estaré en Buenos Aires y seré una de las oradoras de TEDxUTN. Y me voy a morir ahí mismo, lo sé. Pero igual intentaré hablar y transmitirles el mensaje de que todo se puede. Si alguno de los que me lee llega a estar presente aquel día y ve que me bloqueo y no puedo empezar a hablar, que grite alguna palabra graciosa así me relajo y me río. Por favor. Que me voy a morirrrr! [/box]

Si me animo a hacer estas cosas (oficiar de pseudo modelo publicitaria para mis amigas de la boutique vintage “La Petite Parade”) entonces puedo hacer cualquier cosa. Es cuestión de ser caradura…

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***

Lo que se viene en Viajando por ahí (esto ya parece una novela por entregas)

Dentro de unos días vuelvo a Buenos Aires y me quedaré por allá varias semanas. Tengo muchísimos artículos para escribir (para revistas) y quiero organizar algunas muestras de fotos. Así que como no estaré viajando, iré subiendo cosas que me quedaron pendientes de Marruecos, Suecia y España. Algunos posts más cortos, posts fotográficos, historias, guías, gastronomía, reflexiones y más…

Una dosis de Andalucía (o: Voy a Marruecos y vuelvo)

Pasaron dos meses desde que aterricé en Madrid. Dos meses de estar en Europa por primera vez en mi vida. Dos meses de estar en un país lejano —por eso de que hay que cruzar todo un océano— y cercano a la vez —por eso de que la cultura es muy parecida a la nuestra—. “El Plan” era estar en Marruecos en enero pero, como decimos en Argentina, “colgué”. Colgué y me quedé en Barcelona mucho más de lo que pensaba, colgué y me quedé “un día más” varias veces en varios lugares. Me acostumbré tanto a estar acá que por un lado no me quiero ir, aunque por otro Marruecos me espera. Y después, España me espera otra vez.

[singlepic id=3711 w=625 float=center] Sevilla

[singlepic id=3720 h=625 float=center] Cádiz

España me gusta mucho. Tanto, que me pasa eso que siempre me ocurre cuando llego a un lugar al que sé —o por lo menos supongo— que voy a volver: no voy a “todos lados” y me justifico mentalmente con el “tal ciudad/pueblo lo dejo para la próxima”. ¿Estará bien pensar así? ¿O lo mejor será ver todo lo posible en un solo viaje, siguiendo la filosofía del carpe diem viajero? Yo creo que voy a volver, pero ¿y si mañana me sale una propuesta para irme a Micronesia y me quedo allá? ¿Habrá que serle fiel al “No dejes para mañana lo que puedes viajar hoy”? Bueno, la cosa es que ya me voy de España y no vi ni la mitad. Aunque, si lo pienso así, viajé mucho pero no vi ni la mitad de nada. El mundo es inabarcable y hay que elegir. Pero en este caso, como les digo, volveré. Además tengo una excusa: quiero conocer mucho más de Andalucía, una región de la que me vienen hablando hace tiempo.

Llegamos (con Andi —alias El Sireno—, bloggero de viajes a quien presenté en el post anterior y con quien viajaré a Marruecos) a la casa de mi amiga Noelia en Jerez el jueves pasado y, con solo caminar por la calle, ya sentí un aire distinto. Para empezar, me encanta cómo hablan acá. Mushasha, rebaná de pan, andalú, musho. Lo primero que me dijo Víctor, el novio de mi amiga, es que yo “hablo flojito” (bajito). No, es que acá hablan fuerte. Voy por la calle y me entero de . Voy en el tren y me tiento escuchando la risa contagiosa de cuatro mujeres que se la pasan todo el trayecto divertidas. Voy en el bus y me río escuchando la conversación telefónica de una chica que le dice a la mamá “que no sea gilipollas”. Voy a cenar a un bar y me entretengo con las discusiones futboleras acaloradas (¡que no fue penal! ¡que sí, joder!). Sería un pecado caminar por Andalucía escuchando música. Me perdería lo mejor.

[singlepic id=3761 w=625 float=center] Barcito en Cádiz

[singlepic id=3654 h=625 float=center] Jerez

[singlepic id=3651 h=625 float=center] Mercado de flores en Jerez

El viernes nos fuimos a pasar el día a Cádiz, a 45 minutos en tren de Jerez. Qué lugar. Un día es demasiado poco. No sé si a alguno le pasó, pero por momentos me sentí en alguna calle del Centro Histórico de Cartagena de Indias (Colombia). No digo que sean iguales porque, para empezar, en Cádiz es invierno y en Cartagena siempre hace calor. Además el centro histórico de Cartagena está restaurado y Cádiz, en cambio, luce con orgullo sus paredes despintadas y descascaradas (que, personalmente, me encantan). Pero durante un rato sentí un ambiente muy “caribeño” de vida al aire libre, un ajetreo callejero con vendedores en cada esquina gritando ¡el kilo a eurooo!, con mujeres cargando productos en la cabeza, con gente entrando y saliendo aceleradamente de los mercados. Y ese olor a mar que se siente desde cualquier parte, esa sal en el aire que delata que, muy cerca, hay un océano.

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Caminamos toda la mañana por la zona antigua de Cádiz, nos perdimos entre las callecitas angostas y, a eso de la 1 del mediodía —temprano para el horario español de alimentación— entramos a un supermercado, compramos pan fresco y fiambres y nos hicimos unos sandwiches en un banco de la Plaza de las Flores (el almuerzo del mochilero low cost). A nuestro alrededor, todo era movimiento: mujeres que pasaban con sus carritos de compras, gente que entraba y salía de la oficina de correos, perros que corrían, palomas que volaban, flores que se vendían. Cuando terminamos de comer, descansamos un rato (o, término que acuñó Andi en su blog: trancaroleamos) y salimos a caminar otra vez, con ganas de ver toda esa gente y toda esa vida que habíamos experimentado por la mañana. Pero oh sorpresa: las calles estaban vacías. Entre las 2 y las 5 de la tarde lo único que vimos fueron locales cerrados (con persianas bajas y todo), alguna que otra mujer paseando al perro, algún que otro hombre cargando bolsas, algún que otro extranjero caminando por ahí y un grupo de viajeros hippies haciendo acrobacias y música frente a la inmensa Catedral. Acá el horario de siesta es sagrado y a mí todavía me resulta increíble cómo se respeta a rajatabla. Me parece genial que todo un país se ponga de acuerdo para irse a dormir y para después levantarse y seguir como si nada. Falta un altoparlante con ruido de alarma para despertarlos a todos.

Antes de la siesta…

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… y durante la siesta :)

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Conclusión:

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El sábado nos fuimos a Sevilla. No estaba en nuestros planes (hace días que estamos diciendo, “Vamos ya a Marruecos y cuando volvamos visitamos tal lugar de España”), pero al parecer había una fiesta de despedida de dos chicas alemanas amigas de Andi que están de Erasmus —¡todo el mundo está de Erasmus acá! (algo así como de intercambio universitario en otro país de Europa)— en Sevilla, así que fuimos a la fiesta y terminamos quedándonos tres días. Llegamos de noche y yo ya iba embobada desde la ventana del bus: ¡qué arquitectura por favor! Qué lindas que son las formas árabes, los detalles curvos, las ventanitas, los colores. Qué lindo ir caminando entre todos esos balcones y escuchar que, por alguna ventana, se escapan canciones de flamenco. Qué lindos los naranjos que adornan, en fila, toda la ciudad. Aprovecho para preguntar: ¿Cómo es el tema de los naranjos acá? Están por todos lados, pero no vi a nadie sacando naranjas de los árboles. ¿Queda mal que me lleve algunas para comer más tarde?

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Me gusta mucho la simpatía de la gente hacia los desconocidos, me gusta que respondan al pedido de indicaciones e incluso agreguen más información y datos de color; me gusta verlos reunidos en las cervecerías, en los parques, al aire libre; me gusta que Sevilla sea una ciudad de bicicletas y me gustan, sobre todo, las intervenciones artísticas que tienen los tachos de basura, las paredes, los carteles y las señales de tráfico. Podría decirles que visiten Plaza España, el barrio de Triana, la Catedral, el barrio de Santa Cruz y sus callejuelas, el Centro… pero creo que el mejor consejo que puedo darles a la hora de viajar es piérdanse, caminen sin mapa —guárdenlo en el bolsillo por si acaso—, pero sigan su instinto, déjense llevar por la ciudad o el pueblo que visiten. Y si necesitan indicaciones, pregunten. En ningún lugar del mundo me negaron una indicación; muchas veces me dijeron cualquier cosa, pero es otra buena excusa para hablar con más gente o para perderse un ratito más por ahí.

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Jerez, Cadiz y Sevilla fueron mi pequeña y primera dosis de Andalucía, zona que quiero seguir recorriendo. Pero ahora sí, basta de seguir estirándolo. Mi mamá me informa vía mail urgente que se viene una ola de frío polar a España así que huimos a África ya mismo. Cuando ustedes lean esto, nosotros ya habremos cruzado el estrecho y estaremos aprendiendo los códigos de un país nuevo: Marruecos.

Despedidas, bienvenidas y reencuentros

Mis cuadernos en este viaje

I. Despedidas

La escritura de viajes es, en mi opinión, una de las más personales. No me refiero a la redacción de guías de viaje ni a las recomendaciones de atractivos turísticos para visitar, sino a la transmisión de experiencias, sentimientos y vivencias del viaje en sí. Viajar es algo que nos involucra de pies a cabeza y, así como cada uno vive un viaje a su manera, cada cual lo relata de forma distinta. Es imposible hacer escritura de viajes sin hablar de uno mismo ya que es imposible separar al sujeto que viaja del viaje en sí: ambos están ligados y uno no puede existir sin el otro. Por eso, al escribir sobre viajes, no se escribe solamente acerca de un lugar, sino acerca de lo que ese lugar le genera a quien lo visita.

[singlepic id=3622 w=800 float=center] Garraf, una playa de Catalunya

Uno de los dilemas con los que me enfrento cada vez que escribo un post es decidir hasta dónde contar, qué límite poner entre “lo anecdótico” y “lo personal”, qué tanto abrirme hacia quien me lee y contar, más allá del relato en sí, lo que siento mientras voy viajando.

Hace tiempo empecé a leer el blog de NomadicMatt, un estadounidense que está viajando por el mundo hace más de cinco años. En su página hay muchísima información: guías de países, datos útiles, ebooks y consejos para ahorrar al viajar… pero los posts más populares —y con los que yo personalmente me siento más identificada y que no me canso de releer— son los que hablan acerca de lo que él siente como viajero. En esos textos aborda temas como la depresión después de (o durante) un viaje largo, el amor y desamor en la ruta, la soledad, el agotamiento que siente después de viajar durante tanto tiempo, las reacciones de sus conocidos cuando anunció que se iba a dedicar a viajar, las reacciones de sus conocidos cada vez que vuelve de un viaje, la facilidad/dificultad de mantener los vínculos, el ciclo de cansancio y “re-enamoramiento” del viajar, la necesidad que siente de echar raíces e, incluso, su decisión de dejar de viajar por un tiempo. Son los textos que, al fin y al cabo, lo humanizan y permiten a los lectores relacionarse con él como persona. Y a mí me demuestran que no soy la única que pasa por ciertos procesos y estados de ánimo.

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[singlepic id=3631 w=800 float=center] (Mientras tanto, algunas fotos de mis últimos días en Barcelona)

Yo, por el momento, no tengo pensado dejar de viajar, pero cuanto más viajo hay algo que se me hace cada vez más difícil: despedirme de las personas que me voy cruzando en el camino. Visto desde afuera, vivir viajando es una vida ideal. Sí y no. Para mí lo es porque es algo que soñé desde muy chica y lo estoy cumpliendo, y no me veo haciendo otra cosa que no sea esto. Pero a la vez, en estos ¡cuatro años! que llevo viajando, aprendí que es un modo de vida que requiere mucha fortaleza. Cuanto más viajo más aprendo a conectar con la gente. Cuanto más conecto, más me encariño. Cuanto más me encariño, más me cuesta despedirme. Tengo amig@s muy especiales en muchísimas partes del mundo, y no sé si volveré a verlos. Tengo muchos rincones del mundo en los que quisiera quedarme para siempre, y no sé si volveré a pisarlos. Cada vez que me voy de algún lugar o me despido de una persona, es como si un pedacito mío quedara ahí. Pero a la vez, entiendo que viajar implica el movimiento constante y que ser viajero implica relacionarse con las personas, aprender algo de cada vínculo, despedirse y guardar cada momento como un recuerdo feliz.

En abril de 2010, cuando estaba en el aeropuerto de Frankfurt esperando a que saliera mi vuelo a Bangkok, conocí a un marroquí-canadiense que me dijo algo que me quedó grabado: “La vida es como un aeropuerto. Gente de distintas partes del mundo se encuentra en el mismo lugar por un rato y después cada cual toma un avión distinto y sigue su camino”. Y, dicho esto, él tomó su vuelo y yo el mío y nunca más nos volvimos a ver. Es cierto: la VIDA es así, también está llena de despedidas. La única diferencia es que, al viajar, estas despedidas ocurren con mucha más frecuencia.

Pero lo bueno de ser viajer@ es que las despedidas siempre serán un hasta pronto.

[singlepic id=3630 w=800 float=center]  La vida, también, es un laberinto: cada cual toma su camino y todos se cruzan en algún momento del trayecto…

[singlepic id=3623 w=800 float=center] Y si hay que saltar, saltá.

II. Bienvenidas y reencuentros

Todo esto para contarles que, después de 25 días, finalmente me fui de Barcelona, mi ciudad ideal. Fue difícil dejarla, ya que sentí una enorme conexión con ella y su gente, pero lo hice sabiendo que, tarde o temprano, voy a volver. Y, quién sabe, tal vez algún día haga base ahí.

Viajé unas 16 horas en dos buses y llegué a Jerez de la Frontera, en la provincia de Cádiz, Andalucía. ¿Por qué a Jerez? Porque vine a reencontrarme con Noelia, una amiga argentina a la que no veía hacía más de diez años. Hace unos días me contactó por medio de mi blog, me contó que estaba viviendo en España y me invitó a su casa. Y acá estoy y es como si los diez años no hubiesen pasado. Siento con ella la misma sensación de familiaridad que siento con España.

[singlepic id=3650 w=800 float=center] ¡Hola Andalucía!

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Desde que llegué a España, más que viajar, lo que estoy haciendo es reencontrarme con (y, en algunos casos, conocer en persona a) amigos (argentinos, españoles) y familiares en distintas partes del país. A cada ciudad de España que viajé fui para ver a alguien, porque sabía que alguien me esperaba. Por eso me tomé mi tiempo en cada lugar y me salteé ciertas regiones. Esto es algo que nunca me pasó en ningún país y que hace que este viaje sea tan distinto y especial.

Graffiti visto en El Raval (Barcelona)

Aprovecho para contarles mis planes viajeros y para darle la bienvenida a un nuevo compañero de aventuras. En pocos días parto rumbo a Marruecos con Andi, viajero argentino y autor del blog TrancaroLa poR el muNdo. Él está viajando hace más de un año por Asia y Europa; los dos coincidimos en España y dijimos, “Che, ¿vamos juntos a Marruecos?”, “Y daaaale”. Así que durante las próximas semanas contarán con la presencia de Andi en mis relatos. Según me dijeron, es bueno tener guardaespaldas en Marruecos, así que esperemos que no me cambie por un par de camellos.

[singlepic id=3628 w=800 float=center] A pedido de él, su foto posando cual sireno en la estación de metro de Barcelona

Después de Marruecos quiero conocer el resto de Andalucía. Y después… hay varias opciones, pero las contaré más adelante. Me surgieron algunas propuestas interesantes en Buenos Aires, así que todo es posible. Pero no daré más información hasta no tener certezas.

Dalí y El Pueblo de los Gatos (Parte 1 de 2)

Parte 1: Con ojos de Dalí

Estoy con insomnio. Yo digo que es el café, otros me dicen que estaré pensando demasiado, otros me dicen que los argentinos, por naturaleza, nos enroscamos mucho con todo. Yo voy a hacer de cuenta que es el café y ya está. Así que ayer aproveché esta epidemia de insomnio —que quién sabe quién o qué la habrá traído— para despertarme bien temprano (algo que en esta ciudad se complica) y alejarme de Barcelona por unas horas. Me tomé el tren —cómo me gusta tomar trenes— y me fui a Figueres, un municipio de Girona (Catalunya), a 117 km de Barcelona y muy cerca de la frontera con Francia.

Los vagones iban casi vacíos, se ve que en invierno el que no tiene alguna razón para salir, no sale. Miré la pantalla con la información del viaje: mientras la velocidad del tren aumentaba, la temperatura exterior se desplomaba. 12ºC… al rato 9ºC… dos estaciones después 5ºC… una hora después 2ºC. Finalmente llegué a Figueres con la módica suma de un grado centígrado. Qué lindo el frío. Lo primero que averigüé en la estación era a qué hora salían (y volvían) los buses a Cadaqués, un pueblito de la Costa Brava que mucha gente me recomendó visitar. “El próximo sale de aquí a la 1.45 del mediodía y el último vuelve de Cadaques a las 6.15 de la tarde”. Perfecto, tenía tiempo de sobra.

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Caminé por Figueres siguiendo los carteles. Lo bueno de España —¿supongo que será así en el resto de Europa?— es que todo está perfectamente señalizado y es muy fácil llegar a los principales “atractivos” del lugar. Aunque, visto de otra manera, lo malo de España es que todo está señalizado y eso disminuye las posibilidades de (o las excusas para) interactuar con la gente local y pedirles indicaciones. Pero, de vez en cuando, yo lo hago igual. Seguí las flechas y mi instinto y llegué al lugar por el que fui a visitar Figueres: el Teatro-Museo de Salvador Dalí.

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El Museo fue construido sobre las ruinas del antiguo teatro de Figueres y es una obra en sí: Dalí convirtió el edificio en un mundo surrealista con reglas propias y creó una realidad distinta donde conviven cuadros, esculturas, instalaciones, dibujos, bocetos, objetos, murales, huevos, choclos, gallinas, mujeres, coches… Es la mente de Dalí, con todos sus recovecos, plasmada en un edificio.

Sin haberlo planeado, elegí el día ideal para visitarlo: en la entrada me encontré con un grupo de 30 niños de unos siete años con sus maestros de colegio. Si nosotros, “adultos”, nos maravillamos ante la imaginación y la inventiva de Dalí, imaginen la reacción de un niño. Ahora imaginen la reacción de 30 niños juntos. Cada vez que entraban a una sala miraban para todos lados y decían “UAAAAU” con la boca abierta mientras señalaban cada detalle emocionados. Yo intentaba seguir sus miradas para ver qué era lo que los maravillaba tanto: si un color, un objeto, un mueble, una forma, un dibujo.

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Y pensé en algo que me vengo repitiendo hace tiempo. Así es como tenemos que mirar el mundo, estemos donde estemos: como cuando éramos chicos. Con sorpresa, con admiración, con curiosidad, con imaginación. Cuando dejamos de mirar el mundo como niños damos todo por sentado, aceptamos que nuestra realidad es “lo normal”, que el mundo “es así”, y nos dejamos arrastrar por la rutina, creyendo que ese es el camino que tenemos que seguir porque “alguien” lo decidió así. Cuando somos chicos, en cambio, todo nos sorprende, cada objeto y cada lugar nuevo contiene un mundo en sí mismo, y para todo usamos el juego. ¿Dónde queda el juego cuando crecemos? ¿Por qué dejamos de jugar?

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Para visitar el Museo de Dalí hay que estar dispuesto a entregarse a sus reglas y, sobre todo, a jugar. No importa la edad, nadie nos pedirá ser menores de 12 años para divertirnos. Adentro de ese teatro, la realidad es otra. Una realidad imaginada que podría ser real, por qué no. O, más bien, una realidad que un ser humano imaginó y convirtió en algo tangible. Si está ahí es porque existe, aunque sea solamente en un rincón de un pueblo de Catalunya.

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Después de unas horas salí del Museo y caminé por Figueres en busca de comida barata. Mi bolsillo se niega a desembolsar 10 euros por un almuerzo, así que fui en busca de un bocadillo (sandwich) barato (encontré uno por 2 euros) y compré algo de fruta en un mercado callejero. A la 1.45 del mediodía tomé el bus a Cadaqués y me fui, semidormida, rumbo al Pueblo de los Gatos.

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Leé la segunda parte acá.

Viajar / Vivir
(o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)

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Tengo un problema con Barcelona: me gusta demasiado. Y cuando algo me gusta demasiado, me cuesta escribir al respecto porque pierdo completamente la objetividad. Cuando un lugar me atrapa no soy capaz de distanciarme y mirarlo de lejos: me meto tan adentro que me cuesta hablar de él. Y así estoy ahora, hace una semana en Barcelona e incapaz de escribir sobre ella.

Podría contarles que volví a Barcelona (después de mi primera visita hace unas dos semanas) la noche de Año Nuevo. Vine con Dafne desde Calella (el pueblo donde nos estábamos quedando) sin plan, sin rumbo, con un objetivo: dejarnos llevar por la ciudad. Si bien acá es invierno, esa noche no hizo frío y toda la gente estaba en la calle. Llegamos a las 11 de la noche, nos bajamos del tren en Plaza de Catalunya y empezamos a caminar por las Ramblas hacia el mar. La marea de gente ocupaba todos los espacios vacíos, era difícil encontrar una calle donde no hubiera demasiadas personas. Rompimos la linea recta y nos metimos por el laberinto del Barrio Gótico (lugar al que siempre se me da por llamarle Ciudad Gótica), dimos vueltas y finalmente aparecimos en el mar.

Eran las once y cincuenta, faltaban diez minutos para que empezara el nuevo año. ¿Qué será lo que nos impulsa a festejar el fin de un año y el comienzo de otro? Si al fin y al cabo, el cambio de año es una medición humana que no cambia en nada nuestra vida. No es que si estamos tristes a las 11.59 del 31 de diciembre de 2011 pasaremos a ser felices a las 00.01 del 1 de enero de 2012. O tal vez sí. Yo no creo demasiado en las fechas ni en los calendarios, pero igualmente me gusta eso de festejar Año Nuevo y sentir que algo se cierra y empieza algo nuevo. Además pasé los últimos años nuevos en otros países —recibí el 2010 en un camping de Uruguay y el 2011 en una playa de Indonesia— así que me intrigaba saber cómo recibirían el 2012 en España.

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Podría contarles que las calles de Barcelona en Año Nuevo se me asemejaron a un circo repleto de personajes que nos distraían a cada paso. Nosotras solamente nos dedicamos a caminar —de Plaza de Catalunya al puerto, del puerto a Barceloneta, de Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval—, pero íbamos tan en sintonía con la buena onda de la ciudad que a cada paso se nos sumaba alguien y compartíamos parte del trayecto. Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de marroquíes que nos hablaban en árabe, caminamos sin rumbo con un italiano y un japonés-brasilero bordeando el mar, esquivamos a los pakistaníes que constantemente se nos acercaban para vendernos latas de cerveza, espontáneamente nos unimos a las canciones que cantaba la gente que nos pasaba por al lado, compartimos unas papas fritas y un kebab en uno de los tantos puestos de comida rápida, nos cruzamos con personas andando en bicicleta, llegamos a una fiesta en una casa okupa del Raval y bailamos entre paredes pintadas y gente con pelucas de colores.

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Podría contarles que los días siguientes caminé por el barrio de Gracia (que por momentos me recuerda a San Telmo), visité el Parque Guell (uno de los lugares más mágicos de la ciudad), subí a Montjuic y casi voy a ver un partido del Barca (pero después me dio fiaca y me acordé de que el fútbol me aburre bastante). Podría hablarles acerca de los precios de la ciudad —que los menúes no bajan de los 8 euros, que lo más barato es comerse un kebab o un bocadillo por 3 euros, que el metro cuesta 1.45 euros (pero que si sacás un billete de 10 viajes, pagás solamente 8 euros), que una cama en una habitación compartida de un hostel ronda los 10 euros, que entrar a los museos y a las obras de Gaudí puede destruir el presupuesto de cualquier viajero low cost—, podría hacer una reseña de la Fundación Miró, podría sugerirles que visiten el bar de Manu Chao, podría explicarles cómo llegar a la Plaza Real y dónde comprar ropa en oferta… ¿Pero les estaría diciendo algo acerca de la esencia de Barcelona? Es justamente la esencia de esta ciudad lo que me atrapa, pero cuando tengo que definirla o describirla, no me sale nada, quedo horas frente a la computadora sin poder escribir una palabra.

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Muchas veces me preguntaron si, al viajar, tengo días muertos, días en los que no me pasa nada interesante, días en los que no hago nada, días en los que me tomo todo con tranquilidad, días en los que no me inspiro. Días de inacción, por así decirlo. Sí, esos días son parte de los viajes largos. Cuando hacemos un viaje por un tiempo determinado nos enfrentamos a los lugares con la urgencia de saber que en poco tiempo la travesía se termina. Queremos ver todo, condensar las experiencias, aprovechar el poco tiempo que tenemos. Esa es una de las cosas que me gusta de los viajes con fecha de vencimiento: que, por unos días, vivimos en otra realidad con otras reglas y lo hacemos con intensidad, sabiendo que dentro de poco volveremos a la rutina de siempre. Cuando hacemos un viaje largo, sin un final previsto, el viajar se convierte en “vivir” y, por lo menos en mi caso, hay días en los que me bajoneo, hay días en los que me planteo muchas cosas y hay días en los que no hago nada productivo. Son días en los que, más que “viajar”, me dedico a vivir.

Es lo que me está pasando en Barcelona. Si me baso en los hechos, tal vez no hice demasiado durante esta semana, pero sin embargo siento que estoy viviendo la ciudad, que la estoy conociendo de a poco, que estoy tratando de descifrar qué es lo que me hace estar así de encantada con ella. Será su multiculturalidad, será que cada calle parece una obra de arte, serán sus laberintos, serán sus influencias africanas y árabes, será su música, será su vida callejera, será su mar, será su gente, será que siento que encajo bien. No lo sé, voy de a poco, viviendo el día a día con tranquilidad, y es por eso que me cuesta tanto escribir acerca de esta Ciudad Ideal.

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Mujeres viajeras

(Dedicado a las viajeras)

No es lo mismo viajar por el mundo y ser mujer que viajar por el mundo y ser hombre. 

Las mujeres somos, ante los ojos de casi todas las sociedades, más frágiles, vulnerables e indefensas. Una mujer que viaja sola corre más riesgos que un hombre. Una mujer que viaja sola “está loca” (probablemente más que un hombre que decide tomar la misma ruta). Una mujer que viaja sola tiene que tomar muchísimos más recaudos.

Una mujer que viaja sola, ante los ojos de un hombre que viaja solo, es una afortunada. Y esto no lo invento, me lo dijeron muchos viajeros que me crucé en el camino: “Para las mujeres, todo es más fácil”. Cuando vamos solas siempre encontramos madres y familias sustitutas dispuestas a cuidarnos en cualquier rincón del mundo (me pasó), cuando vamos solas es mucho más fácil conseguir que la gente local nos aloje en sus casas (me pasó también), cuando vamos solas logramos una conexión más profunda con las mujeres del lugar aunque no hablemos el mismo idioma (me pasó, especialmente en China), cuando vamos solas y hacemos dedo lo más probable es que nos levanten mucho más rápido que a un hombre (todavía no me animé a hacer dedo sola, pero muchos me aseguraron que es así). Cuando vamos solas, somos nosotras (y nuestro instinto femenino) contra el mundo, para bien y para mal.

En una aldea minoritaria de China (la mujer que me abraza quería que me casara con su hijo y me quedara en la aldea)

Desde que empecé a escribir este blog me puse en contacto con muchos blogueros de viaje, algunos de Argentina (casi todos parejas, como los chicos de Magia en el Camino y como Juan y Laura, los Acróbatas del Camino) y muchos de España, donde esto de ser bloguero cada vez se consolida más como una profesión y se reconoce como tal. Hará un año y medio, estando en Indonesia, descubrí un blog con el que me sentí muy identificada: Trajinando por el mundo, el diario de viaje de Carmen Teira, una chica española que, al igual que yo, viaja sola y ya recorrió Sudamérica y parte de Asia. Cuando la leí sentí, por momentos, que me estaba leyendo a mí misma, y sentí también que, de alguna manera, estaba acompañada. Ya no era yo sola contra el mundo. Después de leer su blog me di cuenta de que éramos yo, Carmen y todas esas mujeres de todas partes del mundo que se animan a viajar solas por ahí.

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[singlepic id=3339 w=800 float=center] Cantabria

Hace unos días, después de varios meses y mails de por medio, conocí a Carmen en persona. Me quedé tres noches con ella y su familia en Suances (Cantabria) y nos fuimos de paseo por varios pueblitos. Nos desvirtualizamos (eso que ocurre cuando dos personas que solamente se conocen por internet, se conocen en persona) y no paramos de hablar. Y la conversación, como era de esperar, siempre derivó en los mismos temas: el blog, viajar sola, historias de couchsurfing, anécdotas, impresiones acerca de lugares que las dos conocimos, periodismo, el blog otra vez, el mercado laboral y las oportunidades, las reuniones de bloggers, los blogtrips, las historias de la gente que conocimos en el camino. Muchos ¿y a vos te pasó tal cosa?, ¿vos contarías tal otra?, ¿vos también te sentiste así o asá? Era obvio que íbamos a tener muchas cosas en común.

En el medio de tanta charla visitamos pueblos, playas, iglesias, cementerios. Cantabria me quedó en la memoria como un lugar muy verde, con casitas en las montañas, pueblitos medievales, playas desérticas (¡es invierno!) y fábricas al estilo Animals de Pink Floyd que asoman en medio de la pradera. Llovió, pero qué importa: las dos teníamos que trabajar con nuestros textos, así que no hubo mejor excusa que esa para quedarnos frente a la computadora y seguir creando mundos virtuales a través de imágenes y palabras. Total, las dos viajamos lento (y trabajamos en el camino) y sabemos que un día de lluvia es, muchas veces, nuestro mejor aliado.

[singlepic id=3323 w=800 float=center] Amigas caminando por Santillana del Mar

[singlepic id=3352 h=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3327 w=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3332 w=800 float=center] Suances

[singlepic id=3335 h=800 float=center] Suances

[singlepic id=3343 w=800 float=center] Comillas

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[singlepic id=3360 w=800 float=center] San Vicente de la Barquera

[singlepic id=3361 w=800 float=center] Santander

Pasó (o Razones por las que me enamoré de Barcelona)

Me hablaron mucho de ella. Me dijeron que me iba a partir la cabeza, que me iba a encantar. Yo vine sin expectativas, pero sospechando que esta cita a ciegas podía funcionar. Y sí. Pasó. Me enamoré de Barcelona. Encontré un lugar en el mundo que cumple con todos los requisitos de Ciudad Ideal Para Aniko. Y como estoy en estado de enamoramiento pleno, probablemente sea muy poco objetiva y sienta que todo es… perfecto (suspiros).

Desde que vi la ciudad por primera vez, mientras subía por las escaleras de la estación del Metro de Plaza de Catalunya, sentí que había llegado a mi lugar (o tal vez a “el lugar donde quedarme cuando no estoy viajando”). Si tuviera que llenar una Lista de Requisitos Para Ser Una Ciudad Ideal, Barcelona los cumple todos. Encaja perfectamente conmigo, con lo que me gusta, con el tipo de ciudad que siempre soñé.

Barcelona, para mí, tiene todo.

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Construcciones bajas y antiguas

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Arte callejero

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Barrio gótico con callecitas-pasadizos, faroles y construcciones de piedra

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Perros con onda

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Construcciones de no creer

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La huella de Gaudí

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Skates y bicicletas

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Arquitectura sorprendente en cualquier rincón de la ciudad

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Mensajes positivos

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Mensajes a libre interpretación

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El mar

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Rebeldía

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Personajes con onda

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Más Gaudí (el Parque Guell)

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Gracia, mi barrio bohemio preferido

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Músicos callejeros

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Cafecitos

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Puestito con golosinas argentinas (dulce de leche y alfajores)

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La ropa colgada de las ventanas del Raval

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El gato de Botero

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Más arte callejero

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Creatividad

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Rincones por descubrir

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Juegos

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Camiones pintados

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Puestos callejeros

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Esos balconcitos…

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El circo

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Helado de pitufo (fundamental)

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Las calles súper angostas de Barceloneta

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mar + bicicletas + atardecer

Y las razones no se agotan. Barcelona es grande pero abarcable, es una ciudad para caminar, tiene pocos edificios y muchas construcciones antiguas, tiene barrios que son como pueblos aparte, tiene vida callejera, comida étnica y color, tiene mercados, música y placitas. Además me quedaría cerca del resto de Europa, de Asia, de África… Tiene todo lo que necesito.

¿Será que a todos les pasa lo mismo con ella? ¿Habré caído en este estado de enamoramiento ciego como tantos otros? ¿Seré una más? Es que realmente siento que quiero quedarme acá, no sé si “para siempre”, pero por un tiempito (aunque no ahora mismo, más adelante, cuando termine este viaje…).

Pasó. Vine a Europa y me enamoré. Y resulta que de una ciudad.

mediterráneo mar

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De chica quería muchas cosas. Quería entrar a una pirámide y ver una momia. Quería viajar por el espacio y flotar entre planetas. Quería ir a Grecia y saltar de isla en isla. Quería nadar en el mar Mediterráneo (que siempre me había parecido el mar con el color más lindo). También quería tener un hermanito o hermanita con quien jugar.

Hice mi primer viaje antes de nacer, en la panza de mi mamá. Durante el primario me la pasé leyendo libros sobre Egipto, investigando la filosofía griega y mirando fotos del mar Mediterráneo, siempre tan turquesa. Pensé en ser astronauta pero desistí. A los 13 me enteré que tenía una hermana de 6 años (o “media hermana” o “hermanastra” o “hermana del mismo padre”) que no conocía. Unos meses después nos vimos en persona por primera vez, Dafne y yo. Unos ocho años después, nos hicimos amigas. Yo me fui por Latinoamérica y volví, y pasamos de ser muy buenas amigas a sentirnos hermanas sin haber crecido juntas. Hace dos meses, Dafne se vino a Calella (a una hora de Barcelona) por un tiempo, así que cuando me surgió la posibilidad de viajar a España dije sí: quiero ver a Dafne en otro país. Los que nos conocen saben que juntas somos dinamita, Patty y Selma, el yin y el yang, formamos un dúo cómico delirante y bizarro, a veces medio loco, pero simpático.

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Así que el sábado pasado me fui de Madrid con un destino: Calella. Llegué temprano a la estación de buses pero todo estaba agotado y recién había pasajes para la una del mediodía, así que cuatro horas de espera después me subí al bus rumbo a Barcelona (para tomar después el tren a Calella).

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El conductor de turno nos engañó a todos: estoy segura de que era un cómico stand-up encubierto que trabajaba de chofer en sus tiempos libres. Primero lo escuché haciendo chistes por lo bajo con los pasajeros de más adelante: “Una señora me dijo que ella ya tiene demasiados años como para viajar a Barcelona en bus durante tantas horas… ¡pero si solamente tiene que sentarse! ¡ni que tuviera que empujar!”. Cuando arrancó, cazó el micrófono y no lo largó más. Tiró una frase célebre tras otra, con tanta chispa que los pasajeros no podíamos más de la risa. Dijo cosas como: “Les recuerdo que en este bus está prohibido fumar, así que tampoco fumen a escondidas en el baño porque se activa la alarma de incendio y tira agua como un bombero”, “Somos muchos y hay un solo baño, así que probablemente va a haber overbooking del baño. Acuerdense: el que antes entra, más fresco lo encuentra. Y no se olviden de tirar la cadena porque tampoco es cuestión de rebalsarlo”, “No se olviden nada en los asientos, hubo un pasajero que se olvidó a su novia” y “Recuerden: los pasajeros que no bajan en Zaragoza, van a Barcelona, no lo olviden”.

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Una vez que terminó el show de stand up, las ocho horas se me hicieron largas. Llegué a Barcelona de noche, me bajé en la Estación Sants, fui en busca del tren y me dijeron que había uno que salía en menos de 5 minutos, así que corrí y lo alcancé. Una hora después, llegué a Calella y me encontré con Dafne que me estaba esperando en la estación. Emoción y alegría. Momento Kodak.

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Durante estos días caminamos por Calella, charlamos, fuimos al bosque y a Sant Pol, un pueblito a una estación de Calella con casitas blancas frente al mar. Caminamos sin rumbo por el medio de la calle, entre edificios de tres pisos, jardines, gatos callejeros y macetas con flores en las ventanas. Subimos hasta una iglesia y yo frené de golpe y le dije a Daf: “Para. ¡Ese es el mar Mediterráneo! ¿no?”. Era tanta la emoción de verla a ella que no me había dado cuenta de que estaba frente al mar que siempre había querido conocer. Miré Sant Pol desde arriba y me di cuenta, también, de que estaba en un típico pueblito del Mediterráneo, uno de esos donde siempre soñé vivir (con casitas blancas y un balconcito frente al mar).

Conocí el Mediterráneo en invierno y casi de manera inesperada. Y con Dafne, algo que nunca me hubiese imaginado.

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***

Fotos de Sant Pol:

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Fotos de Calella:

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Y también nos fuimos al bosque y jugamos a todo eso que nunca pudimos jugar de chicas.

[singlepic id=3200 w=625 float=center] Dafne

[singlepic id=3202 h=625 float=center] Aniko (Foto: Dafne Villalba)

Toledo para mí

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El sentido común me decía que Toledo se iba a llenar durante el feriado. Es que es un clásico: no hay que trabajar, entonces las familias se van de paseo y hay gente por todos lados. Por cuestión de planes y de tiempo “no me quedaba otra” que ir el martes (feriado en España por el Día de la Constitución) a visitar Toledo en el día, así que me desperté a eso de las 7.30 am y salí cuando todavía era de noche, rogando que los subtes y buses no estuvieran demasiado atestados.

Llegué a la estación de subte y nada: todo vacío. Iba tan dormida que casi me tomo otra linea (el sistema de Metro de Madrid es organizadísimo, pero hay tantas lineas que me siento un poco perdida). Hice intercambio y tomé la línea circular hasta la Plaza Elíptica, desde donde salen los buses a Toledo. Tuve suerte y llegué un minuto antes de que saliera el colectivo de las 9 am, así que me subí y 45 minutos después estaba en la Ciudad Imperial. Mientras iba en el bus esperaba encontrarme con un atasco en la autopista, pero no, casi no había autos. También me sentía un poco culpable por haber llegado “tan tarde”, ya que sentía que no iba a poder aprovechar el día. El bus público n.5 me llevó de la terminal hasta Zocodover, uno de los puntos centrales del sector histórico de la ciudad. Me bajé y sorpresa: casi no había gente.

Yo, feliz: tenía Toledo sólo para mí.

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Durante varias horas me dediqué a caminar por la ciudad. Lo primero que sentí debe ser lo mismo que siente que cualquiera que visita Toledo: que estaba en otro siglo, en otra época, en otro mundo. La historia de Toledo se remonta al siglo 2 a.C., cuando fue un centro comercial y administrativo del Imperio Romano; siglos después fue la capital de España hasta la conquista de los Moros en el siglo 8. Formó parte del Califato de Córdoba, fue escenario de varias revueltas y pasó por un período conocido como La Convivencia, en el que hubo coexistencia entre cristianos, judíos e islámicos. En 1085 fue conquistada por Alfonso VI de Castilla y quedó en manos cristianas, pasó ser un importante centro cultural y un lugar, también, de tortura. De a poco fue perdiendo su importancia estratégica y quedó como la capital de la provincia de Toledo y de la comunidad autónoma Castilla – La Mancha. En 1986 fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y hoy es uno de los puntos turísticos más visitados de la región.

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Cuando voy a lugares con mucha historia y que hoy están “vacíos” siento una atmósfera muy cargada. Me pasó, por ejemplo, en la cárcel de Ushuaia: el silencio de las celdas vacías, para mí, gritaba historias horribles de encierro, muertes, tragedias. Me pasó también en las Killing Fields de Camboya, donde me parecía que las calaveras y las fotos de las víctimas seguían lamentando sin hablar. Me pasó hace poco, cuando entré a un antiquísimo salón de estilo ¿victoriano? en La Boca y “vi” (no con la mirada) en los espejos el reflejo de las personas que alguna vez se sentaron a esas mesas redondas con sillas de terciopelo. En Toledo, sin embargo, no sentí algo tan trágico, sino que intenté ver o imaginar cómo viviría la gente “en aquella época”.

Es difícil imaginar al ser humano en el pasado. Los libros de historia ya están escritos y como afirman que tal o cual personaje histórico fue “así”, que los hechos fueron “estos” y que las ideas eran “asá”, lo más fácil para nosotros, seres humanos actuales, es aceptar esas verdades y entender el pasado desde esa óptica. Lo malo es que muchas veces terminamos cayendo en visiones (no sé si decir “reduccionistas”, “generalizadas” o “acartonadas”) de los períodos históricos y creemos que todos los que vivieron en determinada época usaban tal peinado, se vestían de tal forma, pensaban tales cosas y tenían cierta rutina. Pero no creo que eso de que “cada persona es un mundo” (es decir, la pluralidad) sea algo propio de nuestra época, sino que existe desde que existe el hombre… Así que mientras caminaba por Toledo e imaginaba hombres andando a caballo con sus armaduras y mujeres caminando por los mercados con sus vestidos (ven, es difícil huir de esas imágenes), también me preguntaba, frente a cada casita, ¿quién habrá vivido acá? ¿cuáles habrán sido sus ideales? ¿qué habrá soñado para su vida? ¿habrá sido feliz? ¿cuál habrá sido SU historia? Porque no me digan que no: las personas siempre tuvimos sueños e ideales, pero que no hayan llegado a los registros de los libros de historia es otra cuestión.

Si pudiera viajar en el tiempo créanme que lo haría…

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Durante toda la mañana tuve Toledo (la actual y la histórica, la real y la imaginaria) para mí. Frené en una panadería a comprarme un croissant y le pregunté al panadero: “¿Qué pasa que está todo tan vacío? ¿No vive nadie acá?”. Y me respondió riéndose: “Es por el festivo… ¡A nadie le gusta madrugar! Ya vas a ver cómo se llena después del mediodía…”. Y así fue, después del mediodía (que acá empieza como a las 2 de la tarde) empezó a llegar gente y más gente. Toledo se llenó y yo, que ya estaba satisfecha (y bastante cansada de tanto caminar), me volví a Madrid.

Ya me lo dijo Paco Nadal: “Tienes que ir aprendiendo que en España… ¡todo se hace tarde!”.

[singlepic id=3167 h=625 float=center] Y se llenó…

[singlepic id=3147 h=625 float=center] Personaje preferido 1

[singlepic id=3152 h=625 float=center] Personaje preferido 2

[singlepic id=3141 w=625 float=center] Esta es la foto que me trajo del pasado al presente…

Info útil de Toledo:

– bus Madrid – Toledo: 4.96 euros de ida
– bus público de la terminal a Zocodover: 0.96 euros
– bocadillo: 2.50 euros
– croissant: 1 euro
– menúes: desde 10 euros

De tapas por Madrid

Hoy me fui de tapas. Me encanta cómo suena: “de tapas”. Había escuchado la expresión mil veces pero nunca tuve muy en claro en qué consistía. ¿Significaría que la comida se sirve en platitos con forma de tapas (redonditos)? ¿Era algo así como irse de copas? El misterio se resolvió al mediodía cuando me encontré con Paco Nadal, periodista de viajes y bloguero del diario El País, para comer (ojo que acá “comer” solamente significa “almorzar” y no “cenar”) y me dijo: “Hagamos algo bien típico, vámonos de tapeo”.

[singlepic id=3092 w=800 float=center] Gente haciendo fila para entrar a uno de los bares más antiguos.

Los españoles podrán explicarlo mucho mejor que yo, pero irse de tapas consiste en ir de un bar a otro y “picar” aperitivos en cada uno, acompañados de una caña (vaso de cerveza), una copa de vino u otra bebida. Al parecer hay varias “reglas” implícitas para disfrutar de este ritual gastronómico y social: las tapas se comen de pie o en la barra (y no sentados a la mesa), la primera tapa la trae el mozo junto con las bebidas y es “sorpresa” y, según leí, no hay que mirar el menú antes de pedir la primera cerveza porque sino el mozo va a creer que querés comer y no te va a traer la tapa que acompaña la bebida. (Por favor coméntenme todo lo que quieran acerca de este ritual ya que me interesa muchísimo).

[singlepic id=3094 w=800 float=center] Las zanahorias las trajo el mozo, la otra tapa era pan con tomate y bacalao.

Lo que más me gusta de esto de “irse de tapas” es lo que implica, más allá de comer tal o cual cosa: moverse de un lado a otro, probar en lugares distintos, no quedarse quieto. Y después del almuerzo de hoy, me di cuenta de que lo que hice durante estos días en Madrid fue irme de tapas, pero no a comer, sino a conocer: estuve “picando” de lugar en lugar, de barrio en barrio, de plaza en plaza, mirando y conociendo de todo un poco, sin quedarme en un lugar fijo. Y preparé, para ustedes, este post de tapeos.

*

Qué es arte

Podría haberme quedado horas mirándolo. Horas es poco. Éramos como cincuenta personas amontonadas, pero yo sentía que estábamos solos, él y yo. Durante largos minutos estuve parada frente a El Jardín de las Delicias (de El Bosco) en el Museo del Prado y no me cansé de descubrirle detalles. Tanto lo miré que me metí adentro, caminé entre la gente, los animales, las flores y los colores del jardín. Nunca pensé que ese cuadro iba a impactarme tanto “en vivo” (ya lo conocía pero ni siquiera sabía que era tan grande, es un tríptico de 2 metros x casi 4). Qué hombre adelantado, qué imaginación. Eso es arte.

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Unos días antes, Roberto, un español lector de mi blog, me invitó a conocer La Tabacalera, una antigua fábrica de tabaco que fue convertida en un centro social autogestionado e intervenido por artistas. Me encantó, tal vez porque me recordó a las movidas culturales de Buenos Aires y me transportó a mi ciudad, tal vez porque también me transportó a lugares que aún no conozco (Berlín Berlín Berlín en mi cabeza…) tal vez porque me gustan mucho los lugares así. Había bandas, murales, graffitis, baños pintados, grupos de skate, una cafetería, catacumbas, cuevas, pasadizos, puertas. Eso, para mí, también es arte.

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Lo cual me hace preguntarme: ¿qué define al arte? ¿quién dice qué es arte y qué no? ¿solamente lo que está en museos es arte? ¿o el arte también está en la calle? Para mí, como imaginarán, el arte está tanto adentro como afuera de los museos. Y mi humilde opinión es que el valor del arte está en el sentimiento o reacción que genera en el espectador, más que en la técnica en sí.

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*

Vendiendo lo invendible

[singlepic id=3091 w=800 float=center] Se venden gomitas del Pulpo Paul…

[singlepic id=3119 w=800 float=center] …muchas golosinas…

[singlepic id=3034 h=800 float=center] …adornos navideños de todo tipo…

[singlepic id=3124 w=800 float=center] …pesebres vanguardistas…

[singlepic id=3120 h=800 float=center] …y tours en pseudo autitos chocadores que van vociferando el recorrido en italiano.

Ahora entiendo de dónde sacamos los argentinos esa cualidad de vender hasta lo invendible (o por lo menos de intentarlo): de la Puerta del Sol de Madrid. El tomate loco que venden en la calle Florida, un poroto: acá te venden un Bob Esponja de papel que se para solo y, cuando le ponés música fuerte, baila. Olvídense de las bandas de ska que improvisan en la puerta de los bancos en pleno Microcentro a las 6 de la tarde: acá lo que se pone son los señores que hacen canciones con el sonido de 20 copas de cristal al unísono. Y si es Navidad, preparense: probablemente terminen comprándose dos o tres pesebres y algún que otro arbolito. Me encanta esa creatividad para vender lo que sea, y ahora me doy cuenta de que parte de eso viene de acá.

Pero no sólo eso. Me parece muy raro estar en una ciudad española de verdad, ya que hasta ahora lo que conocía eran las ciudades coloniales que dejó España por América, pero nunca había visto “la original”. Mientras caminaba por el centro pensaba con risa: ¡de acá sacaron los cusqueños eso de que las calles cambien de nombre cada dos o tres cuadras!

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*

Aparecen las minorías

Me gusta conocer a las minorías que habitan en cada ciudad, y acá me las encontré casi de casualidad. Estaba caminando por el centro, me desvié, llegué a Embajadores, subí por alguna callecita y encontré peluquerías indias, supermercados chinos, restaurantes turcos y muchos africanos (¿de qué país son? ¡todavía no distingo!). Cada cual hablaba su idioma y ponía carteles en su lenguaje. Casi no había turistas por la zona. Voy a seguir investigando.

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Naipe

¡Volvieron! Viajé a Europa sin pensar en ellas, pero aparecieron sin que las buscara. Hoy, caminando por la zona de La Latina, encontré una carta (naipe) (o, si ven la foto, como cinco cartas en una).

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Los que me leen hace tiempo saben acerca de mi afición de recolectar cartas que encuentro en las distintas ciudades del mundo. Una ciudad o pueblo que me regala una carta es un lugar con ciertas características: tiene (algo de) cultura callejera, tiene personas que incluyen lo lúdico entre sus pasatiempos y no es impecablemente pulcra y limpia (sino a la carta ni le daría tiempo a sobrevivir en la vereda). Y juro que en todas las ciudades donde encontré cartas tuve experiencias memorables o, por lo menos, una gran conexión con el lugar. Tengo el mazo de cartas asiáticas en casa, todavía está incompleto, ¿tal vez lo complete en este viaje?

*

Otras fotos del tapeo viajero

[singlepic id=3093 h=800 float=center] Che… ¡tenemos local propio!

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Yo me bajo en Atocha

Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso,
su santo y su torero, su Atleti, su Borbón,
sus gordas de Botero, sus hoteles de paso,
su taleguito de hash, sus abuelitos al sol. 

Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
su dieciocho de julio, su catorce de abril.
A mitad de camino entre el infierno y el cielo
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid. 

– Joaquín Sabina (fragmento de la canción “Yo me bajo en Atocha”)

***

[singlepic id=3085 h=800 float=center] Rumbo a la Plaza Mayor.

[singlepic id=3035 w=625 float=center] Preparativos de Navidad en la Plaza Mayor… Primeras imágenes de Madrid.

[singlepic id=3048 h=800 float=center] “Sus abuelitos al sol” :)

¿Será que el jet-lag, también conocido como Mal de los Husos Horarios, da un tinte surrealista a las cosas? 

Salí de Buenos Aires el jueves al mediodía. El vuelo se me pasó rapidísimo: me clavé tres pelis (entre ellas Medianoche en París que me gustó muchísimo y me dio aún más ganas de conocer esa ciudad), miré un par de series, escuché música, dormí algo y cuando me di cuenta ya habíamos llegado. ¿Pero cómo? ¿No hay cuarenta escalas y vuelos interminables? No, esta vez no me fui TAN lejos.

En Ezeiza todos muy simpáticos: cuando terminé de hacer el check-in, el que me atendía me dijo “Chau chiqui, buen viaje” o algo así (no recuerdo si usó exactamente la palabra chiqui, pero si no fue esa, fue otra de sonido y onda similares). El de Migraciones me miró fijo antes de sellarme el pasaporte, con cara de malo, y me dijo: “Aniko”. Yo no sabía si era una pregunta o una afirmación así que dije que sí, y él aflojó la cara y preguntó: “¿De dónde es tu nombre? Es la primera vez que lo escucho…“ Respiré aliviada y con mi mejor sonrisa le respondí: De Hungría. Cuando me fui me dijo “¡Chau Aniko!” y me reí sola. #cosasquetepasansitellamasAniko 

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Llegué al Aeropuerto de Barajas poco antes de las 6 de la mañana (en hora Argentina, a eso de las 2 am del viernes), busqué mi mochila e hice Migraciones para entrar al país, algo que siempre me pone nerviosa (tengo miedo de que en algún lugar del mundo me reboten por alguna causa extraña: “Usted viaja mucho, vuélvase a su casa” o “La de la foto y usted no se parecen” o “Aquí no aceptamos pelirrojas”). Pero mostré mi pasaporte húngaro y lo único que me dijeron fue “Pase”. Crucé el aeropuerto de punta a punta en busca del Metro (subte) que me llevaría hasta lo de Irene, amiga de la infancia de mi mamá que me está alojando en su casa de Madrid.

Cuatro estaciones después, me bajé. Estaba por llegar el momento de la verdad: iba a ver Madrid por primera vez cara a cara (hasta ese momento la había visto desde el cielo y bajo tierra, pero desde la superficie todavía no). Caminé hacia las escaleras, subí y…y…y… todavía era noche cerrada. Igual no lo podía creer: ¡Madrid! ¡Europa! ¡Hola! ¡Llegué! Eran algo así como las 7.30 am, pero las calles estaban casi vacías y el sol todavía no salía: vi algunas personas paseando a sus perros, otros que habían salido a correr y a las pocas cuadras me recibió la lluvia. Llegué a lo de Irene, dormí unas horas y salí a pasear un rato.

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Ahí comencé a sentir los efectos del jet-lag, también conocido como “Estoy drogada de tanto avión”. Todo me parecía irreal. Las hojas de otoño en las veredas. El acento español de la gente (que, creo que como a tod@ argentin@, me encanta). Los bares de tapas. La arquitectura (ya no puedo decir “colonial”, pero ustedes entienden a qué me refiero). El aire frío. El acento otra vez. Escuchar conversaciones fuera de contexto como “…¡es que estamos como las cabras!…” (?) o “… me bajo en Atocha y sigo hasta…”. Los palacios que aparecían de la nada. Las iglesias. La Plaza Mayor. Los personajes de la Plaza Mayor. La gente sacándose fotos con los personajes de la Plaza Mayor. Las decoraciones por Navidad (cierto que falta poco, vivo perdida en el calendario). La enorme cantidad de gente haciendo fila para comprar un boleto de lotería. La organización impecable del sistema de buses. Las tiendas del Corte Inglés (que me hicieron acordar muchísimo a la película Crimen Ferpecto, de Álex de la Iglesia). Estar en Europa.

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Iba con la boca literalmente abierta. La gente debe pensar que tengo algún problema en la mandíbula, pero no podía (ni puedo) creer que estoy acá. Viajé 12 horas pero aterricé en un lugar que siento familiar y cercano. No caí en medio de lo desconocido como cuando me fui a Asia. Por momentos pienso (plagiando a Fito): “No sé si es Baires o Madrid”. Pero enseguida me acuerdo. Estoy en Madrid.

***

Algunas fotos de los personajes de la Plaza y alrededores:

[singlepic id=3055 h=800 float=center] Papá Noel

[singlepic id=3086 h=800 float=center] Las cabezas locas

[singlepic id=3088 h=800 float=center] El hombre invisible y Bob Esponja

[singlepic id=3087 h=800 float=center] El perro (?) y también estaban Jack Sparrow y Los Pitufos

No conozco Europa

Conversación clásica que se puede dar entre una persona cualquiera y yo:

—¿Por dónde viajaste ya?
—Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Centroamérica, Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, China, Laos, Vietnam, Camboya [+ toda la lista de países que digo sin repetir, sin soplar y sin respirar cada vez que me preguntan]
—Y Europa conocés… ¿no?
—No.
—¿Cómo que no? ¡¿Fuiste a Asia pero no conocés Europa?!
—Bueno, sí, pasé unas horas en el Aeropuerto de Frankfurt, pero no cuenta, ¿no?
—¿Y por qué todavía no viajaste a Europa?
—Nunca tuve la posibilidad y siento que es muy caro. Ya iré…

Entre los argentinos parece haber un acuerdo generalizado: primero, conocé Europa, después, lo que quieras. Al menos a mí me pasa que todos se sorprenden de que no conozco Europa, pero nadie se sorprende de que no conozco África o Medio Oriente u Oceanía… ¿Será que el tema de las raíces nos tira hacia allá? ¿Será que como la mayoría de nuestros abuelos llegaron en barco, nosotros sentimos que tenemos que volver para allá, aunque sea de visita una vez en nuestras vidas? ¿Será que irse de eurotour a los veintipico es un clásico? ¿Será que Europa siempre estará de moda? ¿Será que la gente quiere que viaje por países “organizados” y que la corte con el tema de lo exótico? No sé, pero cada vez que digo que no conozco Europa, recibo la misma mirada de sorpresa: ¡¿Cómo que no conocés Europa?!

No señores, nunca fui a Europa. Mi mamá es nacida en Hungría, la familia de mi papá es de España, y yo, ingrata total, nunca fui a Europa. En realidad, una vez estuve “a punto” de ir a Europa del Este y al final cambié el destino por Asia porque no me daba el presupuesto (aunque las ganas no me faltaban).

Siempre quise viajar por el mundo, sin importar a dónde ni en qué orden, pero a la vez siempre tuve países/regiones/continentes que me tentaron más que otros, como Europa del Este, Asia Central, Medio Oriente y Oceanía. La Europa “clásica” nunca me llamó tanto la atención, será porque es uno de los destinos más populares, difundidos y comentados del mundo. Nunca fui a París pero me conozco la Torre Eiffel de memoria y puedo oler las baguettes recién hechas desde acá, tampoco anduve por Venecia pero conozco perfectamente la vestimenta de los gondoleros y hasta los escucho cantar. Entonces con Europa siempre me pasaron varias cosas: 1) “no me da el presupuesto y si voy quiero hacerlo bien”, 2) “no sé si voy a tener tantas sorpresas como en Asia/Oceanía/Medio Oriente”, 3) “no creo que Europa cambie tanto, primero quiero ir a lo exótico y después a lo cómodo”.

***

Dicho todo esto, les cuento la noticia: en menos de diez días me voy a España por tiempo indefinido y estoy más que feliz. Se sorprendieron, ¿no? Cuando surgió la posibilidad, me cerró por todos lados. En principio el plan era ir unos pocos días a España, de ahí a París, tomar el vuelo de Air Asia a Kuala Lumpur (es lo más barato para ir de Europa al Sudeste Asiático) y de ahí un vuelo a la India antes de mediados de diciembre. Pero después pensé, ¿para qué apurarme tanto?

Y de repente empezaron a surgirme invitaciones en España: tengo familia en Asturias y ya me pidieron que pase Navidad con ellos, tengo amigos argentinos en Madrid, tengo a mi hermana en Calella, tengo bloggeros/viajeros amigos en Barcelona, en Badajoz, en Cantabria, tengo el mar Mediterráneo que me espera en el sur, tengo Portugal ahí tan cerca, tengo tanto para ver que sería casi un pecado quedarme solamente unos días. Mi única preocupación es el presupuesto, pero voy de mochilera low cost como siempre, así que espero encontrar buenos precios y no morir de angustia ni de hambre.

Vuelvo a la ruta!

Siento que viajar a España va a ser como volver a un hogar que nunca conocí donde voy a reencontrarme con amigos y familiares. Me parece muy raro ir a un país donde se hable español fuera de América latina (aunque nuestro idioma en realidad venga de allá), me parece increíble saber que voy a conocer un lugar con el que estamos tan ligados por la historia. Durante mis viajes conocí a muchísimos españoles y, ahora que lo pienso, son los europeos con los que mejor onda pegué, tal vez porque en el fondo somos bastante parecidos (o no… ya lo averiguaré).

Esto de volver a viajar me pone verborrágica (como ven hoy hay poca foto y mucho texto), ansiosa e indecisa. Por ahora lo único que sé es que voy a España y (que quiero ir) a Portugal. Después, no sé. Si siento que todo me resulta muy caro, buscaré la manera más rápida y barata de llegar a la India, pero si veo que puedo, seguiré recorriendo Europa, con rumbo a Europa del Este… ¿Y si voy a Marruecos? Voy a estar tan cerca… ¿Y si llego a la India por tierra? Suena MUY tentador. ¿Y si me gano la lotería? ¿Por qué soy tan poco organizada? Me cuesta mucho marcar una ruta fija, me gusta estar abierta a las posibilidades que surjan en el momento, me es imposible planificar mis viajes/vida con anticipación. No me pregunten cuándo vuelvo porque no tengo idea. Sólo se que me voy.

Me voy a Europa. Inesperado. Ya veo los gestos aprobatorios: bueno, por fin esta chica va a conocer Europa, ahora va a ver lo que es viajar con comodidad, ahora va a ver lo que es el primer mundo. Igual lamento decepcionarlos pero no voy en busca de comodidad, voy en busca de experiencias, de personas, de momentos.

En unos días voy a dejar de ser la viajera que no conoce Europa. Y me voy a sacar fotos geniales como estas.

 

 

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Si quieren ayudarme a planear un poco, comenten y dejen todos los consejos y recomendaciones que quieran: precios, lugares imperdibles, rincones ocultos, pueblitos, paisajes, lo que quieran compartir de Europa.

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