Pensamientos en el tren de Barcelona a Lyon

“I have seldom heard a train go by and not wished I was on it.”
Paul Theroux

Foto: Renfe-SNCF

Cuando el tren sale de la estación Barcelona Sants todavía es de noche. No me hace falta mirar el reloj: sé que son las 7:20 AM en punto. Los trenes europeos —al igual que los japoneses— arrancan en el minuto exacto. Me acomodo en el asiento y miro por la ventana como quien llega al cine temprano: con ganas de que empiece la película. Por el altoparlante nos dan la bienvenida y nos desean buen viaje en español. En unos kilómetros la misma voz pasará al francés con una facilidad que envidio. Estos trenes internacionales son como las radios de frontera en los que los idiomas vecinos se encuentran, se superponen y se separan. Mientras el tren aumenta la velocidad, Barcelona queda atrás, se va haciendo chiquita y se convierte en un punto en el mapa, en la estación inicial de este “viaje en metro” de un país a otro.

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Música para viajar en auto a Barcelona

La semana pasada, L. y yo nos fuimos de road trip a Barcelona. Fue un viaje no planeado y en modo relámpago: cuando Lau y Juan, amigos viajeros, me dijeron que iban a estar de paso en la ciudad por dos días, dije vamos para allá. Y nos fuimos. El viaje en auto desde Biarritz duró casi ocho horas. Como no tenemos manera de conectar el teléfono a los parlantes del auto, hice zapping de radio y dejé que la lista de canciones se arme sola. Quedó algo así.

Música random para viajar en auto a Barcelona:

1. Maria – Blondie

—Me encanta esta canción. Fue uno de los primeros temas que me bajé en el Napster, en mis inicios de internet —le digo a L.

Todavía estamos del lado francés, viajando por una ruta nacional que pasa por St Jean de Luz, Hendaye y otros pueblos vascos lindísimos. Decidimos no ir por autopista para evitar los peajes, así que tenemos unas dos horas extra de viaje.

Lo de Napster me hace reflexionar acerca del inicio de las cosas (mientras escribo esto estoy teniendo un déjà-vu, no sé de qué):

—¿Te acordás de la página que me mostraste con esas webs armadas en Geocities? Hoy nos parecen horribles pero en su momento eran las primeras páginas de internet y la gente las leía. Creo que visto con tiempo y humor, el inicio de cualquier cosa termina siendo ridículo si se lo compara con lo actual. A veces siento que somos como monos con navajas: nos dan internet y nosotros hacemos lo que podemos.

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2. Don’t speak – No Doubt

Los temas retro van bien con los road trips, pienso. En esta radio también pasan Karma Chameleon y una de los Guns’n’Roses. Me acuerdo de cuando tenía dieciséis.

Le pido a L. que me diga un trabalenguas en francés. Me dice: un chasseur sachant chasser sans son chien est un bon chasseur. Yo le enseño tres tristes tigres comen trigo en un trigal y Pablito clavó un clavito qué clavito clavó Pablito.

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3. Trail of broken hearts – k.d. Lang

Cruzamos a España, pasamos Pamplona —pamplemousse, según yo, porque me suena parecido— y de golpe aparecen los Pirineos, con la nieve iluminada por el sol. No paro de decir: woooowww!

Cuando termina esta canción, el locutor dice: “…vamos por un camino difícil…” y justo al lado aparece el río y la ruta se vuelve sinuosa. Es un camino lindísimo.

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4. Blues for Hubert Sumlin – Ronnie Earl 

Esta canción va perfecto con el paisaje por el que estamos pasando. Siento que estamos adentro de Jurassic Park. Hay montañas, río, bosque y un pueblo en ruinas del mismo color que las montañas. Me hace acordar a la kasbah de Ait Benhaddou en Marruecos. Me dan ganas de bajarme ahí y ponerme a explorar ese pueblo abandonado.

Esta foto la saqué con el teléfono y en movimiento, pero para que se den una idea del pueblo en las rocas.

Esta foto la saqué con el teléfono y en movimiento, pero para que se den una idea del pueblo en las rocas.

Quiero saber cómo se llama este tema. Es largo, intento no distraerme para no perderme la voz del locutor. Después me entero que se llama “Blues for Hubert Sumlin”, pero yo al locutor le entiendo “Blues for humans only” y pienso qué buen título.

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5. One day / Reckoning song – Asaf Avidan

Cambio de radio porque la estación anterior se queda sin señal. Suena un hit. Me pregunto si los hits de acá son los mismos que están sonando en Sudamérica. No tengo ni idea. De a ratos me digo pf sí, obvio, la industria discográfica se vende en todo el mundo y de ratos digo mmm no sé, quizá por allá los hits radiales son otros. Estas canciones no son de viaje pero yo las escucho siempre en la ruta, así que para mí quedaron asociadas al movimiento.

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6. Addicted to you – Avicii

Otro hit muy pegadizo. Como el anterior, es un tema no rutero pero que puesto en un viaje en auto combina bien. En realidad todo combina con todo, la vida consiste en buscar la conexión invisible entre las cosas, leí en alguna parte.

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7. Stolen dance – Milky Chance

—Poné Milky Chance.

Apago la radio y escuchamos música, muy bajita, desde el teléfono.

—Tenemos que conseguir algún parlante portátil.

Esta es una banda que descubrí acá y me encanta, pero no tengo idea si por allá se escucha. Cuentenme.

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8. Instant Crush, Daft Punk ft. Julian Casablancas

—Me parece que nadie toma esta ruta para ir a Barcelona.

Está todo vacío, y eso que es viernes. Hacemos Pamplona – Huesca – Lleida – Barcelona. Hay zonas con paisajes que parecen de otro planeta: formaciones rocosas altísimas, pueblos muy chiquitos en la base.

 

Espectacular esa formación rocosa.

Espectacular esa formación rocosa.

Hay partes me hacen pensar en rutas de Estados Unidos por las que no estuve.

—Acá podría estar Twin Peaks*.

*Twin Peaks es el pueblo protagonista de la serie del mismo nombre, dirigida por David Lynch y muy recomendada.

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9. Tous les mêmes – Stromae

Se hace de noche. Pongo esta canción con el teléfono. Me intriga mucho: ¿se escucha Stromae del otro lado del charco? Acá es muy famoso, yo no lo conocía. Es belga, tiene 29 años y su música mezcla hip hop con electrónica con influencias africanas. Lo vi en el Festival Sziget en Budapest: tocó en una de las carpas cerradas y hubo tanta gente que muchos se quedaron afuera.

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10. Malegría – Manu Chao

—Poné Manu Chao.
—¿Qué canción?
—Malegría.
—¿Cuál? No inventes.
—Sí, Malegría. Aunque puede que sea de Mano Negra.
—A ver, tarareala.
Tararea algo que ni idea y que no tiene nada que ver con el tema.
—No existe. Otro.
Y cuando miro la lista de temas, ahí está. Lo peor es que lo escuché mil veces pero nunca retuve el título. Según Manu Chao, la malegría es una tristeza que se combate con la risa.

Barcelona nos espera.

Barcelona nos espera.

El GPS dice que faltan veinte minutos para llegar a Barcelona. Me acuerdo de una de las pautas del libro “101 experiencias de filosofía cotidiana”: Hacé de cuenta que el mundo se termina en veinte minutos. Me imagino una situación post-apocalíptica: ¿Y si llegamos a Barcelona y hay un terreno baldío? Aquí estuvo Barcelona, población actual: 0. ¿Y si un día a las ciudades se les da por jugar y cambian de lugar? Bienvenido a Estambul. ¿Pero cómo? Si yo iba a BarceBienvenido a Estambul, no pregunte. ¿Y si los países cambiaran de lugar? Esto ya me lo pregunté cuando estaba por viajar a Islandia, y no me parece una mala idea.

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Llegamos a las diez de la noche. Esa noche duermo mal, tengo frío e insomnio. La segunda noche, lo mismo. El tercer día me agarra un dolor muy fuerte en la rodilla y casi no puedo caminar. Estoy como la antiviajera. Extraño Biarritz, mi cama, mis libros. ¿Está bien? ¿Está mal? No sé, me pasa eso. Tengo homesickness: dícese del síndrome de extrañar tu hogar.

¿Ya les dije que me cuesta mucho viajar cuando estoy en modo estático? Me cuesta mucho viajar cuando estoy en modo estático. Es como si me sacaran a la fuerza de la cueva cuando estoy hibernando y me pusieran en un espacio abierto contra mi voluntad. No es que la pase mal, es que si no estoy mentalizada para eso, todo me incomoda. Por eso creo que para viajar hay que alinear las ganas y el estado mental: hay que querer hacerlo con la cabeza y con todas las partes del cuerpo.

Algo de arte callejero visto en Barcelona

Algo de arte callejero visto en Barcelona

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Y mi libro a la venta en Altair, una librería de viajes :)

Y mi libro a la venta en Altair, una librería de viajes :)

Otra cosa que me pasa es que me cambió el ritmo interno. Siempre me jacté de ser una chica de gran ciudad, de padecer y a la vez disfrutar ese caos de los lugares llenos de gente, y ahora no me reconozco como tal. Vivir en una ciudad-pueblo donde la vida transcurre tan lenta me hace sentir que en otros lugares —en este caso, Barcelona— todo va demasiado rápido. Nunca había vivido varios meses en un lugar chiquito y creo que me gusta, sobre todo si estoy en etapa de escritura. También me gusta sentir que convertí a un lugar en mi hogar, aunque sea temporario.

Barcelona

Barcelona

El hospital de Sant Pau

El hospital de Sant Pau

Uno de mis lugares preferidos: el jardín de los cactus de Mossèn Costa i Llobera, en Montjuic

Uno de mis lugares preferidos: el jardín de los cactus de Mossèn Costa i Llobera, en Montjuic

La Sagrada Familia

La Sagrada Familia

Pero rápida o no, Barcelona tiene cosas que siempre me sorprenden. Como su olor. Hay un olor a Barcelona que no sabría describir del todo pero que es una mezcla de madera y perfume. Lo más lindo de este olor es que siempre me lo olvido, entonces cuando lo siento, donde sea, enseguida pienso en Barcelona. Es automático. Me pasó de sentirlo de manera muy fugaz en otras ciudades y supe que ese olor no era de esa ciudad sino de Barcelona, y llegó hasta ahí quién sabe cómo o gracias a quién. Esta vez lo siento la primera mañana, cuando me despierto sin recordar muy bien dónde estoy: ese olor a madera de casa antigua me hace reconocer el espacio.

El arco de triunfo

El arco de triunfo

Pasamos unos días ahí con los chicos y volvemos para Francia. La misma ruta a la inversa: Pirineos al costado, algo de autopista porque nos equivocamos de salida, música. El único tema de la vuelta que me queda pegado es este:

Suena justo cuando estamos a pocas cuadras de casa. En vez de subir por nuestra calle, L. da una vuelta completa a la rotonda y estaciona el auto frente al mar. Son las nueve de la noche, hay un viento que me vuelo y hace frío, pero nos quedamos un ratito mirando el mar desde un parking vacío. Después a la casa y a retomar el ritual de los últimos meses: mirar series, leer, escribir, dibujar, estar quieta. Estar.

We are all mad here.

We are all mad here.

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[box]Algunas recomendaciones sueltas:

* Hablando de viajar o no viajar por autopista, hay un libro muy interesante de Julio Cortázar y su mujer Carol Dunlop: [eafl id=”21096″ name=”Los autonautas de la cosmopista” text=”Los autonautas de la cosmopista”]. La pareja decide viajar de París a Marsella en su combi roja durante un mes sin salir nunca de la autopista. El libro relata los treinta y tres días que pasan ahí adentro, en ese universo de asfalto.

* [eafl id=”21154″ name=”101 experiencias de filosofía cotidiana” text=”101 experiencias de filosofía cotidiana”] (de Roger Pol Droit) es un libro que ahora mismo me gustaría tener encima, pero quedó en Buenos Aires. Propone juegos simples como viajar en tren sin fijar un destino, seguir el movimiento de las hormigas, decir tu nombre en voz alta en una habitación vacía, ducharte con los ojos cerrados y otras consignas para agudizar la percepción de la realidad.

* Les recomiendo mucho la serie Twin Peaks, de David Lynch. Empieza con el asesinato de Laura Palmer, una estudiante del pueblo de Twin Peaks y la investigación va derivando en cosas rarísimas. Todavía no la terminé pero cada vez se pone mejor. Son dos temporadas.

* Esta es mi lista de Música para caminar por Bruselas.

* Y estos son otros posts que le dediqué a Barcelona:
– Pasó (Razones por las que me enamoré de Barcelona)
– vivir/viajar (o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)
– Carcelona
– Carcelona Reloaded
– Por las calles de Barcelona. [/box]

Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.

La anticrónica de una argentina en Sant Jordi

Anticrónica (según yo): relato cronológico medio desprolijo*, con poca certeza de horarios y nombres exactos, con más atención puesta en los hechos periféricos del evento que en los centrales y que, por eso, desinforma más de lo que informa. Pero no saben qué simpática que es la anticrónica. (*desprolijo es lo opuesto de prolijo, una palabra que usamos mucho en Argentina y que casi no se usa en España, según mis encuestas. Usamos prolijo en su segunda acepción: cuidadoso o esmerado. Desprolijo sería lo opuesto —o también lo que le dicen los padres a sus hijos adolescentes cuando van, según ellos, desarreglados y con el pelo muy largo: “Estás muy desprolijo”—.)

Sant Jordi: el 23 de abril se conmemora la muerte de San Jorge (Sant Jordi, en catalán), patrono de, entre otros lugares, Catalunya. Barcelona se convierte en una feria callejera repleta de puestos de venta de flores y libros (la tradición dice que las chicas le regalan libros a los chicos, y los chicos le regalan flores a las chicas). Además coincide con el Día Internacional del Libro (para más información: Wikipedia).

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23 de abril de 2014, Barcelona

5.35 am – El día empieza tempranito gracias a uno de mis compañeros de habitación del hostel que llegó borracho hace un rato, hizo todo el ruido que pudo y ahora está roncando como un león maltratado desde la cama de al lado. Intento callarlo haciendo shh shh pero no hay manera. Lo puteo un poco en voz baja, pero nada, no me entiende. Pensaba despertarme a eso de las 6.30, pero este chico me sacó las ganas de dormir. Me quedo en la cama mirando videos de Saturday Night Live y Whose line is it anyway? con los auriculares para tapar los ruidos nasales. Es una nueva costumbre que adopté: mirar videos divertidos para despertarme. Bienvenido nuevo día.

6.25 am – Me baño y me preparo para salir. Hoy es Sant Jordi y tengo que encontrarme con Pablo e Itziar, los chicos de la Editorial Viajera, a las 7 am para armar nuestro puesto temprano. Nos dijeron que los espacios bien ubicados se cotizan y que si bien hay que ir con autorización, puede pasar que te ocupen el lugar. Este va a ser mi primer Sant Jordi y estoy ansiosa. ¿Venderé algún libro? Con vender diez ya soy feliz.

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7.01 am – Llego caminando a Passeig de Gracia 5. Lo bueno de Barcelona es que todo queda cerca y casi no me hace falta tomarme el metro. Me encuentro con Pablo e Itziar y empezamos a armar el puestito. No hay casi nadie en la cuadra, solamente un puesto de venta de flores como a diez metros de nosotros. La mañana está tranquila.

7.30 am – Teórica y práctica del armado y colocación del gazebo, palabra que me suena a pájaro rapaz. Logramos poner todos los palos en su lugar, pero hay uno que siempre se sale y que varias veces casi me pega en la cara. Sostenemos la carpa con bidones de agua que hacen contrapeso. Armamos las mesas, las envolvemos con la bandera catalana y ponemos los libros encima.

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7.55 am – Abro una caja y veo mi libro (edición printed in Spain) por primera vez, me lo trajeron los chicos de Madrid. Quedó muy bien. Y si hubiese quedado mal ya era tarde. Hace unos días soñé que mandaba a imprimir mi libro y que venía con frases que yo no había escrito (#pesadillasdeescritores).

8.10 am – Todo listo. Tenemos la mesa puesta, los libros en exposición, el gazebo firme y dos globos terráqueos inflables colgados a cada costado. Lectores, vengan a nosotros.

8.30 am – La gente pasa frente a nuestro puesto y sigue de largo. Me desmotivo: seguro que no vendemos nada. Seguro que no frena nadie. Siento que estoy despierta hace años y todavía no son ni las 9.

08.42 am – Primera persona que se acerca a nuestra parada. Emoción. Lo miramos con sonrisas ansiosas. Nos saluda, señala el globo terráqueo y pregunta si está a la venta. No. Se va.

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Pablo comiéndose el mundo

09.01 am – Nuestros amigos catalanes nos recomendaron no agobiar a la gente, entonces no sabemos cómo encarar a los que se acercan a mirar. Por las dudas no hablamos, solo sonreímos. Me siento medio robot.

09.05 am – Primera interacción de más de diez segundos: una italiana que no habla castellano. “Compraría sus libros pero no los voy a poder leer”, se lamenta. Se va.

09.10 am – Llega un grupo de personas con un megáfono y se para frente al banco Santander. Empiezan a manifestar: “… policías: se equivocaron de lugar, los ladrones no están en las Ramblas, ¡están aquí dentro!”, dicen con ímpetu. Hacen mucho ruido, se ríen, reparten periódicos y se van para otra parte.

09.30 am – Se acerca un grupo de estudiantes a hacernos una encuesta para un trabajo práctico del colegio. Todavía no se ve mucha gente por la calle, todos están yendo a trabajar.

10.18 am – Una pareja viene a retirar el libro que compró su hija a través de la preventa. “Ay Octavio*, sácame una foto con ella, que es encantadora”, le dice la mujer al marido mientras me abraza para la foto. (*Los nombres son ficticios porque no los recuerdo.)

11 am – Se acerca un personaje, un loco lindo de Barcelona. Tiene flores en la barba y calzas de leopardo. Dice que es escritor, poeta y, si mal no recuerdo, escultor. Le saco fotos. Nos dedica un piropo a las tres chicas que estamos en el puesto y se despide con un “sean felices”. Quiero que sea mi agente publicitario.

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11.15 am – Necesito una dosis de cafeína para mantenerme en pie así que voy en busca de un shot de café y un croissant. Camino dos cuadras y aprovecho para mirar un poco los puestos. Qué lindo ambiente que hay hoy, la gente está en la calle comprando flores y libros, esto debe ser único en el mundo. Aprovecho para ir al baño en el bar que será mi proveedor de inodoro del día.

11.25 am – Cuando vuelvo al puesto, Itziar me dice que me perdí dos momentos destacados, como era obvio. La gente espera a que uno se vaya al baño para tocar el timbre o llamar por teléfono. Al parecer pasó un grupo de franceses que estaba intentando intercambiar un marcapáginas de cuero por otro objeto: Itziar les dijo que solo teníamos señaladores de papel, pero no quisieron. “Se los cambio por el globo”, dijo uno. El globo está teniendo más éxito que los libros. También frenaron unas chicas que preguntaron por los libros, una de ellas miró el mío y lo dejó. “Es que a mí no me gusta leer, no soy de aquí” (?).

11.40 am – Una pareja me compra un libro, se los firmo con dedicatoria y me dicen que tienen que ir a sacar plata y ya vuelven. Me quedo con el libro firmado. ¿Volverán?

11.50 am – Vuelven.

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12 pm – Se acerca una señora: “Hola, ¿aquí venden Lonely Planets?”.

12.02 pm – Se acerca una pareja: “¿Aquí organizan viajes?”.

12.05 pm – Se acerca una chica: “Disculpe, ¿dónde queda la Rambla de Catalunya?”.

12.10 pm – Un chico me cuenta que acaba de conocer mi blog (hace pocas horas) y que se está por ir en bici a Marruecos. Charlamos de viajes.

12.25 pm – Una señora pasa, mira la portada de mi libro, frunce el ceño y sigue de largo. ¿Qué estará pensando? “Ay, esta juventud de hoy”.

12.45 pm – Pasa un señor con seis flores en la mano. La tradición dice que en Sant Jordi los hombres les regalan flores a las mujeres y las mujeres les regalan libros a los hombres. Este señor tiene muchas amigas.

1.05 pm – Lo bueno de estar del otro lado de la mesa es que uno puede hacer avistaje de personas sin disimulo. Y hay de todo. Ya se nota que las calles están más pobladas. No quiero dejar el puesto por si viene algún lector. Ya vendí más de 10 libros, no lo puedo creer.

1.37 pm – Empezamos a aplicar tácticas de venta un poco más fuertes. Hablamos con la gente, hacemos preguntas. A mí me cuesta, lo comercial no es lo mío.

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2.45 pm – Pasan varios lectores y amigos a saludarme, me traen regalitos y comida, me cuentan historias. Hay una mexicana que está viajando por dos años, una catalana que quiere viajar pero tiene miedo de que la secuestren, una italiana que lloró cuando llegó a Nueva York y estaba sola, una catalana que se va mañana a Bangkok sin fecha de vuelta, un cordobés que me regaló una foto de Pin y Pon, una pareja argentina que vive viajando y trabajando en restaurantes, una chilena que es cuentacuentos. Empiezo a perder la noción del tiempo.

4.02 pm – De repente estoy firmando libros a lo loco, se ve que esto de las ventas es por tandas. Además de firmar mi libro (después de mucho tiempo de no hacerlo), firmo el otro libro en el que participé como coautora (“Viajeras”). Qué emoción, ya tengo dos hijos (uno propio y otro con maternidad compartida). Además estoy en Barcelona, que es el padre de mi hijo (acá empezó a gestarse hace más de un año).

4.15 pm – En el puesto somos varios: además de Pablo e Itziar, durante todo el día pasan a saludar (y a firmar) otros viajeros y escritores que colaboraron en los dos títulos de la editorial. Tenemos cerveza fría. Nos vamos descontracturando. Hay muy buena onda.

5.40 pm – Me suena el celular. Es una lectora que compró el libro en preventa y quiere saber si estoy en el puesto.
—¿Dónde estás?
—En Passeig de Gracia número 5.
—¿Es un local?
—No, estoy en la calle. (pronunciado: cashe)
—Ah, en La Caixa, vale.
—No no, en la calle. (pronunciado: caie)

6.05 pm – Una chica asiática se queda una media hora leyendo todos los libros. No sé si los lee, más bien los inspecciona con seriedad, les saca fotocopias con los ojos. Termina, los deja ahí y se va.

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6.35 pm – La gente salió del trabajo así que el centro de Barcelona es una marea humana. Me dicen que casi no se puede caminar. Me encantaría ir a dar una vuelta pero no quiero perderme nada. Solo me alejo para ir al baño. La gente se pone de acuerdo para llegar a verme cuando no estoy, así que cada vez que vuelvo del baño tengo a tres o cuatro esperándome.

6.55 pm – Se acerca una chica y me dice:
—Este era el único libro que quería para Sant Jordi. Te leo y la vida me parece más sencilla.
—Ay, gracias.
—A tí, por alegrarme la vida.
Por estas cosas es que vale la pena escribir.

7.15 pm – Un chico frena de golpe: “Oye, ¿dónde compraron este globo? ¿Está a la venta?”. Volvé más tarde y vemos, pibe.

7.35 pm – Una señora catalana con un sombrero mexicano se para frente al puesto y hojea el libro Viajeras. Se ríe, lo devuelve y mientras se va nos dice: “Yo ya viajo bastante…” y tira una frase que jamás sabremos si fue “sin leer” o “See you later!”. Se va con estilo.

8.00 pm – Me llevo el mundo por delante. Es que el globo está colgado a la altura de la cabeza y cada vez que me doy vuelta me lo choco.

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8.30 pm – Estamos desenfrenados. Llegó la tanda de los que dejaron las compras para último momento y compran libros como pan caliente. Ahora entiendo eso que dicen los libreros de que en Barcelona hay 13 meses de trabajo: los 12 del calendario y Sant Jordi. Esto es un éxito.

9.45 pm – Ya va siendo hora de desmontar el puesto. No quiero que se termine este día. Quiero fundar días de San Jordi por el mundo. O dedicarme a ir de feria en feria.

10.05 pm – Desarmamos la gacela (¿gacela?), tiramos cajas vacías, guardamos todo y nos vamos a cenar con otros viajeros/escritores. Ya llevo 17 horas en pie, pero Sant Jordi fue un antes y un después, me inyectó una dosis de motivación que me faltaba. Quiero seguir escribiendo, tengo muchas ideas para libros nuevos, a esto era que quería dedicarme.

11.55 pm – Salimos del restaurante, el grupo se dispersa, todos se quieren ir a dormir. Yo estoy tan pasada de sueño que por más que vuelva al hostel no voy a poder dormirme. En el camino vuelvo a cruzarme con Pablo e Itziar que justo se encontraron con unos amigos de Madrid. Están buscando un bar a donde ir. Vamos chicos, yo los llevo, les digo. Y nos vamos de bar en bar hasta las tres de la mañana. Lo que me río con estos nuevos amigos desconocidos no tiene nombre. Este día superó todas mis expectativas. ¿Alguien quiere comprar un globo terráqueo?

sant-jordi-9 sant-jordi-11

[box border=”full”] Les recomiendo el libro “Sin noticias de Gurb”, de Eduardo Mendoza. Es el diario íntimo de un extraterrestre que busca a su amigo Gurb (que se perdió y tomó la apariencia de Marta Sánchez) en Barcelona. Es delirante. Lo mejor es ver cómo el extraterrestre va cambiando: al principio está sorprendido de cómo se comporta el ser humano en Barcelona, después pasa a ser uno más. Una crónica excelente y con muchísimo humor.[/box]

Por las calles de Barcelona (o Callejeando por ahí, por qué no)

No hay mejor manera de conocer una ciudad que caminarla, perderse y dejarse llevar. Guardar el mapa, seguir el instinto y caminar tras lo que nos llame la atención. Nunca pensé que iba a terminar siendo una “viajera callejera”, que me iba a gustar tanto eso de observar la vida en las veredas, eso de sumergirme en la cultura callejera de cada pueblo y ciudad. Para mí, lo esencial para conocer un lugar no es “ir a tal monumento”, sino caminar. Caminar y observar. Me interesa más lo que está entremedio, el camino en sí, que lo que está en cada uno de esos puntos “que no podemos dejar de visitar”.

Creo que una de las razones por las que Barcelona me enamoró tanto es que si bien es una ciudad medianamente grande, un espacio urbano “ordenado”, aún sigue manteniendo ese “desorden” típico de las ciudades con vida al aire libre. No me cansé de caminar por sus calles, especialmente por la zona del Raval, donde la multiculturalidad de sus habitantes le da un aire especial a la ciudad.

Hoy, entonces, un Viajando en una foto (o en unas cuantas) Reloaded, algo así como un Callejeando por ahí en fotos, versión Barcelona. Un encuentro con las calles de esta ciudad que me tiene tan pero tan hipnotizada y a la que espero volver muy pronto. ♥ (Va con corazón y todo).

ATENCIÓN: nunca metí tantas fotos en un solo post, así que déjenlo cargar unos minutos.

ATENCIÓN bis: ya sé, están hartos de escucharme hablar (o de “leerme escribir”) acerca de Barcelona. Hartos. Ya fue Barcelona. No puedo evitarlo, estoy obsesionada, encontrar un Lugar en el Mundo no es algo que pasa todos los días. Además tenía un montón de fotos que me habían quedado pendientes y quería ponerlas acá. Así que ya está. En el próximo post, nada que ver: Guía para viajar por Marruecos. En este post, un capricho nomás.

Mientras esperan, denle click a este video. Muy callejero y muy Barcelona.

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Cemento con vista al mar

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Empujen con cariño

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Colisión inminente

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El balcón también sirve de portero eléctrico

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Principio de romance, tal vez?

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Bubu, el perro aventurero con siete vidas. Una vez practicó el escapismo y tuvieron que llamar a los bomberos. La leyenda dice, también, que un mendigo se lo robó e intentó venderlo. Nadie lo compró y su dueña lo encontró en la perrera. Bubu renace cada día. Ahora trabaja en una tienda retro.

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Perfect match.

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Mucha geometría. Y un señor.

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Hay de todo y para todos los gustos.

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El misterioso hombre del bombín negro y su perro dinamita.

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Un círculo de Gaudí, intervenido por una mujer.

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Yo le saco fotos a la Sagrada Familia. Tú le sacas fotos a la Sagrada Familia. Él (y ella) la saca fotos a la Sagrada Familia. Nosotros le sacamos fotos a la Sagrada Familia. Ustedes le sacan fotos a la Sagrada Familia. Y ellos son fotografiados por mí mientras le sacan fotos a la Sagrada Familia.

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¡Corré que el baldazo llega hasta acá!

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¿Aló? Hable más fuerte que tengo un paraguas.

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Escena de Chaplin versión Siglo XXI

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Eso de esperarte en The Cemetery Gates ya fue. Yo te espero a la salida del metro.

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Contramano. 

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El artixta también es callejero.

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¿Ves? Si vas caminando por las calles de Gracia, su estudio transparente te invita a pasar. Dentro se ve mejor, siempre y cuando abras bien los ojos.

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Cervezafríauneuroamigo, la frase más escuchado por las noches de Barcelona.

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Hay peluquerías, y peluquerías retro con onda, como esta.

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Y ahí, entre medio de tanto color, una puerta.

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Mesas rosas, cuando quieras.

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La báscula quita complejos, para que te peses en medio de la calle y pierdas la vergüenza. No es lo mismo pesar 90 kilos que pesar lo mismo que Pedro Picapiedra. No es lo mismo pesar 60 kilos que pesar lo mismo que Messi sin pelota. Ojo.

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Eso sí: en todos los cementerios, flores.

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Y las sábanas colgando.

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El triunfo de pasar por debajo de este arco.

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¿Y esta quién es?

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El señor era japonés y me cayó simpático.

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Esos árboles pelados me generan algo que no logro descifrar.

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Ella sostiene el edificio con un pie.

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Ambos están elevados, aunque cumpliendo distintas funciones.

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Te espero en el casino.

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Cuando vi esa cúpula de fondo, pensé: ¿Dónde estoy? ¿Caí en Asia? ¿Volví a Marruecos?

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Una especie de Barcelona flashera through the mirror.

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Arte callejero, una de las mejores formas de medir la vida callejera de cualquier ciudad.

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Tendría que haber tocado el timbre o inscribirme ahí, en el happy yoga.

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¿De qué hablarán?

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Eso.

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Mirá qué linda fachada, eh.

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Prohibido, o las arañas se apoderarán de su mente.

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Subidas y bajadas. La eterna rueda de la vida.

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Ese mozo reflejado en la ventana me recuerda a un cuento. O a algo.

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Caras y carritos.

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Una que otra ventana.

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Se prohibe, y si desobedece, le pegaremos en la frente con el helado gigante.

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Hay muchas maneras de matar.

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Por un rato, miro el mundo desde más abajo. Está bueno.

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Viva los pinoys :)

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Hey Ho!

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Camuflados entre flores.

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Cenicero al aire libre.

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Azul y amarillo.

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Escalando.

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Esta foto es un quilombo, le corté las cabezas a todos, pero igual tiene un nosequé.

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Bici con vista a la ciudad.

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2 x 2

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Sí, estoy arrastrando una heladera y qué.

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¿Los ven, ahí hablando?

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Jake & The Cat

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Como ven, los balcones en Barcelona son un espacio multifuncional.

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Las entradas de las iglesias, también.

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Compinches a toda edad.

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Y ópera callejera, el summum de la música callejera.

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El punctum* de la foto está muy claro.

(*punctum, según Roland Barthes: “El punctum de una fotografia es ese azar que en ella me despunta”. Surge de la escena como una flecha que viene a clavarse. El punctum puede llenar toda la foto (….) aunque muy a menudo sólo es un detalle.”)

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Cada vez que veo una gaviota en Barcelona pienso dos cosas: “Esta se perdió” y “Ah, no cierto que acá cerquita está el mar”  Una ciudad con vista al mar. ¿Qué más puedo pedir?

Este fue un Viajando en una foto x 60. Ojalá lo hayan disfrutado.

Encuesta: ¿de qué ciudad/pueblo les gustaría que fuera el próximo “Callejeando por ahí”? ¿Algún lugar de España, de Marruecos, de Asia? Opinen…

El Regreso (balance de mi viaje por Europa)

“Life is lived forwards but understood backwards” (La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás) (Lo mismo pasa con los viajes)

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—Si hicieras un balance viajero, ¿crees que cumpliste todas tus expectativas en este último viaje?

—No podría decirte ni sí ni no, porque en este viaje me fui de Argentina sin expectativas, me dejé llevar, viví más que viajar. Como no vine buscando “algo”, no vine con una ruta ni con un plan estricto, dejé que las cosas “me pasaran”, dejé que este viaje “me encontrara”…

El que me pregunta esto es Guido, un amigo argentino al que no veía hacía por lo menos tres años. Nos reencontramos en el kilómetro cero de Madrid el jueves a la noche, 24 horas antes de que me tomara el avión de España a Argentina, y fue como si esos tres años de distancia nunca hubiesen existido. Nos encontramos tras mi viaje de cinco meses por España, por Marruecos, por Suecia y por España otra vez. Nos encontramos en el momento justo para hablar de esto (de mi regreso, del balance viajero, de mis conclusiones). Lo que él me pregunta yo ya lo venía pensando, aunque con otras palabras. Más que en mis expectativas, en los días anteriores a mi regreso me la pasé pensando en mi aprendizaje.

[singlepic id=5054 h=625 float=center] Las fotos de este post, como verán, son fotos sueltas que no tienen que ver con nada, pero que me gustan y me quedaron pendientes de subir…

Este viaje, a diferencia de todos los que hice anteriormente, fue un viaje de personas. A cada lugar de España al que viajé lo hice porque alguien me esperaba, porque alguien me había invitado, porque alguien me iba a recibir. No vi, por ejemplo, Madrid desde una torre con vista panorámica, pero compartí una charla y un café con dos bloggers de viaje. No estuve, digamos, en Ibiza, pero conocí en persona a mi familia asturiana y compartí varios días de mi vida con ellos. No conocí la Alhambra (lo lamento, sí, pero volveré), pero me reencontré con una amiga argentina a la que no veía hacía diez años. No fui a Portugal, pero cuando llegué a mi casa me esperaban dos lindísimas postales de Aveiro y Lisboa, enviadas de puño y letra por mi lectora y amiga (virtual, por ahora) portuguesa. No recorrí todo Marruecos, pero me hice amigos nómadas y sentí cómo el mar me curaba el alma.

[singlepic id=5033 w=625 float=center] La planta-pájaro (dicen que vuela cuando nadie la ve)

[singlepic id=5034 w=625 float=center] “El huevo” de la Plaza Monumental de Barcelona

[singlepic id=5049 w=625 float=center] Sombra de un farol en Girona

Ya sé, me faltó conocer muchísimo del país. Me faltó conocer todo el resto de Europa. Lo que pasa es que esta vez en vez de viajar en busca de paisajes, monumentos, arquitectura, ciudades o pueblos, me moví en busca de personas. Viajé a través de la gente. Crecí a través de la gente. Tuve más abrazos que en cualquier otro lugar del mundo. Recibí más verdades que en cualquier otro momento de mi vida. Aprendí que lo que más me llena en un viaje es conectar con la gente, hacerme amigos, conocer a cada persona que se cruza en mi camino. Aprendí, también, que lo más difícil es justamente eso, porque cada nueva amistad ya viene con fecha de despedida. Aprendí, sin embargo, a convivir con esa realidad, a aceptar que mientras siga siendo viajera siempre tendré que seguir despidiéndome de la gente que quiero. Porque no me queda otra, si quiero seguir viajando por el mundo, tengo que aprender a decir “hasta pronto” (y a confiar en que la vida nos volverá a cruzar). Aprendí, gracias a eso, a no sufrir por la separación, sino a vivir cada momento con intensidad, a disfrutar de mi relación con cada persona, dure lo que dure. Aprendí a reconocer que ninguna despedida es para siempre, y que lo bueno de viajar es que tendré amigos en todas partes del mundo, lo que hace que mi vida sea más feliz. Y aprendí, también, que no me va a dar la vida para conocer todos los rincones del mundo, que es imposible visitar todo, y que tendré que ir creando mi propia ruta, mi caminito en este planeta.

[singlepic id=5052 w=625 float=center] Juguemos

[singlepic id=5044 w=625 float=center] En el lugar que sea, hay que jugar. Saltar.

[singlepic id=5038 w=625 float=center] Soplar burbujas gigantes.

[singlepic id=5048 w=625 float=center] Sentarse en una fuente, en medio del tráfico, a charlar.

[singlepic id=5047 h=625 float=center] Hacer arte.

[singlepic id=5053 w=625 float=center] Crear mundos de colores, como el artixta :)

[singlepic id=5046 w=625 float=center] Y no perder la conexión con el otro, nunca.

El día antes de irme me reencontré con Irene, una argentina amiga de mi mamá que vive en Madrid hace más de cuarenta años, y cuando hablamos de este tema (ella también sabe de despedidas) me regaló una frase que quedará para siempre entre mis enseñanzas de cabecera: “Más vale la pena, que la nada”. Mejor vivirlo, aunque sea corto, que no animarse por miedo a sufrir después.

[singlepic id=5045 w=625 float=center] O, como dirían, “quién me quita lo bailado”.

[singlepic id=5041 w=625 float=center] Del otro lado del puente siempre habrá algo nuevo.

Y ahora, estando acá en Buenos Aires, otra vez frente a mi ventana, me doy cuenta de que no hay nada como un regreso para entender cómo fue un viaje. Si bien yo puedo ir relatando lo que vivo, pienso y siento a medida que viajo (“el minuto a minuto del blog”), la distancia que me da el retorno me permite ver todo desde otro ángulo y tener una idea más global de lo vivido. Cada vez que vuelvo entiendo cómo fue el viaje, por qué viví lo que viví, qué aprendí y en qué aspectos crecí. Además, cada vez que vuelvo logro entender aún más los regresos anteriores. De los cuatro “grandes” regresos que hice (ni que fuera una banda de rock, che), este es el más feliz. Cada regreso fue distinto, porque cada viaje, a su vez, tuvo su propia personalidad. En mi primer regreso me deprimí, en mi segundo regreso entendí que no soy inmortal (gracias al amigo dengue), en mi tercer regreso me sentí sola y lejana (ya ampliaré todo esto en otro post) y en este regreso me siento feliz, tranquila, segura. Esta vez no siento la vuelta como algo malo. Vuelvo muy bien, y eso significa que mi balance viajero es más que positivo.

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Guía para aprovechar un día de lluvia

[box]Este post fue inspirado por el blog “Charcos en el mundo” de Diego Koltan, un argentino que vive en Barcelona. Llegué a su blog de casualidad y me pareció genial su idea de los “Fotocharcos”. Así que me puse en contacto con él, esperamos a que lloviera y salimos por Barcelona en busca de charcos para fotografiar. Les recomiendo muchísimo su página. Además, está en busca de charcos invitados para ampliar su archivo, así que vamos, ¡a sacar fotocharcos por ahí! [/box]

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Cómo aprovechar un día de lluvia
(O, más bien, cómo aprovechar el después de un día de lluvia)

1. Salga a la calle pocos minutos después de que la lluvia haya parado, cuando las nubes se abren y el sol empieza a asomar.

2. No es necesario llevar paraguas. Tampoco es necesario llevar cámara de fotos. Solamente ir con la vista activada en Modo: Charcos. (Eso sí, tenga cuidado de no chocarse con la gente ni de tropezar por estar mirando el piso. También tenga cuidado de no patinarse ni pisar baldosas flojas. Si le pasa, ríase. Es agua nomás.)

3. Busque charcos de agua en las calles, en las veredas, en la tierra, en el pasto. Una vez que encuentre uno, acérquese. Agáchese y mírelo desde todos los ángulos posibles, fíjese qué cosas refleja.

4. Si tiene cámara, saque una foto de aquello que le resulte interesante. Si está con un amigo, muéstrele lo que ve. Si está solo, probablemente parezca un loco. Tal vez alguien se acercará a preguntarle si perdió algo. Tal vez lo miren de lejos. Tal vez un grupo de curiosos se congregue a su alrededor para fijarse qué es lo que mira con tanto interés. No pasa nada. Enséñele el secreto de los charcos a aquellos que estén interesados en mirar la realidad desde otro ángulo.

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Esos charcos, como verán, esconden otros mundos. Ver una ciudad a través de sus charcos es como ver un universo subterráneo, un lugar que está ahí, bajo nuestros pies, pero que solamente se abre los días de lluvia.

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Así que olvídese de ese cliché de que los días de lluvia son deprimentes. Solamente tenga paciencia. Siempre que llovió, paró. Siempre que paró, se formaron charcos. Y siempre que se formaron charcos, algo se reflejó en ellos. Esos reflejos muestran realidades que siempre estuvieron ahí, pero que nunca supimos ver.

[singlepic id=5015 h=800 float=center] Los charcos están, pero muchas veces los esquivamos o les pasamos por encima

[singlepic id=5011 w=800 float=center] Un charco en estado normal

[singlepic id=5028 h=800 float=center] Lo que vemos así…

[singlepic id=5027 h=800 float=center] …también se puede ver así.

[singlepic id=5020 h=800 float=center] Conclusión: vivimos patas para arriba

[singlepic id=5019 h=800 float=center] Post inspirado por la web de Diego, el fotógrafo de charcos.

[box type=”tick”]Aclaración final: Esta guía de charcos puede ser utilizada en cualquier lugar del mundo en el que llueva o se acumule agua. [/box]

Carcelona Reloaded

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Carcelona volvió con todo. O será que yo volví con todo a Barcelona, esa ciudad por la que sentí amor a primera vista y de la que cada vez me enamoro más. Acá todo pasa tan rápido que no sé por dónde empezar a escribir, y tengo mucho para decir, creanme. Si para Madrid lo más adecuado fue hacer un post de tapeo, Barcelona se merece un cadáver exquisito, una conversación fragmentada que represente todo lo que estoy viendo, viviendo y pensando en este lugar (lean el post “Carcelona” antes de seguir y entenderán de qué hablo).

[singlepic id=4999 w=625 float=center] Así vi a Barcelona la primera vez, cuando subía por las escaleras del Metro…

[singlepic id=4985 w=625 float=center] Amo su vida en la calle

[singlepic id=4980 w=625 float=center] Su primavera

[singlepic id=4989 w=625 float=center] Su arte

[singlepic id=4991 w=625 float=center] Sus rincones

***

– Señales, casualidades, encuentros del destino, qué más da.

Yo a ese chico lo conozco, le digo a una de mis amigas mientras bailamos al ritmo de la música semi pop ochentosa en un boliche de la Plaza Real. Le quiero decir “es el chico Carcelona” (me hicieron caso y leyeron el post “Carcelona”, ¿no? Sino no van a entender demasiado…), pero sería muy largo de explicar ahí en ese contexto. Aunque podría estar equivocada, esa charla de Carcelona fue hace varios meses y duró pocos minutos, tal vez quede como una loca si voy y le pregunto. Pero quiero sacarme la duda, así que me acerco y le digo: “Creo que te conozco, una vez le pediste tabaco a un amigo mío en la rambla del Raval y me dijiste que esta ciudad se iba a convertir en mi Carcelona”. Sonríe. Sí, era él. Le cuento que esa palabra me quedó tan grabada que incluso escribí un post con este título ya que siento que define mi relación con esta ciudad. Barcelona es una ciudad “chica” (comparada con Buenos Aires por ejemplo) y no es raro cruzarse con la misma gente. Pero igual, haberme encontrado otra vez con el que me dijo lo de Carcelona es un hecho curioso, ¿no?

Esto de Carcelona podría haber quedado ahí, pero no, las señales tenían que perseguirme. Unos días después fui a visitar a un amigo y, me encontré con esto:

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Quedé petrificada. El periódico (con fecha de 2011) estaba abandonado sobre una silla. Le pregunté si me lo podía guardar y me lo llevé.

Entremedio de todo esto, un día caminando por la ciudad me encontré con una carta (naipe) en la vereda. Si me leen hace tiempo sabrán que también tengo “algo” con los naipes. En Asia los veía por todos lados, abandonados en las esquinas, de a uno, lejos de su baraja, como queriendo decirme algo. Un día, en Laos, decidí empezar a juntarlos. Debo tener unos 30, todavía no formé la baraja completa, pero estoy en camino. En cada ciudad o pueblo donde encontraba un naipe, algo bueno me pasaba. Son como los naipes del buen agüero. En China, por ejemplo, estaba perdidísima, encontré uno y me pasó esto. Lo que me di cuenta es que los naipes siempre aparecían en los lugares con más cultura callejera, en esos países donde la gente vive en la calle, come en la calle y (claro) juega a las cartas en la calle. En las ciudades más ordenadas y limpias jamás encontré nada (a excepción de Madrid). Pero el otro día apareció cuando menos lo esperaba: un ocho de trébol.

[singlepic id=5009 w=625 float=center] Hace unos días, además, entré a una tienda casi de casualidad y me encontré con esta mini geisha. No soy de comprarme estas cosas, pero la vi y me encantó. Ahora es mi nueva compañera viajera, una geisha con superpoderes.

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[singlepic id=4993 h=625 float=center] La cosa es que unos días después estaba caminando por el Raval y me crucé con una japonesa que parecía ser una geisha de verdad. Raro raro…

Esto de enamorarse de una ciudad no es tan fácil ni lindo como parece, especialmente para alguien como yo que no puede estar mucho tiempo quieta en el mismo lugar. ¿Qué hago? ¿Deshojo una margarita y le pregunto?

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Mevoymequedomevoymequedomevoymequedome…

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¿Le saco las espinas a un cactus y busco la respuesta ahí? Barcelonamequierenomequieremequierenomequieremequiere…

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¿Dónde estará la respuesta?

***

– Cada vez más blog y menos guía

Acabo de pasar frente a la Sagrada Familia. Iba a entrar (todavía no la conozco por dentro) pero cuando vi la cantidad de gente que había desistí. Una larguísima fila de personas con sombrero de visera, camisas floreadas, cámaras, medias blancas de algodón altas hasta las rodillas y guías con banderas y megáfonos (bah, lo de los megáfonos capaz que me lo imaginé, pero no me hubiese sorprendido). Ya me parecía que las calles estaban muy vacías: es que todos los turistas que no están en las ramblas están acá, frente a esta obra de arte de Gaudí. Volveré cuando haya menos gente, pensé, y me fui caminando por ahí. Mientras tanto pensaba en mi blog. ¿Tendría que darle un enfoque más turístico a los posts? ¿Hablar acerca de lo que se puede ver en cada lugar? El problema es que muchas veces yo misma no visito los “puntos turísticos” entonces tampoco puedo hablar demasiado acerca de ellos… Mi blog —que acaba de cumplir dos años, por cierto— se está volviendo cada vez más personal y no creo que haya vuelta atrás. Es que guías de viajes sobran, lo que cambia son las experiencias y eso es lo que a mí me gusta contar. Así que ya está, prefiero escribir historias y pensamientos viajeros, ya que eso es lo que nos hace diferentes, ¿no? Más que el lugar, la mirada.

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Además cada vez recibo más mails de personas que quieren viajar y no se animan, de gente que busca ser feliz y necesita un empujón para animarse a “dejar todo atrás”, de chicas que se sienten identificadas conmigo y me preguntan cosas que yo misma me pregunto todos los días… Todo esto me hace pensar que este blog va más allá de los viajes, que es un espacio en el que podemos reunirnos (aunque sea virtualmente) aquellos que amamos viajar y aquellos que amamos la vida y buscamos ser felices como sea. Así que bienvenidos. :D “Viajando por ahí: Blog de viajes, creatividad, inspiración y autoayuda” (?), “Viajando por ahí: Un blog feliz”.

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[box border=”full”]NOVEDADES: TEDxUTN (o De cómo una chica tímida va a tener que plantarse en un escenario y hablar acerca de su vida, los viajes y los sueños durante 18 minutos sin parar)

Cuando era chica era tan tímida que no me animaba a atender el teléfono de mi casa. Tampoco hablaba con extraños ni decía lo que pensaba. Todo me daba vergüenza. De a poco, muy de a poco, lo fui superando. Y cuando empecé a viajar sola, no me quedó otra. Hoy puedo decir que soy “menos tímida” que cuando era chica, aunque todavía algo de timidez creo que tengo. Hace unos años jamás me imaginé que en algún momento de mi vida iba a tener que subirme a un escenario (el espacio más temido de los tímidos) y hablar frente a un público (la actividad más temida de los tímidos) acerca de mi vida. Pero sí: el 27 de abril estaré en Buenos Aires y seré una de las oradoras de TEDxUTN. Y me voy a morir ahí mismo, lo sé. Pero igual intentaré hablar y transmitirles el mensaje de que todo se puede. Si alguno de los que me lee llega a estar presente aquel día y ve que me bloqueo y no puedo empezar a hablar, que grite alguna palabra graciosa así me relajo y me río. Por favor. Que me voy a morirrrr! [/box]

Si me animo a hacer estas cosas (oficiar de pseudo modelo publicitaria para mis amigas de la boutique vintage “La Petite Parade”) entonces puedo hacer cualquier cosa. Es cuestión de ser caradura…

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***

Lo que se viene en Viajando por ahí (esto ya parece una novela por entregas)

Dentro de unos días vuelvo a Buenos Aires y me quedaré por allá varias semanas. Tengo muchísimos artículos para escribir (para revistas) y quiero organizar algunas muestras de fotos. Así que como no estaré viajando, iré subiendo cosas que me quedaron pendientes de Marruecos, Suecia y España. Algunos posts más cortos, posts fotográficos, historias, guías, gastronomía, reflexiones y más…

Querido Blog: soñé, viajé y me desperté (en qué orden, no sé).

3 de abril, Barcelona

Querido Blog:

Para qué te voy a mentir. Podría hacer de cuenta que te escribo desde una ventana que da a algún bosque nevado de Suecia. Podría decirte que los renos pasean por enfrente de mi casa y que siento el olor de los árboles.

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Pero no.

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Te escribo sentada frente a una ventana que da a la plaza de toros de Barcelona, con la lluvia que no para de caer. Llegué hace unos días y la ciudad me atrapó otra vez (sigo tan enamorada de Barcelona como antes). Este regreso, sin embargo, fue distinto a mi regreso de Marruecos (acerca del cual todavía no te conté). Volver de Marruecos, fue raro. Fue gris. No sé si hablar de esto en esta carta… ¿O sí? Bueno, brevemente.

Te voy a contar un secreto: existe algo conocido como La Depresión Post Viaje. Bah, no sé si existe, pero a mí me pasa y por eso le puse ese nombre. Volver de un viaje implica pasar del movimiento constante a la quietud, de la incertidumbre a lo seguro, de ser el elemento novedoso en un lugar desconocido a ser una más en un lugar más que conocido. Volver de un viaje implica pasar de no saber dónde vas a dormir, dónde vas a comer, a quién vas a conocer, por dónde te va a llevar el camino, a tener todo más o menos ordenado y sin mucho lugar para la espontaneidad. Volver de un lugar tan intenso, colorido, bullicioso y acelerado como Marruecos acarrea una depresión (llamémosla tristeza, sensación de vacío, miedo a la inmovilidad) segura. ¿Sabés por qué? Yo creo que en cada viaje, en cada paisaje y en cada persona voy dejando un pedacito mío, un poquito de alma, por decirlo de alguna manera. Entonces cuando me voy siento que  dejo algo atrás, siento eso de “¡¿Qué hago acá?! Que alguien me explique en qué momento decidí volver y por qué”… Siento que parte de mí queda en un lugar al que nunca jamás volveré. Porque si bien puedo regresar al mismo lugar (físicamente), la experiencia va a ser distinta, la gente que voy a conocer va a ser otra, mi estado va a ser diferente (es imposible que un ser humano esté siempre igual). Por eso volver es tan difícil, ¿entendés? Este tema da para largo…

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Si bien mi regreso de Marruecos a Barcelona duró solamente cinco días (porque después de eso me fui a Suecia) y no fue el regreso tradicional (no volví a Buenos Aires sino a Barcelona, a una ciudad que me encanta y en la que todavía me queda muchísimo por descubrir), igualmente sufrí esa depresión. Y Suecia, ay Suecia… Ese viajecito fue la cura perfecta. Un viaje para curar la depresión post-viaje. ¿Quién lo hubiese dicho?

[singlepic id=4947 w=800 float=center] Bienvenidos…

Volví de Suecia mucho más tranquila. Y, pequeño detalle: enferma. Apenas me subí al avión de vuelta de Skellefteå empecé a estornudar y a sentirme bastante mal. Mi cuerpo dijo basta. Eso de estar casi dos meses girando por Marruecos, volver a Barcelona, irme a Suecia, dormir cuatro horas por día y pasar de los cero grados a los 25 en cuatro horas (que es lo que dura el vuelo de Laponia Sueca a Girona) me mató. Así que estuve todo el fin de semana en cama y recién hoy me siento un poco mejor. Pero como te decía, este regreso fue distinto. A pesar de estar enferma, volví de muy buen humor y con el alma contenta.

¿Dónde nos habíamos quedado en la carta anterior? Ah sí, el anteúltimo día de viaje, Miguel y yo volvimos en el auto de Tova y Bob (la pareja que nos alojó en su B&B) a Skellefteå para tomar el vuelo a Girona al día siguiente. A eso de las 8 pm nos reencontramos con David y Florent (nuestros otros compañeros de blogtrip que hicieron una ruta distinta a la nuestra) y hablamos eufóricos acerca de la aurora boreal, los renos (que nosotros no vimos pero ellos sí), la aurora boreal, su visita a los Sami, la aurora boreal, la experiencia de la moto de nieve, la aurora boreal, la comida y la aurora boreal otra vez. En algún momento la charla se puso muy divertida y a los cuatro nos agarró un ataque de risa. Y no eran solamente risas, eran carcajadas de esas que no podés contener y que te hacen llorar. Estuvimos diez minutos llorando de risa como cuatro salames, tratando de no hacer mucho ruido para no molestar al resto de los huéspedes. Otra gran medicina, la risa.

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Cuando terminamos de cenar decidimos salir a caminar un poco por la ciudad y adiviná qué: empezó a nevar. Para mí, que soy una principiante en esto de la nieve, ver cómo caen los copos del cielo es algo mágico. Agarramos cuatro paraguas y nos fuimos por ahí. Te juro que fue como si nos metiéramos adentro de una novela policial. Imaginate este ambiente: casas con puertas y ventanas totalmente cerradas, farolas empañadas en las veredas, la nieve que cae y se acumula, bicicletas estacionadas, silencio, ni un alma en la calle, cuatro extranjeros y cuatro paraguas, huellas misteriosas, un cementerio. Sí, había un cementerio al lado del hotel, con las lápidas hundidas en la nieve y todo. También vimos unas huellas rarísimas, de un par de zapatos estilo Aladdino (y de número, por lo menos, 45) y pisadas de un animal (¿un zorro tal vez? ¿Un Sasquatch de pies pequeños?). Yo subí a una montaña de nieve para sacar una foto y quedé enterrada casi hasta la cadera. Mirá, saqué algunas fotos, aunque no usé el trípode y salieron medio chungas.

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[singlepic id=4956 w=800 float=center] Esta fue de cuando quedé enterrada en la nieve y Miguel acudió al rescate.

Y la mañana siguiente, después de cinco días en Laponia Suecia, tomamos el vuelo de RyanAir de vuelta a Girona. Se me pasó rapidísimo y, cuando me di cuenta, ya estaba de vuelta en Barcelona. Así que eso es todo, Blog. The Dream is Over, como cantaba una de mis personas preferidas. Se terminó este pequeño e intenso viaje onírico y próximamente vendrán otros distintos. Si bien vi muy poco de Suecia, puedo decirte que en este viaje aprendí varias cosas:

1. Que la naturaleza es un gran desestresante. A mí, por lo menos, me da muchísima paz y felicidad.

2. Que la risa es una de las mejores medicinas. Imaginate si todos nos dedicáramos a reírnos a carcajadas (de esas que te sacan las lágrimas) por lo menos una vez al día… El mundo sería un lugar mucho más relajado y alegre. Y si todos nos riéramos de nosotros mismos, aún mejor.

3. Que desde que te creé (o “te conocí”) empecé a conocer gente muy afín a mí, con los mismos sueños, con los mismos ideales, con la misma pasión por viajar. Así que gracias. Creo que no hubiese sido posible sin vos. Cuando empecé nunca me imaginé que iba a llegar a tener charlas de blogs, wordpress, blogtrips y viajes con otras personas (sin quedar como una loca que habla constantemente de blogs).

4. Que, como leí alguna vez, el mundo necesita gente que ame lo que hace. Las personas apasionadas por su trabajo no aportan más que cosas positivas, más allá de que se equivoquen y tropiecen de vez en cuando. Todos nacemos con un talento y creo que una de las misiones más importantes que tenemos es descubrirlo y aprovecharlo, sea cual sea. Si ofrecemos nuestro talento al mundo, estaremos haciendo algo para mejorarle la existencia a los demás y a nosotros mismos.

5. Que cada persona que me voy cruzando en el camino me enseña algo, ya sea acerca del mundo, de sí misma o de mí misma. De todos se aprende.

5. Que cuanto más viajo, siento que menos conozco. Es como el “sólo sé que no sé nada”. Cuando más mundo conozco, más me doy cuenta de que me queda muchísimo más por descubrir y que, probablemente, no me dará la vida para verlo todo.

 6. Que volver de un viaje es como despertar de un sueño. A veces podemos despertarnos con una sensación de felicidad, a veces con melancolía, a veces con tristeza, a veces con tranquilidad. Todo depende de cómo fue el sueño y de dónde nos despertamos.

Bueno Blog, me voy a pasear bajo la lluvia y aprovechar mis últimas dos semanas acá…

No creas que me olvidé: Feliz cumple. Felices dos años de vida. Ya te haré un post cumpleañero.

Nos vemos por ahí,

Aniko

[singlepic id=4959 w=800 float=center] Adopté a una geisha con superpoderes, ahora se dedica a viajar conmigo :)

Despedidas, bienvenidas y reencuentros

Mis cuadernos en este viaje

I. Despedidas

La escritura de viajes es, en mi opinión, una de las más personales. No me refiero a la redacción de guías de viaje ni a las recomendaciones de atractivos turísticos para visitar, sino a la transmisión de experiencias, sentimientos y vivencias del viaje en sí. Viajar es algo que nos involucra de pies a cabeza y, así como cada uno vive un viaje a su manera, cada cual lo relata de forma distinta. Es imposible hacer escritura de viajes sin hablar de uno mismo ya que es imposible separar al sujeto que viaja del viaje en sí: ambos están ligados y uno no puede existir sin el otro. Por eso, al escribir sobre viajes, no se escribe solamente acerca de un lugar, sino acerca de lo que ese lugar le genera a quien lo visita.

[singlepic id=3622 w=800 float=center] Garraf, una playa de Catalunya

Uno de los dilemas con los que me enfrento cada vez que escribo un post es decidir hasta dónde contar, qué límite poner entre “lo anecdótico” y “lo personal”, qué tanto abrirme hacia quien me lee y contar, más allá del relato en sí, lo que siento mientras voy viajando.

Hace tiempo empecé a leer el blog de NomadicMatt, un estadounidense que está viajando por el mundo hace más de cinco años. En su página hay muchísima información: guías de países, datos útiles, ebooks y consejos para ahorrar al viajar… pero los posts más populares —y con los que yo personalmente me siento más identificada y que no me canso de releer— son los que hablan acerca de lo que él siente como viajero. En esos textos aborda temas como la depresión después de (o durante) un viaje largo, el amor y desamor en la ruta, la soledad, el agotamiento que siente después de viajar durante tanto tiempo, las reacciones de sus conocidos cuando anunció que se iba a dedicar a viajar, las reacciones de sus conocidos cada vez que vuelve de un viaje, la facilidad/dificultad de mantener los vínculos, el ciclo de cansancio y “re-enamoramiento” del viajar, la necesidad que siente de echar raíces e, incluso, su decisión de dejar de viajar por un tiempo. Son los textos que, al fin y al cabo, lo humanizan y permiten a los lectores relacionarse con él como persona. Y a mí me demuestran que no soy la única que pasa por ciertos procesos y estados de ánimo.

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[singlepic id=3631 w=800 float=center] (Mientras tanto, algunas fotos de mis últimos días en Barcelona)

Yo, por el momento, no tengo pensado dejar de viajar, pero cuanto más viajo hay algo que se me hace cada vez más difícil: despedirme de las personas que me voy cruzando en el camino. Visto desde afuera, vivir viajando es una vida ideal. Sí y no. Para mí lo es porque es algo que soñé desde muy chica y lo estoy cumpliendo, y no me veo haciendo otra cosa que no sea esto. Pero a la vez, en estos ¡cuatro años! que llevo viajando, aprendí que es un modo de vida que requiere mucha fortaleza. Cuanto más viajo más aprendo a conectar con la gente. Cuanto más conecto, más me encariño. Cuanto más me encariño, más me cuesta despedirme. Tengo amig@s muy especiales en muchísimas partes del mundo, y no sé si volveré a verlos. Tengo muchos rincones del mundo en los que quisiera quedarme para siempre, y no sé si volveré a pisarlos. Cada vez que me voy de algún lugar o me despido de una persona, es como si un pedacito mío quedara ahí. Pero a la vez, entiendo que viajar implica el movimiento constante y que ser viajero implica relacionarse con las personas, aprender algo de cada vínculo, despedirse y guardar cada momento como un recuerdo feliz.

En abril de 2010, cuando estaba en el aeropuerto de Frankfurt esperando a que saliera mi vuelo a Bangkok, conocí a un marroquí-canadiense que me dijo algo que me quedó grabado: “La vida es como un aeropuerto. Gente de distintas partes del mundo se encuentra en el mismo lugar por un rato y después cada cual toma un avión distinto y sigue su camino”. Y, dicho esto, él tomó su vuelo y yo el mío y nunca más nos volvimos a ver. Es cierto: la VIDA es así, también está llena de despedidas. La única diferencia es que, al viajar, estas despedidas ocurren con mucha más frecuencia.

Pero lo bueno de ser viajer@ es que las despedidas siempre serán un hasta pronto.

[singlepic id=3630 w=800 float=center]  La vida, también, es un laberinto: cada cual toma su camino y todos se cruzan en algún momento del trayecto…

[singlepic id=3623 w=800 float=center] Y si hay que saltar, saltá.

II. Bienvenidas y reencuentros

Todo esto para contarles que, después de 25 días, finalmente me fui de Barcelona, mi ciudad ideal. Fue difícil dejarla, ya que sentí una enorme conexión con ella y su gente, pero lo hice sabiendo que, tarde o temprano, voy a volver. Y, quién sabe, tal vez algún día haga base ahí.

Viajé unas 16 horas en dos buses y llegué a Jerez de la Frontera, en la provincia de Cádiz, Andalucía. ¿Por qué a Jerez? Porque vine a reencontrarme con Noelia, una amiga argentina a la que no veía hacía más de diez años. Hace unos días me contactó por medio de mi blog, me contó que estaba viviendo en España y me invitó a su casa. Y acá estoy y es como si los diez años no hubiesen pasado. Siento con ella la misma sensación de familiaridad que siento con España.

[singlepic id=3650 w=800 float=center] ¡Hola Andalucía!

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Desde que llegué a España, más que viajar, lo que estoy haciendo es reencontrarme con (y, en algunos casos, conocer en persona a) amigos (argentinos, españoles) y familiares en distintas partes del país. A cada ciudad de España que viajé fui para ver a alguien, porque sabía que alguien me esperaba. Por eso me tomé mi tiempo en cada lugar y me salteé ciertas regiones. Esto es algo que nunca me pasó en ningún país y que hace que este viaje sea tan distinto y especial.

Graffiti visto en El Raval (Barcelona)

Aprovecho para contarles mis planes viajeros y para darle la bienvenida a un nuevo compañero de aventuras. En pocos días parto rumbo a Marruecos con Andi, viajero argentino y autor del blog TrancaroLa poR el muNdo. Él está viajando hace más de un año por Asia y Europa; los dos coincidimos en España y dijimos, “Che, ¿vamos juntos a Marruecos?”, “Y daaaale”. Así que durante las próximas semanas contarán con la presencia de Andi en mis relatos. Según me dijeron, es bueno tener guardaespaldas en Marruecos, así que esperemos que no me cambie por un par de camellos.

[singlepic id=3628 w=800 float=center] A pedido de él, su foto posando cual sireno en la estación de metro de Barcelona

Después de Marruecos quiero conocer el resto de Andalucía. Y después… hay varias opciones, pero las contaré más adelante. Me surgieron algunas propuestas interesantes en Buenos Aires, así que todo es posible. Pero no daré más información hasta no tener certezas.

Dalí y El Pueblo de los Gatos (Parte 1 de 2)

Parte 1: Con ojos de Dalí

Estoy con insomnio. Yo digo que es el café, otros me dicen que estaré pensando demasiado, otros me dicen que los argentinos, por naturaleza, nos enroscamos mucho con todo. Yo voy a hacer de cuenta que es el café y ya está. Así que ayer aproveché esta epidemia de insomnio —que quién sabe quién o qué la habrá traído— para despertarme bien temprano (algo que en esta ciudad se complica) y alejarme de Barcelona por unas horas. Me tomé el tren —cómo me gusta tomar trenes— y me fui a Figueres, un municipio de Girona (Catalunya), a 117 km de Barcelona y muy cerca de la frontera con Francia.

Los vagones iban casi vacíos, se ve que en invierno el que no tiene alguna razón para salir, no sale. Miré la pantalla con la información del viaje: mientras la velocidad del tren aumentaba, la temperatura exterior se desplomaba. 12ºC… al rato 9ºC… dos estaciones después 5ºC… una hora después 2ºC. Finalmente llegué a Figueres con la módica suma de un grado centígrado. Qué lindo el frío. Lo primero que averigüé en la estación era a qué hora salían (y volvían) los buses a Cadaqués, un pueblito de la Costa Brava que mucha gente me recomendó visitar. “El próximo sale de aquí a la 1.45 del mediodía y el último vuelve de Cadaques a las 6.15 de la tarde”. Perfecto, tenía tiempo de sobra.

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Caminé por Figueres siguiendo los carteles. Lo bueno de España —¿supongo que será así en el resto de Europa?— es que todo está perfectamente señalizado y es muy fácil llegar a los principales “atractivos” del lugar. Aunque, visto de otra manera, lo malo de España es que todo está señalizado y eso disminuye las posibilidades de (o las excusas para) interactuar con la gente local y pedirles indicaciones. Pero, de vez en cuando, yo lo hago igual. Seguí las flechas y mi instinto y llegué al lugar por el que fui a visitar Figueres: el Teatro-Museo de Salvador Dalí.

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El Museo fue construido sobre las ruinas del antiguo teatro de Figueres y es una obra en sí: Dalí convirtió el edificio en un mundo surrealista con reglas propias y creó una realidad distinta donde conviven cuadros, esculturas, instalaciones, dibujos, bocetos, objetos, murales, huevos, choclos, gallinas, mujeres, coches… Es la mente de Dalí, con todos sus recovecos, plasmada en un edificio.

Sin haberlo planeado, elegí el día ideal para visitarlo: en la entrada me encontré con un grupo de 30 niños de unos siete años con sus maestros de colegio. Si nosotros, “adultos”, nos maravillamos ante la imaginación y la inventiva de Dalí, imaginen la reacción de un niño. Ahora imaginen la reacción de 30 niños juntos. Cada vez que entraban a una sala miraban para todos lados y decían “UAAAAU” con la boca abierta mientras señalaban cada detalle emocionados. Yo intentaba seguir sus miradas para ver qué era lo que los maravillaba tanto: si un color, un objeto, un mueble, una forma, un dibujo.

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Y pensé en algo que me vengo repitiendo hace tiempo. Así es como tenemos que mirar el mundo, estemos donde estemos: como cuando éramos chicos. Con sorpresa, con admiración, con curiosidad, con imaginación. Cuando dejamos de mirar el mundo como niños damos todo por sentado, aceptamos que nuestra realidad es “lo normal”, que el mundo “es así”, y nos dejamos arrastrar por la rutina, creyendo que ese es el camino que tenemos que seguir porque “alguien” lo decidió así. Cuando somos chicos, en cambio, todo nos sorprende, cada objeto y cada lugar nuevo contiene un mundo en sí mismo, y para todo usamos el juego. ¿Dónde queda el juego cuando crecemos? ¿Por qué dejamos de jugar?

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Para visitar el Museo de Dalí hay que estar dispuesto a entregarse a sus reglas y, sobre todo, a jugar. No importa la edad, nadie nos pedirá ser menores de 12 años para divertirnos. Adentro de ese teatro, la realidad es otra. Una realidad imaginada que podría ser real, por qué no. O, más bien, una realidad que un ser humano imaginó y convirtió en algo tangible. Si está ahí es porque existe, aunque sea solamente en un rincón de un pueblo de Catalunya.

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Después de unas horas salí del Museo y caminé por Figueres en busca de comida barata. Mi bolsillo se niega a desembolsar 10 euros por un almuerzo, así que fui en busca de un bocadillo (sandwich) barato (encontré uno por 2 euros) y compré algo de fruta en un mercado callejero. A la 1.45 del mediodía tomé el bus a Cadaqués y me fui, semidormida, rumbo al Pueblo de los Gatos.

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Leé la segunda parte acá.

Carcelona

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Hace unos días salí a caminar con un amigo catalán por la Rambla del Raval. Nos sentamos en un banco a charlar y se nos acercó un chico, catalán también, a pedirnos tabaco. Mi amigo le dio tabaco —acá todos andan con su paquetito de tabaco para armar— y el catalán desconocido me preguntó hacia cuánto estaba viviendo en Barcelona. Cuando le dije que estaba de paso por dos semanas, me dijo: “Si te quedas más de un mes no vas a poder dejarla nunca más, la ciudad se va a convertir en tu Carcelona”. Qué mejor definición que esa. Barcelona es una ciudad que te atrapa y de la cual es muy difícil escapar. Por lo menos a mí me está costando muchísimo irme de acá.

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Cada vez que salgo a caminar por zonas como el Barrio Gótico o El Raval —donde hay gente de todas las nacionalidades haciendo vida callejera— siento que la ciudad vive en un diálogo constante, que se la pasa hablando a través de cada uno de sus habitantes. Cada vez que escucho fragmentos de conversaciones, cada vez que alguien me habla en la calle, cada vez que leo los mensajes pintados en las paredes y colgados en los balcones siento que formo parte de un cadáver exquisito en el cual participa toda la ciudad.

El cadáver exquisito, para aquellos que no lo conocen, es un juego que fue creado por los surrealistas en 1925: consiste en ensamblar colectivamente un conjunto de palabras o imágenes para dar lugar a una obra grupal, anónima, espontánea. En este juego, cada persona escribe por turno en una hoja de papel y la dobla para cubrir parte de la escritura, de manera que el siguiente jugador solamente pueda ver las palabras finales. La primera vez que se jugó, se formó la frase El cadáver exquisito beberá el vino nuevo y de ahí salió su nombre.

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Cada vez que hablo con una persona nueva siento que el diálogo empieza por el medio, como si fuésemos participantes de un juego en el que se mantiene una misma conversación pero se va rotando de interlocutor, como si la charla hubiese empezado hace tiempo pero cada cual va llegando en un momento distinto. Cada persona nueva que conozco en Barcelona no me hace las preguntas típicas, no hablamos de dónde soy, qué hice ayer y qué voy a hacer mañana. Aparece un desconocido y en vez de decirme hola me dice que Barcelona va a ser mi cárcel y nunca más voy a poder huir. Aparece otro y me habla acerca de esa necesidad que tenemos todos de abrirnos y de conectar con las personas. Aparece otro y me habla de lo que sueña para su vida y de cómo quiere alejarse de ciertos estereotipos. Aparece otro y me dice que los argentinos pensamos demasiado. Aparece otro y propone el juego como manera de relacionarse entre seres humanos. Aparece otro y me habla de poesía, de música, de cine, de escritura, de viajes. Y así como compartimos un rato de charla, después cada cual sigue por su lado y encuentra otra persona con la cual seguir esa conversación.

Esta ciudad me atrapa y me inspira a fomentar la creatividad, a hablar con la gente, a escuchar lo que cada uno tiene para decir. Así que voy tomando algo de cada diálogo, palabras sueltas, frases, momentos y las voy escribiendo en mi cuaderno, formando mi propio cadáver exquisito barcelonés.

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En unos días me voy a Marruecos y ahí volveré a mis posts “de siempre” con relatos viajeros, información útil, observaciones y todo eso. Tengo que romper el hechizo antes de que sea demasiado tarde y me quede atrapada acá para siempre…

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ACTUALIZACIÓN: Varios meses después volví a Barcelona y escribí el post “Carcelona Reloaded”, algo así como una segunda parte de este texto…

Viajar / Vivir
(o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)

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Tengo un problema con Barcelona: me gusta demasiado. Y cuando algo me gusta demasiado, me cuesta escribir al respecto porque pierdo completamente la objetividad. Cuando un lugar me atrapa no soy capaz de distanciarme y mirarlo de lejos: me meto tan adentro que me cuesta hablar de él. Y así estoy ahora, hace una semana en Barcelona e incapaz de escribir sobre ella.

Podría contarles que volví a Barcelona (después de mi primera visita hace unas dos semanas) la noche de Año Nuevo. Vine con Dafne desde Calella (el pueblo donde nos estábamos quedando) sin plan, sin rumbo, con un objetivo: dejarnos llevar por la ciudad. Si bien acá es invierno, esa noche no hizo frío y toda la gente estaba en la calle. Llegamos a las 11 de la noche, nos bajamos del tren en Plaza de Catalunya y empezamos a caminar por las Ramblas hacia el mar. La marea de gente ocupaba todos los espacios vacíos, era difícil encontrar una calle donde no hubiera demasiadas personas. Rompimos la linea recta y nos metimos por el laberinto del Barrio Gótico (lugar al que siempre se me da por llamarle Ciudad Gótica), dimos vueltas y finalmente aparecimos en el mar.

Eran las once y cincuenta, faltaban diez minutos para que empezara el nuevo año. ¿Qué será lo que nos impulsa a festejar el fin de un año y el comienzo de otro? Si al fin y al cabo, el cambio de año es una medición humana que no cambia en nada nuestra vida. No es que si estamos tristes a las 11.59 del 31 de diciembre de 2011 pasaremos a ser felices a las 00.01 del 1 de enero de 2012. O tal vez sí. Yo no creo demasiado en las fechas ni en los calendarios, pero igualmente me gusta eso de festejar Año Nuevo y sentir que algo se cierra y empieza algo nuevo. Además pasé los últimos años nuevos en otros países —recibí el 2010 en un camping de Uruguay y el 2011 en una playa de Indonesia— así que me intrigaba saber cómo recibirían el 2012 en España.

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Podría contarles que las calles de Barcelona en Año Nuevo se me asemejaron a un circo repleto de personajes que nos distraían a cada paso. Nosotras solamente nos dedicamos a caminar —de Plaza de Catalunya al puerto, del puerto a Barceloneta, de Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval—, pero íbamos tan en sintonía con la buena onda de la ciudad que a cada paso se nos sumaba alguien y compartíamos parte del trayecto. Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de marroquíes que nos hablaban en árabe, caminamos sin rumbo con un italiano y un japonés-brasilero bordeando el mar, esquivamos a los pakistaníes que constantemente se nos acercaban para vendernos latas de cerveza, espontáneamente nos unimos a las canciones que cantaba la gente que nos pasaba por al lado, compartimos unas papas fritas y un kebab en uno de los tantos puestos de comida rápida, nos cruzamos con personas andando en bicicleta, llegamos a una fiesta en una casa okupa del Raval y bailamos entre paredes pintadas y gente con pelucas de colores.

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Podría contarles que los días siguientes caminé por el barrio de Gracia (que por momentos me recuerda a San Telmo), visité el Parque Guell (uno de los lugares más mágicos de la ciudad), subí a Montjuic y casi voy a ver un partido del Barca (pero después me dio fiaca y me acordé de que el fútbol me aburre bastante). Podría hablarles acerca de los precios de la ciudad —que los menúes no bajan de los 8 euros, que lo más barato es comerse un kebab o un bocadillo por 3 euros, que el metro cuesta 1.45 euros (pero que si sacás un billete de 10 viajes, pagás solamente 8 euros), que una cama en una habitación compartida de un hostel ronda los 10 euros, que entrar a los museos y a las obras de Gaudí puede destruir el presupuesto de cualquier viajero low cost—, podría hacer una reseña de la Fundación Miró, podría sugerirles que visiten el bar de Manu Chao, podría explicarles cómo llegar a la Plaza Real y dónde comprar ropa en oferta… ¿Pero les estaría diciendo algo acerca de la esencia de Barcelona? Es justamente la esencia de esta ciudad lo que me atrapa, pero cuando tengo que definirla o describirla, no me sale nada, quedo horas frente a la computadora sin poder escribir una palabra.

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Muchas veces me preguntaron si, al viajar, tengo días muertos, días en los que no me pasa nada interesante, días en los que no hago nada, días en los que me tomo todo con tranquilidad, días en los que no me inspiro. Días de inacción, por así decirlo. Sí, esos días son parte de los viajes largos. Cuando hacemos un viaje por un tiempo determinado nos enfrentamos a los lugares con la urgencia de saber que en poco tiempo la travesía se termina. Queremos ver todo, condensar las experiencias, aprovechar el poco tiempo que tenemos. Esa es una de las cosas que me gusta de los viajes con fecha de vencimiento: que, por unos días, vivimos en otra realidad con otras reglas y lo hacemos con intensidad, sabiendo que dentro de poco volveremos a la rutina de siempre. Cuando hacemos un viaje largo, sin un final previsto, el viajar se convierte en “vivir” y, por lo menos en mi caso, hay días en los que me bajoneo, hay días en los que me planteo muchas cosas y hay días en los que no hago nada productivo. Son días en los que, más que “viajar”, me dedico a vivir.

Es lo que me está pasando en Barcelona. Si me baso en los hechos, tal vez no hice demasiado durante esta semana, pero sin embargo siento que estoy viviendo la ciudad, que la estoy conociendo de a poco, que estoy tratando de descifrar qué es lo que me hace estar así de encantada con ella. Será su multiculturalidad, será que cada calle parece una obra de arte, serán sus laberintos, serán sus influencias africanas y árabes, será su música, será su vida callejera, será su mar, será su gente, será que siento que encajo bien. No lo sé, voy de a poco, viviendo el día a día con tranquilidad, y es por eso que me cuesta tanto escribir acerca de esta Ciudad Ideal.

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10 cosas para hacer en Barcelona

[box border=”full”]Este es un post invitado de Pol Comaposada, autor del blog de viajes Mundo-Nómada.com. Como nadie conoce mejor su propia ciudad que un local, Pol nos da 10 ideas para disfrutar de Barcelona. 
Fotos: Aniko.
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La capital de Catalunya, Barcelona, es una ciudad llena de vida.

Si la visitas, la disfrutarás más en verano (de mayo a septiembre) ya que con el calor se puede hacer más vida de calle y se aprovechan mejor sus playas.

No obstante, en invierno también tiene su gracia, sobre todo en diciembre y enero cuando sus calles se llenan de luces y de ambiente navideño.

Las montañas de los Pirineos quedan a poco más de dos horas, vale la pena pues ir tanto en invierno (a esquiar) como en verano.

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Aquí hay 10 ideas de cosas que hacer en Barna:

1) La Plaça Catalunya y les Rambles

No puedes decir que has estado en Barcelona si no has paseado por la mítica calle de las Ramblas. Esta calle empieza en la Plaça Catalunya, la más importante de la ciudad, y baja hasta el monumento de Colón, cerca del mar. A ambos lados de la calle queda el barrio antiguo de Barcelona, Ciutat Vella.

Una de las atracciones favoritas para los turistas en las ramblas son las estatuas humanas, artistas que con disfraces extremadamente elaborados entretienen a los paseantes todos los días. También encontrarás tiendas de flores, kioskos, bares (caros), restaurantes, y muchos carteristas! Nadie os robará agresivamente pero cada día desaparecen carteras de turistas. Os recomiendo parar al bar Viena (al comienzo de la calle desde plaza Catalunya) y probar el bocadillo de jamón serrano.

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2) El Mercat de la Boqueria y la Plaça Real

Encontraréis el Mercat de la Boqueria en la misma calle de las Ramblas. Es un mercado de frutas y verduras que poco a poco se ha ido convirtiendo en una atracción turística pero eso no ha evitado a las abuelitas seguir comprando allí como siempre. Es el mercado más grande de Catalunya y ofrece tanto productos locales como exóticos. La Plaça Real es una plaza de forma trapezoidal con una fuente en el medio. Está algo escondida al lado de las ramblas y es perfecta para salir de noche. Hay varios pubs interesantes.

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3) Ciutat Vellael Gòtic y el Raval

Ciutat Vella es el barrio antiguo de la ciudad y una de las razones por las que me encanta Barcelona. Las Ramblas cruzan este barrio y lo dividen en dos partes: el Gótico y el Raval. El Gótico (a la derecha bajando por las ramblas) es algo más turístico. Está formado por callejuelas que pueden parecer un laberinto. Es casi obligatorio perderse por estas calles al menos una vez en la vida. Si lo hacéis quizás terminéis encontrando la Plaça del Rei una pequeña plaza que os transportará a la Edad Media. ¡No ha cambiado nada desde entonces! En la otra parte del barrio, el Raval, viven muchos de los inmigrantes de la ciudad. Es un barrio no tan cuidado como el gótico donde encontraréis muchos bares y restaurantes interesantes y a buen precio.

[singlepic id=3307 w=800 float=center] El barrio gótico

[singlepic id=3276 w=800 float=center] Peluquería de El Raval

4) Las playas

Barcelona cuenta con nueve playas. Son muy accesibles y se puede llegar tanto caminando como en el metro. Todas tienen servicios y suelen estar limpias. La más famosa es quizás la que está junto a los dos pequeños rascacielos de Barcelona, la platja de la Barceloneta. Enfrente de la playa hay varios buenos restaurantes donde comer una paella. De todas formas, si queréis buenas playas de verdad id a la costa brava, a una hora en coche hacia el norte de Barcelona.

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5) El Parc de la Ciutadella

Es un parque bastante grande situado a 15 minutos andando desde el monumento de Colón. Hay bastante vegetación y un lago en el medio donde podéis alquilar la típica barquita. Es un sitio genial donde pasar las tardes y sobre todo los domingos, cuando cientos de jóvenes y no tan jóvenes se reúnen para hacer malabares. Allí también encontraréis, además del Zoo de Barcelona, el Palau del Parlament de Catalunya.

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6) Montjuïc

Montjuïc es el pequeño monte de 184 m. delante del mar que se ve desde cualquier punto de la ciudad. Debe su nombre a los judíos que enterraban allí a sus muertos. Es un parque muy grande perfecto para explorar durante toda una mañana y llegar arriba del todo desde donde tendréis muy buenas vistas de la ciudad, sobre todo desde el castillo que hay en la cima.

7) El Barri de Gràcia

Este pequeño y antiguo barrio fue un pueblo antes de unirse completamente a Barcelona. Hoy en día es un lugar perfecto para salir a tomar unas copas con el ambiente quizás más auténtico de Catalunya. Allí encontraréis bares de copas con banderas independentistas al lado de kebabs de paquistaníes.

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8 ) El Tibidabo

El monte del Tibidabo queda detrás de la ciudad separándola del resto de la provincia. Esta montaña de 516 metros tiene en su cima un pequeño parque de atracciones y una iglesia desde la que tendréis las mejores vistas de la ciudad. ¡Vale mucho la pena subir en un día soleado!

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9) La Sagrada Família y el Parc Güell

¿Ya conocéis a Antoni Gaudí? Si es que no, lo vais a conocer pronto en Barcelona. Gaudí ha sido el arquitecto más famoso de la ciudad y la mayoría de edificios emblemáticos fueron diseñados por él. Como por ejemplo, la Sagrada Familia, una catedral que empezó a construirse en 1881 y que se calcula que se terminará en el 2026. Esta catedral en construcción se ha convertido ya en el edificio más emblemático de Barcelona. Otra atracción turística diseñada por Gaudí es el parc Güell. Un gran jardín que se construyó entre el 1900 y el 1914 en el que veréis muchos detalles de la arquitectura modernista del admirado arquitecto.

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10) El Camp Nou

Sabiendo que la mayoría de los lectores de Viajando por Ahí son argentinos, no hace falta hablar mucho del estadio del Barça, puesto que en uno de los países en el que se juega el mejor fútbol, ya lo conoceréis de sobras. Solo decir que es el más grande de Europa con capacidad para casi 100.000 personas y que lo podéis visitar aunque no haya ningún partido. Por cierto, a los aficionados del Barcelona se los conoce como culés porque en el antiguo estadio del equipo, las gradas eran bastante sencillas y se veía el culo y la espalda de todos los aficionados cuando estaban sentados. Culo en catalán es cul y de aquí, culés.

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La mejor manera de moveros por la ciudad es sin duda la bicicleta, especialmente por la zona antigua de Ciutat Vella. Así que ya sabéis, tocará alquilar una tan solo pisar la ciudad. Si no os gustan las bicis siempre os quedará el metro.

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Pol-en-BirmaniaAutor invitado: Pol Comaposada

Pol es de Sabadell (al lado de Barcelona), viajó durante un año por Asia y Oceanía y decidió quedarse a vivir en Bangkok. En Mundo Nómada habla de sus viajes y de su vida en Tailandia, y da recomendaciones, datos y sugerencias para viajar por Asia. Más en: mundo-nomada.com

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Pasó (o Razones por las que me enamoré de Barcelona)

Me hablaron mucho de ella. Me dijeron que me iba a partir la cabeza, que me iba a encantar. Yo vine sin expectativas, pero sospechando que esta cita a ciegas podía funcionar. Y sí. Pasó. Me enamoré de Barcelona. Encontré un lugar en el mundo que cumple con todos los requisitos de Ciudad Ideal Para Aniko. Y como estoy en estado de enamoramiento pleno, probablemente sea muy poco objetiva y sienta que todo es… perfecto (suspiros).

Desde que vi la ciudad por primera vez, mientras subía por las escaleras de la estación del Metro de Plaza de Catalunya, sentí que había llegado a mi lugar (o tal vez a “el lugar donde quedarme cuando no estoy viajando”). Si tuviera que llenar una Lista de Requisitos Para Ser Una Ciudad Ideal, Barcelona los cumple todos. Encaja perfectamente conmigo, con lo que me gusta, con el tipo de ciudad que siempre soñé.

Barcelona, para mí, tiene todo.

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Construcciones bajas y antiguas

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Arte callejero

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Barrio gótico con callecitas-pasadizos, faroles y construcciones de piedra

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Perros con onda

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Construcciones de no creer

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La huella de Gaudí

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Skates y bicicletas

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Arquitectura sorprendente en cualquier rincón de la ciudad

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Mensajes positivos

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Mensajes a libre interpretación

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El mar

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Rebeldía

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Personajes con onda

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Más Gaudí (el Parque Guell)

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Gracia, mi barrio bohemio preferido

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Músicos callejeros

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Cafecitos

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Puestito con golosinas argentinas (dulce de leche y alfajores)

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La ropa colgada de las ventanas del Raval

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El gato de Botero

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Más arte callejero

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Creatividad

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Rincones por descubrir

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Juegos

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Camiones pintados

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Puestos callejeros

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Esos balconcitos…

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El circo

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Helado de pitufo (fundamental)

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Las calles súper angostas de Barceloneta

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mar + bicicletas + atardecer

Y las razones no se agotan. Barcelona es grande pero abarcable, es una ciudad para caminar, tiene pocos edificios y muchas construcciones antiguas, tiene barrios que son como pueblos aparte, tiene vida callejera, comida étnica y color, tiene mercados, música y placitas. Además me quedaría cerca del resto de Europa, de Asia, de África… Tiene todo lo que necesito.

¿Será que a todos les pasa lo mismo con ella? ¿Habré caído en este estado de enamoramiento ciego como tantos otros? ¿Seré una más? Es que realmente siento que quiero quedarme acá, no sé si “para siempre”, pero por un tiempito (aunque no ahora mismo, más adelante, cuando termine este viaje…).

Pasó. Vine a Europa y me enamoré. Y resulta que de una ciudad.

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