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Desde un bus rojo

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No sé si puedo escribir acerca de Londres. Es una de las pocas ciudades en el mundo que siempre quise conocer, junto con Nueva York, Estambul y Liverpool. En general quiero conocer países y no ciudades específicas. En general quiero conocer el mundo y no países específicos. Pero si tengo que ponerme específica, entonces sí: Londres es una de las pocas ciudades que siempre soñé con conocer, incluso antes de soñar con empezar a viajar. Así que llegar a Londres fue como asistir a una primera cita que esperaba hace tiempo (despareja, ya que a mí me habían hablado mucho de él, pero él no sabía ni sabe nada de mí). Creo que intenté ponerme linda.

La primera vez que vi Londres en vivo fue desde la ventanita de un avión: estaba volviendo de República Checa a Buenos Aires e hicimos escala en alguno de sus aeropuertos. De tanto haberla visto en películas, sentí que la conocía. Casi me pongo a llorar. Tantas cosas que me gustan nacieron o surgieron o vivieron en Londres. Tantos músicos, actores, libros, tanto imaginario popular mundial. Pero esa vez tuve que conformarme con visitar el aeropuerto, escuchar el acento británico e irme con ganas de volver. Y hace unos días, estando en Bruselas, me dije eso que suelo decirme: “Estoy tan cerca de Londres… ¿por qué no voy?”. Y fui. O mejor dicho vine.

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Crucé desde Calais, en el norte de Francia, en bus. Nos metieron adentro de un tren (con bus y todo) y atravesamos el Canal de la Mancha por un túnel subacuático. Mejor ni pensarlo, aunque la verdad que ni te enterás que vas por debajo del agua. El pasaje decía que llegaríamos a las 16.35 a Victoria Coach Station (la estación central de buses de Londres), así que supuse que esa sería la hora de llegada local (debería serlo, ¿no? Porque sería tan ridículo como decir “estaremos llegando a Buenos Aires a las 17.55 hora Pakistaní”). Entonces cuando poco antes de las tres de la tarde vi que por la ventana aparecía el principio de una ciudad, me dije: “Qué lindo lugar, qué casitas tan inglesas, ¿dónde estaremos?”. Porque era evidente que, faltando casi dos horas para la hora estipulada, eso no podía ser Londres.

Miré todo con cariño (“ahhh Inglaterra, por fin un lugar donde vuelvo a entender los carteles y las conversaciones”), me llamó la atención la cantidad de restaurantes de comida india y que todas las construcciones fuesen bajas (tampoco es que esperara edificios, pero no sé, me gustaron las casitas de esa ciudad todavía sin nombre que se iba expandiendo en mi ventana). A los pocos minutos un double-decker bus (los buses rojos de dos pisos, esos tan icónicos) nos pasó por al lado como diciendo “holaestásenLondres” y yo nada, ni enterada, seguía pensando que estábamos en las afueras de algún otro lugar, hasta que vi un cartel que indicaba que Central London era acá cerca y dije sí, entonces estoy en Londres nomás. Llegamos a la estación de buses a las 16.35 hora francesa, 15.35 hora inglesa. Polémico. Mientras pasábamos de los suburbios al centro recordé la frase de Caparrós: “A los pueblos se llega; a las ciudades se entra”.

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No sé si puedo escribir acerca de Londres. Es muy grande, es muy Londres, le tengo mucho respeto y no conocí casi nada. Los primeros días me moví de un lugar a otro en el Tube (así le dicen al metro o subte acá) y la ciudad me pareció un conjunto deshilvanado de lugares. Me faltaba, como le dirían, “the big picture”, una vista más general, un pantallazo que me permitiera unir mentalmente todos los barrios que había visitado y entender qué estaba cerca de qué. Lo bueno de ir en metro es que llegás más rápido, lo malo es que no ves lo que pasa entre un punto y otro y te quedan muchos espacios en blanco (o en negro). Como no tengo mucho apuro decidí cambiar el metro por el bus rojo de dos pisos (que además de tener muy buena vista cuesta la mitad) (acá todo es carísimo) y dedicarme a mirar la ciudad por la ventana y desde arriba.

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“¿Viste que nosotros somos de la generación que explica todo?”, me dijo una vez un amigo en Buenos Aires, y nos reímos. Siento que Londres es la ciudad donde todo está muy explicado, hay instrucciones muy detalladas para hacer (o no hacer) las cosas. Para el que no conoce es muy útil, ya que en todas partes hay mapas zonales y carteles con los recorridos de los buses y la ubicación de las paradas más cercanas. Pero más allá de eso, hay cosas que me causan gracia (como que, por ejemplo, en la puerta del baño haya un cartel que diga “now wash your hands”, o que un señor esté explicando por el altoparlante de una estación, mientras afuera diluvia, que el piso está mojado debido a “las malas condiciones climáticas”). Hay cosas que me parecen obvias y por eso graciosas, aunque tal vez sea reconfortante que alguien me las recuerde en una ciudad tan grande como esta. 

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Los buses rojos son muy puntuales. En cada parada hay una pantalla que indica en cuántos minutos llega el próximo y es raro que haya que esperar más de cinco (excepto de noche, cuando tienen menos frecuencia, pero siguen llegando dentro de todo rápido). Para mí, el transporte público acá funciona muy bien: el metro llega a todas partes y es rápido (aunque carísimo), los buses son un poquito más lentos pero tienen un andar muy suave. Sin embargo, varios ingleses con los que hablé se quejan. Me parece que en todas partes la gente se queja del funcionamiento de las cosas de su ciudad, es como un deporte que tenemos. Pienso, mientras viajo, que tal vez vivir una ciudad consiste en entender su lógica (¿cómo funciona el transporte público? ¿La gente pide perdón si te empuja? ¿Se respetan las filas? ¿La gente sonríe?). Uno que viene de afuera, como yo, puede pensar que con tomarse dos o tres veces el bus, como yo, ya entiende algo de la ciudad, y no. Se necesita toda una vida de transporte público para empezar a entender. Este fragmento de Los años de peregrinación del chico sin color, de Murakami, viene al caso:

 A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por las escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta. Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: “Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices”. La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. 

 

Por eso yo puedo llegar y mirar de afuera y sacar mis conclusiones, pero probablemente se queden muy cortas para empezar a entender las complejidades de la ciudad.

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Cada vez que voy en un bus rojo me siento arriba de todo, intento ocupar el primer asiento (tiene una vista panorámica única) y miro los árboles y las casas. Ya empezó la primavera y todo está floreciendo. Las veredas están llenas de pétalos, la ciudad toma color y lo combina con el gris. Hablando de color, Londres tiene muchos tonos de rojo: el de los ladrillos de las casas, el de los buses, el de las cabinas telefónicas, el de los buzones, el de los carteles del metro. El cielo estuvo bastante gris estos días, excepto el fin de semana pasado que salió el sol, y la calle y los mercados se llenaron de gente. Me encanta que acá el clima sea un tema serio de conversación. El cielo gris me gusta, le da un ambiente especial al lugar y los colores se ven más intensos. No sé cómo será esto en invierno.

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Mientras el bus avanza, canto mentalmente “and if a double-decker bus, crashes into us, to die by your side is such a heavenly way to die”, del tema There is a light that never goes out, de The Smiths. Escucho conversaciones en todos los idiomas: mucho castellano, italiano, árabe, portugués, mucho inglés mezclado con otras cosas. Veo gente de todas partes, huelo comida de todos los continentes. Esta debe ser una de las ciudades más multiculturales del mundo, probablemente junto con Nueva York. Me dicen también que es una ciudad muy clasista y consumista y que hay muchos conflictos sociales. Que importa mucho el cómo te vestís y cuánto tenés, que hay muchos robos. Yo, en mi rol de outsider, no sé cuánto puedo llegar a ver o comprender de esto.

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Fui a la masa crítica londinense (la bicicletada que se hace por lo menos una vez por mes en más de 300 ciudades del mundo) y no pude evitar compararla con la de Buenos Aires. Tal vez podría decir: si querés conocer un poco más a una sociedad, andá a su masa crítica. Empezó a las siete de la tarde, nos reunimos frente al río, debajo de uno de los puentes, y salimos a andar. Seríamos unas 200 o 300 bicis como mucho. En Buenos Aires somos 2000 y es una fiesta y un quilombo. Esta fue bastante ordenada. Hubo algunos bocinazos de parte de los autos y algunos silbidos de parte de los ciclistas. Había uno que llevaba música, otros con alguna bandera y unas pocas bicis raras. Me pareció todo muy british (acá todo es muy british y me encanta). Por ejemplo, pasamos al lado de dos cerezos florecidos y vi que un chico se los señaló a otro y uno dijo: “Oh, lovely!”. Y me acordé de esto:

En medio de mi visita a Londres me fui unos días a Liverpool (en otro post contaré) y volví. De a ratos me siento medio perdida. Londres es enorme y hay demasiado para ver. En lugares así, si no me la paso yendo de un lugar a otro me agarra un sentimiento de culpa: “estoy en Londres, no puedo NO ir a tal y tal lado, no puedo NO ver tal cosa”, y después resulta que me la paso el día entero sentada en una librería leyendo una pila de libros, o me la paso caminando por un parque mirando a los patos, o me la paso subida a un bus de dos pisos mirando por la ventana, o me la paso repitiendo zonas que me gustan y dejo de ir a otras a las que “debería ir”. Y me siento culpable, como si estuviera desperdiciando el tiempo que tengo en Londres.

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Una tarde me bajé en la estación Picadilly y lo primero que hice fue entrar a una librería que estaba a la salida. Me quedé horas. Agarré varios libros y me puse a leer, pero hubo uno que me sacudió más que el resto: The idle traveller – The art of slow travel, de Dan Kieran. Lo empecé a leer y dije eureka, me encontré. El adjetivo “idle” tiene muchos significados: ocioso, perezoso, libre, desocupado, sin trabajo, inactivo. El idle traveller que plantea el libro es un viajero que avanza lento y pasa largos ratos sin hacer nada (“nada” en un sentido práctico o pragmático), observando, caminando, pensando; es un estilo de viaje que tiene más que ver con una terapia interna que con un recorrido turístico (cito y traduzco: “idle travel (…) es una travesía espiritual. Es una peregrinación diseñada para hacerte crecer como persona, para ayudarte a reconectar con vos mismo y con otros, para curarte de tus traumas. En una palabra, es terapéutico”).

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En el primer capítulo, “Travel, don’t just arrive” (algo así como Viajá, no solo llegues), el autor cuenta que debido a su miedo a volar decidió dejar de tomar aviones y hace todos sus viajes por tierra; al viajar despacio, es capaz de unir un punto con otro, de ver cómo el paisaje y la cultura van cambiando de a poco. En “Be your own guide” (Sé tu propio guía) habla acerca de la presión que todos sentimos cada vez que visitamos un lugar (tengo que ir a tal y tal lugar, tengo que hacer tal y tal cosa) y propone conocer los lugares a través de la literatura o de las películas, o de la música  (en vez de a través de las guías de viaje tradicionales) ; propone hacer tu propio recorrido sin sentirte mal si no vas a la lista de lugares que mencionan las guías o si decidís ir a ese lugar donde, según ellas, “no hay nada para ver”. En todos lados hay cosas para ver. Todavía no terminé de leerlo, pero siento que encontré un libro que me hace sentir menos sola en mi manera de viajar. Cada vez hago menos cosas (que “debería hacer”) en los lugares y eso de a ratos me hace sentir incómoda o fuera de lugar (muchas veces me preguntan: ¿cómo que fuiste a tal lado y no hiciste tal cosa? ¿Pero qué hiciste entonces? ¿Para qué fuiste?). Pero ahora vuelvo a confirmar que cada cual tiene su manera de viajar y que no estoy sola en esto de viajar lento y de pasar el tiempo caminando o mirando por la ventana.

Por eso no sé si puedo escribir acerca de Londres: es que no hice casi nada.

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Información útil para viajar a Londres:

– Londres es muy caro. Sabelo antes de viajar para no llevarte sorpresas.

Cambio: 1 libra = 1.21 euros = 1.67 dólares (abril 2014)

Transporte: el precio del viaje en metro varía dependiendo la hora (es más caro en hora pico), a qué zona vayas y cómo pagues. Si pagás en efectivo, un viaje cuesta 4,20 libras; si pagás con la tarjeta Oyster (a mí me prestaron una, pero se puede comprar online o en las estaciones) te cuesta entre 2,20 y 3,20 el viaje entre las zonas 1 y 3. Los buses son más baratos: 1,45 libras con la Oyster y 2,40 libras en efectivo. Si vas a estar varios días te conviene comprar los pases (con la Oyster): hay un pase diario de 7 libras (podés viajar ilimitadamente durante todo el día) y otro de siete días por 30 libras. También hay un sistema de bicing (ojo, solo se puede pagar con tarjeta que tenga chip): cuesta 2 libras por sacar la bici y la primera media hora de uso es gratis. Esta web es muy útil para saber cómo llegar de un lugar a otro en transporte público: tfl.gov.uk

Alojamiento: las camas en dormitorios compartidos de hostels empiezan en 10 libras aprox. Son muy básicas y con baño afuera. Hacé couchsurfing.

Comida: hay muchos lugares de comida al paso donde podés comprar sandwiches, ensaladas, sushi, rolls, kebabs por entre 3 y 8 libras. Si te sentás a comer vas a gastar entre 5 y 10 libras como mínimo. Los supermercados tienen secciones con comidas preparadas (cuestan entre 2 y 4 libras). Lo más barato es cocinar en el hostel o casa donde te alojes. Salir a tomar algo es caro: un vaso de cerveza te puede costar entre 4 y 9 libras.

Los museos son gratis.

– Caminar también, aunque Londres es gigante y te puede llevar varias horas ir de un lugar a otro.

– Hay un montóooon de walking tours temáticos por 9 libras. Si te interesa conocer algún tema en especial, te los recomiendo. Sino, pedí un mapa y hacelo por tu cuenta. También hay walking tours gratuitos, aunque se suele dejar propina al final.

Si te gusta el arte callejero, Londres es un paraíso. La zona de Shoreditch está llena de murales y stickers.

– Transporte a otras ciudades: los buses más baratos son Megabus y National Express; también se usa blablacar y liftshare (coches compartidos). 

 

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  1. Una lectora en Londres | escribir.me - 08/09/2015

    […] en Waterstones, una de las librerías más grandes de Europa. Conocí Waterstones de casualidad, la primera vez que estuve en Londres, cuando caminaba por Picadilly y vi una vidriera que me llamó la atención. Entré sin imaginarme […]

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