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El fluir de la ruta (a 27 horas de Budapest)

El auto avanza, abro la ventana para que entre aire. Es verano en Europa y en ciertas partes de la ruta hace mucho calor. No sé hace cuánto estamos manejando, cuatro horas quizá, sumadas a otras seis que hicimos antes de ayer y a otras cinco que hicimos hace unos días y a otras tantas que todavía nos faltan para llegar a Budapest. Vamos por rutas alternativas, le pedimos al GPS que evite los peajes así que nos lleva por entremedio de pueblos, a orillas de algún río, al borde del bosque. Tomamos el camino más largo. Estamos en algún lugar del centro de Francia: esta es como la pampa francesa, no hay nada, me dice L. La radio me habla en francés, entiendo menos de un quinto pero más que la primera vez que vine a Francia. Escucho la pronunciación, esa erre imposible (“practicala haciendo gárgaras”, me diría V. días después), esas letras que están pero no se pronuncian. Cuando llegamos a Alsace, la región fronteriza con Alemania, L. me dice: esto es un microclima, llueve un montón, y enseguida se larga a llover con desesperación, en diagonal, como si alguien hubiese apretado el botón de Activar lluvia desenfrenada para impresionar a los visitantes. Descansamos unos días ahí, festejamos mi cumple y seguimos camino.

Ahora estamos en Alemania y acá no hay límite de velocidad: si te pinta podés ir a 200, como algunos que nos pasan por al lado y desaparecen en pocos segundos. Nosotros vamos tranquilos. Yo miro por la ventana, cuento casitas alemanas, intento descifrar carteles, veo palabras que se repiten e intuyo sus significados. Como todavía estamos cerca de Francia, la radio mezcla estaciones en alemán con programas en francés. No tenemos manera de conectar el mp3 a los parlantes así que hago zapping de FMs. Mi dedo está automatizado para encontrar canciones, aunque los hits son los mismos desde España: well I met you in the summer as the leaves turned brown / wave after wave, slowly drifting / quiero estar contigo bailar contigo vivir contigo una noche loca / am I wrong for thinking we could be something for real / there’s an old voice in my head that’s holding me back, well tell her that I miss our little talks / this rain can last a thousand years / you and me we used to be together every day together always / I want you we can bring it on the floor you’ve never danced like this before… Las canciones del verano con algunos éxitos de los noventa. Ya me las sé todas. De a ratos charlamos, de a ratos vamos en silencio, a veces cantamos o bailamos en los asientos. La radio siempre de fondo mientras dejamos atrás kilómetros, horas y pueblos.

En algún lugar de Alemania, pasando Münich, se nos hace de noche. Frenamos en un espacio de parking con baños. ¿Acampamos acá? Dale. ¿Se podrá? Ni idea, pero no quiero dormir en el auto otra vez. Hay pasto, está oscuro y no hay nadie vigilando, así que armamos la carpa. Mi mente me tortura: sueño que nos despertamos y que el lugar está lleno de carpas y que hay un señor sentado en una mesa cobrando. Desarmemos rápido y vámonos por allá así no nos ve y no tenemos que pagar. Nos escapamos y veo un cartel que dice “Gracias por visitar El Patito”. Me despierto. Nadie viene a echarnos ni a decirnos nada (en España casi nos multan por acampar en una playa y quedé medio traumada).Seguimos camino. Hoy tenemos que estar en Budapest sí o sí porque mañana empiezo las clases de húngaro. El GPS nos sigue llevando por caminos alternativos de árboles y pueblitos, la radio nos habla en alemán.

Cruzamos a Austria sin darnos cuenta: estamos dentro del espacio Shengen y lo único que hay en las fronteras son cartelitos escondidos con el nombre del país al que acabás de entrar, pero si no lo ves ni te enterás. El de Austria nunca lo vimos, y si bien el paisaje es parecido, se nota que hay algo distinto. Una hora después prendo el GPS de mi teléfono y recién ahí me entero de que estamos en otro país (porque el del auto ni nos avisa, debería tener una función que toque una musiquita cada vez que cruzamos la frontera). Vemos el primer cartel de PRAHA – BRATISLAVA – BUDAPEST. Festejo, me emociono. Estamos cada vez más cerca. Decidí que no iba a volar a Hungría no solo porque no me gustan los aviones, sino porque ir por tierra me permite ver cómo cambian el paisaje y el idioma. Además soy de las que necesita el movimiento para meditar, mi cabeza fluye mejor cuando voy en auto, en tren o camino. En el avión no puedo, tengo un solo pensamiento que tapa al resto (secaesecaesecaenosmorimosnosmorimosnosmorimos) y que no me deja desconcentrarme. Pienso en la película A map for Saturday. Todavía no la terminé de ver, pero una de sus reflexiones me quedó muy grabada: cuando viajás mucho te das cuenta de que las diferencias entre las personas de distintas partes del mundo son cada vez más chicas, todos tenemos un día a día bastante parecido. También pienso en que un viaje no es nada sin la gente: para mí, pasar por un lugar y no conocer a quien lo habita es como mirar un documental, como ver de lejos. Es la gente la que hace nuestra experiencia.

Faltan pocos kilómetros para Hungría, estoy por pisar un país que es parte de mi identidad, estoy viajando muy de a poco a mis raíces. ¿Cuánto de lo que soy y siento tendrá que ver con mi parte húngara? Dicen que uno carga traumas, dramas y emociones de sus antepasados, trae adentro historias de familiares que quizá ni conoció, tiene el ADN marcado por experiencias de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos. ¿Cuántos sentimientos húngaros estaré cargando sin saberlo? Pienso en la reflexión que me escribió mi primo Martín después de leer mi último post. Lo cito porque me encantó:

“A pesar de que la madre es el 50%, la sangre húngara termina pesando casi mas de tres cuartos, se manifiesta más acá o mas allá de que uno quiera o sepa o tenga digamos una hungaridad conciente. Te da sensibilidad, cierta bipolaridad, te carga de morriña (en la prehistoria lejana para mi era húngara hasta Galicia) te da una especie de alegría en sordina, una misteriosa capacidad proyectiva, una energía imbatible y cierto regusto sour como el de un par de gotas de angostura en un coctel. Y al mismo tiempo cierta dosis de mala suerte, donde el delantero del destino te mete el gol en el último segundo y te gana el partido. La hungaridad te hace parte de cierta condición de hipérbole, donde es posible amar toda la vida y luego odiar toda la vida y un segundo antes de estirar la pata volver a amar como si el odio nunca hubiese pasado, y al mismo tiempo lamentarse todo ese segundo postrero por todo el tiempo perdido odiando”.

¿Cuánto de mí será hungaridad pura y dura? ¿Cuántos de mis dramas mentales quedarán explicados por las cosas que pasaron en esta tierra antes de que yo naciera? A veces siento que las personas somos experimentos, somos envases repletos de tiempo y tenemos que decidir qué hacer con todos estos días que nos dan. Siempre estamos en el presente y sin embargo no podemos parar de planear, queremos controlar el futuro y eso es imposible, pero lo seguimos intentando. La incertidumbre es el mejor y el peor invento. ¿Cómo será Hungría? No sé, como ella quiera mostrarse, como yo quiera mirarla. ¿Qué me espera ahí? No sé, lo que sea que tenga que encontrar. ¿Y después de Hungría que voy a hacer? No sé, lo que sea que tenga que hacer.

En los kilómetros finales de Austria escucho que la radio cambia de idioma. Tenía miedo de no reconocer el húngaro, de que fuera distinto al de mi mamá y mis tías, pero no, tiene una musicalidad y una suavidad inconfundibles. De golpe estamos cruzando la frontera, veinticinco horas de manejo después llegamos a Hungría. Festejo otra vez. Hace mucho calor, bajo la ventana hasta el límite, miro los campos de flores, estoy en Hungría. Todavía no lo creo. Pienso: ¿Y si hay cosas de Hungría que no me gustan? ¿Las escribo? ¿Y si mi familia se ofende? No hay país perfecto, ningún lugar es la panacea (según la definición griega, “el remedio para todo”), ¿o sí? ¿Y si Hungría es un remedio para algo que necesitaba curar? O al menos diagnosticar. Hay un accidente en la ruta así que llegamos a Budapest más tarde, aunque todavía es de día. Estoy cansada pero no puedo evitar salir a dar una vuelta. Cruzo de Buda a Pest, me apoyo contra la baranda de uno de los puentes del Danubio y miro con la boca abierta. Budapest es antigua, encantadora, bella. Todavía no la conozco, pero intuyo que nos vamos a llevar muy bien.

*

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Paisaje típico de la ruta: los árboles a los costados

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Parada en la región de Alsace (Francia)

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Con un pie casi en Alemania

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Me encanta stalkear casas rodantes

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Ya no sé ni en qué país fue esto…

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En Austria, muy cerca de Hungría

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Hicimos varios kilómetros al lado de este río

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Primeros carteles

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Ya en Hungría

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Campo de girasoles

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Budapest

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Y yo.

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