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Mucha gente se sorprende cuando digo que me da miedo volar. El avión es el medio de transporte que menos me gusta, aunque no nací con este miedo: hasta hace unos años, me encantaba tomar aviones. Orson Welles dijo que solo existen dos emociones en el avión: aburrimiento o terror. Yo no sentía ninguna, a mí volar me parecía divertido y no me generaba inseguridades. Empezó a gustarme menos cuando me di cuenta de que en el avión me perdía lo mejor: el cambio de paisaje. Así valoré la lentitud de ir por tierra y agua y empecé a ver los vuelos como algo poco natural (todos encerrados a miles de metros de altura), pero hasta ahí no tenía miedo. Hace tres años, cuando volvía de España a Argentina, pasé por una turbulencia muy fea. Había tormenta eléctrica en Buenos Aires y tuvimos que sobrevolar Ezeiza durante cuarenta minutos. El avión se sacudió tanto —sumado a los vómitos de la gente y a la visibilidad cero— que pensé que se iba a partir al medio y adiós mundo cruel. Le agarré la mano a mi compañera de asiento, cerré los ojos y, cuando aterrizamos en Buenos Aires, lloré.

Desde ese día me pongo muy nerviosa cuando estoy en un avión y trato de subirme lo menos posible. Un año y unos meses después volé de Perú a España, y por suerte me tocó una mujer al lado que me charló todo el viaje, me agarró la mano y me ayudó a distraerme. Unos meses después volé a Islandia, aunque el avión despegó con tormenta y también hubo bastante turbulencia y entré en pánico. Un año después volé a Croacia y la pasé mal todo el vuelo, hace unas semanas volé a Londres y a cada mínimo movimiento pensaba: se cae se cae se cae se cae. Me resulta muy incómodo sentir estas cosas y pasar por tanto estrés, pero a la vez es incontrolable. Los miedos son irracionales y la imaginación negativa no tiene límites. La fobia, además, suele agarrarme cuando ya estoy sentada adentro del avión, con el cinturón puesto, a punto de despegar. En ese momento pienso: “¿Por qué estoy acá otra vez? Me quiero bajar”. Cada movimiento me asusta, los pozos de aire me desesperan y lo único que pienso es en llegar a tierra firme lo más rápido posible para no tener que subirme a un avión nunca más en mi vida. Llegué a tener pensamientos como “vuelvo a Buenos Aires… si el avión no se cae”. Es horrible.

Lo que destaco de viajar en avión son las vistas

Lo que destaco de viajar en avión son las vistas, como esta de Laponia sueca

O esta, por aterrizar en Camboya

O esta, por aterrizar en Camboya

Hace unas semanas, el vuelo que más miedo me daba era el de vuelta de Francia a Buenos Aires: hacía escala en Madrid —en la mente del fóbico: dos despegues y dos aterrizajes— y yo no sabía cómo iba a hacer para soportar tantas horas metida ahí adentro, encerrada con las maquinaciones de mi cabeza. Varios me dijeron que me tomara pastillas para dormir, y lo pensé, pero nunca en mi vida tomé nada de eso y me daba miedo quedar demasiado sedada y no poder levantarme. También me dijeron que tomara una copa de vino, pero tenía miedo de que me generara el efecto contrario y en vez de relajarme me volviera paranoica. Quería subirme al avión, no enterarme de nada y bajarme, pero las opciones para lograr eso no me gustaban. Para que se entienda: lo que me da miedo no es volar, me da miedo caer y ser consciente de que me voy a morir en los próximos minutos. Esa es mi verdadera fobia: saber que me voy a morir y que no puedo hacer nada para evitarlo.

Sin embargo, el vuelo de vuelta a Argentina no fue tan terrible como pensé. Al contrario, hasta podría decir que, después de tres años, mi miedo disminuyó bastante. Imagino que no soy la única con estos temores —más de un cuarto de la población tiene miedo a volar, al parecer—, así que les comparto algunas de las técnicas que usé y seguiré usando para ir superándolo de a poco.

1. Me informé acerca del funcionamiento de los aviones

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Unas semanas antes de volar a Londres, con algo de nervios e insomnio, me puse a buscar información acerca del miedo a volar. Tenía tantas ganas de llegar a Londres pero tan pocas de tomar ese avión, que mi cabeza parecía un ring de boxeo: “Ay, quiero estar ya en esas librerías inglesas”, “sí, primero asegurate de que el avión llegue entero”, “no veo la hora de sentarme a leer en Waterstones”, “bueno, igual si perdés el vuelo porque te quedaste dormida tampoco sería tan terrible”, “libros, papelerías, buses rojos”, “turbulencia turbulencia turbulencia”. Quería cortarla con eso de una vez. Google, que a veces debería recibirse de psicólogo, me derivó a una web que me ayudó muchísimo: se llama Volando sin miedo y es un curso online gratuito para superar el miedo a volar.

Lo primero que decía era “este no es un curso para leer de manera apresurada”, creo que me lo leí casi todo entre esa noche y la mañana siguiente. Si tienen miedo a volar o quieren saber más acerca del funcionamiento de los aviones y las etapas de un vuelo, se los recomiendo mucho. Los textos, reflexiones y videos me ayudaron a derribar varios mitos que tenía metidos en la cabeza: por ejemplo, yo pensaba que a un avión se le podían quedar los motores en medio del aire y caer ahí mismo en picada (no pensé en que, en ese caso, las alas le sirven para planear), tampoco era consciente de que los transportes terrestres también tienen turbulencia (sientan los movimientos la próxima vez que vayan en auto o bus), no sabía que los aviones están preparados para soportar muchísima más turbulencia de la que existe de manera natural y que incluso pueden atravesar huracanes.

Viajé a Londres un poco más tranquila, aunque no del todo. Las estadísticas dicen que los aviones son el transporte más seguro del mundo, y es cierto, porque cada año despegan millones y son muy pocos los accidentes. Pero cuando hay un accidente suele ser terrible, y los medios de comunicación solo nos muestran eso. Sin embargo, si bien sé que es muy poco probable que tenga un accidente aéreo, en mi cabeza sigo pensando que es la lotería de la vida y que nada impide que la próxima que esté en una catástrofe sea yo.

 

2. Hago ejercicios de respiración durante el vuelo

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Uno puede leerse todos los textos de internet y sentirse más tranquilo, pero el momento de la verdad es cuando estás con el cinturón abrochado y a punto de despegar. Ahí es cuando hago los ejercicios de respiración. Cierro los ojos, me concentro en mis inhalaciones y exhalaciones e intento no pensar en otra cosa mientras el avión sube o se sacude un poco. Esto me ayuda mucho a tranquilizarme y a no pensar tanto, porque no hay nada peor que entrar en pánico en ese espacio cerrado.

 

3. Me distraigo con todo lo que encuentre

Como esta vista de Londres, por ejemplo

Como esta vista de Londres, por ejemplo

En mi experiencia, no hay nada mejor que distraerse durante el vuelo. Como no duermo mucho en los aviones, intento llevarme todos los juguetes para mantenerme entretenida: libros, revistas, películas en la compu, música, cuadernos. Si veo que el avión tiene pantallita en el asiento hago un bailecito de felicidad, aunque ya me haya visto todo. Y en general suelo tener suerte y me tocan compañeras de asiento muy charlatanas que me hacen cambiar mi foco de atención de “nos vamos a morir todos” a “contame más, quiero saber todo acerca de ese tema”.

En el vuelo de Francia a Madrid me levanté para ir al baño y mi compañera de asiento aprovechó para ir también. Cuando salimos justo estaban con los carritos de comida en los pasillos así que tuvimos que esperar un largo rato para poder volver a sentarnos, entonces charlamos de la vida durante cuarenta minutos frente a los baños. Cuando volvimos, el marido había aprovechado nuestra ausencia y se había hecho una cama con los tres asientos, y yo estaba mucho más tranquila que al despegar.

 

4. Trato de recordar cómo era no tener miedo

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En un vuelo muy largo, puede que las distracciones no sean suficientes o que necesite un rato de descanso de la pantalla. Además, si hay mucha turbulencia la siento igual, por más que esté mirando una película. Si veo que el miedo está por volver, me pongo a pensar en cómo era no tener miedo a volar. Antes me subía a un avión sin pensar en que se podía caer, y en realidad las chances de que me pasara algo eran las mismas, solo que al no tener miedo no me estresaba antes de tiempo. ¿Cómo hice para volar 33 horas de Asia a Argentina? Me aburrí mucho, pero no tuve miedo, me acuerdo, entonces trato de volver a ese estado mental pre-turbulencia traumática. Si estoy muy asustada, miro al resto de los pasajeros y a las azafatas: si tienen cara de que no pasa nada, me doy cuenta de que estoy exagerando y vuelvo a tranquilizarme.

 

5. Adopto identidades secretas

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Aunque suene ridículo, esta fue una de las técnicas que más me sirvió. En el primer tramo de la vuelta de Francia a Buenos Aires, mientras esperábamos que despegara el avión a Madrid, se subió un señor que volvía con atención médica. Creo que se había quebrado la pierna, así que tuvo que ir en los tres asientos de adelante, a dos filas del mío. Lo miré e imaginé que yo era la enfermera, y pensé: “No puedo ir con miedo, mi rol en este avión es cuidar a mi paciente”. Funcionó. Cada vez que me ponía nerviosa, pensaba: “Tranquila, vos estás acá para otra cosa, no para tener miedo”. Eso de sentir que tenía a otra persona (imaginariamente) a mi cargo, me hizo olvidarme de mis ansiedades y enfocar la atención en otras cosas.

En el vuelo siguiente, Madrid – Buenos Aires, lo llevé al extremo: “Soy azafata y hago esto todos los días, no puede darme miedo el trabajo que elegí”. Y volé tranquila, porque soy azafata (de a ratos piloto) y soy valiente.

 

6. Tengo diálogos imaginarios con mi mejor amiga

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Acá es cuando empiezan a dudar de la sanidad de quien escribe. Hola.

Mi mejor amiga y yo somos como hermanas y nos conocemos hace más de 27 años, así que ambas somos capaces de hablar con la otra sin que una esté presente. Ella también lo hace. Mientras iba en el avión a Londres decidí pasar el tiempo escribiendo, y me salió un diálogo imaginario con ella. Resulta que cuando tuve aquella turbulencia fea, la que me traumó, también estaba pasando por turbulencias sentimentales. Ambos hechos me marcaron y, como somos humanos y tendemos a recordar lo malo, me costó mucho olvidarme del sufrimiento.

En nuestro diálogo imaginario, mi mejor amiga me dijo, entre otras cosas: “Basta Ani, cada relación es distinta. Esto es como tu miedo a volar me parece… Tuviste una turbulencia una vez, y sí, fue horrible y pensaste que te morías, pero seguís acá, lo superaste, fue feo pero pasó. Ahora no podés subirte a todos los aviones pensando que va a pasar lo mismo, que se va a sacudir o se va a caer. Seguramente vuelvas a tener vuelos feos, pero si las condiciones meteorológicas son buenas entonces no te hagas la cabeza”. Y es cierto. Me tomé muchos aviones en mi vida y hubo uno que fue feo, y yo solo me acuerdo de ese.

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Tal vez crecer es volverse más consciente de la muerte y por eso todo da un poco más de miedo, pero también es aceptar que las cosas pasan por algo y que no somos tan importantes como para que justo nuestros aviones estén siempre en peligro. Los miedos están para superarlos. Y confío en que todavía me quedan muchos vuelos por delante.

¿Alguien más por acá con miedo a volar? Cuenten sus técnicas para superarlo, si es que las tienen. Y sepan que no están solos!