Las palabras definen nuestra manera de ver el mundo (o nuestra manera de ver el mundo define las palabras que usamos para expresarlo… nunca pude decidirme por una opción). Siempre me llamó la atención eso de que en ciertas culturas hubiera diez o veinte términos para matizar un concepto que en otras culturas no requiere más que una entrada en el diccionario (o a veces ninguna). Si bien muchos afirman que es un mito, estoy segura de que los esquimales tienen más de una palabra para referirse a la nieve y a su color, también estoy segura de que aquellos que viven en el desierto dicen “arena” o se refieren a su textura de muchas maneras más que nosotros, y los que viven en el mar tienen palabras específicas para cada tipo de ola… Esta multiplicidad de palabras para una misma cosa dice mucho acerca de la cultura que las utiliza porque, al fin y al cabo, demuestra cuáles son los elementos importantes para cada grupo humano (el agua, la nieve, la arena, la naturaleza…).

Hay un término que me gusta muchísimo y que no tiene traducción exacta al castellano: wanderlust. Proviene del alemán (se originó de las palabras wandern que significa “caminata” y lust que significa “deseo”) y fue trasladada al inglés en 1902. Wanderlust significa, en inglés, “a strong desire for or impulse to wander or travel and explore the world” (wanderlust quiere decir, entonces, “un fuerte deseo o impulso de recorrer y explorar el mundo”). Una de las palabras más lindas que conozco, sobretodo porque la siento y la vivo día a día, incluso antes de que supiera que existía. Cuando la escuché por primera vez, en Malasia, me sorprendí muchísimo: no pensé que hubiera un término tan específico para describir esas ansías de querer salir de viaje por el mundo. En castellano no existe una palabra así y yo tengo un wanderlust que me muero, ¿cómo hago para expresarlo?

Hoy estoy para una sesión de Viajeros Anónimos, ¿alguien se suma? Hola, me llamo Aniko y hace cinco meses que no hago un viaje largo. Sí, ya sé que en este último tiempo viajé, me fui a Uruguay, a República Checa, a San Juan… pero fueron viajes cortitos, escapadas, y lo que me pide mi alma es otro tipo de viaje, uno de esos viajes largos, mínimo de un año, máximo de mil. Es tan distinto hacer un viaje corto que hacer un viaje largo…

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Un viaje corto nunca deja de ser un viaje, una escapada, una vacación. Un viaje largo deja de ser un viaje para convertirse en la vida misma.

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Un viaje corto nace con fecha de vencimiento. Un viaje largo puede durar para siempre.

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Un viaje corto intenta condensar recorridos, paisajes, comidas, personas y experiencias en el menor tiempo posible. Un viaje largo tiene momentos de inacción, espacios vacíos, tiempos libres.

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Un viaje corto tiene un ritmo frenético, acelerado (“¡hay que ver todo porque hay poco tiempo!”). Un viaje largo tiene un ritmo mucho más natural, mucho menos cansador.

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Un viaje corto no deja mucho lugar a la improvisación. Un viaje largo termina siendo pura improvisación (es imposible planear cómo será nuestra vida de acá a un año).

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 Un viaje corto es un paréntesis en la rutina. Un viaje largo se termina convirtiendo en una rutina: en la rutina de la no-rutina (¿se entiende?). :D

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Necesito un nuevo viaje largo. Con mayúscula: Viaje Largo. Necesito recorrer un país sabiendo que luego voy a pasar a otro país y a otro país y a otro país… Necesito saber que no tengo una ruta fija, que cualquier ruta puede ser mi ruta. Necesito irme sin saber cuándo voy a volver. Con eso en mente, el camino se vive de otra forma. Necesito volver a viajar por ahí como me gusta a mí: sin tiempos, sin planes, sin fechas, con todo el mundo por delante.

Necesito un viaje largo. Tengo un wanderlust que me está matando.

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