Esta es la primera vez que escribo acerca de América latina en Viajando por ahí.

Les cuento, para quienes no me conocen, que en el 2008 hice mi primer viaje largo como mochilera: entre enero y octubre de aquel año viaje por tierra por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras. Algunos tramos viajé sola y otros los recorrí acompañada. Descubrí que Sudamérica es uno de mis lugares preferidos en el mundo y confirmé mi pasión por los viajes y por entrar en contacto con otras culturas y personas. Escribí varios relatos para un blog que ya no existe, pero que aún pueden leer acá. Aquellos escritos fueron, tal vez, el precedente de este blog.

En ese viaje encontré rincones, paisajes y personas que siempre recuerdo. Estos son 10 de esos lugares en los que me refugio con la imaginación cada vez que necesito pensar en cosas lindas:

1. El desierto de Ica (Perú)

Esta foto me la sacó Vicky, mi amiga y compañera de viajes, en el desierto de Ica, a pocos metros del oasis de Huacachina. Nos habíamos ido a ver el atardecer desde una de las dunas que rodean al oasis y estuvimos ahí sentadas un largo rato, alejadas de toda civilización, de cualquier ruido. Aquel día fue la primera vez que caminé por un desierto de arena y me encantó sentir cómo se me hundían los pies con cada paso que daba. Unos días más tarde, cinco argentinas (Vicky, Vero, Flor, Pau y yo) nos fuimos a caminar y nos perdimos, por unas horas, en el desierto de Ica. Aquel fue uno de los días más surrealistas de nuestras vidas y si digo que fue «de película» me quedo corta… (tal vez algún día lo cuente, pero por ahora queda como un genial recuerdo entre nosotras).

2. El lago Quilotoa (Ecuador)

Viajé a Quilotoa con mis amigos Pepe, un ecuatoriano, y Mark, de Estados Unidos, sin saber qué esperar. Tuvimos que cambiar de transporte varias veces y hacer el último tramo a dedo en un camión. Cuando llegamos, todo el pueblo (ínfimo) estaba cubierto de niebla y casi no había gente. Bajamos una escalerita y empezamos a descender por la niebla; cuando se disipó, nos encontramos de frente con un inmenso lago y en ese momento nos dimos cuenta: estábamos descendiendo por el cráter de un antiguo volcán. Tardamos algo así como una hora en llegar a la orilla y nos quedamos ahí el día entero, escuchando el silencio, juntando flores de distintos colores y buscando caras en las rocas. Quilotoa es, sin dudas, uno de los lugares más lindos y silenciosos que tuve la suerte de conocer en mi vida.

3. El Salar de Uyuni (Bolivia)

Si hay un lugar que cura el alma, es el salar de Uyuni, en Bolivia. Me acuerdo que la primera vez que fui (sola) me tiré sobre la sal, me saqué esta autofoto y escribí en mi cuaderno: «14.000 km2 son suficientes para cerrar cualquier tipo de herida». Y así es. El salar de Uyuni es místico y mágico. A veces, si hay inundaciones, toda la sal queda cubierta de agua, las nubes se reflejan y es imposible ver la linea del horizonte que separa el cielo de la tierra.

4. El valle de cocora (Colombia)

Caminé por este valle con una chica suiza. Ya no me acuerdo de su nombre, en mi memoria pasó a ser «Aquella chica suiza con quien pasé una tarde en el Valle de Cocora, mirando las palmeras de 60 metros de alto y saludando a las vacas que se nos cruzaban». Sin embargo me acuerdo que me dijo, sorprendida, que aquel valle le hacía acordar a los paisajes de Suiza. Este valle, ubicado en el Eje Cafetero de Colombia, en las afueras de Salento, es uno de los lugares más verdes que conocí en mi vida. Y es un paisaje por el que sigo caminando y saltando cual Heidi cada vez que quiero.

5. Cartagena de Indias (Colombia)

Siempre soñé con llegar a Cartagena de Indias. No sé por qué, pero hay algo de esa ciudad caribeña que me atrae demasiado. Cuando por fin, después de cinco meses de viaje por Sudamérica, llegué, no me sentí decepcionada. Me acuerdo que me compré Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y me lo devoré en pocos días, sentada sobre la muralla del Centro Histórico frente al mar. Sin embargo, lo que más me gustó de Cartagena fue Getsemaní, el barrio que está fuera de la Ciudad Amurallada, ese lugar un poco más sucio, menos conservado, más venido abajo, menos turístico y más auténtico. Ese barrio donde las mujeres se sientan en reposeras en las veredas durante el día, los chicos caminan descalzos y los hombres borrachos caen desmayados durante la noche. Ese barrio con verdadero sabor caribeño.

6. San Blas (Panamá)

El viaje de cinco días en velero desde Cartagena (Colombia) hasta San Blas (Panamá) fue uno de los mejores momentos de mi travesía. La noche que salimos hubo tormenta eléctrica en medio del mar Caribe y pensé que no iba a sobrevivir para contarla, pero al día siguiente salió el sol y un grupo de delfines nadó al lado del barco durante un ratito (breve pero inolvidable…). Después de 48 horas seguidas de navegación, sin ver más que ballenas, delfines y tiburones, llegamos al archipiélago de San Blas, del lado panameño. El archipiélago está conformado por 365 islas (una para cada día) y habitada por la comunidad de Kuna Yala, un grupo indígena americano que sigue manteniendo sus tradiciones. No permiten ningún tipo de inversión extranjera en la Comarca y viven ahí sin los «lujos» que muchos consideran necesarios. Aquel lugar es mi paraíso y si algún día me preguntan dónde quiero morir, que sea bajo una palmera en una de estas 365 islas.

7. Punta Negra (Lima, Perú)

Este lugar probablemente esté teñido por mi gran amistad con Mirla, una chica peruana oriunda de Punta Negra, a quien conocí en Lima y luego recibí en mi casa en Buenos Aires. Cada vez que veo esta foto me acuerdo de nosotras dos caminando por Lima hacia la parada de la combi que nos llevaría a Punta Negra, me acuerdo de cómo se nos pasó el tiempo volando mientras charlábamos acerca de la vida; me acuerdo de cuando llegamos a aquel pequeño pueblo costero ubicado sobre un paisaje desértico y fuimos a su casa, donde conocí a su lindísima familia; me acuerdo de nuestras caminatas hasta las rocas, de nuestras conversaciones, de esa linda sensación de haber conocido a una amiga «para toda la vida». Me acuerdo del castillo de Punta Negra, de las historias, de la arena, del mar. Y no veo la hora de volver y pasar unos días ahí.

8. Antigua (Guatemala)

Antigua Guatemala es una de esas ciudades coloniales que tanto me gustan, con paredes descascaradas, con la pintura despintada y los colores casi borrados por el sol. Es un lugar donde no hay mucho para hacer más que caminar o sentarse a mirar la vida desde el banco de una plaza. Un lugar donde la gente te saluda si pasás por la puerta de su casa, un lugar donde todos te miran con curiosidad. Me acuerdo que una vez estaba sentada en un parque y una nena vino corriendo a ofrecerme collarcitos y pulseras, cuando me escuchó hablar en español se asustó: «¿Por qué no hablás inglés?», «Porque soy de Argentina y allá se habla español». Me miró por unos segundos y se fue corriendo a esconderse detrás de la madre.

9. Montevideo (Uruguay)

Uruguay es un país en el que me quedaría a vivir, sin dudas. Me encanta la gente, me encanta la tranquilidad, me encanta sentarme en la vereda con mis amigos montevideanos y charlar sin preocuparnos porque dejamos la puerta abierta. Todavía me acuerdo del día que saqué esta foto, en el 2010. Era el primer lunes de enero, pero parecía domingo. Las calles del centro estaban vacías, había muy pocas personas desparramadas cual fantasmas en los rincones y esquinas, formando parte de un set abandonado, de una escenografía cerrada por feriado. Todas las rejas estaban bajas, las puertas y ventanas cerradas, no sé si era porque la gente estaba adentro o porque todos se habían ido. Juro que ese día sentí que la ciudad estaba ahí, inmóvil, solamente para sacarle fotos.

10. Colonia del Sacramento (Uruguay)

Este es otro lugar que está teñido por los increíbles días que pasé con mi mejor amiga Maru. Nos fuimos a Colonia, alquilamos un scooter y salimos a dar vueltas por las callecitas empedradas. Aquel día, Colonia, al igual que Montevideo, también parecía una ciudad fantasma, construida solamente para nosotras, nuestra cámara y nuestra motito. Nos perdimos, pasamos de la ciudad al campo en pocos minutos, vimos la plaza de toros que ni sabíamos que existía, anduvimos despacio y a toda velocidad, llevamos de paseo a dos amigos entrerrianos (¿aún se acordarán? ¿tuvieron miedo en esa moto?), filmamos videos graciosos, perseguimos a otras motos para ver cómo reaccionaban, hicimos una pavada tras otra y construimos un lugar al que siempre volvemos en nuestras charlas.

Bonus track: Buenos Aires (Argentina)

Buenos Aires me inspira y me frusta, me alegra y me agobia, me hace reir y me hace llorar. Mi relación con mi ciudad es de amor-odio. Cuando estoy allá me quiero ir lo antes posible, cuando estoy lejos confieso que un poquito la extraño…

Esta foto se la saqué a amiga Mirla cuando fue a visitarme en el 2009, parada en la Facultad de Derecho, frente a «La flor». Esta vista me hace acordar a los domingos cuando salía a dar vueltas en bici y pasaba frente a la flor cuando ya empezaba a bajar el sol. Y tal vez eso, salir a andar en bici un domingo por la ciudad, sea una de las cosas que más extrañe de allá.

A veces quisiera dividirme en mil pedacitos y volver a todos estos lugares… ¿Ustedes también tienen lugares así? ¿A dónde volverían si pudieran hacerlo en este momento?