Por las calles (lluviosas) de Rosario

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Nuestro último día en Rosario llovió. No, no llovió, se partió el cielo al medio y cayeron baldazos y baldazos de agua durante un largo rato.

La lluvia en un viaje puede tener personalidades múltiples. Por un lado, en un viaje largo, la lluvia es la excusa perfecta para quedarse adentro y descansar, mirar una película, leer, escribir. Por otro lado, en un viaje corto, la lluvia puede ser la culpable de arruinarnos uno de los pocos días que teníamos para salir a conocer. Hace un tiempo, sin embargo, aprendí a tenerle cariño a los días de lluvia. Estando en Asia —donde la lluvia abunda— los usé para descansar y atosigarme de series y películas. Hace unos meses, cuando conocí al fotógrafo Diego Koltán y sus fotocharcos, descubrí que los días de lluvia tienen un después que es visualmente fantástico. La lluvia produce charcos y los charcos producen mundos reflejados bajo nuestros pies. Desde que Diego me hizo ver todo lo que se refleja en los charcos, mi mirada ya no volvió a ser la misma. Desde aquel día, cada vez que llovió yo pensé, feliz: Qué bueno, en un rato este lugar va a estar lleno de fotocharcos. Y desde que lo conocí a Damián y sus burbujas, tuve otra razón para que me gustaran los días de lluvia: el antes y el después de la lluvia son momentos ideales para salir a hacer burbujas. Cuanta más humedad y menos sol, mejor. Más grandes y coloridas salen.

[singlepic id=6853 w=625 h= float=center] Fotocharcos

[singlepic id=6870 h=625 float=center] y burbujas

Así que durante nuestro último día en Rosario salimos a caminar. Todavía no llovía pero se la veía venir. Estábamos paseando por el Bv. Oroño, mirando casas y detalles, cuando me pasó algo muy cómico y lindo a la vez. Dos chicos me gritaron desde un auto “¡Aniko! ¡Aniko! ¡¡Te leemos!!” y me sacaron una foto y una sonrisa. Pocos minutos después se largó el aguacero y no hubo paraguas que resistiera. Era hora de comer y yo recordaba haber visto un restaurante Beatle cerca, así que lo buscamos y nos refugiamos ahí adentro. Para mí, que soy fan de Los Beatles desde antes de nacer, fue como entrar al paraíso. El lugar estaba lleno de fotos, cuadros, detalles y dibujos de Los Beatles. En las pantallas pasaban recitales y shows de ellos como solistas. Arriba había un museo que contaba toda la historia de la banda, con elementos de colección. Así que gracias a la lluvia pude dedicarle varias horas al lugar y salí feliz de haber estado en contacto con mi música preferida.

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Cuando nos fuimos ya no llovía, así que decidimos caminar por la Costanera. Casi no había gente en la calle. Y ahí los vimos: fotocharcos a montones, decenas de imágenes reflejadas en el piso. Y nos pusimos a fotografiar.

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La caminata nos llevó hasta el Monumento a la Bandera, donde nos encontramos con el resto del equipo viajero y decidimos hacer una intervención burbujística. El clima era perfecto. Bien húmedo, bien pesado, bien nublado. Damián sacó el kit y se puso a hacer burbujas. Inmediatamente aparecieron chicos, que siempre tienen el radar de las burbujas bien prendido, con sus respectivos padres. El Monumento se llenó de curiosos que miraban las burbujas y nos miraban a nosotros. A varios le contamos nuestro proyecto, nuestra vida de viajeros. Muchos otros se acercaron a nosotros y nos dijeron: “¡Vi las burbujas y sabía que eran ustedes!”. La Burbuseñal funcionó. No vimos demasiado de Rosario, pero pasamos una tarde lindísima gracias a la lluvia.

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[singlepic id=6861 w=625 h= float=center] Dino y Aldana, los chicos de Magia en el Camino, emburbujados

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Escribo esto mientras en Buenos Aires llueve y todo me parece gris. Esperaré a que pare para, aunque sea, salir a mirar cómo se refleja mi ciudad en el agua que se acumula en sus baches.

[box border=”full”]Este post es el epílogo de Rosario en movimiento, las impresiones de mi primera visita a Rosario.

Pueden conocer al creador de los fotocharcos en su web: charcosenelmundo.com

Para saber más acerca de las burbujas: burbujasporahi.com

Para saber qué hacer cuando llueve, en cualquier lugar del mundo: Guía para aprovechar un día de lluvia [/box]

Asia de la “A” a la “Z”: fin del abecedario

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Se terminó el abecedario.

Pareciera que fue ayer cuando les presenté el proyecto sin saber en qué iba a derivar, sin saber si lo iba a terminar o no, si me iba a resultar fácil o difícil.

Durante 26 días (y 26 letras) hablé de arroz, de coranes, de durian, de ghettos, de mercados, de hospitalidad, de silencios, de todas aquellas palabras e ideas que asocio con Asia. Como les dije en otro post, cada palabra fue una elección totalmente subjetiva.

Quedaron varias palabras afuera que hubiese querido incluir: C de Colonial y de Casinos, G de Graffiti, A de Arte, I de Influencias, M de Motos y de Música, N de Noodles, O de Ofrendas y de Ojos, P de Prohibido, R de Regateo, T de Tradiciones…

Esta es la lista final, con los links, por si se perdieron alguna:

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Ojalá algún día pueda hacer Europa del Este de la A a la Z, Medio Oriente de la A a la Z, África de la A a la Z, Oceanía de la A a la Z, el mundo de la A a la Z.

Mientras tanto, sigo con el blog como antes.

Gracias por leerme :)

Asia de la A a la Z

Este es mi nuevo mini-proyecto: Asia de la A a la Z. “Mini”, porque nació de golpe y sin ansias de grandeza, solamente para compartir en este blog, y “proyecto” porque no sé en qué derivará (ni si derivará en algo).

Quiero mostrarles Asia en 26 post, en 26 letras, en 26 palabras, en 26 imágenes. Hacer un recorrido por el Sudeste Asiático desde la A hasta la Z.

Cada letra del abecedario tendrá su propio post: “A de Arroz” será el primero, y luego seguirán “B de …”, “C de …”, pasando por todas hasta la Z.

Para cada letra voy a elegir una palabra y una imagen que describa visualmente a esa palabra. Serán palabras que tengan que ver con Asia, que formen parte de la realidad de esta parte del mundo. Algunas serán palabras simples y conocidas por todos, palabras que también son cotidianas en otros lugares del mundo, aunque presentadas desde una nueva óptica: entendidas a partir del significado que se les da en el contexto asiático. Porque no es lo mismo comer arroz en Argentina que comer arroz en Indonesia. Y otras tal vez sean palabras de acá, en algún idioma local, o propias (casi “exclusivas”) de este continente.

Este mini-proyecto de mi blog es para mí un desafío, algo que irá tomando forma por sí mismo y que no sé cómo va a evolucionar. En principio, mi idea es elegir una palabra nueva cada día, solamente una por letra, mostrarla a través de una foto y escribir unos renglones acerca de ella. No sé si serán muchos renglones o pocos renglones. No sé si decidiré agregar más palabras por letra o dejar solamente una. No sé en qué se habrá convertido esto cuando llegue a la Z. No sé si una vez que llegue a la Z volveré a empezar, si usaré otros alfabetos. ¿Llegaré a la Z?

Así que inauguro, a partir de mañana y en el próximo post, la primera entrega de Asia de la A a la Z.

Mis 10 lugares preferidos en América latina

Esta es la primera vez que escribo acerca de América latina en Viajando por ahí.

Les cuento, para quienes no me conocen, que en el 2008 hice mi primer viaje largo como mochilera: entre enero y octubre de aquel año viaje por tierra por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras. Algunos tramos viajé sola y otros los recorrí acompañada. Descubrí que Sudamérica es uno de mis lugares preferidos en el mundo y confirmé mi pasión por los viajes y por entrar en contacto con otras culturas y personas. Escribí varios relatos para un blog que ya no existe, pero que aún pueden leer acá. Aquellos escritos fueron, tal vez, el precedente de este blog.

En ese viaje encontré rincones, paisajes y personas que siempre recuerdo. Estos son 10 de esos lugares en los que me refugio con la imaginación cada vez que necesito pensar en cosas lindas:

1. El desierto de Ica (Perú)

Esta foto me la sacó Vicky, mi amiga y compañera de viajes, en el desierto de Ica, a pocos metros del oasis de Huacachina. Nos habíamos ido a ver el atardecer desde una de las dunas que rodean al oasis y estuvimos ahí sentadas un largo rato, alejadas de toda civilización, de cualquier ruido. Aquel día fue la primera vez que caminé por un desierto de arena y me encantó sentir cómo se me hundían los pies con cada paso que daba. Unos días más tarde, cinco argentinas (Vicky, Vero, Flor, Pau y yo) nos fuimos a caminar y nos perdimos, por unas horas, en el desierto de Ica. Aquel fue uno de los días más surrealistas de nuestras vidas y si digo que fue “de película” me quedo corta… (tal vez algún día lo cuente, pero por ahora queda como un genial recuerdo entre nosotras).

2. El lago Quilotoa (Ecuador)

Viajé a Quilotoa con mis amigos Pepe, un ecuatoriano, y Mark, de Estados Unidos, sin saber qué esperar. Tuvimos que cambiar de transporte varias veces y hacer el último tramo a dedo en un camión. Cuando llegamos, todo el pueblo (ínfimo) estaba cubierto de niebla y casi no había gente. Bajamos una escalerita y empezamos a descender por la niebla; cuando se disipó, nos encontramos de frente con un inmenso lago y en ese momento nos dimos cuenta: estábamos descendiendo por el cráter de un antiguo volcán. Tardamos algo así como una hora en llegar a la orilla y nos quedamos ahí el día entero, escuchando el silencio, juntando flores de distintos colores y buscando caras en las rocas. Quilotoa es, sin dudas, uno de los lugares más lindos y silenciosos que tuve la suerte de conocer en mi vida.

3. El Salar de Uyuni (Bolivia)

Si hay un lugar que cura el alma, es el salar de Uyuni, en Bolivia. Me acuerdo que la primera vez que fui (sola) me tiré sobre la sal, me saqué esta autofoto y escribí en mi cuaderno: “14.000 km2 son suficientes para cerrar cualquier tipo de herida”. Y así es. El salar de Uyuni es místico y mágico. A veces, si hay inundaciones, toda la sal queda cubierta de agua, las nubes se reflejan y es imposible ver la linea del horizonte que separa el cielo de la tierra.

4. El valle de cocora (Colombia)

Caminé por este valle con una chica suiza. Ya no me acuerdo de su nombre, en mi memoria pasó a ser “Aquella chica suiza con quien pasé una tarde en el Valle de Cocora, mirando las palmeras de 60 metros de alto y saludando a las vacas que se nos cruzaban”. Sin embargo me acuerdo que me dijo, sorprendida, que aquel valle le hacía acordar a los paisajes de Suiza. Este valle, ubicado en el Eje Cafetero de Colombia, en las afueras de Salento, es uno de los lugares más verdes que conocí en mi vida. Y es un paisaje por el que sigo caminando y saltando cual Heidi cada vez que quiero.

5. Cartagena de Indias (Colombia)

Siempre soñé con llegar a Cartagena de Indias. No sé por qué, pero hay algo de esa ciudad caribeña que me atrae demasiado. Cuando por fin, después de cinco meses de viaje por Sudamérica, llegué, no me sentí decepcionada. Me acuerdo que me compré Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y me lo devoré en pocos días, sentada sobre la muralla del Centro Histórico frente al mar. Sin embargo, lo que más me gustó de Cartagena fue Getsemaní, el barrio que está fuera de la Ciudad Amurallada, ese lugar un poco más sucio, menos conservado, más venido abajo, menos turístico y más auténtico. Ese barrio donde las mujeres se sientan en reposeras en las veredas durante el día, los chicos caminan descalzos y los hombres borrachos caen desmayados durante la noche. Ese barrio con verdadero sabor caribeño.

6. San Blas (Panamá)

El viaje de cinco días en velero desde Cartagena (Colombia) hasta San Blas (Panamá) fue uno de los mejores momentos de mi travesía. La noche que salimos hubo tormenta eléctrica en medio del mar Caribe y pensé que no iba a sobrevivir para contarla, pero al día siguiente salió el sol y un grupo de delfines nadó al lado del barco durante un ratito (breve pero inolvidable…). Después de 48 horas seguidas de navegación, sin ver más que ballenas, delfines y tiburones, llegamos al archipiélago de San Blas, del lado panameño. El archipiélago está conformado por 365 islas (una para cada día) y habitada por la comunidad de Kuna Yala, un grupo indígena americano que sigue manteniendo sus tradiciones. No permiten ningún tipo de inversión extranjera en la Comarca y viven ahí sin los “lujos” que muchos consideran necesarios. Aquel lugar es mi paraíso y si algún día me preguntan dónde quiero morir, que sea bajo una palmera en una de estas 365 islas.

7. Punta Negra (Lima, Perú)

Este lugar probablemente esté teñido por mi gran amistad con Mirla, una chica peruana oriunda de Punta Negra, a quien conocí en Lima y luego recibí en mi casa en Buenos Aires. Cada vez que veo esta foto me acuerdo de nosotras dos caminando por Lima hacia la parada de la combi que nos llevaría a Punta Negra, me acuerdo de cómo se nos pasó el tiempo volando mientras charlábamos acerca de la vida; me acuerdo de cuando llegamos a aquel pequeño pueblo costero ubicado sobre un paisaje desértico y fuimos a su casa, donde conocí a su lindísima familia; me acuerdo de nuestras caminatas hasta las rocas, de nuestras conversaciones, de esa linda sensación de haber conocido a una amiga “para toda la vida”. Me acuerdo del castillo de Punta Negra, de las historias, de la arena, del mar. Y no veo la hora de volver y pasar unos días ahí.

8. Antigua (Guatemala)

Antigua Guatemala es una de esas ciudades coloniales que tanto me gustan, con paredes descascaradas, con la pintura despintada y los colores casi borrados por el sol. Es un lugar donde no hay mucho para hacer más que caminar o sentarse a mirar la vida desde el banco de una plaza. Un lugar donde la gente te saluda si pasás por la puerta de su casa, un lugar donde todos te miran con curiosidad. Me acuerdo que una vez estaba sentada en un parque y una nena vino corriendo a ofrecerme collarcitos y pulseras, cuando me escuchó hablar en español se asustó: “¿Por qué no hablás inglés?”, “Porque soy de Argentina y allá se habla español”. Me miró por unos segundos y se fue corriendo a esconderse detrás de la madre.

9. Montevideo (Uruguay)

Uruguay es un país en el que me quedaría a vivir, sin dudas. Me encanta la gente, me encanta la tranquilidad, me encanta sentarme en la vereda con mis amigos montevideanos y charlar sin preocuparnos porque dejamos la puerta abierta. Todavía me acuerdo del día que saqué esta foto, en el 2010. Era el primer lunes de enero, pero parecía domingo. Las calles del centro estaban vacías, había muy pocas personas desparramadas cual fantasmas en los rincones y esquinas, formando parte de un set abandonado, de una escenografía cerrada por feriado. Todas las rejas estaban bajas, las puertas y ventanas cerradas, no sé si era porque la gente estaba adentro o porque todos se habían ido. Juro que ese día sentí que la ciudad estaba ahí, inmóvil, solamente para sacarle fotos.

10. Colonia del Sacramento (Uruguay)

Este es otro lugar que está teñido por los increíbles días que pasé con mi mejor amiga Maru. Nos fuimos a Colonia, alquilamos un scooter y salimos a dar vueltas por las callecitas empedradas. Aquel día, Colonia, al igual que Montevideo, también parecía una ciudad fantasma, construida solamente para nosotras, nuestra cámara y nuestra motito. Nos perdimos, pasamos de la ciudad al campo en pocos minutos, vimos la plaza de toros que ni sabíamos que existía, anduvimos despacio y a toda velocidad, llevamos de paseo a dos amigos entrerrianos (¿aún se acordarán? ¿tuvieron miedo en esa moto?), filmamos videos graciosos, perseguimos a otras motos para ver cómo reaccionaban, hicimos una pavada tras otra y construimos un lugar al que siempre volvemos en nuestras charlas.

Bonus track: Buenos Aires (Argentina)

Buenos Aires me inspira y me frusta, me alegra y me agobia, me hace reir y me hace llorar. Mi relación con mi ciudad es de amor-odio. Cuando estoy allá me quiero ir lo antes posible, cuando estoy lejos confieso que un poquito la extraño…

Esta foto se la saqué a amiga Mirla cuando fue a visitarme en el 2009, parada en la Facultad de Derecho, frente a “La flor”. Esta vista me hace acordar a los domingos cuando salía a dar vueltas en bici y pasaba frente a la flor cuando ya empezaba a bajar el sol. Y tal vez eso, salir a andar en bici un domingo por la ciudad, sea una de las cosas que más extrañe de allá.

A veces quisiera dividirme en mil pedacitos y volver a todos estos lugares… ¿Ustedes también tienen lugares así? ¿A dónde volverían si pudieran hacerlo en este momento?

El día que me invitaron a un casamiento chino

Cuando uno viaja, da lo mismo que sea “lunes”, “miércoles” o “domingo”. Cuando uno viaja los días dejan de ser una etiqueta y un número y pasan a ser “el día que me perdí en China y tuve encuentros inesperados”, “el día que me robaron la cámara y la computadora y me devolvieron todo”, “el día que conocí a mi compañera de viajes en Tailandia”, “el día que probé la comida india por primera vez y me enamoré de su gastronomía”, “el (triste) día que me rechazaron la visa para ir a la India”, “el día que…”.

En un viaje no importa qué día de la semana es, sino que importa el contenido, los hechos vividos en esas 24 horas. Así que cuando, aún estando en China, mi amiga Tippi me dijo que estábamos invitadas a un casamiento en una de las aldeas en las afueras de Lijiang (ciudad histórica de la provincia de Yunnan, China), dije que sí inmediatamente y pensé: quiero tener “el día que me invitaron a un casamiento chino” entre mi colección de días viajeros.

Confieso que por un ratito pensé “pero… ¿qué me voy a poner?”, aunque cinco minutos después esa pregunta quedó eclipsada por “¿cómo será un casamiento chino?”. Y ojo que no iba a ser cualquier casamiento, sino el casamiento de dos personas pertenecientes a uno de los tantos grupos minoritarios de China. Acostumbrada a los casamientos argentinos, también me pregunté  ¿qué música pasarán? ¿cómo estarán vestidos? ¿será muy formal? ¿habrá carnaval carioca-chino? :)

El gran día fue jueves. El novio de Tippi se fue temprano para filmar el casamiento que había empezado a eso de las 9 de la mañana. Nosotras teníamos planeado ir a la tarde, pero él nos llamó por teléfono y nos dijo que nos apuráramos porque nos íbamos a quedar sin comida. Así que nos fuimos a la aldea, a 15/20 minutos de la ciudad de Lijiang, después del mediodía. Yo me puse una pollera larga con estampado de la India que me había comprado en Malasia, pero estábamos las dos bastante informales.

Cuando llegamos a la aldea, lo primero que vimos fue a un grupo de mujeres sentadas afuera de un quiosquito jugando a las cartas con un mazo que jamás vi en mi vida. Nos invitaron a sentarnos con ellas y una le dijo a Tippi que me quería presentar a su hijo para que me quedara a vivir en la aldea. Yo tenía unas ganas de llevarme una de esas cartas, sola una, de souvenir…

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Caminamos un poco y reconocimos cuál era la casa donde se festejaba el casamiento porque vimos el auto de la novia estacionado en la puerta (una rara mezcla entre tradiciones occidentales y casamiento oriental) y muchísimos autos desparramados en el camino de tierra.

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Entramos sin permiso como quien entra a su propia casa y lo primero que vi fue gente comiendo desaforada y hablando a los gritos. Tippi me explicó que estábamos en la casa de los padres de la novia, ya que la primera parte del casamiento se celebraba ahí y la segunda parte sería en la casa de los padres del novio, donde ambos (marido y mujer) vivirían de ahí en más.

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En ese casamiento vi mujeres vestidas con su ropa minoritaria, algunos hombres de jean, unos pocos de traje, muchísimos platos de comida circulando entre las mesas, semillas de girasol desparramadas por el piso, mazos de cartas olvidados en un rincón, vasitos de plástico pisados, mujeres cocinando al aire libre, mujeres lavando los platos en la puerta de la casa.

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Y por fin, a los novios:

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El vestido blanco fue una sorpresa inesperada, yo pensé que ella iba a estar vestida con la ropa tradicional y no con el vestido occidental, aunque en la segunda parte del casamiento (en la casa de los padres de él), se puso un vestido rojo tradicional chino.

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Las mujeres nos invitaron a sentarnos y nos sirvieron montones de comida. Me señalaron que probara todo y que comiera hasta reventar. Y así como la comida llegó de golpe, se fue. Después de haber almorzado a más no poder, era momento de trasladarnos a la casa del novio.

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Aunque primero las amigas y los amigos de la novia cumplieron con el ritual: ella se metió en su cuarto con todas sus amigas y cerró la puerta, unos minutos más tarde, los hombres golpearon haciendo muchísimo ruido, abrieron y sacaron a la novia. Con eso simbolizaron el pasaje de vivir en la casa de sus padres a irse a vivir con su flamante marido en otra casa.

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Así que después de eso nos fuimos todos en auto a la aldea del marido, a unos 15 minutos de distancia, y llegamos otra vez a una casa de familia llena de mesas.

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Mientras la gente iba llegando, Tippi y yo subimos a la terraza y nos quedamos mirando hipnotizadas un partido de mahjong, el dominó chino en el que se apuesta hasta lo que no se tiene. Las reglas son bastante simples, pero lo importante es pensar rápido.

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Y después, aunque eran las 4 de la tarde: ¡a comer otra vez!

Nos sentamos en una mesa llena de nenes muy simpáticos e hicimos lo mismo que todos los invitados: seguir comiendo.

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El momento surrealista fue cuando una mujer pasó ofreciendo un plato de cigarrillos, una muestra de qué fumadores fanáticos son los chinos.

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Dos mini-personajes destacados:

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Esta nena, la encargada de llevarle la cola del vestido a la novia, que me mostró muchísimas veces, con orgullo, su ropa tradicional.

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Y este nene, con la sonrisa más grande y la risa más pegajosa de todo el casamiento.

Como verán, en esta celebración no hubo DJ, no hubo lista para entrar ni lista de regalos, no hubo vestidos carísimos, no hubo maquillaje ni peluquería (excluyendo a la novia, por supuesto), no hubo fotógrafos profesionales, no hubo mesas asignadas, no hubo mesa de postres (¡ufa!), no hubo video, no hubo vals, no hubo discursos, no hubo carnaval carioca, no hubo barra libre (aunque bastante cerveza), no hubo trencito. Y sin embargo el resultado fue el mismo: dos personas se casaron.

La única ausencia que noté fue la música.

Y cuando le pregunté a Tippi si en un casamiento chino era normal poner música y bailar me dijo que no. En un casamiento chino, lo normal es realizar una sola actividad: comer.

Macau en LOMO! – parte II

Hay lugares en los que me dedico a coleccionar momentos. O tal vez los momentos vienen a mí. Pero en Macau siempre me pasa lo mismo: más que el lugar, lo que me llevo son las personas y las experiencias (que, tras ser vividas, se convierten inmediatamente en recuerdos). Podría decir que viajar es (también) coleccionar momentos, guardar historias, aprender algo de cada persona que uno se cruza, inspirarse por las vivencias de otros viajeros…

Cada una de estas fotos en “versión LOMO” (trucha, porque no tengo una cámara Lomo —ojalá que sea “por ahora”—, pero tal vez esté desarrollando mi mirada Lomo) tiene una historia detrás. Pero no son grandes historias, sino pedacitos de la vida cotidiana de Macau, momentos fugaces de mis días en esa región del mundo.

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Journey y yo íbamos caminando por la calle y vimos, desde abajo, a estas dos mujeres que miraban —concentradísimas— cómo arreglaban un farol. Me puse en una posición estratégica para que no me vieran y les saqué la foto.

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Como conté en la parte I, Macau es famosa por ser “Las Vegas del Oriente” y mucha gente va a pasar el fin de semana solamente para encerrarse en los casinos. Este, el Grand Lisboa, es uno de los más famosos y un “landmark” en Macau: es imposible no verlo, es el edificio más alto y pomposo de Macau.

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Pero Macau, a la vez, es una ciudad que fue colonia portuguesa y que desborda de iglesias (algo poco visto en Asia, con excepción de Filipinas). Esta iglesia está en Coloane, el sector más tranquilo de Macau, un área que me hizo sentirme en algún pueblito  perdido de Brasil.

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Lo interesante es ver cómo se mezclan ambos mundos. Por más que uno viaje a Macau sin la intención de meterse en los casinos, es difícil escapar de la publicidad y la parafernalia casinesca (?) (si es que existe un término así). Por todos lados hay stickers, carteles, anuncios, souvenirs de los casinos, y cada vez que uno mira hacia el horizonte, algún casino corta la mirada.

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Igualmente, les cuento, Journey y yo nos dedicamos a hacer un poco de casino-tour (sin apostar nada, claro). Me intrigaba mucho ver estos lugares por dentro y presenciar la locura de la gente que apuesta miles de dólares y no para hasta ganar o hasta haber perdido todo. Esta foto es en el casino Venetian (el que quiere ser una réplica de plástico de Venecia); ahí la gente tira monedas en “el canal” por donde pasan las góndolas (¿traerá buena suerte?).

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No permiten sacar fotos adentro de los casinos, pero tuve la suerte de encontrar esta máquina tragamonedas… en la calle. Para el que se quedó con ganas y con plata. Ah, y les cuento que en un casino, a Journey y a mí nos pidieron el documento para probar que somos mayores de 18 (!!!). Cuando el guardia de seguridad leyó “1985” en el mío medio que se asustó, me miró y me dejó pasar. No me sentí halagada, sepanlo!

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El Grand Lisboa es famoso no solamente por su “arquitectura” (visto de lejos, es una hoja gigante) sino también por sus “chicas”…

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Cuando salimos de uno de los casinos hacía tanto calor que decidimos sentarnos en una plaza a mirar el show de la fuente: cada 15 minutos, sonaba una canción en plena calle (entre ellas, El Rock del Reloj, Pocahontas, O Sole Mio y otras) y la fuente que ven en la foto hacía una coreografía acuática con mangueras y bolas de fuego. Vimos como cuatro (más que nada porque no teníamos ganas de movernos), y este arco iris apareció varias veces.

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Cuando nos aburrimos del casino, nos fuimos en busca de las galletitas. Estas “almond cookies” son las galletitas típicas de Macau: toooodos los negocios del centro histórico las producen y ofrecen muestras gratis. Así que abusamos del sistema, entramos a cada negocio y comimos por lo menos dos en cada lugar. Tarde gratis de galletitas de almendra.

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Caminando por la aldea histórica de Taipa (Macau se divide en tres regiones: Macau, Taipa y Coloane), llegamos a este parque lleno de flores de todos los colores. Y ahí caí: ¡claro! ¡acá está empezando la primavera! Hace cuánto que no veía una primavera…

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Más tarde, nos bajamos del colectivo y nos chocamos con este mural. Obviamente las dos, Journey y yo, frenamos a la misma vez para sacarle una foto. Y Journey, para no ser menos personaje de lo que es, dijo, feliz, “oh, shit! I love shit!”. Esta mujer no puede ser tan bizarra y no puede caerme tan bien.

Estas dos mujeres estaban charlando como locas, a los gritos, sobre… no sé, tendré que usar la imaginación. Tal vez discutían, indignadas, el precio de las verduras, o hablaban de que la vecina se fue con otro, o recordaban historias de cuando eran jóvenes, o se quejaban de esta juventud china de hoy…

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Caminando vi, a lo lejos, este metegol y fui corriendo a sacarle una foto. ¿Cómo digo metegol en inglés? No sé por qué pero jamás imaginé encontrar un metegol en China.

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Ellos son Clancy y su novia Ritchy. Clancy fue quien me alojó la primera vez que vine a Macau, lo conocí a través de Couchsurfing y nos hicimos buenos amigos. Esta vez, me alojó en el departamento que acaba de comprar con su novia. Clancy tiene planeado un gran viaje: cruzar de Asia a Europa en bicicleta en siete meses. Si tuviese estado físico, juro que lo haría. O tal vez en moto :D (La foto la sacó Journey con su iPod y su aplicación LOMO, para seguir en la misma onda).

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Y por último, Kit, un nene filipino PERSONAJE. No tiene ni dos años y ya es un personaje. Habla filipino e inglés y es demasiado inteligente y adorable.

Macau en LOMO! – parte I

Así como Hong Kong apareció ante mis ojos en blanco y negro, Macau, la otra “Región Administrativa Especial” de China, apareció llena de color, como vista a través de una cámara LOMO. Estas camaras son famosas por generar imágenes con viñetas, saturadas y… espectaculares. Ojalá tuviera una. Mientras tanto habrá que conformarse con Photoshop y seguir mirando el mundo con ojos de LOMO. Así todo se ve más lindo.

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Macau y Hong Kong fueron las únicas regiones de China colonizadas por Europa: Hong Kong estuvo bajo dominio británico durante 150 años y Macau fue colonia de Portugal desde el siglo 16 hasta 1999. Macau mezcla arquitectura colonial portuguesa con edificios modernos, iglesias católicas centenarias con templos chinos. Es un lugar único y uno de mis preferidos y es, además, el único lugar de China donde puedo leer todos los carteles y encontrar las calles (ya que todo está en chino y en portugués).

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Pero más que por su pasado y arquitectura colonial, Macau es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Sí, esta península tiene más de 30 casinos, recibe más de 20 millones de visitantes por año (un gran número si se tiene en cuenta que la población local apenas llega a 500.000 habitantes) y es la ciudad-casino que más ingresos anuales genera (¡más que Las Vegas!). El Casino Venetian es el más grande y uno de los más famosos de la isla: como su nombre lo indica, por dentro intenta ser una réplica de Venecia (con canales, puentes, góndolas, cantantes de ópera… y negocios de lujo, máquinas tragamonedas, apuestas apuestas y apuestas).

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Él es mi amigo Dan, uno de los tantos filipinos que dejaron su país para conseguir mejores oportunidades y trabajos en Hong Kong y en Macau. Él trabaja(ba) en el aeropuerto de Macau. Lo conocí la vez anterior, cuando visité Macau por primera vez en junio del 2010, en una cena de Couchsurfing, y enseguida charlamos de la vida como si hubiésemos sido amigos desde siempre. Esta vez, llegué justo para su despedida: Dan dejó Macau y se fue a trabajar a Europa.

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Mi amiga Journey ya es figurita repetida en este blog, pero ¿qué sería un viaje sin buenos amigos? Ella es de China, la conocí en Tailandia apenas empezó mi viaje, en abril del 2010, y nos reencontramos varias veces en distintas partes de Asia. Cuando le dije que iba a volver a Hong Kong y a Macau y le pedí que me acompañara me dijo que no sabía porque estaba medio engripada y bla bla. Pero la conozco, Journey se prende en todas. La visité en su ciudad de China (Foshan), nos encontramos unos días después en Hong Kong y nos vinimos juntas a Macau. Y mañana es su cumpleaños, así que, aunque ella no quiera, vamos a celebrar.

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Macau es un lugar seguro, con buena calidad de vida. Al menos eso siento yo cada vez que vengo. En todos los sectores públicos hay máquinas gratuitas para hacer ejercicio, en todas las plazas hay hombres y mujeres caminando, sentados, escuchando música, charlando. Cada vez que Journey y yo encontramos alguna de estas máquinas, instantáneamente nos convertimos en dos nenas, dejamos todo en el piso y corremos para subirnos y divertirnos un rato.

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Macau es, también, uno de los lugares con mayor densidad de población del mundo: en esta pequeña península conviven 18.500 habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, no se nota tanto como en Hong Kong, donde los edificios están tan pegados que casi no se ve el cielo. Macau siempre me parece más vacío, aunque cada vez que entro a un edificio y veo los 200 buzones de correo, uno al lado del otro, caigo en la cuenta de la cantidad de gente que vive ahí.

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El Centro Histórico de Macau fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por sus construcciones coloniales bien preservadas y su herencia histórica. Me encanta caminar entre casitas de colores pasteles, iglesias (aunque confieso que después de ver tantas en Latinoamérica, estas no me parecen gran cosa), callecitas empedradas, farolitos, ventanitas y balconcitos (todo así, chiquito, porque las ciudades coloniales me resultan muy tiernas). A veces me siento de vuelta en Latinoamérica, o tal vez en algún pueblito de Europa que aún no conocí (nunca fui a Europa).

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Pero detrás de la fachada colonial prolija, hay casas con paredes descascaradas y más venidas abajo. Esas son las que más me gustan…

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Caminando con Journey llegamos a una casa colonial con un jardín muy bien cuidado. Al pasar por la entrada, vacía, el guardia de seguridad nos hizo señas desde lejos para que dejáramos por escrito nuestro nombre y nacionalidad en un cuadernito. Miré las entradas anteriores y solamente encontré taiwaneses, chinos, europeos… ¿algún argentino estuvo por acá?

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Es muy común ver inciensos, ofrendas de comida o estatuitas como estas en las esquinas, casi ocultas. Y siento que por más iglesias que haya, los chinos de Macau siempre siguieron siendo fieles a su religión…

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A veces siento que ciertas escenas fueron puestas ahí apropósito, preparadas para que yo pase y les saque una foto. Como esta, con esa combinación de colores.

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En Macau encontré hojitas que quieren escapar del encierro…

… y flores que no se averguenzan de mostrarse con su mejor perfil.

En el próximo post, más pedacitos de Macau en versión LOMO.

Hong Kong en blanco y negro

Volví a Hong Kong, nueve meses después.

Después de sufrir el verano húmedo y caluroso en junio del año pasado, volví por tres días para vivir el fin del invierno.

Cómo cambia una ciudad con el paso de las estaciones. O tal vez sea yo.

La vez anterior, Hong Kong me deslumbró, esta vez me pareció más gris y melancólica, tal vez por el clima, tal vez por mi estado de ánimo. Cuando uno viaja establece cierto vínculo con el lugar que visita, y ese vínculo siempre estará teñido por los sentimientos, las vivencias y los recuerdos. La otra vez, HK me pareció un lugar totalmente irreal e increible, todo me sorprendía, tal vez porque estaba en otro momento de mi viaje. Esta vez, me siguió pareciendo increible (su geografía hace que sea una ciudad repleta de edificios insertada en el paisaje más lindo, en uno de esos paisajes que uno no asocia con una ciudad), pero la vi… en blanco y negro. Y tal vez por eso elegí esos colores para estas fotos.

[singlepic id=2241 w=800] La vista desde la ventana del hotel

[singlepic id=2242 h=800] Chungking Mansion

Lugar célebre por tener los cuartos más chiquitos y más baratos de HK (y la mayor cantidad de minorías conviviendo en un mismo edificio).

[singlepic id=2243 w=800] Journey

Con mi amiga Journey viajando en barco por las islas

[singlepic id=2244 w=800] Kowloon

Journey caminando por Kowloon

[singlepic id=2245 w=800] El skyline de HK

[singlepic id=2246 w=800] Reduce Speed Now! (el cartel tiene razón)

[singlepic id=2247 h=800] Mirando hacia arriba…

… en la ciudad más vertical del mundo

[singlepic id=2248 w=800] Moda y tranvías

[singlepic id=2249 w=800] Construcciones coloniales de súper lujo

[singlepic id=2250 w=800] El famoso tranvía de HK

[singlepic id=2251 w=800] Go Home!

Siguen en pie las mismas protestas y pancartas que vi hace casi un año…

[singlepic id=2252 w=800] Indiferencia

[singlepic id=2253 w=800] Arte callejero

[singlepic id=2254 h=800] Más arte

[singlepic id=2255 w=800] Bares y ropa al sol

[singlepic id=2256 w=800] Soho

El distrito más “exclusivo” de bares y restaurantes

[singlepic id=2257 h=800] Arte en puertas

[singlepic id=2258 h=800] Face to face

[singlepic id=2259 w=800] Trabajo callejero

Negocios sin puertas ni vidrios

[singlepic id=2260 h=800] Moderno y antiguo

[singlepic id=2261 w=800] Flores rotas

… y abandonadas.

[singlepic id=2262 w=800] Persianas a medio subir

(o a medio bajar)

[singlepic id=2263 w=800] Motivos religiosos en venta

[singlepic id=2264 h=800] Demoliendo…

… esta ciudad en eterna reconstrucción.

[singlepic id=2265 h=800] Stickers desgarrados

[singlepic id=2266 w=800] Memorabilia de Mao

[singlepic id=2267 h=800 float=center] Tranquilo

Fumando y jugando a las cartas frente a su negocio

[singlepic id=2268 w=800] Yo

Frente al skyline de HK, by Journey

Si quieren ver Hong Kong a todo color, pueden leer los dos relatos que escribí la vez anterior:

Hong Kong en 10 palabras – parte 1
Hong Kong en 10 palabras – parte 2

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