Desbalance de año nuevo

The whole future lies in uncertainty: live immediately.
(El futuro está sumido en la incertidumbre: vive de inmediato)
Séneca, De la brevedad de la vida. Escrito en el 55 d.C.

resumen-2014-26

Acá pasé Navidad este año, en un pueblo de Alsacia, Francia.

Iba a escribir un balance de fin de año pero preferí convertirlo en una reflexión de año nuevo. Si bien cambiar de año no me parece más que algo simbólico —no es que nuestra vida vaya a dar un vuelco solo por pasar del 31 de diciembre al 1 de enero— creo que es bueno usar este ritual de excusa para mirar hacia atrás y reflexionar y para mirar hacia adelante y proyectar. Es como el cambio de estaciones o el paso del día a la noche y de la noche al día: un ciclo necesario para poder ordenar nuestro tiempo y relatarnos nuestra historia.

En estas últimas semanas recibí varios mails con el mismo mensaje: “Envidio tu vida, yo no tuve las mismas oportunidades que vos”, “te odio de manera sana”, “me da rabia conocer vidas como la tuya”, “quiero vivir viajando pero no tengo el coraje”, “tu mundo es bucólico, romántico, envidiable y lejos de mi alcance”. A veces siento que cuando nos ven de afuera creen que porque nos fuimos de viaje nos metimos en una burbuja de felicidad lejos de la tristeza, los duelos, el sufrimiento, la soledad, la frustración, el cansancio, la falta de motivación, el desamor, la desilusión y los problemas. Como si, de golpe, tuviésemos la vida resuelta y nada nos afectara.

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí en el 2014

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí y los detalles que encontré en el 2014

Entiendo esos mails porque yo también, cuando miraba de lejos, pensaba que esta era una vida ideal. Me veía yendo de un lado a otro, escribiendo frente al mar, inspirada todos los días y con un único sentimiento constante: la felicidad. Y no es que no haga esas cosas o que no me sienta feliz, es que entremedio de esas actividades que tanto me gustan pasan un montón de otras cosas —léase: la realidad— que me siguen afectando sin importar el lugar del mundo en el que esté. Y este año que se acaba de ir fue uno de los más difíciles que me tocó pasar desde que empecé a vivir viajando.

Un nene en Cusco

Un nene en Cusco

2014 fue el año de los duelos. En pocos meses se murieron cinco personas muy cercanas. Todas fueron muertes inesperadas, una atrás de otra, como un dominó. Dos eran amigos que me había hecho viajando: él murió de un paro cardíaco, ella de leucemia. No tenían ni treinta años. La primera muerte, anterior a esas dos, me desencadenó emociones negativas que me costó mucho superar: además de pasarme meses llorando y tratando de entender por qué esa persona se había ido tan de golpe, durante mucho tiempo sentí que la vida había perdido sentido. ¿Para qué esforzarse tanto si al final nos vamos a morir? O ni siquiera al final: puede que nos vayamos mañana, sin aviso, y chau todo. ¿Por qué perdemos tanto el tiempo en cosas que no importan? ¿Será que la vida es pasarse los días sufriendo la muerte de los que amamos?

Un corazón por las calles de Cusco

Un corazón por las calles de Cusco

Hace unos días me topé, por varias vías, con el texto de Séneca “De la brevedad de la vida”. Séneca fue un filósofo, político, orador y escritor nacido en la actual Córdoba (España) durante el Imperio Romano. Escribió este tratado acerca de la vida, la muerte y nuestro uso del tiempo en el siglo 1 d.C. Muchos pasajes siguen siendo tan actuales que da miedo. A lo largo de este texto lo cito varias veces.

[quote]Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar![/quote]

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

Durante el 2014 estuve tan triste que me costó mucho viajar. Me fui de Buenos Aires porque sabía que si me quedaba me iba a sentir peor. Confié en que el viaje me iba a curar, pero costó mucho. Salir de mi zona de confort me fue muy difícil, me sentí incómoda como huésped, me costó comunicarme con la gente porque no tenía nada para dar ni para decir, perdí la motivación con mi trabajo, dejé de disfrutar los viajes como antes. Y entendí, a la fuerza, que cuando estás mal, estás mal donde sea y aunque estés haciendo lo que más te gusta.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España. Tampoco es que estuve mal todo el tiempo, pero mi sentimiento de base era la tristeza.

Puertas y dibujos

Puertas y dibujos

Arte callejero en Barcelona

Arte callejero en Barcelona

Rayuela en París

Rayuela en París

Liverpool

Liverpool

2014 fue el año de la soledad y la desilusión. Volví a lugares que me habían encantado y me desilusioné. Fui a lugares que quería conocer y me desilusioné. Viajé en pareja y no fue como esperaba. Me separé y volví a ser yo contra el mundo. Yo, sola, solitaria, en soledad. Como me costó viajar, me desilusioné de mí misma como viajera. Como tuve un bloqueo de escritura durante meses, me desilusioné como escritora. Me pregunté si estas actividades eran de verdad mi vocación o cosas que me habían salido bien por un tiempo pero que ya no me motivaban. Y aunque sé, como me dijo un amigo, que la vida es una rueda y a veces estamos arriba y a veces abajo, me costó confiar en que el tiempo cambiaría las cosas.

Soledad

Soledad

Ilustración: vero gatti

Ilustración: vero gatti

Pero un día, casi sin darme cuenta, la tristeza se empezó a ir. Una tarde, cuando terminé de escribir “El lado oscuro de los viajes”, llamé a mi mamá llorando para decirle lo sola y perdida que me sentía. Esa misma noche lo conocí a L. Fue inesperado y pensé que no iba a durar. Nos fuimos de road-trip juntos, de Francia a Hungría, y después de unos meses me pidió que me quedara un tiempo en Francia con él. Le dije que no, que yo viajaba y que tenía que seguir viajando y bla bla bla. Un blablabla que no me convenció ni a mí. Así que acepté frenar en Biarritz, en principio por unas semanas, para probar, y al poco tiempo la tristeza se aburrió y me dijo chau: “Yo sigo viaje, que la pases lindo”. El bloqueo creativo también se fue con ella y empecé a sentirme mejor. Y me di cuenta de que lo que necesitaba no era viajar sino frenar, escuchar a ese lado no-viajero mío y aceptar que necesito ese ciclo de viajar-frenar-viajar-frenar para encontrar mi equilibrio. Y entendí que la vida siempre nos manda lo que necesitamos, nos pone una solución del mismo tamaño que nuestro problema, una solución que está ahí pero que hay que saber ver.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Y ahora amo este mar.

Y ahora amo este mar.

Ahora, mirando en perspectiva, puedo decir que 2014 fue el año de los golpes pero también fue el año de algo que para mí terminó siendo lo más positivo: la desidealización. Casi siete años después de haber empezado me di cuenta de que viajar no me hizo llegar al nirvana ni alcanzar un estado de iluminación ni me convirtió en mejor persona o en superhéroe. Entendí que mi felicidad no está basada solo en el viaje en sí, sino en tener la libertad de poder elegir cómo vivir, y cómo y con quién pasar mi tiempo. Y al final, más allá de mi amor por los viajes, eso es lo que quiero transmitirles: que se puede vivir de otro modo, que somos libres de inventar nuestras reglas, que estamos acá para algo y que tenemos que aprender a ser dueños de nuestro tiempo. La vida se hace corta si la vivimos para otros o si la desperdiciamos tratando de cumplir expectativas ajenas. “La vida, si sabes usarla, es larga”, dijo Séneca en el siglo 1 d.C. Cuesta más, porque implica salirse del camino señalizado, pero se puede.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

"Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

[quote]“Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada.”[/quote]

[quote]“Créeme, es propio de un personaje grande y levantado por encima de los extravíos humanos no consentir en que le sorban ni una pizca de su tiempo, y su vida se hace larguísima justamente porque toda su extensión queda disponible para él solo.”[/quote]

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Tan llena de flores y colores.

Tan llena de flores y colores.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

En el 2014 me di cuenta, también, de que cada vez me considero menos viajera y más freelancer / trabajadora independiente / nómada digital / location-independent worker o como quieran decirle. Me siento cada vez más alguien que ama escribir y que busca el movimiento, la adaptación, la variedad cultural y el cambio de paisaje para inspirarse. También entendí que a la frase “Do what you love and the rest will come” (Hacé lo que amás y el resto vendrá solo) hay que agregarle otra cláusula: Do what you love, work hard, and the rest will come (Hacé lo que amás, trabajá mucho, y el resto vendrá solo). Aunque visto de lejos no lo parezca, todos los que están viviendo de su pasión pusieron muchísimas horas de trabajo invisible por detrás. Trabajo que no se siente como trabajo, ya que cuando uno hace lo que ama lo disfruta, pero que sigue requiriendo esfuerzo, empuje, constancia, dedicación y confianza en uno mismo.

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Quedarme quieta en un lugar desencadenó muchas cosas:

1. Volví a tener una biblioteca y un buzón, combinación peligrosa, así que pude comprarme libros en papel. Esos libros me fueron llevando a otros libros y me hicieron descubrir a un montón de autores. Empecé a rodearme de cosas que me inspiran y así me desbloqueé.

2. Volví a estudiar. Este año descubrí dos páginas espectaculares que quiero compartir con ustedes: Duolingo, una web y aplicación gratuita para aprender idiomas con la que estoy estudiando francés, y Skillshare, una web con cursos online de fotografía, diseño y escritura, entre otras cosas, en la que estoy estudiando hand lettering (se paga por mes, pero lo vale. Si se suscriben a través de mi enlace, tienen un mes gratis). Aguante el aprendizaje autodidacta.

3. Estas webs, a la vez, me abrieron mundos nuevos: el de gente que vive haciendo lo que le gusta y que se agrupa en comunidades, reales o virtuales, para compartir sus logros, sus errores, su aprendizaje y su vulnerabilidad.

4. Volví a sentirme bien, en equilibrio, y eso me hizo sentirme lista para escribir otro libro. Que, supongo, es como decir que estoy lista para tener otro hijo.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El roadtrip a Budapest, también.

El roadtrip a Budapest, también.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Pero el punto más fuerte de toda esta desidealización y golpes de realidad que me dio el 2014 fue darme cuenta de que la vida es ahora: no cuando me compre tal cosa ni cuando vaya a tal lugar ni cuando publique tal libro ni cuando mi blog sea de tal manera ni cuando me reconozcan por tal cosa ni cuando termine de estudiar ni cuando tenga hijos ni cuando nada. La vida no es eso que te va a empezar a pasar cuando termines el colegio o la facultad, cuando te vayas de viaje, cuando tengas lo que te falta. La vida es esto, es ya, y si no te das cuenta se va rápido, se te escapa de las manos. How we spend our days is, of course, how we spend our lives, dijo Annie Dillard, escritora.

Imagen vista en Biarritz

Imagen vista en Biarritz

Por eso si querés viajar viajá, si querés dibujar dibujá, si querés hacer música hacé música, si querés construir cosas construí cosas, si querés contar tu historia contá tu historia. Pero no regales tu tiempo y no lo pierdas mirando a otros y diciendo qué envidia, qué linda vida que tenés, yo no puedo hacer lo mismo que vos. Basta de excusas, basta de pensar que no se puede, basta de dejar que los días te pasen por encima, basta de estar esperando un cambio para empezar a vivir como soñás, basta de piloto automático, basta de no ser conscientes de lo que nos pasa minuto a minuto. A uno de los chicos que me escribió el mail de “yo no puedo” le dije: “No mires mi mundo como romántico y envidiable, porque eso lo hace parecer irreal e inalcanzable, solo para unos pocos, y no es así: mi mundo es fruto de mis elecciones y es tan imperfecto como el tuyo o el de cualquier persona, porque es real. No tengo una vida perfecta, trabajé mucho para poder vivir así, y sabé que se puede”.

Let it snow, let it be

Let it snow, let it be

Así que feliz año nuevo, feliz no-año nuevo, feliz vuelta al sol. Festejen, no festejen, pásenlo como quieran. Pero acuérdense que estamos todos en el mismo barco, vamos todos al mismo lugar y no hay nada mejor que sentirse acompañado en este viaje.

[quote]“Nadie te restituirá esos años, nadie te devolverá tu propia persona. La vida seguirá su camino sin volver hacia atrás ni detener su carrera. No armará alboroto, no te dará ningún aviso de su velocidad: se deslizará callada. No será más larga por mandato del rey ni por aprobación del pueblo. Así como empezó a correr desde el primer día, seguirá corriendo sin hacer pausas. ¿Qué pasará? Tú habrás estado ocupado mientras la vida se aceleraba. Mientras tanto llegará la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.” *[/quote]

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Fuente: gapingvoid.com

* Todas las citas de este texto, como mencioné arriba, pertenecen a De la brevedad de la vida, de Séneca, escrito en el siglo 1 d.C. Les recomiendo mucho ese texto.

Otra vuelta al sol

Para mi amigo Javi, donde quiera que estés.
Gracias por haberte cruzado en mi camino.
Que sigas fluyendo a través de universos. 

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—Mira, ves cómo se apaga de un lado y se enciende del otro. El fuego siempre encuentra la manera de seguir quemando…

Tiro un último papel a nuestra fogata. Ya casi se está apagando, habrá durado una hora. Para prenderla hicimos un hueco no muy profundo en la arena, pusimos hojas de diario, maderas y ramas secas. Tardó unos minutos pero prendió bien.

—Cómo hipnotiza el fuego, ¿no? Es imposible dejar de mirarlo.
—Sí, como el mar. Yo creo que debe tener que ver con nuestros antepasados…
—Es que es un acto milenario. Desde que el hombre es hombre que se reúne alrededor del fuego.

Mirla y yo nos sentamos juntas y hacemos un ritual que suele hacerse acá en Perú en Año Nuevo: quemamos papelitos con cosas escritas. Cosas que queremos dejar atrás. Cosas del 2013 que no tienen por qué entrar al 2014. Miedos, sentimientos, inseguridades, tristezas, preocupaciones. Leemos algunos de los papelitos en voz alta y los vamos tirando a las llamas para que desaparezcan. Miramos cómo se doblan, se ponen negros y se desintegran. Quemo también algunas hojas de mi cuaderno. Me gusta la sensación, nunca lo había hecho. El fuego se pone muy amarillo y alto cuando le damos papel.

Estamos solas. Son más de las doce de la noche, ya es seis de enero y estamos a orillas del mar, frente a un Pacífico poco pacífico.

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—Este mar no es muy ruidoso. No lo escucho desde tu casa…
—Es que tiene sus épocas… Desde que estás tú está tranquilo, pero es un mar bien pendejo. Cuando está en rojo llega a tener olas de cinco metros y la gente ni se acerca, lo mira de lejos. Es que se ha llevado a muchas personas… A mí siempre me ha cuidado, pero una vez me quiso matar. Tenía 21 o 22 años, fue antes de conocerlo a John, un día que estaba borracha. Tal vez me estaba castigando… Eran como las seis de la tarde y me metí al agua con mi primo Moncho. El mar estaba en rojo, con unas olas enormes, no sabes. Me arrastró hacia atrás y no podía salir a la costa porque las olas me iban a pegar. Mi primo no sé con qué cara me habrá visto porque empezó a nadar bien rápido y me sacó. Él ha sacado a mucha gente, siempre ha sido como un guardavidas acá en Punta Negra. Desde ese día que no me animo a meterme muy adentro.

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Todas las calles de Punta Negra son de tierra. Lo único asfaltado es la Panamericana que atraviesa el pueblo de norte a sur. Una ruta que suele ser tranquila pero que los fines de semana y feriados se llena de autos, mototaxis, combis y buses que van y vienen de Lima. Claro, cómo no escaparse a un mar que espera a menos de una hora de la ciudad. Pero hoy ya es noche de domingo y toda la playa está sucia. Vacía y sucia, como una casa después de una fiesta que estuvo llena de desconocidos.

—Tú no sabes lo que me molesta ver mi playa así de sucia.

Me imagino. A mí me molesta mucho y ni siquiera soy de acá.

Cuando la gente se volvió a Lima se ve que se olvidó de llevarse sus periódicos, sus cajas de comida vacías y sus vasos de plástico. Pocas veces estuve de este lado de la situación: casi siempre soy yo la que va a un pueblo o ciudad, visita y sigue de largo (y como generalmente me voy antes de que termine la fiesta, no llego a ver el desorden). Esta vez sí. Y pienso cómo se debe sentir la gente local en esos pueblos y playas que pasaron a ser más de los turistas que de ellos. Pienso en las ganas de irse que deben tener, o en las ganas de sacar a la gente a patadas. Por eso siento que ciertos lugares nunca deberían hacerse conocidos. Se arruinarían. La gente que llega de paso no suele cuidar lo ajeno. Hay poca conciencia del planeta (todo el planeta) como hogar. Cada cual cuida su ranchito y nada más. A veces ni eso.

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—Cuando era chica veníamos de noche con mi papá a mirar el mar, y cuando las olas rompían se veían unas chispitas, como unas lucecitas blancas en la orilla, te lo juro. Yo estaba así, no lo podía creer. Era la energía del mar que se hacía visible. Por eso creo que todo tiene vida: el fuego, el mar… Qué haría yo sin mi mar…

Me bañé pocas veces en el Pacífico, pero la primera vez fue en una playa a cinco minutos de Punta Negra. Si me dan a elegir, no sé con qué me quedo: mar caribeño transparente quietito sopa deliciosa versus océano poco pacífico con su agua más fría oscura y esas olas que me sacuden y me revuelcan. Me encanta el efecto pileta del Caribe pero también me encantan los mares con olas fuertes. Y el mar de este pueblo es especial. Es verdad que es un ser viviente, y me llena de energía.

 [singlepic id=7902 w=625 float=center] Cómo negar que este mar tiene vida…

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Podría estar horas mirando el mar. Me gusta ver cómo los delfines se acercan, muy de vez en cuando, a la costa. Me gusta ver cómo los pájaros sobrevuelan la cresta de una ola buscando peces, cambian de posición de repente y se zambullen al mar disparados como flechas: de cabeza y en un segundo. Me gusta ver cómo el mar alterna olas grandes con olas chiquitas y de repente se saca y le inunda las carpas a varias familias, arrastra ojotas y baldes y deja atrás una laguna donde los nenes se ponen a correr y saltar felices. Me gusta construir castillos y que el mar de vez en cuando los destruya. También me gusta que los cubra de agua y los deje tal cual estaban. Me gustan los pozos donde se forman piletitas artificiales. Me gustan más los mares con atardeceres que con amaneceres. Me gusta perseguir a los muymuys y ver cómo se esconden en la arena. Nico (el hijo de mi amiga) tiene tres años y les tiene miedo. Yo le digo: “Nico, ellos nos tienen miedo a nosotros. Esta es su casa y se la estamos invadiendo. Hay que tratarlos bien…”. Y ahí le agarra el falso coraje y me dice que sí le gustan los muymuys pero apenas se le acerca uno levanta los brazos para que lo saque lo más rápido posible de ahí.

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Seguimos sentadas. Hay un vientito y nos salpican las gotas de una ola.

—Qué lindo que es mi mar. Qué rica brisa nos mandó. No puedo creer cómo lo ensucian, por eso nunca vengo a la playa en Año Nuevo.

Nuestra fogata ya se apagó. La poca madera que trajimos sigue encendida, naranja, pero ya no hay llamas. Pienso: como seres humanos somos un reflejo del mundo, también tres cuartas partes de agua, cada uno un mini-mundo. Tal vez nuestra atracción por el fuego se deba al simple hecho de que nuestro planeta se la pasa paseando alrededor de una bola de fuego gigante todos los días.

Si bien no creo mucho en fechas, me gusta el concepto del año nuevo, me gusta festejar ese paso. Otra vez primero de enero, otra vez un año más. El planeta dio un giro completo y vuelve a empezar. Otra vez esa sensación de arrancar de cero. Otra vuelta al sol que nos llevamos de yapa.

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(*Nota: “de yapa”, en Argentina, es una expresión que se usa para decir “de regalo”.)

Viajar / Vivir
(o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)

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Tengo un problema con Barcelona: me gusta demasiado. Y cuando algo me gusta demasiado, me cuesta escribir al respecto porque pierdo completamente la objetividad. Cuando un lugar me atrapa no soy capaz de distanciarme y mirarlo de lejos: me meto tan adentro que me cuesta hablar de él. Y así estoy ahora, hace una semana en Barcelona e incapaz de escribir sobre ella.

Podría contarles que volví a Barcelona (después de mi primera visita hace unas dos semanas) la noche de Año Nuevo. Vine con Dafne desde Calella (el pueblo donde nos estábamos quedando) sin plan, sin rumbo, con un objetivo: dejarnos llevar por la ciudad. Si bien acá es invierno, esa noche no hizo frío y toda la gente estaba en la calle. Llegamos a las 11 de la noche, nos bajamos del tren en Plaza de Catalunya y empezamos a caminar por las Ramblas hacia el mar. La marea de gente ocupaba todos los espacios vacíos, era difícil encontrar una calle donde no hubiera demasiadas personas. Rompimos la linea recta y nos metimos por el laberinto del Barrio Gótico (lugar al que siempre se me da por llamarle Ciudad Gótica), dimos vueltas y finalmente aparecimos en el mar.

Eran las once y cincuenta, faltaban diez minutos para que empezara el nuevo año. ¿Qué será lo que nos impulsa a festejar el fin de un año y el comienzo de otro? Si al fin y al cabo, el cambio de año es una medición humana que no cambia en nada nuestra vida. No es que si estamos tristes a las 11.59 del 31 de diciembre de 2011 pasaremos a ser felices a las 00.01 del 1 de enero de 2012. O tal vez sí. Yo no creo demasiado en las fechas ni en los calendarios, pero igualmente me gusta eso de festejar Año Nuevo y sentir que algo se cierra y empieza algo nuevo. Además pasé los últimos años nuevos en otros países —recibí el 2010 en un camping de Uruguay y el 2011 en una playa de Indonesia— así que me intrigaba saber cómo recibirían el 2012 en España.

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Podría contarles que las calles de Barcelona en Año Nuevo se me asemejaron a un circo repleto de personajes que nos distraían a cada paso. Nosotras solamente nos dedicamos a caminar —de Plaza de Catalunya al puerto, del puerto a Barceloneta, de Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval—, pero íbamos tan en sintonía con la buena onda de la ciudad que a cada paso se nos sumaba alguien y compartíamos parte del trayecto. Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de marroquíes que nos hablaban en árabe, caminamos sin rumbo con un italiano y un japonés-brasilero bordeando el mar, esquivamos a los pakistaníes que constantemente se nos acercaban para vendernos latas de cerveza, espontáneamente nos unimos a las canciones que cantaba la gente que nos pasaba por al lado, compartimos unas papas fritas y un kebab en uno de los tantos puestos de comida rápida, nos cruzamos con personas andando en bicicleta, llegamos a una fiesta en una casa okupa del Raval y bailamos entre paredes pintadas y gente con pelucas de colores.

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Podría contarles que los días siguientes caminé por el barrio de Gracia (que por momentos me recuerda a San Telmo), visité el Parque Guell (uno de los lugares más mágicos de la ciudad), subí a Montjuic y casi voy a ver un partido del Barca (pero después me dio fiaca y me acordé de que el fútbol me aburre bastante). Podría hablarles acerca de los precios de la ciudad —que los menúes no bajan de los 8 euros, que lo más barato es comerse un kebab o un bocadillo por 3 euros, que el metro cuesta 1.45 euros (pero que si sacás un billete de 10 viajes, pagás solamente 8 euros), que una cama en una habitación compartida de un hostel ronda los 10 euros, que entrar a los museos y a las obras de Gaudí puede destruir el presupuesto de cualquier viajero low cost—, podría hacer una reseña de la Fundación Miró, podría sugerirles que visiten el bar de Manu Chao, podría explicarles cómo llegar a la Plaza Real y dónde comprar ropa en oferta… ¿Pero les estaría diciendo algo acerca de la esencia de Barcelona? Es justamente la esencia de esta ciudad lo que me atrapa, pero cuando tengo que definirla o describirla, no me sale nada, quedo horas frente a la computadora sin poder escribir una palabra.

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Muchas veces me preguntaron si, al viajar, tengo días muertos, días en los que no me pasa nada interesante, días en los que no hago nada, días en los que me tomo todo con tranquilidad, días en los que no me inspiro. Días de inacción, por así decirlo. Sí, esos días son parte de los viajes largos. Cuando hacemos un viaje por un tiempo determinado nos enfrentamos a los lugares con la urgencia de saber que en poco tiempo la travesía se termina. Queremos ver todo, condensar las experiencias, aprovechar el poco tiempo que tenemos. Esa es una de las cosas que me gusta de los viajes con fecha de vencimiento: que, por unos días, vivimos en otra realidad con otras reglas y lo hacemos con intensidad, sabiendo que dentro de poco volveremos a la rutina de siempre. Cuando hacemos un viaje largo, sin un final previsto, el viajar se convierte en “vivir” y, por lo menos en mi caso, hay días en los que me bajoneo, hay días en los que me planteo muchas cosas y hay días en los que no hago nada productivo. Son días en los que, más que “viajar”, me dedico a vivir.

Es lo que me está pasando en Barcelona. Si me baso en los hechos, tal vez no hice demasiado durante esta semana, pero sin embargo siento que estoy viviendo la ciudad, que la estoy conociendo de a poco, que estoy tratando de descifrar qué es lo que me hace estar así de encantada con ella. Será su multiculturalidad, será que cada calle parece una obra de arte, serán sus laberintos, serán sus influencias africanas y árabes, será su música, será su vida callejera, será su mar, será su gente, será que siento que encajo bien. No lo sé, voy de a poco, viviendo el día a día con tranquilidad, y es por eso que me cuesta tanto escribir acerca de esta Ciudad Ideal.

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