Crónica de dos genios haciendo dedo

Dos semanas después del éxito de “Crónica de dos principiantes haciendo dedo” llega la segunda parte…: “¡Crónica de dos genios haciendo dedo!”. Encontrala en todos los cibers del país. :D

[box border=”full”] La Misión: volver desde la provincia de Córdoba a Buenos Aires a dedo en un sólo día

Participantes: Demian (“El Burbujero”) y Aniko (quien escribe)

Punto de partida: El Huaico, Traslasierra, Córdoba

Punto de llegada: El Talar, Tigre, Buenos Aires

Kilómetros a recorrer: aproximadamente 800 [/box]

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Después de 12 lindísimos días en Córdoba nos esperaba una Misión Final (“LA” misión del viaje). Como yo no tenía mucha fe me fijé, por las dudas, en los horarios y precios de colectivos, como para tener un plan B. La veía difícil. ¿Llegar a Buenos Aires a dedo en un sólo día? ¿Recorrer 800 km sin que se nos viniera la noche en medio de la nada? Tenía que salir todo demasiado bien. Pero también pensé que si uno no se para en la ruta y no le da la posibilidad al azar, es imposible saber si algo puede funcionar o no. Así que hicimos el intento presintiendo que la vuelta iba a ser mucho más fácil que la ida. Y lo fue.

“Cuando volvés a tu casa en colectivo el viaje se termina cuando te subís, pero cuando viajás a dedo el viaje termina cuando te bajás del último medio de transporte”, me dijo Demian la noche anterior, muy feliz con su descubrimiento. Sí, todavía nos esperaba un día de incógnitas, historias y conversaciones. ¿Quiénes nos acercarían, poco a poco, hasta nuestro destino?

[singlepic id=6260 w=625 float=center] Como no tengo fotos de los hechos, todas las imágenes de post van a modo “de ilustración” o de “lo que podría haber sido”

Transporte 1: de El Huaico a Mina Clavero

El primer tramo fue cortesía de mi tía Ana. A eso de las 8 de la mañana dejamos el Sapo Amarillo, ese refugio verde repleto de sonidos, nos despedimos de los gatos, compramos facturas y alfajores para el camino, le dimos un gran abrazo a mi tía y nos paramos en la ruta que iba de Mina Clavero a Córdoba.

Pasaban pocos autos y ninguno amagaba a parar. A la media hora apareció un policía y se paró a hacer dedo unos pocos metros atrás nuestro. Cuando puse en Facebook que pensaba hacer dedo por Córdoba muchos me dijeron que tuviera cuidado con la Policía de caminos, pero cuando vimos que este hombre uniformado también se había puesto a hacer dedo dijimos ya está, acá vale todo. Nos preguntó si estábamos hace mucho y cuando le dijimos media hora, respondió: “Está difícil… mejor me pongo yo adelante”. Unos 10 o 15 minutos después frenó un auto. El policía nos miró y nos dijo “Vayan ustedes, aprovechen”, así que nos acercamos corriendo a la ventana para hablar con el conductor quien, con mala onda, nos dijo: “Llevo sólo a uno” (si bien iba con el auto vacío). Le hicimos señas al policía para que se subiera él y seguimos esperando.

[singlepic id=6258 w=625 float=center] Conseguir transporte nos empezó a parecer tan complicado como meter a todos esos galgos (+ 4 adultos y 4 niños) en ese sulky…

[singlepic id=6259 w=625 float=center] Pero “complicado” no quiere decir “imposible”.

Transporte 2: de Mina Clavero a Carlos Paz

Al rato llegó nuestra salvación: Julio César. Estábamos parados muy cerca de una curva, así que se ve que nos vio apenas dobló, porque frenó en el acto y se puso a pocos metros. Este buen hombre nos llevó en su auto derechito hasta Carlos Paz por el camino de Altas Cumbres (una de las rutas más lindas y escénicas de la provincia). Mientras íbamos en el auto —con la radio al máximo, por lo cual escuché la mitad de las cosas— nos contó que él había sido mochilero hacía 30 años (“cuando casi no había mochileros”) y que le gustaba mucho viajar. Estaba casado con una alemana y había viajado a Europa unas 8 veces. Nosotros le contamos acerca de los viajes, las burbujas y todas esas cositas simpáticas. Una conclusión que saqué (muy leve y precipitada, por cierto) es que los que levantan mochileros en la ruta son personas que son, quieren ser o alguna vez fueron viajeros. O por lo menos son personas que nos tienen simpatía.

[singlepic id=6256 w=625 float=center] Si ella manejara nos llevaría, seguro.

Transporte 3: de Carlos Paz a Circunvalación

Julio César nos dejó a la salida de Carlos Paz, en el principio de la autopista que va a Córdoba capital. Caminamos unos metros y nos encontramos nuevamente con la Policía. Uno de los dos oficiales nos preguntó (creo que más por curiosidad que otra cosa) a dónde íbamos y cuando le contamos que nuestro destino final era Buenos Aires nos preguntó “en qué queríamos viajar”. Ahí mismo me imaginé que iba a frenar a la camioneta más cómoda que pasara y le iba a pedir al conductor que nos llevara sin escalas, pero no. Nos deseó suerte y nos dijo que estaba prohibido que los peatones caminaran por el costado de la autopista, así que nos mandó de vuelta a la salida de la ciudad.

Nos paramos a la salida de una estación de servicio y enseguida frenó una camioneta. Nuestros anfitriones de transporte fueron Sergio y Carla, dos periodistas que nos alcanzaron hasta la Circunvalación, la autopista que rodea la ciudad de Córdoba. Como nos pasó en casi todos los transportes a los que nos subimos, nos preguntaron a qué nos dedicábamos, qué lugares habíamos visitado, a dónde iríamos después… El viaje con ellos fue cortito pero alcanzó para tener una conversación agradable (y aproveché para pasarles mi blog).

[singlepic id=6274 w=625 float=center] La Policía tendría que habernos conseguido un transporte así

Transporte 4: a Puente 14

Llegamos a la Circunvalación, a un punto que a mí me pareció muy estratégico por la gran cantidad de autos que circulaban, nos pusimos en la banquina, extendimos el brazo y le dedicamos a los automovilistas nuestra mejor “cara de dedo”. La cara de dedo se caracteriza por la sonrisa: se muestran mucho los dientes, se levantan las cejas y se sonríe hasta las orejas (sin parecer un loco o freak, claro está). En el momento en el que me descubrí poniendo cara de dedo recapitulé y entendí por qué todos los autostopistas que vi en mi vida en alguna ruta parecían tan felices. Todos estaban poniendo cara de dedo y riéndose mucho, como si la estuvieran pasando genial. Si uno no transmite buena onda seguramente es más difícil que lo levanten, ¿no?

Unos 15 minutos después frenó un auto con dos chicos de veintipico. Eran estudiantes de turismo que recién salían de la facu. Les pregunté si conocían algún blog de viajes y me dijeron que conocían “muchos” pero no se acordaban el nombre de ninguno, así que les dejé mi tarjetita (Viajando por ahí hace marketing directo en todos los automóviles del país) (¡me encantaría que alguna de las personas que nos llevó estuviera leyendo esto!). Este trayecto fue polémico. No por los chicos en sí, que eran muy buena onda, sino por la distancia que recorrimos y el lugar en el que bajamos. El viaje fue muy cortito (igual se agradece porque sé que los chicos lo hicieron de buena fe) y quedamos en el medio de la autopista, en un lugar que para mí era menos estratégico que el anterior, y al principio sentí que no había valido la pena irnos del otro lugar. Sin embargo, también descubrí que en los lugares menos estratégicos siempre nos levantaron más rápido que en los lugares “ideales”.

[singlepic id=6266 w=625 float=center] Otros usan carteles como este para llamar la atención

[singlepic id=6267 w=625 float=center] ¡Malpensados!

Transporte 5: a la Shell

Extendimos el brazo y en menos de cinco minutos estábamos en la camioneta de Darío, quién ofreció llevarnos hasta una Shell a la salida de la Circunvalación. Nos dijo que todos los camiones que salían de ahí iban a Rosario o a Buenos Aires y que íbamos a conseguir algo seguro. Fue un trayecto cortito también y como no tomé nota mi mala memoria no me deja acordarme demasiado de lo que pasó. De lo que sí me acuerdo es de nuestra estancia de una hora y media (o más) en la Shell.

Llegamos a la Shell al mediodía, con un sol abrasador que invitaba a irse a dormir la siesta a la sombra y no a quedarse ahí intentando conseguir transporte quién sabe durante cuántas horas más. Almorzamos unos sandwiches que llevábamos en la mochila y nos paramos a la salida de la estación de servicio a esperar. Con Damián hicimos un pacto: decidimos acercarnos a los conductores y preguntarles directamente si iban para Rosario o Buenos Aires, y quedamos en que yo me ocupaba de hablar con los camioneros y él con los automovilistas (no sé por qué me da menos vergüenza preguntarle a los camioneros). Durante un largo rato no tuvimos suerte así que decidimos volver al dedo tradicional y para eso nos separamos: Damián se fue a la ruta (a unos metros) y yo me quedé a la salida de la estación. Nada. Cambiamos: yo me fui a la ruta y él se quedó a la salida. Lo único que logré fue ganarme unos cuantos bocinazos de los camiones que pasaban para el otro lado (la bocina es el piropo del camionero, así que me causó mucha gracia). Lo divertido del asunto, además, fue que durante el tiempo de espera pudimos armar un Compendio de Señas Frecuentes de los Automovilistas que No Frenan (hechas a toda velocidad y a través del parabrisas): muchos señalan hacia adelante (supongo que diciendo “voy acá nomás”), otros hacen un círculo con el dedo (como diciendo “voy acá nomás y vuelvo” o “voy para el otro lado”), algunos directamente hacen la seña del “no” y otros levantan el pulgar con la seña de “Me Gusta”, perdón, con la seña de “buena onda, buena suerte”.

[singlepic id=6262 w=625 float=center] Después de un largo rato de espera empecé a pensar que probablemente hubiésemos llegado más rápido en esto.

[singlepic id=6272 w=625 float=center] Estuve a punto de prender sahumerios

[singlepic id=6265 h=625 float=center] O hacer alguna ofrenda

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Transporte 6: a Zárate

Cuando ya había perdido las esperanzas pensé en dos opciones: 1. Fabricar un cartel que dijera “¿Querés salir en mi blog? ¡Llevanos!” o 2. Armar la carpa y pasar la noche en el descampado detrás de la estación de servicio. En ese momento apareció un Scania, un camión que podría haber sido simplemente uno más de los que “iban para otro lado”, “iban al siguiente pueblo” o “no tenían permitido levantar pasajeros que no fuesen de la empresa”. Como yo no había tenido suerte con los camioneros lo mandé a Damián a hablar con el conductor y… voilá! Nos dijo que nos podía llevar hasta Rosario sin escalas. Le ofrecí comprarle algo para tomar y para comer pero no aceptó ya que él venía con su propio cargamento de pan dulce. Al parecer en ese mismo momento alguien de la estación de servicio le dijo a Damián que no podíamos estar haciendo dedo ahí, así que todo pasó en el instante justo.

Nos subimos al camión de Héctor y nuevamente me acomodé en el “hueco-cama” (ya sé, ya sé, es una cama) ubicado detrás de los asientos del conductor y acompañante. Héctor, de 46 años, nos dijo que era camionero “hacía un ratito nomás, como 17 años”, nos contó que está todos los días encima del camión, que pasa más tiempo ahí que en su casa y que cuando vuelve a su hogar se siente “un estorbo” porque su familia está acostumbrada a su ausencia. En algún momento del viaje le comentamos que íbamos hasta Buenos Aires (nosotros le habíamos pedido que nos dejara en Rosario) y nos dijo: “¡Ah! Pero yo voy hasta Zárate, así que puedo dejarlos ahí”. No nos podría haber salido mejor.

Viajamos 7 horas sin parar. Vimos las inundaciones al costado de la ruta, vimos un accidente en la mano de enfrente y kilómetros de autos y camiones estacionados, vimos cómo iba cambiando la luz del sol (de “blanca” a dorada), escuchamos la radio y conocimos la historia de tres cantantes de menos de 20 años que viajan por el mundo haciendo música religiosa, dormitamos un poquito, charlamos de a ratos con Héctor y, por fin, llegamos a Zárate. Ya era de noche.

[singlepic id=6261 w=625 float=center] Imagen que podríamos haber visto al costado de la ruta pero que no vimos 

[singlepic id=6268 w=625 float=center] ídem

Transportes 7 y 8: colectivos a El Talar

Fuimos a la parada de colectivos y tomamos el 194 a El Talar (Tigre). Durante esa hora de viaje no hubo muchos sucesos interesantes. Lo “cómico” (por no decir triste y simbólico) ocurrió cuando llegamos a Panamericana y 197 y nos bajamos del colectivo. Cruzamos la calle con el semáforo peatonal en verde, un auto dobló mal, se nos tiró medio encima y el conductor nos hizo fuck you con el dedo. Bienvenidos a Buenos Aires.

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Tiempo de viaje: aprox. 14 hs

Vehículos utilizados: 8 (5 autos, 1 camión, 2 colectivos)

Gasto total de transporte: $ 7 (dos boletos de colectivo) (7 pesos argentinos equivalen aproximadamente a un euro)

¡Prueba superada! [/box]

 Cuando lean esto yo estaré volando a Madrid. ¡Les escribo en unos días desde allá!

Crónica de dos principiantes viajando a dedo

Desde que me junto con otros viajeros tengo con quien hablar de temas como los litros de la mochila, los plugins del blog, las mejores rutas para ir a tal lado, la necesidad de llevar carpa o no, la rutina de la no rutina, viajar sola, viajar acompañada, la fotografía de viajes y, recientemente, el autostop (lo que en Argentina se conoce como “hacer dedo” y en otros países de habla hispana como “pedir un aventón”, “pedir el chance”, “jalar dedo” y “pedir cola”). Entre los chicos de Magia en el Camino (que en este momento están viajando a dedo por África) y Los Acróbatas (que están dando la vuelta al mundo a dedo) me convencieron: a Viajando por ahí le llegó la hora de viajar a dedo.

 [singlepic id=6088 w=625 h= float=center] N de la A.: como bien dije, en este viaje no me traje la compu porque no pensaba postear, pero las ganas son más fuertes que yo, así que pedí una compu prestada para subir esto. Como no estoy trabajando con mi compu no sé qué tal quedarán las fotos, así que no esperen demasiado despliegue fotográfico. 

La decisión surgió hace unas semanas cuando Damián y yo empezamos a planear un viaje a la provincia de Córdoba (tengo familia en Nono y quiero visitarlos). En principio íbamos a ir en tren (hay un tren muy barato que sale los viernes desde Retiro y llega a ciudad de Córdoba unas 15 horas después), pero nos colgamos con los pasajes y cuando quisimos comprar estaban más que agotados. Yo creo que parte de ese cuelgue fue a propósito, así que ahí surgió la gran pregunta: “¿Y si nos vamos a dedo?”. Después del “¿y por qué no?” empezó la etapa de investigación, también conocida como El Bombardeo de Preguntas Principiantes a Los Acróbatas y a Todos los que Alguna Vez Hayan Viajado a Dedo, a saber:

¿Cómo se hace dedo? ¿En qué parte de la ruta te parás? ¿Y si no te frena nadie? ¿Hay que hacer un cartelito con el nombre del destino? ¿Cuánto es lo máximo que esperaron? ¿Cuál fue la vez más rápida? ¿Y si estás en medio de la nada y se hace de noche? A ver extendé el brazo y hacé de cuenta que hacés dedo y que yo te levanto, ¿qué me dirías? Ellos con toda la paciencia del mundo nos dieron todos los consejos (y fuerzas) que necesitábamos y nos aseguraron que nos iba a ir re bien. Algunas de las cosas que nos dijeron (y que todos sus fans queremos ver próximamente en un post en sus blogs) fueron: “Lleven un buen mapa” (nos recomendaron el Atlas de Ruta Firestone y con ese viajamos), “párense en los peajes, en las estaciones de servicio, en los cruces, en cualquier lugar donde los autos o camiones puedan frenar”, “Salir de Buenos Aires a dedo por autopista es muy difícil” (uf, sí que lo fue!), “vayan bien vestidos y bañados” y “sonrían mucho y hagan contacto visual, los autos no se frenan con el dedo sino con la sonrisa”.

Y entre una cosa y otra, casi sin darnos cuenta, llegó el Gran Día. Como mi último “compromiso formal” en Buenos Aires era la presentación de RedViajAR, habíamos decidido irnos al día siguiente, viernes. Armé la mochila medio a las apuradas y nos fuimos al Talar (provincia de Buenos Aires, partido de Tigre) para salir desde ahí la mañana siguiente. El viernes nos despertamos y estaba lloviznando. Genial. ¿Qué hacemos? ¿Vamos igual? Creo que ninguno de los dos estaba demasiado convencido (y yo estaba bastante nerviosa), así que dijimos: “Vamos a ver qué onda y si no podemos nos volvemos”. Salimos a eso de las 10 de la mañana y creo que debemos haber roto algún tipo de récord, porque en un mismo día nos tomamos 8 transportes distintos para hacer menos de 250 km. Yo sentí que estábamos en una misión de Fugitivos o algún programa por el estilo.

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Transporte 1: el 57 al peaje de Pacheco

Los Acróbatas nos recomendaron ir al peaje de Pacheco y salir a dedo desde ahí, así que nos subimos al colectivo y cuando le preguntamos al chofer si nos podía bajar en el peaje nos dijo que no (y no tuvo piedad). Una señora que estaba sentada en el primer asiento nos vio con las mochilas y nos preguntó, emocionada, a dónde íbamos. Le contamos que queríamos ir a dedo a Córdoba y nos dijo, efusiva (mientras me agarraba la mano): “¡Ay mi amor! ¡Qué lindo!” y, por lo bajo, ” Qué poco gaucho este chofer… Ojalá encuentren mucha solidaridad en el camino, que es lo que hace falta. ¡Buen viaje!”. El conductor nos bajó a varias cuadras del peaje y nos dejó cerca de una estación de servicio a la salida del Tortugas Shopping. Más perdidos que enano en manifestación (?) nos pusimos a la salida la estación de servicio y extendimos el pulgar sin demasiada convicción y sintiéndonos un poco ridículos (por lo menos yo). En menos de 5 minutos frenaron tres autos. “¿A dónde van chicos?”. “A Rosario”. Todos iban a Escobar. Nos subimos al tercer auto.

Transporte 2: Cristian, también conocido como “los levanté porque tienen cara de buena gente”

“Hago esta ruta todos los días y nunca levanto a nadie, pero ustedes tienen cara de buena gente”, nos dijo Cristian, el primer buen cristiano que nos levantó en esta travesía. Creo que más que cara de buena gente teníamos cara de perdidos en la autopista de la locura. “La veo difícil chicos, no creo que los levante nadie. Además para ir a Rosario tienen que irse a la Ruta 9 en Escobar, los voy a dejar en la parada de un colectivo que los lleva para allá”. Le agradecimos el corto viaje y nos quedamos parados en una esquina esperando el próximo transporte.

Transporte 3: colectivo a Ruta 9 (Escobar)

Sin saber muy bien qué hacer nos subimos a un colectivo que nos llevó a Escobar. Después de unos 20 minutos nos bajamos enfrente a una estación de servicio, entramos a comprar un jugo y nos pusimos a hacer dedo en la salida (nuevamente con poca convicción y sensación de estar haciendo el ridículo, por lo menos yo). “¿A dónde van chicos?”, nos preguntó alguien desde enfrente. Era el conductor de un camión; lo había dejado estacionado y estaba yendo a comprar algo a la estación de servicio. “Los llevo hasta Zárate, suban”.

[singlepic id=6089 w=625 h= float=center] Foto de San Nicolás, ciudad en la que finalmente pasamos la noche

Transporte 4: En un camión de los cartoneros

Nos acercamos tímidamente al camión y comenzó el trayecto más surrealista del viaje a dedo. La mujer del conductor se bajó y nos abrió la parte de atrás para que nos subiéramos a la caja: “Chicos, perdonen si está sucio, es que acá llevamos a los cartoneros. Cualquier cosa que necesiten golpeen, estamos adelante”. Cerró la puerta, trabó y nos dejó casi en la oscuridad total. Las únicas ventanas que teníamos eran dos agujeritos en el techo y la información nos llegaba desde afuera por medio de sonidos: las bocinas de los autos indicaban que seguíamos en la autopista, una rama que golpeó contra el techo era señal de que habíamos rozado un árbol, los golpes sobre la chapa nos decían que había empezado a llover. Bárbaro, con lluvia, a dedo, todavía sin casi haber podido salir de la ciudad… Un rato después frenamos, se abrió la puerta y el conductor nos dijo que él salía de la autopista, así que nos bajamos creyendo, como nos había dicho, que estábamos en Zarate.

Fuera Zarate o no, estábamos literalmente En Medio de la Autopista. Empezamos a caminar por la banquina y llegamos a un puesto de venta de lombriz (“El Toro siempre tiene lombriz”, aseguraba el cartel). No sabíamos muy bien dónde pararnos ya que no había ningún peaje, ninguna estación de servicio, ninguna intersección, ningún pueblo, ninguna parada de colectivo, ningún lugar donde los autos pudieran frenar. Yo, la verdad, la pasé mal durante un rato y tuve ganas de irme a mi casa y olvidarme de todo (lo confieso). Extendimos el pulgar, siempre con una sonrisa, y finalmente frenó una Ford roja (soy malísima con los modelos de autos así que no esperen especificaciones más que “auto, camioneta o camión”).

[singlepic id=6087 w=625 h= float=center] Dentro de transporte número 7

Transporte 5: Nacho, también conocido como “¡Tengo una resaca!”

Nacho frenó emocionadísimo: “¡Qué lindo chicos! ¡Qué ganas de irme con ustedes!”. Cuando nos subimos nos avivamos de que estábamos en Campana y no en Zárate, así que Nacho nos llevó para allá. En el viaje nos contó que recién se despertaba, que estaba yendo a buscar a su cuñada, que había ido al boliche la noche anterior y que tenía bastante resaca (incluso nos mostró la copa de plástico en la que había tomado champagne o algo similar). Nos dejó en una estación de servicio y nos dijo, otra vez, que si hubiese podido se venía con nosotros. Cuando le preguntamos su nombre nos pidió, con emoción, que lo mencionáramos como parte de nuestro viaje (¡claro que sí!).

Interludio en una estación de servicio.

Ya eran como las 2 de la tarde así que almorzamos, recargamos energías y charlamos con un camionero que estaba almorzando en la mesita de al lado. “¿De dónde son chicos? Ah, pensé que eran extranjeros, por ella…” (qué raro). Le contamos lo que estábamos haciendo y nos recomendó tomarnos un colectivo hasta el peaje Buenos Aires – Rosario y pararnos ahí. La gran constante del día fue esa: “Acá nadie los va a levantar, para hacer dedo tienen que ir a (fill in the blanks)”. Pero no le hicimos caso y nos pusimos a hacer dedo a la salida de la estación, en varios puntos distintos, durante una hora sin suerte. Buenos Aires no nos largaba… Qué difícil era encontrar el punto justo para hacer dedo en la autopista.

Transporte 6: el bendito colectivo hasta el peaje

Finalmente decidimos tomar el colectivo hasta el peaje y apenas nos bajamos se largó a llover. Los camiones pasaban pero ninguno frenaba… Tantas posibilidades de transporte acelerando frente a nuestras narices y nosotros sin paraguas… Unos minutos después frenó un camión, abrimos la puerta con un Aleluya de fondo y le preguntamos si iba para Rosario. “Voy a San Nicolás”. Listo, nos subimos nomás, no podíamos dejar pasar esa oportunidad.

[singlepic id=6094 w=625 h= float=center] En el hueco-cama

Transporte 7: El Camionero Salvador, también conocido como El Profesor de Autostop

No anoté su nombre y ahora no me lo puedo acordar, pero para mí siempre será El Camionero que nos Salvó de la Lluvia en Nuestro Primer Día de Viaje a Dedo y nos dio Una Clase Magistral de Autostop. Damián se sentó adelante al lado de él y yo me metí adentro de un “hueco” ambientado como cama. Algunos de sus comentarios y tips fueron: “Yo siempre levanto mochileros, el otro día llevé a una pareja que iba con sus hijos. A vos te van a subir porque vas con ella, porque sino hay muchos que tienen miedo si ven a un pibe solo. (…) Mejor que no hagan dedo de noche y si vas a dormir ponete de ese lado porque si te apoyás de ese lado y hay un accidente chau (…) Si te subís un camión ofrecé de cebarle mate al conductor (…)”. En algún momento del viaje me dormí y cuando me desperté estábamos en San Nicolás.

[singlepic id=6092 w=625 h= float=center] El río en San Nicolás de los Arroyos

Decidimos pasar la noche ahí, ya eran casi las 6 de la tarde y yo estaba muy cansada. El transporte número 8 y último del día fue un colectivo hasta el centro de San Nicolás. El veredicto de Juan Villarino, quien viajó en más de no sé cuántos miles de vehículos a dedo por países como Irak, Irán y Afganistán (además de Europa, América y Asia), fue: “Está bien, se curtieron”. Somos dos novatos y este fue nuestro bautismo.

[singlepic id=6091 w=625 h= float=center] Burbujas con la Basílica de San Nicolás de fondo

[singlepic id=6095 w=625 h= float=center] Feliz y cansada tras un largo día

 

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