Pequeños momentos cotidianos de nuestros 40 días en Bali

How we spend our days is, of course, how we spend our lives.
What we do with this hour, and that one, is what we are doing.
(Annie Dillard)

Parte 1: 10 días en Seminyak

Llegamos a Indonesia a fines de diciembre. Cuando empezamos a descender sobre el aeropuerto de Denpasar le pregunté a L si el avión se estaba cayendo. Yo no quería viajar a Bali. La primera vez que vine, en el 2010, no me gustó. La segunda vez que vine, en el 2011, tampoco me gustó. Pero acepté volver porque L ama el surf y yo amo a L —lo cual no quiere decir que no haya elaborado teorías conspirativas acerca de todas las cosas horrorosas que nos iban a pasar en Bali, incluyendo dengue, estafas, accidentes aéreos y tiburones asesinos. En el aeropuerto nuestro equipaje tardó más de una hora en aparecer, no aceptaron mi billete de 100 dólares porque era “muy antiguo” y tuvimos que empezar a regatear apenas salimos a la calle. Nos pedían 250.000 rupias por un viaje que, según nos había dicho la dueña del guesthouse donde nos quedaríamos los primeros días, no costaba más de 80.000. Cerramos con un conductor por 150.000 y en el trayecto nos contó que había vivido diez años en Estados Unidos, trabajando en cruceros, pero decidió volver a Bali por homesickness: extrañaba su isla. “Aunque esto cambió mucho en los últimos años”, nos dijo.

Bali tiene una cultura muy distinta al resto de Indonesia, debido a su historia y religión (les recomiendo mucho leer al respecto). Pero, a la vez, es uno de los destinos más turísticos del mundo, y eso tiene sus efectos.

Estuvimos 10 días en un guesthouse en Seminyak, cerca de Kuta, zona a la que me había prometido no volver jamás. La dueña era una javanesa casada con un francés, a quien queríamos conocer pero nunca vimos. “Está en Francia, no sé cuándo va a volver”, nos dijo ella, y no me animé a preguntar más. Una mañana, una de sus hijitas franco-indonesias me agarró la mano y me llevó a dar vueltas por el jardín. Le dije hello y no contestó, le dije bonjour y se hizo la tonta, le pregunté “bahasa?” (¿indonesio?) y me respondió “yaaa!” (sí) como queriendo decir por fin le acertaste al idioma. Después entró a nuestra casa y se quiso llevar todas mis washi tapes. Se me subió a upa —me sorprendió lo livianita que era— y me indicó con el dedo hacia dónde debía moverme para transportarla. A la mamá le dio vergüenza y le dijo que se baje. Me preguntó si teníamos hijos. Le dije que no. “Mejor esperen”.

Todos los días caminamos veinte minutos hasta la playa siguiendo una vereda que dibujaba una S. Una vereda: algo raro en Indonesia, donde la gente va en moto a cualquier lugar que quede a más de cincuenta metros. En el camino veíamos restaurantes de western foodwarungs (puestos de comida local), ofrendas pisoteadas, resorts all inclusive, villas con cuartos en alquiler, templos entre medio de las casas y estatuas cubiertas con sarongs cuadriculados. Íbamos esquivando motos, vendedores y perros. Al llegar a la playa nos sacábamos las ojotas y la arena nos quemaba los pies. El mar estaba más caliente que el aire. Los días de marea baja, el agua se llenaba de plásticos y papeles que se me enganchaban en las piernas y me hacían pensar, por unos segundos, que un pez me había tocado. Yo me quedaba nadando una media hora y salía, me acostaba en la arena y lo esperaba a L mientras bajaba el sol. Vimos el atardecer 10 días seguidos y nunca dejó de impresionarme el color rosa del cielo y la consistencia firme de las nubes. Aparecieron barcos-barriletes y los dibujé mentalmente mientras comía arroz con tofu en un paquetito armado con papel madera. Fueron días de andar sin teléfono, de leer revistas en la playa y quedarnos dormidos sobre la arena mientras se hacía de noche y sentíamos las pisadas de la gente que llegaba para ir a alguno de los bares de la costa.

El barco pirata barrilete.

Festejamos año nuevo caminando sin rumbo por las calles de Seminyak hasta las 2 de la mañana. Vimos grupos de extranjeros bailando canciones de Katy Perry en la calle frente a algún bar y le dije a L, con tono de documental: “Aquí podemos observar las tradiciones típicas de la isla de Bali”. Contamos la cantidad de veces que alguien nos dijo “yes, motorbike?” y al número 30 nos cansamos. El primero de enero fue domingo y la playa estaba llena de vendedores ambulantes de cornetas con forma de dragón y de familias reunidas frente al agua. Hubo fuegos artificiales durante el día y música electrónica desde temprano. L me contó que en las discotecas de St. Tropez hay gente que compra botellas de champagne de 10.000 euros y el mozo las trae en una bandeja con velas-bengala mientras el dj corta la música y pone una canción especial. Nos divertimos imitando ese momento. Me metí al mar con ropa porque me sentí muy observada, había mujeres nadando con el velo. Vi cómo un nene le pegaba arena en la cola a su mamá mientras ella hablaba con una amiga. Vi el mar sin olas. Esa noche volvimos caminando, frenamos a comprar comida y el dueño de un restaurante me regaló un vaso de jugo de sandía mientras esperaba mi nasi campur. Sentí que empezaba a reconciliarme con Bali, que ya no le pedía tanto y, a cambio de eso, la isla me daba más.

Durante esos días soñé mucho y muy vívido. Soñé que en Bali había vendedores ambulantes de lápices de colores y que el aire acondicionado se desprendía de la pared y se caía sobre una mesa. Una mañana salí a buscar la ropa que habíamos dejado en el laundry y a mitad de camino me di cuenta de que me había olvidado dónde era. Volví al guesthouse y le pregunté a la dueña si conocía una lavandería cerca, no estaba segura pero me subió a su moto y salimos a buscarla. Creo que es por ahí, le dije cuando me pareció reconocer una calle entre tantas calles iguales. Era tan angosta que no había espacio para un peatón y una moto a la vez. Muy cerca las ramas de un árbol formaban una cortina que caía sobre el camino de tierra. Se volvía a cumplir la teoría: basta con salir de las calles principales para descubrir que Bali es, en realidad, un lugar muy tranquilo. Nuestra bolsa de ropa era una de las 200 bolsas que debía haber en ese lugar, que parecía un pelotero de bollos de sábanas.

Nos mudamos a otra casa que habíamos alquilado por internet y nos dimos cuenta de que fue un error reservar sin ver. Habíamos venido a Seminyak porque al parecer había buenas olas, pero no había. Decretamos que era momento de irnos de esa zona cuando, a la mañana siguiente, un coro de mujeres que repetía “yes hello massaaaage?” cada cinco minutos me despertó, como si hubiese apretado el botón de snooze. Nos quedaba un mes antes de que saliera el avión a París y decidimos ir a Canggu, un lugar que conocí leyendo un blog. Alquilamos una moto, manejamos una hora por un tráfico complicadísimo que parecía de un videojuego de realidad virtual y cuando llegamos entendimos todo. Era ahí, era ahí donde teníamos que estar. Canggu nos pareció un paraíso, casi como un fragmento de una publicidad engañosa de esas que quieren convencerte de que mudarte a este barrio privado puede ser lo mejor que te pase en la vida. Había olas, surf, pelos al viento, terrazas de arroz, poco tráfico y un espacio de coworking que parecía salido de la fantasía de cualquier nómada digital, con pileta, un gato y muchos enchufes. Fue bastante incómodo cancelar la reserva de Seminyak pero la dueña entendió y llegamos a un acuerdo. Al día siguiente nos mudamos. Antes de dejar Seminyak, L fue a sacar plata del cajero. Cuando volvió me dijo que le habían pasado dos cosas: un tipo intentó distraerlo con el cuento de la moto y una mujer le ofreció massage with happy ending por 7 dólares.

“Venga a vivir a Canggu”

Parte 2: 30 días de quietud en Canggu

Alquilamos un cuartito a 200 metros de la playa y no nos movimos de Canggu por un mes. Recuperé —o creé— rutinas que el movimiento no me permitía tener y encontré pequeños momentos de felicidad en esas repeticiones cotidianas: nadar, caminar, ir al coworking, hacer journaling, leer. Repeat. Escribí todos los días las cuatro escenas en mi cuaderno, como quien está a cargo de la bitácora de un transatlántico, y fui armando mis scrapbooks de momentos, fotos, dibujos y frases.

Llenar cuadernos me salva.

En nuestros 30 días de quietud en Bali:

guardé las zapatillas debajo de la cama y anduve todo el mes en ojotas o descalza,

nadé todas las mañanas y trabajé todas las tardes,

me hice socia de un coworking por primera vez en mi vida y fui todos los días a la oficina por caminos rodeados de plantaciones de arroz,

me propuse ser más productiva y más agradecida, y empecé a dibujar tomates para contabilizar mis horas de trabajo,

incursioné en el bullet journaling y cuando me di cuenta estaba escribiendo mi vida en tres cuadernos a la vez, otra vez (¿cuándo fue que volví a dividirme?),

una noche alguien se confundió y se llevó mis ojotas de la puerta del coworking y yo supongo que me llevé las suyas (al día siguiente las trajo e hicimos el intercambio sin vernos),

me reencontré de a poco con Indonesia, fui recordando palabras en bahasa como quien encuentra cajas con cosas que alguna vez le pertenecieron y de las que no tenía registro mental,

de a ratos me sentí más en Java que en Bali, sobre todo cuando fuimos para el sur y escuché —o me pareció escuchar— el canto de una mezquita, y pensé en lo curioso de que el destino me hubiese traído a Indonesia otra vez,

alquilamos una moto y descubrimos el rice field shortcut por el que va todo el mundo para acortar camino —y una vez lo vimos lleno de patos—,

fui a la playa todas las mañanas y tuve que acostumbrarme a entrar corriendo al mar en el momento exacto, como quien se mete a saltar una soga que ya está en movimiento, para que las olas no me rompieran encima —descubrí que para esto es mucho mejor la malla entera que la bikini—,

también tuve que acostumbrarme a hacer la plancha entre surfers, a nadar entre olas desordenadas y a salir del mar sin anteojos y tener que adivinar, por los contornos del paisaje, dónde había dejado mis cosas —una señora que atendía en un warung me vio achinando los ojos y me hizo señas de que mi toalla y mis ojotas estaban allá, mientras se reía a carcajadas y le contaba a sus amigas—,

googleé: can sharks smell my period and will they eat me? —no—,

vino a visitarnos Nita, una amiga Indonesia, y festejamos mis nueve años de viajera en una playa con agua transparente a la que llegamos por una autopista que iba sobre el mar —después de nadar en ese mar no quise volver al nuestro, revuelto y oscuro—,

La playa de Nusa Dua

empezó a obsesionarme una pregunta: ¿dónde vamos a vivir?, ¿cuándo nos vamos a establecer?, ¿y si nos quedamos en Bali?

una noche empezó la lluvia y L me despertó para mostrarme que en el techo de nuestro baño había un gecko pegado cabeza abajo,

a partir de ese día llovió todos los días y yo aproveché para trabajar más,

todo se llenó de olor a humedad, la ropa dejó de estar seca,

varias veces caminé los 15 minutos de trayecto al coworking bajo la lluvia y, como los impermeables se agotaron rápido en todos los minimercados del pueblo, volví al guesthouse tapada con una bolsa de consorcio, como un fantasma negro por las calles de tierra, iluminada por la linterna de mi teléfono,

en alguna de esas caminatas a oscuras me pregunté cómo sería el mundo si viajar fuese obligatorio,

El coworking

fui a una charla de salud mental para nómadas digitales y me dieron ganas de apropiarme del micrófono y preguntar si a alguien le habían pasado las mismas cosas que a mí, pero no me animé —la charla no profundizó demasiado—,

anoté esta frase de una charla TED en mi cuaderno: “Life does not give you what you ask for. It gives you the people, places and situations to develop what you ask for”,

acariciamos vacas, vimos mariposas, un cachorrito abandonado nos llenó de besos —una familia lo adoptó—, los tres perros del guesthouse se metieron casi todas las tardes debajo de nuestra cama, un cangrejo negro quiso entrar a nuestro cuarto y le bloqueé el paso, un ratón se escondió debajo de un trapo en el jardín, vi al gato del coworking tomando agua de los vasos de gente distraída, nos mostraron un perrito bebé que cabía en la palma de la mano, vimos un pececito negro con puntos naranjas debajo de una piedra en el fondo del mar,

seguí soñando mucho: soñé que alguien me daba una bola de cristal con Minions adentro, soñé con “el colectivo en el que se escapan los maridos” (L aprovechaba que yo bajaba en una estación de servicio para ir al baño y el colectivo seguía camino sin mí, directo a Francia, con otros maridos que también huían),

pensé espontáneamente en un payaso,

cargamos nafta en botellas de Absolut y fui capaz de decirle a una señora, en indonesio, que nos diera una más,

no volví a escuchar “yes, motorbike?” cada 5 metros,

encontré un rey de trébol abandonado,

escuché todos los días a la dueña del guesthouse preguntarme: “Aniko, where you go?” cada vez que me veía salir, tomamos una cerveza en su warung en la playa, fuimos al cumpleaños de una de sus hijas y la vimos armar las ofrendas cada mañana —me abrazó fuerte cuando nos fuimos y me hizo prometerle que volveríamos en junio—,

vi pasar un camión bajo la lluvia con un grupo de balineses haciendo música en el acoplado, debajo de lonas,

oímos música nocturna en los templos y vimos pequeñas celebraciones ocasionales,

escuchamos el sonido de los geckos y el croar de los sapos antes de la lluvia,

festejamos el cumple de 30 de una chica alemana del guesthouse y cuando los mozos del restaurante le cantaron el feliz cumpleaños en indonesio me dieron ganas de llorar,

el agente que nos renovó la visa miraba muy intenso a los ojos, como con intenciones de hipnotizador, pero tardó tanto en hacer el trámite que casi nos vamos del país sin pasaporte,

El feliz cumpleaños en indonesio

en el coworking me vi rodeada de gente como yo, nómadas digitales de todas partes del mundo, personas que también combinan viajes y trabajo, y sentí que por primera vez en mucho tiempo pertenecía a algo que no era virtual,

entendí que viajar por Bali y vivir en Bali son dos experiencias muy distintas, que vine con tan pocas expectativas que esta visita superó a las anteriores, que el viaje siempre es subjetivo y esta vez descubrí mucho aunque no haya recorrido nada —”I’m not a good tourist”, nos dijo un esloveno que solo vino a Bali a surfear—,

pensé que todos mis días en Bali habían sido más o menos parecidos hasta que releí mis cuadernos y me encontré con este álbum de figuritas de cotidianidad y entendí que estar quieta también es estar en movimiento.

[box type=star] Algunos datos y consejos para visitar Bali:

  • Bali me parece un muy buen lugar para nómadas digitales. Hay espacios de coworking en Canggu y en Ubud y una comunidad de gente muy interesante. Canggu está en la costa y es más de surfers, Ubud está en la montaña y es más de yoga. No les recomiendo Kuta, Seminyak hasta ahí, pero no volvería a quedarme en esa zona, hay lugares mucho más tranquilos, baratos y menos turísticos.
  • Se consigue alojamiento mensual desde 4.500.000 rupias/mes/habitación (aprox. 335 usd por un cuarto para dos personas). Alquilar una moto cuesta unas 750.000 RP por mes (55 usd). El coworking al que fuimos cuesta 100 usd por mes, aunque hay planes más caros y más baratos. Comer puede ser barato o muy barato, según el tipo de comida que elijan: por un plato en un warung solíamos pagar unas 20.000-35.000 rp (1.50 a 2.50 usd), en un restaurante entre 50 y 100.000 (3.50 – 7.50 usd).
  • Consulten si necesitan más info y, si veo que hay muchos interesados, armaré una mini guía práctica de Bali. [/box]

Bali parte IV: esos pequeños detalles

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Si bien Bali no es mi isla preferida de Indonesia (que igualmente todavía no sé cuál es, porque me quedan unas 16.995 por conocer), tiene algunos detalles que me gustaron a pesar de tanto turismo y money-money.

* Barriletes (cometas)

Lo primero que noté al llegar a la isla fue que el cielo estaba cubierto de barriletes de todo tipo: con forma de pájaro, con forma de barco, con forma de barrilete “común”.

Dando vueltas en moto por la isla vimos a los chicos (y adultos) que remontaban esos barriletes desde las playas y terrazas de arroz, compitiendo para ver quién lo hacía llegar más alto y quién se mantenía más tiempo en el cielo.

No sé qué es, pero para mí los barriletes tienen cierto encanto y connotación de niñez, de inocencia. Son un entretenimiento sano en el que no se necesita más que viento para divertirse.

Cuando volvimos a Yogyakarta, noté que acá también hay muchísimos barriletes en el cielo. Y cuando pregunté, me respondieron: “Es temporada de barriletes”. Será porque ahora hay más viento, pero eso de la temporada de barriletes me sonó muy simpático.

* En moto por terrazas de arroz

Como comenté en el post anterior, en Bali el transporte local no está muy organizado y es poco accesible para los extranjeros. Una opción es alquilar un auto (o hacer tours con un grupo de gente en combis) y otra opción, que en mi opinión es la mejor, es alquilar una moto y recorrer el lugar libremente.

Así que eso hicimos, alquilamos una moto por tres días y anduvimos por caminos de tierra entre terrazas de arroz y árboles. No hay nada más lindo que sentir el viento en la cara y tener esa sensación de libertad que dan las motos. Y la verdad es que Bali tiene unos paisajes que vale la pena ver “en vivo” más que a través de la ventana.

* Ceremonias callejeras

Mientras íbamos en la moto por algún camino sin nombre, nos cruzamos con varias ceremonias callejeras. Sin turistas, sin guías, sin cámaras ni filmadoras (más que la mía). Como esta, por ejemplo, con esa música balinesa tan característica que se escucha a toda hora saliendo de los templos de la isla.


Muchos miraban o saludaban a la cámara, ya que yo era la única espectadora de aquella procesión. Y estas son las cosas que me gustan, encontrarme con ceremonias auténticas en medio de la nada.

* Los chicos

Si bien la experiencia en el templo Besakih me puso de muy mal humor (ver post anterior para saber de qué hablo), hubo un grupo de personitas que salvaron la tarde: estos chicos.

Apenas me vieron sacando fotos se acercaron corriendo y posaron riéndose como locos, sin pedirme nada a cambio más que ser fotografiados. Y como ellos hubo muchos más.

Si hay algo que comprobé en este viaje es que la alegría e inocencia de los chicos es algo universal, no importa de qué país vengan ni qué idioma hablen, siempre están dispuestos a jugar. Es con ellos con quienes me resulta más fácil comunicarme.

* Esas frases célebres

Si hiciera un audio compilado con las frases célebres escuchadas en Bali, la lista quedaría así:

– Miss? Taxi! Where you go? Taxi miss! Transport for you? Taxi!! (dicha por los taxistas cada vez que divisan a un extranjero a 100 metros de distancia o menos. Algunos, incluso, utilizan auxiliares visuales y muestran un cartel donde dice, en inglés, “You need taxi? PLEASE?”)

– Yeeeeeeees? What you waaant? (dicho por las mujeres cada vez que un extranjero entra a su negocio). Si uno comete el error de hacer contacto visual con alguna de las prendas de ropa o souvenirs, las mujeres cambiarán el “Yeeees?” por “for you lady, good price, you take it?”.

– Luki-Luki Lediii (traducción: “look look lady”, dicho por las balinesas que atienden el mercado de Ubud como una invitación “a entrar a su negocio, mirar y comprar”).

– Esta frase me mató, más que nada porque un grupo de mujeres se la dijo a Aji (que también es indonesio): “Hellooo boy… Can you speak indonesian?”, a lo que él respondió, en indonesio, “¡soy indonesio!”. Me reí media hora. Un montón de balineses le hablaron en inglés pensando que era extranjero. Escuché, también, a muchos balineses hablando en alemán, en chino, en francés y en japonés. Al parecer muchos aprenden japonés en el colegio y otros aprenden idiomas informalmente para poder venderle a los turistas.

Acá pongo una foto comodín de un lindo templo al lado del mar :)

* Magda y Manca

Magda es una polaca que se mudó a Bali hace poco más de un año. La conocí en marzo del año pasado, en una reunión de Couchsurfing en Kuala Lumpur, y fue ella quien me alojó la primera vez que fui a Bali. Quedamos en contacto y volvimos a encontrarnos en varias ciudades del Sudeste Asiático, así que ir a Bali también fue una excusa para visitarla. Nos alojó en su casa junto a otros couchsurfers y a su gata, Manca.

Y como siempre me pasa lo mismo, saqué fotos de Manca y no de mi amiga. Es que Manca era una gata especial, una de las más locas que conocí: para que se den una idea, no nos dejó en paz durante los días que estuvimos ahí, se colgó varias veces de mi brazo, derribó libros y bibliotecas, se subió al techo y maulló durante horas porque no sabía cómo bajarse y hasta le mordió la cola a Aji mientras dormía (?). Qué atrevida.

* El kecak

Vi el kecak (pronunciado ke-cha y también llamado “Canto del mono Ramayana”) por primera vez en la película Baraka (muy recomendada) y me impresionó muchísimo. Este es el fragmento de la película y de verdad que vale la pena:

httpv://www.youtube.com/watch?v=nAUoa9pmokA

Así que en Bali decidí ver este espectáculo, por más turístico que fuera (los kecak que son accesibles al público se cobran). Pagamos 75.000 rupias cada uno (8 dólares, precio fijo) y juro que no me arrepiento, fue uno de los “espectáculos” (no sé cómo llamarlo, porque si bien es una práctica tradicional, en el fondo fue un espectáculo) más conmovedores que vi. Por lo menos a mí me gustó muchísimo y se me puso la piel de gallina al escuchar a todos estos hombres haciendo música solamente con la repetición del cak-cak-cak (“chak-chak-chak”).

El kecak nació como una danza ritual que hacía entrar a los 150 hombres en trance y se utilizaba para realizar exorcismos; luego se convirtió en un drama musical que narra la batalla del príncipe Rama contra el rey Ravana. Les recomiendo que si van a Bali no dejen de verlo, a mí me pareció emocionante por ser una expresión tan… humana.

* Las ofrendas

Y por último, esas ofrendas que andan desparramadas por toda la isla son irresistibles por sus colores y sus formas. Cada mañana, los balineses ofrecen flores, arroz, comida e incienso a los dioses y espíritus para pedirles protección contra los demonios (no olvidar que en Bali la religión tiene un fuerte componente animista). Durante toda la mañana se puede ver a las mujeres dejando ofrendas en las entradas de sus casas y negocios y rezando.

Y cada tarde, las mujeres fabrican nuevas ofrendas con hojas y flores para dejar en las veredas la mañana siguiente. Estos cuadraditos de colores no duran más de un día. Muchas ofrendas mueren bajo las motos, otras son aplastadas por los peatones, otras caen al río o quedan en la basura. Su belleza —así como su existencia— es efímera.

Y al día siguiente, el rito se repite de manera incansable: las ofrendas son dejadas en las puertas y veredas para luego ser destruidas al final del día.

Bali parte III: una segunda oportunidad

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Decidí darle otra oportunidad a Bali.

La primera vez que fui, hace un año, no me gustó demasiado. No quiero ser injusta: la isla es un lugar de enorme belleza natural, es excepcional por su historia, su cultura, sus ritos y sus tradiciones. Imaginen una islita de las 17 mil que conforman el archipiélago de Indonesia donde se practica una religión única en el mundo (el Hinduismo balinés), donde las ofrendas de colores inundan las veredas, donde las terrazas de arroz cubren de verde y amarillo las montañas, donde hay playas de arena blanca y mar transparente. Para muchos es la definición del Paraíso…

…pero para mí tiene un gran “problema” (o una gran responsabilidad) : es uno de los destinos turísticos más populares del mundo y eso, quiérase o no, influye en la forma en que los balineses se relacionan con los visitantes.

Como conté en la parte 1 de esta historia, hace un año, en Bali no importa si sos “turista cinco estrellas” o “viajero low cost”, a los ojos de los balineses, por el solo hecho de ser extranjero y haber llegado hasta ahí, sos alguien que tiene mucho dinero y está dispuesto a gastar lo que sea. Por eso ningún restaurante local (no me refiero a los turísticos, sino a los warung de comida local) tiene precios en los menúes, por eso los taxis tienen los precios recontrainflados, por eso incluso los bemos (el transporte local y más barato de la isla) triplican sus tarifas cuando el que se sube es extranjero.

Esta vez, a diferencia de la anterior, viajé a Bali con Aji, mi novio (indonesio, aunque de Java, pero por ende “no turista” o “menos turista” que el resto), pensando que la situación iba a ser distinta. No es lo mismo ser bule (extranjera) y viajar sola que ser bule y viajar con novio local. Nos fuimos en colectivo desde Yogyakarta, un viaje de 22 horas por el que pagamos 200.000 rupias (23 dólares) y que incluía comida, cruce en barco de Java a Bali y miradas curiosas de todos nuestros compañeros de colectivo. Me resulta entre incómodo y gracioso sentir cómo nos miran, mientras se preguntan cuál será nuestra relación (al parecer no es tan común ver a una bule con un indonesio en Java y una vez, incluso, le preguntaron a Aji si era mi guía turístico).Juro que no quiero quejarme, pero hubo varias cosas que opacaron un poco bastante el viaje, especialmente la experiencia en el templo Besakih, el más importante de la isla. Así que esta es mi catársis. Tal vez le sirva a quien esté por viajar para no caer en las mismas trampas que caímos nosotros.

* Sobre los medios de transporte

Llegamos a Ubung, una de las terminales de Denpasar (capital de Bali) y fuimos en busca de algún medio de transporte para ir a Ubud, el pueblo donde vive mi amiga Magda, una polaca que vendió su departamento de Varsovia y se instaló en Indonesia, quien nos iba a alojar. Sí, Ubud, el mismo pueblo de Comer, Rezar, Amar.

Uno de los mayores problemas que sufrimos en Bali, como mochileros que quieren gastar poco y viajar como la gente local, fue la falta de transporte organizado y la dificultad de acceder al transporte local. Para aquellos que estén dispuestos a gastar, hay taxis a toda hora, acosando cual tigres entre la maleza: la frase “Miss, Mister, taxi? Where you go? Taxi!” quedará resonando en sus cabezas como parte de la banda sonora de la isla; pero a mí no me parece justo pagar 100.000 rupias (10 dólares) por un viaje de 20 km que a los balineses les cuesta 5000 (ni un dólar). Viajar desde Denpasar hasta Ubud cuesta 10 dólares en taxi (y no hay manera de que aflojen con el precio), nosotros nos tomamos dos bemos y, tras negociar bastante, terminamos pagando 25.000 rupias cada uno (3 dólares) y tardamos el triple de tiempo. Además de que no hay transporte directo entre un lugar y otro, es muy difícil regatear con los balineses. La separación que hay entre locales y extranjeros se siente y mucho.

El día siguiente decidimos alquilar una moto e ir a recorrer la isla por nuestra cuenta. Una sabia decisión. Aji me pidió que “me escondiera” mientras él preguntaba los precios ya que si lo veían conmigo inmediatamente iban a triplicar la suma (algo que tuvimos que repetir antes de entrar a cada restaurante, mercado o bemo). Pero, curiosamente, a los balineses no les gusta alquilarle motos a indonesios que viajan “solos” por miedo a que se las roben, así que tuve que hacer una aparición triunfal y mostrar mi cara de extranjera para que el dueño de la moto se quedara más tranquilo (algo ridículo, porque en todo caso yo también puedo ser una ladrona de motos en potencia, por más extranjera que sea) (igual no lo soy eh, aclaro). Pagamos 35.000 rupias por día (4 dólares, lo cual me parece un buen precio) y recorrimos la isla con total libertad (usando el GPS de mi celular para no perdernos).

* Pagá por rezar y no te olvides de alquilar un sarong (sobre la mala experiencia en Pura Besakih)

Una tarde decidimos visitar Tanah Lot, un templo donde podés ver el atardecer frente al mar… junto con otros dos mil turistas. Hace tiempo que no veía un lugar tan repleto de gente y la verdad es que me sentí un poco agobiada. Vimos una larguísima fila de gente y pensamos que estaban esperando turno para entrar al templo (después nos enteramos que no se puede entrar a Tanah Lot), pero no: estaban esperando su turno para “rezar” (tras pagar “una donación obligatoria” previamente).

Al día siguiente viajamos una hora y media en la moto para conocer Pura Besakih, el “Templo Madre” de Bali, el más importante y sagrado para los balineses. Pero una experiencia que debería haber sido placentera nos terminó poniendo de muy mal humor (especialmente a mí). Esto fue lo que pasó (y, por lo que leí después en muchísimos blogs, no fuimos los primeros que caímos, aunque por suerte nos salió barato).

Cuando llegamos nos cobraron la entrada oficial: él, 10.000 rp (un dólar, por ser “local”), yo 15.000 rp (un dólar y medio por ser extranjera) y 5000 rp (50 centavos) por el estacionamiento. Hasta ahí bien. Fuimos en busca del estacionamiento y vimos a un grupo de balineses que nos hacía señas para que frenáramos, así que supusimos que teníamos que dejar la moto ahí. Desde ya les digo que NO: si ven a estos hombres haciéndoles señas, parados al lado de tres o cuatro motos (las de otros tres o cuatro salames que cayeron como nosotros), sigan de largo, ya que el verdadero estacionamiento está más arriba.

Lo primero que nos dijeron estos hombres es que no podíamos entrar solos al templo y que teníamos que contratar a uno de ellos de guía por 50.000 rupias (5 dólares). Mi amiga Magda, que vive en Bali hace tiempo, está de novia con un balinés y pasó por la misma experiencia, me aseguró que NO se necesita guía para entrar a Besakih, así que les dijimos que no. Pero siguieron presionando, no de manera amable, y me enojé: “¡No queremos guía! Mi amiga es balinesa y me dijo que NO necesitamos guía”. A lo que uno me respondió, con muy mal tono, que entonces solamente podíamos ir hasta la puerta y teníamos terminantemente prohibido entrar al templo. Enseguida, otro de estos hombres nos ató un pseudo-sarong (pareo para entrar a los templos, aunque este era un pedazo de mantel o cortina más que un sarong de verdad) a cada uno en la cintura (a pesar de que llevábamos pantalones largos, ya que la función de este sarong es tapar las piernas) y nos cobró 10.000 rupias por cabeza por el alquiler (si bien un dólar parece poco, en Indonesia 10.000 rupias para alquilar un sarong es una barbaridad). Después vimos a muchísimas personas que entraron sin sarong sin problemas, así que también caímos en la trampa. Consejo: llévense un sarong propio o digan que tienen uno guardado en la mochila, pero no alquilen nada. Y según leí en otro blog, el alquiler de sarong está incluido en la entrada oficial.

Cuando llegamos a la base del templo, tras una caminata de 15 minutos, aparecieron más balineses que nos quisieron obligar nuevamente a contratar un guía “porque había una ceremonia adentro y no podíamos ir solos”. (Aclaración: estos hombres NO son guías oficiales, los guías oficiales se pueden solicitar en la oficina donde se paga la entrada y el precio que cobran es entre 20.000 y 40.000 rp, y hay otros, incluso, que no cobran nada). Dijimos que no y subimos la escalera principal, cuando llegamos a las rejas, un balinés nos cerró el paso y nos dijo, otra vez, que si no pagábamos no entrábamos. Nos pidió 50.000 rupias por persona (5 dólares cada uno) para hacer de guía. Un abuso total de poder. Yo estaba enojadísima y le respondí, en indonesio (para que viera que no soy “nueva”), que como mucho le íbamos a pagar 10.000 cada uno y ahí medio que se asustó (según Aji, que escuchó la conversación, le dijo al amigo “Uy, esta chica vive acá y sabe”). Le pagamos 10.000 porque no nos quedó otra (el tipo no se movía de la puerta) y en vez de hacer de guía (como hacían todos los demás) nos acompañó diez pasos adentro y se fue, enojado porque no le habíamos dado más plata.

Es una pena que un templo tan lindo y “sagrado” esté tan corrompido por estos hombres. Consejo: si van a Besakih niéguense a pagar un guía ya que NO es necesario ni obligatorio. Leí de gente que llegó a pagar 50 DÓLARES (!) por el guía y 20 dólares por el sarong. Sean firmes y NIÉGUENSE, no sigamos fomentando a esta gente.

* Souvenirs y money-money

Para cerrar mi catársis balinesa, dos cosas más.

Una, apenas nos bajamos del bus en Denpasar, un taxista me vio y me dijo “money money money!”, a lo que yo me reí sarcásticamente con una expresión de “¡Ah no!”. El tipo enseguida me dijo “pagi pagi!” (que significa “mañana” o “buen día” en indonesio) como para demostrar que me había querido decir “morning, morning!”. Ambiguo. Lo dejo ahí.

Muy cerca de este cartel (“she give money” escrito de manera rústica) había una mujer que pedía plata por enseñarte a rezar Bali-style

Y dos, el mercado de Ubud está repleto de remeras, sarongs, vestidos, esculturas, pinturas y souvenirs típicos de Bali. Los precios, nuevamente, fluctuan según la cara y de la manera más extraña: una mujer, después de verme con Aji y charlar un rato, me pidió 125.000 rupias (¡casi 15 dólares!) por un pantalón pescador y, unos puestos después, un hombre me pidió (sin que yo le preguntara) 15.000 rupias (un dólar cincuenta) por el mismo pantalón. Increíble.

Mientras caminaba por el mercado pensé en cómo el turismo generó esa necesidad de comprar el souvenir para poder decir “yo estuve ahí”, especialmente en destinos Best-Seller como Bali. ¿Acaso la experiencia es más creíble si uno tiene un objeto que mostrar? ¿Acaso es imprescindible llevarse a casa una estatua de Buda o una remera de I Love Bali para tener un “mejor” recuerdo del viaje? A mi me alcanza con las fotos, con las personas y con los momentos vividos. Hace tiempo decidí no comprar más souvenirs.

***

En la parte IV y final de mi relato por Bali, hablaré de todos esos pequeños detalles que hacen que una visita a Bali valga la pena, a pesar de todo. Por suerte encontré varios, así que esta serie de posts tendrá final feliz.

Bali parte dos: la cara (que yo vi)

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

 

Las ofrendas que los balineses realizan cada mañana para pedir protección a sus dioses

Las mujeres llevan todo tipo de cosas sobre la cabeza

Estos son sólo algunos de los colores que encontré por acá

En todas las cuadras me crucé con un grupo de balineses jugando a las cartas o al ajedrez en la vereda

Vendedores tradicionales frente a cadenas internacionales

Vendedoras ambulantes en la playa… Massage miss, Sarong Miss, Pedicure Miss… Special price for you

Mis vecinos riendo mientras me pedían que les sacara fotos

Una de las actividades más comunes en Bali: trabajar en las “Rice Fields”

Todo tipo de medicinas alternativas, para el cuerpo y alma, a la venta

Vestimenta típica de los balineses

Remando entre templos

Se vende nafta en botellas de vodka premium

Bali parte uno: la máscara

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Hay que ver Avatar porque TODOS ven Avatar.

Hay que leer El Código Da Vinci porque TODOS leen El Código Da Vinci.

Hay que venir a Bali porque TODOS vienen a Bali.

Bali…

Seguramente muchos de ustedes ya está pensando, Ohh Bali, tierra mágica de hinduismo, playas coralinas y templos sagrados.

Confío en sus conocimientos de geografía, probablemente saben de qué país forma parte esta isla… ¿no?

Porque mucha gente que me crucé se refiere a Bali como “un país” y no como una pequeña porción del archipiélago más grande del mundo, también conocido como Indonesia.

Pero es un error perdonable, la culpa es de Bali por ser uno de los destinos turísticos más famosos del planeta, uno de esos lugares que perdió su status de pueblo/isla/ciudad y pasó a ser simplemente Un Lugar Que Hay Que Conocer Antes De Morir.

Bali genera expectativas, pone en funcionamiento la imaginación y los deseos: es imposible no esperar nada de Bali, es imposible no esperar algo sublime de un lugar que tiene tanta prensa. En mi caso, después de haber pasado dos semanas viajando por lugares no-turísticos de la isla de Java, después de haber vivido en casas de familia, después de haberme juntado casi únicamente con gente local, después de haber comido en los mercados por dos pesos y de haber viajado en colectivo por aún menos, llegar a Bali fue como caer en el boliche porteño top del momento.

Un estrés…

Miss miss, taxi! Miss miss, I take you, where you want to go? Special price for you!

Llegué a la terminal de Denpasar, capital de Bali, después de seis horas de viaje en barco, veinte horas de viaje en colectivo, cuarenta minutos de ferry y tres horas de colectivo más (datos cien por ciento reales, no exagero).

Apenas me bajé noté dos fenómenos económicos bastante curiosos: por un lado, una inflación galopante y, por otro, una constante e ilógica fluctuación de precios. Me explico: necesitaba ir de la terminal de Denpasar hasta Ubud, el pueblo “turístico-menos-turístico” de Bali, a menos de 20 kilómetros de distancia. ¿Saben cuánto me pidió un taxista por llevarme? 100.000 rupias (10 dólares). ¿Saben cuánto pagué por el periplo de barco-colectivo-ferry-colectivo? 200.000 rupias (20 dólares) (ahí tienen la inflación: en Bali el minuto de viaje cuesta mucho más).

Obviamente lo mandé a freír bananas (qué rico).

Cuando vio que me iba, me gritó de lejos con desesperación: “Miss miss, 60.000, 60.000 rp!” (segundo fenómeno: fluctuación ilógica de precios).

Me subí al transporte local, en el que por supuesto también me cobraron de más, aunque a una escala mucho menor, por más de que me perjuraron que estaba pagando “local price” (dos dólares) y llegué a Ubud dos horas después.

Sí, DOS HORAS para hacer 20 kilómetros.

Primero porque tuve que esperar a que la combi se llenara, segundo porque frenamos en cada esquina, tercero porque en el camino tuvimos que esquivar motos y peatones por doquier y cuarto porque tuve que hacer trasbordo a otra combi y pasar por el mismo operativo.

Pero es el precio de llegar a un lugar tan turístico: si pagás más, viajás bien, sino…

Señoras y señores, llegué a un lugar Best-Seller.

Un lugar que, además de generarme enojo me genera muchas reflexiones.

No estoy enojada con Bali, estoy enojada con Bali El Destino Turístico.

Siento que, por más que quiera, me va a ser imposible conocer esta isla a fondo, ver el lado más genuino y real de la gente y de su riquísima cultura. Porque la cultura está, Bali no es un mito, es un lugar con tradiciones milenarias y fascinantes, una isla hinduísta en medio de un país de mayoría musulmana, un lugar que desborda arte, música y rituales.

Pero me pregunto cuánto de lo que se muestra al turista es real y cuánto es solamente un espectáculo pre-armado que se repite incesantemente sin ningún tipo de significado profundo más que darle a la gente lo que vino a ver.

Quisiera atravesar la máscara de los balineses, dejar de ser vista como “un cajero automático andante” y entrar en verdadero contacto con la cultura local. Pero es muy difícil: no voy a lograrlo en estos seis días y creo que tampoco lo lograría en dos semanas, tal vez ni siquiera en un mes.

Me da bronca que el turismo prostituya tanto un lugar, que por ser turista/viajero todo cueste cinco veces más (y que no exista diferenciación entre turista y viajero), que los grandes negocios y restaurantes estén manejados por extranjeros, que respirar cueste tan caro, que el regateo sea una mentira, que los tours por “The Real Bali” sean también un espectáculo pre-armado, sólo que un poco más caros.

Pero estar en un lugar tan turístico (que justo resulta ser Bali, pero que bien podría ser Cancún o Hawai o Aspen o…), me hace pensar otra vez en que existen diferentes maneras de viajar y que si bien todas son más que respetables, yo ya sé cuál elegí y con cuál me siento más cómoda.

Se puede viajar como un verdadero turista, ir a resorts all-inclusive, comer platos típicos por cincuenta dólares y ver el lugar a través de la ventana de un colectivo, o se puede salir del circuito y viajar como un local.

Y en medio de estos dos extremos, obviamente existen los matices.

Estar acá también me ayuda a darle forma a la respuesta a una de las preguntas más recurrentes que recibo (y que me hago a mí misma): ¿Por qué viajás? ¿Qué buscás en tus viajes?

Sé lo que NO busco: no viajo en busca de fiesta, no viajo en busca de playa (solamente de vez en cuando, cuando tengo calor), no viajo en busca de deportes extremos, no viajo en busca de destinos populares, no viajo en busca de turistas.

Viajo en busca de cultura, viajo en busca de arte (de todo tipo), viajo en busca de paisajes que me atrapen, viajo en busca de lugares mágicos (subjetivamente mágicos) y viajo en busca de un contacto con personas que viven muy lejos de mi realidad cotidiana.

Viajo para ver el mundo con mis propios ojos.

Y pobre Bali, no tiene la culpa de estar tan promocionado…

Para hacer justicia, en la parte dos hablaré de Bali desde otro punto de vista, daré la otra cara de la moneda. Porque si existe un circuito turístico, eso quiere decir que también existe un “no-circuito turístico”, y aunque acá sea más difícil encontrarlo, trataré aunque sea de espiarlo por un rato.

Es que estar en Bali es como enamorarte de alguien que no te da bola: podés mirarlo todo lo que quieras, podés hablarle, podés interactuar, pero siempre habrá una pared que te impedirá conocer lo más profundo de esa otra persona.

Y lo peor es cuando sabés que debajo de la superficie hay mucho más de lo que podés ver.

Actualización: algunos años después… ¡volví a Bali! La importancia de una segunda oportunidad…

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