Rosario en movimiento

Recibí la pregunta tantas veces a lo largo de mi vida que ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que repetí la misma frase. ¡¿Cómo que no conocés Rosario?!, me dijeron una y otra vez amigos, conocidos y familiares. Y ante su mirada incrédula siempre respondí lo mismo: No, nunca fui… Fito tiene razón: Rosario siempre estuvo cerca (de Buenos Aires, a poco más de 300 km) pero yo, quién sabe por qué, nunca me digné a visitarla. La culpa inicial (si es que existe algo así) claramente la tiene mi mamá, que nunca me llevó cuando era chica. Ella, encima, fue a Rosario después de tenerme a mí (no sé si una o varias veces, tampoco sé si quiero saber), pero por alguna razón no me llevó. Qué atrevida. Ya se lo reproché el otro día: ¡¿por qué nunca me llevaste a Rosario?! Probablemente no era el momento.

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A lo largo de mi vida Rosario estuvo ahí, donde siempre, viviendo su propia existencia (al igual que cualquier otra ciudad del mundo, ya sea Delhi, ya sea París, ya sea Atenas, que no haya sido la mía). Eso es algo que me impresiona: lo de saber que en este mismo momento hay miles de ciudades viviendo su propia vida, alejadas de mi mirada (la película Baraka representa muy bien este sentimiento). Mientras yo estoy acá en Buenos Aires, en otro lugar llamado Kabul o Madrid o Santo Domingo pasan cosas, la gente camina, cocina, trabaja, se enamora, llora, ríe, muere, mata. Y todo ese movimiento y vida previa es lo que me hace sentir que viajar a una ciudad nueva es como llegar al cine cuando la película ya empezó. Durante esos primeros minutos en los que me enfrento a la historia por la mitad tengo que inferir (o preguntar en voz baja) qué fue lo que pasó antes de que yo apareciera por ahí. Mientras yo estoy quieta las ciudades se mueven, y eso es lo que hizo Rosario durante los 27 años en que no la visité. Se movió en todas las direcciones.

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Que no nos hayamos conocido en persona hasta hace poco no quiere decir que no me hayan hablado de ella a lo largo de los años. Rosario siempre estuvo presente en mis conversaciones. Tengo varios amigos y conocidos de Rosario. Tengo amigas que se fueron allá a estudiar o a festejar despedidas de soltera. Tengo lectores rosarinos. Creo que todos los argentinos que conozco se fueron a pasar aunque sea un fin de semana a Rosario alguna vez en su vida. Rosario es la ciudad natal de Messi, de Olmedo, de Antonio Berni, de Fontanarrosa, del Che Guevara, de Fito Páez y de tantos otros. Cuántas veces me dijeron: “Tenés que ir a Rosario, está tan linda, hay tanto para hacer…”. Y yo siempre pensaba: “Sí, ya iré, cuando sea el momento”. Pero el momento no llegaba y yo tampoco quería forzarlo. Sabía que Rosario me iba a avisar, ella iba a dejarme un mensaje en el contestador diciéndome: Che… ¿por qué no te venís? Y yo iría.

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[singlepic id=6858 w=625 float=center] Todas las fotos de este post son de Rosario. Esta es de un sector del Monumento a la Bandera

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Ese mensaje finalmente apareció una tarde de enero, en forma de email. La que me escribió en nombre de Rosario fue Yamile, la asesora turística de la Cooperativa Encuentro, una comunidad conformada por 22 mujeres artesanas de Rosario y de Villa Constitución. Yamile me invitaba a conocer, junto a otros viajeros, el trabajo de la Cooperativa y uno de sus últimos proyectos: la Posada Los Soles, una casa antigua restaurada, manejada por la Cooperativa bajo los preceptos del turismo comunitario y responsable. Me pareció interesante entrar en contacto con un grupo de gente que justamente buscara crear una movida de turismo alternativo en la ciudad así que acepté. El momento por fin había llegado, Rosario y yo cara a cara ya era un hecho inminente.

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[singlepic id=6896 h=625 float=center] Nidia y Marta son dos de las mujeres que forman parte de la Cooperativa Encuentro.

[singlepic id=6885 w=625 float=center] Nos recibieron en Villa Constitución con el desayuno y muchas historias.

Lo primero que sentí al llegar fue, como dije antes, que había entrado a la sala de cine con la película empezada. En Rosario pasaron muchas cosas de las que no estoy enterada. Es una ciudad que cambió mucho, aunque de qué formas aún no lo sé. Yo la conocí de cara al río, sin embargo varios me aseguraron que durante mucho tiempo le dio la espalda. Conocí el después de Pichincha, aquel barrio que fue famoso por sus prostíbulos y su ambiente. Llegué al bar El Cairo cuando Fontanarrosa ya no estaba. Encontré muchísimos mensajes escritos en las paredes, mensajes que hacían referencia a eventos pasados que todos conocían menos yo. Al igual que en Barcelona, en Rosario encontré un cadáver exquisito plasmado en todas las paredes de la ciudad: “Mi corazón sangra utopías… por vos”, “¡Basta!”, “Si te cela no te quiere”, “Movimiento anti mala onda”, “8N yo voy al Monumento”, “El capitalismo es inhumano”, “Ni botas ni votos”, “Todos flotan”… Encontré stencils y graffitis de bicicletas y hormigas en las paredes, haciendo referencia (me enteré después) a los 350 estudiantes rosarinos desaparecidos durante la Dictadura y a Pocho Lepratti, un militante social asesinado por la Policía de Santa Fé en el 2001 (pueden leer su historia y conocer el “trabajo de hormiga” que realizaba en los barrios humildes de Rosario acá).

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Mi sensación fue que había llegado tarde a muchas cosas y temprano a otras. Sentía que Rosario había vivido, se había movido mucho, y que aún le quedaba mucho camino por recorrer. Y a la que aún le faltaba moverse mucho por Rosario era a mí.

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Durante los primeros días, más que conocerla por tierra la conocí por agua. Gracias a las mujeres de la Cooperativa tuvimos la oportunidad de navegar por el Paraná en velero. Mientras agarraba el timón —porque me dejaron timonear un rato— recordé aquel cruce en barco de Colombia a Panamá, uno de los mejores viajes en barco de mi vida, y sentí esa libertad que solamente puede darme la brisa de mar o de río sobre la cubierta de un barco. Sentí ganas, otra vez, de salir a dar la vuelta al mundo en barco. Cuando me zambullí en el Paraná me acordé de todos los fines de semana que pasé en el Tigre, nadando en ese mismo río. Si de chica se me hubiese dado por construir una balsa y escapar, tal vez hubiese llegado a Rosario por río. Pero nunca se me ocurrió. Me sorprendía, ahora, ver ese mismo río que yo siempre relacioné con el Tigre, con mi infancia, con mis salidas en canoa y en barquito inflable, con toda una ciudad de fondo. El Paraná, para mí, siempre había sido el Paraná de las Palmas y había estado a pocos metros de mi casita del Delta, con muchos árboles y mucha nada a su alrededor. Verlo anexado a una ciudad era algo totalmente nuevo y me hacía pensar en lo lindo debía ser tener la naturaleza a tan pocos pasos de la cama, todos los días y no solamente los fines de semana…

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Los cuatro días en Rosario fueron una sobredosis de estímulos. Nadé en el río. Caminé por algunos de sus barrios. Vi sus cúpulas. Admiré su arquitectura. Aunque si bien vi e hice bastante, no puedo decir que ahora sí la conozca. Me falta mucho para eso. Digamos que en este primer viaje la miré de cerca, recorrí sus contornos —el río, algunas avenidas— pero todavía no me sumergí demasiado en ella. Siento que es una ciudad en la que hay que vivir para poder decir que se la conoce. Este viaje fue el principio de una conversación que, espero, durará años. Yo, por mi parte, le hablé bastante de mí. Durante uno de los días del viaje, junto con los chicos de Magia en el Camino y los Acróbatas en el Camino (y gracias a la enorme ayuda de las mujeres de la Cooperativa Encuentro) hicimos un evento multiartístico titulado Rosario Nómada: seis viajeros, un mundo. Presentamos una exposición conjunta de fotos, hicimos burbujas y magia y dimos tres charlas, una por pareja, contando nuestra historia. Al menos en mi caso, siento que esa fue mi manera de contarle a Rosario todo lo que estuve haciendo, todo lo que me moví, antes de conocerla.

[singlepic id=6898 h=625 float=center] Burbujas

[singlepic id=6901 w=625 float=center] Fotos

[singlepic id=6902 h=625 float=center] Puestito

Foto: Demian

El evento.

[singlepic id=6930 w=625 float=center] El frente de la Posada Los Soles, donde dormimos y realizamos el evento viajero

diariolacapital

Incluso salimos en el Diario La Capital de Rosario (¡y fuimos la noticia más leída!)

Uno de los mejores momentos que me llevo de Rosario, sin embargo, ocurrió hace unos días, cuando Damián y yo volvíamos en colectivo a Buenos Aires desde la provincia de Córdoba. Habíamos tomado el bus nocturno desde Villa Carlos Paz y, si todo salía bien, teníamos que estar en Buenos Aires a eso de las 8 de la mañana del día siguiente (el trayecto habitual es de unas 4 horas hasta Rosario y otras 4 horas hasta Buenos Aires). Pero algo pasó. En algún momento de la mañana el conductor nos despertó a todos para avisarnos que teníamos que cambiar de colectivo. Estábamos estacionados en un lugar que parecía ser un taller de reparación de ómnibus de larga distancia, así que nos bajamos obedientemente y cambiamos de vehículo. Escuché que alguien preguntaba “¿dónde estamos?”, pero la respuesta me la tapó un bocinazo inoportuno. Me senté contra la ventana y, mientras el colectivo se movía, miré hacia afuera y empecé a sacar conclusiones. No tenía idea ni dónde estábamos ni qué hora era. Sólo sabía que estábamos atravesando una ciudad para, seguramente, salir a la ruta. Desde mi ventana vi que la gente del lugar estaba empezando el día: algunos barrían la veredas, otros esperaban el colectivo, otros caminaban con sus maletines y carteras rumbo al trabajo. Bien, eso quería decir que serían aproximadamente las 7 u 8 de la mañana, horario en el que en teoría debíamos estar en Buenos Aires. Pero aquella ciudad que veía por la ventana no era Buenos Aires. ¿Dónde estábamos?

[singlepic id=6931 h=625 float=center] Pongo estas fotos a modo ilustrativo, ya que estaba tan dormida y sorprendida que ni siquiera se me ocurrió sacar una foto desde la ventana del colectivo…

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Al principio pensé que estábamos atravesando alguna gran ciudad de la Provincia de Buenos Aires, ¿pero cuál? El lugar me llamaba mucho la atención: las calles eran anchas, había ciclovías, casas muy lindas, mucha vida urbana. El juego de adivinar en qué lugar de Argentina estábamos me empezó a divertir. Busqué pistas en los carteles de los negocios, en los nombres de las calles: tal vez en algún cartel diría de qué localidad se trataba. Pero nada. La sensación era rarísima: realmente no tenía ni idea en qué lugar del mapa estábamos. Leí el nombre de una calle —Bv. Avellaneda— y decidí recordarlo para googlearlo más tarde. Todavía no me avivaba. Tampoco me avivé cuando vi el cartel verde que decía: “Buenos Aires 304 km, Santa Fé 173 km, San Lorenzo 29 km”. Nada. Ya hacía por lo menos 25 minutos que estábamos atravesando la ciudad desconocida y yo estaba disfrutando del city tour misterioso sin tener idea de dónde estaba. Seguía muy dormida. Al rato vi una bandera que decía “… por primera veS en Rosario…” y caí. Cuando agarramos Bv. Oroño todo me cerró. El colectivo se había atrasado cuatro horas y había tenido que hacer una parada técnica en el taller. El por qué no me importaba demasiado, lo que me importaba era la casualidad de lo que había sucedido: habíamos atravesado un camino que estaba fuera de nuestros planes y, gracias a eso, una ciudad desconocida había entrado por mi ventana y me había intrigado muchísimo. Y resultó ser que esa ciudad por la que me moví aquella mañana, medio dormida medio despierta, fue la mismísima Rosario.

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[box border=”full”]Gracias a las mujeres de la Cooperativa Encuentro por invitarnos a Rosario y por permitirnos conocer y ser parte de sus proyectos. Gracias también a todos los que fueron al evento “Rosario Nómada”. Esperamos repetir en algún momento en Buenos Aires.

La Posada Los Soles está ubicada en Corrientes 474, a tres cuadras del río, y es una buena opción de alojamiento en el centro de Rosario. Tiene cinco habitaciones, una sala de estar y una cocina-comedor. Pueden encontrarla en Facebook.

Para saber más acerca de la historia de la Cooperativa Encuentro, les recomiendo el post de Magia en el Camino: “Sacarte el delantal y ponerte los tacos”

En la segunda parte de esta entrega, burbujas y fotocharcos en Rosario. [/box]

puente (Lisandro me dio la mano)

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En algún lugar de la provincia argentina de San Juan vive un nene llamado Lisandro. Lo conocí hace dos semanas, cuando la combi en la que viajábamos frenó frente a su casa y él se asomó por la puerta con curiosidad. Estaba entretenido con una manivela y se quedó parado, mirándonos, con su juguete en la mano. Me bajé de la combi y mientras caminaba hacia él su mamá salió de la casa, lo alzó en brazos y me saludó amablemente. Me acerqué a ellos, les sonreí y Lisandro me agarró la mano. Duró pocos segundos, pero ocurrió: Lisandro, un nene que vive en algún lugar de San Juan, estiró su brazo y agarró mi mano. Después de eso me fui y nunca más nos volvimos a ver. ¿Lisandro se acordará, de acá a varios años, que cuando era chico le dio la mano a una desconocida que estaba de paso por su pueblo? ¿Ese pequeño gesto de contacto humano cambiará en algo su vida? Probablemente no de manera consciente.

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Cuando los miré de frente, a él y a su mamá, estuve muy tentada de sacarles una foto. Tenía la cámara colgada en el cuello y estaba a un “permiso” del disparo, pero no lo hice. Preferí llevarme la imagen en la retina y no en la cámara, preferí no poner un aparato en medio de nuestro pequeño gesto, preferí ser la única en tener la fotografía mental de ese momento, preferí mirar sin disparar. Me pareció lo más sincero. Para algunos puedo haberme perdido una gran foto; yo, en cambio, siento que gané un recuerdo. Sacar fotos es algo que me encanta, pero muchas veces necesito ponerme un freno y dejar que la imagen quede guardada solamente en mi memoria y no en una memoria SD.

Cuanto más viajo más lo compruebo: lo lindo de moverse por el mundo es entrar en contacto con su gente, es conocer a aquellos que habitan cada paisaje. Sería muy triste dar la vuelta al mundo y no encontrar más que escenarios vacíos, sería poco reconfortante llegar a pueblos y ciudades llenos de gente pero desprovistos de contacto humano. Lo que más me llena de viajar es conocer a toda esa gente que habita en cada milímetro del planisferio y ser capaz de encontrar puntos en común, ser capaz de tender puentes con y hacia ellos. Esos puentes que tendemos al viajar pueden estar construidos con palabras (charlas), con gestos (cuando el lenguaje no sirve), con sonrisas (ese idioma universal), con sentimientos o con algo tan simple como dos manos que se agarran. Seguramente Lisandro no recordará que formó un pequeño y adorable puente conmigo, pero estoy segura de que ese gesto quedará guardado en el inconsciente de ambos y nos impulsará a seguir tendiendo puentes con todas las personas que pasan por nuestro camino. Al fin y al cabo de eso se trata viajar/vivir, ¿no?

[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) y fue el primer viaje de prensa para bloggers realizado por un ente gubernamental de Argentina. [/box]

De cabotaje

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Nunca me gustó mucho viajar en avión. No es que me dé miedo volar (ACTUALIZACIÓN 2014: me aterroriza volar), lo que no me gusta es el cambio abrupto y acelerado del paisaje. Te subís a un avión en un clima tropical —por ejemplo— y unas pocas horas después estás en medio del desierto (o de la selva, o de la ciudad, o de las montañas). ¿Y qué pasó entremedio? ¿Cómo fue mutando la geografía? ¿Cómo fueron variando los colores? Ni idea. Mientras vos mirabas The Big Bang Theory en la pantallita de tu asiento, el avión recorrió miles de kilómetros y vos te perdiste el camino. El avión es ideal para llegar rápido de un punto a otro del planeta, pero si hay algo que se saltea es la ruta, todo eso que hay entre el lugar de partida y el destino. Por eso me gusta tanto viajar en colectivo, en tren, en barco o en cualquier medio de transporte que vaya por tierra.

[singlepic id=6018 w=800 float=center] En el avión te perdés, por ejemplo, esto.

Este vuelo, particularmente, fue raro. Para empezar, casi lo pierdo. Me distraje charlando con mis compañeros de blogtrip y cuando escuché que por el altoparlante le decían a un tal Pasajero Villalba que ese era el último llamado para el vuelo a San Juan pensé, “¡Ah! ¡Hay otro Villalba en el vuelo!”, seguido de “¡Me llaman a mí! ¡A correr a la puerta de embarque que perdemos el avión!”. Eran las 5 de la mañana, a esa hora mi cabeza no funciona… además estoy acostumbrada a viajar en colectivo por Argentina y no en avión (por lo que supuse que si el vuelo salía a las 5.40, con estar a las 5.35 estaba bien)… Pero el vuelo fue raro, más que nada, porque el avión despegó de Aeroparque (el aeropuerto doméstico de Buenos Aires, ubicado en medio de la ciudad) y no de Ezeiza (el aeropuerto internacional, ubicado en el Gran Buenos Aires, en las afueras de la capital) y me permitió ver Buenos Aires, todavía de noche, iluminada por los faroles. Parecía una constelación gigante, un Join the dots formado por puntitos amarillos sobre una enorme hoja negra. Qué pedazo de ciudad, qué urbe monstruosamente grande, pensé mientras la miraba con un poco de amor y un poco de saturación (cansa, Buenos Aires cansa). Y el vuelo fue raro, también, porque cuando aterrizó no me dejó en otro país sino en otra parte de Argentina, y hacía mucho (por lo menos 10 años) que no me tomaba un avión para volar a otra provincia de mi país.

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Así que mientras yo miraba videos de Peter Capusotto —no se puede pedir nada mejor como entretenimiento en un vuelo—, el paisaje bajo mis pies cambiaba a toda velocidad cual película puesta en Fast-Forward: de húmedo a árido, de ciudad a campo, de chato a montañoso, de vorágine a lentitud. Una hora y cuarenta minutos después aterrizamos en la ciudad de San Juan, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en la región de Cuyo, en el centro oeste del país. Cinco minutos después empecé a sentir los labios y el pelo reseco: aunque mis ojos no lo hubiesen visto, mi cuerpo me estaba diciendo que sí, que efectivamente habíamos cambiado de ubicación y que estábamos en una de las zonas más áridas de Argentina. El clima de San Juan es algo que se siente en la piel.

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Por qué San Juan, se estarán preguntando. En realidad la elección del destino no fue mía sino de Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) que me invitó junto a otros cinco bloggers a recorrer esta provincia del país. Un paréntesis: este fue, y lo digo con orgullo por haber participado, el primer blogtrip (viaje de prensa para bloggers) de Argentina realizado por un ente gubernamental, ¡un gran paso! Lo lindo de amar los viajes es que cualquier destino me viene bien: van a ver, pregúntenme si hay algún lugar al que no iría, seguro que adivinan la respuesta. Para mí, cualquier lugar fuera de Buenos Aires ya es un viaje (a veces, incluso, Buenos Aires se convierte en un viaje en sí). Así que cuando nos propusieron ir a San Juan, yo feliz. Viajando por ahí inaugura su Versión Cabotaje.

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Ahora que lo pienso, el vuelo fue raro y el viaje en sí también fue raro. Me explico. A lo largo de mi vida viajé por Argentina principalmente con mi familia (a destinos típicos como Iguazú, Calafate, Ushuaia, Mar del Plata, Córdoba, Entre Ríos y a otras partes del país a visitar familia) y con amigos (a otros destinos típicos también: Bariloche, Salta, Jujuy, Pinamar, Puerto Madryn, Gualeguaychú…). Pero desde que empecé a viajar VIAJAR, así como me gusta a mí (de manera independiente, como escritora, con mochila y en busca de la hospitalidad del ser humano), no hice ningún viaje por el interior del país. Me fui primero hacia otros rumbos, diciendo eso que decimos todos los viajeros acerca de nuestro país de origen: “Puedo viajar por mi país en cualquier momento, ya que siempre estará ahí”. Si bien no estoy de acuerdo en eso de que primero hay que recorrer el país de uno y después salir a conocer el resto del mundo (yo no elegí nacer en Argentina ni tampoco creo demasiado en fronteras ni banderas), tengo que aceptar que viajar por el propio país —y descubrir que hay una hospitalidad que habla el mismo idioma que nosotros— tiene otro sabor. Y como condimento extra, viajar por Argentina con bloggers argentinos fue una grata y divertidísima experiencia (como decíamos nosotros, este blogtrip se convirtió en un intento de Bloggeando por un Sueño).

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[singlepic id=6028 w=800 float=center] El equipo blogger y sanjuaninos que nos recibieron por allá

[singlepic id=6013 w=800 float=center] El elenco de Bloggeando por un Sueño

Los tres días del viaje parecieron tres semanas: vimos tanto en tan poco tiempo que todavía estoy deshilachando recuerdos. Visitamos Jáchal, sus calles de tierra y sus molinos; le dedicamos un día al Parque Nacional Ischigualasto, su Valle de la Luna y sus piedras-submarino; le agradecimos a la Difunta Correa e hicimos trekking en Ullum. Pero todo eso lo contaré en un post fotográfico. Ahora lo que tengo en mi cabeza es otra cosa.

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Durante todo el viaje tuve la sensación de estar mirando dos programas a la vez: por un lado el que tenía enfrente, en vivo y en directo (San Juan) y por otro el que pasaba constantemente por mi cabeza (y en el que me imaginaba qué estaría ocurriendo en Buenos Aires en el mismo momento). Si supiera hacer videos, en este momento ustedes le estarían dando Play y estarían viendo algo así: imágenes aceleradas de Buenos Aires, mucha gente cruzando la calle, subtes llenos, velocidad velocidad velocidad, filas de colectivos con barrabravas yendo a algún estadio, protestas cortes piquetes manifestaciones, gente gente gente, ruido, gritos, bocinas, lluvia, tormenta, inundaciones, mucha lluvia… intercaladas de tanto en tanto con imágenes de paisajes amplios y vacíos, campos inmensos, vacas y caballos, asados a la orilla del río, gente alrededor de un fogón y de una guitarra, lentitud, pueblos vacíos durante el horario de la siesta, perros durmiendo al sol, pan recién hecho, personas en bicicleta por rutas de tierra, aridez, mucha aridez…

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Viajar es lo más lindo del mundo, pero estoy convencida de que los viajeros necesitamos un psicólogo aparte. Este año, por ejemplo, inauguré los viajes cortos y tuve que adaptar mi cabeza a un “Ahora estás viajando – Ahora no” constante (y mucho más acelerado que de costumbre). Y en este viaje me pasó algo digno de ser analizado. Íbamos en la combi rumbo a algún destino de San Juan escuchando música. Calle 13, Manu Chao, Orishas (música muy “latina” que me recordaba mucho a mi viaje por América latina)… de repente: tema de los Fabulosos Cadillacs, “Demasiada presión”. Inmediatamente por mi cabeza pasó el siguiente pensamiento: “¡Acá también se escuchan los Fabulosos!”, seguido de un “Ah no, pará, SI ESTOY EN ARGENTINA”. :D

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[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) y fue el primer viaje de prensa para bloggers realizado por un ente gubernamental de Argentina. [/box]

post piñata (1)

De una piñata puede salir cualquier cosa. Todo depende de quién la haya armado y a quién esté dirigida. No es lo mismo una piñata de un cumpleaños infantil que una piñata de una despedida de solteros.

Los que me leen hace tiempo y están atentos recordarán (?) que usé la palabra piñata en algún post escrito desde Asia, cuando confesé que uno de mis mayores deseos al regresar a Buenos Aires era que me recibieran con una piñata repleta de alfajores, chocotortas y milanesas. Pero este no será un post de comida, les aviso.

Lo bueno de la piñata es que da para todo. Es una palabra que puede abarcar cualquier cosa. Así que con este post inauguró los “posts-piñata”, posteos en los que hablaré de todo un poco y de nada en particular. Posts de cositas sueltas que no se dónde meter. Así que los invito a romper esta primera piñata y ver qué sale.

(¿Pueden creer que no tengo ni una foto de una piñata? Se las debo.)

* Sobrevolé Londres

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Cuando volvía de República Checa a Buenos Aires tuve un regalo lindísimo e inesperado: sobrevolé gran parte de la ciudad de Londres (hice una escala de cuatro horas en el aeropuerto). Vi todo desde el cielo: el río, los puentes, la “rueda de la fortuna”, el Palacio de Buckingham, el Big Ben, las casitas, las avenidas, las autopistas. Y mi corazón beatlemaníaco se estrujó un poquito. Casi pido un paracaídas para tirarme del avión.

En el aeropuerto tuve un breve diálogo con un inglés que me vendió un yogur y déjenme decirles que hablan igual que en las películas. XD

—Hi ma’am, are you flying samuarnai (?) today?

—What? Sorry I don’t understand…

—Are you flying samuarnai?

—Where?

—Where are you flying to?

—Ohh, Argentina.

—Back home?

—Yes.

—I see. Did you visit London?

—No, I wish… I came from Prague.

—Rumania?

—No, Czech Republic.

—Oh right, I don’t know why I said Prague… (y ahí dijo algo inentendible usando las palabras “rather”, “fancy”, “fantastic” y “as a matter of fact”). Ok, have a safe trip! Bye bye!

Recién cuando me despedí entendí que samuarnai quería decir “somewhere nice”. Je.

***

* Soñé que me iba a Alaska

Soñé que hacía Couchsurfing en Alaska, en la casa de una señora de 91 años y su hija. En el techo había una cúpula transparente que permitía ver el cielo, y las estrellas se movían rapidísimo. “Esto es Alaska”, me decían. Salíamos de la casa y empezaba a nevar, pero no hacía frío.

(Sueño con, algún día, unir Ushuaia y Alaska por tierra. Sueño con unir todo el mundo por tierra, para qué mentirles!)

[singlepic id=5984 w=625 h= float=center] Las fotos también salieron de la piñata y no tienen que ver con nada. En esta: árbol coqueto (1)

[singlepic id=5985 h=625 float=center] y árbol coqueto (2)

***

* Aprendí a hacer cuadernos artesanales

Empecé un curso de encuadernación artesanal y me encanta. Imagínense, con lo que me gustan los cuadernos, ahora que los sé hacer voy a estar como loca fabricando! ¿Tal vez un día se vengan los cuadernos de Viajando por ahí? Puede ser, por qué no…

[singlepic id=5988 w=625 h= float=center] Mi jardin preferido.

* Empecé a escribir mi libro (oficialmente)

Empecé, por fin, mi libro. Lo empecé en un aeropuerto, buen lugar para inspirarse. En realidad no lo empecé de cero, sino que considero que gran parte del material ya está plasmado acá, en este blog. Lo que estoy haciendo ahora es seleccionando, reescribiendo, uniendo… Le estoy dando un sentido más global a todos mis relatos. Estoy muy feliz con este proyecto porque es algo que siento verdaderamente mío. Decidí, además, que para empezar voy a hacer la publicación de manera independiente y artesanal. Quiero hacerlo por mi cuenta, quiero armarlo con mis propias manos, quiero hacer libros a pedido, con toques míos, con detalles únicos. Y una vez que lo tenga listo (de acá a unos meses) quiero irme de gira (ya diré por dónde) y venderlo en la ruta. ¿Qué opinan? Es algo que me hace muchísima ilusión…

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* Hoy presentamos: La vida de una burbuja

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* Próximo destino

Y por último, como última cosita que sale de este post-piñata, les cuento que mañana me voy de blogtrip (viaje de prensa para bloggers) a la provincia argentina de San Juan junto a un grupo de bloggers de viaje argentinos, invitados por el Ministerio de Turismo de La Nación. Después de varios meses de tratativas, por fin se concretó: Viajá por tu país nos invitó al que será el primero de muchos viajes por el interior de Argentina. El itinerario, por lo que vimos, es muy prometedor. Podrán seguir el viaje por el blog y también por las cuentas de facebook y twitter de Viajando por ahí.

Llenando la incógnita: Cosas que te pueden pasar si viajás a República Checa

“Espero que hayas podido llenar un poco la incógnita que era este país para tí”, me dice Vitek mientras conduce el coche por una ruta campestre, y agrega: “Eso es lo bonito de viajar”. Me lo dice así, en castellano, y se ríe. Si bien es checo, Vitek vivió dos años en Argentina (aunque era muy pequeño y casi no tiene recuerdos) y siete años en México. Él es mi guía durante mis dos últimos días en su país, y no sólo habla perfecto español, sino que parece saber absolutamente todo acerca de República Checa.

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[singlepic id=5921 w=800 float=center] El recuerdo de México que Vitek lleva en su auto a todos lados

Apenas salimos de Praga la ruta queda rodeada de verde. Tenemos unas tres horas de viaje por delante: Český Krumlov, el pueblo que vamos a visitar, está a unos 180 km de la capital. Vamos charlando sin parar: después de una semana hablando y pensando en inglés, un respiro de castellano no viene nada mal. Soy una catarata de preguntas. ¿Quién construyó ese edificio loco?, le pregunto todavía en Praga, cuando pasamos frente a la “Casa Danzante”. Vlado Milunić, un arquitecto croata-checo, junto con Frank Gehry, un arquitecto canadiense-estadounidense. Ah, ¿y todos esos lagos que se ven en la ruta son de verdad? No, la mayoría son lagos artificiales, creados por el hombre desde el siglo 16 para poder criar carpas; como el país no tiene salida al mar y se necesitaba tener peces para comer durante la Cuaresma y la Nochebuena, se crearon miles de lagos… ¿Cuál es el destino típico de los checos para irse de vacaciones? Supongo que a un lugar con mar, ¿no? Lo más común es viajar a Croacia, a Italia, a la Costa Brava de España, a las Islas Canarias… ¿Y acá en invierno hace mucho frío? Debe ser mágico ver todo nevado… En invierno la temperatura puede bajar hasta 20 grados bajo cero, aunque generalmente se mantiene entre los −5 y los 5ºC, cuando llega a −20ºC decimos que son “las heladas del Kremlin”.

[singlepic id=5953 w=800 float=center]  Manzanas en un camión

[singlepic id=5922 w=800 float=center] El pueblito al que nos dirigimos

Voy saltando de pregunta en pregunta, cambiando de tema constantemente, dejando que una historia me lleve a la otra. Pero no puedo parar de preguntar. Por mi manera de viajar, es muy raro que visite lugares con un guía, así que aprovecho sus conocimientos a más no poder. Mientras él me cuenta cosas, yo tomo nota en mi cuaderno. Vitek me habla de Kafka y de Kundera, del Socialismo con rostro humano y la Primavera de Praga, de la separación de “Chekia” y Slovakia. Él también me hace preguntas a mí: ¿Sabes de dónde surgió el término “bohemio”? Mmmm no, ¿de dónde? Y me cuenta. En resumen: el pueblo romani (o gitano) se trasladó a Europa desde el subcontinente indio a partir del siglo 11; sus habitantes se instalaron en distintos países del continente, entre ellos el antiguo Reino de Bohemia (región histórica que hoy forma parte de la República Checa), y llegaron a Francia alrededor del siglo 15. Como se creía que habían llegado desde Bohemia, se los llamó “bohemios”, y luego el término comenzó a utilizarse en la literatura francesa del siglo 20 para referirse a aquellos artistas que tenían un modo de vida no ortodoxo, más abierto y más libre. Interesante. ¿Tu nombre es húngaro, no?, me pregunta Vitek, y yo le respondo con muchísima alegría que sí (¡por fin alguien que no me pregunta si mi nombre es japonés!). Tengo una amiga que se llama Aniko, me dice. Yo pienso, feliz: ¡cuando viaje a Hungría seré una Aniko más del montón!

[singlepic id=5940 w=800 float=center]  Cosas bizarras encontradas por ahí…

Le pido a Vitek que me recomiende escritores, pintores, músicos y directores de cine checos. Él me va dictando nombres (nombres que todavía son una incógnita para mí, hasta que poco a poco, con el tiempo, los vaya llenando de contenido): Toyen, Emil Filla, Antonin Dvorak, Bedrich Smetana, Gustav Malev, David Černý (¡a ese sí lo conozco! vi varias de sus obras en las calles de Praga), Radůza, Neočekávaný dýchánek… Me recomienda que mire películas como Babileto, Zelary, Jizda y Nuda v Bnre (si alguien las vio, escucho comentarios).

 [singlepic id=5911 h=800 float=center] Visitamos también la casa-museo-taller de Josef Seidel, un fotógrafo checo  

Durante el primero de nuestros dos días de road trip visitamos Český Krumlov, un pueblito medieval ubicado sobre el río Vltava, en el sur de Bohemia (Bohemia y Moravia son las dos regiones históricas de República Checa, y en este viaje me tocó conocer Bohemia). Como vine al país con pase de prensa tengo acceso libre a todo (¡qué lindo! ¿cuándo saldrá un Pase Oficial de Blogger que valga tanto como el de prensa tradicional?). Mientras caminamos por las calles empedradas del centro histórico (que es bastante turístico, por cierto), Vitek me sigue contando historias acerca de su país. Así me entero que el hockey sobre hielo y el canotaje son dos de los deportes más practicados, que este pueblito formó parte de la ruta de la sal y hoy es Patrimonio de la Humanidad, que las marionetas son un arte y forma de entretenimiento muy antiguo del país y que el Hombre de agua es uno de los personajes clásicos de los cuentos y leyendas checas.

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[singlepic id=5918 h=800 float=center]  Subí a esa torre…

[singlepic id=5919 w=800 float=center]  … y vi algo así

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[singlepic id=5924 w=800 float=center]   Y más tarde vimos el pueblo desde otro ángulo (y otro y otro y otro más…)

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[singlepic id=5928 w=800 float=center]  Me fui a pasear por los jardines del castillo

[singlepic id=5929 w=800 float=center]  (me recibí de paparazzi)

[singlepic id=5930 w=800 float=center]  y sentí mucha paz…

Al día siguiente nos toca ir a Kutná Hora, una ciudad de Bohemia Central fundada en el siglo 12. Allí visitamos un lugar que recordaré como uno de los más extraños y peculiares de mi viaje: el Osario de Sedlec, una capilla católica decorada con entre 40.000 y 70.000 esqueletos humanos. Tras la Peste Negra y las Guerras Husitas del siglo 14 y 15, miles de personas fueron enterradas ahí, en el cementerio de la capilla de Sedlec. A principios del siglo 15 se construyó una iglesia gótica con una capilla que funcionaría de osario (un “osario” es un lugar destinado para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas para volver a ser enterrados más adelante) y se le encargó la exhumación de los esqueletos a un monje semi-ciego. En 1870, la familia Schwarzenberg contrató a un tallador de madera para poner los huesos desenterrados en orden, y este fue el resultado.

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[singlepic id=5964 h=800 float=center]  El escudo de los Schwarzenberg…

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El road trip con Vitek (y mi viaje por República Checa) está llegando a su fin. Mientras volvemos hacia Praga nos ponemos a hablar de viajes: él me cuenta que viajó bastante por Europa y que hace poco fue a Chile para acompañar a un grupo de turistas checos. Conoce varios países, pero el que más le impactó fue Islandia por sus paisajes. Y ahí mismo me agarra otro síndrome viajero terrible: ese en el que ya estás de viaje pero te hablan de un lugar nuevo y enseguida te ponés a soñar con viajar a ese lugar. Será que los viajeros siempre estamos pensando en el próximo viaje… En algún momento del trayecto Vitek me dice lo de “llenar la incógnita” y me parece una manera muy certera de definir eso que nos pasa al viajar. Cada país nuevo y desconocido es, para mí, una incógnita que se llena solamente al viajar: puedo leer todo al respecto antes de irme, pero solamente en la ruta soy capaz de llenar un nombre de paisajes, de caras, de momentos, de comidas. Y ahí me pongo a pensar en cómo le fui dando contenido, durante poco más de una semana, a esa imagen mental (bastante vacía) que tenía de República Checa.

 [singlepic id=5944 w=800 float=center]  Durante este viaje caminé por pueblitos checos,

[singlepic id=5915 w=800 float=center]  Probé comida típica checa…

[singlepic id=5946 w=800 float=center]  … y húngara,

[singlepic id=5947 h=800 float=center]  Encontré mercados callejeros,

[singlepic id=5949 w=800 float=center]  Entré a iglesias de todos los estilos

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[singlepic id=5912 w=800 float=center]  Vi flores como estas…

[singlepic id=5983 w=800 float=center] y hasta encontré mi Lego-sueño! :)

Y algo que aprendí es que si bien hay varias figuritas repetidas a la hora de llenar incógnitas, lo cierto es que cada cual le da sentido a ese misterio que es un país nuevo a través de sus experiencias particulares (porque cada persona vive un viaje de manera distinta). Por eso creo que si viajás a República Checa te pueden pasar ciertas cosas “predecibles” o “esperables” (como cruzar el puente Carlos, ir a ver una obra de teatro negro, entrar a un castillo, comer pato al horno, cruzarte con algún lago artificial y tomar mucha cerveza), pero también pueden pasarte muchas otras cosas que probablemente no estaban en tus planes. Y eso es lo lindo de viajar.

——

Este viaje fue posible gracias a la invitación y organización de Czech Tourism. ¡Muchas gracias!

Viajando hacia atrás en República Checa: Un diario de viaje sin fechas específicas

Es más difícil, para mí, escribir acerca de un viaje una vez que se terminó. Cuando miro hacia atrás desde mi casa (o desde ese lugar que considero de “no-viaje”) los hechos se me superponen, los nombres se me mezclan, los días se condensan y forman “un gran día de viaje”, como si todo hubiese ocurrido durante las 24 horas más largas de mi vida. Una vez que se terminó, el viaje toma otra consistencia, se convierte en algo acabado, cerrado, en una especie de pelota que puedo mirar de lejos. Mientras estoy viajando, en cambio, todavía estoy dentro de esa pelota y veo todo de cerca: cada hecho me parece algo aislado, cada día me parece único y cada experiencia es nueva. Cuando ya se terminó, soy capaz de mirar “esa pelota de hechos, días y experiencias” desde otra perspectiva y con otros ojos (y eso me recuerda a la famosa frase de Steve Jobs: “You can only connect the dots looking backwards”/“Solamente podés unir los puntos mirando hacia atrás”).

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Generalmente escribo acerca de un viaje mientras estoy en ese viaje ya que me gusta tener las ideas frescas y estar metida dentro de lo que estoy escribiendo. Por eso viajo lento: para ir conociendo de a poco y tener tiempo de escribir todas las tardes. Sin embargo, cuando escribo acerca de un viaje mucho tiempo después, logro ver todo desde otra óptica y saco conclusiones que en el momento no se me hubiesen ocurrido. Ver un viaje hacia atrás (y creo que esto se aplica a la vida) me permite entender el por qué de muchas cosas.

En este momento estoy de vuelta en Buenos Aires. Los diez días que pasé en República Checa ya me parecen lejanos, como parte de un sueño que tuve en otra vida. Sufro, como cada vez que vuelvo a esta ciudad, el Síndrome de Viajera Duplicada (eso de sentir que vivo dos existencias paralelas: la Aniko-viajera y la Aniko-quenuncajamássaliódeBuenosAires). Por suerte mis cuadernos (siempre llevo por lo menos uno por viaje) y mis fotos me demuestran que todo fue real.

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(Mapita de la primera parte de mi recorrido por República Checa)

 ***

Pequeño diario de viaje por República Checa (escrito después, pero en presente como si estuviera allá, como si cada uno de estos días estuviera ocurriendo hoy)

Al viajar poco importa qué día de la semana es, qué mes, qué número. Lo que queda en nuestro recuerdo, mucho tiempo después de terminado el viaje, no son las fechas exactas, sino los acontecimientos, las experiencias vividas. Y da lo mismo que las cosas hayan ocurrido un lunes, un jueves o un sábado. Por eso en el pequeño diario de viaje que comparto a continuación no hay fechas específicas (aunque a los curiosos les cuento que todo esto me ocurrió en el transcurso de cuatro días).

***

El día que llovió en verano

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Llueve. Teóricamente estamos en el verano europeo, pero llegué yo y se largó a llover. Viajé a República Checa emocionada porque por fin, después de más de un año de otoño/invierno continuo, iba a volver al verano. No empaqué casi nada de ropa abrigada, mucho menos un paraguas, muchísimo menos una campera de lluvia. Después de un día (uno, solo uno) caluroso en Praga, volvió la lluvia a mi vida. Y justamente volvió hoy, el día que viajamos a Most, un pueblo que se dedica a la minería de carbón. Digo “viajamos”, así en plural, porque somos varios en el equipo: una canadiense, un inglés, un ruso, un sueco, una italiana y yo. Bloggers de viajes de todas partes del mundo que fuimos invitados por Czech Tourism a recorrer algunos de los principales destinos del país.

[singlepic id=5843 w=800 h= float=center]  ¡Hay equipo!

“The devils are having a wedding” (“Los demonios están festejando un casamiento”), nos dice uno de los checos que nos acompaña en la minivan, como explicación por la lluvia. Sí, todos los demonios se pusieron de acuerdo hoy para que se cayera el cielo. Nuestro Coal Safari (o “Safari del carbón”) por Most queda medio trunco: con lluvia es difícil ver el paisaje. Sin embargo, no puedo evitar pensar: me resulta tan interesante ver cómo el hombre se adapta a las características del medio en el que vive y hace de ellas su sustento y su modo de vida. Most es una ciudad en la que casi todos tienen algo que ver con la minería, así como hay otras ciudades donde casi todos tienen que ver con otros tipos de industrias y actividades.

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Pero hoy llueve y todo se ve un poco más gris (mi mente, incluso, está nublada). Más tarde tomo una sopa de ajo y un goulash y me siento mejor. La comida siempre me hace feliz.

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El día que entendí lo importante que es la cerveza

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La primera vez que la probé (habrá sido a los 13 o 14) me pareció muy amarga, demasiado. Con el tiempo aprendí a quererla, aunque tengo mis momentos con ella. Puedo no tomarla durante años o puedo tomarla muy seguido, y después de varias “cataciones” descubrí que si es artesanal me gusta mucho más (y descubrí, también, que puedo vivir perfectamente sin ella). Los checos, en cambio, la necesitan como nosotros al pan. Le dicen, incluso, “liquid bread” o “liquid gold” (“pan líquido” y “oro líquido”) y la toman a toda hora y en todo lugar. Por algo son el país con mayor cantidad de consumo de cerveza por habitante (¿lo sabían? ¡Yo no!). Así que acá la cerveza es mucho más que una bebida: es un elemento cultural fundamental en la existencia de cada checo.

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[singlepic id=5905 w=800 h= float=center] La ciudad de Žatec

En Žatec nos toca visitar un lugar que jamás pensé que iba a conocer: “El templo de la cerveza y del lúpulo” (Hop and Beer Temple). Conozco la simpática plantita que le da su aroma característico a la bebida y veo, en vivo y en directo, los ingredientes que luego se unirán para generar la cerveza.

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Más tarde nos trasladamos a Plzeň, ciudad cervecera por excelencia: allí fue creada, en 1842, la primera cerveza pilsen del mundo. Seguro que la probaron: es un tipo de láger pálida (y la marca de una cerveza uruguaya, también!). Tenemos suerte, justo llegamos a Plzeň para el Pilsner Fest, un festival de la cerveza que dura dos días donde hay bandas en vivo, comida y… mucha cerveza. Al día siguiente hacemos algo aún mejor: entramos a la Pilsner Urquell Brewery, la fábrica de cerveza que creó la primera pilsen del mundo y que actualmente produce una de las marcas más consumidas del país. La fábrica es tal como la imaginaba: espacios subterráneos fríos con enormes barriles donde la cerveza reposa hasta estar lista. No puedo parar de pensar en Homero Simpson y Peter Griffin nadando en barriles de cerveza artesanal.

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[singlepic id=5874 w=800 h= float=center]  Dentro de la fábrica de cerveza

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[singlepic id=5982 w=800 h= float=center]  La cerveza en estado de reposo

[singlepic id=5981 w=800 h= float=center]  El sueño de cualquiera

[singlepic id=5854 w=800 h= float=center]  De noche, en el Pilsner Fest

[singlepic id=5879 w=800 h= float=center]  Puestos de cerveza tirada

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[singlepic id=5887 w=800 h= float=center]  Y los juegos locos del Festival

No puedo parar de pensar, además, en lo importante que es la cerveza culturalmente en todo el mundo: creo que no existe un país en el que no me hayan invitado a compartir una cerveza (incluso en países musulmanes donde teóricamente no se toma alcohol). La cerveza une culturas, porque por más que no sepamos casi nada del idioma de la persona que nos invitó a tomar cerveza en otra parte del mundo, hay una palabra que aprendemos enseguida: ¡Salud! En República Checa: Na zdravi!

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El día que me transporté a la Edad Media y entré a un castillo de verdad

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Estoy frente a un castillo de verdad por primera vez en mi vida. Está situado sobre una roca frente al río y fue construido en el siglo 13. El concepto de castillo no es algo novedoso: si bien nunca vi uno de verdad hasta hoy, puedo imaginármelo perfectamente. Culpa de las películas y los cuentos de hadas (todos, siempre, transcurrían en bosques encantados con castillos y princesas). Por suerte nunca me interesó demasiado vivir en uno, pero me parece más que llamativo poder espiar uno por dentro.

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Me resulta muy raro estar caminando por un lugar tan de cuento. Es una especie de paseo anacrónico por una postal. Desde el siglo 18 el castillo Orlik pertenece a la familia Schwarzenberg (para que se den una idea, el miembro más famoso de la familia fue Field Marshal Karl Philipp, Príncipe de Schwarzenberg, quien además de ser príncipe le ganó a Napoleón en la Batalla de Leipzig de 1813). Vamos de habitación en habitación y vemos armaduras, armas, lámparas, regalos de otros príncipes y mandatarios, trofeos de caza, sillas de terciopelo, escudos tallados, muebles antiguos… Trato de imaginar cómo es la vida en un castillo, pero pienso en dragones, en princesas encerradas en torres y en príncipes que llegan al rescate con su caballo y su espada.

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Después de caminar por los jardines del castillo nos vamos a Tábor, ciudad fundada en el siglo 15. Nos quedamos en Žižka Square, el pequeño centro histórico. Tenemos tiempo libre así que salgo a explorar. Está todo bastante vacío. Doblo por alguna esquina y aparecen dos perritos, parecen inofensivos pero me empiezan a ladrar y corren hacia mí. Huyo. Busco gatos pero no encuentro ninguno. ¡Quiero acariciar gatos checos! Hay hojitas secas por todas partes. Se viene el otoño. Se hace de noche así que vuelvo al hotel. Esa noche me entretengo mirando el centro histórico, iluminado, desde la ventana de mi cuarto. Esta vez la que está dentro del castillo soy yo.

 [singlepic id=5890 w=800 float=center]  Imágenes de Tábor

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 [singlepic id=5892 h=800 float=center]  Los perros asesinos :P

 [singlepic id=5893 w=800 float=center]  Otoño…

 [singlepic id=5900 w=800 float=center]  calles vacías

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 [singlepic id=5896 w=800 float=center]  Casitas de campo checas a lo lejos

 [singlepic id=5895 h=800 float=center]  Desde mi ventana.

Hay dos días más en este diario sin fechas: El día que me quedé sola en Praga (y le escribí una carta…) y El día que me fui de road-trip con un checo mexicano, pero ese lo contaré en el próximo post.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

Querida Praga (Carta abierta a una ciudad)

Praga:

No te digo “Querida” —si bien está más que claro que sos una mujer con todas las letras— porque todavía no te conozco tanto como para llamarte así (aunque no creo que sea difícil quererte, viendo que emanás amor por todos los rincones). Podría llamarte “Estimada”, pero me parece demasiado formal para la pequeña relación que ya entablamos en estos poquitos días que pasamos juntas. No te digo “Adorada” porque me parece cursi, “Distinguida” es demasiado aristocrático, “Horonable” es muy gubernamental. Podría decirte “Bella” o “Encantadora”, pero por el momento te digo, simplemente, Praga. Creo que a las mujeres con nombres lindos hay que llamarlas sin apodos ni adornos, y vos, Praga, tenés uno de los nombres más lindos que escuché.

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Me hablaron muy bien de vos. Cuando conté que te venía a conocer, todos me dijeron que me ibas a encantar. Hubo consenso absoluto. ¿Cómo hacés? ¿Qué generarás en la gente para que te amen tanto? Todos los que te conocen sueñan con volver a verte…

Yo te conocí mientras soñaba despierta, después de un largo viaje en avión desde el sur del mundo. Cuando te vi por primera vez, te voy a ser sincera, me sentí un poco abrumada: demasiada belleza, demasiada gente, demasiado movimiento, demasiados estímulos para digerir a la vez. Para empezar a descubrirte te recorrí en segway, ese monopatín posmoderno que avanza, frena y retrocede obedeciendo los movimientos de nuestro cuerpo. ¿Qué sentirás cuando esas dos ruedas avanzan por tus empedrados? ¿Te hará cosquillas? ¿Te molestará? ¿Lo notarás? ¿O seguirás regia e imperturbable como siempre?

[singlepic id=5831 w=800 float=center] Lo primero que recuerdo de vos

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En tres horas te atravesé y pude ver tus esculturas raras, tu arte callejero, tu sobredosis de puentes, tus paredes pintadas, tus mensajes de amor y paz, tus castillos medievales, tus construcciones llenas de grandeza, tus fachadas góticas, barrocas y renacentistas, tus relojes, tus santos, tus cúpulas, tu río. Fue demasiada información en una sola mirada, pero pude, de a poco, empezar a asimilarte y desmenuzarte. Pude hacerte menos complicada y más cercana. Cuando, casi al final del recorrido en segway, frené en una esquina y miré una maceta con flores que colgaba de un farol me acordé que ya me había encontrado con vos en un sueño, tiempo antes de que nos viéramos en persona por primera vez. Será que estábamos destinadas a conocernos…

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Al día siguiente te vi desde lo alto, desde esa torre que te enorgullecés en proclamar “La segunda construcción más fea del mundo”. Te miré desde el piso 66 de la Torre de Televisión, acompañada por los bebés gigantes de David Černý, uno de tus tantos artistas (y amantes, seguramente). Te observé boquiabierta, hipnotizada, mientras me soplabas tu aire tibio en la cara de manera indiferente.

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Más tarde te volví a mirar de arriba, desde otro ángulo, y me cautivaste aún más. Me hiciste preguntarme si tanta belleza era posible o si eras solamente un espejismo, un escenario de algún cuento. No me lo olvido, fue en el parque Letná. Era domingo, estabas sin maquillaje y me demostraste que las mujeres más bellas son aquellas que no necesitan pintarse, como vos, porque ya brillan con luz propia.

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Si por la mañana te conocí por fuera, esa tarde viajé por tu corazón: el río Vltava. Te navegué en un barquito, pasé por debajo de uno de tus 18 puentes —el más imponente, ya sabés cuál—, entré a tus canales y saludé a los patos que hicieron de tus orillas su hogar. Ahí, en ese barco, vi fotos tuyas de joven, cuando todavía estabas en blanco y negro, y me enteré que a lo largo de tu historia sufriste: sin ir más lejos, hace diez años te inundaste… ¿Habrás tenido alguna pena que te desbordó el corazón? ¿Qué te pasó, Praga? ¿Por qué llorabas? Me hace feliz saber que sos una mujer fuerte y que una vez más sobreviviste a las adversidades de la vida.

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Y por fin, el tercer día pude hacer lo que más deseaba desde que te conocí: te caminé todo lo que me dieron los pies, recorrí un poco de tu alma. Salí con mapa porque no quería perderme nada, pero después de un rato lo guardé y dejé que vos me fueras llevando, que tus curvas me invitaran a doblar y tus arcos me invitaran a cruzarte. Y así fui explorando cada parte del rompecabezas de tu ser: empecé en Nové město, la zona de vos que llaman “Ciudad nueva”, si bien fue establecida en el siglo 14. Miré tus vidrieras en la Plaza de Wenceslao y cuando me di cuenta ya estaba en tu centro histórico, en pleno Staré město, tu zona más antigua, más admirada y probablemente más concurrida. Caminé, me perdí entre las construcciones y las callecitas empedradas. Me di cuenta, con algo de alegría, que cada vez que me salía de los recorridos sugeridos por el mapa casi no encontraba turistas, te tenía para mí sola por un ratito, éramos solamente vos y yo. Y así, caminando sin rumbo, aparecí en Josefov, el antiguo barrio judío. Crucé Karlův most, tu puente-monumento más famoso, ese por el que caminan todos los que te visitan, y llegué a Malá strana. Caminé hacia arriba para ver tu costado más vanidoso: tu castillo. Después bajé y algún momento me tomé el tranvía, no podía conocerte y no trasladarme sobre vos en tu vehículo más romántico. No sé dónde aparecí, pero por un rato estuve perdida en una zona más auténtica de vos, de esas donde los turistas ni se asoman.

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Praga, te conocí poco y, como estabas distraída, te robé muchas fotos. Aunque sé que estás muy acostumbrada a ser fotografiada… ¿No te cansás? ¿No deseás, en algún momento, que esté prohibido retratarte, aunque sea por un día?

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Y en estos pocos días saqué conclusiones, probablemente apresuradas, lo sé, porque no soy quién para definirte ni para decir quién sos, eso lo sabrás solamente vos. Pero mientras te miraba no pude evitar pensar en varias cosas.

Sos una ciudad del amor, Praga, definitivamente. Inspirás a las parejas a abrazarse y a besarse en cualquier parque y contra cualquier pared. Muchos llegan a vos solamente para sellar su amor, por eso estás llena de candados en las barandas y repleta de llaves en tu río. ¿Qué promesa le harás a los amantes, para que muchos viajen exclusivamente para casarse en tus iglesias? Sos romántica y tal vez por eso te buscan tanto, porque sos una mujer que seduce y que se deja seducir. Tu sensualidad se deja ver de noche en tus bares subterráneos, en tus conciertos de jazz, en tus vasos de absenta, en tu zona roja. Cada año, cuatro millones de extraños de todas partes del mundo duermen con vos, ¿a cuántos dejarás enamorados? Pero más importante: ¿vos de quién estarás enamorada?

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Sos arte, Praga, exudás arte por todos tus poros. Usás a tus artistas para expresar tu música, tu poesía, tus bailes, tus obras, tu literatura. ¿Te das cuenta de que en algún momento de tu vida tuviste a Kafka escribiendo en algún café? ¿Te das cuenta de que Kundera escribió historias donde sos tan protagonista como el resto de sus personajes? Fuiste, sos y serás la madre de grandes artistas, “Madre Praga”, ¿alguna vez lo habías pensado?

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Sos historia, Praga, historia viva. Tenés más de mil años y se nota. Parecés joven pero tu alma es muy antigua. Viviste muchas cosas, fuiste capital de un imperio, tuviste reyes —y por más que sus mujeres se pongan celosas, la Reina siempre fuiste vos—, fuiste testigo de guerras, fuiste el escenario de grandes hechos de la historia moderna, tuviste Primaveras y Revoluciones, te sometieron y te liberaron. Pero sobreviviste a todo, nadie logró destruirte.

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Parecés sacada de una película, Praga, ¿sos real? Yo te miro y me dejo llevar, hago de cuenta que existís y que estás enfrente mío, pero por momentos me pregunto si no serás más que un set de cine o el escenario de una obra de teatro que se está presentando hace diez siglos. Te vi desde arriba, desde abajo, desde los costados, pero sé que no te vi toda, que en el fondo sos una mujer que muestra mucho pero revela poco y que es muy difícil conocerte del todo.

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Me das insomnio. Cada noche, cuando me quiero ir a dormir, no puedo: estás en mi cabeza, me inspirás, me hacés pensar, me impulsás a prender la luz, agarrar mi cuaderno y anotar frases e ideas que se me vienen a la mente. Dejo siempre la ventana abierta, para seguir mirándote en sueños.

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Ahora sí, me despido, y esta vez sí te digo Querida Praga, ojalá que nos volvamos a encontrar cuando ambas seamos un poco más viejas. Confío en que vos me llamarás cuando sea el momento.

Aniko

[box border=”full”]Viajé a Praga gracias a la organización e invitación de CzechTourism.[/box]

Viaje onírico a Praga

Los viajes tienen una gran carga onírica. Llegar a un país nuevo se parece mucho a estar soñando —especialmente si el traslado entre un punto y otro se hace en avión—: de repente estás en un escenario desconocido, todo a tu alrededor está funcionando normalmente (“normalmente” para ese lugar) pero vos no conocés las reglas y sabés que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. En un viaje, al igual que en un sueño, todo es impredecible. Yo llegué a República Checa hace poco más de 24 horas y todavía no entiendo muy bien dónde estoy ni qué está pasando.

[singlepic id=5822 w=625 float=center] Saludos desde Praga…

Les cuento rápidamente cómo es que caí en Praga sin aviso alguno. Hace unas dos semanas me llegó un mail de Czech Tourism, la oficina de turismo de República Checa, preguntándome si estaría interesada en realizar un blogtrip (viaje de prensa para bloggers) a su país. Me puse a saltar en una pata y cuando se me fue un poco la excitación les respondí muy profesionalmente que sí, que estaba interesada en conocer su país (iba a quedar muy desesperada si les decía que conocer Europa del Este es uno de mis mayores deseos en este mundo y que estuve a punto de viajar para allá en el 2010 pero finalmente desistí porque no me daba el presupuesto y cambié el destino por Asia pero siempre me quedé con ganas de Europa del Este porque mi mamá nació allá y mis raíces están ahí y que además me encanta Milan Kundera y Kafka también aunque no leí tanto de Kafka pero de Kundera sí y quiero conocer esa ciudad-escenario que tanto menciona en sus obras… Hubiese sido mucho).

Así que armé la mochila y me fui a Ezeiza para tomarme un avión que me depositaría en Praga en la módica suma de 20 horas de viaje (incluyendo una escala en Madrid).

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Los que me conocen bien saben que tengo todo un tema con los sueños (y en este post cuando hablo de “sueños” me refiero a esas imágenes que aparecen en nuestra cabeza cuando estamos dormidos). Siempre tuve cierto fanatismo por el mundo onírico: recuerdo mis sueños de manera muy vívida (algo que no a todos les pasa, y a los que sí apuesto a que son fans de los sueños como yo…), los escribo en un cuaderno hace más de tres años, de tanto en tanto tengo sueños que considero premonitorios o “reveladores” (me anuncian o explican ciertas cosas de mi vida) y hace poco tuve mi primer sueño lúcido (en el que pude controlar todas mis acciones). Además (no sé si esto es “bueno” o “malo”) a veces confundo sueños con realidad: es decir que no sé si algo realmente ocurrió o si solamente lo soñé. Jejeje seguramente se desilusionaron y están pensando que este blog no es más que el delirio de una loca que confunde la realidad con la fantasía. Pero no. Tampoco para tanto. Generalmente lo que no sé si ocurrió o no son pequeños detalles o diálogos.

Y acá me permito poner imágenes de Yellow Submarine, film de alto contenido onírico!

Durante el primer vuelo (Buenos Aires – Madrid) casi no dormí. Como viajé durante todo el día (desde las 12 del mediodía hasta las 12 de la noche) no tuve sueño así que me la pasé leyendo (¿hay algún otro fan de la revista Orsai por acá? Me leí los últimos dos números en el vuelo). El tema es que cuando llegué a España eran las 5 de la mañana (hora local) y mi vuelo a Praga salía a las 10 y 20, así que no sólo se me había acortado la noche, sino que aunque durmiera no iba a poder completar mis ocho horas necesarias de sueño. Iba a tener que dormir en el aeropuerto sí o sí.

No sé si vieron los asientos de la sala de espera de Barajas: están en fila pero tienen apoyabrazos que los separan y que no permiten que uno se acueste y se estire como la gente. Así que decidí hacerme contorsionista: okupé una fila de cinco asientos, puse la mochila de almohada y apoyé la cabeza en el primer asiento, doblé el torso como para esquivar el primer apoyabrazos, apoyé las rodillas en el tercer asiento, pasé una pierna por encima del siguiente apoyabrazos y la otra por debajo, puse la alarma del teléfono para las 9.30, me lo puse abajo de la oreja y me dormí. A partir de ese momento ya no puedo distinguir qué fue real y qué no.

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Mientras dormía se me sentaron cinco deportistas argentinos al lado, venían de jugar al tenis. ¿Por qué se sientan justo acá? ¿No ven que solamente quedan dos asientos y ustedes son como cinco? ¿No ven todo el espacio libre que hay en el resto del aeropuerto? Me miraron. “¡Esta sí que sabe contorsionarse! Mirá, está toda enroscada en el asiento”, decían a los gritos. Yo me moví como para darles a entender que escuchaba todo. De repente desaparecieron y yo me levanté. Quise mirar la hora en el teléfono pero no podía abrir los ojos, así que empecé a caminar dormida en busca de la puerta J (desde donde salía mi vuelo), pero era demasiado tarde, había perdido el vuelo. Al rato me desperté. Nueve y media, todavía estaba a tiempo. Por las dudas me apuré y me fui a embarcar.

En el pasillo de la manga, mientras subía con el resto de los pasajeros al avión, escuché la conversación de tres españoles (perdón pero no puedo evitar escuchar conversaciones ajenas y tomar nota mental de las partes interesantes o graciosas). Uno de ellos decía algo así: “(…) esta es la quinta vez que voy a Praga. Tú sabes que nosotros comemos como bestias, bueno pues una vez fui a comprar jamón y la chica me preguntó cuántas lonjas quería y yo le dije cariño, no quiero lonjas, dámelo todo. (…) No sé decir mucho en checo excepto cariño, cerveza y buen día. (…) Ah, hola, yo ya viajé contigo en otro vuelo (—le dice a la azafata—) aunque no recuerdo en cuál porque en lo que va del año ya me tomé 68 aviones”. ¡68! ¡La mier..!

El mundo de los sueños puede ser tan real como el mundo de la vigilia…

Llegué a mi asiento (ventana) en estado zombi y me quedé dormida antes de despegar. El vuelo entre Madrid y Praga duró tres horas que para mí fueron diez minutos. Me desperté con la voz del comandante: “Les habla su comandante, nos estamos acercando al aeropuerto de Praga. Afuera hace 28 grados, es un día espectacular. No hay lluvias como anunciaron. Les deseo buen viaje y que sean muy felices”. ¿De verdad dijo “día espectacular”? ¿De verdad nos deseó que seamos muy felices? Ahí es cuando mi mente no puede distinguir. Yo creo que sí pasó.

Vi las primeras imágenes de República Checa desde la ventana: casitas de techos rojos en medio del campo. Mientras descendíamos la mujer de adelante empezó a emitir un ruido que no sé si era llanto o risa, decía algo así como “aaaaayyy mitíaaa, ayyy mitíaaa” seguido de una carcajada que fácilmente podría haber sido llanto (o viceversa). A mí me dio cierta emoción pensar en lo cerca que estoy de Hungría, de la historia de mi familia, de mis raíces. Le debo un viaje largo a Europa del Este (está entre mis prioridades, aunque no será esta vez). Y cuando bajé del avión sentí que realmente estaba dentro de un sueño, como si alguien me hubiese depositado en un escenario que solamente existe en la imaginación de un cuentista…

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Mientras iba al hotel miraba por la ventana intentando absorber todo y mi cabeza no paraba: ah mirá, tienen tranvía, qué lindo, qué romántica es una ciudad con tranvía, esas casitas qué simpáticas, hay empedrado, me gusta eso, ah esos chicos están caminando con los jeans arremangados, qué lindo volver al verano por fin, después de tantos meses, siento nostalgia del presente como en ese poema de Borges, nostalgia del momento que estoy viviendo exactamente ahora, esa sensación de que ni llegué pero ya sé que quiero volver, eso de nunca estuve acá pero ya extraño, como si hubiera caminado por estas calles en otra vida…

  [singlepic id=5827 w=625 float=center] Hasta tienen un muro dedicado a John Lennon…

En el hotel me recibió Pavel, uno de los checos de Czech Tourism que nos está acompañando en este viaje, y nos fuimos a encontrar con el resto de los bloggers para hacer un tour por Praga en segway (si no saben lo que es el segway miren la foto que está a continuación). O sea que si hasta ese momento no entendía nada, cuando me subí al segway dije ya está, tengo que aceptar que todo esto es un sueño y listo, que sea lo que tenga que ser, porque yo ya no controlo nada de lo que está pasando acá. ¡En todos los blogtrips me pasa lo mismo, che! Me quedo dormida en el avión y empiezo a imaginar cosas, como cuando me fui a Laponia…

 [singlepic id=5826 h=625 float=center]  El famoso segway, un vehículo que se mueve con el equilibrio y el impulso de nuestro propio cuerpo

 [singlepic id=5828 w=625 float=center] Con poco más de tres horas de sueño encima, ver esculturas como estas en el medio de Praga hace que mi estado de ensoñación y de confusión de la realidad con lo onírico sea aún mayor…

 [singlepic id=5824 w=625 float=center] Sí, es exactamente lo que están viendo.

Anduvimos tres horas en segway por Praga (detalles de eso en el próximo post) y yo me sentía no sólo dentro de un sueño, sino también dentro de un film donde todo el escenario era tan perfecto que parecía irreal. Y en una esquina, mientras esperábamos que pasara el tranvía, me acordé: hace más o menos un mes soñé que andaba en segway por una ciudad que parece una maqueta. Se los juro. Y yo nunca había andado en segway en mi vida.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

habitación 214 (momentos destacados del Sheraton blogtrip a Colonia)

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Significado del As de Oro según la interné (esa mujer a la que le creemos todo lo que dice):

“A grandes rasgos significa Ventura, Triunfo, Poder, Riqueza, Alegría. Según la leyenda esta carta anunció a Napoleón su futura gloria. Aparece como la más positiva de la baraja. Es una carta tan buena que algunos cartománticos ya dan por finalizada la sesión si sale. Vaticina el éxito total, la realización plena de todos los objetivos del consultante. Representa un excitante nuevo destino”.

(Este fue el resultado de poner en Google “significado as de oro” y entrar a la primera página de tarot de la lista. Es decir: dudosa veracidad, pero vale).

Bueno, resulta que el jueves pasado cuando salí de madrugada para tomarme el barco a Colonia (Uruguay) me encontré un ejemplar del As de Oro (baraja española) tirado en la calle a menos de dos cuadras de mi casa. Los que me leen hace un tiempo sabrán que me dedico a juntar naipes en distintas ciudades del mundo y que, cada vez que encuentro uno, algo bueno me pasa (como por ejemplo: esto). Hacía mucho que no encontraba uno y la verdad es que en Buenos Aires mi Naipe Mode se desactiva por completo, así que fue una sorpresa y una alegría verlo ahí esperándome (boca arriba, porque al parecer el significado de la carta es totalmente distinto si esta aparece boca abajo). Las cartas nunca mienten… (?)

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Como les conté el día que fundé el grupo de autoayuda virtual Viajeros Anónimos, tenía planeado irme a Uruguay hacía más de un mes para hacer un Road Tripping Uruguay de bloggers autogestionado. Pero en el medio pasaron muchas cosas y el viaje autogestionado se convirtió en un blogtrip con todas las letras: un viaje para bloggers (uno de los primeros que se realiza en Argentina) organizado por el Sheraton Colonia Golf & Spa Resort (con roaming cubierto por Claro Argentina, asistencia al viajero de assist-med y viaje en barco cortesía de Buquebus). Además, a los tres twitteros originales se le sumaron más bloggers, dospuntoceros y magos como los chicos de Magia en el Camino (Dino y Aldana), Walter Duer y Lucila Runnacles.

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[singlepic id=5421 w=800 float=center] Soy el señor Aniko, un empresario japonés 

Estos fueron los momentos cumbre (para mí) del Sheraton blogtrip Colonia que duró dos días y una noche.

* Desayuno improvisado on the boat

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Bien lo dijo (o mejor dicho lo twitteó) @marioalza: “@viajandoporahi (osea yo) sabe de desayunos improvisados en viajes”. Y no soy la única. Cualquiera que viaje low cost sabe de desayunos improvisados, de esos que se toman sentados con las piernas cruzadas, entre mochilas, sobre el pasto, en un escalón, en la vereda, en la entrada de alguna casa o, como nos tocó a nosotros, en el piso alfombrado del barco. Qué bien nos vino ese cafecito y esas medialunas a las 9 am, cuando ya hacía varias horas que estábamos levantados. Qué lindo es improvisar y sentarse en ronda con otros viajeros, qué lindo es sentir que la charla es tan interesante que el viaje de ida se pasa volando. El barco iba repleto: cualquier finde largo es una buena excusa para huir a Colonia, ese mundo empedrado, faroleado (¿se dirá así?) y silencioso tan cerca y tan lejos de Buenos Aires. Y nosotros no sólo estábamos entre los suertudos que se escapaban a Colonia, sino que tuvimos la suerte extra de poder quedarnos una noche en el Sheraton.

[singlepic id=5433 w=800 float=center] El Sheraton visto desde la cancha de golf

* Faaah!

Me gusta ver cuál es la expresión que usa la gente cuando está sorprendida. La clásica es “uaaaaaauuuu” o “uouuu”, pero a mí me salió decir FAH. Cuando puse la tarjeta en el picaporte y abrí la puerta de la habitación 214, entré y me dije a mí misma: Faaaah! Nadie me escuchó porque estaba sola, pero lo dije varias veces. Entré cual nena y me puse a revisar todo: abrí las puertas de los placares, miré lo que había adentro del frigobar, prendí la tele e hice zapping, abrí las cortinas, miré de cerca los frasquitos de shampú, saqué fotos del baño, me miré en todos los espejos. Casi me pongo a saltar sobre la cama pero me contuve. Lo que más me gustó de la 214: la vista al campo de golf (obvio) y el escritorio preparado para usar la compu (no soy la única que trabaja mientras viaja).

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[singlepic id=5443 w=800 float=center] La vista desde mi ventana…

Laura y Virginia (del Sheraton, quienes nos acompañaron al viaje) nos hicieron un recorrido por el hotel: entramos a los distintos tipos de cuartos (el “faaah” inicial se iba acrecentando a medida que aumentaba el tamaño de la habitación), conocimos el gimnasio y el spa, pasamos por los restaurantes y hasta hicimos una parada en el Sheratoons (el área pensada para los más chicos, en la cual TODOS nos quedamos un largo rato). Lo que más nos llamó la atención del Sheraton de Colonia es que, a simple vista, “no parece un Sheraton”. Estamos acostumbrados a ver este hotel en versión edificio en pleno centro de las ciudades más grandes del mundo. En Colonia es distinto: está a 7 km del centro histórico, es un edificio bajo, tiene mucho marrón y madera, tiene una enorme zona verde… Está integrado con el destino. Es como una casa de campo de lujo, pero sin que falte la calidez de la chimenea y el fueguito.

[singlepic id=5411 w=800 float=center] El área Sheratoons

[singlepic id=5428 w=800 float=center] El campo de golf

[singlepic id=5435 w=800 float=center] La pileta exterior

[singlepic id=5413 w=800 float=center] El área de spa

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* ¡A la pelotita!

Top 1 de momentos cumbres: bloggers de viaje jugando al golf. Corrección: bloggers de viaje intentando jugar al golf. Nos pusimos en fila y fuimos aprendiendo de a poco: cómo agarrar el palo correctamente, cómo realizar el swing, cómo pegarle a la pelotita blanca. Visto de lejos, creo que parecíamos la versión latina de Happy Gilmore (no me digan que no vieron esa peli…). A mí me encantó, aunque no emboqué una (lo máximo que logré fue pegarle con la pelotita dos veces casi seguidas al cartel que decía “No tirar del césped” y que claramente no estaba puesto ahí para que uno le pegara sino para pedirnos que no tiráramos el césped). Fue una gran manera de liberar tensiones, aunque después quedé agotada. El tiempo pasa volando cuando uno juega al golf.

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[singlepic id=5431 w=800 float=center] Lo blanco es el cartelito al que golpeé varias veces

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* Gastronómicas: Dame otro chivito / No tomo mate (pero ojalá lo hiciera) / Viva la grapamiel en invierno

Un viaje sin probar la comida local no es un viaje de verdad. La gastronomía es, para mí, un rasgo cultural fundamental del destino en cuestión, así que al viajar hay que olvidarse de las mañas y probar toda la comida autóctona que se pueda. Esa es mi premisa (y por eso suelo volver de cada viaje con varios kilos de más). En Uruguay hay varios imperdibles y, si bien son los obvios, por algo son tan famoso: el chivito, el mate y (mi más reciente descubrimiento) la grapamiel.

[singlepic id=5414 w=800 float=center] El chivito

El chivito es un sandwich de lomo (bien fino) con lechuga, tomate, jamón, queso y huevo frito. Lo del huevo frito, en mi opinión, es fundamental, porque lo divertido del chivito es que lo agarrás y chorrea huevo frito por todos lados. Además se acompaña con papas fritas o ensalada y es obligatorio comerlo con la mano (se disfruta más). Delicioso.

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Si yo tomara mate podría explicarles cuáles son las diferencias entre el mate argentino y el mate uruguayo. Pero como no tomo, no puedo. No puedo hablar de cosas que no experimenté. Sí puedo decirles que acá la preparación del mate es mucho más meticulosa y dedicada que en Argentina. Puedo decirles también que entre los 3 millones de uruguayos consumen 32 millones de kilos de yerba y toman 400 millones de litros de mate al año. Y puedo afirmar (porque lo veo todo el tiempo) que van todos con el termo abajo del brazo (incluso al shopping). Es una imagen que me encanta.

Y la grapamiel es eso mismo: grapa con miel. Ideal para este invierno frío.

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[singlepic id=5436 w=800 float=center] La cena…

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[singlepic id=5439 w=800 float=center] Y el postre

* Magia en el blogtrip

Tuvimos la tarde libre y cada cual se dedicó a lo suyo: algunos probaron el spa, otros el gimnasio, creo que algunos durmieron la siesta y otras se dedicaron a parlotear (ejem). El día terminó con cena y show de magia by Dino. Todavía sigo pensando cómo hizo para hacer aparecer pelotitas en mi mano cerrada (no me lo digan, si lo saben no me lo digaaaaan!). Finalmente me fui a dormir tras un día agotador, largo y lleno de cosas nuevas. La cama me abrazó, literalmente. Al día siguiente salimos en bici por el casco histórico de Colonia, pero eso queda para el próximo capítulo.

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[singlepic id=5447 w=800 float=center] Así de bien se duerme

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[box border=”full”]Agradecimientos:
Al Sheraton Colonia Golf & Spa Resort por la invitación y la organización del blogtrip.
A assist-med por acompañarnos con su servicio de asistencia al viajero.
A Claro Argentina por darnos el servicio de roaming y permitirnos estar constantemente conectados.
A Buquebus por llevarnos de Buenos Aires a Colonia.
Y a todos los bloggers y gente del Sheraton por la buena onda! [/box]

blogTripping La Plata | Parte 2: “Arte es lo que sobra”

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Sábado: blogtrip oficial

El trayecto de Buenos Aires a La Plata se me pasó volando. Creo que eso de tener que subirme a un bondi para ir a una ciudad afuera de mi ciudad ya hizo que el modo viajero estuviera en ON desde el minuto cero. En el colectivo éramos cinco: Aldana (de Magia en el Camino), Annie Burbano (bloguera colombiana), Senna y Arttu (una pareja finlandesa que se estaba quedando en casa) y yo. Aldana y yo charloteamos como loras y la hora y poco más de viaje parecieron cinco minutos. Ceeerca, La Plata siempre estuvo cerca. Ah no, perdón, eso era Rosario. :D

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Los chicos de LaPlataGO (organizadores del blogtrip) nos esperaban en Frankville (hostel y espacio cultural platense) con un desayuno típicamente argentino: mate y medialunas. Charlamos un poco acerca de La Plata (se las presenté en el post anterior) y empezamos el recorrido oficial en la República de los Niños, un parque temático que reproduce, a tamaño “niño”, una ciudad con todas sus instituciones (casa de gobierno, palacio de justicia, iglesia, puerto, teatro, restaurantes, parlamento, etc) así como construcciones típicas de distintas partes del mundo (del Taj Mahal a casitas alemanas). La síntesis de esa visita quedó plasmada en el video que compartí en el post anterior: “Volver a ser chicos”.

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La segunda parada fue uno de esos lugares que te dejan con la boca abierta de tantos estímulos: el Museo de La Plata, un museo de ciencias naturales con más de 3 millones (sí, millones) de objetos en su colección (aunque no todos están en exhibición). Lo que más me gustó (y podrán ver mi testimonio en uno de los videos que comparto más abajo) fueron los fósiles de dinosaurios (de chica era fan) y los sarcófagos y momias egipcias (de chica era fan también, y lo sigo siendo).

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El tercer lugar que visitamos fue uno que yo personalmente quería conocer hace tiempo: la Casa Curuchet, una vivienda diseñada por el arquitecto suizo Le Corbusier y construida entre 1949 y 1953 (la única obra de Le Corbusier en Sudamérica). Si vieron la película “El hombre de al lado” sabrán de qué les hablo, ya que todo el film transcurre en esa casa, y si no la vieron, consíganla ya mismo porque no tiene desperdicio (Víctor es uno de los mejores personajes de los últimos tiempos). La Casa fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1987 y es la actual sede del Colegio de Arquitectos de La Plata. Es una obra de arte hecha casa, aunque me decepcionó un poco ver lo descuidada que está.

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Parada número cuatro: Plaza Islas Malvinas, un parque y centro cultural en memoria a los caídos, construido sobre lo que fue el Regimiento 7 de Infantería. Ahí adentro nos encontramos con la primera sorpresa: una convención de modelismo y juegos de rol. Curioso, muy curioso.

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Y, finalmente, la Catedral. Los que la vieron en vivo lo sabrán: la Catedral de La Plata es imponente. Tiene un estilo neogótico, está inspirada en las catedrales de Amiens (Francia) y la de Colonia (Alemania) y está ubicada frente a la Plaza Moreno, en el centro de la ciudad. Y lo más interesante de esta zona de la ciudad son sus misterios…

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Hay varias historias no oficiales acerca de las estatuas que rodean la Catedral. Si las miran de cerca, esas inocentes mujeres de mármol (las cuatro estatuas que representan a las cuatro estaciones) están haciéndole “cuernitos” a la iglesia, y el arquero divino está apuntando con su (ex) arco y flecha hacia el templo (digo “ex” porque se lo robaron y nunca más apareció). Acá voy a dejar que hablen los platenses, que seguramente sabrán mucho más que yo al respecto… Lo que nos contó Pachi, dueño del hostel Frankville, es que existen varias teorías acerca de estas estatuas: hay quienes dicen que el gesto de cuernitos es solamente una casualidad y hay quienes afirman que fueron obra de los masones (una sociedad secreta perseguida por la Iglesia) y que la ciudad, si la miran bien, tiene muchísimos símbolos masónicos. Platenses: cuenten todo lo que sepan, que todo lo que tenga que ver con sociedades secretas y cosas místicas u ocultas me interesa mucho!

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En los siguientes dos videos queda hecho el resumen de nuestra visita.

http://vimeo.com/42594982
http://vimeo.com/42577132

Dirección: Axel Hochegger

Les voy a ser sincera. Cuando me llevan a ver algo determinado yo no puedo evitar mirar todo aquello que pasa en el medio. Me gusta observar el camino más que la meta, por así decirlo. Así que mientras íbamos en auto de un lugar a otro, yo me pasaba los trayectos mirando por la ventana y veía una cosa: arte callejero.

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***

Domingo: blogtrip no oficial

El domingo a la mañana, cuando ya nos estábamos por ir, sucedió una de esas casualidades que terminarían por desencadenar una serie de acontecimientos muy importantes en mi existencia (?). Nos despedimos de los chicos del hostel y alguien dijo, como al pasar, que más tarde había una movida artística muy copada (con muestras y bandas en vivo) en un lugar llamado C’est la vie. Como me interesó y no tenía ningún apuro ni nada importante que hacer en Buenos Aires, decidí quedarme a almorzar en La Plata e ir más tarde a C’est la vie para ver de qué se trataba. Empezaba el artblogtrip no oficial.

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Así que a eso de las 4 de la tarde, cuando el equipo oficial de blogtrippers ya se había vuelto a Buenos Aires, Santi, uno de nuestros anfitriones platenses blogtrippenses, y yo nos fuimos a ver qué era lo que se estaba tramando en aquella casita artística. Y me encontré con algo que me gustó demasiado: un centro cultural intervenido por artistas con muestras de fotos, ilustraciones, bandas en vivo y hasta un rincón para tomar el té y comer cosas ricas. Me hizo acordar mucho a Algún Lado, una movida artística porteña creada por mi amiga Vero Gatti (la ilustradora más genia de todas) que consistía en intervenir artísticamente lugares que estaban a punto de ser cerrados o demolidos para demostrar que ahí sólo importaba el hoy y ahora.

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Más tarde, después de hacer un mini recorrido de murales de la ciudad (que espero ampliar en mi próxima visita a La Plata), fui a conocer Meridiano V, un barrio con calles empedradas, casitas bajas, farolas, bodegones, bares, mercados, talleres, ferias, espectáculos, muestras, tiendas de diseño… Los vecinos rescataron las instalaciones de la Estación Provincial de tren de 17 y 71 y convirtieron la zona en el Circuito Cultural Meridiano V, un rincón con mucho arte y una linda movida cultural. Para hacer un paralelismo, muchos le dicen “el San Telmo de La Plata”. Y fue justamente ahí, en una feria de ropa y artesanías, donde las escuché: dos señoras pasaron al lado mío conversando, mientras miraban todo lo que estaba a la venta, y no sé qué habrá dicho la primera, pero la segunda le respondió, con total convicción: “Es que en La Plata, arte es lo que sobra”. Sí señora, tiene razón, ya lo veo. Y en los blogtrips como en la vida (?), lo mejor pasa fuera de programa. Por lo menos yo me quedé con muchas ganas de hacer un artblogtrip por La Plata (*ejem*) (a ver si lo organizamos).

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Y, para que vean que todo en la vida son casualidades, en C’est la vie conocí las ilustraciones de Gabi Rubí, decidí seguirlo en facebook para ver un poco más de su arte, vi que estaba haciendo una convocatoria de artistas para un ciclo cultural, le escribí para postularme, me dijo que sí y así fue como llegué a esto: mañana sábado expondré fotos en La Plata. Están todos invitados. :)

[box border=”full”]Datos útiles para visitar La Plata

Cómo llegar: las empresas de colectivo Costera Metropolitana y Grupo Plaza salen desde Retiro y hacen paradas en Paseo Colón y 9 de Julio.

Dónde quedarse: Frankville Hostel (Calle 46 n° 781 e/ 10 y 11).

Qué ver: La República de los Niños (ubicada en Gonnet), Casa Curutchet (Boulevard 53 Nº 320, entre 1 y 2), Centro Cultural Islas Malvinas, la Catedral (suban en el ascensor para ver la ciudad desde arriba!), Meridiano V, C’est la vie (Calle 55 entre 4 y 5). [/box]

Y pueden leer la primera parte de este blogTripping La Plata acá: “Allá es otro clima”.

blogTripping La Plata | Parte 1: “Allá es otro clima”

Un domingo de mayo a eso de las 5 de la tarde.

Voy en el asiento delantero de un auto paseando por La Plata. Diálogo vía mensaje de texto con mi mamá (sí, la pintora y futura twittstar):

—Ani, estás volviendo ya?
—No, por?
—Nada en particular. Hace frío allí?
—No, está re lindo!
—Ja Ja, allá es otro clima.
—Jajaja loca!

Al rato, otro mensaje de mi madre:

“Estás viajando por ahí?”

:D

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En La Plata pasan cosas raras.

Primero, cada vez conozco más gente que tiene algo que ver con La Plata. Muchos de mis amigos, compañeros y profesores de facultad son de La Plata. Muchos de mis lectores son de La Plata. Muchos bloggers (o “2.0’s” – dospuntoceros) son de La Plata. Mucha gente que conocí viajando vive y estudia en La Plata. Muchos amigos seguramente me van a decir (después de leer esto) que son de La Plata o que vivieron en La Plata o que estudiaron en La Plata y yo no estaba enterada. Uno de mis primos —que vivía en Entre Ríos— ahora vive en La Plata (y me visita mucho más seguido) :). Muchas grandes bandas de rock nacional nacieron en La Plata. Los recitales que antes se hacían en Buenos Aires ahora se hacen en el Estadio Único ¿de dónde? de La Plata. Mi mamá dio clases en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de La Plata (plástica y dibujo aplicado al diseño) durante ocho años (por eso me afirma con conocimiento de causa que “allá es otro clima”). De repente todos los caminos conducen a La Plata.

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Perdón, estoy siendo maleducada. Sé que muchos de ustedes no son argentinos y probablemente se están preguntando quién es esta famosa La Plata. Así que se las voy a presentar formalmente.

*Se sube al estrado*

*Toma el micrófono*

*Aclara la garganta*

Queridos lectores, les presento a La Plata. Nació el 19 de noviembre de 1882, fue ideada como capital provincial después de que la ciudad de Buenos Aires fuera declarada distrito federal en 1880 y es la única ciudad planificada del país (fue construida primero y habitada después). Hoy, efectivamente, es la capital de la Provincia de Buenos Aires y está 56 km al sudeste de la Ciudad de Buenos Aires (la capital del país). El casco urbano tiene más de 186.000 habitantes y el Gran La Plata, más de 650.000. La ciudad fue premiada en la Exposición Universal de París en 1889 como “Ciudad del futuro” y “Mejor realización construida”. Es, además, una ciudad de gran importancia universitaria y educativa: tiene varias instituciones académicas (entre ellas la Universidad Nacional de La Plata, una de las principales del país) y se destaca en ámbitos como la física, la astronomía y la biología. Es una ciudad muy verde y con muchísima vida cultural (y gran cantidad de museos, centros culturales, teatros y bibliotecas).

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En un ámbito un poco más personal, les cuento que físicamente es un cuadrado perfecto. Si la miran desde arriba, La Plata es una grilla más ordenada que una hoja cuadriculada. Es muy fácil orientarse, ya que las calles no tienen nombres sino números correlativos, lo cual permite sacar fácilmente la cuenta de cuánto hay que caminar para llegar de un punto a otro de la ciudad (las calles del casco urbano van del 1 al 31 y, paralelamente, del 32 al 71). Pero hay algo que la hace especial, misteriosa y diferente a otras: sus diagonales, esas calles que la atraviesan de norte a sur y de este a oeste y forman rombos en el mapa. Por eso, en la intimidad, muchos la llaman La ciudad de las diagonales.

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Adivinanza basada en un caso real: ¿Cómo reconocer a tres platenses en Buenos Aires? Respuesta: posicionarlos en alguna plaza de la ciudad de Buenos Aires y observar cómo se van caminando —sin darse cuenta— por las calles diagonales en vez de seguir la linea recta como el resto de los porteños. Puedo dar fe de esto ya que fui testigo y me causó mucha gracia. Adivinanza número dos: ¿Cómo reconocer a dos porteñas en La Plata? Respuesta: son esas que están perdidas en alguna diagonal, creyendo —inocentemente— que por tomar esa calle iban a acortar camino. Adivinanza número tres: ¿Cómo encontrar un parque en La Plata? Respuesta: caminar seis cuadras (hay bosques y plazas ubicadas exactamente cada seis cuadras).

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Pero si tuviera que hablarles de ella, de lo que realmente es y lo que realmente siente, les diría que La Plata es una ciudad joven que vive, respira y palpita. Es universitaria. Es artista. Es bohemia. Es política. Es intelectual. Está llena de murales, de colores y de ideas. Tiene hojitas de otoño (por lo menos en este momento) y rincones con aire de barrio (de ese barrio tan barrio y tan lindo que nos hace tanta falta en medio de la locura de Buenos Aires). Tiene mate, medialunas y ventanas abiertas. Tiene gente sentada en los parques y en las puertas. Tiene movidas culturales y musicales. Es una ciudad muy cercana a Buenos Aires pero a la vez muy distinta. Es una ciudad que, como me dijeron por ahí, nunca envejece.

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Es una vergüenza: la tuve ahí muy cerca toda mi vida y la conocí recién a los 21 años gracias a una amiga que es de allá y que por poco me arrastró. Eso nos pasa a todos, ¿no? Cuando algo está tan cerca pensamos que podemos ir “en cualquier momento” (“total está acá nomás”) y al final nunca vamos… Y ahora, tras mi segunda visita a La Plata me pregunto: ¿cómo puede ser? ¡¿cómo no la descubrí antes?! Ella tan La Plata y yo tan principiante…

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Para que entiendan cómo fue que volví a ir a La Plata después de cinco años les hago un breve resumen de acontecimientos.

Un día de 2010 abrí un blog de viajes y empecé a viajar y a escribir → A lo largo de los meses me fui contactando con bloggers de viaje argentinos y de España → uno de ellos (¡gracias, Gabi!) me invitó a dar una charla en algo llamado “tbm” (o Travel Blogger’s Meeting) (más específicamente, me invitó a la primera reunión de bloggers de viaje argentinos que se hizo en Buenos Aires a fines de 2011) → fui y hablé → en esa reunión conocí a los chicos de LaPlataGO (los ideadores y responsables del primer blogtrip que se realizó en Argentina, justamente a la ciudad de La Plata) y quedamos en contacto para hacer cosas en el futuro → en el medio viajé a España y a Marruecos → volví a Buenos Aires → justo (casi) todos los bloggers argentinos (¡y hasta Eddy Lara Brito! el creador del tbm) coincidimos en un evento de marketing y turismo en Buenos Aires → nos reencontramos y nos pusimos las pilas para hacer cosas otra vez → Y así surgió este blogTripping La Plata, un video-blogtrip de un fin de semana, en el que participé junto con Aldana de Magia en el Camino, Annie Burbano (blogger colombiana), Santiago Cravero Igarza y Mario Alza (los chicos de LaPlataGO e Identidades Digitales), Pachi (dueño del muy recomendado Frankville Hostel) y Axel Hochegger (quien estuvo a cargo de la filmación, edición y producción de tres excelentes videos, entre ellos, el que sigue). Denle play y pongan fullscreen. :)

Faltan más capítulos de esta historia. Pero sí, en La Plata, definitivamente, hay otro clima.

Continuará.

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Essaouira: por fin, el mar

I. La cura para todo mal

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A veces, en la velocidad de nuestras vidas, damos todo por sentado y nos olvidamos de hacernos las preguntas fundamentales para nuestra felicidad. Una de ellas —aprendí— es: “¿En qué paisaje me gustaría vivir? ¿Dónde me siento mejor, más productiva/o? ¿Qué me gustaría ver por la ventana todos los días?”. Cualquier respuesta es válida. Yo creo que mientras mejor nos haga sentir nuestro entorno (y en este caso me refiero al natural y no al humano), más felices seremos y, por ende, más productivos. Sino a mí, por ejemplo, no me pasaría eso de “inspirarme” frente a determinados paisajes.

[singlepic id=4441 w=625 float=center] Así de feliz me pone el mar…

Al llegar a Essaouira (un pueblo pesquero ubicado en la costa atlántica de Marruecos) me di cuenta de que no hay ningún elemento de la naturaleza que me haga más feliz que el mar. El día que me establezca en algún lugar será frente al mar. Quiero poder despertarme todas las mañanas y empezar el día con un chapuzón. Quiero sentarme a escribir en un balconcito escuchando el ruido de las olas y con el viento pegajoso en la cara. Quiero tener la casa y los pies llenos de arena. Quiero sentir el olor de la sal en el aire. Quiero escuchar a las gaviotas rondando por mi techo. Quiero poder nadar, flotar, sumergirme, jugar en la orilla y dibujar en la arena cuando me de la gana, en cualquier momento del día. Quiero vivir frente al mar. Lo siento desde muy chica —yo, que crecí en Buenos Aires y sin mar a la vista— y cada vez siento esa necesidad con más fuerza, cada vez se convierte más y más en una certeza. Quiero mar en mi vida. Quiero escribir libros mirando el mar.

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Llegar a Essaouira, después de tanta lucha, después de tanto regateo, rutas y cabras en el baúl, fue un alivio. Por fin el mar. Por fin esa sensación de libertad, de amplitud, de esperanza que da el océano a cualquier ciudad. Por fin la arena, la sal, el viento, las gaviotas, los pescadores, los barquitos, las olas, los atardeceres, el agua. Por fin, por fin, por fin el mar. En este viaje me di cuenta de que encontré dos lugares que curan el alma: el desierto y el mar.

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Si bien Essaouira es muy turístico (mucho más de lo que imaginé) es uno de los lugares que más les recomiendo de Marruecos. Tiene una medina descascarada por el viento salado (pero que no deja de ser encantadora). Tiene los restos de la antigua mellah o barrio judío (reconocible por el color azul de sus puertas y barandas). Tiene mucha música (cada año se realiza el Gnaoua Festival of World Music, un evento que dura 4 días y congrega a artistas y espectadores de todas partes del mundo). Tiene mucha oferta de comida y pescado fresco. Tiene gaviotas alborotadas. Tiene dromedarios en la playa. Tiene playa para caminar. Tiene atardeceres rosas. Tiene esa paz que transmite el océano. Tiene todo lo necesario para sentirse bien.

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II. Ir o no ir

Cuando ustedes lean este post yo ya estaré de vuelta en España. Pero como todavía les debo el capítulo final de mi odisea marroquí, voy a contarles qué me pasaba por la cabeza seis días antes de tener que irme del país. La pregunta que me rondaba incansablemente era: ¿Voy o no voy a Assilah? ¿Hago nueve horas en bus hacia el norte para después deshacerlas en un día, volver corriendo a Marrakech y tomar el vuelo a Barcelona? ¿O mejor me quedo en Essaouira, a tan solo tres horas de Marrakech, y doy el viaje de Marruecos por terminado? ¿Hago Essaouira – El Jadida – Assilah – Marrakech en seis días o me quedo todos esos días en Essaouira?

[singlepic id=4554 w=625 float=center] Niños jugando al fútbol en la medina de Essaouira

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[singlepic id=4505 w=625 float=center] Los dromedarios

[singlepic id=4545 w=625 float=center] El puerto

Viajar, como verán, implica tomar decisiones constantemente. Y, en aquel entonces, pensaba: Me conozco: sé que si no voy a El Jadida y Assilah —dos pueblitos de la costa atlántica marroquí que me intrigan— después me voy a arrepentir y me voy a torturar con el clásico “estaba tan cerca y no fui, ahora quién sabe cuándo volveré a Marruecos…”. Pero también sabía que estaría resignando mi slow travel por unos días, que estaría yendo de una punta del país a la otra solamente por “un capricho”, que estaría haciendo el recorrido un poco a las apuradas y que después tendría que viajar nueve horas en bus para volver a Marrakech y tomar mi vuelo a Barcelona. Era o hacer un triángulo de ciudades medio a las apuradas para ver dos lugares que me dejaban con ganas o quedarme en Essaouira y después torturarme por no haber ido a los otros dos. Pero son las cosas que me pasan por ser tan veleta, por ir para donde sopla el viento y por no planear de antemano.

[singlepic id=4553 w=625 float=center] El señor está de acuerdo en que soy veleta (y hasta parece estar preocupado)

Para que entiendan cómo fue que llegué a tener que tomar esa decisión, los pongo en contexto rápidamente. A principios de marzo, cuando estaba en Ait Benhaddou haciendo nada me llegó un mail de Eddy Lara Brito invitándome a formar parte de un blogtrip a Laponia Sueca. Un blogqué, se preguntarán mis lectores no bloggers. Un blogtrip es, para explicarlo de la manera más simple posible, un viaje “de prensa” para bloggers. Un viaje en el que, por ejemplo, la Secretaría de Turismo de un país/ciudad/provincia invita a cinco (o seis, o diez o dos) bloggers de viaje para mostrarles una región determinada y para que, a cambio, ellos relaten toda la experiencia en sus blogs. Ya se hicieron bastantes blogtrips con bloggers de viaje españoles, pero casi ninguno con bloggers latinoamericanos, así que para mí fue un honor ser invitada y dije que sí enseguida (no se imaginan mi alegría: ¡¡mi primer blogtrip!! ¡Y a Laponia! ¡Cerca del Círculo Polar Ártico: una región del mundo que jamás pensé que iba a pisar tan joven! ¿Veré la aurora boreal? ¿Hará tanto frío como pienso? ¿Cómo será ir a un blogtrip? Tantas preguntas…).

Sin embargo, decir que sí al blogtrip a Laponia implicaba, obligatoriamente, ponerle una fecha de vencimiento a mi viaje por Marruecos. Los que me leen hace tiempo saben que casi siempre viajo sin pasaje de vuelta y voy decidiendo todo en el momento, según mis ganas, mi presupuesto, mi humor, mis intuiciones. Pero lo de Laponia me convenció, así que en ese mismo momento compré un pasaje para volar de Marrakech a Barcelona el 20 de marzo (o sea hoy) (sí, ya estoy de vuelta en mi Carcelona) (es que el blogtrip sale de Girona y es del 26 al 30 de este mes) (voy a contarles todo en vivo y en directo) (dejo de usar paréntesis).

[singlepic id=4567 w=625 float=center] Chau África, hasta la próxima…

[singlepic id=4564 w=625 float=center] Cambio carretas por trineos

[singlepic id=4563 w=625 float=center] Cambio músicos callejeros por Círculo Polar Ártico

[singlepic id=4478 w=625 float=center] Cambio niños marroquíes por niños suecos (¿serán tan simpáticos?)

[singlepic id=4498 h=625 float=center] Cambio gatos por perros

[singlepic id=4459 w=625 float=center] Cambio el azul de las puertas por el verde de la aurora boreal (¿la veré?)

Entonces, la cuestión que me inquietaba en Essaouira era si ir o no ir a una región de Marruecos que me había quedado pendiente (y que, cuando aún no tenía el blogtrip en vista, tenía planeado visitar), si valía la pena hacer tantos kilómetros hacia el norte (exactamente 560) para después tener que volver a Marrakech (en el sur) y volar a Barcelona (hacia el norte otra vez). Además, ingrediente extra, tendría que hacer ese recorrido sola, ya que Andi se volvería a España directo desde Essaouira unos días antes que yo. Pero como lo de si valía la pena o no era una pregunta que no iba a responderse sola y que nadie podría responder por mí, decidí arriesgarme e ir. Nueve horas de bus nunca le hicieron mal a nadie (al menos a mí no). Además (pensé como para justificarme) cuando estaba viajando por China, nueve horas era lo que duraba un trayecto “normal” de una ciudad a su pueblo vecino. Nueve horas no es nada. Así que no lo pensé más y me subí al bus rumbo a mi primera parada como viajera solitaria en Marruecos: El Jadida.

El final del juego estaba cada vez más cerca.

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[box border=”full”] Datos útiles para visitar Essaouira (Marruecos):

  • Cambio: 1 euro = 11 dirham (marzo 2012) 
  • Bus desde Marrakech: 45 dirham + 5 dirham por el equipaje (no dejen que les cobren de más ya que en la estación de Marrakech son muy vivos y primero nos pidieron como 80 dirham por el trayecto). Son 3 horas y media de viaje.
  • El alojamiento más barato que encontramos en Essaouira se llama Dar el Pacha y cuesta 45 dirham la cama en dormitorio compartido.
  • Hay comida por todos lados. Les recomiendo que se vayan a la zona más local y se coman la harira (sopa) por 3 dirham, acompañada por un crepe con miel y queso (3.50 dirham) y un té de menta (tetera 5 dirham). En el sector turístico les van a cobrar el triple.[/box] 
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