Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos

Es muy fácil apoyarse en las fotos. Decir Potosí es así, tomá, y poner una foto. Decir En Potosí las mujeres se visten así: foto. En Potosí las construcciones tienen estos colores y estas formas: pum, foto. La imagen siempre dice mil y un palabras, le gana a todo. Sacar fotos me hace vaga, me hace mirar menos, me hace retener los detalles por menos tiempo. Por eso apenas llegamos a Potosí decidí hacer una visita libre de fotos.

(…)

En las calles de Potosí pasan tantas cosas a la vez que no podría capturarlas en fotos: son instantes muy efímeros. La mirada de los nenes desde sus aguayos, las manitos que se escapan de ese capullo de colores, la nena vestida de mini cholita de la mano de su mamá, el bebé jugando con su hermanito en la vereda, una señora que le rocía agua a sus porotos (con mucho amor), dos chicas que levantan la tapa de un tacho y se encuentran con un montón de papas cortadas, un ciego que le toca la cola a una cholita con su bastón —por error, asumo—, la mirada de ella que se da vuelta de golpe (indignada).

Casi todas las personas que están en las veredas venden algo, sobre todo las mujeres, cada una un rubro específico: jugo, flores, frutas, porotos, pan, roscas de Navidad, queso, marshmallows (me lo dice así, en inglés), helados.

La gente camina por el medio de la calle, hay un caos silencioso y fresco. Ordenado. Me siento en la vereda de una plaza y observo. Hay unas cincuenta mujeres sentadas en fila, una al lado de la otra, en medio de la calle. No sé si es normal o no. Mi mirada porteña me sugiere que es un piquete de cholas (horas después nos confirmarían que efectivamente era una protesta). El semáforo que está encima de ellas pasa de rojo a verde pero nadie lo mira. La barrera de mujeres corta el tráfico (que tampoco hay). Están tan para la foto que no resisto y saco algunas con el celular, de lejos, sin mostrar caras.

Lo que más me gusta es su ropa: no hay dos mujeres que estén vestidas iguales. Las observo como si fuese a dibujarlas: zona por zona, detalle por detalle. Primero hago un relevamiento de gorritos (el autocorrector me pone: “un relajamiento de gorditos”): sesenta por ciento son negros y abombinados, el treinta por ciento son de varios tonos de marrón, el diez por ciento está compuesto por “otros” (con flores, con moñito, de tela, de jean). Alguien nos dijo que una vez llegó un cargamento de estos gorros por error a Bolivia y fueron furor (y los adoptaron como parte de la vestimenta). Más adelante nos enteraríamos de que se usan a causa de la colonización española.

Observo a una señora (cholita también, porque acá en Bolivia más del 60 por ciento de la población es indígena) que se quedó dormida en un banco de plaza junto a sus tres amigas que también duermen. Todas tienen sus bolsitas rayadas de colores, parece la bolsa de los mandados. Las cuatro usan pollera campana (no se ve a una cholita con pantalón): una lisa, otra a lunares, otra cuadriculada, la otra con flores. Cada una con su delantal y sus medias largas o polainas de lana. Y todas con dos trenzas negras hasta la cintura, unidas con pompones al final. Dos están tapadas hasta los ojos con sus ponchos. Una se despertó y teje. ¿Cada cuánto se harán las trenzas?

Al lado mío se sienta una señora. La miro, me mira, le sonrío, me sonríe mucho. El arte de sonreír se practica en todo el mundo. Es uno de los lenguajes universales. La señora me ve escribiendo y saca su libreta. Estamos a la sombra, el sol está fuerte. Las mujeres del piquete se van moviendo hacia la sombra, una abre un paraguas rosa, otra se cubre la cabeza con un periódico. Tal vez esa calle sea el punto de encuentro de las cholitas: como nunca vine a esta ciudad, no sé qué es normal y qué no. Lo que más me llama la atención es el silencio: el altiplano boliviano tiene pocos ruidos. Se explota un globo y una nena sale corriendo. Me asusto.

Necesito aprender todas esas palabras que aparecen implícitas en las fotos: ¿cómo se llama lo que está dentro de las polleras y les da forma de campana? ¿Cómo se llaman esos cosos del piso por los que está corriendo la nena? Me doy cuenta de cuánto nos apoyamos en la imagen. A lo lejos veo a mi doble: a primera vista parezco yo. Es rubia, gringa-looking, está sentada en un banco escribiendo en su cuaderno. Es la Aniko que sigue viajando sola por ahí. Se levanta y se va. Es peligroso cruzarse con otra versión de uno mismo. Mejor que ninguno de los dos se de cuenta y todo siga su rumbo normal.

Seguimos caminando. La ciudad es colonial, está repleta de edificios con balconcitos, entradas en arco y colores pasteles descascarados. Edificios coloniales que olvidaré. Es imposible recordar todo lo que uno ve, es imposible quedarse con el detalle de cada uno de los ejemplares: siento que me quedo con una idea de “lo colonial”, así como me quedo con una idea general de “las cholitas”.

En las calles de Potosí abundan, a saber: los dentistas, los abogados, las peluquerías, las farmacias, los oculistas, los centros de internet fotocopias anillado. Me llama la atención lo de los abogados: ¿tanto trabajo tendrán? Colores más usados en las paredes: salmón del pacífico, verde navideño, blanco agrisado, turquesa desteñido, amarillo patito. Un señor restaura el frente de una casa y la hace quedar desconectada del resto: está demasiado blanca.

Nos paramos frente a un cartel de Prohibido tocar bocina y escucho un bocinazo: es para Damián que está sacando una foto en el medio de la calle. Se lo ganó.

Un borracho llora en una esquina y se abraza a un poste. Dos policías mujeres pasan al lado y nos miran con poca simpatía. Las calles son tan angostas que cuesta hacer las curvas, los autos y los buses se suben al cordón. Trato de recordar todas las fotos que podría estar sacando, de verlas, de previsualizarlas sin capturarlas. Son momentos que no volverán. Mejor así. El cordón de la vereda es tan angosto que no me entran los pies, es un cordón talle 37. En una puerta dice, cuatro veces, Cuidado con el perro: debe ser bravo, o quizá es un Beetlejuice hecho can. Sale música romántica de un local: nos asomamos y se ve la foto de una chica con poca ropa. Es un calendario y está puesto sobre una silla, para que ella esté cómoda.

Me digo que es imposible fotografiarlo todo. No se puede, es como querer conocer todo. Me cuesta resistir pero lo hago, casi no saco fotos. Estoy cansada de mis fotos. Odio ver fotos sin seleccionar, sin criterio, y siento que las mías están así, poco pensadas. Me digo: hacé de cuenta que tenés una Polaroid y que cada imagen vale plata. Me pierdo un montón de fotos, ¿y qué? ¿Qué pierdo en realidad? Si el momento lo vi igual.

Escribo este texto mientras caminamos. Literalmente. Voy frenando en mitad de las calles, apoyo el cuaderno sobre alguna ventana o banco y tomo nota. No quiero olvidarme de nada.

[box border=”full”]Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
– Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos [/box]

Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus

No pensé que volvería tan pronto a Bolivia, pero me emociona estar de vuelta acá. Este es el país que me inspiró a viajar por ahí, así que le debo mucho.

Mientras caminamos por Uyuni no puedo parar de pensar en mi versión viajera 2007, en aquella vez que conseguí, de casualidad, un pasaje de tren para volver a la frontera con Argentina y poder llegar a tiempo al bus que me llevaba a Buenos Aires. No puedo parar de pensar en la suerte que tuve de que me tocara viajar en la clase más económica. Pienso en aquella chica que, durante la noche, me tapó con la frazada de su bebé para que no tuviera frío. La recuerdo, le agradezco mentalmente, y me siento feliz de estar otra vez en su país.

Mientras esperamos el bus que nos llevará a Potosí, una mujer nos habla.

—¿De dónde son?
—De Argentina, de Buenos Aires.
—Ahhh, yo tengo un hermano en Zárate…
—Es cerca de la Capital. ¿Y conocés?
—No, no me animo a ir sola para allá, no conozco, tengo miedo de perderme…
—No pasa nada, animáte.
—Algún día…

Mientras tanto, su bebé descansa contra su espalda, calentito en su aguayo.

Miro a nuestro alrededor. En las calles de Uyuni hay mucha vida. La primera vez que vine no me di cuenta, pero ya sé por qué me gusta tanto este país: por su cultura callejera, tan similar a la de Asia. Todo pasa en las veredas: las mujeres venden y cocinan, los chicos juegan, los hombres se reúnen. El estar constantemente afuera, además, hace que la gente esté mucho más predispuesta a charlar con extraños que en otras partes del mundo.

El bus que nos llevará a Potosí (a tres horas de acá) llega puntual. Subimos y me sorprendo: recordaba los buses de Bolivia más desvencijados. Este parece bastante nuevo. La ruta también mejoró mucho. Estoy contenta de volver a viajar en el transporte local: creo que Bolivia es un país para recorrer en sus buses donde, al igual que en sus calles, también pasa de todo.

Arrancamos y empieza el viaje: el conductor pone la cumbia. Ningún viaje en bus está completo sin su banda sonora. En esta caso, cumbia altiplánica. Enseguida me vienen los recuerdos de mis otros dos viajes por este país: las rutas de ripio (muchas veces inaccesibles por la lluvia), las mujeres que se subían a vender comida, los chicos que se subían con sus pollitos en una caja, las películas de Rambo a todo volumen, el frío de los caminos del Altiplano. la cumbia en repeat durante horas, los tapones que se hizo uno de mis amigos con bolitas de pan para poder dormir.

El bus comienza a ascender por las montañas. Vamos hacia Potosí, una de las ciudades más altas del mundo. Un nene juega en el pasillo e interpreta distintos personajes. Ahora está en modo Spiderman. Quiero reclinar mi asiento pero donde debería haber una palanquita o botón hay un agujero. El de adelante tiene el mismo problema, así que le pide al conductor que le preste algún tipo de fierro para meter en el agujerito y poder apretar el botón (que está ahí, oculto, pero muy duro para presionar con el dedo). Le pasan un tornillo muy grueso y lo logra. Se lo pido, lo intento, no puedo. El señor de adelante agarra el tornillo, gira, se arrodilla sobre su asiento, se estira por sobre el respaldo, lo pone en el huequito, hace fuerza y desde ahí me ayuda a reclinar mi asiento. Ahora sí.

Vuelvo a sentirme de viaje. Tengo los labios agrietados, la piel seca, las zapatillas cubiertas de tierra, toda la ropa sucia, tres tipos de monedas en la billetera, mapas por marcar y ganas de escribir. Vuelvo a sentirme liviana.

Avanzamos por una ruta de postal. Montañas, laguitos, casitas perdidas, las nubes bajas bien blancas y esponjosas. Busco formas y siempre encuentro animales, ¿será que la naturaleza se replica a sí misma? El conductor le toca bocina a las llamas que se cruzan en el camino, que salen corriendo y levantando polvo.

El co-conductor sale de la cabina (separada por una puerta del resto del bus), prende la tele y pone una película. Terminator. A los dos minutos se corta. Se empieza a escuchar un coro que va de tímido a desenvuelto: “¡No hay video!”, “pelíiiiiculaaa”. Uno dice: “¡Qué corta la película! Ponga una de Supermán”. “Ponga una para adultos”, le retruca otro. “Esa no la había visto”, se lamenta alguien. El televisor no vuelve a funcionar. La mejor película aparece en la ventana: el atardecer. El cielo altiplánico se pone naranja rojo intenso, los charcos de agua reflejan el color y hacen que la tierra también parezca naranja. Las casitas de adobe se pintan de dorado. El verde del pasto se hace más luminoso. Lo que más me gusta del viaje es que todos los pasajeros (somos los únicos extranjeros) miran el paisaje como si lo estuviesen viendo por primera vez: con asombro y concentración. Muchos sacan fotos. Familias enteras giran sus miradas. Uno saca la cabeza por la ventana. Cuando se hace de noche, casi todos se duermen.

Por estas cosas, para mí, vale la pena seguir viajando en los buses locales.

[box border=”full”]Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
– Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos [/box]

Recorrido fotográfico por el Altiplano boliviano
(Uyuni y alrededores)

Apenas cruzamos a Bolivia vuelvo a encontrarme con ella: la altura. Siempre me pasa lo mismo: subo a más de 4000 metros y me apuno. No importa cuántas veces haya estado en altura, siempre me afecta. La primera sensación que tengo es como cuando duermo en una cama de arriba: mi cuerpo se siente demasiado lejos del piso. Estar en el Altiplano es una sensación rara: todo parece ocurrir en otro plano, en una dimensión distinta, en un mundo que queda más cerca del cielo y muy muy lejos del mar.

Día 1: las comparaciones son odiosas

[singlepic id=7800 w=850 float=center]

[singlepic id=7801 w=850 float=center]

En la frontera entre Chile y Bolivia no hay nieve, no en esta época del año, no como la última vez que estuve acá. El suelo es puro marrón. Las 4×4 son de todos colores, pero ya están amarronadas por el polvo. A lo lejos hay un colectivo abandonado (sigue estando acá, lo vi hace cinco años y sigue acá), también marrón de la tierra y el óxido. Los conductores prepararan las 4×4 para empezar el recorrido: es casi imposible hacer la travesía por el salar de Uyuni y sus alrededores de manera independiente (a menos que tengas auto, supongo). Casi no pasan vehículos que no sean los de los tours. Las rutas son de tierra y no están señalizadas. Hay que conocer la zona para animarse a entrar. A primera vista siento que hay mucho más turismo que hace cinco años, cuando estuve en Uyuni por última vez. Esta es mi tercera visita y todavía no me aburrí de sus paisajes.

[singlepic id=7804 w=850 float=center]

[singlepic id=7805 w=850 float=center]

Apenas llegamos a la primera laguna (unos quince minutos después de cruzar la frontera) me acuerdo: los paisajes de Bolivia son únicos en el mundo. Es un país que tiene todo menos mar (porque lo tuvo y lo perdió), y en ese “todo” caben más paisajes de los que uno se imagina.

Bolivia tiene, ante todo, colores.

[singlepic id=7807 w=850 float=center]

Gran parte del recorrido por Uyuni consiste en estar en la 4×4. A uno le tiene que gustar el movimiento, el avanzar por la ruta, el llegar a lugares nuevos. A uno le tiene que gustar mirar por la ventana. En este viaje somos siete: Flora y “Jorge” (una pareja holandesa), Maurizio (un brasilero/italiano/chileno que vive en Londres), Mike (un ecologista neocelandés que está viajando hace más de un año), Alberto (nuestro conductor y guía), Damián y yo. Hay muy buena onda, lo cual es importante ya que vamos a pasar los próximos tres días (completitos, es decir las próximas 72 horas enteras) juntos. Nos vamos turnando para sentarnos adelante: todos nos sentimos un poco apunados, y adelante es donde mejor se viaja.

Miro por la ventana. A lo lejos veo la primera vicuña del día. Alberto nos cuenta que siempre andan en manada y que suelen ser más hembras que machos (dice que hay un solo macho por manada). Si se ve una vicuña sola, seguramente es un macho que fue echado del grupo.

[singlepic id=7808 w=850 float=center]

A lo lejos vemos, también, una pareja que va en bicicleta. Qué ganas, pensamos. Qué duro debe ser cruzar el Altiplano en bicicleta, con todo el calor y el viento que hace. Ellos casi no pueden pedalear. Los saludamos pero no responden.

[singlepic id=7809 w=850 float=center]

A lo lejos, otra vez, los colores: esos colores tan andinos, tan típicos de acá arriba. Y esas nubes —que hoy no aparecen— tan altiplánicamente esponjosas.

[singlepic id=7812 w=850 float=center]

Llega el momento del baño de inmersión en las aguas termales. Afuera hace frío, el agua debe tener unos 30 grados. Una vez que te metés ya no querés salir. Linda combinación esa de tener el cuerpo calentito y sentir el viento frío en la cara. Rara.

[singlepic id=7813 w=850 float=center]

La laguna roja es nuestro primer acercamiento a los flamencos del Altiplano. Uno no se imagina que puede encontrarse estos pájaros por acá, pero les encanta vivir en esta zona. Nos sentamos un rato a mirarlos y se la pasan hundiendo el cuello en el agua, viendo qué pueden sacar de rico. Estos son rosas porque los minerales del agua les tiñen el plumaje. El agua es roja por lo mismo: minerales.

[singlepic id=7815 w=850 float=center]

Un paisaje que, visto en esta foto, parece ser mitad en blanco y negro. Hasta en blanco y negro está pintada Bolivia.

Lástima el viento. Durante todo nuestro recorrido: el viento.

Después de varias horas llegamos a la posada en la que pasaremos la primera noche. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero la otra vez que hice este tour, hace cinco años, todo era más rústico, parecía más reservado para unos pocos aventureros. Hoy nuestra posada está repleta de gente que habla inglés. La otra vez dormimos en un lugar que casi no tenía electricidad y estaba en el medio de la nada (más en el medio de la nada). En la 4×4 éramos menos: Vicky (mi amiga, con quien viajaba), una pareja suiza, “la cuky” (la cholita que nos cocinó durante todo el viaje), el conductor y yo. Hoy estos viajes ya no se hacen con cocinera propia, me dice Alberto. Hoy ya no hay tanta rusticidad. Pero las comparaciones son odiosas, ya sé.

[singlepic id=7818 w=850 float=center]

[singlepic id=7817 w=850 float=center]

[singlepic id=7816 w=850 float=center]

En la posada vive doña Elvira, quien se la pasa hablando por una radio con alguien que parece ser el Darth Vader del Altiplano. La voz sale distorsionada, por momentos grave, por momentos aguda, se estira y se contrae. No sé de qué hablarán, tal vez están chusmeando las novedades, porque la señora se ríe. Maurizio saca su Polaroid (qué buena idea para un viaje, qué buena idea para volver a pensar las fotos, qué buena idea para no disparar como si todo estuviese puesto para ser fotografiado) y le hace una foto a doña Elvira. Al principio ella no quiere, pero él le muestra que su cámara saca “a la antigua”. Cuando la foto está revelada, se la da. Nos reímos un largo rato: en la foto se le ve la pollera pero no las piernas, y el ángulo hace que las patas de la silla —finiiitas— parezcan sus piernas. Flaquitas como la de un flamenco. Y nos reímos otra vez, doña Elvira incluida.

Día 2: qué pasa con las casas cuando sus dueños se van

[singlepic id=7820 w=850 float=center]

En lugares como este —aviso por si acaso— los baños abundan.

[singlepic id=7821 w=850 float=center]

A veces la perspectiva lo cambia todo.

[singlepic id=7822 w=850 float=center]

La roca que parecía una tabla de surf ahora es un iceberg (y tiene burbujas).

[singlepic id=7824 w=850 float=center]

Y otra vez ese recordatorio de que en Bolivia todo es extremo: los colores (¿en qué caja de crayones encuentran estos colores?), la temperatura (el sol caliente de día, la luna fría de noche), el espacio (en el Altiplano sobra espacio, todo es espacio vacío).

[singlepic id=7828 w=850 float=center]

Y los flamencos, acá también, aunque esta vez más de cerca, más accesibles, casi al lado.

[singlepic id=7829 w=850 float=center]

[singlepic id=7834 w=850 float=center]

Y sentarse a mirarlos. Pasarse horas mirando el movimiento lento y gracioso de los flamencos, la vida independiente que parecen tener sus cuellos, el reflejo que proyectan en el agua.

[singlepic id=7832 w=850 float=center]

El regreso de las vicuñas. O nuestro regreso para las vicuñas. Otra vez estos turistas insoportables con sus cámaras. Otra vez nos apuntan cada vez que movemos una oreja. Uno no puede hacer su vida tranquilo, que aparecen estos gringos y nos miran como si nunca hubiesen visto una vicuña.

[singlepic id=7833 h=850 float=center]

De fondo, como para no olvidar el poder del Altiplano, un remolino de tierra, un viento que hace girar millones de partículas de polvo en el aire y forma algo así como un torbellino, un huracán mínimo.

[singlepic id=7840 w=850 float=center]

Después de medio día de paisajes, algo mejor aún: un pueblo fantasma. Esto no estuvo en mi recorrido la otra vez que vine. Es que la otra vez era época de lluvias y las rutas eran otras, a la fuerza.

Hay algo de los pueblos fantasmas que me atrae demasiado. Tal vez ese voyeurismo de querer espiar qué quedó de esas personas que ya no están, que quedó de ese pueblo que sigue siendo pero ya no es.

Nos asomamos a una ventana. Hay cosas adentro, todo sigue ahí, como si sus dueños se hubiesen ido de golpe, hubiesen desaparecido de un momento a otro. Entramos, no podemos no entrar, no podemos no revolver, no podemos no leer las cartas de hace un siglo que encontramos abandonadas adentro de una valija. La correspondencia es personal, sí, pero ¿qué pasa con las cartas que ya no tienen remitente ni destinatario?

[singlepic id=7836 h=850 float=center]

[singlepic id=7839 w=850 float=center]

Cuando salimos, después de una revisada de casa que no estaba en el itinerario, un grupo de perros nos mira. Son los perros de los militares que ahora viven acá, al ladito del pueblo fantasma, en domos que parecen desérticos. “Tuvieron suerte de que no los vieran, sino los hubiesen botado”, nos dice Alberto. Tuvimos suerte.

[singlepic id=7843 w=850 float=center]

Esa noche, un show de burbujas en el hotel de sal. ¿El primer show de burbujas de este hotel de sal?

Día 3: hay sal suficiente

[singlepic id=7844 w=850 float=center]

El día empieza de noche. Alberto nos levanta a las 4.30 de la mañana para ir a ver el amanecer en el salar. Normalmente me rehusaría a levantarme a semejantes horas, pero sufro la presión del grupo: ¿Cuántas veces en la vida vamos a estar acá? Yo ya voy por la tercera. Igual me gusta ver el amanecer de vez en cuando (una vez por año).

[singlepic id=7845 w=850 float=center]

Miramos el amanecer (me gusta más el atardecer) y Mike se apoya contra el sol. Hace frío, estamos emponchados con todo lo que tenemos. Hola salar, tanto tiempo sin vernos, sos uno de mis lugares preferidos.

[singlepic id=7848 w=450 float=center]

Siguiente parada: Incahuasi, “la isla del pescado”, un montículo de tierra repleto de cáctus. Suena lógico que haya una isla en medio del salar si uno piensa que esto antes era un mar (por eso la sal: quedó cuando el mar se evaporó). Dudo si volver a entrar a la isla: hay que pagar 30 bolivianos y ya vine dos veces. No sé. Bueno, voy. Gran decisión. La disfruto más que la vez anterior, siento que es más grande: no me pasa como a los chicos, que cuando crecen vuelven a un lugar de la infancia y se dan cuenta de que era mucho más chico de lo que les parecía; no, a mí los lugares me parecen cada vez más grandes. 

[singlepic id=7846 w=450 float=center]

Caminamos entre cactus de todas las formas y tamaños. Cactus que dan ganas de abrazar.

[singlepic id=7847 w=450 float=center]

Nos sentamos a desayunar al pie de la isla (porque todavía no desayunamos y son como mucho las 7 de la mañana) y vemos a un hombre pasar en bicicleta.

[singlepic id=7852 w=450 float=center]

Después sí, nuestro momento de gloria en el salar. Ese rato —que debería durar mucho más— en el que podemos sacarnos fotos, caminar por la sal, probarla.

[singlepic id=7854 w=450 float=center]

[singlepic id=7855 w=450 float=center]

[singlepic id=7856 w=450 float=center]

El sueño de ser emburbujado. “¿Podés meterme adentro de una burbuja y mandarme volando lejos?”, es la pregunta más frecuente.

[singlepic id=7859 w=450 float=center]

Las banderas. La otra vez que vine no había más de cinco. Ahora se llenó. De Argentina hay dos, quién sabe por qué.

[singlepic id=7861 w=850 float=center]

Los montículos de sal son nuestra última vista del salar, ese desierto blanco de 14.000 kilómetros cuadrados. Como escribí la primera vez que vine: acá hay sal suficiente para curar todas las heridas del mundo. O para salar varios platos.

[singlepic id=7866 w=850 float=center]

Última parada: el cementerio de trenes. Eso mismo: el lugar donde van los trenes a morir. Hay una nube que parece salir como vapor de la locomotora. Lástima que hace varios años que ya no funciona ni tiene pensado moverse.

[singlepic id=7865 w=550 float=center]

Con Maurizio hacemos un juego: sacamos dos fotos que en otra época hubiesen necesitado varios años de diferencia. La primera, con su Polaroid: él en la hamaca. La segunda, con la digital: cómo sería si él volviese 20 años después con la foto de papel al mismo lugar donde se hamacó.

[singlepic id=7868 w=850 float=center]

Y en uno de los trenes —muy fotogénicos, por cierto—: un pajarito. Lo miro.

¿Qué mirás? Seguramente me tenés envidia: yo me quedo acá por el resto de mi vida. Vos seguís camino.

[singlepic id=7835 w=450 float=center]

[box border=”full”] Este recorrido fue cortesía de Atacama Mística (Contacto: www.atacamamistica.cl)

Precio por el tour de 3 días (con todo incluido): 80.000 pesos chilenos por persona (160 usd) (si se contrata desde San Pedro de Atacama) o 800 bolivianos por persona (115 usd) (si se contrata desde Uyuni).

Cambio: 1 dólar equivale a 6,9 bolivianos y a 520 pesos chilenos (datos de diciembre de 2013).

Llevar por lo menos 200 bolivianos en efectivo para pagar la entrada a la Reserva Eduardo Avaroa (donde están las lagunas) (150 bs.), la entrada a Incahuasi (30 bs.), las duchas (10 bs.).

Otras cosas que hay que llevar: un bidón de agua por persona, papel higiénico, ropa de baño, abrigo, protector solar.

Esta es una de las maneras de cruzar de San Pedro de Atacama (Chile) a Uyuni (Bolivia). También se puede ir en bus local (sin hacer el tour de tres días), para eso hay que volver de San Pedro a Calama (bus: 3000 pesos chilenos), pasar la noche en Calama (mínimo 8000 por persona), tomar el bus bien temprano (averiguar, dicen que sale a eso de las 5 am y cuesta 14.000 pesos chilenos). También hay servicios de transfer directo desde San Pedro a Uyuni por 25.000 pesos chilenos (50 usd) (termina costando lo mismo que haciéndolo vía Calama). Sea como sea, cruzar de Chile a Bolivia por San Pedro de Atacama es muy caro. Dicen que es muy difícil hacerlo a dedo, aunque pueden intentarlo y me cuentan…[/box]

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?” – Reflexiones acerca de la salud en viaje

** Spoiler: sí. **

Me di cuenta, leyendo los mails que me escriben, de que hay dos preguntas que se repiten bastante así que decidí dedicarle un post a cada una de las respuestas. Estas preguntas son: “¿qué llevás en tu mochila?” y “¿me recomendás viajar con seguro médico?”. En estle post paso a responder la segunda pregunta con fragmentos de historias basadas en hechos reales (protagonizados por mí).

Huaraz, Perú

Historia #1: mi primer romance con el suero

2008. Segundo viaje a Bolivia (principio de mi viaje por América latina).

Llegamos a La Paz después del tour de cinco días por Uyuni. Me agarra una descompostura tan fuerte que la única ruta que logro recorrer durante dos días es la que me lleva de la cama al baño (round trip). Tengo seguro médico pero el primer día no quiero llamarlo. “Esto se me va a ir solo”. No se va. Dejo el orgullo de lado, llamo al seguro, viene el médico a buscarme y me interna por deshidratación, palpitaciones y fiebre muy alta.

Diagnóstico: gastroenteritis y giardias (un tipo de parásito).

Resultado: dos días en el hospital, suero y pérdida de cuatro kilos. Ahí se fue una de mis siete vidas.

Mujer en La Paz, Bolivia

Historia #2: el bichito misterioso

2009. Guatemala.

Estoy en el Lago de Atitlán y siento que un bicho me pica en el brazo. Lo mato, parece ser una hormiguita inocente. Me olvido del incidente. Al rato, se me empieza a hinchar el brazo. Intento olvidarme del incidente para no parecer paranoica: “Se me va a ir solo”, mi frase de cabecera. Al día siguiente me duele: se me formó una bola de 5 cm de largo en el brazo. Voy a la farmacia del pueblo y le pregunto a la farmacéutica si puede haber sido venenoso. Ella me responde que si hubiese sido un bicho venenoso “ya me hubiese dado algo hace rato” y acto seguido hace como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Me quedo más tranquila, me tomo un antiinflamatorio y me voy a dormir. Al día siguiente (día 3) amanezco con el brazo hinchado y enrojecido y la piel afiebrada. Temo que tengan que amputarme el brazo así que decido dejar mi orgullo de lado y llamar al seguro médico. Inmediatamente me derivan a un hospital evangélico en el cual me aplican una linda inyección de antihistamínico para curar la reacción alérgica. Al día siguiente, no más picadura. Brazo a salvo.

El bello Lago de Atitlán

Historia #3: dengue que te quiero dengue

2009. Mismo viaje a Guatemala. Sola.

Pocos días después del incidente del bichito. Empiezo a sentirme rara: malestar estomacal, falta de fuerza, dolor de cabeza, cansancio constante. Mi diagnóstico: “Comí demasiados huevos y me dio un ataque al hígado. Se me va a ir solo”. Sigo viajando por Guatemala como si nada durante unos días, pero en algún momento dejo de comer (pierdo el hambre por completo). Una noche me despierto de golpe en el hostel, salgo corriendo al baño, me desplomo contra el piso, no puedo estar parada, tengo náuseas y mucho frío. Me largo a llorar.

Al día siguiente hago “la ruta de atrás” (está en mi Top 3 de rutas que más sufrí) que va de Cobán a Santa Elena (cerca de las ruinas de Tikal), hay un derrumbe en la montaña así que hay que cruzar varios kilómetros a pie por el barro que llega hasta las rodillas. Supero eso, llego al hostel, me derrumbo en la cama, me largo a llorar. “Algo anda mal”. Decido dejar el orgullo y esa creencia de inmortalidad de lado y llamo al seguro médico. Me derivan al centro médico más cercano y voy para allá en un tuk-tuk.

La doctora que me ve me obliga a internarme de inmediato: deshidratación, fiebre muy alta, debilidad general. Al día siguiente, tras historia de amor con el suero (nos volvemos inseparables) y análisis de sangre, la verdad: “Tenés dengue y amebas” (un tipo de parásito capaz de ulcerar el estómago). ¿Me voy a morir? “No, si era el dengue hemorrágico ya te hubieses muerto”. Vamos todavía. Internación de cinco días: me hago amiga de las enfermeras y las doctoras, me cuentan todo tipo de historias, me cuidan, se me va el dengue y regreso a Buenos Aires una semana antes de lo previsto. En Guatemala dejé dos de mis seis vidas restantes y un agradecimiento infinito a las personas que me cuidaron en aquel centro médico.

La historia completa está en mi libro.

Suero, te amo

Conclusiones:

1. Siempre pienso que todo se me va a ir solo. Si bien muchas veces tuve razón, en estos tres casos necesité ayuda. Un resfrío se puede ir solo, pero con las reacciones alérgicas y el dengue ya es más complicado (a menos que tengan la capacidad de auto-curación).

2. Tampoco hay que asustarse. Piensen que pasé muchísimos meses viajando por América latina y Asia y solamente me pasó esto. El resto del tiempo estuve sana y salva (con excepción de alguna que otra diarrea y resfrío).

3. A la pregunta “¿me recomendás viajar con seguro médico?” yo les diría que en términos generales sí. La decisión final depende de ustedes.

Hay países y continentes donde es obligatorio viajar con seguro médico: para entrar al Espacio Schengen, en Europa, te lo piden, así que no queda otra opción. Hay países donde no es obligatorio pero la medicina es carísima (por ejemplo Estados Unidos) y es mejor estar cubierto de antemano que fundirse pagando los costos de una atención médica. Hay países donde la medicina es muy barata y una consulta ocasional no va a significar grandes costos, pero en esos lugares también suele haber más probabilidades de agarrarse “algún bicho”. En ese caso puede ser tentador ir sin cobertura —total las consultas y medicamentos son baratos— pero hay que pensar en todas las opciones —por ejemplo una internación por algún parásito, como me pasó con las giardias y amebas, o por una enfermedad tropical— y decidir si ir cubierto de antemano o no. Para viajes largos, recomiendo tener seguro.

No siempre estará nuestro abuelo para cuidarnos

Entonces, antes de viajar, les recomiendo lo siguiente:

1. Vayan al Centro de Medicina del Viajero de su obra social o a una clínica especializada. El doctor los va a asesorar según el destino del mundo al que viajen y les va decir qué recaudos tomar y qué tener en cuenta.

2. Dense las vacunas necesarias: según tengo entendido, la única “obligatoria” por la OMS es la de Fiebre Amarilla (en algunos aeropuertos les pueden pedir el certificado internacional de vacunación, a mí me lo pidieron en Bangkok), el resto depende del destino. En mi álbum de figuritas de vacunas tengo las siguientes: Hepatitis A y B, Fiebre Tifoidea, Fiebre Amarilla, Cólera, Antitetánica, Polio, Meningitis.

3. Armen un botiquín con lo necesario (detallaré su contenido en el post de “Qué llevo en mi mochila”).

4. Y si se deciden por el sí, contraten un seguro de asistencia al viajero.

Conclusión de las conclusiones:

[box border=”full”]La Ley de Murphy es real: así como el teléfono suena justo en el momento en que nos sentamos en el trono y el bondi llega en el instante en el que los fumadores se prenden el pucho, viajar con seguro médico te da la seguridad de que no va a pasarte nada (porque si viajás sin asistencia, seguro que se te rompe la muela, te pican los bichos más misteriosos y te agarra algún tipo de diarrea incurable).[/box]

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google