París sin síndrome

Ilustración:
José Luis García 

En un portarretratos con forma de corazón, en la casa de una señora en los suburbios de París, hay una foto donde aparezco yo.

Hasta hace unos días, esa señora y yo no nos conocíamos en persona y yo sabía menos de ella que ella de mí.

Sin embargo, cuando entré a esa casa y la señora me llevó del brazo y me mostró que tenía enmarcada una foto del día que L y yo nos casamos por civil en Buenos Aires, se me hizo un nudo en la garganta.

El portarretratos tenía varias fotos familiares y stickers navideños pegados en el marco, estaba apoyado sobre una estufa, al lado de un mueble con elefantes de adorno, una lámpara de mesa y una estampita de la Virgen.

En el living de la casa había alfombras, una cama de una plaza con almohadas de Marilyn Monroe y una biblioteca con cajas de lata con dibujos de la Belle Époque en los estantes.

La tele estaba prendida sin sonido en un reality show, en la mesa donde estábamos sentados había una bandejita con tazas de té, vasos con borde dorado y una pecera con forma de bowl y, en la ventana, una bandera de Francia.

La señora, abuela paterna de L, me agarró la mano y me preguntó en francés cuándo íbamos a tener hijos.

Y yo sentí, de repente, que volvía a tener abuela.

Así nos recibía París.

L y yo habíamos volado hacía unos días desde Bali y estábamos viviendo en las afueras de París, a unos 50 minutos del centro, en la casa de uno de sus tíos.

Durante los primeros días, el desajuste horario del jet-lag y el hambre atrasada de queso y baguette nos convirtió en dos salvajes que solo salían de la cueva en horarios raros y cuando no había nadie cerca para comer sandwiches de brie a oscuras en la cocina.

Yo aproveché el cansancio como excusa para interactuar poco —la verdad es que me daba muchísima vergüenza hablar en francés con gente que no fuese L— hasta que la inmunidad de los primeros días se me terminó y no me quedó otra que intentar comunicarme en un idioma que entiendo bastante pero que me cuesta mucho hablar.

Lo primero que me animé a decirle al tío de L fue que el café lo quería con leche (avec du lait), pero se ve que hablé con la boca demasiado abierta (no a la manera francesa) y mi pronunciación latina fue el hazmerreír de toda la semana.

¡Viva el queso!

Pasamos los días siguientes en familia L tiene 14 tíos y a muchos no los conocía— y nos fuimos acercando a París de a poco.

El primer domingo fuimos a un cumpleaños familiar en un departamento del arrondissement (distrito) 13 y, cuando L y sus primos salieron al balcón a fumar yo salí detrás de ellos, aunque no fume, para no quedarme sola entre tanta gente nueva y terminar siendo “la mudita” que solo sonríe (o que se comporta como en este video). (En mi defensa: no estaba preparada para conocer a tantos franceses de golpe, L me vendió el plan como “vamos a tomar un petit café a lo de mi primo” y cuando llegamos vi que era un cumpleaños infantil, que había como 20 personas, que no teníamos regalo y que yo era la peor vestida del lugar, y “la nueva”, además.)

El sol de invierno pegaba contra los edificios y la gente nos miraba desde la vereda: seis hombres en fila, fumando, y una chica en la punta, mirando para abajo.

Vi hombres con la baguette bajo el brazo, vi pasar el camión de la basura, vi a una señora paseando al perro, vi un domingo parisino y por primera vez me sentí parte de la ciudad.

De golpe empecé a sentirme en casa en un país que nunca me había interesado demasiado conocer. Es rara (y linda) la sensación de saber que ahora Francia es parte tan importante de mi vida como Argentina y que acá también tengo una familia.

El momento en la terraza

Cuando se me fue el jet-lag salí a dar paseos offline por el centro de París.

Como no tengo 3G en el teléfono en Francia, pude caminar sin caer en la mala costumbre de preguntarle todo a google.

París me pareció distinta a las otras veces que vine: más vacía, más amable, más colorida. Esta vez la recorrí siguiendo uno de mis mapas subjetivos —la ruta de las papelerías— y entre una parada y otra encontré arte callejero en casi todas las paredes y pequeños momentos cotidianos para guardar en mi cuaderno: una familia alimentando a los cisnes del Sena, un señor dándole de comer a las gaviotas en la fuente del Jardín de las Tulerías, un pato que le tiraba de la manga del pantalón para que le diera comida a él, un perrito ladrándole a los caballos de la policía, policías enojados y dos hombres cantando Hakuna Matata en francés en una plaza de Montmartre.

Esta fue la primera vez que estuve en París y entendí el 85 por ciento de lo que me decía la gente. Eso, para mí, es tener un superpoder.

Cuando lo conocí a L yo no hablaba una palabra de francés, apenas sabía decir bonjour y merci y ahí se terminaba mi conocimiento del idioma.

Esta vez, además, vine de mucho mejor humor, sin esa tristeza que no me dejaba ver, y los parisinos me parecieron muy simpáticos: los del correo me hablaron en español cuando compré estampillas para Argentina (“Prefiero el español que el inglés”, me dijo uno), en el metro me reí en complicidad con un francés cuando anunciaron por el altoparlante (y entendí) que se habían subido “tres pickpockets” al tren, una mujer me contó toda su vida y sus dramas en un negocio (y yo hice mi mejor fake French).

No hubo una vez que no sintiera que estaba caminando por una ciudad de película.

—Qué linda que está París, me repetí cada pocas cuadras, y después me pregunté:

— ¿Está linda o es linda?

Eso que a los extranjeros les cuesta tanto cuando aprenden español es para mí una de las cualidades más lindas de nuestro idioma: la sutil (y existencial) diferencia entre “ser” y “estar”.

Si digo que linda que es París estoy hablando de algo aceptado universalmente, de algo definitivo e inmutable, pero si digo qué linda que está París estoy hablando del momento presente, del ahora, de mi mirada, y en esta visita lo que definió a la ciudad fue eso: mi manera de verla.

La primera vez que vine a París, la ciudad no me encantó.

Y como estaba mundialmente aceptado que París es una ciudad que encanta, supuse que el problema lo tenía yo.

Unos meses después, haciendo carpooling con un francés-vietnamita, me enteré de la existencia del síndrome de París —la desilusión que sufren algunos japoneses cuando visitan París por primera vez— y me pareció una metáfora aplicable a mi experiencia —tanto con la ciudad como con los viajes— y al momento por el que estaba pasando.

Escribí un libro con ese título —“El síndrome de París”— y siempre hice énfasis en que no era un libro acerca de París, sino acerca de la desidealización, la maduración, el desenamoramiento y el yin-yang de los viajes y la vida.

Y así como durante una época pensé que yo jamás dejaría de ser la de “Días de viaje”, durante otra pensé que nunca dejaría ser la de “El síndrome de París”, que esa era la nueva Aniko que había llegado para quedarse y que París nunca estaría entre mis ciudades preferidas.

Tampoco pensé que el libro tuviera algo de París más que el título, hasta que volví a París después de haberlo publicado y entendí que la ciudad estaba mucho más ligada a mi proceso interno de lo que yo pensaba.

Vero, la ilustradora de ambos libros, lo expresó mejor que yo.

Esta vez París me encantó, pero tenía que volver para darme cuenta de que esa era una posibilidad y para dejar ir el pasado y las desilusiones.

Esta vez vine acompañada, sin duelo, sin tristezas existenciales y con un rumbo claro.

Y el círculo se cerró una tarde lluviosa en una papelería de París.

Mientras miraba cuadernos hechos a mano escuché a tres japonesas diciendo “ohhh kawaiii” (“ay, ¡qué lindo!) y entendí que el síndrome no lo sufren todos, que hay muchos japoneses que vienen por primera vez a París y les encanta, que todo este tiempo me había sentido identificada con una japonesa que nunca conocí y que acá había tres que me demostraban lo opuesto.

Entendí que todos tenemos una París personal que nos hace soñar y nos desilusiona, pero así es la vida.

Salí de la papelería cuando dejó de llover.

Me quedé parada en el boulevard, vi un rayo de luz cayendo sobre la vereda y saqué una foto.

Una chica se dio vuelta, se quedó mirando lo que yo veía y sonrió.

Esta París sin síndrome me parece doblemente bella.

El sol después de la lluvia

El síndrome de París en París. Foto: Brenda Espinola

[box type=star] Bonus track:

– La ilustración de portada es de José Luis García – Left Handed Graphic y fue hecha especialmente para este post. ¡Gracias José!

– Por si les interesa, esta es mi Ruta de las papelerías en París (encontré cosas muy pero muy lindas).

– Si están aprendiendo francés, les recomiendo la app Duolingo (con esa aprendí). También está bueno leer libros (me acabo de comprar ‘Le petit prince’ en francés) y escuchar música: yo escucho Stromae, Manu Chao (el disco en francés), Carla Bruni, Zaz y Georges Brassens.

– Si visitan París, no se olviden de una de las reglas más importantes: siempre decir bonjour cuando entran a un negocio (más info interesante en este video). Van a ver cómo cambia la actitud de la gente con ese pequeño saludo.

– Por último, si todo falla: se ponen a cantar Foux dou fa fa.[/box]

[box type=star] Links y descuentos e información para que disfrutes de tu viaje

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Te regalo 25 euros para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Mi página favorita para encontrar los mejores vuelos hacia París es Skyscanner. Acá te cuento cómo podés encontrar los vuelos más baratos.

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar o llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por Book Depository! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Si querés abrir un blog de viajes para contar tu aventura y buscás hosting te recomiendo Siteground. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, ¡sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Modo barco: fin de semana slow en Uruguay

Salir de Buenos Aires es más difícil que ganar una carrera de Supermatch. La ciudad nos pone muchos obstáculos: la calle de abajo cortada, la 9 de Julio con piquetes en ambos extremos, ningún colectivo nos deja bien, voy cargada de libros y de abrigo y me cuesta caminar, el taxista toma el peor camino y tiene que retomar para evitar otra manifestación, el frío polar se adelantó al invierno y me dan ganas de quedarme en casa. Antes de salir tuve que hacer veinte cosas mundanas pero indispensables como empacar, bañarme, comer, responder mails, imprimir los pasajes, sacar la basura. Pero llegamos a la terminal de Buquebus y apenas me subo al barco me cambia el humor. Es automático. Ir a Uruguay siempre me pone contenta.

viaje-a-uruguay-montevideo-25

El viaje a Montevideo dura dos horas y pico y durante ese tiempo pongo el celular en modo avión y la cabeza en modo barco. Me gusta no tener internet por un rato, me encanta sentir cómo me desplazo por el río. Abro la mesita de mi asiento, saco tijera y plasticola y hago un collage en uno de los tres cuadernos que traje. Dónde quedó la viajera minimalista, creo que la perdí en alguna papelería francesa cuando acepté que lo mío son los cuadernos y empecé a documentar mi vida en varios a la vez. Ahora, además de la computadora, en la mochila llevo cuadernos, journals, una cartuchera, microfibras, lápices, regla, resaltadores, libros. Me resulta muy fácil escribir en mis cuadernos, lo hago todos los días, lleno varias páginas, pero me cuesta bastante escribir acá. Últimamente también me cuesta viajar, viajar en el sentido de movilizarme, de tener que tomar un colectivo que me dejará en una estación donde tomaré otro colectivo o barco o avión que me dejará en otra estación desde la que tomaré otro colectivo para por fin llegar a donde voy. Sigo pensando que el camino es lo más lindo del viaje, pero a veces la teletransportación me tienta.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

No pasaron ni quince minutos desde que salimos del puerto y L ya se durmió. Qué facilidad que tiene. Capaz es momento de contar que nos casamos. Digo, que L y yo estamos casados, desde diciembre del año pasado, y ahora soy señora, o madame, y tengo marido. De a poco me voy acostumbrando a esa palabra. Cada viaje que hacemos decimos que es nuestra falsa luna de miel. Esta es la segunda, Perú fue la primera, aunque nunca nos propusimos irnos de luna de miel porque nuestra relación ya empezó de viaje. Lo dejo a L durmiendo, me voy a dar una vuelta por el barco y entro al Free Shop, solo para mirar. La gente compra como si fuese un supermercado: chocolate de tamaños descomunales, perfumes con nombres de famosos, mermelada francesa, sal marina. De repente el techo vibra, el barco aceleró y las botellas de Bailey’s, Absolut y Johnny Walker tiemblan y se golpean entre ellas. Creo que nunca estuve en un Free Shop que se moviera y diera saltitos. A una señora la están maquillando con una base blanca, en el área de tecnología un japonés inspecciona la caja de un drone, alguien convierte los precios a pesos en voz alta, paso por la zona de mochilas, las miro con ganas, sigo de largo, me acerco a la parte infantil y veo un set de 50 marcadores, todos de colores distintos. Me voy con el set de 50 marcadores. Otro elemento para mi mochila de escriviviente.

Miren cuántos colores!

Miren cuántos colores!

Vuelvo al asiento, L sigue durmiendo, me pongo a pintar algunos dibujitos que hice hace tiempo, estoy en un largo proceso de aprender a dibujar y colorear. Son las cuatro de la tarde pero siento que son las siete. El río está un poco picado, me cuesta escribir a mano. Miro por la ventana y pienso en todos mis viajes en barco, en los que hice de chica, en lancha, cada vez que íbamos al Tigre, en cómo el ruido del motor me hacía llorar, pienso en las lanchas colectivas del Delta, en el ferry que tomé con Belu en Costa Rica, en el barco de carga al que no pude subirme. Estando en Francia se me metió en la cabeza la idea de volver a Argentina en un carguero pero no lo conseguí y me quedaron las ganas.

Llegamos a Montevideo y mientras el ferry amarra se hace de noche y yo me pongo más contenta que antes. Le digo a L que la gente en Uruguay es muy amable, que ya va a ver, y cada vez que tenemos una situación de amabilidad lo miro con cara de loca, viste qué amables que son. Salimos del puerto y el cuidador del estacionamiento nos dice que cortemos camino entre los autos, una mujer nos abre el molinete para salir del puerto y hace chistes, le pido indicaciones a un hombre para ir a la peatonal a tomar el colectivo y me dice que es ahí nomás, a pocas cuadras, pero que esa zona, la del puerto, donde estamos, es muy peligrosa, que salgamos cuanto antes, y pienso que no debe ser tan terrible pero igual el miedo se instala. Qué fácil que es sentir miedo (siempre me sale escribir “mierdo”), basta con que alguien diga la palabra “peligro” para que todo el cuerpo se me ponga en alerta y la temperatura interna me baje unos grados. Mientras esperamos veo cómo todos los negocios van bajando las persianas, uno después de otro, como fichas de dominó, y la calle queda vacía. Cada dos o tres minutos suena la alarma medio ronca de un estacionamiento del que entra o sale un auto. Llega el colectivo.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

En algunos colectivos de Montevideo hay cobrador, además del conductor, y justo nos toca uno con un cobrador risueño al que me dan ganas de abrazar. En realidad creo que quiero abrazar a Uruguay, en general, que siempre me desacelera la cabeza y me pone en modo relax. Llegamos a lo de Fede y Lau, la pareja que nos va a alojar por tres noches, y me enamoro de su casa. Es antigua, la restauraron ellos, tiene dos salas donde cada uno da clases, ella de pilates y él de guitarra y canto. Ahora mi nueva moda es enamorarme de las casas, sobre todo de las que tienen el espacio de trabajo integrado, como si viajara solo para hacer un relevamiento de casas por el mundo. Les cuento a nuestros anfitriones que vine a Uruguay a presentar mi segundo libro. Hablamos de viajes, Fede me dice que les gusta viajar pero poco, que después de un tiempo extraña su casa, “tenemos muchas rutinas que no podemos hacer en todas partes, como el estiramiento, la vocalización”. Me doy cuenta de que yo también tengo rutinas que solo puedo hacer en mi casa, como completar mis ochocientos journals diarios o quedarme leyendo en el sillón al lado de mi biblioteca.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

A la mañana siguiente salgo a caminar. Voy de Pocitos a Ciudad Vieja y vuelvo a sentir que caminar es mi manera de meditar, que estoy en modo barco, dejándome llevar por la corriente, tratando de descubrir qué quiero en esta etapa de mi vida, qué busco en cada viaje y en cada ciudad, en modo barco barrilete. La ciudad está tranquila y otoñal, hace menos frío que en Buenos Aires y eso me alegra, no me convierto en marmota como la última vez que vine. Mientras camino grabo mi fluir de pensamientos en el teléfono, como si me mandara audios de whatsapp a mí misma. Digo, por ejemplo: “Veo cosas relacionadas con el agua, como un mural con dibujos de anclas y barcos, y me acuerdo de que ya estuve acá, en una llamada, la primera vez que vine a Montevideo, me acuerdo de esta escalera (…)”. En una pared encuentro a Wally. Está ahí, enorme, chocando manos con el mago. Lo miro. Grabo: “Cada cual busca a su Wally en cada ciudad a la que va o en la vida que vive. ¿Qué pasa cuando encontrás a Wally? Das vuelta la página y lo buscás otra vez, en la siguiente, y así hasta terminar el libro. Y cuando se termina el libro pasás a Buscando a Wally 2 hasta terminar la colección. Pero qué pasa si en vez de Wally querés buscar a Willy y no sabés cómo está vestido ni qué color de gorro o cara tiene. ¿Cómo sabés que lo encontraste?

Wally.

Wally.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Esquina otoñal.

Esquina otoñal.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Mural.

Mural.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Esa tarde presento “El síndrome de París” en La Madriguera, un café de Carrasco. Llega el momento de las preguntas y una chica me dice: “En tus viajes hablás mucho de los detalles, mostrás el día a día de los lugares, ¿siempre supiste que querías escribir acerca de los viajes cotidianos?“. No, y me encantó la definición. Cuando empecé solo sabía que quería escribir de viajes, después me fui dando cuenta de que dentro de eso hay subgéneros y muchas opciones y al final el tema, lo cotidiano, me encontró a mí.

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Ropa colgada.

Ropa colgada.

El día antes de volver a Buenos Aires nos vamos a Colonia. Justo es 1 de mayo, el feriado más feriado, y hay poca frecuencia de colectivos. Llegamos cuando el sol ya está bajando.

—Quiero que veamos el atardecer frente al río, Colonia tiene uno de los mejores atardeceres que vi, no sabés —le digo a L.

Nos instalamos a orillas del río con comida y abrigo.

—Mirá, allá está Buenos Aires, entre el barco y la isla, ¿ves?

Muy a lo lejos veo las siluetas casi fantasmas de los edificios de Puerto Madero y me da un poco de impresión. Nunca vi Buenos Aires desde esta perspectiva.

—¿Cómo te imaginás nuestro futuro? —le pregunto a L.

—En Japón, en Hawai, en Francia, yendo a lugares con mar, sol, olas…

—Pero con una base. Necesito una casa. Estuve muchos años dando vueltas sin tener un espacio propio, no sé si lo puedo volver a hacer.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires (en la foto me parece que no se distingue).

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Oscurece.

Oscurece.

El cielo se nubla y nunca vemos el atardecer. Al día siguiente el barco nos deja en Buenos Aires a las 12 del mediodía. Me parece tan raro y a la vez tan lindo y distinto llegar a Buenos Aires en barco. Mientras caminamos hasta la parada del colectivo, L me dice que Uruguay le gustó mucho y que está contento de volver a Buenos Aires. Hace menos frío que hace unos días, el colectivo va casi vacío y nos lleva por San Telmo. Caminamos una cuadra, las bicisendas están llenas de hojas amarillas, el verdulero de la esquina está en su puesto, la librería está abierta, los alumnos entran a la facultad. Entramos a casa y el aire está calentito. Abro las ventanas, se nota que no hubo nadie por unos días.

[box type=”star”]Gracias a todos los que me ayudaron a presentar el libro en Montevideo:

  • A Buquebus por llevarnos directo a Montevideo en “Francisco” y hacer posible la idea de presentar mi libro en Uruguay.
  • A La Madriguera Café por darme un espacio lindísimo para presentar mi libro y encontrarme con los lectores. A Felipe, un lector, por haber sido el puente entre ellos y yo.
  • A Cari Fossati, periodista uruguaya y autora del blog Hills to Heels, por hacer de presentadora y ayudarme a contar mi libro a través de sus preguntas.
  • A Lore y Cari, por el paseíto del día siguiente. A Pablo, por los ñoquis y el reencuentro. A todos los lectores montevideanos que me ayudaron pasándome información por mail. Y a todos los que fueron a La Madriguera. ¡Gracias! Espero volver pronto.[/box]

BIS. Si trabajara en un noticiero daría noticias como estas:

Mi segundo libro: “El síndrome de París”

Hace casi un año y medio que empecé a trabajar en este libro y ahora que está terminado me toca presentárselos y no sé qué decir. Es como cuando tuve que dar una conferencia acerca de mis viajes y al tomar consciencia de que estaba parada sobre un escenario con las luces apuntándome y el público esperando a oscuras me puse nerviosa y me olvidé de todo. Tengo tan naturalizado este libro que me cuesta mirarlo desde afuera. Y como ya lo van a leer, espero, tampoco tiene sentido que les adelante mucho. Además José, mi editor, no me deja ser tan anticipativa y explicativa. Ojalá que no esté leyendo este post, y si lo está haciendo es obvio que me lo está editando mentalmente.

Lo práctico:
mi segundo libro se llama “El síndrome de París”,
tiene 256 páginas,
seis capítulos,
está editado por José Sainz,
ilustrado por Vero Gatti,
es una edición independiente
y sale el 13 de abril.

El relato abarca mi último viaje largo, de casi dos años, por Sudamérica y Europa. La historia empieza en octubre de 2013, poco antes de irme de Buenos Aires, y termina en junio de 2015, después de vivir nueve meses en Francia. La contratapa dice así:

contratapa-esdp

Empecé a escribirlo en octubre de 2014 en mi escritorio de Biarritz, la ciudad francesa en la que viví, y lo terminé hace unos días en mi escritorio de Buenos Aires. En realidad lo empecé mucho antes, en nueve cuadernos que fui llenando en cafés, colectivos, casas ajenas, aeropuertos, veredas y plazas y que después releí y pasé en limpio. El post “El síndrome de París y el lado oscuro de los viajes” tiene mucho que ver con este libro, aunque ese texto fue el detonante de algo más grande.

Gran parte del libro salió de anotaciones hechas en estos cuadernos

Gran parte del libro salió de anotaciones hechas en estos cuadernos

trabajo-asi-1

El proceso de trabajo fue muy distinto al de “Días de viaje”, que escribí y edité de manera intensiva en nueve meses en los que casi no me dediqué a otra cosa.

“El síndrome de París”, en cambio, fue tomando forma más despacio
mientras nadaba cincuenta idas y vueltas en la pileta,
mientras desidealizaba un estilo de vida,
mientras tenía miedo de desilusionar,
mientras buscaba respuestas acerca de la muerte,
mientras me sentía perdida
y me enamoraba de L
y llenaba journals
y abría un blog nuevo
y me volvía más loca de los cuadernos
y escuchaba llover en Biarritz.
Creció cuando frené,
cuando dejé de ser viajera y volví a ser lectora
y tuve un escritorio de vidrio en el que pegué post-it rosas con recordatorios de autores que admiro:
“Escribí borradores de mierda”,
“La buena escritura consiste en decir la verdad”,
“Escribí el libro que querés leer”,
Write hard and clear about what hurts”.
Y entendí que para escribir no hay más truco que sentarse todos los días,
no dejar de mover la mano
y permitir que el cuerpo duela.

En algún lado leí que escribir un libro es como en ir en auto por una ruta oscura. Solo se ven pocos metros pero son los suficientes para seguir avanzando y llegar a destino. Empecé “El síndrome de París” sin saber que se llamaría así, durante más de un año no tuvo nombre hasta que me di cuenta. Lo empecé con una idea y una estructura y terminó siendo otra cosa, es un libro que mutó mientras lo escribía, al igual que yo. En ese proceso fue muy importante tener un editor como José, que además de corregirme y orientarme hizo de psicólogo y coach motivacional. Hay escritores que tienen un censor interno, yo tengo un mini José que me habla cuando él no está: “Aniko, eso no, cambiá ese comienzo, esa frase está buenísima, ampliá esa imagen, extendé ese momento, no te permito publicar eso, si ponés esa palabra sacás mi nombre del libro”, y así. Es algo que le pasa a muchas autoras que trabajan con José, ya hicimos una reunión sin él y lo comprobamos. También fue muy importante tener a una ilustradora y amiga como Vero que supo entender la estética visual que buscaba para este libro.

2016-02-17 09.21.36

Este fue el primer adelanto que me mandó.

“Ya no puedo ver la tapa de tu primer libro”,
me dijo Vero, que también ilustró “Días de viaje”.
“Yo ya no puedo leer mi primer libro”, le dije.
“Mirá cuando digamos lo mismo de este,
que ahora nos encanta,
mirá cuando no podamos verlo más”.
Es parte de una evolución, supongo.
“Ya no sos la del primer libro”,
me dijo José en alguna de nuestras tardes de edición.
“Este libro es transformador”,
me dijo Andrea, que casi no me conocía, la segunda vez que me vio.
“Se publica para desenamorarse”,
leí, no sé dónde.
Y por eso debe ser que llegué hasta acá otra vez.

fragmento-biarritz-vero-gatti

Fragmento de otra de las ilustraciones del libro, by vero gatti

Soñé que la presentación era así:
iba muy poca gente,
mi papá decía mi sobrenombre de la infancia adelante de todos,
la presentadora se ponía nerviosa y se atragantaba,
José se escondía entre el público,
Vero también,
me dejaban sola,
había un empleado de supermercado anunciando las ofertas del día por altoparlante,
caía un satélite sobre el colegio de al lado
y una mujer avisaba que algunos de los autos estaban arruinados.
Abría las cajas y la imprenta me había mandado otro libro:
una novela gráfica escrita por un italiano.

Los espero el 13 de abril en Matienzo y veremos si todo eso se cumple. (Daré más info de la presentación cuando se acerque la fecha, por ahora agenden nomás). Y si quieren comprar el libro en preventa, ya está disponible en mi Tienda a precio especial y con regalitos (se entrega a partir del 13 de abril). Prometo que apenas salga de imprenta le sacaré un montón de fotos y hasta le haré un videíto para que puedan verlo más de cerca. Mientras tanto, a esperar.

flyer-preventa2

 

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google