El día que conocí a Steve McCurry

Quiero compartir algo que me pasó hace ya más de un año, en Buenos Aires, unas semanas antes de emprender mi loco viaje por Asia.

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Como dije en algún otro post, cuando uno viaja da lo mismo que sea lunes, jueves o domingo, ya que los días dejan de tener una etiqueta y pasan a ser “El Día Que”: “el día que nadé en lava volcánica”, “el día que me tiré en parapente” o “el día que conocí a John Lennon” (tres días que nunca pasaron en mi vida, aclaro).

Pero lo que no dije es que cuando uno está inmerso en la rutina, esos días también existen y son los que nos hacen salir de la vida cotidiana: son esos “momentos” en los que nos damos cuenta de que estar vivo en este tiempo y en este lugar es lo mejor que nos podría haber pasado.

Bueno, resulta que un día cualquiera mi editora me encargó entrevistar a Steve McCurry porque estaba segura de que aquel fotógrafo estadounidense y yo “nos íbamos a llevar bien”. Tal vez debería escribir STEVE McCURRY así con mayúsculas, porque este hombre no es solamente un fotógrafo, es una eminencia de la imagen, uno de los mejores retratistas del mundo, en mi humilde opinión.

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¿Se acuerdan de la mirada de la Chica Afgana, no? Fue la tapa más famosa de la National Geographic y una de las imágenes más reconocidas del mundo, un ícono del siglo XX.

Bueno, esa la sacó Steve.

Steve (me tomo el atrevimiento de llamarlo Steve) estuvo en Buenos Aires para inaugurar la muestra que hizo en el Centro Cultural Borges y, el día anterior, dio una conferencia de prensa para varios medios argentinos. Ahí fui yo.

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Imagínense mis nervios.

Cuando la conferencia de prensa (“ordenada”) terminó, empezó el caos. Más de 30 periodistas se le abalanzaron para entrevistarlo en privado y sacarle mil y una fotos.

— Estiv, Estiv!! Plis, a picture with the chica afgana.

— Estiv! Only two questions, two more questions!

— Estiv, look here, una foto con tu cámara, plis.

Yo decidí ser paciente y no acosarlo cual mujer desesperada. Pensé: en algún momento el resto de los periodistas se va a ir y ahí aprovecharé para hacerle la entrevista con tranquilidad.

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Entre varios se lo llevaron afuera de Galerías Pacífico —tras el pedido de “una foto al aire libre, Estiv”— y le sacaron todo tipo de fotos: mirando hacia el vacío, con la cámara acá, con la cámara allá, de frente, de espaldas, con la mano levantada, con el pie apoyado. Y él, tan tranquilo, se dejó fotografiar. Qué ironía. Qué habría pensado el fotógrafo al ser fotografiado… Seguramente por dentro se reía de todos.

Cuando terminaron de sacarle fotos, el hombre quedó solo. Solo. Por primera vez en cuatro horas lo dejaron solo. Era mi oportunidad. Caminé hacia adentro del Shopping (el Centro Cultural Borges está ubicado dentro del Shopping Galerías Pacífico) con él y mientras subíamos por la escalera le charlé de ser humano a ser humano (o de loca a genio al que trata como ser humano).

—Hi Steve. ¿Todavía tenés energía como para una entrevista más? [todo en inglés]

—Of course!

—¿Es tu primera vez en Argentina?

—Sí.

—¿Y cuál es tu próximo destino?

—El sábado me voy a la India.

Y ahí, en pocos microsegundos, pensé… será muy ridículo si… qué hago… le digo o no le digo le digo o no le digo le digo no le… ya fue, le digo.

—¡Qué bueno! Yo me voy de viaje a Asia dentro de un mes y probablemente me quede un año por allá.

Por primera vez durante nuestra conversación me miró a la cara y me sonrió. Le encantó lo que dije. [Nota: cuando este hombre empezó su carrera como fotógrafo freelance, a los veintipico de años, se fue a la India con el plan de estar “un tiempito” allá y se terminó quedando meses y meses, y la mayor parte de su carrera como fotógrafo la hizo en Asia].

—Really???

—Sí, yo escribo e intento sacar fotos [no puedo dármela de fotógrafa con un tipo tan groso] y quiero vivir de esto.

—Wow, impressive.

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Llegamos nuevamente a la sala del Borges —vacía— y me pidió que lo esperara mientras iba al baño. Me quedé ahí parada, nerviosísima, pensando lo peor: ¿Y si se le ocurre escaparse por la ventana del baño para no tener que seguir lidiando con la prensa? Recemos para que el baño no tenga salida al exterior. Volvió a los cinco minutos y me invitó a sentarnos dentro de la sala de exposición, entre medio de todas sus fotos.

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Saqué el grabador y empecé con las preguntas.

—Empezaste estudiando cine… ¿qué te hizo elegir la fotografía como profesión?

—Bueno…

Me dió una breve explicación que ni siquiera llegó a terminar y se interrumpió a sí mismo: BUT TELL ME ABOUT YOUR TRIP. ¿Cuándo te vas? ¿Por dónde vas a estar? ¿Vas sola? ¿Viajas por placer? ¿Cuál es tu plan?

No podía creerlo. Steve McCurry me entrevistó a mí.

Le conté un poco sobre mi vida: que en el 2008 viajé a Latinoamérica por nueve meses, que la escritura, que las fotos, que mi atracción por Asia, que mi pasión por viajar.

Me pidió mi contacto.

Y en ese momento ni lo pensé y saqué una caja llena de fotos de mi bolsito.

El día anterior había impreso unas 50 fotos que había sacado en mi viaje por América latina y las había convertido en “tarjetas personales” (les escribí a mano mis datos de contacto en el dorso, bien rústica la cosa). Las llevé a la conferencia de prensa “PARA VER QUÉ ONDA”, pero confieso que si él no me pedía mi contacto jamás iba a animarme a mostrarle estas fotos así de la nada. Así que cuando me pidió mi contacto saqué el fajo de fotos y le dije que eligiera una (arriesgándome a que el tipo ni le diera importancia al asunto y agarrara la primera para quedar bien). Pero no sólo eligió una sino que miró todas, tranquilamente, e hizo una preselección de cinco que le habían gustado hasta que eligió su preferida.

No sé qué habrá sido de esa foto, si todavía la tiene, si la perdió entremedio de tantas otras que le deben haber dado, si se acuerda de mí, si no se acuerda.

No me importa.

Aquel día sentí que estaba yendo por el camino correcto, que tenía que seguir con esto de viajar, escribir y sacar fotos por más loco e irrealizable que le pareciera al resto del mundo. Porque hubo muchas personas que empezaron así, cumpliendo un sueño (o sueñito) que al resto del mundo le parecía loco e irrealizable y terminaron haciendo grandes cosas. Y si tuve la suerte de que la vida (o mi editora) me hiciera conocer a una persona como él, fue por algo. Estas cosas no pasan porque sí.

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***

Esta es la entrevista que salió publicada un tiempo después en la revista Clase Ejecutiva de El Cronista Comercial.

Cuando te perdés en China nunca sabés quién te puede encontrar…

Breve introducción: Este es el post número 100 de Viajando por ahí. Tenía pensado hacer “algo especial” para celebrar (?), como escribir un capítulo remixado, un “post aniversario”, un backstage, algo distinto. Pero estos días me sentí tan perdida en China que no tenía mucho ánimo para hacer nada. Hasta que esta tarde, de la nada, pasó lo que pasó: una de las mejores experiencias de mi viaje, caída del cielo para compartir con ustedes en este post número cien.

***

Primera parte: Perdida entre caracteres

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Mis primeros días en China no fueron (ni son) nada fáciles. Cada vez que salgo a la calle o llego a un lugar desconocido me siento, a la misma vez, frustrada, emocionada, feliz, triste, enojada, impotente y completamente perdida. Me resulta imposible leer, por ejemplo, los horarios de los colectivos en la estación, ya que todos los nombres de las ciudades están en caracteres chinos. No puedo preguntar “qué me tomo para ir a tal lado”, porque nadie me entiende (o mejor dicho porque yo no entiendo a nadie). No puedo pedir indicaciones en la calle más que por señas o mostrando el mapa. Pierdo horas (literalmente) buscando el hostel que dice estar a 15 minutos de la estación o buscando ese templo o callecita que debería estar ahí.

Muchas veces durante este viaje me preguntaron si había tenido alguna dificultad para comunicarme con la gente local y mi respuesta siempre había sido “casi nunca”. Tuve pequeñas excepciones, sí, pero las resolví dirigiéndome a otra persona que hablara algo de inglés, apelando al dígalo con mímica o leyendo algunas frases o palabras en el idioma local. En el Sudeste Asiático se habla bastante inglés: en Malasia y Singapur es uno de los idiomas oficiales, Tailandia y Vietnam son tan turísticos que es muy fácil comunicarse o leer los carteles, en Indonesia no se habla tanto pero el indonesio es un idioma simple y entendible (y los indonesios se desviven por hablar aunque sea un poquito de inglés). Pero China es otra cosa. O por lo menos lo poco que conocí hasta ahora.

Por primera vez me siento completamente impotente frente a la barrera idiomática. Por un lado me encanta: tanto que buscaba “lo auténtico”, acá lo tengo. Estoy en un lugar del mundo que aún se mantiene “intacto” en ciertas regiones. Pero por otro lado, se me hace muy difícil viajar sola y siempre dependo de la ayuda de alguien (o por lo menos del diccionario inglés-chino que descubrí que tengo en mi celular). Sé que soy yo la que debería hablar el idioma y creanme que si pudiese hacer un curso aceleradísimo de mandarín lo haría ya mismo. Por el momento me manejo con el traductor, con papelitos escritos en chino y con mi instinto. Y estoy aprendiendo —o intentando al menos— algunas palabras y expresiones básicas.

Segunda parte: Las cartas no se equivocan

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Ayer domingo llegué (después de un viaje en colectivo de 7 horas por las montañas) a Kangding, la ciudad más grande de lo que se conoce como la Ruta Tibetana (Tibetan Highway) en la provincia de Sichuan. Mi plan era quedarme una noche ahí y viajar el día siguiente hacia Dao Cheng, un lugar con paisajes imponentes según dicen. Llegué a la estación, pedí un pasaje para Dao Cheng y lo único que me respondió la mujer del mostrador fue “no bus no bus!!” y me fletó. La llamé a Susie, la chica que me había alojado en Chengdu, para pedirle que hablara con esta mujer: al parecer estaba todo agotado hasta dentro de una semana. Así que decidí dejar lo del pasaje para más tarde e ir en busca del hostel.

Me perdí. Kanding es una ciudad que se puede recorrer de punta a punta a pie, pero yo me perdí. Obvio que iba enojadísima conmigo misma, hablando en voz alta, quién me manda a venir a este lugar, cómo puede ser que no sea capaz de leer un mapa y todo eso. Hasta que las vi. Llevaba mucho tiempo sin encontrarlas: cartas (naipes) tiradas en el piso. Un doce de trébol, un seis de diamantes, un siete de corazones, tirados en la vereda, al lado del puente. Empecé a juntar cartas abandonadas hace un tiempo, en Laos, y juro que en cada ciudad o pueblo donde encontré una tuve experiencias demasiado buenas. Las llamo las cartas del buen agüero: si aparece una es porque algo bueno me va a pasar.

Seguí caminando, igual de perdida, sin poder pedirle indicaciones a nadie. Decidí llamar al número de teléfono que había sacado de la página de internet del hostel, pero estaba fuera de servicio así que llamé a un celular que también figuraba ahí y me atendió una chica china que hablaba inglés. Le pedí indicaciones para llegar, pensando que ella trabajaba ahí, y seguí caminando por donde me dijo. A los cinco minutos, esta chica apareció enfrente mío: “you just called me” (“vos me acabás de llamar”) (no debo ser difícil de localizar: soy la única extranjera del pueblo, lo juro). Me indicó el camino otra vez, en persona, y desapareció. Y cuando le pregunté si ella trabajaba en ese hostel, me dijo que no… Qué cosa rara.

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[singlepic id=2018 w=800] Este es el “cuadrado” central de la ciudad donde, cada noche, la gente local se reúne a bailar…

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Seguí caminando, me perdí otra vez y me senté a descansar. Se me acercó una mujer muy vieja que caminaba con bastón y me empezó a hablar. Al no entender las palabras, lo que intento hacer es leer el lenguaje corporal de las personas e inferir qué me están diciendo (o por lo menos en qué tono). Esta mujer me sonrió cálidamente, me habló un poco más, me sonrió de nuevo y se fue, así que supuse que fue algo bueno. Como media hora más tarde (yo seguía buscando el hostel) me la volví a cruzar en otra parte de la ciudad. Me reconoció, se acercó y vio mi cara de estoy perdida y voy a llorar. Yo estaba sentada sobre una escalera, ella acercó su mano a mi rodilla y me hizo un gesto de “no te preocupes que todo va a estar bien”, al menos yo lo sentí así. Después me hizo señas de que durmiera y se fue.  Enseguida apareció un hombre que sabía dónde quedaba mi hostel y me indicó perfectamente. Estas personas me iluminan el día.

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Tercera parte: Encontrada por Eva y su familia

Anoche, con ayuda de un chico que hablaba inglés y el dueño del hostel, me armé una nueva ruta para llegar a donde quiero ir. El chico me escribió todas las indicaciones y detalles en chino y en inglés, así que esta mañana fui con ese papelito en mano a la estación, medio resignada a no conseguir nada. Mientras estaba haciendo la fila, apareció una chica china atrás mío que me miró y me preguntó, en inglés, a dónde quería ir. Le dije y me ayudó a sacar el pasaje. Salí sola de la estación y escuché una voz que me dijo, a lo lejos, “hello hello!”, era esta chica, Eva, que venía corriendo atrás mío junto con su mamá. Caminamos juntas toda la mañana, la mamá me cuestionó en chino y ella tradujo: de dónde sos, cuántos años tenés, estás casada, viajás sola, tenés que viajar con alguien, tené cuidado. Después Eva y yo nos fuimos a desayunar y me enseñó los nombres de algunos platos para poder pedirlos en el futuro (sí, otro detalle, todos los menúes en chino y sin fotos). Más tarde nos separamos y quedamos en encontrarnos a las 6.

A eso de las 3 de la tarde salí a caminar y sacar fotos. A las cuatro cuadras una mujer me hizo señas, emocionadísima: ni hao, ni hao! Era la mamá de Eva que estaba sentada en la plaza principal charlando con su mejor amiga. Me senté con ellas y tuvimos una no-conversación. La madre me hizo señas de que Eva se había ido a cortar el pelo y después entre ella y la amiga me hablaron como locas en chino, me hicieron preguntas, se rieron, me hablaron un poco más y yo, impotente, solamente podía repetirles wǒ bù míngbai (no entiendo). La llamé a Eva para contarle que estaba con su mamá en la plaza y apareció enseguida: estaba a pocos metros de distancia. Me dijo que la amiga de su mamá quería invitarme a su casa  a comer, así que nos fuimos las cuatro al departamento.

[singlepic id=2008 w=800] En la casa de la amiga

[singlepic id=2004 w=800] Dulces y té para empezar

[singlepic id=2019 w=800] Arroz con verduras y cerdo de plato principal

En la casa estaba la abuela de Eva, una mujer de 80 años que pertenece a la minoría Yi o Yizu. Los Yi viven en las areas rurales del sur de China, Vietnam y Tailandia. Hablan su propio dialecto, un idioma tibetano-birmano, y son, en su mayoría, pastores o cazadores nómades. Tiene su propia religión animista y muchos historiadores creen que son ancestros de los tibetanos, de los naxi y de los qiang. Y no sólo la abuela es de la minoría Yi, Eva y su mamá también lo son.

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Prepararon comida para mí y me siguieron charlando alegremente en chino, la abuela incluida. Me sirvieron una taza de té tras otras y me “obligaron” a comer mucho. La madre me repitió ochenta veces que viajara con alguien y no sola, me preguntó acerca de mi familia, de mi novio, de mi país. Creo que hace mucho no me sentía tan emocionada y feliz. Por más que no entendiera palabra, me hicieron sentir muy cómoda. Le pedí permiso a Eva para sacar fotos, con miedo de que me dijera que no (uno nunca sabe, en ciertas culturas las fotos “roban parte del alma”) y se armó la sesión de fotos. La abuela, cuando vio mi cámara, se fue disparando para el otro cuarto. Yo pensé que tal vez se había ofendido y no iba a salir más de ahí. Pero no, fue a ponerse linda. Buscó su saco, se arregló el gorro y posó para mí con su vestimenta tradicional. Y durante un rato, todas nos sacamos fotos con todas.

[singlepic id=2009 w=800] Eva y su mamá

[singlepic id=2005 w=800] La mamá y su amiga

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[singlepic id=2011 h=800] La abuela

Cuando me fui me saludaron emocionadísimas: que volviera cuando quisiera, que siempre era bienvenida, que las visitara en su pueblo (Eva y su mamá estaban de visita en Kangding), que me cuidara, que no viajara sola. Madre, amiga y abuela me saludaron desde la puerta y Eva y yo nos fuimos a caminar un rato más.

Ahora entiendo por qué fui a Kangding.

***

China es, para mí, un desafío. El desafío de buscar un lenguaje común, universal, para entenderme con personas que hablan otro idioma. Y lo mejor de todo es que cuesta, pero se puede. Estas cuatro mujeres que conocí hoy me demostraron que, a veces, las palabras no son necesarias.

Y de repente, empieza el viaje (o mi primera experiencia fallida de Couchsurfing)

Dicen (digo) que cuando uno entra en el clima del viaje, todo empieza a pasar (mucho) más rápido. Yo entré en clima de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado eufórico de quieroseguirviajandomásmásymás y de quieroconocermásgentemáslocalesmáslugares y de, tal vez, noquierovolverhastahaberrecorridoelmundoentero.

Viajar es un camino de ida, definitivamente.

Mis días en Tailandia fueron tranquilos, por momentos solitarios.

Me dediqué a escribir, a caminar, a nadar, a comer, a mirar. Tengo que confesar que me costó empezar: fue difícil pasar de los 20 grados de abril de Buenos Aires a los 40 grados de abril de Bangkok, fue difícil acordarme de pedir en cada comida not spicy please, fue difícil (y algo cansador) pasar de hablar castellano cotidianamente a comunicarme y pensar constantemente en inglés.

Fue difícil, también, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos para calcular mis gastos, fue difícil no tener un cuaderno para escribir a mano (hasta que decidí comprarme el primero que encontré porque extrañaba demasiado el hábito), fue difícil cargar la mochila llena de ropa sucia todos los días. Pero siento que todo cambió.

Desde que entré a Malasia, mi viaje empezó a acelerarse, a tomar forma y color. Todo se volvió mucho más interesante.

¿Cómo fue qué pasó? Creo que los planetas se alinearon para que mi llegada a Penang, isla ubicada en la costa oeste de Malasia, no pudiese ser peor. Primero, otra vez eso de subirse a un barco, bajarse, subirse a un taxi, bajarse, subirse a una minivan, bajarse, esperar, subirse a otra minivan y tomar la ruta. Trece largas horas de esto, con mucho aire acondicionado (tanto que el conductor, en vez de apagarlo o bajarlo, decidió abrigarse con una campera), cero farangs y mucha lluvia, mi primera lluvia desde que llegué a Asia.

Mi plan era llegar a Penang a eso de las 8 de la noche, llamar a Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing que me iba a alojar, e ir para su casa. Pero mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal, tomarme el ferry para cruzar de Butterworth a la isla (remarco lo de ISLA) de Penang, bajarme en la estación de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona.

Tenía todo calculado.

Entonces cuando el conductor de la minivan frenó frente a un local de comida china, en medio de la inundación provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en tailandés que me bajara, empecé a sospechar que algo no andaba bien. ¿Será que me quedé dormida y cruzamos en el ferry arriba de la camioneta? ¿Tengo que hacer noche acá, quién sabe dónde, y seguir mañana hacia Penang? ¿Quizás el pasaje que compré en Tailandia ya no sirve acá? ¿O acaso estamos en Malasia o nos desviamos y caímos en China?

¿Dónde estoy?

El conductor no supo responderme, todo lo que me decía era “This is your stop, you get down here“. Claro, en medio de la lluvia, de noche, rodeada de gente que tal vez ni habla inglés, sin saber dónde estoy. No señor, no me bajo nada.

Pero los ángeles existen… O al menos creo que what goes around comes around (lo que va, vuelve)

Volviendo a la escena, ahí estoy, en medio de alguna ciudad (todavía en la minivan porque me negué a bajarme), sin manera de poder comunicarme con Chin Chin y sin un peso malayo encima (estaba en Malasia, eso sí, porque me sellaron el pasaporte, pero hasta ahí sabía).

En la misma camioneta que yo viajaba una familia de Indonesia: un chico, sus padres, sus abuelos. Habían venido a Malasia para recibir atención médica, iban a pasar la noche en Penang y al día siguiente volarían de regreso hacia Jakarta. Vieron la situación y me ayudaron: el papá me prestó su celular para que llamara a mi host (anfitriona en el lenguaje Couchsurfing), pero como no pude comunicarme me dijeron que me bajara con ellos en la parada de su hotel para no quedarme sola de noche en la ciudad (estaba en Penang, sí, me lo confirmaron, pero en qué parte, cerca o lejos de lo de Chin Chin, nadie sabía).

Intenté comunicarme otra vez con Chin Chin (que, by the way, es china-malaya), pero me atendía un contestador que me decía muy amablemente que el celular al que estaba llamando le faltaba un número.

El último colectivo público hacia su casa salía a las 22.30 y ya eran las 22. Un taxi hasta su casa me costaría unos 45 ringgits (13 dólares), pero tenía miedo de llegar y que no estuviera ahí, o que Couchsurfing (CS) fuese en realidad una organización internacional de venta de órganos y yo una inocente víctima.

Nos bajamos de la combi y Van Kenny, el chico indonesio, me acompañó al shopping al lado de su hotel para cambiar plata: todas las casas de cambio estaban cerradas.

Fuimos al cajero: no me aceptaba la tarjeta.

Volví a llamar a Chin Chin: me faltaba un número para poder comunicarme.

Quería ir a un hostel: no tenía idea de dónde estaba parada ni adónde podía ir.

Quería tomarme un colectivo: ¿monedas? menos que en Buenos Aires.

Quería tomarme un taxi: me dijeron que por las dudas no me tomara un taxi sola de noche.

Listo, ¿podré dormir en la puerta de su cuarto? ¿o encima de la alfombra del baño?

Van Kenny sacó 50 ringgit y me los dio.

– Mañana me vuelvo a Indonesia, esta plata ya no me sirve, quedatela.

– No, te la cambio por dólares.

– No, por favor.

-Bueno, cuando esté en Jakarta los invito a todos a cenar.

Mientras decidía mentalmente qué iba a hacer de mi vida aquella noche, me invitaron a cenar con ellos al mercado local. Los indonesios y yo: esa loca que andaba con cara de perdida por algún lugar de Asia. Comimos algo muy rico, que jamás sabré qué era. Les conté que era de Argentina, que escribía un blog. Todos en ronda empezaron a decirme sus nombres, “para que nos menciones en tu blog“. Llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me llevara en su auto a buscar alojamiento barato. Así que me despedí y nos fuimos, la indonesia y yo: esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia de Indonesia.

Finalmente encontré un lugar decente y barato manejado por un hindú. Chinos, hindúes, indonesios…

Estoy en Malasia, ¿no? Por ahora no vi ningún malayo… Creo.

Desensillé en el cuarto, me conecté a internet y todo se solucionó.

Encontré el número que le faltaba al celular de Chin Chin, la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y dormí con todo el agotamiento del mundo. A la mañana siguiente vino a buscarme Julio, un chico mexicano que también se estaba quedando en lo de Chin Chin, junto con Rizuan, un malayo musulmán, que nos llevó a recorrer toda la isla en su auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó a una reunión de musulmanes en su barrio, nos infiltró en el mercado local, nos hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presento a un hindú-malayo que baila salsa cubana…

¿No les digo que cuando un viaje se pone bueno, todo empieza a pasar mucho más rápido?

Con Van Kenny, mi nuevo amigo indonesio, cenando en el mercado de Penang

Con Julio, mi amigo mexicano, comiendo durién en el mercado local

Julio y yo en un almuerzo musulmán

Rizuan y su amigo en el mercado

Linggish, el indio que baila salsa, tomando un té con nosotros

 

Cenando con couchsurfers

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