Como en casa

Madrid me retiene. Doce días y contando. ¿Qué escribir cuando uno está de viaje pero se siente como en casa? Tal vez de eso: la sensación de casa que encuentro en distintas partes del mundo, la certeza de que los viajeros no tenemos una casa sino varias. Muchas veces me preguntan si no extraño mi casa, mi baño, mi cama. Siempre digo que no. Lo que extraño de Buenos Aires es a mi gente, mis amigos, mi familia, mis caminatas, San Telmo, la primavera, los diálogos que se escuchan en los bondis. No mi baño, ni mi cama, ni mis sábanas, ni nada de eso. Cuando uno vive viajando pasa que muchos lugares se convierten en eso que llamamos “casa”, y la casa que dejamos atrás, en mi caso Buenos Aires, pasa a ser una casa más y no la única. Y al final es peor porque no se extraña una sola casa sino unas diez o veinte y uno queda como con el extrañamiento (¿existe?) dividido.

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España es uno de esos lugares donde me siento (demasiado) en casa. Desde la primera vez que pisé Madrid sentí que estaba llegando a un país que no conocía pero que ya me era muy familiar y cercano. Es verdad que argentinos y españoles estamos muy ligados por la historia y que nuestra cultura es similar en muchas cosas, pero esas no son las únicas razones: lo que me hace sentirme como en casa son los amigos que siempre me esperan acá, la familia que me recibe los domingos, el parecido como de realidad paralela entre Buenos Aires y Madrid, el acento argentino que se escucha bastante, el acento español que tanto me gusta, esas calles tan aptas para caminar, los personajes bizarros que siempre se renuevan (esta vez me encontré con un Spiderman panzón en la Plaza Mayor y un Bart Simpson en el Bernabéu), esas letras de Sabina que cada vez entiendo mejor.

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Madrid está lluviosa y fría, por momentos con mucho viento. Voy abrigada y, si bien no me gusta el frío (corrección: cada vez me gusta un poquito más el frío, siempre y cuando se mantenga sobre cero grados), estoy disfrutando este invierno. Cuando me bajé del avión y sentí el aire fresco me dije: pero esto no es tan terrible, pensé que el choque iba a ser peor. En el vuelo desde Lima no dormí nada: uno porque despegamos de día y no tenía sueño y dos porque cada vez que cerraba los ojos y el avión hacía un mínimo temblor me agarraba pánico y me decía secae-secae-secae-secae (confirmado que cada vez me gusta menos volar). Lo bueno fue que en la lotería de los asientos me tocó estar al lado de una mujer peruana que me charló casi todo el viaje y me ayudó a distraerme. Hablamos de la vida (¿de qué más, sino?), de sus cinco años en Buenos Aires, de sus hijos, de sus historias, de mis historias, de nuestros miedos, de nuestros hogares originales y adquiridos. Lloramos y nos reímos, y en Barajas nos despedimos con un abrazo. Con un preludio así, era claro que estaba llegando a donde tenía que estar. 

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Durante estos doce días me la pasé de reencuentro en reencuentro, no sólo con otros sino conmigo y con mis ganas de caminar. Gracias Madrid por ser tan caminable, espero que todas las ciudades europeas sean así porque necesito mi meditación diaria y quiero volver a la fotografía callejera y al arte de estar en la calle. Viajar para mí es estar (o ser) en las calles de cada lugar. Cuando camino pienso tantas cosas que un día de estos voy a prender un grabador y hablar sola durante todo el recorrido para no perder el hilo de mi conversación. Si pudiera dibujarme creo que me haría caminando y dejando atrás un sendero de palabras sueltas.

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Hace unos días me reencontré con Samy, una amiga de la facultad (que cursó conmigo un año y se cambió a Periodismo) con la que no me veía hacía 10 (D-I-E-Z) años. Cuando me lo dijo la traté de exagerada: ¡qué van a ser diez años! Pero sí, empezamos la carrera en el 2004, o sea que llegué a esa edad donde puedo decir que tal cosa me pasó hace diez o quince años y acordarme del hecho como si hubiese sido antes de ayer (cosa que a los 22 no me pasaba). Y así como hace diez años empecé a estudiar en la universidad, hace seis años que empecé en la universidad de los viajes (y sigo en preescolar). Seis años no es nada (me encanta escuchar o leer a gente que cuenta que viaja hace treinta o cincuenta años, porque espero algún día poder decir lo mismo), pero es suficiente para empezar a sentir que esta es mi vida normal, que no me veo haciendo otra cosa y que espero poder dedicarme a esto hasta el último día de mi existencia.

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(yo también)

Ayer, Samy me entrevistó. Casi al final me preguntó cuáles fueron los mejores y peores momentos de estos seis años de vida viajera y le dije que era una pregunta tan difícil como responder qué país me gustó más. Creo que es como la vida misma: los viajes (por lo menos mis viajes) tienen algunos (pocos) momentos recontra-mega-híper felices y muchos (un montón) de momentitos (por llamarlos así) felices: cuando me quedo en una casa de familia, cuando viajo en un bus local y la gente me mira con curiosidad y me sonríe, cuando alguien me ayuda en la calle, cuando estoy frente a un paisaje que me gusta, cuando me reencuentro con un amigo, cuando me hago amigos nuevos, cuando pruebo una comida rica, cuando me llevan a hacer algo bien local, cuando salgo a sacar fotos, cuando estoy en una situación en la que jamás imaginé que iba a estar, cuando un lugar me sorprende… Después me puse a pensar en los momentos feos y lo primero que me salió fue mencionar los dos robos que viví, pero enseguida me retracté y le dije que no, que los robos son feos pero lo que se van son cosas, y que lo peor para mí son que se vayan las personas, conocer a alguien, despedirme y no saber cuándo ni dónde nos volveremos a ver. Lo más duro de viajar es estar emocionalmente preparada para despedirme de personas y lugares todo el tiempo y soñar con volver  (o será que soy demasiado sensible).

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Mucha gente me escribe diciéndome que si él o ella viviera viajando como yo, su vida sería “perfecta”. Y desde ya les digo que no: no es una vida perfecta. Es un estilo de vida extraordinario y muy enriquecedor, eso seguro, y que a muchos (no a todos) puede hacer muy feliz, pero está lejos de ser perfecto. Cuando uno viaja puede despojarse de todo menos de algo: uno mismo. Nuestros problemas, emociones, tristezas, miedos, inseguridades, todo se va de viaje con nosotros. Estando de viaje también se genera una rutina y hay días de todo tipo: alegres, de mal humor, de pereza, llenos de energía, vacíos, completos, aburridos, sorprendentes. Cada día es distinto, pero uno (o por lo menos yo) no puede estar cien por ciento feliz todo el tiempo. Y sé por experiencia que no es fácil pasar por una etapa de tristeza estando lejos de casa (de la casa que sea). Por eso me hace tan bien saber que mi casa (me gusta mucho la palabra en inglés: home) es algo que existe en muchos lugares del mundo y no sólo en la ciudad donde nací. Hay una canción muy linda que dice “Home is wherever I’m with you” (mi hogar es cualquier lugar donde esté con vos) que también podría decir algo así como “Home is wherever I feel good” (mi hogar es donde me siento bien).

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Cuando uno llega a casa se da cuenta enseguida. Puede pasar en cualquier lugar del mundo y se siente de manera instantánea: es pisar la ciudad, percibir como un calorcito (interior, supongo), sonreír y ver cómo muchas cosas adentro nuestro se alinean, es como dar un suspiro de “ahhh llegué” y sentirse bien. Y, en mi caso, es llegar sabiendo que en algún momento me iré en busca de lugares nuevos (porque es imposible querer dejar de viajar) y que siempre tendré un hogar más al cual volver. Gracias Madrid, si pudiera darte un abrazo y meter ahí adentro tus calles, barrios y personas, lo haría. Pero ahora sí, dejame ir, que quiero seguir camino.

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Justo cuando terminé de escribir este post recibí un mail de mi amigo Jaume (un asturiano que se pasó cinco años viajando y a quien conocí en Laos y volví a ver hace unos días en Madrid) con el enlace a este video. Mientras lo miraba asentía con la cabeza y sonreía sola: ¡sí! ¡tal cual! ¡me pasa también! Esta chica podría ser mi doble española. Se los dejo para que lo vean y entiendan un poquito más a quienes nacimos con el síndrome del eterno viajero.


[box border=”full”] Info útil para viajar por Madrid:

  • Transporte urbano: lo mejor para ir de un lugar a otro es caminar o usar el metro (tiene estaciones por toda la ciudad y es muy eficiente). El viaje cuesta € 1,50, pero lo mejor es comprar el abono de a diez viajes (cuesta € 12,20 y se puede usar en el metro y buses). Hay un metro que va de Barajas (el aeropuerto) al centro de la ciudad.
  • Si necesitás un mapa de la ciudad podés pedir uno en cualquier sucursal del Corte Inglés (hay por todos lados).
  • Alojamiento: me quedé en casas de amigos, pero según lo que vi en internet, la cama en un dormitorio compartido de un hostel empieza en € 10.
  • Comida: los menúes más económicos (entrada, plato principal, postre y bebida) cuestan entre € 6 y 10. Hay lugares más baratos como Los 100 montaditos (tiene más de 100 tipos de sandwiches y hay un día a la semana que cuestan € 0,50) o El museo del jamón (ambos tienen varias sucursales) pero son más para picar. Otra opción son las tapas. Si tenés cocina, lo más económico es comprar en el super y cocinar. Un café te cuesta alrededor de € 1, una caña (vaso de cerveza) desde € 1, un desayuno (café + bollería) € 2, una botella de 1/2 litro de agua unos € 0,60.
  • Durante febrero, casi todas las grandes tiendas de ropa están con rebajas (en algunas hasta del 80%), así que si venís sin ropa adecuada te recomiendo que la compres acá. Un lugar con precios más baratos es el Factory, un centro de outlets en San Sebastián de los Reyes. Y para ropa deportiva o de viaje, reconozco que el Decathlon tiene de todo.
  • En Madrid hay dos librerías de viajes (con guías de todas partes del mundo, libros de fotografía y literatura): Altair y De viaje. Si les gusta leer, les recomiendo que se den una vuelta y se reserven una tarde para estar metidos ahí adentro.
  • En Madrid están tres de los museos de arte más importantes del mundo (y todos tienen días y horarios de acceso gratuito): el Reina Sofía (la entrada cuesta € 8; se entra gratis lunes, miércoles, jueves, viernes y sábados de 19 a 21 h y domingos de 15 a 19 h), el Thyssen – Bornemisza (entrada € 10; se entra gratis los lunes de 12 a 16 h) y el Museo del Prado (entrada € 14; se entra gratis de lunes a sábado de 18 a 20 h y los domingos de 17 a 19 h). 
  • Una muy buena opción para seguir viaje por España (y pagar menos que trasladándose en bus de larga distancia) es usar blablacar.es, una web de carpooling para compartir coche (y pagar los gastos entre todos). Ya les contaré cómo me va con eso. [/box]

Toledo para mí

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El sentido común me decía que Toledo se iba a llenar durante el feriado. Es que es un clásico: no hay que trabajar, entonces las familias se van de paseo y hay gente por todos lados. Por cuestión de planes y de tiempo “no me quedaba otra” que ir el martes (feriado en España por el Día de la Constitución) a visitar Toledo en el día, así que me desperté a eso de las 7.30 am y salí cuando todavía era de noche, rogando que los subtes y buses no estuvieran demasiado atestados.

Llegué a la estación de subte y nada: todo vacío. Iba tan dormida que casi me tomo otra linea (el sistema de Metro de Madrid es organizadísimo, pero hay tantas lineas que me siento un poco perdida). Hice intercambio y tomé la línea circular hasta la Plaza Elíptica, desde donde salen los buses a Toledo. Tuve suerte y llegué un minuto antes de que saliera el colectivo de las 9 am, así que me subí y 45 minutos después estaba en la Ciudad Imperial. Mientras iba en el bus esperaba encontrarme con un atasco en la autopista, pero no, casi no había autos. También me sentía un poco culpable por haber llegado “tan tarde”, ya que sentía que no iba a poder aprovechar el día. El bus público n.5 me llevó de la terminal hasta Zocodover, uno de los puntos centrales del sector histórico de la ciudad. Me bajé y sorpresa: casi no había gente.

Yo, feliz: tenía Toledo sólo para mí.

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Durante varias horas me dediqué a caminar por la ciudad. Lo primero que sentí debe ser lo mismo que siente que cualquiera que visita Toledo: que estaba en otro siglo, en otra época, en otro mundo. La historia de Toledo se remonta al siglo 2 a.C., cuando fue un centro comercial y administrativo del Imperio Romano; siglos después fue la capital de España hasta la conquista de los Moros en el siglo 8. Formó parte del Califato de Córdoba, fue escenario de varias revueltas y pasó por un período conocido como La Convivencia, en el que hubo coexistencia entre cristianos, judíos e islámicos. En 1085 fue conquistada por Alfonso VI de Castilla y quedó en manos cristianas, pasó ser un importante centro cultural y un lugar, también, de tortura. De a poco fue perdiendo su importancia estratégica y quedó como la capital de la provincia de Toledo y de la comunidad autónoma Castilla – La Mancha. En 1986 fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y hoy es uno de los puntos turísticos más visitados de la región.

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Cuando voy a lugares con mucha historia y que hoy están “vacíos” siento una atmósfera muy cargada. Me pasó, por ejemplo, en la cárcel de Ushuaia: el silencio de las celdas vacías, para mí, gritaba historias horribles de encierro, muertes, tragedias. Me pasó también en las Killing Fields de Camboya, donde me parecía que las calaveras y las fotos de las víctimas seguían lamentando sin hablar. Me pasó hace poco, cuando entré a un antiquísimo salón de estilo ¿victoriano? en La Boca y “vi” (no con la mirada) en los espejos el reflejo de las personas que alguna vez se sentaron a esas mesas redondas con sillas de terciopelo. En Toledo, sin embargo, no sentí algo tan trágico, sino que intenté ver o imaginar cómo viviría la gente “en aquella época”.

Es difícil imaginar al ser humano en el pasado. Los libros de historia ya están escritos y como afirman que tal o cual personaje histórico fue “así”, que los hechos fueron “estos” y que las ideas eran “asá”, lo más fácil para nosotros, seres humanos actuales, es aceptar esas verdades y entender el pasado desde esa óptica. Lo malo es que muchas veces terminamos cayendo en visiones (no sé si decir “reduccionistas”, “generalizadas” o “acartonadas”) de los períodos históricos y creemos que todos los que vivieron en determinada época usaban tal peinado, se vestían de tal forma, pensaban tales cosas y tenían cierta rutina. Pero no creo que eso de que “cada persona es un mundo” (es decir, la pluralidad) sea algo propio de nuestra época, sino que existe desde que existe el hombre… Así que mientras caminaba por Toledo e imaginaba hombres andando a caballo con sus armaduras y mujeres caminando por los mercados con sus vestidos (ven, es difícil huir de esas imágenes), también me preguntaba, frente a cada casita, ¿quién habrá vivido acá? ¿cuáles habrán sido sus ideales? ¿qué habrá soñado para su vida? ¿habrá sido feliz? ¿cuál habrá sido SU historia? Porque no me digan que no: las personas siempre tuvimos sueños e ideales, pero que no hayan llegado a los registros de los libros de historia es otra cuestión.

Si pudiera viajar en el tiempo créanme que lo haría…

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Durante toda la mañana tuve Toledo (la actual y la histórica, la real y la imaginaria) para mí. Frené en una panadería a comprarme un croissant y le pregunté al panadero: “¿Qué pasa que está todo tan vacío? ¿No vive nadie acá?”. Y me respondió riéndose: “Es por el festivo… ¡A nadie le gusta madrugar! Ya vas a ver cómo se llena después del mediodía…”. Y así fue, después del mediodía (que acá empieza como a las 2 de la tarde) empezó a llegar gente y más gente. Toledo se llenó y yo, que ya estaba satisfecha (y bastante cansada de tanto caminar), me volví a Madrid.

Ya me lo dijo Paco Nadal: “Tienes que ir aprendiendo que en España… ¡todo se hace tarde!”.

[singlepic id=3167 h=625 float=center] Y se llenó…

[singlepic id=3147 h=625 float=center] Personaje preferido 1

[singlepic id=3152 h=625 float=center] Personaje preferido 2

[singlepic id=3141 w=625 float=center] Esta es la foto que me trajo del pasado al presente…

Info útil de Toledo:

– bus Madrid – Toledo: 4.96 euros de ida
– bus público de la terminal a Zocodover: 0.96 euros
– bocadillo: 2.50 euros
– croissant: 1 euro
– menúes: desde 10 euros

De tapas por Madrid

Hoy me fui de tapas. Me encanta cómo suena: “de tapas”. Había escuchado la expresión mil veces pero nunca tuve muy en claro en qué consistía. ¿Significaría que la comida se sirve en platitos con forma de tapas (redonditos)? ¿Era algo así como irse de copas? El misterio se resolvió al mediodía cuando me encontré con Paco Nadal, periodista de viajes y bloguero del diario El País, para comer (ojo que acá “comer” solamente significa “almorzar” y no “cenar”) y me dijo: “Hagamos algo bien típico, vámonos de tapeo”.

[singlepic id=3092 w=800 float=center] Gente haciendo fila para entrar a uno de los bares más antiguos.

Los españoles podrán explicarlo mucho mejor que yo, pero irse de tapas consiste en ir de un bar a otro y “picar” aperitivos en cada uno, acompañados de una caña (vaso de cerveza), una copa de vino u otra bebida. Al parecer hay varias “reglas” implícitas para disfrutar de este ritual gastronómico y social: las tapas se comen de pie o en la barra (y no sentados a la mesa), la primera tapa la trae el mozo junto con las bebidas y es “sorpresa” y, según leí, no hay que mirar el menú antes de pedir la primera cerveza porque sino el mozo va a creer que querés comer y no te va a traer la tapa que acompaña la bebida. (Por favor coméntenme todo lo que quieran acerca de este ritual ya que me interesa muchísimo).

[singlepic id=3094 w=800 float=center] Las zanahorias las trajo el mozo, la otra tapa era pan con tomate y bacalao.

Lo que más me gusta de esto de “irse de tapas” es lo que implica, más allá de comer tal o cual cosa: moverse de un lado a otro, probar en lugares distintos, no quedarse quieto. Y después del almuerzo de hoy, me di cuenta de que lo que hice durante estos días en Madrid fue irme de tapas, pero no a comer, sino a conocer: estuve “picando” de lugar en lugar, de barrio en barrio, de plaza en plaza, mirando y conociendo de todo un poco, sin quedarme en un lugar fijo. Y preparé, para ustedes, este post de tapeos.

*

Qué es arte

Podría haberme quedado horas mirándolo. Horas es poco. Éramos como cincuenta personas amontonadas, pero yo sentía que estábamos solos, él y yo. Durante largos minutos estuve parada frente a El Jardín de las Delicias (de El Bosco) en el Museo del Prado y no me cansé de descubrirle detalles. Tanto lo miré que me metí adentro, caminé entre la gente, los animales, las flores y los colores del jardín. Nunca pensé que ese cuadro iba a impactarme tanto “en vivo” (ya lo conocía pero ni siquiera sabía que era tan grande, es un tríptico de 2 metros x casi 4). Qué hombre adelantado, qué imaginación. Eso es arte.

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Unos días antes, Roberto, un español lector de mi blog, me invitó a conocer La Tabacalera, una antigua fábrica de tabaco que fue convertida en un centro social autogestionado e intervenido por artistas. Me encantó, tal vez porque me recordó a las movidas culturales de Buenos Aires y me transportó a mi ciudad, tal vez porque también me transportó a lugares que aún no conozco (Berlín Berlín Berlín en mi cabeza…) tal vez porque me gustan mucho los lugares así. Había bandas, murales, graffitis, baños pintados, grupos de skate, una cafetería, catacumbas, cuevas, pasadizos, puertas. Eso, para mí, también es arte.

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Lo cual me hace preguntarme: ¿qué define al arte? ¿quién dice qué es arte y qué no? ¿solamente lo que está en museos es arte? ¿o el arte también está en la calle? Para mí, como imaginarán, el arte está tanto adentro como afuera de los museos. Y mi humilde opinión es que el valor del arte está en el sentimiento o reacción que genera en el espectador, más que en la técnica en sí.

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Vendiendo lo invendible

[singlepic id=3091 w=800 float=center] Se venden gomitas del Pulpo Paul…

[singlepic id=3119 w=800 float=center] …muchas golosinas…

[singlepic id=3034 h=800 float=center] …adornos navideños de todo tipo…

[singlepic id=3124 w=800 float=center] …pesebres vanguardistas…

[singlepic id=3120 h=800 float=center] …y tours en pseudo autitos chocadores que van vociferando el recorrido en italiano.

Ahora entiendo de dónde sacamos los argentinos esa cualidad de vender hasta lo invendible (o por lo menos de intentarlo): de la Puerta del Sol de Madrid. El tomate loco que venden en la calle Florida, un poroto: acá te venden un Bob Esponja de papel que se para solo y, cuando le ponés música fuerte, baila. Olvídense de las bandas de ska que improvisan en la puerta de los bancos en pleno Microcentro a las 6 de la tarde: acá lo que se pone son los señores que hacen canciones con el sonido de 20 copas de cristal al unísono. Y si es Navidad, preparense: probablemente terminen comprándose dos o tres pesebres y algún que otro arbolito. Me encanta esa creatividad para vender lo que sea, y ahora me doy cuenta de que parte de eso viene de acá.

Pero no sólo eso. Me parece muy raro estar en una ciudad española de verdad, ya que hasta ahora lo que conocía eran las ciudades coloniales que dejó España por América, pero nunca había visto “la original”. Mientras caminaba por el centro pensaba con risa: ¡de acá sacaron los cusqueños eso de que las calles cambien de nombre cada dos o tres cuadras!

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Aparecen las minorías

Me gusta conocer a las minorías que habitan en cada ciudad, y acá me las encontré casi de casualidad. Estaba caminando por el centro, me desvié, llegué a Embajadores, subí por alguna callecita y encontré peluquerías indias, supermercados chinos, restaurantes turcos y muchos africanos (¿de qué país son? ¡todavía no distingo!). Cada cual hablaba su idioma y ponía carteles en su lenguaje. Casi no había turistas por la zona. Voy a seguir investigando.

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Naipe

¡Volvieron! Viajé a Europa sin pensar en ellas, pero aparecieron sin que las buscara. Hoy, caminando por la zona de La Latina, encontré una carta (naipe) (o, si ven la foto, como cinco cartas en una).

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Los que me leen hace tiempo saben acerca de mi afición de recolectar cartas que encuentro en las distintas ciudades del mundo. Una ciudad o pueblo que me regala una carta es un lugar con ciertas características: tiene (algo de) cultura callejera, tiene personas que incluyen lo lúdico entre sus pasatiempos y no es impecablemente pulcra y limpia (sino a la carta ni le daría tiempo a sobrevivir en la vereda). Y juro que en todas las ciudades donde encontré cartas tuve experiencias memorables o, por lo menos, una gran conexión con el lugar. Tengo el mazo de cartas asiáticas en casa, todavía está incompleto, ¿tal vez lo complete en este viaje?

*

Otras fotos del tapeo viajero

[singlepic id=3093 h=800 float=center] Che… ¡tenemos local propio!

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Yo me bajo en Atocha

Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso,
su santo y su torero, su Atleti, su Borbón,
sus gordas de Botero, sus hoteles de paso,
su taleguito de hash, sus abuelitos al sol. 

Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
su dieciocho de julio, su catorce de abril.
A mitad de camino entre el infierno y el cielo
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid. 

– Joaquín Sabina (fragmento de la canción “Yo me bajo en Atocha”)

***

[singlepic id=3085 h=800 float=center] Rumbo a la Plaza Mayor.

[singlepic id=3035 w=625 float=center] Preparativos de Navidad en la Plaza Mayor… Primeras imágenes de Madrid.

[singlepic id=3048 h=800 float=center] “Sus abuelitos al sol” :)

¿Será que el jet-lag, también conocido como Mal de los Husos Horarios, da un tinte surrealista a las cosas? 

Salí de Buenos Aires el jueves al mediodía. El vuelo se me pasó rapidísimo: me clavé tres pelis (entre ellas Medianoche en París que me gustó muchísimo y me dio aún más ganas de conocer esa ciudad), miré un par de series, escuché música, dormí algo y cuando me di cuenta ya habíamos llegado. ¿Pero cómo? ¿No hay cuarenta escalas y vuelos interminables? No, esta vez no me fui TAN lejos.

En Ezeiza todos muy simpáticos: cuando terminé de hacer el check-in, el que me atendía me dijo “Chau chiqui, buen viaje” o algo así (no recuerdo si usó exactamente la palabra chiqui, pero si no fue esa, fue otra de sonido y onda similares). El de Migraciones me miró fijo antes de sellarme el pasaporte, con cara de malo, y me dijo: “Aniko”. Yo no sabía si era una pregunta o una afirmación así que dije que sí, y él aflojó la cara y preguntó: “¿De dónde es tu nombre? Es la primera vez que lo escucho…“ Respiré aliviada y con mi mejor sonrisa le respondí: De Hungría. Cuando me fui me dijo “¡Chau Aniko!” y me reí sola. #cosasquetepasansitellamasAniko 

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Llegué al Aeropuerto de Barajas poco antes de las 6 de la mañana (en hora Argentina, a eso de las 2 am del viernes), busqué mi mochila e hice Migraciones para entrar al país, algo que siempre me pone nerviosa (tengo miedo de que en algún lugar del mundo me reboten por alguna causa extraña: “Usted viaja mucho, vuélvase a su casa” o “La de la foto y usted no se parecen” o “Aquí no aceptamos pelirrojas”). Pero mostré mi pasaporte húngaro y lo único que me dijeron fue “Pase”. Crucé el aeropuerto de punta a punta en busca del Metro (subte) que me llevaría hasta lo de Irene, amiga de la infancia de mi mamá que me está alojando en su casa de Madrid.

Cuatro estaciones después, me bajé. Estaba por llegar el momento de la verdad: iba a ver Madrid por primera vez cara a cara (hasta ese momento la había visto desde el cielo y bajo tierra, pero desde la superficie todavía no). Caminé hacia las escaleras, subí y…y…y… todavía era noche cerrada. Igual no lo podía creer: ¡Madrid! ¡Europa! ¡Hola! ¡Llegué! Eran algo así como las 7.30 am, pero las calles estaban casi vacías y el sol todavía no salía: vi algunas personas paseando a sus perros, otros que habían salido a correr y a las pocas cuadras me recibió la lluvia. Llegué a lo de Irene, dormí unas horas y salí a pasear un rato.

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Ahí comencé a sentir los efectos del jet-lag, también conocido como “Estoy drogada de tanto avión”. Todo me parecía irreal. Las hojas de otoño en las veredas. El acento español de la gente (que, creo que como a tod@ argentin@, me encanta). Los bares de tapas. La arquitectura (ya no puedo decir “colonial”, pero ustedes entienden a qué me refiero). El aire frío. El acento otra vez. Escuchar conversaciones fuera de contexto como “…¡es que estamos como las cabras!…” (?) o “… me bajo en Atocha y sigo hasta…”. Los palacios que aparecían de la nada. Las iglesias. La Plaza Mayor. Los personajes de la Plaza Mayor. La gente sacándose fotos con los personajes de la Plaza Mayor. Las decoraciones por Navidad (cierto que falta poco, vivo perdida en el calendario). La enorme cantidad de gente haciendo fila para comprar un boleto de lotería. La organización impecable del sistema de buses. Las tiendas del Corte Inglés (que me hicieron acordar muchísimo a la película Crimen Ferpecto, de Álex de la Iglesia). Estar en Europa.

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Iba con la boca literalmente abierta. La gente debe pensar que tengo algún problema en la mandíbula, pero no podía (ni puedo) creer que estoy acá. Viajé 12 horas pero aterricé en un lugar que siento familiar y cercano. No caí en medio de lo desconocido como cuando me fui a Asia. Por momentos pienso (plagiando a Fito): “No sé si es Baires o Madrid”. Pero enseguida me acuerdo. Estoy en Madrid.

***

Algunas fotos de los personajes de la Plaza y alrededores:

[singlepic id=3055 h=800 float=center] Papá Noel

[singlepic id=3086 h=800 float=center] Las cabezas locas

[singlepic id=3088 h=800 float=center] El hombre invisible y Bob Esponja

[singlepic id=3087 h=800 float=center] El perro (?) y también estaban Jack Sparrow y Los Pitufos

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