Marrakech: la lucha constante

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Apenas bajamos del bus y quedamos solos en la estación con nuestras mochilas y nuestras almas sentí como si un árbitro invisible hubiese tocado el silbato para anunciar que empezaba el partido.

Equipos: Andi y Aniko (y todos los viajeros que están por acá) vs. Marrakech

Estadio: Djemaa el-Fna (la plaza principal de la medina) y los souqs (mercados)

Disciplina: lucha libre

Reglas: vale todo

[singlepic id=4383 h=800 float=center] El estadio

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[singlepic id=4391 w=800 float=center] Nosotros (las sombras) vs. Ellos

Después de pasar varios días en la lentitud del desierto, en los paisajes irreales del Todra y en la tranquilidad de Ait Benhaddou, me olvidé de que había ciudades en Marruecos donde el movimiento, el caos, el ruido y las masas de gente eran algo de todos los días. Y al ver (ya desde la ventana del bus) lo que nos esperaba en Marrakesh me sentí un poco agobiada y sin ganas ni fuerzas para enfrentarme a tanta locura.

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Se los voy a decir desde ya: Marrakech no me gustó (ohhh ¡polémica!) y no es un lugar de Marruecos al que quiera volver. La ciudad en sí no me desagrada (tiene lindos rincones, linda arquitectura, bastante arte, lindo paisaje natural de fondo), pero estar en un lugar donde sabés que van a intentar cobrarte de más por todo, donde solamente te ven como alguien a quien sacarle plata (y ni siquiera como a una persona, sino como a un cajero con patas) y donde hay tanta agresividad, acoso y mala onda no es algo que me parezca disfrutable.

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La lucha empezó cuando llegamos a la estación de buses y tuvimos que tomarnos un taxi a la Plaza Djemaa el-Fna (el centro de la medina, donde están los alojamientos baratos). Todos los taxistas nos pedían montos irrisorios, y si les pedíamos que nos bajaran el precio intentaban cobrarnos extra por meter las mochilas en el baúl (¿dónde se ha visto?). Cuando llegamos a la medina sentí que entramos a un gran shopping: todo lo que se veía eran puestos de venta (con sus respectivos vendedores que agitaban los brazos y nos gritaban “ehh! ehhh! ehhh!” o “cht, cht, cht!” para que nos acercáramos) (el truco es no hacer contacto visual con ninguno). Como siempre, nos interceptó un hombre para llevarnos al alojamiento barato de su abuela: el problema fue que nos mintió y nos prometió cosas que después no había —como el bendito wifi— y encima nos pidió propina.

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En la medina de Marrakech —a diferencia de, por ejemplo, la de Fezpermiten la circulación de motocicletas y bicis. Un peligro. Hay que estar tirándose contra la pared constantemente para que no te pasen por encima: los motociclistas van a toda velocidad tocando la bocina y no esquivan a nadie, sino que esperan que los peatones les abran paso. Algunos pasaban tan pero tan rápido que me generaban algo que no hago demasiado: putear. Las medinas, ya de por sí, son caóticas: imaginen calles angostas (tan angostas que no entra un automóvil) llenas de puestitos de venta y de comida, con gente que va y viene, con carros tirados por mulas, con personas sentadas en el piso, con niños jugando a la pelota, con vendedores ambulantes y encima con motos que pasan a toda velocidad. Deberían hacer como en Fez y prohibir los vehículos motorizados.

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[singlepic id=4401 w=800 float=center] Los souqs o mercados

La gente, además, me pareció muy agresiva. Doy ejemplos. En la plaza Djemaa el-Fna está lleno de músicos callejeros, contadores de cuentos, encantadores de serpientes, mujeres que hacen tatuajes con henna, puestos de venta de jugo de naranja, puestos de comida, hombres en carrozas, hombres con monos… Cada vez que un extranjero pisa aquel territorio, las miradas se posan sobre él y todos intentan captarlo para que compre algo. Ese no es el problema, el problema es que algunos hombres, como los encantadores de serpientes, se ponen muy agresivos.

Andi y yo nos pusimos a mirar —a varios metros de distancia— cómo “encantaban” a una pitón y uno de los hombres nos vio y se nos acercó sosteniendo una serpiente con intención de colgárnosla en el cuello para que nos sacáramos una foto. Yo me alejé corriendo y el tipo me persiguió, le dije que por favor se alejara porque no me gustaban las serpientes y él, en vez de respetarme e irse, me puso la serpiente a pocos centímetros de la cara, a lo cual volví a salir corriendo. En ningún momento atiné siquiera a sacar una foto (estaba demasiado asustada), pero el tipo me siguió persiguiendo y me gritó “Give me money for the picture! Give me money!!”. Le dije que no había sacado ninguna foto y llegó a agarrarme del brazo para seguir demandándome plata. Cuando nos fuimos vi que le hizo lo mismo a otra mujer: le puso la serpiente en la cara y ella huyó despavorida.

[singlepic id=4370 w=800 float=center] Algunas fotos de los puestitos de venta que inundan la Plaza…

[singlepic id=4388 h=800 float=center] El vendedor de jugo de naranja exprimido

[singlepic id=4392 h=800 float=center] El que preparaba y servía la harira (sopa) todas las noches

[singlepic id=4393 w=800 float=center] (los de las fotos son vendedores que tenían buena onda, que también los hay)

[singlepic id=4400 w=800 float=center] La oferta de especias (me encantan estas pirámides)

[singlepic id=4431 w=800 float=center] ¿Vendedores de muelas?

Más tarde, paseando por los mercados de la medina, Andi casi se agarra a trompadas con un vendedor. Pasamos frente a una tienda de alfombras, Andi tocó una que estaba colgada en la entrada y el vendedor le dijo lo de siempre: “I have more, come inside just for look”. Él entró y yo me quedé esperándolo afuera. Pocos minutos después vi que el vendedor lo empujaba por la puerta como para pegarle y Andi le decía “What is your problem?! Are you crazy?!”. El tipo se enojó porque Andi no le compró nada y porque, al salir, tocó la alfombra que estaba colgada en la puerta otra vez (Andi, contá cómo fue). Después de esa cuasi pelea seguimos caminando, quisimos sacar una foto de un negocio (de afuera) y salió uno corriendo y nos empezó a gritar “No photo! No photo!” y cuando nos íbamos nos terminó gritando “Fuck you! Fuck your mother!” (¿qué tendrán que ver nuestras madres en todo esto?). No me gusta, toda esta agresividad no me gusta nada.

[singlepic id=4421 w=800 float=center] Por suerte cuando nos alejamos de la parte central (y comercial) de la medina, la actitud de la gente cambió y todo fue un poco más tranquilo…

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Me da pena pensarlo, pero será que cuanto más turística es una ciudad, ¿más agresiva se vuelve su gente? Como los vuelos baratos de Europa llegan a Marrakech, esta es una de las ciudades más turísticas del país. Pero habiendo visto muchos otros lugares de Marruecos, siento que no representa el modo de ser de su gente, sino que es un lugar donde la relación entre los locales y los extranjeros es puramente comercial. Yo entiendo que de algo tienen que vivir, pero en otras partes de Marruecos también tienen que vivir de las ventas y no tratan así a sus potenciales compradores. ¿Por qué será que se genera algo así? ¿Será que la gente de Marrakech se cansó de los turistas, de las fotos, del regateo, de la mala onda (tal vez también) de los visitantes? Para mí, nuestra estadía en Marrakech fue una lucha constante: una lucha para que no nos cobraran de más, una lucha para que no nos pisaran las motos, una lucha para evitar que nos acosaran o nos agredieran. Y en esa lucha ganó Marrakech, que logró sacarme cualquier tipo de ganas de volver.

Pero como todo anverso tiene su reverso, en la medina también encontré rincones y detalles que me gustaron, como estos.

[singlepic id=4440 w=800 float=center] Un puestito matutino de venta de té y sopa

[singlepic id=4436 w=800 float=center] Montañas nevadas de fondo

[singlepic id=4434 h=800 float=center] Mujeres con sus bebés en la espalda

[singlepic id=4420 w=800 float=center] Especias en palanganas

[singlepic id=4432 h=800 float=center] Un jueguito que se las trae

[singlepic id=4414 h=800 float=center] Una mezquita a la que nos dejaron entrar

[singlepic id=4409 w=800 float=center] Un pajarito

[singlepic id=4402 h=800 float=center] Una mezquita (otra) al atardecer

[singlepic id=4381 w=800 float=center] Amiguitas volviendo del colegio

[singlepic id=4379 w=800 float=center] Un señor que me convidó algo de su puestito para que probara

[singlepic id=4371 w=800 float=center] La luz en el piso

Ah, y me olvidé de contarles que en un momento me paré frente a un puestito a mirar cómo hacían una sopa y, de la nada, me cayeron cuatro carteras de cuero sobre la cabeza. Primero me puse de mal humor (¡me dolió!) pero más tarde me reí. Será que esas son cosas que pasan en Marrakech y que, al fin y al cabo, la mejor actitud es reírse para no llorar.

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[box border=”full”] Información útil para visitar Marrakech:

  • Cómo llegar a Marrakech: hay buses y trenes que conectan a la ciudad con la mayor parte de las ciudades del país. Nosotros viajamos desde Ourzazate y el bus nos costó 50 dirham (+ los 5 dirham de siempre por el equipaje) y el viaje duró tres horas. Si van en taxi de la estación de buses hasta la Plaza Djemaa el-Fna no deberían pagar más de 10 dirham por persona.
  • Alojamiento en Marrakech: los lugares baratos están en los alrededores de la Plaza Djemaa el-Fna y cuestan unos 5 euros por persona.
  • Algunos precios de comida en Marrakech (en la Plaza y alrededores): crepe con miel 3.50 dirham, jugo de naranja exprimido 4 dirham, sopa harira 3 dirham, pastilla desde 30 dirham, cous cous o tajine desde 35 dirham, sandwich de carne 15 dirham, pedazo de torta + té de especias 5 dirham.[/box]

“Bienvenidos a nuestro mundo”: Tres días en la medina de Tetouan

Hay algo que ocurre entre el viajero y cada ciudad a la que llega. Existe un momento —a veces efímero, a veces perdurable, a veces paradójicamente inexistente— en el que el ritmo vital de ambos —opuesto, distinto, desincronizado por naturaleza— se funde, se combina en un mismo fluir. El viajero —extraño— pasa a formar parte de esa nueva realidad —extraña—, se sumerge tanto en lo que sucede a su alrededor que se convierte en un elemento más del paisaje. Y, cuando eso ocurre, el viajero experimenta eso que tanto ansía cada vez que entra en contacto con una cultura nueva: la autenticidad.

[singlepic id=3842 h=800 float=center] Tomando el té con Nourdin, el dueño de la pensión donde nos alojamos

[singlepic id=3832 w=800 float=center] Me hice amiga de una nenita en la calle y, cuando me dio un beso en el cachete, me dieron ganas de secuestrarla y llevármela en la mochila por el mundo.

[singlepic id=3921 w=800 float=center] Una de las tantas fotos que le saqué.

[singlepic id=3847 w=800 float=center] Un grupo de chicos que se divirtió posando para nuestras cámaras.

Todo empezó cuando nos sentamos a descansar en un banquito a unas diez cuadras de la estación de buses de Tetouan y se nos acercó un tal Mohammed —aprovecho para comentarles que está estadísticamente comprobado que Mohammed es el nombre más común del mundo— para ofrecernos lo de siempre: alojamiento, comida, tours, kif o todo lo anterior combinado. Nos habíamos tomado el bus local de Tanger a Tetouan (a una hora de distancia) y habíamos llegado a una ciudad de la que sabíamos muy poco: que tenía una mezcla arquitectónica árabe y andaluza, que era poco turística y que tenía una de las medinas (cascos históricos o ciudades árabes antiguas) mejor preservadas de Marruecos.

Mohammed nos ofreció galletitas y nos hizo el cuestionamiento de siempre (De dónde son, De qué parte de Argentina, Hace cuánto están en Marruecos, Primera vez que vienen a Tetouan), seguido del clásico: “Mi abuela tiene una pensión en la medina. Muy limpia, muy barata. Los llevo. 100 dirham por los dos”. Le dijimos que si nos la dejaba por 40 dirham (€ 4) cada uno iríamos, pero no dio el brazo a torcer. Nos propuso que si nos quedábamos ahí, “en lo de su abuela” (a la cual jamás vimos ni en figuritas), él nos haría un pequeño tour por la medina más tarde completamente gratis (subrayo lo de “gratis” porque fue algo que repitió varias veces). Como no teníamos alojamiento reservado de antemano y no sabíamos muy bien cómo llegar caminando a la medina, decidimos seguirlo para ver “la pensión de su abuela”. Caminamos cuesta arriba hasta la Plaza Real, cruzamos uno de los arcos de entrada a la medina y llegamos a una típica casa árabe/andaluza del año 1600. Nos quedamos.

 [singlepic id=3812 w=800 float=center] Nuestro primer almuerzo “comunitario” en la pensión

Era hora de almorzar y Nourdin, el dueño de la casa (a quien luego apodaríamos “Bravo” por su efusividad y su repetición constante de la palabra “bravooo” cada vez que hacíamos o decíamos algo) nos invitó a sentarnos con ellos a comer couscous. En la mesa conocimos a Canario (un hombre de unos 70 años que dedicó su vida a preparar café y era conocido por su voz cantante), a Fátima (mujer de la casa) y a su hijo Jafar. Tomamos un té de bienvenida y salimos con Mohammed a recorrer el laberinto blanco: la medina, esa ciudad dentro de la ciudad.

[singlepic id=3834 h=800 float=center]  Algunas imágenes de la medina por dentro

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Para un recién llegado (en este caso, dos) sin experiencia en medinas (estas mini-ciudades árabes antiguas que existen en la mayoría de las ciudades marroquíes), orientarse en uno de estos lugares es casi imposible. Las calles forman todas esas letras curvas y sinuosas —eses, ces, jotas— que incentivan a cualquiera a perderse; dentro del laberinto hay escaleras, arcos, pasadizos, cuadrados centrales, rincones, recovecos, huequitos. Las calles, además de ser angostísimas, nunca están despejadas: hay puestos de venta, personas apoyadas, trabajadores sentados en el frente de sus locales, hombres cortando madera, hombres pintando cuero, mujeres vendiendo frutas, chicos jugando a la pelota, musulmanes caminando hacia alguna de las tantas mezquitas para el rezo, gatos buscando comida, gallos sueltos. Las fachadas de las casas están pintadas de colores pasteles y contrastan a la perfección con la ropa brillante de las mujeres. Hay movimiento a toda hora, un ir y venir constante de gente, ruidos, música, gritos de los niños, conversaciones entre vecinas, ofertas en los mercados, el llamado de las mezquitas. Donde no hay color, hay carteles. Donde no hay ruido, hay graffitis que gritan en árabe.

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Según nos explicó Mohammed, la medina está subdividida en “barrios” o sectores, cada cual con su propia mezquita, su escuela y sus mercados. Pero los mercados, además, están organizados por rubro: en un sector está el mercado de madera, en otro el de cuero, más allá el de productos de cocina, por ahí el de animales, más adentro el de frutas y verduras, bajo techo el de “snacks” y dulces, en otro rincón el de ropa y alfombras, en el centro el de especias y desparramados por ahí los puestos de hierbas medicinales y café. El ritmo de vida de las personas parece estar marcado por esta vida callejera de los mercados; en la medina de Tetouan cada cual tiene su oficio y lo realiza todos los días incansablemente en beneficio de su comunidad. Eso fue lo que sentí ahí adentro: un ambiente comunitario donde todos trabajan en pos de mantener a esa pequeña sociedad en pie.

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En invierno, cuando baja el sol, el aire de la medina se vuelve casi helado y los pies y las manos empiezan a congelarse. Así que antes de que oscureciera, Mohammed nos llevó a la salida de la medina y a caminar cuesta arriba para ver la ciudad desde otro ángulo. Ahí fue cuando se puso pesado: “Amigos, ya que perdí (sic) tres horas con ustedes, denme 10 euros para mis niños”. Como habíamos quedado en que el paseo por la medina era gratis, la actitud nos molestó (por lo menos a mí). Nos presionó de tal manera (con oferta de droga a cambio y todo) que finalmente le dimos 50 dirham (€ 5) entre los dos para que se fuera, porque no quería dejarnos solos hasta que no le pagáramos. No volvimos a ver a Mohammed durante nuestra estadía en Tetouan. Y si eso empañó un poco el día, todo lo que vino después lo “desempañó” de sobremanera.

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Durante nuestra estadía en la pensión, Nourdin (“Bravo”) nos invitó a tomar por lo menos veinte tés de hierbas. También nos dio clases de homeopatía, su especialidad, y nos enseñó las propiedades curativas de las ocho plantas con las que prepara su té. Nos invitó a comer tajine y cous cous (platos típicos de acá) con él, Fátima, Canario y Jafar del mismo plato “como hermanos”. Nos transmitió enseñanzas acerca de la vida (con frases como “Mi tierra es donde me siento bien”, “Sin esperanza la vida será corta” y “Si no tienes nada que dar al pobre, dale una sonrisa”). Nos mostró lo arraigado que están en su cultura la hospitalidad y el compartir (ya sea con la familia o con extraños). Nos mostró fotos de su país y nos pidió que le mostráramos fotos de nuestros viajes. Nos sorprendió con su conocimiento de varios idiomas (acá pareciera que todos hablan árabe, español, francés e inglés) y de varias culturas. Nos enseñó palabras y expresiones en árabe. Nos festejó todo lo que decíamos con una sonrisa y un “bravooo”. Me apodó “reina” (y, cada vez que tomamos té, brindamos con un “¡Larga vida a la reina! ¡Bravooo!”) y, antes de irme, me regaló un djellaba (la vestimenta típica de los marroquíes) para protegerme del frío.

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Durante nuestra breve estadía, nos dio la bienvenida a su mundo. Y ahora, mirando hacia atrás, entiendo que caímos “en paracaídas” en un lugar que tiene un ritmo que existe hace siglos, un lugar donde la vida incluye tés de hierba, platos de comida que se comen con la mano y entre todos, pipas que se fuman en cada esquina, mercados que se arman y se desarman todos los días y Mohammeds que buscan ganar algo de dinero como sea. Y si aquel Mohammed en particular me hizo preguntarme hasta qué punto confiar en los marroquíes, Nourdin nos demostró que para muchas personas el intercambio más ansiado con el viajero no es el monetario, sino el humano, el de la experiencia, el de la transmisión de conocimientos. Así como el viajero busca conectar con la cultura a la que llega, el local también busca conectar con el que viene de lejos. Cuando eso sucede, nace lo auténtico y, personalmente, no puedo pedir nada más.

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[box border=”full”] Datos útiles y consejos para visitar Tetouan:

  • La medina de Tetouan es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y una de esas joyitas inexploradas… Mi consejo: no se la pierdan.
  • Bus de Tanger a Tetouan: 13.50 dirham, una hora (€ 1.20)
  • Alojamiento en la medina de Tetuan: 100 dirham por habitación privada (€ 10) (si regatean más se consigue hasta por 60 dirham para dos personas). Por si quieren quedarse en lo de Nourdin, esta es la info: Hotel Afrika, Plaza Palacio Real, Calle Kaid Ahmed 17 (Novedad! Ahora tienen página web: hotelafrica.org)
  • Sandwich: entre 6 y 20 dirham (según el tamaño y los ingredientes)
  • Dulces: 2 dirham por unidad
  • Bus de Tetouan a Chefchaouen: 15 dirham (una hora y media de viaje)[/box]

Bautismo marroquí

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[singlepic id=3797 w=615 float=center] La medina de Tanger

Apenas cruzamos uno de los tantos arcos que hace de entrada a la medina (“ciudad vieja”) de Tanger (Marruecos) sentí que los cinco sentidos se me reactivaron de golpe, como si un viento fuerte me hubiese pegado de lleno en la cara y me hubiese despertado de un letargo. Me vi a mí misma de lejos, extranjera, con mochila, parada en medio del movimiento, la gente y los colores de una ciudad africana/árabe. En Tanger. En Marruecos. En África. EN ÁFRICA. Hacía menos de dos horas estábamos en España, en un pueblito con un ritmo muy tranquilo y un ambiente muy silencioso… y de repente bajamos del barco y caímos en una ciudad marroquí enloquecida, en un lugar que fue elegido por varios escritores de la generación Beatnik para vivir y para escribir y que inspiró obras literarias famosas como El cielo protector de Paul Bowles. ¿Qué los habría enamorado de Tanger? Pero, sobre todo, ¿cómo podía ser que dos mundos tan distintos estuvieran a tan pocos kilómetros de distancia?

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[singlepic id=3809 w=615 float=center] Tarifa

Nuestra última parada en España fue Tarifa, pueblo portuario ubicado entre el Atlántico y el Mediterráneo, meca del windsurf y del kitsurf (por el viento, claramente) y uno de los puntos de cruce de Europa a África. Pasamos la noche ahí (había un sólo bus de Jerez a Tarifa y llegaba de noche) y la mañana siguiente recorrimos la parte histórica de Tarifa. Un pueblito lindo y tranquilo, con mucha construcción blanca, con mucho empedrado, con algunas personas sentadas en mesitas al sol, pero con nadie que nos mirara dos veces. Al mediodía nos fuimos caminando al puerto (todo queda cerca) y sacamos pasaje para el siguiente ferry a Tanger. 35 euros por un viaje de aproximadamente una hora, con mar picado y bolsita para el mareo —por si acaso— incluidas. Y antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos en el norte de África.

[singlepic id=3810 h=615 float=center] Gente simpática en Tarifa

[singlepic id=3811 w=615 float=center] El ferry

Marruecos es uno de esos países “polémicos” de los que me dijeron muchas cosas. Los que nunca viajaron a Marruecos me repitieron con voz de alerta: “Tené cuidado, mirá que eso no es Asia”, “No vayas sola, es peligroso”, “Marruecos es un país jodido (difícil)”. Los viajeros que ya estuvieron me aseguraron: “¡Te va a encantar!” (con miradas que denotaban envidia y ganas de volver), “Los marroquíes son muy hospitalarios y simpáticos” y “Te van a querer vender lo que sea y como sea, así que preparate para el acoso”. (Digresión necesaria. Caso de estudio N.1 referente al acoso marroquí: Pocos días antes de cruzar de España a Marruecos empecé a recibir mails de un tal “Hamid” dándome la bienvenida a su país por adelantado y ofreciéndome tours al desierto en 4 x 4. No sé quién es Hamid ni cómo me encontró, pero recibí mails, mensajes privados por Facebook, posteos en el muro y comentarios en todas mis actualizaciones con su oferta de tours por Marruecos. ¿Un adelanto de lo que me esperaría, tal vez? Casi me desilusionó no verlo al pie del ferry, esperándome con un cartel con mi nombre).

[singlepic id=3766 w=615 float=center] Vendedor callejero en Tanger

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Los marroquíes que conocí en España (hay muchos que están trabajando ahí) me ayudaron a armar una ruta de viaje (todavía guardo los mapitas que me improvisaron en servilletas), me dieron varias recomendaciones y me dijeron: “Mi país es bellísimo, pero ten cuidado de que no te engañen, ya que hay muchos marroquíes que buscan aprovecharse de los turistas”. ¿Por qué será que si digo que me voy a Europa todos dicen “ay qué lindo” y si digo que voy a África me dicen “tené cuidado”? Si al fin y al cabo hay gente mala en todos lados. Yo creo que cuanto más distinta es la cultura, más nos genera esa sensación de “peligro inminente”. En fin…

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Salimos del puerto de Tanger sin saber muy bien para dónde caminar, pero con un objetivo claro: encontrar la medina (la parte histórica de Tanger) y quedarnos ahí. Se nos acercaron algunos taxistas y guías (“oficiales” y no oficiales) que nos ofrecieron llevarnos a pasear. Todos hablaban español y con un No, gracias fue suficiente para que pasaran a otra cosa. Finalmente aceptamos que un guía nos acompañara hasta la entrada de la medina (que estaba a pocas cuadras) a cambio de que viéramos el hotel que nos recomendaba (y que, obviamente, le daría una comisión si nos quedábamos). Lo vimos, nos pareció caro y nos acompañó a buscar una pensión. Regateamos el precio, dejamos las mochilas y, después de aprender unas expresiones básicas en árabe (como la shokran que significa “no gracias” y salam, el saludo tradicional que significa “paz”) salimos a perdernos por la medina.

[singlepic id=3790 w=615 float=center] La medina vista de afuera…

[singlepic id=3776 h=615 float=center] … y su vida por dentro

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Creo que los habitantes de la medina de Tanger deben estar cansados de ver tanto extranjero boquiabierto y sacando fotos a lo loco. Uh, ahí viene otro que acaba de bajar del barco, pensarán. Pero es inevitable no sentir asombro, éxtasis y (en mi caso) una sensación de familiaridad ante la vida cotidiana de los marroquíes. De repente empecé a ver colores que hacía tiempo no veía en las paredes de las casas: rosa, turquesa, amarillo, salmón, verde manzana. Sentí olores y sonidos que me transportaron de vuelta a Asia: el aroma de las especias, los bocinazos, la música, los saludos, las motos, el llamado a rezar de las mezquitas. Presencié nuevamente esa costumbre de realizar los oficios en las calles: vi peluqueros, vendedores, zapateros, talladores trabajando a puertas abiertas. Otra vez los mercados y el regateo. Otra vez la comunicación mediante la sonrisa y los gestos. Otra vez esa facilidad para entablar conversaciones con desconocidos a cada paso. Otra vez eso de sentir que “todos están para la foto” (con esos fondos y esa ropa, Tanger es como un set de fotografía). Otra vez esa cultura de la calle que tanto me gusta y que tanto extrañaba. Si bien sé que estoy en África, me siento más cerca de Indonesia (por la cultura musulmana), de Asia (por la vida callejera) y de Medio Oriente (por la cultura árabe).

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Caminamos por la medina hasta que empezó a hacer frío, acá es invierno y cuando baja el sol el frío se siente mucho (leí por ahí que Marruecos es “un país frío con un sol fuerte” y me parece bastante acertado, aunque me dijeron que en verano no se puede estar afuera por el calor que hace). Subimos y bajamos escaleras, nos perdimos por el laberinto de callecitas angostas, nos cruzamos con gallos y gatos, con chicos jugando al fútbol, con hombres vestidos con su djellaba (una túnica típica con capucha), con mujeres, sus velos y sus vestimentas largas. Las mujeres y las chicas me sonrieron. Los hombres me miraron con curiosidad (algunos con demasiada curiosidad, hasta que lo vieron a Andi cerca y desistieron). Algunos aceptaron posar para las fotos y otros se negaron rotundamente (las reacciones son bastante extremas: o les encanta que les saques fotos o se enojan si ven una cámara). Muchas personas nos hablaron en la calle: “¡EEEh! ¡Españoles!”, “No, argentinos”, “¡Ohh, argentinos! ¡Maradona! ¡Che! ¡Messi!”. Varios quisieron vendernos cosas pero no fueron muy insistentes.

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A media tarde estábamos caminando por la parte “moderna” de la ciudad, en las afueras de la medina, cuando se nos acercó Norim, un marroquí al que posteriormente apodamos “Quesito” (y, cuando lo recordamos con cariño, le decimos “cómonoscagóquesitolaputamadreee”). No recuerdo cómo empezó la conversación, pero fue la típica que tuvimos durante todo el día con distintos marroquíes: “¿Españoles? ¡Oh argentinos! ¿Hace cuánto están en Marruecos? ¿Ya conocieron (tal y tal lugar)?”. Este hablaba perfecto español (hasta decía “tío”, “¡venga!” y todas esas expresiones que me resultan tan simpáticas) así que caminamos un rato con él. Le preguntamos dónde quedaba la Kasbah y nos dijo que él nos podía llevar, pero enseguida le respondimos que no necesitábamos guía, muchas gracias (porque ya nos dimos cuenta de que cada vez que un marroquí se ofrece a llevarte a algún lado o darte algún servicio como leerte un cartel que no necesita traducción o aportar un dato de color acerca de la pared contra la que estás apoyado te pedirá algunos dirham a cambio pocos minutos después). Nos dijo que no nos quería cobrar, que lo hacía de amistad (“de onda”) (eso dicen todos), que lo siguiéramos, que él iba a mostrarnos varios lugares interesantes de la ciudad. Caminamos unos 45 minutos, vimos los lugares interesantes, charlamos, nos sacamos fotos y le pedimos que nos dijera dónde había un supermercado como para dar por terminada nuestra fugaz amistad callejera. Pero insistió en acompañarnos al super y cuando estábamos en la caja a punto de pagar nuestra humilde compra del papel higiénico, shampú y jabón más barato que encontramos, nos dijo: “¿No me compran un quesito para el niño?” y trajo una caja de quesitos que nos agregó unos tres euros al total de nuestra compra. La verdad es que nos dio cosa decirle que no en esa situación. Le dimos el quesito, salimos del super, se despidió y desapareció. Quesito fue nuestro bautismo marroquí.

[singlepic id=3764 w=615 float=center] Con Andi y Quesito

Volvimos a la pensión a eso de las 7 de la tarde y me pasó algo que hace tiempo no me pasaba: me quedé profundamente dormida a las 8 de la noche, levanté la cabeza a eso de las 11 pero no pude moverme, tenía una somnolencia demasiado fuerte así que seguí de largo hasta las 9 de la mañana siguiente. Dormí más de 12 horas, agotada de tantos estímulos, como si cada uno de mis sentidos necesitara horas extra de descanso para recuperarse de todo lo que había visto, olido, escuchado y vivido durante mi primer día en Marruecos.

[singlepic id=3795 w=615 float=center] Charlando con otro amigo marroquí que algo nos quería vender (ya ni me acuerdo qué)

[box border=”full”] Datos útiles para cruzar de Tarifa a Tanger:

  • Bus de Jerez a Tarifa: € 9 (dos horas)
  • Posada en Tarifa (cama en dormitorio compartido): € 12
  • Envío de una carta simple de España a Argentina: € 0.85
  • Cruce en ferry de Tarifa a Tanger: € 33 o € 35 (hay dos compañías de ferry, el viaje dura alrededor de una hora)
  • Con pasaporte argentino no se necesita visa para ingresar a Marruecos y la estadía es de 90 días
  • Es mejor cambiar dinero en Marruecos, ya que dan un cambio más favorable (en Tarifa nos ofrecían € 1 = 9 dirham)
  • Cambio (en febrero de 2012): € 1 = 11 dirham
  • Pensión dentro de la medina de Tanger: 110 dirham por una habitación doble (€ 5 c/u)
  • Agua de 1.5 litros: 3 dirham
  • Sandwich (con atún, huevo, vegetales, salsas): entre 6 y 14 dirham (según si es medio sandwich o entero) (con carne cuesta alrededor de 20 dirham)
  • Pan casero con queso y mantequilla: 4 dirham
  • Cosas dulces (simil alfajores y milhojas): 2 dirham c/u
  • En Tanger se habla árabe, pero gran parte de la gente entiende y habla español, francés e inglés
  • Regateen todo lo que puedan [/box]

[Próximo capítulo: Dos días en la medina de Tetouan y la famosa hospitalidad marroquí]

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