Modo barco: fin de semana slow en Uruguay

Salir de Buenos Aires es más difícil que ganar una carrera de Supermatch. La ciudad nos pone muchos obstáculos: la calle de abajo cortada, la 9 de Julio con piquetes en ambos extremos, ningún colectivo nos deja bien, voy cargada de libros y de abrigo y me cuesta caminar, el taxista toma el peor camino y tiene que retomar para evitar otra manifestación, el frío polar se adelantó al invierno y me dan ganas de quedarme en casa. Antes de salir tuve que hacer veinte cosas mundanas pero indispensables como empacar, bañarme, comer, responder mails, imprimir los pasajes, sacar la basura. Pero llegamos a la terminal de Buquebus y apenas me subo al barco me cambia el humor. Es automático. Ir a Uruguay siempre me pone contenta.

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El viaje a Montevideo dura dos horas y pico y durante ese tiempo pongo el celular en modo avión y la cabeza en modo barco. Me gusta no tener internet por un rato, me encanta sentir cómo me desplazo por el río. Abro la mesita de mi asiento, saco tijera y plasticola y hago un collage en uno de los tres cuadernos que traje. Dónde quedó la viajera minimalista, creo que la perdí en alguna papelería francesa cuando acepté que lo mío son los cuadernos y empecé a documentar mi vida en varios a la vez. Ahora, además de la computadora, en la mochila llevo cuadernos, journals, una cartuchera, microfibras, lápices, regla, resaltadores, libros. Me resulta muy fácil escribir en mis cuadernos, lo hago todos los días, lleno varias páginas, pero me cuesta bastante escribir acá. Últimamente también me cuesta viajar, viajar en el sentido de movilizarme, de tener que tomar un colectivo que me dejará en una estación donde tomaré otro colectivo o barco o avión que me dejará en otra estación desde la que tomaré otro colectivo para por fin llegar a donde voy. Sigo pensando que el camino es lo más lindo del viaje, pero a veces la teletransportación me tienta.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

No pasaron ni quince minutos desde que salimos del puerto y L ya se durmió. Qué facilidad que tiene. Capaz es momento de contar que nos casamos. Digo, que L y yo estamos casados, desde diciembre del año pasado, y ahora soy señora, o madame, y tengo marido. De a poco me voy acostumbrando a esa palabra. Cada viaje que hacemos decimos que es nuestra falsa luna de miel. Esta es la segunda, Perú fue la primera, aunque nunca nos propusimos irnos de luna de miel porque nuestra relación ya empezó de viaje. Lo dejo a L durmiendo, me voy a dar una vuelta por el barco y entro al Free Shop, solo para mirar. La gente compra como si fuese un supermercado: chocolate de tamaños descomunales, perfumes con nombres de famosos, mermelada francesa, sal marina. De repente el techo vibra, el barco aceleró y las botellas de Bailey’s, Absolut y Johnny Walker tiemblan y se golpean entre ellas. Creo que nunca estuve en un Free Shop que se moviera y diera saltitos. A una señora la están maquillando con una base blanca, en el área de tecnología un japonés inspecciona la caja de un drone, alguien convierte los precios a pesos en voz alta, paso por la zona de mochilas, las miro con ganas, sigo de largo, me acerco a la parte infantil y veo un set de 50 marcadores, todos de colores distintos. Me voy con el set de 50 marcadores. Otro elemento para mi mochila de escriviviente.

Miren cuántos colores!

Miren cuántos colores!

Vuelvo al asiento, L sigue durmiendo, me pongo a pintar algunos dibujitos que hice hace tiempo, estoy en un largo proceso de aprender a dibujar y colorear. Son las cuatro de la tarde pero siento que son las siete. El río está un poco picado, me cuesta escribir a mano. Miro por la ventana y pienso en todos mis viajes en barco, en los que hice de chica, en lancha, cada vez que íbamos al Tigre, en cómo el ruido del motor me hacía llorar, pienso en las lanchas colectivas del Delta, en el ferry que tomé con Belu en Costa Rica, en el barco de carga al que no pude subirme. Estando en Francia se me metió en la cabeza la idea de volver a Argentina en un carguero pero no lo conseguí y me quedaron las ganas.

Llegamos a Montevideo y mientras el ferry amarra se hace de noche y yo me pongo más contenta que antes. Le digo a L que la gente en Uruguay es muy amable, que ya va a ver, y cada vez que tenemos una situación de amabilidad lo miro con cara de loca, viste qué amables que son. Salimos del puerto y el cuidador del estacionamiento nos dice que cortemos camino entre los autos, una mujer nos abre el molinete para salir del puerto y hace chistes, le pido indicaciones a un hombre para ir a la peatonal a tomar el colectivo y me dice que es ahí nomás, a pocas cuadras, pero que esa zona, la del puerto, donde estamos, es muy peligrosa, que salgamos cuanto antes, y pienso que no debe ser tan terrible pero igual el miedo se instala. Qué fácil que es sentir miedo (siempre me sale escribir “mierdo”), basta con que alguien diga la palabra “peligro” para que todo el cuerpo se me ponga en alerta y la temperatura interna me baje unos grados. Mientras esperamos veo cómo todos los negocios van bajando las persianas, uno después de otro, como fichas de dominó, y la calle queda vacía. Cada dos o tres minutos suena la alarma medio ronca de un estacionamiento del que entra o sale un auto. Llega el colectivo.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

En algunos colectivos de Montevideo hay cobrador, además del conductor, y justo nos toca uno con un cobrador risueño al que me dan ganas de abrazar. En realidad creo que quiero abrazar a Uruguay, en general, que siempre me desacelera la cabeza y me pone en modo relax. Llegamos a lo de Fede y Lau, la pareja que nos va a alojar por tres noches, y me enamoro de su casa. Es antigua, la restauraron ellos, tiene dos salas donde cada uno da clases, ella de pilates y él de guitarra y canto. Ahora mi nueva moda es enamorarme de las casas, sobre todo de las que tienen el espacio de trabajo integrado, como si viajara solo para hacer un relevamiento de casas por el mundo. Les cuento a nuestros anfitriones que vine a Uruguay a presentar mi segundo libro. Hablamos de viajes, Fede me dice que les gusta viajar pero poco, que después de un tiempo extraña su casa, “tenemos muchas rutinas que no podemos hacer en todas partes, como el estiramiento, la vocalización”. Me doy cuenta de que yo también tengo rutinas que solo puedo hacer en mi casa, como completar mis ochocientos journals diarios o quedarme leyendo en el sillón al lado de mi biblioteca.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

A la mañana siguiente salgo a caminar. Voy de Pocitos a Ciudad Vieja y vuelvo a sentir que caminar es mi manera de meditar, que estoy en modo barco, dejándome llevar por la corriente, tratando de descubrir qué quiero en esta etapa de mi vida, qué busco en cada viaje y en cada ciudad, en modo barco barrilete. La ciudad está tranquila y otoñal, hace menos frío que en Buenos Aires y eso me alegra, no me convierto en marmota como la última vez que vine. Mientras camino grabo mi fluir de pensamientos en el teléfono, como si me mandara audios de whatsapp a mí misma. Digo, por ejemplo: “Veo cosas relacionadas con el agua, como un mural con dibujos de anclas y barcos, y me acuerdo de que ya estuve acá, en una llamada, la primera vez que vine a Montevideo, me acuerdo de esta escalera (…)”. En una pared encuentro a Wally. Está ahí, enorme, chocando manos con el mago. Lo miro. Grabo: “Cada cual busca a su Wally en cada ciudad a la que va o en la vida que vive. ¿Qué pasa cuando encontrás a Wally? Das vuelta la página y lo buscás otra vez, en la siguiente, y así hasta terminar el libro. Y cuando se termina el libro pasás a Buscando a Wally 2 hasta terminar la colección. Pero qué pasa si en vez de Wally querés buscar a Willy y no sabés cómo está vestido ni qué color de gorro o cara tiene. ¿Cómo sabés que lo encontraste?

Wally.

Wally.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Esquina otoñal.

Esquina otoñal.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Mural.

Mural.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Esa tarde presento “El síndrome de París” en La Madriguera, un café de Carrasco. Llega el momento de las preguntas y una chica me dice: “En tus viajes hablás mucho de los detalles, mostrás el día a día de los lugares, ¿siempre supiste que querías escribir acerca de los viajes cotidianos?“. No, y me encantó la definición. Cuando empecé solo sabía que quería escribir de viajes, después me fui dando cuenta de que dentro de eso hay subgéneros y muchas opciones y al final el tema, lo cotidiano, me encontró a mí.

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Ropa colgada.

Ropa colgada.

El día antes de volver a Buenos Aires nos vamos a Colonia. Justo es 1 de mayo, el feriado más feriado, y hay poca frecuencia de colectivos. Llegamos cuando el sol ya está bajando.

—Quiero que veamos el atardecer frente al río, Colonia tiene uno de los mejores atardeceres que vi, no sabés —le digo a L.

Nos instalamos a orillas del río con comida y abrigo.

—Mirá, allá está Buenos Aires, entre el barco y la isla, ¿ves?

Muy a lo lejos veo las siluetas casi fantasmas de los edificios de Puerto Madero y me da un poco de impresión. Nunca vi Buenos Aires desde esta perspectiva.

—¿Cómo te imaginás nuestro futuro? —le pregunto a L.

—En Japón, en Hawai, en Francia, yendo a lugares con mar, sol, olas…

—Pero con una base. Necesito una casa. Estuve muchos años dando vueltas sin tener un espacio propio, no sé si lo puedo volver a hacer.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires (en la foto me parece que no se distingue).

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Oscurece.

Oscurece.

El cielo se nubla y nunca vemos el atardecer. Al día siguiente el barco nos deja en Buenos Aires a las 12 del mediodía. Me parece tan raro y a la vez tan lindo y distinto llegar a Buenos Aires en barco. Mientras caminamos hasta la parada del colectivo, L me dice que Uruguay le gustó mucho y que está contento de volver a Buenos Aires. Hace menos frío que hace unos días, el colectivo va casi vacío y nos lleva por San Telmo. Caminamos una cuadra, las bicisendas están llenas de hojas amarillas, el verdulero de la esquina está en su puesto, la librería está abierta, los alumnos entran a la facultad. Entramos a casa y el aire está calentito. Abro las ventanas, se nota que no hubo nadie por unos días.

[box type=”star”]Gracias a todos los que me ayudaron a presentar el libro en Montevideo:

  • A Buquebus por llevarnos directo a Montevideo en “Francisco” y hacer posible la idea de presentar mi libro en Uruguay.
  • A La Madriguera Café por darme un espacio lindísimo para presentar mi libro y encontrarme con los lectores. A Felipe, un lector, por haber sido el puente entre ellos y yo.
  • A Cari Fossati, periodista uruguaya y autora del blog Hills to Heels, por hacer de presentadora y ayudarme a contar mi libro a través de sus preguntas.
  • A Lore y Cari, por el paseíto del día siguiente. A Pablo, por los ñoquis y el reencuentro. A todos los lectores montevideanos que me ayudaron pasándome información por mail. Y a todos los que fueron a La Madriguera. ¡Gracias! Espero volver pronto.[/box]

BIS. Si trabajara en un noticiero daría noticias como estas:

Montevideo con Paula (parte 2 de 2)

[box border=”full”] El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso— reveló. —Un montón de gente, un mar de fueguitos.—
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

(De El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano)[/box] [singlepic id=5574 w=625 float=center] [singlepic id=5575 w=625 float=center]

***

Este post es la continuación de Montevideo sin Paula. Entre ambos conforman la crónica de mis diez días en la capital uruguaya.

[singlepic id=5659 w=625 float=center] Pau y yo

***

Parte 2: Montevideo con Paula
(o El maravilloso y fantástico mundo de Pau y Ani)

Día P: Sábado. Llega Pau. La marmota se despierta. Empiezan a pasar cosas insólitas.

Hoy es el día P (P de Pau, obvio). Estoy feliz, mi amiga llega a eso de las 6 de la tarde.

Paso la tarde en el jardín botánico y en el jardín japonés con gente de Couchsurfing: Andrea y Fer (una pareja uruguaya muy simpática que se está por ir de viaje a Guatemala y Belice), Gustavo (un chico de Tenerife que está viviendo en Uruguay), Andrés (el chico que “me reconoció” ayer en el colectivo y que resulta que también es couchsurfer), Emilia (mi amiga brasilera, esa que conocí hace dos años y medio en Montevideo y con la que me volví a encontrar acá), Alexandre (un amigo brasilero de Emilia) y Rebecca (su hija). La excusa de la reunión es hacer burbujas gigantes, pero hay tanto viento que salen medio malas. Así que vamos al súper, compramos comida y nos quedamos haciendo picnic al solcito.

[singlepic id=5619 w=625 float=center] Con Emilia, Andrea y Fer en el botánico

[singlepic id=5628 w=625 float=center] El jardín japonés

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A las 6 me voy a Tres Cruces (la terminal terrestre de Montevideo) para recibir a Pau. Vino con su valijita tamaño pocket. Ella es pocket y es genial. Se las presento. A Pau la conocí en uno de los mejores lugares del mundo: las escaleras del Wayna Picchu. ¿Vieron que en las fotos típicas de Machu Picchu se ve, de fondo, una montaña con forma de cara acostada? Bueno, ese es el Wayna Picchu. Si llegan temprano a Machu Picchu, como yo aquella vez que fui en el 2008, pueden ser uno de los pocos cientos de privilegiados que suben al Wayna Picchu para ver las ruinas desde arriba. Ahí mismo, en esa escalera, en esa montaña, en ese momento conocí a Pau, a su hermana Flor y a Vero, tres chicas argentinas que hoy son de mis más amigas. Pau es muy genia, aunque no me deja hablar mucho de ella (es humilde y no quiere aceptar que es una genia) (ya veo la cara que me estás poniendo mientras lees, Pau, ¡lo lamento! yo solamente digo la verdad), así que me acotaré a relatar los cuatro días ESPECTACULARES (término que le robé a ella) que vivimos juntas en Montevideo. Si los seis días que estuve sola en Montevideo fui una marmota en estado de hibernación, los cuatro días que pasé con Pau estuvieron cargados de realismo mágico…

[singlepic id=5678 h=625 float=center] Pau

La noche de la llegada de Pau nos encontramos con Eduardo, un chico uruguayo de Couchsurfing, en Isla de Flores y Santiago de Chile (Barrio Sur) para ver los tambores, una de las tradiciones montevideanas que más me gustan. En esta oportunidad nos toca ver a Cuareim, uno de los grupos de candombe de Montevideo. Si visitan Montevideo no pueden dejar de ver el candombe, esta expresión cultural de origen africano que surgió durante la época colonial y tomó forma en conventillos como Medio Mundo y Ansina.

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Hace frío, así que nos paramos cerca de las llamas. Antes de empezar a tocar, los instrumentos se calientan al lado del fuego. Espero, paciente e impaciente a la vez. La última vez que estuve en los tambores fue hace más de dos años; era verano, era la misma hora pero todavía era de día. Ahora hace frío, mucho. Empieza el toque. Van por el medio de la calle y nosotras caminamos al lado, los vamos acompañando desde la vereda. Al rato frenan a descansar. Tengo tanto frío en los pies que no puedo caminar más. Estamos por irnos cuando un amigo de Eduardo, músico de la banda La Tabaré, nos dice que tiene dos entradas gratis para la ópera: en este mismo momento están presentando Turandot (de Giacomo Puccini) a pocas cuadras de donde estamos, así que aceptamos el regalo y nos vamos los cuatro a ver la ópera. La ópera. O sea: pasamos de tambores a ópera en pocos minutos. Llegamos al teatro, tenemos solamente dos entradas pero nos dejan pasar a todos igual… esos milagros montevideanos.

[singlepic id=5636 w=625 float=center] De esto…

[singlepic id=5637 w=625 float=center] … a esto. Así de sorprendentes son los viajes.

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***

Día F (de feria, de fuego): Domingo. Feria callejera. Burbujas. Rock. Oda al fuego.

Nos despertamos. El frío no tiene piedad. Hago el esfuerzo por no re-marmotearme. Salimos a pasear con Fosse (mi amigo que nos está alojando) a la feria Tristán Narvaja, una feria callejera que se realiza todos los domingos en Montevideo desde hace más de cien años. Como en todo mercado de pulgas, acá se ve y se consigue de todo: libros, antiguedades, lámparas, pipas, cuadros, ropa, animales, tambores, frutas, verduras y un larguísimo etcétera. Nos perdemos un rato entre los puestitos. Me compro mi primera planta. Sí: nunca tuve una planta propia (cuya existencia dependa solamente de mí) en toda mi vida. Esto de viajar hace que no pueda tener plantas ni gatos. Espero que esta sobreviva.

[singlepic id=5638 w=625 float=center] Me compré una parecida a esta.

[singlepic id=5643 w=625 float=center] Imágenes de la feria Tristán Narvaja

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Pau está con que quiere comer mejillones, así que nos vamos a Punta Carretas, el punto más austral de la costa de Montevideo a comer pescado fresco. Mejillones no hay, pero pedimos rabas, papas fritas con cebolla, pedacitos de pescado rebozado y provoleta. Todo en la gama del amarillo. Una delicia. Salimos a caminar pero el frío es demasiado torturador.

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Esa misma tarde nos mudamos a lo de Andrea y Fer, los chicos de Couchsurfing que conocí ayer en el jardín botánico y que ofrecieron alojarnos. Cuando llegamos a su casa nos encontramos cara a cara con lo que parece el paraíso: un living divino con dos sillones enormes, una alfombra y una estufa a leña (¡prendida!). Nos la pasamos los siguientes diez o quince minutos gritando: “¡Nooo! ¡Qué buena estufa! ¡Espectacular! ¡Qué lindo que está acá!”. Casi casi hacemos una danza tribal de agradecimiento frente al fuego, pero no sabemos los pasos, así que desistimos. Después de haber pasado varias noches sin calefacción, el calor del fuego es una bendición.

[singlepic id=5667 w=625 float=center] Mi amigo Chucho y su banda Rockadictos

A la noche nos vamos a ver el recital de Rockadictos (banda de mis amigos) y Buenos Muchachos en un bar de Ciudad Vieja. Volvemos a la casa y nos vamos a dormir felices con el fuego y las estufas. Nos despertamos en medio de la noche con mucho calor y un ataque de risa incontrolable. Nos la pasamos quince minutos riéndonos irónicamente: “¡Ah no, pero acá no se puede estaaaar, hace demasiado calor! ¡Mañana nos mudamos eh!”. Qué lindo que es reírse estando de viaje. Qué lindo que es viajar con amigas con las que compartís tantos códigos y cosas en común. Qué buen invento que es el fuego.

***

Día C (de casino): Lunes. Tu pasaje no sirve. Le aposté al 30 y ganamos.

Desde que llegué a Uruguay estoy bastante desconectada de internet. Estoy, realmente, de vacaciones.

Antes de salir a pasear se me ocurre chequear los mails y me desayuno con una lindísima y grata noticia de Colonia Express (la empresa de barcos que hace el trayecto Buenos Aires – Colonia y con la que tengo planeado volver el jueves, en tres días). El mail dice lo siguiente:

“Por medio del presente, le informamos que por un error en el sistema se la ha permitido acceder a algunos pasajeros a la frecuencia del 19/7. Dicha salida no está programada ya que ese día no contamos con frecuencias a Buenos Aires. Le pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados, y le ofrecemos las siguientes alternativas para que Ud pueda elegir la más conveniente: reprogramar su salida para el viernes en cualquier de los horarios disponibles o devolverle el dinero abonado.”

Traducción: el pasaje que compraste con más de un mes y medio de anticipación NO TE SIRVE. Pero te lo decimos ahora, tres días antes de que salgas, para que ya no puedas conseguir nada a buen precio y tengas que pasar los últimos días de tu viaje preocupándote por comprar un pasaje nuevo para poder volver en la fecha en la que tenías planeado volver.

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[singlepic id=5669 w=625 float=center] Va una foto de un gato para que el momento sea menos tenso

Me indigno. Realmente me indigno ante la situación. Generalmente viajo sin planes y sin fechas, pero esta vez compré la vuelta para el jueves 19 por un solo motivo: para estar presente en el cumpleaños de mi hermana. Así que quiero volver el jueves sí o sí. No me sirve que me cambien la fecha. Nos vamos a Tres Cruces a reclamar. Lo que nos dicen en el mostrador de Colonia Express parece un chiste: “Tienen que reclamar por mail a Buenos Aires. Cuando reciban la respuesta —que generalmente tarda 48 horas— tienen que imprimir el mail y traerlo acá así se lo muestro a mi supervisora y vemos cómo hacemos con el cambio o la devolución”. Increíble. Finalmente decido comprar un pasaje en Seacat que me cuesta el doble de lo que me costó el de Colonia Express. Apenas tengo una computadora cerca mando un mail a Colonia Express para que me devuelvan la plata y me cubran la diferencia del pasaje que saqué con Seacat. (Al día siguiente, me llega un mail diciendo “que me devolvieron la plata + la diferencia”. AL DÍA DE HOY TODAVÍA NO ME DEVOLVIERON NADA.)

[singlepic id=5632 w=625 float=center] Después de tanta queja nos agarra hambre…

[singlepic id=5633 w=625 float=center] y vamos en busca de un bodegón como este.

Salimos de Tres Cruces y preguntamos cómo llegar a Parque Rodó. “Ah no chicas, ¡están muy lejos! ¡Como a 15 cuadras!”. Ya sabemos, pero queremos caminar. “¡Pero es muy lejos!”, nos repite una mujer muy simpática que se preocupa mucho por nuestra seguridad y nuestras piernas. Son casi las 3, quedamos en encontrarnos con chicos de Couchsurfing a eso de las 4 y todavía no almorzamos. Estamos antojadas de pastas. Yo le digo a Pau que seguro que en el camino vamos a encontrar algún barcito, pero caminamos y no vemos nada abierto. Entramos a un quiosco y le preguntamos al dueño si sabe de algún bodegón o lugarcito para comer. Nos dice que por esa zona no hay nada. De repente se ilumina: “Miren, acá cerca hay un restaurantito donde se come muy bien y es barato. Está adentro de una clínica, en la próxima cuadra”. Así que terminamos comiendo vermicceli al pesto en el café de una clínica de barrio. Después nos hacemos un par de electrocardiogramas, ya que estamos.

 [singlepic id=5649 h=625 float=center] Algunas fotos de niños uruguayos

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Vamos un rato al Parque Rodó a encontrarnos con los chicos de couch. Pasamos una linda, aunque breve, tarde (el sol baja muy rápido en invierno) y nos despedimos. Vamos hacia la Rambla. Hace mucho frío y tenemos ganas de ir al baño. Lo más cercano que vemos es el casino, así que entramos con el plan de usar el baño e irnos. Apenas cruzamos la puerta, el de seguridad nos mira y yo me río con un poco de nervios (“Seguro que se dio cuenta de que entramos solo para ir al baño”, pienso).

—Chicas, ¿cuántos años tienen?

—¿De verdad nos preguntás? ¡No lo puedo creer! ¡Qué halago! Yo tengo 27 (le digo)

—A ver, muéstrenme el documento…

—Bueno, pero en realidad te mentí. Tengo 26, cumplo 27 en diez días…

—Está bien, pasen chicas, pero tienen que dejar la mochila en el guardarropas.

—Venimos a usar el baño nada más, ¿igual tenemos que dejarla? Son cinco minutos.

—Sí. Si fuera una cartera podrían llevarla, pero como es una mochila…

Ahí me pongo medio tarada (ya venía muy tentada por lo de que nos pidieran documento), agarro mi mini mochila y le digo al guardia, con buena onda: “O sea que si uso la mochila de mochila no puedo entrar… pero… ¿y si la uso de cartera?” (y me pongo la dos tiras en un brazo y la acomodo como si fuera una canasta). Se ríe. No, igual hay que guardarla.

[singlepic id=5674 w=625 float=center] No tengo fotos en el casino, así que van algunas random.

Vamos al baño y cuando salimos Pau me dice, con total convicción: “Ani, juguemos. Siento que tenemos que jugar un número”.

Compramos el mínimo: una ficha de 200 uruguayos (10 usd) entre las dos y nos posicionamos al lado de la ruleta. ¿Alguna vez vieron a dos chicas inexpertas que no tienen ni idea de cómo comportarse en un casino? Se lo perdieron entonces. Esas somos nosotras. Yo jamás jugué a la ruleta y no sé ni cómo es que se hacen las apuestas. El tipo (no sé cómo se le dice al que te da las fichas) nos cambia la ficha de 200 por 10 fichas de 20. Agarramos cinco cada una y empezamos a apostarle a distintos números. Primero le juego al 27 (ya que le dije al guardia que yo tenía 27…) y Pau le juega a un número que no recuerdo. No sale ninguno. En la segunda o tercera vuelta decido jugarle al 30. Como entre que hacemos la apuesta y giran la ruleta pasan varios minutos, me olvido de que le jugué a ese número y me pongo a charlar con Pau de otras cosas. De repente escucho: “Neeegro el treinta”. Me quedo dura. La miro a Pau. Miro el tablero con las apuestas. “Pará Pau, ¡¡yo le jugué al 30!!”, grito. Pau me pone una de las mejores caras que le vi en mi vida y se empieza a reír tanto que llora. Yo no aguanto la risa y estallo. Somos dos locas riéndonos como dos gallinas en medio de la seriedad del casino. Lloramos de risa. Suerte que fui al baño recién porque sino me hacía encima. Nos ganamos 700 pesos uruguayos (de los cuales jugamos 200 más), recuperamos nuestra pequeña inversión y encima nos quedamos con algo. No lo podemos creer, es LA anécdota del viaje. Entramos al casino para ir al baño, le jugamos a la ruleta y ganamos.

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***

Día M (de momentos mágicos): Martes. Ahí va.

Hoy es nuestro último día en Montevideo. Mañana nos vamos a Colonia y el jueves ya nos volvemos a Buenos Aires. Pero la magia no cesa… Nos pasan cosas como estas:

* Salimos a caminar con Andrea y en la calle me encuentro una carta (un 3 de espadas), la primera desde que llegué a Uruguay.

* Vamos a almorzar chivitos y nos atiende la moza con más buena onda del mundo. Es muy simpática y pareciera que con nosotras dos, más. Incluso nos da un beso y nos desea buen viaje. ¿Será que emanamos algún tipo de energía positiva? Yo creo que sí.

* Queremos ir para Ciudad Vieja y, sin saberlo, nos tomamos el colectivo que más vueltas debe dar: el 191. Si el camino era recto, este bondi dibuja todo tipo de figuras geométricas para llegar de A a B. Nos encanta: es como un city tour gratuito.

* Nos agarra un ataque de uruguayensis y empezamos a repetir las palabras ta, ahí va, bo y seguro en todas las frases. :)

* Caminamos por Ciudad Vieja y nos encontramos, de casualidad total, con mi amigo Fosse (el que me alojó durante mi etapa marmota). Él está trabajando pero se toma un descanso y nos acompaña a pasear por ahí.

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Y en el medio de esto nos reímos, revivimos el momento del casino, sacamos fotos, charlamos, nos relajamos, nos olvidamos de todas las preocupaciones y respiramos ese aire montevideano tan cargado de tranquilidad, de buenas vibras y de magia.

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Montevideo sin Paula (parte 1 de 2)

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En Montevideo se respira un aire distinto. Literalmente. Creo que hay más oxígeno, porque desde que llegué no paro de bostezar y de tener sueño. No sé qué me pasa, pero es como si hubiera un somnífero flotando en el aire, algo que me relaja, que me baja a tierra y me desacelera. Pasé diez días en Montevideo y es como si me hubiera ido a un spa en medio del campo. Mejor incluso, porque cuando uno va a un spa, va intencionalmente a desestresarse. Yo ni me lo propuse, pero pasó igual. El frío y el aire oxigenado de Montevideo hicieron que yo mutara de ser humano a marmota en estado de hibernación y que bajara las revoluciones que traía conmigo del otro lado del charco. Sin planearlo ni buscarlo, me terminé tomando vacaciones de la capital argentina (tan alocada ella) en la capital uruguaya (tan relajada ella).

De los diez días que estuve en Montevideo pasé seis sin Paula y cuatro con Paula.

[singlepic id=5565 w=625 float=center] Primeros días, sola.

***

Parte 1: Montevideo sin Paula (o El diario íntimo de una marmota en el invierno montevideano)

Eventos extra-ordinarios de mis primeros seis días en Montevideo.

Día 1. Domingo. Llegada de la marmota a Montevideo.

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Llegamos a Montevideo después de una visita fugaz por Punta del Este. Las calles están vacías, casi no hay tráfico, todo parece tranquilo, como siempre. Estamos en auto. Frenamos en alguna calle y le pedimos a una señora que nos indique cómo llegar al Mercado del Puerto. “Están lejísimos”, decreta. “Yo les puedo indicar, pero están re lejos, RE LEJOS, no saben lo lejos que están”, repite con mucho énfasis, como si le estuviésemos pidiendo indicaciones para llegar a Brasil. Le insistimos y finalmente le dice a Santi, el conductor: “Andá por esta derecho, metele con fritas y vas a llegar”. Unos quince minutos después, llegamos (lo de las fritas parece que ayudó bastante, aunque me pregunto si en vez de fritas podemos meterle con boniato glaseado). Lección uno: lo que para un montevideano es re lejos, para un porteño es bastante cerca. Por eso siempre digo que las distancias dentro de las ciudades son relativas. En Montevideo, para mí, todo está cerca.

[singlepic id=5538 w=625 float=center] El mercado del puerto. Un lindo lugar para almorzar un domingo, aunque caro.

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[singlepic id=5543 w=625 float=center] Después nos fuimos a ver el atardecer a Punta Gorda

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A la noche me encuentro con Fosse, Charly y Chucho, mis amigos uruguayos. Pasaron dos años y medio desde la última vez que los vi, pero es como si nos hubiésemos visto ayer, la charla continúa desde donde la dejamos la vez anterior. Sacamos cuentas: ya pasaron cinco años desde que los conocí, gracias a dos amigas del colegio que me llevaron a Montevideo a ver al No Te Va Gustar y me presentaron a los chicos. Nos vamos todos al Living, un bar/boliche de Parque Rodó. Hay funk (género musical que nos persigue desde que llegamos a Uruguay), gente bailando, grapamiel y muy buena onda. Charly va hasta su casa, busca el saxo y se pone a improvisar sobre la música. Es su forma de darme la bienvenida (o la re-bienvenida) a su ciudad, a esta ciudad en la que siempre quise quedarme más de cuatro días seguidos. Me despido de mis amigos argentinos (con los que fui a Punta), ellos se vuelven a Buenos Aires mañana, así que empieza la parte del viaje en la que quedo “sola” (con mis amigos uruguayos). 

Qué frío que hace en Montevideo de noche, la pucha. Duermo tapada hasta la cabeza y con varias capas de frazadas. Mañana será otro día.

[singlepic id=5546 h=625 float=center] Charly improvisando con el saxo

*** 

Día 2. Lunes. La marmota comienza su hibernación.

Me despierto con la frazada cubierta de estalactitas. Me abrigo con todo lo que tengo y salgo a caminar por las calles de Montevideo. Voy lento, me empieza a pegar el efecto relax de la ciudad. Acá todo es slow. Me encanta. Llego a la esquina y automáticamente freno para dejar pasar a los autos. Uno me toca bocina, creo que es el primer bocinazo que escucho desde que llegué. El conductor frenó y me está haciendo señas de que cruce. No lo puedo creer, pensé que esto pasaba solamente en Europa. Tanta cortesía me descoloca.

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Me tomo un colectivo que vaya por 18 de Julio y voy para la Ciudad Vieja. Me acuerdo de la última vez que estuve en este sector de la ciudad: era un domingo de enero y no había un alma, parecía un pueblo fantasma. Esta vez hay más gente, aunque nada comparada con el Microcentro porteño. Camino sin rumbo y empiezo a recordar: ahí es donde encontré la máquina de escribir abandonada, ahí había un árbol al que le saqué una foto, ahí fue donde le saqué las fotos a las dos nenas con el bodegón de fondo, ese es el mismo mural frente al que posé hace dos años, no está más la frase escrita en aquella pared…

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Cosas que me llaman la atención durante mi caminata: en la Ciudad Vieja casi no hay semáforos, pero los autos frenan igual. Las paredes están llenas de dos cosas: superficies reflejantes (igual que en Colonia, lo que me hace pensar en un “Montevideo a través del espejo”) y mensajes políticos o sociales. Las corbatas son un nudo en tu cuello. Rompé con tu rol de ciudadanx. Vos elegís qué querés plantar. Meterme en cana no es la solución. Pasate al verde. Aborto legal para no morir. ¿Y si antes de empezar por lo que hay que hacer, empezamos lo que tendríamos que haber hecho? El rebaño se desvía cuando el dinero brilla. El arte y la expresión callejera son un excelente termómetro del momento social que se está viviendo en un lugar. Acá veo que se está diciendo (o queriendo decir) mucho.

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Sigo caminando y llego a la Rambla. Está bajando el sol y todo se pone dorado. Cómo cambia una ciudad con agua. Qué poca bola que le damos a nuestro río en Buenos Aires. Montevideo mira al río, Buenos Aires le da la espalda. Son las 6 y ya es casi de noche, el invierno definitivamente no es mi estación preferida. Vuelvo a mi cueva y retomo mi estado de hibernación.

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*** 

Día 3. Martes. La marmota odia el invierno.

Son como las 11 de la mañana y me cuesta mucho salir de la cama. Lo decreto y lo acepto: este viaje se parece más a “vacaciones” que a un viaje. Hace demasiado frío. Saco cuentas: hace casi ocho meses ininterrumpidos que estoy en invierno. Tuve algunos enclaves soleados en el medio, pero en general hace ocho meses que no me saco las calzas ni la bufanda. Es demasiado. Antes de eso estuve como dos años y medio en verano. Daría todo por vivir siempre en un ciclo compuesto solamente por otoño y primavera.

Salgo a caminar por el barrio en dirección a Reus. Vi en internet que hay unas casitas de colores y me intriga verlas.

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En el camino voy jugando un juego: cuento cuántas personas van caminando por la misma cuadra que yo (de cualquiera de las dos veredas). Una. Tres. Cinco. Cero. Cero. Dos. Una. Cero. Cuatro. La ciudad me parece vacía y con poco tráfico. Me encanta. Cuento también cuántas personas van con el termo bajo el brazo y qué están haciendo mientras se ceban un mate. Hay uno en la parada de colectivo. Otro sentado en un escalón. Una pareja que camina abrazada. Todos van con el termo. Para mí que la ropa uruguaya viene con un velcro en el sobaco, para unirlo con otro velcro que viene en el termo, por eso no se les cae nunca. :D

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[singlepic id=5622 h=625 float=center] Mi amigo Fosse es bien uruguayo y siempre va con el termo bajo el brazo :)

A la noche salgo a tomar grapamiel (el único paliativo eficaz que encontré para el frío) con mis amigos y con Emilia, una brasilera que conocí de casualidad la vez anterior que estuve en Montevideo. Lo que es la vida: nos volvemos a encontrar en Montevideo, casi de casualidad (Facebook de por medio) dos años y medio después, sin planearlo.

El sábado llega Pau. Faltan años.

*** 

Día 4. Miércoles. A la marmota le cuesta salir de la cueva.

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Son las 12.30 del mediodía y sigo en la cama. No puedo salir, se me congela la respiración si asomo la nariz fuera de las sábanas. Me pongo a mirar una película en la computadora. De repente veo la situación de afuera (es decir, me veo a mí misma metida en la cama mirando una película a las 12.30 del mediodía) y reacciono. Me levantó haciendo todo el esfuerzo del mundo, voy a la cocina y le digo a mi amigo Fosse (quien gentilmente accedió a alojarme en su casa):

—Te pido perdón. Tenés una marmota viviendo en tu casa. Te juro que en verano no haría esto, pero Montevideo y el frío me tienen como sedada.

Más tarde voy a la verdulería, como para sentirme útil y decir que salí un rato. El verdulero, muy simpático, me pregunta:

—¿De dónde sos vos? Porque hablás igual pero distinto…

— Soy de Argentina, de Buenos Aires.

—Ahhh, ahí va. ¿Y estás de vacaciones?

—Estem… Digamos que sí.

—¡Y te viniste con este frío!

Ni me lo digas.

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A la noche me voy a cenar a lo de mi amigo Charly, ahí a seis cuadras. Mientras los chicos hacen la comida me quedo dormida en el sillón, al lado de la estufa. Soy totalmente impresentable. Pido perdón por enésima vez: no sé qué me pasa, es como si el aire de Montevideo tuviera un somnífero. Hace días que estoy así. Esto es mejor que cualquier spa.

***

Día 5. Jueves. La marmota tiene un día emocionante.

Un día muy emocionante en la vida de la marmota.

Después de almorzar me encuentro con Bruno, Nanu y Ariel, los chicos de Entrelazando, tres viajeros que están recorriendo América latina en kombi. Salieron hace dos meses y planean llegar a México, pero no tienen fechas ni itinerarios. Les hago muchas preguntas. Estoy con ganas de comprarme una kombi, pintarla toda y viajar por ahí. Es un sueño que tengo hace tiempo también: el sueño de la combi hippie o la casa rodante.

[singlepic id=5626 w=625 float=center] En Uruguay está lleno de kombis!

Más tarde me tomo el colectivo D11 para ir a Carrasco, el “San Isidro” de Montevideo. Es raro: este es un viaje de reencuentros, y esta vez voy a tener un reencuentro muy especial, después de 22 años sin vernos. Como conté en el post Vecinos, de chica pasé varios veranos en Uruguay con mi familia y con los Baccino, una familia uruguaya. Yo tendría unos tres o cuatro años cuando veranéabamos juntos en La Paloma y en Punta del Diablo. Después de eso nunca más los vi, solamente me quedaron las fotos y los recuerdos. A mi mamá se le ocurrió, hace unos días, buscarlos en Facebook y en pocos clicks retomó el contacto. Los llamé por teléfono y arreglamos para vernos. Los milagros de la tecnología.

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Camino a Carrasco voy sentada casi en el último asiento del bondi. De repente escucho una voz detrás mío que dice, casi en un susurro y con timidez: “Aniko”. Me doy vuelta y quedo cara a cara con un chico que no conozco. Le digo que sí, que soy yo y me quedo esperando su respuesta. “No lo puedo creer. Esta mañana estuve leyendo tu blog. Te reconocí por las zapatillas, en el post de Colonia hay una foto de tus zapatillas y son las mismas que tenés puestas ahora”. Chan. Se está por bajar. “¿Esta es Avenida Bolivia?”, le pregunto. Sí. Bajo con vos entonces. Me pregunta a dónde voy y le cuento del reencuentro. Se ofrece a ayudarme a encontrar la casa, porque en Carrasco es medio complicado ubicarse y lo más probable es que me pierda. Momento surrealista: voy caminando con un lector uruguayo que conocí de casualidad en el bondi y me guía por su ciudad en el momento justo. Llego a lo de los Baccino y me despido. Un gusto.

Me reencuentro con Rosario, con Agustina (una de las hijas de Rosario), con Delfi (la hija de Agustina) y, más tarde, con Pol (padre de Rosario, reconocido escritor uruguayo). Charlamos y nos reímos durante horas. Pensar que la última vez que los vi yo tenía muy pocos años de vida, ni siquiera era un proyecto de viajera. ¿O sí? Rosario me cuenta que durante aquellos veranos mis papás se iban a pasar el día al Chuy y me dejaban sola con ellos, y yo, al parecer, me quedaba tranquilísima ahí, jugando con los chicos, sin extrañar ni un poco. Me adaptaba a todo de chica ya. Me entero, además, de que ya conozco Cabo Polonio. Fuimos varias veces, pero de eso sí que ni me acuerdo. Hablamos de mis viajes, de la vida en Uruguay, de los recuerdos. Hablo con Pol de escritora a escritor y mis ganas de terminar (o empezar) mi primer libro se multiplican. Es el momento, basta de procrastinar.

Se hace de noche. Vuelvo a casa. Fue un lindísimo día. Faltan menos de 48 horas para que llegue Pau. Alegría.

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Día 6. Viernes. La marmota observa.

Salgo a caminar por ahí y veo muchas escenas urbanas. Parejas abrazadas esperando el colectivo con el viento frío que les da en la cara. Una pareja besándose contra la pared de lo que parece ser un edificio público. Pintadas políticas y arte callejero en las paredes. Hombres caminando con el termo bajo el brazo. Vendedores y músicos callejeros. Una botella de Pilsen rota. Un señor que duerme en la calle. Baldosas pintadas con tizas de colores. Un grupo de pibes fumando en una esquina.

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En mitad de una calle me choco con un bosque de gomaespuma. Freno sin saber qué hacer. Hay varios árboles de gomaespuma cortando la vereda en dos, como si fuesen una barrera. Alguien me dice, desde el otro lado, que pase tranquila, así que me meto entre los árboles. Son blanditos. Uno de los que está ahí me cuenta que los árboles forman parte de una obra infantil que se está por estrenar —Caperucita Roja— y me invita a verla. Nunca voy porque no tengo idea dónde quedaba el lugar. Se hace de noche. Entro a un minimercado a comprar agua y la cajera me dice, riéndose, que hace mucho calor afuera y que me cuide del sol.

Mientras tanto, a pocas cuadras de donde estoy viviendo se está haciendo una Chuponeada Masiva para protestar de manera pacífica contra la discriminación. Una chuponeada masiva es eso: gente que va en masa a darse besos en un parque. Alguien lo dijo en Facebook: “en Montevideo sobran plazas y besos”. Quiero ir a sacar fotos pero siento que sería demasiado voyeur lo mío. Finalmente el frío me gana y me quedo adentro, guardada en mi cueva.

Mañana llega Pau. Estoy feliz. Qué lindo que es Montevideo.

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vecinos
(o Recuerdos de mis viajes a Uruguay)

Soy una chica de edificio. Viví toda mi vida en un piso 18 con vista a Buenos Aires, en un edificio donde hay cuatro departamentos por piso (el A, el B, el C, el D), en un edificio donde hay 24 pisos (y uno duplex arriba de todo), en un edificio donde, por ende, hay casi 100 espacios iguales ocupados por 100 familias distintas (o personas solas, o parejas, o amigos, o extraños). Eso de crecer en un edificio me generó una costumbre un poco extraña: desde chica me encantaba entrar a los departamentos ajenos (de mis vecinos de edificio). Me intrigaba (y me intriga) muchísimo ver cómo dos espacios que físicamente son iguales cambian tanto al ser habitados por personas distintas.

Qué bien me sentía cuando entraba, por ejemplo, al 9 D o al 17 C (con la excusa de “acompañar a mi mamá”) y veía que donde yo tenía mi cuarto ellos tenían una sala de estar y que donde yo tenía alfombra ellos tenían parquet y que donde yo tenía un espejo ellos tenían una pared vacía y que donde yo tenía una cocina blanca ellos tenían una cocina plateada y que donde yo tenía juguetes de nena ellos tenían juguetes de nene y que donde mi mamá tenía su taller de pintura ellos tenían simplemente un balcón grande. Qué gran descubrimiento fue entrar a aquel departamento donde vivía una pareja filipina y ver mi casa en versión asiática. O entrar a alguno de los departamentos “A” o “B” y ver que tenían vista a una parte de la ciudad que yo desconocía. O entrar al piso 1 y ver lo cerca que estaba la calle de la ventana. Cómo me gustaba meterme en departamentos ajenos y espiar ese espacio tan parecido al mío pero decorado de forma tan distinta. Era como viajar a una realidad paralela, como entrar a las otras 99 posibilidades de “lo que podría haber sido mi departamento”.

[singlepic id=5397 w=625 float=center] Todas las fotos de este post son “viejas”, las saqué en otros viajes a Uruguay. Esta, por ejemplo, es de Montevideo en el 2010.

Si bien este afán de espiar departamentos ajenos es algo que tengo desde chiquita, recién me di cuenta de que existía como tal ayer, mientras viajaba en auto de Colonia a Montevideo y se me cruzó por la cabeza la palabra “vecinos”. Uruguay y Argentina somos vecinos. Vecinos muy cercanos, muy parecidos y muy distintos a la vez, pero vecinos al fin. Estamos al lado. Si fuéramos edificios podríamos espiarnos de ventana a ventana de tan cerca que estamos. Con Uruguay, como buenos vecinos que somos, nos miramos constantemente, estamos atentos a lo que hace el otro y nos conocemos, por lo menos en base a lo que vemos a través de esas ventanas que nos separan.

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Entré a este departamento llamado Uruguay varias veces en mi vida. Cuando era chica, al igual que cuando entraba a los departamentos de mis vecinos de edificio, lo hice de la mano de mi mamá y mi papá, con bastante timidez pero siempre con la mirada atenta. Pasamos varios veranos en Punta del Diablo y en La Paloma y nos hicimos muy amigos de una familia uruguaya a la que nunca más volví a ver (pero que aún hoy recuerdo). Durante mis 15 pasé algunos que otros días en la movida veraniega de Punta del Este —a la que nunca más volví ni creo que vuelva—. Más adelante, con menos de 20 años, volví con amigas y descubrí el encanto de Colonia, la paz de Montevideo, la vida de barrio de Parque Rodó, el No Te Va Gustar y su buena onda (los saludé en persona y todo), el Cuarteto de Nos y sus canciones rimadas. De vuelta en Buenos Aires me enamoré de Mario Benedetti, de su poesía, de sus cuentos, de sus novelas.

[singlepic id=5405 w=425 float=center] Foto muy retro en Punta del Diablo (soy la pequeña de la izquierda, estoy junto con mi prima Ceci)

[singlepic id=5398 h=625 float=center] Por las calles de Montevideo (si se fijan, la ropa de los nenes combina con los colores del mural)

[singlepic id=5389 w=625 float=center] Escenas montevideanas

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[singlepic id=5406 w=625 float=center] En motito por Colonia

La última vez que vine fue hace dos años y medio, antes de irme a Asia, con una de mis mejores amigas. Alquilamos una motito y nos apropiamos de las calles de Colonia, nos sentamos en el faro y nos hicimos amigas de dos entrerrianos que andaban medio perdidos, festejamos Año Nuevo en un camping de Piriápolis con amigos uruguayos, volvimos a Montevideo y descubrimos Ciudad Vieja y sus calles desiertas un domingo, las curiosidades de la Feria Tristán Narvaja, el Puerto, la murga callejera, los y las montevideanos/as. Nunca me hice amiga del mate uruguayo, si bien acá todos nacen con el termo bajo el brazo y van cebando mate incluso mientras andan en bicicleta (lo vi). Entiéndanme: es que no tomo mate ni en Argentina, es una costumbre que jamás adquirí. De la que sí me enamoré fue de Montevideo… Y ahora, cada vez que me canso de Buenos Aires, pienso: “¿y si me instalo en Montevideo?”.

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Ahora, más de dos años después de la última vez, estoy de vuelta acá, en un departamento que visité varias veces y que, al irme, siempre me dejó con nostalgia y ganas de más. Uruguay es, para mí, como ese vecino que vive en el depto “C” (o la letra que esté justo enfrente de nuestra puerta) y al cual le tocamos el timbre bastante seguido para hacerle alguna consulta, pedirle algo o simplemente saludarlo, y cada vez que él abre su puerta aprovechamos para espiar el interior, para ver cómo vive, qué hace, cómo tiene decorado su departamento… Esta vez no vine solamente a espiar unos minutos, sino con el plan de quedarme (espiando) dos semanas. Vengo a coparle el depto a Uruguay. Vengo a instalarme por unos días con el objetivo de dejar de ser una mera espía y convertirme en una huésped con todas las letras. Vengo a conocer a este vecino del cual sé tanto y tan poco a la vez. Uruguay, ya llegué. Gracias por recibirme. Prometo no molestar ni ensuciar.

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