Salir de la zona de confort (y volver a volar)

Life begins at the end of your comfort zone
(La vida empieza al final de tu zona de confort)

Without even thinking about it I used to be able to fly. Now I’m trying to look inside myself to find out how I did it. But I just can’t figure it out. (Antes podía volar sin siquiera pensarlo. Ahora intento mirar dentro mío para descubrir cómo lo hacía.
Pero no encuentro la respuesta.)

– Kiki’s delivery service (Hayao Miyazaki)

A veces cuesta arrancar. Esta vez me está costando bastante. Hace dos semanas que “estoy de viaje” y todavía no me siento de viaje. Estuve demasiado tiempo en Buenos Aires y me acostumbré a mi pequeña rutina porteña: escribir y editar el libro, mirar por la misma ventana hacia los mismos edificios, dormir en el mismo colchón todas las noches, hacerme el mismo desayuno todas las mañanas, salir a caminar por la ciudad con rumbo prefijado, hacer trámites, ir al taller de escritura, ir a la misma verdulería y comprar las mismas cosas para preparar las comidas de siempre, ensobrar libros y llevarlos al correo, tomarme siempre los mismos colectivos para ir a los mismos lugares, reunirme con mis amigas en cualquier momento, ver a mi familia cuando quisiera, soñar con viajar largo otra vez y esperar con paciencia a que llegara el momento.

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Y el momento llegó tan de golpe, tan de un día para el otro, que me costó (mucho más que de costumbre) salir de mi vida no-viajera y volver a la viajera. Todavía estoy en eso, dando pasitos torpes de un mundo al otro, cruzando por un puente colgante medio desvencijado, asomándome con timidez a ese estado que antes me resultaba tan natural. Porque sin darme cuenta (recién ahora lo noto) mi cuerpo se acostumbró a ciertas repeticiones y costumbres —propias de la vida sedentaria— y se olvidó de otras —propias de la vida nómada—. Mi zona de confort se volvió tan concreta y limitada que me fue muy difícil cruzar esa frontera de supuesta seguridad que construí en Buenos Aires y volver a sentirme cómoda en la zona desconocida de los viajes.

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Pero en esa zona desconocida e incómoda es donde ocurre la magia, dicen. Cuando nos animamos a salir de la comodidad y de lo predecible es cuando empiezan a pasar cosas extraordinarias (que probablemente no hubiesen ocurrido de habernos quedado en nuestra cajita confortable).

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Siento estas dos semanas de viaje por Argentina (Buenos Aires – San Nicolás – Rosario – Villa Mercedes – San Rafael – Mendoza) más como un preludio que como un inicio formal de viaje. Todavía estoy en ese estado torpe del principio, todavía me cuesta viajar. “En Bangkok aprendí que el comienzo de un viaje siempre es poco fluido, torpe, fragmentado, especialmente cuando se viaja tan de golpe a una realidad tan distinta”. Lo escribí yo misma en mi libro, aunque a veces siento que la dijo eso es otra, me olvido de que ya pasé por varios comienzos de viaje y que todos me costaron. La diferencia es que esta vez no viajé a una realidad distinta: viajé a otra zona de confort. Mejor dicho: volví a mi antigua zona de confort (la de los viajes). Y me sentí perdida. Los primeros días de este viaje me incomodó todo: cargar la mochila, tener la ropa sucia, no dormir en mi cama, hacer dedo, no tener una casa propia, tener que hablar con extraños, sacar fotos. Todo lo que me encanta de viajar me hacía querer volver a mi casa. Pero de a poco volví a acostumbrarme (en eso estoy) (ya me siento mejor).

[singlepic id=7428 w=625 float=center] Bella casa rosarina

[singlepic id=7429 h=625 float=center] y su río

Lo que me está costando, más que viajar, es escribir. Perdí mi superpoder. No digo que se haya ido para siempre, sino que se me extravió: quedó en algún lugar entre el último viaje y el libro. Así que además de bloqueo de viaje, tengo bloqueo de escritura. Todo junto. Nunca me pasó, y no quiero forzarme porque es peor. Dicen que va a volver solo, me va a encontrar. Hace unos días, Damián me hizo ver una película que me encantó (será por el momento en el que estoy, pero se las recontra recomiendo): Kiki’s delivery service, de Hayao Miyazaki. Kiki es una bruja; al cumplir 13 años tiene que hacer lo que todas las brujas de su edad: irse de su pueblo por un año, sola (con su gato negro y su escoba), para independizarse y desarrollar su poder. El poder de Kiki es volar. Una noche de luna llena se va volando y se instala en otra ciudad. Al principio todo va bien, pero un día pierde la capacidad de volar y siente que nunca más podrá volver a hacerlo. Y, durante su bloqueo, se pregunta cómo antes era capaz de volar con tanta naturalidad.

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—Without even thinking about it I used to be able to fly. Now I’m trying to look inside myself to find out how I did it. But I just can’t figure it out.
—You know? It could be you’re working at it too hard. Maybe you should just take a break. Stop trying. Take long walks, look at the scenery, doze off at noon. Don’t even think about flying, and then pretty soon you’ll be flying again.
—You think my problems will…?
—Go away? That’s right. It’s gonna be fine, I promise.

(…)

—So you really think I’ll fly again?
—Sure, you just have to wait for the right inspiration to come along.

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(Traducción:

—Antes podía volar sin siquiera pensarlo. Ahora intento mirar dentro mío para descubrir cómo lo hacía. Pero no encuentro la respuesta.
—Sabes, puede ser que lo estés intentando demasiado. Tal vez deberías tomarte un descanso. Haz caminatas largas, mira el paisaje, duerme la siesta. Ni pienses en volar, y pronto estarás volando otra vez.
—¿Crees que mis problemas se…?
—¿Se irán? Claro. Todo va a estar bien, te lo prometo.

(…)

—¿De verdad crees que volveré a volar?
—Seguro. Solo tienes que esperar a que aparezca la inspiración correcta.)

[singlepic id=7430 w=625 float=center] Kiki versión San Luis (graffiti visto en Villa Mercedes)

La inspiración aparecerá sola. No quiero presionarme a viajar ni a escribir. Quiero volver a fluir con el camino y dejar que me vaya llevando a donde corresponda. Si bien siento estas primeras dos semanas como un patchwork (una de esas frazadas armadas con cuadraditos de distintas telas y dibujos) de sensaciones más que como una historia completa, también siento que cada uno de esos pedacitos me aportó algo de inspiración. Ya llegará algo que me haga reaccionar, me sacuda, me despierte y me devuelva el fluir de las palabras y del camino. Mientras tanto, sigo avanzando en una dirección y con un objetivo: irme lo más lejos posible de mi zona de confort porteña y volver a la magia de la ruta.

*

Algunos pedacitos de ese patchwork:

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[singlepic id=7438 w=625 float=center] Valle Grande, San Rafael, Mendoza

[singlepic id=7440 w=625 float=center] Burbujas callejeras

[singlepic id=7431 w=625 float=center] Fotocharco impresionista

[singlepic id=7432 w=625 float=center] Fotocharco espejado

[singlepic id=7425 h=625 float=center] Show de burbujas en un barrio rosarino

[box type=”tick”] En otras novedades…

* Estamos viajando a dedo (siempre siguiendo los sabios consejos de los Acróbatas del Camino) ¡y nos está yendo re bien! Hicimos todo el camino, desde Buenos Aires a Mendoza, a dedo.

* El lunes nos vamos para Chile, país que quiero conocer hace mucho tiempo. El primer destino es Santiago. Masa crítica de Santiago, ¡esperanos!

* Para quienes lo pedían, salió el ebook de Días de viaje. La versión en .epub está a la venta en mi Tienda y la versión para Kindle la consiguen en [eafl id=”21158″ name=”Días de viaje – Kindle” text=”Amazon”].

* Además, reimprimí Días de viaje, ya que los primeros 1000 se agotaron! Gracias a todos. Tendré stock a partir del 6 de noviembre, lo consiguen acá.

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Por las calles (lluviosas) de Rosario

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Nuestro último día en Rosario llovió. No, no llovió, se partió el cielo al medio y cayeron baldazos y baldazos de agua durante un largo rato.

La lluvia en un viaje puede tener personalidades múltiples. Por un lado, en un viaje largo, la lluvia es la excusa perfecta para quedarse adentro y descansar, mirar una película, leer, escribir. Por otro lado, en un viaje corto, la lluvia puede ser la culpable de arruinarnos uno de los pocos días que teníamos para salir a conocer. Hace un tiempo, sin embargo, aprendí a tenerle cariño a los días de lluvia. Estando en Asia —donde la lluvia abunda— los usé para descansar y atosigarme de series y películas. Hace unos meses, cuando conocí al fotógrafo Diego Koltán y sus fotocharcos, descubrí que los días de lluvia tienen un después que es visualmente fantástico. La lluvia produce charcos y los charcos producen mundos reflejados bajo nuestros pies. Desde que Diego me hizo ver todo lo que se refleja en los charcos, mi mirada ya no volvió a ser la misma. Desde aquel día, cada vez que llovió yo pensé, feliz: Qué bueno, en un rato este lugar va a estar lleno de fotocharcos. Y desde que lo conocí a Damián y sus burbujas, tuve otra razón para que me gustaran los días de lluvia: el antes y el después de la lluvia son momentos ideales para salir a hacer burbujas. Cuanta más humedad y menos sol, mejor. Más grandes y coloridas salen.

[singlepic id=6853 w=625 h= float=center] Fotocharcos

[singlepic id=6870 h=625 float=center] y burbujas

Así que durante nuestro último día en Rosario salimos a caminar. Todavía no llovía pero se la veía venir. Estábamos paseando por el Bv. Oroño, mirando casas y detalles, cuando me pasó algo muy cómico y lindo a la vez. Dos chicos me gritaron desde un auto “¡Aniko! ¡Aniko! ¡¡Te leemos!!” y me sacaron una foto y una sonrisa. Pocos minutos después se largó el aguacero y no hubo paraguas que resistiera. Era hora de comer y yo recordaba haber visto un restaurante Beatle cerca, así que lo buscamos y nos refugiamos ahí adentro. Para mí, que soy fan de Los Beatles desde antes de nacer, fue como entrar al paraíso. El lugar estaba lleno de fotos, cuadros, detalles y dibujos de Los Beatles. En las pantallas pasaban recitales y shows de ellos como solistas. Arriba había un museo que contaba toda la historia de la banda, con elementos de colección. Así que gracias a la lluvia pude dedicarle varias horas al lugar y salí feliz de haber estado en contacto con mi música preferida.

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Cuando nos fuimos ya no llovía, así que decidimos caminar por la Costanera. Casi no había gente en la calle. Y ahí los vimos: fotocharcos a montones, decenas de imágenes reflejadas en el piso. Y nos pusimos a fotografiar.

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La caminata nos llevó hasta el Monumento a la Bandera, donde nos encontramos con el resto del equipo viajero y decidimos hacer una intervención burbujística. El clima era perfecto. Bien húmedo, bien pesado, bien nublado. Damián sacó el kit y se puso a hacer burbujas. Inmediatamente aparecieron chicos, que siempre tienen el radar de las burbujas bien prendido, con sus respectivos padres. El Monumento se llenó de curiosos que miraban las burbujas y nos miraban a nosotros. A varios le contamos nuestro proyecto, nuestra vida de viajeros. Muchos otros se acercaron a nosotros y nos dijeron: “¡Vi las burbujas y sabía que eran ustedes!”. La Burbuseñal funcionó. No vimos demasiado de Rosario, pero pasamos una tarde lindísima gracias a la lluvia.

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[singlepic id=6861 w=625 h= float=center] Dino y Aldana, los chicos de Magia en el Camino, emburbujados

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Escribo esto mientras en Buenos Aires llueve y todo me parece gris. Esperaré a que pare para, aunque sea, salir a mirar cómo se refleja mi ciudad en el agua que se acumula en sus baches.

[box border=”full”]Este post es el epílogo de Rosario en movimiento, las impresiones de mi primera visita a Rosario.

Pueden conocer al creador de los fotocharcos en su web: charcosenelmundo.com

Para saber más acerca de las burbujas: burbujasporahi.com

Para saber qué hacer cuando llueve, en cualquier lugar del mundo: Guía para aprovechar un día de lluvia [/box]

Rosario en movimiento

Recibí la pregunta tantas veces a lo largo de mi vida que ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que repetí la misma frase. ¡¿Cómo que no conocés Rosario?!, me dijeron una y otra vez amigos, conocidos y familiares. Y ante su mirada incrédula siempre respondí lo mismo: No, nunca fui… Fito tiene razón: Rosario siempre estuvo cerca (de Buenos Aires, a poco más de 300 km) pero yo, quién sabe por qué, nunca me digné a visitarla. La culpa inicial (si es que existe algo así) claramente la tiene mi mamá, que nunca me llevó cuando era chica. Ella, encima, fue a Rosario después de tenerme a mí (no sé si una o varias veces, tampoco sé si quiero saber), pero por alguna razón no me llevó. Qué atrevida. Ya se lo reproché el otro día: ¡¿por qué nunca me llevaste a Rosario?! Probablemente no era el momento.

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A lo largo de mi vida Rosario estuvo ahí, donde siempre, viviendo su propia existencia (al igual que cualquier otra ciudad del mundo, ya sea Delhi, ya sea París, ya sea Atenas, que no haya sido la mía). Eso es algo que me impresiona: lo de saber que en este mismo momento hay miles de ciudades viviendo su propia vida, alejadas de mi mirada (la película Baraka representa muy bien este sentimiento). Mientras yo estoy acá en Buenos Aires, en otro lugar llamado Kabul o Madrid o Santo Domingo pasan cosas, la gente camina, cocina, trabaja, se enamora, llora, ríe, muere, mata. Y todo ese movimiento y vida previa es lo que me hace sentir que viajar a una ciudad nueva es como llegar al cine cuando la película ya empezó. Durante esos primeros minutos en los que me enfrento a la historia por la mitad tengo que inferir (o preguntar en voz baja) qué fue lo que pasó antes de que yo apareciera por ahí. Mientras yo estoy quieta las ciudades se mueven, y eso es lo que hizo Rosario durante los 27 años en que no la visité. Se movió en todas las direcciones.

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Que no nos hayamos conocido en persona hasta hace poco no quiere decir que no me hayan hablado de ella a lo largo de los años. Rosario siempre estuvo presente en mis conversaciones. Tengo varios amigos y conocidos de Rosario. Tengo amigas que se fueron allá a estudiar o a festejar despedidas de soltera. Tengo lectores rosarinos. Creo que todos los argentinos que conozco se fueron a pasar aunque sea un fin de semana a Rosario alguna vez en su vida. Rosario es la ciudad natal de Messi, de Olmedo, de Antonio Berni, de Fontanarrosa, del Che Guevara, de Fito Páez y de tantos otros. Cuántas veces me dijeron: “Tenés que ir a Rosario, está tan linda, hay tanto para hacer…”. Y yo siempre pensaba: “Sí, ya iré, cuando sea el momento”. Pero el momento no llegaba y yo tampoco quería forzarlo. Sabía que Rosario me iba a avisar, ella iba a dejarme un mensaje en el contestador diciéndome: Che… ¿por qué no te venís? Y yo iría.

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[singlepic id=6858 w=625 float=center] Todas las fotos de este post son de Rosario. Esta es de un sector del Monumento a la Bandera

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Ese mensaje finalmente apareció una tarde de enero, en forma de email. La que me escribió en nombre de Rosario fue Yamile, la asesora turística de la Cooperativa Encuentro, una comunidad conformada por 22 mujeres artesanas de Rosario y de Villa Constitución. Yamile me invitaba a conocer, junto a otros viajeros, el trabajo de la Cooperativa y uno de sus últimos proyectos: la Posada Los Soles, una casa antigua restaurada, manejada por la Cooperativa bajo los preceptos del turismo comunitario y responsable. Me pareció interesante entrar en contacto con un grupo de gente que justamente buscara crear una movida de turismo alternativo en la ciudad así que acepté. El momento por fin había llegado, Rosario y yo cara a cara ya era un hecho inminente.

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[singlepic id=6896 h=625 float=center] Nidia y Marta son dos de las mujeres que forman parte de la Cooperativa Encuentro.

[singlepic id=6885 w=625 float=center] Nos recibieron en Villa Constitución con el desayuno y muchas historias.

Lo primero que sentí al llegar fue, como dije antes, que había entrado a la sala de cine con la película empezada. En Rosario pasaron muchas cosas de las que no estoy enterada. Es una ciudad que cambió mucho, aunque de qué formas aún no lo sé. Yo la conocí de cara al río, sin embargo varios me aseguraron que durante mucho tiempo le dio la espalda. Conocí el después de Pichincha, aquel barrio que fue famoso por sus prostíbulos y su ambiente. Llegué al bar El Cairo cuando Fontanarrosa ya no estaba. Encontré muchísimos mensajes escritos en las paredes, mensajes que hacían referencia a eventos pasados que todos conocían menos yo. Al igual que en Barcelona, en Rosario encontré un cadáver exquisito plasmado en todas las paredes de la ciudad: “Mi corazón sangra utopías… por vos”, “¡Basta!”, “Si te cela no te quiere”, “Movimiento anti mala onda”, “8N yo voy al Monumento”, “El capitalismo es inhumano”, “Ni botas ni votos”, “Todos flotan”… Encontré stencils y graffitis de bicicletas y hormigas en las paredes, haciendo referencia (me enteré después) a los 350 estudiantes rosarinos desaparecidos durante la Dictadura y a Pocho Lepratti, un militante social asesinado por la Policía de Santa Fé en el 2001 (pueden leer su historia y conocer el “trabajo de hormiga” que realizaba en los barrios humildes de Rosario acá).

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Mi sensación fue que había llegado tarde a muchas cosas y temprano a otras. Sentía que Rosario había vivido, se había movido mucho, y que aún le quedaba mucho camino por recorrer. Y a la que aún le faltaba moverse mucho por Rosario era a mí.

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Durante los primeros días, más que conocerla por tierra la conocí por agua. Gracias a las mujeres de la Cooperativa tuvimos la oportunidad de navegar por el Paraná en velero. Mientras agarraba el timón —porque me dejaron timonear un rato— recordé aquel cruce en barco de Colombia a Panamá, uno de los mejores viajes en barco de mi vida, y sentí esa libertad que solamente puede darme la brisa de mar o de río sobre la cubierta de un barco. Sentí ganas, otra vez, de salir a dar la vuelta al mundo en barco. Cuando me zambullí en el Paraná me acordé de todos los fines de semana que pasé en el Tigre, nadando en ese mismo río. Si de chica se me hubiese dado por construir una balsa y escapar, tal vez hubiese llegado a Rosario por río. Pero nunca se me ocurrió. Me sorprendía, ahora, ver ese mismo río que yo siempre relacioné con el Tigre, con mi infancia, con mis salidas en canoa y en barquito inflable, con toda una ciudad de fondo. El Paraná, para mí, siempre había sido el Paraná de las Palmas y había estado a pocos metros de mi casita del Delta, con muchos árboles y mucha nada a su alrededor. Verlo anexado a una ciudad era algo totalmente nuevo y me hacía pensar en lo lindo debía ser tener la naturaleza a tan pocos pasos de la cama, todos los días y no solamente los fines de semana…

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Los cuatro días en Rosario fueron una sobredosis de estímulos. Nadé en el río. Caminé por algunos de sus barrios. Vi sus cúpulas. Admiré su arquitectura. Aunque si bien vi e hice bastante, no puedo decir que ahora sí la conozca. Me falta mucho para eso. Digamos que en este primer viaje la miré de cerca, recorrí sus contornos —el río, algunas avenidas— pero todavía no me sumergí demasiado en ella. Siento que es una ciudad en la que hay que vivir para poder decir que se la conoce. Este viaje fue el principio de una conversación que, espero, durará años. Yo, por mi parte, le hablé bastante de mí. Durante uno de los días del viaje, junto con los chicos de Magia en el Camino y los Acróbatas en el Camino (y gracias a la enorme ayuda de las mujeres de la Cooperativa Encuentro) hicimos un evento multiartístico titulado Rosario Nómada: seis viajeros, un mundo. Presentamos una exposición conjunta de fotos, hicimos burbujas y magia y dimos tres charlas, una por pareja, contando nuestra historia. Al menos en mi caso, siento que esa fue mi manera de contarle a Rosario todo lo que estuve haciendo, todo lo que me moví, antes de conocerla.

[singlepic id=6898 h=625 float=center] Burbujas

[singlepic id=6901 w=625 float=center] Fotos

[singlepic id=6902 h=625 float=center] Puestito

Foto: Demian

El evento.

[singlepic id=6930 w=625 float=center] El frente de la Posada Los Soles, donde dormimos y realizamos el evento viajero

diariolacapital

Incluso salimos en el Diario La Capital de Rosario (¡y fuimos la noticia más leída!)

Uno de los mejores momentos que me llevo de Rosario, sin embargo, ocurrió hace unos días, cuando Damián y yo volvíamos en colectivo a Buenos Aires desde la provincia de Córdoba. Habíamos tomado el bus nocturno desde Villa Carlos Paz y, si todo salía bien, teníamos que estar en Buenos Aires a eso de las 8 de la mañana del día siguiente (el trayecto habitual es de unas 4 horas hasta Rosario y otras 4 horas hasta Buenos Aires). Pero algo pasó. En algún momento de la mañana el conductor nos despertó a todos para avisarnos que teníamos que cambiar de colectivo. Estábamos estacionados en un lugar que parecía ser un taller de reparación de ómnibus de larga distancia, así que nos bajamos obedientemente y cambiamos de vehículo. Escuché que alguien preguntaba “¿dónde estamos?”, pero la respuesta me la tapó un bocinazo inoportuno. Me senté contra la ventana y, mientras el colectivo se movía, miré hacia afuera y empecé a sacar conclusiones. No tenía idea ni dónde estábamos ni qué hora era. Sólo sabía que estábamos atravesando una ciudad para, seguramente, salir a la ruta. Desde mi ventana vi que la gente del lugar estaba empezando el día: algunos barrían la veredas, otros esperaban el colectivo, otros caminaban con sus maletines y carteras rumbo al trabajo. Bien, eso quería decir que serían aproximadamente las 7 u 8 de la mañana, horario en el que en teoría debíamos estar en Buenos Aires. Pero aquella ciudad que veía por la ventana no era Buenos Aires. ¿Dónde estábamos?

[singlepic id=6931 h=625 float=center] Pongo estas fotos a modo ilustrativo, ya que estaba tan dormida y sorprendida que ni siquiera se me ocurrió sacar una foto desde la ventana del colectivo…

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Al principio pensé que estábamos atravesando alguna gran ciudad de la Provincia de Buenos Aires, ¿pero cuál? El lugar me llamaba mucho la atención: las calles eran anchas, había ciclovías, casas muy lindas, mucha vida urbana. El juego de adivinar en qué lugar de Argentina estábamos me empezó a divertir. Busqué pistas en los carteles de los negocios, en los nombres de las calles: tal vez en algún cartel diría de qué localidad se trataba. Pero nada. La sensación era rarísima: realmente no tenía ni idea en qué lugar del mapa estábamos. Leí el nombre de una calle —Bv. Avellaneda— y decidí recordarlo para googlearlo más tarde. Todavía no me avivaba. Tampoco me avivé cuando vi el cartel verde que decía: “Buenos Aires 304 km, Santa Fé 173 km, San Lorenzo 29 km”. Nada. Ya hacía por lo menos 25 minutos que estábamos atravesando la ciudad desconocida y yo estaba disfrutando del city tour misterioso sin tener idea de dónde estaba. Seguía muy dormida. Al rato vi una bandera que decía “… por primera veS en Rosario…” y caí. Cuando agarramos Bv. Oroño todo me cerró. El colectivo se había atrasado cuatro horas y había tenido que hacer una parada técnica en el taller. El por qué no me importaba demasiado, lo que me importaba era la casualidad de lo que había sucedido: habíamos atravesado un camino que estaba fuera de nuestros planes y, gracias a eso, una ciudad desconocida había entrado por mi ventana y me había intrigado muchísimo. Y resultó ser que esa ciudad por la que me moví aquella mañana, medio dormida medio despierta, fue la mismísima Rosario.

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[box border=”full”]Gracias a las mujeres de la Cooperativa Encuentro por invitarnos a Rosario y por permitirnos conocer y ser parte de sus proyectos. Gracias también a todos los que fueron al evento “Rosario Nómada”. Esperamos repetir en algún momento en Buenos Aires.

La Posada Los Soles está ubicada en Corrientes 474, a tres cuadras del río, y es una buena opción de alojamiento en el centro de Rosario. Tiene cinco habitaciones, una sala de estar y una cocina-comedor. Pueden encontrarla en Facebook.

Para saber más acerca de la historia de la Cooperativa Encuentro, les recomiendo el post de Magia en el Camino: “Sacarte el delantal y ponerte los tacos”

En la segunda parte de esta entrega, burbujas y fotocharcos en Rosario. [/box]

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