En Ushuaia todo se conecta

(Este no es un texto para leer en diagonal.)

No es fácil describir una telaraña, sobre todo cuando tiene tantas uniones, así que voy a ponerme en el centro solo porque todas sus lineas me atraviesan. Soy Aniko, tengo 30 años, viajo, me dedico a escribir y estoy tan perdida como cualquiera. Tengo una vida y más o menos sé cómo quiero usarla, pero las dudas están siempre: sigo, me quedo, abro, cierro, pongo energías en esto o en lo otro, me dedico a mi carrera, a la pareja, a tener hijos, a escribir libros, a qué. Un día me llega una invitación para hacer un viaje de prensa a Ushuaia y digo que sí pero pido que me extiendan la vuelta así puedo quedarme unos días más por mi cuenta. El fin del mundo me parece el lugar ideal para desconectarme y terminar de escribir mi segundo libro, algo que vengo posponiendo desde que llegué a Buenos Aires porque siempre surgen cosas más urgentes. Cuando anuncio en mis redes sociales que voy a andar por Ushuaia, Claudia y Nicolás, viajeros y autores del blog Dale Viajá, me dicen que ellos están viviendo allá y que los contacte para lo que necesite. Les comento que estoy buscando una casa en el bosque donde poder encerrarme a escribir y me dicen que conocen el lugar perfecto. Me ponen en contacto con Mónica y Salvador, dueños de las Cabañas del Martial, que aceptan recibirme durante la parte dos de mi viaje. En la mochila guardo bastante abrigo. Lo que más me pesa son los libros y cuadernos que llevo aparte en una bolsita de tela: dos moleskine, el journal “Start where you are”, “Letters to my future self” y la revista Flow Mindfulness.

Ushuaia, "la ciudad del fin del mundo".

Ushuaia, “la ciudad del fin del mundo”.

Unos días después me encuentro en Aeroparque con el grupo de blogueros y periodistas con quienes haré el viaje de prensa organizado por Los Cauquenes. Cuando llegamos a Ushuaia me doy cuenta de que en el vuelo me abrieron la mochila que despaché y me robaron el cargador de la cámara. Me pongo mal, sin eso no voy a poder trabajar, no es un cargador que se consiga en cualquier lado. Esta es la señal número dos de una serie de actos fallidos tecnológicos que me empiezan a pasar en simultáneo: me olvidé el aparatito para transferir las fotos de la cámara a la compu, la batería del celular me dura solo tres horas, la pantalla de la compu está llena de rayas, el teléfono se me apaga y no responde. Durante esta parte del viaje la conozco a Dani Dini, una de mis compañeras. Me habían hablado de ella, es periodista de viajes y de lifestyle y enseguida pegamos buena onda. Son pocos los ratos que tenemos para charlar así que mantenemos una conversación fragmentada. Si bien no nos conocemos, siento que puedo contarle cosas importantes. Me dice que los treinta son un momento de cambios por el regreso de Saturno, que muchas cosas se definen y otras se dejan atrás, que es un proceso y ya voy a ver todo con más claridad. Me siento en el limbo total. Cuando dice Saturno pienso en Lily, mi astróloga, y en cómo ella me hablaba de los efectos de Saturno en mi signo.

El rincón que sería mi hogar durante los siguientes días.

El rincón que sería mi hogar durante los siguientes días.

Termina el viaje de prensa, el grupo vuelve a Buenos Aires y yo me voy a la casa de Claudia y Nicolás antes de mudarme a la cabaña en el bosque. Comemos milanesas y les cuento que me robaron el cargador de la mochila. Descubrimos que ellos tienen el mismo y ofrecen prestármelo mientras esté ahí. No es un cargador común así que la coincidencia me sorprende. Llamo a Nikon y me dicen que ese modelo no se importa, que quizá en treinta días. Trato de comprar uno afuera para que me lo traiga mi prima que está en Italia pero no me funciona la tarjeta. Me resigno, por el momento mi cámara tiene energía para sacar fotos, la que empieza a tener menos energía soy yo. Necesito descansar, me cuesta adaptarme a este cambio de ritmo, a la desaceleración. Me despido de los chicos y voy para las cabañas del Martial. La ruta está cubierta de nieve, acá todavía no hubo deshielo, así que camino despacio para no patinarme. Mientras entramos a la casa, Mónica me pregunta si me molesta que haya un gato. Al contrario. Me lo presenta: se llama Milo, tiene seis meses y enseguida se me cuelga de una pierna. Soy la primera huésped del Bed and Breakfast, Mónica y Salvador decidieron abrirlo, además de las tres cabañas que alquilan, porque sus hijos se fueron a estudiar a Buenos Aires y dejaron habitaciones vacías.

La entrada al B&B de Mónica y Salvador

La entrada al B&B de Mónica y Salvador

La cocina-comedor y, al fondo, un gatito que se acerca.

La cocina-comedor y, al fondo, un gatito que se acerca.

Milo.

Milo.

El camino de llegada

El camino de llegada

Esa noche cenamos y charlamos. El comedor está lleno de cuadros, pregunto quién los pintó. “Yo”, dice Mónica, y le comento que mi mamá también pinta. “¿Aniko Szabó? ¡Me encanta!”, me dice. “Cuando vi que te llamabas Aniko enseguida pensé en Aniko Szabó”, e incluso le dijo a su marido, por error, que Aniko Szabó iba a quedarse con ellos. Antes de viajar, mi mamá me habló de una pintora naif que vive en Ushuaia y que es muy conocida por acá. “Sí, Elsa Zaparart”, me dice Mónica, “pero ya no está más acá. Ella hizo el cartel de Ushuaia fin del mundo”. Le digo a Mónica que me avise cuando vaya a Buenos Aires así le regalo unas láminas de mi mamá, le pregunto en qué zona suele estar y resulta que fuimos vecinas toda la vida: su edificio queda enfrente del de mi mamá, tal vez ya nos cruzamos antes. Les cuento de mi viaje a Hungría y Mónica me comenta que conoce a un húngaro que vive en Perú. “Esperá, yo también, no me digas que se llama Viktor”, le digo. Lo buscamos en Facebook y sí. Hace unos años Viktor estaba de viaje por Ushuaia, pasó caminando por las cabañas, golpeó la puerta y se puso a charlar, y ahora les trae grupos de húngaros bastante seguido. Yo lo conocí en un cumpleaños en Lima porque es muy amigo del marido de una de mis mejores amigas peruanas. Cuando le cuento a Mónica que mi novio es francés, ella me habla de Manu, un francés que se quedó a vivir a pocos metros de las cabañas y puso un restaurante. “¿Sabías que en Francia hay un programa de televisión de viajes de aventura que se llama Ushuaia?”. Ya nada me sorprende.

Este es uno de los cuadros de mi mamá que más me gustan. Mucha gente, cuando escucha mi nombre, me relaciona enseguida con ella.

Este es uno de los cuadros de mi mamá que más me gustan. Mucha gente, cuando escucha mi nombre, me relaciona enseguida con ella.

Este es el cartel que pintó Elsa Zaparart, otra artista naif amiga de mi mamá.

Este es el cartel que pintó Elsa Zaparart, otra artista naif amiga de mi mamá.

Esa noche sueño que hay un terremoto y que veo caerse los edificios al lado mío. En el sueño estoy con mi amigo Pepe y él me va guiando para que no me lastime. Más tarde, Caro Chavate me manda un video desde Medellín en el que se ve su escritorio, una ventana, la lluvia y un papelito escrito por ella que dice “una cosa a la vez”. Con Caro estamos conectadas a la distancia sin conocernos. Vine a Ushuaia, más que nada, para volver a aprender a hacer una cosa a la vez, para estar presente en cada tarea y no dejar que mi cerebro se divida en veinte. No sé si alguna vez fui capaz de ir en contra de mis impulsos de multitasker. ¿Sin internet la vida era más simple? ¿O siempre fui dispersa y le echo la culpa a la tecnología? Milo el gato entra a mi cuarto, se sube a mi escritorio, pone las patas sobre el teclado y no sé cómo abre twitter. Apenas lo agarro ronronea y me deja apoyarlo sobre mi hombro mientras me lame el cachete. Es el gato más perro que conozco. Esa tarde viene Noelia, una lectora de Río Grande, a conocerme. Tomamos tés y hablamos de sus viajes y los míos. Le saco una foto a uno de sus tatuajes. Cuando se va me voy a dormir: estoy a punto de enfermarme, mi cuerpo no da más. Me despierto como a las siete de la tarde con fiebre y miro por la ventana cómo las montañas se ponen azules. Abajo, sobre la bahía, Ushuaia empieza a prender las luces. Siento que tengo todo el tiempo del mundo. Me quedo en la cama y empiezo a leer “Wild mind”, un libro de Natalie Goldberg acerca de la vida del escritor. Me quedo con esta idea: “Style in writing means becoming more and more present, settling deeper and deeper inside the layers of ourselves and then speaking, knowing what we write echoes all of us; all of who we are is backing our writing”. Nuestro estilo proviene de todo lo que somos, escribir tiene mucho que ver con vivir. Copio una frase de Hemingway en mi cuaderno violeta: “Write hard and clear about what hurts” (“Escribí fuerte y claro acerca de lo que te duele”).

Uno de los tatuajes de Noelia

Uno de los tatuajes de Noelia

Vista panorámica desde mi ventana.

Vista panorámica desde mi ventana.

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Mi escritorio en Ushuaia

El bosque a pocos pasos

El bosque a pocos pasos

La noción de mindfulness es algo que me persigue hace tiempo y que intento aplicar a mi vida, aunque a veces me olvido: quiero ser consciente de mis pensamientos y de lo que me pasa a cada momento. Salgo a caminar por la montaña. Me pongo toda la ropa que traje pero igual tengo frío: sweater de alpaca, polar, campera, bufanda, gorro, guantes, polainas. No duro más de veinte minutos afuera. Antes de entrar a la casa miro el bosque y se larga a nevar. Vuelvo a mi cuarto y me siento a escribir. Me falta un capítulo, el de Biarritz, para terminar mi libro y recién ahora tengo un poco más de distancia como para empezar a ordenar las ideas. Empiezo el borrador. Más tarde voy a la Casa de té, una cabaña roja en medio del bosque, a pocos metros de lo de Mónica, donde se sirven té y cosas ricas. Voy invitada por María, la dueña, que se enteró de que me estoy quedando en lo de Mónica y quiere conocerme porque es fan de mi mamá. Me pido “Nights in Paris”, un té blanco, con budín de limón y amapola y charlo con María. Es de Buenos Aires pero vive en Ushuaia hace 37 años y tiene la casa de té hace veinte. Recibe a gente de todo el mundo y a veces, cuando no hay espacio, los hace compartir mesa. Me muestra los anotadores, señaladores y pins que hace Cecilia, su diseñadora, y me ofrece de vender algunos de mis productos ahí. Mientras estamos charlando se nos acerca una de las chicas que trabaja ahí y nos muestra una servilleta con un dibujo que dejó un cliente en la mesa. Le saco una foto y la subo a mi Instagram. Lo van a enmarcar y a colgarlo junto con otro que dejó otra persona hace años. Sigo hablando con María, me cuenta que los carteles de la Casa de té los pintó Elsa Zaparart. Después voy a ver la tienda y me termino comprando un cactus tejido. Me acuerdo de mi cactus que murió, la única planta que tuve a mi cargo. Cuando me fui de viaje se lo dejé a cargo a otra persona y se secó. Este no se va a morir nunca.

La entrada a la Casa de té

La entrada a la Casa de té

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El dibujo que dejó un cliente.

El dibujo que dejó un cliente.

El dibujo que dejó otro cliente hace años (por unos segundos leí "Carcelona"...)

El dibujo que dejó otro cliente hace años (por unos segundos leí “Carcelona”…)

Mi cactus nuevo

Mi cactus nuevo

A la mañana siguiente bajo a la ciudad y la camino de una punta a la otra. Tardo más o menos cuarenta minutos. Me paro frente al cuadro de Elsa Zaparart, cerca del puerto, y ahí es cuando pienso que Ushuaia cambió, que ya no está como en mis recuerdos. Llueve y hace frío así que me voy a refugiar a lo de Claudia y Nicolas. Almorzamos y después Claudia y yo nos vamos a conocer a Laura, una arquitecta y encuadernadora fueguina que acaba de volver a Ushuaia después de quince años en Buenos Aires. A Laura la encontré por internet mientras buscaba información para mi post de cuadernos hechos en Argentina. Facebook me sugirió la página de la Tienda de cuadernos, en el muro vi que decía “mudamos el taller a Ushuaia” y me puse en contacto para ver si podía pasar a conocer. Además de ser fan de los cuadernos, la encuadernación es algo que cada vez me atrae más. Hace dos años hice un taller para aprender y me gustaría, algún día, fabricar los míos. Cuando llegamos a la casa, Laura nos recibe con té y me da un regalito: dos cuadernos hechos por ella, uno con el papel de conejitos que dije en mi otro blog que me gustaba y el otro con “escribir.me” recortado en la tapa. Le cuento que estuve en la Casa de té y me dice que su hermana trabaja con María. “¿Se llama Cecilia?”, le pregunto. Sí, es la diseñadora de la que me habló María. Cuando vuelvo a lo de Mónica le cuento que estuve con una chica que hace cuadernos y le comento que va a dar un taller de encuadernación. Quiere ir. Me pregunta cómo se llama la chica y cuando le doy la referencia de Cecilia, la hermana, me dice que conoce a los padres. En Ushuaia todos parecen conocerse. Si bien casi no salí a recorrer, me sorprende la cantidad de cosas que pasaron en estos días, todas las conexiones invisibles que se formaron a mi alrededor. “En Ushuaia todo pasa adentro de una casa”, me dice Mónica.

La ventana en lo de Claudia y Nicolás

La ventana en lo de Claudia y Nicolás

Los dos cuadernos que me regaló Laura

Los dos cuadernos que me regaló Laura

Un detalle de su espacio de trabajo

Un detalle de su espacio de trabajo

Esa noche cenamos y a la mañana siguiente nos despedimos. Quedamos en vernos en Buenos Aires. No terminé de escribir mi libro pero no me importa, no podría haber tenido un hogar mejor en Ushuaia. Vuelo de vuelta a Buenos Aires. En el avión miro el documental “Finding Vivian Maier” y no puedo creer las fotos que sacaba esa mujer. Vivian Maier fue una de las más grandes fotógrafas callejeras de la historia, sacó cientos de miles de fotos y nunca mostró ninguna. Las descubrieron tras su muerte, cuando un chico compró varios negativos en una subasta. También miro la serie de televisión “Brain games” acerca del funcionamiento del cerebro y me siento un poco más normal en mis déficits atencionales. Aterrizo en Buenos Aires y la telaraña se sigue expandiendo. Paso por el Patronato de la Infancia, donde mi mamá colabora hace más de treinta y cinco años en la producción y venta de tarjetas de navidad y calendarios de arte naif a beneficio de la institución. Me quedo un rato y ayudo a perforar calendarios. Como las quince páginas no entran juntas en la perforadora, separo el año en dos y me quedo con julio en la mano. Hago esta separación varias veces hasta que se me ocurre mirar el cuadro de ese mes: un paisaje de montañas que parece en Ushuaia, pintado por Elsa Zaparart.

Este.

Este.

Esa noche le mando un mensaje por Facebook a Marcos para avisarle que ya estoy en Buenos Aires. No nos conocemos, hace unos días pregunté en Facebook si alguien tenía un cargador Nikon en venta y él me dijo que tenía uno de más porque le habían robado la cámara. “Te lo regalo”. No lo puedo creer. Más tarde me llega el mensaje de Margarita, a quien tampoco conozco, que me cuenta que estuvo en Ushuaia con su novio en la misma fecha que yo. Nos cruzamos en la Casa de té sin saberlo. Esa tarde una amiga le pasó mi blog, Margarita me buscó en Instagram y vio que yo había posteado la foto de un dibujo en una servilleta. Ese dibujo lo había hecho su novio mientras tomaban el té. Margarita también es encuadernadora. Dos días después me reúno con Dan, creador del Club de viajeros La Boussole a quien conocí por otras casualidades antes de irme, para planear talleres y proyectos en conjunto. Le comento que estuve en Ushuaia, en el hotel Los Cauquenes, y me pregunta si la conozco a Dani Dini, que siempre suele ir a hacer prensa ahí. Son amigos. Reviso mis mails desde el teléfono y veo que el último post de Orsai habla acerca de esta incapacidad de mantener la atención que, al parecer, estamos sufriendo todos. Y no sigo porque esta telaraña no termina nunca.

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En una cena en lo de Mónica y Salvador, alguien dijo la palabra ecotono. Como nunca la había escuchado pregunté qué significaba. Es la zona de transición entre dos ecosistemas, una zona intermedia donde se mezclan y hacen un cambio gradual de uno a otro. “Desde el punto de vista sistémico, es en el ecotono donde se produce el mayor intercambio de energía”, dice Wikipedia. Por eso, estos limites suelen considerarse zonas de mayor riqueza e interés biológico. La energía fue un concepto muy presente durante mi paso por Ushuaia: las relaciones interpersonales como intercambios de energía. Hay algunas que demandan demasiado de un solo lado, otras que se retroalimentan, otras que se expanden juntas. Estoy aprendiendo a establecer relaciones circulares, a no permitir grandes gastos de energía. Y acá estoy, metida en un ecotono, luchando contra mis propios choques de fuerza, tratando de tenerme paciencia y transitando de a poco hacia un ecosistema distinto.

[box type=”star”]Si llegaste hasta acá, felicitaciones: tenés premios. Quiero compartir los enlaces a todas esas personas y libros que formaron parte de esta red y que me están acompañando, sin saberlo, en este cambio.

  • Mónica y Salvador son los dueños de las Cabañas del Martial y están por inaugurar el Bed&Breakfast en su casa. Más allá de que la casa es cómoda, lindísima y acogedora, ellos son excelentes anfitriones. Si van, mándenles saludos de mi parte. :)
  • Claudia y Nicolás son los creadores del blog Dale Viajá. Hicieron un viaje largo por Sudamérica y ahora están por irse a Asia.
  • Elsa Zaparart es de Buenos Aires, vivió en Ushuaia y dejó muchas de sus obras de arte naif por allá. La próxima hago la ruta Zaparart. ;)
  • En La Cabaña Casa de té aproveché para pensar y bocetar algunas de las ilustraciones de mi próximo libro (que las hará Vero Gatti). Gracias María por recibirme y convidarme cosas ricas.
  • Aniko Szabó es mi mamá y fue un eslabón importante en varios de estos eventos. Algunas de sus obras aparecen en las tarjetas de navidad y calendarios del Patronato de la Infancia, una de las instituciones de bien público más antiguas de Argentina.
  • Laura de la Tienda de Cuadernos me hizo los cuadernitos tan lindos que aparecen en la foto de este post.
  • Dani Dini es periodista especializada en viajes, gastronomía y lifestyle. Urban Hunter Project es su blog.
  • A Caro Chavate la conocí por internet cuando su artículo “Renuncié y no me he muerto de hambre” se hizo viral y alguien me lo pasó. Desde ese día charlamos a la distancia y hasta escribimos una serie juntas: #100ideas (yo en escribir.me, mi blog de escritura, y ella en su blog).
  • El mindfulness o la conciencia plena es algo que trato de practicar todos los días, aunque a veces me olvido o me cuesta. Una de mis maneras es escribiendo en journals. A Ushuaia me llevé [eafl id=”21101″ name=”Start where you are” text=”‘Start where you are'”], [eafl id=”21102″ name=”Letters to my future self” text=”‘Letters to my future self'”] y la edición especial de mindfulness de Flow magazine.
  • Estoy leyendo el libro [eafl id=”21103″ name=”Wild mind” text=”‘Wild mind'”] de Natalie Goldberg, autora que recomiendo a quienes les guste leer acerca del oficio de escribir.
  • Vi el documental “Finding Vivian Maier” en el avión y fue el antídoto perfecto contra el miedo a volar porque estuve boquiabierta durante toda la película. Cuenta cómo un chico descubrió que una niñera fue una de las fotógrafas callejeras más prolíficas de la historia pero nunca mostró sus fotos. También miré un capítulo de “Brain games”, una serie que investiga el cerebro y la percepción.
  • “La rana hervida en la olla” es el texto de Casciari (Orsai) que habla acerca de nuestro déficit de atención generalizado.
  • Si les interesa la astrología: “Saturno y la crisis de los 30” y esta nota que acabo de encontrar y veo que publicó Pauli Queija, compañera mía de facultad.
  • Cuando me enteré que en Buenos Aires existía un club de viajeros no lo podía creer. Se llama La Boussole (brújula en francés), está en Palermo, y próximamente estaré haciendo cosas con ellos!
  • Y por último, los invito a seguirme en Instagram. Es la red social que más me gusta y en la que quiero poner, de a poco, toda mi energía en esta nueva etapa.
  • PD: pueden leer el primer post de mi viaje a Ushuaia acá: Escape al principio del mundo.[/box]

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Escape al principio del mundo

En el colegio odiaba geografía. Me parecía la materia más aburrida de la historia, no lograba retener las diferencias entre un fiordo, una península, una bahía o un archipiélago. Cuando la maestra me pedía que describiera las características de la cuenca hidrográfica del Congo Belga o las particularidades de los ecosistemas de la cordillera pre andina me ponía roja y la mente me quedaba en blanco. En las pruebas escritas me iba más o menos, la memoria nunca fue mi fuerte. Una vez estábamos dando examen y quedábamos pocos en la clase, eran las doce del mediodía y la maestra se quería ir a almorzar, así que cuando vio que no me salía la capital de Perú, me sopló la respuesta: “Sprite mmmm Limón”. Nunca más me la olvidé. Y supongo que en alguna clase nos preguntó cuál era la ciudad más austral del mundo y todos respondimos a coro, estirando las sílabas en un cantito: U-shua-ia.

Banco para mirar el mundo

Banco para mirar el mundo, en Ushuaia

Vine a Ushuaia por primera vez hace doce años, con mi familia, y quedé impactada. Era verano pero en todas las fotos aparezco con rompevientos, polar y bufanda. Los días eran largos y a las once de la noche el cielo seguía claro. Nunca había visto algo así. Las casas eran bajas, algunas de colores, las calles subían hacia las montañas y bajaban hacia el puerto. Había cruceros gigantescos anclados y un cartel de arte naif que decía “Ushuaia, fin del mundo”. El aire era frío. Visitamos el presidio, navegamos por el canal de Beagle, vimos lobos marinos, pingüinos, cormoranes, un faro rojo y blanco. Tomamos chocolate caliente. Ushuaia me pareció un lugar simple.

Hace unos meses, cuando empecé a pensar en volver a Argentina, supe que una de las ciudades que quería visitar antes que otras era Ushuaia. De golpe muchas señales apuntaban a ella: mails de lectoras desde esa latitud, conocidos que se instalaron acá, invitaciones que quedaron en el aire, artículos que me tocó escribir acerca de Ushuaia, Islandia que me recordaba a ella. Cuando llegué a Buenos Aires me di cuenta de que necesitaría hacer una escapada pronto. Lo que me asusta de la ciudad no es la cantidad de edificios sino la velocidad con que nos movemos entre ellos. Cuando estoy en Buenos Aires camino más rápido y siempre estoy ocupada, hago veinte cosas a la vez, me quejo de los servicios y siento cómo la ciudad trabaja para volver a expulsarme de a poco. Al mes de estar acá supe que necesitaba irme unos días a un lugar donde el tiempo tuviese otra consistencia, donde los días fuesen más anchos, donde pudiese hacer una cosa a la vez y estar presente en cada tarea.

Y terminé en Ushuaia

Y terminé en Ushuaia

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Como si me hubiesen leído la mente, la invitación formal a Ushuaia me llega por mail unas semanas después de mi regreso: el Hotel Los Cauquenes me invita a festejar su décimo aniversario junto a otros blogueros y periodistas en el fin del mundo. Digo que sí y unos días después me subo al avión que sale de madrugada desde Aeroparque, nuestro aeropuerto de cabotaje. Mi miedo a volar y yo nos estiramos en tres asientos y dormimos durante las cuatro horas de vuelo, menos en el aterrizaje que se mueve bastante por el viento. En el fin del mundo hay turbulencia, me digo, y lo tomo como parte del camino.

Desde el avión, llegando.

Desde el avión, llegando.

Cuando estamos llegando miro las montañas desde arriba y una señora me pide que saque fotos desde mi ventana con su cámara. Aterrizar en un paisaje blanco tiene un efecto terapéutico, aunque uno sepa que la gente que vive ahí también tiene preocupaciones y problemas, como cualquiera, ya de por sí el ritmo de la naturaleza nevada es otro.

Primeras imágenes

Primera imagen desde el avión

Primera imagen desde la combi

Primera imagen desde la combi

Así nos recibe Ushuaia

Así nos recibe Ushuaia

Nos vamos al hotel. La ventana de mi cuarto en Los Cauquenes da al Beagle, un canal interoceánico que separa Argentina y Chile. Nos dan la tarde libre pero no duermo: giro el sillón paralelo a la ventana y me quedo leyendo y escribiendo. No hace falta que me lleven a ninguna parte, con esto ya soy feliz.

Desde la ventana veo esto

Desde la ventana veo esto

Y en la mesita me acompañan ellos (mi minimalismo se está yendo por la borda)

Y en la mesita me acompañan ellos (mi minimalismo se está yendo por la borda)

Al día siguiente empieza octubre y nos vamos al bosque. Miramos los líquenes de los árboles con lupa, una nena hace sapito con una piedra en el lago, veo una cabaña entre los árboles pelados y empiezo a viajar por los recuerdos. La primera vez que estuve frente al cartel de “Acá se termina la ruta 3” no pensaba en Tierra del Fuego como un punto de partida ni de llegada. Era solo una provincia que estaba al borde del mapa. Después conocí gente que viajaba de Alaska a Ushuaia, de Ushuaia a Alaska, de Tierra del Fuego a la Antártida, y pensé que el fin del mundo no tenía tanto de fin.

En el bosque

En el bosque

Árboles quebrados

Árboles quebrados

Líquenes

Líquenes

Usted está aquí

Usted está aquí

Ushuaia es la capital de Tierra del Fuego y fue fundada en 1884 por Augusto Lasserre, un marino de la Armada Argentina nacido en Montevideo. Es la única ciudad argentina ubicada en el lado occidental de los Andes. Como no hubo delineación de calles ni manzanas hasta 1894, el pueblo, en un principio de pocos cientos de habitantes, se convirtió en un conjunto de casas de colores. La palabra Ushuaia proviene del idioma yagán —una lengua más rica que el inglés— y significa bahía profunda o bahía al fondo. Los yaganes o yámanas fueron uno de los pueblos aborígenes de estas tierras. Eran nómadas de mar, se desplazaban en canoas y se dedicaban a la caza de mamíferos marinos, recolección de mariscos y pesca. Hoy queda una sola mujer yagán.

“Acá no hay anfibios, reptiles ni insectos —nos dice Flor, una fueguina que nos acompaña durante la excursión por el Parque Nacional Tierra del Fuego—, por eso cuando los nenes van a otras provincias les tienen miedo a los bichos”. Tampoco hay tormentas eléctricas y la descomposición es muy lenta, una hoja tarda dos años en desaparecer. “Tenemos bastantes turbales, que son como esponjas, reservorios de agua. Todo lo que cae ahí adentro se preserva. Los yámanas los usaban como heladeras para guardar carne”.

Frenamos diez minutos y nos sentamos en un banco a tomar un café con muffins frente al lago Acigami.

Frente al lago Acigami

Frente al lago Acigami

“El viento patagónico rige los ciclos de la vida”, nos dice Flor un rato después, mientras nos embarcamos para navegar el Beagle. Está un poco picado y cada vez que salgo de la cabina el aire helado me hace volver a entrar. Pasamos por islotes con cormoranes y nidos con forma de bizcochuelo. Frenamos en un muelle a almorzar y vemos las barandas llenas de mejillones. Le saco fotos a un caballo marrón, de lejos, y uno blanco se acerca para entrar en el cuadro. Me acuerdo de los caballos de pelo largo que se nos acercaron en una ruta de Islandia para que los acariciemos. Pienso mucho en Islandia estando acá. Seguimos navegando, vemos lobos de mar, pingüinos no porque todavía no es época, y pasamos por el faro rojo y blanco que muchos llaman, de manera errónea, el faro del fin del mundo. Se llama Les Eclaireurs (Los iluminadores) y es de origen francés, el del fin del mundo de Julio Verne está en la Isla de los Estados. “Que no haya ruta y vos hagas tu ruta es una sensación de libertad”, escucho que dice el capitán, un apasionado por la navegación.

Navegando el canal de Beagle

Navegando el canal de Beagle

El faro Les Eclaireurs

El faro Les Eclaireurs

De cerca

De cerca

Lobos marinos, cormoranes y gaviotas

Lobos marinos, cormoranes y gaviotas

Los mejillones todos juntos

Los mejillones todos juntos

Y los dos caballos que posan

Y los dos caballos que posan

A la tarde vemos la ciudad de frente, a lo lejos, y siento que algo cambió. La arquitectura es distinta, hay una mezcla de estilos, las casas ya no tienen la misma altura. No es la Ushuaia de mis recuerdos. Días después, muchos habitantes de Ushuaia me repetirían que sí, que la ciudad creció mucho y no se respetó su estilo, que muchas cosas cambiaron. Ahora estamos parados a pocos metros de la pista del Aeroclub de Ushuaia y una avioneta nos pasa por encima para aterrizar. “Esos son cauquenes”, dice Franco, un cordobés que vive en la ciudad hace cuatro años, mientras señala dos pájaros. Uno es blanco y otro es marrón, son pareja: los cauquenes son monógamos y si quedan viudos no vuelven a buscar compañero. A lo lejos veo un barco en tierra, pintado, y de fondo las montañas nevadísimas. Respiro. Estoy acá.

Cauquenes

Cauquenes

El barco pintado

El barco pintado

De fondo, la ciudad

De fondo, la ciudad

Cuando avanzamos por el puerto para ir al Presidio veo un colectivo pintado de rosa, con flores, estacionado cerca del agua. Son viajeros, seguro, y deben haber llegado o estarán por salir. Vuelvo a entrar al Presidio, después de doce años, y me vuelve a dar impresión. La colonización penal de Ushuaia empezó en 1896 cuando las cárceles de Buenos Aires, hacinadas, enviaron hombres y mujeres a cumplir su condena al punto más austral e inhóspito del país. La construcción del presidio —hoy museo— empezó en 1902 por los mismos presos y la cárcel funcionó hasta 1947, cuando fue cerrada por considerarla inhumana. Acá venían delincuentes comunes, presos políticos y criminales peligrosos, como el Petiso Orejudo. Todos se vestían a rayas y estaban obligados a trabajar en carpintería, herrería, imprenta, mecánica, zapatería, tala de árboles, obras públicas. Un tren los llevaba hasta lo que hoy es el Parque Nacional Tierra del Fuego para recolectar madera. En el presidio, que hoy está refaccionado, queda un pabellón original, el número uno, que fue dejado tal cual. Entro y siento un frío que me atraviesa todas las capas de ropa. El aire sigue recargado de energía. El silencio es demasiado fuerte.

Uno de los pabellones del presidio, restaurado.

Uno de los pabellones del presidio, restaurado.

El pabellón histórico, que fue dejado tal cual.

El pabellón histórico, que fue dejado tal cual.

Volvemos al hotel, nos recibe el aire calentito. En Ushuaia el clima rige la vida. En invierno nieva y los días son cortos, en verano oscurece casi a medianoche y la temperatura casi nunca supera los 15 grados. Como en Islandia, las condiciones meteorológicas son impredecibles y cambian a lo largo del día: la lluvia, la nieve y el sol pueden convivir en las mismas 24 horas. La gente de Ushuaia habla de “el norte” para referirse al resto del país y cuando se presenta dice hace cuántos años que vive acá: 37, 25, 4. Algunos me dicen que son más de acá que de allá. Son pocos los nativos, muchos vinieron a buscar trabajo, a cambiar de vida, a viajar y quedarse, a ahorrar e irse. Cada cual me cuenta su historia, su versión de la vida: “En el sur hay mucho trabajo”, “Acá lo que falta es arraigo”, “Ushuaia es como un gran country”, “Acá nos conocemos todos pero mucha gente no saluda”, “Aunque el invierno sea duro, no cambio esta ciudad por nada”. Todas las ventanas tienen paisajes que parecen fondos de pantalla. Miro para afuera y el aire tan puro me adormece, es mi karma por ser de la ciudad. A mí la naturaleza me da ganas de siesta.

Dos días después me despido del grupo y me quedo en Ushuaia por mi cuenta. Tengo muchos motivos para estar acá.

El jardín de invierno, dentro de Los Cauquenes

El jardín de invierno, dentro de Los Cauquenes

Supongo que hace como veinte años en alguna clase de geografía me habrán hablado de todo esto, de los yaganes, de los turbales, de los cauquenes, del canal de Beagle, del penal, de la ciudad más austral del mundo. Tal vez anoté todo en un cuaderno azul forrado con papel araña y unos semanas después me lo olvidé. No me importa. Yo las cosas me las acuerdo cuando las vivo. Me gusta ser capaz de agarrar un mapa y describir el paisaje que vi por la ventana en cada ruta. Me hace más feliz encontrar similitudes entre Islandia y Ushuaia, o entre Tierra del Fuego y Laponia, que saberme sus características de memoria. Cuando volaba para acá pensé que venía al fin del mundo. Ahora me doy cuenta de que no. Acá, si mirás para arriba, empieza todo.

[box border=”full”]Vine a Ushuaia invitada por el Hotel Los Cauquenes para festejar sus diez años, con el apoyo de LAN Argentina. Les agradezco mucho la amabilidad y calidez con la que nos recibieron. Mi ventana con vista al Beagle debe ser una de las más lindas que me tocó.

Y para quienes tengan pensado venir para acá, les dejo algo de info útil:

  • Mucha gente me recomendó el libro “El último confín de la tierra”, escrito por Esteban Lucas Bridges y publicado por primera vez en 1948. Lucas Bridges fue hijo de un misionero anglicano y “el tercer nativo blanco de Ushuaia”. Creció entre las tribus indígenas de la isla y fue testigo de su estilo de vida, que dejó por escrito en esta obra. El libro es una mezcla de crónicas de viaje, biografía familiar, historia y relato antropológico. Es uno de los libros más completos acerca de Tierra del Fuego.
  • El Parque Nacional Tierra del Fuego está a 10 kilómetros de Ushuaia por la Ruta 3. La entrada general cuesta AR$140 y AR$40 para residentes de Argentina (datos de octubre 2015).
  • La ciudad se puede recorrer a pie. Hay transporte público pero no tiene mucha frecuencia. Para grupos, lo mejor es alquilar un auto e ir a recorrer los alrededores. También es común viajar a dedo.
  • Ushuaia es un muy buen punto de partida para ir en crucero a la Antártida. [/box]

Hay más fotos de este y otros viajes en mi Instagram.

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