La mirada asiática I: Leer

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.[/box]

Ayer iba sentada en el colectivo 101, transporte público de Penang (sigo aquí esperando mi visa para la India de la cual no hay novedades) y decidí escribir en mi cuaderno.

Escribir a mano es para mí algo muy personal, es una de las formas más puras de hacer catarsis (así como dibujar o pintar), sin máquinas, teclados ni computadoras de por medio. Así que iba metida en mi burbujita escribiendo acerca de mis miedos, la distancia, la tristeza, las certezas. Cosas mías.

De repente me di cuenta de que mi vecino de asiento estaba leyendo mis palabras descaradamente: tenía la cabeza girada hacia mi cuaderno y creo que por poco me corría la mano para poder leer mejor. Frené la escritura, giré la cabeza hacia mi derecha y lo miré de la misma forma en que él estaba mirando mi cuaderno. Ni se inmutó. Estaba inmerso en la lectura de mi hoja.

Seguí escribiendo.

A los dos minutos miré hacia la izquierda y vi del otro lado del pasillo tres chicos hindú-malayos con sus cuerpos y cabezas giradas hacia mí, estirándose e intentando leer lo que escribía. Es más, hasta me pareció que uno estaba leyendo las palabras y traduciéndolas al tamil o hindi en voz alta para sus amigos.

Me intimidé.

Pero… ¿esta gente entiende el idioma? ¿Por qué de repente me siento más nerviosa que si un hispanohablante estuviese leyendo lo que escribo? Por la manera en que leían, parecían ser expertos en español. ¿Qué pensarán de mí? ¿Qué leerán en esas palabras de idioma extraño? ¿Entenderán algo?

Cerré el cuaderno. Y en vez de mirar el cuaderno, me empezaron a mirar a mí.

Debe ser una curiosidad universal, porque a mi también me pasa.

Cada vez que veo a alguien escribiendo, intento mirar en qué idioma lo hace. Pero por lo menos disimulo.

Del budismo silencioso de Laos a la Navidad frenética de Kuala Lumpur (en tan solo 50 horas)

Debo haber roto el récord de mayor cantidad de horas del día pasadas sobre algún tipo de transporte: de tres días, es decir de 72 horas, estuve 50 (sí, CINCUENTA) horas en movimiento.  

Algo que no recomiendo por más divertido que parezca ya que puede traer consecuencias de lo más ridículas y encuentros con personajes bizarros.

¿Por qué me sometí a esto?

En pocos días tomo mi vuelo a Indonesia desde Kuala Lumpur, así que de alguna manera tenía que teletransportarme desde Laos hasta Malasia, y como por aire es bastante caro decidí hacer todo el trayecto por tierra.

Y no me arrepiento.

La última ciudad que visité de Laos fue Pakse, lugar que no me gustó demasiado y que solamente recordaré por mi feliz reencuentro con Kate y Nicky, dos británicos con quienes hice La ruta de la muerte de Vietnam a Laos, y por mi reencuentro con la tan deliciosa comida hindú (me estoy poniendo en forma para mi futuro viaje…).

Nota al margen, esto de que la comida asiática sea tan rica me genera pensamientos como el siguiente:

— No me importa viajar ochenta horas con tal de volver a probar los platos malayos, la comida hindú, la comida de Chinatown en Kuala Lumpur, el cheese nan, el mango-lo…

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Últimas fotos de Pakse (Laos)

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Laos es uno de los países que más me gustó hasta ahora, como habrán notado por los posts anteriores, aunque Pakse fue la excepción.

Es una ciudad-pueblo muy turística ya que se usa como punto de salida hacia varios “atractivos turísticos” del sur del país y por ende (tristemente) el trato hacia el viajero es muy distinto al de los lugares no turísticos.

Otra vez el acoso de los taxistas, otra vez eso de subirte el precio porque te ven extranjero y piensan que sos millonario, otra vez el maltrato y la escasez de sonrisas.

Por suerte visité lugares como Muang Ngoi y Savannakhet que me quedan como lo mejor de mi paso por Laos, donde la gente local me saludó y me recibió con muchísima alegría gratuita.

***

Empecé mi odisea terrestre de Laos a Malasia el martes pasado después de almorzar.

Inauguré con un tuk-tuk a la terminal “VIP” (lo de VIP sigue siendo un misterio, pareciera que cuanto más “VIP” son los pasajeros, peor es el trato) de Pakse donde me acerqué al mostrador correspondiente para comprar el pasaje a Ubon (ciudad de Tailandia a unas tres horas) con cruce de frontera incluido.

— No more tickets for Ubon, me dijo un laosiano con abuso de autoridad.

Le dije que no me importaba, que viajaba parada pero que necesitaba irme ese día.

Me vendió el pasaje por el mismo precio pero para viajar parada y oh sorpresa, cuando me subí al colectivo era mentira que se habían agotado. Sospecho que este hombre quería guardar espacios para quienes compraban el pasaje por medio de las agencias de viaje (un 20 por ciento más caros).

Llegué a las terminal de Ubón, en Tailandia, a las 6 y media de la tarde y enseguida se me abalanzaron para ofrecerme pasajes a todos los rincones de Tailandia. Para ir a Bangkok querían cobrarme “440 baht” (USD 14), “560 baht” (18 USD), lo que se les ocurriera al verme la cara.

Me negué, como siempre, a pagar más de lo que corresponde por un viaje de 10 horas.

Uno de los vendedores me dijo en voz baja:

— You want cheap ticket? Ok, come, you pay directly to the driver.

Y así como quien no quiere la cosa le di los 10 dólares por lo bajo, me dio un papelito con una firma que ofició de ticket, le hizo una seña al conductor y subí de incógnito. Mientras esperaba hasta las 7.30 pm para que saliera mi bus comí uno de los mejores Pad Thai de mi vida preparado por un ladyboy tailandés (como se le dice a los travestis acá) en un puestito de la estación.

Precio: 20 baht (70 centavos de dólar).

Llegué a Bangkok a las 5 de la mañana, después de haber dormido bastante poco. Me tomé el transporte público a la estación de tren y tardé casi dos horas en llegar, ya que debo haber cruzado la ciudad entera en hora pico, pero para mí fue como hacer un city tour barato.

Me había olvidado del calor que hace en Bangkok (que al parecer no es solamente en abril sino todo el año).

Bajé del colectivo y oh la transpiración una vez más, como en los viejos tiempos.

El tren a Hat Yai, ciudad al sur de Tailandia (a 941 kilómetros de Bangkok) salía a la 1 del mediodía, así que salí a caminar un rato para hacer tiempo.

Me gusta pasear por una ciudad bien temprano y ver cómo se despierta, qué rutinas siguen sus habitantes. No me fui muy lejos, pero me crucé con muchísimos puestitos de comida en la calle (me atrevo a decir que si en Vietnam lo que más se ve en las veredas son las motos, en Tailandia lo que abunda son los puestos de comida al paso), gente desayunando en los mercados, hombres empujando carros con frutas, mujeres comprando la carne del día, gente leyendo el diario, personas preparando jugos de fruta y los tuk-tuk, como siempre, con su amistoso e irritante:

— Hey lady, tuk-tuk! Where you go?

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El tren salió a las 13.30 del miércoles, día dos de mi periplo.

¿Cómo puedo resumir esas 19 horas de viaje por las vías?

Miré el paisaje – escuché música – leí un libro – escuché más música – fui la persona más feliz del mundo cuando los asientos se convirtieron en camas (verdaderas camas horizontales con sábanas y almohadas) – dormí dormí dormí durante 12 horas sin importar si me pasaba de estación – miré el paisaje otra vez y por fin me bajé en Hat Yai a las 8 de la mañana.

De la estación de tren, tuk-tuk a la terminal de colectivos, pasaje a Kuala Lumpur sin escalas y otra vez a la ruta.

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Llegué, POR FIN, a Kuala Lumpur a las 7 de la tarde del día tres.

Me bajé del colectivo, no vi un mini escalón y caí de frente al piso, pero alcochonada por las mochilas, así que no fue nada. Hace mucho que no tenía algún tipo de torpeza como esa así que era hora. Me tomé el Rapid KL (el lujoso transporte público con aire acondicionado y televisión por 2 ringgits o 66 centavos de dólar) hasta Chinatown, pero me hice la viva y pensando que sabía perfectamente dónde estaba me bajé como tres paradas antes, en Little India (me equivoqué de comunidad).

Así que tuve que tomarme el subte hasta la estación correspondiente.

A esa altura mi agotamiento era indescriptible pero el día no había terminado.

Subiendo por la escalera mecánica escucho que alguien me dice:

— Hello! Where are you from? Lo que me faltaba, chamuyos en el subte. Miro y veo a un malayo estereotipo perfecto de hombre de negocios: pelo con gel, camisa adentro del pantalón, cinturón, zapatos náuticos.

—Argentina.

—Oh! Under Mexico.

Sí, bastante under Mexico, pero lo perdono porque la verdad es que antes de viajar a Asia no sé si podría haber ubicado Malasia en el mapa.

—No, no, South America.

—Oh… And you are studying in Malaysia?

Sí, por eso ando caminando con dos mochilas y aspecto de estudiante.

—No, I’m traveling around Asia for one year or more.

—What??? One year!

—Yeah…

—And which is your favorite country in Asia?

—I like all the countries… I really like Laos.

—LAOS??? (no lo puede creer) But what do you have in Laos? It’s so small!

—The people, the culture, the history…

—And how long did you stay there?

—About three weeks.

—Three weeks???!! (al pibe le sorprendía todo lo que le decía)

—Yes…

Caminó conmigo por la calle para “ayudarme a buscar el hostel”, pero tenía menos idea que yo de dónde estaba parado. Me preguntó cuántos años tenía y le respondí en indonesio (que es casi igual al malayo): dua puluh lima (veinticinco).

Se quedó mudo y me miró.

Why do you speak with an Indonesian accent???jaja! Nunca jamás pensé que alguien iba a decirme que hablo indonesio (o malayo) con acento indonesio. Finalmente lo fleté:

I can walk alone thank you! Y me dijo algo así como Don’t be scared of me.

No, no estoy scared, me da muchísima fiaca socializar en este momento de mi existencia en Kuala Lumpur, cuando no puedo poner en orden dos ideas por el sueño que tengo.

Después de una noche me recuperé y al día siguiente salí a caminar.

***

Kuala Lumpur sigue tan llena de vida y calurosa como la recordaba. Otra ciudad que amo.

Pero lo que más me sorprendió es el frenesí, la locura, el acelere con el que se prepara para festejar Navidad (en un país donde el 60 por ciento es musulmán, el resto es hindú, budista, confucionista y hay una pequeña comunidad católica).

Las calles están decoradas con luces blancas, los shoppings desbordan de árboles de navidad, gorros de Papá Noel, grupos de chicos cantando Villancicos, ofertas navideñas y gente comprando a lo loco.

Me siento dentro de Mi Pobre Angelito (Home Alone) o alguna película yanqui.

Y de repente, después del villancico número 20 (que no sé si fue Jingle Bell Rock o Joy to the world) me acordé que dentro de muy poco va a ser Navidad y es la primera vez que no voy a pasarlo con mi familia.

No sólo eso: voy a pasar las fiestas en el otro lado del mundo.

Y me puse un poco melancólica.

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Datos y consejos para viajar al Sudeste Asiático

[Última actualización: junio 2021]

En esta guía encontrarán recomendaciones útiles, datos y consejos aquellos que estén planeando viajar por el Sudeste Asiático (o para los que aún no se animan) y especialmente quienes quieran viajar mucho, conocer aún más y gastar lo menos posible (¡para poder seguir viajando!).

La guía está dividida en cuatro partes:

Parte I: Todo lo que querías saber antes de viajar al Sudeste Asiático (o la sección de preguntas Frecuentes), en donde podés encontrar muchas de las respuestas a preguntas que me han hecho en el blog y también en redes sociales.

Parte II: Visas que se requieren para viajar al Sudeste Asiático

Parte III: Presupuesto para viajar al Sudeste Asiático

Parte IV: Links y descuentos para tu viaje

 


Parte I: Información útil para planear tu viaje al Sudeste Asiático

Esta guía está basada en mis experiencias de viaje en Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, Filipinas, Laos, Camboya, Vietnam, China (sur), Hong Kong, Macau

 

¿Qué vacunas debo ponerme para viajar al Sudeste Asiático?

Con excepción de la fiebre amarilla, no es obligatorio vacunarse pero sí es recomendable. Lo mejor es consultar el departamento de Medicina del Viajero de cualquier hospital o bien ir a Stambulian/Vacunarse o similares para ver qué conviene en cada caso.

Al viajar, yo me puse las siguientes vacunas: Hepatitis A, Hepatitis B, Tétanos-Difteria, Fiebre Tifoidea, Fiebre Amarilla, Polio, Meningitis. No me di la de la Rabia, ni la del Cólera, ni la de Encefalitis Japonesa (que no se consigue en Argentina).

El tema de las vacunas es un tema sensible y muy personal así que mi recomendación es que consulten a su médico de confianza.

 

¿Te piden el certificado de vacunación al entrar en el Sudeste Asiático?

Me pidieron el certificado de vacunación solamente una vez en todo el viaje, en el aeropuerto de Bangkok para chequear que tuviera la vacuna de Fiebre Amarilla. Si bien no te lo piden si podés demostrar que no venís directamente de Argentina, personalmente recomiendo llevarlo siempre.

 

¿Qué guía de viaje me recomendás leer para viajar al Sudeste Asiático?

La más famosa es la [eafl id=”21160″ name=”Lonely Planet Southeast Asia” text=”Lonely Planet: Southeast Asia on a shoestring”]. Es útil para tener mapas, datos de hostels, teléfonos y direcciones útiles, precios, transportes, idiomas, etc. En el Sudeste Asiático se vende por todos lados y mucho más barata que en Argentina. Hay truchas, usadas, fotocopiadas, originales, viejas, viejísimas y actuales. Yo compré la mía en el aeropuerto de Bangkok. A veces la uso, a veces no tanto, pero siempre viene bien. Ah, eso sí, es un peso más en la mochila. Traten de no caer en lo que llaman el “Banana Pancake Trail“: un ruta informalmente creada por la Lonely Planet y que todos los fieles siguen cual camino hacia la verdad. Sálganse del circuito y busquen sus propias rutas si no quieren ver siempre a la misma gente ;)

 

¿Me conviene usar efectivo, tarjeta de crédito, tarjeta de débito o cheques del viajero?

Lo más cómodo es tener una reserva de efectivo en dólares (por las dudas) y el resto en una tarjeta de crédito o débito. Hay cajeros y bancos por todos lados, también abundan las casas de cambio, así que no es necesario cambiar todo el dinero de antemano. El país en el que más me costó conseguir un cajero electrónico fue en Laos, especialmente en el norte, ya que es muy rural.

Yo no traje cheques del viajero porque hay muchos lugares que no los aceptan o cobran comisión.

 

¿En qué medios de transporte me conviene moverme de un punto a otro?

Depende. Si vas con los días contados (por ejemplo 15 días de viaje), tal vez lo más efectivo sea moverte en avión, aunque al tiempo del vuelo tendrás que sumarle el tiempo de traslado y espera en los aeropuertos. Lo bueno es que en el Sudeste Asiático hay muchas aerolíneas low-cost que te permiten viajar rápido y barato de un punto a otro. Dicho esto, no todas las rutas están cubiertas de manera aérea, así que en varios casos vas a tener que ir por tierra sí o sí. Si estás viajando con tiempo (al menos un mes) o solo querés recorrer un país, te recomiendo viajar por tierra (en trenes o autobuses) o en barco/ferry (si existe la posibilidad). Ir por tierra te permite ver los cambios de paisaje, moverte a un ritmo más lento y disfrutar más el camino (sobre todo si, como a mí, no te gusta volar). Si querés saber cuánto te costaría ir de un punto a otro del Sudeste Asiático en bus, tren o ferry, te recomiendo usar Bookaway.com para comparar precios y hacer la reserva de manera online y con anticipación.

 

¿Es seguro viajar por el Sudeste Asiático?

El Sudeste Asiático me pareció muy seguro. Yo soy mujer, viajo sola, llevo una cámara réflex y una laptop y jamás tuve ningún tipo de problema (excepto cuando me robaron y me devolvieron todo, pero fue una situación extremadamente RARA). Siempre hay que ser precavidos, pero la conclusión que puedo darles después de viajar un año sola por el Sudeste Asiático es que esta parte del mundo es muy segura en cuanto a robos y violencia. Los problemas que se pueden encontrar son los desastres naturales como terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis… aunque yo tampoco me crucé con nada de eso. De todas maneras, un consejo que les dejo (¡para todos los viajes!) es llevar un pequeño candado que se puede usar para cerrar la mochila/valija o para trabar los lockers en los hostels y poder dejar en un lugar seguro las cosas importantes.

 

 ¿Hay buen acceso a internet en el Sudeste Asiático?

La conexión a internet es muy buena en capitales y grandes ciudades que están llenas de cibercafés y redes de wi-fi para acceder a internet.

En general cobran entre USD 0.30 a USD 2 la hora, dependiendo del país (precio 2010, este es un dato retro).

Los países más complicados para acceder a internet fueron Laos (no hay tantos lugares de acceso, hay muchos pueblos que desconocen la internet) y China. En China, la Gran Muralla de Fuego puesta por el gobierno no permite acceder a páginas como Facebook, Youtube, Blogger, WordPress, Twitter, entre muchas otras; tampoco hay tantos cibercafés ya que los que existen son “medio ilegales” según me dijeron y no tienen local a la calle sino que están ubicados en el interior de algún edificio, entonces son difíciles de encontrar.

 

¿Cómo es el clima?

A grandes rasgos, el Sudeste Asiático tiene clima tropical todo el año: la temperatura promedio es de 30°C, la humedad es muy alta y llueve bastante. Cada país (o región), sin embargo, tiene su propia época de lluvias y hay que tener en cuenta que a veces las lluvias son tan fuertes que es complicado viajar.

  • Malasia, Brunei, Singapur, Indonesia y las Filipinas tienen dos estaciones: la de lluvias y la seca. En general, en estos países la época de lluvias se extiende entre octubre y abril (invierno, temporada baja) y la época seca entre mayo y septiembre (verano, temporada alta). La época seca puede tener temperaturas un poco más altas (hasta 35°C) y la de lluvias más bajas (hasta 25°C)
  • En la Península de Indochina (norte de Tailandia, Laos, Camboya, Vietnam y Birmania) las temperaturas anuales oscilan entre los 20 y 40°C y hay cuatro estaciones o épocas diferenciadas (pero no como las que tenemos en Argentina): 1. calor (alrededor de abril, cuando la temperatura alcanza los 40°C); 2. lluvias (empiezan a partir de julio, pero no duran todo el día, son más que nada chaparrones en algún momento del día); 3.  seco y 4. seco y “fresco” (de noviembre a febrero, temporada alta)
  • En el Sudeste Asiático existen zonas de montaña con clima propio, generalmente más fresco que cerca del mar. Allí las temperaturas oscilan entre 15 y 25°C, por lo que es recomendable llevar algo de abrigo si se planea ir a estas regiones (como por ejemplo SaPa en Vietnam).

 

¿Tendré problemas con el idioma?

En Asia se hablan cientos de idiomas y como se imaginarán es imposible aprenderlos todos. Muchas veces me preguntan lo mismo: ¿Cómo hacías con el idioma? Según mi experiencia, con el inglés se van a arreglar bien.

Hay países como Malasia y Singapur donde el inglés es uno de los idiomas oficiales.

En todas las zonas turísticas de Asia (diría del mundo tal vez) se habla algo de inglés. En la península de Indochina (Laos, Camboya, Vietnam) también se habla un poco de francés.

Les recomiendo, igual, que se lleven un “Phrasebook” (librito con frases útiles en otros idiomas) y que intenten aprender aunque sea unas palabras del idioma local.

El lugar más difícil en cuanto al idioma es China, ya que no todos hablan inglés. Pueden leer este artículo que escribí en la web de Matador al respecto: How to travel around China without speaking the language

Las señas y las sonrisas son universales. 

Sin embargo, si querés aprender unas nociones del idioma antes de aventurarte, una de tus opciones sería la de realizar un curso del idioma en el extranjero. ¿Qué te va permitir tomar un curso de idioma en otro país? Cuando viajes, vas a poder conectar muchísimo más con la gente, vas a poder preguntar más y usar tu curiosidad para aprender todo acerca de otra cultura. Así, en lugar de gastar tu energía viajera en pensar “cómo se dice…” vas a invertirla en pasar tiempo con locales y aprendiendo cosas que quedarán para siempre en tu memoria.

 

¿Cuáles son los lugares imperdibles del Sudeste Asiático?

Recibo muchos mails de ustedes preguntándome acerca de “los lugares imperdibles” del Sudeste Asiático (lo que no hay que dejar de ver en un viaje corto) y la verdad es que me cuesta mucho responder, ya que depende mucho de los gustos de cada uno y de qué expectativas tienen para el viaje (¿qué quieren ver: playa, selva, montañas, templos, ciudades?).

Imaginen que después de estar un año y medio en Asia se me hace muy difícil elegir pocos destinos.

Además, yo puedo darles una respuesta general, basada en mis gustos, pero eso no quiere decir que sean los únicos lugares que valen la pena. Así que acá les dejo dos post que escribí con “Mis 10 lugares preferidos de Asia” como para que vayan viendo:

Mis 10 lugares en el Sudeste Asiático y China – parte I

Mis 10 lugares en el Sudeste Asiático y China – parte II

 

1¿Cuánto tiempo necesito para viajar al Sudeste Asiático?

Esta es una muy parecida a la pregunta anterior, y es muy personal: tiene que ver con el tiempo con el que cuentes para viajar, el tiempo que quieras estar en cada país teniendo tus intereses y sensaciones (a veces un país nos gusta más que otro, sin más razón que esa), cuanto margen tengas para moverte libremente entre los países del Sudeste Asiático… Para conocerlos, conocerlos, se necesita toda la vida ;)

 

¿Desde dónde salen los vuelos más baratos para viajar al Sudeste Asiático?

¡Depende de donde te encuentres! Más adelante hablo un poquito sobre los vuelos entre países, pero en este artículo ya escribí al respecto de cómo buscar vuelos baratos y el artículo te puede servir en este caso también

 

¿Tengo que demostrar pasaje de ida y vuelta para viajar a algún país del Sudeste?

Más adelante te cuento más específicamente sobre las visas. Las aerolíneas al embarcar te piden que puedas demostrar que te vas a ir del país al que viajás (¡cuestiones legales de las aerolíneas!). No tiene que ser un pasaje de regreso a tu país de origen, pero sí tenés que podés demostrar que te vas. ¿Cómo? Buscando un vuelo barato (¡el más barato!) a un país vecino, comprando un pasaje en bus o tren, demostrando que sacaste otra visa para visitar otro país…

 

¿Qué otros artículos puedo leer sobre los lugares que visitaste en tu viaje al Sudeste Asiático?

 

¿Escribiste un libro sobre tu viaje a Asia?

¡Sí! Un tercio de mi primer libro Días de viaje, está dedicado a mi viaje por Asia.

Ahí cuento cómo fue terminé en Bangkok, por qué me sentí una estrella de cine en Indonesia, cómo hice para viajar un mes por China sin hablar el idioma, cómo fue el roadtrip con los curas filipinos, qué hice con los naipes que empecé a encontrar en todas partes, entre otras cosas.

Si les interesa, pueden leer el prólogo y un capítulo online, y comprarlo en mi Tienda.

 


Parte II: Visas para viajar al Sudeste Asiático

La mayoría de los países del Sudeste Asiático requiere visa para entrar.

Algunas se pueden sacar en el aeropuerto o la frontera al llegar, y otras deben tramitarse antes en Argentina o en cualquier país del SEA (Sudeste Asiático).

Esta es la lista de países que visité hasta ahora (esta información sirve para argentinos. Para chequear la situación de otras nacionalidades entrar en este link.)

 

1) Países que no requieren visa

  • Tailandia: no piden visa, te dan mínimo 60 días de estadía.
  • Malasia: no piden visa, te dan mínimo 60 días de estadía.
  • Singapur: no piden visa, te dan mínimo 60 días de estadía.
  • Filipinas: no piden visa, “en teoría” te dan 21 días de estadía (a mí me dieron más) y tenés que pagar un impuesto de salida del país de 30 USD.
  • Hong Kong/Macau: no piden visa, te dan un mínimo de 30 días de estadía. OJO: chequear la situación de Macau ya que en varios sitios de internet dice que los argentinos requieren visa para entrar.

 

2) Países con visa on arrival (se saca en el momento de llegada al país):

  • Indonesia: podés sacar la visa de 30 días al llegar al país (USD 25) con posibilidad de extenderla una vez. También podés sacar la visa turística de 60 días en cualquier embajada o consulado de Indonesia antes de viajar (cuesta USD 50 y se puede extender hasta tres veces para quedarse un total de seis meses, pero se necesitan presentar más documentos y una carta de sponsoreo de un residente indonesio).
  • Camboya: podés sacar la visa de 30 días al llegar al país (20 USD), se puede extender una vez. ACTUALIZACIÓN 2021: el visado para Camboya ahora se puede pedir de manera online antes de viajar. Podés hacerlo a través de e-Visado.es, una agencia española de visados en la que también podés solicitar visas para otros países asiáticos.
  • Laos: se puede sacar la visa en todos los aeropuertos y en casi todas las fronteras terrestres. Es válida por un mes y cuesta USD 25 para argentinos.

 

3) Países que requieren sacar visa con antelación (a sacar en las respectivas embajadas en Argentina o en cualquier país del mundo):

  • China: piden visa anticipada. Se puede tramitar en Argentina o cualquier otro país de por acá. Es muy común sacarla en Hong Kong. Yo la saqué en Kuala Lumpur (Malasia) en tres días y me costó 50 USD por un mes.
  • Vietnam: hay que sacar la visa antes, yo la tramité en Phnom Penh (Camboya) por medio de un hostel (yo ni pisé la embajada) y estuvo lista en dos días hábiles. Cuesta alrededor de 35-50 dólares por un mes, según dónde la saques. A mí me costó 40.
  • India: hay que sacarla con anticipación en “cualquier embajada de la India del mundo”, para argentinos es gratis. En Buenos Aires, el trámite se realiza en un día, pero en el SEA lleva por lo menos seis días hábiles según el país donde se aplique. OJO: ya no se puede adquirir en Malasia ni en Singapur siendo turista extranjero (es necesario ser residente).

 


Parte III: ¿Qué presupuesto necesito para viajar al Sudeste Asiático?

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Todas las cifras que aparecen en mi blog son reales ya que son los precios que pagué por comida/alojamiento/transporte/etc, en cada país o ciudad durante mi viaje en el 2010. (Puede que algunos precios estén desactualizados… o no.)

Yo viajo con un presupuesto de mochilera low-cost, lo que significa que gasto lo menos posible en alojamiento, me alimento siempre en los mercados callejeros o puestos de comida locales, muchas veces me alojo en casas de familia, siempre compro los pasajes de bus directamente en la terminal (no compro los pasajes que ofrecen las guesthouses), no hago demasiados tours y voy de un lado a otro a pie o en transporte público.

Mi objetivo es gastar lo menos posible para poder seguir viajando, y esto es algo que implica un esfuerzo extra ya que me tomo el tiempo de buscar precios en guesthouses, o camino hasta la estación para comprar allí mis pasajes en bus, etc. o incluso hago todas las combinaciones posibles de transporte público para llegar a destino pagando el precio más bajo.

Entonces si les interesa viajar con más comodidad no se guíen por estos precios, aunque les pueden servir para tener en mente un aproximado.[/box]

 

Algunas aclaraciones:

  • No es fácil darles un presupuesto porque todo depende de cuánto tiempo quieran viajar, a qué ritmo y de qué manera.
  • Lo mejor es calcular los gastos aproximados por día y en dólares (o euros).
  • Las cifras que doy son promedios ya que los precios varían de un país a otro y de una ciudad a otra.
  • En este presupuesto no está incluido el costo del pasaje desde Argentina (o cualquier lugar del mundo) a Asia.
  • En algunos países como Indonesia se puede vivir con 15 dólares diarios, otros como Malasia, Hong Kong o Singapur son un poco más caros. Pero, a muy grandes rasgos (todo depende del país que se visite) y sin contar pasajes de avión, pueden viajar bien (como mochileros y sin lujos) gastando entre 15 y 40 dólares por día.

 

1) Alojamiento

Los Hostels y Guesthouses son las opciones más baratas en cuanto alojamiento:

  • Dormitorio compartido en un hostel (“dorm”): de 2 a 10 dólares por noche por persona (cada dormitorio se comparte con 4 – 12 personas; se paga por cama, no por habitación)
  • Habitación privada simple/doble en un hostel: de 4 a 20 dólares por noche
  • Habitación privada simple en un guesthouse: a partir de 5 dólares (a veces con baño propio y a veces con baño compartido. Estas habitaciones “simples” generalmente tienen dos camas, por lo que viajar de a dos a veces significa que tendremos un menor presupuesto que viajando solos)
  • Habitación privada simple en un hotel 2 estrellas: a partir de 10 dólares (hay ciertas ciudades de China donde no existen los hostels ni guesthouses, por lo que la mejor opción es recurrir a los hoteles dos estrellas)

Los hostels generalmente incluyen varios servicios como wi-fi, pileta de natación, mini cine con DVDs, información turística, alquiler de bicicletas, servicio de pick-up desde el aeropuerto o estación de tren/bus (si el hostel se reserva de antemano por internet, el servicio de pick up en general es gratis). También ofrecen servicio de lavandería y desayuno que se paga aparte.

Las guesthouses son más básicas que los hostels y en general solamente ofrecen alojamiento, sin servicios extra.

Los alojamientos más caros son los de las grandes ciudades o capitales. Las ciudades más caras en cuanto a alojamiento son Kuala Lumpur (una cama en un hostel cuesta como mínimo 10 dólares), Singapur (a partir de 15 dólares), Hong Kong (a partir de 15 dólares por persona en Chungking Mansion) y Macau.

Otra opción es sumarse a alguna de las comunidades globales de hospitalidad como Couchsurfing o Hospitality Club para alojarse gratuitamente en casas de familia.

 

2) Alimentación

La comida en el sudeste asiático es muy barata y está por todos lados: el deporte nacional en este lado del mundo es comer.

  • En los mercados pueden conseguir snacks y frutas desde 50 centavos de dólar
  • Pueden almorzar y cenar en los puestos callejeros por 1-2 dólares y en los restaurantes locales por 2-4 dólares.
  • Lo más caro siempre son los restaurantes turísticos o los locales de comida en áreas turísticas: allí de base siempre pagarán 3 dólares.
  • Estos precios corresponden a los platos de comida típicos de cada lugar y no a la comida occidental (hamburguesas, pizza, spaghetti, asado) que venden por todos lados a precios turísticos.
  • Hong Kong y Macau son los dos lugares más caros en cuanto a comida, allí un plato de noodles empieza en 3 dólares y la comida más elaborada, de 5 dólares para arriba.

Aquí te dejo algunos artículos que escribí con mis experiencias probando comida asiática: en Indonesia, Tailandia, Malasia y China.

 

3) Transporte

  • Dentro del país
    Por tierra, hay que calcular entre 1 – 2 dólares por cada hora de viaje en bus (es decir que un viaje de 10 horas debería costar unos 10 dólares) y aproximadamente 2 dólares la hora de viaje en tren.
    En Tailandia te venden el combo de pasajes (colectivo-barco-tuktuk-barco-colectivo) que siempre resulta un poco más caro.
    Lo más económico siempre será ir directo a la terminal terrestre y sacar un pasaje en la ventanilla para el próximo colectivo que salga.
    También existe la opción de comprar un pasaje “VIP” en el hostel o guesthouse con servicio de “pick-up” hasta la terminal, pero muchas veces cuesta el doble que el pasaje comprado sin intermediarios en la terminal ya que estos hostels ofician como agencias de viaje y cobran una comisión.
    También existe la opción de
    viajar en tren, especialmente en Tailandia, Vietnam, Malasia y partes de Indonesia; es un poco más caro pero mucho más rápido, cómodo y seguro.
    Por otro lado muchos viajeros alquilan bicicletas o motos para hacer pequeñas distancias y recorrer más a fondo cada lugar al que llegan. El precio aproximado de alquiler de bicis desde USD 1 por día y motos desde USD 5 por día.
  • Entre países
    En el Sudeste Asiático hay varias aerolíneas low cost que te permiten viajar de una ciudad o país a otro por mucho menos de USD 100 el pasaje.
    Si sacas tu vuelo con mucha anticipación, los precios serán mucho más bajos (¡y siempre hay ofertas con precios super baratos, así que atentos!).
    En este artículo podés leer más acerca de
    cómo comprar un vuelo barato por internet (toda una ciencia, aunque no lo parezca).
    Para quienes no necesiten volar, las fronteras se pueden cruzar por tierra en colectivo, en tren o en barco (según el país).

 

4) Tours, excursiones, entradas, etc.

Siempre suman al presupuesto y acá no puedo dar datos exactos porque hay demasiadas variables. Pero un tour de un día cuesta entre 1o y 35 dólares (en las agencias de viajes orientadas a mochileros) y las entradas a museos de un dólar en adelante (a veces menos).

 


Parte IV: Links y descuentos para que disfrutes de tu viaje

El barco pirata barrilete.

Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor intentá reservar alguno de los siguientes servicios (vuelos / hoteles / Airbnb) a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como esta. ¡Gracias!

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Viajando en una foto: Olvidada en la escalera

Mi viaje empezaba a ir sobre ruedas.

Estaba en Penang, una de las ciudades más importantes de Malasia, con Journey (para quienes vienen siguiendo mis historias, personaje ya conocido a esta altura), una chica de China que conocí en Tailandia de casualidad y con quien viajaría por varias ciudades más adelante.

Además me había animado a hacer Couchsurfing por primera vez: estaba viviendo en la casa de Chin Chin, una mujer china-malaya muy hospitalaria.

Un domingo, Chin Chin me hizo levantarme a las 5 de la mañana para ver cómo se despertaba la ciudad de Penang; así que salimos en su auto, ella, Journey y yo y nos fuimos de paseo.

La primera parada fue en uno de los parques de la isla, una especie de Rosedal porteño donde la gente estaba haciendo deporte desde temprano y practicando tai-chi.

Me sorprendí al ver la cantidad de facilidades gratuitas que ofrecía el parque: pileta de natación, aparatos para hacer gimnasia, paz y silencio.

Más tarde fuimos al mercado chino para tomar el desayuno, probar frutas y comprar varios snacks, y por último fuimos a conocer Kek Lok Si, el templo budista más grande de Malasia, construido en un monte.

Chin Chin nos dejó en la puerta y prometió pasar a buscarnos más tarde.

Journey fue al baño y yo me quedé esperándola al lado del negocio de souvenirs.

Me senté y la vi ahí, olvidada en la escalera, con una pose sumamente fotogénica y una luz tenue muy tentadora.

La tarjetita del Buda me estaba rogando que le sacara una foto.

Le saqué varias, desde varios ángulos, hasta que conseguí la que más me gustó.

Ni la toqué; era obvio que alguien la había dejado abandonada u olvidada ahí, aunque desconozco con qué fin.

No sé qué habrá sido de su vida, tal vez la tiraron a la basura, tal vez alguien la tiene ahora en su billetera, tal vez su dueño volvió desesperado a buscarla.

Sea lo que sea, mi blog se la apropió y se convirtió en uno de los íconos de Viajando por ahí.

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De Melaka a Singapur, del pueblito colonial a la ciudad supersónica

Menos mal que no le hago caso a las opiniones de la gente y sigo mi instinto, si hubiese creído a quien me aseguró que “en Melaka no hay nada para ver” me hubiese perdido de conocer una de las ciudades más interesantes de Malasia.

Si alguien me dijera que en realidad Melaka es el set de filmación de una película colonial-romántica, lo creo sin dudarlo.

Tiene un aura similar al de Colonia del Sacramento (Uruguay), de casitas bajas y antiguas, colores y luces suaves, ruinas y pedazos de historia desparramados por toda la ciudad.

De día los visitantes caminan por las placitas, iglesias, ruinas y templos; los locales cruzan los puentes en bicicleta y comen en los mercados; las mujeres chinas caminan bajo el sol protegidas bajo sus sombrillas; niños musulmanes salen del colegio y corren a comprar comida a un vendedor callejero mientras esperan el colectivo que los llevará de vuelta a su casa; los conductores de los rickshaws (transporte típico de esta ciudad: carritos-bicicleta decorados con flores) dan vueltas en busca de turistas y hacen sonar música en sus radios.

La religión está muy presente, como en toda Malasia: los católicos se reúnen en las iglesias para escuchar el sermón y cantan canciones, los musulmanes esperan el canto de la mezquita para arrodillarse a rezar mirando hacia La Meca, los taoístas prenden incienso en sus templos y dejan ofrendas de frutas y flores, los hindúes ofrecen comida y veneran a alguno de sus dioses en uno de sus tantos templos.

Mientras tanto, los extranjeros se reúnen en la fuente de la plaza principal y se sacan fotos grupales.

De noche, cuando los autos dejan de circular, las callecitas de tierra se vuelven desiertas, muchas casas cierran sus puertas y apagan todas las luces, las mesas ocupan las veredas, los restaurantes y templos prenden luces y faroles, las flores de los rickshaws se iluminan.

En algún restaurante chino, un hombre canta a karaoke un tema de Bryan Adams; al lado del río, una banda de música portuguesa-malaya ensaya su show y toca para quienes quieran sentarse a escucharlos; cerca del shopping, un festival de música metal atrae a los más jóvenes.

Y de día todo vuelve a empezar, aunque con un detalle que derrite todo tipo de clima poético: el terrible calor que aumenta a medida que me acerco al Ecuador.

No me imaginé que podía existir más humedad que en Kuala Lumpur.

Pero si uno intenta olvidarse de la transpiración y meterse en la Historia, con sólo caminar (porque Melaka es una ciudad para caminar), se pueden descubrir todas las influencias que fueron dando personalidad a este pequeño lugar al sur de Malasia.

Melaka (o Malacca) fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en su territorio se resumen siglos: fue la capital del Sultanato de Melaka y el centro más importante de los malays durante los siglos 15 y 16, luego fue colonizada por los portugueses, los holandeses y los británicos y recibió gran influencia china también.

Y lo más interesante es que esta historia es totalmente palpable: aún quedan fortificaciones portuguesas, cementerios holandeses, construcciones musulmanas, templos chinos.

Y también se ve perfectamente la mezcla de culturas que caracteriza tanto a Malasia: hay mezquitas con arquitectura china, comida portuguesa-malaya, restaurantes hindú-malayos, iglesias católicas (primera vez que veo en Malasia), iglesia metodista-tamil, templos chinos taoístas.

Melaka es mi última ciudad de Malasia, país en el que estuve unas tres semanas y al que volveré algún día.

Me da nostalgia irme y dejar atrás a todos los amigos que conocí, pero tengo que seguir viaje. 

Tan sólo cuatro horas después, llego a Singapur.

WOW.

Por si no sabían, Singapur es una ciudad-estado independiente de Malasia (a pesar de que están separados únicamente por un puente) y uno de los países más pequeños y avanzados de Asia.

El cambio es rotundo: siento que entré al país de los Supersónicos.

El edificio de inmigración parece un aeropuerto europeo, todo el equipaje pasa por rayos equis, la policía me dice que no puedo estar parada al lado de la oficina de inmigración, tengo que seguir caminando, tampoco se puede escupir ni sacar fotos o filmar. Las calles son limpias, bien iluminadas, es viernes a la noche y todos están afuera. La mayoría de los habitantes que conforman Singapur son chinos, aunque sigue existiendo la minoría de malays e hindúes al igual que en Malasia.

Tengo que tomar el MRT (subte) hasta la casa de Kuni, el japonés que me alojará en esta ciudad.

Kuni es couchsurfer, viajó a más de cien países y esta es su manera de retribuir a todas las personas que lo recibieron cuando viajaba. Ya alojó a más de 450 personas en su departamento, a veces hasta cuatro o cinco por noche (!). Tomar el subte es toda una hazaña, por lo organizado, digo.

Finalmente llego, después de hacer varias combinaciones y de pelearme con la máquina que emite los “subtepass”.

Esta es la Asia avanzada que todos imaginamos.

Más detalles, próximamente.

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Frutillas fotogénicas en Cameron Highlands

¿Qué es esto? ¿Cómo fue que pasé de estar rodeada de edificios a estar rodeada de frutillas?

Pista: no estoy en un parque temático frutal al estilo Disneiuor.

Todo empezó cuando decidí (o mejor dicho decreté) que necesitaba huir por unos días del calor (ohh el calor), la humedad y la gran cantidad de actividades y distracciones de Kuala Lumpur. Las capitales siempre me fascinan (será porque soy de una gran ciudad), pero en Kuala Lumpur me era imposible concentrarme y dedicarme a escribir: todos los días había una comida desconocida que probar, un lugar distinto que visitar, una persona nueva que conocer.

Así que decidí pasar de un extremo a otro y me vine a un pueblito recluido en medio de las montañas. Pasé de los 37 grados de temperatura a los 20 grados de “frío” de Cameron Highlands, cambié el ruido de autos por el sonido de la naturaleza, vine en busca de paz y terminé rodeada de… frutillas.

Cameron Highlands queda a cuatro horas de Kuala Lumpur (o cinco y media, si hacen como yo y sacan el pasaje más barato pensando que son re vivos y descubren que se trata de un colectivo que a mitad de camino se transforma en transporte público y para cada cinco minutos a levantar gente en cada pueblo).

Esta zona montañosa de Malasia está conformada por varios pueblitos: el más popular es Tanah Rata, de aproximadamente tres cuadras de largo. ¿Cómo sé que es el más popular? Porque hay un Starbucks en pleno “centro” (no creo que el Sr. Starbucks apueste a un lugar no turístico)… en fin.

Viajé con mi amiga Belinda (local) y su compañera de universidad, Senna, una chica de Finlandia.

Mientras Belinda temblaba de frío con los 20 grados de este lugar, Senna se sentía como en pleno verano finlandés.

Para mí el clima acá es ideal, tan lindo que me gustaría que todo el Sudeste Asiático fuera así.

Apenas llegamos se largó a llover (típico de lugar montañoso), nos bajamos del colectivo y en la terminal un señor nos ofreció un hostel interesante: cuarto privado con baño propio, 60 RM (19 dólares) por las tres. Y la oferta matadora: él nos llevaría hasta ahí en una minivan. Así que nos subimos y una cuadra y media después nos bajamos en la puerta. Volvimos a preguntar el precio y el dueño nos dijo 50 RM por las tres mientras el conductor de la combi puso cara de culpable.

JA!

¿Qué se puede hacer en Cameron Highlands?

  • Podés hacer un tour de un día y visitar las plantaciones de té, los campos de mariposas, la flor más grande del mundo, los cultivos de frutillas, los asentamientos indígenas
  • Podés hacer trekking por la selva, visitar varios tipos de bosques, ver el amanecer y el atardecer desde una montaña, encontrar distintos tipos de árboles y aves…
  • O podés no hacer nada de esto y pasarte las horas caminando por ahí y sacándole fotos a las frutillas.

El tema es así.

Hay ciertos lugares que son conocidos por “algo”: el volcán más furioso, la montaña más verde, las cataratas más prolijas, la comida más engordante, los festivales más bizarros, la música más tranquilizadora.

Y hay lugares como Cameron Highlands que son famosos por sus frutillas.

O por lo menos yo siempre recordaré este rincón de Malasia no por sus campos cultivados de frutillas de calidad, sino por su merchandising ingenioso y abrumador.

La consigna es: encontremos aquello que nos represente como lugar y llevémoslo al extremo.

Entonces si uno viene como visitante a este valle y camina por los mercados o calles principales de cualquiera de los pueblitos que lo conforman, se encontrará con: relojes con forma de frutilla, llaveros con forma de frutilla, almohadones con forma de frutilla, aritos con forma de frutilla, bolsos con estampado de frutilla, ojotas con detalles de frutilla, gorros con dibujos de frutillas, toallones con motivos de frutilla, pantuflas con peluche de frutilla.

Y tampoco sería raro que le ofrezcan: té de frutilla, licuado de frutilla, helado de frutilla, torta de frutilla, ensalada de frutilla, mousse de frutilla, frutillas secas, chocolate con frutilla, frutillas con crema, frutillas.

¿Qué puedo decir?

Mis días en Tanah Rata fueron muy relajantes… Cuando Belinda y Senna se fueron, llegó Journey, mi amiga china.

Por suerte somos bastante parecidas en cuanto a actividades que nos gusta o no hacer, y como ella tampoco tenía ganas de sumarse a ningún tour (y gastar 30 dólares), diseñamos nuestro propio trekking: caminamos de mercado en mercado y de restaurante en restaurante.

La pregunta más recurrente de estos días fue: ¿adónde vamos a comer?

Así que desayunamos un cheese naan (algo así como un panqueque con queso) y un masala tea (té indio de especias) en el local de comida india, almorzamos Fried Kuay Teow (fideos chatos fritos con pollo y verdura) en el lugar de comida china, tomamos café en un barcito, cenamos una sopa y más comida china, y así sucesivamente. Por suerte este sector de Malasia es barato: una cama en un dormitorio compartido, 3 dólares, un almuerzo abundante, 2-4 dólares, una remera que dice I love Cameron Highlands, 1.50 dólares. Kuala Lumpur es un poco más caro: una cama en un hostel, 8 dólares, un almuerzo, 3-6 dólares, una remera que dice I love KL, 5 dólares.

A pesar de que puedo quedarme hasta tres meses en Malasia, estos son mis últimos días ya que tengo que seguir camino.

Mi próxima parada será Melaka, ciudad colonial de Malasia, y después de eso, Singapur, uno de los países más avanzados del Sudeste Asiático.

Y después, Indonesia, y después, Filipinas, y después y después y después.

Mejor disfruto que todavía estoy acá y me tomo un té de frutilla mientras miro cómo llueve en este pueblito en plena montaña en algún lugar del mundo.

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte II

6. AIR-CON

Siento que soy la única que sufre realmente los cambios drásticos de temperatura que hay en esta ciudad.

Apenas salgo a la calle, el calor húmedo y sofocante me pega en la cara y en ese momento pienso dos veces si de verdad quiero salir de mi hostel a caminar o no.

Estoy en Asia, no puedo no salir a conocer.

Así que pongo un pie en la vereda y ya perdí como tres litros de transpiración.

Hola malayos, ¿me explican cómo hacen para no sufrir este calor de perros? ¿Por qué están siempre tan impecables y me hacen quedar tan desastrosa en comparación? Al rato, después de unos minutos de caminata, entro a un lugar cualquiera, tal vez un shopping, tal vez un 7-Eleven, tal vez un restaurante y bum: frío polar. Y los peores son los colectivos de corta y larga distancia: tengo que vestirme como para ir a la montaña. ¿Soy la única que se está congelando en este lugar? ¿Cómo hace, señor, para no sentir frío estando en camisa y short, cuando la temperatura no supera los 10 grados? ¿Por qué nadie pide amablemente que apaguen el aire acondicionado?

¿Por qué te crees que salimos con campera a todos lados? me dice una amiga malaya.

Jamás pediremos que bajen el aire, simplemente aceptamos el estado de las cosas y sabemos que cuando vamos a tomar un colectivo de larga distancia, tenemos que llevar guantes y bufanda, me explica otro local.

Yo creo que en el fondo hay cierto deseo de hacer de cuenta que en algunos metros cuadrados de Kuala Lumpur, el invierno existe.

7. MAPA

Una estadounidense me lo advirtió en Penang: el mapa de Kuala Lumpur es extremadamente engañoso, uno cree que puede unir dos puntos de la ciudad mediante una caminata siguiendo una simple línea recta, pero no señor, en medio de esa línea aparecerán calles que no figuran en el mapa ni de casualidad y que harán que uno se desvíe y termine en cualquier otro lugar.

Y si decidimos tomarnos u taxi o colectivo, peor aún: estaremos por lo menos media hora atascados en el tráfico.

Así que esta es una de las grandes decisiones que hay que tomar al enfrentarse a esta ciudad: si camino voy a llegar a destino más rápido pero probablemente me pierda varias veces, y si tomo un transporte, llegaré seguro, pero mucho después de lo previsto.

Por suerte tengo la ayuda de mis amigos locales que siempre saben cómo llegar: ellos jamás usan el mapa, les parece muy confuso, así que simplemente buscan algún edificio con la mirada, lo toman como referencia, y caminan hacia esa dirección.

8. MASJID (mezquitas)

Cuando viajé por América latina, los dos elementos que aparecían en todas las ciudades eran los museos y las iglesias.

Visité tantos que llegó un momento en el que solamente dediqué mi tiempo a aquellos que fueran distintos o especiales porque, seamos sinceros, en algún punto se vuelve un poco tedioso o aburrido mirar siempre las mismas construcciones.

Acá, en cambio, para mí todo es nuevo, y cada vez que veo un templo chino o hindú o alguna mezquita, entro sin pensarlo. Para la gente local, los templos son lo más aburrido del mundo, para mí, son fascinantes. Esos colores, ese mármol, ese estilo, esos detalles…

Entré por primera vez a una mezquita en Penang y realmente me sorprendió: son lugares que transmiten mucha paz, además de ser arquitectónicamente impresionantes. En todas las mezquitas hay un guardarropas con túnicas para que las mujeres extranjeras o no musulmanas se tapen y sólo muestren las manos, los pies y la cara. Al entrar, siempre hay algún voluntario dispuesto a recibir a los visitantes y explicarles acerca de su religión.

Me parece muy interesante poder aprender de primera mano acerca de esta religión de la que se habla tanto.

Un dato que aprendí en Malasia: acá, todos los malays (no los chinos-malayos ni los hindú-malayos, sino los que acá se denominan malays a diferencia de los malaysians que son todos los habitantes del país) son musulmanes por ley. Las mujeres eligen si quieren cubrirse o no, hay algunas que no lo hacen, y tienen prohibido taparse toda la cara, solamente se cubren el pelo. Las mujeres que se ven en la ciudad vestidas totalmente de negro y que solamente dejan ver los ojos y las manos son de otros países como Arabia Saudita.

9. EXPATS

Incluso tienen una revista propia, acá los expats (extranjeros que decidieron instalarse en Malasia) son una gran comunidad.

En Penang, por ejemplo, conocí a un grupo de profesores de China y Gran Bretaña que viven en la isla y enseñan materias en inglés, ya que en los colegios de Malasia hay ciertas materias que deben ser dictadas obligatoriamente en inglés, como Math o Science.

¿Por qué eligen venir acá? Tipi, una chica china de 25 años, me lo resumió de manera muy simple: Acá gano más de lo que ganaría en China haciendo el mismo trabajo. Juan, un neoyorquino hijo de portorriqueños, me contó que está viviendo hace cuatro meses en KL porque quiere triunfar como DJ de salsa, pero todavía no tuvo mucho éxito. Chris, un alemán, está en KL porque la empresa en la que trabaja (Google, no sé si la ubican) lo transfirió a la central de Malasia.

Algunos se sienten atraídos por la cultura, la comida y la gente de Malasia, otros vienen por un tema de sueldo o experiencia, pero lo cierto es que es muy fácil sentirse cómodo en este país: el lenguaje no es una barrera, la gente es muy cálida y curiosa y la comida es excelente y muy barata.

10. DIFERENCIAS

Me costó entrar en clima en KL. Los primeros días me sentí un poco perdida en la gran ciudad y pensé en volver lo antes posible a Penang.

Pero no, tengo que seguir avanzando.

Y ahora, claro, no quiero dejar KL.

Es una ciudad de grandes contrastes: edificios altísimos e imponentes, baches en las calles, gran cantidad de opciones de transporte público, embotellamientos y veredas casi inexistentes, comida de primer nivel, cuervos y ratas en las calles.

Pero lo mejor, como siempre, es la gente. Es lo que hace que un país, pueblo o ciudad sea lo que es.

¿Te molesta que acá todos te miren fijo? me pregunta una amiga local.

Para nada, le respondo.

Es que para nosotros sos muy exótica, y además sos la primera argentina que conozco, al igual que muchos.

Es curioso: para nosotros los asiáticos son raros, distintos, desconocidos, y para ellos nosotros, “White western people”, somos raros, distintos, desconocidos.

Y apenas nos ponemos a charlar nos damos cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte I

1. TRÁFICO (a.k.a. traffic jam)

He aquí mi primer grato encuentro con Kuala Lumpur.

Son las 12.30, estoy viajando tranquilamente en el colectivo desde la apacible isla de Penang hacia la ciudad capital del país.

A qué hora llegaremos, le pregunto al conductor.

A las 5 pm, me asegura.

Qué bien, qué puntualidad, pienso.

De repente, son las 6.30 pm y el colectivo avanza a dos por hora bajo la lluvia y cada vez que le pregunto al pasajero de adelante cuánto falta, mira su reloj, hace algunos cálculos mentales y promete: 15 minutos.

Creo que tardé más tiempo en llegar desde la entrada de KL a la terminal, que desde Penang hasta KL.

Así es: bienvenidos a Kuala Lumpur, ciudad donde, tarde o temprano, todos seremos víctimas del tráfico. Los malayos mismos lo dicen: hay dos maneras de calcular el tiempo de viaje en KL, “con traffic jam” y “sin traffic jam”. Y estos atascamientos de autos, colectivos, motos y taxis son tan comunes y están tan aceptados como algo normal dentro de la rutina diaria, que nadie se molesta en tocar bocina ni quejarse en voz alta y todos salen de sus casas por lo menos 40 minutos o una hora antes de lo previsto para llegar a tiempo.

Es así, si vas a salir con ruedas, bancate el embotellamiento.

Juro que un colectivo que me tomé estuvo parado en un ¿semáforo? durante 15 minutos y nadie dijo nada, todos siguieron mirando televisión tranquilamente (hay tv en el transporte público).

2. PROHIBIDO

Malasia es un país musulmán y como tal tiene varias restricciones… algunas bastante cómicas.

Enamorados, cuidado: nada de besarse ni demostrar cariño en público. Masca-chicles, ojo: está prohibido subir a las Torres Petronas comiendo chicle. Comunidad gay, lo lamento: nada de salir del clóset. Bebedores de cerveza, preparen sus bolsillos: el alcohol cuesta el triple por la cantidad de impuestos. Nada de portarse mal, que la Policía Moral está mirando y las multas serán jugosas.

3. ROMPERÉCORDS (o Malaysia Boleh!)

Aunque ostentan el mástil más alto del mundo, el shopping más grande de Asia y dos torres que en su momento fueron las más altas, para los malayos nada de eso es noticia.

En este país hay todo tipo de récords, probablemente más de uno nuevo cada día: la mayor cantidad de ancianos en un circo, la rana más pequeña del mundo, la mayor cantidad de cabezas lavadas con shampú en un solo día en un shopping (exactamente 1068), la subida de escalones más alta realizada de espaldas (2058 peldaños), el padrino (best man) más frecuente en los casamientos (apareció en 1069 festejos), el primer abogado ciego del mundo…

Más de 1300 hazañas documentadas en el popular Malaysian Book of Records: hechos insólitos, cómicos y bizarros que demuestran que Malaysia Boleh! (Malasia Puede).

¿Y de dónde surgió este afán de romper récords? Del antiguo primer ministro Mahatir Mohamad, quien decidió incentivar a los malayos para que se superaran día a día y convirtieran su país en una nación asiática avanzada.

Ah, y él también ostenta un récord: fue el Primer Ministro que más tiempo estuvo en el poder en Malasia (22 años).

4. LAH

Come on, lah! We’re gonna be late, lah! Hurry up, lah!

Una de las palabras más escuchadas de boca de los malayos, sin importar si son hindúes, chinos o musulmanes, es el simpático “lah” que todos repiten para enfatizar su discurso.Y, por si se lo estaban preguntando, acá todos hablan inglés, uno de los idiomas oficiales del país junto con el bahasa malayo (hay malayos que solamente hablan estos dos idiomas y no los dialectos que corresponden a su raza).

Afortunadamente para nosotros, viajeros que desconocemos el lenguaje del lugar al que vamos, acá todos entienden el inglés a la fuerza, y si no pueden hablarlo con propiedad, lo mezclan con bahasa y forman el Manglish.

Y si entrenamos el oído, terminaremos escuchando frases como bladibarsket (bloody bastard), mamak stall (restaurante hindú) y Got question? (alguna pregunta?). Ni intenten descifrar un cartel en bahasa, es completamente imposible y las palabras, aunque son simples de leer, no se parecen a ningún término que nos suene relativamente conocido: terkenal es alguien famoso, mat salleh es un extranjero, jalan es una calle y Terima kasih es gracias. Queridos lectores: Selamat sejahtera. Nama saya Aniko, Apa khabar? Saya tidak faham bahasa, selamat malam!

5. MALAYSIAN STYLE

En ciudades asiáticas caóticas como Bangkok o Kuala Lumpur, en las que es casi imposible cruzar la calle sin ser atropellado, no queda otra que aprender la técnica de los locales para realizar semejante hazaña.

Cuando llegué a Bangkok y me enfrenté a la vereda por primera vez, casi decido visitar solamente los lugares que se encontraran en el radio de la manzana de mi hostel, lo que fuera con tal de no cruzar.

Como peatona en la capital tailandesa, esta fue mi primera impresión: bien, estoy parada frente al semáforo como corresponde, esperando que cambie la luz para cruzar, como corresponde. De repente la luz cambia, uno de los cinco semáforos que funciona para alguna de las cinco esquinas que confluyen acá acaba de ponerse en rojo, lo que quiere decir que algún auto tiene que frenar obligatoriamente y dejarme el paso.

ERROR.

Algunos autos frenarán, sí, pero de la nada aparecerán (de una dirección desconocida) veinte autos a toda velocidad con prioridad para doblar (esto de tener los lados invertidos para el manejo me sigue confundiendo).

Confieso que hubo veces que llegué a estar parada diez minutos en el mismo lugar, intentando frenar el tráfico con la mirada. Pero logré cruzar: cada vez que aparecía un local dispuesto a cruzar (con suma tranquilidad, porque para ellos la hazaña no es tan grande), disimuladamente me ponía al lado y caminaba hacia la vereda de enfrente a la par. Y en Malasia aprendí a cruzar Malaysian Style: mi amiga Belinda, ciudadana de KL, me explicó que en esta ciudad nadie respeta las sendas peatonales, cada cual cruza dónde, cuándo y cómo quiere.

Eso sí, hay una regla: una vez que empezaste a cruzar la calle, jamás te arrepientas ni vuelvas hacia atrás.

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que siguen? Lee la parte II acá!

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Penang: lugares-cebolla

Creo que existe cierto feeling entre el viajero y el pueblo o ciudad a la que llega. Por eso no me guío mucho por lo que me dice la gente: un lugar al que a una persona le puede fascinar, a otra puede transmitirle mala vibra o directamente aburrirle.

Cada cual lo cuenta según cómo lo vivió, y siempre habrá tantas opiniones como personas.

En mi caso, hay lugares del mundo que me atrapan.

Me pasó en Copacabana (Bolivia), me pasó en Lima (Perú), me pasó en Montañita (Ecuador), me pasó en San Blas (Panamá) y me pasa acá, en la isla de Penang (Malasia).

Son lugares que, para mí, merecen su tiempo para ser descubiertos. Lugares-cebolla, tal vez, en los que hay que ir pelando una a una las capas que conforman el todo para llegar al centro de la cuestión. Y cuando encuentro un lugar en el que siento esto, perdón, pero voy a tardar más tiempo en escribir al respecto.

Hay otros lugares, en cambio, que me gustan, me entretienen, me interesan, pero no me generan ningún tipo de sentimiento.

Son lugares por los que paso tres o cuatro días y siento que ya encontré todo lo que tenía para ofrecerme, le saqué la ficha al instante, capté la atmósfera desde el primer día. Es una sensación, nada más, y puramente subjetiva, claro, como cuando conocemos a una persona nueva.

Sé que ni en un vida se puede terminar de conocer la complejidad o simpleza de un lugar del mundo, pero hay pueblos/ciudades por las que paso corriendo y otras por las que paso gateando, mirando todo con asombro.

Mercado musulmán

¿Qué sabemos de Malasia?

Yo, por lo menos, no tenía ninguna imagen mental definida de este país. Me imaginaba… nada.

Muchos orientales, mucho calor, muchas mujeres con burka. ¿Qué me fueron diciendo en Tailandia? Que es un país muy caro, que es un país fascinante, que es un país aburrido, que es un país barato, que es un país así o asá… Hay que tomar cada declaración como de quien viene. Por eso en general prefiero no investigar demasiado sobre el lugar al que voy a ir, me gusta dejarme sorprender e ir aprendiendo a medida que voy conociendo.

¿Se imaginaban, por ejemplo, que en Penang (y en Malasia) conviven tres grandes comunidades?

Los malayos (musulmanes por ley y más de la mitad de la población del país), los chinos y los hindúes.

Cada grupo mantiene sus tradiciones, su religión, su idioma, su comida, sus festejos, sus templos, sus construcciones y sus costumbres. Los habitantes de las tres comunidades conviven en un mismo territorio, en general todos hablan varios idiomas y dialectos (bahasa, mandarín, cantonés, tamil, inglés), trabajan juntos, comen juntos, son amigos, socios, colegas, compañeros de colegio o de universidad, pero jamás se casan entre grupos distintos. Por eso no se ve la mezcla en las caras y es muy fácil saber quién es chino, quién es hindú y quién es malayo.

Las personas de alrededor de 40 años pertenecen a la tercera o cuarta generación de su familia, es decir que sus abuelos o tatarabuelos fueron los que llegaron a Malasia de China o de la India hace varias décadas y se establecieron en Georgetown, capital de la isla. Y ellos son chinos e indios, pero a la vez no lo son: son chinos-malayos e indios-malayos, personas que serían tratadas como extranjeras si fuesen de visita a sus respectivos países de origen.

Same same but different, dirían los tailandeses para referirse a algo que es parecido pero que no llega a ser lo mismo.

Y si un lugar así nos resulta exótico a nosotros, imagínense cuando ellos conocen a alguien de Sudamérica, de aquel continente que está tan lejos de su realidad.

Aunque, tal vez no lo van a creer, pero sacando la comida, la religión, la vestimenta, veo más similitudes que diferencias entre estos dos mundos que creemos opuestos.

Los malayos (sin importar a qué comunidad pertenezcan) son curiosos y siempre me preguntan de dónde soy. Cuando digo Argentina me responden una de dos: “Ohh Argentina! Good football! Messi” o, en su defecto, me cantan “Don’t cry for me, Arshentiiina” (vaya uno a saber por qué, pero la película es muy famosa acá, al igual que Lady Gaga que no para de sonar en las radios).

En estos días que estuve en la isla intenté conocer por lo menos a un miembro de cada comunidad, para ver Penang desde tres (o más) ángulos distintos.

Chin Chin y yo en el mercado

Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing, es profesora de Física en un colegio, tiene 50 años, es casada y tiene dos hijas y un hijo que vive y estudia en Singapur. Ella me recibió en su casa de la manera más hospitalaria posible: me preparó un cuarto para mí, me cocinó comida china típica, me llevó a pasear, me hizo mil y un preguntas de Argentina y me contó mil y un cosas de Malasia.

Que los malayos reciben muchos más beneficios de parte del gobierno, que los chinos son los profesores y médicos más prestigiosos y los que ostentan el verdadero poder económico, que para los chinos la educación es lo más importante, que los indios reciben un salario menor que el resto, que en Penang es más barato comer afuera que comprar la comida en el supermercado y prepararla, que la comida de Penang es la mejor del país y por eso se la pasan comiendo a toda hora.

Ang Huah y su remera, sólo para entendidos

Ang Huah, uno de los “líderes” de Couchsurfing en Penang (con más de 150 huéspedes de todo el mundo en su historial), también es chino-malayo y es famoso en otras ciudades por ser LA persona que  más sabe de la cultura china de Penang.

Ang tiene una táctica para que los couchsurfers lo reconozcan: simplemente se para en algún lugar estratégico con su remera negra que dice “Got couch?” sin decir una palabra. Los que saben, entienden el mensaje. Según me cuenta, lo de Couchsurfing es algo “part-time” para él, ya que se dedica a muchas (muchísimas) otras actividades: es profesor de kung fu, organizador de eventos de la comunidad china, estudiante de tai-chi, voluntario en un hogar de gente discapacitada, vendedor de terrenos, escritor. Pero se lo ve rodeado de extranjeros todos los días y a toda hora.

Ang aprovecha Couchsurfing para hacer una investigación para su próximo libro: quiere saber por qué los extranjeros eligen viajar a Penang, qué buscan, qué intereses tienen, cuál es su misión. A sus 50 años, tiene una energía envidiable y una personalidad tan hiperquinética que resulta graciosa y tierna: Ang es capaz de estar en tres conversaciones a la vez, es común que se excuse por “10 minutos” y vuelva tres cuartos de hora después tras haber terminado su clase de tai-chi.

Tiene la capacidad de organizar la agenda de cualquiera de la manera más eficiente posible, porque según él, el tiempo es lo más valioso que tiene y no quiere andar por ahí desperdiciándolo, aunque es normal que cambie de planes constantemente.

Así que el día que me llevó a ver un espectáculo local de ópera china, nuestro itinerario, en principio, iba a ser así: a las 18.30 nos encontraríamos en la puerta del templo para ir a la ópera a las 19, el show terminaría a eso de las 21 así que nos íbamos a quedar hasta el final para poder ir al backstage a sacar fotos.

Pero las cosas sucedieron así: yo llegué temprano al templo y me crucé con un amigo indio de Ang que me pidió que lo acompañara a que una mujer china le leyera la fortuna, después me invitó a tomar Masala Chai, un café de especias y hierbas aromáticas típico del sur de su país, hablamos de la India y me explicó cómo tenía que vestirme cuando viajara para allá para simular que soy una mujer casada; cuando volvimos al templo me encontré con Ang que estaba con una chica de Turquía y un amigo Sikh así que nos fuimos los cuatro a tomar un té chino de hierbas; después de eso me fui con Ang a ver la ópera a eso de las 19.30. A las 20 ya había escuchado algo de ópera, ya había estado en el backstage, ya me había sacado fotos con los actores, ya había tomado otro té y a las 20.30 Ang me acompañó a tomarme el colectivo y se fue de karaoke con sus amigos.

Leyéndole la fortuna a mi amigo…

Ópera china

Así son los días en Penang, no planeo demasiado y las cosas surgen solas.

El día que llegué, como conté, me fui a recorrer la isla en auto con Julio, un mexicano, y Rizuan, un malayo-musulmán que nos llevó a un almuerzo musulmán y nos habló acerca de su religión.

Otro día fui con Journey (mi amiga china), Tipi (su amiga china), el novio australiano de su amiga, una familia de Indonesia, una pareja de Sudáfrica y EEUU, una mujer india-malaya, a comer al hot-pot de Georgetown. El hot-pot es el mejor invento chino que conozco: se trata de un buffet en el que, por aproximadamente 20 pesos argentinos, uno puede comer hasta reventar. Lo divertido es que la comida está cruda y cada cual la prepara en el “hot-pot” (olla caliente) de su mesa: una especie de cacerola dividida en dos con sopa de pollo o sopa de especias en donde se sumerge y cocina la comida.

Al día siguiente fui con Journey y Chin Chin a conocer “el mercado más local” de Penang, varios templos y parques; a la noche fuimos al festival de la comunidad Sikh y terminamos bailando con todos los extranjeros en medio de un grupo de treinta hindúes al ritmo de la música sikh.

Después nos encontramos con el grupo de couchsurfers y una banda de músicos franceses, británicos y españoles y nos fuimos caminando por Georgetown mientras uno de los chicos tocaba el acordeón… Y mañana, quién sabe cómo será mi día.

Es cierto, cuando uno viaja, el tiempo pasa a ser totalmente relativo: los amigos de hace pocas horas ya parecen de toda la vida, una semana es como un mes y la edad, raza o nacionalidad de las personas que uno va conociendo es lo de menos.

Mientras esté acá, no importa cuántos días sean, me seguiré dedicando a pelar esta cebolla de la que se asoman personajes nuevos a cada momento.

Ah, sí, y a comer: cada comunidad mantiene su propia comida y todos quieren que uno pruebe sus platos típicos, así que en Penang, una de las actividades más comunes y que más estuve praticando es comer a toda hora y en todo lugar.

Cualquier excusa es buena para probar algo nuevo.

El hot-pot chino: elegís tu comida (cruda) y la cocinás en tu propia cacerolita en medio de la mesa

Probando comida típica en el festival de los Sikh

Con Couchsurfers de alrededor del mundo

Un almuerzo musulmán en el barrio

Georgetown

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Y de repente, empieza el viaje (o mi primera experiencia fallida de Couchsurfing)

Dicen (digo) que cuando uno entra en el clima del viaje, todo empieza a pasar (mucho) más rápido. Yo entré en clima de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado eufórico de quieroseguirviajandomásmásymás y de quieroconocermásgentemáslocalesmáslugares y de, tal vez, noquierovolverhastahaberrecorridoelmundoentero.

Viajar es un camino de ida, definitivamente.

Mis días en Tailandia fueron tranquilos, por momentos solitarios.

Me dediqué a escribir, a caminar, a nadar, a comer, a mirar. Tengo que confesar que me costó empezar: fue difícil pasar de los 20 grados de abril de Buenos Aires a los 40 grados de abril de Bangkok, fue difícil acordarme de pedir en cada comida not spicy please, fue difícil (y algo cansador) pasar de hablar castellano cotidianamente a comunicarme y pensar constantemente en inglés.

Fue difícil, también, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos para calcular mis gastos, fue difícil no tener un cuaderno para escribir a mano (hasta que decidí comprarme el primero que encontré porque extrañaba demasiado el hábito), fue difícil cargar la mochila llena de ropa sucia todos los días. Pero siento que todo cambió.

Desde que entré a Malasia, mi viaje empezó a acelerarse, a tomar forma y color. Todo se volvió mucho más interesante.

¿Cómo fue qué pasó? Creo que los planetas se alinearon para que mi llegada a Penang, isla ubicada en la costa oeste de Malasia, no pudiese ser peor. Primero, otra vez eso de subirse a un barco, bajarse, subirse a un taxi, bajarse, subirse a una minivan, bajarse, esperar, subirse a otra minivan y tomar la ruta. Trece largas horas de esto, con mucho aire acondicionado (tanto que el conductor, en vez de apagarlo o bajarlo, decidió abrigarse con una campera), cero farangs y mucha lluvia, mi primera lluvia desde que llegué a Asia.

Mi plan era llegar a Penang a eso de las 8 de la noche, llamar a Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing que me iba a alojar, e ir para su casa. Pero mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal, tomarme el ferry para cruzar de Butterworth a la isla (remarco lo de ISLA) de Penang, bajarme en la estación de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona.

Tenía todo calculado.

Entonces cuando el conductor de la minivan frenó frente a un local de comida china, en medio de la inundación provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en tailandés que me bajara, empecé a sospechar que algo no andaba bien. ¿Será que me quedé dormida y cruzamos en el ferry arriba de la camioneta? ¿Tengo que hacer noche acá, quién sabe dónde, y seguir mañana hacia Penang? ¿Quizás el pasaje que compré en Tailandia ya no sirve acá? ¿O acaso estamos en Malasia o nos desviamos y caímos en China?

¿Dónde estoy?

El conductor no supo responderme, todo lo que me decía era “This is your stop, you get down here“. Claro, en medio de la lluvia, de noche, rodeada de gente que tal vez ni habla inglés, sin saber dónde estoy. No señor, no me bajo nada.

Pero los ángeles existen… O al menos creo que what goes around comes around (lo que va, vuelve)

Volviendo a la escena, ahí estoy, en medio de alguna ciudad (todavía en la minivan porque me negué a bajarme), sin manera de poder comunicarme con Chin Chin y sin un peso malayo encima (estaba en Malasia, eso sí, porque me sellaron el pasaporte, pero hasta ahí sabía).

En la misma camioneta que yo viajaba una familia de Indonesia: un chico, sus padres, sus abuelos. Habían venido a Malasia para recibir atención médica, iban a pasar la noche en Penang y al día siguiente volarían de regreso hacia Jakarta. Vieron la situación y me ayudaron: el papá me prestó su celular para que llamara a mi host (anfitriona en el lenguaje Couchsurfing), pero como no pude comunicarme me dijeron que me bajara con ellos en la parada de su hotel para no quedarme sola de noche en la ciudad (estaba en Penang, sí, me lo confirmaron, pero en qué parte, cerca o lejos de lo de Chin Chin, nadie sabía).

Intenté comunicarme otra vez con Chin Chin (que, by the way, es china-malaya), pero me atendía un contestador que me decía muy amablemente que el celular al que estaba llamando le faltaba un número.

El último colectivo público hacia su casa salía a las 22.30 y ya eran las 22. Un taxi hasta su casa me costaría unos 45 ringgits (13 dólares), pero tenía miedo de llegar y que no estuviera ahí, o que Couchsurfing (CS) fuese en realidad una organización internacional de venta de órganos y yo una inocente víctima.

Nos bajamos de la combi y Van Kenny, el chico indonesio, me acompañó al shopping al lado de su hotel para cambiar plata: todas las casas de cambio estaban cerradas.

Fuimos al cajero: no me aceptaba la tarjeta.

Volví a llamar a Chin Chin: me faltaba un número para poder comunicarme.

Quería ir a un hostel: no tenía idea de dónde estaba parada ni adónde podía ir.

Quería tomarme un colectivo: ¿monedas? menos que en Buenos Aires.

Quería tomarme un taxi: me dijeron que por las dudas no me tomara un taxi sola de noche.

Listo, ¿podré dormir en la puerta de su cuarto? ¿o encima de la alfombra del baño?

Van Kenny sacó 50 ringgit y me los dio.

– Mañana me vuelvo a Indonesia, esta plata ya no me sirve, quedatela.

– No, te la cambio por dólares.

– No, por favor.

-Bueno, cuando esté en Jakarta los invito a todos a cenar.

Mientras decidía mentalmente qué iba a hacer de mi vida aquella noche, me invitaron a cenar con ellos al mercado local. Los indonesios y yo: esa loca que andaba con cara de perdida por algún lugar de Asia. Comimos algo muy rico, que jamás sabré qué era. Les conté que era de Argentina, que escribía un blog. Todos en ronda empezaron a decirme sus nombres, “para que nos menciones en tu blog“. Llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me llevara en su auto a buscar alojamiento barato. Así que me despedí y nos fuimos, la indonesia y yo: esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia de Indonesia.

Finalmente encontré un lugar decente y barato manejado por un hindú. Chinos, hindúes, indonesios…

Estoy en Malasia, ¿no? Por ahora no vi ningún malayo… Creo.

Desensillé en el cuarto, me conecté a internet y todo se solucionó.

Encontré el número que le faltaba al celular de Chin Chin, la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y dormí con todo el agotamiento del mundo. A la mañana siguiente vino a buscarme Julio, un chico mexicano que también se estaba quedando en lo de Chin Chin, junto con Rizuan, un malayo musulmán, que nos llevó a recorrer toda la isla en su auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó a una reunión de musulmanes en su barrio, nos infiltró en el mercado local, nos hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presento a un hindú-malayo que baila salsa cubana…

¿No les digo que cuando un viaje se pone bueno, todo empieza a pasar mucho más rápido?

Con Van Kenny, mi nuevo amigo indonesio, cenando en el mercado de Penang

Con Julio, mi amigo mexicano, comiendo durién en el mercado local

Julio y yo en un almuerzo musulmán

Rizuan y su amigo en el mercado

Linggish, el indio que baila salsa, tomando un té con nosotros

 

Cenando con couchsurfers

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