Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero

Te vas de viaje.

Un fin de semana, dos semanas, un mes, un año, eternamente.

Querés recorrer varios países, o tal vez uno solo.

Querés moverte de ciudad en ciudad, o quizá de barrio en barrio.

No sabés muy bien cuál será tu itinerario, pero tenés una certeza: no querés quedarte quieto en un solo lugar. 

Querés llevar pocas cosas. No querés que el equipaje te lleve a vos.

Y pensás: me voy con la mochila.

Pero no sabés por dónde empezar. Qué llevar, qué dejar. Tampoco sabés muy bien qué implica viajar con una mochila. ¿Bañarse una vez por semana? ¿No bañarse? ¿Entrenar los tres meses previos para poder cargar 50 kilos de equipaje? ¿No llevar nada?

Y en tu cabeza escuchás los mitos providenciales, uno tras otro, cual voz de tono grave y reverberante sentenciando por un altoparlante…

Mito 1: Un mochilero lleva un solo par de medias (y por ende tiene “olor a pata*”)

(*Aclaración: tener “olor a pata”, en Argentina, ¡significa tener mal olor en los pies!)

Esto puede ser cierto en algunos casos, pero irse “de mochilero” (y en este post cuando digo “mochilero” me refiero a “aquel que viaja con una mochila en la espalda como único equipaje”, sin ningún tipo de connotación adicional) no significa irse sin ropa, sino que significa aprender a distinguir entre lo esencial y lo prescindible. Algo que, a la hora de empacar, a los hombres les resulta mucho más fácil. Cuasi innato diría. Si fuese por ellos, no llevan nada, ni mochila.

Hay un dicho que viene al caso y que dice algo como: “A la hora de empacar para un viaje, guardá todo lo que creas que vas a necesitar… y dejá la mitad en tu casa”.

Empacar una valija es fácil: guardá todo lo que necesites… y lo que no necesites también, total hay espacio y tiene rueditas.

Si vas con la mochila, no olvides esta Gran Verdad: la ropa se lava.

Ya sea en un lavarropas, en la pileta de la cocina, en el río, en la ducha. Donde sea, todo se puede lavar y reusar así que no es el fin del mundo.

Lavá que no se abolla (?)

Mito 2: Un mochilero debe cargar su mochila todo el tiempo, para hacer honor a su título

No sé de dónde salió esta idea, pero mucha gente cree que los mochileros solamente se sacan la mochila con cirugía. Piensan que vamos a todos lados con la mochila como si fuese nuestra sombra o una marca registrada que hay que lucir.

Yo, por lo menos, cargo la mochila cada vez que me traslado de una ciudad/pueblo/playa/etc. a otra: salgo del hostel con la mochila → cargo la mochila hasta la terminal o aeropuerto → viajo → vuelvo a cargar la mochila hasta el hostel o casa donde me voy a quedar.

Y ahí la dejo; para ir a recorrer me llevo lo necesario en una carterita-bolsito.

Casi todos los hostels tienen lockers para guardar las cosas; muchos optan por ponerle un candado a la mochila y otros dejan todo tirado por ahí.

Que yo sepa, a nadie jamás le faltó nada de ropa sucia (excepto a mi amiga Belu que le robaron una bikini en Costa Rica…).

Pero en el fondo todos los mochileros están en la misma, todos saben que la mayor parte de la mochila está ocupada por la ropa sucia, y seamos sinceros, ¿alguien quiere cargar la ropa sucia de otro?

Obviamente hay que ser cuidadoso con la plata y los aparatos electrónicos. Eso está de más aclararlo.

(Nota: probablemente aquellos que viajan más “into the wild” y van con carpas y bolsas de dormir caminen más con la mochila en busca del lugar ideal donde acampar o porque quieren hacer trekking de un lugar a otro. Pero ese es otro tipo de viaje.)

Verdad: Irse de viaje con la mochila implica empacar y desempacar varias veces en una semana (o tal vez en un mismo día), actividad que puede volverse un poco tediosa, pero que se aprende a dominar rápidamente. Al tener pocas cosas, se puede guardar todo en menos de quince minutos.

El ordenado dormitorio compartido de un hostel en Costa Rica

Mito 3: Un mochilero que viaja por un año se lleva la casa entera

Cuando decidí que me iba de viaje a Asia por tiempo indefinido mucha gente me preguntó, preocupadísima:

— ¿Pero qué llevás? ¿cómo hacés?

Es imposible planear un viaje de un año, mucho menos cuando no se tiene un itinerario fijo.

Lo único que sabía era que me iba a un lugar con mucho calor y humedad.

Y la verdad es que me traje muchas menos cosas que cuando viajé por tres semanas a Bolivia.

Dejé la bolsa de dormir y la carpa en mi casa, nada de ropa de abrigo más que un buzo de algodón con capucha, un solo par de zapatillas, tres remeras, un short, un pantalón largo finito… Toda ropa “vieja” que no me importara perder o dejar por ahí. Colores básicos para poder combinar todo con todo. Y la certeza de que cualquier cosa que me faltara podría conseguirla allá (acá).

En Asia la gente no anda desnuda, acá también se puede comprar de todo por precios super accesibles.

Me fui de Argentina con 7 kilos en la mochila grande y unos 3-4 kilos en la chiquita (por culpa de la computadora —que no puedo no traer—, la cámara de fotos, mi cuaderno y la guía de viajes).

Mi objetivo es que la mochila grande no supere los 9 kilos.

Pero viajando me di cuenta de que es imposible que el peso de la mochila no aumente.

Jamás compré un souvenir y aprendí (aunque me llevó tiempo) a controlarme y dejé de comprarme remeras y vestidos (por dos/tres dólares, ¿quién puede contenerse?).

Los libros y cuadernos todavía me pueden, por eso intento no entrar a demasiadas librerías.

Pero no contaba con un factor: los regalos.

Al viajar haciendo Couchsurfing (es decir quedándome en la casa de gente local) y al hacerme amigos nuevos por todos lados, empecé a recibir regalos de todo tipo:

— Para que te acuerdes de nosotros, para que lleves a tu país, para que le des a tu familia.

Carteras, collares, mochilas, ropa, remeras, cubiertos, libros, más ropa. Y por más que agradeciera mil veces y dijera que no era necesario, las cosas terminaban indefectiblemente en mi mochila.

Por suerte para mi espalda, también perdí, regalé, dejé y doné muchas cosas en el camino.

Ojotas, zapatillas, un buzo, remeras, toallas (perdí tres), cepillo de dientes (perdí dos), gorro, un short, y la lista sigue… Antes de irme de Indonesia dejé 3 kilos de ropa para donar a las víctimas del volcán Merapi porque encontré que esa podía ser una forma de ayudar.

Verdad: Al viajar durante varios meses o años sin parar, uno aprende a desprenderse de lo material. Pero no por una cuestión espiritual, sino porque no queda otra. Llega un momento en que uno se pregunta qué vale más: este objeto que tal vez no vuelva a usar una vez que vuelva a mi casa o la sensación de viajar liviano. La ropa es solamente ropa, los objetos son objetos. El mejor equipaje que uno lleva en un viaje es aquel que no pesa: los recuerdos, los sentimientos, las historias, los amigos.

Al mes de haber empezado a viajar, una amiga china me dio el mejor regalo: un proverbio chino: sabias palabras que repito cada vez que dejo algún objeto atrás:

— Si no te desprendés de lo viejo, lo nuevo nunca va a llegar.

Mi mochila (repleta de regalos) y yo en Macau… Después de mi viaje por las Filipinas (no conozco gente que haga más regalos que los filipinos). Hoy mi mochila está desinflada y tiene la mitad de tamaño.

Bonus track

El Mito de los Mitos: “Si viajás como mochilero, estás viajando de verdad”

Existe cierta tendencia algo soberbia de asegurar que para ser un viajero “de verdad”, hay que viajar como mochilero.

Sí y no.

Mi opinión (y no por eso “La Verdad”): El poco equipaje ayuda a viajar de otra manera, es cierto. Uno puede moverse más libremente de un lugar a otro y usar los transportes locales sin problema. Cuantas menos cosas llevás, menos tenés para perder. Cuanto menos peso cargues, menos dependés de que alguien te ayude. Viajar liviano te da una sensación de libertad que no se siente al ser esclavo de una valija obesa. Podés meterte en cualquier lado porque no tenés nada que te frene.

Dicho esto, una mochila no te da nuevos ojos. Los ojos los tenés que abrir por tu cuenta.

Viajar no consiste en el equipaje que se carga, sino en la mirada que se lleva.

Muchas mochilas en Halong Bay, Vietnam. ¿Crees que todos habrán mirado de la misma manera?

***

[box] Este post pertenece a la sección “Preguntas Frecuentes”. Estas son algunas de las preguntas que me hacen siempre y que tal vez vos también querías hacerme:

“¿Cómo hago para dejar todo e irme de viaje por el mundo?”

“¿Cómo empezaste? ¿Cómo trabajás? ¿Cómo te financiás?” (3 en 1)

“¿Es peligroso viajar sola?”

“Quiero viajar pero no sé cómo empezar”

“¿Qué llevás en tu mochila?”

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?”

“¿Cómo hago para comprar vuelos baratos por internet?”

“¿Qué es Couchsurfing y cómo funciona?”

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes)[/box]

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Viajando en una foto: minuto cero, pensamientos antes de salir

Prólogo:

Un blog de viajes nace para contar experiencias de viajes.

No importa si se viaja a un lugar lejano o cercano, mientras quien lo escribe se mueva de ciudad en ciudad y de un país a otro, el blog funciona normalmente, sin cuestionamientos.

El tema es cuando el autor (en este caso la autora) aprieta pausa y frena la travesía por unos meses o semanas y se mete de lleno en la rutina de una ciudad.

Ahí es cuando el blog comienza a tener problemas de identidad y a hacerse preguntas existenciales: ¿Y ahora, para qué sirvo? ¿Quién me va a querer? ¿Qué sentido tiene seguir online? ¿Cuál es mi misión en la blogósfera?

Como saben (o no) estoy viviendo en Yogyakarta (Indonesia) hace ya más de dos meses por temas “personales” (ejem).

El 17 de octubre se me vence la visa y vuelvo a las pistas.

Mi próximo destino es desconocido.

Lo único que sé es que vuelo a Kuala Lumpur y de ahí comenzaré a viajar hacia Vietnam o hacia Nepal.

Cuando vuelva a estar en movimiento, este blog va a recuperar su razón de ser, va a desbordar de palabras y fotos nuevas.

Mientras tanto, decidí proponerme una “actividad” con beneficios tanto para ustedes como para mí.

Se llama Viajando en una foto, aunque el nombre está por verse, si aparece uno mejor, se cambia (con razón este blog tiene crisis de identidad).

Todos los días voy a subir una foto de mi viaje por Asia, tal vez de una persona, de un lugar, de una situación, de un detalle, de una comida.

Y voy a contar brevemente la historia que la acompaña.

Ustedes podrán conocer y coleccionar más piezas de este rompecabezas asiático, y a mí me servirá para redescubrir imágenes y momentos de mi viaje y para no abandonar a mi pobre blog.

Dejo prometido acá, una foto por día.

Va la primera

Minuto Cero

Bigote volador en el avión de Buenos Aires a Frankfurt

Orson Welles dice, en una de sus frases célebres, que solamente existen dos emociones en el avión: aburrimiento y terror.

Yo agrego que la diversión también es posible si uno de los pasajeros (o pasajeras) se dedica a pegar bigotes en la ventanilla y observar la reacción de la gente.

Yo lo hice pero nadie me dio mucha bola, el de al lado me miró con cara rara y nada más.

Al parecer a la gente ya no le sorprende nada.

Yo, en cambio, decidí tomar el avión a Asia cargando un par de cosas y dejando otras en mi casa:

  • Capacidad de asombro: viene conmigo
  • Imaginación para divertirme con pavadas en los momentos más aburridos: ya está en mi mochila
  • Preconcepto de que todos los asiáticos son chinos: se queda en Buenos Aires,
  • Miedo a lo desconocid0: fuera
  • Temor a que me roben/maten: no vale la pena cargar con eso
  • Curiosidad y ganas de escribir y fotografiar todo lo que me cruce: viene conmigo
  • Bigotes falsos para usar en los momentos menos esperados, guardados en mi mochila (y por esto tengo que agradecer a mi amigo Ariel, quien me hizo este regalo tan original y bizarro para llevarme por el mundo).

También pienso, tal vez a diferencia de muchos, que el viaje empieza mucho antes de llegar al primer destino: el viaje empieza en los preparativos, en el auto camino al aeropuerto, en el aeropuerto mismo, en la gente que conocemos en la sala de espera, en el avión, en las escalas.

Mirar por la ventana del avión cómo se achica la ciudad que acabo de dejar atrás es, para mí, una de las mejores sensaciones: es el minuto cero del verdadero viaje, ese momento en el que sabemos lo que estamos dejando atrás pero no tenemos ni idea con qué nos encontraremos más adelante.

Y si la ventana tiene un bigote, les aseguro que el vuelo no será aburrido.

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte II

6. AIR-CON

Siento que soy la única que sufre realmente los cambios drásticos de temperatura que hay en esta ciudad.

Apenas salgo a la calle, el calor húmedo y sofocante me pega en la cara y en ese momento pienso dos veces si de verdad quiero salir de mi hostel a caminar o no.

Estoy en Asia, no puedo no salir a conocer.

Así que pongo un pie en la vereda y ya perdí como tres litros de transpiración.

Hola malayos, ¿me explican cómo hacen para no sufrir este calor de perros? ¿Por qué están siempre tan impecables y me hacen quedar tan desastrosa en comparación? Al rato, después de unos minutos de caminata, entro a un lugar cualquiera, tal vez un shopping, tal vez un 7-Eleven, tal vez un restaurante y bum: frío polar. Y los peores son los colectivos de corta y larga distancia: tengo que vestirme como para ir a la montaña. ¿Soy la única que se está congelando en este lugar? ¿Cómo hace, señor, para no sentir frío estando en camisa y short, cuando la temperatura no supera los 10 grados? ¿Por qué nadie pide amablemente que apaguen el aire acondicionado?

¿Por qué te crees que salimos con campera a todos lados? me dice una amiga malaya.

Jamás pediremos que bajen el aire, simplemente aceptamos el estado de las cosas y sabemos que cuando vamos a tomar un colectivo de larga distancia, tenemos que llevar guantes y bufanda, me explica otro local.

Yo creo que en el fondo hay cierto deseo de hacer de cuenta que en algunos metros cuadrados de Kuala Lumpur, el invierno existe.

7. MAPA

Una estadounidense me lo advirtió en Penang: el mapa de Kuala Lumpur es extremadamente engañoso, uno cree que puede unir dos puntos de la ciudad mediante una caminata siguiendo una simple línea recta, pero no señor, en medio de esa línea aparecerán calles que no figuran en el mapa ni de casualidad y que harán que uno se desvíe y termine en cualquier otro lugar.

Y si decidimos tomarnos u taxi o colectivo, peor aún: estaremos por lo menos media hora atascados en el tráfico.

Así que esta es una de las grandes decisiones que hay que tomar al enfrentarse a esta ciudad: si camino voy a llegar a destino más rápido pero probablemente me pierda varias veces, y si tomo un transporte, llegaré seguro, pero mucho después de lo previsto.

Por suerte tengo la ayuda de mis amigos locales que siempre saben cómo llegar: ellos jamás usan el mapa, les parece muy confuso, así que simplemente buscan algún edificio con la mirada, lo toman como referencia, y caminan hacia esa dirección.

8. MASJID (mezquitas)

Cuando viajé por América latina, los dos elementos que aparecían en todas las ciudades eran los museos y las iglesias.

Visité tantos que llegó un momento en el que solamente dediqué mi tiempo a aquellos que fueran distintos o especiales porque, seamos sinceros, en algún punto se vuelve un poco tedioso o aburrido mirar siempre las mismas construcciones.

Acá, en cambio, para mí todo es nuevo, y cada vez que veo un templo chino o hindú o alguna mezquita, entro sin pensarlo. Para la gente local, los templos son lo más aburrido del mundo, para mí, son fascinantes. Esos colores, ese mármol, ese estilo, esos detalles…

Entré por primera vez a una mezquita en Penang y realmente me sorprendió: son lugares que transmiten mucha paz, además de ser arquitectónicamente impresionantes. En todas las mezquitas hay un guardarropas con túnicas para que las mujeres extranjeras o no musulmanas se tapen y sólo muestren las manos, los pies y la cara. Al entrar, siempre hay algún voluntario dispuesto a recibir a los visitantes y explicarles acerca de su religión.

Me parece muy interesante poder aprender de primera mano acerca de esta religión de la que se habla tanto.

Un dato que aprendí en Malasia: acá, todos los malays (no los chinos-malayos ni los hindú-malayos, sino los que acá se denominan malays a diferencia de los malaysians que son todos los habitantes del país) son musulmanes por ley. Las mujeres eligen si quieren cubrirse o no, hay algunas que no lo hacen, y tienen prohibido taparse toda la cara, solamente se cubren el pelo. Las mujeres que se ven en la ciudad vestidas totalmente de negro y que solamente dejan ver los ojos y las manos son de otros países como Arabia Saudita.

9. EXPATS

Incluso tienen una revista propia, acá los expats (extranjeros que decidieron instalarse en Malasia) son una gran comunidad.

En Penang, por ejemplo, conocí a un grupo de profesores de China y Gran Bretaña que viven en la isla y enseñan materias en inglés, ya que en los colegios de Malasia hay ciertas materias que deben ser dictadas obligatoriamente en inglés, como Math o Science.

¿Por qué eligen venir acá? Tipi, una chica china de 25 años, me lo resumió de manera muy simple: Acá gano más de lo que ganaría en China haciendo el mismo trabajo. Juan, un neoyorquino hijo de portorriqueños, me contó que está viviendo hace cuatro meses en KL porque quiere triunfar como DJ de salsa, pero todavía no tuvo mucho éxito. Chris, un alemán, está en KL porque la empresa en la que trabaja (Google, no sé si la ubican) lo transfirió a la central de Malasia.

Algunos se sienten atraídos por la cultura, la comida y la gente de Malasia, otros vienen por un tema de sueldo o experiencia, pero lo cierto es que es muy fácil sentirse cómodo en este país: el lenguaje no es una barrera, la gente es muy cálida y curiosa y la comida es excelente y muy barata.

10. DIFERENCIAS

Me costó entrar en clima en KL. Los primeros días me sentí un poco perdida en la gran ciudad y pensé en volver lo antes posible a Penang.

Pero no, tengo que seguir avanzando.

Y ahora, claro, no quiero dejar KL.

Es una ciudad de grandes contrastes: edificios altísimos e imponentes, baches en las calles, gran cantidad de opciones de transporte público, embotellamientos y veredas casi inexistentes, comida de primer nivel, cuervos y ratas en las calles.

Pero lo mejor, como siempre, es la gente. Es lo que hace que un país, pueblo o ciudad sea lo que es.

¿Te molesta que acá todos te miren fijo? me pregunta una amiga local.

Para nada, le respondo.

Es que para nosotros sos muy exótica, y además sos la primera argentina que conozco, al igual que muchos.

Es curioso: para nosotros los asiáticos son raros, distintos, desconocidos, y para ellos nosotros, “White western people”, somos raros, distintos, desconocidos.

Y apenas nos ponemos a charlar nos damos cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post

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Bangkok en diez palabras – parte I

1. CALOR

¿Soy yo, o hace (demasiado) calor? Para los que crean que no hay nada peor que quedarse en Buenos Aires en enero y caminar por Microcentro a la una del mediodía, les cuento que para mí estar ahí sería un alivio. Ustedes no saben la humedad, EL CALOR, que hace en esta ciudad. Claro, me olvido de que estoy en medio de los trópicos, a la misma altura que ciudad de Guatemala. (Casi) Todos los hostels, negocios, restaurantes, farmacias, transportes tienen el aire acondicionado puesto en cero grados, entonces cuesta salir a la calle y enfrentarse al sol que te da en la nuca estés donde estés. Juro que nunca pasé tanto calor como acá, o sí, pero la diferencia es que acá no hay playa como para internarse en el mar y olvidarse de todo. Esto es una ciudad con miles de lugares y barrios para conocer, una ciudad para caminar de un lado a otro, una ciudad para descubrir… y todo a pie, porque meterse en el tráfico sería directamente un suicidio.

2. CÁOS

El mapa turístico de Bangkok debería venir con un manual: Aprenda a cruzar la calle en quince pasos sencillos. Primero, mire hacia ambos lados, segundo, mire hacia arriba, hacia abajo y hacia aquella calle sin salida, tercero, vuelva a mirar hacia los costados, cuarto, busque algún semáforo, cinco, siga buscando ese semáforo que ya va a aparecer, seis, deje que pase esa moto que viene quién sabe de dónde, deje que doble ese colectivo y que cruce el tuk-tuk, siete, siga esperando con paciencia que el tráfico en algún momento va a disminuir… quince, tome aire y corra lo más rápido que pueda hacia la vereda de enfrente. Consejo de Violeta en los comentarios (¡una genia!): “Yo aprendí el truco para cruzar la calle, siempre esperaba que lo hiciese un thai y lo seguía”. ¿Qué tal?

3. ORDEN

La calle en Bangkok es caótica, es cierto, pero a la vez todo es eficiente, el transporte funciona y las veredas están limpias. En estos pocos días que llevo acá, ya usé el subte, el skytrain (el tren que va por arriba) y el barco para ir de un lugar a otro, y estoy fascinada con lo bien que funciona todo. Mi primer encuentro con el skytrain fue complicado. Me acerqué a la ventanilla donde decía Tickets y pedí uno hasta la estación Saphan Taksin (me cuesta mucho memorizarme estos nombres), el chico que me atendió pronunció un número inentendible, yo le ofrecí todo los baht (pesos tailandeses) que tenía, me sacó un billete de 20, me lo cambió por dos monedas de 10 y me señaló una máquina. Al parecer su función solamente era darme cambio en monedas, ya que el pasaje se saca a través de la maquinita. Por suerte las instrucciones están en thai y en inglés. Hay que marcar el destino y poner las monedas, tan simple como eso. Para el subte, en cambio, hay que acercarse a la ventanilla y cambiar los baht por una especie de moneda de plástico que servirá para abrir el molinete y pasar a la estación. Tanto el subte como el skytrain tienen aire acondicionado y están impecables, viajé en hora pico y nada de amontonamiento.

El barco es genial. Bangkok tiene un río en el lado este de la ciudad y en su orilla hay varios lugares muy interesantes para conocer, así que hay un sistema de transporte fluvial también muy desarrollado. Mi primer encuentro con los barcos también fue complicado ya que no tenía ni la más mínima idea cuál debía tomarme para llegar a donde quería. Le pregunté a un guardia y tuvimos una conversación así:

Yo: – Boat to Khao san?
Él: – Yes, yes, Olan Fla
Yo: – What?
Él: – Olan, olan fla
Yo: …
Él: – You know olan, the color, olan?
Yo: – Ahh, orange! sí!
Él: – Olan Fla
A lo que deducí que tenía que tomarme el de la bandera naranja. A partir de ahí me la pasé viajando todo el día en barco. Ya soy experta (?).

  

4. FARANG (ฝรั่ง)

Y estamos nosotros, los farang (extranjeros de origen europeo) que andan por toda la ciudad con mapas y cara de no entender nada. Los tailandeses serán exóticos para nosotros, pero les aseguro que ellos deben matarse de risa cada vez que intentamos comunicarnos mediante señas y palabras mal pronunciadas en thai. El alfabeto tailandés es muy difícil de aprender para nosotros ya que tiene 28 consonantes, 15 símbolos que forman unas 28 vocales y cinco tonos o maneras distintas de pronunciar, es decir que una palabra puede escribirse de cierta manera, pero si no se pronuncia en el tono adecuado pasa a significar lo opuesto, lo cual puede generar malentendidos y frases ridículas. Así que todos los que venimos de países occidentales estamos en la misma: comunicación por señas o en un inglés básico pero eficiente.

Hoy iba caminando por alguna calle (no recuerdo el nombre) cuando un tailandés me frenó y me dijo: “These girls are students and they need your help”. Yo pensé: si me quieren robar, no tengo demasiado para que se lleven… o tal vez quieren darme algún mensaje importante para que mande a los medios de mi país (?). Así que me acerqué a las chicas. Enseguida me hicieron señas de que me sentara en una escalera, una se sentó al lado mío, otra sacó una filmadora y la tercera se paró a un costado con carteles en thai y en inglés. Me entrevistaron para un trabajo de inglés de la facultad: dije mi nombre, hace cuánto estaba en Tailandia, de dónde venía, cómo llegué al país, a dónde iba después, dónde me estaba quedando, cuánto tiempo, qué recomendaba para ver en mi país. Fue una charla muy simpática, cuando terminamos, las tres chicas me saludaron haciendo una reverencia. Así que mi video aparecerá en alguna clase de inglés de alguna universidad de Bangkok. Fue una caminata productiva. Más tarde vi a un nene que lloraba histéricamente, la mamá me miró, le dijo algo, el nene me miró y lloró más fuerte. Tal vez la madre lo amenazó con que si no le hacía caso, la farang lo iba a raptar. Quién sabe cuáles serán los mitos urbanos para asustar a los chicos acá.

5. BAHT

La moneda oficial es el baht, un dólar equivale a unos 32 baht. Un cuarto compartido en un hostel está alrededor de 300 baht, el pasaje en skytrain y subte entre 15 y 25 baht, una botella de medio litro de agua entre 7 y 10 baht, un almuerzo entre 50 y 200 baht. Lo que me llama la atención (para bien) es que incluso los puestos callejeros tienen escritos los precios de todos los productos que venden, osea que no hay manera de que quieran cobrarte más “por la cara” (acá es imposible no tener cara de extranjero, por lo que estaríamos todos fritos). Y otra cosa que me llama más la atención (y muy bien) es que los vendedores callejeros usan guantes y barbijo para preparar la comida, ojo, no todos, pero vi varios, y en general nunca tocan la comida con las manos. ¿Qué tal?

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que faltan? Seguí leyendo…

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