Mirar el mapa y soñar

Hace unos días me encontré, de casualidad, cara a cara con un planisferio.

Estaba en la oficina de un profesor de mi facultad (para quienes estudiaron conmigo, creo que ni hace falta decirles que el profesor en cuestión era GLA) hablando de mi viaje y de viajar en general, mientras el planisferio me miraba desafiante desde una de las paredes del despacho. Me puse frente a él y marqué imaginariamente la región que había visitado en estos últimos 16 meses; ahí fue cuando me di cuenta de que, comparado con todo lo que me falta conocer, la porción del mundo por la que había viajado era muy muy chiquita. Y mientras miraba ese mapa con una mezcla de orgullo, angustia y vértigo, me transporté al pasado por unos segundos.

El planisferio era moderno, pero me encantan los mapas antiguos así que uso este… (fuente: mappery.com)

No debo ser la única, pero desde chica, cada vez que miro un mapa, no puedo evitar soñar. No me importa de qué parte del mundo sea, yo sueño con recorrer esas rutas, ir de ciudad en ciudad, ver cómo habita la gente, escuchar su idioma, probar sus comidas, mirar el cielo desde ahí. Y sueño, más que nada, con poder ver en tamaño real todo eso que un mapa jamás será capaz de mostrarme. Un mapa puede hablarme de geografía, política o demografía, pero no puede decirme cómo es la gente, cómo viven, qué sienten, cómo se expresan, cuál es su cultura: todo eso es lo que uno “llena” al viajar. Y eso es lo que me atrapa y me apasiona de los mapas (y lo que potencia mis ganas de viajar): la cantidad de incógnitas y posibilidades que esconden entre sus dibujos de países, montañas y mares.

En ese momento, además, me di cuenta de que había llenado de contenido un montón de países que antes no eran más que lineas en un mapa. Ahora soy capaz de mirar un mapa de China y recordar la cantidad de horas que pasé viajando de un pueblo a otro y lo ínfima que me sentía al ver que no había avanzado ni dos milímetros en el mapa. También puedo mirar las islas de Filipinas y recordar que en Dagupan viví con un grupo de curas y que en Manila fui a la asunción del nuevo presidente. O puedo decir que en Yogyakarta está mi segundo hogar y en Penang el tercero.

Frente a ese planisferio me acordé, también, de cuando en el 2007 imprimí un mapa de América latina, lo pegué en mi cuaderno, lo miré y me dije “Allá voy. No importa qué ruta voy a seguir, lo único que quiero es zambullirme en ese mapa”. Y eso hice.

El mapa que pegué en mi cuaderno antes de viajar por América latina y que luego fui marcando con mi recorrido

Desde que volví a Buenos Aires me está pasando algo que me hace pensar: muchísima gente me felicita “por lo que hago”. Si bien me hace sentir halagada y apoyada en mis proyectos, yo nunca hice más que seguir mis aspiraciones y cumplir ese sueño que hace unos años a la mayoría de la gente le parecía tan ridículo. “¿Viajar y escribir? Sí, quién no quisiera una vida así, pero es irreal, NO SE PUEDE VIVIR VIAJANDO, eso no es un trabajo de verdad.” Me lo dijeron tantas veces que casi me lo creí. Supongo que cualquiera que diga que quiere vivir viajando recibe más críticas que apoyo: eso me pasó a mí. Hoy, sin embargo, estoy en Buenos Aires, en el lugar donde todo empezó, tres años después de haber comenzado mi vida “de escritora viajera” (o viajera escritora) y siento que avancé, que logré lo que me propuse. Y si yo pude, significa que otros también pueden. Así que sueñan algo con fuerza, no escuchen todas esas críticas que siempre surgirán alrededor.

A veces siento que mirar un mapa me genera lo mismo que entrar a una librería: ansiedad por querer conocer/leer todos los países/libros y desesperación por saber que no me va a dar la vida para conocer el mundo de punta a punta ni para leerme todos esos libros que quisiera leer. Sin embargo, a pesar de que conozco mis limitaciones y de que sé que jamás podré conocer ni leer TODO (por el solo hecho de que tengo una existencia finita), no me resigno.

Mientras esté viva, seguiré mirando mapas, entrando a librerías y soñando todo lo que pueda.

Esta lindísima ilustración es de mi amiga Vero Gatti. Representa eso que siento cuando me pongo una mochila y decido enfrentarme al mundo… (Pueden ver más de sus trabajos en http://verdesvueltitas.blogspot.com)

“The Holstee Manifesto” – www.holstee.com/manifesto

Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero

Te vas de viaje.

Un fin de semana, dos semanas, un mes, un año, eternamente.

Querés recorrer varios países, o tal vez uno solo.

Querés moverte de ciudad en ciudad, o quizá de barrio en barrio.

No sabés muy bien cuál será tu itinerario, pero tenés una certeza: no querés quedarte quieto en un solo lugar. 

Querés llevar pocas cosas. No querés que el equipaje te lleve a vos.

Y pensás: me voy con la mochila.

Pero no sabés por dónde empezar. Qué llevar, qué dejar. Tampoco sabés muy bien qué implica viajar con una mochila. ¿Bañarse una vez por semana? ¿No bañarse? ¿Entrenar los tres meses previos para poder cargar 50 kilos de equipaje? ¿No llevar nada?

Y en tu cabeza escuchás los mitos providenciales, uno tras otro, cual voz de tono grave y reverberante sentenciando por un altoparlante…

Mito 1: Un mochilero lleva un solo par de medias (y por ende tiene “olor a pata*”)

(*Aclaración: tener “olor a pata”, en Argentina, ¡significa tener mal olor en los pies!)

Esto puede ser cierto en algunos casos, pero irse “de mochilero” (y en este post cuando digo “mochilero” me refiero a “aquel que viaja con una mochila en la espalda como único equipaje”, sin ningún tipo de connotación adicional) no significa irse sin ropa, sino que significa aprender a distinguir entre lo esencial y lo prescindible. Algo que, a la hora de empacar, a los hombres les resulta mucho más fácil. Cuasi innato diría. Si fuese por ellos, no llevan nada, ni mochila.

Hay un dicho que viene al caso y que dice algo como: “A la hora de empacar para un viaje, guardá todo lo que creas que vas a necesitar… y dejá la mitad en tu casa”.

Empacar una valija es fácil: guardá todo lo que necesites… y lo que no necesites también, total hay espacio y tiene rueditas.

Si vas con la mochila, no olvides esta Gran Verdad: la ropa se lava.

Ya sea en un lavarropas, en la pileta de la cocina, en el río, en la ducha. Donde sea, todo se puede lavar y reusar así que no es el fin del mundo.

Lavá que no se abolla (?)

Mito 2: Un mochilero debe cargar su mochila todo el tiempo, para hacer honor a su título

No sé de dónde salió esta idea, pero mucha gente cree que los mochileros solamente se sacan la mochila con cirugía. Piensan que vamos a todos lados con la mochila como si fuese nuestra sombra o una marca registrada que hay que lucir.

Yo, por lo menos, cargo la mochila cada vez que me traslado de una ciudad/pueblo/playa/etc. a otra: salgo del hostel con la mochila → cargo la mochila hasta la terminal o aeropuerto → viajo → vuelvo a cargar la mochila hasta el hostel o casa donde me voy a quedar.

Y ahí la dejo; para ir a recorrer me llevo lo necesario en una carterita-bolsito.

Casi todos los hostels tienen lockers para guardar las cosas; muchos optan por ponerle un candado a la mochila y otros dejan todo tirado por ahí.

Que yo sepa, a nadie jamás le faltó nada de ropa sucia (excepto a mi amiga Belu que le robaron una bikini en Costa Rica…).

Pero en el fondo todos los mochileros están en la misma, todos saben que la mayor parte de la mochila está ocupada por la ropa sucia, y seamos sinceros, ¿alguien quiere cargar la ropa sucia de otro?

Obviamente hay que ser cuidadoso con la plata y los aparatos electrónicos. Eso está de más aclararlo.

(Nota: probablemente aquellos que viajan más “into the wild” y van con carpas y bolsas de dormir caminen más con la mochila en busca del lugar ideal donde acampar o porque quieren hacer trekking de un lugar a otro. Pero ese es otro tipo de viaje.)

Verdad: Irse de viaje con la mochila implica empacar y desempacar varias veces en una semana (o tal vez en un mismo día), actividad que puede volverse un poco tediosa, pero que se aprende a dominar rápidamente. Al tener pocas cosas, se puede guardar todo en menos de quince minutos.

El ordenado dormitorio compartido de un hostel en Costa Rica

Mito 3: Un mochilero que viaja por un año se lleva la casa entera

Cuando decidí que me iba de viaje a Asia por tiempo indefinido mucha gente me preguntó, preocupadísima:

— ¿Pero qué llevás? ¿cómo hacés?

Es imposible planear un viaje de un año, mucho menos cuando no se tiene un itinerario fijo.

Lo único que sabía era que me iba a un lugar con mucho calor y humedad.

Y la verdad es que me traje muchas menos cosas que cuando viajé por tres semanas a Bolivia.

Dejé la bolsa de dormir y la carpa en mi casa, nada de ropa de abrigo más que un buzo de algodón con capucha, un solo par de zapatillas, tres remeras, un short, un pantalón largo finito… Toda ropa “vieja” que no me importara perder o dejar por ahí. Colores básicos para poder combinar todo con todo. Y la certeza de que cualquier cosa que me faltara podría conseguirla allá (acá).

En Asia la gente no anda desnuda, acá también se puede comprar de todo por precios super accesibles.

Me fui de Argentina con 7 kilos en la mochila grande y unos 3-4 kilos en la chiquita (por culpa de la computadora —que no puedo no traer—, la cámara de fotos, mi cuaderno y la guía de viajes).

Mi objetivo es que la mochila grande no supere los 9 kilos.

Pero viajando me di cuenta de que es imposible que el peso de la mochila no aumente.

Jamás compré un souvenir y aprendí (aunque me llevó tiempo) a controlarme y dejé de comprarme remeras y vestidos (por dos/tres dólares, ¿quién puede contenerse?).

Los libros y cuadernos todavía me pueden, por eso intento no entrar a demasiadas librerías.

Pero no contaba con un factor: los regalos.

Al viajar haciendo Couchsurfing (es decir quedándome en la casa de gente local) y al hacerme amigos nuevos por todos lados, empecé a recibir regalos de todo tipo:

— Para que te acuerdes de nosotros, para que lleves a tu país, para que le des a tu familia.

Carteras, collares, mochilas, ropa, remeras, cubiertos, libros, más ropa. Y por más que agradeciera mil veces y dijera que no era necesario, las cosas terminaban indefectiblemente en mi mochila.

Por suerte para mi espalda, también perdí, regalé, dejé y doné muchas cosas en el camino.

Ojotas, zapatillas, un buzo, remeras, toallas (perdí tres), cepillo de dientes (perdí dos), gorro, un short, y la lista sigue… Antes de irme de Indonesia dejé 3 kilos de ropa para donar a las víctimas del volcán Merapi porque encontré que esa podía ser una forma de ayudar.

Verdad: Al viajar durante varios meses o años sin parar, uno aprende a desprenderse de lo material. Pero no por una cuestión espiritual, sino porque no queda otra. Llega un momento en que uno se pregunta qué vale más: este objeto que tal vez no vuelva a usar una vez que vuelva a mi casa o la sensación de viajar liviano. La ropa es solamente ropa, los objetos son objetos. El mejor equipaje que uno lleva en un viaje es aquel que no pesa: los recuerdos, los sentimientos, las historias, los amigos.

Al mes de haber empezado a viajar, una amiga china me dio el mejor regalo: un proverbio chino: sabias palabras que repito cada vez que dejo algún objeto atrás:

— Si no te desprendés de lo viejo, lo nuevo nunca va a llegar.

Mi mochila (repleta de regalos) y yo en Macau… Después de mi viaje por las Filipinas (no conozco gente que haga más regalos que los filipinos). Hoy mi mochila está desinflada y tiene la mitad de tamaño.

Bonus track

El Mito de los Mitos: “Si viajás como mochilero, estás viajando de verdad”

Existe cierta tendencia algo soberbia de asegurar que para ser un viajero “de verdad”, hay que viajar como mochilero.

Sí y no.

Mi opinión (y no por eso “La Verdad”): El poco equipaje ayuda a viajar de otra manera, es cierto. Uno puede moverse más libremente de un lugar a otro y usar los transportes locales sin problema. Cuantas menos cosas llevás, menos tenés para perder. Cuanto menos peso cargues, menos dependés de que alguien te ayude. Viajar liviano te da una sensación de libertad que no se siente al ser esclavo de una valija obesa. Podés meterte en cualquier lado porque no tenés nada que te frene.

Dicho esto, una mochila no te da nuevos ojos. Los ojos los tenés que abrir por tu cuenta.

Viajar no consiste en el equipaje que se carga, sino en la mirada que se lleva.

Muchas mochilas en Halong Bay, Vietnam. ¿Crees que todos habrán mirado de la misma manera?

***

[box] Este post pertenece a la sección “Preguntas Frecuentes”. Estas son algunas de las preguntas que me hacen siempre y que tal vez vos también querías hacerme:

“¿Cómo hago para dejar todo e irme de viaje por el mundo?”

“¿Cómo empezaste? ¿Cómo trabajás? ¿Cómo te financiás?” (3 en 1)

“¿Es peligroso viajar sola?”

“Quiero viajar pero no sé cómo empezar”

“¿Qué llevás en tu mochila?”

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?”

“¿Cómo hago para comprar vuelos baratos por internet?”

“¿Qué es Couchsurfing y cómo funciona?”

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes)[/box]

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Estadísticas de abril

Abril se termina en pocos días, así como mi primer mes de viaje por Asia. Quiero compartir algunas estadísticas y datos interesantes de estos días con ustedes.

  • Kilómetros recorridos: 16.864 (Buenos Aires – Bangkok) +  1185 (Bangkok – Kuala Lumpur) = 18.049
  • Países visitados: 2 (Tailandia y Malasia)
  • Ciudades: 3 (Bangkok, Penang, Kuala Lumpur)
  • Islas: 2 (Ko Panghan, Ko Phi Phi)
  • Kilos que aumentó mi mochila:  me atrevo a decir 800 gr – 1 kg
  • Kilos que aumenté yo: ns/nc
  • Libros leídos: 0.9
  • Cosas que perdí: mi gorra
  • Cosas que desaparecieron misteriosamente: mi par de ojotas de la puerta de un hostel
  • Cosas que compré: un pañuelo, dos vestidos, un par de anteojos retro, ojotas
  • Cosas que me regalaron: un set de cubiertos para viaje, el Qorán en miniatura, un chip de Malasia para mi celular
  • Cantidad de veces que hablé español: 3 (con un mexicano, con una argentina, con una española)
  • Días de lluvia: 2
  • Picaduras de mosquitos: pocas, casi nulas
  • Palabras nuevas que aprendí: Sawatdee (hola en thai), Apakhabar (cómo te va en Bahasa), xie xie (gracias en chino mandarín)
  • Dato inútil: los japoneses usan una toalla alrededor del cuello los días de calor y una toalla en la cabeza si llueve
  • Cantidad de veces que me cobraron de más: probablemente varias (especialmente en Tailandia)
  • Cantidad de veces que me cobraron de menos: ojalá que hayan sido muchas, incontables
  • Cantidad de veces que canté mentalmente la canción Julia de los Beatles mientras caminaba por Chulia Street: 99% de las veces
  • Sueño más raro: que me despertaba y tenía dos sanguijuelas pegadas en el tobillo
  • Interpretación de mis sueños más acertada: no vayas a la selva en época de lluvia
  • Cantidad de fotos que saqué: 1842 (sic)
  • Palabras del mes: couchsurfing, cheap, guesthouse, arshentina
  • Promedio de veces que comí arroz/fideos por día: 2
  • Descubrimiento culinario del mes: sticky rice
  • Personaje del mes: Ang Huah
  • Promedio de veces que me bañé por día: 1.5
  • Cantidad de argentinos que me crucé: 2
  • Cantidad de veces que me crucé argentinos y simulé ser de otro continente y no hablar español: 1 (el “mirá boludo” fue más fuerte que yo)
  • Cantidad de veces que me preguntaron si era francesa: 3
  • Cantidad de veces que me aseguraron que era holandesa: 2
  • Cantidad de veces que me dijeron “Argentina, football!”: un 95.6% de las veces que dije que era argentina
  • Qué aprendí este mes: a comer con palitos chinos
  • Cantidad de datos falseados en esta estadística: 1 (todavía me cuesta el tema de los palitos)
  • Descubrimiento del mes: acá todos recuerdan mi nombre porque parece… ¡JAPONÉS!

Todos los datos son 99% reales y fueron corroborados por el staff de Viajando por ahí (o sea yo). Cada mes habrá más estadísticas. Se aceptan todo tipo de sugerencias. Gracias.

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Bangkok en diez palabras – parte II

[box type=”star”]Podés leer la primera parte de este post acá: Bangkok en diez palabras – parte I [/box]

6. SPICY

Me lo dijeron antes de viajar: siempre pedí la comida not spicy, porque le ponen un picante que nos mata, y aunque les digas no spicy, siempre algo picante va a estar. Por ahora tuve suerte, me animé a la comida tailandesa y es… deliciosa! Me encanta la mezcla agridulce que tiene. Por ejemplo hoy almorcé un arroz con pollo, camarón y ananá (más una salsa misteriosa que jamás descifraré). Lo bueno es que los menúes casi siempre vienen con fotos o con una breve descripción de cada plato en inglés, así por lo menos uno tiene una idea más o menos remota de lo que le van a servir.

Es imposible no comer en Bangkok, la comida te persigue, los vendedores ambulantes están en todas las veredas, repito: en todas. La cosa se volvió tan sofisticada que incluso ponen mesitas en la calle para que los comensales descansen y se coman un plato de arroz. Debe haber unos diez restaurantes por cuadra e igual cantidad de carritos. Desde la madrugada, hombres y mujeres fríen pollos, cortan frutas en pedacitos, sirven té y café y preparan comidas al paso en la calle.


7. WAT

Pero los carritos no son la única decoración callejera. Hay un elemento que probablemente nos llame más la atención a nosotros (por nosotros me refiero a los occidentales): cada pocas cuadras hay desde enormes templos (wats) hasta pequeños altares abajo de un árbol. Los tailandeses se toman unos minutos de su rutina para frenar, agradecer y realizar alguna ofrenda. Casi el 95 por ciento de la población es budista practicante y es muy común cruzarse con monjes en cualquier parte de la ciudad. Ellos tienen ciertos lugares reservados en los trenes, subtes y barcos y, según tengo entendido, una mujer no debe sentarse al lado de un monje. En Bangkok hay todavía mucha evidencia del antiguo reino de Siam, especialmente templos, palacios y Budas. Actualmente el país es una monarquía constitucional: el rey Bhumibol Adulyadej está en el trono desde 1946.

8. PIES

Para los tailandeses, la cabeza de las personas es sagrada y los pies son lo más bajo y sucio, por lo tanto es de mala educación tocarle la cabeza a alguien o señalar algo con los pies. Además, cada vez que se entra a un templo o a una casa es necesario descalzarse: en los templos hay carteles que piden a los turistas que se saquen los zapatos y estantes ubicados especialmente para dejar el calzado. Otra cosa que llama la atención con respecto a los pies es la cantidad de lugares que ofrecen masajes y reflexología, hay por lo menos una o dos de estos “salones de belleza” por cuadra.

9. TUK-TUK

“Tuk tuk lady? Where you go?”, probablemente es una de las primeras frases que aprenden los conductores de tuk tuks cuando sacan el registro. Si bien los vendedores ambulantes tailandeses no acosan a los turistas (es más, creo que ni les llaman la atención), los conductores de estos peculiares taxis se acercan a cualquier extranjero que vean. Puede parecer divertido subirse a estos autitos mezcla de moto con carroza, pero si hay algo que los tailandeses les dicen a los turistas es no se suban a los tuk tuks. Es verdad que cobran menos que un taxi normal, pero generalmente lo que hacen es pasearte, decirte que el lugar que querés visitar está cerrado y llevarte al negocio de ropa o joyas que maneja la cuñada para que compres souvenirs. Uno de los scams (engaños) más comunes es que te ofrezcan un tour por distintos puntos de la ciudad a un precio muy barato y te terminen llevando a donde se les cante (probablemente a lugares donde les den una comisión por llevar turistas). Otro engaño bastante común según leí es la venta de piedras preciosas: alguien se te acerca y te ofrece piedras preciosas a un valor muy bajo y te asegura que las vas a poder vender en tu país a un precio altísimo, en ese momento interfiere alguien que dice ser del gobierno, te muestra su identificación (trucha) y te sella un papel donde promete devolverte la plata en caso de inconvenientes. Obviamente todo está armado. Más allá de esto, es muy raro que quieran robarte o lastimarte.

10. CALOR

¿Ya dije que hace 40 grados a la sombra, no? Esta palabra se ganó dos apariciones en mi top ten de Bangkok porque el calor es tan pero tan insoportable que no dan ganas de salir de los lugares que tienen aire acondicionado. Lo que no entiendo es cómo hacen las tailandesas para estar impecables: ni una gota de transpiración, ni un pelo fuera de lugar. Que alguien me indique dónde compro lo que sea que usen para estar así. ¿Será cierto eso de que se bañan tres veces por día?

Decidí huir de la ciudad e ir hacia la playa, ya que esta es la mejor época para ir al mar. Además en unos días empiezan las vacaciones acá en Tailandia y los festejos de año nuevo, así que va a haber una gran movilización de gente.

Me voy a las islas de Ko Pha Ngan y tal vez Ko Samui, al sur del país, en breve escribo desde allá.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post!

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Hacia Asia: preparativos para mi viaje de ida al Sudeste Asiático

Los preparativos de un viaje agotan. No sólo físicamente, sino más bien mentalmente.

La primera pregunta es —suponiendo que pudiéramos viajar a cualquier destino del mundo, más allá de las limitaciones económicas—: ¿A dónde voy? Algunos optan por los lugares “conocidos”, otros por los lugares “seguros” (vaya uno a saber qué significado le da esta gente a estos términos), muchos prefieren ir cerca, algunos buscan lo exótico e impredecible, otros —aunque usted no lo crea— no sienten el impulso ni la necesidad de moverse de los metros cuadrados de La Tierra que le pertenecen (aunque sea una pertenencia efímera). Lamentablemente (para algunos, no para mí), nací con alma nómade y no puedo estar quieta; además, siempre pienso en grande: yo no quiero conocer un país, quiero conocer El Mundo, así, con mayúsculas.

Esta vez decidí optar por un continente que me atrae hace tiempo: ASIA. No se aceptan las preguntas del tipo ¿Hacia dónde vas? seguidas de una sonrisa que demuestra la supuesta creatividad del juego de palabras. Asia dónde voy querés saber. Fijate.

Una vez elegido el destino, empieza la investigación. A menos, claro, que uno contrate un paquete turístico que incluya, a saber: traslados aéreos, traslado terrestre desde el aeropuerto hasta el hotel (cinco estrellas, of course), alfombra roja hasta la playa, tours en combi con aire acondicionado por la ciudad, botones que lleve las valijas y abanique a los visitantes, espectáculos prearmados, escenografía para fotos típicas, encuentros casuales con los locales en lugares predeterminados, papel higiénico y cepillo de dientes.

Exagero, sí, un poco, pero es más la cantidad de gente que no sabe nada acerca del lugar al que va, que la que se toma el tiempo de investigar algo acerca de la historia, cultura y lenguaje del país o región. Tengo un amigo para presentarles: se llama Lonely Planet. Es una de las biblias de los viajeros  AUNQUE, como todo libro sagrado, no hay que creer todo lo que dice ni tampoco seguir sus preceptos al pie de la letra. Nació como una guía y morirá como una guía, no como un único camino hacia la salvación. Segundo mejor amigo: los foros de viajeros. Y los amigos, conocidos, amigosde, que viajaron y están dispuestos a contar todo.

Bien. Ya sabemos ubicar nuestro futuro viaje en el mapa. Incluso estamos tentados de trazar una linea de puntos de una ciudad a otra, indicando el camino a recorrer. Pero lo más probable es, si hacemos el viaje sin limitaciones de tiempo, que el recorrido se vaya modificando (incluso definiendo) a medida que caminemos.

Caminante no hay camino, dicen.

Ahora empieza la tortura mental.

Es una tortura de esas que no duelen, pero que tampoco conoce horas de descanso.

Una vez que tenemos toda la información necesaria, que sabemos decir hola, gracias, por favor, cómoleva en los quince dialectos del país, que nos aprendimos de memoria los milímetros de lluvia que caen cada mes, que somos capaces de nombrar, sin repetir y sin soplar, los ingredientes de las comidas típicas de cada pueblo, preparense, porque ahí empiezan las preguntas.

Cada noche me voy a dormir con un nuevo dilema existencial: ¿Mochila o carrito? ¿Efectivo, tarjeta o traveller’s checks? ¿Ropa de abrigo? ¿Hará frío en un lugar tan tropical? Seguro que voy y llueve, y yo sin paraguas. ¿Voy lo más liviana posible y me compro la ropa allá? ¿En qué país empiezo el recorrido? Viajando por Latinoamérica tenía un camino, digamos, “lógico”: siempre hacia el norte. Pero ahora, ¿cómo uno esta cantidad de países dispersados que no siguen ningún orden aparente? ¿Tibet o no Tibet? ¿Hablar o no hablar de Myanmar? ¿A la India sola o acompañada? Cada día, una nueva pregunta.

Un lugar por el que hay que pasar obligatoriamente antes de partir: vacuNation.

Según me dijeron, por lo menos diez pinchazos. A los miedosos les digo, lo lamento, pero no pueden abstenerse. La salud ante todo. Es como llenar un álbum de figuritas: Hepatitis A, late, Hepatitis B, late, Fiebre Amarilla, late, Fiebre Tifoidea, late, Polio, late, Meningitis, late, Tétanos-Difteria, late, Rabia, nola, Encefalitis Japonesa, nola (dicen que es la difícil, no se consigue en Argentina). Me faltan dos de nueve, nada mal. Lástima que no son intercambiables, cada cual tiene que completar su propio álbum.

Y después, la tarea más desafiante: hacer la mochila, lo más completa y liviana posible. Dos términos difíciles de conciliar, especialmente por lo de liviana. Pero es así, nada mejor que viajar lo menos cargado posible. Cuantos menos objetos, menos preocupaciones y más lugar para guardar experiencias e historias.

Ya falta poco. A tachar los días nomás.

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