Volver a casa

“It is very important to go home if you want your work to be whole. You don’t have to move in with your parents again, but you must claim where you come from and look deep into it.
Come to honor and embrace it, or at the least, accept it.”

(Natalie Goldberg, Writing down the bones)

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Fue en alguna esquina de Belgrado. Era de noche, pasamos caminando frente a un barcito que daba a una calle empedrada y por unos segundos sentí que estaba en Buenos Aires. O quizá por un momento fui una serbia que caminaba por la capital argentina en una dimensión paralela. Hay ciudades que no se parecen físicamente pero comparten una esencia, tienen algo que no se puede reducir a un edificio del mismo estilo o a platos de comida más o menos similares, es otra cosa, una atmósfera, algo intangible lo que las hermana. Yo a Belgrado la sentí muy Buenos Aires. Son ciudades con historias y realidades distintas, están separadas por miles de kilómetros y, si bien ambas tienen cierto aire antiguo, melancólico y amigable, no es que sean gemelas. Tampoco llegan a mellizas, pero hay algo similar en la relación entre estas dos ciudades y sus habitantes, una identificación muy fuerte entre las personas y el espacio, como esos departamentos en los que a primera vista se nota mucho la personalidad del dueño. Yo entré a Belgrado y la sentí muy habitada, con historias por todos los rincones, como Buenos Aires. También es cierto que uno siempre ve lo que está buscando, y en ese viaje yo ya no pensaba en otra cosa que en volver a casa.

Algunas imágenes de Belgrado

Algunas imágenes de Belgrado

Las esquinas de la capital serbia

Las esquinas de la capital serbia

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Escaleras

Escaleras

De todos mis viajes largos, nunca volví con tantas ganas a Buenos Aires como ahora. Hasta conté los días para que saliera el avión, y eso que volar no me gusta nada. “Vos decías que querías irte diez años y no volver”, me recordó Lau. Sí, alguna vez lo dije, pero la gente cambia y tenemos que adaptarnos a nuestros propios cambios. Ahora me doy cuenta, cada vez más, de que mi límite de tiempo sin volver a Buenos Aires es un año, después de eso me agarra la nostalgia, el extrañamiento, y viajo con menos ganas. La primera vez que me fui, volver me parecía el final indeseado de un estilo de vida que recién empezaba a descubrir. Volver = se termina todo. Volver = el precipicio. Era como saltar al vacío. Ahora lo veo como una necesidad. Volver = reencontrarme con mi gente, con mis espacios, conmigo. Cuando el avión aterrizó en Ezeiza, la gente aplaudió y yo me reí emocionada. Fueron casi dos años lejos de casa, dos años con ganas de volver y a la vez sin saber bien qué haría si volvía, dos años sin un grupo de amigos fijo, sin cenas familiares, sin ver las mismas caras, sin recibir los abrazos de la gente que quiero.

Más detalles de Belgrado

Más detalles de Belgrado

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Paso de zebra

Paso de zebra

Si a cada viaje le pusiera un título, diría que mi primer viaje por América Latina fue el de descubrimiento, la iniciación en la vida viajera: durante nueve meses aprendí en qué consiste viajar, cómo es eso de tener una rutina distinta todos los días, cómo es conocer gente nueva todo el tiempo. El de Asia fue la exploración: culturas muy distintas a la mía, comidas nuevas, costumbres que no conocía. Y este último —Sudamérica y Europa— fue la búsqueda: me pasé dos años tratando de encontrar el significado de la palabra home para, una vez resuelto el enigma, poder volver a casa. Fue un viaje circular. Todavía no lo tengo muy claro: ¿qué es el hogar? ¿Es el lugar donde nacimos o el que elegimos? ¿Es una persona? ¿Nuestra familia? ¿Es un estado de ánimo? ¿Un trabajo? ¿Mi hogar es la quietud o el movimiento? ¿Mi hogar es Buenos Aires o fue Biarritz? ¿Mi hogar es un lugar que todavía no conozco? ¿Puedo sentirme en casa solo por estar escribiendo? ¿Puedo sentirme en casa cada vez que abrazo a L.? ¿Mi hogar es donde me siento bien o donde está la gente que quiero? Home is where the heart is? Home is wherever I’m with you? No sé si estas preguntas tienen respuesta.

Buzones en Belgrado

Buzones en Belgrado

Reales y pintados

Reales y pintados

Lo que sí siento es que volver a casa es volver a uno mismo, es un reencuentro entre la persona que vino de viaje y la persona que (nunca) se fue. Viajera duplicada a la potencia. Un viaje a las raíces de nuestro ser. Llegué a Buenos Aires y me llevó unos días reconocer mis espacios, acordarme de las tazas que usaba para el té todas las mañanas, del huequito en el sillón donde me gusta leer y dormir la siesta, de esa almohada roja blandita que tengo en la cama, de mi osito de peluche blanco que me espera siempre, de la alfombra de colores donde me gusta estirarme, del tupper donde guardo las galletitas, de las postales que dejé pegadas en la puerta, de los cajones llenos de cosas que no necesité durante dos años, de todo lo que me gusta hacer cuando no viajo. Cierto que a mí me gusta lavar los platos mientras miro por la ventana, que saco la basura descalza, que tengo una guitarra en la que toco la única canción que me acuerdo y que dejé una biblioteca repleta de libros, cajas llenas de cuadernos escritos y un balcón con mucha vista a ciudad. Cierto que también tengo vida cuando no viajo, que soy Aniko y vivo en Buenos Aires y tengo amigos y familia y programas de radio y la verdulería de enfrente y los chinos cerca y el subte a pocas cuadras.

Café en Belgrado

Café en Belgrado

Puertas pintadas

Puertas pintadas

Buenos Aires me recibió a su manera: con cortes de luz, falta de agua, el tráfico cortado, un tiroteo (?), precios sumamente inflados y un calor impensado para ser invierno. Pero tal vez si no hubiese sido así, no sería ella y yo no la hubiese extrañado tanto. También me recibió con cenas familiares, reencuentros, almuerzos al aire libre, mazapán, tés con miel, caipirinhas, empanadas, casamientos con Fernet y carnaval carioca, viajes en bondi, comentarios espontáneos en la calle, bebés recién llegados. Y con dilemas. Si bien sé que los números no importan, haber cumplido treinta marcó un cambio en mi vida. Me encanta haber llegado a esta edad porque siento que durante mis veinte hice todo lo que quise, pero ahora me es imposible no plantearme otro tipo de preguntas.

Volví a Buenos Aires con ganas de quedarme acá durante varios meses. No quiero viajar por el momento, estoy un poco cansada, necesito un tiempo de vida estática. A la vez tengo ganas de empezar actividades nuevas, de dedicarme a otras cosas, de trabajar por fuera de la computadora, de construir cosas con las manos, de tener un atelier donde crear. No sé crear qué, pero crear. Quiero aprender a dibujar, hacer comics y cuadernos artesanales, quiero aprender a bailar rock, tomar clases de cocina, andar en bicicleta, sacar fotos de lo cotidiano, ir a actividades culturales, hacer vida de ciudad. Los primeros días me angustiaba: si a mi viajar y escribir me encanta, ¿por qué ahora no me sale? ¿Por qué no puedo? ¿Será que no es lo mío? Lo sea o no, si hay algo que aprendí en este tiempo es a serle fiel a mi esencia, a respetar mis impulsos y mis cambios, a hacer lo que me haga sentir bien. Y ahora, lo que necesito es estar acá, en mi casa. Cuando sienta que quiero salir otra vez, lo haré.

Arte callejero en Belgrado

Arte callejero en Belgrado

Hay palabras que no tienen traducción literal y que expresan muy bien un concepto: es el caso de homesickness. Es la enfermedad del hogar, el extrañamiento del país natal, la nostalgia por lo propio. Al parecer está comprobado que casi todos lo que viajamos lo sufrimos alguna vez en la vida. Hay quienes lo sienten al principio de un viaje o mudanza a otro país, a mí me llega después de unos meses. Homesickness: extrañar a la familia, a los amigos, la comida, las rutinas, los detalles cotidianos de nuestro día a día en ese lugar que, por nacimiento o elección, consideramos nuestra casa. Yo agrego: extrañarse a uno mismo en su ciudad. Supongo que cuando caminé por Belgrado estaba en mi punto álgido de extrañamiento. Ahora escribo desde Buenos Aires y estoy contenta, sin depresión post-viaje y muy conectada a mi yo que no viaja. Era lo que necesitaba. Y entiendo a Natalie Goldberg que me dice, desde uno de mis actuales libros de cabecera“But don’t go home so you can stay there. You go home so you can be free; so you are not avoiding anything of who you are.”

*

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Les regalo un párrafo del libro [eafl id=”21099″ name=”Las ciudades invisibles” text=”‘Las ciudades invisibles'”] de Italo Calvino. Lo leí ayer mientras iba en el subte y casi me paso de estación.

“Los otros embajadores me informan sobre carestías, concusiones, conjuras, o bien me señalan minas de turquesas recién descubiertas, precios ventajosos de las pieles de marta, propuestas de suministros de sables damasquinos. ¿Y tú? —preguntó el Gran Kan a Polo—. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco por la noche sentado en el umbral de su casa. ¿De qué te sirve, entonces, viajar tanto?”

Sonreí: nadie te filma

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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¿Nunca sentiste como si fueses víctima de un reality show al estilo Truman Show, donde todo el mundo sabe que te están filmando menos vos? ¿Nunca dijiste “pará… es una joda de Tinelli, no”? ¿Nunca pensaste “esto es demasiado raro para ser cierto”?

A mí me pasa bastante seguido, especialmente cuando viajo. Creo que a todos nos pasa cuando viajamos, ya que todo lo que nos rodea es “nuevo”, “raro” y “sorprendente” y es lógico que las situaciones que vivimos sean “nuevas”, “raras” y “sorprendentes”. Pero me parece aún mejor cuando esto nos pasa en nuestro lugar de origen, cuando lo conocido se tiñe de bizarro, lo cotidiano se altera y vivimos un momento cargado de Realismo Mágico (mi género literario preferido, les comento).

Estos días me está pasando bastante.

Todo empezó, creo (ya ni sé), cuando iba en el colectivo rumbo a Belgrano y vi, en uno de los carteles de las paradas, la siguiente calco:

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Como saben (o no), esta serie de posts denominada Amigate con Buenos Aires surgió gracias a la inspiración de una de las calcos de Proyecto Calco en la que decía, simplemente, “Amigate”. La tenía pegada en el espejo de mi casa y la leía todos los días; de repente una tarde me inspiró, una cosa llevó a la otra y terminé escribiendo posts de amor desenfrenado hacia Buenos Aires, ciudad que me encanta y me desencanta. Unos días después, además, me choqué con la calco “Sorprendete” en las escaleras del subte y todo empezó a tornarse… sospechoso. Hace dos días, cuando vi la calco de “Sonreí” pegada en la parada del bondi me reí sola (¡funcionó!) y después pensé: “Acá hay algo raro, las calcos me persiguen”. Y así fue como empezó lo que voy a denominar Día de Persecución de Carteles Bizarros.

Pero antes de eso, un poco más de las situaciones realisticamentemágicas o magísticamentereales que me pasaron estos días.

Como conté en el post anterior, estoy alojando viajeros en el sofá de mi casa. Mis huéspedes actuales son de Estados Unidos (ella) y de Perú (él). Cuando entraron a casa y nos vimos las caras, Oliver (claramente el “él” de esta historia) me dijo que ya nos conocíamos. Libby, ella, me preguntó si había estado en Perú en los últimos meses. Casualmente, sí, estuve. ¿En qué parte? Lima, Cusco, Huaraz, Huacachina, Punta Negra… ¡Nosotros también! ¿Escalaste el Pastoruri? Sí… ¡Nos conocimos ahí! ¿Pero tenías el pelo más largo, no? Así es… Así que mis huéspedes y yo nos conocimos hace unos meses a 5000 metros de altura en el famoso nevado Pastoruri, nunca hablamos ni mantuvimos contacto y ahora, de repente (Couchsurfing de por medio), están en mi casa. No me digan que no es curioso.

[singlepic id=2563 w=625 float=center] Nos conocimos por acá. A la vuelta.

El domingo pasado salimos a caminar y nos fuimos a la casa de otro peruano amigo de Oliver que vive en Buenos Aires hace unos 8 años. Casualmente, muy cerca de mi casa. Para llegar pasamos por una intersección de San Telmo a la que no voy tan seguido los domingos (Cochabamba y Paseo Colón, por ahí) y tuve un “Sorprendete” bis: había mucha vida callejera-artística, mucha gente sentada en la vereda sacando fotos, una feria bajo la autopista y una voz que gritó “¡dale bo, apurate!”, seguido de un grupo de candombe que avanzaba por la calle empedrada. A mí no me engañan: ¡estoy en Montevideo! Seguimos caminando, llegamos hasta Defensa y encontramos una banda muy buena al estilo Dancing Mood que tocaba en la calle. Todo esto está armado para mí, ¿no?  Son esas alegrías de domingo que me da esta ciudad.

[singlepic id=2957 w=625 float=center] Qué lindos que están los árboles florecidos… (las fotos son medio malas, las saqué con el celular)

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Unos días después, mi amiga Delfi (viajera también) y yo bajábamos por el ascensor de mi edificio. Como vivo en el piso 18, el trayecto da para charlar. Íbamos con la vecina del 19, una señora que debe tener unos… ¿80 años? Delfi me preguntó qué lugares iba a recorrer en mi próximo viaje y yo le dije que en principio planeaba ir a España, Portugal y Marruecos. Cuando llegamos a la planta baja, la señora, que obviamente había escuchado todo, me dijo: “¡Hacen muy bien chicas! ¡Hay que viajar! Yo de joven me la pasé viajando, me recorrí todo y me casé recién a los 55. ¡Disfruten que son jóvenes!”. Inesperado. Quiero ser su amiga y que me invite a tomar el té para charlar de viajes.

Y ahora sí, los carteles cómicos que me encontré por Buenos Aires.

[singlepic id=2947 w=625 float=center] La ferretería con más buena onda del mundo. ¡Quiero nylon para los nervios!

[singlepic id=2948 w=625 float=center] Lo de “Pronto Navidad” me hizo mucha gracia, no sé por qué.

[singlepic id=2949 w=625 float=center] Sin palabras. Cuando lo leí, tardé un rato en caer en quién era “santa”.

[singlepic id=2950 w=625 float=center] ¿Alguien necesita detective?

[singlepic id=2951 w=625 float=center] ¿Cuántos años tiene este cartel? ¡Yo ya tuve dengue! ¿Me gano algo?

[singlepic id=2952 w=625 float=center] Lo rasparon con forma de carita feliz.

[singlepic id=2953 w=625 float=center] Hay paroooooooooo!!!

[singlepic id=2954 w=625 float=center] ¡Minga!

[singlepic id=2955 w=625 float=center] …y un cassette dejado a su suerte.

Y el último, al que no le saqué foto no sé por qué, fue genial. En una esquina de Belgrano R hay una verdulería que da a la calle. Las frutas están apiladas, muy prolijitas. Encima de las frutas hay un cartel electrónico (?) (no sé cómo se llama este tipo de cartel) de fondo negro por dónde avanza un mensaje en letras rojas: “HAY LIMA”, decía, y las letras se iban corriendo de derecha a izquierda y se perdían en el margen del cartel. Después volvían a entrar: HAY LIMA, anunciaban. Mi imaginación me dijo: Seguro que ahora van a poner “Hay lima, y hacemos las mejores caipirinhas del barrio”. Pero no.

¿Será que la que cambió es mi mirada y tengo el Modo:Bizarro ON?

 

Palermo Arte (o Cosas que extraño cuando no estoy acá)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Si pudiera elegir un lugar de Buenos Aires donde vivir, sería una casita en algún pasaje de Palermo Viejo. Tendría que ser una casa vieja, con muchas flores en la ventana y con paredes disponibles para intervenirlas. Que sea una Casa Graffiti, un lugar donde pueda convocar a todos los artistas callejeros y decirles: Tomen la pintura, hagan lo que quieran, pónganle color a mis paredes. Y si quieren, organicen recitales, muestras de fotos, movidas musicales. Que sea una Casa del Arte.

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El arte callejero es una de las expresiones que más me gustan: es un arte desinteresado, un arte con el único fin de ser arte, un arte que da color hasta a la ciudad más gris, un arte que expresa la voz de la gente joven, un arte que habla, que grita, que estalla a través de la pintura, un arte que es de todos y de nadie, un arte que no busca quedar bien con nadie, un arte efímero. Por eso siempre me sentí tan bien en Yogyakarta (la ciudad donde viví en Indonesia), porque cada vez que salía por la ciudad y veía los mensajes pintados en las paredes sentía que había una movida joven, que la gente no estaba dormida sino que pensaba, opinaba y se expresaba a través del color. Allá en Asia también encontré arte callejero.

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Hace unos días encontré uno de los cuadernos que escribí durante mi viaje por América latina (2008) y uno de los textos contenía la siguiente lista:

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  • Las cuatro estaciones, ver cómo las hojas van cambiando de color, caen de los árboles, cubren las veredas y hacen ruidito cuando las piso.
  • El cielo azul y despejado [se ve que andaba por lugares medio grises]
  • Salir un domingo a pasear por la ciudad y que todo esté abierto [visité pueblos y ciudades donde los domingos no sale ni el perro].
  • Sentarme en un café con mesitas en la vereda y leer.
  • Viajar en bondi.
  • Sentarme en Plaza Francia un domingo y escuchar a la banda que esté tocando.
  • Saber que todas las noches hay algún evento cultural en algún lugar de la ciudad.
  • Las movidas artísticas, las inauguraciones, las muestras de fotos, las bandas que tocan en los bares, los shows homenaje a algún artista, los recitales al aire libre.
  • Los centros culturales.
  • El arte callejero.[/quote]

El título era Cosas que extraño de Buenos Aires.

En resumen: hojitas de otoño, arte en las paredes, posibilidad de escuchar música en vivo en cualquier lugar y a toda hora. Esa es mi respuesta a la pregunta que siempre me hacen, esas son las cosas que muchas veces me hacen falta cuando estoy afuera. Son cosas que ocurren en todos los barrios, pero que para mí siempre fueron sinónimo de Palermo, tal vez porque, como les dije, crecí y me moví por ahí durante muchos años. Así que mi post de hoy es un homenaje a los colores de Palermo, con pocas palabras pero muchas imágenes.

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Viajando por ahí y Proyecto Calco: “Sorprendete”

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Situación: Mi mamá me da un piloncito de calcomanías que me dejó mi amigo de Proyecto Calco en portería y me pregunta “¿Para qué son?”, y yo le respondo: “Para desparramar mensajes positivos por el espacio público y alegrarle el día a las personas”, “¡Ahhh…!” (sonríe). Fin de situación.

Como les conté en el primer post del proyecto, Amigate con Buenos Aires surgió gracias a una de las calcos de Proyecto Calco que dice, justamente, “Amigate” y que me impulsó a reconciliarme fotográficamente con mi ciudad. Pero hace poco me di cuenta de que la calco que más me estaba haciendo efecto era otra, la que dice “Sorprendete”. Y para ella va dedicada este post.

 ***

Cuando leí por primera vez El mundo de Sofía de Jostein Gaarder (hace por lo menos 10 años) hubo una frase que me quedó grabada para siempre. Decía algo así: “El filósofo debe ser como un niño y nunca perder la capacidad de asombro frente al mundo”. Esa idea de asombrarse frente a “lo normal” me pareció clave para poder ver el mundo de otra forma y jamás dar las cosas por sentado.

A veces, cuando me enfrasco en una rutina y la repito durante varios días y/o meses, me doy cuenta de que naturalizo todo lo que está a mi alrededor y el lugar por el que camino me parece ordinario, cotidiano, normal. Me pasa cuando estoy demasiado tiempo en Buenos Aires y me pasa después de varios meses de estar viajando. Como el viajar se vuelve, quiera o no, una rutina, hay días en que veo las cosas con ojos de “ah, otro Buda, ah, otro templo, ah sí, otro río, ah mirá, más monjes”. Y en esos momentos me peleo contra mí misma y me digo: Mirá donde estás, mirá todo lo que estás viendo, no seas tarada, ¡sorprendete! Que el mundo no es un lugar normal.

Por Liniers (genio)

Desde que volví a Buenos Aires pasé por muchos estados: tristeza (lo que llamo la Depresión Post-Viaje, un tema sobre el que me explayaré más adelante en algún post bajonero), melancolía, sentimiento de no pertenecer, sentimiento de sí pertener, euforia, redescubrimiento, reconciliación y, hace unos días, sorpresa constante.

Tuve a dos chicas de Estados Unidos viviendo en casa durante unos días (Couchsurfing) y me contagiaron su mirada outsider. Ahora, cada vez que salgo a caminar, encuentro algún detalle, edificio, monumento, situación, evento, tribu urbana o persona que me sorprende.

Acá van algunas:

* Una situación: el viernes pasado salí de mi casa a la noche y me encontré con un set de filmación a pocos metros de mi edificio. Había muchas luces, cámaras, cables y personas muy cool sentadas en sillitas de director y maquillandose. Hollywood in Buenos Aires.

* Un barrio: Puerto Madero. Hace un tiempo empecé a andar en bici por esa zona. Antes me iba directamente a la Reserva Ecológica, pero hace unas semanas decidí recorrer Puerto Madero en sí y casi me caigo de la bicicleta con tantas distracciones, tanto museo y tanto edificio. Estoy anonada frente al crecimiento de Puerto Madero. ¿Ustedes vieron lo que son esas torres? ¿Ustedes vieron los parques que hay en el medio? ¿Ustedes vieron los museos? Singapur in Buenos Aires.

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A ver si descubren el detalle de esta foto…

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* Una tribu urbana: los otaku (o “gente que posee interés en el animé y el manga” o “fanáticos de la cultura japonesa”). Ya describí mi encuentro fortuito con ellos en el Jardín Japonés el fin de semana pasado.

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* Un día: el sábado. Salí a sacar fotos con Gabriel Greco, blogger de viaje amigo y autor del blog Destinos Actuales junto con Eddy Lara Brito. Nos encontramos en San Telmo y caminamos durante varias horas sin plan ni rumbo. Y los dos llegamos a la misma conclusión: fuimos con los ojos tan abiertos que descubrimos cosas que nunca habíamos visto a pesar de haber pasado varias veces por ahí. Encontramos rincones, arquitectura, personajes, graffitis, stencils, mercados… Y hasta nos chocamos, inesperadamente, con la Marcha del Orgullo Gay.

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Y la Luna.

* Un lugar: Parque Lezama. Nunca había ido un fin de semana y la verdad que me sorprendió la cantidad de gente y actividades que había: bandas estilo Onda Vaga tocando en el pasto, grupos de percusión que me recordaron a un domingo en Montevideo (Uruguay), amigas tomando mate, familias caminando, abuelos y nietos jugando al fútbol, parejas en los bancos. Y de fondo, la Iglesia Ortodoxa Rusa, con esos colores tan estridentes y llamativos.

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* Una persona: esta mujer. Amé su look. Creo que era Dominicana, quise sacarle fotos pero el marido nos miraba mucho, así que disimuladamente apunté mi cámara sin mirar y salió esto (con la bizarrísima cabeza del nene cortada a la mitad y el viajandoporahi.com que le quedó puesto de anteojo).

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Y estas personas también me cayeron bien:

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La fauna urbana de Buenos Aires es interminable, muy simpática y extremadamente fotogénica.

* La sorpresa más sorpresiva: encontrarme con el sticker de Proyecto Calco “Sorprendete” (el mismo que me inspiró a escribir este post) pegado en un escalón a la salida de la estación Juramento del Subte D. No podría haber pedido un final mejor.

***

La Rueda de la Moraleja dice: No es necesario viajar para sorprenderse, todo depende de vos y de tu mirada. Así que abrí los ojos, ponete el switch en Modo Sorpresa y salí a caminar por tu ciudad. Mirala como si fueses turista, como si vinieses de un lugar donde todo es distinto, donde la lógica es otra, donde todo se hace al revés. Dejate llevar por tu instinto, encontrá rincones que nunca viste, observá a la gente, buscá detalles, dejá que los detalles te encuentren. Sorprendete.

Ciudad repleta / Ciudad abandonada

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Son casi las 12 de la noche de un miércoles. El 126 avanza por Alem y yo miro Microcentro desde la ventana. No hay ni un fantasma. Si no conociera Buenos Aires pensaría que el colectivo se equivocó de ruta y se perdió entre las ruinas de una ciudad abandonada. Los edificios están cerrados y sin luz, los papeles y volantes que cubren el piso indican que, pocas horas antes, en esas calles hubo gente. Pero a medianoche ya no quedan autos, bicicletas ni peatones. Los pocos colectivos que circulan por ahí avanzan rápido: el asfalto les pertenece. A esa hora no hace falta tocar bocina ni estresarse.

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El 126 se mete por una calle angosta. Nunca me di cuenta de lo estrechas que son algunas calles de Buenos Aires, siento que si sacara un brazo por la ventana, podría rozar la fachada de los edificios con mis dedos. Y ahora que todo está vacío, esa cercanía entre las construcciones se nota mucho más. El colectivo parece ir dentro de un túnel formado por balcones. ¿Cómo es posible que esta zona que para los porteños es sinónimo de “caos” —o para decirlo en argentino: de quilombo— durante el día sea tan silenciosa durante la noche? Pensar que hacía unas horas había estado caminando por ahí con mi cámara, esquivando gente, motos y palomas…

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Si bien Microcentro no es oficialmente un barrio, sino el downtown de la ciudad, es una zona polémica: no creo que haya nadie “indiferente” a Microcentro, seguramente lo aman o lo odian. Lo cierto es que nadie que viva en Buenos Aires escapa de pisar esta zona, aunque sea una vez al día/al mes/en la vida. Algunos trabajan ahí —hay cifras que aseguran que cada día, en las oficinas, puestos, restaurantes, negocios y calles de Microcentro trabajan más de 4 millones de personas—, otros van a hacer trámites, a manifestarse, a reunirse, a almorzar, a dormir la siesta en algún banquito, hay quienes van de shopping o simplemente pasan por ahí para ir hacia otro lado.

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En mi caso, crucé Microcentro todos los días durante cuatro años para llegar a la facultad. Lo odié a la mañana por su tráfico lento y estancado. Lo quise un poco más al mediodía y a la tarde, por su energía. Y ahora diría que casi lo amo los fines de semana, cuando salgo con mi bici y no pasa ni auto. Es una zona que tal vez sea difícil de querer, pero a mí me gusta por sus construcciones antiguas y su coro de conversaciones. La calle Florida concentra lo típicamente porteño y lo vende a gritos: “Parrilla libre, no se cobra cubierto, parrilla parrilla…”, “Show de tango exclusivo, shoooow…”, “Excursiones por La Boca”, “Cambiooo, cambiooo”.

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Microcentro es una zona que me abruma y me revitaliza: esa masa de gente que va de un lado a otro por momentos me agobia y por momentos me hace sentir con energía. Y al ver la zona de noche, tan vacía, me doy cuenta de que lo que le otorga personalidad son todas y cada una de las personas que pasan todos los días por ahí.

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Días asiáticos (en Buenos Aires)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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Todo empezó cuando salí del edificio de mi mamá en la bici y, adelante mío, apareció una chica de nacionalidad indudablemente indonesia. Estaba vestida con una camisa de tela batik —típica de allá—, también estaba subida a una bici y tenía toda pero toda la cara de ser indonesia. La miré, me puse al lado en la bici, quise hacer contacto visual para preguntarle si efectivamente era de allá, pero durante el microsegundo que me miró me petrifiqué y no le pregunté nada. Después se fue y no me animé a emprender una persecución por las bicisendas de Buenos Aires.

[singlepic id=2753 w=625 float=center] Mujeres confeccionando batik en la isla de Java (Indonesia)

Me quedé pensando en lo que podría haberle dicho: “Aku cinta Indonesia” (“Amo Indonesia”) o “Kamu bisa bicara bahasa spanyol?” (¿Hablás español?). La hubiese descolocado un poco, ¿no? No creo que sea muy común que alguien la frene en pleno Buenos Aires y le hable en su idioma. Pero no me animé. Me agarró pánico escénico, estaba en shock (en realidad la que estaba descolocada era yo, que jamás imaginé encontrarme a una persona de Indonesia en el mismo edificio).

Más tarde comprobé que, efectivamente, en el edificio de mi mamá vive una familia de Indonesia, así que la próxima vez que vaya me quedaré haciendo guardia en la puerta o les tocaré el timbre haciendo de cuenta que me equivoqué de piso. ¡Me muero por conocerlos! Quiero escuchar cómo hablan español, si es que lo hablan, y con qué acento les sale; quiero saber qué piensan de la vida en Argentina, de qué parte de Indonesia son, hace cuánto que viven acá, si extrañan el sambal (la salsa picante que le ponen a todo) y el nasi padang (comida típica de una región de Sumatra). La próxima vez juro que me voy a animar.

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Esa misma tarde salí a caminar por la zona de Retiro. En realidad no lo tenía planeado, pero justo andaba por ahí y tenía tiempo, así que di una vueltita por Plaza San Martín y alrededores. Y oh sorpresa, adivinen qué pasó. Me crucé con una familia de Indonesia: sí, madre (con velo y todo), padre (con el gorrito típico) e hijo. Miré para atrás para comprobar que no hubiese cámaras siguiéndome y todo aquello no fuese un reality show, pero no, eran reales y pasaron caminando al lado mío. Probablemente siempre estuvieron en la ciudad, pero tuve que ir hasta Asia y volver para reconocerlos.

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El sábado salí a pasear por la ciudad con mi familia. No teníamos ningún plan y se me ocurrió, de la nada, ir un ratito al Jardín Japonés. Llegamos a eso de las cinco de la tarde y había bastante gente; al principio pensé que era “porque era sábado”, pero cuando vi que la mayoría de las personas estaban disfrazadas empecé a sospechar, y cuando me di cuenta de que eran disfraces de personajes de animé japonés… no lo pude creer. Habíamos caído en una jornada de manga y animé que se hace cada tres meses en el Jardín Japonés (y durante el resto del tiempo en otros lugares). Así que fue un momento ideal para sacar fotos.

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A las seis, cuando el Jardín cerró, pensé en voz alta: “Hace mucho que no voy al Barrio Chino”, y mi mamá, emocionada, me respondió que fuéramos para allá porque ella también quería verlo. Así que un rato más tarde estábamos pasando bajo el arco que marca la entrada al Chinatown porteño. Caminamos entre mercaditos, vimos lámparas rojas y vendedores de snacks chinos argentinizados, y por un rato sentí que estaba de vuelta en Asia.

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Y mis días asiáticos terminaron hoy, hace unas horas, cuando visité la mezquita de Palermo, una de las más grandes e importantes de Sudamérica. Todavía no entré, lo tengo pendiente junto con el stalking a la familia indonesia del edificio.

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Todos estos encuentros fortuitos con la cultura asiática en Buenos Aires me hacen pensar en que siempre hubo pedacitos de aquel continente en esta ciudad, pedacitos que van más allá de “los supermercados chinos”, “las tintorerías japonesas” o “el sushi”, pero que recién pude descubrirlos después de haber viajado por Asia y de haber adquirido algo así como el radar o la mirada asiática.

Arte, mate y plantas carnívoras

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Como les conté en el post anterior, decidí empezar un mini proyecto fotográfico llamado “Amigate con Buenos Aires” para documentar mi reconciliación con Buenos Aires. Todo surgió por una calcomanía que pegué en mi espejo y una sensación de que la ciudad volvió a cautivarme como en sus mejores épocas. Quiero aclararles algo para aquellos que no me conocen: No odio Buenos Aires. Tampoco la amo. O tal vez sí. Es una relación amor-odio, y ojalá dure toda mi vida, porque mientras sienta eso seguiré viajando y seguiré volviendo.

Cuando me planteé esta serie de posts pensé en dedicar uno a cada barrio, pero ahora, mientras miro las fotos que saqué en estos días, me doy cuenta de lo difícil que es abarcar un barrio completo en una sola caminata. Además, tampoco creo que me dé el tiempo para visitarlos todos. Y ya veo que si en el post de San Telmo hablo de Carlos Calvo van a aparecer los defensores de Humberto Primo, y si en Palermo voy a el Parque Las Heras y no al Planetario, se pudre todo, y si encima voy a Villa Crespo y no a Almagro, chau, me echan de la ciudad a patadas. Así que decidí darle una óptica distinta, más personal, porque al fin y al cabo no estoy haciendo un relevamiento barrial sino que estoy paseando por la ciudad y disfrutando de caminar sin rumbo.

Lo que me interesa es buscar momentos, encontrar detalles, compartir pedacitos de la ciudad con alguien y apropiarme de otros sola. Sé que esta ciudad tiene un significado distinto para cada uno de sus habitantes, así que lo quiero hacer es encontrar el mío y mostrárselos a través de imágenes. Quiero descubrir qué veo y qué no veo de Buenos Aires. Lo bueno de este proyecto, además, es que lo seguiré completando cada vez que vuelva de un viaje.

Los primeros días que estuve acá me dediqué a sacar fotos con el celular. En realidad, no salí específicamente a sacar fotos, sino que salí a caminar con un fin determinado (ir a equis lugar) y me colgué sacando fotos con el celular. Las fotos que se vienen ahora son de uno de los “circuitos” que más repetí, y cada una de estas imágenes surgió por algo que me llamó la atención. Todas son sacadas con celular (un Nokia por si se lo preguntan) y no forman parte del proyecto en sí, sino que las saqué antes por diversión.

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Esta casa siempre me gustó, está casi escondida entre los edificios del fondo y en venta hace varios años. Ojalá que el que la compre la mantenga así, con el arte en las paredes y esas flores que le salen del techo. Pero que no la derrumben para hacer un edificio, prométanme.

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Stencils y superpanchos en un quiosco del barrio.

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Esta es una de mis esquinas preferidas de San Telmo.

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Y estos son detalles que descubro cada vez que camino por esa cuadra.

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Como verán, uno de los grandes temas de mis fotos es el arte callejero. Creo que si tuviese el talento suficiente, me dedicaría a pintar paredes de colores y embellecer todas las ciudades del mundo.

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Uno de esos cafecitos icónicos de Buenos Aires.

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¿Alguien quiere mate?

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“Creer es crear”

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Y mis preferidas:

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En alguna de esas caminatas me subí a un colectivo y me encontré con esta combinación de colores.

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Casi no saco esta foto. Iba caminando, leí el cartel de pasada y la inercia me hizo seguir caminando. Unos pasos más adelante frené, volví y saqué la foto. Había un señor empujando un carrito con cajas y cuando vio lo que hizo, me imitó: frenó, volvió hacia atrás y leyó el cartel, probablemente con curiosidad de saber qué fue lo que me había llamado tanto la atención.

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