Desafío Islandia (10): Dar la vuelta a la isla a dedo

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Empezamos con timidez. Cuando Lau me desafió a dar toda la vuelta a Islandia a dedo tuve mis dudas. Era la primera vez que iba a recorrer un país entero solamente haciendo autostop y si bien estaba dispuesta a cumplir el desafío, sabía (o creía saber) que había algunos transportes pagos de los que no podríamos escapar: por ejemplo, el consabido bus que va del aeropuerto (que en el caso de Islandia está en Keflavík, a 45 minutos de la capital) al centro de la ciudad. “Bueno, que el viaje a dedo empiece desde Reykjavík”, dijimos como para no ponernos tanta presión. Pero oh sorpresa.

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Aterrizamos en Islandia como a las 11 de la noche y el cielo seguía claro (no lo sabíamos aún, pero esa falta de oscuridad nos daría un coraje y una sensación de inmunidad únicas) (por no decir que nos desquiciaríamos por completo). Fuimos en busca del bus barato (en Islandia nada es barato, pero nos habíamos enterado de que había uno que costaba €12 en vez de €16) y cuando llegamos a la oficina, del otro lado del aeropuerto, vimos que estaba cerrada. Volvimos en busca del bus normal pero el último ya se había ido. No queríamos pagar €100 por un taxi así que nos acercamos a una combi y le explicamos lo que nos había pasado. Nos dijo que nos subamos y quedamos un poco perplejas: ¿podía ser tan fácil? Sin haberlo planeado terminamos viajando a dedo hasta el centro de Reykjavík junto con el piloto y las azafatas del vuelo.

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Fotocharco del cielo a las 12 de la noche

El día siguiente pasamos por una oficina de turismo en Reykjavík para pedir un poco de asesoramiento en cuanto a qué ruta tomar. Las palabras del chico que trabajaba ahí fueron las siguientes: “¿Cómo piensan moverse? ¿Tienen transporte propio o van a dedo? Vayan a dedo, es muy fácil y seguro. Planeen los dos primeros días y después improvisen”. Ajá. Nada de “es muy peligroso chicas, están locas, paguen un bus, alquilen un coche, tengan un itinerario”, no. Vayan a dedo, nos dijo con frescura. Y a otra cosa. Así que lo más importante ahora era decidir hacia qué lado empezar: ¿norte o sur? A las dos nos pintó el norte, y arrancamos. 

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La ventana pasó a ser una tele

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Y la ruta, nuestro hábitat

El ritmo del viaje quedó marcado desde el primer día: como estábamos en plan relax y nunca se hacía de noche, siempre salimos a la ruta después del mediodía (a veces, incluso a las seis o siete de la tarde). No había por qué madrugar. En toda la vuelta a dedo pagamos por dos transportes, y ambos fueron buses urbanos para alejarnos algunos kilómetros de Reykjavík y empezar directamente en la ruta. Así que salimos de la capital en bus, nos paramos después de una rotonda y en cuatro minutos frenaron tres autos: al primero le dijimos que no gracias (fue solo una intuición: el señor no nos generó confianza), el segundo iba para otro lado y en el tercero nos subimos. Era una pareja española-rumana que también estaba de viaje. Lo bueno de ir con otros viajeros es que ellos también están conociendo y dispuestos a parar en cualquier lugar para sacar fotos.

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Selfie grupal con los primeros chicos que nos levantaron

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Frenamos un montón de veces a sacar fotos

La primera dificultad del viaje se presentó en Olafsvík, un pueblo que se empeñaba en no dejarnos seguir avanzando. Llegamos tarde y con lluvia, nos paramos al costado de la ruta y no pudimos salir. No frenaba nadie. Pero todo pasa por algo: un rato después de resignarnos, mientras buscábamos dónde poner la carpa, una pareja islandesa nos invitó a quedarnos en su casa con ellos y su hijo. Nos conocimos en la calle, nos quedamos dos noches, no quisimos irnos nunca más. Pero seguimos. Cuando vimos que salir de Olafsvík seguía siendo difícil, apelamos a un recurso nuevo: las canciones y bailes.

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La tía de uno de los chicos nos invitó a cenar a su casa y pudimos compartir una comida con una familia islandesa

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Cuando nos fuimos, este nene se nos colgó, nos abrazó y nos quiso bloquear el paso de la puerta para que nos quedáramos.

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Esta es la ruta de Olafsvík de la cual no podíamos salir

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Creo que fue uno de los lugares de los que más costó salir

Estábamos paradas en la ruta, aburridas, así que agarré mi teléfono y puse la canción más energizante que encontré. Hace poco perdí toda mi música (la tecnología se vuelve loca a veces), así que lo más movido que tenía eran tres temas de David Guetta. Puse Titanium y se armó la rave. No solo saltamos como dos desquiciadas sino que le cambiamos la letra y encajamos la palabra “Borgarnés” (el nombre del pueblo al que queríamos llegar) cada vez que Sia cantaba “fire away fire away” (inténtenlo: “Boooorgarneees, Boooorgarneees”). Tuvo éxito: nos levantó un señor (para mí, el doble de David Lynch) que iba directo a Borgarnes. La canción se convirtió en nuestro mantra por el resto del viaje. Aunque no fue el único.

Nos empezamos a dar cuenta de que hacer dedo en Islandia no solo era muy fácil, sino también muy divertido. Era extender el brazo y dejar que la gente fuese armando nuestra ruta. Así fue como llegamos a Siglufjörður, un pueblito a 40 km del Círculo Polar Ártico, gracias a una señora que vivía ahí; así fue como conocimos a un guatemalteco (el único de su pueblo) que vivía en Islandia hacía 17 años y estaba feliz de hablar en castellano con alguien; así fue como fuimos y volvimos en el día al lago Myvatn (hicimos un day trip a dedo) y nos sentimos victoriosas cuando nos dejaron en la puerta de la casa de nuestro couch, en un pueblo de 35 habitantes.

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Caímos acá sin planearlo, gracias a la señora que nos levantó

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El pueblo se llama Siglufjörður y terminó siendo uno de nuestros preferidos

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Muy fotogénico

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Ella fue la señora que nos llevó a ese pueblo

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El guatemalteco de Islandia

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Al lado del lago Myvatn

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Volver de lago fue difícil porque casi no pasaban autos

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Pero este señor (que no hablaba una pepa de inglés) nos llevó

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Hasta este pueblito, donde nos estábamos quedando

Cuando llegamos a Akureyri, la ciudad más importante del norte de Islandia, nos empezamos a envalentonar. Las reglas del buen autoestopista dicen que uno debería irse a la salida de las ciudades para hacer dedo. Nosotras no teníamos ganas de caminar así que empezamos a hacer dedo en pleno centro (ojo: las ciudades islandesas son muuuuy tranquilas y no tienen hora pico ni demasiado tráfico, así que no estábamos haciendo algo muy loco). Era cuestión de probar lo imposible: y sí, frenaron autos en medio de la ciudad. Lau tenía razón: viajar a dedo se hace vicio muy rápido. Ahí mismo, en Akureyri, decidimos inaugurar otro recurso: los carteles. Teníamos ganas de que Maradona, Messi y el Papa (los íconos argentinos del siglo 21) estuviesen presentes en nuestro viaje. Y eso hicimos.

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Muchos pensaron que estábamos haciendo dedo “a” Argentina (en vez de “desde” Argentina), pero nos levantaron igual.

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Y la contracara del cartel no podía generar otra cosa que risas

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El centro de Akureyri, donde nos paramos a hacer dedo

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No tuvimos que esperar mucho.

A medida que íbamos avanzando hacia el este, la sensación de no nos frena nadie iba aumentando. Era pararse en la ruta y extender el pulgar para que, unos minutos después, alguien nos subiera a su auto. Nos sentíamos todopoderosas. Viajamos con franceses, con una islandesa de 18 años, con una pareja embarazada, con una pareja y su nena, con dos polacos, con una geóloga, con islandeses que no hablaban inglés, con alemanas, con canadienses. Todo iba muy bien hasta que, por primera vez en mi corta carrera autoestopística (debo haberme subido, hasta ahora, a unos 80/100 autos en siete países), tuve miedo. Puede que haya sido irracional, pero lo sentí. Y estas cosas también hay que contarlas.

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En nuestra odisea para llegar a la fábrica de artistas nos levantó una pareja islandesa de nuestra edad: él, lleno de tatuajes de Thor (el dios mitológico); ella, una chica que decía creer en fantasmas y tener un demonio adentro de su cuerpo. Lo primero que dijeron fue que en Islandia la gente veía muchas películas y les daba miedo levantar autoestopistas (lo cual nos pareció raro, porque todos nos decían lo contrario y ya habíamos comprobado lo fácil que era hacer dedo). “No se preocupen, no las vamos a secuestrar”, dijo él, y empezaron a sacar temas de conversación: “En Islandia no hay crimen organizado”, “acá es muy difícil conseguir drogas duras, casi no hay heroína”, “creo en Thor, Jesús me aburre”, “tengo un demonio que vive adentro mío y se hace más fuerte cuando tengo miedo”, “se me apareció el tío de él, que había muerto hacía muchos años”. No eran los temas más comunes para hablar en un auto, pero tampoco incomodaban. 

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Vamos mechando con fotos de paisajes, así esto no se pone tenso

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Se hizo un silencio, ellos intercambiaron algunas palabras en islandés y nos dijeron que habían decidido ir a visitar a un amigo y que nos llevarían un pueblo más lejos: “No tenemos nada mejor que hacer un domingo que pasear turistas”. Ok. Las rutas del este de Islandia están bastante desiertas, así que aceptamos seguir viaje. Acto seguido, él (que manejaba el auto) le dio un pedacito de papel a ella, ella puso algún tipo de polvo oscuro en el papel (desde mi lugar no pude ver qué era) y lo dobló chiquito, se lo devolvió y él se lo puso en la boca. Podría haber sido cualquier cosa, no lo sé, pero mi intuición (o paranoia) me dijo que se estaba drogando con algo. Inmediatamente después entramos a un túnel de seis kilómetros de largo (cruzaba por el medio de una montaña) y me puse muy nerviosa. Había algo de estos chicos que me daba muy mala vibra.

Los túneles de Islandia tienen carriles muy angostos, por eso no se puede ir a más de 60 y, cuando viene otro vehículo de frente, uno de los dos tiene que estacionar al costado (hay zonas para eso) y dejar que el otro pase. Cuando pasamos al lado del primer hueco sentimos un leve volanteo, como si el chico hubiese amagado con estacionar y se hubiese arrepentido enseguida. Ahí me subió el terror por el cuerpo. Un túnel así (vacío, completamente vacío, e interminable) era el escenario perfecto para cualquier cosa (¿quién nos iba a ver?). Le dije a Lau que estaba asustada y ella también me miró con cara de miedo. Sin decirlo, ambas nos pusimos a pensar en qué hacer si se les ocurría frenar, cómo actuar, cómo defendernos (no hay mejor arma que estar mentalizada). Yo, que no soy de hablar mucho, tuve el impulso de hacer conversación, mucha conversación, de lo que sea, para no dejar huecos de silencio. Así que hablamos sin parar hasta que salimos del túnel y ahí les pedimos que nos dejen en la próxima estación de servicio con la excusa de que yo estaba descompuesta. Puede que me haya imaginado cualquier cosa, pero confío en mi intuición y hubo algo de ese auto que me hizo sentir muy pero muy mal.

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Todas las estaciones de servicio tienen un paisaje postal de fondo

En fin. La ruta siempre logra su balance y todo lo que vino después fue espectacular. Llegamos a la fábrica de artistas. Nos levantó un tractor (el conductor no hablaba inglés pero se mataba de risa de cómo le copamos el tractor) y fuimos hasta una granja. En medio de la ruta se nos acercaron dos caballos Bon Jovi (de pelo largo y ochentoso) para que los acariciemos. Nos hicimos amigas de un patito que estaba perdido en un arroyo. Una pareja francesa nos vio en la ruta bajo la lluvia, se arrepintió y dio la vuelta para pasar a buscarnos (nuestras plegarias y gestos de “porfa porfa” funcionaron). Nos levantó el mismo auto dos veces, de casualidad. Se nos sumó un chino por un trayecto y se ve que nos trajo suerte porque en el camino vimos un arco iris completo. Cuando llegamos al sur de la isla ya nos sentíamos invencibles. Ni qué decir cuando terminamos de dar la vuelta y volvimos a pisar Reykjavík. Pero todavía nos faltaba un último desafío: llegar al aeropuerto a dedo. A la una de la mañana.

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El señor y su tractor

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Vimos a estos caballos de lejos y nos acercamos pensando que se iban a alejar.

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Y pasó esto.

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Quisimos ayudar a este patito que estaba perdido en la ruta

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Llegamos a lugares así

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Vimos un montón de tonos de verde

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El chino nos trajo suerte

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Una chica alemana nos sacó una foto analógica

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Esta chica era geóloga y nos explicó muchas de las cosas que íbamos viendo por la ventana

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Esta parejita nos enseñó a decir cosas en islandés

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Este chico estuvo haciendo dedo como dos horas con sus esquíes, sin suerte. Le propusimos hacer autostop juntos y nos levantaron en cinco minutos. Girl power.

Nuestro vuelo de vuelta salía a las 6 de la mañana, lo que quería decir que tendríamos que estar en el aeropuerto a las 4, y para eso teníamos que salir a las 3 o antes. Nos fuimos a la ruta a las 12 de la noche, con luz de noche (o luz de día, da igual, no había oscurecido nada) y en ese momento, cuando nos paramos frente a una ruta desolada a medianoche, sentí que estábamos del tomate. “Lau, ¿vos te das cuenta de lo que estamos haciendo? Son las 12 de la noche y tenemos que llegar al aeropuerto sí o sí. Si fallamos el taxi nos va a costar carísimo. Me animo a hacer esto solamente acá porque es Islandia y este país da para todo, pero tengo miedo de que no nos levante nadie”. No pasaron ni dos minutos: enseguida nos levantaron dos chicos (un plomero y un electricista) que estaban volviendo a su casa. Nos dejaron en una intersección, a 10 km de Keflavík. Todavía faltaba un tramo.

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Salimos de Reykjavík poco después de ver esta imagen (esa foto es de las 11 de la noche)

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Esta fue la luz que nos acompañó durante el trayecto

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La ruta estaba tan vacía que podríamos habernos sentado a hacer un picnic en el medio. A los pocos minutos vimos a lo lejos un auto que se acercaba y le hicimos dedo y señal de “porfa porfa”. Frenó. Apenas lo vimos nos dimos cuenta de que era un taxi y que estaba en horario de trabajo. Lau se acercó, le abrió la puerta y le dijo, en medio de nuestra caradurez provocada por el sol de medianoche: “We don’t have money”. Ambas creímos que el tipo se iba a ir, pero no: nos dijo que subiéramos igual porque estaba yendo para el aeropuerto y se ve que le dio pena dejarnos ahí. Así que cerramos el círculo del desafío haciéndole dedo a un taxi. Llegamos al aeropuerto más rápido que si hubiésemos ido en bus. Terminamos el viaje a lo grande.

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 [box border=”full”]Estadísticas y conclusiones finales:

  • Durante los 16 días de viaje nos levantaron 38 vehículos (y frenaron muchos más, pero varios no iban a donde queríamos).
  • Esperamos entre 5 segundos y una hora (el promedio de espera debe haber sido de 10 minutos).
  • Recorrimos más de 1500 kilómetros por la ruta 1 (circular) y rutas adyacentes.
  • Pagamos solamente dos transportes (ambos buses urbanos para salir de Reykjavík hasta la ruta), así que tuvimos un gasto total de 700K (€ 4,50) .
  • En esos 38 vehículos viajamos con 32 hombres y 23 mujeres (contando acompañantes).
  • Nos frenó una sola casa rodante (había cientos por la ruta) pero iba para el otro lado. ¡Ufa!
  • Nacionalidades de esos 38 vehículos: 22 islandeses, 16 extranjeros (franceses, polacos, estadounidenses, canadienses, alemanes, españoles, rumanos, guatemaltecos, italianos).
  • Hicimos dedo bajo la lluvia y con viento, quedamos varadas en intersecciones por las que pasaron cinco autos en una hora, nos costó salir de ciertas ciudades, bailamos, mostramos carteles y superamos el desafío con éxito.

Nunca me olvidaré de cómo me impresionaron las palabras de Juan Villarino, santo patrono del autostop, tiempo antes de que yo empezara a hacer dedo: “Todos nacemos con un boleto gratis a cualquier lugar del mundo”. Está pegado en nuestro pulgar. [/box]

Bonus track: estos son algunos de los gestos que nos hicieron desde adentro de los autos (como excusa para no levantarnos). La interpretación es libre.

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Este es un clásico: “me encantaría chicas, pero por alguna razón tengo el auto vacío y no puedo llevarlas”

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Saludo acompañado de sonrisa: ¡que les vaya bien!

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Este lo vimos por primera vez en Islandia: cola de ballena.

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Probablemente quiso decir que iba acá nomás.

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Esta también fue exclusiva de Islandia: “Perdonen chicas, voy al almacén a comprar leche y vuelvo” (lo del cartón de leche es real).

autostop-por-islandia-49 [box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 9: No pagar ni una noche de alojamiento ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

[box border=”full”]Agradecimientos: muchas gracias a Harbour Hostel (Stykkishólmur), Gerdi Guesthouse (Vatnajökull), Hafaldan HI Hostel (Seydisfjordur) y Arsalir Gistihús B&B (Vik) por alojarnos durante nuestro periplo! [/box]

Desafío Islandia (8): Encontrar la fábrica de artistas

Sincronicidad (Synchronicity): según Carl Jung, la sincronicidad es la simultaneidad de dos eventos que no son causa y efecto entre sí pero que están vinculados por el sentido. Son esas coincidencias no casuales (lo que muchas veces llamamos “señales”) en las que el universo intenta decirnos cosas. 

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Esta historia empezó antes de que nos diéramos cuenta. Quizá en el aeropuerto de Reyjkavík, cuando un impulso me hizo guardarme una copia de la revista Atlantica (“All about Iceland”). Quizá cuando Lau anotó el nombre del único miembro de Couchsurfing en Seyðisfjörður para tener un contacto por si acaso. Quizá cuando nadie nos levantaba en la ruta hacia los fiordos del este. Quizá cuando volvimos a encontrarnos al italiano y le dijimos de sacarnos una foto con él. Quizá cuando decidimos viajar a Islandia y dejar que el camino nos lleve a donde quisiera. Quizá mucho antes, en Buenos Aires, cuando participé de una movida artística que se dedicaba a embellecer lo efímero. O quizá en el 2005, cuando una empresa de pescado decidió mudar su base de operaciones a otra parte de Islandia. Como sea, esta es una historia de sincronicidad.

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Vamos a sincerarnos: viajamos a Islandia sin ningún tipo de plan ni itinerario. Por un lado, porque no tuvimos tiempo de preparar nada (los días previos al viaje fueron caóticos); por otro, porque nos divertía la idea de ser viajadas por un lugar. ¿Y a dónde van a ir en Islandia? A donde nos lleven. Eso hizo, quizá, que el día que aterrizamos en Reykjavík nos pusiéramos a recolectar folletos, revistas y guías a lo loco, tal vez para sentirnos un poco menos culpables de haber llegado tan poco informadas.

Durante alguno de nuestros primeros días en Reykjavík me puse a hojear una de las revistas y me choqué con un artículo que me llamó mucho la atención: el título era “Stuck in Stöðvarfjörður” (“Atrapados en Stöðvarfjörður”) y contaba que en un pueblito de los fiordos del este (“los remotos fiordos del este”, según la periodista), un grupo de artistas locales y extranjeros había recuperado una fábrica de pescado abandonada y la estaba convirtiendo en un centro artístico, creativo y comunitario autosustentable. Yo había llegado a Islandia sin una lista obligatoria de lugares que quería conocer (estaba abierta a lo que surgiera) y de golpe esa fábrica se puso en el puesto número uno. Me encanta ver paisajes, pero estas movidas artísticas autogestionadas le ganan a casi todo. Le mostré el artículo a Lau y me guardé la revista con intención de encontrar esa fábrica, aunque tuve algunas dudas: Tal vez no sea tan fácil acceder a esta comunidad, quizá no quieren recibir a nadie de afuera, es obvio que no voy a poder entrar a la fábrica solo porque la vi en una revista… Ver ese espacio artístico por dentro y conocer a los que estaban a cargo del proyecto se convirtió en mi desafío personal.

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Dimos la vuelta a la isla en el sentido de las agujas del reloj (escribo en pasado porque ya nos fuimos de Islandia, pero hagamos de cuenta que seguimos ahí…) pero, como dije antes, sin demasiado plan. Una pareja canadiense que nos levantó en la ruta nos recomendó visitar Seyðisfjörður (se pronuncia “seidisfiordur”) (no saben lo que nos costaba recordar los nombres de cada lugar), un pueblito de los fiordos del este (no el de la fábrica sino otro, aunque suenan parecido), así que fuimos para allá. Buscamos couch, un poco a último minuto, y solamente encontramos a un chico italiano, así que nos anotamos su nombre para tener un contacto por las dudas, pero nunca le avisamos que íbamos para allá.

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Imágenes de Seyðisfjörður

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Llegamos a Seyðisfjörður con el desafío de no pagar ni una noche de alojamiento en pie (Laura escribirá al respecto), y al no conseguir dónde quedarnos fuimos en busca del italiano. No sabíamos por dónde empezar a buscarlo, así que optamos por lo que teníamos a mano: estábamos paradas al lado de un restaurante, así que entramos y le preguntamos a la chica de la barra si conocía a un chico italiano de tal nombre. Se quedó callada, hizo como que pensaba y se rió: “Sí chicas, está acá, es el chef”. Sabemos que en los pueblos casi todos se conocen, pero que haya estado en el primer lugar que lo buscamos fue demasiada coincidencia. Esa noche fuimos a tomar una cerveza con él y sus amigos y nunca pensamos que el italiano, sin saberlo, sería el nexo entre nosotras y la fábrica de artistas.

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Es verdad que el mundo es un pañuelo…

Al día siguiente nos paramos a la salida del pueblo con la intención de llegar a dedo a Stöðvarfjörður, el pueblito de la fábrica, o de por lo menos recorrer los fiordos del este, acampar en algún lugar y seguir rumbo al sur para volver a Reykjavík en tres días. Si bien tenía muchas ganas de conocer la fábrica no sabía qué tan accesible sería la ruta para llegar al pueblo y como ya nos quedaba poco tiempo en Islandia no queríamos quedarnos clavadas en medio de la nada. Ciertas partes de la isla, como el este, tienen muy pocos turistas y rutas casi desiertas, así que salir de (o llegar a) algunos pueblos a dedo no es fácil. Ese día dejamos que el azar decidiera por nosotras.

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Teníamos chances de quedar “varadas” en lugares así…

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Con rutas desiertas y casi nada de gente.

Todos los autos que pasaban nos ignoraban. ¿Tendremos algo?, le pregunté a Lau. Era raro que nadie nos hiciera ni un gesto de reconocimiento.  Si todo iba a ser a ese ritmo, no íbamos a llegar nunca. Casi una hora después (lo cual, en términos autoestopísticos islandeses, es mucho) frenó una camioneta. Mientras se acercaba le hicimos un mini bailecito de felicidad y cuando estacionó nos dimos cuenta de que el conductor era el italiano. Conclusión: si están haciendo dedo y no frena ningún auto, paciencia: siempre los levanta el que los tenía que levantar (y puede que tarde un poco más en pasar a buscarlos).

Avanzamos por la ruta muy contentas, charlando hasta por los codos con el italiano, y cuando llegamos a Egilsstaðir le dijimos que no podía irse sin que nos sacáramos una foto juntos. Pero esa vez, en lugar de hacer una autofoto (o selfie) como hicimos con casi toda la gente que nos levantó a dedo, quisimos hacer una foto de verdad, así que Lau se acercó al único auto que estaba estacionado cerca y le preguntó al chico que manejaba si podía sacarnos una foto. Dijo que sí, se bajó del auto, nos sacó la foto y nos preguntó a dónde íbamos. Era irlandés.

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La foto en cuestión

—Queremos llegar a Stöðvarfjörður.

Le mostramos el lugar en el mapa, pensando que no iba a conocerlo (es un pueblo de 200 habitantes, y la mayoría de la gente a la que le hablamos del lugar no sabía dónde quedaba).

—¿Ah sí? Yo vivo ahí… Soy músico y estoy trabajando en un proyecto con otros artistas, estamos armando un estudio de grabación.

—Qué bien… ¿Puede ser que en ese pueblo hay una fábrica de pescado abandonada que está siendo convertida en un centro artístico? Porque lo vimos en una revista y tenemos muchas ganas de ir a conocerla…

—Sí, justamente ahí estoy trabajando yo. Miren, si nos esperan un rato, mi novia y yo podemos llevarlas…

Nah.

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Foto: thecoolhunter.net

No podía ser. Ni que nos hubiésemos puesto de acuerdo. Si no hubiera sido por la antiselfie, si no hubiera sido por el italiano, si no hubiera sido por todo lo que pasó antes…

Sin embargo, un rato después, la propuesta de ir con ellos se pinchó. Tenían que hacer bastantes trámites y al parecer tenían otros planes, así que quedamos en lo siguiente: nosotras haríamos dedo para intentar llegar, y si ellos nos veían en la ruta cuando volvieran al pueblo nos levantarían. Por dentro volví a dudar: ¿y si esto es una señal de que no tenemos que ir? Ya eran como las seis de la tarde y empezaba a hacer frío. Nos esperaba una ruta muy vacía y no teníamos ganas de acampar a la intemperie (habíamos pasado demasiado frío las noches anteriores). Si llegábamos al pueblo de la fábrica tampoco teníamos dónde dormir. Nos quedaba poco tiempo en Islandia y contábamos los días como las monedas para el colectivo: “No nos alcanzan”. La decisión quedaba en mí, era yo la que quería ir a la fábrica. Lau, por suerte, me bancaba.

—Vamos, intentémoslo, no quiero quedarme con la duda o la bronca por no haber ido.

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Ubicación de la fábrica (donde dice “Here”). Nosotras estábamos más o menos de donde sale la flecha azul. Foto: inhere.is

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Hicimos dedo y pasamos por este paisaje

Costó bastante llegar y pasaron muchas cosas en el medio (contaré más al respecto en el próximo post —“Dar la vuelta a la isla a dedo”— ya que son historias de autostop). Casi quedamos varadas en una intersección por la que habrán pasado cinco autos en una hora hasta que finalmente nos levantó una chica alemana e hicimos los últimos 26 kilómetros hasta el pueblo. La fábrica se veía desde la ruta (el pueblo tiene muy pocas calles), así que le pedimos a la alemana que nos deje ahí mismo. Además de murales, la ex fábrica de pescado tenía pintado su nuevo nombre artístico: “Here” (“Aquí”). En ese momento me acordé mucho de Algún Lado, una movida iniciada, en parte, por Vero Gatti, mi amiga e ilustradora personal, en Buenos Aires en el 2009. Consistía en intervenir lugares que estaban a punto de ser demolidos: se hacía una convocatoria de artistas y quien quisiera podía ir a pintar murales y stencils, colgar fotos, hacer música y poner globos. La idea era llenar esos espacios de arte antes de que desaparecieran. Yo participé con un mural bastante humilde del Submarino Amarillo.

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Primeras imágenes de la fábrica de artistas de Stöðvarfjörður

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Este edificio no forma parte de la fábrica, pero también fue intervenido por artistas.

Nos acercamos, golpeamos las puertas de la fábrica y nada, no hubo respuesta. Era domingo y no sé veían más que dos o tres de los doscientos habitantes. Preguntamos por Rósa, una de las artistas, y nos indicaron dónde quedaba su casa, así que fuimos a golpearle la puerta (en Islandia esto de golpear puertas de desconocidos es normal). No estaba. Nos fuimos medio resignadas al camping. ¿Y si no volvíamos a ver al irlandés? ¿Y si la fábrica estaba cerrada al día siguiente? ¿Y si habíamos llegado tan lejos para verla de afuera? En ese momento la sincronicidad volvió a hacer lo suyo: nos cruzamos con el irlandés (Vinny) y su novia (Una) que acababan de llegar. Nos habían cocinado una pizza y ofrecieron llevarnos a conocer la fábrica la mañana siguiente. Aquel fue el día de golpear puertas: para no morirnos de frío en la carpa decidimos ir a pedir frazadas, así que golpeamos tres puertas más (de las casas más cercanas) y nos fuimos a dormir con seis frazadas encima (y fueron seis porque paramos de pedir, sino creo que hubiésemos conseguido veinte, fácil).

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Fue más fuerte que nosotras: antes de ponerlas en la carpa hicimos un patchwork de frazadas.

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Felices porque íbamos a dormir calentitas.

La mañana siguiente todo fluyó. Fuimos para la fábrica y Vinny nos hizo un recorrido y nos contó la historia del lugar. En el 2005, la empresa de pescado del pueblo decidió mudarse al norte del país y la fábrica cerró: treinta y dos de las doscientas personas de la comunidad perdieron su trabajo. Al poco tiempo cerró la oficina de correo, el banco y el supermercado, y mucha gente joven empezó a irse del pueblo porque no veía futuro. En el 2010, Rósa y Zdenek (una pareja islandesa-checa) y otras trece personas lograron convencer al gobierno de que no demoliera la fábrica (lo cual iba a costar una fortuna) y compraron el edificio de 2800 metros cuadrados por menos de mil euros. Crearon HERE Creative Center con el objetivo de ser una plataforma creativa, ofrecer un espacio alternativo y autosustentable y reactivar la comunidad.

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Arroyito en medio del pueblo

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La fábrica por dentro

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Taller de fabricación de juguetes de madera

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Sala de estar

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Casi todos los objetos son recuperados de la basura o fabricados por ellos

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Hay mucho trabajo en madera

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Instalación con lamparitas

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Lugar de reunión

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Este era el frigorífico. Tiene la mejor acústica de la fábrica.

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Acá va a ser la residencia para los artistas

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Estas son casi las únicas ventanas de la fábrica, por ahora.

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Otro taller

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Un trabajo terminado (saqué la foto porque estoy casi segura de que ese mantelito es húngaro… Mi mamá tiene varios casi iguales).

Mientras caminábamos por el interior, Vinny nos explicó qué función había cumplido cada área cuando aquello era una fábrica de procesamiento de pescado y qué función cumplía ahora. Después de mucho trabajo, habían logrado construir un estudio de radio, una galería, talleres de trabajo, varias sala de estar y estaban planeando hacer una sala de conciertos, un estudio de grabación, un café, un museo, un mercado, un centro de exhibiciones y un teatro. Mucho se construyó con materiales recolectados de los escombros de la fábrica y, si bien hay mucho por hacer, un espacio que podría haber quedado abandonado se está llenando de arte y proyectos gracias al esfuerzo y la pasión de un grupo de personas. Tengo la sensación de que cada vez voy a encontrarme con más lugares así alrededor del mundo. Ojalá que aparezcan en manadas, como honguitos después de la lluvia.

Desafío principal (y mini desafíos intermedios): completo.

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Pasamos de esto

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a esto.

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 7: Abrazar a cinco islandeses ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Destino final: San Pedro de Atacama

Empezamos el viaje a dedo hacia nuestro último destino de Chile: San Pedro de Atacama. 1200 kilómetros que esperamos poder hacer en dos días. Como pasa con todos los lugares turísticos, hay opiniones encontradas acerca de San Pedro: muchos dicen que es lindo pero demasiado turístico, otros nos dicen que no nos perdamos los alrededores. Lo cierto es que San Pedro de Atacama es uno de los pueblos más caros de Chile (país que ya de por sí es caro para viajar). Para nosotros será nuestro lugar de paso antes de cruzar a Bolivia. Estamos en cuenta regresiva: si bien no tenemos fecha de vuelta ni planes, decidimos pasar Navidad y Año Nuevo con Olga y Mirla, dos de mis mejores amigas peruanas, así que ese es nuestro primer gran objetivo: viajar un poco por Bolivia y llegar a Lima (por tierra) antes del 24 de diciembre.

Este es el mapa del recorrido que hicimos de Coquimbo a San Pedro de Atacama:

La tarde antes de dejar Coquimbo salimos a pasear con Luis, nuestro anfitrión de Couchsurfing. Recorremos el barrio inglés, vamos al puerto, miramos a los pescadores, nos encontramos con bastante arte callejero. Si bien Coquimbo está “opacada” —turísticamente— por La Serena (la ciudad de al lado, más colonial) siento que es un lugar que tiene alma. Me gusta. La Serena, en cambio, no me cautivó demasiado. Para despedirnos de la ciudad, Luis nos invita a tomar la once a la casa de su abuela. ¿Qué es esto de la once, si no transcurre a las 11 de la mañana ni de la noche sino entre las 5 y las 9 pm? Los chilenos nos dieron varias teorías: “Es lo que ustedes llaman merienda. Consiste en tomar café o té junto con pan, dulce de leche, manteca, mermelada, palta, tomate, queso, huevos… A veces nosotros ni cenamos, tomamos la once y ya está”, nos dijo un chico de Couchsurfing. “La once se refiere al aguardiente: A-G-U-A-R-D-I-E-N-T-E tiene once letras; los trabajadores le decían ‘la once’ o ‘vamos a tomar la once’ para que nadie se diera cuenta de que iban a tomar alcohol durante la tarde (en la época colonial no se podía)”, nos contó un camionero. “Dicen que viene de la palabra lonche o lunch en inglés”, nos dijo una señora. Lo cierto es que tomar la once es algo bien chileno, y si está preparada por una abuela, mucho mejor: “Son cosas que te pasan si hacés Couchsurfing”, nos dice Luis mientras comemos las empanadas caseras de queso que nos preparó su abuela.

[singlepic id=7779 w=625 float=center] Algunas imágenes de Coquimbo, uno de los últimos lugares que visitamos en Chile

[singlepic id=7775 w=625 float=center] Pelícanos en una de las caletas de Coquimbo

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Día 1: avanzamos 350 km

A la mañana siguiente agarramos las mochilas y salimos a la ruta. Luis vive al lado de la ruta 5 así que es fácil empezar el trayecto. Pasan cuarenta y cinco minutos, me empieza a doler el brazo (hay mucho viento y cuesta mantenerlo firme), y frena Tito. Está apurado: “Suban suban, apuren, que no los vean”, nos mete en el auto y arranca a toda velocidad. “Es que mi jefa me prohibió que subiera gente y anda por aquí cerca, no quiero que me vea porque después me reta”, nos dice. En el camino a La Higuera, donde nos deja, se dedica a gastar la bocina con cada mujer que pasa cerca.

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Nos bajamos del auto y no esperamos ni cinco minutos: una camioneta frena de golpe. “Los vi allá en Coquimbo y tenía ganas de llevarlos, pero no pude parar porque iba por el otro carril”, nos dice Agustín apenas subimos. Ofrece llevarnos hasta Copiapó, a 280 km, donde vive. Me acomodo en el asiento de atrás, junto a su guitarra, y las horas se nos pasan volando: Agustín es viajero y tiene muchas historias. En el 2011 se fue de gira con su banda por América Latina en una casa rodante construida por él. Le pregunto qué tal la experiencia y nos dice que fue una de las mejores de su vida. Conocieron muchísima gente, intercambiaron música por alojamiento y comida: “Tocábamos en todas partes, nos encantaba hacerlo, era algo que disfrutábamos mucho”. La camioneta tenía espacio para diez personas así que siempre subían mochileros en el camino.

Cuando llegamos a Copiapó decidimos frenar por el día. Todavía es temprano, pero nos queda más de la mitad de camino y no queremos llegar de noche. Agustín nos sugiere que vayamos a conocer Bahía Inglesa (o el Parque Nacional Pan de Azúcar, aunque para eso necesitamos movilidad propia y no tenemos), nos regala su carpa para que podamos acampar en la playa y nos dice que si no tenemos dónde dormir lo llamemos y nos quedemos con él en Copiapó. Nos despedimos y hacemos dedo hacia Bahía Inglesa para pasar un día de playa (claramente fuera de itinerario).

[singlepic id=7785 w=625 float=center] Vamos en busca de las gaviotas…

Enseguida nos levanta una familia en camioneta y el padre nos dice que nos acomodemos atrás, en la caja (la parte abierta). Perfecto. Me encanta viajar ahí atrás y sentir el vientito. A los 15 minutos la camioneta frena en medio de la nada. El padre se baja y nos dice: “A mi hijo le duele el corazón…” (me asusto) “…y me pidió que por favor vengan adentro con nosotros” (ahhh…). Le decimos que estamos bien, que no se haga problema, y seguimos camino. Al rato un camión se pone atrás nuestro, pegadito, y veo que el conductor levanta su celular y nos saca una foto desde arriba. Una imagen que me hubiese gustado tener de recuerdo: nosotros dos en la caja rodeados de mochilas, en una camioneta blanca en una ruta chilena en algún lugar del planeta Tierra.

[singlepic id=7784 w=625 float=center] Primeras imágenes de Bahía Inglesa

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Finalmente llegamos a Bahía Inglesa, un pueblito mínimo que en verano explota. El mar está ahí nomás. Damián grita de golpe: “AH NO, ¡mirá el color del agua!”. Es transparente. Turquesa celeste clarito caribeño transparente. Se ve el fondo. Se ve todo lo que está adentro. Es un pedazo de mar Caribe al que le falló el GPS. Meto los pies: está frío pero me acostumbro rápido. Lo malo es el viento, así que nos refugiamos en la carpa y dormimos un ratito. Estamos en plena siesta cuando vemos algo negro que se mueve en círculos por una de las paredes de tela: es un perro y acaba de mear en nuestro hogar. Nos bautizó la carpa. Es la señal de que tenemos que levantar campamento e ir pensando dónde vamos a dormir. Nos acercamos a una casa y preguntamos dónde queda el camping. El dueño ofrece llevarnos en su camioneta, le queda de paso ya que tiene que salir de la ciudad. Le preguntamos a dónde va. “A Copiapó”. Nos miramos. “Vamos con vos”. Lo llamamos a Agustín y le avisamos que vamos para su casa.

Conclusión del día de Demian (dicho casi a los gritos y con emoción): “Viajando te pasan cosas extraordinarias todos los días. ¡La gente se tiene que animar!”.

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Día 2: avanzamos 768 km

A la mañana siguiente, Agustín nos deja en la ruta y otra vez nos entregamos al azar. Le digo a Damián: “Quiero que frene un camión con cama, desayuno, películas y música”. Hoy me da un poco de fiaca hacer dedo, pero ya estamos en el baile. A la media hora frena un camión que va directo a Antofagasta (y a mitad de camino nos dice que, como no tiene que volver a Copiapó, va a seguir hasta Calama). No nos podría haber ido mejor: Calama está a 768 km de Copiapó y a 100 km de San Pedro de Atacama. Daniel, el conductor, me deja al mando de la música, así que vamos escuchando de todo. Al principio pongo música en castellano, pero cuando me dice que también le gusta la música en inglés escuchamos Guns ’n’ Roses, Audioslave, Los Beatles y cantamos al unísono. Frenamos a almorzar en la ruta con sus compañeros: dos camioneros chilenos y un paraguayo. El paraguayo quiere sacarse fotos en la mano del desierto así que nos desviamos un poco de la ruta y vamos en caravana de camiones a sacarnos fotos con la escultura.

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El camino es desértico. Aridez total. No hay nada de nada. Nadie (casi nadie) puede vivir en un lugar tan seco. Daniel nos cuenta historias durante todo el viaje (él hace esta ruta todo el tiempo y conoce cada detalle del camino): “Se ven cosas raras en el desierto. Dicen que hay una pareja que hace dedo de noche y cuando uno frena desaparecen, nunca suben… Uno mira por el espejo y ya no están… También hay una niñita que siempre hace dedo en la curva que acabamos de pasar. Se sube, se sienta adelante, conversa y a los diez minutos si miras ya no está más. Ahí adelante hay un cementerio de guagüitas, está lleno de niñitos que murieron y de noche penan y mueven el camión”. A él nunca le pasó, pero por si acaso, no se anima a quedarse a dormir en esas zonas.

[singlepic id=7788 w=625 float=center] Esto fue lo último que vimos del mar

[singlepic id=7789 w=625 float=center]  Después, desierto total

También nos habla acerca de los personajes de la ruta. Hay un médico que vive en el desierto, al borde del camino: “Hace varios años se quedó dormido mientras manejaba y chocó. Toda su familia murió y él se volvió loco y se quedó a vivir ahí mismo en el lugar del accidente. Construyó casas de barro y vive ahí. Siempre nos pide que le demos agua o nos frena para conversar”. Dicho y hecho, unos kilómetros después, un señor con una barba muy blanca y un traje igual de blanco nos hace señas con un bidón en la mano. Está un poco enojado porque los camiones que iban adelante siguieron de largo. Le damos agua y se vuelve a su refugio (blanco también). “Hay días en que nos quedamos conversando, pero hoy está molesto”, nos cuenta Daniel.

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Después de unas 10 horas de música y charlas, Daniel llega a Calama y nos deja en el cruce a San Pedro: estamos solamente a 100 km (al lado de todo lo que hicimos, parece nada). Es de noche, son las 9 y ya está oscurísimo, pero decidimos intentarlo igual. Nos paramos debajo de un farol, hacemos un cartel que dice San Pedro de Atacama y cada vez que pasa un auto nos autoalumbramos con la luz del celular para que nos vean de lejos, sonreímos y movemos el cartel. Nadie frena, obviamente. Debemos parecer los dos fantasmas de la ruta. Así que a las 10 nos damos por vencidos y terminamos durmiendo en Calama (todavía no nos animamos a acampar al costado de la ruta tan cerca de una ciudad).

Al día siguiente salimos a San Pedro en bus. Estamos demasiado cansados como para seguir haciendo dedo después de dos días de tanto viaje. Finalmente llegamos a San Pedro de Atacama y ahí corroboro que lo importante no es llegar a destino, sino vivir todo lo que pasa entremedio. San Pedro (o por lo menos su centro) es tan turístico que no me inspira a escribir nada ni a sacar fotos. Los paisajes que lo rodean parecen muy lindos, pero debatimos y decidimos conocer los del lado boliviano. Un día antes de irnos de Chile hacemos un show de burbujas en una de las escuelas del pueblo: si pudimos hacerlas en el lugar más árido del mundo, podremos hacerlas en cualquier otro lugar.

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Ahora, Uyuni nos espera (a mí, por tercera vez). Estamos a pocos pasos de cruzar a Bolivia, el lugar en el que empezó todo, el país que me inspiró a viajar.

La ruta de la fortuna

Hacer dedo es como tirar los dados.
(Juan Villarino, santo patrono de los autoestopistas.
Adaptación de un comentario dicho por él en alguna charla)

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—¿Y qué plan de viaje tienen, chicos?

—No tenemos una ruta muy definida. Queremos ver algo de Sudamérica, cruzar a Europa cuando sea primavera allá (marzo, abril) (si se puede en barco, mejor) y llegar a Asia por tierra. Nos encantaría ir hasta Oceanía y volver por el otro lado, pero no sabemos… No tenemos fecha de vuelta ni rumbo fijo, así que iremos viendo a medida que avanzamos.

Esta debe ser la pregunta que más se repite durante un viaje: “¿Y cuál es tu plan?”. Nos obsesiona saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, qué ruta tenemos armada, qué queremos conocer. A mí me encanta planear, pero en otro sentido: planear como los pájaros, dejarme llevar por el viento, por las corrientes de aire, por el camino. Es curioso cómo una palabra que usamos tanto tiene significados tan distintos, casi opuestos.

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Lo cierto es que, como le decimos a todos los que nos preguntan, salimos de Buenos Aires sin rumbo definido. Decidimos dejar que el camino y sus representantes (a saber: camioneros, gente que nos levanta en su auto, gente que nos invita a sus casas, gente que nos cruzamos en la calle) nos lleven a donde quieran. Hoy, por ejemplo, salí a caminar por Santiago de Chile sin mapa (no conseguí ninguno) y, gracias a ese sin rumbo, llegué a rincones inesperados. Y a la vez hoy llegué a esos rincones porque hace unas semanas salimos de Buenos Aires y nos pusimos a disposición de la ruta y sus caprichos. Así logramos, por ejemplo, viajar de Buenos Aires a Santiago sin tomarnos un solo bus.

[singlepic id=7442 w=700 float=center] El primer lugar que visitamos de Mendoza fue San Rafael

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[singlepic id=7443 w=700 float=center] Ahí nos dedicamos a caminar,

[singlepic id=7445 w=700 float=center] buscamos dibujos en los árboles,

[singlepic id=7446 w=700 float=center] hicimos burbujas gigantes,

[singlepic id=7450 w=700 float=center] fuimos al río,

[singlepic id=7452 w=700 float=center] y a sus cafés.

Después de pasar unos lindísimos días en Mendoza (ciudad y provincia), nos pusimos como meta cruzar la Cordillera en cualquier vehículo que nos frenara y llegar a la capital chilena en el mismo día. Habíamos tenido buena racha: de San Nicolás a Villa Mercedes (San Luis) dedo directo en camión (fueron 10 horas con muchas historias de por medio y una frase para enmarcar: “La ruta es lo más lindo que hay”); de Villa Mercedes a San Rafael (Mendoza), en el auto de un mendocino que conocimos en Villa Mercedes; de San Rafael a Mendoza ciudad, en un auto de concesionaria (el contador de kilómetros ni había empezado a girar, cuando nos subimos el conductor le sacó los plásticos protectores al asiento y cuando nos dejó en la ciudad nos dijo: “Muchas gracias por la compañía”. Gracias a vos). Así que nos teníamos fe, aunque cada vez que uno se para al costado de la ruta pasan cosas distintas.

[singlepic id=7457 w=700 float=center] Algunos pedacitos de Mendoza

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[singlepic id=7464 h=700 float=center] Adivine usted cuál es la parte más tocada de esta escultura

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Tomamos un colectivo de la terminal de Mendoza hasta la YPF Mercosur y nos paramos ahí, en la salida de la última estación de servicio antes de ruta 7 (una de las rutas que atraviesa la Cordillera). Pasaron tres horas y no frenó nadie. Bah, sí, frenaron varios, pero a) iban para otro lado, b) eran chilenos que tenían ganas de llevarnos pero no tenían lugar, c) eran chilenos que querían llevarnos pero no se animaban a cruzar la frontera con nosotros, d) eran parejas que no se ponían de acuerdo (él quiso llevarnos y ella votó negativo). Entre el sol del mediodía y mi mal humor (llega un punto en el que hacer dedo me cansa mucho) frenó Miguel, un mendocino que estrenaba auto, y ofreció dejarnos en Uspallata, a mitad de camino entre Mendoza y la frontera. Nos subimos.

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[singlepic id=7481 w=700 float=center] Imágenes de Uspallata

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En el camino surgieron los temas de conversación que siempre aparecen cuando nos subimos a un auto (no sé si es casualidad o es que hay un acuerdo generalizado de hablar de estas cosas): el sentido de la vida y la felicidad. Bajamos en Uspallata y nos dijeron que lo mejor era caminar dos kilómetros hasta el puesto de Gendarmería y hacerle dedo a los camiones que salían de esa aduana, así que ahí fuimos, con mochilas y mucho sol, y volvimos a pararnos en la ruta.

[singlepic id=7490 w=700 float=center] Acá nos dejaron. De ahí caminamos 2 km por la ruta.

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Después de 30 minutos frenó un camión y nos levantó Manuel, un chileno a quien apodé “el camionero cumbiero”. Fuimos todo el viaje escuchando música a todo volumen, cantando y aplaudiendo al ritmo de un cumbia mix que incluía grandes éxitos peruanos, Wachiturros y hits argentinos de los noventa como un-dos-tres-todosparabajo-un-dos-tres-todospararriba. Cuando agarramos el camino de los caracoles (las curvas y contracurvas de las montañas), Manuel nos dijo: “Esta es la segunda vez que hago este camino… la primera fue la semana pasada y fui to’ cagao”, y al ver nuestras caras: “No, mentira, hace ocho años que lo hago”.

[singlepic id=7469 w=700 float=center] Ejemplo de un camino de caracoles.

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Atravesamos el túnel por medio de la cordillera y cuando vimos el cartel que anunciaba que estábamos dejando Argentina e ingresando a Chile, Manuel tocó la bocina y nosotros aplaudimos contentos. Chile prometía.

Llegamos a la frontera y Manuel nos dejó ahí: “Pucha chiquillos, qué pena, yo por mí con gusto los llevaría más abajo, pero si estaciono el camión aquí me van a sacar a tiros”. Él ya había hecho los trámites de aduana en el puesto exclusivo para camiones (donde nos levantó), así que nos despedimos y quedamos solos en medio de las montañas nevadas, a 3100 metros de altura, en plena Cordillera de los Andes. Entramos al puesto de migraciones. ¿Sería fácil hacer el cruce a pie? Alguien nos había contado que había intentado cruzar una frontera caminando y no lo habían dejado. La rueda mágica seguía girando: nuestro día podía terminar tanto en Santiago como deportados de vuelta a Uspallata por no tener transporte propio.

[singlepic id=7494 w=700 float=center] Vista desde la frontera

Nos dijeron que teníamos que pedir el permiso de “cruce a pie”, así que lo solicitamos y nos dejaron pasar. Los trámites fueron rápidos: por suerte llegamos en un momento en el que casi no había colectivos turísticos, así que ni siquiera tuvimos que hacer fila. Pasamos las mochilas por el scanner y salimos del edificio. Ya estábamos en Chile (alegría: nuestro primer cruce de frontera), pero el desafío seguía: eran las 7 de la tarde y todavía nos faltaban 147 km para llegar a Santiago.

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Los gendarmes nos indicaron dónde pararnos para hacer dedo (“al lado del cartel verde”), así que nos abrigamos, cruzamos los dedos y nos pusimos ahí. La frontera cerraba a las 8 y se venía la noche. Menos de quince minutos después frenaron Emiliano y Agostina, una pareja mendocina. Nos preguntaron a dónde íbamos y les dijimos: “A Santiago, pero aunque no vayan para allá, sáquennos de la frontera”. Ellos iban a Reñaca, un poblado al lado de Viña del Mar, por otra ruta, pero ofrecieron llevarnos hasta la intersección de la ruta que iba a Santiago para que pudiéramos hacer dedo ahí. Pero resulta que durante el viaje nos pusimos a charlar muy entusiasmados (de Asia, de hacer dedo, de vivir la vida, de buscar lo que a uno le hace feliz) y se hizo de noche, así que nos invitaron a quedarnos con ellos en Reñaca y llevarnos a Santiago a la mañana siguiente, ya que ellos también iban para allá.

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Así que sin haberlo planeado ni imaginado, nos fuimos a dormir frente al mar, con el ruido de las olas de fondo y ese aire húmedo y pegajoso tan típico de los pueblos costeros. Y ahí me dije: cuando hacés dedo, siempre te levanta el que te tenía que levantar. Por eso lo mejor es dejar los planes fijos de lado, abrir las alas, cerrar los ojos, entregarse al viento y volar.

51 pensamientos desde el 51

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1. Está bueno saber la duración de un viaje de antemano porque podés visualizarlo. El conductor nos acaba de decir que a Constitución tarda dos horas treinta y cinco minutos y decidimos subirnos igual. Por lo menos ya sé cuánto tiempo voy a tener que estar sentada, no como la otra vez que nos subimos a un bondi de linea en San Miguel del Monte, después de un dedo fallido, y nos fumamos tres horas de recorrido sin saber que iban a ser tres horas hasta Capital.

2. —Perá, ya estuvimos acá, esa esquina me suena conocida.
—Sí, estamos en Brandsen, acá se casó Maru, vinimos hace unos meses.
—Ah sí. Ahí está la Iglesia.

3. Acá las bicis no se atan. Bah, eso pareciera. O por lo menos se dejan en la vereda, tranquilas.

4. Yo quiero meditar en movimiento, a mí las ideas me fluyen cuando mi cuerpo avanza.

5. Qué lindo/loco ver campo y vacas desde un colectivo de linea.

6. Ja. Acaba de subir una chica con dos perritos en la mochila. Son cachorritos.

7. Todos se bajan en la estación de tren de Alejandro Korn. ¿Será que es más rápido? Hoy es domingo, hay menos frecuencia, tal vez nos bajamos y justo nos dicen que el próximo tren sale en una hora. ¿Da que le pregunte al chofer si sabe cuánto tarda el tren?

8. Cuántos fotocharcos que hay en la ruta.

9. Como no tengo permitido leer, voy a escuchar música.

10. Damián: —¿El Cuarteto de Nos no es muy conocido, no?
Ani: —¡Sí! En Uruguay son próceres.
— ¡Ah! Son uruguayos.
—Sí, y tocan hace como treinta años.

Y automáticamente empiezo a pensar en Montevideo…

11. No dormí nada, pero quiero estar despierta para ver esta película que pasa por mi ventana.

12. Me encantan los bondis que entran a los pueblos y los atraviesan porque puedo espiar a la gente.

13. “Pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid”, me susurra Sabina al oído. Siempre. Y en Barcelona también.

14. Ya sé, en un post puedo contar que estaba en el metro de Barcelona y que me di cuenta de que para mí soñar y viajar son cosas muy parecidas. Ese día dije: “Empecé mi libro”. Empezar a escribirlo fue otro tema.

15.  —Qué bueno, este bondi nos deja cerca, a cinco cuadras.
—Ves, eso es cerca, poder caminar.
—La cercanía y la lejanía son tan relativas… son nociones que cambian en cada ciudad y en cada país. Mirá China, con lo enorme que es, un viaje de ocho horas es cerca. Lejos es algo que les queda a dos semanas.

16. ¿El chofer disfrutará el paseo? ¿O lo tomará como una obligación?

17. Ayer nos tiraron un cascotazo. Íbamos en colectivo a Dolores y tres nenes —al parecer, yo no los ví— tiraron una piedra a una de las ventanas del piso de arriba y dejaron el vidrio todo craquelado.

18. Mejor me saco los auriculares así puedo escuchar. Hoy voy a repetir el experimento de caminar por la calle con los ojos cerrados.

19. Esto me hace acordar a ese bondi chino que salía de la ciudad al campo en cinco minutos.

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He aquí ese bondi chino

20. Mostrar la tapa de mi libro va a ser como compartir su primera foto de recién nacido.

21. Qué lindo me pareció Ranchos, lo vi desde el auto pero quiero volver.

22. Glew tiene un supermercado que se llama Happy y que tiene una carita feliz en el cartel. Esto es un tour por la provincia de Buenos Aires a seis pesos.

23. Menos mal que no me traje una botella de agua porque tengo ganas de hacer pis y falta como una hora.

24. Me causa gracia que el colectivo pare cada cincuenta metros. En Buenos Aires muchas veces se saltean las paradas, o te ven y no te frenan.

25. Creo que prefiero viajar en este tipo de bondi que en el de larga distancia porque ese me incita a dormir y este a mirar.

26. Escribir para no dormirme y para que pase el tiempo.

27. “Hoy se paraliza el país: juega Boca – River”. ¿Tan así?

28. Escribir 51 cosas lleva más tiempo del que pensaba. ¿Por qué no me tomé el 12 o algún número más bajo?

29. Nuevo Hinds Anti Age Plus Cabaña Don Máximo Líder en Quesos y Fiambres Aserradero La Rotonda La Mejor Calidad al Mejor Precio. Paisaje empapelado de carteles.

30. A Damián ya le duele todo de estar sentado. Escribo esto y justo me dice: “Ahora entiendo por qué los colectiveros tienen el asiento que tienen”. Sincronicidad.

31. Hace un rato vi a un hombre que vendía quesos al costado de la ruta. Había sacado una mesita del baúl del auto y estaba ahí sentado, esperando.

32. Es verdad que la gente del Interior es más simple.

33. Qué frío hacía anoche en Dolores, che. Cuando el mozo me preguntó dónde estaba el burbujero le dije que afuera, lavando las cosas. “Se debe estar escarchando”, me dijo. “Sí, está haciendo burbujas congeladas”, le respondí.

34. —Quiero ver La Vida de Pi.
— Yo te dije y no quisiste. Después la bajo.

35. “Me da una preocupación el paraguas” (Fragmento de la conversación de los señores del asiento de atrás)

36. —¡Estás escribiendo un libro! —me dijo Adriana anoche en la fiesta, cuando me vio tomando notas en pleno carnaval carioca.
—Es que se me ocurrió una idea y no quiero que se me vaya.
—¿Sos escritora?
—Sí.
—¿¿Sos famosa?? Mirá que yo voy todos los años a la Feria del Libro.
—Jaja, no, no.
—Bueno en la próxima te busco… ¿Cómo te llamás?
—Aniko.
—¡Con ese nombre raro vas a ser famosa!

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En la fiesta de anoche. Tambores y papel picado de luces.

37. Damián me señala por la ventana: hay un circo. Uno de mis sueños es unirme a un circo y viajar con ellos por un tiempo, pero no sé qué gracia haría.

38. Me gusta que la gente me cuente cómo llegó a mi blog o qué pensó apenas lo vio.

39. ¿Hace cuántos minutos estaré escribiendo? ¿Hace cuántos kilómetros?

40. Cantidad de personas en el colectivo: 25. Niños: 9 (justo se bajaron tres, uno en la panza). Gente escuchando música: 1 (mujer). Gente leyendo: 0. Gente escribiendo: 1. Gente durmiendo: 1. Nenes llorando: 1 (leve puchero). Premio a los más charlatanes: los dos de atrás, están transmitiendo en vivo hace cuarenta minutos, parecen comentadores de fútbol.

41. Llegamos a Lomas de Zamora.

42. Se subió un señor nuevo y está leyendo el diario. Primer lector del día.

43. Ayer soñé que aparecíamos en Mar del Plata pero Virginia no nos podía recibir porque se sentía mal, así que me iba en busca de un hostel. El precio de la habitación era 11 dólares “o 62.620 pesos uruguayos”. Bueno, ¿te puedo pagar en ravioles?, le decía yo a la chica, y sacaba una bolsita con ravioles de todos colores.

44. Atrás mío opinan qué no sé qué del último partido de River “fue medio maraca”.

45. Pasa una ambulancia a toda velocidad. Nos estamos acercando a Capital. Cada vez menos verde.

46. Qué ganas de comer tarta y dormir hasta la tarde. O dormir y comer la tarta después.

47. Sopa de Messi. Está en todas partes. Hoy: en la tapa de una revista, en el kiosco de revistas de la parada del colectivo.

48. Acaba de sonar la alarma de mi teléfono. 11.23. A esta hora planeaba despertarme y me desperté 7.30 después de habernos acostado a las 5. Igual, ¿a quién se le ocurre poner una alarma tan específica como “11.23”? Se ve que estaba muy cansada. Tampoco teníamos planeado hacer autostop tan temprano, casi desde la cama. Si no hubiese sido por Adriana y su marido que nos llevaron hasta Brandsen, todavía estaríamos parados en la ruta. O durmiendo.

49. Constitución. Facundo es sordomudo. No escucha ni entiende. Por favor colabore con $0.10 centavos. Me da el papel y agita su vaso con monedas.

50. El paisaje se parece cada vez más al del Capital. Fue lindo tomarnos este respiro express.

51. En el libro que estoy leyendo me pide imaginarme a mí misma a los ochenta. Me veo con muchos libros publicados y todos los países recorridos, excepto uno: Argentina. Porque para hacerlo bien literario voy a cerrar el círculo y terminar mi viaje en el mismo lugar que lo empecé.

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De yapa:

52. Se sube un nene con su papá y se sientan atrás nuestro. Puchero extremo:

—Quiero que me compres algoooo.
—¿Qué cosa?
—Cualquier cosaaaa, algooo… No quiero estar arriba del colectivo… No quierooo… (patea mi asiento)
—Bueno, ahora hablo con el chofer y le digo que te baje.
—NOOOOO…
—¿Querés bajar del colectivo o no?
—No quierooooo…

53. Por fin, dos horas y treinta y cinco minutos después, llegamos a Constitución. Somos los únicos que quedamos, los pasajeros más antiguos de este bondi. Nos merecemos una jubilación.

Nos paramos, estiramos las piernas, saludamos al chofer y nos bajamos del 51. En Buenos Aires, el domingo recién está empezando.

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Y este es, completito, el recorrido de ayer. De Dolores a Brandsen: dedo preacordado. De Brandsen a Buenos Aires: el 51.

Miramar y el arte olvidado

“Caminar es un arte olvidado”
(Carl Honoré, Elogio de la lentitud)

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Llegamos a la estación de Miramar a las 8 de la noche. Estábamos a unas trece cuadras de la casa de Luci y Emi, los chicos de couch que nos iban a alojar, y teníamos dos opciones para ir hasta su casa: la veloz y paga (un remis) o la lenta y gratuita (caminar). Ni Damián ni yo sabíamos qué tan seguro o peligroso podía ser caminar por Miramar de noche, pero ambos elegimos caminar. En esa ciudad de la costa bonaerense las calles tienen números correlativos en vez de nombres así que creímos que sería fácil llegar a destino. No lo fue: las diagonales nos desorientaron y nadie supo indicarnos por dónde ir. No nos importó demasiado, tardamos más pero llegamos igual. En el camino, además, Damián me fue contando una historia.

—¿Sabías que existe un pueblo donde se practican los oficios olvidados?
—¿Ah sí? ¿Qué trabajos hacen?
—Todos trabajan con las manos. Algunos se dedican a la carpintería, a la herrería, a la orfebrería, hay fabricantes de muñecos y de bicicletas, artesanos de libros, luthiers, jardineros, titiriteros… También hay arte en todos lados: dibujos en las paredes, poesía escrita en las veredas, cuentos en los techos, animalitos fabricados con arbustos…
—Qué lindo, ¿y trabajan en la calle, no?
—Sí, todos trabajan al aire libre o tienen sus talleres abiertos…
—¿Y cuál es su medio de transporte?
—El lugar es chiquito, así que van en bici o caminan…

A medida que caminábamos, perdidos, yo hacía preguntas y el relato crecía. En algún momento logramos encontrar la calle diagonal por la que teníamos que caminar y seguimos por ahí, en busca de la casa de los chicos.

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—¿Y en el pueblo hay mar?
—Sí, tienen un mar y un bosque.
—¿Y cuánta gente vive ahí?
—Hay tantas personas como oficios y hay tantos oficios como los necesarios para vivir… Muchas personas se van a vivir ahí sin saber cuál es su vocación, pero con el deseo de seguir un oficio y de vivir en paz y por eso buscan ser ayudantes y aprender. Además las personas no tienen apellido, sino que el apellido de cada uno es su profesión. Por eso las calles tampoco tienen nombre, sino que se las conoce como “la calle donde vive José Panadero”.
—Ahh… qué lindo. Me hace acordar a la parte vieja de Hanoi, en Vietnam, donde las calles tienen el nombre del oficio que se practicaba en ese lugar… ¿Y cómo se llama el pueblo?
—No tiene nombre… Si tuviese nombre perdería su magia, dejaría ser el pueblo de los oficios perdidos…
—Ah, es como la frase de Herman Hesse: Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos…

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En ese momento nos cruzamos con un vecino y le preguntamos por la intersección que buscábamos. Estábamos a dos cuadras. Caminamos un poco más y, una media hora después de haber salido de la estación, llegamos a destino. En remis hubiese sido mucho más rápido, pero jamás hubiese escuchado la historia de aquel pueblito de oficios tan entrañables.

Al día siguiente salimos a caminar otra vez. Como estábamos a pocos metros del mar, lo primero que hicimos fue acercarnos a la costa. Luci y yo nos sentamos a charlar acerca de la vida en Miramar, tan tranquila, y la vida en Buenos Aires, cada vez más acelerada. Miramar es conocida como la ciudad de los niños y de las bicicletas y es un destino muy popular en verano, especialmente para ir en familia. Yo no conocía Miramar y descubrirla a los 27 años y en otoño fue mágico. Si yo tuviese este mar tan cerca de mi casa caminaría todas las mañanas, pensé.

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Después del mediodía fuimos a la escuelita rural donde trabajaba una de las hermanas de Luci a hacer un show de burbujas para los chicos. Cuando terminamos caminamos un kilómetro por una Miramar diferente, ya no costera sino rural, con tranqueras y hombres a caballo. Esa misma tarde, Damián y yo volvimos a caminar por la ciudad, esta vez en busca de un supermercado. En el trayecto descubrimos varias cosas: un vecino que arreglaba un motor en la vereda, un gato que se nos acercó (cual perro) cuando lo llamamos por su nombre genérico (vení gato, vení), casas con decoraciones navideñas (probablemente olvidadas), bicicletas estacionadas sin atar, calles vacías y silenciosas, árboles que se movían muy suavemente con el viento, casas cerradas por la temporada, un juguete olvidado en la vereda.

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Al día siguiente nos fuimos caminando al bosque. Mientras nos metíamos entre sus árboles yo le conté a Damián acerca de los dos bosques encantados que conocí en mi vida: el de Calella (Catalunya) y el de las afueras de Skelleftea (Suecia). Ambos me parecieron mágicos por su atmósfera, por su silencio, por su luz. El de Calella se llenó de rayas naranjas que entraban por entremedio de los árboles al atardecer; el de Skelleftea estaba repleto de nieve y de magia. Y después de hacer burbujas gigantes entre sus árboles, el bosque de Miramar se convirtió en mi tercer bosque encantado. Incluso pudimos ver uno de sus ojos.

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A la mañana siguiente, jueves, decidimos emprender el regreso a Buenos Aires. Como teníamos planeado salir a dedo nos despertamos bien temprano, a eso de las 6 de la mañana, y preparamos el desayuno y la mochila con tranquilidad. Nos despedimos de los chicos, salimos de la casa y caminamos por toda la costa de la ciudad mientras el sol aparecía sobre el mar. La luz naranja y espesa, típica del amanecer, bañaba los edificios, los charcos, los árboles. Los surfers aprovechaban el mar desde temprano, las mujeres paseaban con sus amigas por la costa, todos parecían tomarse la vida con calma, incluso durante un día laboral. Fue la despedida perfecta de Miramar.

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El primero que nos levantó, pocos minutos después de empezar a hacer dedo en la salida de la ciudad, fue Maxi, un chico que nos dejó en playa Chapadmalal. Cuando nos preguntó a qué nos dedicábamos y yo le conté que escribía, me respondió, con una sonrisa en la mirada: “Escritora… qué lindo, yo también quiero ser escritor… Leo mucho, pero todavía no me animé a escribir…”. Y ahí me di cuenta de cómo todos en esta vida nos vamos encontrando y entrelazando por un rato y contándonos nuestras historias… Galeano tiene razón cuando dice que no estamos hechos de átomos sino de historias.

El segundo que nos levantó fue Lucas, un artesano viajero que nos llevó hasta la salida de Mar del Plata. Mientras íbamos en el auto, algo en él lo hizo cambiar de recorrido: “No tomo nunca este camino, pero voy a ir por la costa, miren lo lindo que está el mar”. Y era verdad, el mar de Mar del Plata estaba planchadísimo, soleado, calmo. Ir en auto por la costa fue casi como caminar por la rambla antes de despedirnos de la ciudad (y del mar mismo) por un tiempo.

[singlepic id=7196 w=625 float=center] Atrás quedaban, también, los chicos que conocimos en la escuelita de Miramar…

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En Mar del Plata estuvo difícil. Esperamos dos horas al borde de la ruta hasta que una mujer nos levantó y nos llevó por Ruta 2 a Vivoratá, a unos 30 km. Pero cuando nos bajamos de su auto, todo se sincronizó: no tuvimos que esperar ni dos minutos, enseguida nos levantó Manuel, un camionero que trabajaba llevando un cine móvil para los chicos de la provincia de Buenos Aires. Durante las casi tres horas de viaje, Manuel nos habló acerca de su vida (“a veces no veo a mi familia durante tres meses”), de su trabajo (“es lindo esto de estar viajando por toda la provincia pero llega un momento en que cansa”), de los mochileros (“cuando se paren en la ruta siempre pongan las mochilas bien visibles, porque así nosotros en dos segundos podemos ver que son viajeros y frenar para llevarlos”). Cuando nos dejó en Castelli nos indicó exactamente dónde pararnos para seguir camino y, antes de que él se fuera, ya nos había levantado Mario.

—¿Ustedes estaban haciendo dedo a la salida de Mar del Plata, no? Sí, los vi… Saben… hace años que no levantaba a nadie… Hoy no sé por qué levanté a tres.

Así empezó el tramo final a Buenos Aires. Lo que al principio fue una leve desconfianza de su parte se tornó en una charla agradable. Entrar al auto de un desconocido es como entrar a su mundo por un rato y generalmente el conductor espera algo de compañía y algunas historias a cambio. Así que cada uno fue relatando porciones de su vida y nos fuimos construyendo con palabras. Mientras tanto, afuera, el sol empezaba a bajar entre los edificios.

[singlepic id=7198 w=625 float=center] Qué lejos quedaban todas estas escenas tranquilas de Miramar…

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Entramos a la locura de Buenos Aires y Mario nos dejó en Los Incas, la estación terminal del subte linea B, en plena hora pico. Me encanta llegar a Buenos Aires por tierra, pero lo que más me gusta es no llegar directamente a mi casa sino tener que tomar algún transporte más dentro de la ciudad, ya que ir con la mochila encima me permite seguir con el modo viajero encendido y mirar Buenos Aires desde otra óptica, como si fuese de afuera. Así que apenas nos bajamos del auto y quedamos frente a un semáforo repleto de gente, le dije a Damián:

—Hagamos de cuenta que esta es la primera vez que venimos a Buenos Aires…
—Dale.
—Mirá todo esta gente, ¿a dónde irán tan apurados? Incluso los perros caminan rápido. Qué ciudad tan ruidosa… ¿Nadie se para a mirar el atardecer?

Entramos al subte, nos sumamos a la marea de gente y atravesamos la ciudad por debajo de la tierra. Cuando salimos del otro lado, ya era de noche.

Cuatro días después de volver de Miramar, decidí volver a caminar por mi ciudad. Hace meses que no caminaba por Buenos Aires. En realidad sí caminaba, pero como medio para llegar a algún lado, no como un fin en sí mismo. Y una tarde de esta semana salí de mi casa y decidí no subirme al estrés del colectivo ni al amontonamiento del subte y volver a cruzar la ciudad a pie. Hice sesenta cuadras (6 km) y las hice todas sonriendo, descubriendo cientos de detalles que, con la velocidad de los transportes, siempre me pasaban desapercibidos. A veces me olvido de que caminar es un arte y me olvido de que puedo practicarlo incluso cuando no viajo. No hay mejor manera de ver el mundo que caminando, no hay mejor manera de descubrir detalles que usando nuestros pies, no hay mejor manera de entender el ritmo y de fundirse con el fluir de un lugar que a través de nuestros pasos, no hay mejor manera de entrar en contacto con otras personas que caminando.

[singlepic id=7218 h=625 float=center] Imágenes de Buenos Aires (que saqué hace un tiempo mientras caminaba por ahí…)

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Pensé que todos estos hechos que acabo de relatar eran inconexos, hasta que anoche, volviendo en colectivo de Tigre, me encontré con las siguientes palabras en el libro que estoy leyendo (Elogio de la lentitud): “Desplazarse a pie también puede ser una experiencia meditativa, que fomenta un estado de ánimo caracterizado por la lentitud. Cuando caminamos, somos conscientes de los detalles a nuestro alrededor: los pájaros, los árboles, el cielo, las tiendas, las viviendas, el prójimo… Establecemos relaciones. (…) Caminar requiere más tiempo que cualquier otra forma de locomoción excepto reptar. En consecuencia, dilata el tiempo y prolonga la vida, que ya de por sí es demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad. Caminar hace que el mundo sea mucho más grande y, por ello, más interesante. Uno tiene tiempo para observar los detalles”.

Cuánto más feliz sería esta ciudad (y este mundo) si todos desacelerásemos nuestra mente y nos tomáramos el tiempo de volver a encontrarnos con ese arte tan fundamental y tan olvidado: el arte de caminar.

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La Maldición de Egaña

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Todo empezó cuando a cuatro amigos viajeros se les ocurrió que sería divertido acampar al lado de una mansión abandonada en medio del campo. Cabe preguntarse a qué equivaldría la palabra “divertido” (unida a las palabras “acampar” y “abandonada”) en sus cabezas en aquel momento, pero lo cierto es que estaban ávidos de aventuras e historias y aquel lugar parecía contener las cantidades perfectas de cada ingrediente. Salieron de Rauch a Egaña (Provincia de Buenos Aires), el pueblito más cercano al famoso castillo abandonado, a eso de las 5.30 pm. Era tarde para salir a dedo, pero como estaban a 20 km de distancia y planeaban dormir allá no se preocuparon demasiado. Es cierto que hacer dedo de a cuatro es más difícil, pero ellos estaban con buena racha: para ir de Azul a Rauch habían decidido dividirse en dos “comisiones” para viajar por separado, se pararon en la ruta a unos metros de distancia y, casualmente, frenaron dos autos a la vez y uno llevó a cada pareja. Esta vez también tuvieron éxito: enseguida los levantó el conductor de una Chevrolet —organizador de un ciclo de autocine— y los llevó hasta un cruce. Cuando se bajaron, antes de despedirse, él les contó parte de la historia —que aún se debate entre ser real o ser un mito rural— del Castillo de Egaña (también llamado Mansión de San Francisco), lugar al que se dirigían los cuatro viajeros.

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—Al parecer el día de la inauguración de la mansión mucha gente se reunió ahí a celebrar un banquete. Estaban esperando al dueño para empezar, pero nunca llegó: tuvo un accidente en la ruta, cuando iba camino de Buenos Aires a la mansión, y murió. Cuando los invitados se enteraron se fueron inmediatamente, abandonaron la casa dejando todos los platos servidos. La mansión quedó vacía y con el correr del tiempo fue saqueada: se robaron todo, los muebles, los adornos, la vajilla, el piano, los cuadros… El lugar estuvo cerrado por 30 años, después fue expropiado por el estado y pasó a ser un correccional de menores. Durante aquella época, un interno mató a uno de los directores de la institución. Ahora el lugar está abandonado y en ruinas.

Pausa.

—Así que van para allá… ¿Quieren que le agregue una parte más a la historia?

Se rieron. Así empezaba la versión made in Argentina de algún film teen-hollywoodense como Scream o Sé lo que hicieron el verano pasado. El conductor los dejó en un cruce de tierra y se fue, levantando una nube de polvo a su alrededor.

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Esperaron exactamente 51 minutos (Juan, fan del autostop, tenía cada espera minuciosamente cronometrada) hasta que una pareja los levantó. Antes de eso habían pasado, como mucho, tres autos. Aquella pareja no iba hasta el castillo, pero podía acercarlos unos kilómetros. Cuando estaban por bajar vieron que, a lo lejos, se acercaba otra camioneta: el conductor les dijo que era un amigo suyo y que iba a pedirle que los dejara en la entrada de San Francisco. Así que hicieron transbordo, se acomodaron en la caja y unos minutos después se bajaron en medio de la nada. Quedaron solos en otro pequeñísimo cruce. ¿Y la mansión? Caminaron menos de diez pasos, llegaron a una tranquera abierta y ahí la vieron —silenciosa, imponente, tenebrosa, decadente—, al final del camino de tierra.

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Los cuatro amigos cruzaron la tranquera, entraron al terreno y, felices de haber llegado, comenzaron a caminar alrededor de la casa. En la entrada, un cártel bastante corroído respondía a las preguntas típicas. La mansión San Francisco había sido construida por el arquitecto Eugenio Díaz Vélez, nieto del prócer argentino, entre 1918 y 1930. Tenía —o había tenido, porque estaba en ruinas— tres pisos, 77 habitaciones, 14 baños, 2 cocinas y muchos balcones. Casi todos los materiales y objetos habían sido traídos de Europa, pero la casa no había sido construida siguiendo ningún estilo arquitectónico definido, sino que más bien respondía a los parámetros del eclecticismo.

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Sin embargo, había algo raro en ella (más allá, obviamente, de que estaba abandonada, era tétrica, no tenía ni un vidrio, estaba repleta de graffitis e inundada de caca de paloma). La casa no tenía un frente. Todos sus lados actuaban de frente. No tenía, por así decirlo, una cara y una espalda, sino puras caras. La casa nunca dejaba de mirar, no importaba donde uno estuviese parado. Tenía cientos de ojos (ventanas) que vigilaban silenciosamente todo lo que pasaba a su alrededor.

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Entraron. Aniko, en particular, con algo de miedo. En ese momento no pudo evitar pensar en todas las historias de casas embrujadas que conocía. Y las que no conocía, se las inventó. Casas abandonadas. Casas que sangran por las paredes. Casas que lloran de noche. Casas habitadas por espíritus. Casas que matan a los curiosos. Casas con entrada pero sin salida. Casas con vida propia. Casas con seres extraños. Casas con historias de muerte. Casas con ruidos inexplicables. Casas que transforman. Casas que embrujan. Casas que trastornan. Casas que necesitan almas humanas para seguir viviendo. Casas que aparecen y desaparecen. Casas malditas… “¡Acampemos acá!”, dijo alguno de los cuatro cuando subieron al primer piso por una escalera desvencijada. “El suelo parece sólido, está reparado del viento…”. ¿Acá? ¿Quieren acampar acá?, pensó Aniko, pero no dijo nada ya que no quería demostrar que dormir en esa casa la ponía bastante nerviosa. En realidad cualquier lugar abandonado la ponía nerviosa —o, más que nerviosa: solemne, respetuosa—, especialmente aquellos en los que la atmósfera era tan pesada que todo lo que alguna vez había habitado ahí parecía seguir existiendo…

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Recorrieron el laberinto de cuartos, cuartitos, salones y ventanas. La casa estaba llena de graffitis y mensajes en las paredes. Tenía botellas rotas y retazos de ropa en el piso, lo que indicaba que ellos no eran los únicos que la habían visitado. El tercer piso pertenecía a las palomas, que habían anidado en agujeros en el techo y aleteaban enojadas cada vez que se acercaban. Los pisos estaban repletos de escombros, las paredes de humedad, las barandas de los balcones de plantas. Los techos tenían terminaciones puntiagudas, había pequeñas torres, columnas, decenas de balcones, galerías. Todos los elementos como para filmar cualquier película de terror medianamente aceptable.

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Salieron de la casa y siguieron recorriendo el predio. Un poco más allá, después de atravesar un sendero de árboles, encontraron un granero y una casita, probablemente de los antiguos caseros. Si la mansión era tenebrosa, la casita directamente era aterradora. Su interior era muy oscuro y, apenas entrando, había un hueco en el piso que daba a un sótano negro… No pudieron avanzar mucho más, Aniko se aferró a la mano de Damián y le pidió que por favor salieran de ahí. Estaba empezando a anochecer y por encima de ellos se veía, casi llena, la luna. A su alrededor: silencio absoluto. Volvieron a encontrarse con Juan y Laura, que estaban cerca de la mansión, y decidieron no quedarse a dormir en el castillo. Aquella casita terminó de asustarlos, era todo demasiado atemorizante. Eran casi las 8 así que tenían que apurarse y buscar un lugar donde pasar la noche, lo más lejos posible de aquella casa.

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Salieron nuevamente a la ruta, esta vez con el plan de acampar en Egaña, el pueblito más cercano, una antigua estación de tren donde viven (según las estadísticas) 44 personas. Alguien les había dicho que estaban a unos 3 km, así que empezaron a caminar en la dirección que creían correcta. Tenían que llegar hasta un “monte” (bosquecito) y ahí doblar a la izquierda. Caminaron por el medio de la ruta de tierra hasta que se hizo de noche: durante todo el trayecto no pasó ni un vehículo. Egaña nunca apareció. Estaban perdidos en medio del campo y no sabían muy bien qué hacer: todo quedaba demasiado lejos como para ir caminando, no podían acampar en medio de la ruta porque si pasaba un vehículo de noche los llevaba puestos, tampoco había lugar para acampar al costado de la ruta ya que el alambrado de los campos empezaba enseguida y había una zanja de por medio, no se podían meter en un campo porque todo era propiedad privada y estaba lleno de animales sueltos, tampoco querían volver a la mansión de noche… No les quedaba otra que seguir caminando hasta encontrar alguna señal de vida.

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De repente vieron, a lo lejos, una luz que se movía. Era un auto que avanzaba por otra ruta, unos metros más adelante, y que entraba a una estancia. Aceleraron el paso y vieron que la estancia tenía luz, así que se animaron a entrar. Abrieron la tranquera y caminaron hasta la altura de la casa. Aplaudieron. Silencio. Gritaron “holaaaa” y “buenas nocheeees” varias veces como para llamar la atención de los dueños. Silencio. Cuando estaban por irse apareció un hombre rodeado de perros. Los animales se pusieron a ladrar a lo loco. El hombre parecía asustado: “¡¿Quién anda ahí?! ¿Qué pasa?”. Los cuatro mochileros le explicaron que estaban perdidos y que lo único que necesitaban era un espacio para acampar lejos de la ruta. Tenían carpa, agua y comida, solamente necesitaban dormir sobre un cuadradito de pasto al resguardo de la ruta y de los animales. El hombre no los quiso recibir. Apareció su mujer y les dijo que “ahí nomás” (a una hora de caminata) tenían San Francisco (la mansión) y que podían ir a acampar ahí.

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Salieron de la estancia con resignación y bronca y se sentaron al costado de la ruta a preparar unos sandwiches. Eran casi las 10 de la noche y hacía mucho frío. Si bien era verano, la tarde anterior había bajado mucho la temperatura y ninguno de ellos tenía la ropa adecuada. Ya les daba todo igual. Estaban considerando dormir a pocos metros de la entrada de la estancia, en un huequito de pasto, pero tampoco querían que quedara como una provocación hacia los dueños. Ellos, al fin y al cabo, no los habían querido recibir, entonces tampoco les hubiese gustado, suponían, que acamparan tan cerca de la propiedad. Lo único que les faltaba era que alguien los echara a escopetazos.

Poco antes de las 10, cuando ya no parecían quedar opciones viables, pasó una camioneta. Le hicieron señas de que frenara y le contaron lo que había pasado. El conductor les dijo que primero tenía que hacer unos mandados, pero que en media hora podía pasar a buscarlos y llevarlos a Rauch para que durmieran en el camping. Después, desapareció en la noche. ¿Volvería? Los cuatro amigos se sentaron en ronda bajo las estrellas, comieron los sandwiches y se taparon con las bolsas de dormir. Media hora después, dicho y hecho, el conductor pasó a buscarlos y los dejó en Rauch. La noche terminaba bien, pero algo había cambiado…

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Al día siguiente, los cuatro viajeros tenían planeado ir a visitar un pueblito, así que salieron a la ruta 30 para hacer dedo de Rauch a Azul. Enseguida los levantó una camioneta, pero unos minutos después, cuando ya estaban camino a la intersección con la ruta 60, al vehículo se le quedó el motor. El conductor intentó arrancar pero no hubo caso.

—Van a tener que caminar, muchachos. Pero no se preocupen que la rotonda está acá nomás—, les aseguró.

El “acá nomás” fueron 5 km y una hora de caminata al rayo del sol con las mochilas encima. Cuando llegaron se sentaron a la sombra de un árbol y estuvieron una hora y media haciendo dedo sin que nadie los levantara. Pasaban pocos autos y muchas bicis, pero nadie frenaba. Frustrados, decidieron hacer dedo para el otro lado (de donde venían) y el primero (literalmente) que pasó frenó y los levantó.

Volvieron a Rauch, ese punto de partida al que parecía ser tan fácil volver pero tan difícil abandonar, y decidieron encarar hacia Las Flores. Juan y Laura consiguieron un camión en la estación de servicio, pero Damián y Aniko estuvieron aproximadamente dos horas y media haciendo dedo. Nadie frenó. Sentían que la gente, incluso, los miraba mal. Muchos les hicieron burla. Uno les dedicó un gesto obsceno. Un camionero les dijo que los llevaría después de descansar, se fue a dormir la siesta y jamás se levantó (aún sigue ahí, durmiendo). Se insolaron. Ella se puso de mal humor. ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué tenemos?! Es obvio que estamos yeteados. ¡Se nos pegó un espíritu de la casa esa! ¡Es la maldición de Egaña! ¡¿Qué tenemos que nadie frena?!, se preguntaba ella con rabia. Terminaron viajando en colectivo.

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Al día siguiente la mala racha de autostop siguió. Pudieron hacer un trayecto corto en camión, pero en San Miguel del Monte ya nadie los quiso llevar, así que tuvieron que tomar otro colectivo para poder volver a Buenos Aires.

Si bien llegaron sanos y salvos, los mochileros sienten que algo en su suerte cambió. Ahora necesitan otro viaje para saber si esta mala racha autostopística es algo pasajero o si realmente están maldecidos. Así que si un día alguno de ustedes va manejando por alguna ruta y ve a dos parejas de viajeros haciendo dedo, sean tan amables de disminuir la velocidad y observarlos. No les pido que los levanten, lo único que quiero saber es si detrás de ellos hay un fantasma que asusta a los conductores con gestos tenebrosos. Si es así, sepan entender. Ellos no tienen nada que ver. Es todo culpa de la casa…

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Último tren a Crotto

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Perder el subte fue un buen augurio. Bajamos la escaleras corriendo pero no llegamos a tiempo: el C a Constitución acababa de cerrar las puertas y estaba alejándose del andén. Nos quedamos ahí parados, con las mochilas puestas, y esperamos el siguiente. Lo único que nos preocupaba era no llegar a tiempo al tren. Más allá de eso, no teníamos apuro. Mientras esperábamos pasó un subte por el andén de enfrente: el que iba a Retiro, la otra estación terminal de la ciudad. Es normal que los subtes de Buenos Aires estén llenos de graffitis (siempre me pregunto en qué momento se los pintarán), pero cuando vimos lo que decía uno de los vagones nos sorprendimos y sonreímos: era, definitivamente, un buen augurio. En uno de los vagones estaba pintada, bien grande, la palabra “Crotos”. Probablemente sería una firma, pero para nosotros era una señal.

Croto, en Argentina, es una palabra que se utiliza para referirse a los indigentes, personas que viven en la calle y que, generalmente, visten harapientas y piden limosna. También se les dice linyeras, cirujas o mendigos, aunque existen ciertos matices entre estos términos. La palabra croto, como todos los términos que nacen en boca de las personas y no en los diccionarios, tiene vida propia y se usa en muchos contextos. Es muy común escuchar a alguien decir “Estoy re croto/a” si, por ejemplo, ese alguien está de jogging, todo transpirado y despeinado de hacer gimnasia, y otro alguien lo invita a hacer algo más formal. Así que inspirados por aquel término, seis viajeros (cada cual con su talento, casi todos con blog) decidimos organizar un Crot-Trip por la provincia de Buenos Aires.

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Un Crot-Trip, según lo concebimos nosotros, es algo así como la antítesis de un Blog-Trip: un blog trip desfachatado, tal vez. Un blog trip es un viaje “de prensa” para bloggers, organizado por algún ente turístico o gubernamental, en el que hay hoteles de buena categoría, comidas con entrada y postre, algún que otro vino y excursiones y traslados incluidos. Nuestro Crot-Trip, en cambio, incluyó autostop, campings, sandwiches armados artesanalmente en la calle, sandwiches deglutidos artesanalmente en la calle, caminos de tierra, bichos, perros callejeros que nos seguían, sentadas al costado de la ruta, bolsas de dormir usadas como ponchos, caminatas por el medio del campo en busca de alguien que nos lleve o nos reciba (a pleno sol y a plena noche), mucha ojota y mucho fideo. Nuestro primer destino fue —no de casualidad— Crotto, un pueblo de 280 habitantes ubicado en la provincia de Buenos Aires, en la localidad de Tapalqué.

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(Va un mapita del recorrido. Salimos de la estación Constitución y fuimos en tren hasta Cañuelas, vía Ezeiza. El viaje a dedo fue Cañuelas – Roque Pérez – Saladillo – Tapalqué – Crotto. Lo que se ve al sur de Tapalqué es Crotto.)

Salimos de a parejas, cada cual desde su ubicación, con el plan de encontrarnos todos en Crotto: Los Acróbatas del Camino (Juan y Lau) salieron desde San Nicolás de los Arroyos, los chicos de Magia en el Camino (Dino y Aldana) desde Buenos Aires y nosotros (Damián y yo) desde Buenos Aires también. Salir a dedo de la ciudad no es nada fácil, así que decidimos hacer la primera parte en tren: subte a Constitución, tren a Ezeiza (40 minutos) y otro tren a Cañuelas (aprox una hora). Caminamos Cañuelas casi de punta a punta, salimos a la ruta 205 y ahí sí, dedo. Eran las tres de la tarde.

[singlepic id=6754 w=625 float=center] El paisaje ya empezaba a cambiar…

Menos de 15 minutos después nos levantó Diego, paracaidista, que nos llevó hasta Roque Pérez y nos explicó todos los menesteres de los saltos deportivos desde un avión. De ahí, dedo otra vez, y nos levantó Pablo, que nos dejó en la rotonda de la Ruta 51 en Saladillo. Unos 20 minutos de espera después nos levantó Gustavo, rosarino, y nos dejó en Tapalqué, en la entrada del camino de tierra que iba a Crotto. Según nos había afirmado Esteban (el amigo de Juan que nos había invitado a Crotto y nos estaba esperando allá) esa ruta era muy transitada y el primero que pasara nos levantaría seguro.

[singlepic id=6746 w=625 float=center] En Tapalqué

[singlepic id=6749 w=625 float=center] En el cruce de la ruta a Crotto (desolado)

[singlepic id=6750 w=625 float=center] El camino de tierra a Crotto

[singlepic id=6753 w=625 float=center] El mismo camino, unas horitas después

Esperamos. Esperamos horas. No pasaba un alma. Los pocos autos que atravesaron el cruce nos hicieron señas de que iban “acá nomás” y desaparecieron en la nada dejando atrás una nube de polvo. Como último recurso decidimos llamar a Esteban por teléfono: nos dijo que si nadie nos levantaba a eso de las 9 de la noche él nos pasaría a buscar. Vimos cómo cambiaba la luz y cómo bajaba el sol. Una pareja nos levantó y nos dejó en un cruce, más en el medio de la nada que antes. Volvimos a llamar a Esteban y no pudimos comunicarnos.

[singlepic id=6717 h=625 float=center] Esperando en el primer cruce

Mientras se hacía de noche, se me dio por cantar (en medio de la ruta vacía) Last Train to Crotto con el ritmo de Last Train to London, famosísima canción de la ELO. No podía ser: habíamos tenido tan buena racha y nuestro último tren a Crotto no llegaba nunca. Quedamos en la oscuridad total —ruta de tierra, medio del campo, sin iluminación— y recibimos el llamado salvador de Esteban. Media hora después nos estaba levantando de la ruta. Obviamente, en esa espera, cuando ya sabíamos que teníamos transporte, pasaron como cinco vehículos y dos de ellos frenaron espontáneamente, sin que les hiciéramos dedo, para ver si necesitábamos algo.

[singlepic id=6735 w=625 float=center] Altar en honor al Gauchito Gil, cerca de la entrada a la ruta

[singlepic id=6719 h=625 float=center] Calle de tierra de Crotto

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Si hay algo que me impresiona cada vez que salgo por tierra de Buenos Aires es ver cómo cambia el paisaje, la actitud de la gente y la realidad a medida que uno se aleja de la ciudad. No hace falta irse muy lejos tampoco, ya a 60 km es otro mundo. En Crotto, por ejemplo, viven unas 280 personas. Si lo pienso en cantidad de gente, todos los habitantes de Crotto podrían caber en un solo edificio de Buenos Aires. Es como si todos los que vivimos en mi edificio tuviésemos un pueblo propio y estuviésemos dispersados de manera horizontal en vez de vertical. Seguramente nuestra manera de relacionarnos sería distinta.

[singlepic id=6723 w=625 float=center] Imágenes de Crotto

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Crotto tiene 98 años y 500 hectáreas (50 manzanas y una zona de chacras). Como el asfalto no llegó, muchas costumbres nunca se fueron. La gente es amable, todos saludan y se entusiasman al recibir visitantes. Los frentes de las casas aún son lugares donde la gente se sienta a tomar mate y a charlar. A la hora de la siesta casi no hay movimiento. Las bicis aún no se atan. No hay rejas ni alarmas. El almacén de ramos generales sigue en pie, abasteciendo de comida e Historia. Hay varias viviendas abandonadas. Hay escuela primaria y secundaria. Hay internet. Ya no hay correo, ni banco, ni estación de servicio. Los trenes ya no llegan al pueblo. El último tren de pasajeros salió de Crotto en 1975; el último tren de carga, hace unos 12 años. A partir de ese momento, Crotto perdió su estatus de estación y empezó a disminuir su cantidad de habitantes. Pasó a ser un pueblo casi detenido en el tiempo.

[singlepic id=6730 w=625 float=center] Almacén de ramos generales

[singlepic id=6742 w=625 float=center] Bicis sin atar

[singlepic id=6737 w=625 float=center] Tráfico

[singlepic id=6725 w=625 float=center] Restos del corso de la noche anterior

[singlepic id=6747 w=625 float=center] Parra

[singlepic id=6736 h=625 float=center] Charlando en la vereda

Kevin, uno de los hijos de Esteban (quien nos recibió y nos alojó), nos contó que ellos, los alumnos secundarios de Crotto, están escribiendo la historia de su pueblo. Y dice algo así. En 1878, don José Crotto, un inmigrante italiano, asentó la estancia “La Italia” (de 20.000 hectáreas) en la zona de Tapalqué. Como en aquella época la zona estaba asolada por las tribus de Blanca Grande, Crotto construyó un fortín de 50 metros de lado sobre una loma. En 1910, el ferrocarril del Sud línea General Alvear – Olavarría comenzó a hacer su recorrido con dos paradas, una en Yerbas y la otra en Crotto. Como para el establecimiento de una estación ferroviaria era necesario que el pueblo tuviera 500 hectáreas, don José Crotto vendió una fracción de 500 ha. de su estancia a la Compañía Tierras del Sud para permitir el trazado y la fundación del pueblo, que fue bautizado con el nombre de la estación. Así nació Crotto.

[singlepic id=6728 w=625 float=center] Lo que queda de los trenes

Varios años después, José Camilo Crotto, hijo de Don José Crotto y gobernador de la Provincia de Buenos Aires de 1918 a 1921, pasó un decreto que sería popularmente conocido como la Ley Crotto. Aquel decreto permitía que los trabajadores rurales, también llamados “peones golondrina” (o estacionales, ya que trabajaban en las cosechas durante una temporada) viajaran gratis en los techos y vagones de los trenes de carga. Muchos llevaban sus pocas pertenencias en el mono o bagayera, una bolsita atada en el extremo de un palo que cargaban sobre un hombro. Quién sabe cómo se habrán dado las conversaciones en aquel entonces, pero seguramente al verlos en los techos de los trenes se habrán escuchado frases como Allá van los de Crotto o Esos viajan por Crotto y la palabra derivó en la actual acepción de croto.

[singlepic id=6743 w=625 float=center] Nosotros estuvimos tres noches en Crotto

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Estuvimos tres noches en Crotto y seguimos camino con el plan de descubrir otros rincones de la provincia. Unos días después mientras caminábamos sin rumbo por Las Flores (otra localidad de Buenos Aires) llegamos a un bar muy pintoresco, ubicado en una esquina, con todo tipo de antigüedades de campo en su interior. Afuera, un grupo de cinco hombres compartía una cerveza en dos mesitas sobre la vereda. Los saludé y les pregunté si me dejaban sacarles una foto. Me dijeron que sí, se ríeron y literalmente comentaron: “¡Mirá! ¡Viene a Las Flores y quiere sacarle fotos a los crotos de la esquina! ¡Se te va a romper la cámara con nosotros, che!”. Y posaron felices.

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Habremos perdido uno de los subtes que iba a Constitución, pero llegamos justo a tiempo para subirnos al último tren y viajar cual crottos hacia el interior —y el pasado— de la Provincia de Buenos Aires.

Crónica de dos genios haciendo dedo

Dos semanas después del éxito de “Crónica de dos principiantes haciendo dedo” llega la segunda parte…: “¡Crónica de dos genios haciendo dedo!”. Encontrala en todos los cibers del país. :D

[box border=”full”] La Misión: volver desde la provincia de Córdoba a Buenos Aires a dedo en un sólo día

Participantes: Demian (“El Burbujero”) y Aniko (quien escribe)

Punto de partida: El Huaico, Traslasierra, Córdoba

Punto de llegada: El Talar, Tigre, Buenos Aires

Kilómetros a recorrer: aproximadamente 800 [/box]

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Después de 12 lindísimos días en Córdoba nos esperaba una Misión Final (“LA” misión del viaje). Como yo no tenía mucha fe me fijé, por las dudas, en los horarios y precios de colectivos, como para tener un plan B. La veía difícil. ¿Llegar a Buenos Aires a dedo en un sólo día? ¿Recorrer 800 km sin que se nos viniera la noche en medio de la nada? Tenía que salir todo demasiado bien. Pero también pensé que si uno no se para en la ruta y no le da la posibilidad al azar, es imposible saber si algo puede funcionar o no. Así que hicimos el intento presintiendo que la vuelta iba a ser mucho más fácil que la ida. Y lo fue.

“Cuando volvés a tu casa en colectivo el viaje se termina cuando te subís, pero cuando viajás a dedo el viaje termina cuando te bajás del último medio de transporte”, me dijo Demian la noche anterior, muy feliz con su descubrimiento. Sí, todavía nos esperaba un día de incógnitas, historias y conversaciones. ¿Quiénes nos acercarían, poco a poco, hasta nuestro destino?

[singlepic id=6260 w=625 float=center] Como no tengo fotos de los hechos, todas las imágenes de post van a modo “de ilustración” o de “lo que podría haber sido”

Transporte 1: de El Huaico a Mina Clavero

El primer tramo fue cortesía de mi tía Ana. A eso de las 8 de la mañana dejamos el Sapo Amarillo, ese refugio verde repleto de sonidos, nos despedimos de los gatos, compramos facturas y alfajores para el camino, le dimos un gran abrazo a mi tía y nos paramos en la ruta que iba de Mina Clavero a Córdoba.

Pasaban pocos autos y ninguno amagaba a parar. A la media hora apareció un policía y se paró a hacer dedo unos pocos metros atrás nuestro. Cuando puse en Facebook que pensaba hacer dedo por Córdoba muchos me dijeron que tuviera cuidado con la Policía de caminos, pero cuando vimos que este hombre uniformado también se había puesto a hacer dedo dijimos ya está, acá vale todo. Nos preguntó si estábamos hace mucho y cuando le dijimos media hora, respondió: “Está difícil… mejor me pongo yo adelante”. Unos 10 o 15 minutos después frenó un auto. El policía nos miró y nos dijo “Vayan ustedes, aprovechen”, así que nos acercamos corriendo a la ventana para hablar con el conductor quien, con mala onda, nos dijo: “Llevo sólo a uno” (si bien iba con el auto vacío). Le hicimos señas al policía para que se subiera él y seguimos esperando.

[singlepic id=6258 w=625 float=center] Conseguir transporte nos empezó a parecer tan complicado como meter a todos esos galgos (+ 4 adultos y 4 niños) en ese sulky…

[singlepic id=6259 w=625 float=center] Pero “complicado” no quiere decir “imposible”.

Transporte 2: de Mina Clavero a Carlos Paz

Al rato llegó nuestra salvación: Julio César. Estábamos parados muy cerca de una curva, así que se ve que nos vio apenas dobló, porque frenó en el acto y se puso a pocos metros. Este buen hombre nos llevó en su auto derechito hasta Carlos Paz por el camino de Altas Cumbres (una de las rutas más lindas y escénicas de la provincia). Mientras íbamos en el auto —con la radio al máximo, por lo cual escuché la mitad de las cosas— nos contó que él había sido mochilero hacía 30 años (“cuando casi no había mochileros”) y que le gustaba mucho viajar. Estaba casado con una alemana y había viajado a Europa unas 8 veces. Nosotros le contamos acerca de los viajes, las burbujas y todas esas cositas simpáticas. Una conclusión que saqué (muy leve y precipitada, por cierto) es que los que levantan mochileros en la ruta son personas que son, quieren ser o alguna vez fueron viajeros. O por lo menos son personas que nos tienen simpatía.

[singlepic id=6256 w=625 float=center] Si ella manejara nos llevaría, seguro.

Transporte 3: de Carlos Paz a Circunvalación

Julio César nos dejó a la salida de Carlos Paz, en el principio de la autopista que va a Córdoba capital. Caminamos unos metros y nos encontramos nuevamente con la Policía. Uno de los dos oficiales nos preguntó (creo que más por curiosidad que otra cosa) a dónde íbamos y cuando le contamos que nuestro destino final era Buenos Aires nos preguntó “en qué queríamos viajar”. Ahí mismo me imaginé que iba a frenar a la camioneta más cómoda que pasara y le iba a pedir al conductor que nos llevara sin escalas, pero no. Nos deseó suerte y nos dijo que estaba prohibido que los peatones caminaran por el costado de la autopista, así que nos mandó de vuelta a la salida de la ciudad.

Nos paramos a la salida de una estación de servicio y enseguida frenó una camioneta. Nuestros anfitriones de transporte fueron Sergio y Carla, dos periodistas que nos alcanzaron hasta la Circunvalación, la autopista que rodea la ciudad de Córdoba. Como nos pasó en casi todos los transportes a los que nos subimos, nos preguntaron a qué nos dedicábamos, qué lugares habíamos visitado, a dónde iríamos después… El viaje con ellos fue cortito pero alcanzó para tener una conversación agradable (y aproveché para pasarles mi blog).

[singlepic id=6274 w=625 float=center] La Policía tendría que habernos conseguido un transporte así

Transporte 4: a Puente 14

Llegamos a la Circunvalación, a un punto que a mí me pareció muy estratégico por la gran cantidad de autos que circulaban, nos pusimos en la banquina, extendimos el brazo y le dedicamos a los automovilistas nuestra mejor “cara de dedo”. La cara de dedo se caracteriza por la sonrisa: se muestran mucho los dientes, se levantan las cejas y se sonríe hasta las orejas (sin parecer un loco o freak, claro está). En el momento en el que me descubrí poniendo cara de dedo recapitulé y entendí por qué todos los autostopistas que vi en mi vida en alguna ruta parecían tan felices. Todos estaban poniendo cara de dedo y riéndose mucho, como si la estuvieran pasando genial. Si uno no transmite buena onda seguramente es más difícil que lo levanten, ¿no?

Unos 15 minutos después frenó un auto con dos chicos de veintipico. Eran estudiantes de turismo que recién salían de la facu. Les pregunté si conocían algún blog de viajes y me dijeron que conocían “muchos” pero no se acordaban el nombre de ninguno, así que les dejé mi tarjetita (Viajando por ahí hace marketing directo en todos los automóviles del país) (¡me encantaría que alguna de las personas que nos llevó estuviera leyendo esto!). Este trayecto fue polémico. No por los chicos en sí, que eran muy buena onda, sino por la distancia que recorrimos y el lugar en el que bajamos. El viaje fue muy cortito (igual se agradece porque sé que los chicos lo hicieron de buena fe) y quedamos en el medio de la autopista, en un lugar que para mí era menos estratégico que el anterior, y al principio sentí que no había valido la pena irnos del otro lugar. Sin embargo, también descubrí que en los lugares menos estratégicos siempre nos levantaron más rápido que en los lugares “ideales”.

[singlepic id=6266 w=625 float=center] Otros usan carteles como este para llamar la atención

[singlepic id=6267 w=625 float=center] ¡Malpensados!

Transporte 5: a la Shell

Extendimos el brazo y en menos de cinco minutos estábamos en la camioneta de Darío, quién ofreció llevarnos hasta una Shell a la salida de la Circunvalación. Nos dijo que todos los camiones que salían de ahí iban a Rosario o a Buenos Aires y que íbamos a conseguir algo seguro. Fue un trayecto cortito también y como no tomé nota mi mala memoria no me deja acordarme demasiado de lo que pasó. De lo que sí me acuerdo es de nuestra estancia de una hora y media (o más) en la Shell.

Llegamos a la Shell al mediodía, con un sol abrasador que invitaba a irse a dormir la siesta a la sombra y no a quedarse ahí intentando conseguir transporte quién sabe durante cuántas horas más. Almorzamos unos sandwiches que llevábamos en la mochila y nos paramos a la salida de la estación de servicio a esperar. Con Damián hicimos un pacto: decidimos acercarnos a los conductores y preguntarles directamente si iban para Rosario o Buenos Aires, y quedamos en que yo me ocupaba de hablar con los camioneros y él con los automovilistas (no sé por qué me da menos vergüenza preguntarle a los camioneros). Durante un largo rato no tuvimos suerte así que decidimos volver al dedo tradicional y para eso nos separamos: Damián se fue a la ruta (a unos metros) y yo me quedé a la salida de la estación. Nada. Cambiamos: yo me fui a la ruta y él se quedó a la salida. Lo único que logré fue ganarme unos cuantos bocinazos de los camiones que pasaban para el otro lado (la bocina es el piropo del camionero, así que me causó mucha gracia). Lo divertido del asunto, además, fue que durante el tiempo de espera pudimos armar un Compendio de Señas Frecuentes de los Automovilistas que No Frenan (hechas a toda velocidad y a través del parabrisas): muchos señalan hacia adelante (supongo que diciendo “voy acá nomás”), otros hacen un círculo con el dedo (como diciendo “voy acá nomás y vuelvo” o “voy para el otro lado”), algunos directamente hacen la seña del “no” y otros levantan el pulgar con la seña de “Me Gusta”, perdón, con la seña de “buena onda, buena suerte”.

[singlepic id=6262 w=625 float=center] Después de un largo rato de espera empecé a pensar que probablemente hubiésemos llegado más rápido en esto.

[singlepic id=6272 w=625 float=center] Estuve a punto de prender sahumerios

[singlepic id=6265 h=625 float=center] O hacer alguna ofrenda

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Transporte 6: a Zárate

Cuando ya había perdido las esperanzas pensé en dos opciones: 1. Fabricar un cartel que dijera “¿Querés salir en mi blog? ¡Llevanos!” o 2. Armar la carpa y pasar la noche en el descampado detrás de la estación de servicio. En ese momento apareció un Scania, un camión que podría haber sido simplemente uno más de los que “iban para otro lado”, “iban al siguiente pueblo” o “no tenían permitido levantar pasajeros que no fuesen de la empresa”. Como yo no había tenido suerte con los camioneros lo mandé a Damián a hablar con el conductor y… voilá! Nos dijo que nos podía llevar hasta Rosario sin escalas. Le ofrecí comprarle algo para tomar y para comer pero no aceptó ya que él venía con su propio cargamento de pan dulce. Al parecer en ese mismo momento alguien de la estación de servicio le dijo a Damián que no podíamos estar haciendo dedo ahí, así que todo pasó en el instante justo.

Nos subimos al camión de Héctor y nuevamente me acomodé en el “hueco-cama” (ya sé, ya sé, es una cama) ubicado detrás de los asientos del conductor y acompañante. Héctor, de 46 años, nos dijo que era camionero “hacía un ratito nomás, como 17 años”, nos contó que está todos los días encima del camión, que pasa más tiempo ahí que en su casa y que cuando vuelve a su hogar se siente “un estorbo” porque su familia está acostumbrada a su ausencia. En algún momento del viaje le comentamos que íbamos hasta Buenos Aires (nosotros le habíamos pedido que nos dejara en Rosario) y nos dijo: “¡Ah! Pero yo voy hasta Zárate, así que puedo dejarlos ahí”. No nos podría haber salido mejor.

Viajamos 7 horas sin parar. Vimos las inundaciones al costado de la ruta, vimos un accidente en la mano de enfrente y kilómetros de autos y camiones estacionados, vimos cómo iba cambiando la luz del sol (de “blanca” a dorada), escuchamos la radio y conocimos la historia de tres cantantes de menos de 20 años que viajan por el mundo haciendo música religiosa, dormitamos un poquito, charlamos de a ratos con Héctor y, por fin, llegamos a Zárate. Ya era de noche.

[singlepic id=6261 w=625 float=center] Imagen que podríamos haber visto al costado de la ruta pero que no vimos 

[singlepic id=6268 w=625 float=center] ídem

Transportes 7 y 8: colectivos a El Talar

Fuimos a la parada de colectivos y tomamos el 194 a El Talar (Tigre). Durante esa hora de viaje no hubo muchos sucesos interesantes. Lo “cómico” (por no decir triste y simbólico) ocurrió cuando llegamos a Panamericana y 197 y nos bajamos del colectivo. Cruzamos la calle con el semáforo peatonal en verde, un auto dobló mal, se nos tiró medio encima y el conductor nos hizo fuck you con el dedo. Bienvenidos a Buenos Aires.

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Tiempo de viaje: aprox. 14 hs

Vehículos utilizados: 8 (5 autos, 1 camión, 2 colectivos)

Gasto total de transporte: $ 7 (dos boletos de colectivo) (7 pesos argentinos equivalen aproximadamente a un euro)

¡Prueba superada! [/box]

 Cuando lean esto yo estaré volando a Madrid. ¡Les escribo en unos días desde allá!

BlogSurfing El Fortín

Antes de empezar este post tengo que sincerarme y aceptar, frente a todos ustedes, que en este viaje a Córdoba tuve abstinencia. Tuve abstinencia de Ella, la necesité. Necesité contarle cosas, sentir su compañía, tenerla de confidente y de diario íntimo. Computadora querida, te prometo que no voy a volver a dejarte en casa. No me importa que me agregues dos kilos de peso en la espalda, no me importa que tenga que cuidarte como oro, no me importa que seas frágil, quiero que sigas viajando por ahí conmigo a todas partes. No necesito tu Internet (para eso es fácil encontrar sustitutas), necesito tu presencia, tu teclado, saber que estás ahí para escribirte cuando me surja la inspiración… Cuaderno, no te pongas celoso, a vos también te necesito y te voy a llevar siempre en mi mochila. Además, en este viaje fuiste la estrella, así que no te podés quejar.

[singlepic id=6096 w=625 h= float=center] Mi cuaderno nuevo, comprado en República Checa, con una tapa provocativa (?) y un mensaje acertado (perdónenlo, está celoso).

Haber viajado sin compu me permitió desenchufarme (ven, todo tiene su lado positivo) y ver el viaje de manera más global. ¿Cómo es esto? Claro, cuando viajo con la computadora me gusta escribir y postear los hechos en caliente, inmediatamente después de que ocurren. Esta vez, como no tenía dónde tipear, me la pasé tomando notas en mi cuadernito. Y ahora, sentada frente a mi compu en Buenos Aires, puedo ver todos estos días que pasaron como algo cerrado, acabado, con otro sentido. Y la palabra que se me cruza por la cabeza es que en este pequeño viaje (de 12 días), en vez de hacer el tradicional Couchsurfing hicimos una suerte de “BlogSurfing” o “ViajandoSurfing”. A cada lugar al que llegamos nos recibió un lector (o familia lectora) de mi blog. No pasamos ni una noche en la carpa, siempre fuimos recibidos por alguien y la verdad que para mí ese fue el sentido de este viaje. No fuimos en busca de paisajes sino de personas. Hicimos vida de pueblo en El Fortín, nos divertimos con las ocurrencias de la familia CheToba en Villa María, fuimos a la radio y burbujeamos con varios lectores en Córdoba capital y pasamos unos lindísimos (y “terapéuticos”) días en El Huaico, cerca de Nono. Pero empecemos por el principio.

 [singlepic id=6098 w=625 h= float=center] Primero lo primero: El Fortín

Después de pasar la primera noche en San Nicolás de los Arroyos (tras una jornada intensiva y bautismal de autostop) salimos rumbo a El Fortín, un pueblo de 1500 habitantes ubicado en el oeste de Córdoba. ¿Por qué El Fortín? Por lo mismo que elegimos todos los destinos en este viaje: porque alguien nos esperaba ahí. En este caso, Los Ponso, una familia viajera. Ya que estamos en tren de confesiones, aprovecho para confesar que hicimos un poco de trampa y recorrimos algunos trayectos del viaje en colectivo y no a dedo (pero por favor no le digan nada a Juan Villarino, si hablan con él, le dicen que somos dos genios haciendo dedo y que jamás cambiaríamos la espera de la ruta bajo la lluvia por el refugio y la velocidad de un bondi). Tomamos un colectivo de San Nicolás a Rosario, otro de ahí a Cañada Rosquín (Santa Fé) y, como la lluvia había aflojado, nos volvimos a enfrentar al azar del autostop.

  [singlepic id=6151 w=625 h= float=center] Camino a la ruta nos encontramos con esto…

Algo que me hace mucha gracia (en todas partes del mundo) es el tema de la definición de las distancias. Hay países en los que la gente no está acostumbrada a caminar y todo le parece “lejísimos”: me acuerdo que en Costa Rica, por ejemplo, un policía casi me obliga a tomarme un taxi porque tenía que ir a un lugar que estaba “como a 600 metros”. En otros países todo queda “ahícito nomás, a unos 10 kilómetros”, lo que demuestra que la sensación de lejanía y cercanía es algo totalmente relativo. En Santa Fé (porque todavía estábamos en Santa Fé) nos dijeron que íbamos a llegar a Cañada Rosquín a la 1 del mediodía: el colectivo llegó a las 2 y media de la tarde. Cuando preguntamos dónde quedaba la ruta para ir a hacer dedo nos dijeron “ahí nomás, caminan derecho 6 cuadras”. Si caminamos 12 cuadras fue poco. Por suerte cuando uno viaja disfrutando el camino, nada de eso importa.

  [singlepic id=6149 w=625 h= float=center] Fotocharcos en El Fortín

 [singlepic id=6118 w=625 h= float=center] Primeras imágenes de nuestra llegada al pueblo

 [singlepic id=6120 w=625 h= float=center] Caminando por 9 de Julio

Llegamos a la ruta y nos levantaron en menos de 10 minutos. Fuimos hasta Carlos Pellegrini (a 20 km, en la provincia de Santa Fé) con una pareja en una Kangoo, hablando acerca de la vida en el campo (“nosotros dejamos todo afuera”) vs la vida en la ciudad (“mi hija vive en la capital y le entraron a robar”). Ahí nos pusimos a hacer dedo a El Fortín (a 40 km) y tuvimos la primera competencia de autostop: tres personas que llegaron después de nosotros se colaron y se nos pusieron unos metros más adelante a hacer dedo también. ¿Cómo son las reglas en esto? ¿Es como con los taxis: se respeta la fila? ¿O cada cual se pone donde quiere sin importar el orden de llegada? Nos batimos a duelo de pulgar durante 20 minutos y ganamos: nos levantó el trabajador de un tambo. En el camino nos contó que su hija prefiere el estudio antes que las motos y que todavía no le presentó al novio, que al día siguiente era el cumpleaños de su mujer y que había aprendido a hacer ali-ole. Mientras tanto yo pensaba que a la gente le gusta tener con quien hablar…

 [singlepic id=6097 w=625 h= float=center] Casitas de El Fortín

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Llegamos al Fortín sin la dirección de la familia que nos iba a recibir y sin poder comunicarnos por celular (la tormenta los había dejado sin señal), así que apelamos a la magia de los pueblos chicos (donde todos se conocen) y le pedimos indicaciones al primero que se nos cruzó: “¿cómo vamos a lo de Los Ponso?”. “Los conozco, son los de la farmacia, viven por allá”, nos dijo un señor que estaba sentado en una silla cerca de la entrada del pueblo. Mientras íbamos caminando con las mochilas entre charcos, bicis sin atar y nenes que jugaban al fútbol en medio de la calle, alguien nos gritó (o, “nos informó”) desde una ventana: “¡El Fortín, Córdoba, Argentina!”, como para que nos ubicáramos sin problemas en el mapa del mundo. Y unos minutos después un auto frenó al lado nuestro y desde adentro nos preguntaron: “¿Están buscando a los Ponso?”. Eran ellos. Ah, el encanto de los pueblitos…

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 [singlepic id=6103 w=625 h= float=center] Una mañana nos fuimos todos (cuatro adultos, como seis chicos y unos diez perros) en sulky (en un solo sulky, el de la foto) a “correr la liebre”. 

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Pasamos dos noches con Vanesa, Damián, Pedrito y Tomás entre asados, sulkies, perros, siestas, caminatas, películas, charcos, ¡mosquitos malditos y descontrolados!, burbujas y charlas de viajes. Vanesa (la madre de la familia y la más lectora de mi blog) me ayudó a “materializar” a mis lectores y a darme cuenta de que lo que escribo no se va “al vacío cibernético”, sino que le llega a alguien del otro lado. Y si bien ese alguien es, desde mi perspectiva, un alguien virtual (ya que no les veo la cara), es también una persona con su vida, sus intereses, sus aspiraciones, sus sueños… Vanesa, por ejemplo, lee varios blogs de viajes todas las noches y así nos conoce un poquito más y nos acompaña a la distancia mientras viajamos por Europa, por Asia, por América latina, por África, por Oceanía o por Antártida. Me sorprendió varias veces cuando se puso a relatar historias que yo había escrito en mi blog (¡las contó mejor que yo!) o cuando recordó pequeños detalles que escribí en alguno de mis posts. Ella y su familia también viajan y en el fondo de pantalla de su computadora tiene un collage de fotos de ellos con gente de otros países y una de las frases viajeras más sabias: “Travel is the only thing you buy that makes you richer”.

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 [singlepic id=6139 w=625 h= float=center] También fuimos a una escuelita a hacer burbujas (y Demian hizo la más grande de su vida!)

El último día de nuestra visita al Fortín, Damián (“el Ponso padre”) nos llevó hasta Las Varillas para que hiciéramos dedo de ahí a Villa María, nuestro próximo destino. Le pedimos que pasara por la terminal para preguntar el precio del colectivo y gracias a esa “trampita” las encontré: no una sino dos cartas tiradas sobre la tierra, casi juntas, frente a la terminal de colectivos. Un as de espadas y un tres de bastos. Las rutas del mundo me están tirando las cartas cual Tarot desperdigado por ahí. Y justo me vengo a encontrar dos cartas juntas. Así que lo tomé como una señal… y nos fuimos en colectivo a Villa María.

Continuará… 

Crónica de dos principiantes viajando a dedo

Desde que me junto con otros viajeros tengo con quien hablar de temas como los litros de la mochila, los plugins del blog, las mejores rutas para ir a tal lado, la necesidad de llevar carpa o no, la rutina de la no rutina, viajar sola, viajar acompañada, la fotografía de viajes y, recientemente, el autostop (lo que en Argentina se conoce como “hacer dedo” y en otros países de habla hispana como “pedir un aventón”, “pedir el chance”, “jalar dedo” y “pedir cola”). Entre los chicos de Magia en el Camino (que en este momento están viajando a dedo por África) y Los Acróbatas (que están dando la vuelta al mundo a dedo) me convencieron: a Viajando por ahí le llegó la hora de viajar a dedo.

 [singlepic id=6088 w=625 h= float=center] N de la A.: como bien dije, en este viaje no me traje la compu porque no pensaba postear, pero las ganas son más fuertes que yo, así que pedí una compu prestada para subir esto. Como no estoy trabajando con mi compu no sé qué tal quedarán las fotos, así que no esperen demasiado despliegue fotográfico. 

La decisión surgió hace unas semanas cuando Damián y yo empezamos a planear un viaje a la provincia de Córdoba (tengo familia en Nono y quiero visitarlos). En principio íbamos a ir en tren (hay un tren muy barato que sale los viernes desde Retiro y llega a ciudad de Córdoba unas 15 horas después), pero nos colgamos con los pasajes y cuando quisimos comprar estaban más que agotados. Yo creo que parte de ese cuelgue fue a propósito, así que ahí surgió la gran pregunta: “¿Y si nos vamos a dedo?”. Después del “¿y por qué no?” empezó la etapa de investigación, también conocida como El Bombardeo de Preguntas Principiantes a Los Acróbatas y a Todos los que Alguna Vez Hayan Viajado a Dedo, a saber:

¿Cómo se hace dedo? ¿En qué parte de la ruta te parás? ¿Y si no te frena nadie? ¿Hay que hacer un cartelito con el nombre del destino? ¿Cuánto es lo máximo que esperaron? ¿Cuál fue la vez más rápida? ¿Y si estás en medio de la nada y se hace de noche? A ver extendé el brazo y hacé de cuenta que hacés dedo y que yo te levanto, ¿qué me dirías? Ellos con toda la paciencia del mundo nos dieron todos los consejos (y fuerzas) que necesitábamos y nos aseguraron que nos iba a ir re bien. Algunas de las cosas que nos dijeron (y que todos sus fans queremos ver próximamente en un post en sus blogs) fueron: “Lleven un buen mapa” (nos recomendaron el Atlas de Ruta Firestone y con ese viajamos), “párense en los peajes, en las estaciones de servicio, en los cruces, en cualquier lugar donde los autos o camiones puedan frenar”, “Salir de Buenos Aires a dedo por autopista es muy difícil” (uf, sí que lo fue!), “vayan bien vestidos y bañados” y “sonrían mucho y hagan contacto visual, los autos no se frenan con el dedo sino con la sonrisa”.

Y entre una cosa y otra, casi sin darnos cuenta, llegó el Gran Día. Como mi último “compromiso formal” en Buenos Aires era la presentación de RedViajAR, habíamos decidido irnos al día siguiente, viernes. Armé la mochila medio a las apuradas y nos fuimos al Talar (provincia de Buenos Aires, partido de Tigre) para salir desde ahí la mañana siguiente. El viernes nos despertamos y estaba lloviznando. Genial. ¿Qué hacemos? ¿Vamos igual? Creo que ninguno de los dos estaba demasiado convencido (y yo estaba bastante nerviosa), así que dijimos: “Vamos a ver qué onda y si no podemos nos volvemos”. Salimos a eso de las 10 de la mañana y creo que debemos haber roto algún tipo de récord, porque en un mismo día nos tomamos 8 transportes distintos para hacer menos de 250 km. Yo sentí que estábamos en una misión de Fugitivos o algún programa por el estilo.

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Transporte 1: el 57 al peaje de Pacheco

Los Acróbatas nos recomendaron ir al peaje de Pacheco y salir a dedo desde ahí, así que nos subimos al colectivo y cuando le preguntamos al chofer si nos podía bajar en el peaje nos dijo que no (y no tuvo piedad). Una señora que estaba sentada en el primer asiento nos vio con las mochilas y nos preguntó, emocionada, a dónde íbamos. Le contamos que queríamos ir a dedo a Córdoba y nos dijo, efusiva (mientras me agarraba la mano): “¡Ay mi amor! ¡Qué lindo!” y, por lo bajo, ” Qué poco gaucho este chofer… Ojalá encuentren mucha solidaridad en el camino, que es lo que hace falta. ¡Buen viaje!”. El conductor nos bajó a varias cuadras del peaje y nos dejó cerca de una estación de servicio a la salida del Tortugas Shopping. Más perdidos que enano en manifestación (?) nos pusimos a la salida la estación de servicio y extendimos el pulgar sin demasiada convicción y sintiéndonos un poco ridículos (por lo menos yo). En menos de 5 minutos frenaron tres autos. “¿A dónde van chicos?”. “A Rosario”. Todos iban a Escobar. Nos subimos al tercer auto.

Transporte 2: Cristian, también conocido como “los levanté porque tienen cara de buena gente”

“Hago esta ruta todos los días y nunca levanto a nadie, pero ustedes tienen cara de buena gente”, nos dijo Cristian, el primer buen cristiano que nos levantó en esta travesía. Creo que más que cara de buena gente teníamos cara de perdidos en la autopista de la locura. “La veo difícil chicos, no creo que los levante nadie. Además para ir a Rosario tienen que irse a la Ruta 9 en Escobar, los voy a dejar en la parada de un colectivo que los lleva para allá”. Le agradecimos el corto viaje y nos quedamos parados en una esquina esperando el próximo transporte.

Transporte 3: colectivo a Ruta 9 (Escobar)

Sin saber muy bien qué hacer nos subimos a un colectivo que nos llevó a Escobar. Después de unos 20 minutos nos bajamos enfrente a una estación de servicio, entramos a comprar un jugo y nos pusimos a hacer dedo en la salida (nuevamente con poca convicción y sensación de estar haciendo el ridículo, por lo menos yo). “¿A dónde van chicos?”, nos preguntó alguien desde enfrente. Era el conductor de un camión; lo había dejado estacionado y estaba yendo a comprar algo a la estación de servicio. “Los llevo hasta Zárate, suban”.

[singlepic id=6089 w=625 h= float=center] Foto de San Nicolás, ciudad en la que finalmente pasamos la noche

Transporte 4: En un camión de los cartoneros

Nos acercamos tímidamente al camión y comenzó el trayecto más surrealista del viaje a dedo. La mujer del conductor se bajó y nos abrió la parte de atrás para que nos subiéramos a la caja: “Chicos, perdonen si está sucio, es que acá llevamos a los cartoneros. Cualquier cosa que necesiten golpeen, estamos adelante”. Cerró la puerta, trabó y nos dejó casi en la oscuridad total. Las únicas ventanas que teníamos eran dos agujeritos en el techo y la información nos llegaba desde afuera por medio de sonidos: las bocinas de los autos indicaban que seguíamos en la autopista, una rama que golpeó contra el techo era señal de que habíamos rozado un árbol, los golpes sobre la chapa nos decían que había empezado a llover. Bárbaro, con lluvia, a dedo, todavía sin casi haber podido salir de la ciudad… Un rato después frenamos, se abrió la puerta y el conductor nos dijo que él salía de la autopista, así que nos bajamos creyendo, como nos había dicho, que estábamos en Zarate.

Fuera Zarate o no, estábamos literalmente En Medio de la Autopista. Empezamos a caminar por la banquina y llegamos a un puesto de venta de lombriz (“El Toro siempre tiene lombriz”, aseguraba el cartel). No sabíamos muy bien dónde pararnos ya que no había ningún peaje, ninguna estación de servicio, ninguna intersección, ningún pueblo, ninguna parada de colectivo, ningún lugar donde los autos pudieran frenar. Yo, la verdad, la pasé mal durante un rato y tuve ganas de irme a mi casa y olvidarme de todo (lo confieso). Extendimos el pulgar, siempre con una sonrisa, y finalmente frenó una Ford roja (soy malísima con los modelos de autos así que no esperen especificaciones más que “auto, camioneta o camión”).

[singlepic id=6087 w=625 h= float=center] Dentro de transporte número 7

Transporte 5: Nacho, también conocido como “¡Tengo una resaca!”

Nacho frenó emocionadísimo: “¡Qué lindo chicos! ¡Qué ganas de irme con ustedes!”. Cuando nos subimos nos avivamos de que estábamos en Campana y no en Zárate, así que Nacho nos llevó para allá. En el viaje nos contó que recién se despertaba, que estaba yendo a buscar a su cuñada, que había ido al boliche la noche anterior y que tenía bastante resaca (incluso nos mostró la copa de plástico en la que había tomado champagne o algo similar). Nos dejó en una estación de servicio y nos dijo, otra vez, que si hubiese podido se venía con nosotros. Cuando le preguntamos su nombre nos pidió, con emoción, que lo mencionáramos como parte de nuestro viaje (¡claro que sí!).

Interludio en una estación de servicio.

Ya eran como las 2 de la tarde así que almorzamos, recargamos energías y charlamos con un camionero que estaba almorzando en la mesita de al lado. “¿De dónde son chicos? Ah, pensé que eran extranjeros, por ella…” (qué raro). Le contamos lo que estábamos haciendo y nos recomendó tomarnos un colectivo hasta el peaje Buenos Aires – Rosario y pararnos ahí. La gran constante del día fue esa: “Acá nadie los va a levantar, para hacer dedo tienen que ir a (fill in the blanks)”. Pero no le hicimos caso y nos pusimos a hacer dedo a la salida de la estación, en varios puntos distintos, durante una hora sin suerte. Buenos Aires no nos largaba… Qué difícil era encontrar el punto justo para hacer dedo en la autopista.

Transporte 6: el bendito colectivo hasta el peaje

Finalmente decidimos tomar el colectivo hasta el peaje y apenas nos bajamos se largó a llover. Los camiones pasaban pero ninguno frenaba… Tantas posibilidades de transporte acelerando frente a nuestras narices y nosotros sin paraguas… Unos minutos después frenó un camión, abrimos la puerta con un Aleluya de fondo y le preguntamos si iba para Rosario. “Voy a San Nicolás”. Listo, nos subimos nomás, no podíamos dejar pasar esa oportunidad.

[singlepic id=6094 w=625 h= float=center] En el hueco-cama

Transporte 7: El Camionero Salvador, también conocido como El Profesor de Autostop

No anoté su nombre y ahora no me lo puedo acordar, pero para mí siempre será El Camionero que nos Salvó de la Lluvia en Nuestro Primer Día de Viaje a Dedo y nos dio Una Clase Magistral de Autostop. Damián se sentó adelante al lado de él y yo me metí adentro de un “hueco” ambientado como cama. Algunos de sus comentarios y tips fueron: “Yo siempre levanto mochileros, el otro día llevé a una pareja que iba con sus hijos. A vos te van a subir porque vas con ella, porque sino hay muchos que tienen miedo si ven a un pibe solo. (…) Mejor que no hagan dedo de noche y si vas a dormir ponete de ese lado porque si te apoyás de ese lado y hay un accidente chau (…) Si te subís un camión ofrecé de cebarle mate al conductor (…)”. En algún momento del viaje me dormí y cuando me desperté estábamos en San Nicolás.

[singlepic id=6092 w=625 h= float=center] El río en San Nicolás de los Arroyos

Decidimos pasar la noche ahí, ya eran casi las 6 de la tarde y yo estaba muy cansada. El transporte número 8 y último del día fue un colectivo hasta el centro de San Nicolás. El veredicto de Juan Villarino, quien viajó en más de no sé cuántos miles de vehículos a dedo por países como Irak, Irán y Afganistán (además de Europa, América y Asia), fue: “Está bien, se curtieron”. Somos dos novatos y este fue nuestro bautismo.

[singlepic id=6091 w=625 h= float=center] Burbujas con la Basílica de San Nicolás de fondo

[singlepic id=6095 w=625 h= float=center] Feliz y cansada tras un largo día

 

Bicis sin atar

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Para alguien de Buenos Aires, encontrarse con una bici sin atar en plena ciudad es casi como ser testigo de la invitación a un robo. Hace unos años hicieron una cámara oculta para ver cuánto duraba una bici sin atar en distintas esquinas de la ciudad. Yo no la vi, pero no me cuesta imaginarme el resultado. La primera fue robada al minuto y medio… aunque hubo otras que quedaron en la esquina durante horas.

Cada vez que viajo a un pueblo o a una ciudad más chica, una de las cosas que más me llaman la atención son las bicis apoyadas contra las paredes de las casas, contra los árboles, contra la entrada de algún mercado, sin candado alguno que la sujete a algo. Sueltas, las bicis están sueltas. ¿Todavía existen lugares donde se pueda vivir con las bicis sin atar? Al parecer sí, es algo común, pero haber vivido toda mi vida en Buenos Aires me hace creer que es una especie de milagro.

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Cuando fui a visitar los templos de Angkor en Camboya me alquilé una bici (por la módica suma de un dólar el día) para recorrer por mi cuenta. Cuando bajaba el sol subí una cuesta para ver el atardecer y, como no podía ir con la bici, la dejé abajo. No me habían dado cadena ni candado, así que la dejé paradita al lado de decenas de bicis que también se habían quedado ahí esperando a sus dueños. Pensé: que sea lo que dios quiera, si la roban tendré que pagarla. Cuando volví, ya de noche, mi bici estaba ahí, solita, parada igual que como la había dejado unas horas antes.

[singlepic id=6078 h=625 float=center] Bicis en Angkor

[singlepic id=6079 w=625 h= float=center] Camboya

No puedo no sentir envidia ante las personas que me dicen: “En mi ciudad/pueblo voy al súper y dejo la bici apoyada afuera sin problema, no pasa nada”. Sí pasa, ¡pasa que no lo puedo creer! Pasa que yo sueño con poder dejar la bici en alguna esquina sin pensar que cuando vuelva va a estar desarmada y vendida. Caminando por Pitea, una ciudad de Laponia Sueca, también las vi: bicis sin atar por todos lados, mirándome con sorna (“Acá no nos roban”). Mi amigo Andy Trancarola me contó una vez que, cuando estaba en Nueva Zelanda, una amiga de él se olvidó una bici afuera de un supermercado y cuando volvió a buscarla, varios días después, la bici seguía ahí, sin haberse movido ni un milímetro. ¿Cómo puede ser?

[singlepic id=6077 h=625 float=center] En Laponia Sueca

[singlepic id=6085 h=625 float=center] En San Juan

Con esto no quiero decir que “en Buenos Aires todo se roba” y “en los pueblos no hay robos” porque no es así, pero lo cierto es que en algunos lugares del mundo se vive con más tranquilidad, con más lentitud… y yo cada vez necesito más un lugar así. A medida que viajo voy armando, en mi cabeza, “El lugar en el que quiero vivir”, y si siempre dije que quiero vivir en un lugar frente al mar, ahora digo que también quiero que en ese lugar la bici sea mi medio de transporte principal y que pueda dejarla por ahí sin atar, o por lo menos sin tantas preocupaciones cuando la ato.

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Hay un momento en la vida de toda porteña en el que se satura de la gran ciudad.

Hay un momento en la vida de toda blogger en el que se satura de internet.

Hay un momento en la vida de toda viajera solitaria en la que conoce a un chico y decide empezar a viajar de a dos.

Hay un momento en la vida de toda viajera (que ahora va con viajero) en el que quiere empezar a viajar a dedo (autostop).

Porque para mí (siguiendo el ejemplo de Los Acróbatas del Camino, expertos en esto) viajar a dedo implica una evolución en la forma de viajar, implica volver a lo simple, a la búsqueda del contacto pleno con la persona local, al camino como parte principal del viaje. Por todo esto, porque estoy saturada, porque quiero lugares donde las bicis no se aten, porque no quiero estar enchufada a internet todo el día, porque necesito naturaleza (“Menos compu más natura”, como dice Proyecto Calco), me voy a Córdoba (la provincia argentina) a dedo con Damián, mi novio. Vamos en carpa y no llevo la compu. ¿Sentiré la necesidad de postear? Si me muero de ganas, lo haré, sino nos vemos a la vuelta, en una semana. Cuando ustedes lean esto, nosotros estaremos haciendo dedo por ahí. ¿Qué nos deparará la ruta?

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