Asia de la “A” a la “Z”: V de Veredas

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

V de Veredas

Uno de los conceptos que más cambió en mi cabeza tras mi paso por Asia fue el de las veredas y sus funciones.

Desde chica me acostumbré a concebir las veredas como un espacio para caminar. Las veredas eran, para mí, esos pocos metros de “la calle” que le correspondían exclusivamente al peatón para circular libremente. Estaba acostumbrada a los “cordones” que marcan la separación entre peatones y tráfico y a las ochavas en las esquinas. Cada vez que andaba en bici por Buenos Aires y me subía, por unos microsegundos, a alguna vereda, recibía los “saludos alegres” de los transeuntes que me decían: “¡Nena! ¡Para algo existe la calle!” (todavía no había bicisendas).

Pero cuando llegué a Asia me di cuenta de que lo que es considerado “normal” de un lado del mundo, es completamente opuesto en el otro.

En Indonesia, por ejemplo, no hay veredas. Se los juro. Termina la casa y empieza la calle. Ni siquiera hay un desnivel: las casas tienen salida al tráfico. Bueno, en realidad, algunas veredas hay, pero no se usan para caminar: se usan, más que nada, para comer. Hay muchísimos warung (carpas con mesas largas y una cocina en el interior donde la gente se junta a comer), hay carritos estacionados que venden jugos o preparan snacks en el momento y ponen sillitas alrededor para sentarse a comer, hay otros puestos de comida que directamente estiran alfombras del tamaño de un colchón para que la gente coma sentada en el piso. Como acá no existe eso de salir a caminar —ya que todo se hace en moto— tampoco hay necesidad de veredas para realizar dicha actividad. Por ende, casi no hay veredas y las pocas que hay están totalmente bloqueadas por los puestos de comida.

En Vietnam, en cambio, hay veredas de lo más lindas y anchas (tal vez se deba a su pasado colonial francés), pero tampoco se usan para caminar. En Vietnam las veredas sirven para (tomen nota): cocinar, lavar los platos, desayunar/almorzar/cenar, vender, estacionar las motos, lavar las motos, estacionar los carritos de comida, cortar el pelo, arreglar zapatos, lavar ropa, dejar los zapatos afuera de las casas y negocios, sentarse en reposeras a mirar el tráfico pasar. Ah, y para acortar camino con las motos: no sé qué es más seguro para el peatón en Vietnam, caminar por el medio de la calle o caminar por la vereda. Pareciera que la vereda, en vez de pertenecer al peatón, pertenece al dueño de cada casa o negocio, que hace con ese espacio frente a su puerta lo que él o ella disponga, y a las motos, que la pasan por encima sin pedir permiso.

En Camboya las veredas también sirven para colgar hamacas paraguayas y descansar. En Laos, son el territorio de los más chicos, que las usan como canchas de fútbol (veredas Y calles) o para jugar a lo que sea que inventen con su imaginación. En China y Singapur las veredas son sedes de partidos de ajedrez, cartas o mah jong.

En Asia las veredas son multifuncionales.

Después de tantos meses acá, ya me acostumbré a la vida callejera asiática y temo que el día que esté en Buenos Aires las veredas me parezcan… demasiado vacías.

La foto es en Saigón (o Ciudad Ho Chi Minh, antigua capital de Vietnam del Sur). Siento que la mujer me miró como diciendo ¿por qué me sacás una foto? ¿qué tiene de raro que esté cocinando acá?

Asia de la “A” a la “Z”: T de Tuk-Tuk

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

T de Tuk-Tuk

Icónico e infame. Pintoresco y despiadado. Amado y odiado.

Te lo firmo: si venís al Sudeste Asiático no vas a escapar de las garras del tuk-tuk.

Desde sufrir el clásico llamado —acosador e insistente— del conductor: “Miss! Mister! Tuk-tuk! Where you go? I take you! Tuk-tuk! Tuk-tuk!!”, hasta darte cuenta de que si no te subías a la vereda en esa milésima de segundo, alguno de estos te pasaba por encima.

En cada país tiene su nombre: en India se llama auto rickshaw, en Indonesia bajaj, en Filipinas triciclo, en Tailandia, Camboya y Laos tuk-tuk, aunque eso no quiere decir que sean iguales.

¿Qué tienen en común? Todos los tuk-tuk son abiertos, (casi todos) tienen tres ruedas (ya que provienen de una moto) y no tienen volante sino manubrio.

Pero en cada país tienen su diseño particular: en Tailandia son “enteros” (como el de la foto), en Siem Reap (Camboya) son motos con una carroza atada atrás (o sea que en ese caso rompen la regla y tienen cuatro ruedas en vez de tres), en Laos hay versiones “jumbo” que llevan hasta 12 pasajeros, en Filipinas el carrito de pasajeros va agarrado del costado de la moto…

Cuando aterricé en Bangkok (primera parada de mi viaje) los evité como la misma peste. Es que me habían contado tantas historias que preferí ni hacer contacto visual. Me habían dicho que los tuk-tuks tailandeses pasean a los turistas, que te llevan a donde no querés ir, que te dicen que el lugar que querés ver está cerrado y te dejan en la tienda de souvenirs del primo.

Pero más adelante los empecé a usar.

Cuando llegué a Siem Reap (Camboya), el tuk-tuk del hostel me fue a buscar al aeropuerto (y no es que me fui a un hotel cinco estrellas, pagué dos dólares la noche por una habitación compartida y aunque no lo crean el precio incluía tuk-tuk privado) y el mismo conductor me llevó alrededor de las ruinas de Angkor en su “carroza” (por unos dólares más, eso sí). Y cuando llegué a Phnom Penh (la capital) sufrí el acoso de los tuk-tuks como nunca en mi vida.

En Laos me sorprendí: cada vez que llegué a alguna ciudad nueva… no se me acercó ni un conductor de tuk-tuk (estaban todos descansando a la sombra esperando que los clientes fueran hacia ellos).

A mí, personalmente, me gusta andar en tuk-tuk. Es abierto y ventilado, es más barato que un taxi (hay que regatear a muerte) y permite ver el paisaje  y compartir algún tramo con una persona local. Y, además, es uno de los transportes más simbólicos de Asia.

Si vienen, salgan a dar una vuelta en tuk-tuk.

Saqué la foto durante mi segunda visita a Bangkok (Tailandia), una mañana mientras hacía tiempo hasta que saliera mi tren a Malasia.

Vietnam: amor a primera vista

Lo confieso: salí de Camboya rumbo a Vietnam con una idea “poco positiva” acerca del país y de la gente.

Siempre digo que no me guío por opiniones ajenas ya que cada cual lo cuenta según cómo fue su viaje, pero muchos viajeros “respetados” (?) me dijeron que Vietnam no les había gustado nada por la actitud de la gente local, por el acoso hacia el turista, por el caos y por los robos.

Y me lo dijeron con tanta convicción que hasta me asustaron un poco (no mucho) y pensé: debe ser que a Vietnam lo amás o lo odiás.

¿Qué sentiré frente a este país que siempre quise conocer?

Mis últimos días en Camboya fueron una mezcla poco balanceada de estrés y tranquilidad.

Phnom Penh, la capital, es, para decirlo en porteño, un quilombo.

No hace falta que te bajes del colectivo ni que salgas de tu hostel: los mototaxistas y conductores de tuk-tuk te van a encontrar. Así que no corras porque no hay dónde esconderse.

– Miss Miss, you want motorbike? le decís que no al primero y aparece el segundo (que estaba frenado al lado y vio que dijiste no) y te ofrece nuevamente “motorbike” pensando que tal vez a él le vas a decir que sí porque te cayó mejor que el anterior.

Cruzás la calle (intentando que no te atropellen y caminando por la franja angostísima de vereda como si fuese un acantilado) y te persigue el conductor de tuk-tuk:

– Hello Sir! (ni siquiera lady)

– Where you want to go? Tuk-tuk?

– No, no, gracias.

Pero ser amable no sirve y tampoco entienden que quieras caminar.

– I take you miss, OK I take you later, I take you tomorrow, I take you next week!

Si los ignorás, te gritan cosas poco felices en inglés y en khmer (camboyano).

Así que cuando no pude más opté por dos vías: hablar en castellano o ser irónica en inglés.

– Miss Miss, tuk-tuk, you want? No entiendo lo que me decís, no hablo inglés. Ahí se desconciertan.

– Tuk-tuk?

– Cheap?

Y la otra, cuando estuve a punto de mandar a todo el gremio a freír arroz:

– Miss! Where are you going? Motorbike!

– Oh, ok, I need to cross the street, you take me? (Oh, sí, necesito cruzar la calle, ¿me llevarías?)

Templo en Phnom Penh

Los típicos “kioskos móviles” del Sudeste Asiático (este en Phnom Penh)

Templo en Phnom Penh

Casitas típicas de la capital de Camboya

Panadería a la calle (Phnom Penh)

No sé si Phnom Penh vale la pena, no es tan malo como suena, pero yo personalmente preferí los pueblos del interior de Camboya antes que la capital.

Igualmente tuve que quedarme tres días para tramitar la visa de Vietnam, así que aproveché para visitar las Killing Fields, el museo del genocidio, el palacio del rey y caminar un poco por ahí.

Después pasé mis últimos tres días en el país en Kampot, pueblito al sur a orillas del río, con una temperatura mucho más agradable y una paz que necesitaba.

Kampot

Chicos camboyanos que posaron para la foto

El boliche de Kampot (?)

Cosas que se ven en la ruta (Camboya)

El lunes a las 7 AM tomé el colectivo que me llevaría de Kampot a Ho Chi Minh City (ciudad más conocida como Saigón, antigua capital de Vietnam del sur y de la colonia francesa de la Cochinchina) pensando que me iba a encontrar con algo parecido a Phnom Penh (algo así como un pueblo grande que se cree ciudad) y con gente que me iba a mirar mal o con resentimiento por la guerra pensando que era yanqui.

Tuve que hacer trasbordo en Phnom Penh (no hay manera de escaparle a esta ciudad) y cuando me subí al segundo colectivo (que ya estaba repleto), miré las caras y pensé:

– Momento, acá hay algo raro, ellos no son camboyanos, tienen los ojos más achinados (sí, hay grados de achinamiento de ojos), ellos son vietnamitas.

Y así era: un grupo turístico de 35 vietnamitas de 45 años para arriba, todos cargando bolsas y bolsas de souvenirs y frutas, hablando y riéndose a lo loco cual colectivo a Bariloche en pleno viaje de egresados.

La mujer vietnamita que estaba en el primer asiento me miró y me sonrió de una forma que me dieron ganas de abrazarla y adoptarla como abuela.

Qué calidez por favor.

Vietnam 1, Viajeros Respetados O.

Me tocó el asiento del fondo, al lado del baño, de un camboyano y de un vietnamita. El camboyano ni bola, pero el vietnamita me ofreció comida, agua y hasta se bajó del colectivo para comprarme una SIM card cuando le dije que necesitaba mandar un mensaje de texto.

Vietnam 2, Viajeros Respetados O.

En el mismo viaje me puse a charlar con una mujer de Washington DC y le pregunté acerca de Vietnam.

Me habló maravillas y hasta me armó el itinerario detallado.

A todo esto mi “miedo” y desconfianza hacia Vietnam se desvanecían rápidamente.

El colectivo feliz

En algún momento del viaje el colectivo se subió a un barco y cruzamos el río.

No sé por qué “supuse” que ese cruce de río equivalía al cruce de frontera (el “staff” del colectivo ya había recolectado nuestros pasaportes y yo “supuse”, otra vez, que ellos harían los trámites correspondientes y que, por ende, ni nos enteraríamos que habíamos cambiado de país).

Entonces me puse a mirar todo con ojos de Ya llegué a Vietnam.

Mientras íbamos en el barco, nenes sin manos golpearon las ventanas del colectivo, se señalaron los muñones y rogaron plata.

Pensé que eran los hijos de los ex combatientes de la guerra.

Después, otra vez en la ruta, vi carteles escritos en khmer y pensé que como era un pueblo de frontera debía haber carteles en ambos idiomas.

Más adelante vi un monje budista y pensé que el monje también vivía Vietnam.

Y después vi… la bandera de Camboya.

Y ahí apareció una voz en mi cabeza que me dijo “pero vos tenés un pedo atravesado“.

Debe ser la falta de sueño y el calor.

Finalmente cruzamos la frontera (a pie, y cada cual hizo el trámite correspondiente antes de volver al colectivo) y ahí sí que el paisaje cambió.

O tal vez no el paisaje en sí, pero mi feeling fue distinto.

De repente vi que las calles tenían veredas anchas (y veredas de verdad, no de tierra), que las casas estaban más separadas entre sí, que la gente cenaba en la calle, que había tranquilidad.

Llegamos a Saigón a las 8 PM y quedé anonadada a primera vista.

Kristine, la couchsurfer vietnamita que me está alojando, me pasó a buscar en su moto y me llevó a su casa.

En el camino vi edificios, luces, modernidad.

¡Esto es una ciudad de verdad!

Mientras cenábamos pho, la sopa típica de Vietnam, le pregunté cuál era la actitud de la gente local frente a los extranjeros y especialmente frente a los estadounidenses.

Me dijo que no tenían resentimiento, que ellos miran hacia adelante ya que quieren crecer como país, que la gente es muy amable y todos sonríen.

Al día siguiente salimos a las 7 de la mañana de su casa, Kristine me dejó en el centro y se fue a trabajar.

Caminé durante todo el día y sentí una alegría que no pensé que iba a sentir: ya me encanta este país, me encanta la gente, todos me sonríen, los taxistas no me acosan (hasta diría que son tímidos y respetuosos, les decís que no y es no), la ciudad es muy linda.

Tiene sectores llenos de árboles que me hace acordar a San Isidro, barcitos y cafés que son muy Buenos Aires, calles más tranquilas que parecen Montevideo… y los vendedores ambulantes, mesitas y comida en la calle y el caos de motos que me recuerda que estoy en el Sudeste Asiático.

Ahora me acuerdo por qué me gusta tanto viajar.

PD: (Gracias a todos los que votaron para que viniera a Vietnam… ¡den la cara!)

Pleno centro, cerca de la catedral

La Catedral de Notre Dame

Barriendo la vereda

Kristine (izq.) y su amiga, tomando un café en Saigón

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Visita a las Killing Fields de Camboya: cuando la realidad duele

Admiro a los camboyanos.

Admiro sus sonrisas.

Admiro su buen humor.

Admiro también, por qué no, su caos, porque significa que salieron adelante y siguen viviendo.

Admiro su fortaleza.

Admiro su presente.

Porque veo su pasado y no me queda otra que llorar por lo injusto que es el mundo, por lo extraño que es todo, y que unos pocos puedan arruinar la vida de millones de familias y porque no hay manera de borrar el sufrimiento.

Supongo que esto es lo que se siente al llegar a un país donde toda una generación fue borrada.

Donde hay más gente joven que adulta.

Donde todos los intelectuales de una generación murieron.

Donde hombres, mujeres, monjes, niños, todos fueron obligados al trabajo forzado o a la muerte.

Donde un hombre tuvo la idea de generar un país sin clases, sin educación, sin hospitales, sin futuro y lo logró gracias al apoyo de unos pocos y una máquina sanguinaria que borró a más de 8 millones de personas del mapa.

Pensé que no me iba a afectar pero me afectó.

Caminar por el lugar conocido como Killing Fields”, campo clandestino en las afueras de Phnom Penh donde se llevaba a la gente en camiones para matarlos en masa.

Pisar los bordes de las fosas comunes donde fueron encontrados miles de cuerpos destrozados.

Ver los árboles que servían para matar a los bebés (me lo explicaron literalmente así), agarrándolos de los pies y rompiéndoles el cráneo contra el tronco.

Tener los restos de ropa, de mandíbula, de huesos y de cráneos de las víctimas frente a mí, para que los oliera, mirase y tocase.

Caminar por dentro  del “S-21”, un colegio que fue tomado por el Khmer Rouge y transformado en una de las mayores cárceles clandestinas y centros de tortura.

Ver las celdas construídas rústicamente con madera, una madera que delimitaba los bordes de la vida: de acá para adentro, seguís vivo, cuando salgas, olvidate.

Mirar y ser mirada por las miles de fotos de las víctimas, sabiendo que no hay manera de resucitarlas.

Ver a los turistas sacándose fotos frente a los instrumentos de tortura, como si fuese algo “divertido”.

Leer los relatos de aquellos que fueron reclutados de niños y decidieron colaborar con el régimen para seguir vivos.

Ver que todavía, al día de hoy, no se hizo justicia y tal vez nunca se haga, ya que los mayores responsables murieron.

Saber que sólo siete de los miles de prisioneros sobrevivieron.

Escuchar aún hoy los gritos de desesperación, el llanto de los chicos, las plegarias de las mujeres.

Sentir el aire pesado, cargado de muerte, que quedó en todos estos lugares.

Entrar a una de las cuevas en las afueras de Battambang que también sirvió de fosa común y mirar desde abajo, cual víctima, el hueco desde donde arrojaban a la gente de lo alto.

Y pensar: no hay escapatoria.

Frente a la maldad humana no hay escapatoria.

Me afectó. No puedo no sentir nada frente a algo así. Es morbo, puede ser, porque de alguna forma ahora alguien gana dinero con la muerte, se la exhibe en un museo, se cobra entrada para presenciar la ausencia.

Pero sirve para generar conciencia, para que esto no se repita.

Y es una historia que no se puede pasar por alto si se visita este país. Porque la historia da forma al presente, y un lugar es lo que es, por consecuencia de lo que fue.

Y yo, personalmente, no puedo no sentir dolor, indignación, asco frente al ser humano que se dedica a matar a otras personas para lograr su cometido.

No puedo.

Hoy estoy indignada frente al mundo.

Camboya: cosas que veo desde la ventana (y que escucho desde el asiento de atrás)

I. Me gusta mucho viajar en colectivo

Hay gente que lo odia, se aburre, no soporta estar tres, cinco, diez, veinte horas arriba de un vehículo junto con tanta gente.

Para mí es una de las mejores formas de viajar y si pudiese recorrer el mundo entero en colectivo y evitar los aviones, lo haría (y escribiría un “Colectiveando por ahí”, o algo así…).

¿Por qué? Porque desde el avión solamente veo (de arriba y de lejos) el lugar del que me voy y el lugar al que llego.

Pero desde el colectivo veo todo lo que pasa entremedio. Desde la ventana del colectivo veo el camino.

Si miran el mapa del Sudeste Asiático desde Argentina, probablemente piensen que todos estos países “son iguales”.

A mí me pasa eso, por ejemplo, con Oceanía, no por ignorancia, sino porque es el continente del que menos sé y no me da la imaginación para diferenciar cada una de las culturas que viven ahí…

Y antes de viajar a esta porción del mundo también pensaba: ¿qué pueden tener de distinto países como Laos, Vietnam, Camboya, Tailandia, que están casi enroscados en el mapa y comparten un pedazo de tierra mucho menor que la superficie de Argentina?

De lejos, tendemos a homogeneizar.

Acá sucede lo mismo: mucha gente también cree que todos los países occidentales son una gran sucursal de Estados Unidos.

Vine a Camboya sin saber demasiado de Camboya (corrección: el Reino de Camboya) más que lo básico: calor, budismo, Angkor Wat, Khmer Rouge, Pol Pot y el genocidio que sufrió la población en los ’70.

No soy de las que se estudian el país de punta a punta antes de viajar. Al contrario, prefiero dejarme sorprender e ir aprendiendo a medida que veo.

Tuve el primer anticipo de Camboya desde la ventana del avión: este país es verde.

Las ciudades, los pueblos, las rutas, las aldeas están plagadas de vegetación, árboles, plantaciones de arroz, pasto. Se nota que se trata de un país rural.

Apenas dejé el aeropuerto y subí al tuk-tuk que me llevó al hostel en Siem Reap, vi algo que me llamó mucho la atención: las calles están “vacías” (en comparación con, por ejemplo, Indonesia, donde pareciera que no cabe uno más en la vereda), hay poca gente, el tráfico es mucho más tranquilo que en los países vecinos (a pesar de que acá también abundan las motos), hay pocos autos, mucha gente en bicicleta y muchos (muchísimos) chicos y personas jóvenes.

Dos datos interesantes: la población es de 15 millones y el 50 por ciento tiene menos de 20 años.

Toda una generación fue arrasada por el régimen dictatorial del Khmer Rouge (se calcula que aproximadamente 8 millones de personas murieron durante el régimen).

Viajando desde Siem Reap hacia Battambang, pueblo a unas cuatro horas, pude sentir la simpatía de los camboyanos.

En Siem Reap no es tan fácil conocerlos, porque ahí sos de un bando o del otro: turista o local, y los integrantes no se mezclan más que para hacer negocios.

Pero fuera de Siem Reap, todo cambia.

Acá los extranjeros no son vistos como “estrellas de cine” (no puedo evitar la comparación con el furor que causa la gente rubia en Indonesia), tampoco hay hostilidad (como me dijeron que pasa en ciertos lugares de Vietnam): acá la gente me sonríe muy cálidamente en todos lados e intenta comunicarse conmigo en inglés o con señas.

El viaje en colectivo hacia Battambang se atrasó dos horas a causa de las inundaciones que tapaban la ruta así es que tuvimos que hacer trasbordo a una combi, cruzar los charcos (llenos de chicos nadando con inflables) y subirnos al colectivo que nos esperaba del otro lado.

Pero entre tanda y tanda de gente tuvimos que esperar sentados al costado de la ruta una hora.

Hacía muchísimo calor, así que cuando apareció el vendedor de helados, todos compraron (los gustos más solicitados: durien, café y coco).

Un grupo de tres camboyanas me compró un helado para mí.

Apenas llegué a Battambang (ya de noche), uno los hombres que trabajaba en la terminal llamó al hotel donde me pensaba quedar para que me fueran a buscar a la terminal (que quedaba algo así como a dos cuadras de distancia).

Me ven viajando sola y se preocupan.

La mañana que hice el check-out de ese mismo hotel, los chicos de la recepción me regalaron un tejido típido de acá llamado krama, que sirve como “bufanda” y para taparse la cabeza del sol.

No me lo esperaba y fue una linda sorpresa.

En el viaje desde Battambang hacia Phnom Penh (la capital, a seis horas) vi uno de los contrastes más llamativos: casitas hechas de paja y palitos, a pocos metros de templos imponentes que parecen fabricados con oro.

Un templo tras otro, uno más impresionante que el otro.

Una casita tras otra, una más pobre que la anterior.

Los suburbios de Phnom Pehn (que, no se dejen engañar, por lo que vi ahora es como un pueblo grande, no llega a tener estatus de gran ciudad) me gustaron, a pesar de que los vi desde la ventana y a toda velocidad.

Mujeres con sus carritos vendiendo baguettes, herencia de la época en que fueron colonia francesa (en el Sudeste Asiático no es común ver que te vendan pan en cada esquina), más templos y (elemento nuevo), varias mezquitas (a pesar de que los musulmanes no superan el 2 por ciento por ciento de la población).

Siempre que viajo en colectivo, intento que me toque el asiento al lado de la ventana.

No hay nada que me guste más que avanzar por la ruta mirando el camino.

El problema es cuando sos extranjera, no podés disimular que sos extranjera, y llegás a un destino popular donde los taxistas y tuk-tuk drivers están literalmente al acecho.

Te ven por la ventana desde la calle, te señalan, se señalan a sí mismos como diciendo ya sé que me elegiste a mí de chofer, te esperan en la puerta, por poco te suben a la fuerza a sus transportes y si no respondés o decís que no, se enojan.

Nota mental: cuando esté llegando a una ciudad, cerrar la cortina de la ventana.

II. La vida secreta de las motos

Si venís al Sudeste Asiático, amigate con las motos.

No sólo vas a tener que esquivarlas (o rogar que te esquiven) cada vez que cruces la calle, también se van a convertir en tu transporte predilecto.

En Battambang decidí hacer un tour por las afueras con un conductor local que trabajaba en el hotel donde me estaba quedando: Mr. Bun Nak.

Fuimos en su moto y no paró de contarme cosas durante todo el viaje.

Que trabajaba para una ONG pero se aburrió de la oficina y decidió comenzar a trabajar en la industria turística.

Que habla cinco idiomas (khmer, inglés, lao, tailandés y holandés).

Que una vez tuvo una novia pero lo dejó porque él no quería casarse y ella sí, y en Camboya, si una mujer pasa los 25 años y sigue soltera, chau (en este país hay más mujeres que hombres).

Que le gusta la cultura europea porque es más “abierta” (la gente se va a vivir junta sin casarse).

Que el régimen de Pol Pot arrasó al país y mató a la gente más culta.

Que los camboyanos son gente tímida.

Dicho eso, me dejó al pie de un templo y esperó abajo a que yo recorriera.

Primero me crucé con un anciano, de esos que casi no se ven en Camboya, que me sonrió. Le pregunté dónde estaba el baño, y él, que obviamente no entendió, me invitó a sentarme al lado. Le hice un gesto con la cámara pidiéndole permiso para sacarle una foto. Asintió y se quedó petrificado con una sonrisa. Le agradecí y seguí camino.

Arriba, en el templo, me crucé con un grupo de mujeres camboyanas. Me miraron. Una de ellas, sin decirme nada, me agarró del brazo y me hizo posar para la foto que sacó otra con el celular. Después me mostró la foto y se fue.

Cuando estaba terminando el recorrido, apareció un monje budista que me preguntó de dónde era, de dónde venía, hacia dónde iba, cómo me llamaba. Le pedí una foto, se arregló la túnica naranja y posó.

Finalmente, cuando terminé mi recorrido y volví hacia donde me había dejado mi amigo motorizado, el policía me dijo que mi guía se había ido a desayunar, que lo esperara un ratito ahí y que, de paso, le explicara en qué consiste una democracia liberal ya que esa misma tarde tenía que dar una presentación oral en la universidad.

Dije lo que pude y le saqué una foto.

Y en todos lados, siempre, los nenes me sonríen.

En Angkor Wat una nena se divirtió posando para todas mis fotos.

En el Palacio Real de Phnom Penh estaba sentada en un banco y una nena de no más de tres años se subió al banco, se colgó de mi cuello y se puso a mirar mi cámara de fotos y a hablarme en khmer.

¿De qué timidez hablan?

Me encanta esta gente.

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