Aprender surf en diez pasos

1. Enamorarte del mar 

No recordar cuándo lo conociste ni qué día era pero sí lo que sentiste la primera vez que nadaste en agua salada. Recordar que ese día te prometiste —aunque todavía no entendías mucho de la vida y no creías que fuera posible— que algún día vivirías frente al mar. Que tus mejores momentos de la infancia estén ligados al mar: la tabla de morey con la que barrenabas, la lata que llenabas de caracoles para llevarte a casa, el barquito inflable en el que te chocabas con las olas, el traje de baño que dejabas en la orilla para que no se mojara mientras vos nadabas, tu papá persiguiéndote por el agua para subirte sobre sus hombros y revolearte, los berberechos que se asomaban en la arena húmeda, los pececitos de colores que veías a través de tus antiparras, las huellas que dejaban los cangrejos en la arena, los baldes que llenabas de agua y las palitas con las que hacías castillos. Que desde muy chica, la arena (a veces blanca, a veces negra, a veces fina, a veces muy gruesa, suave, áspera, en todas sus presentaciones), el aire pegajoso (tan típico de costa), el pelo enredado (y lleno de sal), las gaviotas (en la orilla o en la ciudad) y las olas (el mar tranquilo también, pero sobre todo las olas) sean tu sinónimo de felicidad.

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2. Enamorarte del surf sin darte cuenta

Viajar en busca del mar y ver —al principio sin notarlo— que en todas las playas donde hay olas también hay personas subidas en sus tablas. Que te parezca algo tan natural que los tomes como parte del paisaje, como si el día que hubiese nacido el mar también hubiesen nacido los surfistas, como si las tablas hubiesen salido del fondo del agua y las olas hubiesen escupido surfistas al formarse. Verlos en todas partes del mundo, a donde sea que viajes, y decirte que a vos también te gustaría surfear pero que seguro ya es tarde. Mirarlos con admiración y envidia, soñar con hacer lo mismo y poner la excusa de que tendrías que haber empezado de chica, que ahora ya sos grande y no vas a poder pararte. Sacarles fotos. Fotografiar no a ellos sino al surf y a tus ganas de aprenderlo. Practicar otros deportes de agua (darte cuenta de que para los de tierra no servís), hacer natación, esquí acuático, navegar, remar en botes, canoas y kayaks, hacer snorkel, dar vueltas carnero en el agua, tirarte de cabeza. Decirte: algún día, en otra vida, me dedicaré al surf. Y seguir con lo de siempre.

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3. Dejar que el surf te encuentre

Olvidarte del surf. Empezar a viajar, abrir un blog, escribir, estar en redes sociales, conectarte con otros viajeros, que te inviten a un encuentro bloguero en España, que sea en Gijón (tierra de tu familia paterna), que el evento incluya actividades extra a elección, que una de ellas sea “bautismo de surf”, que te apuntes a esa sin pensarlo, que te digas por qué no, si no pruebo no voy a saber si puedo. Acordarte de que una vez, allá por el 2008, lo intentaste en Ecuador y no pudiste. Decirte que la tabla era muy chica y que el que te quiso enseñar tenía otras intenciones y no te sentiste cómoda ni segura. Olvidarte de eso y hacer de cuenta que empezás de cero. Que llegue el gran día, tener miedo y nervios. Ir con un grupo de blogueros, ponerte el neoprene, llevar la tabla más grande, escuchar las instrucciones, practicar las posiciones y saltos sobre la arena, sentirte segura y con confianza. Entrar al mar, posicionarte, acostarte sobre la tabla, remar con los brazos, sentir cómo la ola te lleva y pensar que ese momento es sublime, que sentir la energía del agua que te empuja debe ser una de las mejores sensaciones del surf. No pararte a la primera ni a la segunda pero sí a la tercera o cuarta. Con timidez, con euforia, con emoción, con ganas de saltar de alegría. Pensar que quizá es la suerte del principiante. O no. Saber que venís practicando mentalmente y deseando esto hace 28 años. Querer hacerlo toda la vida.

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4. Quedarte con ganas de más

Sentirte como si te hubieses enamorado a primera vista de alguien. No querer separarte nunca más. Entender que las pasiones se descubren a cualquier edad. Darte cuenta de que la vida es ahora y no algo que empieza cuando termines de estudiar, cuando cambies de trabajo, cuando te mudes de casa o cuando viajes a otro país. Sentir que dos horas de surf fueron muy pocas. Contar los días que tendrás que esperar para volver a hacerlo. Contar los países por los que tendrás que pasar antes de volver a hacerlo. Imaginarte una vida de surf: furgoneta más tabla más viajes en busca de olas igual felicidad. Encontrar un hilo conductor en tu movimiento por el mundo. No querer irte a Barcelona ni a Islandia ni a Francia ni a ningún lugar lejos del mar: querer quedarte en Gijón tomando más clases de surf. Pero seguir camino.

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5. Confiar en que se reencontrarán

Dejar Gijón como quien se separa de un gran amor. Prometerte volver y seguir aprendiendo en ese mar, encapricharte con las olas del Cantábrico. Mientras tanto presentar un libro en Barcelona, viajar a dedo a París, desafiar a Islandia, frenar en Vienne, bajar a la Provenza francesa, ir a la caza del macarron perfecto. Dejar pasar un mes sin surf. Empezar a dudar: y si lo intento otra vez y no puedo, y si no es lo mío, mejor lo dejo ahí. Terminar un mini viaje por Francia y no saber a dónde ir. Recordar que alguien (una compañera de la facultad que no veías hacia años y que apareció en la presentación de tu libro) te dijo que para surfear vayas a Biarritz. Hacerle caso a las señales. Viajar ocho horas a Biarritz y enterarte (tarde) de que llegaste en una temporada sin olas. Darte cuenta de que hacer surf no es solo ir al mar, sino informarte, chequear las mareas, corroborar que haya olas, ir en la época adecuada. No poder tomar clases pero conocer gente que se dedica a eso que querés, que vive viajando y siguiendo las olas, que tiene la misma vida que vos pero además de mochila carga una tabla. Que te demuestren que es posible. Irte de road trip a Mundaka, otro punto importante de surf en el País Vasco, y que tampoco haya olas. Encarar hacia Gijón, seguir encaprichada con esa ciudad asturiana, saber que ahí te espera una tabla, una escuela y un mar que te gusta.

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6. Disfrutar el ritual

Manejar varias horas entre bosques y bajo la lluvia, frenar en estaciones de servicio y escuchar música en el auto hasta que deje de caer agua, seguir manejando por el paisaje verde, volver a pisar Gijón después de un mes, mirar el mar y decirte: es acá. Ir a la misma escuela, ser la más grande del curso y que no te importe. Querer empezar ya. Amar el ritual de ponerte el neoprene, por más húmedo y pegajoso que esté, que te encante subirte el cierre, dejar todos los objetos guardados, liberarte del teléfono del wifi del whatsapp, ponerte la tabla bajo el brazo y salir a la calle descalza y sin anteojos. Que caminar por el asfalto sin nada en los pies sea otro de los momentos sublimes del surf: sentir que estás yendo en contra de la rutina de la ciudad, que no vas vestida como la ciudad espera, que no vas calzada como la ciudad espera, que no vas a hacer lo que la ciudad espera. Pisar la senda peatonal descalza, medir la temperatura con la planta de los pies, esperar a que los ojos se te acostumbren a la falta de anteojos, que la vista se te adapte. Bajar por una de las escaleras hacia la playa, sentir el cambio de cemento a arena, de rugoso a suave, de caliente a fresco. Entrar en calor, trotar, estirarte, practicar los movimientos en la arena, atarte el invento en el pie izquierdo, ponerte la tabla bajo el brazo otra vez y caminar hacia el mar.

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7. Entender que el equilibrio es todo

Cruzar las primeras olas de frente, encontrar un hueco y ponerte de espaldas a la rompiente, acostarte sobre la tabla, mirar por sobre el hombro. Saber esperar. Darte cuenta de que una vez que el mar empieza a empujarte, la tabla te responde a vos y a nadie más. Si te acostás muy adelante se hunde, si te acostás muy atrás se levanta, si ponés el peso demasiado para un lado se da vuelta. Hay que encontrar el punto justo y esa debe ser una de las cosas más difíciles de lograr (en la vida, digo). Agarrar la ola, sentir cómo barrenás, acordarte de cuando tu mamá te enseñó a hacerlo de chiquita, agradecerle mentalmente porque debe ser por ella que no le tenés miedo al mar. Una vez que estás en la ola, intentar pararte.

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8. Caerte y levantarte

Caerte. Darte cuenta de que por más que haya sido amor a primera vista, esta relación va a ser difícil, que al principio todo parece fácil pero si uno quiere seguir tiene que trabajar, esforzarse, tomar el control, ceder, entrar en clima, encontrar el punto justo, llegar al equilibrio adecuado. Levantarte. Estar parada en la tabla y no saber muy bien qué hacer, hacia dónde mirar, cómo poner el cuerpo, hacia dónde apuntar los brazos. Distribuir mal el peso y caerte. Volver a entrar al mar arrastrando la tabla, cruzar las olas, pensar que pasás más tiempo encontrando la posición adecuada que encima de la ola, pero que no te importe, que te guste todo ese proceso. Ver venir una ola, subirte a la tabla, empezar a hacer brazadas, que el agua te empuje, estar fuera de equilibrio, caerte. Repetir otra vez. Caerte diez veces más. Que después de varios intentos todo salga bien: ola, equilibrio, brazadas, pararte, avanzar, pero que alguna parte de tu cuerpo no esté apuntando a dónde debería y caerte otra vez. Y al rato pararte por unos segundos, que la ola te lleve hasta la orilla, bajarte de un salto y sentir que todo valió la pena. Y volver a entrar al mar.

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9. Dejarte llevar

Sentir cómo te empieza a dar adicción. No poder parar. No pensar en otra cosa que en la próxima ola. Desear que las dos horas no terminen nunca. Alinear cuerpo y mente, concentrarte, controlar cada parte de tu cuerpo, escuchar lo que te dicen los instructores: las manos así, el peso más así, la vista arriba, mirá los edificios y no tus pies, mirá la ola, mirá Gijón. Darte cuenta de que el surf también es un ejercicio de la mirada: aprender a mirar el mar, aprender a mirar las olas, aprender a mirar sin anteojos. Sentir que el agua es tu elemento, que este deporte es una terapia, que las olas también son buenas para meditar, que el agua te despeja la cabeza, que lo que más te gusta del mar es ser parte de su energía. Dejarte llevar por la ola y por tus pensamientos: quién habrá sido el primero en mirar el mar y decirse que estaría bueno tener una tabla y fabricársela, cómo será dedicarse a esto profesionalmente, claro los chicos que nacen en el mar hacen surf casi de manera instintiva, pensar que fui a tantas playas con olas y no me animé a probar, pero yo siempre dije que mis dos vocaciones  frustradas (o no desarrolladas) son de baterista y surfer, y si me compro una combi y una tabla, y si me las compro.

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10. No abandonar

Salir del agua. Tener el cuerpo cansado, los ojos rojos, el pelo hecho un desastre, el traje pesado, los brazos sin fuerza, los músculos comprimidos, pero sentirte más liviana, caminar como flotando, disfrutar el estar descalza sobre el asfalto otra vez. Sacarte el traje con mucho trabajo, ducharte, vestirte. Saber que sos una principiante, que el equilibrio te cuesta, que quizá no vas a poder pararte en una tabla más chica, que te llevará mucho tiempo pasar a olas más grandes, pero sentir que estás aprendiendo y disfrutar ese proceso más que nada. Porque a veces nos hacen creer que uno solo aprende de chico, que lo que no aprendiste en tus primeros años no lo vas a aprender nunca y es mentira, nos pasamos la vida aprendiendo. Y cuesta, empezar algo nuevo cuesta, pero cuando hay voluntad, nada es imposible. Por eso, ante todo: no abandonar, pase lo que pase. Aunque te frustres, aunque te caigas, aunque te golpees, aunque te lesiones, aunque un mal movimiento te obligue a pasar semanas sin poder usar la mano derecha, aunque te preguntes por qué justo ahora y justo acá, aunque te dé rabia, aunque te cueste tipear con una sola mano, aunque te cueste ser con una sola mano. El mar seguirá ahí y tus ganas también. Mientras haya olas habrá oportunidades. Así que todo a su debido tiempo: a veces la vida tiene otros planes para nosotros (o por lo menos otra agenda) y uno entiende el por qué mucho después. Pero eso sí: no hay excusas que valgan para abandonar lo que nos motiva.

*

Me encapriché con Gijón, con el Cantábrico y con Tablas Surf School. Gracias por las clases y la buena onda. Volveré.

Lotería
(Viaje a mis raíces asturianas)

[quote style=”boxed”]“Aquella excursión por arándanos es lo más importante que ha sucedido en mi vida. Puede parecer algo extraño que lo más importante de mi vida sucediera más de treinta años antes de que yo naciera, pero si la abuela no hubiese pinchado aquel domingo, mi viejo no habría nacido. Y si él no hubiera nacido, yo tampoco hubiera tenido muchas posibilidades de existir.” (fragmento de “El misterio del solitario”, de Jostein Gaarder)[/quote]

Desde chica me gustó ilar hechos hacia atrás, tal vez porque siempre creí en ese cliché de que todo pasa por algo. “Si no hubiese conocido a tal no me hubiese pasado tal cosa ni hubiese llegado a tal lugar ni hubiese conocido a…”. Me hace pensar que nuestra vida depende de una larguísima cadena de hechos (llámense casualidades) que hacen que nuestra existencia sea, en dos palabras, una lotería. Porque, si lo pensamos, hay dos cosas básicas de nuestra vida que no podemos elegir: en qué época nacer y en qué parte del mundo. Lo que toca, toca. Y lo que no toca, habrá que salir a conocerlo.

[singlepic id=3424 w=800 float=center] Como Cudillero, uno de los pueblitos mágicos de Asturias…

Yo nací en Buenos Aires después de una larguísima cadena de hechos en la que estuvo involucrada hasta la mismísima Segunda Guerra Mundial (digo, porque si nada de eso hubiese pasado, tal vez la familia de mi mamá se hubiese quedado en Europa y yo no tendría muchas chances de existir). Dentro de esta larguísima cadena de hechos, casualidades y causalidades que define mi vida, hay dos eslabones muy importantes que me unen al Viejo Continente: la familia de mi mamá es de Hungría y la de mi papá es de España. Entonces, si bien no había pisado Europa jamás en mi vida hasta hace menos de un mes, hay regiones de aquellos países que conozco de toda la vida. Es el caso de Asturias.

[singlepic id=3375 w=800 float=center] El Cabo de Peñas

Recuerdo que desde muy chica mi papá me hablaba de Asturias con nostalgia y orgullo. Asturias Patria Querida. La sidra asturiana. El hórreo. Las uvas en cada campanada de Nochevieja. La Virgen de Covadonga. La fabada. Noreña, Gijón, El Berrón y La Venta. Son palabras que tal vez para muchos argentinos no signifiquen nada, pero que siempre estuvieron muy ligadas a mi vida sin que yo me diera cuenta.

[singlepic id=3389 w=800 float=center] El pueblito de La Venta

[singlepic id=3387 w=800 float=center] La Fabada

[singlepic id=3398 w=800 float=center] Un hórreo asturiano

[singlepic id=3412 h=800 float=center] La sidra

[singlepic id=3437 w=800 float=center] La Virgen de Covadonga

¿Qué probabilidades hay de conocer asturianos en Asia? No lo sé, pero yo conocí a dos (Juan en Vietnam y Jaume en Laos) y enseguida me cayeron bien. De alguna manera, eso de pertenecer a un mismo lugar (ya sea de nacimiento o por descendencia) me generó simpatía hacia ellos. A los dos les dije lo mismo: “¡Yo tengo familia en Asturias! Aunque todavía no los conozco en persona, pero ya iré…”. Y finalmente, ese “ya iré” que venía repitiendo hacía tiempo se materializó: después de 26 años de tener familia en Asturias, vine a Asturias y los conocí en persona. Uno por uno, fui llenando de personalidad y significado esos nombres y caras que conocía por fotos, por cartas, por llamados telefónicos, por anécdotas…

[singlepic id=3438 w=800 float=center] Juli, Sarita y yo en Covadonga

[singlepic id=3455 w=800 float=center] La Venta

[singlepic id=3380 w=800 float=center] Las ovejas,

[singlepic id=3388 w=800 float=center] las cabras

[singlepic id=3385 w=800 float=center] y Woody Allen.

Me quedé una semana en Venta de Soto, un pueblito de no más de 30 casas, con mi familia asturiana. Festejamos Nochebuena con sidra casera y mucha (muchísima, con énfasis en lo de muchísima) comida y nos fuimos a pasear por los pueblos pesqueros, ciudades, cascos viejos, playas y parques naturales de Asturias. ¿Qué probabilidades hay de que en Asturias sea invierno y no llueva? Según me dijeron, muy pocas. Pero a mí me tocó un clima inaudito: casi siete días seguidos de sol y ni una nube (eso sí, un frío “¡que te cagas!”, al menos para mí).

[singlepic id=3374 w=800 float=center] Avilés

[singlepic id=3392 h=800 float=center] Tarna

[singlepic id=3400 w=800 float=center] El cementerio de Luarca

[singlepic id=3402 w=800 float=center] Luarca

[singlepic id=3409 w=800 float=center] El puerto de Luarca

[singlepic id=3420 h=800 float=center] Fútbol en Cudillero

[singlepic id=3432 w=800 float=center] El museo de las anclas en Salinas

[singlepic id=3443 w=800 float=center] Los cubos de la memoria en Llanes

[singlepic id=3450 w=800 float=center] Vista desde Torimbia

¿Qué probabilidades hay de que todas las ciudades, pueblos, playas y rutas de Asturias estén vacías en esos días de sol invernal? Según me contaron, muy pocas. Pero alguien habrá avisado que llegué, porque todos los lugares que visitamos estaban vacíos, sin gente, con puertas y ventanas cerradas. Tan vacíos, que la frase célebre durante mi estadía fue: “Acá, normalmente, hay tanta gente que no se puede ni caminar, no entiendo qué pasó…”. Raros, para los asturianos, los días que pasé en Asturias fueron muy raros: mucho sol y nada de gente. Como sets de cine abandonados por vacaciones. ¿Será la crisis? ¿Será que en los feriados nadie sale de su casa? ¿O nos habremos transportado a un universo asturiano paralelo donde no había nadie más que nosotros? Para mí también fue raro ver todo vacío, con lo que me gusta la vida callejera, pero fue lindo también, ya que tuve los paisajes y pueblos de Asturias para mí.

[singlepic id=3472 w=800 float=center] Gijón

[singlepic id=3468 w=800 float=center] Lectora

[singlepic id=3465 w=800 float=center] En Cima de Villa, el casco antiguo de Gijón

[singlepic id=3466 w=800 float=center] Elogio del Horizonte

[singlepic id=3453 w=800 float=center] Calles vacías en Ribadesella

[singlepic id=3446 w=800 float=center] Y en Llanes

[singlepic id=3423 w=800 float=center] Ventanas cerradas en Cudillero

[singlepic id=3426 h=625 float=center] y nadie en las casas.

[singlepic id=3414 w=800 float=center] Luarca vacía,

[singlepic id=3373 w=800 float=center] Aviles también,

[singlepic id=3383 h=800 float=center] Y la cima de Oviedo también.

El día que me fui de Asturias, se largó a llover. Tal vez se llenó de gente también, y todo volvió a la normalidad. En este momento estoy en Calella (a una hora de Barcelona) otra vez, con un clima primaveral, lista para festejar Año Nuevo y los 200 post de Viajando por ahí (el próximo post será una edición especial número 200). Estoy feliz y nostálgica. Lo lindo de viajar es la gente que se conoce en el camino. Lo triste de viajar es tener que despedirse una y otra vez de todas esas personas. Y cuando se trata de la familia, es aún más difícil.

Dicen que uno no elige a su familia, pero probablemente en la lotería de la vida hay varios números arreglados para que nos crucemos con todas esas personas con las que estábamos destinadas a cruzarnos, aunque sea por unos días.

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