Otra vuelta al sol

Para mi amigo Javi, donde quiera que estés.
Gracias por haberte cruzado en mi camino.
Que sigas fluyendo a través de universos. 

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—Mira, ves cómo se apaga de un lado y se enciende del otro. El fuego siempre encuentra la manera de seguir quemando…

Tiro un último papel a nuestra fogata. Ya casi se está apagando, habrá durado una hora. Para prenderla hicimos un hueco no muy profundo en la arena, pusimos hojas de diario, maderas y ramas secas. Tardó unos minutos pero prendió bien.

—Cómo hipnotiza el fuego, ¿no? Es imposible dejar de mirarlo.
—Sí, como el mar. Yo creo que debe tener que ver con nuestros antepasados…
—Es que es un acto milenario. Desde que el hombre es hombre que se reúne alrededor del fuego.

Mirla y yo nos sentamos juntas y hacemos un ritual que suele hacerse acá en Perú en Año Nuevo: quemamos papelitos con cosas escritas. Cosas que queremos dejar atrás. Cosas del 2013 que no tienen por qué entrar al 2014. Miedos, sentimientos, inseguridades, tristezas, preocupaciones. Leemos algunos de los papelitos en voz alta y los vamos tirando a las llamas para que desaparezcan. Miramos cómo se doblan, se ponen negros y se desintegran. Quemo también algunas hojas de mi cuaderno. Me gusta la sensación, nunca lo había hecho. El fuego se pone muy amarillo y alto cuando le damos papel.

Estamos solas. Son más de las doce de la noche, ya es seis de enero y estamos a orillas del mar, frente a un Pacífico poco pacífico.

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—Este mar no es muy ruidoso. No lo escucho desde tu casa…
—Es que tiene sus épocas… Desde que estás tú está tranquilo, pero es un mar bien pendejo. Cuando está en rojo llega a tener olas de cinco metros y la gente ni se acerca, lo mira de lejos. Es que se ha llevado a muchas personas… A mí siempre me ha cuidado, pero una vez me quiso matar. Tenía 21 o 22 años, fue antes de conocerlo a John, un día que estaba borracha. Tal vez me estaba castigando… Eran como las seis de la tarde y me metí al agua con mi primo Moncho. El mar estaba en rojo, con unas olas enormes, no sabes. Me arrastró hacia atrás y no podía salir a la costa porque las olas me iban a pegar. Mi primo no sé con qué cara me habrá visto porque empezó a nadar bien rápido y me sacó. Él ha sacado a mucha gente, siempre ha sido como un guardavidas acá en Punta Negra. Desde ese día que no me animo a meterme muy adentro.

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Todas las calles de Punta Negra son de tierra. Lo único asfaltado es la Panamericana que atraviesa el pueblo de norte a sur. Una ruta que suele ser tranquila pero que los fines de semana y feriados se llena de autos, mototaxis, combis y buses que van y vienen de Lima. Claro, cómo no escaparse a un mar que espera a menos de una hora de la ciudad. Pero hoy ya es noche de domingo y toda la playa está sucia. Vacía y sucia, como una casa después de una fiesta que estuvo llena de desconocidos.

—Tú no sabes lo que me molesta ver mi playa así de sucia.

Me imagino. A mí me molesta mucho y ni siquiera soy de acá.

Cuando la gente se volvió a Lima se ve que se olvidó de llevarse sus periódicos, sus cajas de comida vacías y sus vasos de plástico. Pocas veces estuve de este lado de la situación: casi siempre soy yo la que va a un pueblo o ciudad, visita y sigue de largo (y como generalmente me voy antes de que termine la fiesta, no llego a ver el desorden). Esta vez sí. Y pienso cómo se debe sentir la gente local en esos pueblos y playas que pasaron a ser más de los turistas que de ellos. Pienso en las ganas de irse que deben tener, o en las ganas de sacar a la gente a patadas. Por eso siento que ciertos lugares nunca deberían hacerse conocidos. Se arruinarían. La gente que llega de paso no suele cuidar lo ajeno. Hay poca conciencia del planeta (todo el planeta) como hogar. Cada cual cuida su ranchito y nada más. A veces ni eso.

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—Cuando era chica veníamos de noche con mi papá a mirar el mar, y cuando las olas rompían se veían unas chispitas, como unas lucecitas blancas en la orilla, te lo juro. Yo estaba así, no lo podía creer. Era la energía del mar que se hacía visible. Por eso creo que todo tiene vida: el fuego, el mar… Qué haría yo sin mi mar…

Me bañé pocas veces en el Pacífico, pero la primera vez fue en una playa a cinco minutos de Punta Negra. Si me dan a elegir, no sé con qué me quedo: mar caribeño transparente quietito sopa deliciosa versus océano poco pacífico con su agua más fría oscura y esas olas que me sacuden y me revuelcan. Me encanta el efecto pileta del Caribe pero también me encantan los mares con olas fuertes. Y el mar de este pueblo es especial. Es verdad que es un ser viviente, y me llena de energía.

 [singlepic id=7902 w=625 float=center] Cómo negar que este mar tiene vida…

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Podría estar horas mirando el mar. Me gusta ver cómo los delfines se acercan, muy de vez en cuando, a la costa. Me gusta ver cómo los pájaros sobrevuelan la cresta de una ola buscando peces, cambian de posición de repente y se zambullen al mar disparados como flechas: de cabeza y en un segundo. Me gusta ver cómo el mar alterna olas grandes con olas chiquitas y de repente se saca y le inunda las carpas a varias familias, arrastra ojotas y baldes y deja atrás una laguna donde los nenes se ponen a correr y saltar felices. Me gusta construir castillos y que el mar de vez en cuando los destruya. También me gusta que los cubra de agua y los deje tal cual estaban. Me gustan los pozos donde se forman piletitas artificiales. Me gustan más los mares con atardeceres que con amaneceres. Me gusta perseguir a los muymuys y ver cómo se esconden en la arena. Nico (el hijo de mi amiga) tiene tres años y les tiene miedo. Yo le digo: “Nico, ellos nos tienen miedo a nosotros. Esta es su casa y se la estamos invadiendo. Hay que tratarlos bien…”. Y ahí le agarra el falso coraje y me dice que sí le gustan los muymuys pero apenas se le acerca uno levanta los brazos para que lo saque lo más rápido posible de ahí.

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Seguimos sentadas. Hay un vientito y nos salpican las gotas de una ola.

—Qué lindo que es mi mar. Qué rica brisa nos mandó. No puedo creer cómo lo ensucian, por eso nunca vengo a la playa en Año Nuevo.

Nuestra fogata ya se apagó. La poca madera que trajimos sigue encendida, naranja, pero ya no hay llamas. Pienso: como seres humanos somos un reflejo del mundo, también tres cuartas partes de agua, cada uno un mini-mundo. Tal vez nuestra atracción por el fuego se deba al simple hecho de que nuestro planeta se la pasa paseando alrededor de una bola de fuego gigante todos los días.

Si bien no creo mucho en fechas, me gusta el concepto del año nuevo, me gusta festejar ese paso. Otra vez primero de enero, otra vez un año más. El planeta dio un giro completo y vuelve a empezar. Otra vez esa sensación de arrancar de cero. Otra vuelta al sol que nos llevamos de yapa.

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(*Nota: “de yapa”, en Argentina, es una expresión que se usa para decir “de regalo”.)

El último viaje en las combis limeñas

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Las tres semanas en Perú pasaron demasiado rápido, pienso mientras espero parada en una esquina a que pase la combi que me llevará al aeropuerto Jorge Chávez. Son las 7 de la mañana en Lima y todos se están yendo a trabajar; el tráfico, por ende, es más caótico que de costumbre. Las combis avanzan en fila, cada cual con su cobrador anunciando, con un cartelito y un megáfono “natural” (lo tienen incorporado en el tono de voz), cuál es el recorrido que hace el vehículo: “ArequipaaatodoArequipaaa”, “AngamosAngamosAngamos”, “LaMarinaFawcettLaMarinaaa”. Hablan así, sin espacios entre palabras. Cada vez que hago contacto visual con alguno, lo interpreta como un deseo de subirme a su combi, me abre la puerta y por poco me empuja adentro. Cuantos más vayan en una combi, mejor para ellos.

Pero no me subo a la primera que pase, estoy esperando una (en realidad es un bus) que se llama “JP” y que, según me dijo mi amiga Olga, va directo al aeropuerto por 2 soles (menos de un dólar). Las combis avanzan en fila india (cada una con los gritos de su cobrador correspondiente) y la vereda está repleta de gente que sube y baja constantemente. Aparece, por fin, “la JP” entre la marea y me subo; el colectivo está tan lleno que tengo que quedarme parada en la escalera de entrada frente al conductor. El cobrador (esa especie de copiloto que, como su nombre lo indica, es el encargado de cobrar los boletos y de vociferar con su megáfono natural cuál es el recorrido del vehículo) me dedica una de sus frases célebres: “Avance avance que en el fondo está vacío”. Me pide, además, que me saque la mochila así dejo espacio para el resto. ¿Qué espacio, si no hay aire ni para respirar? Le explico que no puedo hacer semejante maniobra ya que no hay lugar y además estoy toda enredada: tengo la mochila grande en la espalda, un bolso cruzado adelante y la campera cubriendo todo; por ende, para sacarme la mochila, primero tengo que deshacerme del resto de las cosas. “Entonces mejor se hubiera tomado un taxi”, me dice con poca simpatía. “Si estoy acá es porque no tengo plata para un taxi, señor”, le respondo (lo cual es cierto, porque me había gastado mis últimos soles en comida chifa —china-peruana la noche anterior). Le hace una seña al conductor, el colectivo frena, el cobrador abre la puerta y me echa. Bárbaro.

[singlepic id=2613 w=625 float=center] Esta foto es del 2008. Ahí, el tráfico parecía tranquilo y todo. Pero no lo es.

El bus había avanzando unas tres cuadras, así que estoy casi en el mismo lugar de antes. Espero durante 15 minutos pero la JP no aparece, así que me pongo a caminar y me pregunto cuántas horas me llevaría llegar al aeropuerto a pie. Probablemente demasiadas. Todos los taxis me tocan bocina y los cobradores de las combis que pasan al lado mío intentan convencerme de que me suba. De repente veo que en medio del atasco hay una gloriosa JP, así que hago zig-zag entre los autos frenados y le golpeo la puerta. ¿Va al aeropuerto? Sí. Me siento adelante, al lado del conductor, me abrocho el cinturón y a rezar. El tráfico de Lima es despiadado: si una combi, por ejemplo, está yendo por el carril del medio y ve que un potencial pasajero le hace señas desde la vereda, no tendrá ningún problema en atravesar los tres carriles que los separan sin ningún tipo de aviso previo. El cobrador de esta vez es más simpático que el anterior y me cobra 1.50 soles por el trayecto en vez de 2 (le caí bien). El colectivo va lleno pero con espacio, algunas personas me miran con curiosidad pero a los pocos minutos se olvidan de mi presencia. De fondo suena algún hit de cumbia peruana, tal vez de Grupo 5 o los Hermanos Yaipén (dos grupos que, en el 2008, eran la banda sonora de las combis).

Durante la hora de trayecto al aeropuerto, mientras viajo por última vez en una combi limeña, pienso que, en el fondo, las voy a extrañar. Las combis encierran muchos momentos y recuerdos de mis viajes por Perú. Fue en una combi donde tuve las charlas más interesantes con mis amigas Olga y Mirla, fue en una combi donde me reí porque los cobradores siempre me cobraban de menos (¡no sé por qué! Si Olga me decía que el pasaje costaba 1.50, le daba 2 soles al cobrador y me devolvía 80 céntimos), fue en una combi donde alguna persona me indicaba en qué parada debía bajarme para no perderme. Por más apretujado que uno vaya y por más caótico que sea el tráfico, las combis son uno de los elementos más auténticos de la ciudad. Y aunque por fuera todas parezcan iguales, les aseguro que cada combi es un mundo.

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Parte II: Volando por ahí y el húngaro de la aduana

Tras el periplo de la combi, llego a tiempo al aeropuerto. El avión sale a eso de las 10.30 de la mañana: Lima-Buenos Aires sin escalas. Va casi lleno, y desde algún asiento se escucha la voz de un nene que verbaliza, con inocencia, las preguntas que todos los pasajeros se hacen en silencio: Mamá, ¿y si se cae el avión?, Mamá, ¡el piloto no va a ver nada con tanta niebla! Se escuchan algunas risas nerviosas. El avión sube y atraviesa el techo de nubes grises que cubre la ciudad de Lima y el cielo celeste entra por la ventana. Me quedo dormida y las cuatro horas se me pasan… “volando”.

[singlepic id=2601 w=625 float=center] Esta foto la saqué en el avión de Lima a Cusco. Lo que ven es la Cordillera de los Ándes desde el cielo. En el vuelo de Lima a BA me tocó el asiento de la salida de emergencia así que no tenía ventana para sacar fotos.

[singlepic id=2597 w=625 float=center] Y cuatro horas después, Ezeiza otra vez…

Busco mi mochila, llego a la aduana y uno de los que trabaja ahí me escucha hablar en castellano y dice: “¡Ah! ¡Sos argentina! Ya te estaba por tirar un where are you from, con esa pinta de extranjera que tenés. La mujer de adelante estaba escuchando la conversación y dice, haciéndose la ofendida: “A mí no me preguntaste nada, ¡yo también parezco extranjera!”. Me río y le confirmo al de la aduana que soy argentina, aunque parece que no lo convenzo: “¿Pero originalmente sos de Argentina?”. “Sí, aunque mi mamá es húngara, tal vez por eso…”. Me interrumpe: “¡Mi mamá también es húngara!”. Momento Gente que Busca Gente. Y yo, incrédula: “¿De verdad?”. “Sí, somos pocos los húngaros acá”. Por un momento pensé que me estaba cargando, pero la verdad es que me pareció divertido encontrarme con otro hijo de húngaros en la aduana de Ezeiza.

Como dije, las tres semanas se pasaron demasiado rápido. Ya estoy de vuelta en Buenos Aires, mirando la ciudad desde la ventana de mi escritorio.

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¡Mirla y Olga: gracias por todo!

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Esto no tiene que ver con nada, pero en Cusco, los perros tienen prioridad al cruzar (?)

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Y, para que se entretengan, algunos titulares.

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Por el Callejón de Huaylas | Día 1: En Huaraz y con soroche

Me desperté de golpe a eso de las 5 am. El bus que iba de Lima a Huaraz estaba pasando por un cruce en la Cordillera a 4100 metros de altura, y yo pensé que iba a morir de frío y de náuseas ahí mismo. Hacía mucho tiempo que no subía tan alto, y pasar de los cero metros sobre el nivel del mar de Lima a más de 4000 en menos de 8 horas fue matador. Me había olvidado del famoso soroche o apunamiento que se puede sufrir a esa altura si uno no está acostumbrado.

Llegamos a Huaraz a las 6 am y me fui directo a la cama.

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Vista de la Cordillera Blanca desde la terraza del hostel en Huaraz

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Huaraz es la capital del Departamento de Ancash y la ciudad más importante del Callejón de Huaylas, un valle estrecho y alargado ubicado en la Cordillera de los Ándes, entre la Cordillera Negra y la Cordillera Blanca. Es, además, una de las ciudades ideales para hacer base (aunque no la más linda) y recorrer todo el Callejón de Huaylas.

En el mapa, el Callejón de Huaylas se ve así (a la izquierda está la Cordillera Negra, que no aparece en este mapa):

Fuente: www.huaraz.info – En los próximos posts mostraré el recorrido detallado

Después de dormir varias horas para recuperarnos del mal de altura, Olga (mi amiga peruana) y yo salimos a caminar por la ciudad. Huaraz me pareció un lugar ruidoso, desordenado, un poco caótico y muy marrón (todo está lleno de tierra y las casas y construcciones son casi todas marrones). Estábamos alojadas a unas ocho-diez cuadras de la Plaza de Armas (el centro de la ciudad), en una zona bastante silenciosa, donde cada mañana escuchábamos al vendedor de aceitunas ofreciendo sus productos por altoparlante.

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El color que le falta a la ciudad se lo dan las paisanas, las mujeres serranas que andan vestidas con sus polleras coloridas, sus trenzas largas y sus gorros típicos. Sin embargo, cada vez que nos acercamos a una y le pedimos permiso para sacarle una foto nos respondieron con un no rotundo o con el pedido de “Págame pueees, dos solcitos”. No hubo ni una que dijera que sí sin pedir solcitos a cambio y la mayoría directamente se negaba. ¿Por qué será? Una mujer me dijo que le daba miedo que la fotografiara. ¿Será miedo a que usen sus imágenes y tal vez lucren con ellas? ¿o un miedo de otro tipo, más espiritual? (como algunas tribus que creen que una fotografía les roba una parte del alma).

[singlepic id=2495 w=415 float=center] Ella posó después de que le compramos frutas y pagamos “un solcito de más”. Pero fue la única que aceptó.

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Sin embargo, por más que Huaraz no me haya encantado demasiado, le perdono todo por la vista de las montañas nevadas que tiene de fondo.

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Qué es el soroche y cómo evitarlo:

El soroche, mal de altura, mal de montaña o apunamiento se produce por la falta de adaptación del organismo a la hipoxia —falta de oxígeno— de la altitud. Generalmente ocurre desde los 2400 metros y los síntomas típicos son mareos, cefalea (dolor de cabeza), vértigo, náuseas y vómitos, falta de apetito, agotamiento físico, dificultad para respirar y trastornos del sueño (insomnio o somnoliencia). Lo mejor es aclimatarse a la altura de a poco, con mucha hidratación (4 o 5 litros de agua por día) y una dieta rica en hidratos de carbono, y no subir más de 300 metros por día.

Pero si eso no funciona, estos son algunos consejos que me dieron amigos y conocidos:

  • Tomar infusiones de coca, mascar las hojas o comer caramelos de coca.
  • Comer caramelos de limón y chocolate.
  • Tomar Gatorade para reponer sales.
  • Tomar una Sorojchi Pill cada 8 horas (a mí me sirvió).
  • Tomar un diurético como Diamox (Acetazolamida) de 125-250 mg cada 8-12 horas durante 4-7 días.
  • Y si nada funciona, hacer como el dicho boliviano: “Andar despacito, comer poquito y dormir solito”.

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[box border=”full”] Información útil para visitar Huaraz:

  • Cambio dólar-sol: 1 USD = 2.70 soles (septiembre de 2011)
  • Bus Lima – Huaraz: entre 30 y 50 soles (son 8 horas de viaje y el precio depende de la empresa y del tipo de asiento)
  • Hostel: 20 soles la noche con desayuno (en un dormitorio compartido)
  • Comida: menúes desde 3 soles (entrada, plato principal y bebida), pollo a la brasa con papas y ensalada 6 soles. En Huaraz hay muchos lugares para comer comida Chifa (fusión de comida china-peruana).
  • Botella de agua de medio litro: 1 sol.
  • Sorojchi pills: 1.80 soles cada una (son de venta libre y se consiguen en cualquier farmacia de la ciudad).
  • Taxi: desde 3 soles (siempre arreglar el precio antes de subirse).

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En los próximos posts se vienen los fotorrelatos del Día 2 y el Día 3: el recorrido por el Callejón, los nevados, las lagunas, los glaciares… 

El ceviche y los recuerdos

Cuando nos trajeron el plato de ceviche a la mesa quedé hipnotizada, no me animaba a empezarlo por miedo a que se terminara demasiado rápido. Apenas probé el primer bocado de lenguado con camote recordé cuánto me gustaba esta comida; y, en menos de un segundo, me transporté al 2008.

Me acordé de la vez que Vicky, mi amiga y compañera de viajes argentina, me quiso hacer probar el ceviche en Arequipa (Perú) y no me animé (me daba un poco de nosequé que fuera pescado crudo). En aquella época (principios de mi viaje, 2008), todavía no me animaba a probar tantas comidas nuevas.

Me acordé, también, de la vez que Fabricio, un amigo peruano, me llevó a comer ceviche por primera vez. Fuimos a uno de los lugares más emblemáticos de Lima (“El verídico de Fidel”), cerca del estadio de Alianza Lima. Fidel, el dueño de aquel restaurante, había empezado su “carrera” de cevichero vendiendo ceviche a los futbolistas en un carrito a la salida del estadio; con el tiempo su puestito se hizo tan popular que terminó poniendo un restaurante (considerado uno de los mejores de Lima). Ahí, el plato de ceviche cuesta alrededor de 30 soles (11 dólares).

Me acordé, además, de la vez que Mirla, la hermana de Fabricio, me compró una bandejita de ceviche en el Puente Atocongo por 2 soles (menos de un dólar) y lo comimos en la combi camino a Punta Negra. Según mi amiga Olga, comer un ceviche en ese puente es como comprarse un choripán de dudosa procedencia por 2 pesos debajo de alguna autopista. Estaba buenísimo.

También me transporté a Singapur: hace unos meses me alojé en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés, junto con un boliviano, un peruano, un colombiano y dos mexicanos. Kuni preparó, en nuestro honor, una cena latinoamericana: había empanadas, lomo saltado y… ceviche. Fue lo más cerca de Perú (y de América latina) que estuve en Asia.

Y me acordé de la última vez que lo comí, en el 2009, en un restaurante peruano en Buenos Aires.

Cebiche en Singapur preparado por Jennifer, una couchsurfer de Singapur

La cena latina en Singapur

La primera vez que viajé a Perú no sabía muy bien qué era el ceviche (aunque después de probarlo, juro que jamás lo olvidé). Como algunos restaurantes ofrecían ceviche, otros cebiche y algunos hasta “seviche”, pensé que cada nombre correspondía a una forma diferente de preparar el plato. Después descubrí que así como no existe una única receta, tampoco hay diferencia entre escribirlo con B y con V.

¿Por qué se llama “ceviche”? Algunos creen que el término “ceviche” proviene de Sea Beach, que era la expresión utilizada por los marineros ingleses para pedir este plato en los puertos peruanos; hay quienes aseguran que esta palabra tiene su origen en el término árabe sibesh y otros dicen que proviene de la palabra quechua siwichi, que significa pescado fresco o tierno. Tal vez alguno de mis amigos/lectores peruanos pueda orientarme al respecto. :)

¿Cuáles son sus ingredientes? Pescado fresco crudo (generalmente se hace con lenguado), limón, cebolla roja, ají, ajo y sal. Para prepararlo, los ingredientes se mezclan y se dejan marinar en el limón; luego a eso se le puede agregar mariscos, choclo, papa, camote, pulpo o cualquier acompañamiento a gusto. Es el plato nacional de Perú; un orgullo tan grande que fue nombrado Patrimonio Cultural de la Nación.

Y, confieso, es uno de mis platos preferidos en el mundo…  

Con canchita serrana (un tipo de choclo seco y frito) para acompañar

“Ani, ¡estás como en limbo!”, me dijo Olga mientras comía el ceviche en estado de éxtasis.

 Y sí, es increíble cómo un sabor puede traerme tantos recuerdos.

Volver a Lima: con una Inca Kola por la Calle de la Soledad

Estoy en Lima (Perú). 

(y me tomo una Inca Kola)

No creo que les sorprenda… ¿o sí?

Este es uno de los pocos “viajecitos” (cortito, en comparación con los otros) que planeé con bastante anticipación y que no surgió “porque sí” o “de la nada”, aunque ahora les parezca que sí. ¿Por qué vine a Perú?, se preguntarán. Fue así.

En el 2008 viajé nueve meses de mochilera por América latina. En ese viaje (y en otros anteriores y posteriores) hice algunos tramos en avión y junté varias millas (las millas son esos “puntos” que sumamos con determinadas aerolíneas cada vez que tomamos algún vuelo). Antes de volver de Asia revisé el estado de mis millas y me di cuenta de que se me vencían en septiembre de 2011, así que decidí canjearlas por un pasaje a algún destino de América latina para hacer un “viaje relámpago” cuando volviera a Argentina. Cuando miré la lista de países posibles y me pregunté ¿a dónde voy?, la respuesta fue inmediata: Perú.

Tengo varias razones, entre ellas las dos más importantes: Olga y Mirla, mis dos queridísimas amigas peruanas. Bueno, en realidad tengo tres razones: Mirla tuvo a su primer hijo hace unos meses y yo le prometí que vendría a visitarla en cuanto pudiera para conocerlo (así que próximamente verán fotos del bebé).

Mirla y yo en Punta Negra, su pueblo natal en las afueras de Lima, en el 2008

A Mirla la conocí en el 2008, cuando estuve en Lima por primera vez; yo me estaba alojando en el mismo hostel que su novio, y ella ofreció alojarme en su casa durante el tiempo que estuviera en la ciudad. A Olga la conocí a través de Mirla la segunda vez que vine a Lima, casi al final de mi viaje, cuando ya me estaba por volver a Buenos Aires. Me pasó lo mismo con las dos: nos hicimos muy buenas amigas apenas nos conocimos. Al año siguiente, ambas viajaron a Buenos Aires para visitarme y se quedaron en casa durante unas semanas. Así que cuando decidí cambiar las millas por un pasaje a algún destino, todos los caminos me apuntaban a Perú.

Foto que le saqué a Olga cuando fuimos al Tigre en el 2009, en su viaje a Buenos Aires

Además de la amistad, Lima tiene otras razones por las que es una ciudad muy especial para mí. Hay muchos viajeros a los que no les gusta Lima; a mí, en cambio, me encantó desde el principio. No sé qué habrá sido: las combis y sus cobradores, los puestos de ceviche, los hostels con viajeros de todas partes del mundo, Polvos Azules y su colección inmensa de dvds truchos, el encanto de Miraflores y Barranco, el océano Pacífico que bordea la ciudad… Tuve una conexión muy especial con la ciudad y me terminé quedando mucho más de lo que pensaba.

Pero Lima, sobre todo, fue el primer lugar donde empecé a viajar realmente sola. El primer mes y medio de mi viaje por América latina lo hice con mi amiga Vicky y, más tarde, con Vero, Flor y Pau, tres argentinas que conocimos en el camino y con las que también nos hicimos muy buenas amigas. Después de pasar por Cusco y Huacachina, viajamos las cinco juntas a Lima y, de casualidad, todas tenían el vuelo de regreso a Buenos Aires para el mismo día. Entonces, el día que se fueron dejé de ser una “viajera grupal” y me convertí en una “viajera solitaria”. Lima fue el punto de partida de la segunda parte de mi viaje por América latina: la parte en la que tenía que viajar sola con mi mochila y mi alma. En Lima junté coraje (aunque me tomó un tiempito) y me lancé sola a la aventura de seguir descubriendo el continente. Lima me impulsó a seguir caminando hacia el norte.

Pasé de viajar con amigas…

… a viajar completamente sola.

Por todo eso, volví. Y me siento muy feliz de estar acá otra vez.

Hoy (llegué anoche), salí a caminar con Olga por el centro histórico de la ciudad y saqué algunas fotos, entre ellas la del cartel de una calle llamada “Calle de la Soledad”. No sé por qué le saqué la foto a esa calle, fue un acto totalmente espontáneo. Más tarde, cuando me puse a mirar las fotos que había sacado, me di cuenta de que casi todas caían bajo un mismo concepto: justamente, la soledad.

Y ahí fue cuando me acordé: claro, en Lima fue donde empecé a viajar sola. Es lógico, entonces, que inconscientemente mire a esta ciudad con los ojos de la soledad.


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