Desafío Islandia (2): Meter todo en una sola mochila y no perder el avión

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Foto al costado de una ruta islandesa

Encontrar un pasaje barato (no baratísimo, sino razonable) de Europa a Islandia no fue fácil. Lau y yo pasamos horas por Skype mirando vuelos que salieran de España, de Francia y de Inglaterra y nos dimos cuenta de que si bien lo más barato era volar desde Londres, llegar a la capital inglesa desde Barcelona en poco tiempo no iba a ser de lo más fácil ni económico (hay que cruzar por agua sí o sí y eso iba a encarecernos el recorrido previo). Cuando por fin encontramos un pasaje a buen precio desde París nos dimos cuenta de que, al ser una aerolínea de bajo costo, lo que nos ahorrábamos por un lado tendríamos que pagarlo por otro. En las condiciones del vuelo decía que podíamos llevar una mochila de mano (bastante chiquita) cada una y que despachar (facturar) equipaje nos costaría sesenta euros más (€ 30 de ida y € 30 de vuelta por persona). Nos pareció mucho, pero no queríamos perdernos ese vuelo, así que lo compramos, no pagamos el extra del equipaje y dejamos ese problema para más adelante. Obviamos la advertencia (“si lo pagás online ahora te va a salir más barato que pagarlo en el aeropuerto al hacer el check-in”) y nos olvidamos del asunto.

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Llegamos a París a dedo y nos fuimos a pasear…

Unos días antes de volar nos dimos cuenta de que si no queríamos pagar una fortuna por despachar las mochilas tendríamos que achicar y guardar todo (las cosas de Lau y mis cosas) en una sola mochila. Así, por lo menos, gastaríamos treinta euros cada una en vez de sesenta. ¿Lograríamos meter una carpa (bastante grande), dos bolsas de dormir, un aislante, la ropa de abrigo, zapatillas, shampú y algún que otro extra en una mochila de 50 litros? Estaba difícil. Islandia ya nos desafiaba a lo lejos.

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En esta mochila debía ir todo.

Llegamos a París un martes a la noche y nuestro avión salió el miércoles a las 10.05 de la noche. Si tuviese un diario íntimo, hubiese escrito una cronología más o menos así.

Miércoles 21 de mayo: hoy nos vamos a Islandia (corazón corazón corazón)

9.00 am: Me despierta un ruido fuertísimo. ¿Qué está pasando, de dónde viene eso? Anoche me acosté a las cuatro de la mañana porque me quedé resolviendo problemas técnicos del blog, necesito descansar. Estamos en la casa de Bruno, un amigo brasilero que nos ofreció alojamiento mientras él está en Brasil. Salto de la cama, muy dormida, abro la cortina y veo que del lado de afuera me mira un señor con bigote y un taladro. No sé qué decirle. Cierro la cortina, vuelvo a dormir.

11.30 am: Nos despertamos. Estamos agotadas por los dos días de viaje a dedo. Me pongo a limpiar y ordenar la casa. Lavo los platos, despejo la mesa para pasarle un trapo y tengo la brillante idea de poner los dos individuales (los mantelitos, de plástico) parados contra la pared, cerca de las hornallas. Los dejo ahí porque no encuentro otro hueco. Ya los saco, pienso. Me olvido.

11.45 am: Golpean la ventana. Es el señor del taladro, necesita pasar a la casa para hacer un arreglo. Le explicamos (en una mezcla de español, portugués, italiano y un escasísimo francés) que no somos las dueñas y que no podemos dejarlo pasar. Nos dice que no hay problema, que vuelve en unos días, y repite la palabra burako burako mientras señala el hueco en el que estuvo trabajando esta mañana.

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Mientras tanto, París nos espera…

12.00 pm: Lau se pone a preparar el desayuno. Mete pan en la tostadora y salta la térmica, así que prende una hornalla y lo calienta en la sartén.

12.04 pm: Escucho un grito de ¡ay no! Voy a la cocina a ver qué pasó. Se derritieron los individuales (los que puse contra la pared, que encima eran de plástico). Entre las dos no hacemos una. (Perdón Bruno, ¡perdón!)

12.30 pm: Objetivo: armar la mochila (nótese: “la” y no “las”) y salir a pasear un rato por París. Bien, empieza el desafío. Qué llevar, qué dejar. Mi mochila no es muy espaciosa y ya con las dos bolsas de dormir está casi llena. Empezamos a dejar cosas: ropa de verano chau, libros chau, zapatillas chau. Metemos todo. Entra, pero nos queda la carpa afuera (es bastante grandecita) y mi mochila no tiene correas para atarla. Ya veremos cómo hacemos.

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El paquete negro es la carpa. Las dos bolsas de supermercado tienen comida.

1.55 pm: Nos fijamos en internet cuánto se tarda en llegar al aeropuerto para calcular a qué hora tenemos que salir. La aplicación del metro dice que llegamos en 25 minutos, en un foro dice que por lo menos 45 minutos. “Bueno, será media hora, con salir de acá a las seis y media de la tarde estamos bien.”

2 a 5.30 pm: Caminamos por París. Tomamos el metro hasta la Torre Eiffel y volvemos bordeando el Sena. Pasamos por Notre Dame, por el puente de los candados, por el barrio latino. Me siguen encantando las construcciones, algunas me recuerdan mucho a Buenos Aires, me gustan mucho las chimeneas parisinas. Quiero comer macarrons, son mi nueva adicción junto con el mazapán. Necesito que Lau los pruebe para que me diga si son tan ricos como pienso (a ella no le gusta el mazapán. No entiende nada). Busco el lugar que vende unos muy frescos y baratos, ni me acuerdo dónde queda, pero mi instinto de gorda me lleva hasta esa esquina. Compramos una bolsita y cuando estamos por emprender el regreso a la casa se larga a llover. No hubo aviso: alguien le dio play a la lluvia y empezaron a caer proyectiles de agua del cielo. Nos refugiamos en el techito de afuera de una patisserie tunecina, nos sentamos en la vereda y comemos macarrons mirando la lluvia. Es linda París con lluvia, pienso. Creo que me gusta más que la otra vez que vine. O, mirándolo en retrospectiva, no la pasé taaan mal, es que estaba en un mal momento y eso afecta mucho la experiencia. Ahora me doy cuenta de que hice y vi un montón de cosas, pero me sentía sola y perdida y eso no me permitió disfrutar del todo. Esta vez es distinto. O quizá cuando sabés que sólo tenés diez minutos para estar en París lo ves todo más lindo.

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Macarrons, París y lluvia

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Tengo miedo que el puente se caiga con tantos candados.

5.35 pm: Hablando de diez minutos, tenemos que volver ya a la casa y con esta lluvia imposible caminar. Me empieza a dar un poco de ansiedad pensar en todo lo que tenemos que hacer antes de ir al aeropuerto. Armamos una lista mental de tareas: ordenar la casa, sacar la basura, cerrar la mochila y engancharle la carpa en alguna parte, preparar sandwiches para el camino, decidir qué hacemos con los fideos que sobraron de anoche, guardar la ropa que dejamos secando. Pero primero lo primero: tenemos que comprar dos individuales para reponerle a Bruno. Nos confiamos: seguro que en el supermercado que está a una cuadra de la casa hay.

6 a 6.30 pm: Buscando individuales por París. Es la ley de Murphy: cuando buscás algo no lo encontrás (y después aparecen por todas partes). No puede ser que en este súper no haya algo tan básico como mantelitos individuales. Damos una vuelta por el barrio y nada. Ya estamos en cuenta regresiva, tenemos que ir al aeropuerto urgente, si llega a haber algún percance más perdemos el avión.

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6.30 a 7.15 pm: Volvemos a la casa y hacemos todo lo que quedó pendiente a toda velocidad. Le dejo una nota a Bruno explicándole la situación (te los reponemos a la vuelta, te lo prometo). Cerramos mochila sacamos basura pasamos escoba calentamos fideos juntamos todo salimos cerramos puerta nos vamos.

7.30 pm: Viajamos al aeropuerto. Tenemos que combinar metro con RER (tren). Nos damos cuenta de que vamos a tardar más de lo que pensamos. Ya está, no podemos hacer nada. Cuando estás en medio de una historia sabés que puede tener varios desenlaces y que todos son igual de posibles: o perdemos el avión o esta noche estamos en Islandia. Sacamos los fideos (siguen calentitos) y cenamos en el tren con un tenedor de plástico. Nos bajamos en la parada de la Terminal 1 y vamos corriendo hacia la Terminal 3. El reloj sigue en su cuenta regresiva, el check-in cierra en un rato.

8.45 pm: Llegamos al check-in. Lo primero que nos pregunta la del mostrador es si tenemos visa para Islandia. Por un segundo dejamos de respirar. ¿Visa? Pero no necesitamos… ¿A qué van? Turismo. Ah, está bien. Llega el momento de despachar la mochila, nos da miedo pensar cuánto nos van a cobrar, pero ya está (hoy con el apuro nos olvidamos de hacer el trámite del equipaje vía web, así que estamos a merced de lo que nos quiera cobrar la aerolínea, que seguro va a ser más de treinta euros). Ponemos la mochila en la balanza, nos pregunta si sólo queremos facturar una, le decimos que sí, le pone la cintita y la manda para adentro. No nos cobra nada. ¿Qué onda? ¿Habremos leído mal las condiciones del vuelo? ¿Nos cobrarán al retirarlo? ¿Nos retendrán el equipaje por morosas?

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9.50 pm: Nos subimos al avión y caemos en la cuenta de lo que estamos por hacer: Nos vamos a Islandia. ¡Islandia! Cerca de Groenlandia, a mitad de camino del continente americano, ¡a Islandia! ¿Qué nos esperará allá? Silencio, poca gente, paisajes inmensos… ¿Habrá gatos en Islandia?

10.05 pm: Despegamos. Recién ahora me acuerdo de lo poco que me gusta volar y del miedo que me da estar tan arriba. El despegue no es bueno, afuera hay tormenta, el avión está haciendo ruidos raros y se mueve mucho. De repente agarra un pozo de aire (o lo que sea) y baja de golpe. Hay mucha turbulencia. Me pongo mal, me quiero bajar, no quiero estar acá, nos vamos a morir todos. Lau me agarra la mano y me habla durante todo el viaje para que me distraiga.

10.10 pm a 1.05 am: Volamos durante tres horas. El avión se estabiliza y se me pasa el miedo. Miro por la ventana: salimos de noche pero a medida que avanzamos se va haciendo de día. Pienso: la geografía de Islandia no puede no afectar a sus habitantes. La geografía de cualquier lugar no puede no afectarnos. ¿Cómo será vivir tan lejos, tener períodos tan largos de oscuridad, tener un sol que brilla 24 horas seguidas, ser una isla cerca del Ártico?

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Esta iglesia es el punto más alto de Reyjkavík

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Primeras casitas islandesas

1.05 pm: Aterrizamos en Reykjavík a las 11.05 pm hora local. El cielo sigue claro. Por ir en busca del bus más barato (que a esa hora ya no sale) perdemos el último transporte al centro de la ciudad. El taxi cuesta €100. Terminamos haciendo dedo y viajamos en una combi con el piloto y las azafatas del vuelo que acaba de llegar de Boston. Llegamos a la casa de nuestra couch como a las dos de la mañana y afuera sigue siendo de día. Islandia nos recibió mejor de lo que esperábamos.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 1: llegar a París a dedo en dos días ya está en el blog de Lau. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.

Cosas que podés encontrarte en las calles de París

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París no es como me la imaginaba, y es difícil no imaginarse cosas de París: la torre Eiffel, los cafés y croissants, las callecitas empedradas, los gatos en los techos, artistas callejeros, franceses andando en motitos con baguettes bajo el brazo (nah), romanticismo por todas partes, escritores en los bares, música saliendo de las ventanas, la bohemia, la noche…

La capital francesa debe ser una de las ciudades más representadas por el cine, la fotografía, la literatura, la poesía y la música, y por ende, una de las más metidas en la cabeza de cualquiera que esté en contacto con estas expresiones artísticas.

Pero ningún lugar es tal como lo pintan, al menos no para mí.

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Viajé a París directo de Barcelona en el tren de alta velocidad: casi siete horas de una modernidad y puntualidad un poco apabullante para una chica que no está acostumbrada a que todo funcione tan bien.

Pensaba empezar el recorrido por el sur de Francia e ir subiendo a la capital de a poco, pero no (esto de intentar hacer planes me parece cada vez más difícil).

Unos días antes de salir de España, Dani (un amigo filipino que vivía en París y al que no veía hacía tres años) me dijo que el domingo se mudaba a Milán así que decidí cambiar el itinerario para venir a verlo: me parece que reencontrarnos con nuestros amigos es una gran razón para viajar.

Dos horas y media antes de llegar, dijeron por el altoparlante: “Señores pasajeros, el tren se dirige a París sin escalas”, y fue difícil no sonreír:

— Mi primera vez en París…

Mientras tanto, mi compañero de asiento (francés) le dibujaba un bigote a la modelo de una revista. ¿Por qué tenemos ese afán de poner bigotes en todas partes?

El tren llegó híper puntual a la estación Gare de Lyon y recién cuando estuve ahí, a las once de la noche, me di cuenta de que me esperaba un panorama muy distinto al que me había imaginado.

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Dani me avisó a último momento que no podía ir a buscarme y me mandó un sms con las instrucciones para llegar a la casa del chico que me alojaría las primeras noches.

Salí de la estación y en vez de aparecer en medio de una calle con farolitos y música de acordeón, salí a una zona medio oscura con poca gente.

Se me acercó un hombre y me dijo:

— Miss… Miss… y, cuando lo miré, largó un:

— whassup… (moviendo levemente el mentón hacia arriba, con ese tono de no vas a poder resistirte, nena, vamos a tomar algo).

Sí, estaba en París, pero para mí seguía siendo una ciudad desconocida de noche y yo estaba sola, desorientada y sin conocimientos de francés.

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Fui en busca del metro y lo primero que pensé al ver el plano de las estaciones fue aaaaaaaaa.

El mapa más complicado del mundo. Me costó muchísimo definir el recorrido que tenía que hacer y me pareció imposible recordar los nombres de las estaciones en las que tenía que combinar. Me acerqué a una de las máquinas con la intención de comprar un pase de diez viajes (que es más barato que comprar los diez por separado), pagué y la máquina me devolvió diez papelitos.

Pensé:

— esto debe ser un error, ¿dónde está mi pase? ¿Por qué me dio tantos boletos en vez de uno? Seguro que compré mal…

Después entendí que no, que el metro te da diez papelitos en vez de uno que valga por diez y que los boletos usados están tirados por todas partes y son un ícono tan parisino como los croissants.

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Llegué a lo de mi anfitrión y me fui a dormir sintiéndome mal de la panza.

Fin de la primera escena.

Los dos días siguientes estuve enferma (no sé de qué, pero sospecho que fue un ataque al hígado) así que no comí y casi no me moví de la cama. Cuando por fin me recuperé salí a caminar y ahí empezaron a pasar cosas.

Tantas, que no sé ni cómo ordenarlas.

Así que estas son las primerísimas primeras impresiones de mis pocos días en una ciudad que me parece será imposible conocer del todo en una sola vida.

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 *

París no es como me la imaginaba: es más grande.

Quienes viven acá hace tiempo dicen que es chica, pero para mí todo es relativo y cada cual ve las cosas según sus expectativas y parámetros.

Caminar de un punto a otro del mapa no es tan rápido (ni tan fácil) como en, por ejemplo, Barcelona (ya sé, no soy parcial, amo Barcelona por siempre).

Me la paso caminando y me la paso perdida: las calles no son rectas sino más bien laberínticas y nunca tengo idea para qué lado está el río.

(Nota: escribí esto apenas llegué; hoy, unos días más tarde, ya me oriento un poquitito más).

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París es muy callejera: hay gente por todas partes, o por lo menos a mí me tocó verla así, porque apenas llegué salió el sol y la gente tomó las plazas para hacer picnics y todos los espacios públicos para sentarse a leer, fumar o charlar. A eso hay que sumarle los turistas, que siempre están en stock o esperando en el banco de suplentes para salir y reemplazar a los que se van (suelen agruparse en zonas específicas como la base de la Torre Eiffel, el Louvre, el barrio latino y ciertos puentes del Sena).

Todavía es invierno pero está haciendo casi 20 grados todos los días y hay un sol, según los que viven acá, inaudito para esta época.

El cielo parisino, el que yo conocí hasta ahora, es bien celeste. Durante los últimos meses, al parecer, lo único que vieron caer del cielo fue agua.

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París tiene una paleta de colores bastante homogénea: la ciudad es marrón, las construcciones son marrones, el río es marrón, la torre Eiffel es marrón, los puentes son marrones, los árboles siguen marrones.

Vista desde arriba, es más bien azul (por sus techos). Lo que no quiere decir que no haya color: lo hay, pero se lo da la ropa de la gente, la decoración de los cafés, las flores (aunque todavía no hay muchas), los graffitis, las lucecitas colgadas, la gente en sí.

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En París pasa de todo a todo momento: hay una sobredosis de información, de estímulos, de cosas para ver-hacer-probar-visitar-comer-conocer. Tengo una lista interminable de lugares recomendados y no vi ni un tercio. Tengo un montón de actividades sugeridas que sospecho no llegaré a concretar. Tengo decenas de muestras de arte anotadas en mi libreta y quizá termine viendo fotos por internet.

Pero creo que, hasta ahora, lo que más me gusta de París son todas las cosas que uno puede encontrarse por la calle si se dedica a caminar sin demasiado rumbo: los franceses le dicen flâner: pasear para disfrutar de la ciudad, para vivirla.

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*

La primera vez que vi París a través de una pantalla tenía pocos años. Fue cuando mi papá me regaló el VHS del cortometraje Le Ballon Rouge (“El globo rojo”; si no lo vieron, se los recomiendo): la historia (casi sin diálogo) de un nene parisino y su globo rojo. Ese día me enamoré de los globos, del rojo y de las callecitas de París: esa fue la imagen romántica de la ciudad que me quedó en la cabeza durante veintitantos años.

Nunca me puse a pensar que el corto era de 1956 y que París ya había cambiado.

Llegué a la ciudad soñando encontrar un globo rojo grandote y, cuando iba camino a la fiesta de despedida de Dani, me encontré un globo verde en la vereda y lo levanté.

Cuando llegué al departamento, Dani tenía puestas unas orejas de conejo; le regalé el globo y se lo puso de cola. Nada que ver con mi imagen idílica de los globos en París, pero mejor imposible.

 

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Pasé unos días en la casa de Rocío, una argentina que está trabajando en París, y un sábado nos fuimos a pasear con sus amigas.

¿Vieron los patitos de goma? Bueno, yo me encontré un tiburoncito de goma. Lo agarré, lo miré y me pareció algo tan fuera de contexto que lo dejé encallado en una maceta para que lo encontrara algún nene.

Llegamos al Palais Royal, cerca del Louvre, y nos encontramos con decenas de rayuelas de colores: era el homenaje de una artista argentina llamada Marta Minujín y de la Ciudad de Buenos Aires a Julio Cortázar y a su libro “Rayuela”.

Nos pusimos a jugar y al rato apareció Marta en persona (y a todas se nos activó el modo cholulo y nos sacamos fotos con ella).

Y fue como si ese encuentro hubiese abierto una olla de la que empezaron a salir personajes parisinos de todo tipo.

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Una mañana se me ocurrió ir a pasear al cementerio de Père Lachaise (que acá también es un atractivo turístico) para visitar las tumbas de Jim Morrison, Edith Piaf y Oscar Wilde, entre otros. Caminé tranquila, siguiendo un mapa y disfrutando del día. Estar frente a las tumbas de famosos no me generó demasiado: esas personas no están ahí sino en sus creaciones, en su arte, en su música, en sus libros.

Después de pasar más de una hora caminando (es un cementerio grande), salir al mundo y ver todo tan vivo fue un poco abrumador.

Me bajé del metro en una estación al tuntún y me puse a caminar: aparecí en una zona de inmigrantes con peluquerías, puestos de comida de Medio Oriente, tiendas de teléfonos celulares y muchos tipos reunidos en las esquinas. Seguí caminando, no tengo idea por dónde, y me encontré con esta declaración: l’amour est mort (“el amor está muerto”). ¿Te parece? Yo creo que está tan vivo como siempre. (Ya que estamos, les recomiendo esta charla TED, para que vean que lo que sentimos es lo más universal del mundo).

 

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Con esa frase resonando en la cabeza seguí caminando y llegué a Les Halles.

Me paré frente a la vidriera de una pâtisserie y me puse a mirar los animalitos de chocolate (con ganas de comérmelos a todos pero sin esperanzas de comprarme ninguno: 4 euros cada uno y así de chiquitos).

Desde el otro lado de la vidriera, el chico que atendía me hizo señas de que entrara al local:

— Welcome to Paris madame, where are you from?

Le pregunté de qué sabor eran los macarons (unos dulces típicos de acá, que parecen alfajorcitos pero no son y cuestan un euro cada uno) y le pedí uno de chocolate y otro de caramel.

Me dijo:

— Ok, one chocolat, one caramel, one pistacchio, one rose, y puso cuatro en la bolsita. Le dije, por las dudas:

— Just two… (solo dos), y me respondió:

— Yes, two from you, two from me (“Dos de tu parte, dos de mi parte”).

Mientras me cobraba me preguntó cómo me llamaba y yo me reí pensando esto es demasiado, seguro que se lo hace a todas y salí sonriendo.

Tal vez por algo París tiene tantos clichés de amor a su alrededor.

 

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Caminé hacia el río y escuché una música de trompetas. Cuando me acerqué me encontré con 20 chicos y chicas vestidos de naranja tocando “Can’t take my eyes off of you” con instrumentos de viento y me instalé durante una hora a escucharlos con Notre Dame de fondo.

Cada vez más motivos para decir que París me parece cada día más linda.

El señor que tenía sentado al lado me dijo (así de la nada) que era iraní y que durante la guerra en su país nunca había sentido esta felicidad estando en la calle.

Y así, al parecer, se dan los diálogos en estas ciudad (¡y cuántos me habré perdido por no hablar francés!).

 

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Si caminás por París sin rumbo podés encontrarte librerías, tienditas de cosas lindas, panaderías, artistas callejeros y un montón de cafés con las mesas orientadas hacia el mismo lado: vas a ver que los parisinos se sientan mirando hacia la calle y no mirándose entre ellos.

Es que (y me lo dijo una parisina) mirar a la gente es uno de los pasatiempos favoritos de la ciudad.

 

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Si caminás por París vas a encontrarte, quieras o no, con la Torre Eiffel y puede que te pase como a mí y pienses:

— ah, ahí está la Torre, ya la vi tantas veces… ¿será la real?

Tal vez si no fuese tan parte de la cultura popular mundial, mi reacción al verla hubiese sido ohpordios qué es esa belleza, pero ya la tengo tan sabida de memoria que por un momento creí que estaba viendo una postal que alguien me había mandado desde Francia.

Tal vez no entienda nada de nada, puede ser.

 

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Si caminás por París llega un momento en el que te das cuenta de que por más que la camines y la camines siempre va a haber algo más para ver.

Cada cinco o diez minutos, además, te encontrás con una escalera que te invita a bajar: es la entrada a una de las 303 estaciones del metro.

Y cuando empezás a pensar que ya era suficiente con la París de arriba vas a ver que  hay otra París que se despliega bajo tierra, y en ese mundo subterráneo también pasa de todo.

*

[box border=”full”]Info útil para visitar París:

  • París es una ciudad cara (por lo menos comparada con España, que es lo que conozco hasta ahora), así que vayan mentalizados
  • Transporte: El metro va a todas partes y es el medio de transporte más cómodo para moverse por la ciudad. Les recomiendo comprar 10 boletos juntos por €13,70 (es más barato que comprarlos por separado). Por último podés usar el sistema Velib de bicicletas (se necesita una tarjeta de crédito con chip para poder usarlo): yo no lo probé, pero me dijeron que la primera media hora es gratis y después cuesta €1.70 la hora (hay planes mensuales y anuales)
  • Comida: un sandwich para llevar cuesta unos €5 (en promedio), una botella de agua €1.80, un almuerzo €10/12. En todos los restaurantes ponen una botella de agua de la canilla (grifo) gratis. Un café con leche cuesta entre €2.50 y 3; un croissant o un macaron €1; un vaso de cerveza empieza en €3.50 (y puede llegar a costar €7)
  • Qué ver y hacer: París es ideal para caminar (eso me la pasé haciendo) y para sentarse en las mesitas al aire libre y mirar a la gente pasar. Si les gustan las librerías, les recomiendo Shakespeare and Co. (¡vayan con tiempo!). Si les gusta el arte, algunos de los museos más famosos del mundo están en París, como el Louvre (entrada €13), el Musee D’Orsay (€11) o el Pompidou (€13), entre muchos otros. Y si quieren ir a la Torre Eiffel y subir sin hacer fila, pueden comprar las entradas por adelantado a través de ParisCityVision
  • El AVE (tren de alta velocidad) de Barcelona a París tarda casi 7 horas y cuesta unos €59. Yo estoy viajando con el pase de trenes de Eurail que sirve para moverse por toda Europa y se puede comprar antes de viajar
  • Todavía no viajé por Francia, pero me dijeron que también se usa mucho el sistema de carpooling (autos compartidos). El blablacar francés se llama Covoiturage. [/box]
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