Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.

Lluvia de Brujas

Querida Maru:

Últimamente me la paso caminando varias horas por día.

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Es mi manera de meditar.

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Caminar sola hace que piense mucho y hable poco (o nada, porque sola todavía no hablo, aunque muchas veces hablo con vos, ya sabés…).

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Cuando llegué a Brujas llovía.

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Por suerte tenía paraguas, aunque fue muy incómodo agarrar el paraguas y sacar fotos a la vez.

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Se me congelaron las manos. Me pasa siempre cuando sopla un viento frío. También vi a una monja en una ventana.

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Además el lente se me llenó de gotitas y muchas fotos salieron manchadas, como fantasmagóricas.

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Pero cuando vi el primer puente sobre el canal me olvidé de todo.

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“A mal tiempo, buena cara”, dice el proverbio (¿cliché?).

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Brujas también es un cliché turístico (si vas a Bélgica no podés NO ir a Brujas), pero un cliché encantador.

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Está todo muy ordenado, muy preparado para el visitante.

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A mí me encantó. Sé que a vos también te gustaría.

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La caminé con un mapa en la mano (otra cosa que tenía que agarrar: paraguas + cámara + mapa) porque no quería dejar de ver nada.

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Aunque esa es una idea ridícula: no se puede ver “todo”.

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Para ver todo tendría que golpear puerta por puerta, casa por casa, y preguntar si puedo pasar a darle una miradita al living.

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Y aún así, me estaría perdiendo tantas cosas.

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¿Es posible conocer una ciudad en su totalidad?

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No creo. Debe ser como querer conocer a una persona en su totalidad, y yo no puedo ni conmigo misma.

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A la tarde salió el sol.

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Mi mapa quedó medio desarmado por el agua, así que lo dejé por un rato.

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(Ya sé que me gusta decir que hay que viajar sin mapa y todo eso, pero en Bélgica encontré una colección de mapas hechos por gente local y con tips muy buenos de cada lugar, así que digamos que estuve caminando con un mapa alternativo).

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Gracias a mi mapa llegué a los molinos. Me encantaron. Me quedé un rato largo mirándolos.

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Gatos no encontré.

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Comprobé lo de siempre: te salís un poco del centro turístico y el lugar cambia. Me acordé de cuando fuimos a Ranchos y estaba todo vacío.

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Te extraño mucho. ¿No podrás teletransportarte un ratito?

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Las callecitas de Brujas también estaban vacías. ¿Por qué no hay turistas caminando por todas partes? A mí no me daban los pies para todo lo que quería recorrer.

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Con lo linda que es esta ciudad, vale la pena explorar un poco.

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Descubrí que me encanta mirar vidrieras, y acá hay muchas. Como esta.

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También me la pasé cruzando puentes y mirando los frentes de las casas. Me gusta imaginar cómo sería vivir ahí.

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Sería lindo.

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Cuando empezó a bajar el sol me fui caminando hacia la estación de trenes.

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Atravesé un bosquecito y me encontré con este árbol.

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Me encantaron esas ramas. Me acordé de cuando hice ese test vocacional y me pidieron que dibuje tres árboles.

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Uno de ellos fue un palo borracho. Y el otro se salió de los márgenes de la hoja. Me acuerdo de tu risa cuando te lo conté.

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Acá hay un montón de bicis. Creo que no vi ninguna que estuviera atada.

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Y las casitas son divinas.

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Brujas me pareció un lugar mágico. Ojalá algún día lo caminemos juntas.

Un beso desde el otro lado del charco,

A.

Bruselas beatle

“I was alone, I took a ride / I didn’t know what I would find there…”
(Got to get you into my life – The Beatles)

No hablo mucho de ella, pero la música es una gran parte de mis viajes y de mi vida. Me pasa como con los libros y las películas: hay tanto para escuchar (leer) (ver) que me abrumo y siento que no me van a alcanzar los años ni las vidas para conocer todo. Si bien considero que me gusta “de todo un poco” (con una leve inclinación hacia el rock y pop) hay una banda que (sospecho) (sé) va a ser mi preferida siempre y de la que nunca me voy a aburrir: ya se imaginarán cuál. Los empecé a escuchar antes de nacer gracias a mi mamá, que tuvo la suerte de ser adolescente en una de mis décadas preferidas; según me cuentan, una de las primeras canciones que aprendí en inglés (y canté como una desenfrenada durante mis primeros ¿seis? años) fue She loves you yeah yeah YEAAAH!; me vi todas las películas, tengo todos sus discos, me sé todas sus canciones y no puedo resistirme ante cualquier tipo de souvenir o memorabilia beatle; y siento (como nos debe pasar a todos los beatlemaníacos) que sus letras definen mi vida, mis emociones, mis historias. Es como si cantaran para mí (y para cientos de millones más, ya sé, pero una de esas cientos de millones soy yo).

Esta foto la saqué en el museo del juguete de Malasia

Esta foto la saqué en el museo del juguete de Malasia

Más allá de mi amor por los Beatles, siempre viajo con música y tengo momentos (o continentes) para cada género. En América Latina me agarró la onda latina/rock nacional/“música del mundo” y me la pasé con Manu Chao, Amadou et Mariam, Orishas, Calle 13, Zebda, Soda Stereo, Calamaro, Cerati, Charly García, Spinetta, Kevin Johansen, Lisandro Aristimuño, No te va Gustar, Onda Vaga, Ska-p, Bersuit, Dancing Mood, Bob Marley… En Asia (creo que de tanto hablar y pensar en inglés) volví a Pink Floyd, David Bowie, Led Zeppelin, Audioslave, Arctic Monkeys, The Clash, Easy Stars All Stars, The Cure, Muse, The Strokes, Coldplay, Amy Winehouse, Madonna, Guns’n’Roses, Green Day, The Smiths… Cuando vine a España por primera vez empecé a escuchar Muchachito Bombo Inferno, Fito y Fitipaldis, Amparanoia, Macaco, Bebe, Extremoduro y a reescuchar a Sabina, a Serrat… Pero lo cierto es que los Beatles son el único grupo que atraviesa mi vida (y mis viajes) de manera diagonal: están presentes siempre, a veces más (todos los días), a veces menos (quizá no los escucho durante meses), pero cada vez que pongo un tema de ellos es como si lo escuchara por primera vez. Nunca pierden la magia: son como viajar a un lugar que ya conozco y siempre descubrir algo nuevo.

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Estas fotos las saqué en un bar de Rosario (Argentina) que también hace de museo beatle (y ahora no me acuerdo el nombre)

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En general reservo la música para dos momentos: los desplazamientos de un punto a otro (ya sea en bus, tren o avión) y algunas caminatas. Me gusta mucho hacer listas (como “Música para viajar a París en tren”, “Música para viajar por Mendoza en auto”, “Música para volar a Madrid”, “Música de ruta en Laos”) (nunca pude hacer una lista de temas de los Beatles: temo que si pongo los que más me gustan todos juntos voy a tener algún tipo de sobredosis, además me parece imposible elegir mis preferidos) y me encanta combinar lugares con música. A veces dejo que sea por azar y pongo el mp3 en shuffle, a veces pongo una banda con cierta intención (que David Bowie me perdone y sepa que lo amo, pero cada vez que voy en un transporte y no puedo dormir me pongo un disco de él y quedo frita) y a veces salgo a caminar y elijo una banda sonora por intuición. Eso me pasó el primer día que salí a pasear por Bruselas. Miré la lista de artistas, puse el dedo sobre Los Beatles (convencida, sin pensarlo), le di al Shuffle All y me fui a caminar con ellos.

Música para caminar por Bruselas

1.

(Esta fue la primera canción que salió cuando puse Play. Si bien me gustan más otras épocas de los Beatles, es imposible no ponerse de buen humor con estos temas.)

Bruselas me sorprendió. Creo que eso pasa con las ciudades a las que uno va sin expectativas y habiendo escuchado comentarios del tipo: “Bruselas es aburrida” o “la recorrés en un día” o “es una ciudad gubernamental sin nada para ver” o “tomate una cerveza y seguí de largo”. No es como París o Londres (dos ciudades en boca de todos, dos ciudades establecidas en el imaginario popular): yo no había escuchado casi nada de Bruselas y no sabía qué esperar, así que no esperaba nada. Además tampoco planeaba venir para acá (Bélgica era uno de los últimos países de Europa que pensaba visitar), pero estando en París me dije: Si estoy tan cerca, ¿por qué no? De paso puedo ir a Londres y a Amsterdam y quizá a Berlín… Y me vine, y me alegra la decisión. Lo primero que pensé al ver la arquitectura de Bruselas desde el tren fue: “Ah, ¡pero es linda Bruselas!”.

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2.

(El día de la caminata por Bruselas me escuché casi toda la discografía, así que los temas que pongo acá son algunos que me gustan mucho, aunque me resulta muy muy difícil elegir mis temas preferidos: tan difícil como decidir “qué país me gustó más”).

En Europa todo está cerca (por lo menos para mí, que soy de un país de distancias muy largas). Manejás una hora y ya estás en otro país (en Buenos Aires manejás una hora y si es hora pico no avanzaste más de 30 cuadras; imaginen que para llegar hasta la frontera con Bolivia es casi un día por tierra). Si América Latina es como un edificio (por eso de que para recorrerla hay que ir casi siempre hacia arriba o hacia abajo), Europa es un PH (de propiedad horizontal, ya que todo está extendido hacia los costados). Lo que me sorprende es que si bien las distancias son muy cortas, cada país es muy distinto a su vecino. Al menos por ahora no tuve la sensación de que un lugar sea “más de lo mismo” (ya sé que recién empiezo a conocer Europa, pero la variedad me asombra).

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La primera imagen que tuve de la Grand Place, la plaza central de la ciudad

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3.

Estoy empezando a pensar que es mentira eso de que Europa es para recorrer de grande (por eso de que todo lo que hay para ver son museos y arquitectura): puros prejuicios. Europa es una fiesta y vine en el momento ideal de mi vida. Acá pasa de todo. Lo malo es que hay tanto para ver (tantos pueblitos, tantas ciudades), que recorrer Europa es como entrar a uno de esos museos interminables y saber que nunca podrás ver todas las obras: hay que seleccionar. Por eso siento que estas semanas de viaje (porque a mediados/fines de abril tengo que volver a España a presentar mi libro) serán un pantallazo de una parte del continente: acabo de entrar al museo y elegí ver los salones urbanos (es decir, voy a hacer un recorrido de ciudades más que de naturaleza). Más adelante haré un recorrido más exhaustivo país por país.

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4. 

(Me gusta mucho Rubber Soul, no quería poner tantas canciones del mismo disco pero no puedo evitarlo. Puede que este tema esté muy escuchado, pero es uno de esos que nunca me cansa…)

Mi primer día en Bruselas salí de la casa de Barbi (la argentina que me está alojando junto con su novio), caminé una hora hasta el centro de la ciudad (podría haber ido en metro, pero ¿quién me apura?) y lo primero que sentí fue que la capital belga es un lugar muy amigable. París será una diosa, pero es abrumadora y a veces algo antipática: es mucho más grande y cosmopolita de lo que uno cree y tiene más avenidas anchas y construcciones enormes de las que uno espera (aunque me gustó mucho, cada día que estuve ahí un poco más). Bruselas es más tranquila, más abordable, más relajada. Esta es la capital de Europa (es la sede de las instituciones de la Unión Europea), pero el ritmo de vida (por lo menos visto de afuera) me parece tranquilo (si bien me aseguran que el peor tráfico de autos del mundo está en Bruselas. No en India, no en Lima: en Bruselas).

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¿Ven los globos? Son dos: uno amarillo y uno rojo.

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Me encontré un avioncito de papel

 

5.

Las ciudades europeas me encantan: son muy callejeables. En las veredas pasan un montón de cosas (tal vez no al estilo frenético de Asia sino de manera más ordenada, pero pasan). La gente hace picnics, la gente toma vino y cerveza en los parques, la gente se reúne en las escaleras de los edificios públicos y monumentos, la gente hace música en la calle, la gente frena a escuchar, la gente hace skate y anda en bici, la gente camina, la gente sale a correr, la gente pinta paredes, la gente se sienta en las terrazas de los barcitos y disfruta del sol, la gente hace cosas. Y Bruselas no es la excepción.

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6.

No sé mucho de Bruselas más que lo que me cuentan y lo que veo. Es una ciudad de extranjeros (más del 70 por ciento de la población son inmigrantes), casi nadie se queda a vivir definitivamente; la comida típica son las frites (papas fritas), los waffles, el chocolate y la cerveza; hay un bar que tiene el récord guiness por ofrecer 2004 cervezas; se hablan varios idiomas (los oficiales son el francés, el alemán y el holandés o flemish), en Bruselas predomina el francés, pero los nombres de las calles también están en holandés y escuché mucha gente hablando castellano e inglés; el tráfico, al parecer, es de lo peor (aunque el transporte público me pareció muy ordenado). En Bélgica nacieron los Pitufos, Tintín y un montón de cómics, por eso está lleno de murales y de tiendas de cómics. En casi todos lados cobran por usar los baños (unos 30 o 40 centavos de euro) y la cerveza es omnipresente.

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Un plato de fritas

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7.

René Magritte era belga (me declaro culpable de pensar, durante mucho tiempo, que era francés) y acá hay un museo con sus obras que les recomiendo mucho. Si bien cada artista es único y está conformado por toda una historia de vida, el lugar donde nació también influye en su cosmovisión. Mirar sus cuadros me hizo sentir varias cosas: que tengo la imaginación atrofiada (este hombre tenía ideas genialmente sencillas) y que unir cosas cotidianas (que no parecían estar relacionadas) es un don. Me encanta el surrealismo, me encantan las nubes metidas en copas, las montañas con cabeza de águila, los pájaros que crecen como plantas, los relojes con caras. Bruselas también une cosas que no parecen estar relacionadas: estilos arquitectónicos distintos, un estacionamiento con la mejor vista de la ciudad, un nene que hace pis y al que todos los días le cambian la ropa, un Space Invader con la estatua de un perro que hace pis (hay una obsesión con el pis me parece: demasiada cerveza).

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Construcciones antiguas y modernas

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Esta es la vista desde la terraza de un estacionamiento. Vieron a los de South Park, ¿no?

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Vista desde esa misma terraza (si vienen, busquen “Parking 58”)

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Space Invader + estatua de perro que hace pis

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Y con ustedes, el Mannekin Pis, el niño que mea, un emblema de la ciudad…

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Hay gente que compra vajilla para ocasiones especiales. Yo compro biromes (lapiceras).

8.

Camino y pienso en Londres. Tengo la sensación de que cuando llegue (el martes que viene) voy a decir: ya está, acá es donde quiero morir. O tal vez no. No quiero ilusionarme, pero cómo no ilusionarme con el país de mi banda preferida. Quiero ir a Liverpool pero no quiero caer en el cliché de escuchar a Los Beatles ahí (¿cómo no caer?). Sigo caminando por Bruselas y me doy cuenta de que voy tarareando un tema de The Rutles (si son fanáticos de los Beatles les recomiendo muchísimo la película The Rutles: All you need is cash, una parodia de los Monty Python a Los Beatles. No tiene desperdicio). ¿Qué tendrán que ver los Beatles con Bruselas?, me pregunto. Sigo caminando y me choco con la vidriera de Vans: Novedad: zapatillas de Yellow Submarine Edición Limitada. ¿Por qué? ¿Por qué me hacen esto? Ni quiero preguntar el precio. Sigo caminando y me encuentro con un dúo de músicos: The Streetles (mezcla de street y Beatles). O sea que algo tenían que ver los Beatles, o será que uno encuentra lo que está dentro de su radar.

Este es el tema de The Rutles que voy cantando:

Si quieren seguir investigando, les recomiendo los temas Get up and goAll you need is cash y Piggy in the middle. The Rutles es un camino de ida.

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9.

Empezó la primavera en Europa. Es la primera vez que vivo la primavera en otro país (el resto de las veces estaba viajando por lugares donde la primavera no existe). Me parece raro que sea en marzo y no en septiembre: para mí primavera es sinónimo de septiembre, de día del estudiante, de rateadas y picnics masivos en todos los parques de Buenos Aires, de anécdotas en Plaza Francia. Se terminó el invierno. Los días van a empezar a ser más largos, el sol más fuerte, el mar más tentador. Voy a conocer Europa con calor.

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10.

Camino por Bruselas y pienso que hay tanto para ver que no sé por dónde empezar. Eso mismo pienso del mundo en general. Pero nada mejor que caminarlo con John, George, Ringo y Paul cantándome al oído.

Y este señor no sé quién es.

Y este señor no sé quién es.

Un gato belga, para no perder la costumbre.

Un gato belga, para no perder la costumbre.

 

Bonus track:

[box border=”full”] Información útil para visitar Bruselas

– El centro de Bruselas es bastante compacto: todo está cerca y se puede caminar de un lugar a otro. Puede que ni haga falta tomar un transporte. Sino hay metro, tranvía y buses. El pase de 10 viajes cuesta €14 (como siempre, mucho menos que comprar los 10 viajes por separado, ya que de a uno están como a €2) y cada boleto tiene validez por una hora (permite hacer combinación entre distintos tipos de transporte sin tener que pagar dos veces).

– Les recomiendo pasar por la oficina de Use-it Maps (en el boulevard de la calle Steenkoolkaai y Vaartstraat) y pedir los mapas gratuitos de Bruselas, Brujas, Ghent y varias ciudades europeas más. Son excelentes: están hechos por la gente local y orientados a viajeros jóvenes; tienen tips y recomendaciones que no aparecen en ningún otro lado y que muy pocos turistas conocen. Como diríamos en Argentina: te tiran la posta.

– Bruselas es un poco más barata que París en cuanto a comida: si no querés gastar mucho, en los supermercados hay sandwiches por €2-3 y ensaladas por €4. Una buena porción de frites está unos €3; un vaso de cerveza (imperdible acá) entre €2 y €4 (depende mucho del bar y del tipo de cerveza). Sino los menúes rondan los €10.

– Hay varios tours gratuitos por la ciudad. Está el free walking tour de Sandeman (no lo hice pero es el más conocido, es gratis pero se suele dejar propina al final), están los Greeters (voluntarios de Bruselas que te llevan a conocer sus lugares preferidos de la ciudad) y está el tour Use-it.

– Bélgica es chiquito y todas las ciudades son accesibles por tren. Brujas está a una hora, Ghent a 35 minutos, Leuven a 25 minutos.

– Los temas de Los Beatles que aparecen en esta lista son algunos de mis preferidos, pero no los únicos. En realidad, me parece que elegir un solo tema de ellos es como tener que elegir “el lugar del mundo que más me gustó”: imposible. Tampoco sé si podría hacer un top 10. Me gustan casi todos. [/box]

Cosas que podés encontrarte en las calles de París

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París no es como me la imaginaba, y es difícil no imaginarse cosas de París: la torre Eiffel, los cafés y croissants, las callecitas empedradas, los gatos en los techos, artistas callejeros, franceses andando en motitos con baguettes bajo el brazo (nah), romanticismo por todas partes, escritores en los bares, música saliendo de las ventanas, la bohemia, la noche…

La capital francesa debe ser una de las ciudades más representadas por el cine, la fotografía, la literatura, la poesía y la música, y por ende, una de las más metidas en la cabeza de cualquiera que esté en contacto con estas expresiones artísticas.

Pero ningún lugar es tal como lo pintan, al menos no para mí.

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Viajé a París directo de Barcelona en el tren de alta velocidad: casi siete horas de una modernidad y puntualidad un poco apabullante para una chica que no está acostumbrada a que todo funcione tan bien.

Pensaba empezar el recorrido por el sur de Francia e ir subiendo a la capital de a poco, pero no (esto de intentar hacer planes me parece cada vez más difícil).

Unos días antes de salir de España, Dani (un amigo filipino que vivía en París y al que no veía hacía tres años) me dijo que el domingo se mudaba a Milán así que decidí cambiar el itinerario para venir a verlo: me parece que reencontrarnos con nuestros amigos es una gran razón para viajar.

Dos horas y media antes de llegar, dijeron por el altoparlante: “Señores pasajeros, el tren se dirige a París sin escalas”, y fue difícil no sonreír:

— Mi primera vez en París…

Mientras tanto, mi compañero de asiento (francés) le dibujaba un bigote a la modelo de una revista. ¿Por qué tenemos ese afán de poner bigotes en todas partes?

El tren llegó híper puntual a la estación Gare de Lyon y recién cuando estuve ahí, a las once de la noche, me di cuenta de que me esperaba un panorama muy distinto al que me había imaginado.

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Dani me avisó a último momento que no podía ir a buscarme y me mandó un sms con las instrucciones para llegar a la casa del chico que me alojaría las primeras noches.

Salí de la estación y en vez de aparecer en medio de una calle con farolitos y música de acordeón, salí a una zona medio oscura con poca gente.

Se me acercó un hombre y me dijo:

— Miss… Miss… y, cuando lo miré, largó un:

— whassup… (moviendo levemente el mentón hacia arriba, con ese tono de no vas a poder resistirte, nena, vamos a tomar algo).

Sí, estaba en París, pero para mí seguía siendo una ciudad desconocida de noche y yo estaba sola, desorientada y sin conocimientos de francés.

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Fui en busca del metro y lo primero que pensé al ver el plano de las estaciones fue aaaaaaaaa.

El mapa más complicado del mundo. Me costó muchísimo definir el recorrido que tenía que hacer y me pareció imposible recordar los nombres de las estaciones en las que tenía que combinar. Me acerqué a una de las máquinas con la intención de comprar un pase de diez viajes (que es más barato que comprar los diez por separado), pagué y la máquina me devolvió diez papelitos.

Pensé:

— esto debe ser un error, ¿dónde está mi pase? ¿Por qué me dio tantos boletos en vez de uno? Seguro que compré mal…

Después entendí que no, que el metro te da diez papelitos en vez de uno que valga por diez y que los boletos usados están tirados por todas partes y son un ícono tan parisino como los croissants.

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Llegué a lo de mi anfitrión y me fui a dormir sintiéndome mal de la panza.

Fin de la primera escena.

Los dos días siguientes estuve enferma (no sé de qué, pero sospecho que fue un ataque al hígado) así que no comí y casi no me moví de la cama. Cuando por fin me recuperé salí a caminar y ahí empezaron a pasar cosas.

Tantas, que no sé ni cómo ordenarlas.

Así que estas son las primerísimas primeras impresiones de mis pocos días en una ciudad que me parece será imposible conocer del todo en una sola vida.

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 *

París no es como me la imaginaba: es más grande.

Quienes viven acá hace tiempo dicen que es chica, pero para mí todo es relativo y cada cual ve las cosas según sus expectativas y parámetros.

Caminar de un punto a otro del mapa no es tan rápido (ni tan fácil) como en, por ejemplo, Barcelona (ya sé, no soy parcial, amo Barcelona por siempre).

Me la paso caminando y me la paso perdida: las calles no son rectas sino más bien laberínticas y nunca tengo idea para qué lado está el río.

(Nota: escribí esto apenas llegué; hoy, unos días más tarde, ya me oriento un poquitito más).

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París es muy callejera: hay gente por todas partes, o por lo menos a mí me tocó verla así, porque apenas llegué salió el sol y la gente tomó las plazas para hacer picnics y todos los espacios públicos para sentarse a leer, fumar o charlar. A eso hay que sumarle los turistas, que siempre están en stock o esperando en el banco de suplentes para salir y reemplazar a los que se van (suelen agruparse en zonas específicas como la base de la Torre Eiffel, el Louvre, el barrio latino y ciertos puentes del Sena).

Todavía es invierno pero está haciendo casi 20 grados todos los días y hay un sol, según los que viven acá, inaudito para esta época.

El cielo parisino, el que yo conocí hasta ahora, es bien celeste. Durante los últimos meses, al parecer, lo único que vieron caer del cielo fue agua.

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París tiene una paleta de colores bastante homogénea: la ciudad es marrón, las construcciones son marrones, el río es marrón, la torre Eiffel es marrón, los puentes son marrones, los árboles siguen marrones.

Vista desde arriba, es más bien azul (por sus techos). Lo que no quiere decir que no haya color: lo hay, pero se lo da la ropa de la gente, la decoración de los cafés, las flores (aunque todavía no hay muchas), los graffitis, las lucecitas colgadas, la gente en sí.

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En París pasa de todo a todo momento: hay una sobredosis de información, de estímulos, de cosas para ver-hacer-probar-visitar-comer-conocer. Tengo una lista interminable de lugares recomendados y no vi ni un tercio. Tengo un montón de actividades sugeridas que sospecho no llegaré a concretar. Tengo decenas de muestras de arte anotadas en mi libreta y quizá termine viendo fotos por internet.

Pero creo que, hasta ahora, lo que más me gusta de París son todas las cosas que uno puede encontrarse por la calle si se dedica a caminar sin demasiado rumbo: los franceses le dicen flâner: pasear para disfrutar de la ciudad, para vivirla.

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*

La primera vez que vi París a través de una pantalla tenía pocos años. Fue cuando mi papá me regaló el VHS del cortometraje Le Ballon Rouge (“El globo rojo”; si no lo vieron, se los recomiendo): la historia (casi sin diálogo) de un nene parisino y su globo rojo. Ese día me enamoré de los globos, del rojo y de las callecitas de París: esa fue la imagen romántica de la ciudad que me quedó en la cabeza durante veintitantos años.

Nunca me puse a pensar que el corto era de 1956 y que París ya había cambiado.

Llegué a la ciudad soñando encontrar un globo rojo grandote y, cuando iba camino a la fiesta de despedida de Dani, me encontré un globo verde en la vereda y lo levanté.

Cuando llegué al departamento, Dani tenía puestas unas orejas de conejo; le regalé el globo y se lo puso de cola. Nada que ver con mi imagen idílica de los globos en París, pero mejor imposible.

 

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Pasé unos días en la casa de Rocío, una argentina que está trabajando en París, y un sábado nos fuimos a pasear con sus amigas.

¿Vieron los patitos de goma? Bueno, yo me encontré un tiburoncito de goma. Lo agarré, lo miré y me pareció algo tan fuera de contexto que lo dejé encallado en una maceta para que lo encontrara algún nene.

Llegamos al Palais Royal, cerca del Louvre, y nos encontramos con decenas de rayuelas de colores: era el homenaje de una artista argentina llamada Marta Minujín y de la Ciudad de Buenos Aires a Julio Cortázar y a su libro “Rayuela”.

Nos pusimos a jugar y al rato apareció Marta en persona (y a todas se nos activó el modo cholulo y nos sacamos fotos con ella).

Y fue como si ese encuentro hubiese abierto una olla de la que empezaron a salir personajes parisinos de todo tipo.

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Una mañana se me ocurrió ir a pasear al cementerio de Père Lachaise (que acá también es un atractivo turístico) para visitar las tumbas de Jim Morrison, Edith Piaf y Oscar Wilde, entre otros. Caminé tranquila, siguiendo un mapa y disfrutando del día. Estar frente a las tumbas de famosos no me generó demasiado: esas personas no están ahí sino en sus creaciones, en su arte, en su música, en sus libros.

Después de pasar más de una hora caminando (es un cementerio grande), salir al mundo y ver todo tan vivo fue un poco abrumador.

Me bajé del metro en una estación al tuntún y me puse a caminar: aparecí en una zona de inmigrantes con peluquerías, puestos de comida de Medio Oriente, tiendas de teléfonos celulares y muchos tipos reunidos en las esquinas. Seguí caminando, no tengo idea por dónde, y me encontré con esta declaración: l’amour est mort (“el amor está muerto”). ¿Te parece? Yo creo que está tan vivo como siempre. (Ya que estamos, les recomiendo esta charla TED, para que vean que lo que sentimos es lo más universal del mundo).

 

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Con esa frase resonando en la cabeza seguí caminando y llegué a Les Halles.

Me paré frente a la vidriera de una pâtisserie y me puse a mirar los animalitos de chocolate (con ganas de comérmelos a todos pero sin esperanzas de comprarme ninguno: 4 euros cada uno y así de chiquitos).

Desde el otro lado de la vidriera, el chico que atendía me hizo señas de que entrara al local:

— Welcome to Paris madame, where are you from?

Le pregunté de qué sabor eran los macarons (unos dulces típicos de acá, que parecen alfajorcitos pero no son y cuestan un euro cada uno) y le pedí uno de chocolate y otro de caramel.

Me dijo:

— Ok, one chocolat, one caramel, one pistacchio, one rose, y puso cuatro en la bolsita. Le dije, por las dudas:

— Just two… (solo dos), y me respondió:

— Yes, two from you, two from me (“Dos de tu parte, dos de mi parte”).

Mientras me cobraba me preguntó cómo me llamaba y yo me reí pensando esto es demasiado, seguro que se lo hace a todas y salí sonriendo.

Tal vez por algo París tiene tantos clichés de amor a su alrededor.

 

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Caminé hacia el río y escuché una música de trompetas. Cuando me acerqué me encontré con 20 chicos y chicas vestidos de naranja tocando “Can’t take my eyes off of you” con instrumentos de viento y me instalé durante una hora a escucharlos con Notre Dame de fondo.

Cada vez más motivos para decir que París me parece cada día más linda.

El señor que tenía sentado al lado me dijo (así de la nada) que era iraní y que durante la guerra en su país nunca había sentido esta felicidad estando en la calle.

Y así, al parecer, se dan los diálogos en estas ciudad (¡y cuántos me habré perdido por no hablar francés!).

 

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Si caminás por París sin rumbo podés encontrarte librerías, tienditas de cosas lindas, panaderías, artistas callejeros y un montón de cafés con las mesas orientadas hacia el mismo lado: vas a ver que los parisinos se sientan mirando hacia la calle y no mirándose entre ellos.

Es que (y me lo dijo una parisina) mirar a la gente es uno de los pasatiempos favoritos de la ciudad.

 

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Si caminás por París vas a encontrarte, quieras o no, con la Torre Eiffel y puede que te pase como a mí y pienses:

— ah, ahí está la Torre, ya la vi tantas veces… ¿será la real?

Tal vez si no fuese tan parte de la cultura popular mundial, mi reacción al verla hubiese sido ohpordios qué es esa belleza, pero ya la tengo tan sabida de memoria que por un momento creí que estaba viendo una postal que alguien me había mandado desde Francia.

Tal vez no entienda nada de nada, puede ser.

 

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Si caminás por París llega un momento en el que te das cuenta de que por más que la camines y la camines siempre va a haber algo más para ver.

Cada cinco o diez minutos, además, te encontrás con una escalera que te invita a bajar: es la entrada a una de las 303 estaciones del metro.

Y cuando empezás a pensar que ya era suficiente con la París de arriba vas a ver que  hay otra París que se despliega bajo tierra, y en ese mundo subterráneo también pasa de todo.

*

[box border=”full”]Info útil para visitar París:

  • París es una ciudad cara (por lo menos comparada con España, que es lo que conozco hasta ahora), así que vayan mentalizados
  • Transporte: El metro va a todas partes y es el medio de transporte más cómodo para moverse por la ciudad. Les recomiendo comprar 10 boletos juntos por €13,70 (es más barato que comprarlos por separado). Por último podés usar el sistema Velib de bicicletas (se necesita una tarjeta de crédito con chip para poder usarlo): yo no lo probé, pero me dijeron que la primera media hora es gratis y después cuesta €1.70 la hora (hay planes mensuales y anuales)
  • Comida: un sandwich para llevar cuesta unos €5 (en promedio), una botella de agua €1.80, un almuerzo €10/12. En todos los restaurantes ponen una botella de agua de la canilla (grifo) gratis. Un café con leche cuesta entre €2.50 y 3; un croissant o un macaron €1; un vaso de cerveza empieza en €3.50 (y puede llegar a costar €7)
  • Qué ver y hacer: París es ideal para caminar (eso me la pasé haciendo) y para sentarse en las mesitas al aire libre y mirar a la gente pasar. Si les gustan las librerías, les recomiendo Shakespeare and Co. (¡vayan con tiempo!). Si les gusta el arte, algunos de los museos más famosos del mundo están en París, como el Louvre (entrada €13), el Musee D’Orsay (€11) o el Pompidou (€13), entre muchos otros. Y si quieren ir a la Torre Eiffel y subir sin hacer fila, pueden comprar las entradas por adelantado a través de ParisCityVision
  • El AVE (tren de alta velocidad) de Barcelona a París tarda casi 7 horas y cuesta unos €59. Yo estoy viajando con el pase de trenes de Eurail que sirve para moverse por toda Europa y se puede comprar antes de viajar
  • Todavía no viajé por Francia, pero me dijeron que también se usa mucho el sistema de carpooling (autos compartidos). El blablacar francés se llama Covoiturage. [/box]

Por las calles de Santiago

(Atención: este es uno de esos posts repletos de fotos, así que esperá unos minutos a que termine de cargar. Mientras tanto te invito a escuchar un tema que me gusta mucho y que una mañana entró por la ventana de la casa donde nos quedamos en Santiago.)

No pude conseguir un mapa de Santiago: las oficinas de información turística estaban cerradas por el paro de los municipales, el que vi en la librería era demasiado caro y muy poco transportable, y ningún restaurante tenía “un mapita” de la ciudad. Así que caminamos sin mapa. Usamos guías circunstanciales, como los planos de las estaciones de subte, las indicaciones de la gente en la calle o de los carabineros, los mapas-carteles que aparecían en las esquinas más concurridas de cada barrio. Y no sé si fue por la falta de expectativas y de rumbo fijo, pero Santiago me sorprendió mucho, para bien.

[singlepic id=7508 w=700 float=center] Encontré cosas como: árboles felices

[singlepic id=7516 w=700 float=center] Gatos

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[singlepic id=7529 w=700 float=center] Arte callejero

[singlepic id=7535 w=700 float=center] Detalles ocultos

[singlepic id=7541 w=700 float=center] Reflejos

[singlepic id=7549 w=700 float=center] Montañas de fondo

[singlepic id=7572 w=700 float=center] Parejitas mimosas en tooodos los parques

[singlepic id=7591 w=700 float=center] Propaganda pre-elecciones

[singlepic id=7502 w=700 float=center] Pianos

[singlepic id=7608 h=700 float=center] Mensajes en las paredes

Estuvimos siete días en la capital chilena y nos dedicamos a recorrerla a pie (aunque para distancias más largas nos hicimos habitués del metro). Yo no tenía una idea previa de la ciudad, nunca había escuchado demasiado acerca de ella (además es muy difícil imaginar una ciudad que uno no conoce). Cada vez que decía que iba a viajar a Chile, los elogios se los llevaba Valparaíso, y Santiago era mencionada más al pasar. Debe ser difícil competir con Valpo. Así que sin esperar que pasara, Santiago me encantó. Sentí un magnetismo que me fue llevando por cada uno de sus caminos.

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En cada caminata descubrimos rincones distintos, pasadizos que llevaban a barrios ocultos, murales y colores en todas las paredes. En Santiago vi pedacitos de Buenos Aires, de Montevideo, de Rosario, de Barcelona, de ciudades centroamericanas. Me pareció una ciudad con mucha cultura latina, más de la que me esperaba. Pensé: “Esta ciudad es una mezcla de muchas”. Al igual que todas, ¿no? Buenos Aires, Montevideo, Santiago se entrecruzan, se combinan entre sí y forman esas ciudades sudamericanas que tanto me gustan. Por eso a veces me pregunto si es posible extrañar a una ciudad en su totalidad o si lo que extrañamos son pedacitos sueltos de cada lugar. Lo dije alguna vez y lo sostengo: no hay que perderse las capitales, ya que condensan la cultura de un país como ningún otro lugar. Soy tan fan de los pueblitos como de las grandes ciudades. Y nada mejor que caminarlas todo lo que se pueda.

[singlepic id=7501 w=700 float=center] Uno puede encontrarse cosas como: chicos patinando en el Centro Gabriela Mistral

[singlepic id=7505 h=700 float=center] Adolescentes en los parques

[singlepic id=7509 w=700 float=center] Esquinas esquinas esquinas

[singlepic id=7510 h=700 float=center] Iglesias abandonadísimas

[singlepic id=7523 h=700 float=center] Saludos ocultos (mirá si justo es tu cumpleaños…)

[singlepic id=7531 h=700 float=center] Gatos pintados

[singlepic id=7534 w=700 float=center] Robots haciendo campaña para presidente

[singlepic id=7536 h=700 float=center] Cosas que caen

[singlepic id=7542 w=700 float=center] Manifestaciones

[singlepic id=7543 w=700 float=center] Linda luz

[singlepic id=7544 w=700 float=center] Gente trabajando

[singlepic id=7550 w=700 float=center] Instalaciones raras

[singlepic id=7555 w=700 float=center] Deseos

[singlepic id=7559 w=700 float=center] Bicis copadas

[singlepic id=7551 w=700 float=center] Caritas en las raíces de los árboles

[singlepic id=7562 w=700 float=center] Candados de amor en los puentes

[singlepic id=7565 w=700 float=center] Los ojos de Neruda (en la Chascona, una de sus casas)

[singlepic id=7574 w=700 float=center] Músicos de todo tipo

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[singlepic id=7582 w=700 float=center] Detalles simpáticos

[singlepic id=7587 w=700 float=center] Autos malos

[singlepic id=7593 w=700 float=center] Preparativos

[singlepic id=7597 w=700 float=center] Mercados callejeros

[singlepic id=7602 h=700 float=center] Muestras de fotos al aire libre

Como no íbamos con imágenes previas ni objetivos concretos, todo nos sorprendió: los parques tan verdes y bien cuidados, la cantidad de ciclistas (y las bicis modernas), las montañas nevadas a lo lejos, los puestos de comida callejera, la infinita colección de murales, los pianos sueltos por ahí, la amabilidad y buena onda de la gente, la presencia de Pablo Neruda y su poesía.

Santiago me ayudó a reconectarme con varias cosas que tenía abandonadas, especialmente la música y la fotografía. Una tarde salí a caminar sola, me puse los auriculares y caminé escuchando música: Manu Chao, Calle 13, Beatles, Calamaro, Macaco, El cuarteto de nos, Fito y Fitipaldis, Cerati, Kevin Johansen, No te va gustar, El Kuelgue, Ska-p, The Smiths, Spinetta. Y recordé cuánto me gusta escuchar música mientras viajo por lugares nuevos. Volví a hacer fotografía callejera (Santiago es una ciudad ideal para eso) y recordé cuánto me gusta dejarme llevar por la intuición y sacar fotos sin pensar.

[singlepic id=7530 w=700 float=center] Estas son algunas de mis preferidas

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[singlepic id=7599 w=700 float=center] Prueben el terremoto, no se van a arrepentir.

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Pasamos la semana en casa de Jose, una amiga chilena que conocí durante mi primer viaje (en Bolivia) y con quien seguí en contacto. No nos veíamos hacía seis años y fue como si hubiese sido ayer que caminábamos juntas por La Paz. Cuando nos despedimos, le dije: “Nos vemos pronto”. Porque estoy segura de algo: Santiago es una ciudad a la que voy a volver.

[singlepic id=7605 h=700 float=center] Y esta es la foto que más me gusta, porque siento que refleja parte de la esencia de la ciudad: la de hacer arte como niños.

[box border=”full”] Algo de información para visitar Santiago:

  • Cambio: 1 dólar equivale a aproximadamente 510/520 pesos chilenos (datos de noviembre 2013). Con 500 pesos chilenos podés hacer alguna de las siguientes cosas: comprarte una botella de agua de 500 ml (y te sobran unas monedas) / casi que pagar un viaje en metro (cuesta 560, 610 o 670, según la hora) / comprarte un sandwich de soya en la calle (aunque cuesta encontrarlos a ese precio) / comprarte 4 o 5 hallullas (panes). FE DE ERRATA: se escribe “hallullas” y no “ayuyas” como había puesto yo, jeje, cuando lo vi escrito en una bolsa no lo podía creer, es una palabra que jamás pensé que se escribía así. Un viajero inglés nos dijo que para él era el pan “hallellujah”. :)
  • Un menú (con entrada, plato principal, postre y bebida) ronda los 3000/6500 pesos (de 6 a 13 dólares). Obviamente si buscás podés conseguir mejores precios, pero este es el promedio. Conviene hacer las compras en La Vega, el mercado central.
  • Las empanadas abundan y son un buen snack. Cuesta entre 500 y 800 pesos. Una palta cuesta alrededor de 600 pesos (1 dólar con algo). Son deliciosas.
  • Con el metro (subte) llegás a todos lados, así que es una buena opción para moverse. Todo queda relativamente cerca, así que si te gusta caminar, la ciudad es ideal para eso. También está lindo para recorrer en bici (hay varias ciclovías). Lo bueno es que para disfrutar de la ciudad no hay que pagar entradas a (casi) ningún lado.
  • Estos son algunos lugares que conocí y me gustaron mucho: barrio Yungay, Centro Gabriela Mistral, calle Lastarria, barrio Brasil, zona Concha y Toro, pasajes patrimoniales, Feria persa Bío Bío, el Parque de las Esculturas, la zona del Centro, Providencia. Pero caminen y armen su propio mapa emocional de Santiago.
  • Entrar a La Chascona (la casa de Neruda) cuesta $4000 (8 usd) o $1500 (3 usd) si sos estudiante. Lo recomiendo.
  • Si vas a estar mucho tiempo en Chile y planeás hacer Couchsurfing, es una buena opción comprarte una tarjeta SIM para estar comunicado con tu anfitrión. Cuesta 1500 pesos (3 dólares), viene con una carga inicial (generalmente de 1000) y se compra en la calle.
  • Según estuve viendo, una cama compartida en un hostel cuesta entre 5000 y 10.000 pesos (10 a 20 dólares) y una habitación privada (en hostel) entre 8000 y 20.000 pesos (16 a 40 dólares). Recomiendo, como siempre, Couchsurfing.[/box]

Por las calles (lluviosas) de Rosario

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Nuestro último día en Rosario llovió. No, no llovió, se partió el cielo al medio y cayeron baldazos y baldazos de agua durante un largo rato.

La lluvia en un viaje puede tener personalidades múltiples. Por un lado, en un viaje largo, la lluvia es la excusa perfecta para quedarse adentro y descansar, mirar una película, leer, escribir. Por otro lado, en un viaje corto, la lluvia puede ser la culpable de arruinarnos uno de los pocos días que teníamos para salir a conocer. Hace un tiempo, sin embargo, aprendí a tenerle cariño a los días de lluvia. Estando en Asia —donde la lluvia abunda— los usé para descansar y atosigarme de series y películas. Hace unos meses, cuando conocí al fotógrafo Diego Koltán y sus fotocharcos, descubrí que los días de lluvia tienen un después que es visualmente fantástico. La lluvia produce charcos y los charcos producen mundos reflejados bajo nuestros pies. Desde que Diego me hizo ver todo lo que se refleja en los charcos, mi mirada ya no volvió a ser la misma. Desde aquel día, cada vez que llovió yo pensé, feliz: Qué bueno, en un rato este lugar va a estar lleno de fotocharcos. Y desde que lo conocí a Damián y sus burbujas, tuve otra razón para que me gustaran los días de lluvia: el antes y el después de la lluvia son momentos ideales para salir a hacer burbujas. Cuanta más humedad y menos sol, mejor. Más grandes y coloridas salen.

[singlepic id=6853 w=625 h= float=center] Fotocharcos

[singlepic id=6870 h=625 float=center] y burbujas

Así que durante nuestro último día en Rosario salimos a caminar. Todavía no llovía pero se la veía venir. Estábamos paseando por el Bv. Oroño, mirando casas y detalles, cuando me pasó algo muy cómico y lindo a la vez. Dos chicos me gritaron desde un auto “¡Aniko! ¡Aniko! ¡¡Te leemos!!” y me sacaron una foto y una sonrisa. Pocos minutos después se largó el aguacero y no hubo paraguas que resistiera. Era hora de comer y yo recordaba haber visto un restaurante Beatle cerca, así que lo buscamos y nos refugiamos ahí adentro. Para mí, que soy fan de Los Beatles desde antes de nacer, fue como entrar al paraíso. El lugar estaba lleno de fotos, cuadros, detalles y dibujos de Los Beatles. En las pantallas pasaban recitales y shows de ellos como solistas. Arriba había un museo que contaba toda la historia de la banda, con elementos de colección. Así que gracias a la lluvia pude dedicarle varias horas al lugar y salí feliz de haber estado en contacto con mi música preferida.

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Cuando nos fuimos ya no llovía, así que decidimos caminar por la Costanera. Casi no había gente en la calle. Y ahí los vimos: fotocharcos a montones, decenas de imágenes reflejadas en el piso. Y nos pusimos a fotografiar.

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La caminata nos llevó hasta el Monumento a la Bandera, donde nos encontramos con el resto del equipo viajero y decidimos hacer una intervención burbujística. El clima era perfecto. Bien húmedo, bien pesado, bien nublado. Damián sacó el kit y se puso a hacer burbujas. Inmediatamente aparecieron chicos, que siempre tienen el radar de las burbujas bien prendido, con sus respectivos padres. El Monumento se llenó de curiosos que miraban las burbujas y nos miraban a nosotros. A varios le contamos nuestro proyecto, nuestra vida de viajeros. Muchos otros se acercaron a nosotros y nos dijeron: “¡Vi las burbujas y sabía que eran ustedes!”. La Burbuseñal funcionó. No vimos demasiado de Rosario, pero pasamos una tarde lindísima gracias a la lluvia.

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[singlepic id=6861 w=625 h= float=center] Dino y Aldana, los chicos de Magia en el Camino, emburbujados

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Escribo esto mientras en Buenos Aires llueve y todo me parece gris. Esperaré a que pare para, aunque sea, salir a mirar cómo se refleja mi ciudad en el agua que se acumula en sus baches.

[box border=”full”]Este post es el epílogo de Rosario en movimiento, las impresiones de mi primera visita a Rosario.

Pueden conocer al creador de los fotocharcos en su web: charcosenelmundo.com

Para saber más acerca de las burbujas: burbujasporahi.com

Para saber qué hacer cuando llueve, en cualquier lugar del mundo: Guía para aprovechar un día de lluvia [/box]

Por las calles de Fez (Marruecos)

Hace unas semanas inauguré la sección “Callejeando por ahí” con un relato fotográfico de las calles de Barcelona. Cuando pregunté qué otro lugar querían conocer a través de fotos, alguien dijo Marruecos. Ya escribí acerca de Fez (no sé si recuerdan el Post Interactivo al estilo “Elige tu propia aventura viajera” que les hice con tanto amor) (les recomiendo que lo jueguen antes o después de ver estas fotos, así pueden comprender un poco más la ciudad), pero nunca compartí todas las fotos que tengo de esta medina tan alocada como encantadora. Así que con ustedes: Fez a través de imágenes. (Son muchas fotos así que dejen que el post cargue.)

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[singlepic id=5344 w=625 float=center] Bienvenidos a la medina de Fez, un lugar donde a toda hora pasan cosas como estas…

[singlepic id=5269 h=625 float=center] hay mujeres lavando la ropa en las fuentes públicas,

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[singlepic id=5313 h=625 float=center] no hay autos pero hay burros y caballos para transportar y transportarse,

[singlepic id=5293 w=625 float=center] los juegos de mesa se juegan en las veredas,

[singlepic id=5303 w=625 float=center] hay nenes haciendo la medialuna,

[singlepic id=5281 w=625 float=center] hay lectores chicos y grandes,

[singlepic id=5315 w=625 float=center] hay bebés llorando,

[singlepic id=5300 h=625 float=center] hay músicos callejeros,

[singlepic id=5270 w=625 float=center] hay fans del Barça,

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[singlepic id=5273 w=625 float=center]

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[singlepic id=5276 w=625 float=center] hay curtiembres donde se trabaja el cuero (ocultas en medio de la medina laberíntica),

[singlepic id=5277 w=625 float=center] hay hojas de menta para combatir los aromas,

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[singlepic id=5278 w=625 float=center] hay mucho trabajo hecho a mano,

[singlepic id=5282 h=625 float=center] hay sandwiches a 10 dirham (1 euro),

[singlepic id=5285 w=625 float=center] hay dibujos en las paredes,

[singlepic id=5286 w=625 float=center] y cuadrados numerados (según me contaron, son “para las elecciones”, si alguien sabe que me explique…)

[singlepic id=5287 w=625 float=center] hay padre madre e hijo,

[singlepic id=5288 w=625 float=center] hay madre e hija,

[singlepic id=5283 w=625 float=center] hay amigas,

[singlepic id=5289 w=625 float=center] hay coiffeurs,

[singlepic id=5291 w=625 float=center] hay amontonamiento,

[singlepic id=5290 w=625 float=center] y desolación,

[singlepic id=5294 w=625 float=center] se venden zapatitos,

[singlepic id=5296 h=625 float=center] remedios,

[singlepic id=5298 w=625 float=center] hierbas,

[singlepic id=5295 h=625 float=center] anteojos,

[singlepic id=5299 w=625 float=center] zapatos,

[singlepic id=5314 w=625 float=center] medias y pantuflas,

[singlepic id=5321 w=625 float=center] alfombras,

[singlepic id=5323 h=625 float=center] más alfombras,

[singlepic id=5325 w=625 float=center] incluso más alfombras,

[singlepic id=5330 w=625 float=center] y cosas que no se sabe qué son (entre otras),

[singlepic id=5297 h=625 float=center] hay gente que espera,

[singlepic id=5311 h=625 float=center] y espera,

[singlepic id=5304 h=625 float=center] gente que se va,

[singlepic id=5312 w=625 float=center] y se va,

[singlepic id=5310 w=625 float=center] y se va,

[singlepic id=5306 w=625 float=center] gente que camina,

[singlepic id=5309 w=625 float=center] gente que corre,

[singlepic id=5307 w=625 float=center] gente que va en bicicleta,

[singlepic id=5308 w=625 float=center] gente que carga cosas,

[singlepic id=5339 w=625 float=center] gente que arregla cosas,

[singlepic id=5326 h=625 float=center] gente que afila cosas,

[singlepic id=5327 w=625 float=center] gente que lava cosas,

[singlepic id=5340 w=625 float=center] gente que pega cosas,

[singlepic id=5341 h=625 float=center] (como estas),

[singlepic id=5336 h=625 float=center] gente que se duerme,

[singlepic id=5342 w=625 float=center] gente que se sienta a mirar,

[singlepic id=5343 w=625 float=center] o que sale a pasear por lugares inesperados,

[singlepic id=5319 w=625 float=center] hay locales y viajeras que se sacan fotos juntas,

[singlepic id=5316 h=625 float=center] y personas como ella, que habla con los viajeros a pesar de no compartir el mismo idioma,

[singlepic id=5317 w=625 float=center] y muestra orgullosa su arte,

[singlepic id=5305 w=625 float=center] hay casas de té,

[singlepic id=5320 h=625 float=center] hay palacios con puertas de oro,

[singlepic id=5338 h=625 float=center] hay mezquitas,

[singlepic id=5322 w=625 float=center] hay escaleras al cielo,

[singlepic id=5324 h=625 float=center] hay niños,

[singlepic id=5331 w=625 float=center] 

[singlepic id=5332 w=625 float=center]

[singlepic id=5333 h=625 float=center]

[singlepic id=5337 h=625 float=center] muchos,

[singlepic id=5335 w=625 float=center] y muy adorables,

[singlepic id=5334 w=625 float=center] hay mundos imaginarios en las paredes,

[singlepic id=5328 w=625 float=center] hay mundos dentro de los espejos,

[singlepic id=5329 w=625 float=center] en Fez pasan muchas cosas,

[singlepic id=5301 w=625 float=center] solamente es cuestión de asomarse a través de las ramas y mirar un poco más allá.

Cada ciudad es un pequeño mundo y caminar sus calles es una de las mejores maneras de adentrarse por un ratito en ellos…

[box type=info] Más info:
* ¿Querés sentirte un ratito en Fez? Te recomiendo jugar al Elige tu propia aventura en Fez, el primer post interactivo de Viajando por ahí.
* ¿Estás planeando viajar a Marruecos? Acá te dejo una Guía práctica con toda la info que recopilé durante mi viaje: opciones de alojamiento, medios de transporte, costos, comidas, itinerario, seguridad y más.[/box]

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