Situaciones bizarras en Indonesia #3:
Los indonesios las prefieren rubias

Desde que volví a Indonesia hubo una cosa que me llamó la atención: ¿qué pasa que ya nadie me dice cosas en la calle, que nadie intenta sacarme fotos, que nadie me bombardea a “where are you from”? ¿Acaso perdí mi atractivo bulé?

Y después me di cuenta, claro: si siempre salgo a la calle con gente local, es lógico que nadie se atreva a hacer comentarios, pero en el momento en que quedo sola, empieza la avalancha otra vez.

Como la otra noche en el tren.

Me tomé el tren nocturno (de 7 pm a 5 am) para ir de Jakarta (la capital) a Yogyakarta.

Bisnis class.

Hay tres clases: Ekonomi —en la que vas parado, te la regalo—, Eksekutif —cuesta el doble que la Bisnis y te matan con el aire acondicionado— y la famosa Bisnis —buena relación precio-calidad: vas sentado de a dos, con ventiladores por todos lados—.

Me senté al lado de la ventana con la esperanza de que el asiento de al lado quedara vacío para poder estirarme y dormir un poco, y preparé mi iPod para que me acompañase durante la travesía.

Miro a mi alrededor y veo, en el asiento diagonal al mío, una mujer que no para de mirarme.

La miro fijo también y me sonríe, no sé con qué intención, así que no la miro más.

Minutos antes de arrancar se me sienta un hombre al lado. Me mira, me sonríe, me dice hello, le digo hello, hago un gesto con la cabeza y me pongo a escuchar música.

Todo bien pero no me da por hacer sociales con el vecino de asiento, más cuando sé que solamente quiere hablarme porque soy extranjera y “rubia”.

No pasan ni cinco minutos, es decir no llego ni a escuchar un tema entero, que veo que el hombre me está mirando y moviendo la boca, me habla.

Me saco los auriculares y lo miro.

Primera pregunta: Where are you from. Respondo usando mi poder de síntesis —”Argentina”— y vuelvo a escuchar música.

A los treinta segundos: And how long how you been in Indonesia. Repito el procedimiento: me alejo (ni siquiera me saco) los auriculares de la oreja, respondo en una palabra o menos, me pongo los auriculares nuevamente y miro por la ventana.

Pasa un minuto, pregunta número tres: Are you studying here or on holidays? Después de responderle decido apelar a un arma más poderosa: saco mi cuaderno y me pongo a escribir (con auriculares puestos, obvio).

Se pone a leer lo que escribo y escucho: Are you writing in English or in Spanish?

– Spanish, sonrisa falsa, escribo otra vez (con cara de concentradísima), sigue mirando la hoja.

Decido incrementar la artillería y saco un libro de Indonesio. Me pongo a estudiar.

– Oh, a book of indonesian grammar! Dejo de responder con palabras y empiezo a usar onomatopeyas: mhmmm.

Al rato: Do you have family here? Estoy a punto de decirle que estoy casada para que deje de hablarme.

Lo último que me dice es: You have to be careful because there are many thieves on this train. Listo, ¡me quedo más tranquila!

Al rato se duerme, gracias a Dios.

Yo sigo con mi iPod y mi cuaderno.

Media hora después escucho que alguien me habla por encima de la música. Es uno de los empleados del tren que camina por el pasillo ofreciendo kopi (café) en una bandeja. Lo miro, está parado al lado de mi asiento mostrándome el café, le hago un gesto con la mano diciendo “no, gracias” y sigo con mi música.

Pero el muchacho no sólo no se va sino que aprovecha esta oportunidad para practicar su inglés y me pregunta, intentando pronunciar lo más perfectamente posible: Hello miss, excuse me, would you like to have some coffee?

Me apiado y me saco los auriculares y con mi mejor sonrisa le digo “No, thank you“.

Para qué.

Excuse me miss, please, I would like to know where you come from.

Otra vez lo mismo no, por favor.

– Argentina.

– Oh! And can you speak English or just Spanish?

¿Por qué fui tan sincera? ¿Por qué no le respondí en castellano?

– And what are you doing here in Indonesia? And where do you live in Yogya? And how long will you stay here? And can you speak bahasa indonesia? And what is your favourite food? And do you have many friends? Todo con la bandeja en mano y el café que se le enfría.

El tipo frenó la venta para (intentar) charlar conmigo. Yo trataba de responder cada pregunta cerrando la conversación para que siguiera camino, pero no se daba por vencido.

– Ok miss, if you need anything just call me ok?

Hay días en los que solamente quiero escuchar mi música en paz.

En cualquier momento me pongo una peluca negra y empiezo a responder preguntas sólo en castellano.

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Juntando figuritas (o cómo estoy aprendiendo bahasa indonesio en Yogyakarta)

Aprender un idioma nuevo es como juntar figuritas, especialmente cuando se trata de palabras que jamás había escuchado en mi vida.

Cada vez que leo o escucho una palabra que desconocía, pregunto su significado, me la apropio, la escribo en mi cuaderno (“la pego en mi álbum”), la miro letra por letra, la vuelvo a mirar, me imagino en qué situaciones podría usarla e intento captarla en conversaciones cotidianas.

Esta última parte es la más importante: escuchar la palabra en algún contexto de la vida real me sirve para dejar de verla como un conjunto arbitrario de letras y entenderla como algo social con un significado específico.

Sino, no dejan de ser letras que “alguien” combinó de manera un tanto rara (un buen ejemplo de esto es la palabra nggak, que significa “no” por si se estaban preguntando y se pronuncia algo así como “engá”).

Estoy estudiando indonesio por mi cuenta, con dos libros, un diccionario inglés-indonesio (me resulta más fácil estudiar indonesio usando el inglés como base que el español), la televisión, la radio, los subtítulos de las películas, los carteles de la calle, el packaging de los productos y mis amigos.

Deberán pensar: ¡Pero a esta altura esta chica debe ser una experta!

No, voy de a poco, la cosa del indonesio es que a pesar de que usan el mismo alfabeto que nosotros y de que la pronunciación es casi igual al castellano, las palabras son inadivinables.

¿Quién diría que laki-laki significa hombre, wanita quiere decir mujer, penulis es escritor y jalan-jalan significa viajar?

Imposible intentar adivinar un cartel.

Por eso cada vez que escucho “en la vida real” una palabra que aprendí usando el diccionario, me emociono: Yo la sé, ¡la sé! ¡la tengo esa!

En este “juntar figuritas” obviamente aparecen las famosas FIGURITAS REPETIDAS, esas palabras que tooodos los extranjeros se aprenden como terima kasih (gracias), sampai jumpa (nos vemos), maaf (perdón), satu dua tiga (uno dos tres) y selamat malam (buenas noches).

Ya me las recontra sé, y cada vez que alguien me las enseña o me las dice pongo cara de “esa ya la pegué en el álbum hace rato, dame una más difícil”.

Igualmente son las primeras palabras que uno necesita saber cuando llega al país.

Después están las FIGURITAS INEXISTENTES (ni siquiera son “las difíciles”, sino que directamente no existen): el indonesio no tiene tiempos verbales ni géneros, las palabras no llevan artículos ni tampoco se les agrega una S si es plural, no hay tildes ni diéresis.

Dicho así, les parecerá el idioma de la selva, pero al contrario, es un idioma que dice lo necesario, es poco apalabrado y una vez que se capta la lógica, es muy simple de aprender.

Podría hacer el razonamiento inverso y preguntarme qué necesidad tenemos los hispanohablantes de separar las palabras en masculino y femenino y de tener tantos tiempos verbales.

Pero es así.

Cada idioma tiene sus características que lo hace único.

A medida que lleno el álbum me voy topando con FIGURITAS BILINGUES: palabras que son (casi) iguales y tienen el mismo significado en indonesio y en español.

Gratis significa que no pagás

Tinta es lo que lo ponés a la impresora

Permisi lo usás para pedir permiso

Sepatu es lo que te ponés en los pies

La meja tiene cuatro patas y sillas alrededor

Klakson es la bocina

Teh es eso que podés tomar con leche o con limón

Minggu es el amado domingo… y guarda que ahí viene la polisi.

Pero también hay palabras que suenan o se escriben igual que en español y tienen un significado completamente distinto: como lima que quiere decir cinco (yo siempre pienso en lima-limón), kursi que quiere decir silla o tukang que no recuerdo qué es pero me hace pensar en “tukang se vengde”. U

Una de las mejores: cuando van a sacar una foto, en vez de queso o cheese dicen… KEJUUU (pronunciado keyu).

Y aparecen obviamente, las FIGURITAS DIVERTIDAS, las que no me dejan descansar la imaginación y desarrollan mi capacidad de hacer asociaciones estúpidas.

Si escucho matahari (significa “sol” y la H se lee como J) inmediatamente me pongo a cantar la canción Aves de paso de Joaquín Sabina: “…A la Matajari a la Magdalena a Fátima y a Salomé…”.

Bulan (que significa mes) me la acuerdo porque me suena a Mulán, la película de Disney.

Barat (oeste) a mi me suena a Borat.

Y ni hablar de palabras como tangga, sepeda, pihat y cuci (la H se lee como J y la C se lee Ch).

A veces leo cualquier cosa y en vez de Rivoli veo un ravioli y en vez de cabe (“chabe”) leo “cabe” como en “te re cabe”.

Si veo gigi (pronunciado guigui y que significa dientes) me acuerdo de mi amiga peruana “shishi”, besar no me hace pensar en algo grande sino en darle besos a alguien, baca (leer) es como vaca mal escrito.

Y por último están esos carteles que directamente me hacen reír por lo absurdos que podrían llegar a ser: como el local de comida que se llama Pisangku (literalmente significa Mi Banana), el carrito en la calle que vende su delicioso ayam kentaky (ayam es “pollo” y lo de kentaky no es una especilidad sino un intento de parecerse a KFC), los carteles que anuncian por todos lados cuci mobil (quiere decir que te lavan el auto, no seamos mal pensados) y las peluquerías que ofrecen Blow 15.000 rp (calculo que será el secado de pelo).

Si hay algo que le gusta a todo el mundo es cambiar figuritas.

Cómo se dice tal cosa, cómo se dice tal otra.

Y ahí aparecen las FIGURITAS CODICIADAS.

Los amigos de mi novio quieren que les enseñe a decir culo y tetas, lo que me demuestra que los hombres son hombres en cualquier lugar del mundo y que todos juntan las mismas figuritas.

Ahí es cuando me siento poderosa: Ah no, esas te las cambio por lo menos por diez de las tuyas.

También están las FIGURITAS COMPLICADAS: ¿cómo les explico que mi apellido se pronuncia BISHALBA? Si cada vez que se me escapa un “sho” me miran con cara rara y no logran repetirlo.

Tendré que rendirme ante el Vi-i-alba o (como lo pronuncian acá) ViLalba.

Es muy gracioso además ver el razonamiento de la gente cuando digo que soy argentina.

Primero piensan que estamos en algún lugar de Europa y que hablamos o inglés o francés o italiano.

Algunos saben que hablamos español pero no tienen idea en qué lugar del mundo estamos, creen que somos una provincia de España o parte de Estados Unidos.

Hay quienes me sorprenden con un “hola señorita” o “uno dos tres cuatro cinco” (después me entero que lo aprendieron de las telenovelas y de las canciones de Ricky Martin… un-dos-tres-un-pasito-pa-lante-maria).

Si leen algo que escribí en español, lo leen con un acento totalmente mexicanizado y moviendo la mano cual italianos.

Cuando quieren hacerse los que hablan español, empiezan a agregarle una O a la terminación de todas las palabras: “makan-O” (makan es comer), “puasÓ” (puasa es ayunar), “tidur-O” (tidur es dormir).

Pero el premio mayor se lo lleva la vecina de mi amiga en Jakarta, una nena de unos tres o cuatro años.

Cuando me vio pasar por la puerta de su casa empezó a decirle a la hermana mayor “bule! bule!” (extranjera) y en vez de hablarme en indonesio o decirme hello, me habló, totalmente convencida de lo que estaba diciendo, en una mezcla de ballenés y alien: DAGABLUBLUBLA BLABLIBLU!

Y yo, para no ser menos, le seguí la conversación. BLAGABLUBLA!

¡Cuidado: caballo enojado!

Lugar que vende crédito para el celular

?

Gado-Gado es una comida: verduras con salsa de maní

Nasi nasi nasi: arroz arroz arroz

Intentando leer el diario durante la época del Mundial

Nasi liwet es un plato de arroz típico de Solo

La remera de Pringles made in Indo

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Vuelvo a Indonesia desde Macau

Hong Kong: 10.30 am, principios de julio de 2010

Esta vez no me ganan, esta vez me quedo sesenta días (y tal vez más).

Voy en el tranvía rumbo al Consulado de Indonesia en Hong Kong, con una carta de invitación en la mano, mi pasaporte, dos foto carnet, pasaje de entrada y de salida y algo de ansiedad.

El tema de las visas en Indonesia puede ser una complicación.

Lo más fácil es obtener lo que se conoce como Visa on Arrival: llegás al aeropuerto de Jakarta (por ejemplo), pagás 25 dólares, mostrás tu pasaje de salida y te dan un permiso para quedarte 30 días en el país, ni un día más (no hay posibilidad de extenderlo).

Para los que viajan como yo, sin planes, sin rutinas, sin fechas, ese límite se convierte en un obstáculo para conocer el país (por cada día “extra” que te quedes, te cobran unos cuantos dólares, y si te quedás más de 60 días con un permiso de 30, te pueden meter preso y prohibirte volver a entrar al país por varios años).

Pero Indonesia es gigantesco, ¿cómo pretenden que lo recorramos en treinta días?

Y no es solamente Indonesia: en Filipinas te dan un permiso de estadía por 21 días a cambio de 35 dólares, en Vietnam la visa de un mes con doble entrada cuesta 60 USD, la de Cambodia 25 USD, un mes en Laos 30 dólares, en China 45…

Podría decir que las dos cosas más caras del viaje son los pasajes aéreos de un país a otro (que, con aerolíneas baratas como Air Asia, Tiger Airways, JetStar, Lion Air, casi nunca superan los 100 USD ida y vuelta) y las visas.

Así que decidí que si vuelvo a Indonesia, vuelvo con tiempo.

Investigando descubrí la Visa Social, un permiso de 60 días para aquellos que van al país a visitar familiares o amigos.

Cuesta 50 dólares y puede ser extendida dos veces para quedarse un total de seis meses en el país.

Para aplicar se necesita un sponsor indonesio quien, en teoría, se hará cargo de todos los costos del viaje, y una carta de invitación al país.

Mi amiga Melati, a quien conocí la primera vez que estuve en Indonesia, me escribió la carta para que presentara en el Consulado.

Una vez ahí, una hongkonesa con cara poco alegre me pidió todos los papeles, fotocopias, fotos correspondientes, mis datos, qué hago, a qué me dedico, por qué viajo a Indonesia, dónde voy a vivir, etc.

Y por último me dio un glorioso papelito amarillo.

– Retire su pasaporte y su visa en cinco días hábiles entre las 14 y las 15 horas. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Consulado de Indonesia en Hong Kong

Macau: 00.00, 19 de julio de 2010

Estoy sentada a orillas del lago de Macau, tomando algo con mis amigos Journey, Dan, Clancy, un chico polaco y más chicas de Macau.

Mi vuelo a Jakarta sale a las 2.35 am, pero no pasa nada, lo bueno de la isla de Macau es que todo queda tan cerca que podemos llegar al aeropuerto en colectivo en menos de 15 minutos y sin una gota de tráfico.

Nada de Ezeizas a dos horas.

Y si algo falla, lo tengo a Dan, mi amigo filipino que trabaja en la parte de seguridad del aeropuerto (o mini aeropuerto, porque es muy chiquito), conoce a todos y es capaz de frenar la partida de cualquier avión.

Journey (mi amiga china), Clancy (el macaense que nos alojó) y Dan me acompañan al aeropuerto a las 1 de la mañana.

Saben que estoy nerviosa por volver a Indonesia, por todo lo que implica (lo contaré en la siguiente historia…)

Saben que tengo miedo y ansiedad, por eso me acompañan y me despiden y me prometen que todo va a salir bien.

Muchas fotos, abrazos, planes de volver a encontrarnos en algún lugar de Asia o del mundo después, me voy hacia el mostrador de JetStar para hacer check-in.

Las aerolíneas de bajo costo tienen una gran ventaja (el precio), pero también tienen muchas reglas a seguir.

Una de las reglas de JetStar es que no realiza conexiones, me explico: si, por ejemplo, tenés que tomar dos vuelos de JetStar (como era mi caso), uno de Macau a Singapur y de ahí, tras unas horas de espera, otro vuelo a Jakarta, hay que hacer el check-in dos veces ya que JetStar no se encarga de realizar la conexión ni de enviar el equipaje directo al destino final.

Hay que despacharlo, buscarlo en Singapur (o en el destino intermedio que sea)  y volver a despacharlo.

OK, perfecto.

Pero cuando llegué al mostrador, el chico que me atendió me prometió y recontrareprometió que iba a mandar mi mochila directamente a Jakarta, sin necesidad de que yo volviera a despacharla en Singapur.

– Bueno, if you say so… But, are you REALLY sure? (Bueno, si vos lo decís… Pero… ¿Estás realmente seguro?)

– Yes, yes, straight to Jakarta (¡Sí sí, directo a Jakarta!)

– Ok…

Así que me subí al avión, escribí un ratito en mi cuaderno y me dormí.

Cuatro horas después, estaba de vuelta en Singapur.

A esperar unas cinco horas y otra vez a volar.

Esperando el colectivo para ir al aeropuerto de Macau

Jakarta: 12.15 pm – 19 de julio de 2010

Lo gracioso de Indonesia es que hay embotellamientos hasta adentro del aeropuerto.

El aeropuerto de Singapur por ejemplo, es enorme, está perfectamente bien señalizado, tiene colectivos que van de una terminal a otra, tiene hoteles, pileta de natación, negocios, restaurantes y mucha paz.

En el aeropuerto de Jakarta nadie te dice que primero tenés que ir a ese rincón a pagar la visa, que después tenés que hacer la cola eteeerna para migraciones en ese otro rincón, que tenés que buscar tu equipaje en alguna de esas ocho cintas, que tenés que tomarte el colectivo al centro en la salida E o F.

Hay que ingeniárselas.

Más aún con gente que casi no habla inglés.

Y lo del embotellamiento lo digo por la cantidad de gente que había para sellar el pasaporte cuando llegué.

Después de una hora de espera, pasaporte sellado, welcome miss y todas las formalidades aeroportuarias, voy en busca de mi mochila.

Y obvio: no está.

Me recorro todas las cintas, la espero hasta el final, pero jamás aparece.

¿Alguien se la habrá llevado? Lo dudo, no hay más que ropa sucia.

Me dejó nomás, prefirió quedarse en Singapur o tomarse un avión a Vietnam, quién sabe, tener una mejor vida sin mí.

Lo único que lamento es la remera que me regaló él, eso es irrecuperable, todo el resto se puede volver a conseguir.

Hago “la denuncia” en el sector de equipaje perdido, la mujer me asegura que mi mochila quedó en Singapur y que la mandarán en el próximo vuelo y de ahí directo a la casa de mi amiga.

No me amargo demasiado, al menos no tengo que cargarla hasta lo de mi amiga.

Salgo del aeropuerto y voy en busca del colectivo que me llevará a la casa de Melati.

Llueve a cántaros, se me abalanzan los indonesios para ofrecerme “taxi mister”, compro un juguito y me cobran tres veces más de lo que vale, no consigo comprar crédito para mi celular, el colectivo tarda más de 40 minutos en llegar y da vueltas una hora y media alrededor del aeropuerto para levantar más pasajeros, después tarda unas dos horas más en llegar hasta lo de mi amiga.

Definitivamente volví a Indonesia.

Cómo amo este país.

Epílogo: La mochila apareció con vida al día siguiente, aunque por unas horas deseé que nunca volviera… Está bueno perder todo, desprenderse del peso de lo viejo, encontrar una mochila nueva y llenarla de cosas distintas. Dejar el equipaje emocional atrás. Empezar de cero.

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Momentos Macau

Mi mamá siempre lo dice: Cada cual lo cuenta según cómo pasó la fiesta, viste.

Por eso estoy aprendiendo a no guiarme por las opiniones de los demás en cuanto a la escala de valores que va de “aburrimiento” a “diversión” que un lugar tiene para ofrecer.

-¡¿Seis días en Macau?! Es demasiado, es un lugar muy chico y no hay nada para hacer… Salvo ir al casino, me dijeron muchas personas en distintas situaciones cuando les comenté cuál era mi próximo destino.

Sin embargo yo no fui a jugar al casino y seis días en Macau me parecieron muy poco.

Hay ciertos lugares del mundo que cobran un aura especial no por el paisaje, ni por la comida, ni por la cultura, sino por los momentos vividos con determinadas personas (poner Brillante sobre el mic de Fito Páez o In my life de los Beatles de fondo por favor).

Son lugares en los que el tiempo se congela y todo se reduce al micromundo construido con los (nuevos o viejos) amigos.

Y, a mí, esto me pasa en los momentos menos esperados, cuando llego a esos lugares a los que no sé muy bien por qué elegí ir.

¿Por qué decidí ir a Macau?

Por lo mismo que decido ir a todos los lugares a los que voy: por qué no.

Fui a Hong Kong porque conseguí —de casualidad— un pasaje de avión en oferta desde Filipinas y pensé, me voy a Hong Kong nomás. Y una vez en Hong Kong pensé, si la isla de Macau queda a una hora de esta ciudad y tampoco necesito visa china para entrar, ¿por qué perdérmela? Solamente me separa una hora en barco y unos 15 dólares de pasaje.

Así que partí rumbo a Macau sabiendo algunas cositas básicas:

  • Es una península y otra de las “regiones especiales” de China y por lo tanto goza de cierta autonomía política
  • Fue colonia portuguesa hasta fines de los 90 y es patrimonio de la humanidad de la UNESCO
  • Una vez que logró ser independiente de Portugal se convirtió en casinoland, una especie de Las Vegas asiática
  • Es “un poco más barato que Hong Kong
  • Es un lugar “muy chiquito”, “tan chiquito que podés recorrerlo en un día”

Esto debe haber provocado el siguiente sueño en mi cabeza un par de noches antes de viajar: llegaba a la terminal fluvial, me bajaba del barco y Macau no era más que una maqueta por la que podía caminar de una punta a la otra en menos de tres minutos.

Y llegué a Macau sabiendo que me esperaba lo siguiente: Journey, mi amiga china, que había tenido que viajar la noche anterior porque su permiso de siete días en Hong Kong se vencía; Clancy, un local de Macau y miembro de Couchsurfing que accedió con la mejor onda a alojarnos en su casa; los “free casino shuttle-buses”, combis gratuitas que recorren la ciudad de casino en casino; y “macanese food”, una fusión de comida china y portuguesa ¡ex-qui-si-ta!

No me imaginé, por ejemplo, que iba a encontrarme con carteles escritos en portugués en plena ciudad asiática.

Ya sé, ya sé, si Macau fue colonia portuguesa, es más que lógico encontrar leyendas en portugués… ¿Pero es lógico encontrarlas aún cuando ningún “macaense” habla más que cantonés y tal vez algo de inglés? ¿Es lógico que los nombres de las calles estén completamente en portugués (“Avenida Da Praia Grande” o “Passagem de las lindas”) y que ningún local recuerde las recuerde ni remotamente? ¿Es lógico que muchos anuncios públicos estén en cantonés y en portugués, cuando la mayoría de los turistas solamente habla inglés?

No lo sé… ¡pero me encanta!

Es lo que hace que un lugar sea más interesante.

Y nada mejor que descubrir la lógica interna de cada ciudad: como en Macau, por ejemplo, donde la gente no se guía por los mapas sino por los casinos.

¿Alguien fue a Las Vegas?

Yo no, pero me imagino que Macau es como un Las Vegas metido dentro de un escenario colonial.

Por un lado tenés callecitas de piedra, farolitos con filetes, casas bajas pintadas de amarillo pastel y salmón, construcciones con columnas blancas, iglesias y teatros, fuentes y placitas… pero si mirás un poco más allá, te chocás con los casinos más grandes, más dorados, más luminosos, más kitsch que viste en tu vida.

Creo que esto genera cierta dinámica que muchos turistas siguen: día uno, a recorrer el centro histórico de Macau, día dos, a jugar al casino, día tres, de vuelta a casa.

Pero por suerte a Journey y a mí no nos gusta seguir la lógica.

Por algo es la compañera de viaje ideal, la versión asiática de mis dos compañeras de viaje argentinas.

Con los días, sin planearlo, formamos una banda de personajes: Journey, “Spy Girl”, y su cámara de fotos que parece registrarlo todo; Luky, alias “The Kid”, un indonesio muy teenager que ya viaja solo a sus 17 años y le emociona más comprar souvenirs o dormirse en los lugares con aire acondicionado que ir a los puntos turísticos; Clancy, el dueño de casa, un fotógrafo que está planeando hacer un viaje en bici desde Macau hasta Europa pasando por Asia Central; Dan, “Filipino Boy”, un chico que trabaja en la seguridad del aeropuerto de Macau y no para de hacer chistes y reírse.

Esa gente que vale la pena conocer y de la que cuesta despedirse.

¿Cómo pasamos los días?

Recorrimos el centro histórico de Macau de noche, momento del día en que el calor es “un poco menos” sofocante y no hay que abrirse camino a codazos entre la gente que camina por el centro.

Fuimos a los casinos pretendiendo ser personas con mucha plata solamente para usar el aire acondicionado, sacarnos fotos frente a los espejos, aprovechar los tragos gratis de Ladies’ Night y escuchar bandas en vivo.

Comimos en todo lugar y a toda hora: comida china, comida portugesa, comida “macanesa” (fusión), helados, postres, dulces, frutas, jugos, verduras, pescado, tartas portuguesas, lo que venga.

Hasta reventar.

Nos sacamos fotos en todos lados, posando, naturales, desde esta perspectiva, desde esta otra, de lejos, de cerca.

Nos perdimos caminando por ahí, volvimos a ubicarnos gracias a los casinos.

Visitamos localidades cercanas y playas, aprovechamos para seguir probando comida.

Nos sentamos al lado del lago de noche y nos reímos como estúpidos hablando de la vida.

Fuimos todos juntos al aeropuerto cuando me tocó tomar el avión a Indonesia…

Qué difícil es despedirse de ciertas personas.

Pero hay que seguir.

Y tengo la certeza de que voy a volver a Macau y a Hong Kong, cada vez siento con más fuerza que Asia va más conmigo, cada vez tengo más ganas de quedarme acá, de apostar cien por ciento a la escritura (de viajes, de historias, de pensamientos, de sueños) y postergar mi vuelta a Argentina… quién sabe para cuándo.

Seré poco nacionalista, pero siempre tuve este pensamiento: así como uno no elige en qué época nacer ni en qué familia, tampoco elige en qué lugar del mundo, por eso no considero que mi lugar de nacimiento tenga que ser mi lugar de residencia permanente.

Además el hecho de que sea argentina es una gran coincidencia, ya que si mi mamá y mis abuelos nunca hubiesen emigrado de Hungría por la guerra, yo sería europea oriental.

Y tal vez, aún así, tampoco sentiría que Europa del Este sea mi lugar.

Por eso no veo los viajes como una “escapatoria”, sino como una búsqueda.

Una búsqueda de un lugar en este mundo donde me sienta feliz…

Seis de estadía en Macau y dos aviones después, volví a Indonesia.

Caminando por el centro histórico de noche…

… y de día

En busca de comida entremedio de callejones

Comida típica portuguesa hecha con huevo

Elegí qué querés comer y ella te lo cocina en el acto

Voce fala portugueis?

Calles, ventanitas, espejos

nenas cargando bolsas

Qué doradez

Qué kitsch

Dorado por dentro y por fuera

Las Ruinas de St Paul

Como siempre, los asiáticos adoran la cámara

Una mezcla de la torre de Kuala Lumpur con el puente de San Francisco

Cenando con amigos de CS

Journey y Clancy

Paredes de esas que me gustan

Finalmente carteles en Asia que puedo entender!

La Banda

 

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¡¿Dónde están mis ojotas?!
Mi experiencia en Ko Phanghan, la isla de la Full Moon Party

Tailandia es un país preparado para el turismo, definitivamente. Me lo dice la gente que me cruzo y me doy cuenta a pesar de llevar (“sólo” o “ya”) una semana acá. ¿Cómo hacés para comunicarte? Es la pregunta que más recibo desde tierras argentinas. No es nada difícil, les cuento, pensé que iba a ser peor. Hasta me siento decepcionada de lo fácil que es (en los lugares turísticos, claro).

En general, todos los carteles están en thai y en inglés, los menúes de los restaurantes también tienen el subtítulo en inglés (y en algunos casos la foto del plato), la mayoría de la gente sabe decir (o por lo menos entiende) “hello”, “thank you”, “how much?”. No esperan que uno les hable en su idioma, sino que directamente saludan con un sawatdee (saludo tradicional thai) y hablan en inglés (un inglés que a veces cuesta entender, pero inglés al fin).

Pero cuando uno se sale un poquito de la ruta turística, las cosas cambian.

La experiencia de ir a Chinatown en Bangkok fue divertida, ahí sí que nadie hablaba inglés… y yo que necesitaba saber cómo llegar a la estación de subte más cercana. ¿Qué hice? Me aprendí el nombre de la estación (Hua Lamphong) y me fui acercando a distintas personas que parecían ser policías, oficiales, cuidadores o algo por el estilo. Los miré con cara de perdida y les dije “Hua Lamphong?”, a lo que me indicaron con señas cómo llegar. Lo gracioso es que cada persona me iba indicando de a dos cuadras, me marcaban con el brazo que caminara derecho y que doblara a la izquierda, por ejemplo, y cuando hacía ese trayecto y no veía ni rastros de la estación de subte, le preguntaba a otra persona que nuevamente me daba una indicación de dos cuadras y así, cuatro personas después, llegué.

Pero mis aventuras en Bangkok quedaron atrás. Si bien la ciudad me fascinó, no soporté eso de transpirar más que haciendo una hora de spinning adentro de una olla a presión. Detalle interesante: hablando con una alemana, me dijo que Bangkok le gustó pero que le pareció una ciudad muy ruidosa, contaminada y sucia. ¿Bangkok? ¿La misma Bangkok que conocí yo? ¿O será que nosotros estamos tan acostumbrados al caos que cualquier ciudad medianamente ordenada nos parece de avanzada? ¿O será que ellos están tan acostumbrados al orden que cualquier ciudad medianamente ruidosa les parece incivilizada? Qué dilema… Yo creo que hay que buscar un punto medio entre ambas.

Y Bangkok es una ciudad que vale la pena conocer, se los aseguro. Probablemente tendré que volver cuando quiera volar a Myanmar, ya que a ese país sólo se puede entrar en avión (bah, por tierra también, pero es complicado). Capítulo aparte.

Como dije, me vine a la playa. Todavía no a LA Playa de Leo Di Caprio, esa será mi próxima parada… (Sí, ese lugar es REAL).

Ahora estoy en Ko Phanghan, una de las tres islas de la provincia de Suratthani, unos 600 kilómetros al sur de Bangkok.

Llegué en colectivo y ferry, unas 12 horas de viaje, de noche y sin dormir. Hay formas más cómodas de llegar, obvio: el avión, para los que pueden gastar un poco más y tienen menos tiempo, y el tren, que es más cómodo y tiene camas en lugar de butacas. Hubiese venido en tren, pero los pasajes estaban agotados hacia varios días (me avivé tarde). En estas islas hay opciones para todos: los que prefieren vacaciones en resorts cinco estrellas, van directo a Ko Samui; los que quieren sacar el certificado de buceo bien barato, eligen Ko Tao; y los que quieren gastar poco pero ir a una playa de agua turquesa y arena que parece talco, derechito a Ko Phanghan.

Ah, y hay otra razón para elegir esta isla: las famosísimas Full Moon Parties.

Tengo que confesar que por más famosísimas que sean, yo no sabía demasiado sobre estas parties hasta que llegué acá.

La cosa es así: esta fiesta existe desde 1988 y se celebra cada luna llena. La primera vez que se hizo fue para 20 o 30 personas que descubrieron que la luna llena, al parecer, se veía mejor acá que en cualquier otro lugar del mundo. Hoy en día, la isla recibe entre 20.000 y 30.000 personas por fiesta (!). Muchos llegan del continente o de las otras islas y se quedan en Ko Phanghan solamente para la fiesta y vuelven completamente borrachos en el ferry a sus respectivos paraderos. La fiesta se hace en Sunrise Beach, una de las playas de Haad Rin, uno de los pequeños pueblitos de esta isla.

Mi itinerario no coincide con la luna llena (faltan como tres semanas), así que cuento según lo que escuché, vi o leí por ahí.

Al parecer antes de que empiece la fiesta todos se pintan el cuerpo con pintura fluorescente, compran los famosos buckets (baldes) de alcohol y se van para la playa. Hay varios DJs que pasan distinto tipo de música, más que nada electrónica. Me la imagino como una gran Creamfields at paradise. Hay fiesta de la espuma, malabaristas y, al día siguiente, un gran mercado negro de ojotas y venta de remeras que dicen “Has anybody seen my shoes?”.

Un descontrol.

Obviamente los precios de los hostels y hoteles se duplican o triplican. Para los nostálgicos, se realizan también la Half Moon Party y la Black Moon Party. Lo más gracioso es que el pueblo de Haad Rin (mínimo) está lleno de puestos de tatuajes, osea: empedate, tatuate y al día siguiente olvidate de arrepentirte. La Full Moon Party queda en tu piel para siempre (y en tu ropa también, la pintura fluorescente no sale con nada). The Ko Phanghan Experience, me dice un israelí que la vivió, y me cuenta que nunca probó un Red Bull tan fuerte como el de acá (tan pero tan fuerte que en Israel prohibieron su importación).

Ahora que estamos en la época “entre-fiestas”, la isla está tranquila.

Más allá de las motitos que van y vienen por los caminos de tierra, se puede caminar, comer y dormir con serenidad.

Es impresionante la gran cantidad de israelíes que hay acá, no sé nada de estadística, pero me atrevo a decir que uno de cada cuatro es israelí (los tres restantes son alemanes, tailandeses y algún europeo random). Perdón, son muy buena onda, pero no puedo evitar recordar a Zohan cada vez que los escucho hablar en inglés. Por ahora latinoamericanos, cero.  No escuché ni una palabra de español desde que llegué, todo hellowhereareyoufrom. Tengo ganas de hablarles a todos en porteño y que nadie entienda nada.

Qué descubrí en Ko Phanghan:

  • Que la comida más rica, más barata y mejor preparada es la de los carritos callejeros. La cocinan en el momento, adelante tuyo y la cocinera es una tailandesa de verdad, no un europeo que se vino a vivir acá y puso un restaurante
  • Que la comida tailandesa es demasiado rica…
  • Que la gente duerme hasta muy tarde (mucha joda). Un día me caí de la cama a las 8 am, fui a la playa y juro que no había NADIE más que yo y una chica que corría de punta a punta con una lata de Redbull en la mano. Lo de la lata es mentira. Corría haciendo su ejercicio matutino supongo
  • Que no hay vendedores ambulantes en la playa (al menos no en ésta) como por ejemplo en Brasil (los que te venden las hamacas paraguayas), en Perú (los heladeros) o en Ecuador (los artesanos). Acá, nada. Eso me gusta de los vendedores tailandeses: que no acosan. Si entrás a su negocio, te dejan mirar tranquila sin decirte cada cinco minutos que tienen buenas ofertas para vos, que eso te queda divino, que si llevás dos te regala uno, etcétera…
  • Que eso de que esta es la playa de los hippies es una gran mentira. Creo que si vi cuatro personas que catalogan como hippies, es demasiado. Está lleno de europeos que vienen por la fiesta, a mi no me engañan
  • Que, por ahora, nuestro Caribe no tiene nada que envidiarle a las playas de Tailandia, aunque no sé si tendré que retractarme cuando llegue a las Ko Phi Phi Islands
  • Que todo el mundo viene en grupo, y yo sola… ¿Nadie tiene ganas de unas vacaciones en Tailandia? :)

Actualización con algunos precios (¡2010!): El hotelito en el que me quedo (cuarto privado con baño, ventilaitor, acceso a swimming pool) cuesta ¡8 dólares la noche! Es genial. Con respecto a mi gasto en comida, depende, si comés en los carritos de la calle pagás 1 dólar por un plato abundante. Sino, en los restaurantes, de 2.50 para arriba. ¡Super económico y muy rico!

 

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Bangkok en diez palabras – parte II

[box type=”star”]Podés leer la primera parte de este post acá: Bangkok en diez palabras – parte I [/box]

6. SPICY

Me lo dijeron antes de viajar: siempre pedí la comida not spicy, porque le ponen un picante que nos mata, y aunque les digas no spicy, siempre algo picante va a estar. Por ahora tuve suerte, me animé a la comida tailandesa y es… deliciosa! Me encanta la mezcla agridulce que tiene. Por ejemplo hoy almorcé un arroz con pollo, camarón y ananá (más una salsa misteriosa que jamás descifraré). Lo bueno es que los menúes casi siempre vienen con fotos o con una breve descripción de cada plato en inglés, así por lo menos uno tiene una idea más o menos remota de lo que le van a servir.

Es imposible no comer en Bangkok, la comida te persigue, los vendedores ambulantes están en todas las veredas, repito: en todas. La cosa se volvió tan sofisticada que incluso ponen mesitas en la calle para que los comensales descansen y se coman un plato de arroz. Debe haber unos diez restaurantes por cuadra e igual cantidad de carritos. Desde la madrugada, hombres y mujeres fríen pollos, cortan frutas en pedacitos, sirven té y café y preparan comidas al paso en la calle.


7. WAT

Pero los carritos no son la única decoración callejera. Hay un elemento que probablemente nos llame más la atención a nosotros (por nosotros me refiero a los occidentales): cada pocas cuadras hay desde enormes templos (wats) hasta pequeños altares abajo de un árbol. Los tailandeses se toman unos minutos de su rutina para frenar, agradecer y realizar alguna ofrenda. Casi el 95 por ciento de la población es budista practicante y es muy común cruzarse con monjes en cualquier parte de la ciudad. Ellos tienen ciertos lugares reservados en los trenes, subtes y barcos y, según tengo entendido, una mujer no debe sentarse al lado de un monje. En Bangkok hay todavía mucha evidencia del antiguo reino de Siam, especialmente templos, palacios y Budas. Actualmente el país es una monarquía constitucional: el rey Bhumibol Adulyadej está en el trono desde 1946.

8. PIES

Para los tailandeses, la cabeza de las personas es sagrada y los pies son lo más bajo y sucio, por lo tanto es de mala educación tocarle la cabeza a alguien o señalar algo con los pies. Además, cada vez que se entra a un templo o a una casa es necesario descalzarse: en los templos hay carteles que piden a los turistas que se saquen los zapatos y estantes ubicados especialmente para dejar el calzado. Otra cosa que llama la atención con respecto a los pies es la cantidad de lugares que ofrecen masajes y reflexología, hay por lo menos una o dos de estos “salones de belleza” por cuadra.

9. TUK-TUK

“Tuk tuk lady? Where you go?”, probablemente es una de las primeras frases que aprenden los conductores de tuk tuks cuando sacan el registro. Si bien los vendedores ambulantes tailandeses no acosan a los turistas (es más, creo que ni les llaman la atención), los conductores de estos peculiares taxis se acercan a cualquier extranjero que vean. Puede parecer divertido subirse a estos autitos mezcla de moto con carroza, pero si hay algo que los tailandeses les dicen a los turistas es no se suban a los tuk tuks. Es verdad que cobran menos que un taxi normal, pero generalmente lo que hacen es pasearte, decirte que el lugar que querés visitar está cerrado y llevarte al negocio de ropa o joyas que maneja la cuñada para que compres souvenirs. Uno de los scams (engaños) más comunes es que te ofrezcan un tour por distintos puntos de la ciudad a un precio muy barato y te terminen llevando a donde se les cante (probablemente a lugares donde les den una comisión por llevar turistas). Otro engaño bastante común según leí es la venta de piedras preciosas: alguien se te acerca y te ofrece piedras preciosas a un valor muy bajo y te asegura que las vas a poder vender en tu país a un precio altísimo, en ese momento interfiere alguien que dice ser del gobierno, te muestra su identificación (trucha) y te sella un papel donde promete devolverte la plata en caso de inconvenientes. Obviamente todo está armado. Más allá de esto, es muy raro que quieran robarte o lastimarte.

10. CALOR

¿Ya dije que hace 40 grados a la sombra, no? Esta palabra se ganó dos apariciones en mi top ten de Bangkok porque el calor es tan pero tan insoportable que no dan ganas de salir de los lugares que tienen aire acondicionado. Lo que no entiendo es cómo hacen las tailandesas para estar impecables: ni una gota de transpiración, ni un pelo fuera de lugar. Que alguien me indique dónde compro lo que sea que usen para estar así. ¿Será cierto eso de que se bañan tres veces por día?

Decidí huir de la ciudad e ir hacia la playa, ya que esta es la mejor época para ir al mar. Además en unos días empiezan las vacaciones acá en Tailandia y los festejos de año nuevo, así que va a haber una gran movilización de gente.

Me voy a las islas de Ko Pha Ngan y tal vez Ko Samui, al sur del país, en breve escribo desde allá.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post!

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