Desafío Serbia Croacia

Lo digo de una: este viernes, Laura y yo nos vamos a Zagreb para empezar un viaje de 20 días por Croacia y Serbia.

Los que siguieron la saga Desafío Islandia saben que nos gusta viajar haciendo juegos y que desde que terminamos ese viaje nos quedamos con ganas de más.

Así que se viene el segundo capítulo de algo que será una serie con, esperamos, varias temporadas: los Desafíos Viajeros.

La fórmula mágica es algo así: 2 blogueras + 1 viaje + 10 desafíos + 20 días para cumplirlos.

¿Cómo presentar un viaje que todavía no empezó y en el que no sabemos qué pasará? Si bien vamos con un itinerario más o menos armado —llegamos a Zagreb, vamos para Belgrado, hacemos algo del norte de Serbia, volvemos a entrar a Croacia y bajamos por la costa hasta Dubrovnik— y una lista de desafíos posibles, uno de los objetivos es dejarnos llevar y permitir que algunos desafíos nos encuentren.

En nuestra lista hay desafíos como estos:

* convertir Belgrado en un set de fotografía
* aprender el alfabeto cirílico
* hacer una búsqueda del tesoro (con 20 objetos o situaciones para encontrar y fotografiar) en Zagreb
* hacer barcoestop por las islas de Croacia
* tener un día experimental (dejar que los dados decidan nuestro recorrido y decir a todo que sí)
* aprender a preparar un plato típico de los Balcanes
* usar todas las formas de desplazamiento posibles
* fotografiar lugares abandonados

Son, en realidad, excusas para interactuar con los lugares y con la gente, objetivos que queremos cumplir para viajar de otra manera y mostrar nuestro recorrido desde otra perspectiva.

 

Siento que este viaje está muy alineado con mi manera actual de ver las cosas: hace un tiempo empecé a sentir que la vida es una colección de desafíos.

O de consignas.

O de experimentos.

Da igual.

Vivir me parece eso: ir cumpliendo consignas invisibles, tomarse todo como un gran experimento.

Tal vez es porque estoy escribiendo mucho así, con consignas, porque estoy rodeada de libros que me proponen hacer listas o me dan temas para escribir o me sugieren exploraciones para prestarle atención al mundo —no por nada sentí la necesidad de abrir un segundo blog que no tuviera que ver con viajes—.

A la vez creo que cada desafío encierra otros desafíos.

Por ejemplo, en mi caso, siento que este viaje me pone tres desafíos grandes (vamos a decirles Macro Desafíos):

* Volver a volar en avión. Hace más de un año que no me subo a un avión y no sé cómo me voy a sentir, si las últimas veces la pasé mal. Mi gran desafío, en realidad, es perderle el miedo a volar.

* Encontrar cosas relacionadas con la escritura. No me llevo ni un libro y voy con un solo cuaderno (bueno, dos, uno muy chiquito y otro más grande), y no creo que mi lado escriviviente se vaya a aplacar en este viaje, al contrario, temo que se la pase buscando papelerías y librerías por los Balcanes. Otro desafío dentro de este Macro Desafío (¿qué sería eso? ¿un mini-macro desafío?) es seguir posteando en escribir.me mientras estoy de viaje.

* Volver a viajar. Este es el desafío más grande. Estoy viviendo en Francia hace nueve meses, pero eso no quiere decir que esté viajando. Estoy estática, haciendo las mismas cosas que haría en Buenos Aires (mi lugar de no-viaje), trabajando en mis libros y teniendo una rutina llena de quietud —que en este momento me encanta—. En este tiempo hice algunos viajes cortos, pero nada más, así que me siento medio oxidada. Hace bastante que no relato viajes en tiempo real, así que veremos cómo me sale eso.

Y tengo un Desafío Macro bis que me da un poco de vergüenza pero se los digo igual: separarme de L. por 20 días. Me da risa hasta escribirlo, pero es verdad. Y ya sé que 20 días no es nada, pero desde que nos conocimos, hace casi un año, estamos todo el tiempo juntos y yo no puedo más del amor.

Estos franceses…

Bueno, basta. Volvamos al viaje.

La gallinita, mascota oficial del viaje, está empollando en nuestros próximos destinos.

La gallinita, mascota oficial del viaje, está empollando en nuestros próximos destinos.

Puede que se estén preguntando por qué elegimos Serbia y Croacia.

Elegir el destino del viaje fue otro desafío (van a ver la palabra “desafío” bastante de ahora en más).

No exagero: Lau y yo tuvimos una sesión de cuatro horas de Skype para decidir a qué parte de Europa irnos y nos costó mucho llegar a una decisión final.

El diálogo tenía momentos así:

—Bueno, ya está, tenemos cuatro opciones: Bulgaria, Polonia, Croacia y Francia.

Y al rato:

—¿Cuáles eran las opciones? ¿Y Alemania no te copa?

—No, pará, tenemos que ir a Turquía.

—Yo muero por los países nórdicos.

—¿Y si vamos a Hungría?

—Bueno, decidido: República Checa.

—Pará, imaginate hacer un viaje de desafíos por España, sería re divertido.

—Sí, tenés razón, vamos.

—Che, ¿y cuáles eran las cuatro opciones anteriores?

—¡Mirá lo que son estos lugares de Croacia!

—Yo tengo muchas ganas de ir a Belgrado.

Y así.

Era de no creer.

Ponés a dos indecisas juntas y sale eso.

Ni sabemos quién sugirió qué, pero al final las dos nos copamos con Croacia y Serbia, así que cerramos el debate ahí.

Uno de mis grandes destinos pendientes en Europa son los Balcanes, así que esa era la región que más me tentaba. De Croacia me hablaron mucho, más que nada por sus playas, sus pueblitos mediterráneos y su gente. Y Serbia es un país que siempre me llamó la atención.

Así que allá vamos: a jugar, a divertirnos, a ver qué nos depara el camino y a contarles todo a través de nuestros blogs.

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[box type=”info”]* Pueden seguir el viaje en redes sociales con el hashtag #DesafíoSerbiaCroacia. Yo estaré publicando en mis cuentas de twitter (@anikovillalba), facebook (perfil personal y página de Viajando por ahí) e instagram (@anikovillalba). Lau en su blog y en sus redes. Como la vez anterior, cada una escribirá acerca de cinco desafíos. Pueden leer la versión de Lau de este post en su blog.

* Queremos que uno de los desafíos sea pensado por ustedes, así que mándennos sus sugerencias por acá, por mail, por redes, por donde prefieran y en unos días diremos cuál elegimos.

* Nos vamos de viaje con el libro Turista lo serás tú, del que esperamos sacar varios juegos divertidos para hacer por allá.

* En este viaje contamos con el apoyo y la buena onda de Eurail. [/box]

10 cosas para hacer en Barcelona

[box border=”full”]Este es un post invitado de Pol Comaposada, autor del blog de viajes Mundo-Nómada.com. Como nadie conoce mejor su propia ciudad que un local, Pol nos da 10 ideas para disfrutar de Barcelona. 
Fotos: Aniko.
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La capital de Catalunya, Barcelona, es una ciudad llena de vida.

Si la visitas, la disfrutarás más en verano (de mayo a septiembre) ya que con el calor se puede hacer más vida de calle y se aprovechan mejor sus playas.

No obstante, en invierno también tiene su gracia, sobre todo en diciembre y enero cuando sus calles se llenan de luces y de ambiente navideño.

Las montañas de los Pirineos quedan a poco más de dos horas, vale la pena pues ir tanto en invierno (a esquiar) como en verano.

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Aquí hay 10 ideas de cosas que hacer en Barna:

1) La Plaça Catalunya y les Rambles

No puedes decir que has estado en Barcelona si no has paseado por la mítica calle de las Ramblas. Esta calle empieza en la Plaça Catalunya, la más importante de la ciudad, y baja hasta el monumento de Colón, cerca del mar. A ambos lados de la calle queda el barrio antiguo de Barcelona, Ciutat Vella.

Una de las atracciones favoritas para los turistas en las ramblas son las estatuas humanas, artistas que con disfraces extremadamente elaborados entretienen a los paseantes todos los días. También encontrarás tiendas de flores, kioskos, bares (caros), restaurantes, y muchos carteristas! Nadie os robará agresivamente pero cada día desaparecen carteras de turistas. Os recomiendo parar al bar Viena (al comienzo de la calle desde plaza Catalunya) y probar el bocadillo de jamón serrano.

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2) El Mercat de la Boqueria y la Plaça Real

Encontraréis el Mercat de la Boqueria en la misma calle de las Ramblas. Es un mercado de frutas y verduras que poco a poco se ha ido convirtiendo en una atracción turística pero eso no ha evitado a las abuelitas seguir comprando allí como siempre. Es el mercado más grande de Catalunya y ofrece tanto productos locales como exóticos. La Plaça Real es una plaza de forma trapezoidal con una fuente en el medio. Está algo escondida al lado de las ramblas y es perfecta para salir de noche. Hay varios pubs interesantes.

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3) Ciutat Vellael Gòtic y el Raval

Ciutat Vella es el barrio antiguo de la ciudad y una de las razones por las que me encanta Barcelona. Las Ramblas cruzan este barrio y lo dividen en dos partes: el Gótico y el Raval. El Gótico (a la derecha bajando por las ramblas) es algo más turístico. Está formado por callejuelas que pueden parecer un laberinto. Es casi obligatorio perderse por estas calles al menos una vez en la vida. Si lo hacéis quizás terminéis encontrando la Plaça del Rei una pequeña plaza que os transportará a la Edad Media. ¡No ha cambiado nada desde entonces! En la otra parte del barrio, el Raval, viven muchos de los inmigrantes de la ciudad. Es un barrio no tan cuidado como el gótico donde encontraréis muchos bares y restaurantes interesantes y a buen precio.

[singlepic id=3307 w=800 float=center] El barrio gótico

[singlepic id=3276 w=800 float=center] Peluquería de El Raval

4) Las playas

Barcelona cuenta con nueve playas. Son muy accesibles y se puede llegar tanto caminando como en el metro. Todas tienen servicios y suelen estar limpias. La más famosa es quizás la que está junto a los dos pequeños rascacielos de Barcelona, la platja de la Barceloneta. Enfrente de la playa hay varios buenos restaurantes donde comer una paella. De todas formas, si queréis buenas playas de verdad id a la costa brava, a una hora en coche hacia el norte de Barcelona.

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5) El Parc de la Ciutadella

Es un parque bastante grande situado a 15 minutos andando desde el monumento de Colón. Hay bastante vegetación y un lago en el medio donde podéis alquilar la típica barquita. Es un sitio genial donde pasar las tardes y sobre todo los domingos, cuando cientos de jóvenes y no tan jóvenes se reúnen para hacer malabares. Allí también encontraréis, además del Zoo de Barcelona, el Palau del Parlament de Catalunya.

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6) Montjuïc

Montjuïc es el pequeño monte de 184 m. delante del mar que se ve desde cualquier punto de la ciudad. Debe su nombre a los judíos que enterraban allí a sus muertos. Es un parque muy grande perfecto para explorar durante toda una mañana y llegar arriba del todo desde donde tendréis muy buenas vistas de la ciudad, sobre todo desde el castillo que hay en la cima.

7) El Barri de Gràcia

Este pequeño y antiguo barrio fue un pueblo antes de unirse completamente a Barcelona. Hoy en día es un lugar perfecto para salir a tomar unas copas con el ambiente quizás más auténtico de Catalunya. Allí encontraréis bares de copas con banderas independentistas al lado de kebabs de paquistaníes.

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8 ) El Tibidabo

El monte del Tibidabo queda detrás de la ciudad separándola del resto de la provincia. Esta montaña de 516 metros tiene en su cima un pequeño parque de atracciones y una iglesia desde la que tendréis las mejores vistas de la ciudad. ¡Vale mucho la pena subir en un día soleado!

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9) La Sagrada Família y el Parc Güell

¿Ya conocéis a Antoni Gaudí? Si es que no, lo vais a conocer pronto en Barcelona. Gaudí ha sido el arquitecto más famoso de la ciudad y la mayoría de edificios emblemáticos fueron diseñados por él. Como por ejemplo, la Sagrada Familia, una catedral que empezó a construirse en 1881 y que se calcula que se terminará en el 2026. Esta catedral en construcción se ha convertido ya en el edificio más emblemático de Barcelona. Otra atracción turística diseñada por Gaudí es el parc Güell. Un gran jardín que se construyó entre el 1900 y el 1914 en el que veréis muchos detalles de la arquitectura modernista del admirado arquitecto.

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10) El Camp Nou

Sabiendo que la mayoría de los lectores de Viajando por Ahí son argentinos, no hace falta hablar mucho del estadio del Barça, puesto que en uno de los países en el que se juega el mejor fútbol, ya lo conoceréis de sobras. Solo decir que es el más grande de Europa con capacidad para casi 100.000 personas y que lo podéis visitar aunque no haya ningún partido. Por cierto, a los aficionados del Barcelona se los conoce como culés porque en el antiguo estadio del equipo, las gradas eran bastante sencillas y se veía el culo y la espalda de todos los aficionados cuando estaban sentados. Culo en catalán es cul y de aquí, culés.

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La mejor manera de moveros por la ciudad es sin duda la bicicleta, especialmente por la zona antigua de Ciutat Vella. Así que ya sabéis, tocará alquilar una tan solo pisar la ciudad. Si no os gustan las bicis siempre os quedará el metro.

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Pol-en-BirmaniaAutor invitado: Pol Comaposada

Pol es de Sabadell (al lado de Barcelona), viajó durante un año por Asia y Oceanía y decidió quedarse a vivir en Bangkok. En Mundo Nómada habla de sus viajes y de su vida en Tailandia, y da recomendaciones, datos y sugerencias para viajar por Asia. Más en: mundo-nomada.com

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La mirada asiática III: Ver (etiquetas)

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.[/box]

Charla de taxi en Kuala Lumpur (traducida al español):

—¿Así que querés ir a la India? Me pregunta el taxista indio-malayo mientras me lleva de la Alta Comisión de la India hasta el Indian Visa Centre en Kuala Lumpur
— Sí, me muero por ir pero acá en Malasia es muy difícil conseguir la visa, así que no sé si podré…
—Es verdad, cambiaron las reglas porque no quieren que entren terroristas al país. ¿De qué país venís?
—Argentina.
—¡Ah! ¡Argentina! ¡Pero entonces no vas a tener ningún problema! Argentina es un país pacífico, democrático. Seguro que te la dan.

Tus dioses te oigan.

Pienso.

¿Qué tendrá que ver que sea argentina? ¿Acaso para ser “terrorista” hay que ser de cierta nacionalidad? ¿Acaso en Argentina no hay gente mala y en los países que ellos consideran “terroristas” no hay gente buena? Es como cuando te preguntan para entrar a Estados Unidos “si tenés planeado poner una bomba en territorio estadounidense o tal vez asesinar al presidente de la nación”.

Sí, poné que sí.

Me resulta increíble que la respuesta por sí o por no de una visa se defina por la nacionalidad.

¿Qué concepto tendrán de “Argentina” acá? Tal vez como estamos tan lejos crean que somos una islita perdida y con eso baste para otorgarnos el permiso para viajar.

También me doy cuenta de la cantidad de asociaciones que carga cada nacionalidad. Aunque las asociaciones cambian según la nacionalidad de mi interlocutor.

Ejemplo.

Cuando digo que soy argentina, todos me responden algo distinto, según la idea o imagen mental que tienen de Argentina (si es que tienen alguna).

(Soy muy mala con los dibujos de personas… no me analicen por favor!)

Un alemán me dijo: “¿De verdad? ¡Pero sos blanca!”
Un estadounidense me dijo: “Nunca lo hubiese adivinado…”
Una española me dijo: “¿Y ese es tu color de pelo natural?”
Una filipina me dijo: “Pero… ¡sos flaca!”.
Una vietnamita me dijo: “No parecés sudamericana”.
Un indonesio me dijo: “Argentina!!! Maradona!!!”
Un laosiano me dijo: “¿Argentina?” ¿Dónde queda?”
Una china me dijo: “¡Ah! ¡Hola!” (en español)
Y muchos se quedaron mirándome con asombro… “Pero… ¡¡es muy lejos!!”

Siento que cada persona que viaja fuera de su país se presenta ante el mundo como un muñequito rodeado de etiquetas invisibles que flotan alrededor del cuerpo.

Y esas etiquetas son miles pero cada persona ve solamente algunas, las que conoce de antes, las que utiliza para definir a un país lejano de su realidad.

Sí, soy argentina, pero ¿qué diferencia hace? ¿Cómo me verían si dijese que soy de Irán? ¿o de Francia? Seguramente las etiquetas flotantes serían otras.

Tal vez esta sea nuestra forma de simplificar la (compleja) realidad.

Posdata de último momento: no me dieron la visa para ir a la India. Me habrán visto la barba de terrorista. Mejor ni lo pienso y me voy a China.

La mirada asiática II: Mirar (fijo)

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.[/box]

Nada mejor que este verbo en inglés para describir la mirada asiática sobre los extranjeros: stare (“mirar fijo”).

Acá no existe eso de “No mires fijo que es mala educación” o “mirá a esos dos disimuladamente, cuando estén mirando para otro lado”.

Acá te miran todos, padre madre e hijos, la familia entera, sin reparos, sin pudor, con la boca y los ojos bien abiertos.

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Un alemán me contó que una amiga de él estaba viajando en un tren en la India con una pollera y todos los hombres la miraban embobados. Ella no entendía bien por qué, si era porque tenía algo raro o qué, hasta que se dio cuenta de que todos miraban… sus rodillas. Y cuando ellos se dieron cuenta de que ella se había dado cuenta, enseguida pidieron perdón y miraron para otro lado, muy avergonzados.

Lo mismo en Indonesia, si sos bule (“white foreigner”), te distinguen enseguida en medio de la multitud, no hay manera de que no se den cuenta, por más que te pongas un buzo con capucha, encima un casco y además un poncho, ellos tienen un detector de bules.

Y cuando te ven no se lo guardan:

¡¡Buleeeeeee!! Gritan enloquecidos. Y se enteró todo el pueblo que llegaste.

Hoy íbamos cuatro extranjeros en un auto (en Malasia) y de repente vimos que la familia del auto de al lado nos estaba mirando a través de la ventana. Como fue una situación tan graciosa, los saludamos con la mano con risa y ellos nos saludaron y se rieron con nosotros. Y cada cual siguió su camino.

Pero acá es así.

Asiático y occidental se enfrentan, se analizan, se observan, se estudian con los ojos.

Los menos pudorosos a la hora de mirar son los chicos, aunque muchas veces me pregunto si me miran así, con cara entre asustada-confundida e hipnotizada, porque para ellos también “soy distinta” o solamente porque justo fui yo la que se cruzó frente a esa mirada de asombro con que se enfrentan al mundo. ¿Me miran así porque soy “occidental” o porque soy un elemento novedoso de su realidad?

Si pudiesen hablar y explicarme…

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Tailandia

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Laos

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Malasia

Y el resto de los asiáticos son como niños, todos miran, algunos con un poco más de disimulo que otros (este disimulo consiste en “hacer que están mirando por la ventana” cada vez que uno les sostiene la mirada).

Las que más me sonríen al mirarme son las ancianas, y siempre me encontré con sonrisas sinceras, de esas que hacen brillar los ojos.

La mirada asiática te traspasa, te penetra, te atraviesa, te fulmina.

Y va cargada de significado, aunque estoy aprendiendo a descifrarlo de a poco.

Es muy difícil responder eso de qué ves cuando me ves. O qué ves, asiático, cuando me mirás.

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Indonesia

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Camboya

La mirada asiática I: Leer

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.[/box]

Ayer iba sentada en el colectivo 101, transporte público de Penang (sigo aquí esperando mi visa para la India de la cual no hay novedades) y decidí escribir en mi cuaderno.

Escribir a mano es para mí algo muy personal, es una de las formas más puras de hacer catarsis (así como dibujar o pintar), sin máquinas, teclados ni computadoras de por medio. Así que iba metida en mi burbujita escribiendo acerca de mis miedos, la distancia, la tristeza, las certezas. Cosas mías.

De repente me di cuenta de que mi vecino de asiento estaba leyendo mis palabras descaradamente: tenía la cabeza girada hacia mi cuaderno y creo que por poco me corría la mano para poder leer mejor. Frené la escritura, giré la cabeza hacia mi derecha y lo miré de la misma forma en que él estaba mirando mi cuaderno. Ni se inmutó. Estaba inmerso en la lectura de mi hoja.

Seguí escribiendo.

A los dos minutos miré hacia la izquierda y vi del otro lado del pasillo tres chicos hindú-malayos con sus cuerpos y cabezas giradas hacia mí, estirándose e intentando leer lo que escribía. Es más, hasta me pareció que uno estaba leyendo las palabras y traduciéndolas al tamil o hindi en voz alta para sus amigos.

Me intimidé.

Pero… ¿esta gente entiende el idioma? ¿Por qué de repente me siento más nerviosa que si un hispanohablante estuviese leyendo lo que escribo? Por la manera en que leían, parecían ser expertos en español. ¿Qué pensarán de mí? ¿Qué leerán en esas palabras de idioma extraño? ¿Entenderán algo?

Cerré el cuaderno. Y en vez de mirar el cuaderno, me empezaron a mirar a mí.

Debe ser una curiosidad universal, porque a mi también me pasa.

Cada vez que veo a alguien escribiendo, intento mirar en qué idioma lo hace. Pero por lo menos disimulo.

Si querés viajar, viajá

Prólogo: Anoche investigando perfiles de viajeros en Couchsurfing me topé con el de un francés que vendió todas sus pertenencias (casa, auto, computadora, etc.) para irse de viaje por el mundo y hace varios años se dedica a eso. También leí la historia de un californiano que vive en su casa rodante y va de ciudad en ciudad con un cartel de “Free Tea” e invita a otros viajeros a su “living” para tomar el té. Hace unos días encontré el blog de un tal “nómade”, un estadounidense que se dedica solamente a viajar y gana 5000 dólares al mes escribiendo su blog de viaje (y tiene más de 5000 suscriptores). Hace un par de meses conocí a otro francés que dejó su vida en Francia y hace cinco años se dedica a hacer trabajos temporarios durante tres o cuatro meses y el resto del año usa la plata para viajar.  Hace más de un año leí el libro de una pareja argentina que se fue de viaje en auto desde Buenos Aires hasta Alaska durante cuatro años y tuvo dos hijos en el camino.

Cada una de estas personas me recuerda una cosa muy importante: QUE SE PUEDE.

Después de leer quise irme a dormir, pero las palabras de este texto no me dejaban en paz y tuve que escribirlo.

***

Cómo dejar todo e irte de viaje por el mundo (o no)

Al igual que Martin Luther King, vos también tenés un sueño.

Puede que sea un sueñito o Un Sueño. No importa, es lo que deseás para tu vida, lo que harías si pudieras dejar todo atrás y elegir cómo vivir. Pero te sentís atado a un mecanismo del cual ya no podés escapar. O eso creés.

Tu sueño es viajar por el mundo. [O poner un bar en la playa. O ser un artesano en Indonesia. O ser un surfer en Ecuador. O ser un músico itinerante. O ser acróbata de circo. O ser un dios en la India. O ser un comerciante en China. O ser un astronauta en la luna. O ser lo que más quieras. Vamos, todos tienen un ideal, no me digas que vos no.]

No se lo contás a mucha gente. Crees que todos te van a responder “Pff, obvio, quién no quiere viajar por el mundo/poner un bar en la playa/ser astronauta/etc”. Tenés miedo de que te tilden de nómade, vago, rebelde, idealista (una cualidad que se tiende a descalificar) hippie o loco. Pensás que viajar por el mundo implica demasiada plata, demasiados riesgos, demasiadas preguntas y ninguna certeza. Dejar todo para viajar por el mundo es un camino de ida sin carteles de señalización. Un interrogante que solamente se responde mientras se lo vive.

No le decís a nadie, pero soñás despierto. Cada vez que te tomás el mismo colectivo, subís el mismo ascensor, bajás por las mismas escaleras, te mirás al mismo espejo, apoyás la cabeza sobre la misma almohada pensás:

— Esta no es la vida que quiero. Un día de estos largo todo y me voy. Pero de verdad eh, yo me voy. Ya van a ver.

Pero los días siguen.

Seguís creciendo, conseguís mejores puestos, un mejor sueldo, y tus sueños te parecen cada vez más infantiles e inconcretables.

— ¿Vivir viajando? Es imposible. ¿Cómo hago? ¿De dónde saco la plata? ¿De qué vivo?

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Sin embargo, cada vez que ves fotos de pescadores que viven en islas remotas y paradisíacas, de orientales que se ganan la vida cocinando comida en un carrito, de parejas que venden todo y se van de gira en un auto viejo, de todos los que se animaron y pusieron un bar en la playa, te sentís afectado, pensás.

Te das cuenta de que allá afuera existen miles de maneras de vivir. Tu rutina no es la misma rutina de los seis mil millones de habitantes de este planeta. Es posible vivir de otra manera, fuera de la vorágine, con más lentitud, en un escenario que vaya más con tu persona.

Sacás cuentas y te iluminás.

Es más barato vivir viajando que vivir en un mismo lugar.

Es más caro viajar como turista que vivir en un mismo lugar.

Pero al viajar de mochilero gastás mucho menos, solamente lo necesario, lo que consumís en el momento.

Te emocionás.

— Ya está, yo saco el pasaje sin escalas a Micronesia y me voy. Chau. Ya van a ver.

Y otra vez aparecen los miedos, las dudas, las preguntas.

— No, mejor no… Me voy a quedar sin trabajo, y ¿qué hago allá? Mirá si me pierdo, me raptan o si tengo que dormir en la calle. No, mejor me quedo acá.

Gana una vez más la seguridad sobre los sueños.

Y la vida sigue.

Y muchos años después pensás.

— Ay, me acuerdo cuando era joven, quería viajar por el mundo. Qué ingenuidad, qué irreal.

Y suspirás.

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Nada ni nadie te impide vender todas tus pertenencias, comprarte un pasaje para el primer avión o colectivo que salga a donde sea e irte.

Aunque creas que existe un sistema que te lo impide, ese sistema no está más que en tu cabeza.

Aunque digas “pero yo no tengo un peso partido al medio”, si tenés manos podés trabajar, si tenés cabeza podés pensar, si tenés humanidad podés crear.

Si dedicás todas tus energías a hacer eso que te hace feliz, por más ridículo/irreal/aburrido que le parezca al resto del mundo, vas a encontrar la manera de sobrevivir.

¿Te hace feliz viajar? Viajá.

¿Te hace feliz pintar? Pintá.

¿Te hace feliz cantar? Cantá.

¿Te hace feliz hacer nado sincronizado en el canal de Panamá? Hacelo.

Seré idealista (lo cual para mí es algo positivo), pero esta vida es demasiado corta para desperdiciarla dedicándote a algo que no te hace feliz cada día de tu existencia.

No pongas más excusas.

Si querés viajar, viajá.

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There is no duty that we so much underrate, as the duty of being happy. Robert Louis Stevenson.
No hay tarea que desestimemos más que la tarea de ser felices.

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Success is not the key to happiness. Happiness is the key to success.
If you love what you are doing, you will be successful.
(Buddha)

El éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito.
Si amás lo que hacés, serás exitoso. (Buda)

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Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero

Te vas de viaje.

Un fin de semana, dos semanas, un mes, un año, eternamente.

Querés recorrer varios países, o tal vez uno solo.

Querés moverte de ciudad en ciudad, o quizá de barrio en barrio.

No sabés muy bien cuál será tu itinerario, pero tenés una certeza: no querés quedarte quieto en un solo lugar. 

Querés llevar pocas cosas. No querés que el equipaje te lleve a vos.

Y pensás: me voy con la mochila.

Pero no sabés por dónde empezar. Qué llevar, qué dejar. Tampoco sabés muy bien qué implica viajar con una mochila. ¿Bañarse una vez por semana? ¿No bañarse? ¿Entrenar los tres meses previos para poder cargar 50 kilos de equipaje? ¿No llevar nada?

Y en tu cabeza escuchás los mitos providenciales, uno tras otro, cual voz de tono grave y reverberante sentenciando por un altoparlante…

Mito 1: Un mochilero lleva un solo par de medias (y por ende tiene “olor a pata*”)

(*Aclaración: tener “olor a pata”, en Argentina, ¡significa tener mal olor en los pies!)

Esto puede ser cierto en algunos casos, pero irse “de mochilero” (y en este post cuando digo “mochilero” me refiero a “aquel que viaja con una mochila en la espalda como único equipaje”, sin ningún tipo de connotación adicional) no significa irse sin ropa, sino que significa aprender a distinguir entre lo esencial y lo prescindible. Algo que, a la hora de empacar, a los hombres les resulta mucho más fácil. Cuasi innato diría. Si fuese por ellos, no llevan nada, ni mochila.

Hay un dicho que viene al caso y que dice algo como: “A la hora de empacar para un viaje, guardá todo lo que creas que vas a necesitar… y dejá la mitad en tu casa”.

Empacar una valija es fácil: guardá todo lo que necesites… y lo que no necesites también, total hay espacio y tiene rueditas.

Si vas con la mochila, no olvides esta Gran Verdad: la ropa se lava.

Ya sea en un lavarropas, en la pileta de la cocina, en el río, en la ducha. Donde sea, todo se puede lavar y reusar así que no es el fin del mundo.

Lavá que no se abolla (?)

Mito 2: Un mochilero debe cargar su mochila todo el tiempo, para hacer honor a su título

No sé de dónde salió esta idea, pero mucha gente cree que los mochileros solamente se sacan la mochila con cirugía. Piensan que vamos a todos lados con la mochila como si fuese nuestra sombra o una marca registrada que hay que lucir.

Yo, por lo menos, cargo la mochila cada vez que me traslado de una ciudad/pueblo/playa/etc. a otra: salgo del hostel con la mochila → cargo la mochila hasta la terminal o aeropuerto → viajo → vuelvo a cargar la mochila hasta el hostel o casa donde me voy a quedar.

Y ahí la dejo; para ir a recorrer me llevo lo necesario en una carterita-bolsito.

Casi todos los hostels tienen lockers para guardar las cosas; muchos optan por ponerle un candado a la mochila y otros dejan todo tirado por ahí.

Que yo sepa, a nadie jamás le faltó nada de ropa sucia (excepto a mi amiga Belu que le robaron una bikini en Costa Rica…).

Pero en el fondo todos los mochileros están en la misma, todos saben que la mayor parte de la mochila está ocupada por la ropa sucia, y seamos sinceros, ¿alguien quiere cargar la ropa sucia de otro?

Obviamente hay que ser cuidadoso con la plata y los aparatos electrónicos. Eso está de más aclararlo.

(Nota: probablemente aquellos que viajan más “into the wild” y van con carpas y bolsas de dormir caminen más con la mochila en busca del lugar ideal donde acampar o porque quieren hacer trekking de un lugar a otro. Pero ese es otro tipo de viaje.)

Verdad: Irse de viaje con la mochila implica empacar y desempacar varias veces en una semana (o tal vez en un mismo día), actividad que puede volverse un poco tediosa, pero que se aprende a dominar rápidamente. Al tener pocas cosas, se puede guardar todo en menos de quince minutos.

El ordenado dormitorio compartido de un hostel en Costa Rica

Mito 3: Un mochilero que viaja por un año se lleva la casa entera

Cuando decidí que me iba de viaje a Asia por tiempo indefinido mucha gente me preguntó, preocupadísima:

— ¿Pero qué llevás? ¿cómo hacés?

Es imposible planear un viaje de un año, mucho menos cuando no se tiene un itinerario fijo.

Lo único que sabía era que me iba a un lugar con mucho calor y humedad.

Y la verdad es que me traje muchas menos cosas que cuando viajé por tres semanas a Bolivia.

Dejé la bolsa de dormir y la carpa en mi casa, nada de ropa de abrigo más que un buzo de algodón con capucha, un solo par de zapatillas, tres remeras, un short, un pantalón largo finito… Toda ropa “vieja” que no me importara perder o dejar por ahí. Colores básicos para poder combinar todo con todo. Y la certeza de que cualquier cosa que me faltara podría conseguirla allá (acá).

En Asia la gente no anda desnuda, acá también se puede comprar de todo por precios super accesibles.

Me fui de Argentina con 7 kilos en la mochila grande y unos 3-4 kilos en la chiquita (por culpa de la computadora —que no puedo no traer—, la cámara de fotos, mi cuaderno y la guía de viajes).

Mi objetivo es que la mochila grande no supere los 9 kilos.

Pero viajando me di cuenta de que es imposible que el peso de la mochila no aumente.

Jamás compré un souvenir y aprendí (aunque me llevó tiempo) a controlarme y dejé de comprarme remeras y vestidos (por dos/tres dólares, ¿quién puede contenerse?).

Los libros y cuadernos todavía me pueden, por eso intento no entrar a demasiadas librerías.

Pero no contaba con un factor: los regalos.

Al viajar haciendo Couchsurfing (es decir quedándome en la casa de gente local) y al hacerme amigos nuevos por todos lados, empecé a recibir regalos de todo tipo:

— Para que te acuerdes de nosotros, para que lleves a tu país, para que le des a tu familia.

Carteras, collares, mochilas, ropa, remeras, cubiertos, libros, más ropa. Y por más que agradeciera mil veces y dijera que no era necesario, las cosas terminaban indefectiblemente en mi mochila.

Por suerte para mi espalda, también perdí, regalé, dejé y doné muchas cosas en el camino.

Ojotas, zapatillas, un buzo, remeras, toallas (perdí tres), cepillo de dientes (perdí dos), gorro, un short, y la lista sigue… Antes de irme de Indonesia dejé 3 kilos de ropa para donar a las víctimas del volcán Merapi porque encontré que esa podía ser una forma de ayudar.

Verdad: Al viajar durante varios meses o años sin parar, uno aprende a desprenderse de lo material. Pero no por una cuestión espiritual, sino porque no queda otra. Llega un momento en que uno se pregunta qué vale más: este objeto que tal vez no vuelva a usar una vez que vuelva a mi casa o la sensación de viajar liviano. La ropa es solamente ropa, los objetos son objetos. El mejor equipaje que uno lleva en un viaje es aquel que no pesa: los recuerdos, los sentimientos, las historias, los amigos.

Al mes de haber empezado a viajar, una amiga china me dio el mejor regalo: un proverbio chino: sabias palabras que repito cada vez que dejo algún objeto atrás:

— Si no te desprendés de lo viejo, lo nuevo nunca va a llegar.

Mi mochila (repleta de regalos) y yo en Macau… Después de mi viaje por las Filipinas (no conozco gente que haga más regalos que los filipinos). Hoy mi mochila está desinflada y tiene la mitad de tamaño.

Bonus track

El Mito de los Mitos: “Si viajás como mochilero, estás viajando de verdad”

Existe cierta tendencia algo soberbia de asegurar que para ser un viajero “de verdad”, hay que viajar como mochilero.

Sí y no.

Mi opinión (y no por eso “La Verdad”): El poco equipaje ayuda a viajar de otra manera, es cierto. Uno puede moverse más libremente de un lugar a otro y usar los transportes locales sin problema. Cuantas menos cosas llevás, menos tenés para perder. Cuanto menos peso cargues, menos dependés de que alguien te ayude. Viajar liviano te da una sensación de libertad que no se siente al ser esclavo de una valija obesa. Podés meterte en cualquier lado porque no tenés nada que te frene.

Dicho esto, una mochila no te da nuevos ojos. Los ojos los tenés que abrir por tu cuenta.

Viajar no consiste en el equipaje que se carga, sino en la mirada que se lleva.

Muchas mochilas en Halong Bay, Vietnam. ¿Crees que todos habrán mirado de la misma manera?

***

[box] Este post pertenece a la sección “Preguntas Frecuentes”. Estas son algunas de las preguntas que me hacen siempre y que tal vez vos también querías hacerme:

“¿Cómo hago para dejar todo e irme de viaje por el mundo?”

“¿Cómo empezaste? ¿Cómo trabajás? ¿Cómo te financiás?” (3 en 1)

“¿Es peligroso viajar sola?”

“Quiero viajar pero no sé cómo empezar”

“¿Qué llevás en tu mochila?”

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?”

“¿Cómo hago para comprar vuelos baratos por internet?”

“¿Qué es Couchsurfing y cómo funciona?”

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes)[/box]

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Una bule de paseo en la feria de Yogyakarta

9 pm: La feria

El viernes pasado nos fuimos de paseo a la feria de Yogyakarta.

Una de esas ferias de pueblo, de película, con algodones de azúcar, casa embrujada, rueda de la fortuna y un samba con tracción a sangre.

Y eso que Yogyakarta no es lo que se dice “un pueblito”, pero este carnaval me hizo sentir metida en un universo paralelo bizarro.

Estos lugares siempre me parecieron entre surreales y tétricos.

Éramos cuatro: Aji (mi novio), su amigo Bobby, su novia Nita y yo, la bule.

Porque por más esfuerzo que haga, mientras sea blanca, rubia y/o extranjera, en Indonesia jamás dejaré de ser una bule.

Estacionamos las motos en medio del caos de Alon-Alon, parque donde se estableció este carnaval por un mes, y entramos. 3000 rupias cada uno (35 centavos de dólar).

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— ¡Onde-onde! Lo veo de lejos y me emociono.

Onde-onde es mi snack indonesio preferido, una pelotita con semillas de sésamo, hecho a base de no tengo idea qué, pero muy rico. Mientras frenamos en el puestito a comprar algunos, analizo la comida que ofrecen.

Gorengan (frituras como tofú frito o banana frita), martabak (un símil panqueque con distintos rellenos dulces o salados), telor (huevo que te preparan al gusto en el momento) y el tan difícil de conseguir y celestial onde-onde.

Seguimos caminando en dirección a la rueda de la fortuna y juro que dejo de escuchar lo que me hablan. Estoy embobada con los colores, la música, las calesitas, los globos, los autitos chocadores, el castillo inflable, los puestos de venta de helado y de algodón de azúcar, las luces, los cientos de objetos inservibles a la venta, las falsas muñecas Barbie, los colgantes de lata, los anillos, la gente sentada en el piso vendiendo figuritas para las motos, las mujeres cocinando sate (brochette de pollo o carne) en una mini fogata, los hombres pidiendo monedas con el sombrero.

Varias veces tienen que agarrarme del brazo para que no me choque con ningún poste ni me choque a algún vendedor.

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Frenamos frente a la versión local del “samba”, que por la cantidad de gente esperando parece ser el juego más popular de la noche. La diferencia con el samba argentino es que éste se encuentra más abajo en la escala evolutiva de sambas ya que no funciona con un motor sino gracias a cuatro indonesios que se dedican a hacerlo dar vueltas a pulmón. Se agarran de donde pueden y corren en círculos para que gire como una calesita. Y después, cuando ya ganaron velocidad, el exhibicionismo: se cuelgan de los caños con los pies o se suben al techo y siguen dando vueltas cual monos.

—Los indonesios están todos locos, le digo a Aji por vez número uno de la noche.

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Más tarde entramos a ver un show de motos de esos que les gustan a los hombres.

Nos asomamos por la boca de un pozo de unos 6 metros de profundidad para ver cómo dos indonesios dan vueltas por la pared interna del pozo en moto y en bicicleta. Exhibicionistas otras vez: el de la moto desafía la gravedad parado sobre el asiento o andando sin usar las manos y el de la bicicleta… simplemente está andando en bicicleta horizontalmente por una pared redonda sin caerse.

Insólito.

— Los indonesios están todos locos, le digo unas quince veces a Aji mientras me alejo de la boca del pozo por miedo a que la moto descarrile y salga volando hacia el público.

Mientras tanto veo que un indonesio se divierte sacando fotos de mi cara de susto.

Voy a empezar a cobrar por derecho de imagen.

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Los chicos me invitan a comer es goreng (literalmente, “hielo frito”), que en realidad no es lo que uno se imagina sino un helado bañado en chocolate caliente. MUY recomendable y por la módica suma de 1000 rupias (15 centavos de dólar).

Damos algunas vueltas más y nos vamos porque ya están cerrando. Un conductor de becak (bicitaxi) me ve y me dice:

— Miss, helicopter!

Me río. ¿Creerán que soy la reina de Java o qué? Lo gracioso de los indonesios es que si me ven acompañada de gente local, me miran bastante pero no se animan a decirme nada. Pero apenas Aji se distrae, atacan. En la feria un hombre me pasó al lado y me susurró un hello al oído intentando ser seductor, pero a mí me hizo reír. Y cada vez que voy sola por la calle, escucho de todo: desde mister mister hasta I love you.

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11.30 pm: Hamburguesas

Nos vamos los cuatro a comer hamburguesas a Big Burguer, como si en Buenos Aires fuésemos a comer un chori a la costanera.

A pesar de que entiendo cada vez más indonesio, todavía me falta mucho vocabulario como para mantener una conversación, así que ellos hablan en indonesio y Aji me traduce en inglés.

Empieza la indagación de siempre.

— ¿Dónde queda Argentina? ¿Qué idioma hablan? ¿Y qué comen? ¿Hay arroz? ¿Qué música escuchan? ¿Vivís en una ciudad o en un pueblo? ¿A dónde se van de vacaciones? Pero no parecés latina…

Si para nosotros “todos los asiáticos son chinos”, para ellos “todos los latinos son mexicanos”. Y continúa la indagación:

¿Hace cuánto te fuiste de Argentina? ¿Qué países conocés? ¿Preferís a los malayos o a los indonesios? ¿A dónde vas después? ¿Qué significa cabrón? ¿Cómo se dice I love you? ¡Decí algo en castellano! ¿Qué palabras usan para insultar?

“Hii-joo-dee-puu-táa”, intentan repetir con acento indonesio, haciendo pausas entre sílaba y sílaba.

— No, no, nosotros lo decimos más rápido, si lo dicen así el tipo ya se durmió.

— Hijodeputáhijodeputáhijodeputá, repiten con una velocidad que jamás escuché.

Me hacen reír. Me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no estoy en una conversación en castellano. Siempre inglés o siempre escuchando idiomas que no entiendo.

Me preguntan si sé lo que es una bule. Si lo sabré… ¡No quiero ser bule!

Les cuento anécdotas de la primera vez que vine a Indonesia, cuando salía a recorrer y se me abalanzaban para pedirme una foto.

Los grupos de treinta boy-scouts o enfermeras musulmanas que se agrupaban alrededor mío y sacaban fotos con sus treinta cámaras.

El que me sacó una foto y después la puso en su perfil de Facebook.

Las chicas que disimuladamente me apuntaban con su celular para sacarme una foto “sin que me diera cuenta”.

Los hombres que gritaban emocionadísimos que yo era amiga de Maradona por el sólo hecho de ser argentina.

Los chicos que me perseguían en playas desiertas para sacarme una foto en bikini.

¿Por qué semejante obsesión con los extranjeros? Para los indonesios, me explican, especialmente para los chicos de colegio o para los que viven en pueblitos o aldeas, ver a un extranjero blanco es como ver a una estrella de cine. Hay muchos de ellos que incluso van a los monumentos turísticos solamente para hacer “bule-watching”.

Aji me dice que la próxima vez que me pidan una foto responda ¡bayar, bayar! lima puluh ribu (¡paguen, paguen! 50.000 rupias).

El amigo le dice algo en indonesio y se ríen:

— Él dice que también quiere una foto con vos.

— ¡Bayar, bayar! Respondo yo.

Terminamos las hamburguesas y el té frío y nos vamos en las motos.

En el camino vemos a dos chicos andando en motos enanas, algo que jamás había visto antes, y a uno andando en una bicicleta “sin cables”, de esas que se frenan con el pedal hacia atrás, que ahora al parecer está de moda por estos lados.

— Los indonesios están todos locos, vuelvo a decirle a Aji por enésima vez.

Será por eso que me gusta tanto este país.

Y entre tanta charla de bule y fotos, me olvidé de sacar una foto de los cuatro juntos.

La próxima vez será.

Street Art: Las paredes del Sudeste Asiático

Hoy les regalo fotos del arte callejero que fui encontrando en las paredes del Sudeste Asiático.

Soy fanática de este tipo de expresión, creo que los colores hablan mucho acerca de una ciudad y de quienes la habitan.

Disfruten.

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Mi (frustrado) viaje a India

(Nota: todas las fotos de este post son de pedacitos de India que encontré en el Sudeste Asiático)

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Me di cuenta de que estoy totalmente inmersa en la realidad del Sudeste Asiático hace unos días cuando miré el partido de fútbol Indonesia vs. Malasia como si estuviese mirando un Argentina – Brasil.

Me pareció de lo más normal y hasta me aprendí el canto de guerra de Indonesia y lo murmuré varias veces sin darme cuenta: Ga-ru-daaa di-da-da-ku! (Garuda es el águila que simboliza a Indonesia y “di dadaku” significa en mi pecho o en mi corazón).

¿Qué sabía de Indonesia y Malasia hace nueve meses, antes de viajar?

Sukarno, las Torres Petronas, musulmanes, Bali, playa.

Punto.

No tenía idea de la rivalidad que existe entre estos dos países (por temas históricos de quién le robó tierra a quién, quién copió la cultura de quién, quién habla el idioma de quién), no sabía que acá el fútbol también es “pasión de multitudes”, que el estadio lleno podría ser un Boca – River cualquiera, que los fans malayos tienen mala fama (entre los indonesios, claro) porque llevan punteros láser a la cancha para enceguecer al arquero y a los jugadores, o que el equipo indonesio tiene un jugador argentino y un uruguayo (Gastón Castaño y Cristian González, ¿alguien oyó hablar?).

Supongo que si hace un año alguien me hubiese invitado a ver un partido así por televisión, para mí hubiese sido lo mismo que mirar el Congo Belga vs Suriname.

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Todavía me acuerdo cuando me tomé el avión de Buenos Aires a Bangkok sin pensarlo demasiado y sin saber qué me esperaba del otro lado.

Llegué y sufrí el calor de abril en Tailandia, me sentí bastante perdida en el caos asiático de Bangkok, en esa inmensa urbe que ni se dio cuenta de que llegué, sola y desde el otro lado del mundo.

La primera vez que me enfrenté al tráfico pensé en no salir del hostel, en recorrer solamente mi manzana, todo con tal de no cruzar y arriesgar una muerte prematura.

De a poco fui respirando la cultura callejera de Tailandia (algo que no es propio de ese país sino de todo el Sudeste Asiático), eso de comer en la vereda, de sentarse a mirar la gente pasar, de jugar  juegos de mesa en el asfalto, de vivir más afuera que adentro, de convertir el espacio público en algo tan sagrado como el espacio privado.

Los primeros diez días no hablé con nadie. Lo juro. Estaba intimidada, extrañaba lo “conocido”, comparaba todo con mi primer viaje por América latina, me sentía fuera de lugar.

Hasta que conocí a mi amiga Journey (china) en el sur de Tailandia y entré en contacto con la cultura asiática más como participante que como espectadora.

El sur de Tailandia, con su estado de fiesta permanente, no me gustó demasiado. Mi pensamiento fue yo no viajo para esto.

El verdadero viaje empezó cuando crucé de Tailandia a Malasia y llegué a Penang de noche con lluvia e inundaciones, sin un ringgit (peso malayo) en el bolsillo, sin poder comunicarme con la mujer de Couchsurfing que iba a alojarme en su casa, sin poder sacar plata del cajero, pensando que iba a tener que dormir en la vereda.

Y ahí aparecieron mis primeros ángeles: una familia indonesia que me vio sola y perdida, me llevó a comer, me acompañó a buscar un hotel y me dio plata para que me quedara ahí. Al día siguiente hice Couchsurfing por primera vez y me volví fan: nada mejor que conocer un lugar a través de la hospitalidad de la gente local.

En Penang comencé a ver las diferencias entre Tailandia y Malasia y a derribar esos mito de que “todos los asiáticos son chinos” y “es todo lo mismo”.

Conocí malayos musulmanes, indios-malayos, chinos-malayos, me enamoré de la comida y de la velocidad de Kuala Lumpur, capital enloquecida.

Me di cuenta de que viajar consiste en tomar decisiones, una tras otra, sin parar: adónde voy mañana, qué como hoy, dónde duermo esta noche, qué quiero ver, qué quiero hacer.

Viajar de manera independiente, digo. Viajar como estilo de vida y no de vacaciones.

Y a partir de ahí todo empezó a tomar velocidad, ciudad tras ciudad, país tras país, persona tras persona.

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En Singapur comprobé que las ciudades supersónicas no están exentas de cultura ni de hospitalidad, como a veces tendemos a pensar.

En Indonesia me convertí en la bule (“gringa”) superstar, me resultó increíble que existiese un país donde la gente te ruega que les saques fotos y te trate como una estrella de cine sólo por ser extranjera.

Descubrí que existen ciudades Best-Seller como Bali que son tan turísticas y tan promocionadas que cuesta mucho ver más allá de las máscaras y escenografías que se presentan a los turistas.

Descubrí con tristeza también que en ese tipo de lugares no importa con qué objetivo se viaja, todos los extranjeros caen dentro de la misma bolsa y un contacto real (sin intereses monetarios o de ningún tipo) con la gente local es algo casi imposible.

Bendita-maldita industria turística.

En Filipinas me sentí de vuelta en América Latina: paz, pizza, pasta, iglesias. Y como no podía ser de otra forma, viví con mis nuevos amigos curas en un convento por tres semanas y logré borrar varios preconceptos que tenía guardados. Los curas me llevaron de paseo en la camioneta de la iglesia, organizamos picnics en la playa con amigas de la Iglesia, fui espectadora de sesiones diarias de karaoke (el deporte nacional filipino), charlé en castellano y me reí mucho con dos curas que habían vivido en Chile y Argentina, fui llenada de regalos y de preguntas, asistí a la inauguración oficial del nuevo presidente.

En Hong Kong y Macau tuve mi primer semi encuentro con China.

Hong Kong me fascinó, me hizo sentir la nena del campo en la gran ciudad. Viví de prestado en la casa súper lujosa de una familia alemana expatriada (que estaba de vacaciones en Europa y por ende nunca conocí), me reencontré con mi amiga Journey y la adopté como traductora cultural entre Oriente y Occidente.

En Macau viví todo esos momentos que uno sólo pasa con amigos y que tanto extraño de Buenos Aires.

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En Indonesia viví el Rhamadán (el mes de ayuno de los musulmanes) , algo que jamás pensé que iba a experimentar en mi vida.

En Camboya fui pate de La Gran Orgía Fotográfica de Angkor y entré más en contacto con el budismo y con la triste historia de ese país.

Vietnam me descolocó. Al llegar me enamoró por su energía y hacia el final del mes me desenamoró por su energía. Sentí, más que nunca, que frente a los ojos de los vietnamitas yo no era más que una máquina expendedora de dólares. Me llené de bronca hacia lo injusto de este mundo, me llené de tristeza por la falta de contacto sincero con otro ser humano (hasta que aquella mujer me agarró la mano en medio de la lluvia y me regaló una pulsera que todavía llevo puesta).

Decidí que era momento de experimentar algo REAL.

Y cada vez que pienso en “lo real”, la primera palabra que se me aparece es INDIA.

Decidí que era momento de ir a la India, algo que venía posponiendo por miedo y respeto (que aún siento).

Laos fue uno de mis países preferidos. Quizás porque fui sin esperar demasiado, o porque no le tenía tanta fe después de la experiencia en Vietnam, o tal vez porque mucha gente me dijo “ni vayas que no hay nada”.

Su paz, la amabilidad de su gente, sus saludos y sonrisas sinceras me derritieron.

Vietnam me estresó y Laos me tranquilizó.

Descubrí ciudades casi sin turistas que quedaron entre los mejores lugares de todo mi viaje.

Decidí volver a viajar en los transportes locales y recordé cuánto me gusta viajar en colectivo, la libertad y alegría que siento cada vez que avanzo por tierra.

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Esto fue, a grandes rasgos, mi 2010.

Un año en el que aprendí muchísimo acerca de la cultura asiática, decidí que quiero seguir viajando toda mi vida (aunque eso ya lo sabía) y evolucioné en mi forma de mirar.

Y en medio de todos estos hechos, detalles y matices hubo algo que siempre estuvo presente: India.

Conocí indios-malayos en Malasia, caminé por Little India en Kuala Lumpur y Singapur, me perdí en los bazares y me enamoré de la comida, fui a un festival de música Sikh y presencié los preparativos de Deepavali (uno de los mayores festejos hindúes), en Singapur descubrí templos, viví el hinduismo en Bali, probé por primera vez el chai masalah (té de especias) en Penang (Malasia) y así fui absorbiendo de a poco una introducción a la cultura hindú.

Y creo que la pregunta que más le hice a los viajeros que me fui cruzando fue:

— “¿Fuiste a la India? ¡Contame todo!”.

Vi fotos, escuché historias y recibí todo tipo de recomendaciones.

Que ni se me ocurra ir sola, que siempre diga que estoy casada, que me prepare para que me toquen de más en cualquier multitud, que me acostumbre a ser observada constantemente y fotografiada cual estrella de Hollywood, que me cuide con las comidas, que me cuide con el agua, que me cuide con los robos, que me cuide a todo momento.

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Conocí a varias mujeres que viajaron solas a la India y me dijeron que no tuvieron ningún problema, que les pareció un país muy fácil de viajar, que la gente siempre intentó ayudarlas, que es uno de los mejores lugares del mundo.

País polémico si los hay.

Al parecer a India la amás o la odiás.

Por las encuestas informales que estuve haciendo, todos los que fueron de forma independiente, sin tours de por medio, se enamoraron de la India y especialmente de la gente; en cambio quienes viajaron con paquete turístico, un poco más “aislados” de la gente local, tuvieron varios comentarios al estilo “es muy sucio, es muy pobre, es muy esto, es muy lo otro”.

Siempre tuve India “allá arriba”, como una especie de Meca que me llama y me aterra a la misma vez.

Ahora, después de todos estos meses, creo que llegó el momento.

India 2011.

Me muero de ganas y me muero de miedo.

***Actualización***

Quienes hayan viajado a la India saben que se necesita una visa para entrar al país y que en Buenos Aires el trámite para sacarla es muy simple, rápido y gratuito.

Vas a la embajada de la India, dejás tu pasaporte y lo retirás esa misma tarde sin pagar un peso (Argentina es uno de los pocos países que no tiene que pagar para obtener una visa india).

El problema es que los seis meses de estadía permitidos empiezan a correr desde el día que te otorgan la visa, no desde el día que entrás a la India.

Como yo sabía que la India iba a ser uno de mis últimos destinos, decidí sacar la visa cuando estuviera por acá (si la sacaba en Buenos Aires se me iba a vencer antes de entrar).

En la embajada me dijeron que no había ningún problema.

— ¡Perfecto! Pensé.

Hace menos de diez días me escribió una amiga polaca con la que planeaba encontrarme en la India en febrero y me dijo que le negaron la visa india en Kuala Lumpur: la nueva reglamentación dice que solamente se otorgará una visa a los ciudadanos residentes de Malasia.

Mandé un mail a la embajada en de la India Malasia y me dijeron: “Si querés aplicar, aplicá, pero lo más probable es que no te la demos”.

Ajá.

En Singapur e Indonesia la situación es la misma: hay que ser residente del país para poder aplicar; si sos turista, tenés que sacar la visa en tu país de origen.

Escribí un mail a la embajada de la India en Jakarta y me respondieron que podía aplicar aunque no fuese residente, pero me pedían pasajes de ida y de vuelta a la India, reservas de todos los hoteles, carta de sponsoreo, resumen bancario de los últimos tres meses, carta de mi empleados, 70 dólares y “mínimo” seis días hábiles.

Me pareció ridículo todo el trámite, y de hacerlo así tendría que gastar dinero en sacar un vuelo sin saber siquiera si me van a dar la visa…

Así que ya estuve pensando destinos alternativos y el que más me atrae es Birmania (Myanmar).

A fines de enero viajo a Kuala Lumpur (Malasia) y ahí será el momento de la verdad. India o Birmania. O ninguna de los dos si la burocracia no está de mi lado.

Sino… ¿China?

Escucho recomendaciones.

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Del budismo silencioso de Laos a la Navidad frenética de Kuala Lumpur (en tan solo 50 horas)

Debo haber roto el récord de mayor cantidad de horas del día pasadas sobre algún tipo de transporte: de tres días, es decir de 72 horas, estuve 50 (sí, CINCUENTA) horas en movimiento.  

Algo que no recomiendo por más divertido que parezca ya que puede traer consecuencias de lo más ridículas y encuentros con personajes bizarros.

¿Por qué me sometí a esto?

En pocos días tomo mi vuelo a Indonesia desde Kuala Lumpur, así que de alguna manera tenía que teletransportarme desde Laos hasta Malasia, y como por aire es bastante caro decidí hacer todo el trayecto por tierra.

Y no me arrepiento.

La última ciudad que visité de Laos fue Pakse, lugar que no me gustó demasiado y que solamente recordaré por mi feliz reencuentro con Kate y Nicky, dos británicos con quienes hice La ruta de la muerte de Vietnam a Laos, y por mi reencuentro con la tan deliciosa comida hindú (me estoy poniendo en forma para mi futuro viaje…).

Nota al margen, esto de que la comida asiática sea tan rica me genera pensamientos como el siguiente:

— No me importa viajar ochenta horas con tal de volver a probar los platos malayos, la comida hindú, la comida de Chinatown en Kuala Lumpur, el cheese nan, el mango-lo…

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Últimas fotos de Pakse (Laos)

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Laos es uno de los países que más me gustó hasta ahora, como habrán notado por los posts anteriores, aunque Pakse fue la excepción.

Es una ciudad-pueblo muy turística ya que se usa como punto de salida hacia varios “atractivos turísticos” del sur del país y por ende (tristemente) el trato hacia el viajero es muy distinto al de los lugares no turísticos.

Otra vez el acoso de los taxistas, otra vez eso de subirte el precio porque te ven extranjero y piensan que sos millonario, otra vez el maltrato y la escasez de sonrisas.

Por suerte visité lugares como Muang Ngoi y Savannakhet que me quedan como lo mejor de mi paso por Laos, donde la gente local me saludó y me recibió con muchísima alegría gratuita.

***

Empecé mi odisea terrestre de Laos a Malasia el martes pasado después de almorzar.

Inauguré con un tuk-tuk a la terminal “VIP” (lo de VIP sigue siendo un misterio, pareciera que cuanto más “VIP” son los pasajeros, peor es el trato) de Pakse donde me acerqué al mostrador correspondiente para comprar el pasaje a Ubon (ciudad de Tailandia a unas tres horas) con cruce de frontera incluido.

— No more tickets for Ubon, me dijo un laosiano con abuso de autoridad.

Le dije que no me importaba, que viajaba parada pero que necesitaba irme ese día.

Me vendió el pasaje por el mismo precio pero para viajar parada y oh sorpresa, cuando me subí al colectivo era mentira que se habían agotado. Sospecho que este hombre quería guardar espacios para quienes compraban el pasaje por medio de las agencias de viaje (un 20 por ciento más caros).

Llegué a las terminal de Ubón, en Tailandia, a las 6 y media de la tarde y enseguida se me abalanzaron para ofrecerme pasajes a todos los rincones de Tailandia. Para ir a Bangkok querían cobrarme “440 baht” (USD 14), “560 baht” (18 USD), lo que se les ocurriera al verme la cara.

Me negué, como siempre, a pagar más de lo que corresponde por un viaje de 10 horas.

Uno de los vendedores me dijo en voz baja:

— You want cheap ticket? Ok, come, you pay directly to the driver.

Y así como quien no quiere la cosa le di los 10 dólares por lo bajo, me dio un papelito con una firma que ofició de ticket, le hizo una seña al conductor y subí de incógnito. Mientras esperaba hasta las 7.30 pm para que saliera mi bus comí uno de los mejores Pad Thai de mi vida preparado por un ladyboy tailandés (como se le dice a los travestis acá) en un puestito de la estación.

Precio: 20 baht (70 centavos de dólar).

Llegué a Bangkok a las 5 de la mañana, después de haber dormido bastante poco. Me tomé el transporte público a la estación de tren y tardé casi dos horas en llegar, ya que debo haber cruzado la ciudad entera en hora pico, pero para mí fue como hacer un city tour barato.

Me había olvidado del calor que hace en Bangkok (que al parecer no es solamente en abril sino todo el año).

Bajé del colectivo y oh la transpiración una vez más, como en los viejos tiempos.

El tren a Hat Yai, ciudad al sur de Tailandia (a 941 kilómetros de Bangkok) salía a la 1 del mediodía, así que salí a caminar un rato para hacer tiempo.

Me gusta pasear por una ciudad bien temprano y ver cómo se despierta, qué rutinas siguen sus habitantes. No me fui muy lejos, pero me crucé con muchísimos puestitos de comida en la calle (me atrevo a decir que si en Vietnam lo que más se ve en las veredas son las motos, en Tailandia lo que abunda son los puestos de comida al paso), gente desayunando en los mercados, hombres empujando carros con frutas, mujeres comprando la carne del día, gente leyendo el diario, personas preparando jugos de fruta y los tuk-tuk, como siempre, con su amistoso e irritante:

— Hey lady, tuk-tuk! Where you go?

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El tren salió a las 13.30 del miércoles, día dos de mi periplo.

¿Cómo puedo resumir esas 19 horas de viaje por las vías?

Miré el paisaje – escuché música – leí un libro – escuché más música – fui la persona más feliz del mundo cuando los asientos se convirtieron en camas (verdaderas camas horizontales con sábanas y almohadas) – dormí dormí dormí durante 12 horas sin importar si me pasaba de estación – miré el paisaje otra vez y por fin me bajé en Hat Yai a las 8 de la mañana.

De la estación de tren, tuk-tuk a la terminal de colectivos, pasaje a Kuala Lumpur sin escalas y otra vez a la ruta.

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Llegué, POR FIN, a Kuala Lumpur a las 7 de la tarde del día tres.

Me bajé del colectivo, no vi un mini escalón y caí de frente al piso, pero alcochonada por las mochilas, así que no fue nada. Hace mucho que no tenía algún tipo de torpeza como esa así que era hora. Me tomé el Rapid KL (el lujoso transporte público con aire acondicionado y televisión por 2 ringgits o 66 centavos de dólar) hasta Chinatown, pero me hice la viva y pensando que sabía perfectamente dónde estaba me bajé como tres paradas antes, en Little India (me equivoqué de comunidad).

Así que tuve que tomarme el subte hasta la estación correspondiente.

A esa altura mi agotamiento era indescriptible pero el día no había terminado.

Subiendo por la escalera mecánica escucho que alguien me dice:

— Hello! Where are you from? Lo que me faltaba, chamuyos en el subte. Miro y veo a un malayo estereotipo perfecto de hombre de negocios: pelo con gel, camisa adentro del pantalón, cinturón, zapatos náuticos.

—Argentina.

—Oh! Under Mexico.

Sí, bastante under Mexico, pero lo perdono porque la verdad es que antes de viajar a Asia no sé si podría haber ubicado Malasia en el mapa.

—No, no, South America.

—Oh… And you are studying in Malaysia?

Sí, por eso ando caminando con dos mochilas y aspecto de estudiante.

—No, I’m traveling around Asia for one year or more.

—What??? One year!

—Yeah…

—And which is your favorite country in Asia?

—I like all the countries… I really like Laos.

—LAOS??? (no lo puede creer) But what do you have in Laos? It’s so small!

—The people, the culture, the history…

—And how long did you stay there?

—About three weeks.

—Three weeks???!! (al pibe le sorprendía todo lo que le decía)

—Yes…

Caminó conmigo por la calle para “ayudarme a buscar el hostel”, pero tenía menos idea que yo de dónde estaba parado. Me preguntó cuántos años tenía y le respondí en indonesio (que es casi igual al malayo): dua puluh lima (veinticinco).

Se quedó mudo y me miró.

Why do you speak with an Indonesian accent???jaja! Nunca jamás pensé que alguien iba a decirme que hablo indonesio (o malayo) con acento indonesio. Finalmente lo fleté:

I can walk alone thank you! Y me dijo algo así como Don’t be scared of me.

No, no estoy scared, me da muchísima fiaca socializar en este momento de mi existencia en Kuala Lumpur, cuando no puedo poner en orden dos ideas por el sueño que tengo.

Después de una noche me recuperé y al día siguiente salí a caminar.

***

Kuala Lumpur sigue tan llena de vida y calurosa como la recordaba. Otra ciudad que amo.

Pero lo que más me sorprendió es el frenesí, la locura, el acelere con el que se prepara para festejar Navidad (en un país donde el 60 por ciento es musulmán, el resto es hindú, budista, confucionista y hay una pequeña comunidad católica).

Las calles están decoradas con luces blancas, los shoppings desbordan de árboles de navidad, gorros de Papá Noel, grupos de chicos cantando Villancicos, ofertas navideñas y gente comprando a lo loco.

Me siento dentro de Mi Pobre Angelito (Home Alone) o alguna película yanqui.

Y de repente, después del villancico número 20 (que no sé si fue Jingle Bell Rock o Joy to the world) me acordé que dentro de muy poco va a ser Navidad y es la primera vez que no voy a pasarlo con mi familia.

No sólo eso: voy a pasar las fiestas en el otro lado del mundo.

Y me puse un poco melancólica.

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I ♥ Savannakhet

Voy con la ventana abierta, mirando hacia fuera y pensando que no hay momento que me guste más que éste.

Estoy viajando en colectivo de Tha Khaek a Savannaketh: es un bus local, de esos con asientos descosidos, con laosianos que me miran curiosos, y que se hacen los distraídos cuando les devuelvo la mirada, con bocinazos a las vacas que se cruzan en la ruta y sin aire acondicionado.

Por suerte.

Cómo odio el aire acondicionado.

Prefiero ir con la ventana abierta, sentir qué clima hace afuera, respirar el mismo aire que la gente local.

Como ya conté, amo viajar por tierra, me encanta ver lo que hay entremedio de dos lugares, me gusta sentir que cruzo el país, aunque sea a toda velocidad.

El bus frena.

— Savannaketh! dice el co-conductor.

— ¿Tan rápido? Me pregunto.

Soy la única extranjera que se baja (somos tres).

Es pleno mediodía y por más invierno que sea, en Laos sigue haciendo calor.

Los conductores de tuk-tuk ni se me acercan, sino que me hacen señas para que yo vaya hacia ellos (lo del relajo laosiano es muy cierto).

— Where you go? Al centro de la ciudad.

— 20.000 kip.

— No, too much.

— 20.000 kip.

No, no quiero pagar tres dólares si acabo de pagar lo mismo para viajar tres horas. Qué bronca. Cómo odio mi moneda, todo hay que multiplicarlo por cuatro.

En momentos como éste desearía haber nacido en Inglaterra, donde tienen la libra y a Los Beatles.

El conductor ni se molesta en hacerme descuento. Empiezo a caminar sola, pregunto dónde está el río Mekong, como para orientarme, y me voy, un poco de mal humor.

Me niego, me niego, me niego, me niego.

Hace mucho calor y no tengo idea a dónde voy ni a cuántas cuadras estoy del centro.

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Mientras camino pienso en eso que siento cada vez que llego a una ciudad nueva.

Mi primera impresión es que no tengo idea dónde estoy ni cuál es la lógica del lugar. Por más que tenga un mapa, todavía no sé cómo se piensa en esta ciudad, cómo se actúa, cuáles son las reglas implícitas. Seguramente los locales, que me ven medio perdida y con dos mochilas deben pensar que es muy fácil orientarse: para un lado está el río, para el otro está el centro, acá a la vuelta hay un restaurante muy bueno, mi casa queda a dos cuadras, el colegio está por allá.

La desencajada en el paisaje rutinario soy yo, que salí quién sabe de dónde, con este aspecto de no pertenecer.

Para mí en cambio todo es nuevo, todo es desconocido.

Me da cierto vértigo pensar que esta ciudad ya tiene una rutina que desconozco, que ya existe y funciona desde mucho antes de que yo llegara, y que seguirá funcionando de la misma manera cuando yo me vaya, sin que mi visita siquiera la inmute.

Lo que más impresión me da es cuando las miradas se chocan: yo, persona ajena, extraña, outsider, miro a una persona local, pieza indispensable del lugar, y por un momento nuestros mundos se fusionan. Estamos los dos acá y ahora, en el mismo lugar, realizando la misma acción, uniendo dos lugares completamente remotos uno de otro.

¿Le cambiará en algo mi mirada? ¿O seguirá inmutable como su ciudad?

Camino un kilómetro.

¿Dónde están los tuk-tuks cuando uno los necesita? Nadie sabe indicarme qué calle seguir. Le muestro mi mapa (incompleto, ya que solamente se ve el centro de la ciudad) a un hombre, le señalo una dirección y sentencio:

— Guesthouse… tuk-tuk… y con mímica le explico que quiero ir en transporte hasta ahí. Me responde:

— ¡Guesthouse tuk-tuk! y señala hacia alguna dirección.

Al parecer hay una guesthouse llamada Tuk-tuk.

No lo creo…  Salgo del restaurante y sigo caminando hacia el lado del río. Es sábado, pero en Laos pareciera que todos los días es domingo.

Pienso quién me manda a caminar a esta hora con el sol así, quién me manda a nacer en un país donde la moneda no vale, quién me manda a viajar acá, quién me manda.

Y de repente, sin advertencia, la veo, boca arriba: un diez de corazones. Mi primera reacción es mirar la carta como las miraba antes de empezar a juntarlas: ¡Ah! Ahí hay otra, algún día las levantaré del piso.

Pero enseguida me acuerdo: ¡Ya las estoy coleccionando! La agarro, feliz, feliz de no haberme tomado el tuk-tuk de 20.000 kip, feliz de haber caminado por esta calle, feliz de ser una loca que se pone feliz cuando encuentra un naipe abandonado en Asia. Ya tengo seis.

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A los cinco minutos pasa un tuk-tuk que me lleva por 10.000 kip. Bien, mitad de precio no está mal. Y creo que fue como el último vaso de agua en el desierto: lo hubiese tomado por el precio que sea.

Veo, por fin, Savannakhet.

Me enamoro.

Me enamoro perdidamente de esta ciudad colonial descascarada y venida abajo.

Me enamoro de los chicos jugando en la calle sin preocupaciones, de los hello y sabaidee de los bebés (incentivados por los padres que los sostienen en brazos y les mueven el bracito para que me saluden), de los monjes que me charlan en inglés y me preguntan si me gusta Laos, de la gente sentada frente al río mirando cómo baja el sol sobre Tailandia.

Me enamoro de esta ciudad tan poco turística y tan tan linda.

Siento como si hubiese descubierto un secreto, un lugar fuera del mapa. ¿Cómo es posible que no esté desbordada de turistas? ¿Cómo es posible que sea tan auténtica? Siento que es un lugar armado solo para mí y para mi cámara.

Alquilo una bici y salgo a dar vueltas.

Acá se ve la cultura callejera de Asia en todo su esplendor.

La gente siempre está afuera, la vereda es su espacio público, y lo que debería ser el espacio privado (las casas) también está abierto a las miradas. Las mujeres cocinan afuera, la gente come en mesitas de plástico en las esquinas, un grupo de nenas juega al supermercado (o algo así) casi en la calle, los nenes usan una cuadra como cancha de fútbol, tres nenas se suben a una bicicleta y se divierten haciendo volar un cometa, los puestitos de comida preparan sus alfombras a orillas del río.

Acá no existen las puertas principales: las casas y negocios directamente no tienen la pared de frente, sino que cierran este hueco de noche con persianas (las mismas de los ascensores antiguos en Buenos Aires).

Acá no existe ese miedo de que te roben, de que te desvalijen la casa, de que entren a tu espacio privado, de que vean tus secretos.

En esta ciudad parece no haber secretos.

Cuando alquilé la bicicleta no me pidieron absolutamente nada, ni plata ni mi pasaporte ni mi nombre, solamente me preguntaron en qué guesthouse estaba y con eso fue suficiente.

¿Existe el amor entre una persona y una ciudad? Yo creo que sí.

Pasa cuando uno menos lo espera, en el lugar menos pensando, en el momento menos predecible.

Y también creo que pasa con esos lugares de los que la gente se pregunta “¡¿pero qué le ve?!”.

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[box]Datos útiles para visitar Savannakhet:

Transporte: bus desde Tha Khaek 25.000 kip (3 horas, 3 dólares). Tuk-tuk desde la terminal hasta el centro de 10.000 a 20.000 kip (entre USD 1.20 y 3). Alquiler de bicicleta, 15-20.000 kip por día (USD 2-3).

Comida: licuados por 5000 kip, fried noodles con pollo por 15.000 kip (2 USD), desayuno completo por 18.000 kip (USD 2.50), cerveza 10.000 kip, agua de litro y medio 5000 kip.

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El encanto laosiano

Laos me gusta.

Voy de pueblo en pueblo, de ciudad y ciudad, y aunque no esté acá hace mucho, cada día me gusta un poquito más.

Será porque es un país de pocos habitantes y la tranquilidad se respira.

Será porque el acoso hacia el turista no se siente tanto (digamos que casi nada).

Será por sus pueblitos silenciosos, por las calles vacías, por las construcciones coloniales venidas abajo, por la ausencia de las bocinas, por las pocas motos.

Será por la importancia del río Mekong, por los monjes caminando en grupo por la calle o andando en bicicleta, por las mujeres que me saludan sonriendo y no intentan venderme nada, por los chicos y su alegría cuando ven a un falang caminando por un lugar poco turístico.

Será.

Laos, a pesar de ser uno de los países más “olvidados” por los viajeros que visitan esta región del mundo (muchas veces queda fuera de los itinerarios por ser subestimado como destino) es también un país con un creciente circuito turístico.

Luang Prabang (la ciudad colonial), Vang Vieng (donde se realiza el famoso tubing), Vientiane (la capital) y Si Pha Don (o “4000 islas”, en el sur sobre el Mekong) son las principales paradas dentro de este circuito.

Y como en todo circuito, hay un sistema de precios “turísticos” que, en este caso, a todos los que viajamos intentando gastar lo menos posible nos llama bastante la atención.

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Laos es uno de los países más pobres de la región y sin embargo es caro. Lo de caro entre comillas, claro. Caro para los turistas, no para los locales.

Los precios ya vienen prefijados (e inflados) y no hay mucha posibilidad de regatear como en Vietnam o Indonesia donde bajar los precios se convierte en un deporte.

Acá, si no querés pagarle tres dólares al tuk-tuk para que te lleve a la estación que queda a diez cuadras, andate caminando.

Olvidate de que te hagan descuento, ni que se molesten en perseguirte. El precio es éste y si no te gusta lo lamento.

Después de pasar tres noches en Vientiane, que, al margen, es la capital más tranquila que pisé en mi vida, decidí avanzar hacia el sur del país y elegí un pueblo de 70.000 habitantes llamado Tha Khaek como mi próximo destino.

A seis horas, con muy pocos turistas, con muy poco para hacer.

Perfecto.

Vientiane me gustó con sus cafecitos franceses, su mercado nocturno, sus puestitos de comida y sus veredas anchas y sumamente transitables. Pero me dieron ganas de ir a lugares menos concurridos.

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Cuando averigüé en los guesthouses y agencias de viaje cuánto costaba el pasaje en bus a Tha Khaek, me quedé helada: 130.000 kip (16 dólares). Es decir, más de 2.50 dólares la hora de viaje.

En todos los países del Sudeste Asiático (y de América latina) parece haber un acuerdo silencioso de cobrar un dólar por hora de viaje en bus. Es lo esperable, lo lógico, es el parámetro en el cual me baso para saber si me están cobrando lo que realmente vale.

Cuando me dijeron 16 dólares, pensé: Estoy segura que una persona local jamás pagaría 16 dólares por un viaje de seis horas.

El problema es que a veces la pereza me gana y si me ofrecen un bus con “servicio de pickup” hasta la estación por dos dólares más, lo compro.

Pero pagar 10 dólares de más solamente por ser turista, no.

Así que volví a hacer lo que hice durante todo mi viaje por Latinoamérica (gracias a esa gran puerta que se abre al hablar el mismo idioma): viajé como una persona local.

Fui una laosiana más.

O casi.

Me negué a pagarle tres dólares al tuk-tuk por un viaje que en cualquier otro país de acá costaría medio dólar y caminé unas 12 cuadras hasta la estación de transporte público. Me tomé el colectivo que iba a la terminal sur por 2000 kip (25 centavos de dólar contra los 50.000 kip o 6 dólares que te cobra un tuk tuk) y llegué justo a tiempo para tomarme el colectivo que iba hacia el sur y frenaba en Tha Khaek. El precio: 50.000 kip (6 dólares por un viaje que contratado desde mi guesthouse me hubiese costado 16).

Además, un lujo, un Flechabus cualquiera, con dos pisos, aire acondicionado y mucho espacio para las piernas (muchísimo mejor que los buses “VIP” que ofrecen a los turistas).

***

Siento cierta adrenalina cuando viajo en un transporte donde nadie habla inglés, cuando no sé dónde tengo que bajarme ni a qué hora llegaré. Me hace estar mucho más atenta y despierta. Y hasta ahora, miles de colectivos después, jamás me pasé de estación.

Será que tengo un radar que me dice es acá, bajate ya.

Durante el viaje se me acercó un laosiano de unos 70 años y me dijo varias veces “Fren? Fren?”. Pensé que quería ser mi amigo y me reí, pero al parecer me estaba preguntando si era “French”. Le dije “No, Argentinian” y me respondió “Biutiful, biutiful”.

Y cada vez que me miraba me lo repetía. Ja.

Seis horas después, salí caminando de la estación de buses de Tha Khaek sin que ningún conductor de tuk-tuk (ese transporte tan típico del Sudeste Asiático) me persiguiera, sin que ninguno siquiera se dignara a mirarme (y, hola, no es fácil pasar desapercibida cargando dos mochilas y el pelo rubio).

Algo que en Vietnam o Camboya jamás hubiese pasado.

***

Tenía el nombre del guesthouse al que quería ir, pero ningún mapa ni dirección.

Entré a un restaurante vacío, donde una mujer miraba televisión acostada en un sillón y tras un sabaidee (hola) le pregunté por el dichoso guesthouse.

Me respondió con señas: vas por esa calle y doblas a la derecha, pero el movimiento de sus brazos fue amplio, lo que me dio a entender que era una distancia demasiado larga como para ir caminando.

Sacó su celular e hizo una llamada “bla bla bla falang falang bla bla bla nombre del guesthouse” y me indicó que me sentara a esperar. Me regaló una botella de agua (no aceptó dinero a cambio) y me habló en Lao (a lo que yo no hice más que sonreír y asentir).

Al rato llegó su amiga (supongo que a la que había llamado por teléfono) con un holandés que resultaba hablar español y se ofreció a llevarme al famoso guesthouse (también sin dinero de por medio) en su moto.

La mujer incluso me invitó al cumpleaños de su hijo.

Cosas que jamás me hubiesen pasado si elegía, otra vez, la supuesta “comodidad” y me tomaba un transporte puerta a puerta.

Fotos de Tha Khaek:

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Más fotos de Vientiane:

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[box]Datos útiles para visitar Vientiane y Tha Khaek:

  • Transporte: de Vang Vieng a Vientiane entre 35.000 y 60.000 kip (de USD 4 a 8). Aproximadamente seis horas. De Vientiane a Tha Khaek en bus “VIP” 135.000 kip, en bus local 50.000 kip (USD 16 contra 6). Tuk tuk en Vientiane: desde 10.000 kip (poco más de un dólar, aunque sube según la distancia). Alquiler de bicicleta en Vientiane: desde 15.000 por día (USD 2). Alquiler de moto en Tha Khaek: 85.000 kip por día (10 dólares)
  • Alojamiento: habitación doble en Vientiane desde 60.000 kip (8 dólares), dormitorios compartidos por 25.000 kip o 50.000 kip en “Mixay Guesthouse”. Habitación simple en Tha Khaek desde 50.000 kip (7 dólares), dormitorio compartido por 25.000 kip (USD 3) en “Travel Lodge”
  • Comida: en Vientiane, desayunos desde 20.000 kip (USD 2.50), almuerzos desde 20.000 kip (USD 2.50), licuados de fruta por 7000 kip (casi un dólar). En Tha Khaek, 15.000 kip (USD 2) por un plato de Pad Thai (noodles con carne), 20.000 kip por pollo con papas
  • Cosas para hacer: en Vientiane, visitar el Buddha Park (a una hora de la ciudad), el mercado nocturno, el arco del triunfo, tomar un café o un jugo, caminar por la costanera al borde del Mekong. En Tha Khaek, salir a caminar y recibir saludos de todos los chicos y mujeres, almorzar frente al río y mirar cómo baja el sol sobre Tailandia (en la orilla de enfrente). Muchos usan Tha Khaek como punto de partida para hacer “The Loop”: un viaje en moto de cuatro días/tres noches por pueblos cercanos.

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Sobre paraísos e infiernos: Luang Prabang y Vang Vieng

No creo en las dicotomías pero a veces me encuentro con dos lugares a pocas horas de distancia que me parecen tan opuestos que me tienta la idea de describirlos como paraísos e infiernos personales.

Sin embargo, como digo siempre, lo que a mí me pareció fascinante, a otro podrá parecerle aburrido y lo que a mí me pareció decadente, a otro podrá parecerle muy divertido.

Además el infierno y el paraíso como tal no existen: nosotros le damos esas categorizaciones en nuestra mente según nuestro estado de ánimo y experiencia.

Por eso no se dejen convencer demasiado por lo que digo y, si tienen la posibilidad, experiméntenlo por su cuenta y saquen sus propias conclusiones.

I. El Paraíso (o el Infierno): Luang Prabang

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Luang Prabang es uno de esos lugares que, si bien está muy preparado para el turista, sabía que me iba a gustar.

Casitas coloniales francesas mezcladas con construcciones locales de madera, mercados al aire libre, vendedoras callejeras de frutas y verduras, atardeceres sobre el río, buffets nocturnos de comida local con platos llenos hasta desbordar, cafecitos donde sentarse a leer, librerías donde sentarse a tomar un café, tambores que suenan desde las 5 am y monjes budistas que salen descalzos de los templos a juntar las ofrendas de comida que la gente local les prepara cada mañana, gatos simpáticos y fotogénicos, calles tranquilas donde se puede caminar despacio y sin interrupciones, festivales de cine, gente feliz (o que al menos lo parece), recorridos en bicicleta, caminatas en paralelo al río Mekong, tranquilidad.

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El viaje a Luang Prabang fue rapidísimo y cómodo, todo en transportes locales.

Salí del pueblito sin mapa a las 10 am y después de un barquito, un viaje en minivan y un trayecto en tuk-tuk llegué a la ciudad antes de las 3 de la tarde.

Sin ningún tipo de guía (más que una mujer que me vio con la mochila y me dijo “cheap guesthouse that way”) encontré un hostel muy lindo y barato (me encanta cuando me pasa eso), construido en una casa antigua que en algún momento de su existencia perteneció al rey de Laos.

Me alquilé una bici y recorrí la ciudad, Patrimonio de la UNESCO por sus construcciones coloniales y su aura histórica.

Miré el atardecer sobre el río desde una montaña, caminé por el mercado nocturno (donde no compré nada pero por lo menos vi productos distintos a los que venía encontrando en el resto del Sudeste Asiático), comí hasta reventar en el buffet (tan rico), intercambié libros (terminé de leer [eafl id=”22904″ name=”Mr Nice” text=”Mr. Nice, la autobiografía de Howard Marks”], el hombre más buscado por la policía británica y lo cambié por [eafl id=”22905″ name=”Self: Yann Martel” text=”Self, de Yann Martel”], una autobiografía ficticia que por ahora me está gustando) y escribí.

Luang Prabang es uno de esos lugares donde podés hacer “de todo” (hay decenas de agencias que ofrecen tours a las cuevas, viajes en barco, avistaje de elefantes, saltos en las cascadas) o donde podés no hacer nada en especial más que caminar y respirar el ambiente.

Y para mí, que soy fanática de las ciudades coloniales, no me es necesario “hacer algo” en un lugar así: con caminar y sacar fotos me sobra.

Es una ciudad muy turística, es cierto, pero siento que es una parada obligada dentro del circuito de ciudades coloniales del Sudeste Asiático.

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En Luang Prabang por fin me decidí a coleccionar algo que me venía tentando hacía tiempo: cartas (naipes).

En todos los países asiáticos que visité siempre me llamó la atención el mismo elemento: cartas sueltas tiradas en la vereda, en medio de la calle o sobre el pasto, a veces boca arriba, a veces boca abajo, sucias, pisadas por los autos y la gente, olvidadas y abandonadas, casi siempre solas, como si alguien hubiese perdido un partido y las hubiese tirado al piso con furia para no verlas nunca más.

Me propuse juntar una por ciudad, solo una, hasta completar un mazo de cartas encontradas por el mundo.

En Luang Prabang encontré la primera: el dos de trébol.

La vi tirada al borde de la calle, como ya vi a tantas otras, pero esta vez la levanté, no sé por qué.

Fue un impulso.

La limpié y le escribí, del lado de las figuras: #1, Luang Prabang, Laos (03/12/2010).

Tal vez algún día complete mi baraja.

Tal vez nunca.

Pero mientras siga viajando, seguiré llevándome un pedacito de ciudad de cada país.

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[box]Datos útiles para visitar Luang Prabang:

•   Transporte: bus desde Nang Khiaw (norte del país) 35.000 kip (3-4 horas), tuk-tuk desde la estación de LP hasta el centro de la ciudad 10.000-15.000 kip por persona. Alquiler de bicicleta en Luang Prabang 15.000-20.000 kip por día. (1 USD equivale a 8000 kip).
•    Alojamiento: desde 30.000 kip (aprox USD 4) por una cama en un dormitorio compartido (Spicy Laos Backpackers) con wi-fi, internet, café y té; o 60.000 kip por una habitación doble.
•    Comida: buffet vegetariano nocturno 10.000 kip por persona (MUY recomendable), pollo/pescado/carne asada por 10.000 kip la porción. Licuados de fruta por 5000 kip, café por 5000 kip, botella de agua de litro y medio 5000 kip. Sandwich en la calle desde 10.000 kip.[/box]

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II. El Infierno (o el Paraíso): Vang Vieng

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Vang Vieng es uno de esos lugares que, si bien está muy preparado para el turista, sabía que no me iba a gustar.

Cuatro o cinco cuadras de negocio tras negocio tras negocio (de ropa, de souvenirs, de cosas innecesarias que sólo hacen bulto en la mochila), guesthouse tras guesthouse (no vi ni una casa local) restaurantes de pizza/pasta/sandwiches con “Special High Menu”, extranjeros borrachos y/o drogados a toda hora, tubing por el río de bar en bar, gatos de todos los colores (y no exactamente animales), dobles de Lady Gaga y Paris Hilton, muchos anteojos de colores, calzas de leopardo y cuerpos con pintura fluorescente, gritos y música electrónica, restaurantes pasando capítulos de Friends 24 horas al día y gente mirando capítulos de Friends en estado vegetativo durante 24 horas al día, mucho panqueque de banana y hamburguesas.

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El viaje desde Luang Prabang fue larguísimo (las cinco horas que prometían se convirtieron en ocho o nueve, ya ni sé), en un bus “VIP” que no tenía aire acondicionado ni ventanas, por lo cual casi muero asfixiada, y haciendo zig-zag constante por las montañas con varios casi-choques de frente.

El ambiente de este colectivo me llamó la atención: compartí el trayecto con gente que no vi en ningún otro lugar del Sudeste Asiático más que en las islas del sur de Tailandia, viajeros que llegan a Tailandia para ir a la Full Moon Party, de ahí pasan a Halong Bay (Vietnam) y por último a Vang Vieng para pasar el resto de sus vacaciones.

Cuando llegamos a Vang Vieng (viajé con un argentino, un español, una suiza y un belga) todo estaba lleno y nos quedamos en lo que debe ser el guesthouse más rústico de tu vida con el colchón más duro de tu vida.

El pueblo de Vang Vieng no vale nada: no hay cultura laosiana ni autenticidad.

Debe haber más extranjeros que gente local y la consigna parece ser emborracharse/drogarse hasta no ver.

Lookeados como para ir a una rave (fiesta electrónica) y sin ningún tipo de respeto por las costumbres locales, las mujeres caminan en bikini por la calle y los hombres sin remera, algo que no es bien visto en países tradicionales como Laos.

Pero este pueblo debe ser como el huevo y la gallina: pareciera que fue creado especial y exclusivamente para este tipo de gente.

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La principal “atracción” de Vang Vieng es el tubing: consiste en alquilar un salvavidas/gomón redondo para sentarse y bajar los 3 km del río Nam Song frenando de bar en bar.

Al llegar al punto de salida, te reciben con una bandeja llena de shots de whisky, como para entrar en calor.

La bajada al río se hace obligatoriamente desde el primer bar, donde muchos ya compran el balde de alcohol inaugural.

Durante los primeros 500 metros habrá unos 15 bares a ambos lados del río, todos te hacen señas para que frenes y bajes ahí para seguir tomando alcohol y vuelvas al río completamente borracho.

Muchos no llegan ni al tercer bar.

Para varios es lo mejor del viaje.

Yo prefiero sentarme a tomar una Beerlao (la cerveza nacional) en la terraza de un bar mirando la ciudad. El paisaje es lindo, pero después de los paisajes que vi en los pueblitos del norte, no me pareció nada especial.

Vang Vieng es una de las principales paradas dentro de lo que informalmente se conoce como el Banana Pancake Trail —una ruta turística delineada (tal vez inintencionalmente) por la Lonely Planet— uno de esos pueblos que más que ser parte de Asia son una réplica en miniatura de lo más decadente de la cultura occidental.

Estuve dos noches y huí.

Fue suficiente.

No estaba en mis planes ir a este lugar, pero pensé que tal vez estaba siendo demasiado prejuiciosa, que tenía que darle una chance, que podía ser divertido.

Y no, no hice más que corroborar lo que pensaba: me pareció lo más aburrido de Laos que vi e hice hasta ahora.

El tubing estuvo bien, pero para mí hubiese estado mejor sin bares de por medio.

Y en Vang Vieng no encontré ninguna carta, así que no me llevé nada de este pueblo.

Excepto tal vez este atardecer.

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[box]Datos útiles para visitar Vang Vieng:

•    Transporte: desde Luang Prabang hasta Vang Vieng alrededor de 100.000 kip en VIP bus (lo de VIP tiene menos de VIP que un transporte local). Alquiler de bicicleta en Vang Vieng: 20.000 kip por día. Bus de Vang Vieng a Vientiane: 50.000 kip.
•    Alojamiento: habitación doble desde 40.000 kip.
•   Comida: hamburguesas callejeras desde 25.000 kip, licuados de fruta 5000 kip, desayunos desde 25.000 kip. Platos locales por 10.000 kip.
•    Tubing: 55.000 kip por persona (precio fijo con tuk-tuk incluido hasta el punto de inicio del tubing) + un depósito de 60.000 kip que se reintegra al devolver el salvavidas. Si se devuelve después de las 6 pm hay que pagar una multa de 20.000 kip. Alquilan bolsitas impermeables por 20.000 kip para llevar la plata por el río. Cerveza por 15.000 kip y baldes desde 30.000 kip.[/box] 

Pueblito sin nombre

Existe un pueblito —llamémoslo MNN— a orillas de un río —llamémoslo RM— en un país de Asia —llamémoslo RDPL— que casi no figura en el mapa.

Este pueblito de 800 habitantes es accesible solamente por barco, no tiene calles y por ende no tiene autos, motos ni bicicletas.

Podría decirse que allí la rueda todavía no fue inventada.

Tampoco hace falta demasiado transporte ya que la calle principal (de tierra) no tiene más de 200 metros de punta a punta.

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En este pueblo no hay electricidad (excepto de 6 a 10 pm mediante un generador), mucho menos ventiladores, heladeras, agua caliente, computadoras o internet.

No hay bancos ni cajeros electrónicos.

Hay una escuela, templos budistas, restaurantes, hotelitos y casitas de madera.

Hay mujeres aplastando algas para luego freírlas y venderlas como snack.

Hay chicos juntando frutos de los árboles o jugando en medio de la calle.

Hay hombres trabajando en los cultivos o pescando.

Hay chicas lavando ropa a orillas del río.

Hay familias reunidas en una mesa a las 7 de la mañana desayunando su sopa de noodles.

En este pueblito, la rutina queda enmarcada por la luz del sol y el despertador tiene sonido de gallo.

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No tenía planeado visitar este lugar (¿cómo planear una visita a un lugar casi desconocido?), pero llegué de casualidad.

Estaba viajando en el barco (si se lo puede llamar así) desde Muang Khua (primera aldea de Laos donde pasé dos noches) hasta Nong Khiaw, a unas seis horas de distancia.

El barco iba sobrecargado, unas 25 personas en una balsa a motor que a mitad de camino se llenó de agua.

— Ya está, acá pierdo todo, acá se me arruina la cámara y la computadora.

Tras una parada emergencia en una isla (que también ofició de baño público) seguimos camino por los rápidos de este río enmarcado entre las montañas.

Unas dos horas después, el barco hizo su primera parada oficial: un pueblito ínfimo del que se asomaban algunos bungalows y árboles con lámparas de colores.

Esta no es nuestra parada pero… ¿si nos quedamos acá? Parece más lindo que el lugar al que vamos.

Fue una decisión inmediata y unánime: nos bajamos todos ahí.

Y por todos me refiero a mi grupo del Road Trip (ingleses, alemanes, suizo), una chica de Nueva Zelanda, una de Holanda, otra de Inglaterra, un estadounidense, una pareja francesa, una pareja suiza y algunos más. Los únicos que quedaron en la balsa fueron tres griegos que horas más tarde volvieron al pueblito ya que el lugar siguiente (a donde íbamos a ir originalmente) no les pareció nada especial en comparación con este lugar escondido.

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¿Qué se puede hacer en un pueblito así?

Para los que buscan actividades turísticas, no hay mucha oferta más que hacer trekking por la montaña con un guía local, visitar otras aldeas, ir de pesca.

Para quienes no quieren hacer nada, pueden hacer exactamente eso y pasar los días leyendo en una hamaca paraguaya frente al río (lo cual me recuerda muchísimo a mis fin de semanas en el Tigre, salvando las distancias).

Yo elegí caminar, comer y sacar fotos. 

Todos los días a partir de las 2 de la tarde, en tres puntos del pueblo se ofrece un buffet: “All you can eat” por 10.000 o 15.000 kip (USD 1.50 – 2). Comida vegetariana recién cocinada por una mujer del pueblo: curry de calabaza, bambú con brotes de soja, noodles con verduras, spring rolls recién hechos, arroz con salsas secretas, arvejas, frutas, postres de arroz con peanut butter. La carne se paga aparte, 10.000 kip por porción, y se puede elegir entre  pescado, pollo, pato o búfalo asado.

Nunca comí tan rico y tan bien.

Recorrí el pueblo de punta a punta en menos de 20 minutos. Todas las casas están abiertas, nadie usa trabas, toda la gente sonríe amablemente y saluda con un sabaydee seas local o extranjero.

Nadie te acosa con el comprame comprame comprame.

La mayoría casi no habla inglés pero se hace entender.

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Mientras caminaba por la (única) calle principal se me mezclaron los sentimientos: este pueblito no es virgen, recibe visitantes de otros países y eso es bueno, pero tengo la sensación de que en menos de diez años este lugar va a tener más turistas que locales y que esa autenticidad que lo hace tan mágico se va a perder entremedio de las ofertas, tours y descuentos.

Un lugar tan puro no merece prostituirse por culpa del turismo, un pueblito así debería quedar suspendido en el tiempo y el espacio, una aldea como esta debería recibir solamente los visitantes necesarios para poder seguir subsistiendo cómodamente pero sin peligro de venderse o perder su esencia.

Un pueblito como éste —llamémoslo MNN, llamémoslo como sea— jamás debería aparecer en los mapas.

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De Vietnam a Laos por la Ruta del Cielo

Me dijeron que era la ruta del infierno, el viaje de la muerte, el cruce de frontera más largo del mundo, que seguro me quedaba varada en algún lado, que con lluvia era lo peor, que el trayecto era todo al borde del acantilado y súper peligroso.

Así que compré mi pasaje a Dien Bien Phu (ciudad en la que tendría que pasar la noche obligatoriamente antes de cruzar a Laos) con miedo, resignada, pensando que tal vez no iba a vivir para contarla, que este sería mi último viaje, que la vida sí se compra con plata y que la suerte no existe.

Pero ya tuve muchas experiencias de viajes eternos por rutas horribles y sobreviví, así que pensé que esto no podía ser peor que los cruces en Latinoamérica, que realmente iban a tener que esforzarse por hacerme pasar un mal viaje.

Y no, fue buenísimo y me alegro de haber elegido esta opción, ya que además de ahorrarme muchísimos dólares tuve dos días muy divertidos llenos de personajes extraños (como siempre).

Así que va la crónica para quienes tengan que hacer el mismo cruce y estén dudando si tomarse un avión o no.

Día 1 (viernes): De Sapa a Dien Bien Phu (noroeste de Vietnam) – 8 am a 5 pm

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Saqué mi pasaje a Dien Bien Phu, última ciudad vietnamita en la que haría noche, el día anterior.

El minibús “turístico” estaba completo así que no me quedó otra que comprar el pasaje para el minibús local (que para extranjeros cuesta lo mismo que el turístico: 10 dólares o 200.000 dong).

A las 7:15 am del viernes me senté en el restaurante de la agencia de viajes a esperar, 8:10 am llegó el minibus, me subí y salimos rumbo a Dien Bien Phu.

Cantidad de pasajeros: aproximadamente 20, doce locales y ocho extranjeros.

Así que un suizo, una alemana, un alemán, un inglés, una inglesa y yo nos hicimos amigos en el acto, supongo que eso pasa cuando uno sabe que está a punto de compartir una experiencia larga y cansadora, nada mejor que pasarlo con amigos.

Para mí fue un alivio saber que no haría esta “ruta de atrás” sola y que había más gente que decidía hacer este cruce por tierra antes que por avión.

El trayecto fue largo, polvoriento y rocoso.

Una característica de los transportes locales asiáticos es que suben gente hasta llenar todos los huecos vacíos (no solo en los asientos, sino en el piso y faldas), y en una combi diseñada para 15 personas probablemente suban a unas 22.

Así que a mí me tocó compartir mi asiento con el Personaje #1: un vietnamita que por suerte era flaquito pero igualmente me hizo guerra de caderas para adueñarse del respaldo. A cada rato me mostraba cuatro dedos de la mano derecha, los contaba, asentía y me los volvía a mostrar, tal vez querría decirme que tenía 40. Faltaba que se durmiera con la cabeza sobre mi hombro, pero por suerte no fue para tanto. Casi me saco una autofoto con él y le pido el Facebook para etiquetarlo, pero me pareció demasiado bizarro.

Durante las horas y horas de viaje, que ya no puedo diferenciar porque se mezclaron cual cóctel, me escuché casi toda la discografía de Los Beatles remixada con la música que puso el conductor, una mezcla de cumbia vietnamita con sonidos hindúes, y con los gritos del Personaje #2: el co-conductor. Este hombre no paró de hablar por celular a un tono de voz inhumano y sin ningún tipo de privacidad; cuando no se estaba peleando por teléfono, le pegaba gritos al conductor desde el asiento del fondo o se quedaba dormido y hacía CLAC CLAC CLAC con la cabeza contra el vidrio en cada curva.

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El paisaje que veía por la ventanilla era realmente lindísimo: montañas, terrazas de arroz, ríos, verde, inmensidad.

Quedamos frenados una sola vez durante 20 minutos porque había una excavadora averiada bloqueando la ruta, pero lo solucionaron rápido y seguimos camino.

A las 5.30 pm llegamos por fin a Dien Bien Phu.

Antes de dejar la terminal sacamos el pasaje a Laos para el día siguiente: 88.000 dong (USD 4.50) precio fijo para ir de Dien Bien Phu a Muang Khua (en Laos) con cruce de frontera incluido.

No tuvimos que caminar demasiado lejos para encontrar un hotel: los dueños nos encontraron primero y nos ofrecieron su guesthouse ubicada justo frente a la terminal de buses.

Ahí conocimos al Personaje #3: el recepcionista del hotel que parecía estar drogado con algún tipo de energizante ya que no paraba de hablar, hacer “chistes”, tirarle onda a las mujeres y moverse rápidamente de un lado a otro.

Cenamos en un restaurante local (no había demasiadas opciones) donde nos atendió el Personaje #4: una nena vietnamita de unos 13 años que parecía ser la jefa del lugar ya que le daba órdenes a todo el mundo y cada vez que le pedíamos “One beer” decía, “Ok, two beer”.

Para mí, noodles con pollo (si se puede decir que la piel del pollo cuenta como pollo) por 25.000 dong y a dormir.

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Día 2 (sábado): De Dien Bien Phu a Muang Khua (Laos)5.30 am a 2 pm

Despierta desde las 4.30 de la mañana.

El colectivo hacia la frontera salió a las 5.30 am, repleto de personas, bolsas y mochilas.

El grupo de este Road Trip seguía siendo el mismo: Nicky y Kate (ingleses), Stefan y Martina (suizo y alemana), Paul (alemán) y yo.

Llegamos a Tay Trang, la frontera con Laos a las 9 am y el trámite duró unos 45 minutos: nos tomaron la fiebre (de verdad), sacamos la visa en el momento, nos sellaron el pasaporte y entramos a Laos Time: en Laos hay que multiplicar el “5 minutos” por 5, ya que todo lleva muuucho más tiempo.

Será que son gente muy relajada.

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Desde la ventana pude ver que Laos es muy rural, verde, con pueblitos muy chicos al costado de la ruta, con casitas de madera y muy poca gente.

La población acá es de casi 7 millones; contra los 86 millones de Vietnam, la diferencia es muy notable.

Viajamos bastante apretados por una ruta de tierra en las montañas, pero la vista valió la pena.

A las 2 pm llegamos a Muang Khua, una de las aldeas del norte de Laos, cansados y muertos de hambre.

El colectivo terminó su recorrido al borde del río y allí nos subimos a un barco-balsa para cruzar los 30 metros que separan una orilla de la otra (y todos los guesthouses y restaurantes están del otro lado del río, así que no hay otra opción…).

Una vez que estábamos todos subidos al barco, apareció el Personaje #5: el cobrador de boletos.

Pedía 2000 kip (algo así como USD 0.25), pero ninguno de nosotros tenía kip (la plata de Laos) así que le ofrecimos el mismo valor en moneda vietnamita: 5000 dong. Yo estiré mi mano y le di mi último billete de 5000 dong, pero me lo rechazó como cuatro veces: solamente aceptaba los de 20.000 dong o más ya que, por lo que nos pareció, quería hacerse el tonto y no dar vuelto o dar un vuelto en kip muchísimo menor.

Finalmente el bote arrancó y, como no le quedó más opción, agarró mis 5000 dong.

Menos de dos minutos después descendimos en la otra orilla de Muang Khua sin un kip, sin cajeros, con los dos bancos del pueblo cerrado porque era fin de semana, sin casas de cambio y sin internet.

Nos ofrecieron varios guesthouses por 50.000 kip el cuarto para dos personas (USD 3 cada uno) pero no aceptamos.

Caminando cuesta arriba por este pueblo dormido nos cruzamos con el Personaje #6: un aldeano que tímidamente nos preguntó si estábamos buscando dónde quedarnos y nos dijo que él tenía un lugar por 30.000 kip la noche (USD 2 dólares cada uno) a pocos metros.

Lo seguimos un poco de mal humor y con descreimiento ya que nos hizo caminar más de lo prometido y nos llevó a través de un puente que parecía que se iba a caer en cualquier momento.

Pero cuando llegamos quedamos anonadados con la vista del lugar y nos quedamos ahí tres días.

Sobrevivimos “a crédito” durante dos días hasta que Dian (el dueño del guesthouse) nos llevó a una ciudad que queda a tres horas para sacar plata del cajero.

Una gran introducción a este país que se despierta de a poco.

Se terminó el acoso, el ataque de las motos, la sensación de ser nada más que un turista con plata.

Laos me gusta mucho.

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[box type=star] Información útil para cruzar del norte de Vietnam al norte de Laos por tierra + descuentos para que disfrutes tu viaje

•    Minibús de Sapa a Dien Bien Phu: 200.000 dong (USD 10), aproximadamente 8-10 horas
•    Guesthouse en Dien Bien Phu: 150.000 dong para 2 personas, 200.000 dong para 4 personas (aprox. USD 2.5 cada uno). Hay por lo menos tres enfrente a la estación
•    Comida en DBP: solo restaurantes locales. 25.000 dong por un plato de pho (sopa) o noodles con pollo (USD 1). Baguette fresca de desayuno: 5000 dong (USD 0.25), botella de agua de 1L: 10.000 dong (USD 0.50)
•    Colectivo de DBP a Muang Khua (en Laos): 88.000 dong (USD 4.50), sale a las 5.30 am, llega a eso de las 2 pm
•    Visa Laos: se puede sacar en la frontera y el precio depende de la nacionalidad, pero el rango va entre USD 20 (China) y USD 42 (Canadá). Para argentinos USD 30 + USD 1 por “servicio” + USD 1 porque era fin de semana. Llevar una foto carnet, sino cobran USD 2 por sacarte la foto. Abierta de lunes a domingo, de 7 am a 7 pm
•    Cruce de un lado de Muang Khua al otro: depende del día, a veces 2000 kip, a veces 5000 kip (un dólar equivale a 8000 kip). Se puede pagar en dong (plata vietnamita), no pagar más de 5000 dong
•    En Muang Khua no hay cajero (ATM), solamente dos bancos que cambian plata, así que conviene llevar algunos dólares o dongs para cambiar ahí. Tampoco hay internet. Guesthouses entre 30.000 y 50.000 kip por noche (de 4 a 6 USD). Comida por 15.000 kip (USD 2). USD 1 = 8000 kip

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Vietnam: final en blanco y negro

Y así, casi sin darme cuenta, estuve 25 días en Vietnam.

Empecé en Saigón, deslumbrada y con la mirada idealizadora de quien se enamora a primera vista.

Seguí hacia Mui Ne, pueblo costero en el que no hice mucho más que nadar, andar en bicicleta y morir de cansancio en las dunas.

Decidí desviarme hacia Da Lat, en las montañas, y me encontré con una ciudad de lo más extraña, con montañas rusas en medio de la naturaleza, Mickey Mouse, flamencos rosas de plástico, el  muy kitsch valle de los enamorados y una casa más que bizarra.

Pasé unas horas en Nha Trang mirando un partido de fútbol vietnamita en la playa y de ahí seguí hacia Hoi An, ciudad colonial, extremadamente fotogénica y más turística aún.

Ahí tuve mi primer encuentro con la lluvia, esa lluvia finita que no para y que te atraviesa cualquier tipo de impermeable.

En Hue, antigua capital de Vietnam, no solamente quedé pasada por agua, sino que caminé por la calle con la inundación hasta las rodillas (ríendome sola de la situación).

Finalmente llegué a Hanoi, en la otra punta, donde sufrí el caos de motos, los insultos de los vendedores y vi cómo mi amor incondicional por Vietnam comenzaba a desvanecerse.

En Halong Bay perdí mi celular, me peleé con medio país y estuve cara a cara con la policía vietnamita, pero también gané amistades y momentos memorables con mis compañeros de excursión.

Y finalmente llegué a Sapa, pueblo en las montañas, país aparte, donde volví a encontrarme con la lluvia y me sentí feliz porque una mujer me agarró de la mano cuando más lo necesitaba.

No puedo decir que Vietnam es así o asá, que es bueno o malo, que es lindo o feo.

Vietnam es, y cada persona que viaje por este país lo vivirá de una manera distinta.

Cada cual ve la realidad con sus filtros, cada cual viaja a su manera: uno viaja acorde con su forma de ser.

En mi caso, Vietnam me deslumbró, me frustró, me hizo sonreír, me hizo llorar, me atrapó, me repelió de igual manera.

Lo que puedo decir de este país, sin dudas, es que genera emociones fuertes a todo momento.

En muchas situaciones pensé, con toda la bronca del mundo: “¡¿para qué vine?! ¿qué hago acá?”, pero ahora que me quedan pocas horas en el país me doy cuenta de que no estoy arrepentida de haber pasado por lo que pasé, de haber visitado este país que siempre estuvo entre los primeros de mi lista.

Al menos puedo decir yo estuve y lo viví así, en vez de quedarme con las ganas de por vida.

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Me alegro de haber terminado el viaje en Sapa, a pesar de que el clima acá tampoco me ayudó demasiado.

Sapa y las aldeas circundantes están habitadas por los Hmong, un grupo étnico asiático que vive en las áreas montañosas de China, Laos, Vietnam y Tailandia.

Algunos Hmong estuvieron involucrados en la guerra civil de Laos (luchando contra el comunista-nacionalista Pathet Lao en esta “guerra secreta y olvidada” que fue parte de la Guerra Fría), otros fueron reclutados y entrenados por la CIA para luchar en la Guerra de Vietnam y por esto muchísimos debieron exiliarse a Estados Unidos, Francia, Canadá, Australia e incluso Argentina (¡sí! al parecer hay una pequeña comunidad de unos cuantos cientos en Argentina). Aunque a primera vista, es muy difícil imaginar que comparten este pasado.

Apenas llegué a Sapa (pueblo pequeñísimo) a las 7 de la mañana, un grupo de chicas Hmong vestidas con sus ropas típicas corrieron varios metros al lado de la combi y nos mostraron sus productos (carteritas, bolsitos, aros, pulseras) a través de la ventana.

Era muy gracioso verlas diciendo (según inferí por sus gestos): “¡La rubia es mía!”, “¡Me canto a la pareja de ingleses!”, “¡A ese chico le vendo yo!”, mientras se dividían a sus potenciales clientes.

Las mujeres Hmong están por todo el pueblo, cada mañana caminan entre una y dos horas desde sus aldeas, con sus canastos o bebés en la espalda, para ofrecer sus productos a los turistas que hacen base en Sapa. Está claro que su objetivo también es vender (como en el resto de Vietnam), pero en vez de saludarte directamente con un poco simpático “buy something”, lo primero que hacen es establecer una relación con su posible comprador.

Todas repiten las mismas preguntas.

Primera, Hello, where are you from?

Segunda, And what is your name?

Tercera, How old are you?

Cuarta (caminarán al lado tuyo por todo el pueblo hasta hacerte una a una todas las preguntas de rigor), How many days you stay in Sapa?

Quinta, You go trekking today?

Sexta, Do you have many brothers and sisters? (a las parejas les preguntan si están casados y si tienen hijos)

Séptima, You buy something from me later?

A mí me resultaron extremadamente simpáticas: estas mujeres saben cómo conquistarte y su técnica, aunque obvia, debe ser mucho más eficaz que el “Hola comprame”.

Además son tan lindas con sus ropas coloridas.

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Después de pasar un par de días descansando y sin hacer demasiado, decidí hacer un trekking “liviano” hasta las dos aldeas más cercanas.

Tengo tanta suerte que me tocó un lindísimo día de lluvia.

Oficialmente en el grupo éramos seis: nuestra guía (Hmong), una pareja alemana, una pareja española y yo. Extraoficialmente, éramos casi diez, ya que durante más de una hora, al lado nuestro caminaron varias mujeres Hmong que nos hicieron una a una el consabido cuestionario.

Una de ellas me adoptó de hija.

Me hizo todas las preguntas obligadas, pero no pudimos hablar mucho más ya que casi no entendía inglés. Me señaló a su marido (a quien nos cruzamos en el camino) y me contó que tenían cuatro hijos. Cuando nos quedamos sin tema, caminó al lado mío protegiéndome de la lluvia con su paraguas y no me abandonó jamás, si yo frenaba, ella frenaba, si yo caminaba más rápido, ella me seguía el paso.

Luego de un tiempo caminando vio que tenía frío y me agarró la mano, helada, con su mano calentita y me llevó así durante varios metros de barro y charcos de agua. Yo sabía que esta simpatía me costaría un souvenir más tarde, pero la verdad es que me pareció un gesto tan cálido y maternal que no me negué, al contrario, me hizo sentir una conexión que hace tiempo no sentía con una persona local.

Cuando frenamos para almorzar, se me acercó con sus productos y no pude decirle que no, ¿dónde se ha visto un vendedor que camine durante una hora con su futuro cliente y lo proteja de la lluvia? Así que le compré un bolsito.

Se fue y volvió con un regalito: una pulserita de hilo verde que me ató en la muñeca.

Después me sonrío, me agarró el hombro y se fue.

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Mañana salgo hacia Laos.

Las opciones eran Colectivo del Infierno vs. Ruta del Infierno: 20-30 horas en un colectivo repleto de gente, bolsas y animales a toda velocidad y sin baño, o tres días de hacer trasbordo constante de minibus a barco a colectivo a tuk-tuk a mula en medio de un paisaje que vale la pena (o la opción tres que descarté: 200 USD de avión).

La primera opción implicaba volver a Hanoi (ciudad que preferiría no pisar más) y la segunda opción la podía hacer desde Sapa sin ningún problema.

Así que opción dos será entonces.

Les escribiré en unos días para relatarles mi experiencia por la Ruta del Infierno.

Ruego que no sea tan malo como suena.

Igualmente, hoy pensé: el año pasado cuando estuve en Guatemala también me fui por una de estas “rutas de atrás” desde Cobán hasta Tikal (en vez de tomarme un colectivo hacia la capital y dar una vuelta enorme como hacían todos).

Tardé dos días, tuve que atravesar varios kilómetros de derrumbe en las montañas (porque el colectivo obviamente no podía pasar) descalza (porque era imposible caminar con las ojotas y tenía un solo par de zapatillas), con el barro hasta las rodillas y las piedras que me cortaban los pies, cargando las dos mochilas y, como si fuera poco, con dengue (me enteré al llegar a Santa Elena, el pueblo cercano a Tikal, que tenía dengue).

Así que peor que eso, no creo que sea.

Y en cuanto a Vietnam, un país no es blanco o negro, sino que está lleno de matices que lo hacen ser como es.

Así que, en este caso, el blanco y negro lo dejo para las fotos.

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[box] Información útil para visitar Sapa + descuentos para que disfrutes tu viaje

  • Cómo llegar: la mejor opción es tomar el tren nocturno a Lao Cai (pueblo anterior a Sapa) y de ahí un minibús de una hora y media a Sapa (que no cuesta más de 30.000 dong, aunque primero les pidan 100.000 dong). El viaje en tren dura alrededor de ocho horas; hay varias clases de cabinas, yo saqué el “2nd class hard sleeper” (una cabina con seis camas) y dormí como una reina. Pagué 275.000 dong o USD 13.50. También se puede venir en un tour organizado desde Hanoi: el precio de un “buen” tour de 2 días/1 noche cuesta unos USD 100 e incluye todo (tren, hotel, trekking), aunque también se consigue por menos.
  • Alojamiento: desde USD 5 por un cuarto privado con baño y wi-fi (Lotus Hotel, Royal Queen Hotel, Green Valley Hostel). De ahí para arriba, hay de todo. También se puede hacer “home-stay” en una de las villages cercanas con una familia Hmong (el grupo étnico que habita esta zona del país).
  • Comida: más cara que en el resto del país. Noodles con verduras desde 25.000-30.000 dong (de USD 1.5 para arriba), un té 15.000 dong (contra los 5000 dong o 25 centavos de dólar que se paga en el resto del país), un agua de litro y medio 10.000 dong (USD 0.50 contra los 5000 que se paga en otros lugares), pizza desde 65.000 dong (USD 3.50), pasta desde 50.000 dong (USD 2.50). Casi todos los restaurantes ofrecen el “set meal” por USD 5 y el “set breakfast” por USD 3.
  • Tours: Un day tour de trekking para visitar las aldeas cercanas cuesta entre USD 10 y 15. Hay tours de dos, tres, cuatro, cinco días con estadías en casas de familia. También se puede alquilar una moto por USD 5 el día o contratar un mototaxista por USD 10 al día para recorrer de manera independiente.[/box]

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Halong Bay tour: lo bueno, lo malo y lo feo

[box type=star] Todo esto que cuento me pasó en el 2010, es probable que la situación haya cambiado… o no. Lo que sí es cierto es que hoy en día hay mucha más información en internet y que es posible hacer las reservas por medio de operadores confiables. Si están por viajar a Halong Bay desde otra parte de Vietnam, pueden reservar un bus, tren, vuelo, barco o transfer privado por medio de Bookaway.com [/box]

 

Ahora sí, una catársis necesaria después de un tour de m.

Es largo, pero leanlo como un consejo de alguien que ya estuvo y tomen su propia decisión si piensan visitar Halong Bay.

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I. Introducción: Lo que tienen que saber de Halong Bay antes de contratar el tour

Halong Bay es una de las mecas de Vietnam: si estás en Hanoi (capital del país) o en cualquier ciudad del norte, no podés NO ir a la Bahía de Halong, lugar que fue nombrado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco. Es como ir a Misiones y no visitar las Cataratas del Iguazú, o como estar en Santa Cruz y no ir a ver el Glaciar Perito Moreno.

Halong Bay es una parada obligada.

Ahora bien, para hacer este tour existen muchas opciones y más agencias de viaje aún, algunas prestigiosas, otras buenas, otras decentes, otras impresentables. El problema es que, sacando las prestigiosas, es difícil saber cuál es cuál.

Están todas en el mismo sector de Hanoi (el tour se contrata desde ahí), son todas iguales, todas ofrecen lo mismo, todas se presentan como serias, hay por lo menos diez que comparten el mismo nombre (y no están relacionadas entre sí), todas te muestran exactamente el mismo folleto con el mismo itinerario (doy fe ya que habré visitado unas 20) y lo único que varía es el precio que te lo ponen según la cara (y si vas al día siguiente a la misma agencia te dicen otro precio).

Es un ta-te-ti en el que el resultado final será un misterio.

Hay, según mi investigación, tres tipos de tours: el “Standard” o barato, el “Deluxe” o carísimo y el intermedio.

Se puede ir a Halong Bay en el día (no lo recomiendo ya que son cuatro horas de colectivo de ida y cuatro de vuelta, lo cual deja muy poco tiempo para la navegación), dos días/una noche (creo que es suficiente) y tres días/dos noches (una noche se duerme en el barco y otra en un hotel en la isla de Cat Ba).

Yo hice el de tres días y dos noches ya que quería ir “a relajarme”.

En cuanto a precios, el Standard de 3d/2n se consigue entre 35 y 90 dólares (yo lo hice por 40), el intermedio 3d/2n entre 100 y 200 dólares y el deluxe 3d/2n arriba de los 200 dólares.

Yo no quería gastar demasiado, así que compré el de 40 USD en una agencia chiquita, sabiendo que me esperaría algo “normal” (no iba con muchas expectativas).

Pero jamás imaginé que pasaría todo lo que les voy a contar.

 

II. Lo Malo: el servicio

Empecemos por lo malo. [Recordar que todo esto corresponde al tour Standard —barato— de 3 días y 2 noches]

  • La impuntualidad
    Prometen pasar a buscarte a las 7.30 – 8 am por tu hotel.
    A las 8.30 no había ni rastros de la combi así que llamé a la agencia para recordarles que estaba esperando ahí y diez minutos más tarde me buscaron.
    No soy una persona que se moleste demasiado por eso, pero si durante tres días la actividad principal es sentarse a esperar en vez de cumplir el itinerario arreglado de antemano, se vuelve irritante.
    Llegamos al puerto a eso de las 12 del mediodía.
    Fuimos los primeros en llegar (todos los días llegan muchísimos grupos de turistas) y los últimos en subirnos al barco: nos tuvieron una hora y media sentados en el puerto sin hacer nada, sin explicación, mirando como los del tour Deluxe eran recibidos con tragos de cortesía, alfombra roja, guías sonrientes y barcos pomposos.
    Esto se repitió varias veces: nos dejaron en el medio de la nada, sin guía, esperando quién sabe qué.
  • La falta de actividades
    Si contamos el esperar como una actividad, entonces este fue el tour más completo de mi vida.
    Lo cierto es que no hicimos nada de lo que prometieron: una día entero de kayaking (?) (todo lo que hicimos fue 25 minutos la última mañana), trekking por el parque nacional donde veríamos más de 200 especies de animales (fue una caminata en subida donde no vi más que tres mariposas), visita al Monkey Beach (nunca nos llevaron).
  • El exceso de gente
    Los grupos grandes no me molestan, pero no es nada cómodo viajar 30 personas con valijas y mochilas en una combi para 24, o subirnos 40 a un barco de 20. Eso hacen.
    Como querrán ahorrar gastos, ponen a la mayor cantidad de gente que pueden en un espacio reducido.
  • Los peligros
    Durante los tres días del tour el grupo de gente va cambiando: tal vez empezás viajando con 20 personas en el mismo barco, pero cinco de esos se quedan en una isla y siguen por su cuenta, entonces suben diez más, pero tal vez hay 15 que solamente pasan una noche en la Bahía, así que finalmente el grupo definitivo se establece la última noche del tour.
    A qué viene esto, a que se entra en contacto con más personas que contrataron el mismo tour y están dispuestos a dar su versión de lo mal que la pasaron: conocí a una chica china que fue mordida por tres monos a la vez en Monkey Beach y el guía le dijo “que se limpiara las heridas con agua y listo” (obviamente se fue al hospital para vacunarse contra la rabia, pero si fuese por el guía, con una curita ya está); una chica de USA me contó que en su cuarto del barco había cucarachas y escorpiones en la cama, y en el cuarto de las chinas había un nido de ratas.
    A los guías no les importa.
    Les decís eso y se ríen.
    Así que ninguna de ellas pudo dormir en toda la noche.
    Yo tuve suerte y me tocó un cuarto muy limpio y sin bichos.
  • El incumplimiento de lo estipulado
    Las agencias de viaje prometen, prometen y prometen.
    Lo increíble es que no se cumpla NADA de lo que dicen.
    Siendo un tour barato, es esperable que las cosas no sean perfectas ni mucho menos, pero si uno paga por un servicio, tiene que recibir al menos algo parecido a lo que contrató.
    Hay que recordarle constantemente al guía (que ni se da por aludido) cuál es el itinerario para que se mueva.
  • El uso del pasaporte como arma de extorsión (suena dramático pero eso hacen).
    El guía te pide el pasaporte y se niega a devolvértelo hasta el día que termina el tour.
    ¿Por qué? En primer lugar lo necesitan para registrar a los pasajeros con la policía turística de Halong Bay, pero después de eso deberían devolverlo ya que no tienen por qué retenerlo.
    Pero no, no te lo quieren dar.
    Hablé con gente de los tours caros (me los crucé en una de las islas) y estaban muy sorprendidos ya que todos ellos tenían su pasaporte encima, nadie los obligaba a dejarlo en manos del guía.
    Pero en el tour barato te dicen: “Hacés tal cosa y no te devuelvo el pasaporte”.

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III. Lo Feo: los robos y el maltrato

El maltrato de (la gran mayoría de) los vietnamitas hacia el turista merece un capítulo aparte. Nunca me sentí así en ningún país que visité en mi vida.

Yo personalmente la pasé bastante mal porque el primer día del tour me abrieron la mochila y me robaron el celular.

Estábamos en el barco, frenamos frente a una cueva, todos los pasajeros nos bajamos (dejando las mochilas en el barco), caminamos media hora por la cueva y volvimos a subir. En esa media hora quedaron el guía, el capitán y gente local equis (vendedores ambulantes especialmente) al lado de nuestro equipaje.

Cuando volví mi celular había desaparecido.

Puede que yo tenga la culpa ya que lo dejé en el único bolsillo que no tenía candado (agradezco que mi computadora estaba con candado y mi cámara conmigo).

Cuando me acerqué al guía y le dije que alguien me había robado el celular, me respondió con muy mal tono:

NO, acá nadie roba, yo estuve mirando todo el tiempo y no vi nada.

Claro, seguro… No me dijo mínimamente (aunque mienta) “contame cómo fue, decime cómo puedo ayudarte, no te preocupes que vamos a ver si lo encontramos”, me escupió ese no rotundo con cara de asco y agregó que seguramente se me había caído del bolsillo (le mostré que mi pantalón no tenía bolsillos), que tendría que haberle avisado que dejaba un celular en la mochila (?) y después incluso me dijo que me estaba inventando un celular que en realidad nunca tuve.

Terminamos a los gritos con los diez vietnamitas colados en el barco que me miraban casi sonriendo con sorna y los pasajeros que no decían nada.

Me sentí tan pero tan mal que me fui a llorar sola a un rincón rogando que el tour pasara lo más rápido posible.

Es un celular, no me importa ya, lo que me molesta mucho es que me traten de mentirosa y me hablen de esa manera.

Le pedí al guía que me escribiera el nombre del barco y el número de matrícula ya que iba a ir a la Policía.

Me dijo “¿Querés que te pague el celular?” (obvio que con ironía y mal tono) y le dije “sí” (con ironía también) y ahí empezó a decirme la poca plata que gana por día y bla bla bla.

Al día siguiente (día 2 del tour), después de hacer noche en Cat Ba Island, la única isla habitada de Halong Bay, tuve que luchar para recuperar mi pasaporte y poder ir a hacer la denuncia a la policía.

La mujer del hotel no me lo quería devolver, mucho menos cuando le dije que lo necesitaba para ir a la policía.

Ahí me empezó a decir que yo había consumido cosas del minibar que tenía que pagar (???) (ni sabía de la existencia del minibar), le dije que no y finalmente me dio mi pasaporte con cara de asco.

Terminamos de desayunar y apareció un nuevo guía con quien tuve la siguiente discusión (va en inglés para más efecto):

— You, give me your passport now.
— No, I need it to go to the Police, I give it to you after.
— You cannot go to the Police here, Police here different, you go in Halong City.
— Oh, there’s no Police here?
— Police here different, you don’t go. Give me your passport now.
— No, I give it to you after I go to the Police.
— Ok, I will call my boss to tell him, and your tour is over, you go back to Hanoi right now.
— What? I am saying that I will give you my passport later after I go to the Police! Because someone stole from me and I need to make a report and I NEED MY PASSPORT to say who I am.
— Ok, so sign this paper saying you don’t want to give me your passport.
— What?! Do you understand what I’m saying? I take my passport, I go to the Police, and I give it to you after that.
— YOU don’t understand, because you are foreigner, you don’t understand Vietnam, you are stupid.

Ahí me parece que alguien le dijo de todo en vietnamita y el tipo me dijo: “Ok, you have five minutes to make a photocopy of your passport, GO”.

Me fui con las lágrimas que se me caían de la bronca y los vietnamitas que me crucé en la calle solamente se reían de mí.

Tres minutos después el guía me alcanzó y me dijo que al final no necesitaba mi pasaporte ni la copia ni nada y que no me echaba del tour.

Listo… Lindo día.

***

Ir a la policía fue toda una hazaña. No encontré la dirección en internet ni en la guía y NADIE en todo el pueblo quiso decirme dónde quedaba.

Les decís Policía y se ponen pálidos.

Me acompañaron en la búsqueda Juan y Mario, dos españoles que estaban viajando conmigo en el barco.

Fue entre cómico y bizarro: primero porque estábamos buscando el edificio fantasma sin saber ni dónde quedaba, segundo porque entramos a varios lugares que parecían ser comisarías para encontrarlos completamente desiertos (decíamos en chiste que se había corrido la voz en el pueblo y todos los policías se habían escondido).

Finalmente la encontramos.

Entramos y otra vez, todas las oficinas completamente desiertas, nadie adentro ni afuera.

Caminamos más hacia adentro, nos asomamos a un cuarto y vimos a dos tipos en musculosa sentados en la cama, uno haciéndole masajes en los hombros al otro, yo vi eso y salté para esconderme por miedo a ver algo que no debía ver.

A los diez minutos salió uno de los dos, vestido de uniforme, con una seriedad que daba miedo.

Le conté la situación, me escuchó con amabilidad, hizo algunas llamadas, me pidió el número de teléfono de la agencia de viajes (lo tenía en mi celular…) pero se negó a hacerme la denuncia porque el barco en el que pasó el robo “pertenece a otra jurisdicción”.

Era de esperarse.

A la noche volví a pelearme con el guía y me dijo que él ya me había pedido perdón por lo que pasó (¿¿cuándo??), que le preguntó a todo el barco si alguien había visto mi celular y que no quería escuchar más nada del asunto.

Después volvió a reclamarme el pasaporte (en el medio del mar, donde ya NO lo necesitaba), le dije sí sí pero nunca se lo di.

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IV. Lo Bueno: el paisaje y la gente con la que hice el tour

Basta de pálidas, que siempre hay cosas buenas.

El grupo de gente con el que hice este tour era tan lindo que me devolvió el buen humor e hizo que el viaje no fuera tan malo.

Juan y Mario, los dos españoles que actuaron de guardaespaldas y me acompañaron a buscar a la Policía y me ayudaron a distraerme con anécdotas de viajes.

Aida y Luis, una pareja española que vive en Edimburgo, que me cayeron tan bien y con quienes estuve charlando muchísimo la primera noche (y ojalá hubiese sido más, pero al día siguiente ya se iban).

Karen, una inglesa con la que me sentí demasiado identificada por su forma de ser y sus historias, que me contó acerca de su viaje sola por la India y China (dos países a los que quiero ir).

Un grupo de franceses que se encargó de animar la noche con música, chistes y cerveza.

Una israelita que había terminado el servicio militar y estaba viajando hace un año por Asia y su mamá que la estaba visitando por tres semanas.

La china que había sido mordida por los monos y hablaba español (qué combinación tan rara).

Y el plus: un grupo de bielorrusos de 40 años para arriba que no hablaba palabra de inglés pero se la pasó cantando canciones con la guitarra durante todo el viaje (incluso en el colectivo de vuelta) y haciendo música con lo que encontraran (palitos chinos y vasos, maderas, manos).

Lo bueno de hacer un tour tan malo es que el grupo de gente que está pasando por la misma se une cual mejores amigos en viaje de egresados.

Y el paisaje… por algo fue nombrado Patrimonio de la Humanidad.

Solamente por eso vale la pena hacer este tour.

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V. Conclusión: No hagan el tour Standard y si lo hacen, no paguen más de 40 USD

Algo que opinamos todos los que estábamos en ese barco es que el tour fue malísimo, más que nada por el trato que recibimos.

Y esto es lo que siento de Vietnam: si venís con plata, te tratan como a un rey, si venís con poca plata (mochileros), te convertís en una molestia para ellos y te maltratan.

No quieren perder el tiempo con gente que no está dispuesta a pagar mucha plata y no tienen ningún reparo en tratarte como un turista inferior.

Si todo esto no les importa, hagan el tour barato, pero no paguen más de 40 dólares por tres días/dos noches.

Es todo lo mismo: si pagás entre 35 y 90, sos parte del tour barato, así que lo mejor es perder la menor cantidad de dinero posible.

Si quieren hacerlo bien, hay dos opciones: sacar el tour de 100 USD o más en una de las agencias con nombre o hacer todo por su cuenta.

Una buena opción es sacar un day tour bien barato y al final del día en vez de volver a Hanoi quedarse en Halong Bay y seguir por su cuenta.

Yo no recomiendo para nada el tour Standard, pero si deciden hacerlo, no vayan a ninguna agencia que se haga llamar Sihn Café (la agencia original, con buena reputación, se cambió el nombre por Sihn Tourist, supongo que debido a la cantidad de réplicas que tiene).

Yo contraté el tour en el Sinh Café de la calle Ma May 49, en el Old Quarter de Hanoi. EVITEN ESA AGENCIA.

Y buena suerte, si van mentalmente preparados, no creo que les vaya peor que a mí.

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Hoi An: días amarillos y grises (especialmente grises)

La estoy escuchando ahora mismo de fondo, mientras escribo encerrada en el cuarto de un hotel de cinco dólares la noche con el ventilador al máximo para que se me sequen las zapatillas.

Ya no escucho otra cosa.

La Maldita Lluvia.

Cuatro días sin parar y dudo que afloje. Y ojo que me encanta caminar con mi paraguas transparente por Buenos Aires mientras todos corren desesperados para no mojarse.

Pero acá la estoy odiando.

En Buenos Aires lluvia significa que puedo quedarme todo el día en la cama mirando películas o leyendo sin tener que poner ninguna excusa (si resulta ser fin de semana); significa también que puedo trabajar desde mi cama (si estoy en períodos de trabajo freelance) y mirar las gotitas desde adentro con felicidad sabiendo que no tengo ninguna razón para salir a la calle.

En Vietnam lluvia significa que no puedo salir a caminar ni sacar fotos (y acá no importa si es lunes, miércoles o domingo, todos los días valen lo mismo en esta rutina del viajar), significa que todo lo que puedo hacer es “adivinar” qué día dejará de llover y decidir si me quedo un día más o no en tal lado mientras ruego que el agua deje de enlentecerme el itinerario (especialmente cuando estoy con los días contados por la visa).

La lluvia (que al parecer avanza de sur a norte del país) me alcanzó en Hoi An, pueblito colonial en el centro del país, y me siguió hasta Hue, ciudad imperial de Vietnam, 150 km al norte.

Si Hoi An ya me pareció melancólica sin lluvia, imagínense con.

El primer día caminé por el centro histórico de este pueblito con Guillermo, un argentino que conocí en el colectivo y que me hizo recordar y extrañar los asados, el dulce de leche, las medialunas, las milanesas con puré, los alfajores… y el lenguaje argentino (hace cuánto no decía un “che” en Asia).

Por eso lo de melancólica.

El resto de los días… no paró de llover y llover y llover.

Justo en el lugar más fotogénico.

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Hoi An vendría a ser (comparando burdamente) lo que Colonia del Sacramento es a Uruguay, lo que Antigua es a Guatemala, lo que Cuenca es a Ecuador: ciudad colonial, casitas bajas, mucho amarillo, mucho marrón, muchas lámparas de colores que se iluminan de noche, muchos puentecitos, callecitas, templos/iglesias, muchos barcitos, restaurantes mirando al río, vendedores ambulantes, negocios de souvenirs, mercados callejeros… y muchos muchísimos turistas: rusos (¡cuantos rusos que hay en Vietnam!), franceses (ídem), españoles, alemanes, ingleses, suizos, holandeses, estadounidenses, chinos.

Y ahí es donde Hoi An se diferencia de otras ciudades coloniales que visité: si sos turista (y acá todos los no-vietnamitas son turistas sin diferenciación), no podés hacer dos pasos sin que te ofrezcan comida, ropa a medida, “motorbike miss”, “tour mister”, “money please”.

Si un local ve que le estás sacando una foto, probablemente extienda la mano para pedirte plata a cambio.

Y esto me hace pensar que alguna vez, cuando Vietnam recién se abría al turismo, esta ciudad tan linda fue más auténtica.

Alguna vez habrá sido como Colonia quizá, donde podés caminar entre casitas sin que te acosen con ofertas, o como Antigua, donde la gente local te saluda muy cálidamente sin esperar nada a cambio, o como Cuenca donde todavía podés sentarte en la vereda sin que nadie te interrumpa para venderte lo invendible.

Por eso también lo de melancólica: porque me hizo pensar en lo que fue y sentir nostalgia por algo que jamás conocí ni voy a conocer (lo que daría por un disfraz de vietnamita para que dejen de mirarme como turista).

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Pero así es Vietnam: lleno de turistas (de los países que visité hasta ahora, acá es donde vi mayor cantidad de turistas de todas las edades, desde familias con chicos hasta parejas jubiladas), con mucha infraestructura turística (hoteles cinco estrellas, tours armados, agencias de viaje, empresas de transporte de todo tipo), pero con un trato hacia el turista que resulta un poco agobiante (el acoso).

La ruta a seguir está totalmente predeterminada: las empresas de colectivo venden lo que llaman “open ticket” para viajar de Saigón (en el sur) a Hanoi (en el norte) parando en cuatro o cinco ciudades en el medio por unos USD 30-40 (pagás este pasaje “grande” que vale como por seis pasajes y te organizás tus propios tiempos).

Pero la ruta ya está hecha: no hay muchas posibilidades de salirse del circuito, a menos que contrates un tour de esos all-inclusive para que te lleve a las áreas “remotas” del país (por remotas me refiero a no tan turísticas).

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Sin embargo Hoi An vale la pena, por más turística y llena de gente que esté, es un lugar agradable para pasar dos o tres días.

Y si justo llueve… habrá que sacar lo positivo de la situación.

La gente local no se da por aludida: la mayoría sale con sus impermeables de colores o a lunares y se sube a sus motos y bicicletas como si nada, otros improvisan techos con lonas en sus puestos de comida, muchos se quedan sentados bajo techo mirando hacia la vereda, otros barren el agua y la alejan de la entrada de su negocio: hay que seguir con la rutina.

El primer día de lluvia me quedé adentro medio deprimida y sintiéndome poco útil.

El segundo día decidí salir así que me compré un impermeable vietnamita por USD 2.50: transparente, me llega casi hasta los pies y tiene ese olor a plástico nuevo que me gusta. Subí de categoría: hasta ahora venía usando uno que había comprado en Hong Kong por un dólar y que me llegaba por arriba de las rodillas, pero ya no daba para más así que lo dejé por ahí.

Y el tercer día decidí despertarme temprano (6 am) para caminar dos horas antes de tomar el colectivo a Hue a las 8 am.

Y se me cumplió lo de que al que madruga Dios (o quien sea) lo ayuda: de 6 a 7.45 am no llovió, pude sacar fotos sin turistas de por medio y con una luz buenísima, la gente local me saludó y me hizo comentarios acerca del clima sin ofrecerme ningún tipo de servicio a cambio (se ve que tan temprano no hacen negocio) y pude capturar imágenes de la inundación.

Y todo gracias a la lluvia.

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[box type=star] Datos útiles para visitar Hoi An:

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: cuartos compartidos desde USD 4 la noche en Hop Yen Hostel (con baño afuera) o 5 dólares la noche con baño adentro. De ahí para arriba encuentran de todo.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Transporte: Nha Trang – Hoi An en colectivo (“sleeping bus” comodísimo): 12 horas, USD 10. Hoi An – Hue en colectivo: 4 horas, USD 2.50.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Comida: desde 20.000 dong (USD 1) por plato y 3000 dong el vaso de cerveza tirada. Licuados desde 10.000 dong (USD 0.50), café desde 6000 dong (USD 0.30), té desde 7000 dong (USD 0.35), omelette con baguette desde 20.000 (USD 1).

Links y descuentos para que disfrutes de tu viaje

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Mi página favorita para encontrar los vuelos más baratos es [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

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¿A qué se parece? (o Buscando similitudes en Dalat)

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1.

– Tiene la consistencia como de un kiwi pero sin el jugo y una manzana un poco arenosa. El gusto es dulce, aunque no tan dulce como una cereza y más dulce que una sandía, pero es más bien una dulzura apagada, suave. Y tiene miles de semillitas negras que se comen pero seguro que alguna te queda trabada entre los dientes.

Intento explicarle por chat a Vero de qué se trata la Dragon Fruit, típica de estos pagos y cuasi desconocida en Argentina.

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2.

– La mejor fruta que probé se llama (en inglés, porque en castellano ni idea) mangosteem.

– ¿Qué sabor tiene? Mmmm… qué pregunta.

– Es una fruta muy fresca, tenés calor, te comés un mangosteem y te refresca, pero no es como la menta. Está a mitad de camino entre un durazno y un cítrico. Es muy dulce, pero tan dulce que casi llega a ser ácida. De afuera es violeta y muy dura, si la tirás al piso no le pasa nada, no se abolla. Para abrirla tenés que agarrarla entre las palmas de las manos como si fuese una pelota y apretar hacia adentro. La cáscara (que parece un caparazón más que una cáscara) se rompe y larga un jugo violeta que no se toma pero sirve como medicina natural y mancha mucho así que ojo con la ropa. Adentro te vas a encontrar con gajos, como una mandarina, pero blancos, sin los hilos y con una sola semilla grande. En Malasia le dicen La Reina de las Frutas y en Indonesia dicen que esta fruta (llamada manggis) nunca miente: si te fijas en la base, antes de sacarle la cáscara, vas a ver algo así como una estrella que indica con sus puntas con cuántos gajos te vas a encontrar adentro, y nunca, NUNCA, se equivoca.

Qué difícil describir una fruta desconocida.

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3.

– Sí, es como cuando fuimos en bici hasta Maderas, en Nicaragua, pero la ruta es de asfalto y no de tierra y no tiene tantas subidas y bajadas como el triatlón que tuvimos que sufrir aquella vez. Y en vez de llegar al mar, después de pedalear 20 kilómetros llegás al desierto. Además es re seguro, acá en Mui Ne no pasa nada, a lo sumo te acosarán un par de vietnamitas para “indicarte” que “estaciones” la bicicleta en el árbol que tienen delante de la puerta (obvio que te van a querer cobrar), así que ignoralos, hacete la que no entendés y dejá la bici un poco más allá, donde nadie vigila. No pasa nada, en Camboya por ejemplo la gente deja la bicicleta sin cadena en la calle y te juro que volvés a la semana y sigue ahí. Acá igualmente por las dudas la até a un árbol. Cuando volví a buscarla tenía cinco nenes alrededor, que quizás te dan un toque de desconfianza, pero nada que ver, me preguntaron de dónde era, me ayudaron a sacar la bici y creo que por poco me dan un empujón desde la rueda de atrás para salir andando más rápido.

A veces la mejor manera de describirle una experiencia a alguien que está lejos, es compararla con algún momento compartido en algún lugar del mundo, como para que resulte más familiar.

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4.

– Según dicen, es El París de Vietnam. Nunca fui a París así que no sabría decirte, lo que sí veo acá son muchas casitas al estilo villa francesa, divinas, con el techo a dos aguas, colores pasteles, mucho blanco, balconcitos, bien de montaña, de centro de esquí. Hasta tienen una Torre Eiffel (” “) y obvio que lo promocionan como un lugar idílico: Da Lat, el pueblo más romántico del país, The Honeymoon Town, el lugar preferido del emperador, el lugar de descanso de los colonialistas franceses y cosas así. No sé cuánto de romántico tiene, pero es lindo. La temperatura es bastante más fresca, yo ando con jean, buzo y a veces bufanda. No hay mucho para hacer más que caminar, visitar los mercados, tomarte una sopa o un café calentito, contratar algún guía motorizado para que te lleve a recorrer (que, a todo esto, se hacen llamar los Easy Riders… sí, como la película… son vietnamitas que tienen unas motos buenísimas y te ofrecen tours de cinco días en moto, me hubiese gustado pero es medio caro para mí, alrededor de 60-70 USD por día).

Cuántas veces habré leído eso de “es la Suiza de tal lugar”, “el París de tal otro”, “la Roma de bla bla bla”. Debe ser un buen recurso para atraer curiosos. Aunque yo diría: es un lugar que quiere parecerse a (inserte-ciudad-aquí) pero tiene personalidad propia.

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5.

– Esto sí que no me lo esperé jamás, menos en Vietnam. Primero, una montaña rusa metida en medio de los árboles. Un asiento por persona, pero separado, osea vos manejás tu propia velocidad y frenás cuando querés, no vas “atado” a un carro, sino que sos tu propia montaña rusa. Literalmente, vas dando vueltas por diez minutos entre medio de árboles y macetas con flores (algunas reales, otras de plástico), con una música afónica de parque temático de fondo. Lo mejor (o más decadente): el vietnamita que se asoma por encima de un arbusto justo en una curva, sosteniendo una cámara gigantesca, y te saca la foto para vendértela más tarde. Terminás el recorrido y llegás a una cascada, ahí te espera otro vietnamita vestido de cowboy, junto a su caballo blanco, para que te saques la foto con él.

Bizarrísimo.

Yo no sé qué están enseñan en las escuelas de turismo acá…

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6.

– Y si eso te pareció raro, esperá a llegar al Valley of Love. El nombre ya lo dice todo: kitsch a más no poder. Una especie de intento de Disneyland muy noventoso que quedó abandonado pero todavía funciona porque no deben saber qué hacer qué hacer con la calesita y los flamencos de plástico. Rarísimo. En la entrada hay una escultura de dos manos que quiere ser de Dalí, después si caminás te cruzás con jirafas, osos, Mickey Mouse, todo de plástico.

Podría ser el set perfecto de una película de terror (mala).

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7.

– Acá los locales la llaman Crazy House. Es como si la hubiese construido Gaudí y la habitara Alicia en el País de las Maravillas junto con Winnie Pooh y su pandilla. Escaleras que llevan hacia la nada, escalones que imitan troncos de árboles, huecos en las paredes con un banquito adentro, ventanas en los lugares más insólitos, cuartos temáticos (es un hotel también).

La arquitecta es hija de uno de los ex presidentes de Vietnam; al parecer estudió en Rusia y quedó impactada con los trabajos de Gaudí en España.

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8.

– Cuando las vi ahí apiladas te juro que me emocioné: ¡¡medialunas!! Long time no see! Cómo las extraño, las recuerdo a toda hora: me faltan durante el desayuno, con un café, en la casa de Belu, en lo de mi mamá… Así que fui y me compré una sin pensarlo. Me costó 4000 dong (25 centavos de dólar). Pero ¿viste cuando tomás un vaso de agua pensando que es Sprite? Te esperás algo dulce y burbujeante y la insipidez del agua te devuelve a la realidad. Bueno, yo la mordí pensando que iba a ser como las de Buenos Aires, bien dulce, suave, de esas que se te deshacen. Nada que ver. No era ni dulce ni salada (si vas a hacer medialunas, ¡decidite!), tampoco se me deshizo en la boca ni estaba calentita.

Pero no me quejo: medialunas en Asia… ¡un lujo!

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9.

– A esto lo llamo La Pose Vietnamita. Siempre están así, en todos lados, en cuclillas, charlando, esperando, vendiendo, fumando, tomando algo… Es como si estuviesen “yendo al baño”, pero no…

A veces, para describir una fruta, un lugar, una sensación, una persona, no hay nada mejor (o peor) que usar una comparación… ¿Qué haríamos sin las similitudes? Son las que nos permiten comprender lo desconocido desde nuestra realidad conocida.

 

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