Situaciones bizarras en Indonesia #3:
Los indonesios las prefieren rubias

Desde que volví a Indonesia hubo una cosa que me llamó la atención: ¿qué pasa que ya nadie me dice cosas en la calle, que nadie intenta sacarme fotos, que nadie me bombardea a “where are you from”? ¿Acaso perdí mi atractivo bulé?

Y después me di cuenta, claro: si siempre salgo a la calle con gente local, es lógico que nadie se atreva a hacer comentarios, pero en el momento en que quedo sola, empieza la avalancha otra vez.

Como la otra noche en el tren.

Me tomé el tren nocturno (de 7 pm a 5 am) para ir de Jakarta (la capital) a Yogyakarta.

Bisnis class.

Hay tres clases: Ekonomi —en la que vas parado, te la regalo—, Eksekutif —cuesta el doble que la Bisnis y te matan con el aire acondicionado— y la famosa Bisnis —buena relación precio-calidad: vas sentado de a dos, con ventiladores por todos lados—.

Me senté al lado de la ventana con la esperanza de que el asiento de al lado quedara vacío para poder estirarme y dormir un poco, y preparé mi iPod para que me acompañase durante la travesía.

Miro a mi alrededor y veo, en el asiento diagonal al mío, una mujer que no para de mirarme.

La miro fijo también y me sonríe, no sé con qué intención, así que no la miro más.

Minutos antes de arrancar se me sienta un hombre al lado. Me mira, me sonríe, me dice hello, le digo hello, hago un gesto con la cabeza y me pongo a escuchar música.

Todo bien pero no me da por hacer sociales con el vecino de asiento, más cuando sé que solamente quiere hablarme porque soy extranjera y “rubia”.

No pasan ni cinco minutos, es decir no llego ni a escuchar un tema entero, que veo que el hombre me está mirando y moviendo la boca, me habla.

Me saco los auriculares y lo miro.

Primera pregunta: Where are you from. Respondo usando mi poder de síntesis —”Argentina”— y vuelvo a escuchar música.

A los treinta segundos: And how long how you been in Indonesia. Repito el procedimiento: me alejo (ni siquiera me saco) los auriculares de la oreja, respondo en una palabra o menos, me pongo los auriculares nuevamente y miro por la ventana.

Pasa un minuto, pregunta número tres: Are you studying here or on holidays? Después de responderle decido apelar a un arma más poderosa: saco mi cuaderno y me pongo a escribir (con auriculares puestos, obvio).

Se pone a leer lo que escribo y escucho: Are you writing in English or in Spanish?

– Spanish, sonrisa falsa, escribo otra vez (con cara de concentradísima), sigue mirando la hoja.

Decido incrementar la artillería y saco un libro de Indonesio. Me pongo a estudiar.

– Oh, a book of indonesian grammar! Dejo de responder con palabras y empiezo a usar onomatopeyas: mhmmm.

Al rato: Do you have family here? Estoy a punto de decirle que estoy casada para que deje de hablarme.

Lo último que me dice es: You have to be careful because there are many thieves on this train. Listo, ¡me quedo más tranquila!

Al rato se duerme, gracias a Dios.

Yo sigo con mi iPod y mi cuaderno.

Media hora después escucho que alguien me habla por encima de la música. Es uno de los empleados del tren que camina por el pasillo ofreciendo kopi (café) en una bandeja. Lo miro, está parado al lado de mi asiento mostrándome el café, le hago un gesto con la mano diciendo “no, gracias” y sigo con mi música.

Pero el muchacho no sólo no se va sino que aprovecha esta oportunidad para practicar su inglés y me pregunta, intentando pronunciar lo más perfectamente posible: Hello miss, excuse me, would you like to have some coffee?

Me apiado y me saco los auriculares y con mi mejor sonrisa le digo “No, thank you“.

Para qué.

Excuse me miss, please, I would like to know where you come from.

Otra vez lo mismo no, por favor.

– Argentina.

– Oh! And can you speak English or just Spanish?

¿Por qué fui tan sincera? ¿Por qué no le respondí en castellano?

– And what are you doing here in Indonesia? And where do you live in Yogya? And how long will you stay here? And can you speak bahasa indonesia? And what is your favourite food? And do you have many friends? Todo con la bandeja en mano y el café que se le enfría.

El tipo frenó la venta para (intentar) charlar conmigo. Yo trataba de responder cada pregunta cerrando la conversación para que siguiera camino, pero no se daba por vencido.

– Ok miss, if you need anything just call me ok?

Hay días en los que solamente quiero escuchar mi música en paz.

En cualquier momento me pongo una peluca negra y empiezo a responder preguntas sólo en castellano.

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Juntando figuritas (o cómo estoy aprendiendo bahasa indonesio en Yogyakarta)

Aprender un idioma nuevo es como juntar figuritas, especialmente cuando se trata de palabras que jamás había escuchado en mi vida.

Cada vez que leo o escucho una palabra que desconocía, pregunto su significado, me la apropio, la escribo en mi cuaderno (“la pego en mi álbum”), la miro letra por letra, la vuelvo a mirar, me imagino en qué situaciones podría usarla e intento captarla en conversaciones cotidianas.

Esta última parte es la más importante: escuchar la palabra en algún contexto de la vida real me sirve para dejar de verla como un conjunto arbitrario de letras y entenderla como algo social con un significado específico.

Sino, no dejan de ser letras que “alguien” combinó de manera un tanto rara (un buen ejemplo de esto es la palabra nggak, que significa “no” por si se estaban preguntando y se pronuncia algo así como “engá”).

Estoy estudiando indonesio por mi cuenta, con dos libros, un diccionario inglés-indonesio (me resulta más fácil estudiar indonesio usando el inglés como base que el español), la televisión, la radio, los subtítulos de las películas, los carteles de la calle, el packaging de los productos y mis amigos.

Deberán pensar: ¡Pero a esta altura esta chica debe ser una experta!

No, voy de a poco, la cosa del indonesio es que a pesar de que usan el mismo alfabeto que nosotros y de que la pronunciación es casi igual al castellano, las palabras son inadivinables.

¿Quién diría que laki-laki significa hombre, wanita quiere decir mujer, penulis es escritor y jalan-jalan significa viajar?

Imposible intentar adivinar un cartel.

Por eso cada vez que escucho “en la vida real” una palabra que aprendí usando el diccionario, me emociono: Yo la sé, ¡la sé! ¡la tengo esa!

En este “juntar figuritas” obviamente aparecen las famosas FIGURITAS REPETIDAS, esas palabras que tooodos los extranjeros se aprenden como terima kasih (gracias), sampai jumpa (nos vemos), maaf (perdón), satu dua tiga (uno dos tres) y selamat malam (buenas noches).

Ya me las recontra sé, y cada vez que alguien me las enseña o me las dice pongo cara de “esa ya la pegué en el álbum hace rato, dame una más difícil”.

Igualmente son las primeras palabras que uno necesita saber cuando llega al país.

Después están las FIGURITAS INEXISTENTES (ni siquiera son “las difíciles”, sino que directamente no existen): el indonesio no tiene tiempos verbales ni géneros, las palabras no llevan artículos ni tampoco se les agrega una S si es plural, no hay tildes ni diéresis.

Dicho así, les parecerá el idioma de la selva, pero al contrario, es un idioma que dice lo necesario, es poco apalabrado y una vez que se capta la lógica, es muy simple de aprender.

Podría hacer el razonamiento inverso y preguntarme qué necesidad tenemos los hispanohablantes de separar las palabras en masculino y femenino y de tener tantos tiempos verbales.

Pero es así.

Cada idioma tiene sus características que lo hace único.

A medida que lleno el álbum me voy topando con FIGURITAS BILINGUES: palabras que son (casi) iguales y tienen el mismo significado en indonesio y en español.

Gratis significa que no pagás

Tinta es lo que lo ponés a la impresora

Permisi lo usás para pedir permiso

Sepatu es lo que te ponés en los pies

La meja tiene cuatro patas y sillas alrededor

Klakson es la bocina

Teh es eso que podés tomar con leche o con limón

Minggu es el amado domingo… y guarda que ahí viene la polisi.

Pero también hay palabras que suenan o se escriben igual que en español y tienen un significado completamente distinto: como lima que quiere decir cinco (yo siempre pienso en lima-limón), kursi que quiere decir silla o tukang que no recuerdo qué es pero me hace pensar en “tukang se vengde”. U

Una de las mejores: cuando van a sacar una foto, en vez de queso o cheese dicen… KEJUUU (pronunciado keyu).

Y aparecen obviamente, las FIGURITAS DIVERTIDAS, las que no me dejan descansar la imaginación y desarrollan mi capacidad de hacer asociaciones estúpidas.

Si escucho matahari (significa “sol” y la H se lee como J) inmediatamente me pongo a cantar la canción Aves de paso de Joaquín Sabina: “…A la Matajari a la Magdalena a Fátima y a Salomé…”.

Bulan (que significa mes) me la acuerdo porque me suena a Mulán, la película de Disney.

Barat (oeste) a mi me suena a Borat.

Y ni hablar de palabras como tangga, sepeda, pihat y cuci (la H se lee como J y la C se lee Ch).

A veces leo cualquier cosa y en vez de Rivoli veo un ravioli y en vez de cabe (“chabe”) leo “cabe” como en “te re cabe”.

Si veo gigi (pronunciado guigui y que significa dientes) me acuerdo de mi amiga peruana “shishi”, besar no me hace pensar en algo grande sino en darle besos a alguien, baca (leer) es como vaca mal escrito.

Y por último están esos carteles que directamente me hacen reír por lo absurdos que podrían llegar a ser: como el local de comida que se llama Pisangku (literalmente significa Mi Banana), el carrito en la calle que vende su delicioso ayam kentaky (ayam es “pollo” y lo de kentaky no es una especilidad sino un intento de parecerse a KFC), los carteles que anuncian por todos lados cuci mobil (quiere decir que te lavan el auto, no seamos mal pensados) y las peluquerías que ofrecen Blow 15.000 rp (calculo que será el secado de pelo).

Si hay algo que le gusta a todo el mundo es cambiar figuritas.

Cómo se dice tal cosa, cómo se dice tal otra.

Y ahí aparecen las FIGURITAS CODICIADAS.

Los amigos de mi novio quieren que les enseñe a decir culo y tetas, lo que me demuestra que los hombres son hombres en cualquier lugar del mundo y que todos juntan las mismas figuritas.

Ahí es cuando me siento poderosa: Ah no, esas te las cambio por lo menos por diez de las tuyas.

También están las FIGURITAS COMPLICADAS: ¿cómo les explico que mi apellido se pronuncia BISHALBA? Si cada vez que se me escapa un “sho” me miran con cara rara y no logran repetirlo.

Tendré que rendirme ante el Vi-i-alba o (como lo pronuncian acá) ViLalba.

Es muy gracioso además ver el razonamiento de la gente cuando digo que soy argentina.

Primero piensan que estamos en algún lugar de Europa y que hablamos o inglés o francés o italiano.

Algunos saben que hablamos español pero no tienen idea en qué lugar del mundo estamos, creen que somos una provincia de España o parte de Estados Unidos.

Hay quienes me sorprenden con un “hola señorita” o “uno dos tres cuatro cinco” (después me entero que lo aprendieron de las telenovelas y de las canciones de Ricky Martin… un-dos-tres-un-pasito-pa-lante-maria).

Si leen algo que escribí en español, lo leen con un acento totalmente mexicanizado y moviendo la mano cual italianos.

Cuando quieren hacerse los que hablan español, empiezan a agregarle una O a la terminación de todas las palabras: “makan-O” (makan es comer), “puasÓ” (puasa es ayunar), “tidur-O” (tidur es dormir).

Pero el premio mayor se lo lleva la vecina de mi amiga en Jakarta, una nena de unos tres o cuatro años.

Cuando me vio pasar por la puerta de su casa empezó a decirle a la hermana mayor “bule! bule!” (extranjera) y en vez de hablarme en indonesio o decirme hello, me habló, totalmente convencida de lo que estaba diciendo, en una mezcla de ballenés y alien: DAGABLUBLUBLA BLABLIBLU!

Y yo, para no ser menos, le seguí la conversación. BLAGABLUBLA!

¡Cuidado: caballo enojado!

Lugar que vende crédito para el celular

?

Gado-Gado es una comida: verduras con salsa de maní

Nasi nasi nasi: arroz arroz arroz

Intentando leer el diario durante la época del Mundial

Nasi liwet es un plato de arroz típico de Solo

La remera de Pringles made in Indo

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no-viajando por ahí (o Comiendo por ahí: Indonesia)

I.

Tengo que confesar que desde que llegué (o mejor dicho “me instalé”) en Yogyakarta, comencé a tener dudas sobre qué escribir en este blog.

Si bien las palabras me fluyen como nunca, parecen fluir hacia otros rumbos: me la paso traduciendo mis textos a inglés, escribo pensamientos de todo tipo en mi cuaderno, escribo y memorizo palabras en indonesio, escribo cartas para mis amigos…

Pero esto de no estar “viajando” (técnicamente) (en el próximo post debería hacer un Tratado sobre el Viajar para que se entienda qué significado le doy a este término) hace que, para mí, todo lo que me rodea pase a ser “normal”.

La comida de todos los días es normal, el arroz  a toda hora es normal, tener un novio indonesio musulmán y acompañarlo en el ayuno durante el mes de Ramadán es normal, la falta de veredas y las calles de tierra atestadas de motos que pasan por entre medio de las casas es normal, las mezquitas recitando el Corán cinco veces por día es normal, que me señalen en la calle y me miren fijo porque soy extranjera… ya es normal.

Y ahí es cuando me planteo: ¿entonces qué? ¿Será que les interesa que les cuente el día a día, la rutina del “no viajar” aún estando de viaje (porque, quiera o no, sigo del otro lado del mundo)?

Me parece que esta vez el desafío es mayor… y me gusta.

Es “fácil” llegar a una ciudad nueva, ver todo con ojos de niño, no perderse ni un detalle, absorber cada color y cada olor y volcar todo al papel (o a la pantalla) desesperadamente, para unos días o semanas después caer en una ciudad nueva y repetir el ciclo una vez más.

Pero cuando un país, un escenario, un paisaje se convierte en parte del día a día, ahí todo cambia.

Lo primero que pasa (y esto me lo advirtió una amiga polaca que se instaló en Bali hace unos meses y también frenó el ritmo de  viaje) es que empezás a extrañar todo y aparece ese sentimiento tan bien definido en inglés como homesickness.

El top tres: la familia, los amigos, LA COMIDA.

Lo que daría por una chocotorta, por ALGO con dulce de leche (un concepto inexistente en este sector del universo), por una bandeja de quesos, por una picada un viernes a la noche en algún barcito al aire libre, por una pizza y una buena charla en castellano, por un asado en familia en el Tigre, por una sesión de Family Guy con mi hermana, por un café laaargo con mi mejor amiga, por una salida a ver bandas con mis amigas, por todas esas cosas que consideraba “normales” y que ahora me faltan.

Si existiera la teletransportación, me iría por un fin de semana a Buenos Aires… y después volvería a Yogyakarta.

Tampoco es que me quiero volver aún, queda mucho camino por recorrer y nada me detiene.

II.

Dicho esto, paso al próximo tema.

Hace un tiempo prometí un post de comida y cumpliré.

La comida pasó a ser todo un tema en mi vida estos días, especialmente porque estoy viviendo el mes de Ramadán (en el que no se puede comer ni beber de 4.30 am a 6 pm) y existe ese síndrome llamado Uno Quiere Lo Que No Puede Tener.

Me está costando menos de lo que pensé, ya que es algo que quiero cumplir por respeto a mi novio y para aprender y entender acerca de su religión.

Durante Ramadán, el día empieza (o termina en mi caso, ya que siempre me voy a dormir tarde) con el sahur, la comida de las 3.30-4 de la mañana: como si nosotros nos despertáramos a esa hora y nos preparásemos un plato de fideos o un pollo con papas.

Es la “preparación” para el día de ayuno que se viene.

Algunas mujeres cocinan para toda la familia, la gente “joven” sale a comprar la comida en los puestitos callejeros, muchos se preparan el hipersimple Pop Mie (también conocido como Instant Noodles).

Después de esa cena/desayuno (llámenlo como quieran), todos (en teoría) van a la mezquita más cercana para el primer rezo del día o, en su defecto, sacan su alfombrita y rezan dentro de su cuarto.

Este rezo, a las 4.30 de la mañana, marca el comienzo de un nuevo día de puasa (ayuno).

Desde el momento en que las mezquitas comienzan a recitar el Corán, todos los musulmanes dejan de comer, beber, fumar, enojarse (sic) o tener relaciones hasta el rezo de las 17.45 – 18 (cuando se pone el sol) que indica que es momento de buka puasa (romper el ayuno).

Durante el día las actividades se desarrollan con normalidad, solamente que el ritmo es un poco más lento y los horarios laborales se acortan.

Ramadan es una manera de fortalecer la paciencia, la humildad, el autocontrol y la espiritualidad de las personas.

Es uno de los cinco pilares del Islam y obligatorio para los adultos y gente sana (las mujeres que están en período de lactancia, quienes están viajando, los enfermos y las mujeres que están menstruando deben abstenerse del ayuno).

¿Cómo lo vivo yo?

Depende del día.

El primer día me resultó muy fácil y hasta me sentí orgullosa de mí misma (quienes me conocen saben que tengo el récord de saquear heladeras a toda hora).

Hubo días que estuve a punto de adelantar todos los relojes, tomar la mezquita más cercana y recitar el Corán por altoparlantes yo misma para poder comer.

Hubo días que rompí el ayuno y comí.

Otros días no ayuné (por “temas femeninos”).

A veces no me tentaba absolutamente nada pensar que después de las 6 de la tarde me esperaba un buen plato de arroz

Otras veces no soporté la tentación de comerme la caja de brownies que me esperaba en la heladera (pero resistí).

Algunos días me invadió la melancolía de saber que mi premio consuelo no iba a ser un plato de ravioles o unas milanesas con puré.

Pero descubrí que si quiero, puedo.

Y que no hay mejor sensación que lograr lo que uno se propone.

El mejor momento del día, sin duda, es el de buka puasa, cuando el canto de las mezquitas anuncia a los gritos que es hora de comer.

A partir de las 15 o 16, las mujeres salen a la calle y compran la comida que compratirán más tarde con toda la familia: gorengan (los “snacks” fritos como pisang goreng -banana frita-, lumpia -rolls rellenos de verdura-, tahu goreng -tofú frito-, tempe), es buah (fruta cortada con hielo y un jugo dulce), roti y kue (panes rellenos y tortas), jus (jugos de frutas).

A las 18, momento de romper el ayuno, se opta más por lo dulce y la comida es más un aperitivo que un plato completo.

Como una picada de snacks indonesios.

A eso de las 19 o las 20, todos salen a cenar.

Me atrevo a decir que en Yogyakarta hay más puestitos/carritos/lugares de comida que otra cosa, es “El Negocio”: desde carpas improvisadas con lonas donde un grupo de hombres cocina en dos ollas enormes y sirve la comida en platos de plástico hasta restaurantes con menúes variadísimos, pasando por los famosos carritos callejeros que te preparan nasi goreng (arroz frito, el plato más tradicional de Java) en el acto.

Y lo lindo es que el comer se convierte en una actividad social: la gente joven sale en grupo en sus motos y come sentada en la vereda y sin zapatos, al lado de los puestitos callejeros, sobre alfombras especialmente preparadas para la ocasión.

Me imagino algo así en Buenos Aires: la gente te camina por encima del plato de arroz que te estás por comer, los autos te tocan bocina porque estiraste una pierna afuera de la alfombra y estás cuasi rozando el asfalto y cuando te querés ir te das cuenta de que te robaron los zapatos y de que la comida te salió extremadamente carísima.

Bendita seas Buenos Aires.

Lo mejor de la cuestión; acá la comida es UN REGALO.

Los precios van desde 5000 rupias (50 centavos de dólar) hasta 50.000 (como algo CARÍSIMO) (5 dólares).

Lo común es gastar entre 10.000 y 20.000 (de 1 a 2 dólares por plato, 50 centavos por las bebidas).

Inseguridad, ¿qué es eso? La gente camina de noche por la calle, ya sea para comprar comida, para ir a la mezquita a las 4 am, para juntarse con amigos, o lo que sea (los indonesios son millones y siempre están en la calle) y no-pasa-nada.

Más detalles en el próximo capítulo.

Vendedor ambulante de tofú frito

Se venden cocos en camiones

Mujer cocinando en un puestito

Mesitas ratonas en la calle (en Bandung)

Es buah

Te preparan pollo en el acto

A la búsqueda de snacks para romper el ayuno

Mie ayam

Otro de los miles de puestitos callejeros al paso

Frutas frutas frutas

Arroz pero del bueno

Y las famosas carpas improvisadas

Elegí tu propia comida y te la fríen en 5

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Vuelvo a Indonesia desde Macau

Hong Kong: 10.30 am, principios de julio de 2010

Esta vez no me ganan, esta vez me quedo sesenta días (y tal vez más).

Voy en el tranvía rumbo al Consulado de Indonesia en Hong Kong, con una carta de invitación en la mano, mi pasaporte, dos foto carnet, pasaje de entrada y de salida y algo de ansiedad.

El tema de las visas en Indonesia puede ser una complicación.

Lo más fácil es obtener lo que se conoce como Visa on Arrival: llegás al aeropuerto de Jakarta (por ejemplo), pagás 25 dólares, mostrás tu pasaje de salida y te dan un permiso para quedarte 30 días en el país, ni un día más (no hay posibilidad de extenderlo).

Para los que viajan como yo, sin planes, sin rutinas, sin fechas, ese límite se convierte en un obstáculo para conocer el país (por cada día “extra” que te quedes, te cobran unos cuantos dólares, y si te quedás más de 60 días con un permiso de 30, te pueden meter preso y prohibirte volver a entrar al país por varios años).

Pero Indonesia es gigantesco, ¿cómo pretenden que lo recorramos en treinta días?

Y no es solamente Indonesia: en Filipinas te dan un permiso de estadía por 21 días a cambio de 35 dólares, en Vietnam la visa de un mes con doble entrada cuesta 60 USD, la de Cambodia 25 USD, un mes en Laos 30 dólares, en China 45…

Podría decir que las dos cosas más caras del viaje son los pasajes aéreos de un país a otro (que, con aerolíneas baratas como Air Asia, Tiger Airways, JetStar, Lion Air, casi nunca superan los 100 USD ida y vuelta) y las visas.

Así que decidí que si vuelvo a Indonesia, vuelvo con tiempo.

Investigando descubrí la Visa Social, un permiso de 60 días para aquellos que van al país a visitar familiares o amigos.

Cuesta 50 dólares y puede ser extendida dos veces para quedarse un total de seis meses en el país.

Para aplicar se necesita un sponsor indonesio quien, en teoría, se hará cargo de todos los costos del viaje, y una carta de invitación al país.

Mi amiga Melati, a quien conocí la primera vez que estuve en Indonesia, me escribió la carta para que presentara en el Consulado.

Una vez ahí, una hongkonesa con cara poco alegre me pidió todos los papeles, fotocopias, fotos correspondientes, mis datos, qué hago, a qué me dedico, por qué viajo a Indonesia, dónde voy a vivir, etc.

Y por último me dio un glorioso papelito amarillo.

– Retire su pasaporte y su visa en cinco días hábiles entre las 14 y las 15 horas. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Consulado de Indonesia en Hong Kong

Macau: 00.00, 19 de julio de 2010

Estoy sentada a orillas del lago de Macau, tomando algo con mis amigos Journey, Dan, Clancy, un chico polaco y más chicas de Macau.

Mi vuelo a Jakarta sale a las 2.35 am, pero no pasa nada, lo bueno de la isla de Macau es que todo queda tan cerca que podemos llegar al aeropuerto en colectivo en menos de 15 minutos y sin una gota de tráfico.

Nada de Ezeizas a dos horas.

Y si algo falla, lo tengo a Dan, mi amigo filipino que trabaja en la parte de seguridad del aeropuerto (o mini aeropuerto, porque es muy chiquito), conoce a todos y es capaz de frenar la partida de cualquier avión.

Journey (mi amiga china), Clancy (el macaense que nos alojó) y Dan me acompañan al aeropuerto a las 1 de la mañana.

Saben que estoy nerviosa por volver a Indonesia, por todo lo que implica (lo contaré en la siguiente historia…)

Saben que tengo miedo y ansiedad, por eso me acompañan y me despiden y me prometen que todo va a salir bien.

Muchas fotos, abrazos, planes de volver a encontrarnos en algún lugar de Asia o del mundo después, me voy hacia el mostrador de JetStar para hacer check-in.

Las aerolíneas de bajo costo tienen una gran ventaja (el precio), pero también tienen muchas reglas a seguir.

Una de las reglas de JetStar es que no realiza conexiones, me explico: si, por ejemplo, tenés que tomar dos vuelos de JetStar (como era mi caso), uno de Macau a Singapur y de ahí, tras unas horas de espera, otro vuelo a Jakarta, hay que hacer el check-in dos veces ya que JetStar no se encarga de realizar la conexión ni de enviar el equipaje directo al destino final.

Hay que despacharlo, buscarlo en Singapur (o en el destino intermedio que sea)  y volver a despacharlo.

OK, perfecto.

Pero cuando llegué al mostrador, el chico que me atendió me prometió y recontrareprometió que iba a mandar mi mochila directamente a Jakarta, sin necesidad de que yo volviera a despacharla en Singapur.

– Bueno, if you say so… But, are you REALLY sure? (Bueno, si vos lo decís… Pero… ¿Estás realmente seguro?)

– Yes, yes, straight to Jakarta (¡Sí sí, directo a Jakarta!)

– Ok…

Así que me subí al avión, escribí un ratito en mi cuaderno y me dormí.

Cuatro horas después, estaba de vuelta en Singapur.

A esperar unas cinco horas y otra vez a volar.

Esperando el colectivo para ir al aeropuerto de Macau

Jakarta: 12.15 pm – 19 de julio de 2010

Lo gracioso de Indonesia es que hay embotellamientos hasta adentro del aeropuerto.

El aeropuerto de Singapur por ejemplo, es enorme, está perfectamente bien señalizado, tiene colectivos que van de una terminal a otra, tiene hoteles, pileta de natación, negocios, restaurantes y mucha paz.

En el aeropuerto de Jakarta nadie te dice que primero tenés que ir a ese rincón a pagar la visa, que después tenés que hacer la cola eteeerna para migraciones en ese otro rincón, que tenés que buscar tu equipaje en alguna de esas ocho cintas, que tenés que tomarte el colectivo al centro en la salida E o F.

Hay que ingeniárselas.

Más aún con gente que casi no habla inglés.

Y lo del embotellamiento lo digo por la cantidad de gente que había para sellar el pasaporte cuando llegué.

Después de una hora de espera, pasaporte sellado, welcome miss y todas las formalidades aeroportuarias, voy en busca de mi mochila.

Y obvio: no está.

Me recorro todas las cintas, la espero hasta el final, pero jamás aparece.

¿Alguien se la habrá llevado? Lo dudo, no hay más que ropa sucia.

Me dejó nomás, prefirió quedarse en Singapur o tomarse un avión a Vietnam, quién sabe, tener una mejor vida sin mí.

Lo único que lamento es la remera que me regaló él, eso es irrecuperable, todo el resto se puede volver a conseguir.

Hago “la denuncia” en el sector de equipaje perdido, la mujer me asegura que mi mochila quedó en Singapur y que la mandarán en el próximo vuelo y de ahí directo a la casa de mi amiga.

No me amargo demasiado, al menos no tengo que cargarla hasta lo de mi amiga.

Salgo del aeropuerto y voy en busca del colectivo que me llevará a la casa de Melati.

Llueve a cántaros, se me abalanzan los indonesios para ofrecerme “taxi mister”, compro un juguito y me cobran tres veces más de lo que vale, no consigo comprar crédito para mi celular, el colectivo tarda más de 40 minutos en llegar y da vueltas una hora y media alrededor del aeropuerto para levantar más pasajeros, después tarda unas dos horas más en llegar hasta lo de mi amiga.

Definitivamente volví a Indonesia.

Cómo amo este país.

Epílogo: La mochila apareció con vida al día siguiente, aunque por unas horas deseé que nunca volviera… Está bueno perder todo, desprenderse del peso de lo viejo, encontrar una mochila nueva y llenarla de cosas distintas. Dejar el equipaje emocional atrás. Empezar de cero.

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Y pensar que casi pierdo el avión…

Mi estadía en Indonesia ya se vence, la visa que me pegaron en el pasaporte cuando entré al país me lo ordena: “Must leave the country by June 17th“.

Tengo mi pasaje a Manila en mano. Fecha de vuelo: 00.30 horas del día 17 de junio. Ni un día más ni un día menos.

Pienso amortizar los 25 dólares que me hicieron pagar para entrar. Al parecer es más fácil salir del país y volver a entrar que lograr una extensión de la visa por otro mes de permanencia. Y aunque quiera intentarlo no puedo porque ya tengo mi pasaje de salida a Manila (el que me obligaron a comprar en el aeropuerto de Singapur…).

Nunca me pasó esto de sentir que “tengo cinco minutos para abandonar la casa”, de que puedo pasar de “turista” a “ilegal” en menos de unas horas. Todos los países a los que viajé hasta ahora (me refiero en toda mi vida) me permitieron quedarme entre 60 y 90 días, y nunca pensé que el país que me da menos tiempo es en el que me gustaría pasar mucho más…

Indonesia es un país inmenso, y cuando digo inmenso quiero decir INMENSO.

Más de diecisiete mil islas conforman el archipiélago más grande del mundo… y yo solamente tuve tiempo de recorrer tres: Java, Karimunjawa y Bali.

Me faltó ir a Sumatra y a Lombok y a las Islas Gili y a Flores y a Papua y a Komodo y y y…

Tantos lugares que me quedan pendientes para la próxima. Es el gran problema de viajar: una vez que empiezo a conocer más en profundidad a un país y su gente, quiero conocer más y más, y dejo de pensar en el viaje actual para pensar en todo lo que quiero hacer “cuando vuelva”. El mundo es tan grande que las opciones nunca se agotan y no importa cuánto tiempo pase en una ciudad, pueblo o país: nunca lograré conocerlo del todo. Puedo ver esto de manera pesimista u optimista, a veces depende del día.

Pero lo cierto es que quiero volver a Indonesia para seguir explorando, para visitar a todos los amigos que me hice, para seguir aprendiendo el idioma.

**Actualización 2017: ¡Volví acompañada! Esas cosas locas de la vida…

Otra cosa nueva para mí: el idioma. Es la primera vez que viajo por países en los que no entiendo el idioma.

Viajar por Latinoamérica siendo argentina es muy fácil: puedo interactuar con la gente, puedo entender todo lo que me dicen, puedo pedir ayuda, puedo hacer preguntas, puedo resolver cualquier situación que requiera el habla como herramienta.

Pero en Asia el desafío de la comunicación forma parte de mi rutina… y es algo que me encanta.

En Tailandia directamente me resigné, los caracteres son imposibles y la pronunciación es aún más complicada.

En Malasia y Singapur no fue necesario aprender demasiadas palabras ya que el inglés es uno de los idiomas oficiales.

Pero Indonesia es distinto… En Bali todos hablan Inggris (inglés) o al menos entienden o al menos intentan, pero si uno se escapa del circuito turístico hay que prepararse para aprender algo de bahasa (bahasa significa “idioma” en indonesio) o hacer un máster avanzado en Dígalo con mímica.

Del mes que pasé en Indonesia, solamente dormí dos noches en un hostel (en Bali) y el resto de los días los pasé en casas de familia que conocí por medio de Couchsurfing.

Lo bueno de eso es que siempre tuve “traductores” para ayudarme: le pedí a mis nuevos amigos que me escribieran los números, los saludos, las comidas, las frutas, las verduras, los colores, las expresiones más comunes y me las fui aprendiendo.

Lo divertido fue cuando me quedé sola y tuve la necesidad de comunicarme con gente local que no sabe ni decir hola.

Ejemplo 1: estoy en el colectivo viajando de una ciudad a otra, antes de arrancar el chofer se me acerca y me hace una pregunta, a lo que le respondo, con toda certeza: “Terminal” (supuse que quería saber dónde me iba a bajar). Se va satisfecho y yo me río sola.

Ejemplo 2: estoy en el colectivo y necesito saber a qué hora voy a llegar a destino. Así que me acerco al señor, lo miro fijo y le digo “Solo” (nombre de la ciudad a la que voy) y señalo mi reloj (invisible, ya que no uso), a lo que me muestra los cinco dedos de la mano. Bien, llegaré a las 5 am.

En el camino me crucé con carteles graciosos como puestos que venden “friend potatoes” (papas amistosas) o que indican “See food here” (“Vea comida acá”, cuando lo que quisieron decir era Sea Food here, o “Comida de mar acá”).

Pequeños momentos de mi viaje que me hacen reír y disfrutar tanto estar viajando sola…

Bahasa indonesio es un idioma relativamente fácil, como conté anteriormente, no tiene tiempos verbales, no tiene reglas de acentuación, no tiene géneros. A veces logro inferir algunas conversaciones, pero por más fuerza que haga no logro leer el diario ni entender lo que dicen en la tele (así que en muchos casos uso mi imaginación).

Uno de mis objetivos es aprender este idioma algún día… PERO lo mejor del caso es que acá no se habla un sólo idioma, sino que cada isla tiene su propio lenguaje, el bahasa fue creado para unificar a los 250 millones de habitantes bajo una sola lengua nacional. Así que si aprendo bahasa después tendré que estudiar “Javanese”, “Balinese”, “Papuanese”…

Y aunque en estos países el idioma puede actuar como barrera, pero una vez que eso se supera (usando un inglés básico, google translate o personas dispuestas a oficiar de traductores) me doy cuenta de que en el fondo todos hablamos de lo mismo, solamente que usamos distintas palabras para expresarnos. El tema de los idiomas me fascina.

Otra cosa que me fascina son las religiones.

Si bien no soy una persona practicante, tengo mis propias ideas sobre los grandes temas a los que las religiones intentan responder, y me interesa mucho conocer cada una de esas respuestas, más aún si es de primera mano.

Si en Argentina la religión es lo de menos, en Asia la religión es primordial: distintas creencias pueden impedir amistades y matrimonios, distintas creencias pueden indicar qué tipo de comida se debe o no se debe comer, distintas creencias pueden indicar qué tipo de ropa se puede o no se puede usar.

En Indonesia todos tienen religión, a pesar de que no es un país musulmán como se cree, sino que es un país de mayoría musulmana. Hay católicos, hindúes, budistas y más. Y me resulta imposible no aprender sobre cada religión estando acá.

En Bali presencié celebraciones hindúes, en Solo “tomé una clase” de Islam para sacarme muchas dudas de encima, en toda la isla de Java escuché el canto de la mezquita cinco veces por día y vi a los musulmanes rezar.

Pero lo que más me asombra es la cantidad de amigos que me hice en este país.

¿Cómo podía imaginarme, estando en Argentina, que iba a conocer a personas tan especiales en un lugar tan alejado?

Nosotros no sabemos mucho de ellos y ellos no saben mucho de nosotros: las palabras que más se repiten sobre Argentina son “Football”, “Maradona”, “Messi” (están quienes me sorprenden con un “Milito” o “Zanetti”) y “telenovelas” (al parecer las telenovelas argentinas tienen mucho éxito por acá). Y qué sabemos nosotros de Indonesia más que “fábricas textiles”, “confección de zapatillas”, “tsunami”, “terremotos” y “Bali”.

Y les aseguro que a excepción de Bali, no vi ni viví ninguna de esas palabras.

Lo que viví fue un mes inmersa en la cultura local, con personas que ya forman parte de mi vida.

Como Rheden, mi host de Jakarta que me introdujo al idioma, me hizo probar las mejores comidas de su ciudad, me demostró que a los indonesios les encanta posar para las fotos (a todos, casi sin excepción), me invitó a pasar unos días con los couchsurfers locales en Karimujawa.

Como Melati, la chica musulmana que conocí en Karimunjawa, que me contó las historias más divertidas de sus alumnos (es profesora de inglés en un preescolar), me demostró que a los indonesios les encaaaanta el gossip (los chismes) y me hizo ver que ciertos sentimientos son universales.

Como Sitta, la chica-sirena que adora nadar y que me curó el malestar con su masaje magico, o Susy y su marido que con tanta calidez me recibieron en su hogar en Jepara.

Como Aji  y su familia que me recibieron en Solo y me adoptaron instantáneamente como su hija bulé…

Y pensar que todo empezó cuando decidí que quería dejar mi vida en Buenos Aires para irme “Asia Hacia” sin saber demasiado sobre la zona del mundo que estaba por conocer y me fui cruzando, “de casualidad”, con cada una de estas personas.

Ahora me doy cuenta de todo lo que me hubiese perdido si no tomaba aquel vuelo a Jakarta.

Jepara con Rheden, Sitta, Jenni, Susy y su marido

Yogyakarta

Fans de la Seleccion

Sitta, Jennie, Rheden y yo en Jepara

Con Annicha, Tadzio y Cynthia en Wonosari

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Bali parte dos: la cara (que yo vi)

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

 

Las ofrendas que los balineses realizan cada mañana para pedir protección a sus dioses

Las mujeres llevan todo tipo de cosas sobre la cabeza

Estos son sólo algunos de los colores que encontré por acá

En todas las cuadras me crucé con un grupo de balineses jugando a las cartas o al ajedrez en la vereda

Vendedores tradicionales frente a cadenas internacionales

Vendedoras ambulantes en la playa… Massage miss, Sarong Miss, Pedicure Miss… Special price for you

Mis vecinos riendo mientras me pedían que les sacara fotos

Una de las actividades más comunes en Bali: trabajar en las “Rice Fields”

Todo tipo de medicinas alternativas, para el cuerpo y alma, a la venta

Vestimenta típica de los balineses

Remando entre templos

Se vende nafta en botellas de vodka premium

Viaje a las islas Karimunjawa: el diario íntimo de una bulé

(Bulé: persona occidental de pelo rubio, piel blanca y rasgos “exóticos” que produce admiración y veneración entre la gente de Indonesia. Usos de la palabra: “Esa bulé es igual que las de la tele”, “Miren! Bulé! Bulé! Foto!”)

Cuando decidí unirme al viaje de Rheden (mi amigo y anfitrión de Jakarta) y otros couchsurfers a Karimunjawa, un grupo de islas al norte de Java, jamás imaginé que mi itinerario iba a ser tan distinto al “oficial”.

El plan consistía en pasar cuatro días en las islas “con amigos”, como si nosotros nos fuésemos un fin de semana largo a Mar del Plata o Pinamar, algo completamente normal y predecible.

Pero oh descubrimiento: lo que se considera normal en un rincón del mundo puede volverse raro y sorprendente para alguien que viene del otro.

Día 1: Ida a Karimunjawa

Itinerario Oficial

08.30: Reunión en el puerto de Jepara para tomar el barco a Karimunjawa

09.00: Salida del barco hacia las islas

15.00: Llegada a Karimunjawa

16.00: Tiempo libre

21.00: Cena

Itinerario Bulé

08.30: Reunión en el puerto de Jepara con mis compañeros de viaje: Rheden y Sitta, una chica musulmana, también couchsurfer de Jakarta. El organizador del viaje nos pide nuestros nombres para tacharlos de la lista.

Supe que algo pasaba cuando vi que al lado de mi nombre (escrito a mano) decía Bulé (escrito a máquina y tachado con la misma birome que luego escribió “Aniko”).

AJÁ.

¡Soy más que una simple bulé, che!

Sitta, Rheden y yo

09.00: Sale el barco hacia Karimunjawa.

Miro a mi alrededor: hay aproximadamente cien pasajeros, unos 20 serán de Couchsurfing. Edad promedio: 24. Cantidad de bulés: dos (yo y un chico muy rubio que se la pasa tocando canciones de Oasis y REM con la guitarra durante todo el viaje).

Me sacan algunas fotos disimuladamente.

11.00: ¿Falta mucho? Tengo sueño. Por lo menos unas cuatro horas más. Viajamos en la cubierta, con un calor de morirse. Los tripulantes improvisan un techo con un pedazo de lona y en el acto todos se amontonan debajo para disfrutar un cuadradito de sombra.

Rheden (algo así como mi traductor cultural) me explica que nadie quiere que su piel se vuelva más oscura por el sol, al contrario, muchos usan una crema especial para blanquearla. Él incluido.

13.00: Tengo hambre así que me doy una sobredosis de “snacks”: Onde-Onde (unas pelotitas rellenas de algo dulce, cubiertas de semillas de sésamo), Lemper (arroz pegajoso, como el del sushi, relleno de pedacitos de pollo, envuelto en hojas de banana), pan relleno (de banana o de salchicha o con gusto a pizza picante), torta de Pandan (verde y con hojas).

Después, a dormir un rato.

El famoso OndeOnde… tan rico

15.00: Llegada a Karimunjawa, isla principal del archipiélago.

Nos reunimos con el resto del grupo para ir todos juntos hacia la casa donde viviremos. Nos viene a buscar (por favor escuchen esta) EL TRENCITO DE LA ALEGRÍA. El mismo que usamos para ir por la noche porteña (o Argentina) previo a nuestra fiesta de egresados. Con un intento de Mickey dibujado en el frente, bocina musical y todo. No lo puedo creer. Le cuento a Rheden sobre el uso de este trencito en Argentina y él no puede creerlo.

17.00: Tiempo libre.

Quiero nadar, hace mucho calor.

Rheden, Sitta y yo vamos en busca de un pedacito de playa pero lo único que encontramos cerca de nuestra casa es el puerto.

Al parecer se corre la voz de que hay una bulé acercándose al muelle, así que de repente soy observada por todos los pescadores/marineros/capitanes que se asoman desde sus respectivos barcos.

Me saludan, me piden que les saque fotos, me miran, me miran, me miran.

– ¿Nadamos acá? me dice Rheden.

– ¿Bueno?

Pero voy a ser musulmana por un día y voy a nadar con ropa igual que ellos, ni loca nado en bikini frente a toda esta gente que no está acostumbrada a ver mujeres nadando en bikini.

Cuando los pescadores ven que nos acercamos al mar, todos se agrupan rápidamente en la rambla y se sientan a mirar “el show”: yo nadando.

Me sacan fotos, me señalan, me miran cual espectadores frente a la pantalla del cine, desde que entro hasta que salgo del agua. Me siento la orca de Mundo Marino, ¿tengo que hacer algún salto acrobático? Cuando salgo del agua, tengo que pasar obligatoriamente entre ellos y el grupo se divide en dos y forma una pasarela para que yo camine.

Le digo a Rheden que esto solamente pasaría en Argentina si la mujer que se tira al mar estuviera desnuda y regalando botellas de cerveza.

Miradas

Pescadores mirando el show

20.00: Camino hacia otro muelle y me siento con varias personas a mirar la luna. Sacamos fotos. Estoy tan agotada que nunca llego a la cena, muero en la cama antes.

Día 2: Snorkeling

Itinerario Oficial

04.30: Hora de rezar

07.00: Desayuno

08.00: Sale el barco que nos llevará a distintas islas a hacer snorkeling

16.00: Volvemos a Karimunjawa

17.00: Rezo y tiempo libre

Itinerario Bule

04.30: Escucho el canto de la mezquita vecina. Sigo durmiendo.

05.30: Escucho el canto del gallo adentro de la casa. Sigo durmiendo.

06.30: No soporto más el calor. Me levanto.

07.00: Está listo el desayuno: arroz con pescado. Paso. No me siento muy bien por el calor. La dueña de la casa se siente un poco ofendida porque no como lo que cocinó y piensa que hizo algo mal y que su comida es fea. ¿Cómo le explico en bahasa que no puedo comer pescado tan temprano?

07.30: Me olvidé de un pequeño detalle, acá todos nadan con ropa, hombres y mujeres, así que tendré que hacer lo mismo, pero no tengo un pantalón de tela que se seque rápido. Tendré que usar las babuchas de dormir. Voy en busca de un negocio como para comprar algún pantalón así nomás, pero no encuentro nada que me sirva.

07.45: Caminamos hacia el muelle y empiezo a sentirme muy mal, tengo ganas de vomitar. Me siento a mitad de camino y Sitta se ofrece a hacerme masajes con aceite de eucaliptus. Es una genia, me hace algún tipo de acupuntura o un hechizo, no sé, pero a los pocos minutos ya me siento mejor.

08.00: Sale el barco y me quedo dormida en la cubierta. Por suerte no sufro mareos en el mar, al contrario, el movimiento del agua me relaja y me hace sentir mejor.

09.00: Llegamos a la primera isla. Me siento mal. Nado un rato en bikini (después de pedirle permiso a Sitta quien nada con ropa y velo incluido), con el salvavidas puesto para disimular, pero me siento muy incómoda y salgo del agua. Todos nadan con ropa.

11.00: Volvemos al barco y vamos hacia otra isla. Duermo en el barco.

El barco que nos lleva de una isla a otra

12.00: Nos bajamos para almorzar en un muelle. Como un poco de arroz. Duermo en el muelle.

13.00: Me despierto y estoy sola, todos se fueron del muelle para no perturbar mi sueño (según me dijo Rheden más tarde). Camino hacia la playa donde están todos. Me duermo en la arena.

14.00: Todos nadan y se sacan fotos. Una chica ve que me siento mal y me trae un remedio natural hecho de plantas para sacar “el viento malo” de mi cuerpo. Me lo tomo. Sigo durmiendo.

15.00: Vamos a la última isla, un pedacito de arena en medio del mar. Esta vez nado con ropa, nos sacamos fotos, volvemos al barco. No entiendo cómo pueden soportar tener toda la ropa mojada y pesada pegada al cuerpo. Me siento incómoda.

La islita diminuta

Todos en la isla en medio del mar

16.00: Volvemos a Karimunjawa. Le pregunto a Rheden si conoce los Muppets y le digo que él me hace acordar a la rana René porque está todo vestido de verde. Nos reímos. Empiezo a sentirme mejor.

Sitta, la Rana Rheden y yo

17.00: En la casa, me pongo a charlar con Melati, una chica musulmana también. Le muestro fotos de mi viaje anterior y de Argentina. Escucho a los chicos de la isla leyendo el Corán en árabe al unísono. Muchos de los que están en la casa sacan su alfombra, se visten adecuadamente y rezan.

21.00: Después de cenar, Mel me dice que hay un grupo de chicos que quiere hablar conmigo para hacerme preguntas pero que no se animan a buscarme. Me acerco a donde están y los saludo. Me invitan a jugar a las cartas.

21.10: Rheden, mi traductor oficial, me traduce las preguntas que me hacen los chicos: Do you have Facebook? Do you have a cellphone? Do you have kids? Are you in a relationship? Do you miss your country? What do you think of indonesian men? Me río mucho.

21.30: El interrogatorio terminó, jugamos a las cartas, un juego llamado “Cangkulan” o (diggin the rice field), bastante simple de entender, pero no voy a explayarme en los detalles ahora. El que gana le pinta la cara de negro con madera quemada al que pierde. Si hay empate, hacen piedrapapelotijera versión china.

22.30: Anuncio que me voy a dormir. El juego se termina en el acto, el grupo se desarma, todos se van a dormir.

Los chicos del interrogatorio

Día 3: Más mar, más snorkeling, más islas

07.30: Soy yo otra vez, ya me siento mucho mejor. Me despierto con hambre, hasta que veo que me esperan cabecitas de pescado frito de desayuno. Paso. PERO: la dueña de casa me preparó una comida especial para mí. Huevo frito con noodles. Vamossss. Me lo devoro.

07.50: Mientras esperamos a que salga el barco, Mel me cuenta que los chicos con los que jugué a las cartas me pusieron un apodo: OndeOnde Girl (porque les dije que me gustaba comer OndeOnde), y que estaban pensando en regalarme OndeOnde para que me lleve en el colectivo a Bali. También me dice que hay dos que se enamoraron de mí y están compitiendo. AJÁ. Y que “nunca vieron a una bulé como yo”. Es peligroso halagar tanto a una leonina, es sabido que nos inflamos con este tipo de cosas.

08.00 – 17.00: Snorkeling at Paradise. El barco nos lleva a varias islas para hacer snorkel. Esta vez nado con un short y una remera, me siento mucho más cómoda que ayer. Veo los corales más lindos de mi vida, con pececitos de todos los colores. Llegamos al mar más transparente en el que nadé jamás, realmente un paraíso. Almorzamos. Seguimos con el snorkel. Me canso de nadar. Me duermo en el barco mientras el resto mira el atardecer y se saca fotos saltando de las palmeras.

El Paraiso. Nada mas que decir.

Snorkeling

18.30: Ceno GadoGado, verduras con salsa de maní.

20.00: Me reúno con los chicos otra vez a jugar a las cartas, pero esta vez no tenemos traductor así que intentamos entendernos en un inglés y bahasa rudimentario. Está complicado.

21.00: Melati y yo charlamos acerca de las reglas de las relaciones hombre-mujer en Indonesia y en Argentina. Dos mundos totalmente distintos.

23.00: Heme aquí subiendo esta historia para ustedes. El viaje todavía no terminó: mañana volvemos en el barco a Jepara (otras 6 horas) y de ahí sigo rumbo a Bali (como 15 horas más). Va a ser un largo día y pueden pasar muchas cosas divertidas y/o bizarras (de esas que suelen sucederme a mí…).

Los mantendré informados cuando llegue a Bali.

Cambio y fuera. Esta bule se despide por hoy.

Somos una gran familia

Actualización: consejos

Karimunjawa es un PARAÍSO. Desde Jakarta, se pueden algún tipo de trasporte hasta Jepara y de allí buscar el puerto y los barcos que van a Karimunjawa (¡intenten siempre ir temprano para comprar los boletos en el puerto!).

El tour me lo compró un amigo de Jakarta, viajamos con una empresa que trabaja exclusivamente con mochileros pero también se puede hacer todo por libre.

Karimunjawa es pequeño así que no hay problema en encontrar alojamiento allí mismo.

Para conocer las islas se le puede pagar cualquier pescador para que los lleve en su barquito a recorrer.

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Preguntas Frecuentes para viajar a Indonesia (y el Sudeste Asiático)

Todos los días recibo preguntas sobre el viaje que estoy haciendo por el Sudeste Asiático.

Este viaje que comenzó en Bangkok… ¡Y solo el destino sabe dónde terminará!

Algunas de mis amigos y familia, otras de gente que lee mi blog, muchas de personas que conozco mientras viajo, pero la mayor cantidad de cuestionamientos provienen de mí misma.

Así que decidí hacer una compilación al mejor estilo autoentrevista para despejar todo tipo de dudas, desde lo más básico hasta lo más complejo.

Siéntanse libres de preguntar lo que quieran. Me sentiré libre de responder o no.

¿Tenés calor cuando viajás por el Sudeste Asiático?

Ustedes no entienden. Quiero saltar en una bañadera llena de cubitos de hielo. Quiero meterme adentro de una heladera. Quiero arrastrarme sobre la nieve. Quiero trabajar en una fábrica de aire acondicionado.

¿Dónde estás?

En este momento estoy en Jepara, una pequeña ciudad en el centro-norte de la isla de Java, viviendo en lo de Susy y su marido, una pareja indonesia de Couchsurfing. El sábado estaré en Karimun Jawa, un conjunto de islas muy poco turístico, con un grupo de couchsurfers locales. Según me dijeron, no hay conexión a internet, así que sepan entender si me convierto en náufrago por un fin de semana.

¿Los de Couchsurfing te pagan por hacerles publicidad?

Ojalá.

Si hablo tanto de Couchsurfing es porque desde que me sumé mi viaje cambió por completo y porque me parece que vale la pena que todos conozcan esta comunidad.

No se trata, como muchos puedan creer, de “un hotel gratis”, se trata de vivir con los locales, de conocer su día a día, de meterse verdaderamente en la cultura y modo de vida de cada lugar. Formar parte de Couchsurfing es como tener amigos en países desconocidos, es una manera de sentirse menos solo en el mundo (literalmente) y de unir culturas.

¿Es seguro hacer Couchsurfing en el Sudeste Asiático?

Los couchsurfers asiáticos que conocí son muy hospitalarios y les encanta recibir extranjeros, cuanto más exóticos mejor.

Una buena noticia para los argentinos: como venimos de muy lejos, somos extremadamente exóticos para ellos. Pero, otra noticia, son gente como nosotros: comen, respiran, caminan, trabajan, se ríen, viven.

Obviamente, hay personas con las que me llevo muy bien y otras con las que está todo bien pero no hay tanta conexión.

Acá hay algunos links mis experiencias haciendo Couchsurfing en el Sudeste Asiático:

Una experiencia fallida en Couchsurfing

Viviendo con una profesora de Fïsica en Malasia

Alojada por un Japonés en el Sudeste Asiático

Mi experiencia usando Couchsurfing en Indonesia acá, y acá

Cosas que hice en Kuala Lumpur gracias a Couchsurfing

¿Cómo te comunicás en Indonesia?

La gran mayoría de la gente que está en Couchsurfing habla inglés (aunque sea muy básico), pero deben ser el uno por ciento de la población.

En Indonesia existen muchísimas lenguas, pero la oficial que une a los 250 millones de habitantes del país es el bahasa indonesio. Es un idioma simple, dentro de todo: no tiene masculino y femenino, no tiene tiempos verbales, la pronunciación no es rebuscada.

La mayoría de la gente no habla inglés, así que cada vez que encuentro a alguien que sí habla le pido que me traduzca el menú, escribo los nombres de cada cosa y los memorizo para la próxima vez que quiera comer.

Sé decir holaquetal, gracias, de nada, buenas noches, ¿cuánto cuesta?, not spicy please, uno dos tres cuatro cinco, izquierda derecha, extranjero, foto, sí, no, arroz, tofú, pollo, fideos, nos vemos, en bahasa…

Acá va: apa khabar?, terima kasih, sama sama, selamat malam, berapar?, tidak pedas, satu dua tiga empat lima, kirri, bule, foto, ia, tidak, nasi, tahu, ayam, mie, sampai jumpa.

Igualmente, como en cualquier lugar, las señas y el dígalo con mímica siempre ayudan.

¿Cuánto gastas por día viajando en Indonesia?

Indonesia es extremadamente barato, incluso para nosotros (Argentina: país con moneda devaluada).

No pago alojamiento porque hasta ahora siempre me quedé en casas de familia, pero tengo entendido que una noche en un hostel cuesta entre 3 y 5 dólares.

La comida es regalada:

  • Un plato de nasi goreng (el plato típico: arroz frito con huevo) cuesta 5000RP (50 centavos de dólar) en la calle o en los mercados
  • Un té frío, 1500RP (15 centavos de dólar)
  • En un restaurante “caro” los platos cuestan entre 20.000RP y 40.000RP (de 2 a 4 dólares).

En cuanto al transporte:

  • Moverse por una ciudad en combi o colectivo cuesta entre 1000RP y 3000RP (10 a 30 centavos de dólar)
  • Viajar de una ciudad a otra cuesta entre 5000RP y 10.000RP la hora de viaje (de 50 centavos a un dólar)
  • Alquilar una moto por 24 hs cuesta 4 dólares

Así que comiendo bien se puede sobrevivir perfectamente con un presupuesto de 5 a 8 dólares diarios.

Hay una clave muy importante: siempre, SIEMPRE, se puede viajar como un local (sin paquetes de por medio).

¿Es verdad que te la pasas comiendo perro, rata y sapo?

Que yo sepa, hasta ahora no ingerí semejantes cosas. Acá se come rana como si fuera pollo y dicen que es muy rica. También comen el cerebro de los animales, el corazón, el líquido de adentro de los huesos, la piel, el estómago, los ojos… No pongan cara de asco. Como me dijo una china: “No entiendo cuál es el problema, ustedes también comen animales como vaca y cerdo y no les da asco, entonces ¿por qué les parece mal que nosotros comamos eso?“.

Dicen que si uno come perro, los perros callejeros lo sabrán y seguirán a la persona que haya ingerido a alguno de sus amigos. No quiero ser paranoica, pero una vez en Malasia un perro me siguió por cuadras y cuadras.

¿Entonces qué comés? ¿Arroz?

En Indonesia dicen que un plato sin arroz no es comida. El arroz para ellos es como el pan para nosotros: va con todo.

Así que sí, como arroz, pero como muchísimas cosas más (por suerte).

Acá es imposible pasar hambre: hay comida a toda hora, en todo lugar y MUY barata.

Cada día como algo distinto, generalmente no decido antes, sino que me dejo sorprender. A veces comida china, a veces comida (un poco) picante, a veces pollo, a veces pescado, a veces fideos, a veces sopa, a veces dulce, a veces salado.

Cada persona que conozco me lleva a comer lo típico de su ciudad.

Temo volver rodando.

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Situaciones bizarras en Indonesia #1:
Acá dicen “sí, gracias” para decir no

Estoy en alguna calle de tierra de Jakarta, Indonesia, acabo de comprar comida en un puestito.

Un hombre está parado al lado mío (en Indonesia la gente siempre está en la calle, sentada en algún lugar con sombra) y enseguida se acerca y hace un gesto dando a entender que lo que acabo de comprar es una delicia.

Le ofrezco un poco para que pruebe, el hombre asiente con la cabeza y me dice “terima kasih” (gracias en bahasa indonesio), entonces le acerco el plato para que pueda sacar un poco de comida, él vuelve a asentir y sonríe, yo le acerco más el plato, sigue asintiendo y sonriendo, a lo que yo le acerco el plato todavía más y casi que se lo meto en la cara para que pruebe un bocado.

Y la escena se vuelve ridícula (como el capítulo de los Simpson donde Homero y Skinner se la pasan un minuto asintiendo con las cabezas sin decir palabra).

Finalmente me canso y me pongo a comer sola.

El hombre se va.

Encontré la explicación a este comportamiento unos días después en Yogjakarta, mientras comía caramelos en la casa de una chica indonesia que conocí por medio de Couchsurfing.

Éramos cuatro: un chico holandés, dos chicas indonesias y yo. El chico holandés me ofreció un caramelo, a lo que dije gracias y le acepté dos.

Cuando le ofreció caramelos a las chicas, las dos dijeron “Yes, thank you” y se quedaron quietas, entonces él acercó la bolsa para que sacaran, a lo que volvieron a decir “Yes, thank you” y ni siquiera amagaron a sacar un caramelo.

Ok, acaban de decir “sí, gracias“, ¡por favor coman el caramelo que aceptaron!

Pero acá la cosa es así: los indonesios nunca dicen que no.

Así que si alguien les responde sígracias a alguna oferta, tómenlo como un no y ríanse de la situación.

Seguramente ellos se reirán con ustedes.

***

Escribí otras pequeñas anécdotas de viaje en Indonesia acá y acá

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“Miss, photo, photo!” (o En Indonesia soy famosa)

Estoy en mi salsa.

Hay países y culturas que son extremadamente fotografiables, por los lugares, por los colores, por las construcciones y especialmente por la gente.

Llevo tres días en Indonesia y no pasaron cinco minutos sin que alguien me frenara en la calle para pedirme que le sacara una foto.

Me ven caminando, me miran, me sonríen y me hacen señas para que me acerque, enseguida se forma un grupo de cinco o seis personas (a veces muchas más) que se unen, se abrazan, sonríen con su mejor cara y posan para la foto.

No importa la edad ni el sexo: grandes, chicos, madres, ancianos, todos quieren entrar en mi lente. Me preguntan de dónde soy y cuando digo Argentina siempre me responden “OH FOOTBALL!”, un indonesio incluso me empezó a hablar en español (algo muy poco común, ya que la mayoría no habla inglés) porque vivió unos años en Argentina y Chile.

Pero la cosa no termina ahí: lo más gracioso es que se mueren por sacarse fotos conmigo (o con cualquier extranjero) cual estrella de Hollywood.

Si estoy en un monumento turístico, paso a ser la atracción principal. Si me cruzo con un grupo de chicas y miro a una, se pone a saltar y a gritar diciendo “me miró, me miró”.

Durante todo el día viví situaciones como ésta: una chica indonesia me mira e intenta sacarme una foto con su celular sin que me de cuenta, obviamente la veo y sonrío, enseguida se pone a gritar de alegría, llama a sus amigas y todas corren a abrazarme para salir en la foto conmigo.

Estoy caminando y una chica musulmana me dice tímidamente y de lejos:

-Miss… Foto…

Cuando ve que acepto (me divierte muchísimo posar para ellas), treinta musulmanas salen de abajo de las baldosas y me rodean emocionadísimas. Cuando termina la sesión (no solamente sacan fotos con sus cámaras, sino que se acerca más gente de afuera que también quiere retratar el momento), todas me dan la mano y me dicen “Thank you” o “Terima Kasih” (en bahasa indonesio) y se ríen felices.

Con muchas musulmanas

Nunca pensé que iba a llegar a un país donde la gente me ruega que le saque fotos.

No tenía demasiadas expectativas con respecto a Indonesia, generalmente viajo a todos lados sin esperar demasiado para dejarme sorprender.

La verdad es que casi no llego a Indonesia porque estuve a punto de perder el vuelo desde Singapur. Llegué al aeropuerto aproximadamente una hora y media antes de que saliera el avión, me acerqué al mostrador de Tiger Airways y además de pedirme el pasaporte, me pidieron el pasaje de salida de Indonesia (¿qué cosa?) y me dijeron que si no tenía un pasaje de salida, cuando llegara a Jakarta me iban a mandar de vuelta a Singapur sin escalas.

Ajá…

Pregunté en el mostrador de otra aerolínea cuánto costaba comprar un pasaje de vuelta a Singapur (hay que tener en cuenta que es un vuelo de no más de una hora y media, es muy cerca):

– Tan sólo… 500 dólares.

– ¡QUÉEE!

No, gracias, pagué menos de 60 dólares para volar de Singapur a Jakarta, ¡No voy a pagar 500 para volver!

Así que la situación era ésa:

– Mostrame un pasaje de salida de Indonesia o no te dejo subirte al avión, tenés diez minutos empezando YA.

Qué hacer…

¿Pierdo el vuelo? ¿Saco un pasaje cualquiera bien barato a donde sea? ¿Saco finalmente mi pasaje a Filipinas? ¿No compro nada y falsifico un pasaje? ¿Me arriesgo a volar sin pasaje de salida? ¿Me amotino en el aeropuerto de Singapur, fabrico una pancarta e intento cambiar las leyes?

Abrí mi laptop, me conecté al wi-fi del aeropuerto (toda una hazaña, me pedían todo tipo de datos), entré a la página de Air Asia (aerolínea que tiene los vuelos más baratos) y oh… como están vendiendo pasajes en promoción, la página estaba demasiado congestionada y no funcionaba.

Generalmente me gusta tomarme mi tiempo, comparar precios, buscar ofertas, ver cuál es la mejor ruta, decidir tranquilamente cuál será mi próximo destino…

Pero esta vez no había tiempo para pensar: tenía que solucionarlo ya.

Así que finalmente compré el pasaje más barato que encontré a Manila, Filipinas, para el 17 de junio.

Cuando terminé con el trámite online (por suerte tenía mi computadora porque no había ningún “ciber” cerca), me llevaron a una oficina para que imprimiera el comprobante y cuando volví con todos los papeles, el mostrador de Tiger Airways ya había cerrado. Por suerte siempre hay un mostrador para los que llegan tarde, así que me aceptaron, despaché la mochila, corrí a migraciones, me sellaron el pasaporte, corrí hacia el avión, me senté y a los diez minutos despegó.

Un poquito estresante nomás…

Obviamente cuando llegué a Indonesia no me pidieron ningún comprobante de nada, pero igualmente si no compraba el pasaje no me iban a dejar salir de Singapur.

La visa para entrar a Indonesia cuesta 25 dólares y es de treinta días: lo justo, puedo quedarme en el país hasta el 17 de junio, fecha de mi vuelo a Filipinas.

Rheden, su mama y su sobrino Aldi

Pero juro que todo el mal humor que pude haber juntado por la situación del aeropuerto desapareció en el acto cuando conocí a Rheden y su familia, los indonesios que me recibieron en su casa de Jakarta (la capital de Indonesia, en la isla de Java).

Rheden tiene 24 años, es musulmán, profesor de matemática y couchsurfer.

Cuando le escribí una solicitud para quedarme en su casa me contestó con tanta emoción (“por favor por favor vení a mi casa que mi familia se muere por hospedarte“) que no lo dudé y lo elegí como anfitrión (tuve respuestas positivas de otras personas también).

Redhen vive a unas dos horas del aeropuerto, en las afueras de Jakarta, en un conjunto de viviendas en medio de plantaciones de palmeras y caminos de tierra. Que llegue un extranjero es todo un acontecimiento para ellos: todos los vecinos se enteran y quieren espiar, los chicos se sienten privilegiados de poder jugar con una persona tan exótica, los padres cocinan comida típica y reciben a los huéspedes “como les gustaría que reciban a sus hijos si ellos viajan“.

La hermana de Rheden nos cedió su casa (no su cama ni su cuarto, sino su casa) para que estuviéramos más cómodos y ella se fue a dormir con su bebé a la casa de su mamá (a muy pocos metros de distancia).

Aldi, sobrino de Rheden, no se nos despegó, e incluso aprendió mi nombre, dijo algunas frases en inglés y posó para todas las fotos que le saqué.

Creo que no tengo palabras para expresar los lindos días que pasé en Jakarta con esta gente.

Casi no fui a los puntos “turísticos”, sino que me la pasé visitando lugares locales, aprendiendo bahasa (idioma de Indonesia, muy similar al de Malasia), sacándome fotos con los chicos, sacándole fotos a todos los vecinos, probando todo tipo de comidas típicas, viajando en los transportes más locales.

Fui furor en el barrio: todos los chicos me rogaron que les sacara fotos (no exagero, debo haberles sacado unas 300 fotos, no se cansaban de posar y hacer caras), una mujer embarazada me pidió que por favor la dejara tocarme la nariz para que su hija tenga la misma nariz que yo (pobre), me divertí sacándole fotos a Aldi Superstar (el sobrino de Rheden que AMA posar), aprendí a cocinar plátano frito.

Este viaje se pone cada vez mejor, cada país que voy conociendo me gusta más que el anterior.

¡Me siento muy feliz de no haber perdido mi vuelo!

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Con Rheden y toda su familia

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