“La gente viene a Japón y recorre la isla… ¿ustedes por qué están quietos acá?”, nos pregunta Qiang, el dueño del hotel en el que vamos a quedarnos diez días. Estamos sentados en un escalón en la entrada del restaurante, frente a la calle de tierra. El cocinero chino nos acaba de invitar dos bowls de noodles, son las seis de la tarde y ya es de noche. Somos los únicos comensales, somos los únicos huéspedes del hotel y me animo a decir que somos los únicos extranjeros del pueblo. Kujukuri, un pueblo de surfers y pescadores ubicado a 60 kilómetros del centro de Tokio, en la prefectura de Chiba, está fuera de temporada. Las leyes del turismo racionalista y práctico indican que no tenemos nada que ver ni hacer acá, que elegimos mal, que estamos por perder nuestro tiempo limitado de estadía en Japón. “Nos gusta pasar varios días o semanas en un mismo lugar, además los dos trabajamos todos los días por internet así que necesitamos estar quietos”, le decimos a Qiang.

Kujukuri

Kujukuri

Vinimos a Kujukuri porque leímos que es lo más parecido a Hawaii cerca de Tokio y su playa forma parte de una de las costas más extensas de Japón: 66 kilómetros de océano Pacífico sin interrupciones, resorts ni condominios. Salimos a caminar por la orilla, que nos queda a una cuadra de nuestro cuarto. La arena es oscura, marrón. El mar también es marrón. La costa está llena de botellas, zapatillas perdidas, vidrios, cartones y peces muertos. Solo vemos a un pescador en bicicleta, hay muchas rocas, hay viento, está fresco, está nublado. Salimos y caminamos por una de las calles principales, paralela al mar. Los pocos lugares que hay para comer están cerrados, la opción más cercana y barata es el Family Mart, un minimercado con bandejas de comida preparada. No hay transporte público. Hay pachinko (algo así como el casino japonés). La zona está rodeada de bosque, caminamos esquivando las arañas mutantes que aparecen colgadas en mitad del aire. Son más grandes que la palma de mi mano, tienen rayas o puntitos amarillos y me retrotraen a mis fobias infantiles. No sabíamos que Japón era el país de los insectos-monstruo. Ya pagamos la reserva de diez días y no hay devolución. La chica urbana que tengo adentro se pregunta qué vamos a hacer diez días en un pueblo donde no hay nada para hacer.

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los "conbini" son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los “conbini” son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato)

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato, por 3 – 6 usd)

Algún lugar de Kujukuri

Algún lugar de Kujukuri

Y una casa

Y una casa

Es mi lucha interna de siempre. En el 2010, en Malasia, conocí a un francés que vivía viajando hacía cuatro años. En alguna charla me contó que había pasado varias semanas en Agra pero no había visto el Taj Mahal. Yo no podía entender. ¿Y para qué fuiste entonces? “No me interesa, busco otras cosas”, creo que me dijo. En ese momento yo viajaba para ver lo que había que ver: si estaba en Camboya, iba a Angkor, si estaba en Perú, iba a Machu Picchu, si estaba en Francia, iba a París. No sé si era lo que quería o no, pero me daba culpa no hacerlo y me sentía menos si no tachaba esos lugares de mi lista. Después pasaron muchas cosas: me aburrí de lo turístico, me cansé de viajar rápido, me cansé de viajar en general, me empezó a gustar más pasar el tiempo en librerías, papelerías y cafés, o paseando por los parques, o viviendo en la casa de alguien, o mirando la vida desde una vereda, o caminando sin rumbo que yendo de un museo, templo, ruina y monumento a otro. Dejé salir a la slow traveler que siempre había estado ahí y acepté que lo mío era viajar para vivir lo cotidiano en otras partes del mundo, no para tener grandes aventuras.

Fue un proceso largo el de entender que nadie me obliga a conocer los lugares más famosos, que no tengo por qué irme de viaje con una lista de imperdibles ajenos, que si voy a tal ciudad y no visito su atractivo principal no quiere decir que no haya conocido nada, que si voy a un país y decido quedarme tres meses en un solo lugar no quiere decir que no haya aprovechado bien el tiempo. Lo sé, lo acepto, lo entiendo, lo elijo y lo practico, pero a veces, todavía, a veces, me agarra la culpa y la ansiedad de hay mucho para ver, no me va a dar el tiempo, no sé qué hago en este lugar mientras debería estar viendo tal cosa en otro. Como si todos los lugares tuvieran que ser productivos o como si ver “lo que hay que ver” fuese sinónimo de “viajé a tal lugar”.

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A pesar de que la primera impresión no es la que esperábamos, nos quedamos en Kujukuri y al día siguiente decidimos darle una oportunidad al mar. Hay sol, me pongo la bikini, armo mi mochila de playa —armo mochilas hasta para ir al baño—, me llevo la libreta amarilla, la cartuchera, algunas washi tapes (mi nueva adicción, son como cinta scotchs con dibujos) y a Cookie Monster (lo rescatamos de una máquina de pescar peluches). Meto los pies en el mar, esperando que esté helado, y no me parece frío. Afuera hay bastante viento y no hace más de 18 grados, pleno otoño japonés, y yo, que soy muy friolenta, empiezo a avanzar por el agua, voy saltando las olas y termino metida adentro. Me sale un grito de alegría: “¡Estamos en el mar!”, salto entre la espuma, me sumerjo cuando pasa una ola, floto, nado. La oceanitis tiene una sola cura posible y es esta, catar mares. A mi alrededor los surfers atraviesan las olas con sus tablas y me acuerdo de la vez que me enamoré del surf y me esguincé la mano derecha la segunda clase. Desde ese día quedé un poco asustada, pero quiero darle otra oportunidad al surf. De golpe siento que está bueno haber salido un poco de la ciudad, volver a la naturaleza, bajar el ritmo, disminuir los estímulos.

Cookie buscando galletitas

Cookie buscando galletitas

Cookie se relaja

Cookie se relaja

Hago un poco de journaling

Hago un poco de journaling (eso con ven con una ballena es una washi tape!)

L se queda en el mar y yo camino por la orilla. Está lleno de almejas. Entremedio encuentro algo que no sé cómo se llama pero que ya vi una vez, en Indonesia, y que tengo guardado en mi cajita de tesoros recolectados durante mis viajes, en Buenos Aires. No sé si es un caracol o una piedra. Tiene dibujada una flor. Volvemos y googleo. No es fácil encontrarlo: “caracol con estrella”, “piedra con dibujo de flor”, “estrella de mar en una piedra” no me tiran los resultados que busco. De pronto aparece. Se llama sand dollar, sea biscuit o galleta de mar y es un animal de la familia de los erizos. Lo que tengo en mi mano es el esqueleto. Se les dice sand dollars porque parecen monedas antiguas, son fundamentales para el ecosistema marino y, cuando mueren, el mar los suele dejar en la costa. Es mi tesoro de Kujukuri.

Al final Cookie encontró su galletita de mar

Al final Cookie encontró su galletita de mar

El resto de los días son más o menos iguales: amanece a las 5 am, se escucha el ruido de la obra de enfrente, pasan pocos autos, miramos el mar por la ventana, vamos al mar, L se mete y yo me vuelvo enseguida porque hace frío, caminamos al Family Mart y comemos sentados en el estacionamiento, extraño tener cocina, extraño tener una casa, pasa alguien en bici, esquivamos arañas, trabajamos, pasa el camión de basura haciendo música, anochece a las 5 pm, me da sueño a las 9, me quedo dormida sobre el tatami mientras miro el capítulo de alguna serie.

Desde nuestra ventana

Desde nuestra ventana

Pero siempre hay un detalle cotidiano que hace la diferencia. Y los recopilo todos en mi cuaderno.

Una mañana, por ejemplo, nos despertamos a las 8 por una alarma rarísima que suena en el cuarto. Me doy cuenta de que es mi teléfono, lo agarro pensando que no puse ninguna alarma anoche y en la pantalla veo que dice “⚠️ Emergency Alert” y un montón de texto en japonés. Dos días atrás hubo un temblor de 5.3 grados y el cuarto se sacudió como una caja de cartón. Salto de la cama, grito “¡terremoto, terremoto!” por segunda vez en este viaje y con las manos temblando googleo Japan Emergency Alert iPhone. Al parecer, la Agencia Meteorológica de Japón desarrolló un sistema que te avisa por teléfono dos minutos antes de un terremoto o tsunami inminente. Japón es el país de los terremotos y es el país del orden, así que si avisan es porque se viene uno grande. Mi primer impulso es empacar mi cuaderno y las washi tapes (Save the washi tapes!). Digo: “No puedo creer que vinimos hasta Japón para estar en un terremoto”. La alarma vuelve a sonar y tengo miedo. Bajamos a la recepción, le mostramos el teléfono a uno de los que trabaja ahí pero es chino y no entiende el idioma. A todo esto ya pasaron más de dos minutos y la tierra no se mueve, no hay pánico en las calles, los surfers siguen entrando al mar, no hay olas, no hay animales corriendo hacia lugares altos, Kujukuri sigue inmóvil. Se me ocurre traducir el texto de la notificación y veo que dice, como seis veces, “simulacro”.

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

Una noche, buscando dónde comer, entramos a un restaurante al borde de la ruta. Esto no es Tokio y acá no hay nada señalizado en inglés, así que muchas veces tenemos que adivinar carteles, abrir puertas y rogar que no estemos entrando a una propiedad privada por error. El cocinero nos pregunta de dónde somos, cuando le digo Argentina hace una pausa, sonríe y pregunta “Argenchin?! OHHH, Argenchin! Maradona!”. Enseguida se acerca un señor que está cenando con su mujer y nos dice que su inglés no es bueno pero que quiere hacernos un regalo: un plato de ostras fritas. “Present from us, welcome to Japan”. Otra tarde volvemos a abrir una puerta sin saber si estamos entrando a un restaurante o a una casa y nos encontramos con una mezcla de ambos. Pido un plato de ramen desesperada, harta de tanta bandejita FamilyMartera. La señora que cocina se nos acerca a charlar y nos pregunta “Umi?” varias veces. Pongo umi en el traductor y descubro que significa mar en japonés.

El restaurante mezcla de cocina y de casa

El restaurante mezcla de cocina y de casa

Detalles del restaurante de la señora

Detalles del restaurante de la señora

¿Ven las arañas?

¿Ven las arañas?

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Una sola vez me doy este gusto

Una sola vez me doy este gusto

Y además:
aprovecho estos días tranquilos y sin tentaciones urbanas para trabajar,
procrastino textos urgentes y rediseño mi blog,
veo a un hombre de traje caminando por la playa,
me como un plato de fideos calentados en el microondas del 7-Eleven mientras camino por la calle (esta debe ser mi postal típica de Japón),
me canso de las bandejitas de comida del minimercado y me pido un set-o menu con todo: arroz, sopa, camarones gigantes fritos y cosas que no sé qué son (no quiero ni mirar la cuenta),
me la paso traduciendo menúes y etiquetas con la función fotográfica de Google Translate (gracias por existir, aunque a veces hagas traducciones rarísimas),
escuchamos gente hablando francés debajo de nuestra ventana y gritamos bonjour, pero nadie responde,
siento muchos deseos de tener una casa propia, de volver a nuestra vida en Biarritz, de hacer base,
intento meditar frente al mar pero me distraigo,
termino el primer cuaderno del viaje,
veo saltar peces,
me acuerdo de mis tardes de “viajoterapia” en Punta Negra frente al mar
y pienso que la viajoterapia bien podría ser una rama del slow travel.

Kujukuri me ayuda a entender que las ciudades me cargan de energía y los pueblos me ayudan a canalizarla.

En mi libro "El síndrome de París" definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

En mi libro “El síndrome de París” definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

¿Qué es y en qué consiste, entonces, el slow travel?

El slow travel no tiene tanto que ver con la velocidad del transporte que usemos para movernos, sino con la mentalidad con la que nos vamos de viaje. El slow travel propone:

* absorber la atmósfera de un lugar, vivir su cotidianidad de manera relajada, tratar de acercarse a la cultura local en vez de ir corriendo de un atractivo turístico a otro y tachando “imperdibles” de la lista

* dedicar todo el tiempo a un solo lugar o región en vez de tratar de ver la mayor cantidad de atractivos y ciudades en un mismo viaje

* desacelerar, respetar nuestros ritmos internos y no agotarnos mental y físicamente tratando de ver/hacer “todo”

* disfrutar el camino entre el punto A y el punto B y elegir medios de transporte adecuados para eso (“Travel, don’t just arrive”, dice Dan Kieran en su libro The idle traveler)

* tener el coraje de no hacer lo que hacen todos cuando visitan un lugar

* armar el itinerario (o el no-itinerario) en función a nuestros intereses personales y no según lo que la industria turística nos dice que “tenemos que ver”

* no tener todo planeado, dar lugar a la improvisación, estar abierto a experiencias nuevas e inesperadas

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Algunas prácticas de slow travel:

* Mirar lo que ya conocemos como si lo viéramos por primera vez, empezando por nuestra ciudad

* Caminar, andar en bicicleta, usar el transporte local

* Hacer estadías más largas en casas de gente a través de redes como Couchsurfing, Airbnb o Housesitting

* Conocer poco y de a poco

* Aceptar que a veces “no hacer nada” es hacer todo

* Sacarse de encima las culpas y los debería y no escuchar esa voz que nos dice “si estoy en _______ tengo que ir a ver ________”

* Permitir que el lugar decida qué nos quiere mostrar

* Entender que cada cual vive y construye su viaje personal e interior

Vivir.

Vivir.

Info útil para visitar Kujukuri y/o hacer slow travel:

  • Transporte: nosotros viajamos en el JR local (tren) desde Tokio hasta Togane, la estación más cercana a Kujukuri. El viaje dura una hora y cuarto y cuesta ¥1140 (11,40 usd). Si están viajando por Japón, la web Hyperdia es muy útil para armar los recorridos en tren.
  • Alojamiento: hicimos Airbnb por ¥2000 (20 usd) la noche cada uno. En Japón es muy difícil conseguir un alojamiento que baje de ese precio por persona. En teoría con Airbnb alquilás un cuarto en una casa de familia o un departamento entero, pero en Japón hay muchos hoteles o guesthouses que también usan esa red. Si se suscriben a Airbnb a través de este enlace, tendrán usd 33 de descuento en la primera reserva (y a la vez me estarán ayudando a viajar, ya que yo obtendré el mismo descuento).
  • Otra buena opción para practicar slow travel es hacer housesitting o cuidar casas mientras los dueños no están. Si quieren saber más acerca de esta modalidad, les recomiendo La guía de housesitting, la más completa en español. Pronto estaré escribiendo acerca de nuestra primera experiencia ya que acabamos de cuidar una casa en Tokio. Hay muchas redes que conectan cuidadores con dueños, nosotros estamos usando Trustedhousesitters.com.
  • Libros recomendados acerca de slow travel:
    •  “The Idle Traveller”, de Dan Kieran, es uno de mis libros preferidos y resume muy bien la filosofía que implica viajar lento. Lo consiguen a través de Book Depository y Amazon.
    • “The Art of Travel”, de Alain de Botton, es otro libro que habla acerca del lado B de los viajes y cómo todo no siempre sale como esperamos. También se consigue a través de Book Depository y Amazon.
    • “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré, fue uno de los primeros libros de la movida slow, y si bien no es específicamente de viajes, pone en contexto al slow travel como parte de algo más grande. También se consigue a través de Book Depository y Amazon

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“El síndrome de París”, mi segundo libro, fue escrito frente al mar y es también una celebración a los viajes lentos, interiores y personales. En mi Tienda está toda la info para conseguirlo.